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jueves, 30 de julio de 2026

Las tres oportunidades perdidas del Norte Global

 

      Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania  de la eurocrisis.


De Rossevelt a Gorbachov, pasando por Kennedy y Jrushov


     Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial el norte global tuvo tres oportunidades para atajar la proliferación de los medios de destrucción masivos y salir de la prehistoria. Se trata de algo completamente actual y candente. Un acuerdo en aquella materia habría sentado un precedente fundamental para lo que ahora necesitamos: la ineludible concertación internacional, particularmente entre Estados Unidos y China, para atajar la crisis global del capitalismo antropocéntrico, que nos lleva a la catástrofe. Así que queda claro que lo que sigue es mucho más que un mero recordatorio histórico.


Calentamiento de las aguas marinas.

La primera ocasión perdida fue en el origen mismo de la bomba, cuando los científicos implicados en la primera prueba atómica de julio de 1945 iniciaron un debate sobre las consecuencias: si aquello contribuiría a acabar con la guerra o si por el contrario iniciaría una carrera armamentística con el riesgo de destruir la civilización. Truman llegó al poder en medio de ese debate. Era un hombre no preparado intelectual y emocionalmente para la comprensión del asunto. (Stalin lo definió como “un tendero”). Su secretario de Estado, James Byrnes, le llevó de la mano hacia Hiroshima.

El secretario de guerra de Franklin D. Roosevelt, Henry Stimson, era hombre de otra factura, como el recién fallecido Roosevelt. Stimson y Byrnes se disputaron el criterio de Truman en una sesión con Truman realizada el 12 de septiembre en la Casa Blanca (la bomba se había lanzado sobre Hiroshima el 6 de agosto). Stimson mantenía la línea de Roosevelt de prolongar la cooperación de guerra con la URSS después de la guerra, lo que pasaba por iniciar una cooperación con Moscú en esa materia. La bomba nuclear, decía, “no es solo un arma letal, sino el primer paso en un nuevo control humano sobre fuerzas de la naturaleza demasiado revolucionarias y peligrosas como para tratarlas con los viejos conceptos”. Stimson subrayaba el horizonte de “un acuerdo internacional sobre el control de esas fuerzas” y apelaba a una “responsabilidad moral”. Nueve días después dejó el cargo.

Los partidarios de la contención y de usar la ventaja que otorgaba la bomba a Estados Unidos en su relación con la URSS (Byrnes, Paul Nitze, George Kennan…) ganaron la partida. Cuatro años después, en agosto de 1949 la URSS detonaba su propia bomba atómica. Siguió la primera bomba de hidrógeno americana, en 1952 para compensar el acceso soviético. Siguió la primera bomba de hidrógeno soviética, en octubre de 1961 y siguieron los misiles, los misiles de varias cabezas, los submarinos y bombarderos “estratégicos” portadores de armas nucleares, etc., etc. Siempre con Estados Unidos liderando todos esos “avances” y los soviéticos respondiendo.

La segunda gran oportunidad llegó ocho años después de la muerte de Stalin. John F. Kennedy había llegado a la Casa Blanca en enero de 1961 en un entorno excepcional de la guerra fría. Tras haber acometido la desestalinización, Nikita Jrushov instauró la llamada “coexistencia pacífica”, oficialmente aprobada en octubre de 1961 en el marco del XXII Congreso del PCUS. El documento declaró la “renuncia a la guerra como medio de resolver los litigios internacionales y su solución por vía pacífica”. Su contexto era el optimismo jrushoviano del “alcanzar y superar” a Occidente en los aspectos más importantes de la economía, afirmando una vida menos dura y más libre que dejara atrás los sacrificios y el antihumanismo del estalinismo, garantizara viviendas gratuitas para todos, lograra una jornada laboral de seis horas y que hasta ponía fecha al comunismo: en la década de 1980. Es verdad que Kennedy fue el primero en enviar a la aviación a bombardear civiles en Vietnam del Sur, autorizó el uso de napalm, inició la destrucción de cosechas y comenzó la deportación de millones de personas en campos de concentración en el país asiático. Pero al igual que Jrushov, que había estado necesariamente implicado en los crímenes estalinistas, Kennedy era un dirigente excepcional para su país.

En medio de un contexto de graves crisis sucesivas en Berlín y Cuba, Kennedy estrenó un discurso de paz sin precedentes, que tuvo una inmediata cálida acogida en Moscú; “La humanidad debe poner fin a la guerra, o la guerra pondrá fin a la humanidad”, el arma nuclear “hace que la guerra ya no sea una alternativa racional”, “las armas de la guerra deben ser abolidas antes de que ellas nos abolan a nosotros”, había dicho en septiembre de 1961. Kennedy criticaba a la URSS como cualquier otro presidente americano pero al mismo tiempo era capaz de algo insólito en la Casa Blanca: ponerse en el lugar del adversario. “Ninguna nación ha sufrido tanto como la URSS en la Segunda Guerra Mundial”, dijo. El nuevo presidente sugería defectos propios, “debemos revisar nuestras actitudes”, y anunciaba nuevos propósitos: “estamos dedicando enormes cantidades de dinero a armas que estaría mejor dedicar a combatir la ignorancia la pobreza y la enfermedad”. “Estamos apresados en un circulo vicioso y peligroso en el que la sospecha de uno alimenta la sospecha del otro y nuevas armas dan paso a otras armas“, advertía, llegando a proclamar la necesidad de “un desarme general y completo” en junio de 1963. Kennedy hizo suya la frase de Jrushov de que tras una guerra nuclear, “los supervivientes envidiarían a los muertos”.

Con ese programa de intenciones, Kennedy chocaba frecuentemente con sus generales y altos funcionarios del espionaje que le engañaron asegurándole una revuelta contra la revolución si invadía Cuba. Kennedy cesó a altos funcionarios del ámbito de la seguridad de extrema derecha, como el director de la CIA Allen Dulles, amigo y encubridor de muchos nazis en la posguerra, su segundo Richard Bisell, y mantuvo una tensa relación con el todopoderoso jefe del FBI, Edgar Hoover. Fue el cuarto presidente de Estados Unidos asesinado desde 1865 con Abraham Lincoln abriendo la serie, seguido de James Garfield, en1881, y William McKinley en 1901. Poco después del asesinato de Kennedy comenzó en Moscú la conspiración contra Nikita Jrushov que fue depuesto en octubre de 1964, once meses después del magnicidio de Dallas.

La tercera gran oportunidad perdida fue Gorbachov y su perestroika. La historia conoce pocos casos (si alguno) de cambio tan radical de la política de una superpotencia. Al cancelarse declarativamente las peligrosas tensiones entre potencias, se abrieron posibilidades para un cambio de mentalidad en las elites políticas y económicas que fuera capaz de afrontar los retos del capitalismo antropocénico y los grandes dilemas de las relaciones Norte/Sur. Superar la guerra y la amenaza de destrucción masiva como método y último argumento de las relaciones internacionales, buscar nuevos criterios de seguridad colectiva, abandonar la militarización del espacio, paliar la desigualdad entre grupos sociales y regiones del mundo para hacerlo menos injusto, atajar la superpoblación, y, desde luego, encarar la crisis climática. No fue solo discurso, sino hechos; acuerdos internacionales, democratización interna y retirada unilateral de una enorme zona geográfica imperial sin mediar derrota bélica… La reforma propuesta por Gorbachov fue una prueba universal de madurez. Esa prueba, el norte global la suspendió estrepitosamente. La degenerada elite administrativa soviética se rebeló contra ella pero el campeón de esa derrota fue la clase capitalista occidental, que decidió que todo aquello demostraba su victoria en la guerra fría por lo que podía y debía seguir con más de lo mismo. “Nos movemos por antiguos caminos trillados, utilizando viejos procedimientos para resolver problemas de un mundo nuevo, el mundo del Siglo XXI”, diría Gorbachov muchos años después.


Mijaíl Gorbachov durante una visita a Washington en 1992.

En el mundo el nombre de Mijaíl Gorbachov quedará para la historia. En algunos sectores de la izquierda, y particularmente de la izquierda española, se desprecia erróneamente al personaje como el hombre que introdujo el capitalismo en la Unión Soviética y la condujo a su disolución. Este juicio es pura y simplemente fruto de la ignorancia. Ignorancia del papel desempeñado por Gorbachov y su acreditado intento de mantener hasta el final el socialismo y la Unión Soviética. Ignorancia también sobre las realidades de la URSS de los años ochenta.

Gorbachov era uno de los raros socialistas democráticos de la dirección soviética. Algunos podrán pensar que fue un socialdemócrata y no creo que esa etiqueta le molestara al personaje. Socialdemócrata, sí, pero en las condiciones socioeconómicas de la Unión Soviética. Ser “socialdemócrata” en un universo sin propiedad privada de los medios de producción, sin sector financiero y sin primacía del capital sobre lo político, impide drásticamente cualquier paralelismo de Gorbachov con los gestores “sociales” del capitalismo en Europa Occidental como Felipe González, François Mitterrand o Helmuth Schmidt. El problema del llamado “socialismo real”, síntesis de socialismo y dictadura, era, precisamente, la contradicción de ese segundo aspecto con el primero. De la misma forma en que el problema del sistema de Europa Occidental, mezcla de democracia y capitalismo, no es la democracia de diversa intensidad en los diferentes países, sino el capitalismo que la anula y caricaturiza. Gorbachov quería democratizar el socialismo. Su empeño es, por tanto, tan encomiable como el de tantos personajes que a lo largo de la historia intentaron acercarse al socialismo en el mundo desde el capitalismo. Que fracasara en su intento no impide en absoluto situarlo entre los grandes hombres políticos del Siglo XX.

Su gran discurso no fue una prédica dominical, ni la pretensión de un iluminado. No fue creado por la clarividencia de un filósofo sino que fue lanzado desde uno de los principales centros de poder mundial. El nombre de Gorbachov recuerda que hubo un momento, no hace mucho, en el que se propuso avanzar hacia una “nueva civilización” para salir del atolladero. El fracaso de aquella tercera gran oportunidad perdida para un devenir humano menos peligroso, menos injusto y más razonable, nos mantiene como especie en un callejón sin salida. La humanidad necesita un cambio de rumbo. Que vuelva a proclamarse la “renuncia a la guerra como medio de resolver los litigios internacionales y su solución por vía pacífica”, la “abolición del arma nuclear” y la necesidad de “un desarme general y completo”.


Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu


viernes, 22 de mayo de 2026

Estados Unidos: el suicidio de una superpotencia

 

 Por Timothy Snyder   
      Historiador estadounidense especializado en la Europa contemporánea.


Los imperios surgen y caen, pero nunca antes se habían inmolado así. Es lo que ocurre con Trump, que lleva a su país hacia la irrelevancia por culpa de una mezcla de codicia e ineptitud


Donald Trump en la Casa Blanca, el pasado 15 de mayo.

     Estados Unidos está gastando miles de millones de dólares en perder una guerra en Irán que enriquece a sus oligarcas, empobrece a sus ciudadanos, sabotea sus alianzas y fortalece a sus enemigos.


Boquilla de una manguera inyectando queroseno en el depósito de un avión comercial, a finales de abril en el aeropuerto de Ginebra.

La guerra pone de manifiesto un principio rector de la política exterior del presidente Donald Trump: el suicidio de una superpotencia. Los imperios surgen y caen, pero, que yo sepa, nunca un Estado destruyó su poder de modo intencional y sistemático (y menos aún con tanta rapidez).

Admitir este suicidio estratégico puede ser difícil; ojalá las desventuras de Trump se basaran en cierta idea del interés nacional estadounidense. Pero no es así.

Una superpotencia debe ser un Estado moderno que incluya (a través del Estado de derecho y otras instituciones) a un conjunto sustancial de ciudadanos comprometidos con un esfuerzo común. Pero la Administración de Trump trata a su propio país no como un Estado moderno, sino como una oportunidad comercial para unos pocos elegidos.


Las reglas mafiosas del nuevo orden internacional.

Una superpotencia también debe tener una idea de interés nacional. Aunque hay divergencias sobre cómo definir ese concepto, lo que nadie esperaba era una situación en la que el presidente fuera indiferente al bien del pueblo o del Estado.

Para seguir siendo superpotencia, un Estado también debe mantenerse en el tiempo. Y esa continuidad depende de un principio de transmisión de la autoridad política. Pero con sus aspiraciones de permanecer en el poder por tiempo indefinido y sus ataques a la credibilidad de las elecciones, Trump está poniendo en tela de juicio el principio de la sucesión política. Por supuesto, hay otros modos de sucesión, por ejemplo, por transmisión dinástica o decisión de un politburó.


Tulsi Gabbarden en Georgia, el 28 de enero.

Pero la adopción de un sistema semejante acabaría con la república estadounidense.

Para que un Estado obtenga y conserve el poder, es fundamental que estén al mando las personas correctas. A lo largo de la historia, los Estados poderosos buscaron formas de identificar personas cualificadas y promoverlas a puestos de autoridad, sin distinción de nacimiento. La antigua China tenía un sistema de exámenes. Napoleón puso como principio el mérito, tanto en la vida civil como en la militar. Estados Unidos, por su parte, tuvo en otros tiempos un funcionariado que era la envidia del mundo, además de fuerzas armadas altamente meritocráticas. 

Pero la Administración de Trump desvirtuó la función pública y purgó los altos mandos militares, y el proceso lo llevaron adelante personas no cualificadas para los cargos que ocupan.


El general Charles Q Brown, en el anuncio de su nombramiento como jefe de la Junta de Estado Mayor en la Casa Blanca, en mayo de 2020.

Que Tulsi Gabbard, Kash Patel y Pete Hegseth sean directora de inteligencia nacional, director del FBI y secretario de Defensa, respectivamente, es claro indicio de una superpotencia que se suicida.

En un nivel más profundo, una superpotencia debe tener un sistema educativo capaz de preparar a su población (y a sus políticos) para enfrentar los desafíos globales. Pero en los Estados Unidos de Trump se priva de recursos a la educación pública, se castiga a las universidades que defienden la libertad académica y se eliminan libros útiles de las bibliotecas de las escuelas.


Un niño lee en una biblioteca en Estados Unidos.

Asimismo, el ascenso de muchas grandes potencias se basó en la ciencia, pero ahora, en los Estados Unidos de Trump, la ciencia está bajo ataque. Igual que los antiguos mesopotámicos, cuyos astrónomos idearon métodos para cartografiar los cielos, y los romanos, que pusieron en práctica la ciencia griega para construir y defender un imperio, Estados Unidos se convirtió en superpotencia gracias a instituciones estatales encargadas de financiar la ciencia y atraer científicos (a menudo inmigrantes). Pero la Administración de Trump ha lanzado una ofensiva asombrosa contra la ciencia. Desfinancia la investigación por motivos ideológicos, desalienta la radicación en Estados Unidos de científicos (noveles y expertos) y pone en duda hallazgos fundamentales como el cambio climático antropogénico.


Un técnico inspecciona la mayor cámara del mundo, en el Observatorio Vera Rubin, financiado por la NSF.

Por eso, el Gobierno de Trump paró en seco la transición energética de Estados Unidos para subsidiar los combustibles fósiles (que ya van quedando obsoletos en términos ecológicos y económicos). Como demuestra un magnífico libro que está por publicar — The Co-Creation, de la bióloga Olivia Judson—, las sociedades que se adelantan a adoptar nuevas formas de energía prosperan, y las demás fracasan. Tal vez sea la verdad más profunda de la historia de la humanidad, y eso convierte la decisión de Trump en un error existencial que acelerará la pérdida de relevancia de Estados Unidos y mejorará la posición de China, superpotencia mundial en energías limpias.

Lo mismo se puede aplicar a la tecnología que sostiene el poder militar. Estados Unidos siempre gastó cifras astronómicas en armamento, pero este Gobierno prioriza equipamientos del pasado. Por ejemplo, unos nuevos buques de guerra que llevarán el nombre de Trump. El plan es pura fantasía. Incluso si se construyen, serán totalmente inadecuados para la guerra moderna (de la que el conflicto ultratecnológico entre Rusia y Ucrania nos da un primer atisbo).

La guerra en Ucrania es un ejemplo claro del desdén de la Administración de Trump hacia el arte de la diplomacia y su preferencia por negociar “acuerdos”. Hay abundantes pruebas de que Trump no sabe negociar, y esto incluye su sumisión al presidente ruso Vladímir Putin. Además, maltrata y margina a aliados de Estados Unidos por motivos puramente personales. Sin una idea de interés nacional, no puede haber comprensión de la utilidad de las alianzas ni apreciación del sistema internacional (las leyes, reglas y normas en las que se basó la primacía global de Estados Unidos). Cuesta expresar hasta qué punto la postura de Trump es primitiva y alegra a los enemigos de Estados Unidos.


EE UU, China y Rusia quieren repartirse el mundo: nuevos imperios para el siglo XXI.

Lo cual nos lleva de vuelta a Irán. En los enfrentamientos internacionales, las superpotencias ganan al menos parte del tiempo. Pero la Administración de Trump pierde una y otra vez. La guerra contra Irán es una clara derrota estratégica; si Estados Unidos tuvo en ella algún objetivo, no lo consiguió. Las políticas de Trump dejaron más uranio enriquecido en manos de un régimen iraní más intransigente y provisto de nuevas fuentes de poder económico (el control del estrecho de Ormuz y la intimidación a los Estados del Golfo); al mismo tiempo, eliminaron casi cualquier posibilidad de que Estados Unidos ejerza influencia en la sociedad iraní.

Finalmente, muchos Estados pierden poder porque ya no pueden mantenerlo. Por primera vez desde 1945, la deuda nacional de Estados Unidos es mayor que su PIB. La comparación es útil: un déficit elevado es normal en el contexto de un desafío como la II Guerra Mundial. Pero el Gobierno de Trump incurre en déficit por una razón totalmente diferente: para no cobrar impuestos a personas y empresas adineradas. La idea del Estado como un servicio para los ultrarricos es incompatible con ganar guerras o con mantener los servicios sociales que permiten el funcionamiento de una sociedad moderna.

Ya no tiene sentido hablar de reformas, porque el suicidio de la superpotencia estadounidense bajo el mando de Trump es un síntoma de desigualdades y distorsiones democráticas que hicieron posible una payasada estratégica como nunca antes se vio en la historia. Lo que hizo de Estados Unidos una superpotencia también habilitó este intento de autodestrucción. En vez de tratar de volver al statu quo anterior, necesitamos un esfuerzo denodado en pos de reestructurar la política estadounidense de modo que otorgue a la ciudadanía más poder para crear un futuro más justo.


Fuente: El País

martes, 20 de enero de 2026

“El zar de las fronteras” de Trump, Tom Douglas Homan, convierte la deportación en un negocio para los antiguos clientes de su empresa

 

 Por Bruno Sgarzini   
   Periodista argentino especializado en asuntos internacionales.

     Fiel al estilo trumpista de gobierno, detrás de cada funcionario hay un contrato, un negocio, un lucrativo interés que enmascara cada política pública. En este contexto, la persecución, encarcelamiento y deportación de migrantes se ha convertido en un sinónimo de puertas giratorios y conflicto de intereses. Un personaje central de esta trama es Tom Douglas Homan, nombrado como “el zar de las fronteras” de la Casa Blanca y número dos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EE. UU. (ICE).


Tom Douglas Homan

Un vistazo rápido del Proyecto de Supervisión Gubernamental (POGO), por los nuevos contratos del ICE, y del Departamento de Seguridad Nacional, muestran como varios de ellos fueron adjudicados, por ejemplo, a antiguos clientes de Homan en su empresa de asesoría, Homeland Strategic Consulting. Lo que llama poco la atención si se toma en cuenta que la compañía, en su web, se vende como una que posee un “historial comprobado de abrir puertas y brindar relaciones exitosas a sus clientes, lo que resulta en decenas de millones de dólares en contratos federales para empresas privadas”. Incluso, antes de ser nombrado como zar de las fronteras, Homan recibió, al menos, cinco mil dólares por parte de la empresa de prisiones Geo Group en concepto de honorarios por consultoría. Geo Group es una de las dos empresas que opera la gran mayoría de los centros de detención de migrantes de Estados Unidos y ha sido beneficiado en la nueva Administración trumpista con un lucrativo contrato de mil millones de dólares para establecer una cárcel para migrantes en Delaney Hall, Nueva Jersey.


Exclientes del Zar Fronterizo se benefician de la ofensiva migratoria de Trump.

El historial comprobado de Homan en ayudar a empresas a obtener contratos públicos es tal que unos agentes encubiertos del FBI, incluso, se hicieron pasar por potenciales clientes, y lo grabaron mientras prometía favores en el nuevo gobierno trumpista a cambio de que realizara un pago de 50 mil dólares a su consultora. La investigación derivó en una presentación judicial en el Distrito Oeste de Texas por parte del Departamento de Justicia y el FBI. Sin embargo, el fiscal adjunto, Todd Blanche, exabogado personal de Trump, y el nuevo jefe del FBI, Kash Patel, anunciaron su cierre bajo el argumento de que no habían “pruebas creíbles” contra Homan. Como es normal, en el nuevo gobierno trumpista; todo se barre debajo de la alfombra cuando se trata de negocios y sobornos.


Elecciones primarias en Nashua, New Hampshire, el 23 de enero de 2024.

Los nuevos conflictos de intereses

Después de fundar su empresa de “consultoría”, uno de sus primeros clientes durante la Administración Biden fue la firma Fisher Sand & Gravel, una constructora con sede en Dakota del Norte que buscaba trabajo en la construcción del muro fronterizo en Texas. Incluso, en 2021, la firma del “zar de las fronteras” se registro como lobista de la constructora en Texas para ejercer presión a favor del contrato a cambio de la módica suma de 186.000 dólares, según los registros oficiales.

Fisher es una empresa controvertida. En 2019, construyó tramos cortos del muro fronterizo en Texas y Nuevo México. La obra fue financiada por “We Build the Wall”, una iniciativa en la que participó Steve Bannon, considerado uno de los primeros estrategas de Trump. Los organizadores consiguieron donaciones privadas mediante crowdsourcing para separar el país de México. En 2020, el fundador de We Build the Wall, Brian Kolfage, Bannon y otros dos hombres fueron acusados de defraudar a los donantes mediante la malversación de fondos recaudados. Los otros tres acusados fueron condenados y encarcelados, pero Bannon evitó el procesamiento federal cuando Trump lo indultó horas antes de dejar el cargo en 2021. Bannon se declaró culpable en febrero de defraudar a donantes en un caso similar presentado por el fiscal de distrito de Manhattan.


Steve Bannon fue indultado por Donald Trump en 2021.

En 2024 con la ayuda de Homan, la empresa obtuvo un contrato de 225 millones de dólares de Texas para construir un nuevo tramo del muro fronterizo, a pesar de las críticas contra la empresa por las deficiencias en sus primeras construcciones. Con el regreso de Trump y el financiamiento de varios congresistas republicanos, Fisher Sand & Gravel está de vuelta en el “juego”. En junio de 2025, este antiguo cliente de Homan obtuvo un contrato de 309 millones de dólares de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza para construir un tramo de 43 kilómetros de muro en el condado de Santa Cruz, Arizona. Las fronteras, como la migración, es una de las áreas de influencia de Homan dado su puesto asignado por la Casa Blanca.




Otro excliente beneficiado en esta administración es USA Up Star, empresa especializada en la construcción rápida de edificios temporales en respuesta a emergencias. La compañía, antes de la asunción de Trump, donó 100.000 dólares al comité de investidura de Trump-Vance en enero y 15.000 dólares en junio de 2024 a un supercomité de acción política (PAC) pro-Trump llamado Right for America. En los meses previos a las elecciones de 2024, según Bloomberg, “los ejecutivos de USA Up Star mantuvieron llamadas y reuniones periódicas con Homan para explorar la posibilidad de ampliar la detención de inmigrantes”. La constructora, según Bloomberg, promocionaba “un extenso campamento de tiendas de campaña en El Paso, Texas, donde las personas serían retenidas en corrales y vigiladas desde arriba por guardias en estructuras de madera”.

En septiembre, la Armada de los Estados Unidos adjudicó un contrato masivo de seguridad fronteriza y control migratorio a docenas de empresas, entre ellas USA Up Star. El acuerdo podría alcanzar un valor de hasta 20.000 millones de dólares para cada contratista a lo largo de varios años, según un comunicado de prensa del gobierno. El contrato incluye trabajos para proporcionar “confinamiento seguro y protegido a extranjeros bajo custodia administrativa del Departamento de Seguridad Nacional (DHS) y el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) de EE. UU.”, según los registros de contratación.

Pero esto no se circunscribe a contratos y negocios; al parecer, Homan utiliza a terceros para recibir dinero a cambio de gestiones dentro del gobierno. Según los registros, SE&M Solutions, una consultora con sede en Pennsylvania reunió a dos de sus clientes con Mark Hall, asesor principal de Homan y miembro de la administración. Por supuesto las reuniones no representan ningún delito, pero todo cambia cuando se cruzan algunas conexiones, según POGO. Hall y el director ejecutivo de SE&M, Charles Sowell, tienen vínculos con la fundación Border 911, una organización sin fines de lucro centrada en la seguridad fronteriza, fundada y dirigida por el “zar de las fronteras de Trump”. Sowell comanda la misma junta directiva de esta fundación a la que, hace pocos años, pertenecía Hall. Otro exmiembro de la fundación es Rodney Scott, director de Aduanas y Protección Fronteriza, la agencia matriz de la Patrulla Fronteriza.

Al igual que la empresa de Homan, SE&M promociona sus servicios por tener “acceso a altos líderes del gobierno”.

Todas estas conexiones del “zar de las fronteras” se relacionan más que nada con su prontuario en la industria de encarcelamiento de migrantes. Homan comenzó su carrera policial como agente de policía en West Carthage, Nueva York, en 1983, y después se incorporó al Servicio de Inmigración y Naturalización de Estados Unidos, precursor del ICE, hasta convertirse en agente de patrulla fronteriza. Dentro de la institución, escaló posiciones hasta ser ejecutivo de operaciones de cumplimiento y deportación en 2013 durante la presidencia de Obama, un periodo en el que aumentaron las expulsiones a un total de 2,8 millones. En la gestión de Homan, las deportaciones promediaron entre las 300 y 450 mil por año.


A Obama le persigue la etiqueta de 'deportador en jefe' por su récord de expulsiones.

En la primera Administración Trump, fue nombrado Director Interino del ICE desde el 30 de enero de 2017 hasta el 28 de junio de 2018. Durante este periodo, los arrestos aumentaron aproximadamente 40%, según datos oficiales del Departamento de Seguridad Nacional. Las detenciones pasaron las 143,470 en el año fiscal 2017, un incremento del 30% respecto al año anterior. También eliminó todas las categorías de inmigrantes exentos de deportación y estableció que el ICE “ya no eximiría ninguna clase de individuos” de los procedimientos de remoción si se probaba que estaban en el país “ilegalmente”.

Fue considerado, además, el creador de la política de separación familiar , dirigida a encarcelar menores para disuadir a sus padres de migrar. Esta política separó más de 5,500 niños de sus padres en 2018. Las edades de los niños llegaron hasta los 10 meses, y algunos permanecieron en custodia hasta 25 días -muy por encima del límite legal de 72 horas-. Para abril de 2024, todavía habían 1401 que no habían sido reunidos, de nuevo, con sus familias, según el propio Departamento de Seguridad Nacional. Esta política estableció un nuevo paradigma de crueldad sistemática como herramienta de disuasión.

Este periodo de Homan coincidió con uno de los periodos más lucrativos en la historia de las empresas de prisiones privadas. En su gestión, el ICE pagó, por ejemplo, $807 millones a 19 centros privados solo en el año fiscal 2018 para que albergaran a 18,000 personas - 41% del total de 44,000 detenidos, según el diario The Daily Beast. Las dos principales compañías, Geo Group y CoreCivic, operaban, por ese entonces, más de 16 instalaciones del ICE. Los costos por detenido variaron significativamente: $133.99 por día en promedio, pero las camas familiares costaron $319 diarios y las camas para niños separados llegaron a $775 por noche. Por eso, este nuevo capítulo en la vida de Homan parece el desarrollo natural de una vida al servicio de la crueldad y los negocios.


Fuente: Bruno Sgarzini

domingo, 21 de diciembre de 2025

Los tecnoligarcas colonizan Washington

 

 Por Enzo Girardi   
      Doctor en Relaciones Internacionales orientado hacia problemáticas de geopolítica, defensa y seguridad.

      y

      Artista en/de movimiento y Transdisciplinaria.


Los CEOs de las grandes corporaciones tecnológicas –con Palantir, de Peter Thiel, a la cabeza– se han convertido en una nueva élite con influencia directa en las áreas de Defensa, Comunicaciones y Energía


     Las soluciones digitales que ofrece la empresa Palantir Technologies son, de hecho, el sistema operativo del poder militar en Estados Unidos. Esto representa una inédita cesión de soberanía operativa del sector público en favor de agentes privados a través de un modelo de externalización que resignifica infraestructuras y procesos que constituyen los fundamentos mismos del Estado.


Palantir Technologies.

La empresa es la nave nodriza del nuevo complejo militar industrial digital. Pero, además, y principalmente, es un caso paradigmático en el sostenido proceso de colonización de capacidades del Estado que llevan adelante los tecnoempresarios de Silicon Valley, protagonistas de una dinámica, extraordinaria por escala y profundidad, de hibridación de poder.


Palantir, el sistema operativo del poder militar en Estados Unidos.

A través de un contrato con el Pentágono a fines de julio de 2025 y por un monto total de 10.000 millones de dólares –de los más gravosos de la historia en el área de Defensa–, Palantir gestionará decisiones militares fundamentales sobre objetivos, movimientos de soldados e inteligencia. El mantra de la eficiencia, que se articula en función de relatos que consagran los efectos redentores del solucionismo digital y la inteligencia artificial, es el argumento para la operación política de captura de los actores privados de áreas y prácticas que históricamente fueron exclusivas del Estado.


El Ejército de EE. UU. anuncia un contrato récord con Palantir.

El control operativo de Palantir sobre el Pentágono representa un salto cualitativo de reconfiguración política en Washington: legitima y pondera el protagonismo en el gobierno de lo público de una nueva élite, la de los CEOs de Silicon Valley, que gestionan los procesos de innovación a través de la IA, una tecnología que conlleva capacidades performativas de alcance civilizatorio porque, en sus efectos, redefine los patrones políticos, económicos y culturales que significan la vida.

Es una élite que actúa cada vez más como una oligarquía: en su hacer despliega una metapolítica que se asienta sobre postulados anarcolibertarios y una irrefrenable pulsión tecnoutópica al servicio de la progresiva construcción de una hegemonía de clase dominante. “No son solo innovadores, sino los arquitectos del orden posmoderno que está emergiendo a través de la IA, la disrupción digital y el capital tecnológico”, dijo el filósofo Alessandro Aresu.

Agentes de las grandes corporaciones tecnológicas controlan o inciden en sectores relevantes de la administración del presidente Donald Trump: en Defensa, en la gestión de la información, en el régimen monetario (criptomonedas), en Comunicaciones y en Energía. Incluso el Ejército está incorporando formalmente a ejecutivos de Silicon Valley a través de la denominada “Unidad 201”. En junio pasado designó con el grado de tenientes coroneles a Shyman Sankar, director de tecnología de Palantir, a Andrew Bosworth, director de tecnología de Meta, a Kevin Weil, director de productos de OpenAI, y a Robert McGrew, exdirector de investigación de OpenAI. La distinción entre el actor (y el interés) público y el contratista (y el interés) privado se ha vuelto deliberadamente borrosa.


Cómo los multimillonarios tecnológicos construyen unos Estados Unidos postdemocráticos.

Entre estos tecnoligarcas se destaca el presidente de Palantir, el empresario Peter Thiel, quien cree que Estados Unidos vive un proceso de declive que pone en juego su hegemonía y pregona que el Estado debe reconvertirse en una startup para superar el estancamiento. Su empresa es omnipresente en Washington: Michael Kratsios, inversor en Palantir, dirige la Oficina de Política de Ciencia y Tecnología; Stephen Miller, subdirector del Gabinete de Políticas y asesor de Seguridad Nacional, posee unos 250.000 dólares en acciones de Palantir; David Sacks, socio de Thiel, está a cargo del área de criptomonedas e IA del Gobierno.


Peter Thiel.

Palantir ofrece soluciones para realizar una interpretación inteligente de la información, y sus dispositivos se han vuelto primordiales para el Pentágono, pero también para el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), el Servicio de Impuestos Internos (IRS), la Oficina Federal de Investigación (FBI) y el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE).

Arquitectos de un nuevo orden

La exitosa trayectoria de construcción de poder y de adquisición de capacidades soberanas de las grandes compañías tecnológicas enuncia la consumación de un régimen digital que se vuelve hegemónico a medida que redefine los términos en los que se crea y administra el poder. El proceso advierte de una crisis sistémica que implica la pérdida de centralidad estratégica del Estado y la emergencia de un mundo de soberanías porosas e identidades fragmentadas, de un gran escenario político de dominios en construcción. En medio de esta perplejidad, la élite de los tecnoligarcas actúa con fuerza y determinación y está dispuesta a imprimir las señas de un nuevo orden existencial.




El futuro que imaginan asume, visibiliza, sus sesgos ideológicos porque, como advirtió el escritor Alessandro Baricco, la de Silicon Valley es, primero, una revolución de ideas y creencias y, recién después, tecnológica. Su imaginario reseña la consumación de un ethos de extrema individuación que los hace percibirse como profetas de un destino inevitable, el de un orden liberal tecnocrático, jerárquico y elitista. Su proyecto político parte de una premisa: salvar el capitalismo en la nube (el modelo de negocios de las plataformas digitales) y la IA de los riesgos socializantes de la democracia. Hiperliberalismo, pero sin democracia.




Los siguientes párrafos, tomados del libro El individuo soberano (1997), de Lord William Rees-Mogg y James Dale Davidson, uno de los textos de referencia para este universo, permiten entrever el perfil de su ideología: “El nuevo Individuo Soberano operará como los dioses del mito en el mismo ambiente físico que el ciudadano común y corriente, pero en un reino separado políticamente. Comandando vastos recursos y más allá del alcance de muchas formas de compulsión, rediseñará los gobiernos y reconfigurará las economías en el nuevo milenio”. O, con más detalle: “La nueva organización de la sociedad está implícita en el triunfo de la autonomía individual, y en la verdadera igualdad de oportunidades basada en el mérito (…) La tecnología hará que los individuos sean más autónomos que nunca (…) Los centros locales de poder se reafirmarán a medida que el Estado se transforma en unidades fragmentadas y superpuestas”.




También resulta útil repasar algunas de las afirmaciones previstas en el Manifiesto tecnoptimista (2023), de Marc Andreessen, uno de los portavoces más activos del ecosistema Silicon Valley: “Creemos que el libre mercado es la forma más eficaz de organizar una economía tecnológica. (…) Creemos que los mercados son una forma inherentemente individualista de lograr resultados colectivos superiores. (…) Nuestros enemigos son la visión sin restricciones de Thomas Sowell (el hombre es por naturaleza defectuoso, egoísta y limitado y las instituciones le sirven como recurso para confrontar sus defectos y excesos), el Estado universal y homogéneo de Alexander Kojeve (que iguala amos y esclavos) y la utopía de Tomás Moro (abolición de la propiedad privada, educación y salud universal, libertad religiosa, ausencia de clases sociales)”.

Thiel y Andreessen, pero también Alex Karp, Sam Altman, Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Eric Schmidt, David Sacks, Palmer Luckey, Balaji Srinivasan, Timothy “Tim” Cook, Sundar Pichai, Jensen Huang son los nombres propios que esta nueva clase dirigente, que atesora inmenso poder económico (sus empresas superan en volumen a la mayoría de las economías nacionales), son decididamente influyentes porque construyen y facilitan conectividad (infoesfera) y lideran los desarrollos de IA, según sus patrocinadores, la tecnología definitiva.


Alex Karp, durante la reunión anual del Foro Económico Mundial 2022 en Davos-Klosters, Suiza.

Thiel, el jefe

El presidente de Palantir utiliza la potencia de su patrimonio corporativo para influir sobre el poder político. No crea fundaciones, sino que financia directamente a emprendedores y líderes que expresan sus ideas. Es uno de los principales donantes del partido Republicano con el fin de vigorizar el liderazgo de Donald Trump y apadrinar candidatos que consoliden la prevalencia del ideario MAGA. Su gran apuesta es el actual vicepresidente, JD Vance, a quien empleó en el fondo Mithril Capital y apoya con dinero en sus campañas electorales.

Vance, el hijo de una familia humilde que surgió de Ohio en el Rust Belt (‘Cinturón del Óxido’) en el país profundo, pasó de los campos de batalla en Irak a las aulas de la prestigiosa Universidad de Yale. De allí egresó como abogado y poco después desembarcó en el entorno de Thiel. Ahora ejerce como interfaz entre el mundo de la política y Silicon Valley. Thiel, catalogado como uno de los intelectuales de derecha más influyentes de los últimos 20 años, se define como anarcolibertario. Plasmó los rasgos salientes de su ideología a través de la proclama “La educación de un libertario”, en la que puntualizó: “Sigo comprometido con la fe de mi adolescencia: la auténtica libertad humana como condición previa para el bien supremo. Me opongo a los impuestos confiscatorios, a los colectivos totalitarios y a la ideología de la inevitabilidad de la muerte de cada individuo. Por todas estas razones, sigo llamándome ‘libertario’. Pero debo confesar que en las últimas dos décadas he cambiado radicalmente mi manera de pensar sobre cómo alcanzar esos objetivos. Y lo que es más importante, ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”.

Thiel, junto con Karp, Luckey y Andreessen, son activistas comprometidos del reaccionario movimiento “tech-right”, la extrema derecha dentro de la tecnoligarquía, que reivindica procedimientos autoritarios para organizar la vida común y promueve un orden social jerárquico, piramidal y elitista, administrado por un poder concentrado.

Élite cognitiva

La tech-right es el soporte de Silicon Valley para el movimiento de extrema derecha que está inundando la política en los países de Occidente y perfilando de manera creciente el sentido común de sus sociedades, que Quinn Slobodian, en el libro Los hijos bastardos de Hayek.


Los hijos bastardos de Hayek: Raza, oro, coeficiente intelectual y el capitalismo de la extrema derecha.

Raza, oro, coeficiente intelectual y el capitalismo de la extrema derecha  (2025), define como “nuevo fusionismo”. El autor lo describe como “un intento de desarmar la obra del humanismo liberal igualitario de los últimos 200 años y restaurar un orden jerárquico, basado en las diferencias naturales entre los seres humanos”, a medida que postula un ordenamiento social cimentado en “cuestiones de raza, inteligencia, territorio y dinero”.




Slobodian indica que el “nuevo fusionismo” comenzó a formarse en la década de 1990, cuando “quienes discutían sobre la necesidad de defender el capitalismo y la libertad económica comenzaron a apelar a categorías científicas: en particular, la biología evolutiva, la psicología cognitiva e incluso las pseudociencias raciales”.




En este proceso se introduce el coeficiente intelectual (CI) como mecanismo para catalogar la vida social, reemplazando los patrones económicos con los que el discurso neoliberal tradicional justificaba sus demandas meritocráticas en contra del humanismo socialmente integrador. La reivindicación del CI avisa en términos operativos, pero también ideológicos, de la emergencia de una “élite cognitiva”, el corpus que expresa al nuevo agente social de ruptura.




El propio Trump supo ejemplificar sin rodeos el sentimiento de superioridad que expresa este grupo cuando en 2013, por ejemplo, escribió: “Lo siento, perdedores y detractores, pero mi coeficiente intelectual es uno de los más altos, ¡y todos lo saben! Por favor, no se sientan tan estúpidos o inseguros, no es su culpa”.

IA + eugenesia

Los cultores de la tech-right se definen como “reaccionarios” porque rechazan los fundamentos de la modernidad liberal y se describen como antiilustrados, eugenistas, antidemocráticos (tecnomonárquicos) y aceleracionistas (abogan por el impacto tecnológico exponencial sobre todas las dimensiones de la vida). Sus ideólogos principales son el historiador y tecnoemprendedor Curtis Yarbin y el filósofo Nick Land.


Curtis Yarvin.

Yarbin vocifera su menosprecio por la democracia, “el fallido experimento democrático de los dos últimos siglos”, dice, porque, entre otras razones, permite que coexistan en los mismos espacios de decisión personas de alto CI con otras de bajo CI, e impulsa como correctivo la instauración de una “tecnomonarquía”. En una entrevista publicada a comienzos de 2025 por The New York Times dijo lo siguiente: “Cuando pido a la gente que reflexione sobre esta cuestión, los animo a que miren a su alrededor e identifiquen que todo lo exitoso que les rodea ha sido creado por una monarquía. Estas entidades que llamamos empresas son esencialmente pequeñas monarquías. Por ejemplo, si miran a su alrededor y ven una computadora portátil, esa computadora ha sido fabricada por Apple, que funciona como una monarquía”.

El culto a la inteligencia, con el CI como parámetro, justifica en el universo ideológico de Yarbin la instrumentación de estrategias de eugenesia que redefinirán el rol de las personas en el mundo reconvertido en una gigantesca startup. En este sentido, por ejemplo, sugiere aislar a personas a las que sus presuntas carencias cognitivas las hacen menos productivas: “Encerrarlos en aislamiento permanente, como una larva de abeja en una celda cerrada, salvo en caso de emergencias. Esto volvería loco a cualquiera, salvo por el hecho de que la celda contendrá una interfaz de realidad virtual inmersiva que le permitirá vivir una vida rica y satisfactoria en un mundo completamente imaginario”.

Land ha sistematizado estas ideas a través de su teoría de la “Ilustración oscura”, en la que argumenta sobre los fundamentos del nuevo orden: monarquismo, autoritarismo tecnofeudal y eugenismo (“abandonar el Homo Sapiens como reliquia o fósil viviente”). Un orden, subraya, en el que la digitalización y la biomecánica desintegrarán las formas de soberanía y deconstruirán el sentido totalizador de lo político.

El filósofo argumenta las condiciones que articulan la transformación en marcha:

1. El cambio evolutivo está asociado al origen de nuevas especies (transhumanismo).

2. Varios modos de evolución pueden operar simultáneamente, pero el más efectivo (digitalización + IA) domina el proceso.

3. Una minoría de individuos (élite tecnocognitiva) gestiona la evolución y la especie en su conjunto representa el laboratorio de ensayo.

Un breviario que, aún cargado de desmesura, reseña sin eufemismos las ensoñaciones mesiánicas de la tecnoligarquía. Sobre las formas y los fines, Evgeny Morozov explica: “No escriben sobre el futuro; lo instalan. (…) Se autoproclaman portavoces oficiales de la humanidad (...) La metamorfosis alcanza su etapa final no en manifiestos ni en hilos de tweets, sino en la colonización de los salones del poder en Washington. (…) ¿Su estrategia? Perturbar primero, eliminar después”.


Fuente: Ctxt