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domingo, 28 de junio de 2026

Vacío, sobrevivientes del suicidio

 

 Por David Arribas   
       Fotógrafo freelance residente en Madrid e interesado en el reportaje documental sobre temática sociocultural.


Cada año, más de 700.000 personas se suicidan en el mundo: una cada 40 segundos. Es, además, la segunda causa de muerte entre jóvenes de 15 a 29 años


     Los tabúes y el silencio siguen rodeando el suicidio pese a que, según la Organización Mundial de la Salud, se trata de uno de los principales problemas de salud pública en Europa. Cada año, más de 700.000 personas se suicidan en el mundo: una cada 40 segundos. Es, además, la segunda causa de muerte entre jóvenes de 15 a 29 años. Las cifras son contundentes, pero la conversación pública continúa siendo insuficiente y, en muchos casos, incómoda. El suicidio sigue ocupando un espacio marginal en el debate social, atrapado entre el miedo, la desinformación y el estigma.

Lejos de los tópicos, el suicidio no suele responder a una decisión tomada desde la libertad plena, sino a un dolor psíquico tan intenso que desborda las herramientas emocionales disponibles. Esta conducta no es una llamada de atención ni un gesto egoísta, como aún sostienen algunos prejuicios sociales. Quienes atraviesan una crisis de este tipo, en la mayoría de los casos, no desean morir: desean dejar de sufrir. La soledad, el desconsuelo y la sensación de no encontrar salida pueden reducir la perspectiva vital hasta anular cualquier expectativa de futuro. Cuando el malestar se cronifica y no se encuentran apoyos eficaces, la falta de esperanza puede llegar a percibirse como la única realidad posible.

Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), en 2024 se registraron 3.953 muertes por suicidio, una media de once al día. Detrás de cada cifra hay una historia interrumpida y un entorno que queda marcado para siempre. Por cada persona que fallece por esta causa, familiares, amistades y allegados se convierten en supervivientes del suicidio. Personas que deberán convivir con la ausencia, con preguntas sin respuesta y, a menudo, con un sentimiento de culpa difícil de gestionar. El impacto no termina en quien muere: se expande en círculos concéntricos que afectan a familias, centros educativos, entornos laborales y comunidades enteras.

El 13 de agosto de 2012, Alejandro, de 20 años, salió del bar de su tío a fumar un cigarro y no regresó con vida. La autopsia determinó que se trató de un suicidio. No existían antecedentes conocidos, ni diagnóstico previo, ni una ruptura sentimental reciente, ni una situación familiar conflictiva evidente. No había, aparentemente, ningún motivo. Desde entonces, su familia y su entorno se preguntan por qué. Esa pregunta, repetida en muchos hogares, forma parte de un duelo atravesado por la incredulidad y el estigma. La ausencia de explicaciones claras no mitiga el dolor; a menudo lo intensifica.

La muerte por suicidio no solo impacta en el ámbito íntimo; también pone de relieve carencias estructurales. La falta de recursos en salud mental, las listas de espera en la sanidad pública, la precariedad laboral, el aislamiento social o la presión académica y económica sobre la juventud configuran un contexto que puede agravar situaciones de vulnerabilidad. Aunque el suicidio es un fenómeno complejo y multicausal, ignorar estos factores sociales sería simplificar el problema. La prevención requiere una mirada amplia que combine atención clínica, políticas públicas y tejido comunitario.

Durante años, el miedo al llamado “efecto contagio” —o efecto Goethe— ha contribuido a limitar el tratamiento informativo del tema. Sin embargo, cada vez más especialistas coinciden en que informar con rigor, evitando el sensacionalismo y ofreciendo recursos de ayuda, no incrementa el riesgo y puede formar parte de la prevención. El silencio no protege; puede, en cambio, reforzar la idea de que el sufrimiento debe vivirse en soledad.

En este contexto surge este fotoreportaje, que busca acercar a la sociedad el vacío físico y emocional que deja el suicidio. A través del duelo y de los recuerdos como herramientas de reparación, el proyecto habla abiertamente de la experiencia, sin morbo y sin censura, es una forma de romper el aislamiento y de cuestionar los silencios heredados. La memoria se convierte así en un acto de resistencia frente al olvido y la estigmatización.

El acompañamiento a las familias es una necesidad urgente. Evitar la estigmatización social y ofrecer apoyo psicológico accesible resulta clave para afrontar el vacío y la culpa que pueden instalarse tras la pérdida. El duelo por suicidio tiene características específicas que requieren comprensión, espacios seguros de escucha y recursos adecuados.

El Estado español ha dado algunos pasos, como la puesta en marcha del teléfono 024 de atención a las personas en riesgo de suicidio, disponible las 24 horas. No obstante, profesionales y asociaciones, insisten en la urgencia de un plan nacional integral de prevención, con financiación suficiente y coordinación entre administraciones. Dar visibilidad a entidades especializadas, reforzar la atención en salud mental y formar a profesionales de la educación, la sanidad y los medios de comunicación son medidas imprescindibles.

Hablar de suicidio no lo provoca. Abordarlo como lo que es —un problema de salud pública de primer orden— permite avanzar hacia políticas más eficaces y comunidades más conscientes. Reconocer su incidencia real y derribar mitos son pasos necesarios para actuar a tiempo. Convertir el tabú en conversación responsable puede marcar la diferencia entre la soledad y el acompañamiento, entre el silencio impuesto y la posibilidad de pedir ayuda.



Fotoreportaje de David Arribas


Pitillera con colillas usadas que los padres de Alex conservan como recuerdo. El objeto, cargado de significado, se convierte en un soporte de memoria a través del que la presencia se mantiene en lo cotidiano.


El tatuaje “Peke”, el mote de Alex, se convierte en un símbolo de memoria y presencia, un vínculo íntimo que mantiene vivo el recuerdo de quien ya no está.

13 de agosto. Familiares y amigos de Alex se reúnen cada año, pasan el día juntos, comparten recuerdos y sostienen su memoria. El encuentro culmina en el lugar donde Alex falleció, hoy convertido en un espacio de duelo, vínculo y permanencia.


En el centro del punto de penalti descansan las zapatillas que Alex usaba para jugar en el campo de fútbol de su barrio. La imagen, cargada de simbolismo, convierte lo cotidiano en memoria: un espacio que antes estuvo lleno de juego y vida ahora habla del vacío que deja su ausencia, recordando de manera íntima y visible lo que ya no está.


Mesa con platos vacíos.


Miguel, padre de Alex, envuelto en un hilo de humo y sombras, transmite la introspección y la carga emocional de la ausencia, convirtiendo un gesto cotidiano en un reflejo silencioso del duelo.


Un autorretrato de Alex muestra su rostro dividido entre luz y sombra, con los ojos abiertos en ambas mitades. La imagen revela la dualidad de su mundo interior y la complejidad de su presencia, dejando un testimonio íntimo de su experiencia.


Vega, madre de Alex, retratada en un contexto marcado por la pérdida de su hijo. Su imagen forma parte de un proceso de duelo en el que la memoria y la ausencia conviven.


Miguel y Vega, padres de Alex. En la imagen aparecen reflejados en un espejo dividido que muestra únicamente la mitad de sus rostros: una parte de Vega y otra de Miguel, en una composición que fragmenta la identidad y subraya la pérdida.



Fuente: El Salto

miércoles, 11 de marzo de 2026

El derecho a no creerles

 

      Magistrado, profesor de Derecho y novelista.


La obligación moral de desconfiar de los motivos de una guerra


     “Las cosas son más complejas”, ingenuo, amigo de los ayatolás o sanchista. O todo lo anterior. Eso oirás si en la conversación donde están ellos, tú pronuncias expresiones como “muerte de inocentes”, propaganda, “derecho internacional” o asesinos. Pero tú ya lo sabes, y esta vez no te importa, porque son ellos los que están incómodos.

Ellos son los apologetas del cinismo, esos que llevan más de una década llamándote ingenuo, buenista, o quizás tonto útil cada vez que tú esgrimes un principio moral en un asunto público. Ellos, tan hábiles escorpiones acostumbrados a pinchar con su aguijón los difíciles consensos morales y cambiarlos por el nihilismo prêt-à-porter, de pronto nos sorprenden con la fe del carbonero: crédulos, biempensantes, ingenuos, necesitan creerse las beatíficas intenciones de Trump, Netanyahu y sus séquitos.


Trump-Netanyahu.

Quién los ha visto y quién los ve. Míralos, proclamando, como una letanía aprendida, santas razones en racimo: la eliminación de una dictadura, la destrucción de armas, la protección de los buenos vecinos de las amenazas del malo, la democratización de la región, la liberación del pueblo, el derecho a protestar, la dignidad de las mujeres, la lucha contra el terrorismo y si hace falta, la paz. “Si lo hacen, será por algo”, resumen, con argumento irrebatible. Es la fe, estúpido. Ora pro nobis, Donald, parece retumbar la Capilla Oval en esa grimosa oración en torno a su santón. Un santón capaz de hacer el milagro de salvar a un pueblo mediante su genocidio (“barajamos la destrucción total”, dijo el sábado el aspirante a Premio Nobel, contrariado porque el enemigo no se pone al teléfono para rendirse).

Pero tú sabes que tienes derecho a descreer. Tienes memoria y lecturas como para no ser ingenuo o ingenua. Tienes derecho a sospechar que, cuando se emplean costosísimos misiles en una ofensiva, el motivo no coincide con la explicación piadosa y humanitaria. Tienes derecho a llamar propagandistas a quienes predican que esta guerra nos va a defender a “nosotros” de los otros: no en nuestro nombre, ha clamado el Vaticano. Y sobre todo, no faltaba más, tienes derecho a invocar el Derecho, incluso el internacional, ese conjunto imperfecto de desequilibrios en pugna muy superior a su contrario, que es la ley del que más puede. La responsabilidad histórica de Donald Trump por el apartamiento obsceno de todo límite jurídico a su poder mundial convertirá en ridículos y despreciables los mezquinos éxitos que podrá presentar a sus acólitos. Y es que cuando es el grande quien aparta las reglas con un manotazo de desdén, todo se viene abajo: si tiene poder es un golpista, y hace perder toda autoridad a la norma.


Donald Trump recibe con una gorra blanca los cuerpos de los seis soldados estadounidenses fallecidos en Kuwait.

Pónganle ahora reparos a Rusia en Ucrania, a China una vez que decida que ha llegado su momento bélico, y al mismo Irán, cuando encuentre la manera de vengarse.

Somos mayores (como miembros de la especie humana), en fin, para creer en tanta bondad descargada de pronto, sin previo aviso, organizada en despachos de poder. Tenemos derecho a presumir, salvo prueba en contrario, la hipótesis de intenciones peores que las invocadas. Y a pensar que el descomunal rechazo que a la gente nos produce el régimen iraní de los ayatolás se está utilizando como percha de un episodio más de guerra decidida por quienes no van a sufrir sus consecuencias.

Recuerdo las semanas de febrero y marzo de 2003, previas al ataque angloamericano en Irak, respaldado vergonzosamente por España, con la finalidad de liberar a los iraquíes del sanguinario Sadam Hussein y al mundo de sus armas de destrucción masiva. Discutían en la ONU (¿quién puede olvidar el grandísimo discurso del ministro francés Dominique de Villepin que a los europeos nos puso en pie, y el tristísimo e indignante de la ministra española?), discutíamos nosotros también. Recuerdo a los inspectores ONU pidiendo tiempo para concluir su trabajo y desmontando los indicios invocados por Powell sobre la existencia de esas armas. Nada evitó las prisas del poder en enseñar sus poderes. La ONU no les sirvió, y prescindieron de ella por “ineficaz”, como hacen siempre los golpistas con las instituciones. El resultado de aquella guerra es posible que se haya olvidado ya: fueron más de trescientos mil muertos según las previsiones más moderadas, de los cuales dos terceras partes habrían sido civiles. Un espanto a cambio de nada que pudiera justificar la muerte de un solo inocente. Un engaño bien preparado que no mejoró nada en términos de seguridad, ni de democracia, ni de terrorismo. Por supuesto que hubo razones: el crimen siempre tiene un móvil. La cuestión es si ese móvil merece el daño que provocó. Esa es la pregunta que hay que conjugar en presente, no sólo cuando vemos documentales de guerras de antaño.


Dominique Villepin durante un congreso del partido República Solidaria en diciembre del 2010.

Tampoco vale la tibieza de decir que “a nadie le gusta la guerra” y cerrar un poquito los ojos porque, al fin y al cabo, si lo hacen los jefes será por algo que conviene a occidente, y ya criticaremos luego.

Dejé de ser pacifista a ultranza hace alguna década. La paz es una gran palabra y un objetivo de singular nobleza, pero, es verdad, no basta con el ansia de paz para organizar el mundo. Habrá violencia mientras haya humanidad, y serán precisos los ejércitos mientras siga habiendo violencia. Y viceversa. Pero sí me queda, de aquel pacifismo juvenil, brotado de raíces cristianas, una convicción: que cada vez que alguien decida acometer en nuestro nombre una ofensiva bélica tenemos la obligación moral de desconfiar y la de decir “no” con la máxima determinación, a menos que los promotores den alguna razón que, además de verosímil, sea capaz de justificar en términos morales la matanza de inocentes que va a provocar. O me lo explican así, o me quedaré en la sensatez escéptica de algo tan razonable como “no a la guerra”.  Y en este caso, como los embusteros, han ensayado tantas y tan variadas razones, que sólo me creo las peores, las que se callan.

Cuidemos y alimentemos, con nuestra convicción y compromiso, ese depósito de memoria histórica que nos fuerza a presumir que, cuando el más poderoso decide atacar a quien –según sus cálculos– es más débil, está externalizando el sufrimiento y acaparando un beneficio. Es decir, está comprando barato, porque el precio del sufrimiento lo pagan otros.


Fuente: Ctxt