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martes, 15 de septiembre de 2026

Los tecnoligarcas desatan el pánico al apocalipsis IA

 

 Por Pablo Elorduy   
      Integrante del colectivo fundador de El Salto.


Las compañías estadounidenses Anthropic y Open AI agitan el fantasma de una inteligencia capaz de aniquilar a la especie humana. La ONU pide regulación a los Estados ante lo que parece una ofensiva contra los derechos humanos


Ejemplo de software de reconocimiento facial.


     Dario Amodei, director ejecutivo de Anthropic, abrió la caja de Pandora el pasado sábado con un breve ensayo de 3.800 palabras. No ha sido el único barón de la IA que ha manifestado que el desarrollo acelerado de esa serie de tecnologías es potencialmente peligroso para la especie humana, pero su posición como CEO de una de las principales empresas del sector tecnomilitar asociado al Pentágono, ha hecho saltar las alarmas de los organismos internacionales y, también, pero por distintos motivos, de los mercados.


La máquina de los asesinatos en masa: Silicon Valley abraza la guerra.

Parte del aviso de Amodei viene asociado con una crítica a la principal empresa de la competencia, OpenAI. Su reflexión viene dada por el incidente de OpenAI-HuggingFace, que tuvo su primer episodio conocido en julio y que, en septiembre, volvió a ocupar los debates sobre la autonomía creciente de los sistemas algorítmicos, después de un ataque sin intermediación humana.


Inteligencia. Por Malagón.

El caso ha marcado un antes y un después, ya que cientos de “agentes” de inteligencia artificial de OpenAI salieron de sus entornos aislados y piratearon la empresa emergente de IA HuggingFace y llevaron a cabo ciberataques contra objetivos que no se les había pedido que atacaran. En un comienzo se estimaba que serían solo unos pocos agentes, pero el informe encargado por OpenAI evidencia que el ataque fue realizado por 700 de los 1.200. El trabajo de investigación, además, ha estado limitado por varias cortapisas impuestas por la empresa. 

La brecha de seguridad abierta por los agentes de OpenAI en HuggingFace ha sido un ejemplo de la capacidad de la IA actual para atacar una aplicación, pero, más importante que esto, también para ocultarlo. Aunque la Fiscalía de Alabama (EEUU) ha abierto una investigación, los expertos señalan las instituciones públicas no tienen la capacidad de comprender y, sobre todo, no tienen el mandato para investigar el ataque en su complejidad y se limitan a la investigación en casos de fraudes de consumo.


‘Ningún organismo gubernamental tiene el mandato ni la experiencia necesarios para investigar los detalles técnicos del incidente’.

El caso ha venido acompañado de una advertencia que ha resonado en todo el mundo. En el mes de septiembre, tres investigadores de Anthropic expresaron públicamente que existe una probabilidad superior al 10% de que la IA acabe con la humanidad en la próxima década. Uno de ellos, Jacob Coxon, dimitió por su rechazo a la construcción de “sistemas sobrehumanos” que, trabajando en enjambre, podrán desobedecer órdenes.

Este investigador de inteligencia artificial ha señalado que ni Open AI ni Anthropic, para la que trabajaba, actúa con responsabilidad: “Están corriendo a toda velocidad hacia la superinteligencia auto-mejorada y jugando con nuestras vidas”.

Coxon pone en juego el concepto de la “automejora recursiva”, uno de los elementos más intrigantes y, hasta cierto punto, amenazantes de la IA, que se basa en la idea de que la inteligencia artificial se perfeccione a sí misma de forma indefinida. Esto edificaría una IA cada vez más potente y ajena a cualquier control humano. 

De manera específica, se ha señalado el riesgo de que la IA cree armas biológicas desconocidas para la humanidad. Un artículo del lunes 14 de septiembre en The New York Times señala el riesgo de que la IA pueda acelerar el diseño de toxinas y virus. En esta ocasión, además de las empresas responsables (Anthropic), la alerta viene de expertos en bioseguridad. Un estudio hecho público en agosto por la revista Science llegaba a la conclusión de que las bases para el “diseño generativo de genomas más grandes y complejos” están puestas.

A pesar de que ninguna empresa ha llegado a ese punto en sus modelos de desarrollo, la idea de la "automejora recursiva” está detrás de todas las alarmas activadas por el sector y también del coro de tecnooligarcas que, comenzando por Amodei, Sam Altman (Open AI), Elon Musk (Grok), Satya Nadella (Microsoft), y Demis Hassabis (Google DeepMind), piden una ralentización en el desarrollo de sus productos para dotar al proceso de mayores garantías de seguridad.

Trump dobla la apuesta 

El lunes, el presidente de EEUU, Donald Trump, rechazó cualquier medida regulatoria bajo la premisa de que China se vería beneficiada de ese posible embridamiento: “¡El único control o ‘barreras de seguridad’ que necesita la IA es un PRESIDENTE FUERTE E INTELIGENTE (¡de alto coeficiente intelectual!), y EEUU lo tiene, ¡y de sobra! ¡La Administración Trump ha impedido que ‘personas’ de la IA hagan ‘cosas’ malas, o potencialmente malas, como Dario (¡Anthropic!), quien ahora finge ser un ‘angelito perfecto’ – y seguiremos haciéndolo! ¡Ya tenemos un tremendo poder CRIMINAL y REGULADOR sobre estas empresas!”, indicó el presidente en un mensaje de su red Truth Social.

Las declaraciones de Trump no son una excepción a la corriente general que invitan a la desregulación. El regreso del “cisne naranja” a la Casa Blanca estuvo acompañado de una ofensiva contra las medidas impuestas durante la administración de Joseph Biden.


Desde la crisis de 2008 a Trump.

A finales de enero de 2025, solo unos días después de asumir el cargo, Trump estableció una revisión de las políticas: “Debemos desarrollar sistemas de IA que estén libres de sesgos ideológicos o agendas sociales diseñadas”. Pese a que los compromisos de aceptar “supervisión de terceros” que han entonado ahora los barones de la tecnología ya existían en la etapa de Biden, el expresidente demócrata —al parecer influido por una de las películas de la saga Misión Imposible— estableció una Ley de Producción de Defensa contraria a los intereses financieros de Silicon Valley.

Los mercados financieros también han reaccionado mal a las proclamas de los tecnooligarcas. El lunes 14 se registraron caídas en las acciones vinculadas a la IA, concretamente en aquellas empresas como Sandisk, Intel, Micron o Nvidia dedicadas a la fabricación de memorias y chips. El ímpetu del sector de la inteligencia artificial depende de la creación constante de una promesa de crecimiento, tanto en la tecnología como en la infraestructura asociada. Actualmente, ni OpenAI ni Anthropic cotizan en bolsa.

Trump se refirió también a la construcción de centros de datos, una de las bases del negocio que es fruto de una creciente contestación a nivel global. El equivalente al “perfora, nena, perfora” con el que Trump dio carpetazo a los intentos de mitigación de la crisis climática en su campaña electoral de 2024 se ha traducido en esta ocasión en un llamamiento a territorios y comunidades estadounidenses: “Si quieren tener éxito y ser ricas, con impuestos mucho más bajos y empleos por todas partes, que reine el dominio de los datos”. Tras el discurso de Amodei, Trump asoció las críticas a la expansión de esta infraestructura a un complot: “¡Hay una conspiración ENFERMIZA en marcha contra la IA y los Centros de Datos, y el único que se alegra de ello es China”.

Críticas a las empresas

El lamento de Amodei no ha caído en saco roto en la esfera internacional. El lunes, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk, levantaba la voz para denunciar que la IA pone en riesgo “todos” los derechos humanos, incluido el derecho a la vida, la alimentación, la privacidad, la salud y la seguridad.

“Poblaciones enteras podrían quedar aisladas del agua potable, la calefacción y los servicios financieros, y la IA con capacidad de gestión ya está acelerando el ritmo y el alcance de la guerra y erosionando las salvaguardias que nos protegen del lanzamiento de armas de destrucción masiva”, señala Turk en su misiva.

Haciéndose eco de las últimas polémicas, el relator de la ONU instó a los Estados a garantizar “una verificación independiente y técnicamente competente de las capacidades de los agentes, con acceso a modelos, documentación y entornos de prueba, y a exigir una debida diligencia continua en materia de derechos humanos”.

Como informa Common Dreams, varias fuentes en EEUU han clamado por una legislación clara que termine con la impunidad de facto de las mismas empresas que alertan de una IA fuera de control. El congresista demócrata Ro Khanna (California) señalaba a las empresas: “Si creas una IA que realiza actos ilegales, debes afrontar responsabilidades o sanciones penales”. Más claramente, el periodista David Sirota apuntaba la paradoja actual: “Si la ley hiciera explícitamente responsables financiera y penalmente a los directores ejecutivos de IA por cualquier destrucción masiva que creen sus tecnologías, y si los accionistas de la industria de la IA supieran que sus empresas se enfrentan a la amenaza de importantes pérdidas financieras por dicha destrucción, gran parte de la amenaza de que '¡la IA se está saliendo de control!' desaparecería instantáneamente”. 

En un post publicado este fin de semana, el investigador Richard Seymour, ponía en contexto el episodio Anthropic y recordaba que las “falsas amenazas desorientan tanto a la oposición como a la regulación”. Según Seymour: “En cierta medida, la burbuja de la IA estadounidense, al igual que la euforia por las criptomonedas en su momento, existe para absorber (y, en última instancia, destruir mediante una recesión) billones de dólares en capital excedente ante la falta de oportunidades de inversión suficientemente rentables en otros lugares. Es un pozo sin fondo de dinero, que consume cientos de miles de millones de dólares para obtener una fracción de los ingresos; sin embargo, el abanico de inversiones es limitado, y las afirmaciones grandilocuentes sobre el futuro poder descontrolado de los modelos son todo lo que la industria tiene para mostrar”.

Sin embargo, como refiere Seymour, el hecho de que las máquinas no tengan la capacidad destructiva que reclaman sus propietarios. Como resume: “Los problemas con la IA que no implican un dispositivo todopoderoso que se vuelva contra la humanidad son innumerables”.


Fuente: El Salto

viernes, 31 de enero de 2025

¿Leviatán frágil?

 

      Profesor de Economía en la École des Hautes Études en Sciences Sociales e investigador del Centre d'economie de Paris Nord.


     En El hombre sin atributos (1930), de Robert Musil, ambientada en Viena en vísperas de la Primera Guerra Mundial, el general del ejército Stumm von Bordwehr se pregunta: “¿Cómo pueden los que participan en un gran acontecimiento saber de antemano si será un gran acontecimiento?”. La respuesta, sugiere, es “¡imaginando que lo es! Si me permiten una paradoja, afirmaré, por tanto, que la historia universal se escribe antes de que suceda: siempre empieza siendo un chisme”. La semana pasada, los chismes giraron en torno al regreso de Donald Trump al poder y la avalancha de órdenes ejecutivas que le siguieron, mientras el 47º presidente reunía a los gigantes de la industria tecnológica para su toma de posesión: reservando asientos de primera fila para Mark Zuckerberg de Meta, Jeff Bezos de Amazon, Sundar Pichai de Google y Elon Musk de Tesla, con Tim Cook de Apple, Sam Altman de Open AI y Shou Zi Chew de Tik Tok sentados más atrás. Hace apenas unos años, la gran mayoría de estos multimillonarios eran partidarios declarados de Biden y de los demócratas. “Todos estaban con él”, recordó Trump, “todos y cada uno de ellos, y ahora todos están conmigo”. La cuestión crucial se refiere a la naturaleza de este realineamiento: ¿se trata de un simple giro oportunista, dentro de los mismos parámetros sistémicos? ¿O de un momento de ruptura digno de ser llamado un gran acontecimiento de la historia universal? Arriesguemos esta segunda hipótesis.




Como sabemos, a Trump le encantan los homenajes suntuosos. Cuando los cortesanos acuden en masa a su mansión de Mar a Lago, ¿no parece un Versalles en miniatura? Pero el presidente no es un aspirante a Luis XIV. Su proyecto no es centralizar la autoridad en el Estado, sino más bien potenciar los intereses privados a expensas de las instituciones públicas. Ya está tratando de revertir los incipientes intentos de intervencionismo de la administración Biden derogando sus subsidios verdes, políticas antimonopolio y medidas impositivas, a fin de ampliar el margen de acción de los monopolios corporativos en el país y en el extranjero.

Dos de sus decretos ejecutivos, firmados el día de la investidura, subrayan esta tendencia. El primero revocó un mandato de la era Biden que requería que "los desarrolladores de sistemas de inteligencia artificial que plantean riesgos para la seguridad nacional, la economía, la salud o la seguridad pública de Estados Unidos compartan los resultados de las pruebas de seguridad con el gobierno de Estados Unidos". Si bien antes las autoridades públicas tenían cierta influencia en los avances en la frontera de la inteligencia artificial, ahora se ha eliminado esta supervisión mínima. El segundo decreto anunció la creación del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), dirigido por Musk. Basado en una reorganización de los Servicios Digitales de Estados Unidos, establecidos bajo Obama para integrar los sistemas de información entre las diferentes ramas del estado, el DOGE tendrá acceso ilimitado a datos no clasificados de todas las agencias gubernamentales. Su primera misión es "reformar el proceso de contratación federal y restaurar el mérito en la función pública", asegurando que los empleados estatales tengan un "compromiso con los ideales, valores e intereses estadounidenses" y "servirán lealmente al Poder Ejecutivo". DOGE también "integrará tecnologías modernas" en este proceso, lo que significa que Musk y sus máquinas tendrán la responsabilidad de la supervisión política de los funcionarios federales.




En las primeras horas del segundo mandato de Trump, los empresarios tecnológicos lograron proteger sus proyectos más rentables del escrutinio público y al mismo tiempo ganaron una influencia significativa sobre la burocracia estatal. La nueva administración no está interesada en utilizar el Estado federal para unificar a las clases dominantes como parte de una estrategia hegemónica. Por el contrario, está tratando de emancipar a la fracción más optimista del capital de cualquier restricción federal seria, al tiempo que obliga al aparato administrativo a someterse al control algorítmico de Musk.

La creciente concentración de poder en manos de los oligarcas tecnológicos no es en absoluto inevitable. En China, la relación entre el sector de las grandes tecnológicas y el Estado es volátil, pero el primero se ve obligado en general a adaptarse a los objetivos de desarrollo fijados por el segundo. También en Occidente, los organismos públicos han reaccionado en ocasiones contra el monopolio corporativo: el Congreso, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos y la Reserva Federal se unieron para bloquear el proyecto de criptomoneda de Facebook, Libra, en 2021. Para el economista Benoît Cœuré, "la madre de todas las cuestiones políticas es el equilibrio de poder entre el gobierno y las grandes tecnológicas a la hora de dar forma al futuro de los pagos y el control de los datos relacionados".

Pero ahora Trump está inclinando aún más la balanza a favor de las grandes tecnológicas. A sus órdenes ejecutivas, dio instrucciones a los reguladores para que impulsaran la inversión en criptomonedas, al tiempo que impedía a los bancos centrales desarrollar sus propias monedas digitales que pudieran actuar como contrapeso. Podemos esperar más políticas de este tipo en el futuro: desregulación, exenciones fiscales, contratos gubernamentales y protecciones legales.




Este proyecto radical de la principal potencia mundial podría tener consecuencias graves: reconfigurar la relación entre el capital y el Estado, las clases y los países, en los próximos años. Amenaza con acelerar un proceso que he descrito en otro lugar como "tecnofeudalización". A medida que las grandes corporaciones monopolizan el conocimiento y los datos, centralizan los medios algorítmicos de coordinación de las actividades humanas, desde las prácticas laborales hasta el uso de las redes sociales y los hábitos de compra. Como las instituciones públicas son cada vez más incapaces de organizar la sociedad, la tarea recae entonces en las grandes empresas tecnológicas, que adquieren una capacidad extraordinaria para influir en el comportamiento individual y colectivo. La esfera pública se disuelve así en redes en línea, el poder monetario se desplaza a las criptomonedas y la inteligencia artificial coloniza lo que Marx llamó el "intelecto general", anunciando la apropiación constante del poder político por parte de intereses privados.

El debilitamiento de las instituciones mediadoras va de la mano de un impulso antidemocrático –o, más precisamente, de un odio a la igualdad. Desde la publicación del manifiesto tecno-optimista “El ciberespacio y el sueño americano” en 1994, grandes sectores de Silicon Valley han adherido al principio randiano de que los pioneros creativos no pueden estar sujetos a reglas colectivas. El empresario tiene derecho a pisotear a los seres más débiles que amenazan con limitarlo: trabajadores, mujeres, personas racializadas y trans. De ahí el rápido acercamiento entre los liberales californianos y la extrema derecha, con Musk y Zuckerberg ahora presentándose como guerreros culturales que luchan por revertir la marea de la conciencia. La gubernamentalidad algorítmica consagra el derecho a “innovar” sin rendir cuentas a las masas.




Este régimen emergente de acumulación también reemplaza la lógica de producción y consumo por la de depredación y dependencia. Si bien el apetito por el excedente sigue siendo tan voraz como en períodos anteriores del capitalismo, el afán de lucro de las grandes tecnológicas es único. Mientras que el capital tradicionalmente invierte para reducir los costos o satisfacer la demanda, el capital tecnofeudal invierte para poner bajo su control diferentes áreas de la actividad social, creando una dinámica de dependencia que atrapa por igual a individuos, empresas e instituciones. Esto se debe en parte a que los servicios que ofrecen las grandes tecnológicas no son productos básicos como cualquier otro. A menudo son infraestructuras críticas de las que depende la sociedad. El apagón masivo de Microsoft en el verano de 2024 fue un duro recordatorio de que los aeropuertos, hospitales, bancos y agencias gubernamentales, entre otros, dependen ahora de estas tecnologías, lo que permite a los monopolistas cobrar rentas exorbitantes y generar flujos interminables de datos monetizables.

El resultado final es un estancamiento generalizado de la economía global. Las empresas rentables de otros sectores ven debilitada su posición en el mercado a medida que se vuelven cada vez más dependientes de la nube y la inteligencia artificial, mientras que la población en general está sujeta a las depredaciones del capital rentista. La enorme necesidad de recursos de los tecnofeudalistas también conduce a una creciente destrucción ecológica, con nuevos centros de datos con alto contenido de carbono que surgen en todo el mundo. A medida que el crecimiento se desacelera, la polarización política y la desigualdad económica se profundizan, y los trabajadores luchan por una porción cada vez menor de la riqueza.

Esto plantea una serie de cuestiones estratégicas para la izquierda. ¿Cómo se relaciona la lucha contra las grandes tecnológicas con las luchas anticapitalistas existentes? ¿Cómo deberíamos concebir el internacionalismo en una época en la que el poder tecnofeudal trasciende las fronteras nacionales? Aquí puede que valga la pena tener en cuenta los principales preceptos del clásico de Mao Tse-Tung Sobre la contradicción (1937), hábilmente resumido por Slavoj Žižek:


La contradicción principal (universal) no se superpone a la contradicción que debe ser tratada como dominante en una situación particular; la dimensión universal reside literalmente en esta contradicción particular. En cada situación concreta, una contradicción "particular" diferente es la predominante, en el sentido preciso de que, para ganar la lucha por la resolución de la contradicción principal, uno debe tratar una contradicción particular como la predominante, a la que todas las demás luchas deben subordinarse.

Hoy, la contradicción universal sigue siendo la de la explotación capitalista, que enfrenta al capital con el trabajo vivo. Pero la ofensiva tecnofeudal a gran escala representada por Trump y Musk puede cambiar esta situación, creando una nueva contradicción principal entre las grandes tecnológicas estadounidenses y aquellos a quienes explotan. Si llegáramos a ese punto, la tarea de la izquierda cambiaría radicalmente. Tomando como ejemplo las guerras coloniales de China, Mao explica que


Cuando el imperialismo lanza una guerra de agresión contra un país determinado, las distintas clases de ese país, con excepción de un pequeño número de traidores a la patria, pueden unirse temporalmente en una guerra nacional contra el imperialismo. La contradicción entre el imperialismo y el país en cuestión se convierte entonces en la contradicción principal, y todas las contradicciones entre las distintas clases dentro del país (incluida la contradicción, que era la principal, entre el régimen feudal y las masas populares) pasan temporalmente a un segundo plano y a una posición subordinada.

En el contexto actual, esto significaría formar un frente antitecnofeudal que se extendiera más allá de la izquierda hacia diversas fuerzas democráticas y fracciones del capital en desacuerdo con las grandes tecnológicas. Este movimiento hipotético podría adoptar lo que podríamos llamar una “política digital no alineada”, con el objetivo de crear un espacio económico fuera del control de los monopolistas en el que se pudieran desarrollar tecnologías alternativas. Esto, a su vez, implicaría una forma de proteccionismo digital (negando el acceso a las empresas tecnológicas estadounidenses y desmantelando su infraestructura siempre que fuera posible), así como un nuevo internacionalismo digital, en el que las personas compartirían soluciones tecnológicas sobre una base cooperativa.

Huelga decir que cualquier alianza de ese tipo tendría que enfrentarse a diversas barreras estructurales. Debido a la compleja interpenetración de los intereses capitalistas, con inversiones ligadas entre sí en diferentes sectores y territorios, es difícil determinar qué fracciones del capital están más alineadas con las grandes tecnológicas y cuáles podrían verse presionadas a sumarse a la oposición. También está el hecho de que las burguesías nacionales son socios notoriamente poco fiables cuando se trata de proyectos de desarrollo fuera del núcleo imperial; por lo general están más interesadas en aumentar su propia riqueza rentista que en efectuar el tipo de cambio estructural que pondría fin a la dependencia. Y existe el peligro de que, incluso si lograra reunir esas fuerzas, un frente antitecnofeudal sería vulnerable a la captura burocrática, confiando el desarrollo de alternativas digitales a expertos en lugar de involucrar activamente a las masas populares.

Sin embargo, los multimillonarios tecnológicos tienen sus propios obstáculos que enfrentar. Su proyecto –utilizar una alianza con Trump para derribar los últimos obstáculos que quedan al control algorítmico– tiene una base social extremadamente estrecha, y la velocidad a la que avanza seguramente generará resistencia tanto de la población en general como de las élites. También debe lidiar con la destreza digital de China, mientras empresas rivales como DeepSeek intentan socavar la imagen de invencibilidad de Silicon Valley. ¿Podría el tecnofeudalismo estadounidense convertirse en un Leviatán frágil? ¿Se recordará el regreso de Trump al poder como un “gran acontecimiento” o se trata simplemente de rumores falsos?

Fuente: SIDECAR

miércoles, 1 de enero de 2025

Con la guerra de Gaza y el regreso de Trump, Silicon Valley acoge un renacimiento militar

 

       Antropóloga estudiosa de la guerra automatizada de Israel contra Palestina.


En la primera Cumbre DefenseTech de Israel, líderes corporativos y funcionarios del ejército promocionaron abiertamente su asociación en la guerra y la vigilancia impulsadas por IA.


Ponente en la Cumbre DefenseTech en la Universidad de Tel Aviv, 10 de diciembre de 2024 -DefenseTech Summit.


     El 10 de diciembre, funcionarios militares israelíes, fabricantes de armas y capitalistas de riesgo estadounidenses se reunieron en la Universidad de Tel Aviv para la primera Cumbre DefenseTech. El evento de dos días incluyó paneles sobre “El futuro del conflicto global”, “Desafíos de las espadas de hierro” (el nombre que las FDI dieron a la guerra en Gaza) y “Explorando la innovación en la tecnología de drones”. Representantes de Palantir, Sequoia Capital y Elbit compartieron el escenario con el Director General de las FDI y el jefe de LOTEM, la unidad del ejército dedicada a los macrodatos y la inteligencia artificial.

Llegué temprano el martes por la mañana y formé la fila para recoger mi credencial de entrada junto con representantes de Google Cloud y soldados uniformados de MAFAT, el ala de investigación y desarrollo del ejército israelí. El evento estaba repleto de trabajadores tecnológicos, representantes militares e inversores estadounidenses deseosos de establecer contactos.

Oficialmente, la Cumbre DefenseTech tenía como objetivo mostrar “las tecnologías y estrategias de vanguardia de Israel para abordar la seguridad global”, pero el evento parecía más bien una celebración de una nueva y desenfrenada era de tecnomilitarización inaugurada por la reelección de Donald Trump.

Se espera que las alianzas entre el ejército israelí y los capitalistas de riesgo y los jefes corporativos estadounidenses se intensifiquen bajo la administración Trump. La “campaña de eficiencia gubernamental” planeada por Trump, supervisada por Elon Musk, promueve proyectos conjuntos entre grandes contratistas de defensa y empresas tecnológicas más pequeñas, especialmente en áreas como la inteligencia artificial y la guerra con drones. Como dijo Noam Perski de Palantir en su discurso del martes por la mañana: “Todas estas personas que solían ser colegas de la tecnología ahora son colegas de la tecnología de defensa”.

Muchos de los partidarios estadounidenses de la reforma son defensores acérrimos de la estrategia militar israelí en Gaza durante el último año. Citan la rápida apertura de puertas entre el sector militar y el de las empresas emergentes como modelo a imitar, y un puñado de ellos viajó a Ramat Aviv para la ocasión.


Asistentes a la Cumbre DefenseTech en la Universidad de Tel Aviv, 10 de diciembre de 2024 - DefenseTech Summit.

Los inversores estadounidenses, con sus zapatos de cuero, sus camisas de diseño y su bótox, se distinguían de los hermanos tecnológicos israelíes que lucían camisetas Nike, vaqueros ajustados y protectores solares. Pero el bufé del vestíbulo era un auténtico crisol de culturas. Generales de alto rango y soldados de inteligencia recién llegados de la base charlaban con multimillonarios mientras tomaban capuchinos. Todos estaban ansiosos por hablar de inteligencia artificial, de inversiones vertiginosas en industrias militares y de Elon Musk.

El optimismo que anima a estas industrias bélicas no se ve atenuado por la devastación que se vive en Gaza, uno de los conflictos más letales para los civiles en la historia reciente. Las acusaciones de crímenes de guerra en la CPI y de genocidio en la CIJ han hecho poco para disuadir al gobierno de extrema derecha de Israel, y en la conferencia –como en el discurso público israelí en general– la línea oficial siguió inclinándose, obstinadamente, hacia la victoria justa. “Esta es una guerra entre el bien y el mal”, dijo el Director General del Ejército israelí, Eyal Zamir, en sus comentarios de apertura. “Es una guerra entre la luz y la oscuridad, y pronto encenderemos las velas de Janucá”.


Nati Amsterdam, director nacional de Nvidia Israel, habla en la Cumbre DefenseTech, Tel Aviv, el 10 de diciembre de 2024 - Cumbre DefenseTech.

Se trata de una narrativa que sonaría cursi si no fuera coherente con la visión maniquea del mundo que abrazan los halcones de Silicon Valley, que ahora están ascendiendo en las filas del poder político estadounidense. Entre las empresas más influyentes se encuentra Palantir, la empresa de software conocida por proporcionar software de vigilancia y selección de objetivos con asistencia de inteligencia artificial tanto a Estados Unidos como a Israel.

“(Después del 7 de octubre,) la demanda de nuestros productos se disparó drásticamente. De repente, se abrieron todas las puertas”, dijo Ayelet Gilan, gerente general de Palantir Israel, a Forbes Israel en noviembre. “Aquí se creó una oportunidad única de colaboración y logramos crear relaciones que dieron lugar a proyectos conjuntos”.

La visión de la empresa Palantir fue destilada por el director ejecutivo Alex Karp en el Foro de Defensa Ronald Reagan, celebrado en Simi Valley, California, unos días antes de la cumbre de Tel Aviv. “La gente quiere vivir en paz, quiere volver a casa, no quiere oír vuestra ideología pagana progresista”, exclamó. “Quieren saber que están a salvo y que estar a salvo significa que la otra persona tiene miedo: así es como se hace que alguien esté a salvo”.

'La tecnología de defensa vuelve a estar de moda'

No es ningún secreto que Silicon Valley comenzó como un experimento del Departamento de Defensa de Estados Unidos, que producía los ordenadores centrales y los microprocesadores que guiaron las operaciones militares estadounidenses durante la Guerra Fría. Israel se convirtió rápidamente en el campus satélite de la industria: IBM e Intel abrieron sus primeras oficinas en los años 70, y otros gigantes siguieron sus pasos en las décadas siguientes.

La industria tecnológica israelí, en deuda con el flujo de dinero estadounidense a fines del siglo XX, nunca ha ocultado su papel en la guerra y la ocupación regionales. Por el contrario, la estrecha relación entre el sector militar y el tecnológico es un sello distintivo de la marca de Israel como nación emergente.


Artículo promocional entregado a los asistentes a la Cumbre DefenseTech en la Universidad de Tel Aviv, el 10 de diciembre de 2024 - Cumbre DefenseTech.

Sin embargo, desde los años 1990, las empresas tecnológicas estadounidenses han tendido a negar sus orígenes militares y, en cambio, se han promocionado como bastiones liberales (el lema de Google era literalmente “no seas malo”). Aunque los contratos militares eran comunes, los directores ejecutivos se aseguraban de que se firmaran en secreto para evitar la ira de los empleados que protestaban abiertamente por las aplicaciones militares de sus productos.

En eventos anteriores de la industria que cubrí, a partir de 2019, los fundadores y generales hicieron todo lo posible para asegurarle a la audiencia que la vigilancia algorítmica y la selección de objetivos con drones ofrecían herramientas de guerra más precisas y, por lo tanto, más humanas. Era parte de una narrativa más amplia, impulsada por elementos más centristas en el gobierno de Israel y un establishment de seguridad históricamente liberal, de que las tecnologías digitales y automatizadas ayudarían a minimizar el impacto de la guerra y la ocupación en las vidas de los civiles.

Sin embargo, en los últimos años, la situación ha cambiado lentamente, tanto en Estados Unidos como en Israel. Hoy, los fundadores de empresas tecnológicas estadounidenses se consideran una nueva clase guerrera, orgullosa de estar rehaciendo su país a imagen de la “nación guerrera” de Israel. El gobierno de extrema derecha de Israel y la realeza de Silicon Valley se adhieren a una doctrina de seguridad de “paz a través de la fuerza”, y promueven demostraciones letales de fuerza como la única manera de apuntalar la seguridad nacional, o lo que Alex Karp, de Palantir, describe como “asustar a tu enemigo hasta dejarlo sin aliento”.


Palestinos inspeccionan un automóvil destruido por un ataque con drones israelí que mató a dos personas e hirió a varias más, en Al-Mawasi, en el sur de la Franja de Gaza, el 23 de diciembre de 2024 - Abed Rahim Khatib

En la Cumbre DefenseTech de este año, parecía que no había necesidad de apelar a las normas diplomáticas ni a las leyes internacionales de derechos humanos. Hamutal Merido, exdirectora general de Palantir Israel, lo explicó a la audiencia: “Cuando estaba en Palantir, solíamos hacer manifestaciones fuera de nuestras oficinas”, recordó. “Ahora, todo el mundo parece pensar que [la tecnología de defensa] está de moda otra vez”.

Shaun Maguire, socio de la firma estadounidense de capital de riesgo Sequoia Capital y defensor declarado de la estrategia militar israelí en Gaza, ofreció a la audiencia un panorama igualmente optimista para el complejo militar-industrial actual: “Si yo hablaba con la gente hace tres años, decían que eras una mala persona si trabajabas para el ejército. Pero ahora las cosas son muy optimistas: la psicología de todo el asunto está cambiando”.

Una nueva era de asociación

En 2024, Trump se presentó con una plataforma aislacionista de “Estados Unidos primero”, oponiéndose a la participación en guerras lejanas. Pero para Palantir y otras empresas tecnológicas patrioteras que se unieron en torno a su campaña, la guerra de Israel en Gaza subrayó la importancia de invertir en tecnologías militares.

“La gente está observando lo que está sucediendo en Ucrania o Israel… y dice: ‘Hombre, me encantaría dedicar tiempo a trabajar en cosas que van a cambiar el rumbo de la humanidad’”, dijo Trae Stephens, cofundador de la firma estadounidense de tecnología de defensa Anduril, en una entrevista con Wired en septiembre. A principios de este mes, Anduril y Open AI anunciaron una asociación para suministrar al Departamento de Defensa de Estados Unidos sistemas de defensa asistidos por IA, y Stephens consultó recientemente con el equipo de transición de Trump sobre los planes para renovar el ejército estadounidense.

Desde el 7 de octubre, las tropas israelíes han recurrido a una serie de armas y sistemas de vigilancia (muchos fabricados o mantenidos por gigantes tecnológicos estadounidenses como Palantir, Amazon, Google y Microsoft) en el incesante bombardeo aéreo y terrestre de Gaza, que mató al menos a 45.000 personas y dañó o destruyó el 60 por ciento de sus edificios. Y, como reveló el informe de +972, se utilizaron sistemas de orientación con inteligencia artificial como Lavender y The Gospel para aumentar el número de muertos en toda la Franja, a menudo en flagrante violación del derecho internacional.


Soldados israelíes en Beit Lahiya, en el norte de la Franja de Gaza, el 28 de noviembre de 2024.

Pero si bien estas tácticas no han logrado los objetivos de Israel en Gaza, la prolongada guerra –que el ex jefe del Estado Mayor del ejército Moshe Ya'alon describió recientemente como equivalente a una “limpieza étnica”– ha reforzado las carteras de los directores ejecutivos de empresas tecnológicas y los capitalistas de riesgo estadounidenses. Muchos de ellos siguen cerrando nuevos acuerdos con el ejército israelí e inyectando dinero en el mercado local de tecnología militar.

A principios de este mes, una firma de inversión estadounidense compró la firma israelí de software espía Paragon por más de 500 millones de dólares, a pesar de los esfuerzos de la administración Biden por frenar la venta de dichos sistemas. Las tensiones entre Estados Unidos e Israel aumentaron después de que tecnologías de vigilancia similares vendidas por NSO Group, una empresa israelí de software espía, se vincularan a violaciones de derechos humanos en todo el mundo. Los expertos del sector creen que la reelección de Trump marca una nueva era de asociación, incluso para las empresas más controvertidas de Israel.

“En los próximos cuatro años entraremos en una era mucho mejor de asociación entre Israel y Estados Unidos y en una especie de visión más alineada de cómo lograr la seguridad en la región”, declaró Shaun Maguire, de Sequoia Capital, en su discurso en la conferencia. La llegada de Kamala Harris a la presidencia, añadió, “habría sido una noticia terrible para Israel”.

Lorne Abony, socio gerente del fondo de capital riesgo Texas Ventures y uno de los financiadores más prolíficos de empresas de tecnología militar israelíes desde que comenzó la guerra, lo expresó en términos más simples: “Los próximos años serán un renacimiento para Israel. Tenemos todas las piezas en su lugar en el Departamento de Defensa [de Estados Unidos]”. La multitud aplaudió con fuerza.

Fuente: +972Magazine