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domingo, 5 de abril de 2026

El imperio se delata a sí mismo

 

   Periodista, socialista y poeta.


Lo que antes solo revelaban los denunciantes, los periodistas de investigación, los activistas y los medios disidentes, ahora lo muestra el propio imperio


     Antes era difícil hacer ver a los occidentales la depravación del imperio estadounidense. Ahora está ahí, ante los ojos de todos, con imágenes crudas de genocidio y un belicismo increíblemente perverso con consecuencias económicas directas.

Costó mucho trabajo ayudar al occidental medio a comprender que las agresiones de la OTAN provocaron activamente la guerra en Ucrania, o que el intervencionismo occidental desempeñó un papel fundamental en la violencia y el caos de Siria, o que la guerra económica de EE. UU. fue en gran parte responsable del sufrimiento de cubanos y venezolanos.

La bestialidad asesina del imperio se ocultaba tras capas de confusión, lo que permitía a los propagandistas presentar a la estructura de poder occidental como un testigo pasivo de los abusos de regímenes extranjeros.

Ahora los propagandistas tienen muy poco con lo que trabajar, por lo que esas confusiones ya no pueden tener lugar. No hay forma de presentar una escuela llena de niños volada por un doble ataque aéreo estadounidense como algo distinto de lo que es.

Hay un límite a la manipulación narrativa que se puede ejercer sobre imágenes de vídeo sin editar de un genocidio respaldado por Occidente que se desarrolla a la vista de todo el mundo, día tras día, desde hace años.

No hay forma de hacer propaganda para que los occidentales crean que quieren pagar mucho más dinero por el combustible y los alimentos.

Vi al exdiputado del Parlamento Europeo Luis Garicano quejándose en Twitter de que las acciones de Trump están haciendo que parezca que los izquierdistas han tenido razón todo este tiempo sobre el imperio estadounidense. Garicano decía lo siguiente:

«Muchos de nosotros, los europeos liberales, pasamos décadas rechazando la versión caricaturesca de Estados Unidos que tiene la extrema izquierda europea (todo es petróleo, imperialismo, enriquecerse a costa de otros) y luego llega una administración estúpida y representa esa caricatura a la perfección».

Toda la visión del mundo de Garicano depende de su capacidad para evitar reconocer la verdad obvia: que la llamada «extrema izquierda» siempre ha tenido razón, y que el imperio al que adora siempre ha sido malvado. Simplemente le cuesta cada vez más ocultar su verdadera naturaleza, precisamente por los males que ha intentado ocultar.

Todo se está revelando cada vez más. Cada vez es más transparente. Lo que antes hacían únicamente los denunciantes, los periodistas de investigación, los activistas y los medios disidentes, ahora lo hace el propio imperio, porque no se puede ocultar por mucho tiempo la verdad sobre algo tan maligno.

Un imperio que se mantiene unido gracias a las mentiras, la corrupción y una matanza sin fin nunca iba a pasar desapercibido. La brutalidad necesaria para dominar el planeta tenía que salir a la luz tarde o temprano.

«Que todo salga a la luz» ha sido mi plegaria por nuestro mundo desde hace muchos años. Ese deseo tan arraigado está ahora siendo escuchado, y la verdad resulta tan espantosa como se esperaba.

Que todo salga a la luz. Que todo lo que está oculto se haga visible. En el imperio. En nuestros gobiernos. En nuestra cultura. En nuestra comunidad. En nuestras relaciones interpersonales. En nosotros mismos.

Todo abuso se reduce, en última instancia, a una falta de visión clara. Los gobiernos pueden abusar de las personas porque el público no ve con claridad la dinámica de la corrupción y la tiranía; si realmente entendiera lo que sus líderes les están haciendo a ellos y a su mundo, se rebelaría violentamente.

La violencia doméstica y el abuso sexual en la familia solo pueden continuar cuando el resto de la comunidad no ve ni comprende lo que está haciendo el abusador.

Nuestras propias tendencias abusivas solo pueden persistir mientras nuestras respuestas al trauma y nuestros mecanismos de afrontamiento desadaptativos permanezcan ocultos en las sombras de nuestro subconsciente.

Todas estas dinámicas disfuncionales perderán su vigencia a medida que tomemos cada vez más conciencia de lo que realmente está sucediendo, tanto en nosotros mismos como en nuestro mundo. Las cosas parecen feas ahora porque la verdad es fea, pero solo cuando la verdad se revele podremos avanzar hacia la salud y la armonía como especie.

Si alguna vez has realizado un trabajo interior profundo sobre tu propia psicología, habrás visto cómo se desarrolla esto en tu propia experiencia personal. Puedes sanar tus heridas internas si eres capaz de reunir el valor para sumergirte en tu propia oscuridad y enfrentarte con una honestidad inquebrantable a las incómodas realidades que has estado evitando dentro de ti mismo a lo largo de toda tu vida —pero mantuviste esas cosas en el inconsciente por una razón.

Dan miedo. Son dolorosas. Son vergonzosas. Enfrentarlas puede parecer el fin del mundo. Sin embargo, solo sacándolas a la luz de la conciencia pueden verse plenamente, reconciliarse y sanarse.

El mundo entero es así. Los seres humanos, como colectivo, no podemos solucionar problemas que no vemos ni comprendemos con claridad.

Nuestros gobernantes dedican tanta energía a mantener operaciones de influencia, como la propaganda de los medios de comunicación, las operaciones psicológicas de Hollywood, la manipulación de algoritmos de Silicon Valley y el secretismo gubernamental, con el fin de obstaculizar nuestra visión clara y nuestra comprensión.

Pero ahora todo está saliendo a la luz. Cada vez se ve más.

Que las mentiras y las confusiones sigan desentrañándose. Que la verdad siga revelándose.


Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

miércoles, 11 de febrero de 2026

Contra el odio, políticas del encuentro

 

 Por Paco Cano   
      Integrante del Consejo asesor de  CTX y del Consejo asesor de  ACO (Acción contra el odio).


La convivencia no es un concepto abstracto. Se construye en las plazas, en el metro, en los espacios que habitamos juntos


Asamblea ciudadana convocada por el Sindicat de Llogateres de Barcelona, noviembre de 2025.

     El odio ya no es una anomalía ni un ruido de fondo. No vive en los márgenes ni se esconde en los extremos. El odio se ha instalado en el centro de nuestras vidas. Esa es la constatación incómoda que nos conduce a las I Jornadas Internacionales Ideas para combatir el odio. Hoy el odio es tendencia, agenda y atmósfera. Es el paisaje emocional que necesita el ultracapitalismo extractivo para seguir funcionando, mientras convierte en negocio el malestar que él mismo produce.

El odio contemporáneo no es espontáneo ni caótico. Tiene financiación, estrategia y manual de estilo.


Se puede fabricar y organizar el odio desde un despacho.

Cuenta con community managers, algoritmos complacientes, youtubers de guardia, fundaciones, asociaciones, ultras con camiseta deportiva, ultras con crucifijos, magnates con nombre propio y gobiernos que ya no disimulan. Circula con tanta eficacia por televisiones, redes y columnas de opinión que se ha disfrazado de sentido común.

La fórmula es conocida. Los poderes financieros generan desigualdad, cronifican la precariedad y, cuando la vida se vuelve incierta, alguien ofrece una explicación simplista. No es el sistema, es el otro, dicen. No es el de arriba, es el que viene de abajo. Así, el odio deja de ser un exabrupto y se convierte en pedagogía cotidiana.

Empieza como chiste, sigue como estereotipo, se fija como prejuicio y, cuando menos se espera, desemboca en exclusión, violencia y hasta genocidio. Frente a esa internacional bien organizada, seguimos reaccionando tarde y de manera aislada.

La justicia, por ejemplo, cumple una función imprescindible: proteger a quienes no pueden hacerlo solos. Sin tribunales que actúen, sin leyes que pongan límites claros al abuso y a la violencia, la democracia se quedaría sin suelo. Pero la ley llega cuando el daño ya está hecho, cuando la palabra se ha convertido en amenaza y la amenaza en señalamiento. El Código Penal actúa cuando el incendio ya ha prendido. Persigue el delito cuando ya se ha cometido, pero no impide que el odio circule ni que se reproduzca allí donde se fabrican los falsos culpables.

El periodismo digno también cumple una función clave. Contrasta, contextualiza, desmonta bulos, desactiva marcos tóxicos y explica lo que el odio simplifica hasta hacerlo irreconocible. Sin ese periodismo, el debate público se degrada y la mentira avanza sin resistencia. Por eso molesta; por eso se ha convertido en diana prioritaria. Las campañas de acoso no son una casualidad, son una estrategia. Si no puedes imponer tu relato, intenta silenciar al mediador.

Sería un error pensar que la lucha contra el odio se agota en la reacción. Combatirlo exige disputar la economía que lo produce, frenar el extractivismo que devora territorios y cuerpos, proteger la tierra y los bienes comunes, garantizar trabajo digno, vivienda y cuidados; derechos humanos fundamentales. Porque el odio se gesta en la precariedad normalizada, la inseguridad habitacional, la desafección democrática y la sensación de desprotección. De ahí la urgencia de un humanismo extendido, que no seleccione quién merece dignidad, y de un humanismo ecológico que entienda que no hay justicia social sin justicia ambiental. Defender la vida, toda la vida, es hoy el gesto político más radical.


Discursos de odio y cómo podemos combatirlos.

Pero una vez germinado, ese odio se reproduce y expande en relatos, en miedos, en relaciones que no se construyen, en decidir a quién incluimos en esos derechos, a quién excluimos del común y de lo público y a quién dejamos fuera del “nosotros”. Es decir, en lo cultural; en el mundo que creamos entre todas.

Por eso, urge combinar luchas materiales con luchas simbólicas, porque ninguna batalla cultural se sostiene si ignora las condiciones materiales de la vida y viceversa. No hay convivencia posible sobre la precariedad crónica, ni democracia que resista cuando la existencia se vuelve un ejercicio de supervivencia. Y ahí la educación es central. Una educación que no puede limitarse a transmitir contenidos; tiene que formar criterio. Alfabetización mediática, educación digital, capacidad para leer críticamente los discursos y para detectar la manipulación emocional. La UNESCO lo advierte desde hace años con claridad. Frente al odio no basta con prohibir palabras. Hay que construir valores, generar sentido y sostener el pensamiento autónomo en el tiempo. Es una inversión democrática lenta, sí, pero decisiva.

Junto a una revolución educativa, hacen falta políticas del encuentro. Espacios donde las personas puedan mirarse, escucharse y reconocerse más allá de las etiquetas. Barrios vivos, proyectos comunitarios, cultura compartida, experiencias donde el otro deje de ser una abstracción y recupere un rostro, una voz, una historia. La convivencia no es un concepto abstracto. Se construye en las plazas, en el metro, en los espacios que habitamos juntos. El odio, en cambio, necesita distancia, virtualidad y aislamiento. Funciona mejor cuando el otro es una categoría difusa, un perfil sin cuerpo. Por eso las políticas del vínculo, del encuentro y de la cooperación son también políticas contra el odio.

La cultura es, igualmente, decisiva. Esa manera en la que creamos y recreamos el mundo debe ser una fábrica de relatos capaces de ensanchar la mirada. En la literatura, la música, el cine, las artes escénicas, las fiestas populares y la cultura comunitaria se ensayan formas de estar juntos que desactivan la lógica del enfrentamiento. No porque la cultura deba ser moralizante o didáctica, sino porque introduce complejidad donde el odio exige consignas simples. Abrir preguntas incómodas, sembrar dudas, romper certezas. Gestos aparentemente frágiles que son, en realidad, profundamente transformadores.

Las batallas culturales no son guerras de consignas ni propaganda disfrazada, sino un trabajo paciente y colectivo para disputar el sentido común. Buscan construir narrativas distintas, formas de vivir juntos donde la democracia no sea solo norma escrita, sino experiencia cotidiana. No se trata de ganar tertulias u ocupar el ruido mediático. Es disputar el espacio donde se fabrican certezas básicas, porque las ultraderechas avanzan no solo gritando más, sino logrando que otros dejen de creer que existen alternativas reales. There is no alternative, proclamaba Thatcher. Cuando el “no hay alternativa” se instala como sentido común, el autoritarismo ya ha ganado media partida. Frente a eso, educación, convivencia, cultura y conciencia ciudadana aparecen como infraestructuras democráticas imprescindibles, herramientas con las que volver a abrir el horizonte y recordar que siempre hay alternativas. Otro mundo es posible.

Sin embargo, nada de esto funcionará peleando en solitario. El odio se alimenta de la fragmentación y la soledad, por eso la respuesta solo puede ser colectiva. El odio opera en red y solo puede combatirse en red.

Frente a la “internacional del odio”, como la nombra Juan José Tamayo, urge levantar una internacional alternativa. Una red amplia, diversa, transnacional y transversal, capaz no solo de resistir, sino de proponer. No solo de reaccionar, sino de anticipar. Una alianza que siembre comunidad, que teja vínculos duraderos y que se atreva a sostener un humanismo radical que no se conforme con proclamar derechos, sino que baje a la raíz de las condiciones materiales, culturales y simbólicas que hacen posible una vida digna.


La España del odio - Malagón.

La guerra cultural es el plano cero, el terreno donde se juega cualquier proceso emancipador. La democracia se defiende, sobre todo, en las aulas, en los barrios, en los mercados, en los bares, en los autobuses y en los relatos que atraviesan nuestra vida cotidiana.

Ahí se decide si la convivencia se fortalece o si el miedo avanza. Combatir el odio no es únicamente señalar culpables, es recuperar la pregunta esencial de quiénes somos y cómo queremos vivir juntos. Porque frente al odio organizado, la única respuesta a la altura de nuestro tiempo es reconstruir vínculos, recuperar lo común y volver a creer que otra forma de vivir es posible.



Fuente: Ctxt



martes, 10 de febrero de 2026

La organización anti-ICE en Estados Unidos y las contra-instituciones basadas en el cuidado

 

      Escritora, educadora cultural y directora ejecutiva del Proyecto de Desarrollo del Poder Musulmán.


Las redes de respuesta rápida y la ayuda mutua no son caridad; son infraestructura compartida para el cuidado colectivo y la supervivencia

     El panorama político de Estados Unidos —y nuestras vidas cotidianas— están cada vez más moldeados por la represión y la violencia, amplificadas por un ciclo mediático diseñado para mantenernos con miedo en el presente, inciertos sobre el futuro y agotados. El cansancio no es un efecto secundario de este sistema: es una de sus herramientas fundamentales.




En la era del agotamiento, resistencias compartidas

El año pasado, escribí que los ataques de Donald Trump estaban diseñados para agotarnos. Durante el último año, he visto a las comunidades construir movimientos y adaptar su organización bajo esta realidad. La administración Trump y las instituciones alineadas con ella —incluyendo el Proyecto 2025— han llevado esta estrategia a sus límites. El caos destinado a quebrantarnos, sin embargo, ha revelado lo que realmente cuesta —mental y físicamente— vivir dentro de un sistema construido sobre la crisis y el desgaste.




Las comunidades no han respondido con una mejora de las estrategias individuales, sino que  han cambiado la forma en la que se lleva a cabo la resistencia: se han alejado del mito del activista-héroe solitario y se ha evolucionado hacia una resistencia compartida. Como nos enseñó Grace Lee Boggs, “los movimientos nacen de conexiones críticas, más que de masa crítica”.


Un manifestante grita durante una Marcha de Veteranos en el National Mall el 14 de marzo de 2025, en Washington, DC.

El agotamiento político ha adquirido un nuevo significado, y ya no se trata de una lucha personal, sino de una lucha en un terreno compartido —producido por sistemas opresivos y que requiere respuesta colectiva. La pregunta ha pasado de: ‘¿Cuánto más podemos cargar?’ a ‘¿Qué hay que cambiar para que menos personas tengan que cargar tanto?’.

Como nos recuerda adrienne maree brown: “Lo que practicamos a pequeña escala establece el patrón para todo el sistema”. Organizadores y vecinos han expandido estrategias de cuidado, educación política y acción colectiva, arraigadas en la experiencia vivida y reconstruidas repetidamente en respuesta a la escalada de violencia estatal y los cambios abruptos de políticas.

Las respuestas conjuntas a la violencia estatal

Los círculos de aprendizaje surgieron no como grupos de estudio abstractos, sino como espacios de preparación colectiva. A través de comunidades, campus y movimientos —desde Intro to Worldbuilding, un espacio de aprendizaje reflexivo contínuo ofrecido por Resonance Network; hasta las enseñanzas organizadas por estudiantes a través de Students for Justice in Palestine; hasta la educación política moldeada por Critical Resistance e Interrupting Criminalization— espacios descentralizados que se han convertido en sitios de análisis político local y global.


Kashish Ali compra alimentos antes de llenar un refrigerador comunitario One Love, el 15 de noviembre de 2025, en Brooklyn, Nueva York.

Los participantes han examinado la complicidad de Estados Unidos  en la violencia internacional, han rastreado la represión de la disidencia estudiantil y los movimientos de protesta, y han situado las luchas presentes dentro de historias más largas y transnacionales de resistencia.

Más que compartir información, se ayuda a las personas a pensar juntas y determinar qué se exigirá en los próximos años. En momentos diseñados para confundir y abrumar, el análisis compartido se ha convertido en una forma de poder que permite moldear respuestas a la violencia estatal. En ciudades que enfrentan intensas redadas contra los y las migrantes, las comunidades y sus aliados han conseguido construir redes de respuesta rápida para proteger a los y las vecinas señalados por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). Voluntarios y voluntarias se han organizado para acompañar a los vecinos a los tribunales y les han ayudado con el apoyo legal; en las redes de ayuda mutua se han hecho circular materiales informativos sobre derechos y se ha proporcionado comida, ropa y otros artículos esenciales.

Todo esto no ha sido fruto de la caridad. Han sido las contra-instituciones, aquellas infraestructuras diseñada para mantener a las personas conectadas, informadas, cuidadas y protegidas en un sistema construido para fragmentarlas y aislarlas.

Esto  también se ha extendido al cuidado de la salud. El ICE ha cercado clínicas y hospitales —lo que ha llevado a muchas personas a tener que posponer cirugías, evitar la atención urgente o a renunciar al apoyo prenatal—. Frente a esto, miembros de la comunidad y trabajadores de la salud han intervenido y han coordinado sistemas de escolta hacia las clínicas, han organizado transportes y han conectado a pacientes con entornos de atención seguros, llenando los vacíos dejados por el miedo, la criminalización y el abandono estatal. Esto es lo que exige el marco de la desigualdad: colectividad, coordinación y compromiso para mantenernos seguros unos a otros.


Agentes federales detienen a una mujer embarazada de nueve meses tras salir de una audiencia judicial en el tribunal de inmigración del Edificio Federal Jacob K. Javitz de la ciudad de Nueva York.

Resistir a lo que viene

Sigo volviendo a imágenes de campus universitarios repartidos por todo el país, en el contexto de la liberación palestina. Los estudiantes comenzaron a integrar el cuidado y el descanso en la arquitectura de sus movimientos —no como algo secundario, sino como estrategia—. Había equipos médicos haciendo guardias; y los voluntarios y voluntarias de bienestar y cuidado infantil hicieron posible una participación más amplia. Los y las organizadoras trataron el sueño, la comida y la regulación emocional no como lujos,sino como condiciones para proteger la plenitud de nuestra humanidad y nuestra capacidad de permanecer en la lucha. La tarea ahora no es brillar más o más rápido, sino construir la capacidad colectiva para resistir a lo que viene.

Esa misma lógica es visible más allá de las puertas del campus. En Minnesota, en medio de la intensificación de los ataques federales contra la población migrante, Stand With Minnesota se ha convertido en un centro dirigido por voluntarios que organiza ayuda mutua, recursos legales y respuesta colectiva, al tiempo que ofrece un punto de acceso para quienes enfrentan la aplicación de la ley y para quienes buscan apoyarlos.

En Chicago, The Love Fridge, fundado durante la pandemia de COVID-19, continúa abordando el acceso a alimentos y la inequidad a través de una red de refrigeradores comunitarios gratuitos, redirigiendo alimentos comestibles lejos de los vertederos y hacia vecindarios que sufren el apartheid alimentario. Lo que comenzó como respuesta de emergencia ha perdurado como infraestructura cotidiana, vinculando supervivencia, daño ambiental y responsabilidad colectiva. A través de estos contextos, el cuidado no se enmarca como caridad o bienestar personal, sino como una estrategia diseñada para reducir daños, sostener la participación y hacer posible la resistencia. 

Nuestra resistencia debe moldearse para lo que viene: un sistema que se desliza hacia el autoritarismo abierto, la normalización de la violencia masiva y una represión que ya no es episódica, sino continua. Este último año ha dejado algo innegablemente claro: este sistema está diseñado para agotarnos —a nosotros y a los  movimientos. Lo más subversivo que podemos hacer es negarnos a desaparecer. Negarnos a que nuestra capacidad de imaginar la liberación desaparezca. La pregunta ahora no es cuánto más podemos exigirnos, o cuánto tiempo podemos sobrevivir en aislamiento, sino si podemos construir la capacidad de aguantar —de cuidarnos y protegernos los unos a los otros— porque todo lo que viene depende de ello.


Fuente: El Salto

martes, 2 de diciembre de 2025

Stephen Miller y el proceso de creación del sujeto fascista

 

 Por Henry A. Giroux     
      Profesor de Estudios Culturales de la Universidad McMaster de Ontario, Canadá.



Cada acto de violencia estatal se ha convertido en una forma de teatro político, diseñado para transformar el miedo en consentimiento y el sufrimiento en una prueba de poder



     Stephen Miller, el subdirector de gabinete de la Casa Blanca de Trump, es un nacionalista blanco, como está bien documentado, y uno de los arquitectos más influyentes de las políticas racistas de Trump. Miller se alinea desde hace tiempo con los medios de comunicación de la extrema derecha y otras figuras extremistas. Su abierta oposición a la DACA [Acción Diferida para los Llegados en la Infancia, NdT] y sus llamadas a poner fin a la protección temporal de las poblaciones predominantemente no-blancas revelan su racismo profundamente arraigado.


Stephen Miller, asesor de seguridad nacional de la Casa Blanca.

Sus ataques a los estudiantes internacionales, la educación superior, los inmigrantes y a cualquiera que se niegue a aceptar su noción de nacionalismo blanco y ciudadanía racializada manifiestan una política de venganza en la que toda la fuerza del gobierno federal deviene un arma arrojadiza contra la diferencia. Su intolerancia es tan notoria que incluso varios miembros de su propia familia lo han denunciado.

Actor clave en este régimen de terrorismo estatal, racismo sistémico, detenciones en masa, deportaciones y la criminalización del disenso, Miller ha sido la fuerza motriz detrás de las políticas más represivas de Trump. Durante el primer mandato de Trump fue él quien ideó la prohibición de entrada a los musulmanes, la política de separación de familias inmigrantes y los ataques contra la ciudadanía por nacimiento en territorio estadounidense. Todo ello tiene su origen en su manera de ver el mundo desacomplejadamente supremacista y eugenicista.

En el segundo mandato de Trump ha emergido como el arquitecto de medidas todavía más draconianas, abogando por deportaciones en masa, la abolición de la ciudadanía por nacimiento en territorio estadounidense y la revocación de la ciudadanía naturalizada a quienes escapen a su visión cristiana blanca de quién merece ser llamado americano.


Manifestantes antiTrump en Portland disfrazados de ranas.

Jonathan Blitzer, escribiendo para The New Yorker, subestima la profundidad de la ideología supremacista blanca de Miller y su virulento odio hacia los inmigrantes cuando observa que “la obsesión de Miller con restringir la inmigración y castigar a los inmigrantes se ha convertido en la característica definitoria de la Casa Blanca de Trump". Aunque el comentario de Blitzer se hizo durante la primera presidencia de Trump, ahora es claro que Miller ya era el principal arquitecto de un emergente estado policial, un proyecto que desde entonces ha pasado a estar a la vista de todos.

Bajo su influencia la maquinaria del ICE se ha convertido en un instrumento de miedo y terror racial. Los agentes de inmigración, envalentonados por su retórica, han intimidado, detenido y secuestrado a inmigrantes, a quienes están marcados por sus cuerpos negros o marrones, cuya presencia misma es tratada como si fuese un crimen en sí mismo. La política ha mutado en actuación, y el discurso se ha transformado en un ritual.

Las llamadas “operaciones de intervención” del ICE han escalado con escalofriante precisión, con redadas en restaurantes, granjas y puestos de trabajo por todo el país, con arrestos que en ocasiones han excedido los dos mil diarios. Lo que comenzó como una intervención administrativa ha metastatizado en una política de intimidación y espectáculo, una calculada exhibición de poder diseñada para criminalizar la vulnerabilidad y hacer que la compasión sea sospechosa.

Esta brutalidad orquestada se refleja no únicamente en la ideología de Miller, sino también en su personalidad. Incluso sus antiguos colegas lo describen como alguien insufrible, “descortés, arrogante y consumido por un sentimiento de superioridad propia”, como ha informado Yahoo News. En el distrito gubernamental era despreciado por muchos, cualquier interacción con él, marcada por la condescendencia y el rencor. El desdén que mostraba hacia los demás en una conversación espejaba el desdén que ha codificado en ley. El carácter de Miller se ha convertido en una política: la arrogancia se ha traducido en autoritarismo, el desprecio, en crueldad, y su apetito por la dominación, en el andamiaje de un estado policial.

El ser mismo de Miller evoca la fría mecanización de la máquina, un organismo que se ha vuelto contra sí mismo, que se mueve sin ritmo, empatía o cortesía. Su presencia se siente como si hubiese sido el resultado de la ingeniería: fría, cicatrizada y vacía, el cuerpo convertido en un instrumento de mando. Es como si hubiese perdido desde hace tiempo una guerra consigo mismo, una guerra contra la vulnerabilidad, la imaginación y la capacidad de sentir, y que todo lo que quedase es un hombre acorazado contra la vida misma.

El psicólogo Wilhelm Reich habría reconocido en Miller los síntomas clásicos de lo que denominó una “armadura del carácter”, el caparazón psicológico formado por la represión y que se manifiesta en el cuerpo como rigidez, tensión y la muerte de toda espontaneidad. Sus movimientos son escasos, su voz, metálica, su comportamiento ha sido drenado de calidez o ritmo. Éstos no son meros manierismos: son las cicatrices visibles de una conciencia que se ha cerrado herméticamente a toda empatía y petrificado por la ideología.




El autoritarismo de Miller no es sólo intelectual o político, es somático, grabado en su postura misma, un cuerpo que se ha convertido en su propia prisión, la expresión externa de una desolación interna. Para Reich, el origen del problema “no descansaba principalmente en los individuos, sino que era una condición elaborada inflingida en la gente a través de las instituciones del capitalismo.” Lo que Reich vio como un producto social de la represión se convierte, en Miller, en una actuación del mismo. Su rigidez ya no se oculta, se expone, se dramatiza y se convierte en arma. Esta fusión de carácter y poder revela el núcleo teatral de las políticas de Miller, y un temperamento autoritario que prospera en la actuación, en convertir la brutalidad en un espectáculo y el gobierno en un escenario para la dominación.

Esta política de la performance no era abstracta, era pedagógica, enseñaba a la nación a equiparar la crueldad con la fuerza a través del espectáculo de las redadas y las expulsiones. Y, con todo, estas redadas eran algo más que ejercicios burocráticos de control, eran coreografías de terror y dominación, escenificadas para instruir al público en la pedagogía de la crueldad, el racismo y el odio a la democracia. Cada acto de violencia estatal se ha convertido en una forma de teatro político, diseñado para transformar el miedo en consentimiento y el sufrimiento en una prueba de poder. La perversa idea de Miller se basa en reconocer que el fascismo no aplica meramente la obediencia: la escenifica.

Habiendo perfeccionado el teatro de la violencia estatal, Miller pronto extendió su alcance a otro campo: el reino del lenguaje mismo. La política se convirtió en performance y el discurso se convirtió en arma. A través de mentiras, metáforas deshumanizantes y una retórica apocalíptica ha convertido la esfera pública en un escenario para una política de venganza, un espectáculo de violencia lingüística que normaliza el odio, nutre el supremacismo blanco y hace que la crueldad no sea ya sólo permisible, sino celebrada.

Miller es también un anticomunista fanático, que emplea el término “comunista” como un insulto contra cualquier crítico, político o institución que desafíe las políticas autoritarias de Trump. Todo ello quedó a la vista de cualquiera cuando se puso a despotricar en la Union Station de Washington DC el pasado 20 de agosto de 2025. Deteniéndose en una hamburguesería con el vicepresidente J.D. Vance y el secretario de Defensa Pete Hegseth durante una visita a las tropas de la Guardia Nacional, Miller cargó con dureza contra los manifestantes que protestaban contra este trío al declarar lo siguiente:

Son ellos los que han estado trabajando para el uno por ciento. Son criminales, asesinos, violadores y narcotraficantes. Y estoy contento de estar aquí porque yo, Pete y el vicepresidente vamos a abandonar este lugar y, inspirados por ellos, vamos a sumar miles de recursos más a esta ciudad para cazar a los criminales y expulsar a los miembros de bandas. Vamos a desactivar estas redes, y vamos a demostrar que la ciudad puede servir a los ciudadanos que respetan la ley. No vamos a permitir a los comunistas destruir una gran ciudad americana, no digamos ya la capital de la nación… Así que vamos a ignorar a estos estúpidos hippies blancos, que necesitan volver a casa y echarse una siesta porque tienen más de noventa años, y volver para proteger al pueblo americano y a los ciudadanos de Washington D.C.”

Aquí el insulto “comunistas” no nombra una ideología, opera como un epíteto, una letra escarlata de traición diseñada para criminalizar la protesta y borrar el disenso mismo. La resurrección de la retórica maccartista por parte de Miller también permea buena parte de los ataques de Trump contra sus supuestos “enemigos internos”. Estas diatribas iluminan cómo la retórica de Miller fusiona el pánico moral con la estrategia política, convirtiendo la propaganda en la cara pública de la represión.

Infame por sus ataques rabiosos a los inmigrantes y, más recientemente, las personas trans, Miller es, desde hace tiempo, el arquitecto ideológico del fascismo de Trump. No sólo es un extremista anti-inmigración, también es un nacionalista blanco. Poco sorprendentemente, apoya como el que más el acaparamiento de poder dictatorial de Trump y ha afirmado públicamente que “sólo a un único partido debería estarle permitido ejercer el poder en EEUU.” Añade que “el Partido Demócrata no es un partido político, es una organización terrorista doméstica.”

Miller también ha institucionalizado su visión reaccionaria a través de la fundación America First Legal, una organización de extrema derecha creada por él para convertir en arma arrojadiza contra las políticas progresistas a los tribunales. Mediante un bombardeo de demandas ha buscado desmantelar las protecciones de los derechos civiles, atacar los programas de diversidad e inclusivos y hacer retroceder los derechos duramente ganados por las mujeres, las comunidades LGBTQ+ y las personas racializadas. De este modo, durante la presidencia de Biden, Miller extendió su autoritarismo más allá de la retórica y la política y le dio un músculo legal, transformando la intolerancia en lawfare e incorporando la ideología nacionalista blanca en la maquinaria del Estado mismo.

El racismo y nativismo de Miller animan los tres pilares entrelazados de su proyecto. En primer lugar, insiste en que todos los inmigrantes son criminales, aptos sólo para ser expulsados o encarcelados. En segundo lugar, presenta el asalto a la inmigración como los cimientos para la construcción de un Estado policial, uno que erosiona la justicia, la verdad, la moral y la libertad mismas. En tercer lugar, se ha convertido en una fuerza motriz en la guerra contra la educación pública y superior, tachándolas de “cancerígena cultura woke, comunista” que “está destruyendo al país.” Este tipo de lenguaje, que se hace eco del léxico trumpiano, es un código para el desmantelamiento de las posibilidades críticas, inclusivas y democráticas de la educación, la oportunidad de que diferentes estudiantes puedan aprender, cuestionar y actuar como agentes informados de una sociedad democrática.

Esta misma lógica de purificación se extiende más allá de las fronteras y del lenguaje; ha invadido los temarios de las aulas y los claustros. Para Miller, las escuelas no han de cultivar la conciencia crítica, sino instruir a los niños en el patriotismo, la reverencia acrítica hacia América y la hostilidad hacia la “ideología comunista”. Los detalles de este asalto pedagógico son escalofriantemente familiares: la prohibición de libros, el blanqueamiento de la historia para convertirla en una mitología racista, la abolición de la pedagogía crítica, y el vaciamiento de la capacidad para el pensamiento informado y ético. Lo que surge de ello es una pedagogía de la represión que tiene sus raíces en la crueldad, una pedagogía que busca borrar la memoria histórica, extinguir los valores democráticos y transformar la educación en una fábrica de adoctrinamiento.

El discurso agresivo de Miller sobre cómo “los niños serán enseñados a amar a América” podría haberse tomado por completo de la cultura fascista de los años treinta. Bulle de fanatismo ideológico, rabia deshumanizadora, ignorancia extasiante y rigidez paranoica, aliñado el conjunto por un torrente de mentiras. El espíritu enfebrecido de odio, mito y corrupción moral que encarna no es meramente reminiscente del fascismo: es su reencarnación. De lo que estamos siendo testimonios no es de una retórica política, sino del lenguaje de purificación, secuestro, desaparición y menosprecio que desbrozó antes el camino al Estado nazi.

Lo que hace que la diatriba de Miller sea tan terrorífica no es solamente su celebración de la pureza racial en esteroides, sino su violento odio hacia la educación misma, el pensamiento, la reflexión y la agencia moral. Miller desprecia cualquier institución o idea capaz de producir conciencia crítica, coraje cívico o empatía fundamentada en la responsabilidad por los demás. Sus palabras apestan a miedo: miedo al conocimiento, miedo a la imaginación, miedo a la justicia, miedo a la democracia. Encarna una fusión impía de la furia racial de George Wallace y el celo propagandístico de Joseph Goebbels, una figura cuyo fanatismo y odio convergen, resucitando el fantasma del supremacismo blanco en su forma más pura y vengativa.

El nacionalismo tóxico de Miller —que tiene sus orígenes en el supremacismo blanco y el furioso desprecio hacia cualquier cosa que desafíe su visión de una “América sólo para los americanos (blancos)”— se ha convertido en un modelo y una nota de permiso para la próxima generación de extremistas de ultraderecha. Su retórica proporciona una cobertura moral y una legitimidad ideológica al creciente ejército de jóvenes MAGA que traducen su dogma en fascismo abierto.

Recientemente Politico publicó la filtración de un grupo de conversación entre dirigentes de organizaciones juveniles Republicanas que se leían como el lado oscuro del espejo del mundo tal y como lo ve Miller: diatribas racistas completadas con chistes sobre cámaras de gas, esclavitud y violaciones, declaraciones como “amo a Hitler” e insultos describiendo a la población afroamericana como monos o “gente que come melones”. En palabras de Jason Beeferman y Emily Ngo en Politico, “hablaban de violar a sus enemigos y empujarlos al suicidio y elogiaban a los Republicanos que creían que apoyaban la esclavitud”.

Esto es la barbarie hecha carne, una representación grotesca de la crueldad camuflada de convicción, la ignorancia convertida en ideología. Y lo que más debería alarmarnos es cómo esta retórica fascista, otrora inimaginable, ahora circula abiertamente, validada, amplificada y repetida en los más altos niveles del poder. En esta atmósfera envenenada, el silencio ya no es neutral: se convierte en complicidad. La corrosión de la cultura democrática avanza no con el espectáculo de golpes o decretos, sino a través de algo más lento y más insidioso: la normalización constante de la crueldad, la evisceración de la verdad y la muerte de la conciencia disfrazada de patriotismo. El terror que representa Miller no está limitado a un hombre o una ideología. Ha devenido la gramática de un movimiento político, el lenguaje compartido del autoritarismo en su nueva forma estadounidense.

Las implicaciones de la retórica de Miller van más allá de su propia crueldad y revelan la maquinaria cultural que permite que este barbarismo parezca algo cotidiano. Es crucial comprender que el lenguaje y la política reaccionarias de Stephen Miller no pueden ser despachadas como una cuestión de patología o temperamento personal. Mientras su fanatismo, racismo y nacionalismo son inconfundibles, lo que exige nuestra atención son las condiciones históricas y políticas que han permitido a una persona así obtener poder, que han dado a su vitriolo un atractivo de masas, y que han normalizado su presencia, no simplemente como un operador político, sino como un síntoma y un símbolo de la enfermedad más profunda que afecta al organismo político estadounidense. Miller no es un celote individual sin más: es un espejo sostenido frente a una nación que ha cultivado desde hace tiempo el suelo en el que el autoritarismo echa sus raíces.

Centrarse en Miller, pues, es examinar una historia que revela una narrativa mucho mayor, la muerte lenta de la idea –si no de la práctica– de la democracia estadounidense. Miller es algo más que un agente solitario en la contrarrevolución actual, es algo más que otro extremista que trafica en lo que podría llamarse el delirio apocalíptico. Miller representa la encarnación del siglo XXI del sujeto fascista que ha perseguido a la historia de EEUU desde sus comienzos, una figura nacida del miedo, del resentimiento y de la transformación de la ignorancia en arma arrojadiza.

No es simplemente un fanático MAGA que marca el comienzo de la fantasía de Trump de un “Reich unificado”: él mismo es la encarnación de lo que la nación está en riesgo de convertirse. Miller aparece como síntoma y señal a un mismo tiempo, un espejo sostenido frente a la decadencia moral y política que anida en el corazón de la vida estadounidense. El fascismo no llega como una tormenta, desde fuera, sino que germina en las sombras de las historias olvidadas, en crueldades que no han sido reconocidas, en un silencio que confunde equivocadamente la complicidad con la paz.

La ideología de Miller no se lleva como un uniforme, está inscrita en su cuerpo mismo, lo que Adorno llamó una segunda naturaleza o una historia sedimentada, es la manera en que la dominación se infiltra bajo la piel, convirtiendo la ideología en hábito, y el hábito, en necesidad. Estas necesidades, lejos de ser naturales, son el resultado de años de condicionamiento pedagógico y cultural, de prácticas sociales que enseñan a la gente a desear su propia servidumbre. Confrontarlas exige más que el despertar de la conciencia crítica, demanda una pedagogía capaz de extraer los sedimentos psicológicos y orgánicos a través de los cuales el poder se reproduce. La liberación, si quiere ser duradera, debe alcanzar no sólo la mente, sino el tuétano, debe educar el deseo mismo.

La presencia y la voz de Miller revelan mucho más que la muerte de la conciencia: exponen la estafa de un futuro que está ya naciendo, un futuro que debe nombrarse, comprenderse y resistirse antes de que se convierta en nuestro destino colectivo. Los Estados Unidos de Miller no son un destino, son una advertencia. Si esta advertencia se convierte en una profecía autocumplida o en una memoria resistida depende de si la conciencia puede encontrar aún su voz y si un movimiento de masas de resistencia puede restaurar el poder del coraje cívico en una nación que ha olvidado ambas.


Fuente: El Salto