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martes, 15 de septiembre de 2026

Los tecnoligarcas desatan el pánico al apocalipsis IA

 

 Por Pablo Elorduy   
      Integrante del colectivo fundador de El Salto.


Las compañías estadounidenses Anthropic y Open AI agitan el fantasma de una inteligencia capaz de aniquilar a la especie humana. La ONU pide regulación a los Estados ante lo que parece una ofensiva contra los derechos humanos


Ejemplo de software de reconocimiento facial.


     Dario Amodei, director ejecutivo de Anthropic, abrió la caja de Pandora el pasado sábado con un breve ensayo de 3.800 palabras. No ha sido el único barón de la IA que ha manifestado que el desarrollo acelerado de esa serie de tecnologías es potencialmente peligroso para la especie humana, pero su posición como CEO de una de las principales empresas del sector tecnomilitar asociado al Pentágono, ha hecho saltar las alarmas de los organismos internacionales y, también, pero por distintos motivos, de los mercados.


La máquina de los asesinatos en masa: Silicon Valley abraza la guerra.

Parte del aviso de Amodei viene asociado con una crítica a la principal empresa de la competencia, OpenAI. Su reflexión viene dada por el incidente de OpenAI-HuggingFace, que tuvo su primer episodio conocido en julio y que, en septiembre, volvió a ocupar los debates sobre la autonomía creciente de los sistemas algorítmicos, después de un ataque sin intermediación humana.


Inteligencia. Por Malagón.

El caso ha marcado un antes y un después, ya que cientos de “agentes” de inteligencia artificial de OpenAI salieron de sus entornos aislados y piratearon la empresa emergente de IA HuggingFace y llevaron a cabo ciberataques contra objetivos que no se les había pedido que atacaran. En un comienzo se estimaba que serían solo unos pocos agentes, pero el informe encargado por OpenAI evidencia que el ataque fue realizado por 700 de los 1.200. El trabajo de investigación, además, ha estado limitado por varias cortapisas impuestas por la empresa. 

La brecha de seguridad abierta por los agentes de OpenAI en HuggingFace ha sido un ejemplo de la capacidad de la IA actual para atacar una aplicación, pero, más importante que esto, también para ocultarlo. Aunque la Fiscalía de Alabama (EEUU) ha abierto una investigación, los expertos señalan las instituciones públicas no tienen la capacidad de comprender y, sobre todo, no tienen el mandato para investigar el ataque en su complejidad y se limitan a la investigación en casos de fraudes de consumo.


‘Ningún organismo gubernamental tiene el mandato ni la experiencia necesarios para investigar los detalles técnicos del incidente’.

El caso ha venido acompañado de una advertencia que ha resonado en todo el mundo. En el mes de septiembre, tres investigadores de Anthropic expresaron públicamente que existe una probabilidad superior al 10% de que la IA acabe con la humanidad en la próxima década. Uno de ellos, Jacob Coxon, dimitió por su rechazo a la construcción de “sistemas sobrehumanos” que, trabajando en enjambre, podrán desobedecer órdenes.

Este investigador de inteligencia artificial ha señalado que ni Open AI ni Anthropic, para la que trabajaba, actúa con responsabilidad: “Están corriendo a toda velocidad hacia la superinteligencia auto-mejorada y jugando con nuestras vidas”.

Coxon pone en juego el concepto de la “automejora recursiva”, uno de los elementos más intrigantes y, hasta cierto punto, amenazantes de la IA, que se basa en la idea de que la inteligencia artificial se perfeccione a sí misma de forma indefinida. Esto edificaría una IA cada vez más potente y ajena a cualquier control humano. 

De manera específica, se ha señalado el riesgo de que la IA cree armas biológicas desconocidas para la humanidad. Un artículo del lunes 14 de septiembre en The New York Times señala el riesgo de que la IA pueda acelerar el diseño de toxinas y virus. En esta ocasión, además de las empresas responsables (Anthropic), la alerta viene de expertos en bioseguridad. Un estudio hecho público en agosto por la revista Science llegaba a la conclusión de que las bases para el “diseño generativo de genomas más grandes y complejos” están puestas.

A pesar de que ninguna empresa ha llegado a ese punto en sus modelos de desarrollo, la idea de la "automejora recursiva” está detrás de todas las alarmas activadas por el sector y también del coro de tecnooligarcas que, comenzando por Amodei, Sam Altman (Open AI), Elon Musk (Grok), Satya Nadella (Microsoft), y Demis Hassabis (Google DeepMind), piden una ralentización en el desarrollo de sus productos para dotar al proceso de mayores garantías de seguridad.

Trump dobla la apuesta 

El lunes, el presidente de EEUU, Donald Trump, rechazó cualquier medida regulatoria bajo la premisa de que China se vería beneficiada de ese posible embridamiento: “¡El único control o ‘barreras de seguridad’ que necesita la IA es un PRESIDENTE FUERTE E INTELIGENTE (¡de alto coeficiente intelectual!), y EEUU lo tiene, ¡y de sobra! ¡La Administración Trump ha impedido que ‘personas’ de la IA hagan ‘cosas’ malas, o potencialmente malas, como Dario (¡Anthropic!), quien ahora finge ser un ‘angelito perfecto’ – y seguiremos haciéndolo! ¡Ya tenemos un tremendo poder CRIMINAL y REGULADOR sobre estas empresas!”, indicó el presidente en un mensaje de su red Truth Social.

Las declaraciones de Trump no son una excepción a la corriente general que invitan a la desregulación. El regreso del “cisne naranja” a la Casa Blanca estuvo acompañado de una ofensiva contra las medidas impuestas durante la administración de Joseph Biden.


Desde la crisis de 2008 a Trump.

A finales de enero de 2025, solo unos días después de asumir el cargo, Trump estableció una revisión de las políticas: “Debemos desarrollar sistemas de IA que estén libres de sesgos ideológicos o agendas sociales diseñadas”. Pese a que los compromisos de aceptar “supervisión de terceros” que han entonado ahora los barones de la tecnología ya existían en la etapa de Biden, el expresidente demócrata —al parecer influido por una de las películas de la saga Misión Imposible— estableció una Ley de Producción de Defensa contraria a los intereses financieros de Silicon Valley.

Los mercados financieros también han reaccionado mal a las proclamas de los tecnooligarcas. El lunes 14 se registraron caídas en las acciones vinculadas a la IA, concretamente en aquellas empresas como Sandisk, Intel, Micron o Nvidia dedicadas a la fabricación de memorias y chips. El ímpetu del sector de la inteligencia artificial depende de la creación constante de una promesa de crecimiento, tanto en la tecnología como en la infraestructura asociada. Actualmente, ni OpenAI ni Anthropic cotizan en bolsa.

Trump se refirió también a la construcción de centros de datos, una de las bases del negocio que es fruto de una creciente contestación a nivel global. El equivalente al “perfora, nena, perfora” con el que Trump dio carpetazo a los intentos de mitigación de la crisis climática en su campaña electoral de 2024 se ha traducido en esta ocasión en un llamamiento a territorios y comunidades estadounidenses: “Si quieren tener éxito y ser ricas, con impuestos mucho más bajos y empleos por todas partes, que reine el dominio de los datos”. Tras el discurso de Amodei, Trump asoció las críticas a la expansión de esta infraestructura a un complot: “¡Hay una conspiración ENFERMIZA en marcha contra la IA y los Centros de Datos, y el único que se alegra de ello es China”.

Críticas a las empresas

El lamento de Amodei no ha caído en saco roto en la esfera internacional. El lunes, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk, levantaba la voz para denunciar que la IA pone en riesgo “todos” los derechos humanos, incluido el derecho a la vida, la alimentación, la privacidad, la salud y la seguridad.

“Poblaciones enteras podrían quedar aisladas del agua potable, la calefacción y los servicios financieros, y la IA con capacidad de gestión ya está acelerando el ritmo y el alcance de la guerra y erosionando las salvaguardias que nos protegen del lanzamiento de armas de destrucción masiva”, señala Turk en su misiva.

Haciéndose eco de las últimas polémicas, el relator de la ONU instó a los Estados a garantizar “una verificación independiente y técnicamente competente de las capacidades de los agentes, con acceso a modelos, documentación y entornos de prueba, y a exigir una debida diligencia continua en materia de derechos humanos”.

Como informa Common Dreams, varias fuentes en EEUU han clamado por una legislación clara que termine con la impunidad de facto de las mismas empresas que alertan de una IA fuera de control. El congresista demócrata Ro Khanna (California) señalaba a las empresas: “Si creas una IA que realiza actos ilegales, debes afrontar responsabilidades o sanciones penales”. Más claramente, el periodista David Sirota apuntaba la paradoja actual: “Si la ley hiciera explícitamente responsables financiera y penalmente a los directores ejecutivos de IA por cualquier destrucción masiva que creen sus tecnologías, y si los accionistas de la industria de la IA supieran que sus empresas se enfrentan a la amenaza de importantes pérdidas financieras por dicha destrucción, gran parte de la amenaza de que '¡la IA se está saliendo de control!' desaparecería instantáneamente”. 

En un post publicado este fin de semana, el investigador Richard Seymour, ponía en contexto el episodio Anthropic y recordaba que las “falsas amenazas desorientan tanto a la oposición como a la regulación”. Según Seymour: “En cierta medida, la burbuja de la IA estadounidense, al igual que la euforia por las criptomonedas en su momento, existe para absorber (y, en última instancia, destruir mediante una recesión) billones de dólares en capital excedente ante la falta de oportunidades de inversión suficientemente rentables en otros lugares. Es un pozo sin fondo de dinero, que consume cientos de miles de millones de dólares para obtener una fracción de los ingresos; sin embargo, el abanico de inversiones es limitado, y las afirmaciones grandilocuentes sobre el futuro poder descontrolado de los modelos son todo lo que la industria tiene para mostrar”.

Sin embargo, como refiere Seymour, el hecho de que las máquinas no tengan la capacidad destructiva que reclaman sus propietarios. Como resume: “Los problemas con la IA que no implican un dispositivo todopoderoso que se vuelva contra la humanidad son innumerables”.


Fuente: El Salto

martes, 11 de agosto de 2026

La IA china hace sudar frío a EEUU

 

 Por David Bollero   
      Periodista.


China lleva muchos años invirtiendo en IA y ahora recoge sus frutos.

     Sucedió con los vehículos eléctricos y está pasando de nuevo con la Inteligencia Artificial (IA): China le está comiendo la tostada a Occidente. Más allá de quienes se agarran a un clavo ardiendo amparándose únicamente en lo dopada por el Partido Comunista Chino (PCC) que está la fabricación de productos, lo cierto es que sus productos son tecnológicamente punteros y, en cuanto a inversión estatal de I+D, China es la reina. El modelo de IA de DeepSeek, que ya hizo sudar frío a los estadounidenses, repita otra vez demostrando ser mucho más económico.

El último análisis comparativo de Artificial Analysis no deja lugar a dudas: el coste por tarea con DeepSeek, en su versión V4 Flash 0731, es un 60% más barato que el GPT-5.6 Luna de OpenAI, y ello a pesar de que recientemente la compañía que lidera Sam Altman abarató su coste en un 80%. La diferencia es, pues, abismal.

Una de las claves para conseguir este abaratamiento consiste en que el modelo de DeepSeek aprovecha las respuestas almacenadas en caché, consiguiendo tasas de descuento por acierto del 98%, frente al 90% de la mayoría de la industria. Además, el estudio destaca la menor tasa de alucinaciones de este modelo, es decir, que se han reducido los resultados incorrectos o engañosos a las consultas producto de haber identificado erróneamente patrones u objetos inexistentes. El estudio de Artificial Analysis también resulta interesante porque señala que esta última versión de DeepSeek mejora en todas las evaluaciones del Índice de Transparencia.

Paralelamente en Reino Unido, la organización OpenUK acaba de publicar un informe sobre IA en la que sostiene que China lidera la IA de código abierto (open source), no sólo con DeepSeek, sino también con Qwen de Alibaba y, muy especialmente, con Kimi K3, de la startup china Moonshot AI. Éste último ha devuelto el temblor en las pantorrillas de los millonarios de Silicon Valley, que ven cómo desde China se está batiendo en rendimiento a los modelos de Anthropic y OpenAI, necesitando además menos potencia de computación, lo que también hace pupa a Nvidia, el mayor suministrador de chips para IA.

Según el gobierno chino, los grandes modelos de IA de código abierto del país se han descargado más de 10.000 millones de veces en total. El mensaje que China lanza al mundo es claro: ¿por qué pagar grandes sumas de dinero a las empresas estadounidenses que no abren su código, cuando es posible adoptar modelos open source que, además, te aseguran no perder el control de los datos más sensibles?


El logo de la aplicación de inteligencia artificial Deepseek en un smartphone sobre la bandera china.

La noticia llega justo en un momento en el que el gobierno de Reino Unido advierte que los modelos más punteros de Anthropic y OpenAI han mostrado comportamientos autónomos y engañosos nunca vistos.


El logo de OpenAI, la empresa de ChatGPT.

Durante una simulación de ciberataque llevada a cabo por el Instituto de Seguridad de la IA (AISI, por sus siglas en inglés), estos modelos crearon perfiles humanos falsos para intentar engañar a personas. Previamente, OpenAI había advertido de que su nuevo modelo provocó un ciberataque "sin precedentes" y se descubrió que tres modelos de IA de Anthropic accedieron a internet y hackearon los sistemas de tres organizaciones.


Ilustración del logo de Anthropic.

China no precisa extorsionar torticeramente con aranceles absurdos o invadir países ilegalmente cobrándose decenas de miles de vidas humanas como hace EEUU (no se pierdan las columnas de Pedro Barragán al respecto).


Sam Altman, CEO de OpenAI, durante una conferencia en Tokio, a 3 de febrero de 2025.

Pekín es mucho más inteligente y mira a la economía desde su falso comunismo con las gafas de la tecnología, que a fin de cuentas, mueve hoy por hoy el mundo. El gobierno de Xi Jinping afirma que China ya cuenta con más de 6.200 empresas de IA. Mientras Occidente sigue anclada en la narrativa de descrédito a China, esta se mueve y lo hace más rápido. Prueba de ello es la reciente creación de la Organización Mundial para la Cooperación en Inteligencia Artificial (WAICO, en inglés).

WAICO se lanzó en la Conferencia Mundial de la IA de 2026 (WAIC) de Shanghái el pasado mes de julio con la participación de casi una treintena de países, fruto de la propuesta que el presidente Xi Jinping realizó a finales de 2025. Su finalidad contempla impulsar los estándares, las normas de gobernanza y establecer líneas de desarrollo y colaboración internacional, entre otras. Ni Europa ni EEUU se lanzaron a liderar una iniciativa así, fue China. El secretario general de las ONU, António Guterres, estuvo presente en la firma fundacional de WAICO, cuya premisa es seguir los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas, aunque no encaja directamente en su estructura.

De hecho, WAICO es otro síntoma de la guerra fría que vivimos por el dominio de la IA, puesto que no se han sumado ni EEUU ni países europeos de peso. Junto a China, entre los países fundadores se encuentran Cuba, Brasil, Venezuela, Rusia, Bielorrusia, Serbia, Pakistán, Indonesia, Omán, Laos, etc.


Xi Jinping con Vladimir Putin en 2025.

Como lleva años haciendo desde la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), China no sólo quiere liderar diferentes ámbitos tecnológicos, sino también ser decisivo a la hora de marcar sus pautas de desarrollo e implantación.

A nadie se le escapa que detrás del discurso de Jinping de “promover el desarrollo sostenible y prevenir la creación de una nueva injusticia histórica en la IA”, poniendo a disposición de los países en desarrollo capacitación, seminarios y tecnología de IA, se encuentra el acaparamiento de poder. Sin embargo y aunque lleva décadas haciéndolo, su estilo es muy distinto del tosco de EEUU, que avanza como un elefante en una cacharrería y no tiene visos de cambiar de actitud.


Fuente: Público


jueves, 4 de junio de 2026

Réquiem por la década populista

 

 Por Lily Lynch   
      Periodista californiana especializada en información internacional.


La década populista se acerca a su fin diez años después de la primera victoria de Trump y el Brexit. Pese al actual auge de esas ideas la autora detecta una creciente fatiga hacia el populismo de derechas


Un joven pastor fotografiado por Herbert List en el Bosque Sagrado, abandonado hace mucho tiempo (también conocido como el Parque de los Monstruos), Italia, 1952.

     Semanas atrás escribí un artículo sobre la derrota de Orbán en las elecciones húngaras del 12 de abril. En aquel texto planteaba que la derrota de Orbán, junto con los pésimos porcentajes de popularidad de Trump, apuntaban a una creciente fatiga hacia el populismo de derechas.


Péter Magyar, a la derecha, detrás de Orbán, elegido cómo nuevo presidente húngaro por el partido Tisza.

Algunas personas malinterpretaron lo que escribí y pensaron que hablaba del fin de la política de derechas. Nada más lejos de la verdad: creo que la política de derechas estará con nosotros por un buen tiempo. Ahora bien, creo que cierto populismo de derechas, del estilo del movimiento Maga, puede estar acercándose al fin de su ciclo vital.

Este año será el del décimo anivesrario de la victoria electoral de Trump contra Hillary Clinton y el del referéndum del Brexit, dos shocks gemelos que anunciaron la irrupción del populismo de derechas en la política establecida a escala global. En los diez años que han pasado desde entonces hemos oído hablar quizá demasiado sobre los populistas de derechas, un verdadero circo que ha ido desde Bolsonaro en Brasil a Geert Wilders en Holanda. Con todo, no está de más un breve recordatorio.

Hay politólogos que han dedicado sus vidas al estudio del populismo, pero voy a simplificar brutalmente las cosas afirmando que el populismo es una manera de abordar la política, hay quien la describe, incluso, como una “táctica”. En cualquiera de los casos, su característica esencial es que posiciona a “la gente” contra “la élite”. Trump y quienes respaldaron el Brexit se aprovecharon de la insatisfacción de “los perdedores de la globalización” y el resentimiento popular por la crisis financiera de 2007-2008 y los alistaron a un proyecto populista de derechas.

Hace una década era una fórmula de gran éxito. Hoy no estoy tan segura de que lo fuese. Las cifras de desaprobación de Trump no parecen tocar fondo: un 62% en la encuesta más reciente, un mínimo histórico. 

También hay un arrepentimiento con el Brexit. De acuerdo con una encuesta publicada a comienzos de año, un 58% de los británicos cree que fue erróneo dejar la Unión Europea y sólo un 30% cree que fue lo correcto.


Nigel Farage en la Conferencia de Acción Política Conservadora celebrada en Maryland.

La década populista ha ido perdiendo fuelle y hay varias causas que explican su fin. La primera es que ha muerto lentamente a través de la cooptación y la neutralización. Los populistas de derechas que ganaron con un mensaje anti-establishment e incluso antisistema han tendido a hacer suyas políticas conciliadoras con el establishment una vez en el poder. Trump ha ido destruyendo sistemáticamente cada una de las promesas que hizo durante su campaña “populista”, ninguna de manera más clara que su compromiso de “no iniciar nuevas guerras”. No es el único. Los partidos populistas de derechas de toda Europa también han sido “domesticados” cuando han llegado al poder: los chovinistas sociales se han convertido en neoliberales thatcherianos “business-friendly” (como los Demócratas Suecos) y los euroescépticos se han convertido en atlantistas proeuropeos (como Giorgia Meloni en Italia).

Incluso el viejo Nigel Farage se encuentra en proceso de transición. En 2017 condenó el bombardeo de Siria por Trump. Nueve años después lo encontramos explicando a The New Statesman que Irán supone potencialmente “un mayor riesgo a Reino Unido que Rusia” (o, al menos, lo era durante las primeras semanas de la guerra.) Estos líderes y partidos pueden retener elementos de una retórica populista de derechas, pero sus políticas son con frecuencia más próximas a la derecha convencional.

Otro factor que contribuye al fin de la década populista es que estos partidos, personalidades y políticas han estado el tiempo suficiente en el poder como para comenzar a convertirse ellos mismos en la élite o, al menos, en una élite. El populismo es una estrategia efectiva para desalojar al poder establecido, pero una vez está en el poder tiende a convertirse en todo lo que odia. Es un problema similar al que se enfrentan los revolucionarios cuando, después de llegar al poder, han de reafirmarse en él para conservarlo: la energía que impulsa la insurgencia se agota y, con el tiempo, se convierte en otro régimen esclerótico.

Trump y sus homólogos al otro lado del Atlántico continúan invocando al hombre del saco de la “élite globalista”, pero probablemente los réditos que obtienen de ello sean cada vez menores. Pueden lamentar que la izquierda se haya hecho con muchas instituciones elitarias como la cultura, los medios de comunicación y la academia, pero ellos han cultivado algo así como su propia contra-élite de derechas a través de think tanks, publicaciones y poderosas redes en Silicon Valley. Eventualmente, “la gente” comenzará a darse cuenta de que los populistas de derechas también envían a sus hijos a escuelas de postín y conducen flamantes deportivos.

Un tercer apunte, y el final, es sobre el sionismo y la derecha populista después del 7 de octubre. Antes de esta fecha los populistas de derecha todavía podían afirmar que buscaban poner a “la gente” por delante de los intereses de la élite. Pero con la movilización a gran escala del aparato de seguridad, el militar, de los servicios de inteligencia y los medios de comunicación para proteger a Israel y a sus partidarios de la realidad ya no pueden pretender que se preocupan por las masas o incluso por el ‘America first’.

Privilegiar a Israel por encima de todo lo demás ha significado que la derecha populista ahora esté preocupada por intereses minoritarios más que de la mayoría. Es más, la veneración de la derecha por Israel normalmente se defiende por ser éste un país de “élites con un alto cociente intelectual” que necesita defenderse contra “la biomasa tercermundista marrón”, por usar el crudo lenguaje de las redes sociales. El apoyo a Israel es cada vez más impopular entre “la gente”, lo que significa que se ha convertido en un proyecto elitista dirigido desde arriba. No hay nada de “populista” en una política que hace que la gasolina y el precio de los alimentos se dispare con tal de que Israel pueda conseguir la hegemonía regional.

No obstante, como he apuntado antes, el populismo no es el único vehículo de una política de derechas. Sospecho que después de años de incompetencia bufonesca a cargo de Trump, puede haber apetito para un gobierno serio, efectivo y tecnócrata. Al mismo tiempo, tengo la impresión de que también existe el deseo de dejar a los proles en la estacada y lanzarse de lleno al elitismo derechista de Silicon Valley, que podría ser todavía peor que los populistas payasescos de la última década.


Fuente: El Salto


viernes, 8 de mayo de 2026

Entre la luna y la guerra

 

      Activista politico social de la izquierda.


Desde la luna una humanidad indivisa, en la tierra un mundo que se arma.


     El 7 de abril, a más de 400.000 kilómetros de distancia, el piloto de Artemis II, Víctor Glover, describía la Tierra como “un oasis frágil”, “un salvavidas en la inmensidad del espacio”. Desde allí arriba -decía- no hay fronteras. Ni bloques. Ni hay enemigos. Solo una esfera vulnerable compartida por todos. Ese mismo día, el presidente estadounidense Donald Trump advertía al mundo de que “toda una civilización podría morir esta noche”, en el último episodio de una escalada destructiva y retórica dirigida contra Irán. Dos discursos simultáneos. Dos formas de mirar el mismo planeta: una que lo reconoce como hogar común y otra que lo convierte en objetivo.

No es una contradicción menor, pero sí el síntoma de una época. Mientras la exploración espacial nos obliga a pensarnos como especie, la política internacional dominante insiste en organizarnos como enemigos. Mientras la tecnología permite ampliar el horizonte humano, el poder de las élites la utiliza para perfeccionar la destrucción. No hay paradoja: hay coherencia interna.

El mismo sistema que financia la conquista de la Luna sostiene la economía de la guerra en la Tierra. Ya sabemos que la guerra no es un accidente sino un negocio. Comercio lucrativo que necesita algo más que armas: necesita relato, necesita miedo y una opinión pública dispuesta a aceptar que el conflicto permanente es inevitable. Y ahí es donde entra en juego una arquitectura de poder cada vez más visible: la alianza entre industria militar, corporaciones tecnológicas y grandes medios de comunicación. No es una simple teoría, es toda una estructura. El llamado Complejo Militar Industrial-Mediático opera como un sistema integrado, especialmente en Estados Unidos.

La industria de defensa no solo fabrica armamento: financia indirectamente a los grandes conglomerados mediáticos mediante publicidad, patrocinios y redes de influencia. Al mismo tiempo, Silicon Valley -epicentro global de las empresas de innovación y alta tecnologia más influyentes del mundo- ha dejado de ser un actor neutral para convertirse en proveedor estratégico de infraestructuras militares. Empresas como Palantir trabajan con datos de guerra. Microsoft y Amazon gestionan sistemas críticos del Pentágono y de inteligencia. Google y Meta desarrollan algoritmos que sirven tanto para vender publicidad como para identificar objetivos o vigilar poblaciones. La frontera entre tecnología civil y militar ha desaparecido sin apenas debate público.

En el centro de esta red están los grandes fondos de inversión —BlackRock, Vanguard y State Street—, que participan simultáneamente en empresas de armamento, tecnológicas y mediáticas. Es decir: los mismos intereses financieros atraviesan la producción de armas, la infraestructura digital y la construcción del relato informativo. El resultado no es una conspiración sino algo más inquietante: una normalidad, en la que los conflictos se explican siempre desde la lógica de la amenaza.

Y en la que el aumento del gasto militar aparece como una necesidad técnica, no como una decisión política.

Los expertos que analizan las guerras en televisión proceden, con frecuencia, de las mismas estructuras que se benefician de ellas. Las “puertas giratorias” no son una anomalía sino parte del mecanismo. Generales retirados que comentan conflictos en cadenas como CNN o BBC mientras asesoran a empresas de defensa. Think tanks (laboratorios de ideas) financiados por contratistas militares que elaboran informes convertidos en fuente primaria para periodistas. Un circuito cerrado donde la información no se inventa, pero se orienta.

Europa ejerce la misma lógica aunque la gestione con otros códigos. Aquí el vínculo entre industria de defensa y poder político es más explícito. Empresas como Airbus, Rheinmetall o Leonardo están profundamente ligadas a sus Estados, que promueven el rearme bajo el argumento de la autonomía estratégica. El discurso es conocido: más gasto militar equivale a más seguridad y más crecimiento económico.

Pero también en el Mediterráneo el relato necesita altavoces. En Francia, Dassault Aviation — fabricante de los cazas Rafale— está vinculada al grupo propietario de Le Figaro. En España, Indra Sistemas mantiene conexiones con el grupo Prisa, editor de El País y la Cadena SER. En Italia, el modelo alcanza una forma casi estructural: el grupo Leonardo, con fuerte participación estatal, convive con conglomerados mediáticos vinculados a grandes familias industriales. No se trata de censura directa. Se trata de algo más eficaz: un marco mental compartido. La inversión en defensa se presenta como sinónimo de innovación, empleo y modernización. El debate ético desaparece.

La guerra se convierte en un asunto técnico, casi administrativo. Y cualquier cuestionamiento queda desplazado al terreno de lo ingenuo o lo irresponsable. A ellos se suma un elemento clave: la producción de legitimidad. Foros, congresos, publicaciones especializadas y expertos recurrentes, exmilitares o ex ministros, que acceden mediante “puertas giratorias” inundan los informativos y tertulias de los medios.

Buena parte de estos espacios están financiados por las propias corporaciones del sector. No imponen discursos de forma explícita, pero delimitan el campo de lo pensable. Y con eso les basta para hegemonizar el “sentido común” En el eje Grecia-Turquía esta dinámica se combina con el nacionalismo. El gobierno de Recep Tayyip Erdoğan ha impulsado empresas como Baykar, fabricante de drones utilizados en varios conflictos, en una relación estrecha entre poder político, industria y relato de orgullo nacional. La guerra, en este caso, no solo se justifica: se celebra como demostración de capacidad.

Todo encaja. Un sistema que necesita conflictos para sostener su rentabilidad. Un ecosistema mediático que convierte esos conflictos en inevitables. Una infraestructura tecnológica que los hace más eficientes. Y una ciudadanía expuesta a un flujo constante de información y uso de eufemismos, que normalizan la excepcionalidad. Mientras tanto, desde la Luna, la Tierra sigue siendo lo que siempre ha sido: una esfera frágil sin fronteras visibles.

Pero aquí abajo seguimos trazándolas con precisión quirúrgica. Seguimos necesitando dividir para gobernar, clasificar para intervenir, señalar para destruir. Y lo hacemos con herramientas cada vez más sofisticadas y con relatos cada vez más pulidos. Quizá el problema no sea la distancia desde la que miramos el mundo sino los intereses que deciden cómo debemos verlo. Porque el verdadero salto tecnológico quizás no consiste en viajar más lejos sino en cambiar la mirada. Y eso -a diferencia de los cohetes- no parece estar en la agenda.



Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu