De
Manuel
Rivas
Hay un proverbio gallego que dice ‘Botouse a alma ao lombo’ para referirse a alguien que obra sin conciencia. Y eso es lo que está ocurriendo. El tiempo de la ferocidad. El alma, a la espalda
1. El miedo que mete miedo
Vivimos en una especie de estado de excepción permanente. El confortable Occidente despertó sobresaltado de la siesta en el sofá y apantallado en una psicogeografía del riesgo, un ‘tren de borrascas’ interminable, a Mayday por día. Y como vislumbró el poeta navegante Manuel Antonio, que tanto supo de temporales, el horizonte está enfermo y el faro agotando su stock de S.O.S.
Así que hay mucha gente que tiene miedo, pero también mucha gente que mete miedo. ¿Quiénes son más, los que tienen miedo o los que meten miedo? Confieso que hay días en que no me salen las cuentas. Cierto que una cosa son los profesionales de meter miedo, los que viven de meter miedo, y otra los que los siguen o son arrastrados por la doctrina del miedo.
“Quen ten cu, ten medo! (¡Quien tiene culo, tiene miedo!”). Este sublime axioma lo soltó en un mitin Manuel Fraga, un clásico del miedo. Pero una cosa es tener culo y miedo y otra utilizar tus miedos, reales o presuntos, para patear los traseros del mundo entero.
El director ejecutivo de Palantir, Alex Karp, que transitó de admirador de Habermas y de la Escuela de Frankfurt a abanderado del tecnofeudalismo belicista, explicaba así en una feria de armamento el giro reaccionario de mucha gente de la onda trumpista mundo adelante: “Quieren saber que están a salvo y estar a salvo implica que el otro tenga miedo”.
Meter miedo, disparó, eso es lo que “garantiza” la seguridad.
Pero para eso, claro, hay que definir “el otro”. El enemigo. La derecha española está dedicada desde que perdió el gobierno al monocultivo de ese miedo que mete miedo. Y la rivalidad que mantiene con el partido ultra no es precisamente para alertarnos del peligro del fascismo, sino que se trata de una amigable competición para derrocar al “otro”, al satánico Sánchez, ese dictador que domina despóticamente todos los poderes, desde la Sala Segunda del Supremo al palco del Bernabéu.
Aparte de ese propósito, el ‘Delenda est Sánchez’, poco más sabemos de la derecha española y menos del oscuro Abascal. La diferencia entre este y Feijóo podemos establecerla por una frase del ilustrado George Bush: “Yo tengo opiniones propias, pero no siempre estoy de acuerdo con ellas”. Y ese viene a ser el modo Feijóo. Por supuesto, Abascal siempre está de acuerdo con sus opiniones, sobre todo con las que oculta como un molusco. Es posible que el molusco esté vacío. Pero meter meten miedo. Por eso, es probable que se hagan con el poder. Y luego competirán. No por el mejor gobierno de las cosas, sino por quién será el caudillo del miedo.
2. La extinción conservadora
Lo que sí está consiguiendo el miedo es acabar con los conservadores.
“¿Es posible ser conservador sin ser reaccionario? ¿Y revolucionario?”, se preguntaba el filósofo francés Denis Collin. Y daba esta interesante respuesta: “Se puede ser conservador sin ser reaccionario. Y quizás habría que añadir que conviene ser conservador para ser revolucionario”.
Otro pensador francés, polémico y retorcido como el demonio, Jean-Claude Michéa, ya había jugado con esas aparentes paradojas a propósito de la personalidad de George Orwell a quien calificó como ‘anarquista tory’.
Por cierto, era así, anarco-conservador, como se definía el artista y refundador de Sargadelos, Isaac Díaz Pardo, último y heroico sostén de Ruedo Ibérico. Él le daba importancia a ese matiz, el de ser conservador y radical antifascista, pero poco importaba al público coleccionista de prejuicios y a quienes les bastaba con tener claro que Isaac era un “rojo”.
Orwell e Isaac demostraron que se podía ser un verdadero conservador y un verdadero revolucionario al mismo tiempo. Una mirada que permite ver lo que hay de infierno y de paraíso en el mundo real. Lo que conviene salvar. Conservar.
¿Es posible ser conservador sin ser reaccionario? Es una pregunta muy pertinente porque hoy en día hay muy pocos conservadores y cada vez más reaccionarios. De hecho, el término “conservador” parece desaparecido en la conversación política. Y es necesario explorar con ojos de lepidopterólogo para ver un ejemplar de esa clase en la prensa “conservadora”, con perdón.
En las tribunas de los parlamentos, en las contiendas políticas diarias y en los análisis y tertulias de los medios no aparecen voces que se identifiquen con la condición de conservador o conservadora. Si le preguntamos a Feijóo si se considera “conservador”, lo probable es que nos responda: “¡Brifin, tío!”. ¿Y Ayuso? La estoy viendo en su cumbre borrascosa: “¿Conservadora, dice? ¡Me cago en la fruta que lo parió!”. E imaginen a Tellado, rumiando las palabras antes de embestir: “¿Conservadores? ¡Eso serán los de Bildu!”.
La desaparición del conservadurismo inteligente se puede percibir en la involución lingüística, la intoxicación e incluso la extinción de palabras. Algunas de ellas eran esenciales en el universo intelectual del humanismo conservador. ¿Qué ha sido de la compasión, el afecto, la piedad y la propia alma? Hay un proverbio gallego que dice ‘Botouse a alma ao lombo’ para referirse a alguien que obra sin conciencia. Y eso es lo que ha ocurrido. Lo que está ocurriendo. El tiempo de la ferocidad. El alma, a la espalda.
Fuente: Ctxt

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