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viernes, 22 de mayo de 2026

Estados Unidos: el suicidio de una superpotencia

 

 Por Timothy Snyder   
      Historiador estadounidense especializado en la Europa contemporánea.


Los imperios surgen y caen, pero nunca antes se habían inmolado así. Es lo que ocurre con Trump, que lleva a su país hacia la irrelevancia por culpa de una mezcla de codicia e ineptitud


Donald Trump en la Casa Blanca, el pasado 15 de mayo.

     Estados Unidos está gastando miles de millones de dólares en perder una guerra en Irán que enriquece a sus oligarcas, empobrece a sus ciudadanos, sabotea sus alianzas y fortalece a sus enemigos.


Boquilla de una manguera inyectando queroseno en el depósito de un avión comercial, a finales de abril en el aeropuerto de Ginebra.

La guerra pone de manifiesto un principio rector de la política exterior del presidente Donald Trump: el suicidio de una superpotencia. Los imperios surgen y caen, pero, que yo sepa, nunca un Estado destruyó su poder de modo intencional y sistemático (y menos aún con tanta rapidez).

Admitir este suicidio estratégico puede ser difícil; ojalá las desventuras de Trump se basaran en cierta idea del interés nacional estadounidense. Pero no es así.

Una superpotencia debe ser un Estado moderno que incluya (a través del Estado de derecho y otras instituciones) a un conjunto sustancial de ciudadanos comprometidos con un esfuerzo común. Pero la Administración de Trump trata a su propio país no como un Estado moderno, sino como una oportunidad comercial para unos pocos elegidos.


Las reglas mafiosas del nuevo orden internacional.

Una superpotencia también debe tener una idea de interés nacional. Aunque hay divergencias sobre cómo definir ese concepto, lo que nadie esperaba era una situación en la que el presidente fuera indiferente al bien del pueblo o del Estado.

Para seguir siendo superpotencia, un Estado también debe mantenerse en el tiempo. Y esa continuidad depende de un principio de transmisión de la autoridad política. Pero con sus aspiraciones de permanecer en el poder por tiempo indefinido y sus ataques a la credibilidad de las elecciones, Trump está poniendo en tela de juicio el principio de la sucesión política. Por supuesto, hay otros modos de sucesión, por ejemplo, por transmisión dinástica o decisión de un politburó.


Tulsi Gabbarden en Georgia, el 28 de enero.

Pero la adopción de un sistema semejante acabaría con la república estadounidense.

Para que un Estado obtenga y conserve el poder, es fundamental que estén al mando las personas correctas. A lo largo de la historia, los Estados poderosos buscaron formas de identificar personas cualificadas y promoverlas a puestos de autoridad, sin distinción de nacimiento. La antigua China tenía un sistema de exámenes. Napoleón puso como principio el mérito, tanto en la vida civil como en la militar. Estados Unidos, por su parte, tuvo en otros tiempos un funcionariado que era la envidia del mundo, además de fuerzas armadas altamente meritocráticas. 

Pero la Administración de Trump desvirtuó la función pública y purgó los altos mandos militares, y el proceso lo llevaron adelante personas no cualificadas para los cargos que ocupan.


El general Charles Q Brown, en el anuncio de su nombramiento como jefe de la Junta de Estado Mayor en la Casa Blanca, en mayo de 2020.

Que Tulsi Gabbard, Kash Patel y Pete Hegseth sean directora de inteligencia nacional, director del FBI y secretario de Defensa, respectivamente, es claro indicio de una superpotencia que se suicida.

En un nivel más profundo, una superpotencia debe tener un sistema educativo capaz de preparar a su población (y a sus políticos) para enfrentar los desafíos globales. Pero en los Estados Unidos de Trump se priva de recursos a la educación pública, se castiga a las universidades que defienden la libertad académica y se eliminan libros útiles de las bibliotecas de las escuelas.


Un niño lee en una biblioteca en Estados Unidos.

Asimismo, el ascenso de muchas grandes potencias se basó en la ciencia, pero ahora, en los Estados Unidos de Trump, la ciencia está bajo ataque. Igual que los antiguos mesopotámicos, cuyos astrónomos idearon métodos para cartografiar los cielos, y los romanos, que pusieron en práctica la ciencia griega para construir y defender un imperio, Estados Unidos se convirtió en superpotencia gracias a instituciones estatales encargadas de financiar la ciencia y atraer científicos (a menudo inmigrantes). Pero la Administración de Trump ha lanzado una ofensiva asombrosa contra la ciencia. Desfinancia la investigación por motivos ideológicos, desalienta la radicación en Estados Unidos de científicos (noveles y expertos) y pone en duda hallazgos fundamentales como el cambio climático antropogénico.


Un técnico inspecciona la mayor cámara del mundo, en el Observatorio Vera Rubin, financiado por la NSF.

Por eso, el Gobierno de Trump paró en seco la transición energética de Estados Unidos para subsidiar los combustibles fósiles (que ya van quedando obsoletos en términos ecológicos y económicos). Como demuestra un magnífico libro que está por publicar — The Co-Creation, de la bióloga Olivia Judson—, las sociedades que se adelantan a adoptar nuevas formas de energía prosperan, y las demás fracasan. Tal vez sea la verdad más profunda de la historia de la humanidad, y eso convierte la decisión de Trump en un error existencial que acelerará la pérdida de relevancia de Estados Unidos y mejorará la posición de China, superpotencia mundial en energías limpias.

Lo mismo se puede aplicar a la tecnología que sostiene el poder militar. Estados Unidos siempre gastó cifras astronómicas en armamento, pero este Gobierno prioriza equipamientos del pasado. Por ejemplo, unos nuevos buques de guerra que llevarán el nombre de Trump. El plan es pura fantasía. Incluso si se construyen, serán totalmente inadecuados para la guerra moderna (de la que el conflicto ultratecnológico entre Rusia y Ucrania nos da un primer atisbo).

La guerra en Ucrania es un ejemplo claro del desdén de la Administración de Trump hacia el arte de la diplomacia y su preferencia por negociar “acuerdos”. Hay abundantes pruebas de que Trump no sabe negociar, y esto incluye su sumisión al presidente ruso Vladímir Putin. Además, maltrata y margina a aliados de Estados Unidos por motivos puramente personales. Sin una idea de interés nacional, no puede haber comprensión de la utilidad de las alianzas ni apreciación del sistema internacional (las leyes, reglas y normas en las que se basó la primacía global de Estados Unidos). Cuesta expresar hasta qué punto la postura de Trump es primitiva y alegra a los enemigos de Estados Unidos.


EE UU, China y Rusia quieren repartirse el mundo: nuevos imperios para el siglo XXI.

Lo cual nos lleva de vuelta a Irán. En los enfrentamientos internacionales, las superpotencias ganan al menos parte del tiempo. Pero la Administración de Trump pierde una y otra vez. La guerra contra Irán es una clara derrota estratégica; si Estados Unidos tuvo en ella algún objetivo, no lo consiguió. Las políticas de Trump dejaron más uranio enriquecido en manos de un régimen iraní más intransigente y provisto de nuevas fuentes de poder económico (el control del estrecho de Ormuz y la intimidación a los Estados del Golfo); al mismo tiempo, eliminaron casi cualquier posibilidad de que Estados Unidos ejerza influencia en la sociedad iraní.

Finalmente, muchos Estados pierden poder porque ya no pueden mantenerlo. Por primera vez desde 1945, la deuda nacional de Estados Unidos es mayor que su PIB. La comparación es útil: un déficit elevado es normal en el contexto de un desafío como la II Guerra Mundial. Pero el Gobierno de Trump incurre en déficit por una razón totalmente diferente: para no cobrar impuestos a personas y empresas adineradas. La idea del Estado como un servicio para los ultrarricos es incompatible con ganar guerras o con mantener los servicios sociales que permiten el funcionamiento de una sociedad moderna.

Ya no tiene sentido hablar de reformas, porque el suicidio de la superpotencia estadounidense bajo el mando de Trump es un síntoma de desigualdades y distorsiones democráticas que hicieron posible una payasada estratégica como nunca antes se vio en la historia. Lo que hizo de Estados Unidos una superpotencia también habilitó este intento de autodestrucción. En vez de tratar de volver al statu quo anterior, necesitamos un esfuerzo denodado en pos de reestructurar la política estadounidense de modo que otorgue a la ciudadanía más poder para crear un futuro más justo.


Fuente: El País

jueves, 14 de mayo de 2026

Yoram Hazony: el puente intelectual entre el sionismo religioso y el nacionalismo cristiano estadounidense

 

      Analista y colaborador de Descifrando la Guerra.


     El nacionalismo religioso ha vuelto al centro de la escena política occidental. Nunca desapareció, pero ha pasado de los márgenes del orden liberal a los centros de mando de la coalición trumpista. Y la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, presentada como una contienda sagrada, está siendo el mejor ejemplo.

El 28 de febrero, en el comienzo de la agresión, Benjamín Netanyahu comparó a Irán con el Amalek, que en la tradición rabínica representa el enemigo absoluto al que el pueblo judío debe “borrar de la memoria”.

Si en el Despacho Oval una delegación de pastores evangélicos imponía las manos sobre Donald Trump bendiciendo sus acciones en Oriente Medio, Pete Hegseth dirigió un oficio cristiano en el Pentágono pidiendo a Dios "romper los dientes" de los “enemigos malvados”, en referencia a los iraníes.

Todo ello mientras Peter Thiel terminaba en Roma su gira de conferencias sobre el Anticristo y Viktor Orbán se presenta en las elecciones húngaras como el defensor de la cristiandad europea.

En medio de la ruptura de todos los consensos internacionales que acompañaron a la hegemonía estadounidense al término de la Guerra Fría, el nacionalismo cristiano está emergiendo como un vertebrador de la refundación de la extrema derecha internacional. Este giro ideológico no surge de la nada. Llevaba años cociéndose en todo un entramado de conferencias, think tanks y publicaciones donde un nombre reaparece con insistencia: Yoram Hazony.


A través de la figura intelectual de Yoram Hazony se pueden explorar los vínculos entre el sionismo religioso y el nacionalismo cristiano.

Colono israelí, estudioso de la Torá y exasesor de Netanyahu, Hazony no es el único puente entre el sionismo religioso y el nacionalismo cristiano, pero sí es con probabilidad el más sistemático a nivel ideológico. Sus obras ofrecen al MAGA –un movimiento más reactivo que doctrinario– una base teórica y una infraestructura que reúne anualmente a las principales figuras de la derecha trumpista internacional.

La obra de Hazony parte del rechazo tajante al universalismo y la Ilustración. La idea de que las sociedades están formadas por individuos libres e iguales que firman un contrato social estaría en la raíz de la destrucción de las tradiciones que dan solidez a la vida en común.

Frente al racionalismo ilustrado de Spinoza o Kant, que habría llevado en última instancia a la decadencia de las sociedades occidentales, Hazony reivindica el empirismo conservador anglosajón: el individuo no existe aislado, sino en familias, tribus y naciones ligadas por lealtades heredadas, y la religión de los antepasados es lo que les da cohesión.

De esa premisa se siguen dos rupturas. En el plano interno, cada nación debe organizarse en torno a la religión de su mayoría histórica –el judaísmo en Israel y el cristianismo en Estados Unidos–.

En el plano internacional, la crisis de las sociedades occidentales vendría motivada por la pérdida de las identidades nacionales que el "globalismo" de liberales y "neomarxistas" habría impulsado desde el final de la Guerra Fría.

De los asentamientos a la derecha estadounidense

La teoría política de Hazony tiene mucho de sus propias vivencias. Nacido en 1964 en una familia judía ortodoxa, pasó su juventud entre Israel y un Princeton liberal donde sus valores conservadores encontraron difícil acomodo.


Yoram Hazony, dirigiéndose a la Conferencia Nacional Conservadora la semana pasada en Washington, D.C., dijo a la multitud: ‘Estamos en el poder. Nuestros amigos están en el poder’.

En contraste, Hazony encontró en la visita a Princeton del rabino Meir Kahane –fundador de la Liga de Defensa Judía, organización considerada terrorista en Israel por sus ataques contra palestinos– un primer referente intelectual del mesianismo sionista. El propio Hazony lo recordaría así en un obituario tras su muerte:

El rabino Kahane era el único líder judío al que le importaban lo suficiente nuestras vidas como para venir a decirnos qué pensaba que podíamos hacer; el único que parecía entender cuánto deseábamos una buena razón para seguir siendo judíos".


Preparando a los niños en los asentamientos colonos israelíes.

Aún siendo muy minoritario, el kahanismo actuó como incubadora del sionismo religioso, se hizo especialmente fuerte entre los colonos y hoy muchos de sus postulados los defienden tanto Netanyahu como los ministros más radicales de su gobierno.


La ideología del sionismo religioso marca la agenda política y militar del gobierno israelí, difuminando la frotera entre religión y Estado.

En aquel momento de auge primigenio del sionismo religioso, el propio Hazony se trasladó en 1989 a la colonia de Eli, en el centro de la Cisjordania ocupada. Allí actuó como asesor de un joven Benjamín Netanyahu, aún ministro de Exteriores, al que ayudó a elaborar A place among the nations (1993), el libro que sentaría las bases de su programa político como futuro primer ministro.

Desde entonces, Hazony ha venido combinando la labor académica en torno al estudio de la Torá, enfocándola como un tratado de filosofía política, con la creación de numerosos think tanks sionistas en Estados Unidos.

Sin embargo, no sería hasta 2018, el mismo año en el que la Knéset aprobó la ley que proclamaba a Israel como Estado judío, cuando Hazony publicó La virtud del nacionalismo, el libro que le catapultó al centro de una escena conservadora en plena mutación. La obra trata de presentar al nacionalismo y el imperialismo como dos tendencias contrarias a lo largo de la historia.

La primera consistiría en defender la soberanía nacional en base a las tradiciones religiosas milenarias de cada nación. Su ejemplo paradigmático sería la fundación del pueblo judío y la codificación de sus "derechos nacionales" en la Torá, tradición que posteriormente habría recuperado la Reforma protestante frente al Sacro Imperio Romano Germánico.

La segunda, la imperialista, estaría asociada a la pretensión de universalidad, del Imperio Romano hasta el liberalismo kantiano y el internacionalismo marxista, que buscarían eliminar las tradiciones culturales propias de cada nación.

El libro ofreció así un armazón teórico sistemático al conservadurismo internacional en pleno auge del combate contra las instituciones "globalistas" surgidas tras 1945 –las Naciones Unidas, la Unión Europea o el Tribunal Penal Internacional– y consideradas como formas encubiertas de imperialismo, y se convirtió en una libro de referencia para JD Vance o Giorgia Meloni. Cuatro años más tarde, con Conservatism: A Rediscovery (2022), Hazony cerró el movimiento.

Su tesis es que, tras la caída del Muro de Berlín, el liberalismo dejó de ser un aliado táctico frente al comunismo y, arrastrado por un "neomarxismo" cultural que habría colonizado universidades, medios y tribunales, se convirtió en una amenaza para la soberanía de cada nación. La única salida sería una ruptura explícita con el liberalismo y la refundación del conservadurismo estadounidense sobre bases antiliberales.

El impacto del National Conservatism

La influencia de Hazony va más allá del plano intelectual. En 2019 fundó en Washington la Edmund Burke Foundation junto a David Brog, exdirector ejecutivo de Christians United for Israel (CUFI), la principal organización sionista cristiana de Estados Unidos, que declara contar con 10 millones de afiliados. El puente entre sionismo religioso judío y nacionalismo cristiano evangélico quedaba así tendido.

La Burke Foundation organiza desde 2019 las conferencias anuales del National Conservatism (NatCon), que se han convertido en lugar de encuentro de los principales ideólogos de la derecha internacional, de MAGA al Hindutva indio, pasando por líderes europeos como Orbán, Farage o Meloni.

La declaración de principios, coredactada por Hazony, condensa la visión del Conservadurismo Nacional: "Allí donde exista una mayoría cristiana, la vida pública debe estar enraizada en el cristianismo y su visión moral, que debe ser honrada por el Estado. Al mismo tiempo, los judíos y otras minorías religiosas deben ser protegidos".

Cofinanciadas por el Claremont Institute y la Heritage Foundation –la misma que elaboró el Project 2025–, por el estrado de NatCon han pasado JD Vance, Peter Thiel, miembros del gabinete Trump como Russ Vought –clave en el Project 2025– o Elbridge Colby, y pastores nacional-cristianos como Doug Wilson, líder de la congregación de Hegseth y conocido por defender que las mujeres no deberían poder votar ni los no cristianos ocupar cargos públicos.


Elbridge Colby, antiguo asesor del Pentágono y una de las voces más importantes en Estados Unidos sobre política exterior.

El núcleo común de los ponentes de las conferencias NatCon es la tesis que Hazony formula en La virtud del nacionalismo: "Lo que hace falta para el establecimiento de un Estado estable y libre es una nación mayoritaria cuyo dominio cultural sea evidente e incuestionable, y contra la cual toda resistencia parezca fútil.

Una nación mayoritaria así es lo bastante fuerte como para no temer los desafíos de las minorías nacionales, y por tanto puede concederles derechos y libertades sin dañar la integridad interna del Estado”.

El razonamiento hazoniano ha teñido con su discurso civilizatorio-religioso el programa de la administración Trump. En el plano interno, por ejemplo, como legitimación de la persecución contra la migración por parte del ICE, bajo la idea, expresada por el propio Hazony, de que "el 15% de la población estadounidense es de origen extranjero y, en general, los nacional-conservadores consideramos que ese es el límite antes de que el país empiece a desmoronarse".

Este lenguaje civilizatorio ha producido un cambio más profundo en lo relativo a la política de seguridad. Bajo este prisma es posible entender mejor la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, que incorpora por primera vez en un documento oficial estadounidense todo ese discurso civilizatorio-religioso, al advertir, por ejemplo, contra la "desaparición de la civilización europea" bajo el peso de la natalidad decreciente, la inmigración y la erosión de las identidades.

Es la misma lógica por la cual Marco Rubio proclamó recientemente en la Conferencia de Múnich que Estados Unidos y Europa son "parte de una civilización, la civilización occidental, unida por siglos de historia común, fe cristiana, cultura, patrimonio, lengua y ascendencia”.


El presidente Ronald Reagan y el Papa Juan Pablo II, dos figuras clave de la conferencia del Nacionalismo Conservador que celebró su encuentro con el título: “God, Honor, Country: President Ronald Reagan, Pope John Paul II, and the Freedom of Nations—A National Conservatism Conference”.

Todo esto supone un desplazamiento conceptual relevante: bajo el prisma de la seguridad ontológica, que plantea la existencia de una serie de "amenazas culturales" existenciales para la soberanía nacional, el nacional-conservadurismo desdibuja la frontera entre política interna y exterior.

Las deportaciones masivas en casa y la confrontación con China o Irán fuera pasan a ser dos caras de una misma guerra: la defensa de Occidente contra todo lo que amenaza su cohesión, dentro o fuera de sus fronteras.

Esta introducción de criterios civilizatorios y valores religiosos en el puente de mando de Estados Unidos tiene repercusiones importantes en su política exterior que parecen difíciles de conciliar con los postulados realistas de buena parte de la coalición trumpista y con la promesa de acabar con las guerras ajenas a los intereses estadounidenses.

Por ejemplo, Trump realizó varios ataques con misiles en Nigeria durante el año pasado con el objetivo declarado de proteger a las "comunidades cristianas perseguidas".

Más relevante aún, la guerra contra Irán iniciada el 28 de febrero ha sido teñida de una retórica oficial que la presenta ante los propios soldados estadounidenses como parte de un "plan divino", mientras Trump ha aprovechado la Semana Santa para establecer múltiples paralelismos entre sus acciones y la vida de Jesús.

Lo mismo que Hegseth, que en 2020 escribió American Crusade en referencia explícita a las Cruzadas medievales como ejemplo ante la "amenaza" que supondrían la izquierda multicultural y el islam para la civilización occidental.

El trumpismo en su momento de mayor tensión

La guerra contra Irán ha llevado a la coalición MAGA a una tensión interna sin precedentes. Bajo la figura de Trump se coaligan sectores de intereses y visiones profundamente divergentes: aislacionistas, tecnorreaccionarios, nacional-cristianos o nacionalistas raciales, entre otros.

Así, la agresión contra Irán ha producido signos relevantes de fractura interna, ejemplificados por la dimisión de Joe Kent de su puesto como director de contraterrorismo o la oposición frontal a la guerra de Tucker Carlson, antiguo presentador de la Fox clave en la articulación del trumpismo.

Las relaciones con Israel han sido un punto de tensión recurrente al interior de MAGA. Para los sectores más reacios a las intervenciones en Oriente Medio, como Carlson, el peso de Tel Aviv en la política exterior de Estados Unidos se ha convertido en el blanco principal de sus críticas.

Por el contrario, elementos cercanos a los tecnorreaccionarios, como Peter Thiel y Alex Karp, y figuras clave en la Junta de Paz de Trump, como su yerno Jared Kushner, ven a Israel un modelo a imitar.

A su vez, el apoyo a Israel en Estados Unidos tiene un creciente componente religioso. Los evangélicos blancos –fuertemente vinculados al nacionalismo blanco, que aportaron más del 80% de su voto a Trump en 2024 y constituyen aproximadamente un tercio de su base– leen la alianza con Tel Aviv en clave bíblica: el apoyo al Estado judío sería un requisito escatológico para la Segunda Venida de Cristo.

Según Reuters, a pesar del desplome del apoyo general a la guerra contra Irán, los evangélicos siguen respaldándola mayoritariamente y la traducen desde sus púlpitos como “una guerra espiritual entre el bien y el mal, entre el reino de Dios y el reino de Satán”.


Valla publicitaria encargada por un grupo evangélico, que muestra una imagen del presidente estadounidense Donald Trump con las palabras «Gracias a Dios y a Donald Trump», en medio del conflicto entre Estados Unidos e Israel con Irán, en Tel Aviv, Israel, el 12 de marzo de 2026.

En medio de estas disensiones, Hazony trata de mantener los puentes abiertos y evitar la ruptura con sectores como el de Carlson. El argumento aquí es pragmático.


Marco Rubio, Tucker Carlson y Suzie Wiles en la Casa Blanca.


Mientras el rechazo a Israel estaría creciendo por influencia del "neomarxismo" y de lo que llama partidarios de los "Hermanos Musulmanes" en la izquierda estadounidense, Hazony afirma que el ascenso del nacionalismo religioso en el Partido Republicano constituye una ventana de oportunidad sin precedentes para lograr los objetivos del sionismo y es preciso trabajar en su interior.

El esfuerzo por vincular el programa del Eretz Israel con el MAGA ha sido notablemente exitoso.


Mapa del Gran Israel, también conocido como Eretz Israel, una noción ideológica y expansionista que se ha integrado en la agenda política del sionismo y, por ende, del gobierno israelí.

Sin embargo, la guerra en Irán se ha convertido en el mayor punto de fricción al interior de la heterogénea coalición trumpista y de lo que ocurra en la guerra regional iniciada por Israel tras el 7 de octubre depende hoy en buena medida el destino de la primera potencia mundial.


Fuente: Descifrando la Guerra

miércoles, 1 de abril de 2026

Irán: una guerra anunciada

 

 Por Daniel Luban   
      Profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Columbia.


El hecho de que la guerra en Irán resulte tan chocante para la base electoral de Trump y la plana mayor de los comentaristas refleja hasta qué punto se había distorsionado la imagen del movimiento MAGA


     El comienzo de la guerra de EEUU e Israel contra Irán el 28 de febrero fue sorprendente, menos de cuatro días después del discurso sobre el Estado de la Unión en el que Donald Trump apenas mencionó a Irán.


Trump participa en una conferencia de prensa bilateral con Benjamin Netanyahu, el lunes 29 de diciembre de 2025.

En una perspectiva más larga no debería haber sido una sorpresa. La guerra contra Irán era la predecible culminación de la política exterior de Trump, que se remonta a su decisión en 2018 de poner fin al JCPOA, el acuerdo nuclear de Obama cuyo cumplimiento Teherán había observado. 

Trump a punto estuvo de ir a la guerra contra Irán al final de su primer mandato con la temeraria decisión de asesinar al comandante militar Qasem Soleimani.


                          Cartel en la embajada de EE.UU. en Teherán, rebautizada como el ‘Museo de la Arrogancia’.

Después de que Teherán decidiese encajar el golpe y esperar a que Trump terminase su último año de mandato con una respuesta limitada, los recuerdos de esta guerra que a punto estuvo de producirse se desvanecieron con el comienzo de la covid. Cuando Trump ganó en 2024, uno de mis primeros pensamientos fue que probablemente veríamos una guerra contra Irán en su segundo mandato, aunque no me esperaba que se adentrase en ella con la despreocupación con la que lo ha hecho.

El hecho de que la guerra de Trump se haya demostrado como tan chocante tanto para su base electoral como para la mayor parte de los comentaristas refleja hasta qué punto la imagen popular de Trump y su movimiento se había distorsionado. También refleja las distorsiones más amplias de la narrativa estadounidense sobre sus propios fracasos en política exterior en el último cuarto de siglo. Quienes esperan poner fin a la guerra de agresión contra Irán y evitar futuras repeticiones harían bien en corregir ambos errores.

Empecemos con nuestro estimado líder. Aunque puede que sea el primer ganador del Premio de la Paz de la FIFA y el galardonado de trasmano del Premio Nobel de la Paz adjudicado a María Corina Machado, nunca hubo ninguna prueba de que Trump fuese un anti-intervencionista, y menos todavía “un hombre de paz”. Era de sobras conocido que Trump había apoyado la Guerra de Iraq en los días previos a la invasión de 2003. En un adelanto de la manera de abordar las cosas que tanto le funcionaría en tantos ámbitos, Trump se limitó a repetir la mentira de que había estado en contra de aquella guerra hasta que sus contrincantes, exhaustos, tiraron la toalla a la hora de desmentirla.

El primer mandato de Trump tuvo una política exterior de ‘halcón’ en la mayoría de las medidas adoptadas, un hecho que sus apologistas atribuyeron a sus asesores procedentes del ‘establishment’. Aunque no hay ninguna duda de que figuras como James Mattis, H.R. McMaster y John Kelly eran ‘halcones’, lo cierto es que ayudaron más a limitar las acciones de Trump que a animarlas. Mattis, que cayó en desgracia con la administración de Obama por Irán, era con todo más moderado que Trump en esta cuestión e intentó, sin éxito, que Trump no abandonase el acuerdo nuclear. De manera similar, el asesinato de Soleimani fue una acción de Trump: supuestamente, ésta fue la más agresiva de todas las acciones que los planificadores militares le presentaron creyendo, equivocadamente, que de este modo conducirían al presidente hacia una opción media más equilibrada. En cuanto a Venezuela, Trump sopesaba la idea de emprender acciones militares desde 2017 y fueron los adultos en la sala quienes le hicieron desistir de la idea en su primer mandato.

Los seguidores de Trump que admiten que no es un anti-intervencionista por principios con frecuencia acostumbran a presentarlo como un realista. Aunque existe una cierta ambigüedad sobre qué puede calificarse como realismo, y se dan algunos puntos de convergencia entre los realistas y Trump –como el escepticismo hacia el apoyo a Ucrania– la gran mayoría de los realistas de verdad han sido feroces críticos de Trump durante todos estos años que ha ocupado la presidencia. Lo han sido porque han reconocido, correctamente, que aunque sus administraciones son buenas a la hora de producir peroratas que suenan a realistas y reciben una buena cobertura en los medios de comunicación –piénsese en el discurso en Riad de 2025 o la reciente Estrategia de Seguridad Nacional– estas declaraciones nunca han venido seguidas de una aplicación práctica de las mismas.

En última instancia hay algo vagamente cómico en los varios intentos de amañar una ideología coherente para Trump, que el jefe siempre acaba enviando al traste en cuestión de semanas. ¿Alguien se acuerda cuando, durante los últimos dos meses, la tan cacareada ‘Doctrina Donroe’ significaba que nos alejábamos de Oriente Medio para centrarnos en el hemisferio occidental?

La política exterior de Trump deriva menos de una ideología coherente que de unas cuantas peculiaridades psicológicas. La primera es una aproximación intensamente personalista. Trump, por ejemplo, parece que torpedeó el acuerdo nuclear iraní menos en respuesta a la presión israelí y de los neocon que por pura animadversión personal hacia Obama, quien se había burlado de él en una cena de gala unos años antes.

El segundo es un fetiche por los recursos extractivos como el petróleo, uno que a menudo excede el valor material mismo de esos recursos. Apoderarse del crudo venezolano fue una buena manera de que Trump vendiese la intervención en el país (como quienes, como John Bolton, se dieron cuenta en su primer mandato), pero la industria petrolífera estadounidense era mucho menos entusiasta.

En tercer lugar, y por encima de todo lo demás, está su obsesión con las percepciones de dominio, rudeza y masculinidad. De consuno, estos rasgos lo convierten en fácilmente manipulable. Así, en 2019, después de que Trump retirase a las tropas en Siria encargadas de proteger a los aliados kurdos (lo que sonaba demasiado humanitario) sus adversarios le convencieron para que hiciese marcha atrás cambiando la misión declarada por la de “quedarse con el petróleo” (suena apropiadamente duro y macho).

Las malas lecturas sobre Trump llevaron a las malas lecturas transitivas sobre sus secuaces, y algunos comentaristas asumieron que cualquiera que sea lo suficientemente Maga debe de ser una ‘paloma’ en lo tocante a política exterior. Stephen Miller, por ejemplo, que es sobre todo conocido por su odio a los inmigrantes, ha aprendido a denunciar a los adversarios de Trump por ser “neocons belicistas”, pero él mismo es un ‘halcón’ de toda la vida. Miller comenzó su carrera como joven activista que acusaba a los críticos de las guerras de Iraq y Afganistán de ser unos “traidores” y alinearse con “terroristas”, y supuestamente fue uno de los mayores impulsores de la agresión contra Venezuela junto con Marco Rubio. Resulta que querer infligir violencia en gente racializada en el propio país no es inconsistente con querer hacerlo fuera de él.

De manera similar, los medios han atribuido “puntos de vista aislacionistas” a Pete Hegseth por ser un personaje tan obviamente trumpiano (una personalidad televisiva, acusaciones de agresión sexual, odio a lo woke). La prueba principal es su declaración de que dejó de ser un neocon en torno a 2018 (en el momento preciso en que ser identificado como neocon se había convertido en un lastre importante en la política de derechas). Más allá de si es o no es un neocon, hay pruebas más que suficientes de que nunca fue otra cosa que un ‘halcón’ sediento de sangre. La primera vez que Hegseth atrajo mi atención fue en los últimos años de Bush, cuando era la cara pública de Vets for Freedom [Veteranos por la Libertad], una organización pantalla de la derecha centrada en la propaganda favorable a la Guerra de Iraq en el momento en el que el apoyo público a la guerra se estaba desplomando.

Cuando entró en la televisión en la década de los 2010, transicionó del apoyo a la Guerra de Iraq en particular al apoyo a los crímenes de guerra en general, sumándose a la cruzada para la absolución de gente como Eddie Gallagher, que fue acusado por sus camaradas Navy SEALs por el supuesto asesinato por diversión de civiles iraquíes. En cualquiera de los casos, el verdadero historial de Hegseth no lo previno de convertirse en una causa célebre de la autoproclamada derecha antiguerra. Cuando su nominación se encontraba en la cuerda floja en el Senado, hubo una campaña de presión de Steve Bannon y Charlie Kirk que le dio el empujón definitivo para hacerse con el puesto.

Incluso Tulsi Gabbard, con su largo historial como crítica de las guerras de Iraq y Afganistán, se encuentra lejos de ser una ‘paloma’ en términos generales. Su alarmismo a lo largo de su carrera hacia el “terrorismo islamista radical” –una frase que criticó que Obama no usase– la hizo sospechosa de las “guerras para provocar un cambio de régimen” que tenían como objetivo democratizar países musulmanes, pero la mantuvo firmemente comprometida con los aspectos “kinéticos” de la guerra contra el terrorismo. Su apoyo al uso militar de drones fue férreo tanto con Obama como con Trump, y lo mismo ocurre con su apoyo a la destrucción israelí de Gaza. Una leyenda persistente mantiene que se opuso a la intervención estadounidense en Siria, cuando, en realidad, se opuso únicamente a una intervención estadounidense contra Bashar al-Assad, y criticó duramente a Obama por no intervenir de manera más decidida en su apoyo. Aunque la guerra actual implica algún tipo de disonancia cognitiva en alguien que llegó a vender camisetas con el lema ‘No a la guerra con Irán’ en su página web, la vieja inclinación de Gabbard por resolver las cosas con drones y bombas más que con métodos persuasivos no queda demasiado lejos de la de su jefe actual.

El antibelicismo Maga nunca lo ha tenido muy difícil a la hora de encontrar malvados asesores a los que culpar por el fracaso de Trump de no estar a la altura de la imagen que tenían de él. En el primer mandato fueron gente como Mike Pompeo y John Bolton los que sirvieron de chivos expiatorios, en esta ocasión Marco Rubio parece destinado a ocupar ese lugar. Pero el historial de Trump durante su primer mandato ofrece muy pocos motivos para el optimismo de que un Trump desatado y rodeado de “su gente” sería menos beligerante, y su segundo mandato ha disipado ya cualquier duda.

Pero más allá de los individuos, ¿pueden extraerse conclusiones más generales sobre este penoso estado de la cuestión? ¿Por qué a los comentaristas les costó tanto ver lo que se avecinaba? Buena parte de ello tiene que ver con cómo Estados Unidos ha recordado, o distorsionado el recuerdo, de su política exterior en las décadas recientes, especialmente de la Guerra de Irak.

El hecho de que hombres como Hegseth o Miller estén cómodos hablando con desprecio de los “neocon” es indicativo de una característica de esta memoria cultural: el aislamiento de los neoconservadores como los únicos culpables de los crímenes de la política exterior estadounidense.

Los neocon tienen en verdad un historial pernicioso (sobre el que yo, como muchos otros, he escrito en otro lugar). Eran la vanguardia intelectual que preparó el terreno para la Guerra de IraQ; en los primeros días, cuando el conflicto se trataba como un éxito, estaban contentos de reclamar su responsabilidad en él, y sólo por eso merecen ser culpados por su injusticia y su fracaso. Pero en una guerra que gozó del 90% del apoyo entre Republicanos en su comienzo es erróneo tratar a un grupo de intelectuales y burócratas que cabría en un campo de baloncesto como si fuesen toda el ala derecha del partido de la guerra.

Por importante que fuesen los neocon a la hora de modelar el discurso, quienes tomaron las decisiones con consecuencias de veras no fueron para nada neocons, en particular el triumvirato de George W. Bush, Dick Cheney y Donald Rumsfeld, junto con dirigentes liberales como Hillary Clinton y Joe Biden que eligieron seguirles el juego. El culto Maga actual de odio hacia los neocon tiene menos que ver con un apropiado ajuste de cuentas con la Guerra de Iraq que con otros motivos: la necesidad de desacreditar a un grupo que habría comprendido a un sector importante de críticos de Trump en la derecha y el deseo de pretender que el militarismo estadounidense es un implante del extranjero explotado por un puñado de intelectuales judíos en beneficio propio.

A medida que el movimiento Maga ha centrado la culpa en los neocon también ha tendido a identificar el neoconservadurismo con la promoción de la democracia wilsoniana. El error de los EEUU, de acuerdo con esta interpretación, es el deseo ingenuo y humanitario de llevar la civilización al Oriente Medio. Pero el neoconservadurismo nunca se ha atado de manera exclusiva a los sueños de democracia universal. El documento más importante de la primera generación de principios neoconservadores en la política exterior, ‘Dictatorships and Double Standards’ (Dictaduras y dobles raseros), de Jeane Kirkpatrick, era una llamada a defender los gobiernos “autoritarios” amigos de la derecha contra potenciales movimientos “totalitarios” de la izquierda, ya fuese democrática o no. Bien entrado el siglo XXI, los neocon han permanecido divididos en sobre a partir de qué punto la defensa de la democracia se superpone a otras prioridades, como la defensa de Israel, una división que ayuda a explicar la cesura entre los campos pro-Trump y anti-Trump dentro del movimiento.

Más importante aún, identificando la Guerra de Iraq con la promoción de la democracia llevan a malinterpretar, pura y simplemente, la propia guerra. Quienes somos lo suficientemente viejos como para recordar los días previos al conflicto comprendemos que la benevolencia no era el sentir dominante: la gente estaba enfadada y asustada por el 11-S y quería venganza. “Algo mucho más grande que [Osama] bin Laden necesitaba decapitación”, explicó William F. Buckley, dando una capa de barniz a las opiniones de los llamados “superhalcones” del Instituto Claremont (que andando el tiempo se convertirían en el grupo más prominente de intelectuales Maga).

A medida que la justificación original de la guerra, basada en las armas de destrucción masiva, se venía abajo, la administración Bush echó mano de justificaciones más idealistas. El discurso inaugural del segundo mandato de Bush, en 2005, dos años después del esfuerzo bélico inicial, marcó el punto álgido de esta tendencia. Pero el motivo por el que gente como Trump y Miller apoyaron la guerra es que el ímpetu original fue uno que atrajo a gente como Trump y Miller. Y el sentir dominante en la derecha en 2003 no estaba muy lejos del que hay en 2026.

Este recuerdo distorsionado de la Guerra de Iraq sentó las bases de la política exterior Maga subsiguiente. Si Iraq había sido un desafortunado ejercicio de idealismo democrático, para evitar otros Iraq había que renunciar a ese tipo de idealismo. Como consecuencia, el listón de la crítica se rebajó demasiado, y las únicas intervenciones que se rechazaron fueron las ocupaciones con grandes números de tropas justificadas con una retórica humanitaria. De todo ello quedó ausente el punto de vista elemental del no-intervencionismo de que incluso las acciones limitadas y aparentemente exitosas en el corto plazo pueden tener consecuencias perversas en el largo plazo.

Hasta el pasado mes de febrero Trump ha evitado las guerras a gran escala. Pero en ambos mandatos hemos visto un incremento constante de las acciones agresivas que ha merecido el elogio de los influencers del movimiento Maga por ajustarse al listón de no ser Iraq, que ya era bajo. El hecho de que el movimiento Maga haya llegado a recordar el asesinato de Soleimani como una jugada maestra trumpiana ha ayudado a preparar el terreno para la actual guerra, como lo ha hecho la respuesta mayoritariamente positiva a la campaña de bombardeos del verano pasado (“El presidente Trump ha actuado con prudencia y decisión”, de acuerdo con Charlie Kirk) y el secuestro este invierno de Nicolás Maduro (“una victoria rotunda y una de las operaciones militares más brillantes de la historia estadounidense”, según Matt Walsh). A decir de todos, fue esta sucesión de “victorias” de gratificación inmediata lo que convenció a Trump a apostar por la actual guerra.

Ahora el movimiento Maga está buscando chivos expiatorios. Además de su fijación con los neocon –algo que está bastante fuera de lugar en una administración que no contiene ningún autoproclamado neocon– está su fijación con Israel. El ángulo israelí es importante, aunque no suficiente por sí mismo, para explicar esta guerra. Israel y sus aliados estadounidenses claramente han presionado para arrastrar a Estados Unidos a la guerra contra Irán –mucho más que con Iraq, donde Israel y grupos como AIPAC apoyaron ampliamente la guerra, pero no lideraron los esfuerzos–. Esta influencia ha sido real y dañina, pero el problema es que Israel y sus aliados estadounidenses han estado presionando por conseguir esta guerra con cada presidente desde George W. Bush. La cuestión relevante para el movimiento Maga es por qué esta campaña, después de dos décadas de fracasos, finalmente ha logrado obtener resultados con Trump, y por qué su hombre de la paz fue quien ha iniciado una guerra que incluso Bush fue lo suficientemente inteligente como para evitar.

Aunque no apoyaría el abanico completo de opiniones candentes del periodista Michael Tracey, siempre a la contra, claramente tiene razón cuando habla sobre “el problema con Tucker”. Las teorías de la conspiración melodramáticas de figuras como Tucker Carlson y Steve Bannon sobre Benjamin Netanyahu embrujando fatídicamente a Trump tienen su origen, llanamente, en su fracaso a la hora de aceptar el hecho de que su héroe comenzó esta guerra porque quería comenzar esta guerra. (¿Por qué? Porque le frustraba verse arrinconado domésticamente, porque quería otra muestra de dominio de gratificación rápida, porque le gusta volar cosas por los aires. ¡No será por razones!)

Sería reconfortante compartir la fe de Carlson de que el asesinato de más de un centenar de estudiantes en Minab ha debido ser el resultado de los pérfidos servicios de inteligencia israelíes porque “América no hace ese tipo de cosas”. Tristemente, nuestro país no precisa de lecciones de Netanyahu sobre cómo matar a inocentes. La guerra de Irán pertenece a Mark Levin, a Ben Shapiro y al resto de quienes la apoyan explícitamente. Pero también a Carlson, a Bannon y al resto de sus adversarios dentro del movimiento Maga, que han trabajado para propagar las afirmaciones claramente falsas sobre quién era Trump y qué significaría su retorno al poder.

¿Qué significa esto para la izquierda? La prioridad inmediata es detener la guerra, y a corto plazo no existe ningún motivo para rechazar alianzas que ayuden en este sentido. Pero a largo plazo merece la pena reflexionar sobre nuestras propias estrategias retóricas y analíticas. En un mundo en el que los Demócratas son tan poco inspiradores –o peor aún, si pensamos en Gaza– es tentador exagerar las posibilidades de la teoría de la herradura con elementos de la derecha. Sobre este punto, incluso si estas constelaciones nunca llegan a darse del todo, resulta útil enfatizar la posibilidad de que los progresistas sean superados por el flanco por la derecha en ámbitos como una orientación populista de la economía o una política exterior no-intervencionista, ni que sea para presionar a los progresistas para que mejoren. El riesgo es que tu propio bando puede terminar confuso sobre qué se juega verdaderamente en el conflicto político.

Siempre he sido escéptico hacia la idea de que el movimiento Maga conduciría a algún tipo de medidas económicas genuinamente populistas, y la Big Beautiful Bill del año pasado ha servido como una amplia confirmación de este escepticismo. De manera similar, la guerra de Irán corta de raíz cualquier esperanza de que las repetidas denuncias desde la derecha sobre las “guerras interminables” acaben alejándonos de las guerras interminables. Puede soñarse con un mundo en el que ambos partidos compiten por ver quién hace políticas más favorables a los trabajadores y más contrarias a la guerra. Pero vivimos en un mundo mucho más deprimente. No deberíamos llamarnos a engaño sobre las virtudes del liberalismo realmente existente, pero tampoco sobre las alternativas existentes a él.


Fuente: El Salto