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lunes, 15 de junio de 2026

Amazon es un banco de pruebas para el futuro del trabajo

 

       Organizador sindical, miembro del Sindicato Nacional de Escritores y repartidor a tiempo parcial de Amazon.


Empleadores de todo el mundo buscan imitar el modelo de explotación, inestabilidad y uso disciplinario de IA de la megacorporación de Bezos. El reto de los sindicatos es organizar a la clase trabajadora contra esta distopía


Los trabajadores del centro de carga aérea de Amazon en el norte de Kentucky se declararon en huelga en julio de 2024.


     Entre el 7 y el 10 de junio, la convención cuatrienal de la AFL-CIO se ha reunido en Minneapolis con el objetivo declarado de organizarse “con unidad y claridad de propósito para empoderar a los trabajadores”. 

Esa claridad de propósito debería incluir un compromiso real para afrontar el mayor y más importante reto de organización al que se enfrentan los sindicatos en esta era: Amazon.


Trabajadores de carga aérea de Amazon en Kentucky y simpatizantes de la comunidad protestan por sus derechos laborales, 2023



Hasta ahora, a pesar de algunos inspiradores focos de lucha aislados, el movimiento sindical estadounidense no ha conseguido llevar a Amazon a la mesa de negociación.

A nivel nacional, y continuando con un declive histórico, la afiliación sindical el año pasado fue de un mísero 10 % en EEUU, y eso sin contar siquiera los afiliados perdidos cuando Trump rompió los convenios colectivos que cubrían a casi un millón de trabajadores federales.


Afiliación sindical en Estados Unidos.

Esto ha dejado a decenas de millones de trabajadores por organizar, pero los más importantes son los 1,5 millones de trabajadores y contratistas de Amazon.

Hace noventa años General Motors era el pionero del capitalismo, imitado por otros industriales que buscaban perfeccionar la eficiencia productiva, la explotación de los trabajadores y la extracción de beneficios. Los trabajadores de GM, organizados bajo la bandera del CIO y respaldados por sindicatos que no esperaban ganar nuevos afiliados con el proyecto –como el Sindicato de Mineros Unidos–, se opusieron a esa explotación, se declararon en huelga y consiguieron nuevas condiciones. Anunciaron un periodo de organización masiva, el apogeo moderno del poder sindical.

Amazon es el General Motors de hoy. Lo que le suceda a los trabajadores de Amazon –para bien o para mal– le sucederá a los trabajadores de todo el mundo.

Amazon es un banco de pruebas para el futuro del trabajo de todos nosotros. Los empleadores de todo el mundo buscan imitar el modelo laboral de este gigante, caracterizado por la explotación, la inestabilidad laboral y –lo que es aterrador– el uso de tecnologías de IA para disciplinar y restar poder a los trabajadores.

Amazon está perfeccionando la subcontratación, la mano de obra “justo a tiempo” y el aumento del ritmo de trabajo. Sus más de 250.000 repartidores en EEUU están todos subcontratados, ya sea a través de una multitud de pequeñas empresas llamadas socios de servicios de reparto (DSP) o contratados como autónomos. De esa forma, Amazon puede eludir la responsabilidad cuando los repartidores sufren lesiones, piden un aumento de sueldo o intentan sindicarse. Los almacenes funcionan con un modelo de mano de obra reducida. Los horarios normales a tiempo completo en los almacenes son cuatro turnos consecutivos de diez horas, pero Amazon suele recortar las horas de los trabajadores cada vez que la producción se ralentiza, incluso en medio de un turno, lo que causa estragos en unos presupuestos familiares ya de por sí ajustados. Luego, entre Acción de Gracias y Navidad Amazon impone horas extra obligatorias –una hora extra al día, más un día laborable adicional obligatorio cada semana–, lo que eleva la semana laboral a unas brutales 55 horas y hace caso omiso de los efectos en la vida personal y familiar de los trabajadores.

A través de su agresiva introducción de robots –ahora más de un millón–, Amazon está sustituyendo a los trabajadores y obligando a los que quedan a trabajar más rápido. No es de extrañar que los empleados sufran accidentes laborales con tanta frecuencia, y que la grave tasa de lesiones de la empresa sea casi el doble que la de sus homólogos del sector de los almacenes.


Amazon ha introducido ahora más de un millón de robots.

Luego está la IA. Sé algo de esto de primera mano, ya que he trabajado durante el último año y medio como repartidor a tiempo parcial de Amazon. La empresa de reparto para la que trabajo es un empleador justo, pero el problema no es ella; es Amazon, porque, aunque técnicamente los repartidores no somos empleados de la empresa, todos estamos sujetos a su seguimiento y supervisión.

Cuando estoy en el camión de Amazon, cada movimiento que hago es rastreado con tecnología y evaluado por programas de IA: dónde estoy, qué paquetes he entregado y si voy al ritmo que el algoritmo de Amazon ha determinado que debo cumplir. Los informes al final de cada turno muestran cómo se comparan mis entregas con los tiempos prescritos por el estándar algorítmico de Amazon. Cada semana se nos evalúa para determinar si tomamos fotos precisas en el momento de la entrega, si entregamos los paquetes exactamente donde el cliente lo solicitó y si recibimos comentarios positivos o negativos de los clientes. A través de este sistema, los conductores que no “alcanzan el ritmo” o que no cumplen con los estándares prescritos por Amazon pierden su empleo.

¿Qué permite este nivel de supervisión? El Gran Hermano: el “NetradyneDriver” , tu compañero de viaje en la furgoneta. Las lentes de la cámara apuntan en todas direcciones, midiendo continuamente tu velocidad y distancia. Netradyne también controla si te detienes completamente en cada señal de stop, si utilizas el intermitente, si evitas desviarte del carril, si frenas, aceleras o tomas las curvas demasiado rápido. Observa la orientación y el movimiento de tus ojos. Si bostezas. Si apartas la vista de la carretera durante demasiado tiempo. Todos estos datos se introducen en un sistema de IA donde la tecnología, y no una persona, evalúa tu comportamiento cada segundo. Netradyne se jacta de esto y lo denomina “IA física implementada a gran escala”.

En los grupos de chat de Reddit, los repartidores de Amazon de todo el país informan ahora de que no les despide un humano, sino la IA. En el caso de los trabajadores de almacén, Amazon ha aprovechado la misma tecnología de vigilancia para asegurarse de que las tasas de recogida, embalaje y clasificación de los trabajadores cumplan con sus estándares determinados algorítmicamente, que sus escaneos sean perfectos y que minimicen el “tiempo fuera de la tarea” –como ir al baño–. Todo se mide y se supervisa. Y si no “alcanzas la tasa”, primero te aconsejan, luego te sancionan y, finalmente, te despiden.

En muchos almacenes, Amazon recurre a agentes de seguridad y a la policía local para imponer “una cultura organizativa de obediencia casi carcelaria –lo que equivale a una “militarización” de las funciones de recursos humanos”, según un informe académico reciente. “Parece que estamos entrando en una prisión y que intentan asegurarse de que no nos escapemos”, cita el informe a un trabajador.

Esta distopía laboral se está perfeccionando en Amazon y luego se exporta a otros empleadores: en fábricas, tiendas de alimentación, hospitales, restaurantes, hoteles, obras de construcción, laboratorios y oficinas. Este es el sombrío futuro que estamos legando a nuestros hijos, a menos que organicemos a los trabajadores de Amazon a gran escala y luchemos.

Amazon no es solo un problema para quienes trabajamos en el sector logístico. De ser una humilde tienda de libros en línea, se ha transformado en una referencia que puede revolucionar otros sectores. Su avaricia no hace más que crecer. Amazon gestiona hoy 532 tiendas de alimentación Whole Foods y está ampliando rápidamente su red de reparto de comestibles. Este es el siguiente gran sector que pretende revolucionar.

A través de Amazon Web Services, la empresa es ahora un proveedor global dominante de potencia informática, almacenamiento, redes, análisis y seguridad. Amazon fabrica sus propios chips de IA Trainium, compitiendo directamente con Nvidia. Amazon produce y distribuye películas y series de televisión a través de sus Amazon MGM Studios. El fundador de Amazon, Jeff Bezos, es propietario del Washington Post. Amazon One Medical es un servicio de atención primaria que ofrece asistencia en línea y en clínicas, y está entrando con fuerza en el mercado de los medicamentos con receta a través de Amazon Pharmacy. A través de su filial Ring, Amazon domina hoy en día el mercado de la seguridad doméstica y ofrece otros productos electrónicos de consumo líderes, como Alexa y Kindle.

¿Se puede derrotar a una empresa tan grande y expansiva, un gigante con casi tres billones de dólares de valoración bursátil? Sí, se puede. Pero, como destaca un informe publicado el 4 de junio, se necesitará un esfuerzo titánico y sin reservas por parte de todo el movimiento sindical estadounidense para hacer que retroceda –no solo los valientes pero fragmentados esfuerzos que hemos visto hasta ahora–.

El informe, Renewing Labor and Winning at Amazon, del que soy coautor junto con Michael McQuarrie y Benjamin Y. Fong, y que fue publicado por el Center for Work and Democracy de la Universidad Estatal de Arizona, documenta cómo, a diferencia de la década de 1930, cuando los organizadores del CIO pudieron frenar la producción mediante huelgas en unos pocos centros de producción clave, el proyecto de organización de Amazon debe apuntar más allá. Con una red de cientos de almacenes, centros de clasificación e instalaciones de carga aérea, “la empresa tiene la agilidad necesaria para redirigir el flujo de paquetes a otras instalaciones, manteniendo intacta la cadena de suministro” y haciendo que las huelgas en un solo centro resulten en gran medida irrelevantes, señala el informe, concluyendo que “los estrategas sindicales de hoy en día deben reconocer que, para tener éxito, la organización debe interrumpir el flujo de la cadena de suministro de Amazon”.

Eso significa organizarse en regiones enteras o en secciones completas de la cadena de suministro de la empresa. El informe destaca dos regiones estratégicas en particular. La primera se centra en el área de Los Ángeles y el Inland Empire, justo al este de los puertos de Los Ángeles y Long Beach, por donde pasa la mayor parte de la mercancía importada de Amazon antes de distribuirse a los almacenes de todo el país. La segunda comprende la región del noreste, donde se concentra una gran cantidad de clientes de Amazon. El sindicato Teamsters ya está organizándose en ambas regiones, donde los trabajadores se han enfrentado tenazmente a la empresa. Pero la escala de la organización hasta la fecha no está a la altura del desafío. En el enorme almacén JFK8 en Staten Island, el Amazon Labor Union, ahora parte de los Teamsters, ganó una histórica votación de representación sindical en 2022. Cuatro años después, a pesar de la persistente organización de los trabajadores, Amazon aún no ha accedido a reconocer al sindicato ni a negociar.

Cientos de organizadores internos –activistas políticos que han aceptado puestos de trabajo en Amazon para “infiltrarse” u organizar desde dentro– han desarrollado una gran sofisticación en la organización en Amazon en los últimos años, y deben desempeñar un papel importante en cualquier campaña nacional. Lo mismo ocurre con los miembros sindicales existentes en los sectores de la logística, la alimentación, la sanidad y otros. “Los miembros de Teamsters de UPS y DHL han sido organizadores especialmente eficaces, ya que comparten con los trabajadores de Amazon un lenguaje común y preocupaciones comunes sobre el proceso de trabajo de la cadena de suministro, el aumento del ritmo de trabajo, la tecnología y los problemas que plantea la dirección”, señala el informe Renewing Labor and Winning at Amazon. “Ellos, junto con los miembros sindicales de otros sectores, pueden señalar fácilmente los logros que han conseguido mediante la negociación colectiva y la huelga, que diferencian drásticamente sus condiciones de trabajo de las de los trabajadores de Amazon”.

Si bien la organización debe centrarse en los almacenes y orientarse hacia la construcción de acciones de huelga masivas, el movimiento sindical debe concebir –y financiar– una campaña global que atraiga al público, a otras empresas, a los gobiernos y a los reguladores. Esto se debe a que el impacto de Amazon va mucho más allá del lugar de trabajo, y se necesitará presión tanto dentro de la cadena de suministro como en toda la sociedad para obligar a la empresa a negociar con los sindicatos.

Decenas de miles de camiones de Amazon contaminan el aire, perjudican la salud pública y deterioran las vías públicas, y las exenciones fiscales que Amazon exige habitualmente privan a los gobiernos locales de los recursos necesarios para prestar servicios públicos.

Las comunidades en zonas con alta concentración de almacenes, como el Inland Empire de California, son lugares idóneos para unir a los trabajadores y a los miembros de la comunidad en campañas comunes contra la explotación en los almacenes y contra las cargas externalizadas que Amazon impone a la comunidad en general”, señala el informe.

Dado que la Junta Nacional de Relaciones Laborales no es una vía eficaz para obligar a Amazon a negociar, los sindicatos deben impulsar iniciativas electorales a nivel estatal y local para promover las demandas clave de los trabajadores y la comunidad. Este no es un concepto nuevo. Hace quince años, la campaña “Fight for $15” (Lucha por los 15 dólares) se valió del poder de las iniciativas electorales para conseguir aumentos salariales para millones de trabajadores. Algunos llegaron a crear sindicatos en sus lugares de trabajo. Hoy en día, el lema podría ser “Fight for $30” (Lucha por los 30 dólares), una cifra que los trabajadores de Amazon citan con frecuencia como el mínimo indispensable para sobrevivir.

Las iniciativas también podrían establecer normas de seguridad para los trabajadores, prohibir la subcontratación de los repartidores de Amazon y restringir la ubicación de los centros de datos.

Otra idea de iniciativa consiste en gravar a los robots. Esto repondría los ingresos que los gobiernos pierden cuando Amazon sustituye a los humanos –que pagan impuestos sobre la nómina y que también contribuyen a los ingresos por impuestos sobre las ventas cuando gastan dinero en la comunidad– por robots, que no hacen ninguna de esas cosas. Las iniciativas también podrían exigir a Amazon que contribuya a un fondo de vivienda asequible controlado públicamente para compensar la destrucción de viviendas que provoca la expansión de los almacenes. O podrían exigir a Amazon que financie clínicas de salud y la limpieza del aire, para compensar la contaminación causada por el movimiento diario de sus camiones y vagones.

Estas y otras ideas de iniciativas alteran el modelo de negocio de explotación de Amazon y pueden ser mecanismos poderosos para unir a los trabajadores y a los miembros de la comunidad en una causa común y en la demanda definitiva de reconocimiento sindical y convenios colectivos. En algunos casos, las iniciativas que desafían el modelo de negocio de Amazon pueden llevarse a cabo como campañas legislativas. En la ciudad de Nueva York, una coalición de sindicalistas y activistas comunitarios está presionando al Ayuntamiento para que apruebe la Ley de Protección de la Distribución, que obligaría a Amazon a contratar a los repartidores directamente y a mejorar las normas de seguridad. Es un buen comienzo. Ahora imagina si se lanzaran campañas a favor de la Ley de Protección de la Distribución simultáneamente en 20 ciudades.

Los sindicatos también deberían aprovechar la frustración que los proveedores y vendedores externos sienten por la presencia de Amazon. Las personas y las pequeñas empresas que intentan vender sus productos en la plataforma de Amazon ven cómo el gigante les reduce los márgenes.

Algunas empresas le han acusado de robarles sus ideas y luego lanzar productos competidores. Los proveedores como los DSP [un programa que “permite a emprendedores crear su propia empresa de reparto” dentro de Amazon] viven continuamente en vilo, ya que sus contratos con Amazon pueden ser rescindidos casi sin previo aviso. Una campaña creativa puede encontrar una causa común con estas fuerzas dispares lanzando luchas locales y estatales para frenar el poder de la compañía frente a los vendedores individuales y las pequeñas empresas.


Amazon invirtió en empresas emergentes y obtuvo información confidencial antes de lanzar a sus competidores.

Amazon “tiene un dinamismo corporativo y una flexibilidad infraestructural sin parangón en ninguna otra empresa contemporánea”, señala el informe. “Pero su enorme tamaño y riqueza no la hacen invencible. De hecho, la velocidad y la complejidad de la cadena de suministro de Amazon la convierten en un objetivo de organización vulnerable, además de desafiante. Una campaña multidimensional y bien dotada de recursos puede garantizar el reconocimiento sindical y la firma de convenios en Amazon”.

¿En qué consiste una campaña “bien dotada de recursos”? Actualmente, los sindicatos gastan en total unos diez millones de dólares al año en la organización referente a Amazon, y la mayor parte de esa cantidad procede de los Teamsters. Eso simplemente no es suficiente para vencer a una empresa con 1.500 centros de trabajo en EEUU y más de 120.000 millones de dólares en efectivo disponible. Para sindicalizar a 80.000 trabajadores en Los Ángeles, o a 100.000 en la costa este, o a 50.000 en Florida, o a las decenas de miles en otras regiones creo que necesitaremos al menos 100 millones de dólares anuales durante al menos una década para financiar a miles de organizadores, tanto dentro como fuera de las instalaciones de Amazon, junto con una sólida infraestructura de campaña para construir un nuevo movimiento de organización industrial al estilo del CIO.

Puede parecer mucho dinero, pero hay que tener en cuenta que los activos del movimiento sindical estadounidense rondan hoy los 35.000 millones de dólares, lo que supone un aumento del 225 % en los últimos 15 años, y que los líderes sindicales estadounidenses gastaron más de 400 millones de dólares en la fallida candidatura de Biden-Harris.

En conjunto, dentro del movimiento sindical, los recursos están ahí para montar una campaña seria contra Amazon. Emprender o no la lucha es una elección política.

Esta no puede ser una batalla que asuman solo unos pocos sindicatos. Debe ser un esfuerzo conjunto. Hace unos 90 años, los líderes del Sindicato de Mineros Unidos y otros sindicatos hicieron un pacto para organizar a los trabajadores de las industrias del automóvil, el acero, la electricidad y el caucho, porque sabían que sin una organización masiva, toda la clase trabajadora estaba en peligro. Este fin de semana, mientras los líderes de la AFL-CIO se reúnen en Minneapolis, los sindicatos se encuentran en la misma encrucijada peligrosa. Esperemos que tomen la decisión correcta, como hicieron sus predecesores hace 90 años.

Fuente: Ctxt


sábado, 6 de junio de 2026

La luna es de todos

 

      Arquitecto y doctor en Teoría e Historia de la Arquitectura.


Una lectura de la carrera espacial en clave de diseño


Imagen de la Tierra desde la Luna.


     Cuando a principios del mes de abril de este año la cápsula Orion de la misión Artemis II de la NASA orbitó durante unos minutos la cara oculta de la luna, a más de uno le vino a la memoria lo que sucedió el 20 de julio de 1969. Aunque muchos ni siquiera habíamos nacido por entonces, es fácil establecer el vínculo con aquel día en que el módulo Eagle de la misión Apolo 11 alunizó en el llamado Mar de la Tranquilidad, proporcionando uno de los momentos más memorables de la historia del siglo XX. Memorable en el sentido literal de la palabra, no solo por su mérito para ser recordado, sino por su capacidad para construir memoria colectiva a su alrededor. Son ese tipo de episodios cuyos detalles quizás no recordamos con precisión, pero sí las circunstancias en las que los vivimos: a casi nadie se le olvida qué hacía durante el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York, dónde estaba cuando cayó el Muro de Berlín, o cómo siguió (quien pudo) la llegada de los humanos a la luna. Tampoco es que en casos como este se dé mucha opción al olvido: ya se encarga la ficción audiovisual norteamericana de incluirlos en cualquier relato de época mínimamente nostálgico (véase desde Forrest Gump hasta Mad Men).

Llama la atención que la retórica aplicada a la reciente misión Artemis II fuera tan semejante a la del Apolo 11, prácticamente reclamando la misma trascendencia, cuando en términos físicos –y desde el desconocimiento de los detalles– la hazaña que se persigue ahora no parece ser tan distinta a la que llevaron a cabo las más de veinte misiones Apolo entre 1961 y 1972. Algunas de aquellas misiones fueron científicamente muy exitosas, como las que permitieron explorar la superficie del satélite desde el famoso rover lunar, un vehículo que casi podemos asociar a las películas de ciencia ficción. Otras han caído en un cierto olvido, como el accidente del Apolo 1 en 1967 durante las pruebas del cohete en tierra. O han sido reconstruidas heroicamente, como el viaje de la misión Apolo 13 en abril de 1970, cuando un fallo técnico obligó a sus tripulantes a dar media vuelta rodeando literalmente la propia luna. El esfuerzo de aquellas décadas se entiende si lo ponemos en el contexto de la Guerra Fría y la carrera espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética, cuando durante casi dos décadas (entre los cincuenta y los setenta) ambas potencias desarrollaron tecnologías espaciales paralelas. A estas alturas a nadie se le escapa que detrás del relato propagandístico y el imaginario sociotécnico de exploración y colonización del espacio había una necesidad de inversión en investigación que permitió alimentar de conocimiento a sus industrias tecnológicas y militares.

Al margen de las innumerables lecturas que se pueden seguir haciendo de todo aquel periplo, siempre ha sido fascinante observarlo desde la perspectiva del diseño, especialmente por las aproximaciones tan dispares que se producían a un lado y otro del Telón de Acero. Mientras la URSS inauguraba la exploración espacial en 1957 con el satélite Sputnik, Estados Unidos lanzó a los pocos meses el satélite Explorer 1. El satélite ruso era básicamente una robusta esfera de aluminio de más de medio metro de diámetro y casi 85 kg de peso con cuatro antenas, diseñada por el equipo de Serguéi Koroliov (el responsable, entre otras hazañas, de enviar a la perrita Laika, a Yuri Gagarin o a Valentina Tereshkova al espacio); el satélite norteamericano era un dispositivo ligero de forma fuselada y aerodinámica, con más de dos metros de largo, un diámetro inferior a 20 cm y un peso de poco más de 8 kg, diseñado por los equipos de William Hayward Pickering, James van Allen y Wernher von Braun (este último, un personaje controvertido por su pasado vinculado a las SS, considerado el homólogo americano de Koroliov y el auténtico arquitecto de los cohetes que impulsaron las misiones Apolo).

Mientras que los soviéticos confiaron en la robustez y fiabilidad de dispositivos de uso complejo, basados en tecnologías consolidadas y funcionalidades prácticamente indestructibles, los norteamericanos exploraron (y lo siguen haciendo) la aplicación de las tecnologías más avanzadas (coloquialmente, y nunca mejor dicho, rocket science), en busca de la máxima eficiencia, la ergonomía o la automatización de funcionalidades, facilitando la experiencia de uso de sus dispositivos a usuarios no tan especializados. Por eso no es casual que los soviéticos confiaran el diseño de sus estaciones espaciales a la conocida como “arquitecta del espacio” Galina Balashova (famosa por su trabajo casi invisible de adaptación humana de una ingeniería modular estandarizable), mientras que los norteamericanos encargaron el proyecto de la estación espacial Skylab a Raymond Loewy (uno de los padres del diseño industrial comercial y pionero del streamlining). En definitiva, un doble paradigma fascinante de observar.


La estación espacial Skylab, diseñada por Raymond Loewy.

No es difícil trazar el origen del modelo soviético –al que en muchos contextos se sigue conociendo irónicamente como “diseño ruso”– si pensamos en los planteamientos del constructivismo del primer tercio del siglo XX (especialmente tras la revolución bolchevique de 1917 que, entre otras muchas cosas, permitió la fundación del centro de diseño ruso por excelencia, el Vjutemás). Allí la simplicidad de las formas geométricas alimentaron un imaginario popular del arte y la industria, ambos puestos en relación con una cierta funcionalidad social, en contraste con movimientos contemporáneos occidentales de carácter más burgués, como el Art Nouveau. Una visión que se consolidó con el comunismo y con la necesidad de generar confianza en una producción colectiva sin competencia, sin marketing, sin generar apetencia por el consumo. Todo lo contrario que en el contexto occidental.


Estación espacial MIR, según un diagrama de Orionist.

Aunque el desarrollo tecnológico y el apoyo a la industria fueron también argumentos fundamentales para comprender el diseño y la arquitectura del siglo XX en Occidente, aquí la evolución tuvo relación con la deriva del sistema económico capitalista. Existe toda una historiografía del diseño moderno que se esforzó por mostrar esas relaciones entre arte y técnica, con Platz, Read, Mumford, Pevsner, Behrendt, Richards, Giedion, Banham o Maldonado como referentes. De su lectura destaca la contradicción –expresada en términos marxistas– entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción. La conciencia social y cultural modernas de la técnica y del diseño se hicieron inseparables de la discusión en torno al fordismo, la productividad, la racionalización o la tipificación. Y fue precisamente su declive, el rechazo del “rigorismo aséptico de la ética protestante” (en palabras de Maldonado parafraseando a Webber) lo que dio origen al styling o al kitsch entre otras expresiones de la postmodernidad. Expresiones fundamentales para favorecer una economía de mercado basada en el consumo.

Un episodio fascinante para observar el contraste entre estas dos perspectivas fue el conocido “debate de la cocina” que en 1959 mantuvieron el primer secretario del partido comunista soviético Nikita Jrushchov (precisamente el responsable político de los hitos logrados por la Unión Soviética en la carrera espacial) y el entonces vicepresidente de los Estados Unidos Richard Nixon. El contexto fue la Exposición Internacional Estadounidense que se organizó en Moscú aquel año, solo unos meses después de una muestra soviética equivalente en Nueva York, ambas promovidas al inicio de la Guerra Fría con intenciones puramente diplomáticas, pero sumamente jugosas por la comparación de imaginarios tan dispares entre la propaganda comunista y el exhibicionismo capitalista.


El debate de la cocina entre Nikita Jrushchov y Richard Nixon.

Mientras que la muestra soviética destacó por su exaltación de la ciencia con réplicas de los satélites Sputnik como protagonistas, la exposición en Moscú fue todo un alegato de la vida doméstica norteamericana suburbana, el American Way of Life. En medio de una escenografía representada por una cocina multi-equipada y literalmente diseccionada (motivo por el que se conoció al escenario irónicamente como splitnik) Nixon presumió con vehemencia de la producción de los electrodomésticos y los bienes de consumo que hacían la vida más feliz a los estadounidenses. Y no con menos rotundidad Jrushchov puso en duda tanto la necesidad de los productos como su accesibilidad a todos los públicos. Casi resumió la definición mítica que Victor Papanek hizo del marketing, al que acusó de estar dedicado a convencer a la gente para que compre cosas que no necesita, con dinero que no tiene, para impresionar a personas a quienes no le importa. Lo curioso es que semejante panegírico de la economía liberal fue vestido por tres de los estudios de diseño más importantes del momento –George Nelson (diseñador responsable de la exposición), Charles y Ray Eames (autores de la mítica instalación audiovisual Glimpses of the U.S.A. para la muestra) y Buckminster Fuller (creador de la cúpula geodésica que sirvió como espacio principal)–, situando la disciplina en una conexión más que simbólica con el capitalismo.

Es evidente que el desarrollo tecnológico alcanzado por Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial (siendo prácticamente la fábrica de Europa durante algunos años) se materializó en el desarrollo floreciente de una economía basada en la producción de bienes de consumo, pero no menos fundamentada en la producción de materiales. Esto a su vez se convirtió en un argumento esencial para la promoción del optimismo tecnológico en el diseño, la arquitectura y la ingeniería norteamericanas. Optimismo tecnológico que tuvo su propia expresión plástica, como la arquitectura High Tech (corriente que paradójicamente triunfó especialmente en el Reino Unido). De una manera resumida –según la definición que acuñó el historiador Colin Davies–, el High Tech se caracterizó por el uso de metal y vidrio expresados de manera honesta, por la encarnación de ideas sobre producción industrial haciendo uso de industrias externas a la propia industria de la construcción, y por el planteamiento prioritario de la flexibilidad en el uso. Ahora bien, si a menudo se habla de la muerte de la arquitectura moderna el 15 de julio de 1972, con la voladura del fallido complejo residencial Pruitt-Igoe en Missouri, también se ha puesto fecha a la muerte de la arquitectura High Tech: el 28 de enero de 1986, precisamente el día de la explosión accidental del transbordador espacial Challenger frente a millones de espectadores que veíamos el despegue por televisión (otro momento tristemente memorable). La causa de la tragedia, hoy lo sabemos, fue el fallo de una junta de neopreno, el débil paradigma de los excesos de la alta tecnología.

Los excesos de la nueva carrera espacial son otros, fáciles de identificar teniendo en cuenta el peso de tecno-oligarcas como Elon Musk con SpaceX, Jeff Bezos con Blue Origin, o Richard Branson con Virgin Galactic. Viniendo de una exploración espacial basada en el colonialismo propagandístico del siglo XX, seguramente debiéramos estar atentos a la voluntad extractivista de los intereses privados, a la acumulación de poder independiente de control gubernamental, o a la naturaleza monopolística de los mercados que promueven estos gurús de las industrias del futuro. Todos ellos estarán presentes en la promoción, entre otras, de la futura base lunar, o en la definición de hábitats adaptados a las condiciones físicas y psicológicas de la vida lejos de la Tierra. Y todos ellos monetizarán con datos e influencia geopolítica sus inversiones. Como sea, esperemos que haya todavía espacio para la reacción, para poner en valor aquello que se cantaba en Good News, el musical de 1927: “La luna nos pertenece a todos; las mejores cosas de la vida son gratis / Las estrellas son de todos; brillan ahí para ti y para mí”.


Fuente: Ctxt

lunes, 2 de febrero de 2026

Capitalismo, Estado y Big Tech

 

 Por Susan Watkins   
      Editora de la New Left Review.

Amazon, Meta y OpenAI ejercen una enorme influencia sobre la política, pero, ¿significa esto que estamos entrando en la era del tecnofeudalismo? Evgeny Morozov y Cédric Durand debaten sobre el capitalismo contemporáneo


     Cuando Donald Trump juró su cargo en enero, se encontraba flanqueado por Jeff Bezos, Mark Zuckerberg y otros tantos multimillonarios tecnológicos. Para algunos pensadores, este momento simbolizó la fusión del poder económico y político, lo que se asemejaba más al feudalismo premoderno que al capitalismo tal y como lo conocemos. En lugar de superar a sus rivales mediante la competencia, estos individuos utilizaron su influencia política para evitar las regulaciones, permitiendo que los monopolios tecnológicos como Amazon, Google y Meta consiguieran sus beneficios mediante la extracción de rentas de los usuarios. Dentro de este nuevo mundo posterior a 2008, el beneficio ya no se situaba en el centro del capitalismo. En cambio, estas élites, con estrechos vínculos con el Estado, utilizaron su influencia para enriquecerse directamente a través de medios políticos.




Otros pensadores, sin embargo, interpretaron el momento de manera muy diferente. Argumentaron que los multimillonarios tecnológicos habían sido domesticados por el Partido Republicano y que si se alineaban detrás de Trump era para rendir tributo, no para exigir favores. En lugar de desafiar a un Estado cada vez más opresivo, las Big Tech y la industria cripto sirvieron para apuntalar el poder estadounidense y mantener a salvo el neoliberalismo.

En una discusión de gran alcance, Susan Watkins, editora de la New Left Review, conversó con Cédric Durand y Evgeny Morozov, dos de los pensadores más relevantes sobre la cuestión tecnológica, acerca de cómo debe entenderse el capitalismo contemporáneo y cómo tomar partido entre estas dos posiciones contrapuestas.

Cédric Durand nació en Francia, se educó en Grenoble y en la EHESS de París, y completó su doctorado sobre la minería en la Rusia postsoviética. Durand es más conocido por sus dos libros recientes: Fictitious Capital (2014), que examina las dinámicas detrás de la crisis financiera, y Technofeudalism (2020), que explora la revolución digital. Evgeny Morozov nació en la región de Minsk de la Unión Soviética, pocos años antes de que se desintegrara. Educado en la American University en Bulgaria, con un doctorado de Harvard, es autor de The Folly of Technological Solutionism (2013), un libro profético que atacaba la idea de que la era digital traería la democratización. También es el fundador de la plataforma de curaduría de conocimiento The Syllabus. Recientemente, Verso Libros ha publicado su podcast Los Santiago Boys.

En esta conversación, Durand y Morozov retoman el diálogo iniciado en la revista y abordan el ascenso, la influencia y la importancia de las Big Tech, la independencia del Estado respecto del control directo de los capitalistas y se preguntan si el vaciamiento de las capacidades administrativas del gobierno hará que el socialismo sea más difícil de alcanzar. Los extractos que siguen han sido adaptados de una discusión en la conferencia Read International Convention of Books and Ideas 2025 en Barcelona, organizada por Verso Libros, Verso Books, La Fabrique, Brumaire y Jacobin, que convocó a 240 editoriales y revistas progresistas de todo el mundo en el mes de septiembre.

Vamos a discutir el capitalismo de hoy. El capitalismo en una era donde las crisis financieras han sido respondidas con enormes rescates estatales, creando vulnerabilidades adicionales. Inflación de precios de activos, concesión de créditos de riesgo y la necesidad de más y más rescates. Una era de desarrollo tecnológico digital acelerado que penetra cada aspecto de la vida cotidiana. Una era de crisis climática acelerada que excede las predicciones de los modelos matemáticos. Y una era de crecientes tensiones geopolíticas –impulsadas en parte por la globalización de la producción– que intenta resolver los problemas de rentabilidad de las empresas occidentales, lo que de hecho espoleó el ascenso de China.

Así pues, una era en la cual cada solución a la crisis capitalista parece estar creando vulnerabilidades adicionales sobre este sistema. Voy a pedirle a Cédric que comience explicándonos cuáles cree que son las dinámicas más novedosas de la coyuntura actual.

Cédric Durand: Caracterizaría la coyuntura actual tomando prestado un concepto de Ernest Mandel: “El capitalismo demasiado tardío”. ¿Por qué es “demasiado tardío”? Creo que la razón más obvia es la crisis ecológica, que realmente se encuentra en el corazón del debate que deberíamos estar teniendo; es absolutamente crucial. Pero si queremos centrarnos más en las dinámicas capitalistas, si queremos caracterizar la situación actual, creo que tenemos que fijar nuestra atención en cinco elementos clave.

El primer elemento es lo que yo llamaría el ascenso de los otros, o la des-occidentalización de la economía global. La hegemonía de Estados Unidos y Europa está desvaneciéndose gracias al ascenso de China y, en menor medida, de otros países como India. Solo para darles un dato: China representaba alrededor del 2 % del PIB mundial en la década de 1980; ahora es más del 18 %. Es un cambio tremendo y está reconfigurando las dinámicas globales. Francia y Alemania, que juntas representaban más del 10 % del PIB global, ahora representan solo el 5 %. Juntas, son más pequeñas que India. Esto nos da una idea de la escala del cambio, y creo que es relevante para entender lo que está sucediendo.

El segundo elemento clave es lo que se podría llamar el fin de la hegemonía financiera, aunque esta afirmación podría parecer un poco prematura. Durante cinco décadas, experimentamos un superciclo financiero. Este proceso fue funcional hasta 2008, pero después de eso, ha estado completamente subsidiado. Se han producido enormes rescates e intervenciones masivas por parte de los bancos centrales. En sí mismas, estas intervenciones han creado algunos problemas. La crisis de la covid y el estallido inflacionario posterior mostraron que gestionar esta economía se ha vuelto cada vez más difícil.

La economía no es muy dinámica, pero el sector financiero está en pleno apogeo. El peso del capital ficticio es enorme, y nos encontramos en una crisis permanente. Cada pocos meses, escuchamos hablar sobre otra crisis financiera en algún rincón del mundo, acompañada de otra intervención política en algún otro lugar. Las discusiones sobre el precio del dólar, el auge de las criptomonedas y las stablecoins (monedas estables)... –todo esto es parte de la crisis de la hegemonía financiera.

El tercer elemento es la hegemonía tecnológica. Hablaremos más sobre eso, pero quiero enfatizar algo: no es solo que el sector tecnológico esté liderando la acumulación de capital, es en sí mismo la concentración extrema de capital. Unas pocas corporaciones ahora representan alrededor del 20 % de la capitalización de mercado en Estados Unidos y el 35 % de la capitalización del mercado de valores, en comparación con aproximadamente el 20 % en 2010. Estamos viendo un rápido crecimiento no solo en ese sector, sino también en la concentración de capital en unas pocas corporaciones. Eso es algo que debe resultarnos muy especial y significativo.

El cuarto elemento es la globalización. Los efectos de la globalización se pueden sentir en muchos aspectos de nuestras vidas, desde poder viajar hasta consumir bienes producidos en todo el mundo. Pero parece que, durante los últimos diez a quince años, la expansión de la globalización se ha visto interrumpida. La cuota del comercio en la economía global ya no está creciendo. Tenemos muchas discusiones sobre aranceles, desconexión, sanciones. Existe un proceso de fragmentación en la economía global, que es muy diferente de la era neoliberal clásica que vivimos en el pasado.

Finalmente, y esto es importante para nuestra discusión, el capitalismo demasiado tardío es también un capitalismo que ha perdido su dinamismo. Es un capitalismo que se está desacelerando. Hemos estado viviendo este proceso desde el auge de la posguerra. Pero ahora, incluso pese al desarrollo tecnológico, no se ha producido un rejuvenecimiento. Las economías de altos ingresos están viendo cómo se produce una disminución en las tasas de inversión, y esta desaceleración no se limita a esas economías: también está sucediendo en China, donde el crecimiento se ha ralentizado durante la última década. No es solo una desaceleración general, también es que, a pesar de toda la innovación, la productividad sigue siendo baja. No estamos produciendo más valor de uso, y mucha gente siente que esta forma de empobrecimiento está conectada con la desaceleración de la tasa de crecimiento dentro de los estados capitalistas.

Estos cinco elementos –el ascenso de China y otros países, el fin de la hegemonía financiera, la concentración del capital tecnológico, la desaceleración de la globalización y la desaceleración general de las dinámicas capitalistas– son clave para entender lo que está sucediendo ahora. Estos elementos son también el telón de fondo del giro reaccionario que estamos viendo en muchos países occidentales, especialmente en Estados Unidos, donde hay un giro hacia el autoritarismo, o incluso un giro neofascista. Esto está vinculado al aumento de la competencia internacional, a la falta de movilidad social, a las crecientes concentraciones de poder económico y a una crisis general que da forma a la coyuntura actual.


Mark Zuckerberg, Donald Trump, Melania Trump y Bill Gates en una cena con líderes empresariales de grandes tecnológicas en la Casa Blanca.

Evgeny, ¿qué dirías al respecto o qué añadirías?

Evgeny Morozov: En buena medida, tanto el enfoque de la pregunta de Susan como la respuesta de Cédric giran en torno a 2008. Ambos entienden la crisis y sus secuelas como un punto de inflexión. Como una lente para periodizar la manera en que pensamos sobre la forma actual del capitalismo. Creo que en cierto modo es correcto, especialmente en el contexto de cómo opera la economía digital y cómo ha evolucionado. Si nos fijamos en empresas como Uber, Airbnb y muchas otras empresas similares, lograron posicionarse tras la crisis como herramientas para ayudar a las clases medias a sobrellevar la situación convirtiéndose en emprendedores. Se presentaron como una oportunidad para que la gente pudiera asegurarse de que sus activos –coches o casas– pudieran tener una segunda vida.

Pero también creo que hay una tendencia latente en esta periodización que oscurece procesos que comenzaron antes y nos impide examinar diferentes cuestiones y dimensiones del capitalismo. Dado que Cédric enmarcó su intervención como una contribución para articular lo que podría ser el “capitalismo demasiado tardío”, quiero decir que a lo largo de los años me he vuelto extremadamente crítico y escéptico de la periodización que comienza con el “capitalismo tardío”. Con todo el respeto a Ernst Mandel, este marco ha impuesto restricciones analíticas sobre la capacidad de la izquierda para comprender los cambios estructurales en el capitalismo desde los años setenta.

Esta periodización asume que después del estado liberal y el estado monopolista del capitalismo, llegamos al capitalismo tardío en los años setenta, lo que luego marcó el comienzo de la globalización y los cambios subsiguientes. Pero creo que necesitamos una forma diferente de hablar sobre estos cambios, un nuevo marco conceptual. En lugar de usar términos como neoliberalismo, financiarización o globalización para describir la morfología cambiante del capitalismo, aunque aún no he terminado el libro que la desarrolla, durante la última década he estado trabajando en una periodización diferente.

Esta avanza desde la vieja idea del “capitalismo organizado” articulada por Rudolf Hilferding y otros hace un siglo, pasando por una transición al “capitalismo desorganizado” en los años setenta, marcada por el ascenso de la desregulación, la privatización y el establecimiento de la competencia como la forma principal de gobernanza global. Esta fase desorganizada finalmente se agotó a principios de los años 2000, llevando a lo que he estado llamando “capitalismo orgánico”, una bestia muy diferente. El término capitalismo orgánico reconoce que los esfuerzos por disciplinar a los estados y las empresas sometiéndolos a más competencia, privatización y mercantilización desde los años setenta hasta finales de los noventa no solo fracasaron, sino que generaron una serie de problemas, como el cambio climático y la desigualdad. El capitalismo orgánico moviliza más capital para abordar esos problemas.

Desde principios de la década de 2000 en adelante, se puede ver emerger una racionalidad diferente, especialmente en sectores como las finanzas, donde personas como Al Gore y otros han comenzado a abogar por nuevas formas de abordar los problemas del sistema. Esta visión acepta que el capitalismo no ha sido tan efectivo como Friedrich Hayek y otros afirmaban, y reconoce además que ha producido muchas externalidades. Creen que, al movilizar más capital e introducir intervenciones políticas impulsadas por el mercado, pueden solucionar los problemas que ha creado el propio capitalismo.

Este pensamiento se hace evidente en cómo los gestores de activos abordan el cambio climático, viéndolo como un problema que solo puede resolverse a través de la disciplina del mercado. Silicon Valley entra en este paradigma a través de lo que yo llamo “solucionismo”. Silicon Valley se ha posicionado como el proveedor de soluciones a cada problema que el capitalismo ha creado. Desde la década de 2010 en adelante, ha diseñado soluciones en áreas como la atención médica, la educación, el transporte: virtualmente en cada esfera de la vida. Durante mucho tiempo, el público ha aceptado estas soluciones sin cuestionarlas, sin darse cuenta de que eran simplemente otra forma de privatización y mercantilización, ahora disfrazada de “digitalización” o “innovación”.

En esta nueva fase del capitalismo, que llamo capitalismo orgánico, la política se hace a través del mercado. La idea es someterlo todo –plataformas y otras instituciones basadas sobre los servicios– a la lógica de la rentabilidad y la acumulación, usándolas para resolver muchos de los problemas que el capitalismo ha producido. Por eso, durante la última década aproximadamente, el Foro Económico Mundial en Davos ha reconocido la realidad del cambio climático y otros problemas globales. Pero su solución es movilizar capital privado para resolver esos problemas, marginando las instituciones no mercantiles y tratando a la economía capitalista como la máquina definitiva para solucionar los problemas.

Es fácil de pasar por alto este cambio estructural si partimos de una periodización más convencional. Todavía estoy trabajando en articular cómo ha surgido este nuevo período, pero creo que hay algo importante que necesito mencionar aquí: no estamos en una fase de agotamiento de las finanzas o de la industria financiera. De hecho, yo argumentaría que estamos ante el entrelazamiento de Wall Street y Silicon Valley. De diferentes maneras, ambos representan los dos lados de la misma moneda: el capitalismo orgánico y solucionista.

Silicon Valley se presenta como el proveedor de soluciones, pero esas soluciones, especialmente las que dependen de la inteligencia artificial, requieren inversiones masivas de capital. Estamos hablando de sumas del orden de 250.000 millones de dólares solo este año para Investigación y Desarrollo (I+D) y otros gastos de capital por parte de las principales empresas tecnológicas. Parte de este dinero proviene de sus considerables reservas de efectivo, pero una porción significativa proviene de cerrar acuerdos con grandes fuentes de capital en los estados del Golfo: Qatar, los Emiratos y Arabia Saudita. Parte de estas inversiones incluso provienen de mercados de crédito privado, que son un segmento cada vez más importante pero poco estudiado de la economía global. Estos mercados evitan el sistema financiero tradicional e involucran a nuevos actores que no se parecen al capital privado o al capital de riesgo.

Tomemos el caso de Facebook, por ejemplo. Tiene mucho efectivo, pero aun así está aprovechando los mercados de crédito privado. Lo ha hecho tomando prestados entre 22.000 y 28.000 millones de dólares para construir nuevos centros de datos, como anunció recientemente. Esto marca un cambio significativo y conduce a nuevas vulnerabilidades en el capitalismo. Necesitamos entender que las finanzas y la tecnología no están separadas, sino que se refuerzan mutuamente. El auge de la hegemonía tecnológica está profundamente entrelazado con la relevancia de Wall Street, en especial de los nuevos actores en el crédito privado.

Una de las características estructurales de este nuevo paisaje es el declive de las empresas que cotizan en bolsa y del mercado de valores como medios para disciplinar a los capitalistas. Estos están siendo reemplazados por la toma de decisiones privadas que ocurre en instituciones dirigidas por gestores de activos, pero también por estos nuevos actores que operan en el crédito privado [grandes gestoras de activos, fondos de capital privado, fondos especializados en deuda y bancos de inversión].

Finalmente, hay un componente ideológico importante a la hora de analizar todo esto. Silicon Valley, junto con figuras como Elon Musk y Peter Thiel, ha capturado la imaginación de cómo debería entenderse el futuro y el progreso. Esto fuerza a los movimientos de izquierda y partidos políticos a elaborar una visión alternativa del futuro. Pero no he visto que eso haya sucedido todavía. Creo que sería un error no pensar en estos nuevos actores no solo como proveedores de soluciones, sino también como fuentes de imágenes poderosas sobre el futuro de la política y la vida pública.

Si sigues los debates en Estados Unidos en los últimos meses, notarás que esta visión del futuro no incluye la democracia tal como la entendemos. En el futuro de Silicon Valley, todavía existirá la vida pública y quizá algunas formas de asociación, pero todas las relaciones serán hipertecnologizadas, mediadas por sistemas de reputación, dispositivos de rastreo, de reconocimiento facial, drones y lo que sea que estén construyendo estas firmas. Ese futuro no se parecerá a las formas tradicionales de asociación democrática. Esta es la corriente ideológica subyacente, es algo con lo que debemos lidiar mientras además pensamos en cómo se legitima a sí mismo este nuevo sistema.

¿Estás sugiriendo que estas nuevas fuerzas podrán mantener el ritmo, teniendo en cuentas las vulnerabilidades y las nuevas crisis que están creando? ¿Se mantendrán por delante de la curva, o ves una catástrofe inminente?

Evgeny Morozov: Hemos estado viviendo a través de una catástrofe durante las últimas cinco o seis décadas, ¿verdad? Y probablemente de una forma mucho más intensa durante las últimas dos o tres décadas. Pero no veo que los capitalistas hayan perdido el control y mucho menos el rumbo, si eso es lo que estás preguntando. Estamos ante un momento muy turbulento, pero realmente no veo ninguna fuerza antagonista en el horizonte que pueda arrebatarles el control. En ese sentido, también creo que todo el giro hacia la IA en los últimos años, particularmente en los últimos doce meses, ha logrado revitalizar la imaginación capitalista de maneras que no habíamos visto en mucho tiempo.

También ha logrado movilizar mucho capital improductivo que anteriormente iba al sector inmobiliario o a la pura especulación financiera. Incluso empresas que han estado algo inactivas, como Apple, han sido compradoras masivas de sus propias acciones. Han gastado alrededor de 110.000 millones de dólares en recompras de acciones, pero solo gastaron alrededor de 30.000 millones en I+D. De hecho, esto les está perjudicando, pues su gasto fue mucho menor que empresas como Google y Amazon, ambas mucho mejor posicionadas en la carrera de la IA.

Entonces, en ese sentido, la ola de inversión de capital productivo impulsada por la promesa de la IA de reducir costos y abrir nuevas líneas de ganancia es real. No es capital ficticio. Esta inversión granjeará a estas firmas –a esta alianza entre Wall Street y Silicon Valley– otros cinco o siete años, si no más, de poder quemar mucho efectivo. OpenAI, por ejemplo, no espera ser rentable hasta 2029 o 2030. Quemarán decenas de miles de millones, si no cientos de miles de millones. Y continuarán perdiendo decenas de miles de millones al año durante un tiempo. Pero su capacidad para convencer tanto a los gobiernos, que los están subsidiando fuertemente al dejarlos construir centros de datos, como al capital privado, a través de fondos soberanos de riqueza, es importantísima. Han construido una narrativa coherente en torno a ello, a pesar del hecho de que todo su esfuerzo es altamente irracional y está basado en el derrochamiento. Todas estas empresas están construyendo los mismos modelos con las mismas funciones.

En ese sentido, es un sistema racional dentro del marco capitalista actual, y probablemente, como decía, durará entre cinco y siete años. Sin embargo, las cosas podrían empeorar mucho políticamente mientras tanto. Las élites pueden elegir gestionar el descontento que podría surgir sobre la llegada de los centros de datos y su consumo de energía derrochador a través de la fuerza pura en lugar de prometiendo un futuro mejor.


Elon Musk y Donald Trump durante una rueda de prensa en el Despacho Oval.

Cédric, ¿quieres responder a eso, y luego tal vez hablar sobre tus ideas sobre el tecnofeudalismo?

Cédric Durand: Sí, pero primero quiero decir algo sobre la relación entre Wall Street y el sector tecnológico. Estoy de acuerdo con Morozov en que hay una fuerte conexión, y que el sector tecnológico está movilizando capital financiero –capital público, capital bancario, capital privado, como mencionaste– y que hay mutaciones significativas dentro del sector financiero. Eso es absolutamente cierto. Mi punto, sin embargo, es que el sector financiero ha perdido algo de autonomía en el sentido de que depende cada vez más de las intervenciones de los bancos centrales. Además, las intervenciones de los bancos centrales están creando más tensión, particularmente en torno a la inflación. En este momento, en Estados Unidos, hay un repunte de la inflación. Mientras, el banco central está bajando las tasas de interés. Esto significa que se está volviendo cada vez más difícil preservar el valor del dinero y mantener la posición de las finanzas. Creo que esto crea una gran contradicción.

Por otro lado, el sector tecnológico está proponiendo –y lo que has descrito es absolutamente correcto– que la IA y las prácticas vinculadas a ella están realmente impulsando el cambio social, especialmente en términos de inversión y comportamiento económico. El cambio que estoy describiendo es de las finanzas siendo el sector dominante de la economía a la tecnología tomando la centralidad del tablero. Por supuesto, no hay una disyunción absoluta entre ambos. Todo es orgánico, pero el liderazgo está ahora del lado tecnológico. Y es en ese contexto que desarrollé la hipótesis del tecnofeudalismo.

Me ha sorprendido la buena recepción que ha tenido el concepto. Creo que un momento importante para reflexionar sobre ello es el mes de enero, cuando vimos a todos los jefes tecnológicos en el discurso inaugural de Trump. Esa fue una imagen impactante: todos los CEOs tecnológicos estaban sentados en la primera fila, y Trump estaba pululando alrededor. Y en su primer día en el cargo, ¿qué hizo? Decidió descartar cualquier tipo de regulación sobre la IA a nivel federal. Esta fue una decisión muy importante porque efectivamente socavó cualquier forma de supervisión estatal sobre el área donde estas empresas estaban haciendo sus apuestas más ambiciosas. Son momentos como ese los que capturan la esencia de lo que estoy describiendo y, a un nivel más analítico, me gustaría aclarar algunos puntos.

Primero, el tecnofeudalismo no significa que la economía digital nos esté llevando de vuelta a tiempos feudales, por supuesto. Existe una enorme diferencia, y es muy importante, respecto a los tiempos medievales, cuando la producción estaba altamente individualizada. Los campesinos trabajaban para el señor feudal, pero trabajaban principalmente por su cuenta. Hoy, vivimos en un sistema de producción altamente socializado. Todas las corporaciones dependen unas de otras. Piensen en cuántas personas están involucradas en los productos que estamos usando ahora mismo: es completamente inimaginable. Es un mundo completamente diferente.

Sin embargo, hay similitudes en términos de la calidad de las relaciones sociales. Yo argumentaría que la dependencia es una de las primeras analogías con los tiempos feudales. Cada uno de nosotros dependemos de los servicios tecnológicos en nuestra vida cotidiana. A menudo bromeo diciendo que mi madre probablemente podría vivir sin Google, pero hace un mes tuvo un problema con su teléfono y tuvo que pedirle ayuda a una vecina y luego llamarme. Fue una emergencia. Necesitaba un smartphone. Incluso a los ochenta y cuatro años, ella necesita a Google. Todos dependemos de esas empresas. Pero no son solo los individuos. Las corporaciones, sectores enteros e incluso los estados dependen de los servicios de las grandes tecnológicas.

Por ejemplo, recientemente, el Ministerio del Interior alemán cerró un acuerdo con la rama de servicios en la nube de Amazon. Muchos de los principales bancos de Europa dependen de los servicios en la nube de Estados Unidos. La empresa ferroviaria nacional francesa solía tener su propia nube, pero subcontrató ese servicio a Amazon. El CEO de Total, la empresa energética, incluso explicó que le daba vergüenza tener que enviar datos geológicos a Estados Unidos para extraer petróleo. No confiaba en que sus datos estuvieran protegidos. Entonces hay una dependencia general, no solo entre individuos, sino a través de toda la estructura productiva. Y esta dependencia está concentrada en muy pocas corporaciones. Es una relación altamente asimétrica que refleja dinámicas coloniales. Hay un centro y una periferia, y es algo que dará forma a Europa y a muchos países en el futuro.

La segunda analogía que me gustaría trazar es que en tiempos feudales, siempre había alguna articulación entre el reino político y el reino económico. Las empresas capitalistas siempre han dependido de las decisiones estatales. Han presionado al Estado para obtener políticas favorables, pero ahora, las grandes empresas tecnológicas están adquiriendo capacidades estatales clave. Un ejemplo: durante el COVID-19, Google puso a disposición datos públicos de movilidad, mostrando cómo se movía la gente alrededor de las ciudades. Pero para 2023, cerraron ese acceso, y se volvió privado nuevamente. Los datos clave que solían ser públicos ahora están controlados por Google, y esto está sucediendo con muchos otros tipos de datos.

Otro ejemplo es cómo las plataformas tecnológicas ahora curan el debate público. Los algoritmos de Facebook y X (el antiguo Twitter) están organizando la vida política de una manera que no es neutral en absoluto. El espectro mediático solía estar mayormente regulado por el Estado, pero ahora ha cedido el control. También hay un debate sobre el estatus del dinero. Con la pérdida de confianza en el dólar, empresas como Amazon, X y Walmart están comenzando a emitir su propio dinero. Cuando esto suceda, reducirá la capacidad del Estado para gestionar la economía e implementar políticas macroeconómicas.

Estos ejemplos muestran cómo aspectos clave del poder estatal están cambiando al sector privado y, en ese sentido, estas empresas se están convirtiendo en actores políticos. No solo en términos abstractos, sino en cómo dan forma a la vida social. Finalmente, yo argumentaría que lo que están haciendo es crear posiciones depredadoras para extraer rentas. Esto produce un juego de suma cero, reminiscente de los tiempos feudales. En el feudalismo, los señores expandían su territorio de manera de suma cero: lo que uno ganaba, el otro lo perdía. Las grandes empresas tecnológicas están insertas en el mismo tipo de competencia, expandiendo su control sobre la esfera social.

Vale la pena señalar que, como Evgeny advierte, estas empresas están invirtiendo cantidades ingentes de efectivo, lo cual es extraordinario. Pero esta es una dinámica sectorial donde la inversión está fluyendo hacia la tecnología a expensas de otros sectores. No hay una oleada de inversión más amplia. Hay menos inversión en servicios públicos, menos en capacidades de manufactura, infraestructura, vivienda: cosas que son necesarias para la vida cotidiana. En ese sentido, esta dinámica es depredadora. Por eso creo que el tecnofeudalismo no es solo un concepto abstracto; es una tendencia que se está materializando día a día.

Solo una nota final: no estoy diciendo que el tecnofeudalismo sea inevitable. Es una posibilidad, una que se está materializando en Occidente. Pero en China, estamos viendo algo diferente. El Estado no está permitiendo que las empresas tomen el control del proceso político y dominen la sociedad. Entonces, el feudalismo no es una necesidad; es el resultado de elecciones políticas. Pero hay otras posibilidades para la tecnología, otros caminos que podrían emerger.

Evgeny, ¿quieres responder a eso, y a la posibilidad de que China tenga un modelo diferente?

Evgeny Morozov: Bueno, lo primero de todo, tenemos que darnos cuenta de que hay muchas teorías parcialmente superpuestas y parcialmente en competencia sobre el tecnofeudalismo y el neofeudalismo, que es un concepto relacionado pero distinto. La versión de Cédric es probablemente la más matizada y no la presenta como un relato exhaustivo o exclusivo de lo que impulsa el cambio bajo el capitalismo. Según su posición, ese es uno entre otros marcos explicativos que complementa dinámicas como la financiarización y la globalización, que también pueden explicar lo que está sucediendo.

Por supuesto, hay formas más populistas de pensar sobre ello, y la más conocida es el enfoque de Yanis Varoufakis. Las afirmaciones que hace son mucho más absolutas y definitivas. Para él, el capitalismo murió en 2008 y un nuevo sistema emergió en su lugar, reemplazando la ganancia con la renta. Esa es una lectura más populista del tecnofeudalismo.

En mi caso, tomo una posición que ocupa un término medio entre estas lecturas más extremas y populistas y las más matizadas sobre el tecnofeudalismo. Mi respuesta inmediata a Cédric es que tengo la sensación de que parece dar a entender que una teoría del capitalismo en Marx y el marxismo es, por extensión, también una teoría del Estado, una teoría sobre la forma del Estado y las funciones que debería desempeñar. Quizás esto habría sido el contenido del volumen faltante que Marx había esperado escribir sobre el Estado, pero ese volumen nunca llegó.

Hasta donde entiendo El capital, una teoría del capitalismo es agnóstica sobre la forma del Estado y la distribución exacta del trabajo entre el mercado y el Estado. En mi opinión, la idea de que ahora algunas de estas firmas están asumiendo funciones previamente ocupadas por el Estado de bienestar –o antes, por organizaciones benéficas, o incluso antes por benefactores como los Medici– es interesante. Pero realmente no nos dice si estamos viviendo en el capitalismo o el feudalismo. Solo nos muestra que hay una plasticidad de algún tipo en cómo se pueden satisfacer diversas necesidades, por ejemplo, aquellas relacionadas con la reproducción, dentro del marco del Estado capitalista.

En mi propia teoría y periodización, no hay nada anormal en que un número creciente de gobiernos estén delegando más responsabilidades públicas, como la atención médica, la educación y la emisión de dinero, al sector privado, particularmente a Silicon Valley. En última instancia, veo esto como una forma de que los gobiernos logren varios objetivos a la vez. Uno de estos objetivos es crear y mantener las condiciones para la acumulación capitalista, de modo que a pesar de todos los problemas sistémicos que enfrenta el capitalismo, las firmas puedan continuar acumulando. Y en parte, es una forma de satisfacer las necesidades que tienen cuando se trata de la vigilancia policial, la atención médica, etc.

Entonces, si una empresa entra en la industria de la defensa o en el sector policial, no es que estemos ante una violación de las prerrogativas del Estado. Es una forma, en cierta medida, de profundizar el alcance del Estado y hacerlo de manera ligeramente diferente pero aún manteniendo al Estado y sus instituciones en el panorama.

Ahora, mi problema con la teoría del tecnofeudalismo es que indirectamente margina o hace menos relevantes otros marcos existentes, incluidos los marcos marxistas. Específicamente, tiende a pasar por alto cuestiones relacionadas con el imperialismo y las dinámicas entre el hegemón y la economía global. Durante casi un siglo, Estados Unidos ha sido el hegemón, y este marco ha sido clave para explicar el sistema global. Al sustituir esa lente por otra que se centra en cómo se distribuye el poder entre estados y empresas, el tecnofeudalismo omite un aspecto importante del sistema global.

Creo que hemos escuchado algo de eso en Cédric, cuyo análisis se basa en entender cómo cambia el equilibrio de poder entre estados y gobiernos, entre estados y empresas. Este enfoque está bien, pero fundamentalmente pierde de vista el hecho de que no todos los estados son iguales en el sistema global actual. El Estado estadounidense en particular merece ser analizado con un conjunto muy diferente de herramientas porque es el hegemón. Toca la melodía a la que el resto del mundo –tal vez con una ligera excepción de China– tiene que bailar.

Entonces sí, podemos hablar sobre los efectos de la privatización del dinero, el auge de las stablecoins, etc. Pero en última instancia, si miras la Ley GENIUS (Guiding and Establishing National Innovation for Stablecoins), que acaba de aprobar Estados Unidos este año, está claro lo que la administración Trump buscaba con las stablecoins. El objetivo es afianzar y prevenir cualquier contestación a la hegemonía del dólar. Aunque hay más comercio realizado en otras monedas, y los BRICS han hecho mucho para desafiar el poder del dólar estadounidense, la intervención de la administración Trump en el espacio cripto está diseñada para garantizar que todo en el mundo cripto, incluidas las stablecoins, esté respaldado por bonos del Tesoro de EEUU o el dólar estadounidense. Esta es una forma inteligente de preservar la hegemonía financiera estadounidense, y es en última instancia un proyecto impulsado por el Estado.

En ese sentido, me resulta difícil mirar lo que está sucediendo ahora en la economía digital e invocar el tecnofeudalismo, que ni siquiera presupone la existencia del Estado moderno con todas sus dinámicas e intereses en competencia. Si pensamos en el feudalismo tradicional, no involucraba el tipo de Estado que tenemos hoy.

Otro problema que tengo con el tecnofeudalismo es que, debido al imperativo populista que han introducido en él figuras como Varoufakis, personaliza enormemente cuestiones que deberían entenderse a través de una lente sistémica. En cierta medida, creo que escuchamos esto en los comentarios de Cédric, donde habla de su madre dependiendo de Google, comparándolo con la dependencia que los campesinos tenían de los señores feudales. Yo argumentaría que en la actualidad estamos ante una dependencia muy diferente.

La dependencia de la tecnología es sistémica. No es que las personas dependan de Google personalmente. Es que toda la sociedad moderna espera que las personas estén disponibles online en cualquier momento. Necesitas un perfil digital para acceder a un trabajo, para participar en la vida moderna. Esto no es porque Eric Schmidt o Steve Jobs te obliguen a hacerlo; es por la presión sistémica que ejerce una fuerza invisible.

En ese sentido, la dependencia que ha surgido es muy similar a la dependencia que tienen los trabajadores a la hora de vender su fuerza de trabajo. Está impulsada por la competencia capitalista y el capital, no por la dependencia personal de un señor feudal, donde literalmente eras forzado a hacer lo que estabas haciendo por alguien que portaba un rifle o una flecha entre sus manos.

Entonces no veo por qué discutir sobre la dependencia debería llevarnos necesariamente a conceptualizarla como feudalismo. La presión es sistémica, no personal. Este es uno de los muchos matices que me llevan a pensar que situar la discusión dentro de las dinámicas del capitalismo nos ayudaría a entender mejor lo que está sucediendo.

Por último, me gustaría hablar sobre el grueso del argumento en la obra de Cédric, sobre el cual no tuvo tiempo de elaborar, acerca de cómo la propiedad intelectual y factores sistémicos como el control de la cadena de suministro permiten a empresas tecnológicas como Amazon y Google ejercer poder político de una manera que las protege de las presiones que normalmente afectan a las firmas capitalistas. En su teoría, no se trata de entender las presiones del capital como tal. Es su capacidad para explotar lagunas en la ley de propiedad intelectual (PI) o aprovechar el poder estructural que no se deriva de la competencia basada en el mercado, lo que les permite profundizar en la acumulación.

Creo que he resumido este punto correctamente, ¿verdad Cédric? Donde discrepo de Cédric es en que creo que, en última instancia, lo que impide que estas firmas sean contestadas en el proceso de competencia es la cantidad de capital necesario para desafiarlas. Ahora bien, si alguien está preparado para movilizar ese capital y sobrevivir a todas las batallas políticas que vienen aparejadas a él, entonces tendrá éxito. Hemos visto que esto ha sucedido en los últimos años con Elon Musk. Musk decidió que quería ser un actor importante en IA, y formó una empresa llamada xAI: movilizó 20.000 millones de dólares y quemó ese capital, contratando al mejor talento y construyendo el superordenador más desarrollo en solo tres meses, en lugar de los dos años que los expertos dijeron que le llevaría.

Ahora, xAI es un claro contendiente de OpenAI, Claude y Gemini. Digamos lo que digamos sobre Musk, este es un ejemplo clásico de un capitalista movilizando capital, gastándolo sabiamente y sorteando cuellos de botella como la ley de propiedad intelectual, las cadenas de suministro y todo lo demás que se pensaba que hacía indestructibles a empresas como Google o Amazon. La empresa de Musk está forzando a OpenAI y otros a reducir sus precios porque ahora Grok ofrece servicios de IA a un precio mucho más barato.

Para mí, este es un ejemplo clásico de cómo un capitalista entra en una industria movilizando suficiente capital para hacerlo. Sí, puedes construir barreras con propiedad intelectual, y sí, puedes usar el poder político, pero en última instancia, el capital sigue siendo la vara de medir, el criterio por el cual entender el éxito del sistema. En ese sentido, no creo que nos hayamos apartado de la lógica del capital que ha impulsado la economía capitalista durante el último siglo o dos.


Jeff Bezos visita una base militar del ejército del aire en San Pedro, California.

Cédric, si pudiera pedirte que abordes un par de puntos… Hay mucho que considerar aquí. Primero, la ausencia del Estado bajo el feudalismo es obviamente un problema para la analogía tecnofeudalista. La soberanía estaba investida en el señor bajo el feudalismo más puro, pero una vez que surgió el Estado absolutista, el feudalismo comenzó a entrar en declive. Por ejemplo, las ciudades crecieron. Entonces, ¿cómo justificarías tu analogía dada la falta de un Estado bajo el feudalismo?

En segundo lugar, ¿realmente necesitamos hablar del feudalismo? Ya tenemos diferentes formas de dependencia capitalista. Si el feudalismo está siendo invocado esencialmente como una herramienta retórica –tal vez siendo usado más por alguien como Mélenchon o Yolanda Díaz que por ti– ¿crees que es exitoso como proyecto ? ¿No necesitamos enfrentar a estos nuevos capitalistas tecnológicos en el terreno del futuro, en lugar de evocar los horrores morales del pasado?

Cédric Durand: Hay muchas cosas que abordar en tu pregunta, así que me centraré en esos dos puntos que señalas. Primero, con respecto al Estado, creo que este es, por supuesto, un tema muy importante. Y siempre tengo cuidado a la hora de decir que me refiero a una tendencia hacia el tecnofeudalismo. No estoy afirmando que estuviéramos viviendo bajo el capitalismo hasta 2008 y de repente hayamos pasado al feudalismo. En realidad, el feudalismo, en el siglo XIX, no se convirtió en capitalismo en cuestión de un par de años. Estos son procesos largos. Los cambios en el modo de producción no ocurren de la noche a la mañana; son graduales.

Lo que quiero decir es que las capacidades estatales han sido drásticamente alteradas en los últimos años de una manera que es bastante sorprendente. Este cambio está cuestionando la posición del Estado. Un argumento que haría junto a este es que, a pesar de la tendencia hacia el tecnofeudalismo, no creo que este camino tenga éxito. Estos gigantes tecnológicos no son capaces de gestionar ni su propia competencia interna.

El papel del Estado en el capitalismo, su necesidad de ser, es regular la competencia entre los capitalistas. Si no hay mediación por parte del Estado, no hay forma de regular esa competencia. Lo que estamos viendo ahora es un debilitamiento de la capacidad del Estado para lidiar con esta competencia. Estos capitalistas están cambiando las reglas ellos mismos, asumiendo formas privadas de soberanía. Evgeny tiene razón al enfatizar la dimensión internacional de esto. El Estado de EEUU definitivamente está involucrado en esta dinámica, pero no estoy seguro de que al usar el sector tecnológico para tratar de expandir o mantener la hegemonía estadounidense, no esté también perdiendo sus propias capacidades para actuar como un Estado autónomo.

La cuestión de la moneda es clave aquí. La intención del gobierno estadounidense, con todos sus esfuerzos por mantener la hegemonía del dólar, es clara. A pesar de las contradicciones, están tratando de preservar su control introduciendo innovaciones como las stablecoins. Pero sabemos que las stablecoins generarán inestabilidad financiera. No serán tan confiables como las monedas tradicionales, y a medida que surjan más stablecoins, algunas grandes firmas como Amazon tendrán más que otras y las monedas de estas empresas serán preferidas sobre las otras que puedan surgir. En ese punto, veremos aparecer una especie de poder monetario autónomo: un poder económico fuera del control del Estado. Ese es el tipo de mediación que veo en el sistema actual.

En el segundo punto, sobre el efecto retórico: la forma en que entré en la hipótesis tecnofeudal fue tratar de entender los problemas creados por la globalización, la financiarización, el estancamiento, etc. Quería darle sentido a eso. Volví al razonamiento estructuralista sobre la combinación de relaciones sociales, que fue muy útil para imaginar la forma en que estamos experimentando una reconfiguración de relaciones. En ese sentido fue un posicionamiento puramente analítico.

Pero por supuesto, era consciente del poder retórico del término “tecnofeudalismo”. Sopesé tanto las ventajas como las desventajas de usarlo. Y creo que las ventajas son significativas. Hay cuatro ventajas principales que enfatizar.

La primera ventaja es simplemente subrayar el hecho de que el capitalismo no es eterno. El capitalismo tiene una historia. Pero nos dirigimos hacia una forma de fin del capitalismo. El proceso de socialización que Marx analizó –la ley de acumulación de capital– significa que cuanto más se acumula el capital, más interdependientes nos volvemos, y más grandes son los medios para controlar u organizar el proceso de trabajo. Estamos en ese proceso ahora. Las grandes tecnológicas, la monopolización intelectual y la centralización del conocimiento representan un nivel extremo de centralización. Creo que es crucial subrayar esto porque nos ayuda a reconocer los límites de la lógica capitalista y hacia dónde nos dirigimos.

La segunda ventaja, y esto tiene un toque benjaminiano, es destacar que este movimiento histórico no es necesariamente una forma de progreso. En la década de 1990, había mucho optimismo sobre la tecnología. El término “tecnofeudalismo” también ayuda a recordarnos que esta evolución de la tecnología podría ser regresiva, es decir, podría aumentar las desigualdades, debilitar la democracia y erosionar las libertades individuales.

El tercer punto está más relacionado con la estructuración de la economía mundial. Lo que no se discute a menudo es que el desarrollo del sector tecnológico y la creciente dependencia de nuestras economías sobre estos servicios está llevando a la colonización de Europa. No solo América Latina y África son periferias: ahora Europa también es una periferia. Las facturas que pagamos a estas empresas tecnológicas están aumentando rápidamente cada año, con inversiones en la nube y otros servicios costándole cada vez más a las empresas y sociedades. Hay una forma de intercambio desigual que está teniendo lugar y llamar a estas relaciones “tecnofeudalistas” ayuda a enmarcar la necesidad de que emerja un frente anti-tecnofeudal. Creo que este concepto también ayuda a espolear los debates en torno a la soberanía digital.

Finalmente, pensar en el tecnofeudalismo también implica subrayar la capacidad menguante de los estados. El hecho de que estas grandes empresas tecnológicas estén tomando el control de funciones una vez sostenidas por el Estado es crucial. Si los estados ya no pueden controlar la infraestructura, la generación de estadísticas o sus propios procesos administrativos, se plantean serias preguntas sobre cómo podemos imaginar políticas socialistas impulsadas por la gobernanza democrática a nivel estatal.

¿Ves eso como irrecuperable, el Estado como herramienta socialista?

Cédric Durand: No, no creo que la capacidad estatal sea irrecuperable. Soy muy optimista en este punto. Diría que el Estado es un campo de batalla. Hemos perdido muchas posiciones, pero en el pasado también ganamos algunas. Creo que todavía estamos ante un campo de lucha. No existe tal cosa como la derrota eterna.

Evgeny, ¿te gustaría responder a eso? Hasta ahora hemos centrado nuestra discusión en el capital en sus diversas formas, pero Cédric ha planteado la cuestión del trabajo y el socialismo.

Evgeny Morozov: Claro. Pero primero déjame señalar un par de cuestiones porque tengo algunas respuestas inmediatas a lo que Cédric estaba diciendo. Me resulta muy difícil observar la evolución de las grandes tecnológicas desde, digamos, finales de 2016 hasta 2025, y pensar que de alguna manera se han vuelto más autónomas del Estado o que han acumulado más poder para actuar independientemente.

Permítanme recordarles que cuando la primera administración Trump aprobó su prohibición de visas a países musulmanes, impidiendo que muchos trabajadores vinieran a Estados Unidos, Sergey Brin, el cofundador de Google, fue al aeropuerto de San Francisco a protestar por esas medidas. Hablamos de un importante multimillonario tecnológico, alguien que tiene poder en Silicon Valley. Esto es algo completamente impensable en 2025. Hoy, Sergey Brin probablemente estaría proporcionando servicios para llevar a esas personas al aeropuerto y deportarlas.

En ese sentido, veo a esta industria, incluyendo en ella a Mark Zuckerberg –quien, por cierto, también fue extremadamente antagónico con Trump en la primera administración–, completamente doblegados a las necesidades e imperativos de la segunda administración Trump. Si bien entiendo el potencial hipotético de pensar en Jeff Bezos creando stablecoins que podrían quitarle poder a la Reserva Federal, la realidad es que hace unos meses Bezos –dueño del Washington Post– dijo a su redacción: “Miren, vamos a despedir a todos nuestros columnistas liberales, de izquierda, y solo nos enfocaremos en discutir los mercados libres y la libertad”. Ese es Jeff Bezos.

¿Y por qué lo hizo? Porque el clima en Washington ha cambiado. En términos reales –no hipotéticos–, Silicon Valley ha sido domesticado. Esto se debe en parte al hecho de que la distribución del poder dentro de él ha cambiado. Personas como Peter Thiel, Marc Andreessen y muchos otros –incluidos los hijos de Trump– han ganado mucha más influencia dentro de la industria de la que tenían en la primera administración. Han logrado poner a Silicon Valley de su lado. En este momento, todavía describiría a Silicon Valley como mayormente servil al proyecto Trump y no representando ningún tipo de salida autónoma de él.

Más allá de eso, hay otro punto que quiero plantear, más abstracto. Escuchando a Cédric, tengo la sensación de que existe cierta idealización de la racionalidad colectiva que tenían los capitalistas en el pasado, como si de alguna manera hubieran querido crear instituciones estatales estables y racionales que resolverían sus propios problemas de acción colectiva.

Haciendo una metáfora, es como si hubieran decidido que necesitaban una agencia de estadística independiente que no sería corrompida por los poderes privados. Mientras esa agencia existió, todo fue genial. Pero ahora está siendo amenazada porque otra cosa ha ocupado su lugar. Simplemente no estoy seguro de aceptar esa visión idílica de los capitalistas siendo tan previsores e insistiendo en que las instituciones estatales son ideales para resolver sus problemas. Todo lo que Marx nos dice sobre los capitalistas es que son miopes y no piensan racionalmente sobre cómo mantener vivo el sistema capitalista. En su lugar, siguen una lógica individual de obtención de ganancias. A veces logran encontrar figuras e instituciones que resuelven algunos de sus problemas de acción colectiva. Pero en la mayoría de ocasiones eso es raro. Más usualmente requieren de intervenciones drásticas o de momentos de crisis para forzar a los Estados a cambiar de dirección.

En ese sentido, no veo por qué los capitalistas se opondrían a una agencia privada que resuelva los problemas de coordinación que tienen en cuanto a conocimiento estadístico. Eso es lo que han estado haciendo con Standard & Poor’s, Bloomberg y muchas otras, que han proporcionado información privada mercantilizada durante décadas, y ni un solo capitalista se ha quejado. Por supuesto, podrías argumentar que los datos sobre carreteras son diferentes de los datos sobre el mercado financiero, pero no creo que a los capitalistas les importe si obtienen sus datos de Google Maps o de alguna agencia cartográfica administrada por el Estado.

Mi problema con las teorías del tecnofeudalismo es que proyectan ciertas características y cualidades tanto en los capitalistas como en el Estado que, creo, son inexistentes, transitorias o no son características centrales del capitalismo o del Estado capitalista. Para mí, esto introduce cierta nostalgia por el capitalismo productivo que los defensores de la tesis del neofeudalismo imaginan volviéndose ahora improductivo, y no compro completamente esta línea de argumentación.

Tal vez me perdí lo que Cédric estaba diciendo sobre el trabajo, así que estoy feliz de responder a esa pregunta, pero ¿cuál es el punto de entrada a la discusión sobre el trabajo?

Cédric Durand: Estaba subrayando el hecho de que las capacidades estatales menguantes son estructuralmente problemáticas para la realización del socialismo.

Evgeny Morozov: Estoy completamente de acuerdo. Si participamos de esta especulación hipotética, por supuesto, sería mucho mejor estar construyendo el socialismo desde una posición donde el Estado está controlado democráticamente y en parte cooptado por capitalistas, que esta mezcla de feudos altamente privados, como los que los multimillonarios tecnológicos quieren construir en islas o en estados marítimos donde todo está privatizado, incluida la provisión de servicios básicos. Incluso han intentado implementar esto con ciudades privadas en Honduras y otros lugares. Hay esquemas existentes, por así decirlo, de cómo podría ocurrir parte de esta gobernanza privada en las ideas de personas como Curtis Yarvin y otros que quisieran llevar este modelo al Estado nacional y global, asegurándose de que no sean solo ciudades privadas, sino Estados-nación privados. Sí, estoy de acuerdo en que si estas visiones se realizaran, entonces la tarea de construir el socialismo se haría más difícil.

En ese punto, estoy de acuerdo. Y por eso importa el momento actual. Es importante entender qué partes del Estado aún pueden defenderse. Pero creo que plantear puntos retóricos sobre la necesidad de detener la privatización o la digitalización, o revertir el coste ecológico de los centros de datos, etcétera, no nos lleva a articular una visión alternativa que pueda ser más atractiva que la visión que Silicon Valley ha presentado: una de hipereficiencia y con un gobierno capaz de emitir certificados en un minuto, en lugar de las horas o días que tarda en este momento.

Estas son el tipo de cosas que Musk y Thiel han estado promoviendo en Estados Unidos en los últimos meses. En ese sentido, creo que el problema de la izquierda no es tanto la falta de esfuerzo o deseo de reclamar estas funciones estatales, sino la incapacidad de articular un proyecto político coherente que iguale el fervor utópico de Silicon Valley, pero con una dimensión emancipatoria completamente diferente.

Tener tal proyecto no solo forzaría a la izquierda a ser más realista, sino que detendría a los socialistas de estar tan a la defensiva, e incluso diría, en algunos casos, de ser reaccionarios. La izquierda no puede ser simplemente una fuerza que existe para defender un statu quo alcanzado hace treinta, cuarenta o cincuenta años.

Cédric, ¿qué piensas?

Cédric Durand: Sí, creo que Evgeny está en lo cierto. Realmente necesitamos estar a la altura de la tarea de imaginar, o al menos proponer, formas de pensar sobre las alternativas, sobre cómo organizar las cosas, posiciones que no sean solo defensivas. En mi opinión, la renovación del debate sobre la planificación es una buena dirección a seguir. Puedes enmarcarlo en términos de democracia: democratizar las elecciones relacionadas con la forma en que vivimos. Construir escenarios de estilos de vida y deliberar sobre esos escenarios es una forma de decidir qué tipo de sociedad queremos construir, de darnos el poder de elegir cómo vivimos.

Para mí, la planificación consiste en tres componentes principales. El primero es la deliberación: reunirse para deliberar sobre varias opciones y construir escenarios. El segundo es recopilar datos y organizar la creación de esos escenarios. La contabilidad ecológica [aquella que incluye los impactos medioambientales en sus cuentas] será crucial en este proceso, pero por supuesto, no es el único elemento. La formulación de necesidades, por ejemplo, también es parte de ella. Y el tercer elemento, que creo que es la clave, es la socialización de la inversión. En este momento, la inversión está completamente impulsada por elecciones privadas, y esa es la forma en que llega a nuestras vidas. Necesitamos tener voz y voto en la socialización de la inversión. De eso se trata la planificación.

¿Cómo se socializa la inversión? Hay muchos ejemplos históricos, pero me vienen a la mente tres formas. Una es construir servicios públicos. Sabemos cómo se hace eso a nivel nacional, ¿no? La segunda es que el Estado controle los sectores estratégicos de la economía, como hace China, lo que da forma al tipo de sociedad que quieres. La tercera es controlar el proceso de crédito mediante su socialización. Esto nos permitirá decidir qué sectores construir y cuáles no, sin necesidad de participar en decisiones predictivas o sobre la innovación.

En estas tres dimensiones –deliberación, recopilación de datos y distribución de inversiones basadas en escenarios– las capacidades tecnológicas de la sociedad están transformando el debate sobre la planificación. En el siglo XX, el debate fue en gran medida sobre el conocimiento: recopilación de información, su articulación y estructuración. Muchos de esos problemas ahora se pueden resolver usando las tecnologías actuales. Sin embargo, y esto es muy importante, necesitamos ser conscientes de que no queremos un autómata tecnológico que participa opacamente del proceso de planificación. Necesitamos pensar en los límites de ese proceso en sí mismo: límites en relación con la naturaleza y con nuestras propias vidas.

La contabilidad ecológica es esencial. La idea sería crear un inventario permanente de la naturaleza, que nunca será perfecto, pero cuyo propósito es establecer límites que no queremos cruzar para preservar el movimiento autónomo de la naturaleza. El segundo elemento tiene que ver con nuestras propias vidas. No queremos que nuestras vidas estén completamente automatizadas. Podemos ser felices si los algoritmos facilitan una mejor satisfacción a nuestras necesidades a través de la coordinación. Pero si queremos preservar algunas formas de autonomía, necesitamos establecer límites al proceso de planificación.


Fuente: Ctxt