Editora
de la New
Left Review.
Amazon,
Meta y OpenAI ejercen una enorme influencia sobre la política, pero,
¿significa esto que estamos entrando en la era del tecnofeudalismo?
Evgeny Morozov y Cédric Durand debaten sobre el capitalismo
contemporáneo
Cuando
Donald Trump juró su cargo en enero, se encontraba flanqueado por
Jeff Bezos, Mark Zuckerberg y otros tantos multimillonarios
tecnológicos. Para algunos pensadores, este momento simbolizó la
fusión del poder económico y político, lo que se asemejaba más al
feudalismo premoderno que al capitalismo tal y como lo conocemos. En
lugar de superar a sus rivales mediante la competencia, estos
individuos utilizaron su influencia política para evitar las
regulaciones, permitiendo que los monopolios tecnológicos como
Amazon, Google y Meta consiguieran sus beneficios mediante la
extracción de rentas de los usuarios. Dentro de este nuevo mundo
posterior a 2008, el beneficio ya no se situaba en el centro del
capitalismo. En cambio, estas élites, con estrechos vínculos con el
Estado, utilizaron su influencia para enriquecerse directamente a
través de medios políticos.

Otros
pensadores, sin embargo, interpretaron el momento de manera muy
diferente. Argumentaron que los multimillonarios tecnológicos habían
sido domesticados por el Partido Republicano y que si se alineaban
detrás de Trump era para rendir tributo, no para exigir favores. En
lugar de desafiar a un Estado cada vez más opresivo, las Big Tech y
la industria cripto sirvieron para apuntalar el poder estadounidense
y mantener a salvo el neoliberalismo.
En
una discusión de gran alcance, Susan Watkins, editora de la New
Left Review,
conversó con Cédric Durand y Evgeny Morozov, dos de los pensadores
más relevantes sobre la cuestión tecnológica, acerca de cómo debe
entenderse el capitalismo contemporáneo y cómo tomar partido entre
estas dos posiciones contrapuestas.
Cédric
Durand nació en Francia, se educó en Grenoble y en la EHESS de
París, y completó su doctorado sobre la minería en la Rusia
postsoviética. Durand es más conocido por sus dos libros
recientes: Fictitious
Capital (2014),
que examina las dinámicas detrás de la crisis financiera,
y Technofeudalism (2020),
que explora la revolución digital. Evgeny Morozov nació en la
región de Minsk de la Unión Soviética, pocos años antes de que se
desintegrara. Educado en la American University en Bulgaria, con un
doctorado de Harvard, es autor de The
Folly of Technological Solutionism (2013),
un libro profético que atacaba la idea de que la era digital traería
la democratización. También es el fundador de la plataforma de
curaduría de conocimiento The Syllabus. Recientemente, Verso Libros
ha publicado su podcast Los Santiago Boys.
En
esta conversación, Durand y Morozov retoman el diálogo iniciado en
la revista y abordan el ascenso, la influencia y la importancia de
las Big Tech, la independencia del Estado respecto del control
directo de los capitalistas y se preguntan si el vaciamiento de las
capacidades administrativas del gobierno hará que el socialismo sea
más difícil de alcanzar. Los extractos que siguen han sido
adaptados de una discusión en la conferencia Read International
Convention of Books and Ideas 2025 en Barcelona, organizada por Verso
Libros, Verso Books, La Fabrique, Brumaire y Jacobin, que convocó a
240 editoriales y revistas progresistas de todo el mundo en el mes de
septiembre.
Vamos
a discutir el capitalismo de hoy. El capitalismo en una era donde las
crisis financieras han sido respondidas con enormes rescates
estatales, creando vulnerabilidades adicionales. Inflación de
precios de activos, concesión de créditos de riesgo y la necesidad
de más y más rescates. Una era de desarrollo tecnológico digital
acelerado que penetra cada aspecto de la vida cotidiana. Una era de
crisis climática acelerada que excede las predicciones de los
modelos matemáticos. Y una era de crecientes tensiones geopolíticas
–impulsadas en parte por la globalización de la producción– que
intenta resolver los problemas de rentabilidad de las empresas
occidentales, lo que de hecho espoleó el ascenso de China.
Así
pues, una era en la cual cada solución a la crisis capitalista
parece estar creando vulnerabilidades adicionales sobre este sistema.
Voy a pedirle a Cédric que comience explicándonos cuáles cree que
son las dinámicas más novedosas de la coyuntura actual.
Cédric
Durand: Caracterizaría
la coyuntura actual tomando prestado un concepto de Ernest Mandel:
“El capitalismo demasiado tardío”. ¿Por qué es “demasiado
tardío”? Creo que la razón más obvia es la crisis ecológica,
que realmente se encuentra en el corazón del debate que deberíamos
estar teniendo; es absolutamente crucial. Pero si queremos centrarnos
más en las dinámicas capitalistas, si queremos caracterizar la
situación actual, creo que tenemos que fijar nuestra atención en
cinco elementos clave.
El
primer elemento es lo que yo llamaría el ascenso de los otros, o la
des-occidentalización de la economía global. La hegemonía de
Estados Unidos y Europa está desvaneciéndose gracias al ascenso de
China y, en menor medida, de otros países como India. Solo para
darles un dato: China representaba alrededor del 2 % del PIB
mundial en la década de 1980; ahora es más del 18 %. Es un
cambio tremendo y está reconfigurando las dinámicas globales.
Francia y Alemania, que juntas representaban más del 10 % del
PIB global, ahora representan solo el 5 %. Juntas, son más
pequeñas que India. Esto nos da una idea de la escala del cambio, y
creo que es relevante para entender lo que está sucediendo.
El
segundo elemento clave es lo que se podría llamar el fin de la
hegemonía financiera, aunque esta afirmación podría parecer un
poco prematura. Durante cinco décadas, experimentamos un superciclo
financiero. Este proceso fue funcional hasta 2008, pero después de
eso, ha estado completamente subsidiado. Se han producido enormes
rescates e intervenciones masivas por parte de los bancos centrales.
En sí mismas, estas intervenciones han creado algunos problemas. La
crisis de la covid y el estallido inflacionario posterior mostraron
que gestionar esta economía se ha vuelto cada vez más difícil.
La
economía no es muy dinámica, pero el sector financiero está en
pleno apogeo. El peso del capital ficticio es enorme, y nos
encontramos en una crisis permanente. Cada pocos meses, escuchamos
hablar sobre otra crisis financiera en algún rincón del mundo,
acompañada de otra intervención política en algún otro lugar. Las
discusiones sobre el precio del dólar, el auge de las criptomonedas
y las stablecoins (monedas
estables)... –todo esto es parte de la crisis de la hegemonía
financiera.
El
tercer elemento es la hegemonía tecnológica. Hablaremos más sobre
eso, pero quiero enfatizar algo: no es solo que el sector tecnológico
esté liderando la acumulación de capital, es en sí mismo la
concentración extrema de capital. Unas pocas corporaciones ahora
representan alrededor del 20 % de la capitalización de mercado
en Estados Unidos y el 35 % de la capitalización del mercado de
valores, en comparación con aproximadamente el 20 % en 2010.
Estamos viendo un rápido crecimiento no solo en ese sector, sino
también en la concentración de capital en unas pocas corporaciones.
Eso es algo que debe resultarnos muy especial y significativo.
El
cuarto elemento es la globalización. Los efectos de la globalización
se pueden sentir en muchos aspectos de nuestras vidas, desde poder
viajar hasta consumir bienes producidos en todo el mundo. Pero parece
que, durante los últimos diez a quince años, la expansión de la
globalización se ha visto interrumpida. La cuota del comercio en la
economía global ya no está creciendo. Tenemos muchas discusiones
sobre aranceles, desconexión, sanciones. Existe un proceso de
fragmentación en la economía global, que es muy diferente de la era
neoliberal clásica que vivimos en el pasado.
Finalmente,
y esto es importante para nuestra discusión, el capitalismo
demasiado tardío es también un capitalismo que ha perdido su
dinamismo. Es un capitalismo que se está desacelerando. Hemos estado
viviendo este proceso desde el auge de la posguerra. Pero ahora,
incluso pese al desarrollo tecnológico, no se ha producido un
rejuvenecimiento. Las economías de altos ingresos están viendo cómo
se produce una disminución en las tasas de inversión, y esta
desaceleración no se limita a esas economías: también está
sucediendo en China, donde el crecimiento se ha ralentizado durante
la última década. No es solo una desaceleración general, también
es que, a pesar de toda la innovación, la productividad sigue siendo
baja. No estamos produciendo más valor de uso, y mucha gente siente
que esta forma de empobrecimiento está conectada con la
desaceleración de la tasa de crecimiento dentro de los estados
capitalistas.
Estos
cinco elementos –el ascenso de China y otros países, el fin de la
hegemonía financiera, la concentración del capital tecnológico, la
desaceleración de la globalización y la desaceleración general de
las dinámicas capitalistas– son clave para entender lo que está
sucediendo ahora. Estos elementos son también el telón de fondo del
giro reaccionario que estamos viendo en muchos países occidentales,
especialmente en Estados Unidos, donde hay un giro hacia el
autoritarismo, o incluso un giro neofascista. Esto está vinculado al
aumento de la competencia internacional, a la falta de movilidad
social, a las crecientes concentraciones de poder económico y a una
crisis general que da forma a la coyuntura actual.
Mark Zuckerberg, Donald Trump, Melania Trump y Bill Gates en una cena con líderes empresariales de grandes tecnológicas en la Casa Blanca.
Evgeny,
¿qué dirías al respecto o qué añadirías?
Evgeny
Morozov:
En buena medida, tanto el enfoque de la pregunta de Susan como la
respuesta de Cédric giran en torno a 2008. Ambos entienden la crisis
y sus secuelas como un punto de inflexión. Como una lente para
periodizar la manera en que pensamos sobre la forma actual del
capitalismo. Creo que en cierto modo es correcto, especialmente en el
contexto de cómo opera la economía digital y cómo ha evolucionado.
Si nos fijamos en empresas como Uber, Airbnb y muchas otras empresas
similares, lograron posicionarse tras la crisis como herramientas
para ayudar a las clases medias a sobrellevar la situación
convirtiéndose en emprendedores. Se presentaron como una oportunidad
para que la gente pudiera asegurarse de que sus activos –coches o
casas– pudieran tener una segunda vida.
Pero
también creo que hay una tendencia latente en esta periodización
que oscurece procesos que comenzaron antes y nos impide examinar
diferentes cuestiones y dimensiones del capitalismo. Dado que Cédric
enmarcó su intervención como una contribución para articular lo
que podría ser el “capitalismo demasiado tardío”, quiero decir
que a lo largo de los años me he vuelto extremadamente crítico y
escéptico de la periodización que comienza con el “capitalismo
tardío”. Con todo el respeto a Ernst Mandel, este marco ha
impuesto restricciones analíticas sobre la capacidad de la izquierda
para comprender los cambios estructurales en el capitalismo desde los
años setenta.
Esta
periodización asume que después del estado liberal y el estado
monopolista del capitalismo, llegamos al capitalismo tardío en los
años setenta, lo que luego marcó el comienzo de la globalización y
los cambios subsiguientes. Pero creo que necesitamos una forma
diferente de hablar sobre estos cambios, un nuevo marco conceptual.
En lugar de usar términos como neoliberalismo, financiarización o
globalización para describir la morfología cambiante del
capitalismo, aunque aún no he terminado el libro que la desarrolla,
durante la última década he estado trabajando en una periodización
diferente.
Esta
avanza desde la vieja idea del “capitalismo organizado”
articulada por Rudolf Hilferding y otros hace un siglo, pasando por
una transición al “capitalismo desorganizado” en los años
setenta, marcada por el ascenso de la desregulación, la
privatización y el establecimiento de la competencia como la forma
principal de gobernanza global. Esta fase desorganizada finalmente se
agotó a principios de los años 2000, llevando a lo que he estado
llamando “capitalismo orgánico”, una bestia muy diferente. El
término capitalismo orgánico reconoce que los esfuerzos por
disciplinar a los estados y las empresas sometiéndolos a más
competencia, privatización y mercantilización desde los años
setenta hasta finales de los noventa no solo fracasaron, sino que
generaron una serie de problemas, como el cambio climático y la
desigualdad. El capitalismo orgánico moviliza más capital para
abordar esos problemas.
Desde
principios de la década de 2000 en adelante, se puede ver emerger
una racionalidad diferente, especialmente en sectores como las
finanzas, donde personas como Al Gore y otros han comenzado a abogar
por nuevas formas de abordar los problemas del sistema. Esta visión
acepta que el capitalismo no ha sido tan efectivo como Friedrich
Hayek y otros afirmaban, y reconoce además que ha producido muchas
externalidades. Creen que, al movilizar más capital e introducir
intervenciones políticas impulsadas por el mercado, pueden
solucionar los problemas que ha creado el propio capitalismo.
Este
pensamiento se hace evidente en cómo los gestores de activos abordan
el cambio climático, viéndolo como un problema que solo puede
resolverse a través de la disciplina del mercado. Silicon Valley
entra en este paradigma a través de lo que yo llamo “solucionismo”.
Silicon Valley se ha posicionado como el proveedor de soluciones a
cada problema que el capitalismo ha creado. Desde la década de 2010
en adelante, ha diseñado soluciones en áreas como la atención
médica, la educación, el transporte: virtualmente en cada esfera de
la vida. Durante mucho tiempo, el público ha aceptado estas
soluciones sin cuestionarlas, sin darse cuenta de que eran
simplemente otra forma de privatización y mercantilización, ahora
disfrazada de “digitalización” o “innovación”.
En
esta nueva fase del capitalismo, que llamo capitalismo orgánico, la
política se hace a través del mercado. La idea es someterlo todo
–plataformas y otras instituciones basadas sobre los servicios– a
la lógica de la rentabilidad y la acumulación, usándolas para
resolver muchos de los problemas que el capitalismo ha producido. Por
eso, durante la última década aproximadamente, el Foro Económico
Mundial en Davos ha reconocido la realidad del cambio climático y
otros problemas globales. Pero su solución es movilizar capital
privado para resolver esos problemas, marginando las instituciones no
mercantiles y tratando a la economía capitalista como la máquina
definitiva para solucionar los problemas.
Es
fácil de pasar por alto este cambio estructural si partimos de una
periodización más convencional. Todavía estoy trabajando en
articular cómo ha surgido este nuevo período, pero creo que hay
algo importante que necesito mencionar aquí: no estamos en una fase
de agotamiento de las finanzas o de la industria financiera. De
hecho, yo argumentaría que estamos ante el entrelazamiento de Wall
Street y Silicon Valley. De diferentes maneras, ambos representan los
dos lados de la misma moneda: el capitalismo orgánico y
solucionista.
Silicon
Valley se presenta como el proveedor de soluciones, pero esas
soluciones, especialmente las que dependen de la inteligencia
artificial, requieren inversiones masivas de capital. Estamos
hablando de sumas del orden de 250.000 millones de dólares solo este
año para Investigación y Desarrollo (I+D) y otros gastos de capital
por parte de las principales empresas tecnológicas. Parte de este
dinero proviene de sus considerables reservas de efectivo, pero una
porción significativa proviene de cerrar acuerdos con grandes
fuentes de capital en los estados del Golfo: Qatar, los Emiratos y
Arabia Saudita. Parte de estas inversiones incluso provienen de
mercados de crédito privado, que son un segmento cada vez más
importante pero poco estudiado de la economía global. Estos mercados
evitan el sistema financiero tradicional e involucran a nuevos
actores que no se parecen al capital privado o al capital de riesgo.
Tomemos
el caso de Facebook, por ejemplo. Tiene mucho efectivo, pero aun así
está aprovechando los mercados de crédito privado. Lo ha hecho
tomando prestados entre 22.000 y 28.000 millones de dólares para
construir nuevos centros de datos, como anunció recientemente. Esto
marca un cambio significativo y conduce a nuevas vulnerabilidades en
el capitalismo. Necesitamos entender que las finanzas y la tecnología
no están separadas, sino que se refuerzan mutuamente. El auge de la
hegemonía tecnológica está profundamente entrelazado con la
relevancia de Wall Street, en especial de los nuevos actores en el
crédito privado.
Una
de las características estructurales de este nuevo paisaje es el
declive de las empresas que cotizan en bolsa y del mercado de valores
como medios para disciplinar a los capitalistas. Estos están siendo
reemplazados por la toma de decisiones privadas que ocurre en
instituciones dirigidas por gestores de activos, pero también por
estos nuevos actores que operan en el crédito privado [grandes
gestoras de activos, fondos de capital privado, fondos especializados
en deuda y bancos de inversión].
Finalmente,
hay un componente ideológico importante a la hora de analizar todo
esto. Silicon Valley, junto con figuras como Elon Musk y Peter Thiel,
ha capturado la imaginación de cómo debería entenderse el futuro y
el progreso. Esto fuerza a los movimientos de izquierda y partidos
políticos a elaborar una visión alternativa del futuro. Pero no he
visto que eso haya sucedido todavía. Creo que sería un error no
pensar en estos nuevos actores no solo como proveedores de
soluciones, sino también como fuentes de imágenes poderosas sobre
el futuro de la política y la vida pública.
Si
sigues los debates en Estados Unidos en los últimos meses, notarás
que esta visión del futuro no incluye la democracia tal como la
entendemos. En el futuro de Silicon Valley, todavía existirá la
vida pública y quizá algunas formas de asociación, pero todas las
relaciones serán hipertecnologizadas, mediadas por sistemas de
reputación, dispositivos de rastreo, de reconocimiento facial,
drones y lo que sea que estén construyendo estas firmas. Ese futuro
no se parecerá a las formas tradicionales de asociación
democrática. Esta es la corriente ideológica subyacente, es algo
con lo que debemos lidiar mientras además pensamos en cómo se
legitima a sí mismo este nuevo sistema.
¿Estás
sugiriendo que estas nuevas fuerzas podrán mantener el ritmo,
teniendo en cuentas las vulnerabilidades y las nuevas crisis que
están creando? ¿Se mantendrán por delante de la curva, o ves una
catástrofe inminente?
Evgeny
Morozov:
Hemos estado viviendo a través de una catástrofe durante las
últimas cinco o seis décadas, ¿verdad? Y probablemente de una
forma mucho más intensa durante las últimas dos o tres décadas.
Pero no veo que los capitalistas hayan perdido el control y mucho
menos el rumbo, si eso es lo que estás preguntando. Estamos ante un
momento muy turbulento, pero realmente no veo ninguna fuerza
antagonista en el horizonte que pueda arrebatarles el control. En ese
sentido, también creo que todo el giro hacia la IA en los últimos
años, particularmente en los últimos doce meses, ha logrado
revitalizar la imaginación capitalista de maneras que no habíamos
visto en mucho tiempo.
También
ha logrado movilizar mucho capital improductivo que anteriormente iba
al sector inmobiliario o a la pura especulación financiera. Incluso
empresas que han estado algo inactivas, como Apple, han sido
compradoras masivas de sus propias acciones. Han gastado alrededor de
110.000 millones de dólares en recompras de acciones, pero solo
gastaron alrededor de 30.000 millones en I+D. De hecho, esto les está
perjudicando, pues su gasto fue mucho menor que empresas como Google
y Amazon, ambas mucho mejor posicionadas en la carrera de la IA.
Entonces,
en ese sentido, la ola de inversión de capital productivo impulsada
por la promesa de la IA de reducir costos y abrir nuevas líneas de
ganancia es real. No es capital ficticio. Esta inversión granjeará
a estas firmas –a esta alianza entre Wall Street y Silicon Valley–
otros cinco o siete años, si no más, de poder quemar mucho
efectivo. OpenAI, por ejemplo, no espera ser rentable hasta 2029 o
2030. Quemarán decenas de miles de millones, si no cientos de miles
de millones. Y continuarán perdiendo decenas de miles de millones al
año durante un tiempo. Pero su capacidad para convencer tanto a los
gobiernos, que los están subsidiando fuertemente al dejarlos
construir centros de datos, como al capital privado, a través de
fondos soberanos de riqueza, es importantísima. Han construido una
narrativa coherente en torno a ello, a pesar del hecho de que todo su
esfuerzo es altamente irracional y está basado en el derrochamiento.
Todas estas empresas están construyendo los mismos modelos con las
mismas funciones.
En
ese sentido, es un sistema racional dentro del marco capitalista
actual, y probablemente, como decía, durará entre cinco y siete
años. Sin embargo, las cosas podrían empeorar mucho políticamente
mientras tanto. Las élites pueden elegir gestionar el descontento
que podría surgir sobre la llegada de los centros de datos y su
consumo de energía derrochador a través de la fuerza pura en lugar
de prometiendo un futuro mejor.
Elon Musk y Donald Trump durante una rueda de prensa en el Despacho Oval.
Cédric,
¿quieres responder a eso, y luego tal vez hablar sobre tus ideas
sobre el tecnofeudalismo?
Cédric
Durand:
Sí, pero primero quiero decir algo sobre la relación entre Wall
Street y el sector tecnológico. Estoy de acuerdo con Morozov en que
hay una fuerte conexión, y que el sector tecnológico está
movilizando capital financiero –capital público, capital bancario,
capital privado, como mencionaste– y que hay mutaciones
significativas dentro del sector financiero. Eso es absolutamente
cierto. Mi punto, sin embargo, es que el sector financiero ha perdido
algo de autonomía en el sentido de que depende cada vez más de las
intervenciones de los bancos centrales. Además, las intervenciones
de los bancos centrales están creando más tensión, particularmente
en torno a la inflación. En este momento, en Estados Unidos, hay un
repunte de la inflación. Mientras, el banco central está bajando
las tasas de interés. Esto significa que se está volviendo cada vez
más difícil preservar el valor del dinero y mantener la posición
de las finanzas. Creo que esto crea una gran contradicción.
Por
otro lado, el sector tecnológico está proponiendo –y lo que has
descrito es absolutamente correcto– que la IA y las prácticas
vinculadas a ella están realmente impulsando el cambio social,
especialmente en términos de inversión y comportamiento económico.
El cambio que estoy describiendo es de las finanzas siendo el sector
dominante de la economía a la tecnología tomando la centralidad del
tablero. Por supuesto, no hay una disyunción absoluta entre ambos.
Todo es orgánico, pero el liderazgo está ahora del lado
tecnológico. Y es en ese contexto que desarrollé la hipótesis del
tecnofeudalismo.
Me
ha sorprendido la buena recepción que ha tenido el concepto. Creo
que un momento importante para reflexionar sobre ello es el mes de
enero, cuando vimos a todos los jefes tecnológicos en el discurso
inaugural de Trump. Esa fue una imagen impactante: todos los CEOs
tecnológicos estaban sentados en la primera fila, y Trump estaba
pululando alrededor. Y en su primer día en el cargo, ¿qué hizo?
Decidió descartar cualquier tipo de regulación sobre la IA a nivel
federal. Esta fue una decisión muy importante porque efectivamente
socavó cualquier forma de supervisión estatal sobre el área donde
estas empresas estaban haciendo sus apuestas más ambiciosas. Son
momentos como ese los que capturan la esencia de lo que estoy
describiendo y, a un nivel más analítico, me gustaría aclarar
algunos puntos.
Primero,
el tecnofeudalismo no significa que la economía digital nos esté
llevando de vuelta a tiempos feudales, por supuesto. Existe una
enorme diferencia, y es muy importante, respecto a los tiempos
medievales, cuando la producción estaba altamente individualizada.
Los campesinos trabajaban para el señor feudal, pero trabajaban
principalmente por su cuenta. Hoy, vivimos en un sistema de
producción altamente socializado. Todas las corporaciones dependen
unas de otras. Piensen en cuántas personas están involucradas en
los productos que estamos usando ahora mismo: es completamente
inimaginable. Es un mundo completamente diferente.
Sin
embargo, hay similitudes en términos de la calidad de las relaciones
sociales. Yo argumentaría que la dependencia es una de las primeras
analogías con los tiempos feudales. Cada uno de nosotros dependemos
de los servicios tecnológicos en nuestra vida cotidiana. A menudo
bromeo diciendo que mi madre probablemente podría vivir sin Google,
pero hace un mes tuvo un problema con su teléfono y tuvo que pedirle
ayuda a una vecina y luego llamarme. Fue una emergencia. Necesitaba
un smartphone.
Incluso a los ochenta y cuatro años, ella necesita a Google. Todos
dependemos de esas empresas. Pero no son solo los individuos. Las
corporaciones, sectores enteros e incluso los estados dependen de los
servicios de las grandes tecnológicas.
Por
ejemplo, recientemente, el Ministerio del Interior alemán cerró un
acuerdo con la rama de servicios en la nube de Amazon. Muchos de los
principales bancos de Europa dependen de los servicios en la nube de
Estados Unidos. La empresa ferroviaria nacional francesa solía tener
su propia nube, pero subcontrató ese servicio a Amazon. El CEO de
Total, la empresa energética, incluso explicó que le daba vergüenza
tener que enviar datos geológicos a Estados Unidos para extraer
petróleo. No confiaba en que sus datos estuvieran protegidos.
Entonces hay una dependencia general, no solo entre individuos, sino
a través de toda la estructura productiva. Y esta dependencia está
concentrada en muy pocas corporaciones. Es una relación altamente
asimétrica que refleja dinámicas coloniales. Hay un centro y una
periferia, y es algo que dará forma a Europa y a muchos países en
el futuro.
La
segunda analogía que me gustaría trazar es que en tiempos feudales,
siempre había alguna articulación entre el reino político y el
reino económico. Las empresas capitalistas siempre han dependido de
las decisiones estatales. Han presionado al Estado para obtener
políticas favorables, pero ahora, las grandes empresas tecnológicas
están adquiriendo capacidades estatales clave. Un ejemplo: durante
el COVID-19, Google puso a disposición datos públicos de movilidad,
mostrando cómo se movía la gente alrededor de las ciudades. Pero
para 2023, cerraron ese acceso, y se volvió privado nuevamente. Los
datos clave que solían ser públicos ahora están controlados por
Google, y esto está sucediendo con muchos otros tipos de datos.
Otro
ejemplo es cómo las plataformas tecnológicas ahora curan el debate
público. Los algoritmos de Facebook y X (el antiguo Twitter) están
organizando la vida política de una manera que no es neutral en
absoluto. El espectro mediático solía estar mayormente regulado por
el Estado, pero ahora ha cedido el control. También hay un debate
sobre el estatus del dinero. Con la pérdida de confianza en el
dólar, empresas como Amazon, X y Walmart están comenzando a emitir
su propio dinero. Cuando esto suceda, reducirá la capacidad del
Estado para gestionar la economía e implementar políticas
macroeconómicas.
Estos
ejemplos muestran cómo aspectos clave del poder estatal están
cambiando al sector privado y, en ese sentido, estas empresas se
están convirtiendo en actores políticos. No solo en términos
abstractos, sino en cómo dan forma a la vida social. Finalmente, yo
argumentaría que lo que están haciendo es crear posiciones
depredadoras para extraer rentas. Esto produce un juego de suma cero,
reminiscente de los tiempos feudales. En el feudalismo, los señores
expandían su territorio de manera de suma cero: lo que uno ganaba,
el otro lo perdía. Las grandes empresas tecnológicas están
insertas en el mismo tipo de competencia, expandiendo su control
sobre la esfera social.
Vale
la pena señalar que, como Evgeny advierte, estas empresas están
invirtiendo cantidades ingentes de efectivo, lo cual es
extraordinario. Pero esta es una dinámica sectorial donde la
inversión está fluyendo hacia la tecnología a expensas de otros
sectores. No hay una oleada de inversión más amplia. Hay menos
inversión en servicios públicos, menos en capacidades de
manufactura, infraestructura, vivienda: cosas que son necesarias para
la vida cotidiana. En ese sentido, esta dinámica es depredadora. Por
eso creo que el tecnofeudalismo no es solo un concepto abstracto; es
una tendencia que se está materializando día a día.
Solo
una nota final: no estoy diciendo que el tecnofeudalismo sea
inevitable. Es una posibilidad, una que se está materializando en
Occidente. Pero en China, estamos viendo algo diferente. El Estado no
está permitiendo que las empresas tomen el control del proceso
político y dominen la sociedad. Entonces, el feudalismo no es una
necesidad; es el resultado de elecciones políticas. Pero hay otras
posibilidades para la tecnología, otros caminos que podrían
emerger.
Evgeny,
¿quieres responder a eso, y a la posibilidad de que China tenga un
modelo diferente?
Evgeny
Morozov:
Bueno, lo primero de todo, tenemos que darnos cuenta de que hay
muchas teorías parcialmente superpuestas y parcialmente en
competencia sobre el tecnofeudalismo y el neofeudalismo, que es un
concepto relacionado pero distinto. La versión de Cédric es
probablemente la más matizada y no la presenta como un relato
exhaustivo o exclusivo de lo que impulsa el cambio bajo el
capitalismo. Según su posición, ese es uno entre otros marcos
explicativos que complementa dinámicas como la financiarización y
la globalización, que también pueden explicar lo que está
sucediendo.
Por
supuesto, hay formas más populistas de pensar sobre ello, y la más
conocida es el enfoque de Yanis Varoufakis. Las afirmaciones que hace
son mucho más absolutas y definitivas. Para él, el capitalismo
murió en 2008 y un nuevo sistema emergió en su lugar, reemplazando
la ganancia con la renta. Esa es una lectura más populista del
tecnofeudalismo.
En
mi caso, tomo una posición que ocupa un término medio entre estas
lecturas más extremas y populistas y las más matizadas sobre el
tecnofeudalismo. Mi respuesta inmediata a Cédric es que tengo la
sensación de que parece dar a entender que una teoría del
capitalismo en Marx y el marxismo es, por extensión, también una
teoría del Estado, una teoría sobre la forma del Estado y las
funciones que debería desempeñar. Quizás esto habría sido el
contenido del volumen faltante que Marx había esperado escribir
sobre el Estado, pero ese volumen nunca llegó.
Hasta
donde entiendo El
capital,
una teoría del capitalismo es agnóstica sobre la forma del Estado y
la distribución exacta del trabajo entre el mercado y el Estado. En
mi opinión, la idea de que ahora algunas de estas firmas están
asumiendo funciones previamente ocupadas por el Estado de bienestar
–o antes, por organizaciones benéficas, o incluso antes por
benefactores como los Medici– es interesante. Pero realmente no nos
dice si estamos viviendo en el capitalismo o el feudalismo. Solo nos
muestra que hay una plasticidad de algún tipo en cómo se pueden
satisfacer diversas necesidades, por ejemplo, aquellas relacionadas
con la reproducción, dentro del marco del Estado capitalista.
En
mi propia teoría y periodización, no hay nada anormal en que un
número creciente de gobiernos estén delegando más
responsabilidades públicas, como la atención médica, la educación
y la emisión de dinero, al sector privado, particularmente a Silicon
Valley. En última instancia, veo esto como una forma de que los
gobiernos logren varios objetivos a la vez. Uno de estos objetivos es
crear y mantener las condiciones para la acumulación capitalista, de
modo que a pesar de todos los problemas sistémicos que enfrenta el
capitalismo, las firmas puedan continuar acumulando. Y en parte, es
una forma de satisfacer las necesidades que tienen cuando se trata de
la vigilancia policial, la atención médica, etc.
Entonces,
si una empresa entra en la industria de la defensa o en el sector
policial, no es que estemos ante una violación de las prerrogativas
del Estado. Es una forma, en cierta medida, de profundizar el alcance
del Estado y hacerlo de manera ligeramente diferente pero aún
manteniendo al Estado y sus instituciones en el panorama.
Ahora,
mi problema con la teoría del tecnofeudalismo es que indirectamente
margina o hace menos relevantes otros marcos existentes, incluidos
los marcos marxistas. Específicamente, tiende a pasar por alto
cuestiones relacionadas con el imperialismo y las dinámicas entre el
hegemón y la economía global. Durante casi un siglo, Estados Unidos
ha sido el hegemón, y este marco ha sido clave para explicar el
sistema global. Al sustituir esa lente por otra que se centra en cómo
se distribuye el poder entre estados y empresas, el tecnofeudalismo
omite un aspecto importante del sistema global.
Creo
que hemos escuchado algo de eso en Cédric, cuyo análisis se basa en
entender cómo cambia el equilibrio de poder entre estados y
gobiernos, entre estados y empresas. Este enfoque está bien, pero
fundamentalmente pierde de vista el hecho de que no todos los estados
son iguales en el sistema global actual. El Estado estadounidense en
particular merece ser analizado con un conjunto muy diferente de
herramientas porque es el hegemón. Toca la melodía a la que el
resto del mundo –tal vez con una ligera excepción de China–
tiene que bailar.
Entonces
sí, podemos hablar sobre los efectos de la privatización del
dinero, el auge de las stablecoins,
etc. Pero en última instancia, si miras la Ley GENIUS (Guiding and
Establishing National Innovation for Stablecoins), que acaba de
aprobar Estados Unidos este año, está claro lo que la
administración Trump buscaba con las stablecoins.
El objetivo es afianzar y prevenir cualquier contestación a la
hegemonía del dólar. Aunque hay más comercio realizado en otras
monedas, y los BRICS han hecho mucho para desafiar el poder del dólar
estadounidense, la intervención de la administración Trump en el
espacio cripto está diseñada para garantizar que todo en el mundo
cripto, incluidas las stablecoins,
esté respaldado por bonos del Tesoro de EEUU o el dólar
estadounidense. Esta es una forma inteligente de preservar la
hegemonía financiera estadounidense, y es en última instancia un
proyecto impulsado por el Estado.
En
ese sentido, me resulta difícil mirar lo que está sucediendo ahora
en la economía digital e invocar el tecnofeudalismo, que ni siquiera
presupone la existencia del Estado moderno con todas sus dinámicas e
intereses en competencia. Si pensamos en el feudalismo tradicional,
no involucraba el tipo de Estado que tenemos hoy.
Otro
problema que tengo con el tecnofeudalismo es que, debido al
imperativo populista que han introducido en él figuras como
Varoufakis, personaliza enormemente cuestiones que deberían
entenderse a través de una lente sistémica. En cierta medida, creo
que escuchamos esto en los comentarios de Cédric, donde habla de su
madre dependiendo de Google, comparándolo con la dependencia que los
campesinos tenían de los señores feudales. Yo argumentaría que en
la actualidad estamos ante una dependencia muy diferente.
La
dependencia de la tecnología es sistémica. No es que las personas
dependan de Google personalmente. Es que toda la sociedad moderna
espera que las personas estén disponibles online en cualquier
momento. Necesitas un perfil digital para acceder a un trabajo, para
participar en la vida moderna. Esto no es porque Eric Schmidt o Steve
Jobs te obliguen a hacerlo; es por la presión sistémica que ejerce
una fuerza invisible.
En
ese sentido, la dependencia que ha surgido es muy similar a la
dependencia que tienen los trabajadores a la hora de vender su fuerza
de trabajo. Está impulsada por la competencia capitalista y el
capital, no por la dependencia personal de un señor feudal, donde
literalmente eras forzado a hacer lo que estabas haciendo por alguien
que portaba un rifle o una flecha entre sus manos.
Entonces
no veo por qué discutir sobre la dependencia debería llevarnos
necesariamente a conceptualizarla como feudalismo. La presión es
sistémica, no personal. Este es uno de los muchos matices que me
llevan a pensar que situar la discusión dentro de las dinámicas del
capitalismo nos ayudaría a entender mejor lo que está sucediendo.
Por
último, me gustaría hablar sobre el grueso del argumento en la obra
de Cédric, sobre el cual no tuvo tiempo de elaborar, acerca de cómo
la propiedad intelectual y factores sistémicos como el control de la
cadena de suministro permiten a empresas tecnológicas como Amazon y
Google ejercer poder político de una manera que las protege de las
presiones que normalmente afectan a las firmas capitalistas. En su
teoría, no se trata de entender las presiones del capital como tal.
Es su capacidad para explotar lagunas en la ley de propiedad
intelectual (PI) o aprovechar el poder estructural que no se deriva
de la competencia basada en el mercado, lo que les permite
profundizar en la acumulación.
Creo
que he resumido este punto correctamente, ¿verdad Cédric? Donde
discrepo de Cédric es en que creo que, en última instancia, lo que
impide que estas firmas sean contestadas en el proceso de competencia
es la cantidad de capital necesario para desafiarlas. Ahora bien, si
alguien está preparado para movilizar ese capital y sobrevivir a
todas las batallas políticas que vienen aparejadas a él, entonces
tendrá éxito. Hemos visto que esto ha sucedido en los últimos años
con Elon Musk. Musk decidió que quería ser un actor importante en
IA, y formó una empresa llamada xAI: movilizó 20.000 millones de
dólares y quemó ese capital, contratando al mejor talento y
construyendo el superordenador más desarrollo en solo tres meses, en
lugar de los dos años que los expertos dijeron que le llevaría.
Ahora,
xAI es un claro contendiente de OpenAI, Claude y Gemini. Digamos lo
que digamos sobre Musk, este es un ejemplo clásico de un capitalista
movilizando capital, gastándolo sabiamente y sorteando cuellos de
botella como la ley de propiedad intelectual, las cadenas de
suministro y todo lo demás que se pensaba que hacía indestructibles
a empresas como Google o Amazon. La empresa de Musk está forzando a
OpenAI y otros a reducir sus precios porque ahora Grok ofrece
servicios de IA a un precio mucho más barato.
Para
mí, este es un ejemplo clásico de cómo un capitalista entra en una
industria movilizando suficiente capital para hacerlo. Sí, puedes
construir barreras con propiedad intelectual, y sí, puedes usar el
poder político, pero en última instancia, el capital sigue siendo
la vara de medir, el criterio por el cual entender el éxito del
sistema. En ese sentido, no creo que nos hayamos apartado de la
lógica del capital que ha impulsado la economía capitalista durante
el último siglo o dos.
Jeff Bezos visita una base militar del ejército del aire en San Pedro, California.
Cédric,
si pudiera pedirte que abordes un par de puntos… Hay mucho que
considerar aquí. Primero, la ausencia del Estado bajo el feudalismo
es obviamente un problema para la analogía tecnofeudalista. La
soberanía estaba investida en el señor bajo el feudalismo más
puro, pero una vez que surgió el Estado absolutista, el feudalismo
comenzó a entrar en declive. Por ejemplo, las ciudades crecieron.
Entonces, ¿cómo justificarías tu analogía dada la falta de un
Estado bajo el feudalismo?
En
segundo lugar, ¿realmente necesitamos hablar del feudalismo? Ya
tenemos diferentes formas de dependencia capitalista. Si el
feudalismo está siendo invocado esencialmente como una herramienta
retórica –tal vez siendo usado más por alguien como Mélenchon o
Yolanda Díaz que por ti– ¿crees que es exitoso como proyecto ?
¿No necesitamos enfrentar a estos nuevos capitalistas tecnológicos
en el terreno del futuro, en lugar de evocar los horrores morales del
pasado?
Cédric
Durand:
Hay muchas cosas que abordar en tu pregunta, así que me centraré en
esos dos puntos que señalas. Primero, con respecto al Estado, creo
que este es, por supuesto, un tema muy importante. Y siempre tengo
cuidado a la hora de decir que me refiero a una tendencia hacia el
tecnofeudalismo. No estoy afirmando que estuviéramos viviendo bajo
el capitalismo hasta 2008 y de repente hayamos pasado al feudalismo.
En realidad, el feudalismo, en el siglo XIX, no se convirtió en
capitalismo en cuestión de un par de años. Estos son procesos
largos. Los cambios en el modo de producción no ocurren de la noche
a la mañana; son graduales.
Lo
que quiero decir es que las capacidades estatales han sido
drásticamente alteradas en los últimos años de una manera que es
bastante sorprendente. Este cambio está cuestionando la posición
del Estado. Un argumento que haría junto a este es que, a pesar de
la tendencia hacia el tecnofeudalismo, no creo que este camino tenga
éxito. Estos gigantes tecnológicos no son capaces de gestionar ni
su propia competencia interna.
El
papel del Estado en el capitalismo, su necesidad de ser, es regular
la competencia entre los capitalistas. Si no hay mediación por parte
del Estado, no hay forma de regular esa competencia. Lo que estamos
viendo ahora es un debilitamiento de la capacidad del Estado para
lidiar con esta competencia. Estos capitalistas están cambiando las
reglas ellos mismos, asumiendo formas privadas de soberanía. Evgeny
tiene razón al enfatizar la dimensión internacional de esto. El
Estado de EEUU definitivamente está involucrado en esta dinámica,
pero no estoy seguro de que al usar el sector tecnológico para
tratar de expandir o mantener la hegemonía estadounidense, no esté
también perdiendo sus propias capacidades para actuar como un Estado
autónomo.
La
cuestión de la moneda es clave aquí. La intención del gobierno
estadounidense, con todos sus esfuerzos por mantener la hegemonía
del dólar, es clara. A pesar de las contradicciones, están tratando
de preservar su control introduciendo innovaciones como
las stablecoins.
Pero sabemos que las stablecoins generarán
inestabilidad financiera. No serán tan confiables como las monedas
tradicionales, y a medida que surjan más stablecoins,
algunas grandes firmas como Amazon tendrán más que otras y las
monedas de estas empresas serán preferidas sobre las otras que
puedan surgir. En ese punto, veremos aparecer una especie de poder
monetario autónomo: un poder económico fuera del control del
Estado. Ese es el tipo de mediación que veo en el sistema actual.
En
el segundo punto, sobre el efecto retórico: la forma en que entré
en la hipótesis tecnofeudal fue tratar de entender los problemas
creados por la globalización, la financiarización, el
estancamiento, etc. Quería darle sentido a eso. Volví al
razonamiento estructuralista sobre la combinación de relaciones
sociales, que fue muy útil para imaginar la forma en que estamos
experimentando una reconfiguración de relaciones. En ese sentido fue
un posicionamiento puramente analítico.
Pero
por supuesto, era consciente del poder retórico del término
“tecnofeudalismo”. Sopesé tanto las ventajas como las
desventajas de usarlo. Y creo que las ventajas son significativas.
Hay cuatro ventajas principales que enfatizar.
La
primera ventaja es simplemente subrayar el hecho de que el
capitalismo no es eterno. El capitalismo tiene una historia. Pero nos
dirigimos hacia una forma de fin del capitalismo. El proceso de
socialización que Marx analizó –la ley de acumulación de
capital– significa que cuanto más se acumula el capital, más
interdependientes nos volvemos, y más grandes son los medios para
controlar u organizar el proceso de trabajo. Estamos en ese proceso
ahora. Las grandes tecnológicas, la monopolización intelectual y la
centralización del conocimiento representan un nivel extremo de
centralización. Creo que es crucial subrayar esto porque nos ayuda a
reconocer los límites de la lógica capitalista y hacia dónde nos
dirigimos.
La
segunda ventaja, y esto tiene un toque benjaminiano, es destacar que
este movimiento histórico no es necesariamente una forma de
progreso. En la década de 1990, había mucho optimismo sobre la
tecnología. El término “tecnofeudalismo” también ayuda a
recordarnos que esta evolución de la tecnología podría ser
regresiva, es decir, podría aumentar las desigualdades, debilitar la
democracia y erosionar las libertades individuales.
El
tercer punto está más relacionado con la estructuración de la
economía mundial. Lo que no se discute a menudo es que el desarrollo
del sector tecnológico y la creciente dependencia de nuestras
economías sobre estos servicios está llevando a la colonización de
Europa. No solo América Latina y África son periferias: ahora
Europa también es una periferia. Las facturas que pagamos a estas
empresas tecnológicas están aumentando rápidamente cada año, con
inversiones en la nube y otros servicios costándole cada vez más a
las empresas y sociedades. Hay una forma de intercambio desigual que
está teniendo lugar y llamar a estas relaciones “tecnofeudalistas”
ayuda a enmarcar la necesidad de que emerja un frente
anti-tecnofeudal. Creo que este concepto también ayuda a espolear
los debates en torno a la soberanía digital.
Finalmente,
pensar en el tecnofeudalismo también implica subrayar la capacidad
menguante de los estados. El hecho de que estas grandes empresas
tecnológicas estén tomando el control de funciones una vez
sostenidas por el Estado es crucial. Si los estados ya no pueden
controlar la infraestructura, la generación de estadísticas o sus
propios procesos administrativos, se plantean serias preguntas sobre
cómo podemos imaginar políticas socialistas impulsadas por la
gobernanza democrática a nivel estatal.
¿Ves
eso como irrecuperable, el Estado como herramienta socialista?
Cédric
Durand:
No, no creo que la capacidad estatal sea irrecuperable. Soy muy
optimista en este punto. Diría que el Estado es un campo de batalla.
Hemos perdido muchas posiciones, pero en el pasado también ganamos
algunas. Creo que todavía estamos ante un campo de lucha. No existe
tal cosa como la derrota eterna.
Evgeny,
¿te gustaría responder a eso? Hasta ahora hemos centrado nuestra
discusión en el capital en sus diversas formas, pero Cédric ha
planteado la cuestión del trabajo y el socialismo.
Evgeny
Morozov:
Claro. Pero primero déjame señalar un par de cuestiones porque
tengo algunas respuestas inmediatas a lo que Cédric estaba diciendo.
Me resulta muy difícil observar la evolución de las grandes
tecnológicas desde, digamos, finales de 2016 hasta 2025, y pensar
que de alguna manera se han vuelto más autónomas del Estado o que
han acumulado más poder para actuar independientemente.
Permítanme
recordarles que cuando la primera administración Trump aprobó su
prohibición de visas a países musulmanes, impidiendo que muchos
trabajadores vinieran a Estados Unidos, Sergey Brin, el cofundador de
Google, fue al aeropuerto de San Francisco a protestar por esas
medidas. Hablamos de un importante multimillonario tecnológico,
alguien que tiene poder en Silicon Valley. Esto es algo completamente
impensable en 2025. Hoy, Sergey Brin probablemente estaría
proporcionando servicios para llevar a esas personas al aeropuerto y
deportarlas.
En
ese sentido, veo a esta industria, incluyendo en ella a Mark
Zuckerberg –quien, por cierto, también fue extremadamente
antagónico con Trump en la primera administración–, completamente
doblegados a las necesidades e imperativos de la segunda
administración Trump. Si bien entiendo el potencial hipotético de
pensar en Jeff Bezos creando stablecoins que
podrían quitarle poder a la Reserva Federal, la realidad es que hace
unos meses Bezos –dueño del Washington
Post–
dijo a su redacción: “Miren, vamos a despedir a todos nuestros
columnistas liberales, de izquierda, y solo nos enfocaremos en
discutir los mercados libres y la libertad”. Ese es Jeff Bezos.
¿Y
por qué lo hizo? Porque el clima en Washington ha cambiado. En
términos reales –no hipotéticos–, Silicon Valley ha sido
domesticado. Esto se debe en parte al hecho de que la distribución
del poder dentro de él ha cambiado. Personas como Peter Thiel, Marc
Andreessen y muchos otros –incluidos los hijos de Trump– han
ganado mucha más influencia dentro de la industria de la que tenían
en la primera administración. Han logrado poner a Silicon Valley de
su lado. En este momento, todavía describiría a Silicon Valley como
mayormente servil al proyecto Trump y no representando ningún tipo
de salida autónoma de él.
Más
allá de eso, hay otro punto que quiero plantear, más abstracto.
Escuchando a Cédric, tengo la sensación de que existe cierta
idealización de la racionalidad colectiva que tenían los
capitalistas en el pasado, como si de alguna manera hubieran querido
crear instituciones estatales estables y racionales que resolverían
sus propios problemas de acción colectiva.
Haciendo
una metáfora, es como si hubieran decidido que necesitaban una
agencia de estadística independiente que no sería corrompida por
los poderes privados. Mientras esa agencia existió, todo fue genial.
Pero ahora está siendo amenazada porque otra cosa ha ocupado su
lugar. Simplemente no estoy seguro de aceptar esa visión idílica de
los capitalistas siendo tan previsores e insistiendo en que las
instituciones estatales son ideales para resolver sus problemas. Todo
lo que Marx nos dice sobre los capitalistas es que son miopes y no
piensan racionalmente sobre cómo mantener vivo el sistema
capitalista. En su lugar, siguen una lógica individual de obtención
de ganancias. A veces logran encontrar figuras e instituciones que
resuelven algunos de sus problemas de acción colectiva. Pero en la
mayoría de ocasiones eso es raro. Más usualmente requieren de
intervenciones drásticas o de momentos de crisis para forzar a los
Estados a cambiar de dirección.
En
ese sentido, no veo por qué los capitalistas se opondrían a una
agencia privada que resuelva los problemas de coordinación que
tienen en cuanto a conocimiento estadístico. Eso es lo que han
estado haciendo con Standard & Poor’s, Bloomberg y muchas
otras, que han proporcionado información privada mercantilizada
durante décadas, y ni un solo capitalista se ha quejado. Por
supuesto, podrías argumentar que los datos sobre carreteras son
diferentes de los datos sobre el mercado financiero, pero no creo que
a los capitalistas les importe si obtienen sus datos de Google Maps o
de alguna agencia cartográfica administrada por el Estado.
Mi
problema con las teorías del tecnofeudalismo es que proyectan
ciertas características y cualidades tanto en los capitalistas como
en el Estado que, creo, son inexistentes, transitorias o no son
características centrales del capitalismo o del Estado capitalista.
Para mí, esto introduce cierta nostalgia por el capitalismo
productivo que los defensores de la tesis del neofeudalismo imaginan
volviéndose ahora improductivo, y no compro completamente esta línea
de argumentación.
Tal
vez me perdí lo que Cédric estaba diciendo sobre el trabajo, así
que estoy feliz de responder a esa pregunta, pero ¿cuál es el punto
de entrada a la discusión sobre el trabajo?
Cédric
Durand:
Estaba subrayando el hecho de que las capacidades estatales
menguantes son estructuralmente problemáticas para la realización
del socialismo.
Evgeny
Morozov:
Estoy completamente de acuerdo. Si participamos de esta especulación
hipotética, por supuesto, sería mucho mejor estar construyendo el
socialismo desde una posición donde el Estado está controlado
democráticamente y en parte cooptado por capitalistas, que esta
mezcla de feudos altamente privados, como los que los
multimillonarios tecnológicos quieren construir en islas o en
estados marítimos donde todo está privatizado, incluida la
provisión de servicios básicos. Incluso han intentado implementar
esto con ciudades privadas en Honduras y otros lugares. Hay esquemas
existentes, por así decirlo, de cómo podría ocurrir parte de esta
gobernanza privada en las ideas de personas como Curtis Yarvin y
otros que quisieran llevar este modelo al Estado nacional y global,
asegurándose de que no sean solo ciudades privadas, sino
Estados-nación privados. Sí, estoy de acuerdo en que si estas
visiones se realizaran, entonces la tarea de construir el socialismo
se haría más difícil.
En
ese punto, estoy de acuerdo. Y por eso importa el momento actual. Es
importante entender qué partes del Estado aún pueden defenderse.
Pero creo que plantear puntos retóricos sobre la necesidad de
detener la privatización o la digitalización, o revertir el coste
ecológico de los centros de datos, etcétera, no nos lleva a
articular una visión alternativa que pueda ser más atractiva que la
visión que Silicon Valley ha presentado: una de hipereficiencia y
con un gobierno capaz de emitir certificados en un minuto, en lugar
de las horas o días que tarda en este momento.
Estas
son el tipo de cosas que Musk y Thiel han estado promoviendo en
Estados Unidos en los últimos meses. En ese sentido, creo que el
problema de la izquierda no es tanto la falta de esfuerzo o deseo de
reclamar estas funciones estatales, sino la incapacidad de articular
un proyecto político coherente que iguale el fervor utópico de
Silicon Valley, pero con una dimensión emancipatoria completamente
diferente.
Tener
tal proyecto no solo forzaría a la izquierda a ser más realista,
sino que detendría a los socialistas de estar tan a la defensiva, e
incluso diría, en algunos casos, de ser reaccionarios. La izquierda
no puede ser simplemente una fuerza que existe para defender un statu
quo alcanzado
hace treinta, cuarenta o cincuenta años.
Cédric,
¿qué piensas?
Cédric
Durand:
Sí, creo que Evgeny está en lo cierto. Realmente necesitamos estar
a la altura de la tarea de imaginar, o al menos proponer, formas de
pensar sobre las alternativas, sobre cómo organizar las cosas,
posiciones que no sean solo defensivas. En mi opinión, la renovación
del debate sobre la planificación es una buena dirección a seguir.
Puedes enmarcarlo en términos de democracia: democratizar las
elecciones relacionadas con la forma en que vivimos. Construir
escenarios de estilos de vida y deliberar sobre esos escenarios es
una forma de decidir qué tipo de sociedad queremos construir, de
darnos el poder de elegir cómo vivimos.
Para
mí, la planificación consiste en tres componentes principales. El
primero es la deliberación: reunirse para deliberar sobre varias
opciones y construir escenarios. El segundo es recopilar datos y
organizar la creación de esos escenarios. La contabilidad ecológica
[aquella que incluye los impactos medioambientales en sus cuentas]
será crucial en este proceso, pero por supuesto, no es el único
elemento. La formulación de necesidades, por ejemplo, también es
parte de ella. Y el tercer elemento, que creo que es la clave, es la
socialización de la inversión. En este momento, la inversión está
completamente impulsada por elecciones privadas, y esa es la forma en
que llega a nuestras vidas. Necesitamos tener voz y voto en la
socialización de la inversión. De eso se trata la planificación.
¿Cómo
se socializa la inversión? Hay muchos ejemplos históricos, pero me
vienen a la mente tres formas. Una es construir servicios públicos.
Sabemos cómo se hace eso a nivel nacional, ¿no? La segunda es que
el Estado controle los sectores estratégicos de la economía, como
hace China, lo que da forma al tipo de sociedad que quieres. La
tercera es controlar el proceso de crédito mediante su
socialización. Esto nos permitirá decidir qué sectores construir y
cuáles no, sin necesidad de participar en decisiones predictivas o
sobre la innovación.
En
estas tres dimensiones –deliberación, recopilación de datos y
distribución de inversiones basadas en escenarios– las capacidades
tecnológicas de la sociedad están transformando el debate sobre la
planificación. En el siglo XX, el debate fue en gran medida sobre el
conocimiento: recopilación de información, su articulación y
estructuración. Muchos de esos problemas ahora se pueden resolver
usando las tecnologías actuales. Sin embargo, y esto es muy
importante, necesitamos ser conscientes de que no queremos un
autómata tecnológico que participa opacamente del proceso de
planificación. Necesitamos pensar en los límites de ese proceso en
sí mismo: límites en relación con la naturaleza y con nuestras
propias vidas.
La
contabilidad ecológica es esencial. La idea sería crear un
inventario permanente de la naturaleza, que nunca será perfecto,
pero cuyo propósito es establecer límites que no queremos cruzar
para preservar el movimiento autónomo de la naturaleza. El segundo
elemento tiene que ver con nuestras propias vidas. No queremos que
nuestras vidas estén completamente automatizadas. Podemos ser
felices si los algoritmos facilitan una mejor satisfacción a
nuestras necesidades a través de la coordinación. Pero si queremos
preservar algunas formas de autonomía, necesitamos establecer
límites al proceso de planificación.
Fuente:
Ctxt