Periodista
y doctora en Antropología Social. Investigadora de la Universitat de
Barcelona especialista en el tratamiento de las cuestiones de género
en las nuevas extremas derechas.
Sirviéndose
de algoritmos opacos, las plataformas reman a favor de las extremas
derechas y sus afectos negativos. Nuestra vida psíquica es capturada
mediante los dispositivos digitales para transformarse en beneficio
Fotograma de la serie Red Rose (2022).
Alguien
comparte una entrevista con un filósofo (pero puede ser una
periodista, un cantante o un bombero). Da igual. Las respuestas no se
hacen esperar: al lado de alguna frase amable crecen las llamas de la
agresión. Se le llama desubicado, se le llama payaso, o zorra, o
loca, ya sea por un desacuerdo importante, ya sea por un detalle. A
menudo, de forma evidente, se está respondiendo al titular
seleccionado por el medio, no al contenido de la entrevista. No todo
es fuego enemigo, muchos de los peores insultos vienen de este lado
de la valla, de este lado de los que se supone compartimos “algo”,
llámesele “izquierda” –aunque sea insuficiente–, porque no
siempre la defensa del pluralismo y el disenso es nuestro rasgo más
destacado. (Estoy pensando en el feminismo, por ejemplo).
Decimos
querer acabar con el fascismo, pero sus afectos han tomado posesión
de nuestros cuerpos desde hace tiempo. ¿Fue culpa de las redes, con
sus algoritmos perversos, que difunden los mensajes más extremos y
dañinos? ¿Es el anonimato? O quizás estaban ya ahí –sobre todo
a partir del aumento del miedo a caer, a la soledad… el miedo en
sus múltiples formas que hace que sientas que flotas sin ningún
asidero– y faltaba solo el vehículo, el arma cargada que son las
redes. Por supuesto no todo es negativo en ellas, claro, hay potencia
y alegría también, hay expresión y creatividad y encontrarse con
otros locos o desarraigados; cualquiera que sea tu locura, sabes que
no estás sola. Pero aun así, hay días que apagas el móvil y su
constante parloteo porque se hace duro resistir a otra interpelación
airada más, a otro insulto más. ¿Por qué esa constante sensación
de pesadez y bruma?
El
paisaje actual es el de devastación del lazo social y de las formas
de comunidad que dejan cincuenta años de neoliberalismo. Esa
devastación adopta la forma de la soledad: bailamos sobre el
alambre. Dice
el filósofo Franco ‘Bifo’ Berardi que
otro reto epocal determinante acompaña esta soledad como rasgo de la
vida contemporánea: la de los jóvenes que están siendo criados por
las máquinas; de no ser por la escuela, muchos pasarían más tiempo
con los dispositivos electrónicos que con otros humanos. Si bien
puede parecer alarmista –la máquina permite también interactuar
con otras personas–, sabemos ya de algunos efectos que este hecho
está teniendo en los adolescentes. Dice Bifo que esta nueva
condición antropológica “no es una condición feliz”. ¿Acaso
tiene algo de relación con la devastación emocional que está
dejando en los jóvenes, aunque no sea este el único factor
determinante? “La prueba, dicen los psiquiatras, es que la
depresión se ha vuelto un fenómeno masivo y que los fenómenos de
sufrimiento se multiplican hasta que se vuelven predominantes en la
realidad social”, señala Bifo. Si no la propia depresión como
hecho clínico, sí como una emoción que se le parece.

Disonancia cognitiva y horizonte secular: pensar con dos cerebros.
La
vida psíquica como materia prima
Lo
que descubrimos en la economía de la atención es que la mala salud
mental la engrasa. En
su teoría de la ecología-mundo, Jason W. Moore,
explica que el capitalismo ha dependido históricamente de la
apropiación de algunos elementos “baratos” para la acumulación
de capital –trabajo, naturaleza, energía, alimentos–. Moore
muestra cómo el sistema necesita identificar constantemente nuevas
“fronteras” de apropiación cuando las anteriores se agotan o
generan resistencias. De la plata americana al caucho amazónico, del
campesinado desposeído o el esclavismo a las mujeres empujadas al
trabajo de cuidados no remunerado, el capitalismo se expande mediante
estas estrategias de abaratamiento.
El capitalismo en la trsma de la vida.
A
principios del siglo XXI, el capitalismo enfrenta un cierre histórico
de sus fronteras clásicas. Ya no quedan territorios físicos
significativos sin explotar, buena parte del trabajo mundial ya está
enormemente precarizado o informalizado y la naturaleza se encuentra
al límite de sus capacidades regenerativas. Pero el capitalismo
digital es capaz de descubrir nuevos territorios vírgenes: nuestra
vida mental, nuestro tiempo o nuestra atención. Los afectos y deseos
se convierten aquí en materia prima.
La
acumulación continúa mediante la invasión de otro mundo por
conquistar: nuestro mundo interior. La apropiación aquí es la de la
energía psíquica que volcamos en las redes, que podría percibirse
como un “barato más”. Los teóricos italianos del postfordismo
–Maurizio Lazzarato, Mario Tronti, Paolo Virno, etc.– explicaron
de forma temprana este mecanismo. El capital ya no explota solo el
tiempo de trabajo fabril, decían, sino que estaba colonizando toda
la vida social a medida que iba mercantilizando más áreas de la
vida.
“La
vida puesta a trabajar” significaba que se podía generar valor de
los afectos, la capacidad lingüística o relacional, el consumo o la
imaginación –ya fuese en la publicidad, en los trabajos creativos
o de servicios–. Pero lo que quizás no pudieron prever es hasta
qué punto las plataformas cumplirían esta profecía. Más allá de
los servicios de pago, cuando scrolleamos en
Instagram, nos insultamos en X y volcamos nuestros deseos y
frustraciones en Facebook, estamos realizando exactamente lo que
Virno llamaba “cooperación productiva”: alimentamos la máquina,
generamos datos que entrenan algoritmos, desarrollamos contenido que
mantiene enganchados a otros usuarios mediante un trabajo emocional
continuo. Y todo se nos devuelve convertido en mercancía. Este
trabajo es invisible precisamente porque se disfraza de ocio o de
socialización “libre”, cuando en realidad es actividad
productiva que enriquece a los dueños de Silicon Valley, hoy muchos
arrojados a los brazos del fascismo.
Las
plataformas digitales y los algoritmos que constituyen su columna
vertebral son la tecnología que hace posible esta apropiación
masiva y sistemática. Del mismo modo que el barco negrero permitió
capturar trabajo esclavo africano a escala industrial, o la valla de
alambre cercó las tierras comunales, el smartphone y
el algoritmo están al servicio de la colonización de nuestra vida
psíquica. Y lo hacen en buena medida a través del odio, de los
afectos negativos.
Pasiones
tristes, gasolina premium
El
capitalismo de plataforma ha descubierto que las pasiones tristes son
más rentables porque son más fáciles de generar, más abundantes
como materia prima y generan más engagement y
tiempo de permanencia. Hay una inclinación a traducir nuestros
problemas vitales, nuestras inseguridades y miedos en insultos y
faltas de respeto. Todos comentamos más cuando estamos enfadados o
indignados y permanecemos más tiempo cuando estamos ansiosos por no
perdernos algo. Pero además, si antes los algoritmos premiaban la
interacción, ahora se basan en la atención; es decir, que hemos
perdido capacidad de decisión. Lo que vemos ya solo no depende de
nuestros likes o
lo que compartimos, ahora nos muestran aquello en lo que nos
detenemos, lo que miramos, por ejemplo, algo que nos repugne o nos
cabree. También unos perritos salvando a bebés o un monito triste
jugando con su peluche, lo que sea que miremos. Pero parece que lo
que emociona más es lo que conecta con nuestras frustraciones y
nuestro dolor.
El
miedo, la indignación y el resentimiento son mucho más adictivos
que la alegría. También desde la izquierda tendemos a señalar al
vecino o compañero moralizando, o vigilando sus expresiones: la
policía semiótica que llevamos dentro.
El cortisol y la adrenalina de la indignación parecen más potentes
que la alegría, al menos la que circula en las redes. Generan, por
tanto, mayor beneficio para las plataformas. El resultado es un
espacio que debería ser público –o que funciona mediante la
ficción de que lo es– pero donde las emociones destructivas están
sobrerrepresentadas, las discusiones se simplifican hasta lo absurdo
o identitario y donde circulan más las posiciones más extremas.
J. R. Mora.
En
esta selva oscura, la extrema derecha es extraordinariamente eficaz
porque su discurso está estructurado precisamente sobre estas
pasiones tristes o trabaja activamente para provocarlas. La
desafección al sistema, pero también el resentimiento (contra las
élites, las personas migrantes, las feministas), el miedo al
descenso social o a la invasión o al “reemplazo”, a que “nos
quiten lo nuestro”; la solidaridad negativa –si estoy jodido no
quiero que otros lo tengan más fácil–. Son maestros en
transformar la alienación y el malestar en reacción, en apoyo a su
proyecto político. Su estética fácilmente memeable,
su ironía transgresora, su capacidad de convertir el racismo
en shitposting y
la misoginia en humor, están perfectamente adaptadas para un medio
que castiga la complejidad y recompensa la reacción visceral.
El
resultado es un circuito de retroalimentación donde las plataformas
no solo difunden estas pasiones tristes, sino que las producen. Por
un lado, modelan una determinada imagen del mundo: máxima exposición
de nuestra vida, personas-marca, discursos simples, competencia y una
comprensión de la política como comunicación, como si fuese
suficiente tener los mejores discursos o las mejores ideas para
intervenir sobre el mundo. Por otro, acaban generando el tipo de
subjetividad que la extrema derecha necesita: fragmentada, resentida,
triste y adicta a su propia impotencia. Somos, por tanto, más
fáciles de gobernar. Como
dice Spinoza en su Ética,
las pasiones tristes nos debilitan y nos hacen menos autónomos y más
dependientes –y esa dependencia es exactamente lo que necesita el
modelo de negocio de la economía de la atención–. Nos roban la
capacidad misma de resistir.
Además
de extraer valor, destruyen nuestra capacidad de actuar
colectivamente. Potencian el daño psicológico y la depresión que
regresan convertidos en agresión. Volviendo
a Bifo,
esta apropiación algorítmica de nuestra psique “somete a la mente
colectiva a un estrés que la ha hecho incapaz de razonar, criticar y
empatizar”. En su lectura, la depresión que sigue necesariamente
parece encontrar una salida en la violencia. “Mejor agresivo que
triste”, podría ser su lema. La agresividad como “cura contra la
depresión” es el afecto predominante del fascismo, dice
Bifo,
“una forma anfetamínica de terapia del sufrimiento y de la soledad
que produce siempre, sistemáticamente, efectos de multiplicación de
la violencia y dinámicas suicidas”. Y las redes difunden este
veneno de los afectos fascistas en forma de violencia digital
encauzada por oscuros algoritmos.
La
apuesta spinozista nos propondría aquí resistir desde el aumento de
nuestra potencia, no desde el resentimiento. Por un lado, ya sabemos
que el reto es politizar las frustraciones en un sentido emancipador,
es decir, redirigir la rabia contra los que provocan nuestras
inseguridades vitales. Para ello, nuestra capacidad afectiva debería
estar volcada en la producción colectiva de un común. Un buen
comienzo sería tratar ser generosos con los nuestros, o quizás
definir ese nosotros de una manera más generosa –no hace falta
apostillar o comentar en las redes todo lo que no nos gusta de
nuestras compañeras, lo que no implica cerrar debates estratégicos
importantes sino llevarlos con respeto–.
Las
pasiones alegres muchas veces requieren además tiempos lentos
–encontrarse para debatir en persona, vincularse, estudiar, pensar
con complejidad más allá de la conversión de todo debate en dos
polaridades–. Pero la comunidad, el apoyo mutuo, la política cara
a cara nos hacen menos manipulables, más autónomos, amplían
nuestra capacidad de acción. Aunque eso no implica necesariamente un
optimismo naíf, no se trata de “ser positivos”. El optimismo no
es imprescindible para luchar. Uno no se implica políticamente
porque piensa que va a vencer, ¿qué es vencer en todo caso? Nunca
se sabe lo que puede pasar hasta que sucede, no se sabe lo que una
apuesta da de sí hasta que se lleva hasta el final. Se puede luchar
(o desertar) sin necesidad de pensar que lo que viene será
necesariamente mejor. Se puede luchar porque es la mejor manera de
vivir.
Fuente:
Ctxt