Mostrando entradas con la etiqueta Noruega. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Noruega. Mostrar todas las entradas

domingo, 19 de julio de 2026

El 98 de Donald, o las cuentas del imperio

 

      Profesor de Cine y Estudios Caribeños, Departamento de Lenguas y Literaturas Modernas y Clásicas, Universidad Rice. Houston, Texas.


Detrás del errático comportamiento de Trump asoma una potencia que ya no manda como antes, con la deuda desbocada y el oro que desplaza al bono del Tesoro. Puede que el verdadero 98 de nuestro tiempo sea el de EEUU



Tump y su gabinete reunidos con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, en Ankara, Turquía, el 8 de julio de 2026.


     El pasado 8 de julio, en la cumbre de la OTAN celebrada en Ankara, Donald Trump llamó a España “causa perdida” y “aliado horrible”, dijo que no volvería a hacer negocios con Madrid, reclamó Groenlandia y reprochó a los europeos que no lo hubieran secundado en su guerra contra Irán. Esa misma noche, a bordo del Air Force One, aseguró que España se había “redimido por completo” tras acceder a una importante solicitud de pago. No dijo cuál. La Casa Blanca no lo aclaró, y la Alianza tampoco. La Moncloa negó que existiera compromiso alguno. El ministro de Exteriores, José Manuel Albares, observó que solo Trump podía explicar sus propias palabras y evitó ligarlas a los 6.200 millones de euros que el Gobierno acababa de transferir a Defensa. Mientras tanto, según Reuters, el Tesoro estadounidense preparaba una lista de productos españoles para un eventual embargo.

En doce horas, España pasó de la excomunión a la absolución sin que nadie pueda señalar el hecho que separa una cosa de la otra. Nadie verificó pago alguno; bastó con afirmar que lo había habido. El tributo fue retórico y funcionó. Ahí está la información incómoda del episodio, porque describe con exactitud qué sostiene hoy la alianza atlántica: ya no la disuasión compartida, sino un peaje que ni siquiera necesita cobrarse mientras pueda proclamarse.

Detrás del ruido de los exabruptos, y de la réplica de Sánchez, que despachó el asunto diciendo que con Trump solo había hablado de fútbol y de golf, hay cifras que cuentan una historia más profunda. La deuda federal bruta de Estados Unidos superó los 39 billones de dólares en marzo de 2026, sobre una economía de unos 32 billones. La deuda en manos del público volvió a rebasar el tamaño de toda la economía, algo que no sucedía, salvo el paréntesis de la pandemia, desde los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Solo los intereses de esa deuda superaron el billón anual por primera vez en 2025, unos 150.000 millones más de lo que Washington gasta en su ejército. Y en mayo de aquel año Moody's le retiró la última calificación máxima que conservaba de las tres grandes agencias, la que mantenía, según su propio relato, desde 1917. Ninguno de estos datos ocupó una portada, pero ya dictan sentencia.


Moody’s rebaja la calificación crediticia de Estados Unidos, citando el aumento de la deuda pública.

Rota y Morón

Los insultos a España hay que leerlos contra ese fondo. Durante más de un año, Trump ha hecho de Madrid su blanco predilecto dentro de la OTAN. En La Haya, en junio de 2025, España fue el único país que se descolgó del compromiso de elevar el gasto militar al 5% del PIB; en su carta al secretario general, Sánchez calificó ese objetivo de irrazonable y contraproducente. Desde entonces, Trump ha acusado a España de querer “viajar gratis” dentro de la Alianza, ha amenazado con duplicarle los aranceles, ha sugerido desde el Despacho Oval que quizá habría que expulsarla y ha insinuado, con un deje casi mafioso, que su economía podría saltar por los aires si algo malo llegara a ocurrir.

Ese no es el lenguaje de un poder incontestado. Pertenece a una concepción del mundo donde los aliados dejan de ser socios para volverse vasallos, medidos por su grado de obediencia. En esa gramática, el vasallo no discrepa; incumple. La disidencia se traduce sin más a deuda impagada.

La ruptura verdadera no se produjo en La Haya ni en Ankara, sino el 2 de marzo de 2026. Iniciada la ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán, la ministra de Defensa, Margarita Robles, anunció que las bases de Rota y Morón no prestarían apoyo alguno a la operación, y Albares precisó que España no cedería sus instalaciones para nada que no encajara en el convenio bilateral ni en la Carta de las Naciones Unidas.

Madrid no improvisó. Invocó el Convenio de Cooperación para la Defensa firmado con Estados Unidos el 1 de diciembre de 1988 y prorrogado desde entonces. Su artículo 2.2 concede a Washington el uso del territorio, el mar territorial y el espacio aéreo españoles solo para objetivos comprendidos en el ámbito del propio convenio; cualquier otro uso, dice el texto, exige la autorización previa del gobierno español. Un avión cisterna que despega de Morón para repostar a un bombardero camino de Teherán queda, según esa lectura, fuera del marco de la defensa mutua. Los aviones estadounidenses se replegaron.

Merece la pena reparar en lo que no ocurrió. No hubo sanción, ni fuerza, ni violación del candado. Hubo derecho. La primera potencia militar del planeta leyó un tratado firmado con un país cuatro veces menor y acató su letra pequeña. En 2003 eso no habría ocurrido, entre otras cosas porque a nadie se le habría pasado por la cabeza intentarlo.

Conviene, sin embargo, nombrar lo que el convenio apenas insinúa. La ofensiva contra Irán no fue una empresa estadounidense a la que Israel se sumó, sino al revés: Israel abrió fuego en junio de 2025 y Washington se alineó después, hasta bombardear tres instalaciones nucleares iraníes y exigir la “rendición incondicional” de Teherán.


Los bombardeos de EE.UU. no destruyeron programa nuclear iraní.

Lo que Madrid se negó a franquear en Morón no era, pues, un capítulo cualquiera de la defensa atlántica, sino un eslabón de una guerra israelí a la que Estados Unidos había prestado su escuadra. Y la distinción cuenta, porque la alianza que Trump invoca para reclamar obediencia se parece cada año menos a un pacto de defensa mutua y más a una fusión. En su proyecto de gasto militar para 2027, el Congreso deslizó una “Iniciativa de Cooperación Tecnológica” con Israel que integra las industrias de defensa de ambos países y la sustrae al escrutinio parlamentario, lo que un negociador israelí describió sin rubor como el tránsito de un modelo de ayuda del siglo XX a una fusión estratégica del XXI.


El Congreso de Estados Unidos impulsa una mayor colaboración militar con Israel.

Negarse a repostar un bombardero camino de Teherán es, en esa gramática, algo más que leer la letra pequeña: es rehusar ser conscripto en una guerra ajena.

La ironía es densa. Rota y Morón existen porque en 1953, con los Pactos de Madrid, Franco vendió pedazos de soberanía, y también Zaragoza y Torrejón, a cambio de los dólares y del reconocimiento que la dictadura necesitaba. Aquellas bases fueron el precio de entrada de España en el orden occidental, una dictadura fascista blanqueada por el mismo país que en 1898 se había presentado como libertador de Cuba. En 2003 sirvieron de retaguardia a la invasión de Irak mientras cientos de miles de personas gritaban “no a la guerra” en las calles. Setenta y tres años después de su concesión, son el instrumento jurídico con el que España dice que no.

El otro lado del cerrojo pesa igual. Rota da empleo a más de un millar de trabajadores españoles y sostiene buena parte de la economía de la bahía de Cádiz; Morón, a varios cientos más. Cuando Trump amenaza con retirar las tropas no amenaza a Sánchez, sino a El Puerto de Santa María. La dependencia se ha vuelto una cuestión de nóminas.

Tampoco hay que idealizar el gesto. La posición de Sánchez le rinde una evidente rentabilidad interna. Lo presenta como abanderado del multilateralismo, goza de amplio respaldo en las encuestas y llega en un momento de fragilidad parlamentaria. Se puede defender un principio y hacer caja con él a la vez. Y hay un dato que estorba la lectura heroica: España ha triplicado su gasto militar desde que Sánchez llegó a la Moncloa, de modo que su negativa sobre Irán convive con un sí rotundo al rearme. Es la definición misma de la autonomía subalterna, la que discrepa en el uso y nunca en la estructura.

La motivación importa menos que la estructura que el gesto deja al descubierto. Durante décadas, incluso en sus desencuentros más ásperos, Washington y Madrid se movieron dentro de códigos previsibles entre aliados. Hoy ese marco cruje, y quien lo hace crujir no es el aliado pequeño.

Gaza, o los límites del gesto

Si el episodio de Rota y Morón se lee aislado, se pierde su verdadero contexto. La negativa sobre Irán es el último eslabón de una divergencia más antigua, cuyo eje no es Teherán sino Gaza. El 28 de mayo de 2024, España reconoció el Estado palestino junto a y días después fue el primer país europeo en sumarse a la demanda por genocidio que Sudáfrica había interpuesto contra Israel ante la Corte Internacional de Justicia. En septiembre de 2025, Pedro Sánchez decretó un embargo total de armas “para frenar el genocidio en Gaza”, con la prohibición de comprar y vender material militar a Israel y de que atracaran en puertos españoles los buques que abastecían a su ejército. El lenguaje, en boca de un jefe de gobierno europeo, era inédito: aquello no era defensa propia, dijo, sino el exterminio de un pueblo indefenso. Meses antes, la Corte Penal Internacional había dictado una orden de arresto contra Netanyahu, y en septiembre una comisión de investigación de la ONU concluyó que en Gaza se había cometido genocidio.


Criminal. Por J. R. Mora.

La medida abrió en canal a la Unión Europea. De un lado, España, Irlanda y Eslovenia empujaban sanciones y la suspensión del acuerdo de asociación con Israel; del otro, Alemania y Hungría frenaban. El contraste con Berlín es el más elocuente. Tras una breve congelación de licencias en agosto de 2025, el canciller Friedrich Merz reanudó las exportaciones, viajó a Israel en diciembre y recibió el sistema antimisiles Arrow 3 por unos 4.500 millones de dólares, la mayor venta de armamento de la historia israelí. Francia y el Reino Unido, que en septiembre de 2025 reconocieron a su vez el Estado palestino, oscilaban entre el gesto y la cautela. En esa Europa partida, Madrid ocupaba el extremo más ruidoso.

Con todo, no conviene deslumbrarse. El embargo español es sobre todo un símbolo: las exportaciones que de verdad sostienen a la industria militar israelí no salen de Madrid, y las españolas apenas rozaban una fracción ínfima del total. Cancelar los contratos con Elbit o Rafael, además, dejó a las propias fuerzas españolas sin munición y sin misiles anticarro que esperaban recibir, según admitían los analistas del Real Instituto Elcano. Vuelve a asomar la autonomía subalterna que ya definió la negativa sobre Irán: España nombra el genocidio y reconoce a Palestina, pero no abandona la OTAN, ni el mercado europeo de defensa, ni el paraguas de Washington. El gesto es sincero como indignación y simbólico como política: incomoda a los imperios sin salirse de su orden. Y esa es, quizá, la única forma de desobediencia que hoy se permite un aliado leal frente a las imposiciones de Berlín, de París y de Washington.

El otro 1898

La tentación inmediata es recurrir a 1898. Aquel año selló el hundimiento del imperio español y la consagración de Estados Unidos como potencia mundial, y desde entonces el “Desastre” quedó grabado en la memoria nacional como la fecha de la decadencia, la que empujó a Unamuno, a Machado y a Joaquín Costa a preguntarse en voz alta qué le pasaba a España.

Pero “Desastre” es una palabra metropolitana. Nombra lo que perdió Madrid y silencia el resto. 1898 no fue tanto el año en que España perdió un imperio como aquel en que una guerra anticolonial de tres décadas quedó confiscada. La insurrección cubana había empezado en 1868, en Yara, siguió en la Guerra Chiquita y se reanudó en febrero de 1895. En Filipinas la revolución llevaba dos años en marcha cuando la escuadra de Dewey destruyó a la flota española en la bahía de Manila, y seis semanas después Emilio Aguinaldo proclamó la independencia. Nada de eso cabe en la palabra “Desastre”.

José Martí lo había visto con una lucidez que da escalofríos. Un día antes de morir en Dos Ríos, en mayo de 1895, dejó a medias una carta a su amigo Manuel Mercado donde explicaba que cuanto había hecho, y cuanto haría, era para impedir a tiempo, con la independencia de Cuba, que Estados Unidos se extendiera por las Antillas y cayera luego, con esa fuerza añadida, sobre las tierras de nuestra América. La carta se interrumpe a media frase. La historia la completó.

¿Y cómo defendió España lo suyo? En octubre de 1896, el capitán general Valeriano Weyler ordenó “la reconcentración”, el traslado forzoso de la población rural a los pueblos bajo control militar. Los muertos se estiman, según las fuentes, entre 150.000 y más de 300.000, campesinos, mujeres y niños que murieron de hambre y de enfermedad. Fue uno de los primeros campos de concentración modernos. Poco después los británicos repetirían el método en Sudáfrica, y el ejército estadounidense lo aplicaría en Batangas contra los filipinos que se negaban a cambiar de metrópoli. Los métodos del imperio sobreviven al imperio que los inventa, y esa es la primera lección de 1898, que no está en Unamuno.

El Tratado de París se firmó en diciembre de 1898. En la mesa había españoles y estadounidenses, pero no cubanos, ni puertorriqueños, ni filipinos; al representante de Aguinaldo, Felipe Agoncillo, se le negó la entrada. Filipinas se compró por veinte millones de dólares, y la resistencia que siguió costó más de doscientas mil vidas civiles. Cuba pasó a una independencia tutelada, porque la Enmienda Teller había prometido no anexionarla y la Enmienda Platt de 1901 se reservó el derecho de intervenir en ella y, de paso, el arriendo de Guantánamo, vigente todavía. Puerto Rico quedó donde sigue. En su voto del caso Downes contra Bidwell, el juez Edward Douglass White acuñó la fórmula que aún lo define, la de un territorio que no era extranjero pero sí “extranjero para Estados Unidos en un sentido doméstico”. Ciento quince años más tarde, la ley PROMESA puso su gobierno electo bajo la tutela de una junta federal no elegida.

1898 no cerró un ciclo colonial, lo transfirió. Aníbal Quijano llamó a esa persistencia “colonialidad del poder”, y la fórmula es exacta, porque el colonialismo termina y la colonialidad no. Guantánamo, la base que un imperio le arrancó a otro sobre el cuerpo de una tercera nación, sigue funcionando. Rota y Morón pertenecen a la misma familia, con una diferencia que no es menor: Madrid conserva la llave y San Juan no.

Aquí está la parte de 1898 que Estados Unidos debería temer, y que nada tiene que ver con la deuda. Cuatro días después del protocolo de paz, Francisco Silvela publicó en El Tiempo un artículo que haría época, “Sin pulso”. España, escribía, no reaccionaba ante nada; dondequiera que se pusiera el dedo, no se hallaba el pulso. El diagnóstico prendió. El regeneracionismo lo convirtió en programa, y Joaquín Costa, en su memoria sobre oligarquía y caciquismo leída en el Ateneo en 1901, le dio la fórmula que haría fortuna: aquella política quirúrgica necesitaba un “cirujano de hierro”, alguien capaz de conocer la anatomía del país y de sentir por él una “compasión infinita”.

Costa imaginaba a un reformador, y merece la pena subrayarlo, porque lo que vino después no lo fue. La metáfora médica, el país enfermo y el bisturí redentor no condujeron a ninguna reforma. Miguel Primo de Rivera dio su golpe en 1923 invocando la salud de la patria. Ramiro de Maeztu, que en 1898 pedía regeneración, publicó en 1934 Defensa de la Hispanidad, donde la grandeza perdida se volvía teología. Y Franco salió del sitio exacto adonde España había ido a buscar consuelo tras perder Cuba: Marruecos.

Porque eso hizo España con su 98. No renunció al imperio, lo mudó de continente. El Rif fue la compensación. Allí murieron más de diez mil soldados en el desastre de Annual, en 1921, una humillación que dos años después desembocaría en el golpe de Primo de Rivera. Allí el ejército español se convirtió en uno de los primeros del mundo en emplear armas químicas contra población civil, fosgeno y gas mostaza comprados a la industria alemana, entre 1921 y 1927. Y allí se formó la generación de africanistas que en 1936 se sublevó contra la República. La derrota imperial, lejos de producir modestia, produjo humillación, y de esa humillación salió un cirujano de hierro que ya no se parecía en nada al que Costa había soñado.

¿Make America Great Again será casi una traducción al inglés de una frase regeneracionista española, luego del 98? La nostalgia de la grandeza es el producto político más característico de la decadencia, y también el más peligroso.

Habrá quien lea en todo esto una fábula de emancipación española. No lo es. El imperio español no terminó en 1898: Guinea Ecuatorial fue colonia hasta 1968, Ifni hasta 1969 y el Sáhara Occidental hasta 1975, con una descolonización que sigue sin completarse y un Madrid que en 2022 abandonó la neutralidad para respaldar el plan de autonomía marroquí. Ceuta y Melilla siguen donde están. España vende armas, acoge bases y custodia una frontera europea que mata. Que Madrid le diga que no a un bombardeo no la convierte en potencia descolonizadora, solo en un Estado que ha leído su propio convenio.

El otoño del dólar

Un país que paga más en intereses que en defensa no está en ruinas, pero tampoco es el hegemón incontestable de hace treinta años. Paul Kennedy lo llamó, en Auge y caída de las grandes potencias, “sobre extensión imperial”: el punto en que los compromisos superan a los recursos y el gesto empieza a suplir a la fuerza. Giovanni Arrighi afinó la idea en El largo siglo XX, al describir cómo cada ciclo hegemónico entra en su otoño cuando el capital abandona la producción y se refugia en las finanzas. La financiarización es el último resplandor y, entre la crisis que anuncia el fin de un ciclo y la que lo consuma, pueden mediar décadas de esplendor aparente.

Wall Street lo ilustra bien. Diez empresas concentran ya en torno al 41% del valor del S&P 500, y el índice solo ha estado más caro una vez en ciento cuarenta años, en vísperas del crac de las puntocom. Los gigantes de la inteligencia artificial gastarán este año cerca de 700.000 millones de dólares en centros de datos, la mayor inversión corporativa de la historia fuera de una guerra, mientras apenas una de cada cinco empresas estadounidenses dice usar esa tecnología. No es la fantasía sin caja del año 2000, cuando Cisco cotizaba a doscientas veces beneficios y Pets.com no tenía ninguno; las compañías que hoy sostienen el índice ganan dinero de verdad. Se parece más a lo que describía Arrighi, una economía que gana cada vez más moviendo capital y cada vez menos organizando trabajo. Justo lo que le pasó a la España finisecular, que sostenía con papel el déficit de Ultramar mientras las Antillas ardían.

Ninguna potencia imperial puede desentenderse de la salud de su moneda, y aquí el asunto se presta a la profecía fácil. El dólar representaba en el tercer trimestre de 2025 el 56,9% de las reservas mundiales de divisas, frente a más del 70% a comienzos de siglo, pero el propio Fondo Monetario Internacional ha advertido que buena parte de ese descenso se explica por la apreciación de otras monedas y no por ventas. El dólar no se hunde ni nadie lo vende.

Lo que ha cambiado es dónde busca refugio el dinero público. El 2 de junio de 2026, el Banco Central Europeo constató que el oro había superado a los bonos del Tesoro estadounidense como principal activo de reserva del planeta, un 27% del total frente a un 22%. Los activos en dólares siguen siendo el mayor bloque, así que la hegemonía monetaria permanece intacta; lo que ha cedido es el instrumento. Los bancos centrales acumulan ya más de 36.000 toneladas de oro, cerca de las 38.000 de la era de Bretton Woods, y en 2025 el mayor comprador individual del mundo no fue un Estado, sino Tether, una empresa de criptomonedas.

Detrás de esto hay una fecha. En 2022, la congelación de unos 300.000 millones de dólares en reservas rusas le enseñó a cada banquero central del planeta que un activo en dólares puede dejar de ser suyo por decisión ajena. El oro, a diferencia del bono, no se puede sancionar. Y ya no funciona solo como seguro: a comienzos de 2026, tras el estallido de la guerra de Irán, Turquía vendió o prestó 130 de las 220 toneladas que había acumulado desde 2022. El oro es también un cofre de guerra, y se está usando.

La historia guarda un precedente incómodo. En vísperas de 1914, la libra esterlina era la primera moneda de reserva del mundo, con cerca de la mitad de las tenencias oficiales identificadas, según las estimaciones clásicas de Peter Lindert. Y lo sorprendente es la rapidez de su caída: el dólar la había superado ya a mediados de los años veinte, según han mostrado Barry Eichengreen y Marc Flandreau, cuando Londres seguía creyéndose el centro del mundo. La primacía monetaria se pierde mucho antes de que nadie lo admita.

Hubo un momento, eso sí, en que el declive se hizo visible. Entre noviembre y diciembre de 1956, Washington bloqueó el crédito del Fondo Monetario Internacional a Gran Bretaña y amenazó con vender sus tenencias de deuda británica hasta que Londres retirase sus tropas de Suez. Eisenhower no necesitó disparar, le bastó con dejar caer la moneda de su aliado. Fue entonces cuando Gran Bretaña entendió que ya no era un imperio, y lo entendió porque otro imperio se lo cobró en divisas. Nadie tiene hoy esa palanca sobre Washington, pero 36.000 toneladas de oro son el primer borrador de una.

Detrás de esa erosión asoma China, que teje con paciencia una arquitectura financiera alternativa, con sistemas de pago propios y comercio en yuanes. No es que Pekín vaya a destronar mañana a Washington, pues el yuan apenas roza el 1,9% de las reservas mundiales, pero por primera vez en generaciones empieza a dibujarse un horizonte en el que podría hacerlo. Un horizonte no es una promesa, y quien haya leído a Quijano sabe que la arquitectura financiera china no es un proyecto de emancipación, sino de sustitución. Un cambio de metrópoli no equivale a una descolonización.

El interregno

Frente a ese poder que se sabe menguante, Europa ha elegido, en su mayoría, el apaciguamiento. En La Haya, los aliados se plegaron a la exigencia del 5%, y el propio secretario general de la OTAN, Mark Rutte, llegó a llamar “papá” al presidente estadounidense. Un mes después, la Unión Europea firmaba un acuerdo comercial que muchos describieron como una capitulación, con aranceles del 15% sobre sus exportaciones y el compromiso de comprar cientos de miles de millones en energía y armamento estadounidenses. Viktor Orbán lo resumió con crueldad: Trump se había desayunado a Von der Leyen.

Y sin embargo algo se movió en Ankara. Cuando Trump volvió a reclamar Groenlandia, los aliados cerraron filas con Dinamarca. Cuando llamó a España “causa perdida”, fue el propio Rutte quien le recordó, sentado a su lado, que Madrid había dado un paso al alcanzar el 2%, mientras Friedrich Merz mediaba para rebajar la tensión. Nada heroico, cortesía de pasillo, pero hasta la cortesía informa cuando la ejerce quien un año antes llamaba “papá” a su interlocutor. Lo que Europa ha elegido, en todo caso, es su propio imperio. El continente que no quiere ser vasallo aspira a ser potencia, y eso es una respuesta, no una emancipación.

En ese cuadro de genuflexiones matizadas, la negativa española cobra un relieve inesperado. No porque España sea una potencia rebelde, sino porque su “no”, pequeño, interesado y discutible, revela lo que la coreografía europea disimula: que hasta el aliado más leal dispone hoy de más margen para discrepar del que tenía hace dos décadas, y que la primera potencia del mundo ya no puede dar por descontada la obediencia. En 2003, la respuesta fueron Rota y Morón abiertas de par en par; en 2026, un artículo del convenio y un portazo cortés.

España es aquí un escenario menor de una transformación mayúscula. La disputa sobre el gasto militar no es el problema de fondo. Lo decisivo es que Estados Unidos empieza a topar con los límites de su propio poder y reacciona como han reaccionado siempre los imperios en apuros: endurece el lenguaje, exige disciplina, confunde la autoridad con la capacidad de arrancar obediencia. Cuando la hegemonía flaquea, el liderazgo se degrada en coacción.

Se dirá que la analogía cojea, y en parte cojea. España perdió su imperio en diez semanas y ante un ejército extranjero; Estados Unidos conserva once portaaviones, el mercado de capitales más profundo del mundo y ninguna flota enemiga a la vista. Nadie va a hundir su escuadra en la bahía de Manila. Pero los imperios rara vez mueren de una derrota. Mueren de aritmética. El 98 español fue el certificado tardío de una insolvencia que llevaba décadas anotándose en los libros de Ultramar.

Y hay que desconfiar del consuelo. Un imperio en declive no se vuelve más manso. España tenía el pulso perdido y aun así levantaba campos de reconcentración; Estados Unidos bombardeó Irán el mismo año en que su factura de intereses superó a su presupuesto de defensa. La decadencia no civiliza, amarga. Quien crea que la caída de una hegemonía es, por sí sola, una buena noticia para los pueblos que la padecieron no ha leído bien 1898. El fin del imperio español no le trajo la libertad a Cuba, le trajo la Enmienda Platt; no le trajo la independencia a Filipinas, le trajo una guerra; a Puerto Rico no le trajo nada, y sigue siendo, ciento veinticinco años después, extranjero en un sentido doméstico.

Hay un último síntoma, más turbio, que roza al propio presidente. Trump mantuvo durante décadas una amistad documentada con Jeffrey Epstein –voló varias veces en su avión y llegó a llamarlo “un tipo estupendo”–, y su segundo mandato quedó atrapado en la promesa incumplida de abrir los archivos del financiero. En febrero de 2025 su fiscal general, Pam Bondi, aseguró tener “la lista de clientes” sobre la mesa; en julio, un memorándum del Departamento de Justicia y el FBI dijo que no existía tal lista y que Epstein se había suicidado. La marcha atrás encendió a las propias bases de Trump, que llevaban años reclamando esos papeles; en noviembre la Cámara forzó la publicación de miles de documentos con cientos de menciones al presidente, aunque ninguna imputación contra él.

Que la primera potencia del planeta prometa los archivos de su propio presidente y luego los retire, los exhiba y luego los guarde, es acaso el síntoma más repulsivo de esa decadencia: el de una vacuidad en la que ya nada se sostiene, ni las cuentas ni las alianzas, y en la que la palabra basta y el hecho sobra. Una corte tardía incapaz de ordenar siquiera su propia transparencia, donde la sospecha acaba ocupando el sitio de la prueba.

Gramsci escribió que la crisis consiste en que lo viejo muere y lo nuevo no acaba de nacer, y que en ese interregno surgen los síntomas mórbidos más diversos. Estamos en el interregno. Los síntomas son un presidente que insulta y absuelve el mismo día, una absolución que se paga con un tributo que nadie ha visto, un archivo que no puede abrirse ni cerrarse, un aliado que dice que no y unos bancos centrales que compran oro como quien cava un refugio. Lo que asoma no es el 98 español de vuelta. Es su continuación en otro idioma, el primer capítulo del 98 americano. Y la pregunta que 1898 dejó sin responder no es quién manda después, sino quién paga mientras tanto.



Fuente: Ctxt


viernes, 5 de junio de 2026

Ojo al espacio Báltico, la mecha del polvorín se acorta

 

 Por Alexander Neu   
     Político y politólogo alemán.


     Entre los expertos en seguridad, la región del Báltico se considera actualmente la zona de conflicto con mayor potencial de explosión entre la OTAN y la Federación Rusa. En esta zona se concentran numerosos focos de conflicto.


La región del Mar Báltico: un polvorín subestimado.

Ya en octubre de 2025 publiqué en NachDenkSeiten un artículo sobre el foco de peligro que supone la región del Báltico Der Ostseeraum – das verkannte Pulverfass . Desde entonces, la situación en esta zona se ha agravado aún más. Hace unos días visité la región fronteriza entre Polonia y Rusia. Un silencio fantasmal, escaso tráfico transfronterizo y largos tiempos de espera. La famosa frase «la calma antes de la tormenta» me vino inmediatamente a la mente. A continuación se esbozan algunos de estos focos de conflicto.

El término «región del Mar Báltico» no debe entenderse como un espacio limitado exclusivamente al Mar Báltico, sino que debe abarcar también las zonas rurales situadas mucho más allá de la línea costera de los Estados ribereños, ya que solo así es posible abarcar todos los posibles focos de conflicto.

Datos geopolíticos

El mar Báltico se denomina Ostsee en alemán. Se trata de una masa de agua casi cerrada, con una superficie de aproximadamente 413 000 kilómetros cuadrados y una baja salinidad. La longitud de la costa es de unos 8000 kilómetros. Actualmente, con la excepción de la Federación Rusa, todos los países ribereños del Mar Báltico pertenecen a la OTAN: Dinamarca, Noruega, Suecia, Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia y Alemania. La propia Rusia solo dispone de dos pequeños accesos al mar, a través del enclave de Kaliningrado y de San Petersburgo. Así, unos 7.340 kilómetros de costa corresponden a los países de la OTAN y unos 660 kilómetros a Rusia.

En consecuencia, la OTAN controla alrededor del 92 % del litoral y Rusia, apenas el 8 %. El único acceso al Atlántico lo constituyen los estrechos de Dinamarca y los que separan Dinamarca de Suecia (el Gran y el Pequeño Belt y el Öresund). Dinamarca y Suecia, y por ende la OTAN, controlan también estos cuellos de botella. De hecho, en el contexto de la ampliación de la OTAN hacia el este, el mar Báltico se ha convertido en un «mar de la OTAN». El grado en que las esferas de influencia han cambiado con la ampliación de la OTAN queda patente si se tiene en cuenta que, durante la confrontación Este-Oeste, la región del mar Báltico fue, en la práctica, una zona marítima del Pacto de Varsovia liderado por la Unión Soviética. Los Estados ribereños del bloque de poder soviético eran: la RDA, Polonia y la Unión Soviética; los tres Estados bálticos —Lituania, Letonia y Estonia— formaban parte de la Unión Soviética. Así, la zona sur y este del mar Báltico estaba bajo control soviético. El norte era neutral, dada la neutralidad oficial de Finlandia y Suecia. Solo en el extremo occidental del mar Báltico, la RFA y Dinamarca limitaban con este.

El acceso estratégico a ambas costas rusas no resulta especialmente ventajoso, dada la situación actual tras el fin de la Guerra Fría y la amplia ampliación de la OTAN hacia el este.

San Petersburgo

Si bien la ubicación geográfica de San Petersburgo supuso en el pasado una ventaja estratégica, la ciudad ha caído en una trampa estratégica, como muy tarde con la ampliación de la OTAN hacia el este, que incluyó a los países bálticos y a Finlandia:

San Petersburgo se encuentra en el extremo oriental del golfo de Finlandia, que se extiende a lo largo de unos 400 kilómetros. El acceso está controlado al norte por Finlandia y al sur por Estonia, es decir, por la OTAN. La distancia entre las dos costas opuestas varía entre 40 y 120 kilómetros. Allí donde las costas opuestas del golfo de Finlandia se convierten en territorio ruso, el golfo se estrecha hasta convertirse en un canal en el que se encuentra San Petersburgo.

De este modo, el golfo de Finlandia, con las costas de la OTAN al otro lado, está sujeto en parte a los derechos de soberanía exclusivos de Finlandia y Estonia. Esto significa que hay que atravesar por mar partes del «territorio de la OTAN». En caso de guerra, es probable que se pudiera impedir por medios militares la salida de la Armada rusa del golfo de Finlandia.

La Flota del Báltico de la Federación Rusa, estacionada en gran parte en Kaliningrado, no podría, en caso de conflicto, salir del mar Báltico con una probabilidad casi segura, dados los estrechos daneses, sin que la OTAN la hundiera. En general, la situación estratégica de Kaliningrado no es más ventajosa.

La OTAN y el «reto» de Kaliningrado

El enclave de Kaliningrado es el puesto avanzado más occidental de la Federación Rusa. Se trata de un espacio de dimensiones manejables (unos 15 000 kilómetros cuadrados), separado del territorio continental ruso por Lituania. Las líneas de suministro por ferrocarril y carretera pueden ser interrumpidas por Lituania y Polonia, y las líneas de suministro por barco o avión a través de San Petersburgo también pueden ser cortadas por la OTAN. Este mero hecho hacía que la región de Kaliningrado dependiera de la buena voluntad de los países de tránsito. Sin embargo, cuando Lituania se adhirió a la OTAN y a la UE, la situación geográfica de Kaliningrado se convirtió en un «reto» para la OTAN.

«En medio» del territorio de la OTAN se encuentra un enclave ruso y, por tanto, hostil: un portaaviones insumergible. Allí también tiene su base la Flota del Báltico de la Federación Rusa. La existencia del enclave ruso supone ahora un problema para la OTAN. Solo para aclarar la cronología y, con ello, el razonamiento al que cuesta acostumbrarse: el enclave ruso de Kaliningrado existe desde 1991. Antes, toda la región era soviética. La ampliación de la OTAN a los países bálticos y, por tanto, a Lituania tuvo lugar en 2004. Y ahora la OTAN, que ha avanzado hacia el este, declara que la existencia del enclave es un problema de seguridad —una interpretación ya de por sí muy peculiar y presuntuosa: allí donde está la OTAN, los demás actores son un problema de seguridad, según esta peculiar lógica. En el contexto de la agravada situación, el comandante en jefe de EE.UU. para Europa y África, el general Christopher T. Donahue, declaró en julio de 2025 que la OTAN estaba en condiciones de destruir Kaliningrado «desde tierra en un plazo sin precedentes y más rápido de lo que jamás habíamos podido». «Ya lo hemos planificado y ya lo hemos desarrollado» (por «desarrollado» se referirá probablemente a la planificación, A. Neu) Dokumentation: US-Kommandeur zur Bedeutung von Landstreitkräften, Interoperabilität – und zu Kaliningrad – Augen geradeaus!


Comandante estadounidense diserta sobre la importancia de las fuerzas terrestres, la interoperabilidad y Kaliningrado.

Ver también: La ampliación de la guerra de Ucrania está servida y bien anunciada – Rafael Poch de Feliu

El ministro de Asuntos Exteriores lituano, Budrys, exigió recientemente en una entrevista con el NZZ, posiblemente inspirado por las declaraciones del comandante en jefe estadounidense Donahue, incluso abiertamente la necesidad de un ataque de la OTAN contra Kaliningrado:

«Tenemos que demostrar a los rusos que podemos penetrar en la pequeña fortaleza que han construido en Kaliningrado. La OTAN dispone de los medios para destruir allí las bases de defensa aérea y los sistemas de misiles rusos, si es necesario». Litauens Aussenminister Kestutis Budrys über Europa, Russland und die Nato.

Relaciones difíciles: los países bálticos y Rusia

Es sorprendente, o mejor dicho, aterrador, con qué facilidad se está provocando una guerra con Rusia. Precisamente los Estados bálticos se están distinguiendo por una actitud llamativamente belicista, como si estuvieran protegidos en todo caso por la OTAN. Los sobrevuelos de drones ucranianos por el territorio báltico en dirección a San Petersburgo y la región de Leningrado elevan las tensiones a un nuevo nivel. Desconozco si se trata «solo» de un uso tolerado o, aunque no aceptado, apenas criticado del espacio aéreo báltico por parte de los drones ucranianos, o si estos incluso despegan desde territorio báltico. Sin embargo, cabe destacar que ya sería un logro técnico asombroso desarrollar drones de largo alcance que despegaran desde Ucrania, sobrevolaran el espacio aéreo polaco y báltico y atacaran luego objetivos de infraestructura energética en el norte de Rusia. Sea como fuere, en Moscú aumenta la presión sobre el presidente Putin para que exija responsabilidades a los países bálticos por lo que, desde el punto de vista de Moscú, es un uso ucraniano de su espacio aéreo.

Desde el punto de vista del derecho internacional, cabe señalar que el estatus de neutralidad de un Estado se ve afectado por su disposición, o incluso por el mero hecho de tolerar, que su territorio —incluido el espacio aéreo— sea utilizado por fuerzas militares extranjeras, facilitando así la proyección de poder de estas o, en primer lugar, haciéndola posible. El «país anfitrión» ya no puede invocar su condición de neutralidad, ya que, de hecho, es parte beligerante, siempre que no impida el uso militar y operativo de su territorio por parte de fuerzas armadas extranjeras o no se esfuerce de manera creíble por impedirlo. Y eso parece que también se ha entendido así en la sede de la OTAN en Bruselas. De hecho, recientemente un avión de la OTAN derribó un dron ucraniano en el espacio aéreo estoniano, ya que la OTAN es plenamente consciente del inmenso riesgo de escalada.

El reconocido politólogo estadounidense y experto en Europa del Este del Quincy Institute for Responsible Statecraft, Anatol Lieven, ha publicado recientemente una llamada de alerta titulada: «Washington debe actuar para desactivar el polvorín báltico».
Washington must act to defuse the Baltic powder keg | Responsible Statecraft.


Washington debe actuar para desactivar el polvorín del Báltico.

Y también el famoso economista estadounidense Jeffrey Sachs escribió hace unos días una carta abierta al canciller federal Friedrich Merz como un llamamiento urgente a actuar para evitar una guerra europea. Esta carta se publicó en el Berliner Zeitung y merece mucho la pena leerla. La responsabilidad de Alemania – Rafael Poch de Feliu Al mismo tiempo, el 29 de mayo, el vicepresidente del Consejo de Seguridad ruso y expresidente de la Federación Rusa, Dmitri Medvedev, agravó la situación con la siguiente declaración, según la cual Europa se encuentra ahora en guerra con Rusia y las sociedades europeas no deberían sorprenderse de los golpes:«Ciudadanos de los países de la UE: debéis tener claro que vuestros gobiernos han iniciado unilateralmente una guerra con Rusia. Por lo tanto, estad alerta y no dejéis que nada os pille por sorpresa. Se acabó el sueño tranquilo. ¡Pero ya sabéis a quién debéis preguntar por qué!»

Los Estados bálticos, como países de primera línea, asumen con el rumbo actual un riesgo enorme para sí mismos y para toda Europa: son ellos quienes, en caso de guerra, probablemente serían los primeros en ser destruidos. Una mirada sobria —libre de cualquier estrechez ideológica— a un mapa de Europa del Este puede resultar útil para evaluar adecuadamente la propia situación.

A pesar de toda la comprensión por las experiencias históricas negativas de los bálticos con Moscú, hay que señalar tres hechos que los Estados bálticos también deberían tener en cuenta y asimilar para calmar los ánimos:

En primer lugar: como vecinos extremadamente pequeños y débiles, Tallin, Riga y Vilnius deberían esforzarse por lograr, como mínimo, una relación de coexistencia pacífica con Moscú, en lugar de provocar a los rusos a la menor ocasión y arrastrar así a la OTAN y, en particular, a los europeos a una guerra contra Rusia. A esto hay que añadir que, como mínimo, es dudoso que Estados Unidos entrara realmente en una guerra mundial por los países bálticos. Y es más incierto que seguro que los países europeos de la OTAN —con la excepción de Alemania, Polonia y, posiblemente, el Reino Unido y Francia— se atreverían, al menos de forma unánime, a dar ese paso desastroso. Los paralelismos históricos son evidentes: Polonia también había confiado en 1939 en el apoyo de París y Londres, y luego fue abandonada. Aparte de las declaraciones formales de guerra de Francia y Gran Bretaña el 3 de septiembre contra la Alemania fascista, se hizo muy poco en lo que respecta a la guerra material: Polonia se quedó, literalmente, sola en casa.

En segundo lugar: también los tres Estados bálticos tienen una historia de colaboración poco gloriosa con la Alemania hitleriana durante la Segunda Guerra Mundial. Hasta hoy se rinde homenaje y se honra a los veteranos bálticos del nazismo. Esto debería suscitar preguntas también en Europa Occidental, en lugar de cerrar los ojos ante la nostalgia nazi. ¿Qué visión de la historia se difunde así también en la UE? A esto se suma que la legislación sobre ciudadanía y lenguas en Letonia y Estonia margina a las minorías rusas que viven allí en lugar de integrarlas. Una política de integración hábil dejaría sin fundamento, al menos en el Báltico, el argumento de Moscú de querer proteger a los rusos en el extranjero, en caso de duda, incluso por la fuerza.

En tercer lugar: a pesar de todos los temores —ya sean fundados o simulados— de una nueva invasión rusa, no hay que olvidar que la Unión Soviética retiró sus fuerzas de seguridad en 1990/91 de los países bálticos, hasta entonces bajo dominio soviético, y también, en los años siguientes, de todos los antiguos «países hermanos» de Europa del Este. Esta medida podría haber sido acogida de forma constructiva por parte de los bálticos, es decir, tendiendo la mano a Moscú para la reconciliación; al menos, habría merecido la pena intentarlo.

Corredor de Suwalki

El corredor de Suwalki describe el espacio geográfico entre Bielorrusia y el enclave de Kaliningrado y se extiende a lo largo de unos 100 kilómetros. Los dos Estados miembros de la OTAN, Polonia y Lituania, limitan entre sí en esta zona. El término «corredor de Suwalki» deriva de la ciudad polaca de Suwalki, situada en esa zona. Los expertos en seguridad parten de la base de que, en caso de conflicto, Rusia intentaría cerrar la brecha de Suwalki, es decir, establecer la conexión terrestre entre el enclave de Kaliningrado y la aliada Bielorrusia, con el fin de asegurar así la conexión logística con Kaliningrado. Si Rusia cerrara ese corredor, ello supondría, lógicamente, la creación de un nuevo «corredor de Suwalki», es decir, la separación geográfica entre Lituania y Polonia. De este modo, quedaría cortada la conexión terrestre entre los Estados bálticos de la OTAN y el resto de los Estados europeos de la OTAN. Para ambas partes, la brecha de Suwalki, en cualquiera de sus dos versiones, es una opción poco aceptable desde el punto de vista estratégico.

En vista de ello, solo una desmilitarización verbal y material de la región, así como una conexión de transporte sin obstáculos por ferrocarril y carretera entre Bielorrusia/Rusia y el enclave de Kaliningrado, pueden crear una cierta estabilidad mínima, tal vez incluso una normalidad de buena vecindad.

La «flota fantasma rusa» en el mar Báltico

La UE o la OTAN, o bien determinados Estados miembros de la UE o de la OTAN, se esfuerzan por detener (capturar) la denominada «flota fantasma» rusa o incluso por bloquear el acceso de estos buques al mar Báltico (bloqueo marítimo). (Sobre la cuestión jurídica de la «flota fantasma», véase aquí: Der Ostseeraum – das verkannte Pulverfass ).Con ello, ya no se estaría actuando en una zona gris del Derecho internacional, sino de forma claramente ilegal. De hecho, supondría una violación flagrante del Derecho internacional. La libertad de navegación (artículos 17, 58, 87 y 90 de la Convención sobre el Derecho del Mar), un valor fundamental en el Derecho internacional, quedaría suspendida. Es más: supondría una violación del principio de no uso de la fuerza de la Carta de las Naciones Unidas (artículo 2, apartado 4), ya que los buques que navegan bajo pabellón ruso tienen nacionalidad rusa (art. 91 de la Convención sobre el Derecho del Mar). La parte rusa estaría entonces facultada para reaccionar en consecuencia y ya ha amenazado con tomar medidas preventivas Russland Sagt, Dass Jeder Dänische Schritt Zur Einschränkung Der Navigationsfreiheit… | MarketScreener Deutschland . De hecho, en los últimos tiempos se han capturado repetidamente buques mercantes que navegan bajo pabellón ruso, incluso en el mar Báltico. Mientras tanto, Rusia refuerza la protección de su flota mercante, entre otras cosas, con buques de escolta de la Flota del Báltico y demostraciones de fuerza de la Fuerza Aérea Rusa. El potencial de escalada es enorme.

Un bloqueo marítimo del mar Báltico en el estrecho danés para los buques rusos o un bloqueo marítimo frente a Kaliningrado o San Petersburgo sería el casus belli definitivo. Una ausencia de reacción militar solo sería concebible si Rusia renunciara a su soberanía. La doctrina nuclear actualizada de la Federación Rusa ha formulado respuestas al respecto.

Conclusión

El riesgo de que estalle este polvorín debe considerarse igualmente elevado en todos los casos mencionados. Independientemente de cuál sea el punto caliente que estalle primero, todos los demás le seguirían inmediatamente, ya que todos ellos no son más que piezas de un rompecabezas que forma parte de un panorama general: la guerra por el reordenamiento mundial de principios del siglo XXI.

Las élites decisorias europeas deben despertar a su responsabilidad para con sus pueblos y redescubrir la diplomacia, en lugar de caminar sonámbulas hacia la guerra guiadas por una ética de convicciones. Este camino carece de legitimidad democrática.



Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu