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domingo, 28 de junio de 2026

Vacío, sobrevivientes del suicidio

 

 Por David Arribas   
       Fotógrafo freelance residente en Madrid e interesado en el reportaje documental sobre temática sociocultural.


Cada año, más de 700.000 personas se suicidan en el mundo: una cada 40 segundos. Es, además, la segunda causa de muerte entre jóvenes de 15 a 29 años


     Los tabúes y el silencio siguen rodeando el suicidio pese a que, según la Organización Mundial de la Salud, se trata de uno de los principales problemas de salud pública en Europa. Cada año, más de 700.000 personas se suicidan en el mundo: una cada 40 segundos. Es, además, la segunda causa de muerte entre jóvenes de 15 a 29 años. Las cifras son contundentes, pero la conversación pública continúa siendo insuficiente y, en muchos casos, incómoda. El suicidio sigue ocupando un espacio marginal en el debate social, atrapado entre el miedo, la desinformación y el estigma.

Lejos de los tópicos, el suicidio no suele responder a una decisión tomada desde la libertad plena, sino a un dolor psíquico tan intenso que desborda las herramientas emocionales disponibles. Esta conducta no es una llamada de atención ni un gesto egoísta, como aún sostienen algunos prejuicios sociales. Quienes atraviesan una crisis de este tipo, en la mayoría de los casos, no desean morir: desean dejar de sufrir. La soledad, el desconsuelo y la sensación de no encontrar salida pueden reducir la perspectiva vital hasta anular cualquier expectativa de futuro. Cuando el malestar se cronifica y no se encuentran apoyos eficaces, la falta de esperanza puede llegar a percibirse como la única realidad posible.

Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), en 2024 se registraron 3.953 muertes por suicidio, una media de once al día. Detrás de cada cifra hay una historia interrumpida y un entorno que queda marcado para siempre. Por cada persona que fallece por esta causa, familiares, amistades y allegados se convierten en supervivientes del suicidio. Personas que deberán convivir con la ausencia, con preguntas sin respuesta y, a menudo, con un sentimiento de culpa difícil de gestionar. El impacto no termina en quien muere: se expande en círculos concéntricos que afectan a familias, centros educativos, entornos laborales y comunidades enteras.

El 13 de agosto de 2012, Alejandro, de 20 años, salió del bar de su tío a fumar un cigarro y no regresó con vida. La autopsia determinó que se trató de un suicidio. No existían antecedentes conocidos, ni diagnóstico previo, ni una ruptura sentimental reciente, ni una situación familiar conflictiva evidente. No había, aparentemente, ningún motivo. Desde entonces, su familia y su entorno se preguntan por qué. Esa pregunta, repetida en muchos hogares, forma parte de un duelo atravesado por la incredulidad y el estigma. La ausencia de explicaciones claras no mitiga el dolor; a menudo lo intensifica.

La muerte por suicidio no solo impacta en el ámbito íntimo; también pone de relieve carencias estructurales. La falta de recursos en salud mental, las listas de espera en la sanidad pública, la precariedad laboral, el aislamiento social o la presión académica y económica sobre la juventud configuran un contexto que puede agravar situaciones de vulnerabilidad. Aunque el suicidio es un fenómeno complejo y multicausal, ignorar estos factores sociales sería simplificar el problema. La prevención requiere una mirada amplia que combine atención clínica, políticas públicas y tejido comunitario.

Durante años, el miedo al llamado “efecto contagio” —o efecto Goethe— ha contribuido a limitar el tratamiento informativo del tema. Sin embargo, cada vez más especialistas coinciden en que informar con rigor, evitando el sensacionalismo y ofreciendo recursos de ayuda, no incrementa el riesgo y puede formar parte de la prevención. El silencio no protege; puede, en cambio, reforzar la idea de que el sufrimiento debe vivirse en soledad.

En este contexto surge este fotoreportaje, que busca acercar a la sociedad el vacío físico y emocional que deja el suicidio. A través del duelo y de los recuerdos como herramientas de reparación, el proyecto habla abiertamente de la experiencia, sin morbo y sin censura, es una forma de romper el aislamiento y de cuestionar los silencios heredados. La memoria se convierte así en un acto de resistencia frente al olvido y la estigmatización.

El acompañamiento a las familias es una necesidad urgente. Evitar la estigmatización social y ofrecer apoyo psicológico accesible resulta clave para afrontar el vacío y la culpa que pueden instalarse tras la pérdida. El duelo por suicidio tiene características específicas que requieren comprensión, espacios seguros de escucha y recursos adecuados.

El Estado español ha dado algunos pasos, como la puesta en marcha del teléfono 024 de atención a las personas en riesgo de suicidio, disponible las 24 horas. No obstante, profesionales y asociaciones, insisten en la urgencia de un plan nacional integral de prevención, con financiación suficiente y coordinación entre administraciones. Dar visibilidad a entidades especializadas, reforzar la atención en salud mental y formar a profesionales de la educación, la sanidad y los medios de comunicación son medidas imprescindibles.

Hablar de suicidio no lo provoca. Abordarlo como lo que es —un problema de salud pública de primer orden— permite avanzar hacia políticas más eficaces y comunidades más conscientes. Reconocer su incidencia real y derribar mitos son pasos necesarios para actuar a tiempo. Convertir el tabú en conversación responsable puede marcar la diferencia entre la soledad y el acompañamiento, entre el silencio impuesto y la posibilidad de pedir ayuda.



Fotoreportaje de David Arribas


Pitillera con colillas usadas que los padres de Alex conservan como recuerdo. El objeto, cargado de significado, se convierte en un soporte de memoria a través del que la presencia se mantiene en lo cotidiano.


El tatuaje “Peke”, el mote de Alex, se convierte en un símbolo de memoria y presencia, un vínculo íntimo que mantiene vivo el recuerdo de quien ya no está.

13 de agosto. Familiares y amigos de Alex se reúnen cada año, pasan el día juntos, comparten recuerdos y sostienen su memoria. El encuentro culmina en el lugar donde Alex falleció, hoy convertido en un espacio de duelo, vínculo y permanencia.


En el centro del punto de penalti descansan las zapatillas que Alex usaba para jugar en el campo de fútbol de su barrio. La imagen, cargada de simbolismo, convierte lo cotidiano en memoria: un espacio que antes estuvo lleno de juego y vida ahora habla del vacío que deja su ausencia, recordando de manera íntima y visible lo que ya no está.


Mesa con platos vacíos.


Miguel, padre de Alex, envuelto en un hilo de humo y sombras, transmite la introspección y la carga emocional de la ausencia, convirtiendo un gesto cotidiano en un reflejo silencioso del duelo.


Un autorretrato de Alex muestra su rostro dividido entre luz y sombra, con los ojos abiertos en ambas mitades. La imagen revela la dualidad de su mundo interior y la complejidad de su presencia, dejando un testimonio íntimo de su experiencia.


Vega, madre de Alex, retratada en un contexto marcado por la pérdida de su hijo. Su imagen forma parte de un proceso de duelo en el que la memoria y la ausencia conviven.


Miguel y Vega, padres de Alex. En la imagen aparecen reflejados en un espejo dividido que muestra únicamente la mitad de sus rostros: una parte de Vega y otra de Miguel, en una composición que fragmenta la identidad y subraya la pérdida.



Fuente: El Salto

sábado, 28 de febrero de 2026

Pasiones tristes al servicio del capital y el fascismo (o el porqué del odio en redes)

 

 Por  Nuria Alabao    
      Periodista y doctora en Antropología Social. Investigadora de la Universitat de Barcelona especialista en el tratamiento de las cuestiones de género en las nuevas extremas derechas.

Sirviéndose de algoritmos opacos, las plataformas reman a favor de las extremas derechas y sus afectos negativos. Nuestra vida psíquica es capturada mediante los dispositivos digitales para transformarse en beneficio


Fotograma de la serie Red Rose (2022).

     Alguien comparte una entrevista con un filósofo (pero puede ser una periodista, un cantante o un bombero). Da igual. Las respuestas no se hacen esperar: al lado de alguna frase amable crecen las llamas de la agresión. Se le llama desubicado, se le llama payaso, o zorra, o loca, ya sea por un desacuerdo importante, ya sea por un detalle. A menudo, de forma evidente, se está respondiendo al titular seleccionado por el medio, no al contenido de la entrevista. No todo es fuego enemigo, muchos de los peores insultos vienen de este lado de la valla, de este lado de los que se supone compartimos “algo”, llámesele “izquierda” –aunque sea insuficiente–, porque no siempre la defensa del pluralismo y el disenso es nuestro rasgo más destacado. (Estoy pensando en el feminismo, por ejemplo).

Decimos querer acabar con el fascismo, pero sus afectos han tomado posesión de nuestros cuerpos desde hace tiempo. ¿Fue culpa de las redes, con sus algoritmos perversos, que difunden los mensajes más extremos y dañinos? ¿Es el anonimato? O quizás estaban ya ahí –sobre todo a partir del aumento del miedo a caer, a la soledad… el miedo en sus múltiples formas que hace que sientas que flotas sin ningún asidero– y faltaba solo el vehículo, el arma cargada que son las redes. Por supuesto no todo es negativo en ellas, claro, hay potencia y alegría también, hay expresión y creatividad y encontrarse con otros locos o desarraigados; cualquiera que sea tu locura, sabes que no estás sola. Pero aun así, hay días que apagas el móvil y su constante parloteo porque se hace duro resistir a otra interpelación airada más, a otro insulto más. ¿Por qué esa constante sensación de pesadez y bruma?

El paisaje actual es el de devastación del lazo social y de las formas de comunidad que dejan cincuenta años de neoliberalismo. Esa devastación adopta la forma de la soledad: bailamos sobre el alambre. Dice el filósofo Franco ‘Bifo’ Berardi que otro reto epocal determinante acompaña esta soledad como rasgo de la vida contemporánea: la de los jóvenes que están siendo criados por las máquinas; de no ser por la escuela, muchos pasarían más tiempo con los dispositivos electrónicos que con otros humanos. Si bien puede parecer alarmista –la máquina permite también interactuar con otras personas–, sabemos ya de algunos efectos que este hecho está teniendo en los adolescentes. Dice Bifo que esta nueva condición antropológica “no es una condición feliz”. ¿Acaso tiene algo de relación con la devastación emocional que está dejando en los jóvenes, aunque no sea este el único factor determinante? “La prueba, dicen los psiquiatras, es que la depresión se ha vuelto un fenómeno masivo y que los fenómenos de sufrimiento se multiplican hasta que se vuelven predominantes en la realidad social”, señala Bifo. Si no la propia depresión como hecho clínico, sí como una emoción que se le parece.


Disonancia cognitiva y horizonte secular: pensar con dos cerebros.

La vida psíquica como materia prima

Lo que descubrimos en la economía de la atención es que la mala salud mental la engrasa. En su teoría de la ecología-mundo, Jason W. Moore, explica que el capitalismo ha dependido históricamente de la apropiación de algunos elementos “baratos” para la acumulación de capital –trabajo, naturaleza, energía, alimentos–. Moore muestra cómo el sistema necesita identificar constantemente nuevas “fronteras” de apropiación cuando las anteriores se agotan o generan resistencias. De la plata americana al caucho amazónico, del campesinado desposeído o el esclavismo a las mujeres empujadas al trabajo de cuidados no remunerado, el capitalismo se expande mediante estas estrategias de abaratamiento.


El capitalismo en la trsma de la vida.

A principios del siglo XXI, el capitalismo enfrenta un cierre histórico de sus fronteras clásicas. Ya no quedan territorios físicos significativos sin explotar, buena parte del trabajo mundial ya está enormemente precarizado o informalizado y la naturaleza se encuentra al límite de sus capacidades regenerativas. Pero el capitalismo digital es capaz de descubrir nuevos territorios vírgenes: nuestra vida mental, nuestro tiempo o nuestra atención. Los afectos y deseos se convierten aquí en materia prima.

La acumulación continúa mediante la invasión de otro mundo por conquistar: nuestro mundo interior. La apropiación aquí es la de la energía psíquica que volcamos en las redes, que podría percibirse como un “barato más”. Los teóricos italianos del postfordismo –Maurizio Lazzarato, Mario Tronti, Paolo Virno, etc.– explicaron de forma temprana este mecanismo. El capital ya no explota solo el tiempo de trabajo fabril, decían, sino que estaba colonizando toda la vida social a medida que iba mercantilizando más áreas de la vida.

La vida puesta a trabajar” significaba que se podía generar valor de los afectos, la capacidad lingüística o relacional, el consumo o la imaginación –ya fuese en la publicidad, en los trabajos creativos o de servicios–. Pero lo que quizás no pudieron prever es hasta qué punto las plataformas cumplirían esta profecía. Más allá de los servicios de pago, cuando scrolleamos en Instagram, nos insultamos en X y volcamos nuestros deseos y frustraciones en Facebook, estamos realizando exactamente lo que Virno llamaba “cooperación productiva”: alimentamos la máquina, generamos datos que entrenan algoritmos, desarrollamos contenido que mantiene enganchados a otros usuarios mediante un trabajo emocional continuo. Y todo se nos devuelve convertido en mercancía. Este trabajo es invisible precisamente porque se disfraza de ocio o de socialización “libre”, cuando en realidad es actividad productiva que enriquece a los dueños de Silicon Valley, hoy muchos arrojados a los brazos del fascismo.

Las plataformas digitales y los algoritmos que constituyen su columna vertebral son la tecnología que hace posible esta apropiación masiva y sistemática. Del mismo modo que el barco negrero permitió capturar trabajo esclavo africano a escala industrial, o la valla de alambre cercó las tierras comunales, el smartphone y el algoritmo están al servicio de la colonización de nuestra vida psíquica. Y lo hacen en buena medida a través del odio, de los afectos negativos.

Pasiones tristes, gasolina premium

El capitalismo de plataforma ha descubierto que las pasiones tristes son más rentables porque son más fáciles de generar, más abundantes como materia prima y generan más engagement y tiempo de permanencia. Hay una inclinación a traducir nuestros problemas vitales, nuestras inseguridades y miedos en insultos y faltas de respeto. Todos comentamos más cuando estamos enfadados o indignados y permanecemos más tiempo cuando estamos ansiosos por no perdernos algo. Pero además, si antes los algoritmos premiaban la interacción, ahora se basan en la atención; es decir, que hemos perdido capacidad de decisión. Lo que vemos ya solo no depende de nuestros likes o lo que compartimos, ahora nos muestran aquello en lo que nos detenemos, lo que miramos, por ejemplo, algo que nos repugne o nos cabree. También unos perritos salvando a bebés o un monito triste jugando con su peluche, lo que sea que miremos. Pero parece que lo que emociona más es lo que conecta con nuestras frustraciones y nuestro dolor.

El miedo, la indignación y el resentimiento son mucho más adictivos que la alegría. También desde la izquierda tendemos a señalar al vecino o compañero moralizando, o vigilando sus expresiones: la policía semiótica que llevamos dentro. El cortisol y la adrenalina de la indignación parecen más potentes que la alegría, al menos la que circula en las redes. Generan, por tanto, mayor beneficio para las plataformas. El resultado es un espacio que debería ser público –o que funciona mediante la ficción de que lo es– pero donde las emociones destructivas están sobrerrepresentadas, las discusiones se simplifican hasta lo absurdo o identitario y donde circulan más las posiciones más extremas.


J. R. Mora.

En esta selva oscura, la extrema derecha es extraordinariamente eficaz porque su discurso está estructurado precisamente sobre estas pasiones tristes o trabaja activamente para provocarlas. La desafección al sistema, pero también el resentimiento (contra las élites, las personas migrantes, las feministas), el miedo al descenso social o a la invasión o al “reemplazo”, a que “nos quiten lo nuestro”; la solidaridad negativa –si estoy jodido no quiero que otros lo tengan más fácil–. Son maestros en transformar la alienación y el malestar en reacción, en apoyo a su proyecto político. Su estética fácilmente memeable, su ironía transgresora, su capacidad de convertir el racismo en shitposting y la misoginia en humor, están perfectamente adaptadas para un medio que castiga la complejidad y recompensa la reacción visceral.

El resultado es un circuito de retroalimentación donde las plataformas no solo difunden estas pasiones tristes, sino que las producen. Por un lado, modelan una determinada imagen del mundo: máxima exposición de nuestra vida, personas-marca, discursos simples, competencia y una comprensión de la política como comunicación, como si fuese suficiente tener los mejores discursos o las mejores ideas para intervenir sobre el mundo. Por otro, acaban generando el tipo de subjetividad que la extrema derecha necesita: fragmentada, resentida, triste y adicta a su propia impotencia. Somos, por tanto, más fáciles de gobernar. Como dice Spinoza en su Ética, las pasiones tristes nos debilitan y nos hacen menos autónomos y más dependientes –y esa dependencia es exactamente lo que necesita el modelo de negocio de la economía de la atención–. Nos roban la capacidad misma de resistir.

Además de extraer valor, destruyen nuestra capacidad de actuar colectivamente. Potencian el daño psicológico y la depresión que regresan convertidos en agresión. Volviendo a Bifo, esta apropiación algorítmica de nuestra psique “somete a la mente colectiva a un estrés que la ha hecho incapaz de razonar, criticar y empatizar”. En su lectura, la depresión que sigue necesariamente parece encontrar una salida en la violencia. “Mejor agresivo que triste”, podría ser su lema. La agresividad como “cura contra la depresión” es el afecto predominante del fascismo, dice Bifo, “una forma anfetamínica de terapia del sufrimiento y de la soledad que produce siempre, sistemáticamente, efectos de multiplicación de la violencia y dinámicas suicidas”. Y las redes difunden este veneno de los afectos fascistas en forma de violencia digital encauzada por oscuros algoritmos.

La apuesta spinozista nos propondría aquí resistir desde el aumento de nuestra potencia, no desde el resentimiento. Por un lado, ya sabemos que el reto es politizar las frustraciones en un sentido emancipador, es decir, redirigir la rabia contra los que provocan nuestras inseguridades vitales. Para ello, nuestra capacidad afectiva debería estar volcada en la producción colectiva de un común. Un buen comienzo sería tratar ser generosos con los nuestros, o quizás definir ese nosotros de una manera más generosa –no hace falta apostillar o comentar en las redes todo lo que no nos gusta de nuestras compañeras, lo que no implica cerrar debates estratégicos importantes sino llevarlos con respeto–.

Las pasiones alegres muchas veces requieren además tiempos lentos –encontrarse para debatir en persona, vincularse, estudiar, pensar con complejidad más allá de la conversión de todo debate en dos polaridades–. Pero la comunidad, el apoyo mutuo, la política cara a cara nos hacen menos manipulables, más autónomos, amplían nuestra capacidad de acción. Aunque eso no implica necesariamente un optimismo naíf, no se trata de “ser positivos”. El optimismo no es imprescindible para luchar. Uno no se implica políticamente porque piensa que va a vencer, ¿qué es vencer en todo caso? Nunca se sabe lo que puede pasar hasta que sucede, no se sabe lo que una apuesta da de sí hasta que se lleva hasta el final. Se puede luchar (o desertar) sin necesidad de pensar que lo que viene será necesariamente mejor. Se puede luchar porque es la mejor manera de vivir.


Fuente: Ctxt

lunes, 16 de febrero de 2026

El monocultivo del miedo y el anarquismo ‘tory’

 

 De Manuel Rivas   
      Escritor, xornalista, co-director revista Luzes.

      

Hay un proverbio gallego que dice ‘Botouse a alma ao lombo’ para referirse a alguien que obra sin conciencia. Y eso es lo que está ocurriendo. El tiempo de la ferocidad. El alma, a la espalda


1. El miedo que mete miedo

     Vivimos en una especie de estado de excepción permanente. El confortable Occidente despertó sobresaltado de la siesta en el sofá y apantallado en una psicogeografía del riesgo, un ‘tren de borrascas’ interminable, a Mayday por día. Y como vislumbró el poeta navegante Manuel Antonio, que tanto supo de temporales, el horizonte está enfermo y el faro agotando su stock de S.O.S.


'Pescadores en el mar', óleo sobre lienzo de Joseph Mallord William Turner - 1796.

Así que hay mucha gente que tiene miedo, pero también mucha gente que mete miedo. ¿Quiénes son más, los que tienen miedo o los que meten miedo? Confieso que hay días en que no me salen las cuentas. Cierto que una cosa son los profesionales de meter miedo, los que viven de meter miedo, y otra los que los siguen o son arrastrados por la doctrina del miedo.   

Quen ten cu, ten medo! (¡Quien tiene culo, tiene miedo!”). Este sublime axioma lo soltó en un mitin Manuel Fraga, un clásico del miedo. Pero una cosa es tener culo y miedo y otra utilizar tus miedos, reales o presuntos, para patear los traseros del mundo entero.

El director ejecutivo de Palantir, Alex Karp, que transitó de admirador de Habermas y de la Escuela de Frankfurt a abanderado del tecnofeudalismo belicista, explicaba así en una feria de armamento el giro reaccionario de mucha gente de la onda trumpista mundo adelante: “Quieren saber que están a salvo y estar a salvo implica que el otro tenga miedo”.

Meter miedo, disparó, eso es lo que “garantiza” la seguridad.

Pero para eso, claro, hay que definir “el otro”. El enemigo. La derecha española está dedicada desde que perdió el gobierno al monocultivo de ese miedo que mete miedo. Y la rivalidad que mantiene con el partido ultra no es precisamente para alertarnos del peligro del fascismo, sino que se trata de una amigable competición para derrocar al “otro”, al satánico Sánchez, ese dictador que domina despóticamente todos los poderes, desde la Sala Segunda del Supremo al palco del Bernabéu. 

Aparte de ese propósito, el Delenda est Sánchez, poco más sabemos de la derecha española y menos del oscuro Abascal. La diferencia entre este y Feijóo podemos establecerla por una frase del ilustrado George Bush: “Yo tengo opiniones propias, pero no siempre estoy de acuerdo con ellas”.  Y ese viene a ser el modo Feijóo. Por supuesto, Abascal siempre está de acuerdo con sus opiniones, sobre todo con las que oculta como un molusco. Es posible que el molusco esté vacío. Pero meter meten miedo. Por eso, es probable que se hagan con el poder. Y luego competirán. No por el mejor gobierno de las cosas, sino por quién será el caudillo del miedo.

2. La extinción conservadora

Lo que sí está consiguiendo el miedo es acabar con los conservadores.

¿Es posible ser conservador sin ser reaccionario? ¿Y revolucionario?”, se preguntaba el filósofo francés Denis Collin. Y daba esta interesante respuesta: “Se puede ser conservador sin ser reaccionario. Y quizás habría que añadir que conviene ser conservador para ser revolucionario”.

Otro pensador francés, polémico y retorcido como el demonio, Jean-Claude Michéa, ya había jugado con esas aparentes paradojas a propósito de la personalidad de George Orwell a quien calificó como ‘anarquista tory’.

Por cierto, era así, anarco-conservador, como se definía el artista y refundador de Sargadelos, Isaac Díaz Pardo, último y heroico sostén de Ruedo Ibérico. Él le daba importancia a ese matiz, el de ser conservador y radical antifascista, pero poco importaba al público coleccionista de prejuicios y a quienes les bastaba con tener claro que Isaac era un “rojo”.

Orwell e Isaac demostraron que se podía ser un verdadero conservador y un verdadero revolucionario al mismo tiempo. Una mirada que permite ver lo que hay de infierno y de paraíso en el mundo real. Lo que conviene salvar. Conservar.

¿Es posible ser conservador sin ser reaccionario? Es una pregunta muy pertinente porque hoy en día hay muy pocos conservadores y cada vez más reaccionarios. De hecho, el término “conservador” parece desaparecido en la conversación política. Y es necesario explorar con ojos de lepidopterólogo para ver un ejemplar de esa clase en la prensa “conservadora”, con perdón.

En las tribunas de los parlamentos, en las contiendas políticas diarias y en los análisis y tertulias de los medios no aparecen voces que se identifiquen con la condición de conservador o conservadora. Si le preguntamos a Feijóo si se considera “conservador”, lo probable es que nos responda: “¡Brifin, tío!”. ¿Y Ayuso? La estoy viendo en su cumbre borrascosa: “¿Conservadora, dice? ¡Me cago en la fruta que lo parió!”. E imaginen a Tellado, rumiando las palabras antes de embestir: “¿Conservadores? ¡Eso serán los de Bildu!”. 

La desaparición del conservadurismo inteligente se puede percibir en la involución lingüística, la intoxicación e incluso la extinción de palabras. Algunas de ellas eran esenciales en el universo intelectual del humanismo conservador. ¿Qué ha sido de la compasión, el afecto, la piedad y la propia alma?  Hay un proverbio gallego que dice ‘Botouse a alma ao lombo’ para referirse a alguien que obra sin conciencia. Y eso es lo que ha ocurrido. Lo que está ocurriendo. El tiempo de la ferocidad. El alma, a la espalda.



Fuente: Ctxt

jueves, 11 de diciembre de 2025

Para un invierno átono y viscoso, sin frío ni calor (1 de 10)


 

Águilas: miedo e intimidación en el paraíso


 Por Pedro Costa Morata   
       Ingeniero, Periodista y Politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

No quiero tocar el asunto del intento de revocación de mi título de Hijo Predilecto de Águilas para no calentarme ni perturbar la serena reflexión de quienes tienen que asumir ese marrón y tratar de salir del atolladero. Así que me voy a centrar en algo que me ha asombrado y cabreado en estos días en que he tenido que frecuentar al Ayuntamiento en sus niveles administrativos, que es cuando he percibido, por transmisión angustiada desde varias personas, un miedo denso y documentado, un cierto terror ante las maniobras que ahí tienen lugar y una silente insurgencia frente a la impunidad con que esto viene desarrollándose.

Tampoco voy a citar nombres -algo relativamente innecesario, dado que vengo señalando a esa Casa Consistorial desde hace algún tiempo, sin que en mis artículos falten nombres y apellidos- sino que voy a transmitir la indignación que me acomete, y que debe de alcanzar a los aguileños de bien (la mayoría, desde luego), el que la Casa de todos, la sede municipal, el centro de la voluntad popular del pueblo, se esté convirtiendo en centro de miedo y desconfianza por las maquinaciones que aumentan, y se espesan, teniendo como origen el aparato administrativo y, por muñidor y consentidor, el poder político.


Fachada neomudéjar del ayuntamiento de Águilas.

Qué poca gracia tiene esto, hay que ver a qué estamos llegando: a sentir miedo en una parte sensible del funcionariado y preocupación entre algunos ciudadanos que son objeto de amenazas e intimidaciones, como yo mismo declaro. Así que se nos llena la boca de ensalzar las excelencias de nuestro pueblo, su espectacular Carnaval, su atrayente verano, sus playas paradisíacas, etc., y resulta que en el núcleo duro de la vida municipal ha germinado el miedo: miedo a que te perjudiquen, a que se promocione y premie a quien no lo merece, a la manipulación de las contrataciones de personal, al espectáculo diario de incumplimientos -simultáneos con el abuso en la gestión- por parte de ciertos personajes clave en la administración municipal y, ¡oído cocina!, al envalentonamiento de la ultraderecha, bien situada en la Casa, ante la que la mayoría socialista no muestra intención de hacer frente. Pues sí que vamos a mejorar la imagen de Águilas, sí, y sus pretensiones de paraíso litoral.

Es de ese envalentonamiento de Vox y sus gentes de lo que quiero advertir, ya que ahí está la causa de mis recientes preocupaciones, y para que el pueblo aguileño tenga un conocimiento claro y específico de los temores que anidan y maltratan al funcionariado municipal. Y es por esto por lo que transito desde la agresión silenciosa (más no por ello menos aguda) a ciertos funcionarios municipales, a la sufrida hace unos días por mí mismo (en modo verbal, pero ciertamente preocupante) por la interpelación burda y chillona de la parte de un ciudadano aguileño hacia el que desde ese momento me he propuesto guardarme y del que no me extrañaría una segunda agresión (tan excitado lo vi).

Fue, en efecto, el martes 25 de noviembre pasado a las 13 horas cuando fui hostigado en plena calle Conde de Aranda de Águilas, a un paso de la entrada lateral del Ayuntamiento, por una persona que no conocía y que se identificó como “padre del secretario accidental del Ayuntamiento de Mazarrón” quien, después de echarme en cara el haber citado a su hijo en un artículo mío de pocos días antes, pasó a insultarme y a retarme a una pelea en descampado, a lo que respondí que, siendo yo periodista e informador sobre numerosos temas desde hace medio siglo en Águilas, Murcia y España, si él tenía alguna queja sobre el artículo que lo hiciera expresamente a la dirección editorial de la publicación, aunque veía más oportuno que fuera su hijo, el aparentemente afectado, quien lo hiciera.

Como no le acepté ni los insultos soeces ni su sugerente propuesta de pelea, me prohibió que volviera a poner a su hijo, el funcionario de Mazarrón, “en relación con el secretario municipal de Águilas”, lo que me dejó atónito (y totalmente perplejo cuando, al poco, supe que el bronquista es amigo íntimo del susodicho secretario de Águilas, con el que se reúne prácticamente cada día en su despacho municipal). Añadió el provocador, a voz en grito que “si lo vuelves a hacer te voy a mandar un amigo”, que repitió incluso cuando le pedí que lo hiciese, para que alguno de los presentes pudiera oírlo.

      Plasmé mi denuncia en el Cuartel de la Guardia Civil de Águilas (y en Fiscalía de Murcia, y en Delegación del Gobierno), por sus amenazas y enfrentamiento provocador, inaceptables en una sociedad pacífica y civilizada, que fácilmente me evocó el estilo mafioso al anunciarme el “envío de un amigo”. Y pedí a los agentes que se tomaran en serio esta amenaza verbal y la investiguen y aclaren trasladándola a los Juzgados, ya que esa conducta, claro objeto de condena, parece aludir a la existencia de sicarios e incluso a una presunta relación del citado agresor con alguien que se dedique a la violencia por encargo.

Aproveché para recordar a la Guardia Civil el incendio de la puerta de mi domicilio de Águilas, de claro tipo terrorista, la noche del 16 al 17 del pasado junio, denunciado también en este Cuartel y del que no he tenido después información policial ni judicial alguna. Este es otro motivo de preocupación -más allá del mío- para la ciudadanía de Águilas, que debe investigarse por lo que pudiera tener de relación con este otro episodio más reciente, y por si hubiera que acumularlo, dado el carácter claramente intimidatorio de ambos sobre mi persona y mi legítima actividad periodística, a las pesquisas e informaciones oportunas sobre actos de esta índole, inadmisibles en un Estado de Derecho.

Y en esas estamos: ¡oído, paraíso!