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sábado, 28 de febrero de 2026

Pasiones tristes al servicio del capital y el fascismo (o el porqué del odio en redes)

 

 Por  Nuria Alabao    
      Periodista y doctora en Antropología Social. Investigadora de la Universitat de Barcelona especialista en el tratamiento de las cuestiones de género en las nuevas extremas derechas.

Sirviéndose de algoritmos opacos, las plataformas reman a favor de las extremas derechas y sus afectos negativos. Nuestra vida psíquica es capturada mediante los dispositivos digitales para transformarse en beneficio


Fotograma de la serie Red Rose (2022).

     Alguien comparte una entrevista con un filósofo (pero puede ser una periodista, un cantante o un bombero). Da igual. Las respuestas no se hacen esperar: al lado de alguna frase amable crecen las llamas de la agresión. Se le llama desubicado, se le llama payaso, o zorra, o loca, ya sea por un desacuerdo importante, ya sea por un detalle. A menudo, de forma evidente, se está respondiendo al titular seleccionado por el medio, no al contenido de la entrevista. No todo es fuego enemigo, muchos de los peores insultos vienen de este lado de la valla, de este lado de los que se supone compartimos “algo”, llámesele “izquierda” –aunque sea insuficiente–, porque no siempre la defensa del pluralismo y el disenso es nuestro rasgo más destacado. (Estoy pensando en el feminismo, por ejemplo).

Decimos querer acabar con el fascismo, pero sus afectos han tomado posesión de nuestros cuerpos desde hace tiempo. ¿Fue culpa de las redes, con sus algoritmos perversos, que difunden los mensajes más extremos y dañinos? ¿Es el anonimato? O quizás estaban ya ahí –sobre todo a partir del aumento del miedo a caer, a la soledad… el miedo en sus múltiples formas que hace que sientas que flotas sin ningún asidero– y faltaba solo el vehículo, el arma cargada que son las redes. Por supuesto no todo es negativo en ellas, claro, hay potencia y alegría también, hay expresión y creatividad y encontrarse con otros locos o desarraigados; cualquiera que sea tu locura, sabes que no estás sola. Pero aun así, hay días que apagas el móvil y su constante parloteo porque se hace duro resistir a otra interpelación airada más, a otro insulto más. ¿Por qué esa constante sensación de pesadez y bruma?

El paisaje actual es el de devastación del lazo social y de las formas de comunidad que dejan cincuenta años de neoliberalismo. Esa devastación adopta la forma de la soledad: bailamos sobre el alambre. Dice el filósofo Franco ‘Bifo’ Berardi que otro reto epocal determinante acompaña esta soledad como rasgo de la vida contemporánea: la de los jóvenes que están siendo criados por las máquinas; de no ser por la escuela, muchos pasarían más tiempo con los dispositivos electrónicos que con otros humanos. Si bien puede parecer alarmista –la máquina permite también interactuar con otras personas–, sabemos ya de algunos efectos que este hecho está teniendo en los adolescentes. Dice Bifo que esta nueva condición antropológica “no es una condición feliz”. ¿Acaso tiene algo de relación con la devastación emocional que está dejando en los jóvenes, aunque no sea este el único factor determinante? “La prueba, dicen los psiquiatras, es que la depresión se ha vuelto un fenómeno masivo y que los fenómenos de sufrimiento se multiplican hasta que se vuelven predominantes en la realidad social”, señala Bifo. Si no la propia depresión como hecho clínico, sí como una emoción que se le parece.


Disonancia cognitiva y horizonte secular: pensar con dos cerebros.

La vida psíquica como materia prima

Lo que descubrimos en la economía de la atención es que la mala salud mental la engrasa. En su teoría de la ecología-mundo, Jason W. Moore, explica que el capitalismo ha dependido históricamente de la apropiación de algunos elementos “baratos” para la acumulación de capital –trabajo, naturaleza, energía, alimentos–. Moore muestra cómo el sistema necesita identificar constantemente nuevas “fronteras” de apropiación cuando las anteriores se agotan o generan resistencias. De la plata americana al caucho amazónico, del campesinado desposeído o el esclavismo a las mujeres empujadas al trabajo de cuidados no remunerado, el capitalismo se expande mediante estas estrategias de abaratamiento.


El capitalismo en la trsma de la vida.

A principios del siglo XXI, el capitalismo enfrenta un cierre histórico de sus fronteras clásicas. Ya no quedan territorios físicos significativos sin explotar, buena parte del trabajo mundial ya está enormemente precarizado o informalizado y la naturaleza se encuentra al límite de sus capacidades regenerativas. Pero el capitalismo digital es capaz de descubrir nuevos territorios vírgenes: nuestra vida mental, nuestro tiempo o nuestra atención. Los afectos y deseos se convierten aquí en materia prima.

La acumulación continúa mediante la invasión de otro mundo por conquistar: nuestro mundo interior. La apropiación aquí es la de la energía psíquica que volcamos en las redes, que podría percibirse como un “barato más”. Los teóricos italianos del postfordismo –Maurizio Lazzarato, Mario Tronti, Paolo Virno, etc.– explicaron de forma temprana este mecanismo. El capital ya no explota solo el tiempo de trabajo fabril, decían, sino que estaba colonizando toda la vida social a medida que iba mercantilizando más áreas de la vida.

La vida puesta a trabajar” significaba que se podía generar valor de los afectos, la capacidad lingüística o relacional, el consumo o la imaginación –ya fuese en la publicidad, en los trabajos creativos o de servicios–. Pero lo que quizás no pudieron prever es hasta qué punto las plataformas cumplirían esta profecía. Más allá de los servicios de pago, cuando scrolleamos en Instagram, nos insultamos en X y volcamos nuestros deseos y frustraciones en Facebook, estamos realizando exactamente lo que Virno llamaba “cooperación productiva”: alimentamos la máquina, generamos datos que entrenan algoritmos, desarrollamos contenido que mantiene enganchados a otros usuarios mediante un trabajo emocional continuo. Y todo se nos devuelve convertido en mercancía. Este trabajo es invisible precisamente porque se disfraza de ocio o de socialización “libre”, cuando en realidad es actividad productiva que enriquece a los dueños de Silicon Valley, hoy muchos arrojados a los brazos del fascismo.

Las plataformas digitales y los algoritmos que constituyen su columna vertebral son la tecnología que hace posible esta apropiación masiva y sistemática. Del mismo modo que el barco negrero permitió capturar trabajo esclavo africano a escala industrial, o la valla de alambre cercó las tierras comunales, el smartphone y el algoritmo están al servicio de la colonización de nuestra vida psíquica. Y lo hacen en buena medida a través del odio, de los afectos negativos.

Pasiones tristes, gasolina premium

El capitalismo de plataforma ha descubierto que las pasiones tristes son más rentables porque son más fáciles de generar, más abundantes como materia prima y generan más engagement y tiempo de permanencia. Hay una inclinación a traducir nuestros problemas vitales, nuestras inseguridades y miedos en insultos y faltas de respeto. Todos comentamos más cuando estamos enfadados o indignados y permanecemos más tiempo cuando estamos ansiosos por no perdernos algo. Pero además, si antes los algoritmos premiaban la interacción, ahora se basan en la atención; es decir, que hemos perdido capacidad de decisión. Lo que vemos ya solo no depende de nuestros likes o lo que compartimos, ahora nos muestran aquello en lo que nos detenemos, lo que miramos, por ejemplo, algo que nos repugne o nos cabree. También unos perritos salvando a bebés o un monito triste jugando con su peluche, lo que sea que miremos. Pero parece que lo que emociona más es lo que conecta con nuestras frustraciones y nuestro dolor.

El miedo, la indignación y el resentimiento son mucho más adictivos que la alegría. También desde la izquierda tendemos a señalar al vecino o compañero moralizando, o vigilando sus expresiones: la policía semiótica que llevamos dentro. El cortisol y la adrenalina de la indignación parecen más potentes que la alegría, al menos la que circula en las redes. Generan, por tanto, mayor beneficio para las plataformas. El resultado es un espacio que debería ser público –o que funciona mediante la ficción de que lo es– pero donde las emociones destructivas están sobrerrepresentadas, las discusiones se simplifican hasta lo absurdo o identitario y donde circulan más las posiciones más extremas.


J. R. Mora.

En esta selva oscura, la extrema derecha es extraordinariamente eficaz porque su discurso está estructurado precisamente sobre estas pasiones tristes o trabaja activamente para provocarlas. La desafección al sistema, pero también el resentimiento (contra las élites, las personas migrantes, las feministas), el miedo al descenso social o a la invasión o al “reemplazo”, a que “nos quiten lo nuestro”; la solidaridad negativa –si estoy jodido no quiero que otros lo tengan más fácil–. Son maestros en transformar la alienación y el malestar en reacción, en apoyo a su proyecto político. Su estética fácilmente memeable, su ironía transgresora, su capacidad de convertir el racismo en shitposting y la misoginia en humor, están perfectamente adaptadas para un medio que castiga la complejidad y recompensa la reacción visceral.

El resultado es un circuito de retroalimentación donde las plataformas no solo difunden estas pasiones tristes, sino que las producen. Por un lado, modelan una determinada imagen del mundo: máxima exposición de nuestra vida, personas-marca, discursos simples, competencia y una comprensión de la política como comunicación, como si fuese suficiente tener los mejores discursos o las mejores ideas para intervenir sobre el mundo. Por otro, acaban generando el tipo de subjetividad que la extrema derecha necesita: fragmentada, resentida, triste y adicta a su propia impotencia. Somos, por tanto, más fáciles de gobernar. Como dice Spinoza en su Ética, las pasiones tristes nos debilitan y nos hacen menos autónomos y más dependientes –y esa dependencia es exactamente lo que necesita el modelo de negocio de la economía de la atención–. Nos roban la capacidad misma de resistir.

Además de extraer valor, destruyen nuestra capacidad de actuar colectivamente. Potencian el daño psicológico y la depresión que regresan convertidos en agresión. Volviendo a Bifo, esta apropiación algorítmica de nuestra psique “somete a la mente colectiva a un estrés que la ha hecho incapaz de razonar, criticar y empatizar”. En su lectura, la depresión que sigue necesariamente parece encontrar una salida en la violencia. “Mejor agresivo que triste”, podría ser su lema. La agresividad como “cura contra la depresión” es el afecto predominante del fascismo, dice Bifo, “una forma anfetamínica de terapia del sufrimiento y de la soledad que produce siempre, sistemáticamente, efectos de multiplicación de la violencia y dinámicas suicidas”. Y las redes difunden este veneno de los afectos fascistas en forma de violencia digital encauzada por oscuros algoritmos.

La apuesta spinozista nos propondría aquí resistir desde el aumento de nuestra potencia, no desde el resentimiento. Por un lado, ya sabemos que el reto es politizar las frustraciones en un sentido emancipador, es decir, redirigir la rabia contra los que provocan nuestras inseguridades vitales. Para ello, nuestra capacidad afectiva debería estar volcada en la producción colectiva de un común. Un buen comienzo sería tratar ser generosos con los nuestros, o quizás definir ese nosotros de una manera más generosa –no hace falta apostillar o comentar en las redes todo lo que no nos gusta de nuestras compañeras, lo que no implica cerrar debates estratégicos importantes sino llevarlos con respeto–.

Las pasiones alegres muchas veces requieren además tiempos lentos –encontrarse para debatir en persona, vincularse, estudiar, pensar con complejidad más allá de la conversión de todo debate en dos polaridades–. Pero la comunidad, el apoyo mutuo, la política cara a cara nos hacen menos manipulables, más autónomos, amplían nuestra capacidad de acción. Aunque eso no implica necesariamente un optimismo naíf, no se trata de “ser positivos”. El optimismo no es imprescindible para luchar. Uno no se implica políticamente porque piensa que va a vencer, ¿qué es vencer en todo caso? Nunca se sabe lo que puede pasar hasta que sucede, no se sabe lo que una apuesta da de sí hasta que se lleva hasta el final. Se puede luchar (o desertar) sin necesidad de pensar que lo que viene será necesariamente mejor. Se puede luchar porque es la mejor manera de vivir.


Fuente: Ctxt

lunes, 6 de octubre de 2025

Las nuevas derechas y el placer de la crueldad

 

 Por Hannah Leffingwell    
      Escritora e historiadora. Enseña en el Instituto de Investigación Social de Brooklyn y en la New School.


El autoritarismo de derecha aleja a las personas de la promesa de democracia, paz e igualdad y las lleva hacia la violencia destructiva ofreciéndoles un atractivo clave: el placer de hacer daño a otras personas


     Si has visto la exitosa serie de Netflix The Hunting Wives, sabrás que el autoritarismo de la derecha estadounidense no es más que una carga libidinal. A lo largo de esta serie pulp y sangrienta, que tiene lugar en lo más profundo de Texas, una camarilla de mujeres blancas adineradas hace alarde de sus privilegios haciendo el amor con sus rifles de caza y participando en abundantes relaciones sexuales lésbicas. Cazan animales, se cazan entre ellas, asisten a mítines políticos conservadores, van a la iglesia. El resultado es el asesinato y el caos.

A primera vista, la serie podría parecer una crítica a la feminidad MAGA, ejemplificada por mujeres de gatillo fácil como Kristi Noem y Marjorie Taylor Greene, pero la contrapartida de la serie en la costa este, un personaje fuera de lugar llamado Sophie, no sale mucho mejor parada. Una mujer blanca, heterosexual y casada que parece considerarse progresista antes de mudarse de Boston a Texas, rápidamente se une a las esposas tradicionales que se comportan mal (por no mencionar que se acuesta con ellas) y termina comprando armas, bebiendo hasta perder el conocimiento, engañando a su santo marido y cometiendo un asesinato, todo ello debido a una histerectomía de urgencia que la dejó estéril.

Esta serie es sensacionalista, sin duda. También es una fantástica ilustración del fascismo posmoderno.

El «fascismo posmoderno», término definido por la historiadora Dagmar Herzog en su nuevo ensayo The New Fascist Body [El nuevo cuerpo fascista], describe la segunda llegada del fascismo como algo arraigado en los fascismos históricos, pero a la vez distinto de ellos. Es un fascismo que perpetúa el desdén de sus predecesores por «los ideales de igualdad y solidaridad humanas», la crueldad hacia «aquellos que identifica como vulnerables», la proliferación de «explicaciones racializadas para lo que en realidad son dinámicas económicas y sociales complicadas» y «anhelos narcisistas de grandeza».




Lo que lo hace posmoderno es su tendencia a la deconstrucción. Esta reinvención contemporánea del fascismo es «ingeniosamente autorreflexiva», nos dice Herzog, «y juega alegremente con la inevitable controversia y con la inestabilidad de la verdad».

Herzog, cuyo trabajo sobre el fascismo alemán ha sido muy influyente en los estudios de género, los estudios sobre discapacidad y la historia europea, destila los argumentos clave de su investigación en The New Fascist Body, aportando ideas sobre la historia del nazismo para influir en la dinámica de los movimientos transnacionales de extrema derecha contemporáneos.


Dagmar Herzog

Centrándose en dos rasgos clave que se solapan en el fascismo posmoderno, el «racismo sexy» y la «hostilidad obsesiva hacia las personas con discapacidad», utiliza los mensajes del partido de extrema derecha alemán Alternative für Deutschland (Alternativa para Alemania, AfD) como punto de referencia analítico. 

Si antes los judíos eran el principal objetivo del fascismo alemán, hoy en día la ideología de extrema derecha en Europa señala a los inmigrantes árabes y africanos como el otro racial por excelencia. En todo caso, ciertas voces de extrema derecha en Alemania han defendido recientemente opiniones filosemitas, convirtiendo efectivamente a los judíos alemanes en miembros valorados de la «raza blanca» y afirmando que su inteligencia superior los convierte en contrapesos ideales para los inmigrantes morenos, supuestamente inferiores.

Herzog cita a Mathias Döpfner, director general del grupo Axel Springer, como una de las voces que ha pedido que Alemania se vuelva «más judía» en los últimos años. Hizo esta afirmación en un ensayo publicado un año después de los atentados del 7 de octubre en Israel, en el que elogiaba el elevado número de premios Nobel otorgados a judíos en comparación con el escaso número otorgado a musulmanes e hindúes. Aquí hay una notable diferencia con respecto al fascismo histórico, aunque, por supuesto, el antisemitismo sigue vivo y presente en muchos círculos de extrema derecha.

Lo que hace única a la visión de Herzog sobre el agitado sentimiento antimigrante actual es su enfoque en el sexo y la discapacidad. Herzog, una destacada estudiosa del tema de la política sexual durante el Tercer Reich, ha dedicado gran parte de su reciente investigación a la historia a largo plazo de los programas de «eutanasia» y esterilización forzada del Tercer Reich durante la Segunda Guerra Mundial. Esta guerra contra las personas con discapacidad incluyó el uso de las infames cámaras de gas de monóxido de carbono T4 para asesinar a los residentes de hogares de ancianos para discapacitados, así como decenas de miles de procedimientos de esterilización forzada llevados a cabo a personas consideradas racialmente no aptas. Se necesitaron décadas para que las personas con discapacidad de Alemania fueran reconocidas como víctimas del genocidio nazi, y solo recientemente los activistas por la discapacidad han logrado que se aprueben leyes que reconocen la autodeterminación de las personas con discapacidad.

La AfD parece empeñada en desmantelar las protecciones que los defensores de las personas con discapacidad han conseguido con tanto esfuerzo en las últimas dos décadas, especialmente en lo que se refiere a la educación inclusiva. Su retórica violentamente nacionalista se centra en el odio a la debilidad y la adoración de la fuerza bruta, y están obsesionados con la «inteligencia» y el coeficiente intelectual. Aunque, como señala Herzog, hay mucho resentimiento hacia las personas con discapacidad en la retórica de la extrema derecha estadounidense, el fascismo alemán parece tener una fijación única por el coeficiente intelectual como determinante de la ciudadanía.

En Estados Unidos, por el contrario, el fervor antiintelectual del Partido Republicano de Donald Trump se ha manifestado a menudo como odio hacia la educación pública y una alegre reivindicación de la estupidez por parte de sus políticos (lo cual no es un fenómeno nuevo, basta recordar a George W. Bush). Lo que conecta las versiones alemana y estadounidense del fascismo es un desprecio compartido por los ciudadanos improductivos, ya sean discapacitados, enfermos mentales, homosexuales o personas sin hijos.

Uno de los acontecimientos más preocupantes de los últimos años ha sido la generalización de ciertas ideas fascistas que antes se consideraban extintas, o al menos profundamente marginales. Esto incluye la obsesión de la AfD con la «remigración», una palabra elegante para referirse a la deportación masiva de migrantes y solicitantes de asilo de Alemania. Como nos dice Herzog: «Un efecto principal de la introducción de este concepto es que otros partidos políticos alemanes están debatiendo ahora qué migrantes son lo suficientemente trabajadores y están lo suficientemente integrados culturalmente como para que se les permita quedarse».

Cada vez más, los partidos de extrema derecha marcan los términos del debate, haciendo que los políticos moderados cedan ante los planteamientos fascistas mientras siguen creyendo que están ofreciendo una reprimenda. La productividad como medida de la ciudadanía es uno de esos marcos que vemos desarrollarse en muchos contextos diferentes en todo el mundo.

Históricamente hablando, esto se remonta al creciente resentimiento hacia las personas con discapacidad que se apoderó de Alemania en las décadas previas al Tercer Reich, cuando los llamamientos a la «eutanasia» de los alemanes discapacitados llevaron incluso a los supuestos moderados a ceder en la cuestión de la esterilización. La extremidad de estas propuestas de eutanasia llevó a los comentaristas moderados a parecer ecuánimes cuando propusieron la esterilización como solución al supuesto problema hereditario de la discapacidad. En el proceso, «ya antes de 1933 se había vuelto socialmente aceptable (y, para muchos, simplemente intuitivo e incluso moralmente correcto) expresar desprecio o desear invisibilizar a las personas con discapacidades intelectuales o enfermedades psiquiátricas».

En lo que respecta al «racismo sexy», Herzog nos recuerda que el fascismo alemán contemporáneo, al igual que su antecedente histórico, se centra principalmente en el sexo, y no solo en reprimirlo. El fascismo se basa en la incitación al placer que proviene de la ruptura colectiva de los tabúes, lo que da a los partidarios del régimen fascista una falsa sensación de poder a través de la indiscreción.

El racismo sexy describe «mensajes cargados de libido para movilizar el miedo, la indignación y la aversión o, alternativamente, para transmitir la emoción del dominio frente a diversas formas de vulnerabilidad racializada». Por su parte, la AfD «se deleita provocativamente en una sensualidad deliberada», desde carteles de campaña que muestran a mujeres blancas desnudas como víctimas potenciales de violencia sexual a manos de los migrantes, hasta vídeos que promueven la llamada «remigración» mostrando a mujeres blancas vestidas de forma sensual que asisten alegremente a un vuelo de deportación ficticio.

Herzog observa un cambio en el énfasis de este racismo cargado de libido en los últimos años, y sostiene que, entre 2019 y 2024, el alarmismo sexualizado ha dado paso a «una forma de fanfarronería total, en la que reina la Shadenfreude y, como dijo Adam Serwer sobre el trumpismo, «la crueldad es lo importante»». Continúa argumentando: «El mensaje secreto del fascismo a sus seguidores no es la represión. Al contrario, es un mensaje de permiso, de licencia e impunidad».

Me parece que este es el argumento más llamativo y persuasivo de Herzog, uno que ha defendido con fuerza a lo largo de su carrera, especialmente en su libro Sex After Fascism. El fascismo funciona porque ofrece algo en lugar de la democracia, la paz y la igualdad, algo que es capaz de alejar a la gente de la promesa de la creación y acercarla a la violencia de la destrucción, y eso es el placer en el dolor ajeno. Esto ayuda a explicar la vieja pregunta, planteada por tantos teóricos después de la Segunda Guerra Mundial, de cómo los ciudadanos de una democracia como la República de Weimar pudieron estar tan equivocados como para votar «en contra de sus propios intereses» y elegir a los nacionalsocialistas.

El miedo y la rabia, nos recuerda Herzog, no son una base afectiva suficiente para el fervor fascista: se necesitan «placeres de agresión, mezquindad y violencia» por parte de sus adeptos. Y debemos reconocer la «eficacia multifuncional tanto de la erotización de la supuesta superioridad como de la insistencia repetitiva en rejerarquizar el valor humano». 

Lo instructivo de Hunting Wives como artefacto del fascismo posmoderno no es su política, si es que tiene alguna, sino más bien su retrato de la transgresión sexual como puerta de entrada al fascismo. Sophie parece abandonar rápidamente su política progresista cuando se le da permiso para seguir sus impulsos más vergonzosos. Se bebe el proverbial Kool-Aid de sus amigos de derecha cuando empieza a encontrar «el placer en la crueldad», por citar a Herzog.

Aquí pienso en una fotografía de 1939 incluida en el libro de Herzog, que muestra a una pareja heterosexual en la playa abrazándose bajo una guirnalda de esvásticas. Ningún régimen anterior en la historia «se había propuesto de forma tan sistemática estimular y validar los deseos (hetero)sexuales, especialmente de los jóvenes, al tiempo que negaba precisamente que eso era lo que estaba haciendo». Este «estímulo desublimador para romper con la moderación y la tradición sirvió para vincular a los jóvenes emocionalmente, pero de forma aún más directa, al Estado».

Si solo pensamos en el autoritarismo de derecha en términos de represión —decirle a la gente lo que no puede hacer—, entonces perdemos la oportunidad de comprender, y con suerte desmantelar, los vínculos emocionales que guían el apoyo de muchas personas al fascismo contemporáneo. El «nuevo cuerpo fascista» es aquel que se deleita en romper las reglas, que se regodea en una prerrogativa antisocial para disfrutar a costa de los demás, que erotiza la superioridad y sexualiza la violencia, y no la izquierda acusada de libertinaje por estos autoritarios.




Si algo me dejó insatisfecha del libro de Herzog fue una imagen más clara de lo que podemos hacer con esta idea una vez que tenemos acceso a ella. ¿Cómo redirigimos las energías libidinales de los votantes con inclinaciones fascistas en Estados Unidos y en otros lugares? ¿Cómo fomentamos el placer en la comunidad y la creación frente al neoliberalismo destructivo? ¿Cómo desincentivamos la crueldad y promovemos el cuidado?


Fuente: JACOBIN

viernes, 13 de junio de 2025

Las guerras de género: una estrategia de poder

 

 Por Nuria Alabao   
      Periodista y doctora en Antropología Social. Investigadora de la Universitat de Barcelona especialista en el tratamiento de las cuestiones de género en las nuevas extremas derechas.

Las guerras de género constituyen herramientas altamente funcionales para lograr o sostener gobiernos, generar coaliciones o articular movimientos sociales de carácter reaccionario



El artículo que sigue es un fragmento adaptado de Las guerras de género. La política sexual de las derechas radicales, de Nuria Alabao.





     Las transformaciones en las relaciones de género desde los años setenta fueron uno de los elementos centrales del cambio en valores que consiguieron transformar algunas sociedades de manera radical. El movimiento de mujeres y las guerras culturales que desencadenaron estuvieron inextricablemente unidas. Las cuestiones relacionadas con el aborto, pero también con las disidencias sexuales —la homosexualidad, el SIDA y la reacción conservadora a los derechos de los homosexuales—, formaron parte de aquellas confrontaciones que se han prolongado hasta nuestros días[1].

Hoy hablamos de guerras de género como una especificidad de las guerras culturales que hace referencia a los conflictos políticos y culturales centrados en cuestiones de género y sexualidad, donde diferentes grupos e ideologías compiten por influir en las normas, las políticas y las percepciones públicas relacionadas con la identidad de género, la expresión de género, y los derechos sexuales. Estas contiendas se producen alrededor de temas como los derechos de las mujeres y las disidencias sexuales, la igualdad de género, el aborto, la educación sexual, y la representación de género en los medios y la cultura popular, e incluso podríamos hablar aquí de los debates sobre la violencia de género.


Manifestación del 8M de 2018 en Granada.

Estos conflictos giran alrededor de las luchas por el poder, la igualdad y el reconocimiento en un mundo que sigue redefiniendo lo que significa el género en el siglo XXI. Las guerras de género pueden ser funcionales a la lucha por el poder político de partidos y otros actores de la democracia representativa, pero pueden participar en ellas una miríada de actores diversos, algunos institucionales y otros movimentistas.

Las guerras de género son impulsadas muchas veces como reacción a cambios sociales y culturales que desafían las concepciones tradicionales de género y sexualidad. Pero no hay que olvidar que estos conflictos a menudo se convierten en campos de batalla que implican luchas más amplias por el poder, la autoridad moral y el control social, que reflejan posiciones políticas centrales para determinados actores[2]. Por tanto, en ellas no solo está en juego la lucha por determinados derechos y o medidas de reconocimiento simbólico, sino una lucha por el poder determinados proyectos políticos.

No deberíamos analizar estas cuestiones, pues, como si únicamente constituyesen una herramienta de agitación —aunque sin duda este aspecto es muy relevante— sino que se deben contemplar como parte central del proyecto político de muchos de estos actores antigénero: defender el orden de género tradicional sirve para apuntalar el actual régimen de desigualdad. Podemos hablar aquí entonces de cómo el género y la sexualidad tienen esta doble cualidad: pueden ser centrales para el proyecto de las derechas radicales pero también son usados profusamente de manera táctica[3]. Esto último, además, constituye un hecho definitorio de la propia evolución de estas derechas, en lo que reside buena parte de su «radicalización».


El líder de Vox, Santiago Abascal, en una concentración en Madrid en marzo de 2022.

Las guerras de género se convierten así en herramientas altamente funcionales para lograr o sostener gobiernos, generar coaliciones —entre religión y política o entre distintas religiones— o articular movimientos sociales de carácter reaccionario. Las cuestiones de género son óptimas a la hora de movilizar y agitar socialmente en momentos de desafección política. La sexualidad sirve porque permite construir fantasmas, crear apasionadas contiendas que desvían la atención de este mundo que se desmorona, generar identidad, condensar miedos y construir sobre las inseguridades vitales una dirección para vidas sin demasiado sentido, sobre todo colectivo.

De hecho, las cuestiones de género crean comunidades afectivas sobre las que sostenerse, y esto no se refiere únicamente a las comunidades formadas por disidencias sexuales o feministas sino también a las contrarias, a las que se construyen por oposición que también delimitan un nosotros. Este tipo de materias permiten construir un propósito social, un orden, una guía moral. El «odio» puede ser una cuestión identitaria. Pero ¿qué elementos están en juego en esta temática que concita una reacción tan visceral por parte de los actores ultras y, en general, de todo el espectro político?


Pánico moral


Las guerras de género no son nuevas. Gayle Rubin ya las describía en los años setenta como confrontaciones públicas donde las definiciones y valoraciones sobre las conductas sexuales eran objeto de luchas encarnizadas entre «los principales productores de ideología sexual —las iglesias, la familia, los medios de comunicación pública y los psiquiatras—» y los grupos contra los que se dirigen estas confrontaciones[4] (fundamentalmente los activistas). Para Rubin, estos eran los «momentos políticos» del sexo, en los que las pasiones desatadas relativas a cuestiones morales eran canalizadas hacia la acción política y de allí al cambio social.

Ejemplos históricos de estos «pánicos morales» se reconocen en la historia desde el origen de la Modernidad. Así, la histeria ante la esclavitud sexual blanca —la «trata de blancas»— de la década de 1880, las campañas anti-homosexuales de los años cincuenta o el pánico a la pornografía infantil de finales de la década de 1970, que ya intentaban vincular a los homosexuales con la pederastia[5].

El concepto de «pánico moral» fue utilizado por primera vez en relación con la cuestión homosexual[6] y es probablemente el ámbito en el que se han producido más campañas de este tipo. Pánicos morales son también los que se desataron contra la pornografía o la prostitución en los años ochenta del siglo XX por parte de la Nueva derecha, con ayuda de un sector del feminismo y que se denominaron «sex wars». En cualquier caso, como explica Jeffrey Weeks:


El pánico moral cristaliza temores y ansiedades muy extendidos y, a menudo, se enfrenta a ellos, no buscando las causas reales de los problemas y las características que muestran, sino desplazándolos a los «tipos diabólicos» de algún grupo social concreto —a menudo los «inmorales» o los «degenerados»—. La sexualidad ha jugado un papel particularmente importante en esos pánicos, y los «desviados» sexuales han sido los chivos expiatorios omnipresentes.[7]

Las actividades sexuales tienen la capacidad de condensar significantes relacionados con temores personales y sociales con los que no tienen por qué guardar relación intrínseca. Durante el estallido del pánico moral esos temores pueden relacionarse con alguna actividad o población sexual excluida o «marginal», consecuencia del sistema de estratificación sexual que organiza nuestro orden de género y proporciona blancos fáciles sobre colectivos sociales que, por lo general, carecen de herramientas para poder defenderse. El estigma contra los disidentes sexuales o las prostitutas los convierten en chivos expiatorios predilectos y moralmente indefendibles.

Este mecanismo opera normalmente de acuerdo con la siguiente secuencia: los medios de comunicación se indignan, la gente se comporta como una turba enfurecida, se activa a la policía y el Estado promulga leyes nuevas[8]. El pánico moral tiene consecuencias a dos niveles: la población objeto del mismo es la que más sufre, pero los cambios sociales y legales afectan al conjunto de la población[9].

En algunos ejemplos recientes se observa como la cuestión de la homosexualidad o la identidad de género son elementos centrales de esta tecnología del miedo. Así, hay municipios que se declaran «Zonas libres de personas LGTB» en Polonia, se despliega la campaña «contra el borrado de las mujeres» —lanzada en España desde un sector del feminismo transexcluyente para tratar de frenar la ley de autodeterminación de género— o se promulgan distintas leyes que prohíben hablar de homosexualidad a los niños en Hungría, Rusia y en algunos estados de EE. UU., como Florida.

Para activar estas campañas es necesario fabricar víctimas, al menos en el plano discursivo, lo que permite justificar las reacciones, ya sea en forma de nuevas leyes punitivas, de restricción de derechos o tratando de impedir avances legislativos. Como señala Rubin, por medio de la construcción de la víctima, cuestiones como la expresión de las disidencias sexuales, la prostitución, el porno o la educación sexual en las escuelas acaban por mostrarse como amenazas a la salud, la seguridad, las mujeres, los niños, la seguridad nacional, la familia o la civilización misma[10].

Las extremas derechas actuales son expertas en este tipo de instrumentación: emplean el escándalo, se mueven en los entretelones de los medios y de las presuntos «afectados», construyen a las víctimas —a menudo muy alejadas de las personas que realmente están en posiciones de mayor vulnerabilidad social— y se victimizan a sí mismos. De este modo, logran uno de los principales efectos buscados en las guerras culturales y logran invertir los términos del debate: las disidencias sexuales, que precisamente en un primer momento se unen para contrarrestar su posición de rechazo social, se convierten en poderosos lobbies que cancelan o censuran la libertad de expresión.

Las víctimas privilegiadas de la derecha son siempre los niños; y en relación con la infancia, la propia institución de la familia, siempre vinculada al «orden natural o divino inscrito en los sexos»; también, últimamente, las mujeres y su seguridad. Un buen ejemplo de esto son las «guerras de los baños» lanzadas contra las personas trans para que no puedan usar los lavabos que corresponden con su género[11]. En países de medio mundo, este tipo de narrativas se vinculan a la homosexualidad y a la pederastia. Este argumento recurrente muta hasta encontrarse con las virulentas guerras contra la adopción de parejas homosexuales o la educación sexual e igualitaria, esa que «sexualiza a nuestros pequeños» o «los deja a merced de los pederastas»,[12] al tiempo que la familia se disuelve junto con la autoridad paterna, mientras todo es crimen y caos a nuestro alrededor.

En este marco encajan también la mayoría de los ataques que se lanzan contra la «ideología de género» o los discursos con los que se defienden las prohibiciones del aborto en muchos países, especialmente en aquellos lugares donde este derecho está conquistando algo de terreno, como América Latina. De hecho, el antiabortismo es uno de los aglutinantes de la derecha radical a nivel internacional y el punto de apoyo de una lucha ideológica mucho más amplia y absolutamente decisiva: el grado de autonomía y de libertad sobre la capacidad reproductiva de las mujeres, que no sean obligadas a parir o ser madres, afecta al estatus social de todas las mujeres, aborten o no[13].


Sexualidad y estructura social


Sin embargo, hablar de género hoy implica ampliar algo la perspectiva. Los pánicos morales no se lanzan solo contra los homosexuales y la «degeneración sexual», sino contra todas las personas que promueven la desestabilización del orden de jerarquías entre hombres y mujeres. Si bien el enemigo se amplía, el mecanismo es parecido. La política atraviesa aquí las cuestiones del sexo y del cuerpo de una manera radical. Pero es importante detectar también las tendencias subyacentes.

Bajo la pantalla de los escándalos y los pánicos morales no podemos pasar por alto que, en la mayoría de casos, estas campañas son en reacción a avances concretos, legislativos y políticos, pero también a cambios culturales que difícilmente se pueden detener. El binario de género lleva décadas en proceso de desestabilización, al igual que avanza la secularización de la sociedad, y esto sucede en todo el mundo, no solo en Occidente. Esta es la razón por la que la Iglesia católica se ha activado de manera tan militante desde los años noventa es por y en contra de este mismo proceso. Al tiempo que la sociedad se seculariza, lo religioso tiende a radicalizarse y a convertirse en movimiento militante.

Por eso resulta inevitable preguntarse acerca de la potencia de estas guerras de género hoy y de su capacidad de detener o bloquear derechos sobre la base de construir un poder político. Justo ahora asistimos a un evidente momento de involución, tal y como se ha visto con la aprobación de legislaciones sobre el aborto en EE. UU. En 2022, cuarenta años después de la histórica sentencia Roe versus Wade de 1973, que legalizó de facto el aborto en ese país, el Tribunal Supremo de Estados Unidos la anuló. No obstante, la inmensa mayoría de los estadounidenses, un 70%, está en contra de su derogación[14].

Esto da cuenta del increíble poder del lobby antiabortista y el persistente peso de la derecha religiosa en ese país, hasta el extremo de que el estado de Lousiana, por ejemplo, ha intentado equiparar a efectos penales el aborto con un asesinato. Vemos aquí un ejemplo donde minorías influyentes —con dinero, bien situadas políticamente y muy movilizadas— han conseguido retrocesos importantes, mientras mayorías progresistas pero lábiles —no activistas— han sido incapaces de preservar derechos conquistados previamente. A pesar de todo, la inercia cultural del secularismo y de la aceptación social de estos derechos no ha retrocedido. Han ganado la batalla política pero no han cambiado la sociedad.

Existen otros ejemplos en los que la expresión de estos pánicos tiene terribles consecuencias. Es el caso, por ejemplo, del provocado por la llamada «crisis de refugiados», instrumentalizada para desencadenar el terror a la «invasión» de los migrantes, cuyo resultado se ha cifrado en un aumento de apoyo a las opciones de extrema derecha y el crecimiento de las actitudes y las políticas racistas. Las nuevas extremas derechas son realmente eficaces desencadenando y fabricando crisis y alimentándose de las consecuencias de las mismas. Ejemplo paradigmático de ello son los asaltos sexuales en Colonia a principios de 2017, de los cuales se culpó a los refugiados. El caso fue luego instrumentalizado, entre otros, por Marine Le Pen que pidió un referéndum para cerrar las fronteras: «Temo que la crisis migratoria señale el comienzo del fin de los derechos de las mujeres»[15].

La cuestión sexual tiene la capacidad de galvanizar elementos inaprensibles desde un punto de vista racional. Lo sexual es construido como un espacio donde se cruzan el orden reproductivo y el mandato del placer a toda costa del capitalismo tardío, tabús y sacralizaciones diversas, así como miedos de contaminación de la inocencia primigenia representada en la infancia. La cuestión sexual está aferrada de manera inseparable a los elementos culturales que han construido el sexo bien como algo sagrado, bien como un impulso irrefrenable —en el caso de los hombres—, bien como una amenaza encarnada en todos aquellos que desafían el orden reproductivo con sus «desviaciones» consideradas como aberraciones contra lo «natural».

Estas ideas sobre la sexualidad responden a un diseño de siglos dirigido a mantener en la subordinación a las mujeres, a garantizar las líneas sucesorias y las herencias, imprescindibles para la reproducción de las clases y del propio capitalismo. También conectan con el nacionalismo que se articula a partir de cuestiones demográficas y reproductivas: quién tiene derecho a reproducirse y quién no, es decir quién puede pertenecer de pleno derecho a la nación.

Las guerras de género tienen esta doble dimensión: por un lado, impactan en uno de los pilares del orden de género, es decir, de la estructura social y, por el otro, operan como activadores políticos capaces de generar un polo de energía militante en tiempos de cris

is y desafección que las han convertido en extremadamente útiles para la política contemporánea.

Notas:

[1] Rodgers, Daniel, Age of Fracture, Harvard University Press, 2012, p. 146.

[2] Las políticas antigénero como estrategia de poder han sido desarrolladas por Sonia Correa y el Observatorio de Sexualidad y Política en trabajos como Serrano-Amaya, F., Políticas antigénero en América Latina, Género y Política en América Latina, Brasil.

[3] Esta idea está desarrollada por Spierings, N. (2020). Why gender and sexuality are both trivial and pivotal in populist radical right politics. Right-wing populism and gender, 45-64.

[4] Rubin (1986), op. cit., p. 95-145.

[5] Ibídem.

[6] Ver Stan Cohen, Folk Devils and Moral Panics, Londres, MacGibbon & Kee, 1972, p. 9.

[7] Weeks, Jeffrey. Sex, Politics and Society: The Regulation of Sexuality Since 1800, New York. Longman, 1981, p. 19-20.

[8] Rubin (1986), op. cit., p. 95-145.

[9] Véase Spooner, Lysander, Vices Are Not Crimes: A Vindication of Moral Liberty, Cupertino, CA, Tanstaafl Press, 1977, p. 25-29

[10] Quizás se podría hablar aquí de cómo esto se entrecruza con una característica de la política actual –también la de izquierdas– muy centrada en la construcción de la figura de la víctima como principal vía de búsqueda de reconocimiento antes que la generación de conflicto, verdadero motor del cambio social.

[11] En 2016 Carolina del Norte promulgó una ley que impide que las personas trans usen aseos diferentes al sexo que figura en sus certificados de nacimiento y otros quince estados de EE. UU.. discutieron durante esos años proyectos parecidos mientras en institutos e universidades se daban agrias discusiones sobre el uso de esos espacios que trascendieron a los medios de comunicación y ocuparon la conversación política durante meses y que vuelven recurrentemente.

[12] Ver por ejemplo el trabajo de Patrick Wielowiejski, « Identitarian Gais and Threatening Queers, Or: How the Far Right Constructs New Chains of Equivalence», en Dietze, Gabriele & Roth, Julia, Right-Wing Populism and Gender: European Perspectives and Beyond, Alemania, Transcript, 2020, p. 135-147.

[13] Barrientos Violeta y Gimeno Beatriz, «Nuevas perspectivas en el debate sobre el aborto: el aborto libre como derecho», Revista Trasversales, nº 15, septiembre 2009.

[14] Al derogar la ley de 1973 pueden entrar en vigor las restrictivas leyes promulgadas por 26 estados que ya han sido aprobadas pero que permanecían sin efecto y otros estados también podrán aprobar nuevas prohibiciones.

[15] Le Pen, Marine, «Un référendum pour sortir de la crise migratoire», L’Opinion, 13 enero 2016.


Fuente: JACOBIN