Profesor
de Estudios
Culturales de la Universidad McMaster de Ontario, Canadá.
Cada
acto de violencia estatal se ha convertido en una forma de teatro
político, diseñado para transformar el miedo en consentimiento y el
sufrimiento en una prueba de poder
Stephen
Miller, el subdirector de gabinete de la Casa Blanca de Trump, es un
nacionalista blanco, como está bien documentado, y uno de los
arquitectos más influyentes de las políticas
racistas de
Trump. Miller se alinea desde hace tiempo con los medios de
comunicación de la extrema derecha y otras figuras extremistas. Su
abierta oposición a la DACA [Acción Diferida para los Llegados en
la Infancia, NdT] y sus llamadas a poner fin a la protección
temporal de las poblaciones predominantemente no-blancas revelan su
racismo profundamente arraigado.
Stephen Miller, asesor de seguridad nacional de la Casa Blanca.
Sus
ataques a los estudiantes internacionales, la educación superior,
los inmigrantes y a cualquiera que se niegue a aceptar su noción de
nacionalismo blanco y ciudadanía racializada manifiestan una
política de venganza en la que toda la fuerza del gobierno federal
deviene un arma arrojadiza contra la diferencia. Su intolerancia es
tan notoria que incluso varios miembros de su propia familia lo han
denunciado.
Actor
clave en este régimen de terrorismo estatal, racismo sistémico,
detenciones en masa, deportaciones y la criminalización del disenso,
Miller ha sido la fuerza motriz detrás de las políticas más
represivas de Trump. Durante el primer mandato de Trump fue él quien
ideó la prohibición de entrada a los musulmanes, la política de
separación de familias inmigrantes y los ataques contra la
ciudadanía por nacimiento en territorio estadounidense. Todo ello
tiene su origen en su manera de ver el mundo desacomplejadamente
supremacista y eugenicista.
En
el segundo mandato de Trump ha emergido como el arquitecto de medidas
todavía más draconianas, abogando por deportaciones en masa, la
abolición de la ciudadanía por nacimiento en territorio
estadounidense y la revocación de la ciudadanía naturalizada a
quienes escapen a su visión cristiana blanca de quién merece ser
llamado americano.
Manifestantes antiTrump en Portland disfrazados de ranas.
Jonathan
Blitzer, escribiendo para The
New Yorker,
subestima la profundidad de la ideología supremacista blanca de
Miller y su virulento odio hacia los inmigrantes cuando observa que
“la obsesión de Miller con restringir la inmigración y castigar a
los inmigrantes se ha convertido en la característica definitoria de
la Casa Blanca de Trump". Aunque el comentario de Blitzer se
hizo durante la primera presidencia de Trump, ahora es claro que
Miller ya era el principal arquitecto de un emergente estado
policial, un proyecto que desde entonces ha pasado a estar a la vista
de todos.
Bajo
su influencia la maquinaria del ICE se ha convertido en un
instrumento de miedo y terror racial. Los agentes de inmigración,
envalentonados por su retórica, han intimidado, detenido y
secuestrado a inmigrantes, a quienes están marcados por sus cuerpos
negros o marrones, cuya presencia misma es tratada como si fuese un
crimen en sí mismo. La política ha mutado en actuación, y el
discurso se ha transformado en un ritual.
Las
llamadas “operaciones de intervención” del ICE han escalado con
escalofriante precisión, con redadas en restaurantes, granjas y
puestos de trabajo por todo el país, con arrestos que en ocasiones
han excedido los dos mil diarios. Lo que comenzó como una
intervención administrativa ha metastatizado en una política de
intimidación y espectáculo, una calculada exhibición de poder
diseñada para criminalizar la vulnerabilidad y hacer que la
compasión sea sospechosa.
Esta
brutalidad orquestada se refleja no únicamente en la ideología de
Miller, sino también en su personalidad. Incluso sus antiguos
colegas lo describen como alguien insufrible, “descortés,
arrogante y consumido por un sentimiento de superioridad propia”,
como ha informado Yahoo
News. En el
distrito gubernamental era despreciado por muchos, cualquier
interacción con él, marcada por la condescendencia y el rencor. El
desdén que mostraba hacia los demás en una conversación espejaba
el desdén que ha codificado en ley. El carácter de Miller se ha
convertido en una política: la arrogancia se ha traducido en
autoritarismo, el desprecio, en crueldad, y su apetito por la
dominación, en el andamiaje de un estado policial.
El
ser mismo de Miller evoca la fría mecanización de la máquina, un
organismo que se ha vuelto contra sí mismo, que se mueve sin ritmo,
empatía o cortesía. Su presencia se siente como si hubiese sido el
resultado de la ingeniería: fría, cicatrizada y vacía, el cuerpo
convertido en un instrumento de mando. Es como si hubiese perdido
desde hace tiempo una guerra consigo mismo, una guerra contra la
vulnerabilidad, la imaginación y la capacidad de sentir, y que todo
lo que quedase es un hombre acorazado contra la vida misma.
El
psicólogo Wilhelm Reich habría reconocido en Miller los síntomas
clásicos de lo que denominó una “armadura del carácter”, el
caparazón psicológico formado por la represión y que se manifiesta
en el cuerpo como rigidez, tensión y la muerte de toda
espontaneidad. Sus movimientos son escasos, su voz, metálica, su
comportamiento ha sido drenado de calidez o ritmo. Éstos no son
meros manierismos: son las cicatrices visibles de una conciencia que
se ha cerrado herméticamente a toda empatía y petrificado por la
ideología.

El
autoritarismo de Miller no es sólo intelectual o político, es
somático, grabado en su postura misma, un cuerpo que se ha
convertido en su propia prisión, la expresión externa de una
desolación interna. Para Reich, el origen del problema “no
descansaba principalmente en los individuos, sino que era una
condición elaborada inflingida en la gente a través de las
instituciones del capitalismo.” Lo que Reich vio como un producto
social de la represión se convierte, en Miller, en una actuación
del mismo. Su rigidez ya no se oculta, se expone, se dramatiza y se
convierte en arma. Esta fusión de carácter y poder revela el núcleo
teatral de las políticas de Miller, y un temperamento autoritario
que prospera en la actuación, en convertir la brutalidad en un
espectáculo y el gobierno en un escenario para la dominación.
Esta
política de la performance no
era abstracta, era pedagógica, enseñaba a la nación a equiparar la
crueldad con la fuerza a través del espectáculo de las redadas y
las expulsiones. Y, con todo, estas redadas eran algo más que
ejercicios burocráticos de control, eran coreografías de terror y
dominación, escenificadas para instruir al público en la pedagogía
de la crueldad, el racismo y el odio a la democracia. Cada acto de
violencia estatal se ha convertido en una forma de teatro político,
diseñado para transformar el miedo en consentimiento y el
sufrimiento en una prueba de poder. La perversa idea de Miller se
basa en reconocer que el fascismo no aplica meramente la obediencia:
la escenifica.
Habiendo
perfeccionado el teatro de la violencia estatal, Miller pronto
extendió su alcance a otro campo: el reino del lenguaje mismo. La
política se convirtió en performance y
el discurso se convirtió en arma. A través de mentiras, metáforas
deshumanizantes y una retórica apocalíptica ha convertido la esfera
pública en un escenario para una política de venganza, un
espectáculo de violencia lingüística que normaliza el odio, nutre
el supremacismo blanco y hace que la crueldad no sea ya sólo
permisible, sino celebrada.
Miller
es también un anticomunista fanático, que emplea el término
“comunista” como un insulto contra cualquier crítico, político
o institución que desafíe las políticas autoritarias de Trump.
Todo ello quedó a la vista de cualquiera cuando se puso a
despotricar en la Union Station de Washington DC el pasado 20 de
agosto de 2025. Deteniéndose en una hamburguesería con el
vicepresidente J.D. Vance y el secretario de Defensa Pete Hegseth
durante una visita a las tropas de la Guardia Nacional, Miller cargó
con dureza contra los manifestantes que protestaban contra este trío
al declarar lo siguiente:
“Son
ellos los que han estado trabajando para el uno por ciento. Son
criminales, asesinos, violadores y narcotraficantes. Y estoy contento
de estar aquí porque yo, Pete y el vicepresidente vamos a abandonar
este lugar y, inspirados por ellos, vamos a sumar miles de recursos
más a esta ciudad para cazar a los criminales y expulsar a los
miembros de bandas. Vamos a desactivar estas redes, y vamos a
demostrar que la ciudad puede servir a los ciudadanos que respetan la
ley. No vamos a permitir a los comunistas destruir una gran ciudad
americana, no digamos ya la capital de la nación… Así que vamos a
ignorar a estos estúpidos hippies blancos, que necesitan volver a
casa y echarse una siesta porque tienen más de noventa años, y
volver para proteger al pueblo americano y a los ciudadanos de
Washington D.C.”
Aquí
el insulto “comunistas” no nombra una ideología, opera como un
epíteto, una letra escarlata de traición diseñada para
criminalizar la protesta y borrar el disenso mismo. La resurrección
de la retórica maccartista por parte de Miller también permea buena
parte de los ataques de Trump contra sus supuestos “enemigos
internos”. Estas diatribas iluminan cómo la retórica de Miller
fusiona el pánico moral con la estrategia política, convirtiendo la
propaganda en la cara pública de la represión.
Infame
por sus ataques rabiosos a los inmigrantes y, más recientemente, las
personas trans, Miller es, desde hace tiempo, el arquitecto
ideológico del fascismo de Trump. No sólo es un extremista
anti-inmigración, también es un nacionalista blanco. Poco
sorprendentemente, apoya como el que más el acaparamiento de poder
dictatorial de Trump y ha afirmado públicamente que “sólo a un
único partido debería estarle permitido ejercer el poder en EEUU.”
Añade que “el Partido Demócrata no es un partido político, es
una organización terrorista doméstica.”
Miller
también ha institucionalizado su visión reaccionaria a través de
la fundación America First Legal, una organización de extrema
derecha creada por él para convertir en arma arrojadiza contra las
políticas progresistas a los tribunales. Mediante un bombardeo de
demandas ha buscado desmantelar las protecciones de los derechos
civiles, atacar los programas de diversidad e inclusivos y hacer
retroceder los derechos duramente ganados por las mujeres, las
comunidades LGBTQ+ y las personas racializadas. De este modo, durante
la presidencia de Biden, Miller extendió su autoritarismo más allá
de la retórica y la política y le dio un músculo legal,
transformando la intolerancia en lawfare e
incorporando la ideología nacionalista blanca en la maquinaria del
Estado mismo.
El
racismo y nativismo de Miller animan los tres pilares entrelazados de
su proyecto. En primer lugar, insiste en que todos los inmigrantes
son criminales, aptos sólo para ser expulsados o encarcelados. En
segundo lugar, presenta el asalto a la inmigración como los
cimientos para la construcción de un Estado policial, uno que
erosiona la justicia, la verdad, la moral y la libertad mismas. En
tercer lugar, se ha convertido en una fuerza motriz en la guerra
contra la educación pública y superior, tachándolas de
“cancerígena cultura woke,
comunista” que “está destruyendo al país.” Este tipo de
lenguaje, que se hace eco del léxico trumpiano, es un código para
el desmantelamiento de las posibilidades críticas, inclusivas y
democráticas de la educación, la oportunidad de que diferentes
estudiantes puedan aprender, cuestionar y actuar como agentes
informados de una sociedad democrática.
Esta
misma lógica de purificación se extiende más allá de las
fronteras y del lenguaje; ha invadido los temarios de las aulas y los
claustros. Para Miller, las escuelas no han de cultivar la conciencia
crítica, sino instruir a los niños en el patriotismo, la reverencia
acrítica hacia América y la hostilidad hacia la “ideología
comunista”. Los detalles de este asalto pedagógico son
escalofriantemente familiares: la prohibición de libros, el
blanqueamiento de la historia para convertirla en una mitología
racista, la abolición de la pedagogía crítica, y el vaciamiento de
la capacidad para el pensamiento informado y ético. Lo que surge de
ello es una pedagogía de la represión que tiene sus raíces en la
crueldad, una pedagogía que busca borrar la memoria histórica,
extinguir los valores democráticos y transformar la educación en
una fábrica de adoctrinamiento.
El
discurso agresivo de Miller sobre cómo “los niños serán
enseñados a amar a América” podría haberse tomado por completo
de la cultura fascista de los años treinta. Bulle de fanatismo
ideológico, rabia deshumanizadora, ignorancia extasiante y rigidez
paranoica, aliñado el conjunto por un torrente de mentiras. El
espíritu enfebrecido de odio, mito y corrupción moral que encarna
no es meramente reminiscente del fascismo: es su reencarnación. De
lo que estamos siendo testimonios no es de una retórica política,
sino del lenguaje de purificación, secuestro, desaparición y
menosprecio que desbrozó antes el camino al Estado nazi.
Lo
que hace que la diatriba de Miller sea tan terrorífica no es
solamente su celebración de la pureza racial en esteroides, sino su
violento odio hacia la educación misma, el pensamiento, la reflexión
y la agencia moral. Miller desprecia cualquier institución o idea
capaz de producir conciencia crítica, coraje cívico o empatía
fundamentada en la responsabilidad por los demás. Sus palabras
apestan a miedo: miedo al conocimiento, miedo a la imaginación,
miedo a la justicia, miedo a la democracia. Encarna una fusión impía
de la furia racial de George Wallace y el celo propagandístico de
Joseph Goebbels, una figura cuyo fanatismo y odio convergen,
resucitando el fantasma del supremacismo blanco en su forma más pura
y vengativa.
El
nacionalismo tóxico de Miller —que tiene sus orígenes en el
supremacismo blanco y el furioso desprecio hacia cualquier cosa que
desafíe su visión de una “América sólo para los americanos
(blancos)”— se ha convertido en un modelo y una nota de permiso
para la próxima generación de extremistas de ultraderecha. Su
retórica proporciona una cobertura moral y una legitimidad
ideológica al creciente ejército de jóvenes MAGA que traducen su
dogma en fascismo abierto.
Recientemente Politico publicó
la filtración de un grupo de conversación entre dirigentes de
organizaciones juveniles Republicanas que se leían como el lado
oscuro del espejo del mundo tal y como lo ve Miller: diatribas
racistas completadas con chistes sobre cámaras de gas, esclavitud y
violaciones, declaraciones como “amo a Hitler” e insultos
describiendo a la población afroamericana como monos o “gente que
come melones”. En palabras de Jason Beeferman y Emily Ngo
en Politico,
“hablaban de violar a sus enemigos y empujarlos al suicidio y
elogiaban a los Republicanos que creían que apoyaban la esclavitud”.
Esto
es la barbarie hecha carne, una representación grotesca de la
crueldad camuflada de convicción, la ignorancia convertida en
ideología. Y lo que más debería alarmarnos es cómo esta retórica
fascista, otrora inimaginable, ahora circula abiertamente, validada,
amplificada y repetida en los más altos niveles del poder. En esta
atmósfera envenenada, el silencio ya no es neutral: se convierte en
complicidad. La corrosión de la cultura democrática avanza no con
el espectáculo de golpes o decretos, sino a través de algo más
lento y más insidioso: la normalización constante de la crueldad,
la evisceración de la verdad y la muerte de la conciencia disfrazada
de patriotismo. El terror que representa Miller no está limitado a
un hombre o una ideología. Ha devenido la gramática de un
movimiento político, el lenguaje compartido del autoritarismo en su
nueva forma estadounidense.
Las
implicaciones de la retórica de Miller van más allá de su propia
crueldad y revelan la maquinaria cultural que permite que este
barbarismo parezca algo cotidiano. Es crucial comprender que el
lenguaje y la política reaccionarias de Stephen Miller no pueden ser
despachadas como una cuestión de patología o temperamento personal.
Mientras su fanatismo, racismo y nacionalismo son inconfundibles, lo
que exige nuestra atención son las condiciones históricas y
políticas que han permitido a una persona así obtener poder, que
han dado a su vitriolo un atractivo de masas, y que han normalizado
su presencia, no simplemente como un operador político, sino como un
síntoma y un símbolo de la enfermedad más profunda que afecta al
organismo político estadounidense. Miller no es un celote individual
sin más: es un espejo sostenido frente a una nación que ha
cultivado desde hace tiempo el suelo en el que el autoritarismo echa
sus raíces.
Centrarse
en Miller, pues, es examinar una historia que revela una narrativa
mucho mayor, la muerte lenta de la idea –si no de la práctica–
de la democracia estadounidense. Miller es algo más que un agente
solitario en la contrarrevolución actual, es algo más que otro
extremista que trafica en lo que podría llamarse el delirio
apocalíptico. Miller representa la encarnación del siglo XXI del
sujeto fascista que ha perseguido a la historia de EEUU desde sus
comienzos, una figura nacida del miedo, del resentimiento y de la
transformación de la ignorancia en arma arrojadiza.
No
es simplemente un fanático MAGA que marca el comienzo de la fantasía
de Trump de un “Reich unificado”: él mismo es la encarnación de
lo que la nación está en riesgo de convertirse. Miller aparece como
síntoma y señal a un mismo tiempo, un espejo sostenido frente a la
decadencia moral y política que anida en el corazón de la vida
estadounidense. El fascismo no llega como una tormenta, desde fuera,
sino que germina en las sombras de las historias olvidadas, en
crueldades que no han sido reconocidas, en un silencio que confunde
equivocadamente la complicidad con la paz.
La
ideología de Miller no se lleva como un uniforme, está inscrita en
su cuerpo mismo, lo que Adorno llamó una segunda naturaleza o una
historia sedimentada, es la manera en que la dominación se infiltra
bajo la piel, convirtiendo la ideología en hábito, y el hábito, en
necesidad. Estas necesidades, lejos de ser naturales, son el
resultado de años de condicionamiento pedagógico y cultural, de
prácticas sociales que enseñan a la gente a desear su propia
servidumbre. Confrontarlas exige más que el despertar de la
conciencia crítica, demanda una pedagogía capaz de extraer los
sedimentos psicológicos y orgánicos a través de los cuales el
poder se reproduce. La liberación, si quiere ser duradera, debe
alcanzar no sólo la mente, sino el tuétano, debe educar el deseo
mismo.
La
presencia y la voz de Miller revelan mucho más que la muerte de la
conciencia: exponen la estafa de un futuro que está ya naciendo, un
futuro que debe nombrarse, comprenderse y resistirse antes de que se
convierta en nuestro destino colectivo. Los Estados Unidos de Miller
no son un destino, son una advertencia. Si esta advertencia se
convierte en una profecía autocumplida o en una memoria resistida
depende de si la conciencia puede encontrar aún su voz y si un
movimiento de masas de resistencia puede restaurar el poder del
coraje cívico en una nación que ha olvidado ambas.
Fuente:
El
Salto