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miércoles, 1 de abril de 2026

Irán: una guerra anunciada

 

 Por Daniel Luban   
      Profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Columbia.


El hecho de que la guerra en Irán resulte tan chocante para la base electoral de Trump y la plana mayor de los comentaristas refleja hasta qué punto se había distorsionado la imagen del movimiento MAGA


     El comienzo de la guerra de EEUU e Israel contra Irán el 28 de febrero fue sorprendente, menos de cuatro días después del discurso sobre el Estado de la Unión en el que Donald Trump apenas mencionó a Irán.


Trump participa en una conferencia de prensa bilateral con Benjamin Netanyahu, el lunes 29 de diciembre de 2025.

En una perspectiva más larga no debería haber sido una sorpresa. La guerra contra Irán era la predecible culminación de la política exterior de Trump, que se remonta a su decisión en 2018 de poner fin al JCPOA, el acuerdo nuclear de Obama cuyo cumplimiento Teherán había observado. 

Trump a punto estuvo de ir a la guerra contra Irán al final de su primer mandato con la temeraria decisión de asesinar al comandante militar Qasem Soleimani.


                          Cartel en la embajada de EE.UU. en Teherán, rebautizada como el ‘Museo de la Arrogancia’.

Después de que Teherán decidiese encajar el golpe y esperar a que Trump terminase su último año de mandato con una respuesta limitada, los recuerdos de esta guerra que a punto estuvo de producirse se desvanecieron con el comienzo de la covid. Cuando Trump ganó en 2024, uno de mis primeros pensamientos fue que probablemente veríamos una guerra contra Irán en su segundo mandato, aunque no me esperaba que se adentrase en ella con la despreocupación con la que lo ha hecho.

El hecho de que la guerra de Trump se haya demostrado como tan chocante tanto para su base electoral como para la mayor parte de los comentaristas refleja hasta qué punto la imagen popular de Trump y su movimiento se había distorsionado. También refleja las distorsiones más amplias de la narrativa estadounidense sobre sus propios fracasos en política exterior en el último cuarto de siglo. Quienes esperan poner fin a la guerra de agresión contra Irán y evitar futuras repeticiones harían bien en corregir ambos errores.

Empecemos con nuestro estimado líder. Aunque puede que sea el primer ganador del Premio de la Paz de la FIFA y el galardonado de trasmano del Premio Nobel de la Paz adjudicado a María Corina Machado, nunca hubo ninguna prueba de que Trump fuese un anti-intervencionista, y menos todavía “un hombre de paz”. Era de sobras conocido que Trump había apoyado la Guerra de Iraq en los días previos a la invasión de 2003. En un adelanto de la manera de abordar las cosas que tanto le funcionaría en tantos ámbitos, Trump se limitó a repetir la mentira de que había estado en contra de aquella guerra hasta que sus contrincantes, exhaustos, tiraron la toalla a la hora de desmentirla.

El primer mandato de Trump tuvo una política exterior de ‘halcón’ en la mayoría de las medidas adoptadas, un hecho que sus apologistas atribuyeron a sus asesores procedentes del ‘establishment’. Aunque no hay ninguna duda de que figuras como James Mattis, H.R. McMaster y John Kelly eran ‘halcones’, lo cierto es que ayudaron más a limitar las acciones de Trump que a animarlas. Mattis, que cayó en desgracia con la administración de Obama por Irán, era con todo más moderado que Trump en esta cuestión e intentó, sin éxito, que Trump no abandonase el acuerdo nuclear. De manera similar, el asesinato de Soleimani fue una acción de Trump: supuestamente, ésta fue la más agresiva de todas las acciones que los planificadores militares le presentaron creyendo, equivocadamente, que de este modo conducirían al presidente hacia una opción media más equilibrada. En cuanto a Venezuela, Trump sopesaba la idea de emprender acciones militares desde 2017 y fueron los adultos en la sala quienes le hicieron desistir de la idea en su primer mandato.

Los seguidores de Trump que admiten que no es un anti-intervencionista por principios con frecuencia acostumbran a presentarlo como un realista. Aunque existe una cierta ambigüedad sobre qué puede calificarse como realismo, y se dan algunos puntos de convergencia entre los realistas y Trump –como el escepticismo hacia el apoyo a Ucrania– la gran mayoría de los realistas de verdad han sido feroces críticos de Trump durante todos estos años que ha ocupado la presidencia. Lo han sido porque han reconocido, correctamente, que aunque sus administraciones son buenas a la hora de producir peroratas que suenan a realistas y reciben una buena cobertura en los medios de comunicación –piénsese en el discurso en Riad de 2025 o la reciente Estrategia de Seguridad Nacional– estas declaraciones nunca han venido seguidas de una aplicación práctica de las mismas.

En última instancia hay algo vagamente cómico en los varios intentos de amañar una ideología coherente para Trump, que el jefe siempre acaba enviando al traste en cuestión de semanas. ¿Alguien se acuerda cuando, durante los últimos dos meses, la tan cacareada ‘Doctrina Donroe’ significaba que nos alejábamos de Oriente Medio para centrarnos en el hemisferio occidental?

La política exterior de Trump deriva menos de una ideología coherente que de unas cuantas peculiaridades psicológicas. La primera es una aproximación intensamente personalista. Trump, por ejemplo, parece que torpedeó el acuerdo nuclear iraní menos en respuesta a la presión israelí y de los neocon que por pura animadversión personal hacia Obama, quien se había burlado de él en una cena de gala unos años antes.

El segundo es un fetiche por los recursos extractivos como el petróleo, uno que a menudo excede el valor material mismo de esos recursos. Apoderarse del crudo venezolano fue una buena manera de que Trump vendiese la intervención en el país (como quienes, como John Bolton, se dieron cuenta en su primer mandato), pero la industria petrolífera estadounidense era mucho menos entusiasta.

En tercer lugar, y por encima de todo lo demás, está su obsesión con las percepciones de dominio, rudeza y masculinidad. De consuno, estos rasgos lo convierten en fácilmente manipulable. Así, en 2019, después de que Trump retirase a las tropas en Siria encargadas de proteger a los aliados kurdos (lo que sonaba demasiado humanitario) sus adversarios le convencieron para que hiciese marcha atrás cambiando la misión declarada por la de “quedarse con el petróleo” (suena apropiadamente duro y macho).

Las malas lecturas sobre Trump llevaron a las malas lecturas transitivas sobre sus secuaces, y algunos comentaristas asumieron que cualquiera que sea lo suficientemente Maga debe de ser una ‘paloma’ en lo tocante a política exterior. Stephen Miller, por ejemplo, que es sobre todo conocido por su odio a los inmigrantes, ha aprendido a denunciar a los adversarios de Trump por ser “neocons belicistas”, pero él mismo es un ‘halcón’ de toda la vida. Miller comenzó su carrera como joven activista que acusaba a los críticos de las guerras de Iraq y Afganistán de ser unos “traidores” y alinearse con “terroristas”, y supuestamente fue uno de los mayores impulsores de la agresión contra Venezuela junto con Marco Rubio. Resulta que querer infligir violencia en gente racializada en el propio país no es inconsistente con querer hacerlo fuera de él.

De manera similar, los medios han atribuido “puntos de vista aislacionistas” a Pete Hegseth por ser un personaje tan obviamente trumpiano (una personalidad televisiva, acusaciones de agresión sexual, odio a lo woke). La prueba principal es su declaración de que dejó de ser un neocon en torno a 2018 (en el momento preciso en que ser identificado como neocon se había convertido en un lastre importante en la política de derechas). Más allá de si es o no es un neocon, hay pruebas más que suficientes de que nunca fue otra cosa que un ‘halcón’ sediento de sangre. La primera vez que Hegseth atrajo mi atención fue en los últimos años de Bush, cuando era la cara pública de Vets for Freedom [Veteranos por la Libertad], una organización pantalla de la derecha centrada en la propaganda favorable a la Guerra de Iraq en el momento en el que el apoyo público a la guerra se estaba desplomando.

Cuando entró en la televisión en la década de los 2010, transicionó del apoyo a la Guerra de Iraq en particular al apoyo a los crímenes de guerra en general, sumándose a la cruzada para la absolución de gente como Eddie Gallagher, que fue acusado por sus camaradas Navy SEALs por el supuesto asesinato por diversión de civiles iraquíes. En cualquiera de los casos, el verdadero historial de Hegseth no lo previno de convertirse en una causa célebre de la autoproclamada derecha antiguerra. Cuando su nominación se encontraba en la cuerda floja en el Senado, hubo una campaña de presión de Steve Bannon y Charlie Kirk que le dio el empujón definitivo para hacerse con el puesto.

Incluso Tulsi Gabbard, con su largo historial como crítica de las guerras de Iraq y Afganistán, se encuentra lejos de ser una ‘paloma’ en términos generales. Su alarmismo a lo largo de su carrera hacia el “terrorismo islamista radical” –una frase que criticó que Obama no usase– la hizo sospechosa de las “guerras para provocar un cambio de régimen” que tenían como objetivo democratizar países musulmanes, pero la mantuvo firmemente comprometida con los aspectos “kinéticos” de la guerra contra el terrorismo. Su apoyo al uso militar de drones fue férreo tanto con Obama como con Trump, y lo mismo ocurre con su apoyo a la destrucción israelí de Gaza. Una leyenda persistente mantiene que se opuso a la intervención estadounidense en Siria, cuando, en realidad, se opuso únicamente a una intervención estadounidense contra Bashar al-Assad, y criticó duramente a Obama por no intervenir de manera más decidida en su apoyo. Aunque la guerra actual implica algún tipo de disonancia cognitiva en alguien que llegó a vender camisetas con el lema ‘No a la guerra con Irán’ en su página web, la vieja inclinación de Gabbard por resolver las cosas con drones y bombas más que con métodos persuasivos no queda demasiado lejos de la de su jefe actual.

El antibelicismo Maga nunca lo ha tenido muy difícil a la hora de encontrar malvados asesores a los que culpar por el fracaso de Trump de no estar a la altura de la imagen que tenían de él. En el primer mandato fueron gente como Mike Pompeo y John Bolton los que sirvieron de chivos expiatorios, en esta ocasión Marco Rubio parece destinado a ocupar ese lugar. Pero el historial de Trump durante su primer mandato ofrece muy pocos motivos para el optimismo de que un Trump desatado y rodeado de “su gente” sería menos beligerante, y su segundo mandato ha disipado ya cualquier duda.

Pero más allá de los individuos, ¿pueden extraerse conclusiones más generales sobre este penoso estado de la cuestión? ¿Por qué a los comentaristas les costó tanto ver lo que se avecinaba? Buena parte de ello tiene que ver con cómo Estados Unidos ha recordado, o distorsionado el recuerdo, de su política exterior en las décadas recientes, especialmente de la Guerra de Irak.

El hecho de que hombres como Hegseth o Miller estén cómodos hablando con desprecio de los “neocon” es indicativo de una característica de esta memoria cultural: el aislamiento de los neoconservadores como los únicos culpables de los crímenes de la política exterior estadounidense.

Los neocon tienen en verdad un historial pernicioso (sobre el que yo, como muchos otros, he escrito en otro lugar). Eran la vanguardia intelectual que preparó el terreno para la Guerra de IraQ; en los primeros días, cuando el conflicto se trataba como un éxito, estaban contentos de reclamar su responsabilidad en él, y sólo por eso merecen ser culpados por su injusticia y su fracaso. Pero en una guerra que gozó del 90% del apoyo entre Republicanos en su comienzo es erróneo tratar a un grupo de intelectuales y burócratas que cabría en un campo de baloncesto como si fuesen toda el ala derecha del partido de la guerra.

Por importante que fuesen los neocon a la hora de modelar el discurso, quienes tomaron las decisiones con consecuencias de veras no fueron para nada neocons, en particular el triumvirato de George W. Bush, Dick Cheney y Donald Rumsfeld, junto con dirigentes liberales como Hillary Clinton y Joe Biden que eligieron seguirles el juego. El culto Maga actual de odio hacia los neocon tiene menos que ver con un apropiado ajuste de cuentas con la Guerra de Iraq que con otros motivos: la necesidad de desacreditar a un grupo que habría comprendido a un sector importante de críticos de Trump en la derecha y el deseo de pretender que el militarismo estadounidense es un implante del extranjero explotado por un puñado de intelectuales judíos en beneficio propio.

A medida que el movimiento Maga ha centrado la culpa en los neocon también ha tendido a identificar el neoconservadurismo con la promoción de la democracia wilsoniana. El error de los EEUU, de acuerdo con esta interpretación, es el deseo ingenuo y humanitario de llevar la civilización al Oriente Medio. Pero el neoconservadurismo nunca se ha atado de manera exclusiva a los sueños de democracia universal. El documento más importante de la primera generación de principios neoconservadores en la política exterior, ‘Dictatorships and Double Standards’ (Dictaduras y dobles raseros), de Jeane Kirkpatrick, era una llamada a defender los gobiernos “autoritarios” amigos de la derecha contra potenciales movimientos “totalitarios” de la izquierda, ya fuese democrática o no. Bien entrado el siglo XXI, los neocon han permanecido divididos en sobre a partir de qué punto la defensa de la democracia se superpone a otras prioridades, como la defensa de Israel, una división que ayuda a explicar la cesura entre los campos pro-Trump y anti-Trump dentro del movimiento.

Más importante aún, identificando la Guerra de Iraq con la promoción de la democracia llevan a malinterpretar, pura y simplemente, la propia guerra. Quienes somos lo suficientemente viejos como para recordar los días previos al conflicto comprendemos que la benevolencia no era el sentir dominante: la gente estaba enfadada y asustada por el 11-S y quería venganza. “Algo mucho más grande que [Osama] bin Laden necesitaba decapitación”, explicó William F. Buckley, dando una capa de barniz a las opiniones de los llamados “superhalcones” del Instituto Claremont (que andando el tiempo se convertirían en el grupo más prominente de intelectuales Maga).

A medida que la justificación original de la guerra, basada en las armas de destrucción masiva, se venía abajo, la administración Bush echó mano de justificaciones más idealistas. El discurso inaugural del segundo mandato de Bush, en 2005, dos años después del esfuerzo bélico inicial, marcó el punto álgido de esta tendencia. Pero el motivo por el que gente como Trump y Miller apoyaron la guerra es que el ímpetu original fue uno que atrajo a gente como Trump y Miller. Y el sentir dominante en la derecha en 2003 no estaba muy lejos del que hay en 2026.

Este recuerdo distorsionado de la Guerra de Iraq sentó las bases de la política exterior Maga subsiguiente. Si Iraq había sido un desafortunado ejercicio de idealismo democrático, para evitar otros Iraq había que renunciar a ese tipo de idealismo. Como consecuencia, el listón de la crítica se rebajó demasiado, y las únicas intervenciones que se rechazaron fueron las ocupaciones con grandes números de tropas justificadas con una retórica humanitaria. De todo ello quedó ausente el punto de vista elemental del no-intervencionismo de que incluso las acciones limitadas y aparentemente exitosas en el corto plazo pueden tener consecuencias perversas en el largo plazo.

Hasta el pasado mes de febrero Trump ha evitado las guerras a gran escala. Pero en ambos mandatos hemos visto un incremento constante de las acciones agresivas que ha merecido el elogio de los influencers del movimiento Maga por ajustarse al listón de no ser Iraq, que ya era bajo. El hecho de que el movimiento Maga haya llegado a recordar el asesinato de Soleimani como una jugada maestra trumpiana ha ayudado a preparar el terreno para la actual guerra, como lo ha hecho la respuesta mayoritariamente positiva a la campaña de bombardeos del verano pasado (“El presidente Trump ha actuado con prudencia y decisión”, de acuerdo con Charlie Kirk) y el secuestro este invierno de Nicolás Maduro (“una victoria rotunda y una de las operaciones militares más brillantes de la historia estadounidense”, según Matt Walsh). A decir de todos, fue esta sucesión de “victorias” de gratificación inmediata lo que convenció a Trump a apostar por la actual guerra.

Ahora el movimiento Maga está buscando chivos expiatorios. Además de su fijación con los neocon –algo que está bastante fuera de lugar en una administración que no contiene ningún autoproclamado neocon– está su fijación con Israel. El ángulo israelí es importante, aunque no suficiente por sí mismo, para explicar esta guerra. Israel y sus aliados estadounidenses claramente han presionado para arrastrar a Estados Unidos a la guerra contra Irán –mucho más que con Iraq, donde Israel y grupos como AIPAC apoyaron ampliamente la guerra, pero no lideraron los esfuerzos–. Esta influencia ha sido real y dañina, pero el problema es que Israel y sus aliados estadounidenses han estado presionando por conseguir esta guerra con cada presidente desde George W. Bush. La cuestión relevante para el movimiento Maga es por qué esta campaña, después de dos décadas de fracasos, finalmente ha logrado obtener resultados con Trump, y por qué su hombre de la paz fue quien ha iniciado una guerra que incluso Bush fue lo suficientemente inteligente como para evitar.

Aunque no apoyaría el abanico completo de opiniones candentes del periodista Michael Tracey, siempre a la contra, claramente tiene razón cuando habla sobre “el problema con Tucker”. Las teorías de la conspiración melodramáticas de figuras como Tucker Carlson y Steve Bannon sobre Benjamin Netanyahu embrujando fatídicamente a Trump tienen su origen, llanamente, en su fracaso a la hora de aceptar el hecho de que su héroe comenzó esta guerra porque quería comenzar esta guerra. (¿Por qué? Porque le frustraba verse arrinconado domésticamente, porque quería otra muestra de dominio de gratificación rápida, porque le gusta volar cosas por los aires. ¡No será por razones!)

Sería reconfortante compartir la fe de Carlson de que el asesinato de más de un centenar de estudiantes en Minab ha debido ser el resultado de los pérfidos servicios de inteligencia israelíes porque “América no hace ese tipo de cosas”. Tristemente, nuestro país no precisa de lecciones de Netanyahu sobre cómo matar a inocentes. La guerra de Irán pertenece a Mark Levin, a Ben Shapiro y al resto de quienes la apoyan explícitamente. Pero también a Carlson, a Bannon y al resto de sus adversarios dentro del movimiento Maga, que han trabajado para propagar las afirmaciones claramente falsas sobre quién era Trump y qué significaría su retorno al poder.

¿Qué significa esto para la izquierda? La prioridad inmediata es detener la guerra, y a corto plazo no existe ningún motivo para rechazar alianzas que ayuden en este sentido. Pero a largo plazo merece la pena reflexionar sobre nuestras propias estrategias retóricas y analíticas. En un mundo en el que los Demócratas son tan poco inspiradores –o peor aún, si pensamos en Gaza– es tentador exagerar las posibilidades de la teoría de la herradura con elementos de la derecha. Sobre este punto, incluso si estas constelaciones nunca llegan a darse del todo, resulta útil enfatizar la posibilidad de que los progresistas sean superados por el flanco por la derecha en ámbitos como una orientación populista de la economía o una política exterior no-intervencionista, ni que sea para presionar a los progresistas para que mejoren. El riesgo es que tu propio bando puede terminar confuso sobre qué se juega verdaderamente en el conflicto político.

Siempre he sido escéptico hacia la idea de que el movimiento Maga conduciría a algún tipo de medidas económicas genuinamente populistas, y la Big Beautiful Bill del año pasado ha servido como una amplia confirmación de este escepticismo. De manera similar, la guerra de Irán corta de raíz cualquier esperanza de que las repetidas denuncias desde la derecha sobre las “guerras interminables” acaben alejándonos de las guerras interminables. Puede soñarse con un mundo en el que ambos partidos compiten por ver quién hace políticas más favorables a los trabajadores y más contrarias a la guerra. Pero vivimos en un mundo mucho más deprimente. No deberíamos llamarnos a engaño sobre las virtudes del liberalismo realmente existente, pero tampoco sobre las alternativas existentes a él.


Fuente: El Salto

lunes, 2 de marzo de 2026

Doblegar a Irán porque así lo quiere Israel

 

Para un invierno átono y viscoso, sin frío ni calor (8 de 10)


 Por Pedro Costa Morata   
    Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

Doblegar a Irán porque así lo quiere Israel


Contemplaba yo cómo se perfilaba la nueva agresión combinada yanki-sionista contra Irán que, según el “modo de empleo” sigue ineluctablemente a la acumulación de fuerzas aeronavales norteamericanas en las cercanías del objetivo a golpear, tratando de establecer un hilo conductor para redactar algo coherente y, si fuera posible, constructivo, en relación con la historia de ese país durante el último siglo. Y eché mano de mi primer análisis sobre Irán, publicado en el semanario Triunfo (“Irán: un gendarme para Oriente Medio”, 21 de diciembre de 1974), cuando el régimen del sah Pahlavi, atraía la atención mundial por sus fantasías imperiales y su intervencionismo en la región apoyando a los regímenes más reaccionarios en su lucha contra movimientos guerrilleros (Dofar en Omán, Kurdistán en Iraq) o independentistas (en Eritrea frente a Etiopía, en Beluchistán frente a Afganistán y el propio Irán…).


Artículo de Pedro Costa Morata publicado en el semanario ‘Triunfo’. (“Irán: un gendarme para Oriente Medio”, 21 de diciembre de 1974).

Mapa elaborado por Pedro Costa Morata publicado en el semanario ‘Triunfo’. (“Irán: un gendarme para Oriente Medio”, 21 de diciembre de 1974).


Aquel Irán, al que el Occidente llegó a atribuirle el papel de potencia subsidiaria anticomunista (como lo eran la Sudáfrica racista, la Indonesia de Suharto y el Brasil de los generales, entre otros casos), muy de confianza en una región donde aleteaban fuertes impulsos árabes revolucionarios e Israel carecía casi totalmente de apoyos, fue cercenado drásticamente por la revolución jomeinista en 1979. La revolución islamista de Irán nos ha confirmado que todos los integrismos religiosos son indeseables (incluyendo los que no quieren decir su nombre, como sucede con el cristianismo), pero tanto su implantación como su consolidación tienen sus causas y su explicación. Y en el caso de Irán, todo eso está muy claro: primero fue el hartazgo y el escándalo del intervencionismo occidental reincidente, luego, la ambición petrolera de las potencias, especialmente la británica, y finalmente la alianza de los Pahlavi con Israel, que no por silenciosa era menos activa.

Desde entonces nada pudo ser igual, desatándose esa persistente inquina con que Occidente ha tratado desde el primer día al régimen de los ayatolás, de muy acusada independencia frente a Occidente, que es lo que -en mi leal entender- resulta imperdonable para el hegemonismo norteamericano, mucho más cuando se cuentan con los dedos de la mano los regímenes o Estados en el planeta que se pueden permitir, aun con dificultades, sanciones y amenazas, conducir sus asuntos por sí mismos y según sus propios intereses.


Imagen de Seyed Javad Miri, en su Instagram.

Porque no, no es la represión del régimen hacia los manifestantes lo que mueve los ataques repetitivos y devastadores contra Irán (como Trump alega y la UE retoma para aceptar los bombardeos y atreverse a la indecencia de pedir a Irán que no responda…); esa represión a Occidente solo le importa como estética hipócrita. Tampoco, en el fondo, es que su petróleo abundante excite especialmente las apetencias de Estados Unidos y Estados compinches, ya que no falta petróleo en otras áreas dóciles del mundo (y el reciente control sobre el de Venezuela así lo confirma). Y me atrevo a decir que ni siquiera es a la sospecha de un programa nuclear militar a lo que hay que atribuir los bombardeos devastadores: desde 1980, es decir, al día siguiente del triunfo de la revolución islámica, Estados Unidos e Israel vienen anunciando -pero mintiendo- la inminencia de un arma atómica iraní, lo que no alarmaba cuando era el sah el que la perseguía, una acusación siempre falsa y por tanto indemostrable; además, en 2015 Estados Unidos e Irán firmaron un acuerdo que zanjaba este asunto, pero que Trump ha roto unilateralmente para argüir como pretexto de agresión el asunto nuclear. Añadamos que para Irán sería legítimo conseguir el arma atómica, ya que Israel, su enemigo más cercano y peligroso, ha acumulado cientos de bombas atómicas desde que iniciara su programa nuclear a finales de la década de 1960;

Nada de eso justifica en realidad el acoso a Irán: se trata, por una parte, de que este es un Estado que no pasa por el aro del supremacismo de Occidente, y de que, por otra, ha ido quedando como única potencia que desafía a Israel, que es la potencia hegemonista del Oriente Próximo, que no consiente rivales. Como respuesta, Irán denuncia una voluntad, ahora exacerbada, de dominio norteamericano sobre el mundo, así como el plan de exterminio de la población directamente colonizada y sometida, la palestina, a manos de Israel. Irán desafía ambas estrategias del crimen, negándose a aceptarlas y a someterse a sus planes y mecanismos (Esto es lo que vive Cuba desde hace sesenta años, es lo que llevó a machacar a Serbia en 1999 y a humillar a Venezuela hace nada; y lo que espera a otros objetivos menores que irán siendo fijados por el Gran Matón, para abatirlos).

El Irán islamista, además, evoca otro episodio de opción por la autonomía política y energética, cuando las elecciones libres dieron el poder en 1951 a Mosaddeq quien, como objetivo esencial para luchar contra la pobreza y la desigualdad en el país nacionalizó la omnipotente Anglo-Iranian Oil Company (luego BP), que permanecía en manos británicas desde que, prácticamente, surgiera el primer petróleo de Oriente Próximo en Masjed-i-Suleiman (región del Juzestán), en 1908. Esta medida de soberanía política suscitó la inmediata respuesta del MI6 británico, que preparó el golpe de Estado con la colaboración de la CIA norteamericana (recientemente creada, pero que ya al año siguiente derrocaría, ella solita, al régimen democrático y nacionalista de Arbenz, en Guatemala). Los disturbios organizados en 1953 en Teherán por mafiosos, espías y traidores, todos ellos contratados por el Reino Unido y Estados Unidos, dejaron en las calles 300 muertos y llevaron a Mosaddeq a la ruina personal y política (con tres años de prisión y confinamiento domiciliario hasta su muerte en 1967).

A partir de ahí el Irán de la dinastía Pahlavi fue endureciéndose y aumentando su dependencia de los intereses petroleros y estratégicos de las potencias occidentales, en el marco de la Guerra Fría. En 1955 se firmó el llamado Pacto de Bagdad (en realidad, Central Treaty Organisation, CENTO), a iniciativa de Turquía e Iraq, a los que se unieron Pakistán, Irán y el Reino Unido (que lo había inspirado). Iraq se retiró en 1959, al poco de iniciarse su ciclo revolucionario. También se creó la SAVAK, la temible policía secreta del régimen, que procedió a la eliminación de los críticos -principalmente provenientes del Tudeh, el Partido Comunista iraní que había apoyado a Mosaddeq, sin inspirarlo- y dio lugar al protagonismo de Jomeini, respetado líder religioso que se erigió como principal oponente, y en su momento enterrador, de la opresión del sah, por lo que sufrió persecución, prisión y finalmente exilio.

Esta revisión histórica – especialmente recomendada para quienes consideran que el regreso de la monarquía de los Pahlevi, y del hijo del sah odiado, puede ser la “solución” a un Irán rebelde- debe refrescar la memoria de quienes lo necesitan: la agitación que ha llenado las calles de Teherán recientemente, dando lugar a una represión feroz, ha sido provocada por, primero, las duras sanciones y las privaciones con que Occidente castiga a Irán desde la caída del sah en 1979, y, segundo, por la sistemática acción del Mossad en concurso con la CIA, fijando objetivos humanos y militares (lo que no ocultan estas mismas agencias clandestinas).

Insistiré, teniendo como referencias las movilizaciones multitudinarias de 1979 que hicieron que el sah abandonase el país falto de apoyos, en que fue el occidentalismo del régimen lo que actuó como revulsivo para una visible mayoría de la población, y fue el islamismo integrista la punta de lanza de la revolución (social) necesaria. El Islam no es un producto occidental, sino que, por el contrario, ha ido acumulando daños y agravios perpetrados por Occidente, y responde con su arma religiosa (como han hecho siempre que han podido las otras dos religiones monoteístas, que reconocen, con el Islam, su vínculo triple a partir del Génesis). El Islam rechaza la democracia occidental por falsaria y ajena a su tradición religiosa, cultural y política. Y no tiene por qué someterse a ella, descartando que se trate de un valor universal. Ese cuestionamiento de fondo y forma que la revolución islámica iraní hace de Occidente desde su implantación en 1979, es lo que la ha enfrentado a una hostilidad feroz y jurada, que pretende -so capa de cultura y civilización laicas, pero superior y supremacista- imponerse a todo el mundo: pueblos, religiones, culturas y modelos políticos.

En el actual enfrentamiento de Occidente con Irán subyace todo eso, con la agravación que supone la íntima coalición de dos Estados criminales, Estados Unidos e Israel (actuando el primero de lacayo del segundo), más los fieles Estados vasallos de ese dúo de destrucción masiva de Alemania, Reino Unido y Francia. El planteamiento es el que ha impuesto el presidente norteamericano Trump en su política de usura e intimidación: “vamos a negociar en los términos y con los objetivos que os impongo porque sí, y si no los aceptáis os machaco”. Con estos presupuestos, el “estilo Trump” ya no es el de sus predecesores, de derribar regímenes y sustituirlos por otros, “democráticos” (de fracasos tan notorios como los de Iraq y Afganistán), sino de eliminar a líderes o cabecillas obligando a segundones y traidores a doblegarse, aunque el régimen golpeado siga considerándose a sí mismo “salvado” o continuista (como ha sido el caso de la Venezuela bolivariana y se pretende que lo sea el Irán islamista).

El protagonismo en todo cuanto tiene que ver con las guerras y los abusos en Oriente Próximo está -sobre todo en los últimos años- concentrado en el presidente norteamericano y en el primer ministro israelí, Netanyahu, perfectamente compinchados y que se sienten con las manos libres para llevar a cabo sus políticas criminales. Y a los que nada decisivo pueden oponer, por su incapacidad práctica, Rusia o China, ni mucho menos los Estados infames y atemorizados de la Unión Europea. (También es el momento, sí, de confirmar la tragedia planetaria que supuso la liquidación de la URSS que la historia debe atribuir más a la persistente acción corrosiva de Occidente que a la propia degradación del régimen soviético, pero que impedía, con el equilibrio y el miedo mutuos, las devastaciones actuales y los crímenes contra la humanidad de un Occidente desatado).

El Israel actual, de poder desmedido desde que dispone de los Estados Unidos de Trump como mamporrero servil, representa la imagen más certera de aquello que diseñaban los famosos Protocolos de Sión que, apócrifos o no, están siendo superados por el diabolismo de Israel y sus aliados sionistas esparcidos por el mundo, especialmente por Estados Unidos. Aquel texto, que acusaba al judaísmo internacional de querer imponerse al mundo, y que ha venido siendo tachado de falso y antisemita por la siempre bien intencionada opinión de Occidente respecto del poder judío, se viene quedando corto desde que la colusión Estados Unidos-Israel actúa con entera libertad para golpear y someter a cualquier objetivo que se proponga; y pone así en evidencia un empeño acelerado por concluir esa preeminencia otorgada por un dios insoportable a un pueblo de alucinados por su exclusividad, del que surgió la doctrina sionista como punta de lanza en su estrategia de dominación.

El “caso Epstein”, que nos convence del singular protagonismo de un Trump íntimo del pederasta Jeffrey, a su vez distinguido miembro de la a sí mismo considerada “comunidad judía norteamericana”, ha resultado ser -aunque la muy judaizada gran prensa internacional, se resiste a reconocerlo- una operación estratégica del Mossad para controlar a personalidades significativas en todo el mundo, llamadas a prestar su apoyo o simpatía hacia el Estado sionista. Lo mismo da que al principio fuera un planteamiento de acción internacional de los agentes israelíes utilizando las “cualidades” de ese degenerado, o que fueran las condiciones del afortunado millonario, llamativas y productivas, las que llamaran la atención de un Mossad siempre atento y capilar. El caso es que para el sionismo criminal este episodio tan singularmente escandaloso ha rendido, con seguridad, inmensos y muy aprovechables triunfos.

Ese caso, el de Epstein y el más amplio y sistémico de la confabulación indestructible Estados Unidos-Israel, nos pone a los occidentales frente al espejo y nos obliga a sentirnos parte de una trama de criminales, necios y peleles supremacistas por la fuerza y las malas artes en un mundo inerme y atemorizado, lo que nos empuja, a más de someternos de pensamiento, palabra y obra al gang dominante, a convencernos de que estamos del lado bueno de la Historia.



jueves, 15 de enero de 2026

EEUU redobla su presión sobre Irán consciente de la debilidad del régimen islámico dentro y fuera de sus fronteras

 

      Periodista y analista para Público en temas internacionales. Especialista universitario en Servicios de Inteligencia e Historia Militar.


Las revueltas en Irán y su brutal represión evidencian la quiebra del régimen de los ayatolás y vaticinan su posible colapso, acelerado por la coacción de EEUU a Teherán y sus aliados

     Los expertos en Irán, y algunos líderes internacionales, coinciden en que esta vez, con las protestas populares extendidas por todo el país y una sangrienta represión que ha dejado ya al menos 2.000 muertosla dictadura islámica instaurada en 1979 puede tener los días contados, aunque de momento no tenga una alternativa sólida que pueda reemplazarla.


Diarios iraníes, incluido 'Sazandegi' (C) que muestra en su portada una imagen del presidente estadounidense Donald Trump y un titular en farsi que dice 'Otra vez Trump'.

La actual revuelta se diferencia de anteriores protestas en su amplitud, pues ha levantado a hombres, mujeres, estudiantes, trabajadores, miembros de etnias y regiones muy diferentes, y en que se está desarrollando bajo la amenaza de un ataque a gran escala por parte de Estados Unidos, como reiteró este martes el presidente Donald Trump.


Los disturbios antigubernamentales en Teherán.

El marco exterior no favorece al régimen, que ha recurrido a la violencia extrema para intentar atajar las protestas, pues, literalmente, percibe que el poder se le escurre entre los dedos, aunque no haya un único enemigo interno al que culpar, de ahí que demonice a EEUU y a Israel como los artífices de la revuelta.


Los manifestantes caminan hacia la embajada de Irán durante una manifestación en apoyo a las protestas nacionales en Irán, en Londres.

El escudo externo de Irán se desvanece

Y en parte el régimen islámico podría tener razón sobre esa presión externa. Irán ha sufrido en los últimos dos años la caída de sus principales apoyos militares regionales, con el derrocamiento en diciembre de 2024 de Bachar el Asad en Siria, las derrotas de Hizbulá en el Líbano o la reducción drástica de la presencia rusa en Oriente Medio.

La llegada hace un año de Donald Trump a la Presidencia de Estados Unidos, el 20 de enero pasado, multiplicó la presión sobre Teherán, con más sanciones económicas y un humillante y masivo bombardeo el junio pasado, que pudo ser el prólogo simbólico de una inminente guerra abierta de Washington contra el régimen de los ayatolás.

Por otra parte, la ofensiva lanzada en Gaza por Israel a raíz de las matanzas de judíos en su territorio por células de Hamás el 7 de octubre de 2023, con el genocidio bajo las bombas hebreas de más de 70.000 palestinos, dio al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, el ánimo preciso para arremeter contra todos los enemigos de Tel Aviv en la región, desde los sirios de Al Asad, los guerrilleros de Hizbulá hasta los propios iraníes,.

Teherán sintió también en los últimos dos años la ira israelí lanzada contra el Eje de Resistencia forjado por el ejército iraní entre fuerzas chiíes islamistas en Oriente Medio. Los asesinatos selectivos por las bombas y drones israelíes en él

Líbano, Siria y el propio Irán dejaron claro al Gobierno chií de Teherán que la guerra total contra Israel había comenzado, golpe a golpe y sin pausa, y que ni siquiera el líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jameneí, habría estado a salvo si Netanyahu hubiera decidido eliminarlo.

Fueron cayendo los líderes del Eje, uno tras otro: Ismail Haniya, cabeza de Hamás, en julio de 2024 en la misma Teherán, y Hasán Nasralá, el secretario general de Hizbulá, en septiembre de ese mismo año en Beirut. Israel también acabó en la corta guerra de junio de 2025 contra Irán con los generales Qolamali Rashid y Alí Shadmani, nombrados sucesivamente jefes del Estado Mayor de su país.Todos ellos fueron asesinados por Israel siguiendo una pauta que el propio Trump había puesto de moda en enero de 2020, en su primer mandato (2017-2021), cuando ordenó el asesinato del general Qasam Soleimani. Era el número uno del ejército de Irán y jefe supremo del brazo armado iraní en el exterior, al frente de las fuerzas Al Qud. Sigue siendo la mayor pieza que se ha cobrado hasta el momento Trump en su guerra personal contra Teherán.

Israel incluso humilló a los iraníes atacando su consulado en Damasco en abril de 2024. Irán respondió con un intento de bombardeo masivo del territorio israelí ese mismo mes. Ataque que quedó reducido a unos fuegos artificiales, gracias a las férreas defensas antiaéreas israelíes y, sobre todo, a los aviones y misiles estadounidenses y británicos, que defendieron al estado judío. Hubo un contraataque aliado israelí-estadounidense contra Irán, pero tampoco fueron mayores los daños causados.

Sí lo fueron los ocasionados con el bombardeo masivo estadounidense de las infraestructuras nucleares iraníes el 22 de junio de 2025, en las ciudades de Fordow, Natanz e Isfahán. Este ataque siguió al intercambio de bombardeos que durante casi dos semanas enfrentó a israelíes e iraníes, y dejó claro que EEUU no dejaría solo a Israel en la confrontación con Irán.

El trasfondo del petróleo  

Ahora, tras la operación lanzada por EEUU contra Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro, el líder estadounidense ha hinchado pecho en Oriente Medio, al igual que en la “aliada” Europa con sus amenazas para quedarse con Groenlandia. Trump ha puesto de nuevo a Irán en su mirilla, aprovechando el pretexto de la sangrienta represión desencadenada por el Gobierno iraní contra los manifestantes, pero con el trasfondo real del control del petróleo y el gas producidos por Teherán, así como sus repercusiones en China, auténtico rival de EEUU.


Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, llegan a Nueva York, a 5 de enero de 2026.

Irán es el séptimo productor mundial de petróleo y China su principal comprador de crudo, además de su mayor socio comercial. De ahí que en Pekín se siga con mucha atención lo que está ocurriendo en las calles de las ciudades iraníes, pero más aún lo que puede trascender de los despachos del Pentágono y la Casa Blanca.

En medio de esta creciente debilidad exterior del régimen, las protestas populares se desencadenaron el 28 de diciembre, inicialmente por razones económicas, ante la inflación desbordada, el desplome de la moneda iraní, el rial, la asfixia por las sanciones internacionales y la terrible gestión oficial. En apenas dos semanas, las protestas han logrado poner contra las cuerdas al régimen. Y por primera vez en mucho tiempo la población de Irán ha podido vislumbrar el fin de la dictadura islámica.

Trump: "La ayuda está en camino"

"La ayuda está en camino", afirmó Trump este martes, tras anunciar que cancelaba los contactos con las autoridades iraníes y con una llamada a los manifestantes a seguir resistiendo. Por primera vez, las autoridades iraníes dieron cifras y hablaron de al menos 2.000 muertos. Y no solo civiles. La ONG Human Rights Activists in Iran (HRANA) citó el mismo número de muertos y estableció que 1.847 eran manifestantes y 135 policías y militares.

Una diferencia de estas revueltas con anteriores protestas es que la gente empezó a defenderse y a atacar a los policías y militares, incluso con armas de fuego. Por eso el régimen islámico está calificando a los manifestantes como “terroristas” y “mercenarios” de EEUU e Israel, y está dispuesto a aplicar la pena de muerte a muchos de los más de 10.000 detenidos en las refriegas. Radio Free Europe Radio Liberty citó a testigos sobre ejecuciones de heridos en los hospitales.

El alto comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk, afirmó que son “extremadamente preocupantes” esas intenciones de las fuerzas de seguridad iraníes para convertir a los detenidos en las manifestaciones en reos de muerte. "Etiquetar a los manifestantes como 'terroristas' para justificar la violencia contra ellos es inaceptable", indicó Türk. Y acusó a Irán de "infligir una fuerza brutal para reprimir las demandas legítimas de cambio".

Merz: "Es el fin del régimen iraní"

En Europa, el canciller alemán, Friedrich Merz, se destacó en tales críticas y acusó a Irán de lanzar una represión "desproporcionada" y "brutal", que solo ponía en evidencia "la debilidad” del régimen iraní. Este martes, Merz fue más allá y vaticinó el inminente colapso de la dictadura de los ayatolás. "Creo que estamos viendo los últimos día o semanas del régimen iraní", dijo ante periodistas alemanes durante una visita a la India. Y subrayó que "un régimen que sólo puede mantenerse en el poder a través de la violencia está de hecho acabado".

Pero, aunque esta revolución popular se vaya extendiendo por todo Irán, desde Mashhad a Tabriz, desde Shiraz a Kermán, la fuerza represora de las autoridades chiíes es aún indiscutible y no hay una cohesión entre los manifestantes que pudiera aunar y coordinar fuerzas. Especialmente cuando tiene en frente al millón de efectivos de la Guardia Revolucionaria, la policía, las unidades paramilitares Basich y otros cuerpos de ejército duchos en la represión.

Ni siquiera Reza Pahleví, heredero del sha depuesto en 1979 por el ayatolá Jomeini y su revolución islámica, tiene capacidad de aglutinar esfuerzos desde su dorado exilio en EEUU. De momento, Trump no se fía de él y solo ve un advenedizo que quizá pueda ser útil en algún momento gracias al protagonismo que está consiguiendo a través de las redes sociales fuera de Irán y al puñado de banderas de la monarquía iraní que están siendo enarboladas en las manifestaciones.

Por eso, en estos momentos todo puede depender de los pasos que dé Trump en torno a esta crisis. Y de la respuesta a la desesperada que presente el régimen de los clérigos islámicos cuando vea poner rumbo hacia las aguas del Golfo Pérsico a los portaaviones estadounidenses, cada uno de ellos capaz de borrar del mapa regimientos enteros iraníes.

Rusia y China  

También es preciso tener en cuenta a los países aliados de Irán como Rusia y China. Si bien los acuerdos militares de Teherán con Moscú no implican la defensa mutua, Rusia tiene en Irán muchos intereses estratégicos. Pero a nadie se le escapa que la buena sintonía entre Trump y el presidente ruso, Vladímir Putin, podría materializarse en algún acuerdo extraño en el que el peso del Kremlin en un eventual proceso de paz en Ucrania pudiera verse reforzado a cambio de cerrar los ojos en torno a Irán. De momento, sin embargo, Moscú ha condenado toda injerencia extranjera en Irán.

China es otra cuestión y un factor internacional mucho más correoso para la estrategia de seguridad estadounidense en Oriente Medio. Este martes, Pekín llamó a "preservar la estabilidad de Irán" y reaccionó con firmeza ante la amenaza de Trump de imponer aranceles de hasta el 25% a los países que hagan "negocios" con Teherán, una penalización, evidentemente, dirigida contra las empresas chinas.

Pekín prometió proteger sus intereses ante semejante "sanción unilateral ilícita". Sean cuales sean esos pasos que dé China para salvaguardar esos intereses, no serán un asunto baladí. En la cruzada arancelaria que Trump lanzó en los primeros meses de su mandato contra todo el planeta, solo un puñado de países se levantó ante semejante coerción y China fue el que mayor fuerza opuso y al que la Casa Blanca tuvo mayores reparos de seguir presionando.

"La coacción y la presión no pueden resolver los problemas", aseveró el portavoz de la Embajada china en Washington, Liu Pengyu. Pekín sabe perfectamente que dos de las razones que impulsan a Trump en Irán son el control del flujo de petróleo procedente del Golfo Pérsico hacia Asia y el daño que le pueda infligir a la economía china. De ahí que, en estos momentos, al gigante asiático le interese muy poco la caída de la dictadura iraní.


Nota Editorial.- Quienes desde Occidente no han dejado de apoyar, negociar y servir a los intereses de las dictatoriales monarquías teocráticas y antifeministas de Oriente Medio y el Magreb (Arabia Saudí y Marruecos, por ejemplo) apovechan ahora para exigir al feminismo que apoye a los Estados Unidos e Israel en su ataque contra el régimen de Irán.






Fuente: Público

jueves, 10 de julio de 2025

Los mapas del gran Mileikowsky alias Netanyahu

 

      Arabista en la Universidad Autónoma de Madrid.


La limpieza étnica de los territorios palestinos forma parte sustancial del ideario sionista.

     Cuando el insigne miembro de la familia Mileikowsky sacó a relucir uno de sus famosos mapas, en la sede de las Naciones Unidas, septiembre de 2023, se produjo una gran conmoción mundial. El primer ministro del régimen de Tel Aviv parecía dar por hecho que Palestina no existía ya –ni Gaza ni Cisjordania aparecían como tales- y proclamaba el inicio de un nuevo gran Oriente Medio liderado por el no menos grande Israel. Todo en el marco de un mega proyecto comercial que abarcaría desde la India hasta los puertos europeos del Mediterráneo. Unas semanas después se produciría el llamado “Diluvio de al-Aqsa” orquestado por las milicias aliadas; y los planes económicos, fundamentados en la firma de acuerdos de paz con más países árabes, en primer lugar Arabia Saudí, quedaron aparcados por un tiempo.


Casas demolidas en el campo de Tulkarem.

Ahora bien, la destrucción sistemática de lo que queda de Palestina y la expulsión del mayor número posible de palestinos, eso nunca se fue a ningún sitio porque, en realidad, había empezado antes de los ataques de Hamás y compañía. La limpieza étnica de los territorios palestinos forma parte sustancial del ideario sionista –inevitable en cualquier proyecto colonial como este- y en algún momento había que llevarla a cabo. El 7-O aportó la oportunidad a su maquinaria militar y el justificante ante la comunidad internacional, a la que, en realidad, el destino del pueblo palestino, traicionado por las leyes internacionales que debería protegerlo, le importa más bien poco en función de lo que diga Estados Unidos. Y Washington está de acuerdo: hay que quitarse de en medio el “engorro” palestino y asentar la “paz” de una vez por todas en la región. Si esto pasa por desperdigar a cientos de miles de seres indefensos por los países de la zona o de redistribuirlos entre estados europeos, árabes y africanos, cada uno con su cuota particular, sea.


       Soad Haddour, cuñada del periodista Kayed Hammad, le recibe en el Aeropuerto 
                                                                    de Málaga.

Mileikowsky ha vuelto a Washington –lleva cuatro viajes en menos de un año, toda una plusmarca- con otro de sus mapas. El padre de Mileikowsky, Benzion, fue un “reputado” activista sionista, profesor y partidario de Zeev Jabotinsky, representante del Revisionismo Sionista, uno de los movimientos más expansionistas y radicales respecto a la población autóctona de Palestina. Todo muy entusiastamente sionista, basado en la concepción más expeditiva del colonialismo europeo y la justificación bíblica de una tierra prometida (ellos saben muy bien, dicen, quién se la prometió, Jehová, los británicos o ellos mismos; los demás lo ignoramos). Benzion terminó cambiándose el apellido a Netanyahu (“Yahvé concedió”) para sonar más hebreo y menos europeo, tras abandonar su Polonia natal. El hijo, Benjamín, nacido en la Palestina ocupada, se convertiría décadas después en primer ministro. Heredó de su padre la pasión por la pseudo historia sionistizante y los mapas. Lógico: los anhelos de nuevas conquistas han de plasmarse con coloridos contornos geográficos.


                                                      Zeev Jabotinsky en 1940.


Benjamín Mileikowsky alias Netanyahu ha ido a Washington a ver al presidente Donald Trump con uno de esos mapas llenos de sorpresas. La prensa israelí, siempre activa al servicio de las grandes operaciones sionistas de imagen pública, había filtrado los pormenores del mismo. A los prohombres del Likud y las formaciones israelíes ultra nacionalistas siempre les han encantado los mapas desorbitados donde el Sinaí, media Jordania e incluso partes de Iraq aparecen enmarcadas dentro del Gran Israel; pero esta vez, el mapa en cuestión que, dicen, Mileikowsky le iba a enseñar a otro hijo de inmigrantes que ahora no cree en la inmigración, incluía una porción de Líbano y Siria dentro de los límites del Estado de Israel. La filtración, por supuesto, no es inocente ni se debe a un error de la oficina de Mileikowsky. El mensaje que se desea trasladar es claro: este gran Israel no tiene límites y puede aglutinar cualquier territorio adyacente que le convenga para continuar su expansión. O para llevar allí a los desplazados palestinos. Los responsables y periodistas israelíes hablan sin cesar de próximos acuerdos de paz con Siria y Líbano, lo cual aportaría un colchón de seguridad, a su proyecto colonial, y la proliferación de mapas así intentan aterrar a Damasco y Beirut y obligarlos a neutralizar a sus corrientes anti sionistas, sobre todo la segunda con Hezbolá. El objetivo: adherirlos a los Acuerdos de Abraham (“la paz araboisraelí”), patrocinados ahora por Arabia Saudí.

A Mileikowsky, representante de una saga de primeros ministros sionistas que se cambian el nombre –bueno, a él se lo cambió el visionario del padre- para no resultar tan europeos, le sonríe la geoestrategia internacional y las coordenadas regionales actuales. Egipto, Jordania, Emiratos Árabes, Marruecos, Bahréin y más países árabes están entregados a la causa, le aportan armas, dinero y mercancías y siguen actuando entre bastidores para terminar con la resistencia palestina, con la ayuda de la Autoridad Nacional en Ramala, cooperante pasivo del régimen de Tel Aviv. Estados Unidos está, como siempre pero más todavía, comprometida con el proyecto sionista y lo apoya con armas y bajages –más aún, Mileikowsky tiene una gran sintonía con Drumph alias Trump (esta familia germánica se cambió el nombre para parecer más americano y menos europeo, Jesús, qué manía)-; Irán está desarbolada, dicen, tras los últimos bombardeos sobre sus centrales nucleares, Hezbolá en Líbano se lame las heridas, Rusia está a los suyo, China permanece agazapada esperando vete a saber qué, Europa debería cambiarse el nombre para parecer menos europea y la comunidad internacional condena el genocidio en Gaza pero no hace nada para que las inversiones, las ayudas directas, las armas y las importaciones no sigan llegando al régimen de Tel Aviv, como señalan informes de Naciones Unidas, esa institución que ahora llaman “tan anti israelí” .


Escudo de armas de la Autoridad Nacional Palestina.

El gran problema de Mileikowsky y el estado profundo sionista es que, parafraseando el célebre micro relato, cuando se despertaron Gaza seguía ahí, con una resistencia que no cesa y una población que también resiste porque sabe cómo se las gasta el proyecto sionista –muchos ya han sido expulsados de su tierra original una, dos y tres veces-. Cada día sacan un mapa de nuevas deportaciones y desplazamientos forzados de población dentro de la Franja, o planes de campos de concentración en áreas determinadas, una especie de pruebas de laboratorio a gran escala. O vuelven a la carga con la expulsión masiva a Egipto, lo que está más cerca, hipótesis muy valorada por Washington pero que pondría en jaque a uno de los regímenes más afines y necesarios hoy para mantener la cada vez más precaria primacía estadounidense en la zona. El gran problema del régimen de Tel Aviv es que si desea mantener el ideario sionista debe obtener más tierras y expulsar a más palestinos; y eso puede dificultar el sueño de liderar un nuevo gran Oriente Medio basado en los intercambios comerciales con los regímenes árabes “amigos”. Pero están dispuestos a conseguir las dos cosas a la vez, acabar con la cuestión palestina y hacer negocios con las oligarquías árabes amigas.

Abundan en las redes sociales vídeos en los que se habla de un futuro próximo en el que Gaza constituirá sólo un recuerdo. Un lugar borrado de la faz de la tierra que devino un resort turístico en la costa mediterránea. O un parque temático de la historia reciente. Algo parecido a un recuerdo, como Palestina, desaparecida de los mapas de los Mileikowsky. Quienes sobrevivieron a aquella brutal limpieza étnica fueron realojados por los cinco continentes y algunos cambiaron sus apellidos palestinos para parecer más… europeos. Una distopía que tiene visos, por desgracia, muy reales, ante la saña sionista-estaounidense y la pasividad por no decir connivencia de los poderes fácticos y reales que gobiernan este mundo. Si no les bastan las mentiras y los bombardeos indiscriminados tienen la guerra bacteriológica. El islamismo radical, el Estado Islámico por ejemplo, es uno de estas armas cancerígenas. Avigdor Lieberman –tiene un nombre muy europeo todavía, se lo cambiará cuando gobierne-, representante del llamado “ultranacionalismo” israelí, ex ministro y enemigo declarado de Netanyahu, a quien a veces tacha de “demasiado blando”,  lo dijo hace poco: hay que utilizar el virus del islamismo radical contra los “enemigos de Israel” de forma proporcionada, que no se vaya de las manos, con éxito como Putin hizo en Chechenia.


Marta Ter entrevista a familiares de desaparecidos en Chechenia.

El régimen de Tel Aviv ha mantenido una relación de interés compartido con las milicias yihadistas en Siria, Iraq y alrededores y en algún momento les ha dado cobertura militar. O les ha abierto sus hospitales, como hiciera en 2015 con yihadistas heridos en Siria, pertenecientes a al–Qaeda y su filial siria de al-Nusra. Entonces hablaron de razones humanitarias. Podían hacerlo hoy, por motivos asimismo humanitarios, con los cientos de miles de niños que están hiriendo y mutilando en Gaza. Qué curioso: el líder de al-Nusra, bautizada después Tahrir al-Sham, gobierna hoy Damasco. Muchos hablan de su pretendida disposición a firmar la paz con Mileikowsky. Será porque antes se llamaba al-Golani y ahora le dicen Ahmad al Sharaa. El Golán, por cierto, es un territorio ocupado por el régimen de Tel Aviv desde 1967 y anexionado en 1981 que el sionismo nunca pondrá en un mapa dentro de Siria en un hipotético acuerdo de paz con Damasco. Hay que saber de cartografía, hombre.


Fuente: El SALTO