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martes, 20 de octubre de 2026

Trabajar y ser pobre: la vivienda aumenta en 770.000 el número de personas que sufren pobreza laboral

 

 Por Martín Cúneo   
     Periodista. Desde Diagonal en El Salto.


La vivienda se convierte en un factor clave que explica que cada vez haya más personas que sean pobres aunque tengan trabajo. Uno de cada tres hogares inquilinos está por debajo del umbral de la pobreza después de pagar el alquiler.



Pancarta de la manifestación por la vivienda del 3 de octubre de 2026. Susana Albarrán Méndez.

     Se puede tener trabajo y ser pobre. Y la vivienda tiene mucho que ver con esto. La alta proporción del salario que los hogares deben dedicar al pago de la vivienda ha llevado a que la pobreza laboral crezca del 11,48% al 15,49%, según un informe de Oxfam Intermón hecho público este 20 de octubre. 

Pero como suele suceder, esta cifra es una media que esconde realidades más desesperadas. Ciertas circunstancias vitales aumentan las posibilidades de trabajar y estar por debajo de la línea de la pobreza. La principal de estas circunstancias es vivir de alquiler. Uno de cada tres hogares inquilinos (el 34,08%) con trabajo vive en la pobreza tras pagar la renta, concluye este informe de Oxfam. Las cifras caen cuando se trata de hogares hipotecados (10,22%) y ya tienen su casa pagada (7,95%).


Tasa de pobreza laboral según régimen de tenencia antes y después de pagar los costes de la vivienda.

Otro factor que contribuye a que una persona se sitúe por debajo del umbral de la pobreza a pesar de cobrar un salario es tener menores a cargo: la pobreza laboral es del 40% en familias con tres o más hijos y alcanza hasta casi el 30% en los hogares monomarentales. La geografía también importa. Si vives en Madrid, las posibilidades de que el salario no te alcance se multiplican: la Comunidad gobernada por Isabel Díaz Ayuso lidera el listado de pobreza laboral, seguida por Catalunya y Murcia.

Más factores de riesgo: ser migrante. La pobreza laboral alcanza el 31,42% entre las personas trabajadoras de fuera de la UE, frente al 8,71% de quienes tienen nacionalidad española. También afecta el doble a quienes tienen jornada parcial (20,62%) frente a quienes tienen jornada completa. Una proporción parecida se da entre quienes son autónomos, una prueba de que el “autoempleo es también una fuente de precariedad”, subrayan en el trabajo.

El argumento principal de la huelga del 11 de noviembre, que la vivienda, el trabajo y los salarios tienen todo que ver, encuentra en este informe un respaldo cuantitativo: el coste de la vivienda empuja a 770.000 personas trabajadoras más por debajo del umbral de la pobreza laboral, hasta superar el total de tres millones.


Tasa de pobreza laboral en función de la composición del hogar.

Con el título Cuando trabajar no es suficiente: el impacto del coste de la vivienda en la pobreza laboral, el informe calcula la situación de pobreza de personas con empleo antes y después de hacer frente al pago del alquiler, la hipoteca y otros gastos vinculados con la vivienda en 2024. Las conclusiones del trabajo indican que la presión de la vivienda en el presupuesto familiar ha llevado a que la tasa de pobreza laboral aumente cuatro puntos.

Los desahucios no son la única expresión de la crisis de vivienda. Según Alejandro García-Gil, responsable de vivienda, empleo y de políticas sociales de Oxfam Intermón, no hay que perder de vista a los millones de personas que “trabajan y consiguen a duras penas pagar su casa cada mes, pero que después de hacerlo no disponen de ingresos suficientes para sostener una vida digna”.


Tasa de pobreza laboral por Comunidad Autónoma.

Tal como indicaban informes previos, la vivienda “se está convirtiendo en uno de los factores que más empobrecimiento y desigualdad generan”, indica. 

Esta pobreza laboral y la desigualdad han seguido creciendo a pesar de los buenos datos económicos. El crecimiento del PIB entre 2022 y 2024 del 6% apenas supuso una reducción total de la pobreza laboral en 0,16%. A este ritmo, calcula el informe, España tardaría 59 años en alcanzar la media europea de pobreza laboral, situada en el 8,2%.


Fuente: El Salto

lunes, 15 de junio de 2026

Amazon es un banco de pruebas para el futuro del trabajo

 

       Organizador sindical, miembro del Sindicato Nacional de Escritores y repartidor a tiempo parcial de Amazon.


Empleadores de todo el mundo buscan imitar el modelo de explotación, inestabilidad y uso disciplinario de IA de la megacorporación de Bezos. El reto de los sindicatos es organizar a la clase trabajadora contra esta distopía


Los trabajadores del centro de carga aérea de Amazon en el norte de Kentucky se declararon en huelga en julio de 2024.


     Entre el 7 y el 10 de junio, la convención cuatrienal de la AFL-CIO se ha reunido en Minneapolis con el objetivo declarado de organizarse “con unidad y claridad de propósito para empoderar a los trabajadores”. 

Esa claridad de propósito debería incluir un compromiso real para afrontar el mayor y más importante reto de organización al que se enfrentan los sindicatos en esta era: Amazon.


Trabajadores de carga aérea de Amazon en Kentucky y simpatizantes de la comunidad protestan por sus derechos laborales, 2023



Hasta ahora, a pesar de algunos inspiradores focos de lucha aislados, el movimiento sindical estadounidense no ha conseguido llevar a Amazon a la mesa de negociación.

A nivel nacional, y continuando con un declive histórico, la afiliación sindical el año pasado fue de un mísero 10 % en EEUU, y eso sin contar siquiera los afiliados perdidos cuando Trump rompió los convenios colectivos que cubrían a casi un millón de trabajadores federales.


Afiliación sindical en Estados Unidos.

Esto ha dejado a decenas de millones de trabajadores por organizar, pero los más importantes son los 1,5 millones de trabajadores y contratistas de Amazon.

Hace noventa años General Motors era el pionero del capitalismo, imitado por otros industriales que buscaban perfeccionar la eficiencia productiva, la explotación de los trabajadores y la extracción de beneficios. Los trabajadores de GM, organizados bajo la bandera del CIO y respaldados por sindicatos que no esperaban ganar nuevos afiliados con el proyecto –como el Sindicato de Mineros Unidos–, se opusieron a esa explotación, se declararon en huelga y consiguieron nuevas condiciones. Anunciaron un periodo de organización masiva, el apogeo moderno del poder sindical.

Amazon es el General Motors de hoy. Lo que le suceda a los trabajadores de Amazon –para bien o para mal– le sucederá a los trabajadores de todo el mundo.

Amazon es un banco de pruebas para el futuro del trabajo de todos nosotros. Los empleadores de todo el mundo buscan imitar el modelo laboral de este gigante, caracterizado por la explotación, la inestabilidad laboral y –lo que es aterrador– el uso de tecnologías de IA para disciplinar y restar poder a los trabajadores.

Amazon está perfeccionando la subcontratación, la mano de obra “justo a tiempo” y el aumento del ritmo de trabajo. Sus más de 250.000 repartidores en EEUU están todos subcontratados, ya sea a través de una multitud de pequeñas empresas llamadas socios de servicios de reparto (DSP) o contratados como autónomos. De esa forma, Amazon puede eludir la responsabilidad cuando los repartidores sufren lesiones, piden un aumento de sueldo o intentan sindicarse. Los almacenes funcionan con un modelo de mano de obra reducida. Los horarios normales a tiempo completo en los almacenes son cuatro turnos consecutivos de diez horas, pero Amazon suele recortar las horas de los trabajadores cada vez que la producción se ralentiza, incluso en medio de un turno, lo que causa estragos en unos presupuestos familiares ya de por sí ajustados. Luego, entre Acción de Gracias y Navidad Amazon impone horas extra obligatorias –una hora extra al día, más un día laborable adicional obligatorio cada semana–, lo que eleva la semana laboral a unas brutales 55 horas y hace caso omiso de los efectos en la vida personal y familiar de los trabajadores.

A través de su agresiva introducción de robots –ahora más de un millón–, Amazon está sustituyendo a los trabajadores y obligando a los que quedan a trabajar más rápido. No es de extrañar que los empleados sufran accidentes laborales con tanta frecuencia, y que la grave tasa de lesiones de la empresa sea casi el doble que la de sus homólogos del sector de los almacenes.


Amazon ha introducido ahora más de un millón de robots.

Luego está la IA. Sé algo de esto de primera mano, ya que he trabajado durante el último año y medio como repartidor a tiempo parcial de Amazon. La empresa de reparto para la que trabajo es un empleador justo, pero el problema no es ella; es Amazon, porque, aunque técnicamente los repartidores no somos empleados de la empresa, todos estamos sujetos a su seguimiento y supervisión.

Cuando estoy en el camión de Amazon, cada movimiento que hago es rastreado con tecnología y evaluado por programas de IA: dónde estoy, qué paquetes he entregado y si voy al ritmo que el algoritmo de Amazon ha determinado que debo cumplir. Los informes al final de cada turno muestran cómo se comparan mis entregas con los tiempos prescritos por el estándar algorítmico de Amazon. Cada semana se nos evalúa para determinar si tomamos fotos precisas en el momento de la entrega, si entregamos los paquetes exactamente donde el cliente lo solicitó y si recibimos comentarios positivos o negativos de los clientes. A través de este sistema, los conductores que no “alcanzan el ritmo” o que no cumplen con los estándares prescritos por Amazon pierden su empleo.

¿Qué permite este nivel de supervisión? El Gran Hermano: el “NetradyneDriver” , tu compañero de viaje en la furgoneta. Las lentes de la cámara apuntan en todas direcciones, midiendo continuamente tu velocidad y distancia. Netradyne también controla si te detienes completamente en cada señal de stop, si utilizas el intermitente, si evitas desviarte del carril, si frenas, aceleras o tomas las curvas demasiado rápido. Observa la orientación y el movimiento de tus ojos. Si bostezas. Si apartas la vista de la carretera durante demasiado tiempo. Todos estos datos se introducen en un sistema de IA donde la tecnología, y no una persona, evalúa tu comportamiento cada segundo. Netradyne se jacta de esto y lo denomina “IA física implementada a gran escala”.

En los grupos de chat de Reddit, los repartidores de Amazon de todo el país informan ahora de que no les despide un humano, sino la IA. En el caso de los trabajadores de almacén, Amazon ha aprovechado la misma tecnología de vigilancia para asegurarse de que las tasas de recogida, embalaje y clasificación de los trabajadores cumplan con sus estándares determinados algorítmicamente, que sus escaneos sean perfectos y que minimicen el “tiempo fuera de la tarea” –como ir al baño–. Todo se mide y se supervisa. Y si no “alcanzas la tasa”, primero te aconsejan, luego te sancionan y, finalmente, te despiden.

En muchos almacenes, Amazon recurre a agentes de seguridad y a la policía local para imponer “una cultura organizativa de obediencia casi carcelaria –lo que equivale a una “militarización” de las funciones de recursos humanos”, según un informe académico reciente. “Parece que estamos entrando en una prisión y que intentan asegurarse de que no nos escapemos”, cita el informe a un trabajador.

Esta distopía laboral se está perfeccionando en Amazon y luego se exporta a otros empleadores: en fábricas, tiendas de alimentación, hospitales, restaurantes, hoteles, obras de construcción, laboratorios y oficinas. Este es el sombrío futuro que estamos legando a nuestros hijos, a menos que organicemos a los trabajadores de Amazon a gran escala y luchemos.

Amazon no es solo un problema para quienes trabajamos en el sector logístico. De ser una humilde tienda de libros en línea, se ha transformado en una referencia que puede revolucionar otros sectores. Su avaricia no hace más que crecer. Amazon gestiona hoy 532 tiendas de alimentación Whole Foods y está ampliando rápidamente su red de reparto de comestibles. Este es el siguiente gran sector que pretende revolucionar.

A través de Amazon Web Services, la empresa es ahora un proveedor global dominante de potencia informática, almacenamiento, redes, análisis y seguridad. Amazon fabrica sus propios chips de IA Trainium, compitiendo directamente con Nvidia. Amazon produce y distribuye películas y series de televisión a través de sus Amazon MGM Studios. El fundador de Amazon, Jeff Bezos, es propietario del Washington Post. Amazon One Medical es un servicio de atención primaria que ofrece asistencia en línea y en clínicas, y está entrando con fuerza en el mercado de los medicamentos con receta a través de Amazon Pharmacy. A través de su filial Ring, Amazon domina hoy en día el mercado de la seguridad doméstica y ofrece otros productos electrónicos de consumo líderes, como Alexa y Kindle.

¿Se puede derrotar a una empresa tan grande y expansiva, un gigante con casi tres billones de dólares de valoración bursátil? Sí, se puede. Pero, como destaca un informe publicado el 4 de junio, se necesitará un esfuerzo titánico y sin reservas por parte de todo el movimiento sindical estadounidense para hacer que retroceda –no solo los valientes pero fragmentados esfuerzos que hemos visto hasta ahora–.

El informe, Renewing Labor and Winning at Amazon, del que soy coautor junto con Michael McQuarrie y Benjamin Y. Fong, y que fue publicado por el Center for Work and Democracy de la Universidad Estatal de Arizona, documenta cómo, a diferencia de la década de 1930, cuando los organizadores del CIO pudieron frenar la producción mediante huelgas en unos pocos centros de producción clave, el proyecto de organización de Amazon debe apuntar más allá. Con una red de cientos de almacenes, centros de clasificación e instalaciones de carga aérea, “la empresa tiene la agilidad necesaria para redirigir el flujo de paquetes a otras instalaciones, manteniendo intacta la cadena de suministro” y haciendo que las huelgas en un solo centro resulten en gran medida irrelevantes, señala el informe, concluyendo que “los estrategas sindicales de hoy en día deben reconocer que, para tener éxito, la organización debe interrumpir el flujo de la cadena de suministro de Amazon”.

Eso significa organizarse en regiones enteras o en secciones completas de la cadena de suministro de la empresa. El informe destaca dos regiones estratégicas en particular. La primera se centra en el área de Los Ángeles y el Inland Empire, justo al este de los puertos de Los Ángeles y Long Beach, por donde pasa la mayor parte de la mercancía importada de Amazon antes de distribuirse a los almacenes de todo el país. La segunda comprende la región del noreste, donde se concentra una gran cantidad de clientes de Amazon. El sindicato Teamsters ya está organizándose en ambas regiones, donde los trabajadores se han enfrentado tenazmente a la empresa. Pero la escala de la organización hasta la fecha no está a la altura del desafío. En el enorme almacén JFK8 en Staten Island, el Amazon Labor Union, ahora parte de los Teamsters, ganó una histórica votación de representación sindical en 2022. Cuatro años después, a pesar de la persistente organización de los trabajadores, Amazon aún no ha accedido a reconocer al sindicato ni a negociar.

Cientos de organizadores internos –activistas políticos que han aceptado puestos de trabajo en Amazon para “infiltrarse” u organizar desde dentro– han desarrollado una gran sofisticación en la organización en Amazon en los últimos años, y deben desempeñar un papel importante en cualquier campaña nacional. Lo mismo ocurre con los miembros sindicales existentes en los sectores de la logística, la alimentación, la sanidad y otros. “Los miembros de Teamsters de UPS y DHL han sido organizadores especialmente eficaces, ya que comparten con los trabajadores de Amazon un lenguaje común y preocupaciones comunes sobre el proceso de trabajo de la cadena de suministro, el aumento del ritmo de trabajo, la tecnología y los problemas que plantea la dirección”, señala el informe Renewing Labor and Winning at Amazon. “Ellos, junto con los miembros sindicales de otros sectores, pueden señalar fácilmente los logros que han conseguido mediante la negociación colectiva y la huelga, que diferencian drásticamente sus condiciones de trabajo de las de los trabajadores de Amazon”.

Si bien la organización debe centrarse en los almacenes y orientarse hacia la construcción de acciones de huelga masivas, el movimiento sindical debe concebir –y financiar– una campaña global que atraiga al público, a otras empresas, a los gobiernos y a los reguladores. Esto se debe a que el impacto de Amazon va mucho más allá del lugar de trabajo, y se necesitará presión tanto dentro de la cadena de suministro como en toda la sociedad para obligar a la empresa a negociar con los sindicatos.

Decenas de miles de camiones de Amazon contaminan el aire, perjudican la salud pública y deterioran las vías públicas, y las exenciones fiscales que Amazon exige habitualmente privan a los gobiernos locales de los recursos necesarios para prestar servicios públicos.

“Las comunidades en zonas con alta concentración de almacenes, como el Inland Empire de California, son lugares idóneos para unir a los trabajadores y a los miembros de la comunidad en campañas comunes contra la explotación en los almacenes y contra las cargas externalizadas que Amazon impone a la comunidad en general”, señala el informe.

Dado que la Junta Nacional de Relaciones Laborales no es una vía eficaz para obligar a Amazon a negociar, los sindicatos deben impulsar iniciativas electorales a nivel estatal y local para promover las demandas clave de los trabajadores y la comunidad. Este no es un concepto nuevo. Hace quince años, la campaña “Fight for $15” (Lucha por los 15 dólares) se valió del poder de las iniciativas electorales para conseguir aumentos salariales para millones de trabajadores. Algunos llegaron a crear sindicatos en sus lugares de trabajo. Hoy en día, el lema podría ser “Fight for $30” (Lucha por los 30 dólares), una cifra que los trabajadores de Amazon citan con frecuencia como el mínimo indispensable para sobrevivir.

Las iniciativas también podrían establecer normas de seguridad para los trabajadores, prohibir la subcontratación de los repartidores de Amazon y restringir la ubicación de los centros de datos.

Otra idea de iniciativa consiste en gravar a los robots. Esto repondría los ingresos que los gobiernos pierden cuando Amazon sustituye a los humanos –que pagan impuestos sobre la nómina y que también contribuyen a los ingresos por impuestos sobre las ventas cuando gastan dinero en la comunidad– por robots, que no hacen ninguna de esas cosas. Las iniciativas también podrían exigir a Amazon que contribuya a un fondo de vivienda asequible controlado públicamente para compensar la destrucción de viviendas que provoca la expansión de los almacenes. O podrían exigir a Amazon que financie clínicas de salud y la limpieza del aire, para compensar la contaminación causada por el movimiento diario de sus camiones y vagones.

Estas y otras ideas de iniciativas alteran el modelo de negocio de explotación de Amazon y pueden ser mecanismos poderosos para unir a los trabajadores y a los miembros de la comunidad en una causa común y en la demanda definitiva de reconocimiento sindical y convenios colectivos. En algunos casos, las iniciativas que desafían el modelo de negocio de Amazon pueden llevarse a cabo como campañas legislativas. En la ciudad de Nueva York, una coalición de sindicalistas y activistas comunitarios está presionando al Ayuntamiento para que apruebe la Ley de Protección de la Distribución, que obligaría a Amazon a contratar a los repartidores directamente y a mejorar las normas de seguridad. Es un buen comienzo. Ahora imagina si se lanzaran campañas a favor de la Ley de Protección de la Distribución simultáneamente en 20 ciudades.

Los sindicatos también deberían aprovechar la frustración que los proveedores y vendedores externos sienten por la presencia de Amazon. Las personas y las pequeñas empresas que intentan vender sus productos en la plataforma de Amazon ven cómo el gigante les reduce los márgenes.

Algunas empresas le han acusado de robarles sus ideas y luego lanzar productos competidores. Los proveedores como los DSP [un programa que “permite a emprendedores crear su propia empresa de reparto” dentro de Amazon] viven continuamente en vilo, ya que sus contratos con Amazon pueden ser rescindidos casi sin previo aviso. Una campaña creativa puede encontrar una causa común con estas fuerzas dispares lanzando luchas locales y estatales para frenar el poder de la compañía frente a los vendedores individuales y las pequeñas empresas.


Amazon invirtió en empresas emergentes y obtuvo información confidencial antes de lanzar a sus competidores.

Amazon “tiene un dinamismo corporativo y una flexibilidad infraestructural sin parangón en ninguna otra empresa contemporánea”, señala el informe. “Pero su enorme tamaño y riqueza no la hacen invencible. De hecho, la velocidad y la complejidad de la cadena de suministro de Amazon la convierten en un objetivo de organización vulnerable, además de desafiante. Una campaña multidimensional y bien dotada de recursos puede garantizar el reconocimiento sindical y la firma de convenios en Amazon”.

¿En qué consiste una campaña “bien dotada de recursos”? Actualmente, los sindicatos gastan en total unos diez millones de dólares al año en la organización referente a Amazon, y la mayor parte de esa cantidad procede de los Teamsters. Eso simplemente no es suficiente para vencer a una empresa con 1.500 centros de trabajo en EEUU y más de 120.000 millones de dólares en efectivo disponible. Para sindicalizar a 80.000 trabajadores en Los Ángeles, o a 100.000 en la costa este, o a 50.000 en Florida, o a las decenas de miles en otras regiones creo que necesitaremos al menos 100 millones de dólares anuales durante al menos una década para financiar a miles de organizadores, tanto dentro como fuera de las instalaciones de Amazon, junto con una sólida infraestructura de campaña para construir un nuevo movimiento de organización industrial al estilo del CIO.

Puede parecer mucho dinero, pero hay que tener en cuenta que los activos del movimiento sindical estadounidense rondan hoy los 35.000 millones de dólares, lo que supone un aumento del 225 % en los últimos 15 años, y que los líderes sindicales estadounidenses gastaron más de 400 millones de dólares en la fallida candidatura de Biden-Harris.

En conjunto, dentro del movimiento sindical, los recursos están ahí para montar una campaña seria contra Amazon. Emprender o no la lucha es una elección política.

Esta no puede ser una batalla que asuman solo unos pocos sindicatos. Debe ser un esfuerzo conjunto. Hace unos 90 años, los líderes del Sindicato de Mineros Unidos y otros sindicatos hicieron un pacto para organizar a los trabajadores de las industrias del automóvil, el acero, la electricidad y el caucho, porque sabían que sin una organización masiva, toda la clase trabajadora estaba en peligro. Este fin de semana, mientras los líderes de la AFL-CIO se reúnen en Minneapolis, los sindicatos se encuentran en la misma encrucijada peligrosa. Esperemos que tomen la decisión correcta, como hicieron sus predecesores hace 90 años.

Fuente: Ctxt


sábado, 28 de febrero de 2026

Pasiones tristes al servicio del capital y el fascismo (o el porqué del odio en redes)

 

 Por  Nuria Alabao    
      Periodista y doctora en Antropología Social. Investigadora de la Universitat de Barcelona especialista en el tratamiento de las cuestiones de género en las nuevas extremas derechas.

Sirviéndose de algoritmos opacos, las plataformas reman a favor de las extremas derechas y sus afectos negativos. Nuestra vida psíquica es capturada mediante los dispositivos digitales para transformarse en beneficio


Fotograma de la serie Red Rose (2022).

     Alguien comparte una entrevista con un filósofo (pero puede ser una periodista, un cantante o un bombero). Da igual. Las respuestas no se hacen esperar: al lado de alguna frase amable crecen las llamas de la agresión. Se le llama desubicado, se le llama payaso, o zorra, o loca, ya sea por un desacuerdo importante, ya sea por un detalle. A menudo, de forma evidente, se está respondiendo al titular seleccionado por el medio, no al contenido de la entrevista. No todo es fuego enemigo, muchos de los peores insultos vienen de este lado de la valla, de este lado de los que se supone compartimos “algo”, llámesele “izquierda” –aunque sea insuficiente–, porque no siempre la defensa del pluralismo y el disenso es nuestro rasgo más destacado. (Estoy pensando en el feminismo, por ejemplo).

Decimos querer acabar con el fascismo, pero sus afectos han tomado posesión de nuestros cuerpos desde hace tiempo. ¿Fue culpa de las redes, con sus algoritmos perversos, que difunden los mensajes más extremos y dañinos? ¿Es el anonimato? O quizás estaban ya ahí –sobre todo a partir del aumento del miedo a caer, a la soledad… el miedo en sus múltiples formas que hace que sientas que flotas sin ningún asidero– y faltaba solo el vehículo, el arma cargada que son las redes. Por supuesto no todo es negativo en ellas, claro, hay potencia y alegría también, hay expresión y creatividad y encontrarse con otros locos o desarraigados; cualquiera que sea tu locura, sabes que no estás sola. Pero aun así, hay días que apagas el móvil y su constante parloteo porque se hace duro resistir a otra interpelación airada más, a otro insulto más. ¿Por qué esa constante sensación de pesadez y bruma?

El paisaje actual es el de devastación del lazo social y de las formas de comunidad que dejan cincuenta años de neoliberalismo. Esa devastación adopta la forma de la soledad: bailamos sobre el alambre. Dice el filósofo Franco ‘Bifo’ Berardi que otro reto epocal determinante acompaña esta soledad como rasgo de la vida contemporánea: la de los jóvenes que están siendo criados por las máquinas; de no ser por la escuela, muchos pasarían más tiempo con los dispositivos electrónicos que con otros humanos. Si bien puede parecer alarmista –la máquina permite también interactuar con otras personas–, sabemos ya de algunos efectos que este hecho está teniendo en los adolescentes. Dice Bifo que esta nueva condición antropológica “no es una condición feliz”. ¿Acaso tiene algo de relación con la devastación emocional que está dejando en los jóvenes, aunque no sea este el único factor determinante? “La prueba, dicen los psiquiatras, es que la depresión se ha vuelto un fenómeno masivo y que los fenómenos de sufrimiento se multiplican hasta que se vuelven predominantes en la realidad social”, señala Bifo. Si no la propia depresión como hecho clínico, sí como una emoción que se le parece.


Disonancia cognitiva y horizonte secular: pensar con dos cerebros.

La vida psíquica como materia prima

Lo que descubrimos en la economía de la atención es que la mala salud mental la engrasa. En su teoría de la ecología-mundo, Jason W. Moore, explica que el capitalismo ha dependido históricamente de la apropiación de algunos elementos “baratos” para la acumulación de capital –trabajo, naturaleza, energía, alimentos–. Moore muestra cómo el sistema necesita identificar constantemente nuevas “fronteras” de apropiación cuando las anteriores se agotan o generan resistencias. De la plata americana al caucho amazónico, del campesinado desposeído o el esclavismo a las mujeres empujadas al trabajo de cuidados no remunerado, el capitalismo se expande mediante estas estrategias de abaratamiento.


El capitalismo en la trsma de la vida.

A principios del siglo XXI, el capitalismo enfrenta un cierre histórico de sus fronteras clásicas. Ya no quedan territorios físicos significativos sin explotar, buena parte del trabajo mundial ya está enormemente precarizado o informalizado y la naturaleza se encuentra al límite de sus capacidades regenerativas. Pero el capitalismo digital es capaz de descubrir nuevos territorios vírgenes: nuestra vida mental, nuestro tiempo o nuestra atención. Los afectos y deseos se convierten aquí en materia prima.

La acumulación continúa mediante la invasión de otro mundo por conquistar: nuestro mundo interior. La apropiación aquí es la de la energía psíquica que volcamos en las redes, que podría percibirse como un “barato más”. Los teóricos italianos del postfordismo –Maurizio Lazzarato, Mario Tronti, Paolo Virno, etc.– explicaron de forma temprana este mecanismo. El capital ya no explota solo el tiempo de trabajo fabril, decían, sino que estaba colonizando toda la vida social a medida que iba mercantilizando más áreas de la vida.

“La vida puesta a trabajar” significaba que se podía generar valor de los afectos, la capacidad lingüística o relacional, el consumo o la imaginación –ya fuese en la publicidad, en los trabajos creativos o de servicios–. Pero lo que quizás no pudieron prever es hasta qué punto las plataformas cumplirían esta profecía. Más allá de los servicios de pago, cuando scrolleamos en Instagram, nos insultamos en X y volcamos nuestros deseos y frustraciones en Facebook, estamos realizando exactamente lo que Virno llamaba “cooperación productiva”: alimentamos la máquina, generamos datos que entrenan algoritmos, desarrollamos contenido que mantiene enganchados a otros usuarios mediante un trabajo emocional continuo. Y todo se nos devuelve convertido en mercancía. Este trabajo es invisible precisamente porque se disfraza de ocio o de socialización “libre”, cuando en realidad es actividad productiva que enriquece a los dueños de Silicon Valley, hoy muchos arrojados a los brazos del fascismo.

Las plataformas digitales y los algoritmos que constituyen su columna vertebral son la tecnología que hace posible esta apropiación masiva y sistemática. Del mismo modo que el barco negrero permitió capturar trabajo esclavo africano a escala industrial, o la valla de alambre cercó las tierras comunales, el smartphone y el algoritmo están al servicio de la colonización de nuestra vida psíquica. Y lo hacen en buena medida a través del odio, de los afectos negativos.

Pasiones tristes, gasolina premium

El capitalismo de plataforma ha descubierto que las pasiones tristes son más rentables porque son más fáciles de generar, más abundantes como materia prima y generan más engagement y tiempo de permanencia. Hay una inclinación a traducir nuestros problemas vitales, nuestras inseguridades y miedos en insultos y faltas de respeto. Todos comentamos más cuando estamos enfadados o indignados y permanecemos más tiempo cuando estamos ansiosos por no perdernos algo. Pero además, si antes los algoritmos premiaban la interacción, ahora se basan en la atención; es decir, que hemos perdido capacidad de decisión. Lo que vemos ya solo no depende de nuestros likes o lo que compartimos, ahora nos muestran aquello en lo que nos detenemos, lo que miramos, por ejemplo, algo que nos repugne o nos cabree. También unos perritos salvando a bebés o un monito triste jugando con su peluche, lo que sea que miremos. Pero parece que lo que emociona más es lo que conecta con nuestras frustraciones y nuestro dolor.

El miedo, la indignación y el resentimiento son mucho más adictivos que la alegría. También desde la izquierda tendemos a señalar al vecino o compañero moralizando, o vigilando sus expresiones: la policía semiótica que llevamos dentro. El cortisol y la adrenalina de la indignación parecen más potentes que la alegría, al menos la que circula en las redes. Generan, por tanto, mayor beneficio para las plataformas. El resultado es un espacio que debería ser público –o que funciona mediante la ficción de que lo es– pero donde las emociones destructivas están sobrerrepresentadas, las discusiones se simplifican hasta lo absurdo o identitario y donde circulan más las posiciones más extremas.


J. R. Mora.

En esta selva oscura, la extrema derecha es extraordinariamente eficaz porque su discurso está estructurado precisamente sobre estas pasiones tristes o trabaja activamente para provocarlas. La desafección al sistema, pero también el resentimiento (contra las élites, las personas migrantes, las feministas), el miedo al descenso social o a la invasión o al “reemplazo”, a que “nos quiten lo nuestro”; la solidaridad negativa –si estoy jodido no quiero que otros lo tengan más fácil–. Son maestros en transformar la alienación y el malestar en reacción, en apoyo a su proyecto político. Su estética fácilmente memeable, su ironía transgresora, su capacidad de convertir el racismo en shitposting y la misoginia en humor, están perfectamente adaptadas para un medio que castiga la complejidad y recompensa la reacción visceral.

El resultado es un circuito de retroalimentación donde las plataformas no solo difunden estas pasiones tristes, sino que las producen. Por un lado, modelan una determinada imagen del mundo: máxima exposición de nuestra vida, personas-marca, discursos simples, competencia y una comprensión de la política como comunicación, como si fuese suficiente tener los mejores discursos o las mejores ideas para intervenir sobre el mundo. Por otro, acaban generando el tipo de subjetividad que la extrema derecha necesita: fragmentada, resentida, triste y adicta a su propia impotencia. Somos, por tanto, más fáciles de gobernar. Como dice Spinoza en su Ética, las pasiones tristes nos debilitan y nos hacen menos autónomos y más dependientes –y esa dependencia es exactamente lo que necesita el modelo de negocio de la economía de la atención–. Nos roban la capacidad misma de resistir.

Además de extraer valor, destruyen nuestra capacidad de actuar colectivamente. Potencian el daño psicológico y la depresión que regresan convertidos en agresión. Volviendo a Bifo, esta apropiación algorítmica de nuestra psique “somete a la mente colectiva a un estrés que la ha hecho incapaz de razonar, criticar y empatizar”. En su lectura, la depresión que sigue necesariamente parece encontrar una salida en la violencia. “Mejor agresivo que triste”, podría ser su lema. La agresividad como “cura contra la depresión” es el afecto predominante del fascismo, dice Bifo, “una forma anfetamínica de terapia del sufrimiento y de la soledad que produce siempre, sistemáticamente, efectos de multiplicación de la violencia y dinámicas suicidas”. Y las redes difunden este veneno de los afectos fascistas en forma de violencia digital encauzada por oscuros algoritmos.

La apuesta spinozista nos propondría aquí resistir desde el aumento de nuestra potencia, no desde el resentimiento. Por un lado, ya sabemos que el reto es politizar las frustraciones en un sentido emancipador, es decir, redirigir la rabia contra los que provocan nuestras inseguridades vitales. Para ello, nuestra capacidad afectiva debería estar volcada en la producción colectiva de un común. Un buen comienzo sería tratar ser generosos con los nuestros, o quizás definir ese nosotros de una manera más generosa –no hace falta apostillar o comentar en las redes todo lo que no nos gusta de nuestras compañeras, lo que no implica cerrar debates estratégicos importantes sino llevarlos con respeto–.

Las pasiones alegres muchas veces requieren además tiempos lentos –encontrarse para debatir en persona, vincularse, estudiar, pensar con complejidad más allá de la conversión de todo debate en dos polaridades–. Pero la comunidad, el apoyo mutuo, la política cara a cara nos hacen menos manipulables, más autónomos, amplían nuestra capacidad de acción. Aunque eso no implica necesariamente un optimismo naíf, no se trata de “ser positivos”. El optimismo no es imprescindible para luchar. Uno no se implica políticamente porque piensa que va a vencer, ¿qué es vencer en todo caso? Nunca se sabe lo que puede pasar hasta que sucede, no se sabe lo que una apuesta da de sí hasta que se lleva hasta el final. Se puede luchar (o desertar) sin necesidad de pensar que lo que viene será necesariamente mejor. Se puede luchar porque es la mejor manera de vivir.


Fuente: Ctxt