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domingo, 11 de octubre de 2026

Navi Pillay o la victoria de la ley

 

 Por Joaquín Urías   
      Profesor de Derecho Constitucional. Exletrado del Tribunal Constitucional.


La jurista, sudafricana de origen muy humilde y ahora galardonada con el Nobel de la Paz, ostenta una trayectoria de sesenta años defendiendo los derechos humanos. El año pasado concluyó que Israel ha cometido genocidio.


Navi Pillay durante una comparecencia en marzo de 2014.


     El mundo del derecho es poco dado a la épica. Entre los juristas rara vez surgen personalidades deslumbrantes, a modo de auténticos héroes. Si en nuestros días alguien se acerca a esa categoría es, sin duda alguna, la reciente premio Nobel de la Paz, Navi Pillay (Durbán, Sudáfrica, 1941).

Pocas personas han sabido demostrar mejor que ella el papel revolucionario que puede tener la ley cuando se usa con inteligencia por la causa de los derechos humanos. En contra del tópico manido, su vida no es una historia de superación personal, sino de lucha sin cuartel usando, eso sí, los tribunales como única arma.

Pillay nació y creció en una familia extremadamente humilde. Hija de un conductor de autobús de Durban, y perteneciente a una minoría racial en la Sudáfrica del apartheid, hasta los cuadernos que usaba en la escuela estaban hechos de las páginas recicladas de los de sus hermanos.

Según cuenta ella misma, la idea de la injusticia de la justicia se cruzó muy pronto por su educación. Con solo diez años entregó en su escuela una redacción argumentando que las personas racializadas recibían en los tribunales penas desproporcionadamente más altas que los blancos. Así que cuando, gracias a una beca, logró entrar en la facultad de derecho ya tenía la vocación de usar las leyes no para enriquecerse sino como palanca para cambiar el mundo. Y vaya si lo hizo.

Durante treinta años Pillay trabajó como abogada defendiendo esencialmente a las víctimas de la represión. Desafió constantemente al sistema legal sudafricano, que presumía de apariencia democrática. Con brillantes argumentaciones logró órdenes que prohibían la aplicación sistemática de la tortura a los detenidos políticos, incluido su propio marido. Del mismo modo consiguió también que se reconociera a los prisioneros de Robben Island, entre ellos Nelson Mandela, el derecho a ser defendidos por un abogado. Fue así una de las cabezas de la difícil lucha judicial contra el sistema del apartheid.

Superados los cuarenta años, fue –gracias a otra beca– la primera persona de su país en conseguir un doctorado en leyes en Harvard. Lo hizo porque sus clientes represaliados le exigían saber más sobre la protección internacional de los derechos humanos. Y cuando empezó a alcanzar los cargos y posiciones que le han permitido rozar la figura del mito mundial entre los juristas llevaba ya tres décadas bregando como abogada.

Esa carrera suya ha sido, pues, tardía pero deslumbrantemente rica. Con 54 años fue nombrada para el Tribunal Supremo de su país y sólo entonces, ya como jueza, pudo entrar por primera vez en una sala de vistas, algo prohibido hasta entonces a los abogados de color. Casi inmediatamente pasó a formar parte del Tribunal Penal Internacional para Ruanda, del que pronto sería elegida presidenta. Su etapa en Arusha fue difícil, en una corte que a menudo no tenía ni para la tinta de las impresoras. Allí demostró un tesón muy poco frecuente, sin perder jamás la exquisita educación de quien viene de una vida de privaciones. Allí fue la artífice, entre otras, de la primera sentencia internacional que declaró que la violación sistemática de mujeres como arma de guerra debía ser considerada como crimen de lesa humanidad. Tras un breve paso por el Tribunal Penal Internacional enlazó dos mandatos como Alta Comisionada de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Desde ese cargo, utilizó el inmenso poder de Naciones Unidas, entre otras cosas, para combatir el sistema de castas en India, luchar por los derechos de las mujeres y poner en la agenda internacional la prohibición de discriminación contra las personas homosexuales. En esa posición fue acusada por primera vez de incitación al odio, por parte de medios y personalidades estadounidenses e israelíes, cuando denunció la matanza de niños que jugaban en una playa de Gaza por un bombardeo israelí.

Volvió al Tribunal Penal Internacional para juzgar el genocidio del pueblo Rohinya en Birmania. Y en su última etapa institucional, presidió la Comisión Independiente creada por naciones Unidas para investigar la situación en los territorios palestinos ocupados que el año pasado concluyó que Israel había cometido un genocidio en Gaza.

Quienes han trabajado con Navi Pillay insisten siempre en su rigor y su valentía. Es de esas personas que en cualquier lugar que estén marcan la diferencia. Después de tantos años utilizando el derecho como herramienta de transformación tiene esa capacidad, tan ajena a los burócratas del derecho, de innovar con las normas existentes y atender a nuevas realidades. Lo mismo para lograr la condena de los milicianos que adoctrinan y reclutan niños que la de las emisoras de radio que difunden odio facilitando un genocidios.

Pillay difícilmente se equivoca de bando. Su historia personal como minoría legalmente oprimida y su experiencia trabajando con las situaciones más horribles imaginables le han permitido identificar siempre el de los vulnerables y hacer que las leyes tomen partido por ellos. Y no solamente frente a las minorías raciales oprimidas o amenazadas. Desde sus altísimas responsabilidades en el ámbito internacional tampoco ha dudado en poner las instituciones al servicio de los derechos reproductivos de las mujeres o la diversidad sexual, pese a las presiones y amenazas que esto le ha costado.

Su tajante pronunciamiento sobre Palestina, con el peso de la autoridad que su trayectoria le otorga, la ha colocado en la diana de grupos conservadores y de algunos de los países más poderosos del mundo. Nada que pueda doblegar a quien lleva más de seis décadas demostrando que si el derecho es a veces una herramienta de opresión, también puede ser un instrumento de liberación.

No sabemos si el comité noruego le ha otorgado el premio Nobel para compensar errores de años anteriores en que lo recibieron personas muy poco comprometidas con la causa de la paz. Da igual. El mayor reconocimiento de Navi Pillay son sus incontables victorias jurídicas. Y su mejor premio, sin duda es que sea la referente de todos quienes creemos en los derechos humanos, la ley y sus posibilidades de transformación social. Es, sin duda, la gran heroína del derecho contemporáneo y ahora se le reconoce.

Fuente: Ctxt

domingo, 19 de julio de 2026

El 98 de Donald, o las cuentas del imperio

 

      Profesor de Cine y Estudios Caribeños, Departamento de Lenguas y Literaturas Modernas y Clásicas, Universidad Rice. Houston, Texas.


Detrás del errático comportamiento de Trump asoma una potencia que ya no manda como antes, con la deuda desbocada y el oro que desplaza al bono del Tesoro. Puede que el verdadero 98 de nuestro tiempo sea el de EEUU



Tump y su gabinete reunidos con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, en Ankara, Turquía, el 8 de julio de 2026.


     El pasado 8 de julio, en la cumbre de la OTAN celebrada en Ankara, Donald Trump llamó a España “causa perdida” y “aliado horrible”, dijo que no volvería a hacer negocios con Madrid, reclamó Groenlandia y reprochó a los europeos que no lo hubieran secundado en su guerra contra Irán. Esa misma noche, a bordo del Air Force One, aseguró que España se había “redimido por completo” tras acceder a una importante solicitud de pago. No dijo cuál. La Casa Blanca no lo aclaró, y la Alianza tampoco. La Moncloa negó que existiera compromiso alguno. El ministro de Exteriores, José Manuel Albares, observó que solo Trump podía explicar sus propias palabras y evitó ligarlas a los 6.200 millones de euros que el Gobierno acababa de transferir a Defensa. Mientras tanto, según Reuters, el Tesoro estadounidense preparaba una lista de productos españoles para un eventual embargo.

En doce horas, España pasó de la excomunión a la absolución sin que nadie pueda señalar el hecho que separa una cosa de la otra. Nadie verificó pago alguno; bastó con afirmar que lo había habido. El tributo fue retórico y funcionó. Ahí está la información incómoda del episodio, porque describe con exactitud qué sostiene hoy la alianza atlántica: ya no la disuasión compartida, sino un peaje que ni siquiera necesita cobrarse mientras pueda proclamarse.

Detrás del ruido de los exabruptos, y de la réplica de Sánchez, que despachó el asunto diciendo que con Trump solo había hablado de fútbol y de golf, hay cifras que cuentan una historia más profunda. La deuda federal bruta de Estados Unidos superó los 39 billones de dólares en marzo de 2026, sobre una economía de unos 32 billones. La deuda en manos del público volvió a rebasar el tamaño de toda la economía, algo que no sucedía, salvo el paréntesis de la pandemia, desde los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Solo los intereses de esa deuda superaron el billón anual por primera vez en 2025, unos 150.000 millones más de lo que Washington gasta en su ejército. Y en mayo de aquel año Moody's le retiró la última calificación máxima que conservaba de las tres grandes agencias, la que mantenía, según su propio relato, desde 1917. Ninguno de estos datos ocupó una portada, pero ya dictan sentencia.


Moody’s rebaja la calificación crediticia de Estados Unidos, citando el aumento de la deuda pública.

Rota y Morón

Los insultos a España hay que leerlos contra ese fondo. Durante más de un año, Trump ha hecho de Madrid su blanco predilecto dentro de la OTAN. En La Haya, en junio de 2025, España fue el único país que se descolgó del compromiso de elevar el gasto militar al 5% del PIB; en su carta al secretario general, Sánchez calificó ese objetivo de irrazonable y contraproducente. Desde entonces, Trump ha acusado a España de querer “viajar gratis” dentro de la Alianza, ha amenazado con duplicarle los aranceles, ha sugerido desde el Despacho Oval que quizá habría que expulsarla y ha insinuado, con un deje casi mafioso, que su economía podría saltar por los aires si algo malo llegara a ocurrir.

Ese no es el lenguaje de un poder incontestado. Pertenece a una concepción del mundo donde los aliados dejan de ser socios para volverse vasallos, medidos por su grado de obediencia. En esa gramática, el vasallo no discrepa; incumple. La disidencia se traduce sin más a deuda impagada.

La ruptura verdadera no se produjo en La Haya ni en Ankara, sino el 2 de marzo de 2026. Iniciada la ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán, la ministra de Defensa, Margarita Robles, anunció que las bases de Rota y Morón no prestarían apoyo alguno a la operación, y Albares precisó que España no cedería sus instalaciones para nada que no encajara en el convenio bilateral ni en la Carta de las Naciones Unidas.

Madrid no improvisó. Invocó el Convenio de Cooperación para la Defensa firmado con Estados Unidos el 1 de diciembre de 1988 y prorrogado desde entonces. Su artículo 2.2 concede a Washington el uso del territorio, el mar territorial y el espacio aéreo españoles solo para objetivos comprendidos en el ámbito del propio convenio; cualquier otro uso, dice el texto, exige la autorización previa del gobierno español. Un avión cisterna que despega de Morón para repostar a un bombardero camino de Teherán queda, según esa lectura, fuera del marco de la defensa mutua. Los aviones estadounidenses se replegaron.

Merece la pena reparar en lo que no ocurrió. No hubo sanción, ni fuerza, ni violación del candado. Hubo derecho. La primera potencia militar del planeta leyó un tratado firmado con un país cuatro veces menor y acató su letra pequeña. En 2003 eso no habría ocurrido, entre otras cosas porque a nadie se le habría pasado por la cabeza intentarlo.

Conviene, sin embargo, nombrar lo que el convenio apenas insinúa. La ofensiva contra Irán no fue una empresa estadounidense a la que Israel se sumó, sino al revés: Israel abrió fuego en junio de 2025 y Washington se alineó después, hasta bombardear tres instalaciones nucleares iraníes y exigir la “rendición incondicional” de Teherán.


Los bombardeos de EE.UU. no destruyeron programa nuclear iraní.

Lo que Madrid se negó a franquear en Morón no era, pues, un capítulo cualquiera de la defensa atlántica, sino un eslabón de una guerra israelí a la que Estados Unidos había prestado su escuadra. Y la distinción cuenta, porque la alianza que Trump invoca para reclamar obediencia se parece cada año menos a un pacto de defensa mutua y más a una fusión. En su proyecto de gasto militar para 2027, el Congreso deslizó una “Iniciativa de Cooperación Tecnológica” con Israel que integra las industrias de defensa de ambos países y la sustrae al escrutinio parlamentario, lo que un negociador israelí describió sin rubor como el tránsito de un modelo de ayuda del siglo XX a una fusión estratégica del XXI.


El Congreso de Estados Unidos impulsa una mayor colaboración militar con Israel.

Negarse a repostar un bombardero camino de Teherán es, en esa gramática, algo más que leer la letra pequeña: es rehusar ser conscripto en una guerra ajena.

La ironía es densa. Rota y Morón existen porque en 1953, con los Pactos de Madrid, Franco vendió pedazos de soberanía, y también Zaragoza y Torrejón, a cambio de los dólares y del reconocimiento que la dictadura necesitaba. Aquellas bases fueron el precio de entrada de España en el orden occidental, una dictadura fascista blanqueada por el mismo país que en 1898 se había presentado como libertador de Cuba. En 2003 sirvieron de retaguardia a la invasión de Irak mientras cientos de miles de personas gritaban “no a la guerra” en las calles. Setenta y tres años después de su concesión, son el instrumento jurídico con el que España dice que no.

El otro lado del cerrojo pesa igual. Rota da empleo a más de un millar de trabajadores españoles y sostiene buena parte de la economía de la bahía de Cádiz; Morón, a varios cientos más. Cuando Trump amenaza con retirar las tropas no amenaza a Sánchez, sino a El Puerto de Santa María. La dependencia se ha vuelto una cuestión de nóminas.

Tampoco hay que idealizar el gesto. La posición de Sánchez le rinde una evidente rentabilidad interna. Lo presenta como abanderado del multilateralismo, goza de amplio respaldo en las encuestas y llega en un momento de fragilidad parlamentaria. Se puede defender un principio y hacer caja con él a la vez. Y hay un dato que estorba la lectura heroica: España ha triplicado su gasto militar desde que Sánchez llegó a la Moncloa, de modo que su negativa sobre Irán convive con un sí rotundo al rearme. Es la definición misma de la autonomía subalterna, la que discrepa en el uso y nunca en la estructura.

La motivación importa menos que la estructura que el gesto deja al descubierto. Durante décadas, incluso en sus desencuentros más ásperos, Washington y Madrid se movieron dentro de códigos previsibles entre aliados. Hoy ese marco cruje, y quien lo hace crujir no es el aliado pequeño.

Gaza, o los límites del gesto

Si el episodio de Rota y Morón se lee aislado, se pierde su verdadero contexto. La negativa sobre Irán es el último eslabón de una divergencia más antigua, cuyo eje no es Teherán sino Gaza. El 28 de mayo de 2024, España reconoció el Estado palestino junto a y días después fue el primer país europeo en sumarse a la demanda por genocidio que Sudáfrica había interpuesto contra Israel ante la Corte Internacional de Justicia. En septiembre de 2025, Pedro Sánchez decretó un embargo total de armas “para frenar el genocidio en Gaza”, con la prohibición de comprar y vender material militar a Israel y de que atracaran en puertos españoles los buques que abastecían a su ejército. El lenguaje, en boca de un jefe de gobierno europeo, era inédito: aquello no era defensa propia, dijo, sino el exterminio de un pueblo indefenso. Meses antes, la Corte Penal Internacional había dictado una orden de arresto contra Netanyahu, y en septiembre una comisión de investigación de la ONU concluyó que en Gaza se había cometido genocidio.


Criminal. Por J. R. Mora.

La medida abrió en canal a la Unión Europea. De un lado, España, Irlanda y Eslovenia empujaban sanciones y la suspensión del acuerdo de asociación con Israel; del otro, Alemania y Hungría frenaban. El contraste con Berlín es el más elocuente. Tras una breve congelación de licencias en agosto de 2025, el canciller Friedrich Merz reanudó las exportaciones, viajó a Israel en diciembre y recibió el sistema antimisiles Arrow 3 por unos 4.500 millones de dólares, la mayor venta de armamento de la historia israelí. Francia y el Reino Unido, que en septiembre de 2025 reconocieron a su vez el Estado palestino, oscilaban entre el gesto y la cautela. En esa Europa partida, Madrid ocupaba el extremo más ruidoso.

Con todo, no conviene deslumbrarse. El embargo español es sobre todo un símbolo: las exportaciones que de verdad sostienen a la industria militar israelí no salen de Madrid, y las españolas apenas rozaban una fracción ínfima del total. Cancelar los contratos con Elbit o Rafael, además, dejó a las propias fuerzas españolas sin munición y sin misiles anticarro que esperaban recibir, según admitían los analistas del Real Instituto Elcano. Vuelve a asomar la autonomía subalterna que ya definió la negativa sobre Irán: España nombra el genocidio y reconoce a Palestina, pero no abandona la OTAN, ni el mercado europeo de defensa, ni el paraguas de Washington. El gesto es sincero como indignación y simbólico como política: incomoda a los imperios sin salirse de su orden. Y esa es, quizá, la única forma de desobediencia que hoy se permite un aliado leal frente a las imposiciones de Berlín, de París y de Washington.

El otro 1898

La tentación inmediata es recurrir a 1898. Aquel año selló el hundimiento del imperio español y la consagración de Estados Unidos como potencia mundial, y desde entonces el “Desastre” quedó grabado en la memoria nacional como la fecha de la decadencia, la que empujó a Unamuno, a Machado y a Joaquín Costa a preguntarse en voz alta qué le pasaba a España.

Pero “Desastre” es una palabra metropolitana. Nombra lo que perdió Madrid y silencia el resto. 1898 no fue tanto el año en que España perdió un imperio como aquel en que una guerra anticolonial de tres décadas quedó confiscada. La insurrección cubana había empezado en 1868, en Yara, siguió en la Guerra Chiquita y se reanudó en febrero de 1895. En Filipinas la revolución llevaba dos años en marcha cuando la escuadra de Dewey destruyó a la flota española en la bahía de Manila, y seis semanas después Emilio Aguinaldo proclamó la independencia. Nada de eso cabe en la palabra “Desastre”.

José Martí lo había visto con una lucidez que da escalofríos. Un día antes de morir en Dos Ríos, en mayo de 1895, dejó a medias una carta a su amigo Manuel Mercado donde explicaba que cuanto había hecho, y cuanto haría, era para impedir a tiempo, con la independencia de Cuba, que Estados Unidos se extendiera por las Antillas y cayera luego, con esa fuerza añadida, sobre las tierras de nuestra América. La carta se interrumpe a media frase. La historia la completó.

¿Y cómo defendió España lo suyo? En octubre de 1896, el capitán general Valeriano Weyler ordenó “la reconcentración”, el traslado forzoso de la población rural a los pueblos bajo control militar. Los muertos se estiman, según las fuentes, entre 150.000 y más de 300.000, campesinos, mujeres y niños que murieron de hambre y de enfermedad. Fue uno de los primeros campos de concentración modernos. Poco después los británicos repetirían el método en Sudáfrica, y el ejército estadounidense lo aplicaría en Batangas contra los filipinos que se negaban a cambiar de metrópoli. Los métodos del imperio sobreviven al imperio que los inventa, y esa es la primera lección de 1898, que no está en Unamuno.

El Tratado de París se firmó en diciembre de 1898. En la mesa había españoles y estadounidenses, pero no cubanos, ni puertorriqueños, ni filipinos; al representante de Aguinaldo, Felipe Agoncillo, se le negó la entrada. Filipinas se compró por veinte millones de dólares, y la resistencia que siguió costó más de doscientas mil vidas civiles. Cuba pasó a una independencia tutelada, porque la Enmienda Teller había prometido no anexionarla y la Enmienda Platt de 1901 se reservó el derecho de intervenir en ella y, de paso, el arriendo de Guantánamo, vigente todavía. Puerto Rico quedó donde sigue. En su voto del caso Downes contra Bidwell, el juez Edward Douglass White acuñó la fórmula que aún lo define, la de un territorio que no era extranjero pero sí “extranjero para Estados Unidos en un sentido doméstico”. Ciento quince años más tarde, la ley PROMESA puso su gobierno electo bajo la tutela de una junta federal no elegida.

1898 no cerró un ciclo colonial, lo transfirió. Aníbal Quijano llamó a esa persistencia “colonialidad del poder”, y la fórmula es exacta, porque el colonialismo termina y la colonialidad no. Guantánamo, la base que un imperio le arrancó a otro sobre el cuerpo de una tercera nación, sigue funcionando. Rota y Morón pertenecen a la misma familia, con una diferencia que no es menor: Madrid conserva la llave y San Juan no.

Aquí está la parte de 1898 que Estados Unidos debería temer, y que nada tiene que ver con la deuda. Cuatro días después del protocolo de paz, Francisco Silvela publicó en El Tiempo un artículo que haría época, “Sin pulso”. España, escribía, no reaccionaba ante nada; dondequiera que se pusiera el dedo, no se hallaba el pulso. El diagnóstico prendió. El regeneracionismo lo convirtió en programa, y Joaquín Costa, en su memoria sobre oligarquía y caciquismo leída en el Ateneo en 1901, le dio la fórmula que haría fortuna: aquella política quirúrgica necesitaba un “cirujano de hierro”, alguien capaz de conocer la anatomía del país y de sentir por él una “compasión infinita”.

Costa imaginaba a un reformador, y merece la pena subrayarlo, porque lo que vino después no lo fue. La metáfora médica, el país enfermo y el bisturí redentor no condujeron a ninguna reforma. Miguel Primo de Rivera dio su golpe en 1923 invocando la salud de la patria. Ramiro de Maeztu, que en 1898 pedía regeneración, publicó en 1934 Defensa de la Hispanidad, donde la grandeza perdida se volvía teología. Y Franco salió del sitio exacto adonde España había ido a buscar consuelo tras perder Cuba: Marruecos.

Porque eso hizo España con su 98. No renunció al imperio, lo mudó de continente. El Rif fue la compensación. Allí murieron más de diez mil soldados en el desastre de Annual, en 1921, una humillación que dos años después desembocaría en el golpe de Primo de Rivera. Allí el ejército español se convirtió en uno de los primeros del mundo en emplear armas químicas contra población civil, fosgeno y gas mostaza comprados a la industria alemana, entre 1921 y 1927. Y allí se formó la generación de africanistas que en 1936 se sublevó contra la República. La derrota imperial, lejos de producir modestia, produjo humillación, y de esa humillación salió un cirujano de hierro que ya no se parecía en nada al que Costa había soñado.

¿Make America Great Again será casi una traducción al inglés de una frase regeneracionista española, luego del 98? La nostalgia de la grandeza es el producto político más característico de la decadencia, y también el más peligroso.

Habrá quien lea en todo esto una fábula de emancipación española. No lo es. El imperio español no terminó en 1898: Guinea Ecuatorial fue colonia hasta 1968, Ifni hasta 1969 y el Sáhara Occidental hasta 1975, con una descolonización que sigue sin completarse y un Madrid que en 2022 abandonó la neutralidad para respaldar el plan de autonomía marroquí. Ceuta y Melilla siguen donde están. España vende armas, acoge bases y custodia una frontera europea que mata. Que Madrid le diga que no a un bombardeo no la convierte en potencia descolonizadora, solo en un Estado que ha leído su propio convenio.

El otoño del dólar

Un país que paga más en intereses que en defensa no está en ruinas, pero tampoco es el hegemón incontestable de hace treinta años. Paul Kennedy lo llamó, en Auge y caída de las grandes potencias, “sobre extensión imperial”: el punto en que los compromisos superan a los recursos y el gesto empieza a suplir a la fuerza. Giovanni Arrighi afinó la idea en El largo siglo XX, al describir cómo cada ciclo hegemónico entra en su otoño cuando el capital abandona la producción y se refugia en las finanzas. La financiarización es el último resplandor y, entre la crisis que anuncia el fin de un ciclo y la que lo consuma, pueden mediar décadas de esplendor aparente.

Wall Street lo ilustra bien. Diez empresas concentran ya en torno al 41% del valor del S&P 500, y el índice solo ha estado más caro una vez en ciento cuarenta años, en vísperas del crac de las puntocom. Los gigantes de la inteligencia artificial gastarán este año cerca de 700.000 millones de dólares en centros de datos, la mayor inversión corporativa de la historia fuera de una guerra, mientras apenas una de cada cinco empresas estadounidenses dice usar esa tecnología. No es la fantasía sin caja del año 2000, cuando Cisco cotizaba a doscientas veces beneficios y Pets.com no tenía ninguno; las compañías que hoy sostienen el índice ganan dinero de verdad. Se parece más a lo que describía Arrighi, una economía que gana cada vez más moviendo capital y cada vez menos organizando trabajo. Justo lo que le pasó a la España finisecular, que sostenía con papel el déficit de Ultramar mientras las Antillas ardían.

Ninguna potencia imperial puede desentenderse de la salud de su moneda, y aquí el asunto se presta a la profecía fácil. El dólar representaba en el tercer trimestre de 2025 el 56,9% de las reservas mundiales de divisas, frente a más del 70% a comienzos de siglo, pero el propio Fondo Monetario Internacional ha advertido que buena parte de ese descenso se explica por la apreciación de otras monedas y no por ventas. El dólar no se hunde ni nadie lo vende.

Lo que ha cambiado es dónde busca refugio el dinero público. El 2 de junio de 2026, el Banco Central Europeo constató que el oro había superado a los bonos del Tesoro estadounidense como principal activo de reserva del planeta, un 27% del total frente a un 22%. Los activos en dólares siguen siendo el mayor bloque, así que la hegemonía monetaria permanece intacta; lo que ha cedido es el instrumento. Los bancos centrales acumulan ya más de 36.000 toneladas de oro, cerca de las 38.000 de la era de Bretton Woods, y en 2025 el mayor comprador individual del mundo no fue un Estado, sino Tether, una empresa de criptomonedas.

Detrás de esto hay una fecha. En 2022, la congelación de unos 300.000 millones de dólares en reservas rusas le enseñó a cada banquero central del planeta que un activo en dólares puede dejar de ser suyo por decisión ajena. El oro, a diferencia del bono, no se puede sancionar. Y ya no funciona solo como seguro: a comienzos de 2026, tras el estallido de la guerra de Irán, Turquía vendió o prestó 130 de las 220 toneladas que había acumulado desde 2022. El oro es también un cofre de guerra, y se está usando.

La historia guarda un precedente incómodo. En vísperas de 1914, la libra esterlina era la primera moneda de reserva del mundo, con cerca de la mitad de las tenencias oficiales identificadas, según las estimaciones clásicas de Peter Lindert. Y lo sorprendente es la rapidez de su caída: el dólar la había superado ya a mediados de los años veinte, según han mostrado Barry Eichengreen y Marc Flandreau, cuando Londres seguía creyéndose el centro del mundo. La primacía monetaria se pierde mucho antes de que nadie lo admita.

Hubo un momento, eso sí, en que el declive se hizo visible. Entre noviembre y diciembre de 1956, Washington bloqueó el crédito del Fondo Monetario Internacional a Gran Bretaña y amenazó con vender sus tenencias de deuda británica hasta que Londres retirase sus tropas de Suez. Eisenhower no necesitó disparar, le bastó con dejar caer la moneda de su aliado. Fue entonces cuando Gran Bretaña entendió que ya no era un imperio, y lo entendió porque otro imperio se lo cobró en divisas. Nadie tiene hoy esa palanca sobre Washington, pero 36.000 toneladas de oro son el primer borrador de una.

Detrás de esa erosión asoma China, que teje con paciencia una arquitectura financiera alternativa, con sistemas de pago propios y comercio en yuanes. No es que Pekín vaya a destronar mañana a Washington, pues el yuan apenas roza el 1,9% de las reservas mundiales, pero por primera vez en generaciones empieza a dibujarse un horizonte en el que podría hacerlo. Un horizonte no es una promesa, y quien haya leído a Quijano sabe que la arquitectura financiera china no es un proyecto de emancipación, sino de sustitución. Un cambio de metrópoli no equivale a una descolonización.

El interregno

Frente a ese poder que se sabe menguante, Europa ha elegido, en su mayoría, el apaciguamiento. En La Haya, los aliados se plegaron a la exigencia del 5%, y el propio secretario general de la OTAN, Mark Rutte, llegó a llamar “papá” al presidente estadounidense. Un mes después, la Unión Europea firmaba un acuerdo comercial que muchos describieron como una capitulación, con aranceles del 15% sobre sus exportaciones y el compromiso de comprar cientos de miles de millones en energía y armamento estadounidenses. Viktor Orbán lo resumió con crueldad: Trump se había desayunado a Von der Leyen.

Y sin embargo algo se movió en Ankara. Cuando Trump volvió a reclamar Groenlandia, los aliados cerraron filas con Dinamarca. Cuando llamó a España “causa perdida”, fue el propio Rutte quien le recordó, sentado a su lado, que Madrid había dado un paso al alcanzar el 2%, mientras Friedrich Merz mediaba para rebajar la tensión. Nada heroico, cortesía de pasillo, pero hasta la cortesía informa cuando la ejerce quien un año antes llamaba “papá” a su interlocutor. Lo que Europa ha elegido, en todo caso, es su propio imperio. El continente que no quiere ser vasallo aspira a ser potencia, y eso es una respuesta, no una emancipación.

En ese cuadro de genuflexiones matizadas, la negativa española cobra un relieve inesperado. No porque España sea una potencia rebelde, sino porque su “no”, pequeño, interesado y discutible, revela lo que la coreografía europea disimula: que hasta el aliado más leal dispone hoy de más margen para discrepar del que tenía hace dos décadas, y que la primera potencia del mundo ya no puede dar por descontada la obediencia. En 2003, la respuesta fueron Rota y Morón abiertas de par en par; en 2026, un artículo del convenio y un portazo cortés.

España es aquí un escenario menor de una transformación mayúscula. La disputa sobre el gasto militar no es el problema de fondo. Lo decisivo es que Estados Unidos empieza a topar con los límites de su propio poder y reacciona como han reaccionado siempre los imperios en apuros: endurece el lenguaje, exige disciplina, confunde la autoridad con la capacidad de arrancar obediencia. Cuando la hegemonía flaquea, el liderazgo se degrada en coacción.

Se dirá que la analogía cojea, y en parte cojea. España perdió su imperio en diez semanas y ante un ejército extranjero; Estados Unidos conserva once portaaviones, el mercado de capitales más profundo del mundo y ninguna flota enemiga a la vista. Nadie va a hundir su escuadra en la bahía de Manila. Pero los imperios rara vez mueren de una derrota. Mueren de aritmética. El 98 español fue el certificado tardío de una insolvencia que llevaba décadas anotándose en los libros de Ultramar.

Y hay que desconfiar del consuelo. Un imperio en declive no se vuelve más manso. España tenía el pulso perdido y aun así levantaba campos de reconcentración; Estados Unidos bombardeó Irán el mismo año en que su factura de intereses superó a su presupuesto de defensa. La decadencia no civiliza, amarga. Quien crea que la caída de una hegemonía es, por sí sola, una buena noticia para los pueblos que la padecieron no ha leído bien 1898. El fin del imperio español no le trajo la libertad a Cuba, le trajo la Enmienda Platt; no le trajo la independencia a Filipinas, le trajo una guerra; a Puerto Rico no le trajo nada, y sigue siendo, ciento veinticinco años después, extranjero en un sentido doméstico.

Hay un último síntoma, más turbio, que roza al propio presidente. Trump mantuvo durante décadas una amistad documentada con Jeffrey Epstein –voló varias veces en su avión y llegó a llamarlo “un tipo estupendo”–, y su segundo mandato quedó atrapado en la promesa incumplida de abrir los archivos del financiero. En febrero de 2025 su fiscal general, Pam Bondi, aseguró tener “la lista de clientes” sobre la mesa; en julio, un memorándum del Departamento de Justicia y el FBI dijo que no existía tal lista y que Epstein se había suicidado. La marcha atrás encendió a las propias bases de Trump, que llevaban años reclamando esos papeles; en noviembre la Cámara forzó la publicación de miles de documentos con cientos de menciones al presidente, aunque ninguna imputación contra él.

Que la primera potencia del planeta prometa los archivos de su propio presidente y luego los retire, los exhiba y luego los guarde, es acaso el síntoma más repulsivo de esa decadencia: el de una vacuidad en la que ya nada se sostiene, ni las cuentas ni las alianzas, y en la que la palabra basta y el hecho sobra. Una corte tardía incapaz de ordenar siquiera su propia transparencia, donde la sospecha acaba ocupando el sitio de la prueba.

Gramsci escribió que la crisis consiste en que lo viejo muere y lo nuevo no acaba de nacer, y que en ese interregno surgen los síntomas mórbidos más diversos. Estamos en el interregno. Los síntomas son un presidente que insulta y absuelve el mismo día, una absolución que se paga con un tributo que nadie ha visto, un archivo que no puede abrirse ni cerrarse, un aliado que dice que no y unos bancos centrales que compran oro como quien cava un refugio. Lo que asoma no es el 98 español de vuelta. Es su continuación en otro idioma, el primer capítulo del 98 americano. Y la pregunta que 1898 dejó sin responder no es quién manda después, sino quién paga mientras tanto.



Fuente: Ctxt


lunes, 2 de marzo de 2026

Doblegar a Irán porque así lo quiere Israel

 

Para un invierno átono y viscoso, sin frío ni calor (8 de 10)


 Por Pedro Costa Morata   
    Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

Doblegar a Irán porque así lo quiere Israel


Contemplaba yo cómo se perfilaba la nueva agresión combinada yanki-sionista contra Irán que, según el “modo de empleo” sigue ineluctablemente a la acumulación de fuerzas aeronavales norteamericanas en las cercanías del objetivo a golpear, tratando de establecer un hilo conductor para redactar algo coherente y, si fuera posible, constructivo, en relación con la historia de ese país durante el último siglo. Y eché mano de mi primer análisis sobre Irán, publicado en el semanario Triunfo (“Irán: un gendarme para Oriente Medio”, 21 de diciembre de 1974), cuando el régimen del sah Pahlavi, atraía la atención mundial por sus fantasías imperiales y su intervencionismo en la región apoyando a los regímenes más reaccionarios en su lucha contra movimientos guerrilleros (Dofar en Omán, Kurdistán en Iraq) o independentistas (en Eritrea frente a Etiopía, en Beluchistán frente a Afganistán y el propio Irán…).


Artículo de Pedro Costa Morata publicado en el semanario ‘Triunfo’. (“Irán: un gendarme para Oriente Medio”, 21 de diciembre de 1974).

Mapa elaborado por Pedro Costa Morata publicado en el semanario ‘Triunfo’. (“Irán: un gendarme para Oriente Medio”, 21 de diciembre de 1974).


Aquel Irán, al que el Occidente llegó a atribuirle el papel de potencia subsidiaria anticomunista (como lo eran la Sudáfrica racista, la Indonesia de Suharto y el Brasil de los generales, entre otros casos), muy de confianza en una región donde aleteaban fuertes impulsos árabes revolucionarios e Israel carecía casi totalmente de apoyos, fue cercenado drásticamente por la revolución jomeinista en 1979. La revolución islamista de Irán nos ha confirmado que todos los integrismos religiosos son indeseables (incluyendo los que no quieren decir su nombre, como sucede con el cristianismo), pero tanto su implantación como su consolidación tienen sus causas y su explicación. Y en el caso de Irán, todo eso está muy claro: primero fue el hartazgo y el escándalo del intervencionismo occidental reincidente, luego, la ambición petrolera de las potencias, especialmente la británica, y finalmente la alianza de los Pahlavi con Israel, que no por silenciosa era menos activa.

Desde entonces nada pudo ser igual, desatándose esa persistente inquina con que Occidente ha tratado desde el primer día al régimen de los ayatolás, de muy acusada independencia frente a Occidente, que es lo que -en mi leal entender- resulta imperdonable para el hegemonismo norteamericano, mucho más cuando se cuentan con los dedos de la mano los regímenes o Estados en el planeta que se pueden permitir, aun con dificultades, sanciones y amenazas, conducir sus asuntos por sí mismos y según sus propios intereses.


Imagen de Seyed Javad Miri, en su Instagram.

Porque no, no es la represión del régimen hacia los manifestantes lo que mueve los ataques repetitivos y devastadores contra Irán (como Trump alega y la UE retoma para aceptar los bombardeos y atreverse a la indecencia de pedir a Irán que no responda…); esa represión a Occidente solo le importa como estética hipócrita. Tampoco, en el fondo, es que su petróleo abundante excite especialmente las apetencias de Estados Unidos y Estados compinches, ya que no falta petróleo en otras áreas dóciles del mundo (y el reciente control sobre el de Venezuela así lo confirma). Y me atrevo a decir que ni siquiera es a la sospecha de un programa nuclear militar a lo que hay que atribuir los bombardeos devastadores: desde 1980, es decir, al día siguiente del triunfo de la revolución islámica, Estados Unidos e Israel vienen anunciando -pero mintiendo- la inminencia de un arma atómica iraní, lo que no alarmaba cuando era el sah el que la perseguía, una acusación siempre falsa y por tanto indemostrable; además, en 2015 Estados Unidos e Irán firmaron un acuerdo que zanjaba este asunto, pero que Trump ha roto unilateralmente para argüir como pretexto de agresión el asunto nuclear. Añadamos que para Irán sería legítimo conseguir el arma atómica, ya que Israel, su enemigo más cercano y peligroso, ha acumulado cientos de bombas atómicas desde que iniciara su programa nuclear a finales de la década de 1960;

Nada de eso justifica en realidad el acoso a Irán: se trata, por una parte, de que este es un Estado que no pasa por el aro del supremacismo de Occidente, y de que, por otra, ha ido quedando como única potencia que desafía a Israel, que es la potencia hegemonista del Oriente Próximo, que no consiente rivales. Como respuesta, Irán denuncia una voluntad, ahora exacerbada, de dominio norteamericano sobre el mundo, así como el plan de exterminio de la población directamente colonizada y sometida, la palestina, a manos de Israel. Irán desafía ambas estrategias del crimen, negándose a aceptarlas y a someterse a sus planes y mecanismos (Esto es lo que vive Cuba desde hace sesenta años, es lo que llevó a machacar a Serbia en 1999 y a humillar a Venezuela hace nada; y lo que espera a otros objetivos menores que irán siendo fijados por el Gran Matón, para abatirlos).

El Irán islamista, además, evoca otro episodio de opción por la autonomía política y energética, cuando las elecciones libres dieron el poder en 1951 a Mosaddeq quien, como objetivo esencial para luchar contra la pobreza y la desigualdad en el país nacionalizó la omnipotente Anglo-Iranian Oil Company (luego BP), que permanecía en manos británicas desde que, prácticamente, surgiera el primer petróleo de Oriente Próximo en Masjed-i-Suleiman (región del Juzestán), en 1908. Esta medida de soberanía política suscitó la inmediata respuesta del MI6 británico, que preparó el golpe de Estado con la colaboración de la CIA norteamericana (recientemente creada, pero que ya al año siguiente derrocaría, ella solita, al régimen democrático y nacionalista de Arbenz, en Guatemala). Los disturbios organizados en 1953 en Teherán por mafiosos, espías y traidores, todos ellos contratados por el Reino Unido y Estados Unidos, dejaron en las calles 300 muertos y llevaron a Mosaddeq a la ruina personal y política (con tres años de prisión y confinamiento domiciliario hasta su muerte en 1967).

A partir de ahí el Irán de la dinastía Pahlavi fue endureciéndose y aumentando su dependencia de los intereses petroleros y estratégicos de las potencias occidentales, en el marco de la Guerra Fría. En 1955 se firmó el llamado Pacto de Bagdad (en realidad, Central Treaty Organisation, CENTO), a iniciativa de Turquía e Iraq, a los que se unieron Pakistán, Irán y el Reino Unido (que lo había inspirado). Iraq se retiró en 1959, al poco de iniciarse su ciclo revolucionario. También se creó la SAVAK, la temible policía secreta del régimen, que procedió a la eliminación de los críticos -principalmente provenientes del Tudeh, el Partido Comunista iraní que había apoyado a Mosaddeq, sin inspirarlo- y dio lugar al protagonismo de Jomeini, respetado líder religioso que se erigió como principal oponente, y en su momento enterrador, de la opresión del sah, por lo que sufrió persecución, prisión y finalmente exilio.

Esta revisión histórica – especialmente recomendada para quienes consideran que el regreso de la monarquía de los Pahlevi, y del hijo del sah odiado, puede ser la “solución” a un Irán rebelde- debe refrescar la memoria de quienes lo necesitan: la agitación que ha llenado las calles de Teherán recientemente, dando lugar a una represión feroz, ha sido provocada por, primero, las duras sanciones y las privaciones con que Occidente castiga a Irán desde la caída del sah en 1979, y, segundo, por la sistemática acción del Mossad en concurso con la CIA, fijando objetivos humanos y militares (lo que no ocultan estas mismas agencias clandestinas).

Insistiré, teniendo como referencias las movilizaciones multitudinarias de 1979 que hicieron que el sah abandonase el país falto de apoyos, en que fue el occidentalismo del régimen lo que actuó como revulsivo para una visible mayoría de la población, y fue el islamismo integrista la punta de lanza de la revolución (social) necesaria. El Islam no es un producto occidental, sino que, por el contrario, ha ido acumulando daños y agravios perpetrados por Occidente, y responde con su arma religiosa (como han hecho siempre que han podido las otras dos religiones monoteístas, que reconocen, con el Islam, su vínculo triple a partir del Génesis). El Islam rechaza la democracia occidental por falsaria y ajena a su tradición religiosa, cultural y política. Y no tiene por qué someterse a ella, descartando que se trate de un valor universal. Ese cuestionamiento de fondo y forma que la revolución islámica iraní hace de Occidente desde su implantación en 1979, es lo que la ha enfrentado a una hostilidad feroz y jurada, que pretende -so capa de cultura y civilización laicas, pero superior y supremacista- imponerse a todo el mundo: pueblos, religiones, culturas y modelos políticos.

En el actual enfrentamiento de Occidente con Irán subyace todo eso, con la agravación que supone la íntima coalición de dos Estados criminales, Estados Unidos e Israel (actuando el primero de lacayo del segundo), más los fieles Estados vasallos de ese dúo de destrucción masiva de Alemania, Reino Unido y Francia. El planteamiento es el que ha impuesto el presidente norteamericano Trump en su política de usura e intimidación: “vamos a negociar en los términos y con los objetivos que os impongo porque sí, y si no los aceptáis os machaco”. Con estos presupuestos, el “estilo Trump” ya no es el de sus predecesores, de derribar regímenes y sustituirlos por otros, “democráticos” (de fracasos tan notorios como los de Iraq y Afganistán), sino de eliminar a líderes o cabecillas obligando a segundones y traidores a doblegarse, aunque el régimen golpeado siga considerándose a sí mismo “salvado” o continuista (como ha sido el caso de la Venezuela bolivariana y se pretende que lo sea el Irán islamista).

El protagonismo en todo cuanto tiene que ver con las guerras y los abusos en Oriente Próximo está -sobre todo en los últimos años- concentrado en el presidente norteamericano y en el primer ministro israelí, Netanyahu, perfectamente compinchados y que se sienten con las manos libres para llevar a cabo sus políticas criminales. Y a los que nada decisivo pueden oponer, por su incapacidad práctica, Rusia o China, ni mucho menos los Estados infames y atemorizados de la Unión Europea. (También es el momento, sí, de confirmar la tragedia planetaria que supuso la liquidación de la URSS que la historia debe atribuir más a la persistente acción corrosiva de Occidente que a la propia degradación del régimen soviético, pero que impedía, con el equilibrio y el miedo mutuos, las devastaciones actuales y los crímenes contra la humanidad de un Occidente desatado).

El Israel actual, de poder desmedido desde que dispone de los Estados Unidos de Trump como mamporrero servil, representa la imagen más certera de aquello que diseñaban los famosos Protocolos de Sión que, apócrifos o no, están siendo superados por el diabolismo de Israel y sus aliados sionistas esparcidos por el mundo, especialmente por Estados Unidos. Aquel texto, que acusaba al judaísmo internacional de querer imponerse al mundo, y que ha venido siendo tachado de falso y antisemita por la siempre bien intencionada opinión de Occidente respecto del poder judío, se viene quedando corto desde que la colusión Estados Unidos-Israel actúa con entera libertad para golpear y someter a cualquier objetivo que se proponga; y pone así en evidencia un empeño acelerado por concluir esa preeminencia otorgada por un dios insoportable a un pueblo de alucinados por su exclusividad, del que surgió la doctrina sionista como punta de lanza en su estrategia de dominación.

El “caso Epstein”, que nos convence del singular protagonismo de un Trump íntimo del pederasta Jeffrey, a su vez distinguido miembro de la a sí mismo considerada “comunidad judía norteamericana”, ha resultado ser -aunque la muy judaizada gran prensa internacional, se resiste a reconocerlo- una operación estratégica del Mossad para controlar a personalidades significativas en todo el mundo, llamadas a prestar su apoyo o simpatía hacia el Estado sionista. Lo mismo da que al principio fuera un planteamiento de acción internacional de los agentes israelíes utilizando las “cualidades” de ese degenerado, o que fueran las condiciones del afortunado millonario, llamativas y productivas, las que llamaran la atención de un Mossad siempre atento y capilar. El caso es que para el sionismo criminal este episodio tan singularmente escandaloso ha rendido, con seguridad, inmensos y muy aprovechables triunfos.

Ese caso, el de Epstein y el más amplio y sistémico de la confabulación indestructible Estados Unidos-Israel, nos pone a los occidentales frente al espejo y nos obliga a sentirnos parte de una trama de criminales, necios y peleles supremacistas por la fuerza y las malas artes en un mundo inerme y atemorizado, lo que nos empuja, a más de someternos de pensamiento, palabra y obra al gang dominante, a convencernos de que estamos del lado bueno de la Historia.