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domingo, 23 de agosto de 2026

Es hora de que los movimientos replanteen las redes sociales

 

 Por Mehran Khalili   
      Consultor político y organizador, residente en Atenas, Grecia. Colabora con DiEM25.


Los movimientos aún pueden encontrar gente en las redes sociales. Sin embargo, la verdadera organización tiene que darse en otro lugar, y conseguir que la gente llegue allí es la parte que seguimos pasando por alto


Australia prohíbe las redes sociales a los menores de 16 años.


     El pasado mes de septiembre hice un vídeo corto que fue, con diferencia, el contenido más viral que he publicado hasta la fecha. No puedo rastrear todas las visualizaciones, pero al menos un millón de personas lo vieron en Instagram y TikTok, y posiblemente en otras plataformas. Vecinos de Atenas, en Grecia, me comentaron que habían visto mi cara en sus redes sociales; cuentas chinas le pusieron subtítulos al vídeo y lo compartieron. Sentí que había dejado mi huella en el universo y, para ser sincero, que se trataba de algo especial.

El vídeo no era una charla sensacionalista ni una coreografía. Tenía un objetivo claro: conseguir que la gente firmara una petición, creada por DiEM25 y la Internacional Progresista, para impedir que la exministra de Asuntos Exteriores alemana, Annalena Baerbock, responsable de la complicidad alemana con el genocidio, se convirtiera en presidenta de la Asamblea General de la ONU.


DiEM25 y la Internacional Progresista lanzan una campaña para impedir que Baerbock asuma la presidencia de la Asamblea General de la ONU.


Zonas inundadas en Gaza, noviembre de 2025.



Fue ahí donde fracasé.  Al final de mi semana de fama breve en internet, el número de firmas apenas había variado. Durante el mes de julio, dos meses antes de publicar el vídeo, había unas 49.000 firmas. Hice seguimiento de cerca esa semana, y apenas se movió. Baerbock consiguió el puesto; ahora la petición le pide que renuncie.

Sé bastante sobre comunicación digital. Durante dos décadas ha sido una parte fundamental de mi trabajo: he escrito sobre ella, la he investigado y he asesorado a movimientos al respecto. La petición no era mía, pero el vídeo sí. Y no conseguí que funcionara. Quizás el vídeo podría haberse presentado mejor, o el enlace a la petición podría haberse hecho más accesible. Quizás mi propuesta fue entretenida, pero no convincente. Quizás una petición nunca fue el medio adecuado para detener a Baerbock.

Mis amigos, los que organizaban la campaña, pensaron que había salido genial. Me felicitaron por la cantidad de gente que había visto el vídeo, pero nadie preguntó por la petición. Y es esto lo que me preocupa desde entonces. Porque si un millón de visitas y ninguna firma se considera un éxito, estamos midiendo lo incorrecto.

Y eso plantea una pregunta más importante, una que creo que no nos hacemos con la suficiente frecuencia: cuando usamos las redes sociales para organizarnos, ¿qué estamos haciendo realmente? ¿Vale la pena el tiempo que le dedicamos? ¿Y existe alguna manera de hacerlo que realmente genere resultados?

¿Por qué estamos todos ahí?

Las redes sociales son ahora una herramienta indispensable para cualquiera que quiera organizar algo; y por motivos de sobra conocidos. Llevamos más de una década usándolas para llenar espacios públicos, desde Occupy hasta Black Lives Matter, pasando por las protestas de la Generación Z del año pasado en todo el sur global. Para sortear los bloqueos mediáticos y mostrar al mundo lo que hace el poder cuando cree que nadie lo filma, desde Ferguson hasta Gaza.


Manifestantes se congregan cerca de la Casa Blanca mientras agentes de policía levantan una barricada durante una protesta por la muerte de George Floyd.


Un activista protesta contra la vigilancia y la censura en las redes sociales en Colombo, Sri Lanka, el 24 de enero de 2024.


Para impulsar y hundir carreras políticas. Para desplomar las cotizaciones de las empresas que se lo merecen.

Las redes sociales han transformado nuestra forma de comunicarnos. Nos han obligado a ser más rápidos, más ingeniosos y más entretenidos. Porque la atención es escasa y competimos por ella contra todo lo demás. Pero, en el fondo, la mayoría partimos de la misma premisa: que las plataformas son donde se realiza el trabajo. Que publicar es organizar. Que si conseguimos alcance, lo demás vendrá por añadidura.

¿Qué cambió?

Esa suposición tiene su origen en 2011. Quienes vivimos esa época recordaremos que las redes sociales prometían algo diferente. Creíamos que podíamos derrocar gobiernos y reyes si lográbamos movilizar a suficiente gente. Y las redes sociales eran muy eficaces para eso, siempre y cuando la indignación ya existiera.

A veces, eso bastaba. El dictador tunecino Ben Ali se fue. El dictador egipcio Mubarak se fue. Pero cuando no funcionó —cuando se disolvió Occupy, cuando la plaza Tahrir dio paso a un gobierno militar, cuando las plazas quedaron vacías— nos decíamos a nosotros mismos que no era el momento adecuado, o que la represión era demasiado severa. Tengo la impresión de que muchos de nosotros aún conservamos ese mismo idealismo sobre el poder de las redes sociales. Pero dos cosas han cambiado desde entonces.

En primer lugar, los gobiernos se han vuelto muy hábiles para hacernos retroceder. Ahora sofocan la protesta desde su origen, con vigilancia, arrestos y sus propias operaciones en redes sociales. Los movimientos aún pueden sortear la censura, y a menudo lo hacen. Sin embargo, el Estado ha aprendido a operar en el mismo terreno. Amnistía Internacional ha documentado cómo el año pasado las autoridades kenianas utilizaron las mismas plataformas que el movimiento de la Generación Z para amenazar y desacreditar a los organizadores. Y cuando eso no es suficiente, el Estado puede recurrir a la plataforma misma, prohibiéndola, como hizo Nepal en 2025 , o cambiando su propietario, como sucedió con TikTok en Estados Unidos.

En segundo lugar, las plataformas mismas cambiaron de forma. Pasamos de los feeds de seguidores a los feeds de recomendaciones. Lo que publicas ya no llega a las personas que eligieron saber de ti, sino que va a donde el algoritmo lo envía, si es que llega a algún sitio. La atención se concentra en un puñado de plataformas corporativas cuyo incentivo es que sigas desplazándote por la pantalla, no ayudar a organizarte.

Ese segundo cambio es el que menos hemos tenido en cuenta, y sin embargo es el que más afecta a nuestra capacidad de organizarnos. En 2011 publicamos, nuestros seguidores lo vieron y nos organizamos en las respuestas, como sucedió durante los disturbios de Atenas. La distribución y la coordinación se produjeron en el mismo lugar y al mismo tiempo.

Por supuesto, los comentarios siguen existiendo. Pero cuando una publicación llega a pocos de tus seguidores y, en cambio, llega a desconocidos, el hilo de respuestas deja de ser un lugar en el que se pueda formar un grupo y se convierte en un espacio donde los individuos llegan uno a uno y se van de la misma manera.

Y aun así, seguimos usando estas plataformas como si estuviéramos en 2011. Lanzamos mensajes al aire con la esperanza de que alguno tenga éxito, de que la gente escuche nuestros llamados a la acción y se organice por sí misma. Creemos que, si señalamos un problema con la suficiente frecuencia, todos llegarán a las mismas conclusiones que nosotros. Y cada vez que algo o alguien logra un avance, lo sentimos como pura suerte.

Eso no significa que una publicación no pueda dar pie a algo. En India, después de que el presidente del Tribunal Supremo llamara cucarachas a los jóvenes desempleados, un estudiante de Boston preguntó en las redes sociales qué pasaría si todas las cucarachas se unieran. En cuestión de semanas se formó el Partido de las Cucarachas, con millones de seguidores y protestas en varios estados, y casi sin organización previa.


La revuelta de las ‘cucarachas’.

Eso fue hace tres meses. Desde entonces han conseguido una importante victoria, pero nadie sabe aún en qué se convertirá.

Un movimiento espontáneo aún puede surgir de las redes sociales. Simplemente no se puede planificar ni replicar. Y, sin embargo, gran parte de lo que hacemos se basa en esperar a que esto ocurra, porque las herramientas cambiaron, pero no nuestros hábitos.

Por qué no cambiamos con ellos

En cierto modo, todo lo descrito es comprensible. Las redes sociales son la herramienta más llamativa y eficaz de nuestro arsenal. Son gratuitas y todos sabemos usarlas. Entendemos los algoritmos, las palabras de moda, los memes, cómo jugar el juego. Y, sobre todo, responden al instante. En la organización, nada más funciona así. Una reunión no te dice cómo fue. Una capacitación no genera informes hasta seis meses después. Y una lista no sirve de nada hasta que le pides que haga algo.

Así que tomamos prestado muchísimo de aquellos para quienes las redes sociales son realmente su principal fuente de ingresos: los activistas influyentes. Crean una audiencia a partir de una cercanía percibida: una relación parasocial, la ilusión de intimidad y reciprocidad. Es una habilidad real y tiene sus ventajas. Pero una audiencia solo basta si el objetivo es captar la atención. No es la base. Nadie se conecta un martes por la noche porque se sienta cercano a alguien en una pantalla. 

Mientras tanto, se omite la parte tediosa del trabajo: las reuniones, las llamadas de seguimiento, las capacitaciones, las discusiones sobre qué exigimos realmente y a quién. Y es precisamente en esa parte donde la atención se transforma en poder. Como argumenta Zeynep Tufekci, las redes sociales permiten que los movimientos en red alcancen una gran escala sin necesidad de desarrollar la capacidad que antes requería dicha escala.

Ya se puede ver el precio que eso conlleva. En Bangladesh, Nepal y Madagascar, las protestas impulsadas por las redes sociales han derrocado gobiernos, pero en cada caso, lo que ocupó ese espacio fue algo que ya existía: un partido establecido en Daca, un partido formado tres años antes en Katmandú, el ejército en Antananarivo. No los movimientos en sí mismos.

Peor aún, creo que nuestro uso de estas plataformas ha empezado a condicionar nuestra estrategia. Optimizamos en función de lo que la plataforma recompensa, porque esa es la cifra que recibimos directamente. Los aspectos silenciosos pero vitales del trabajo organizativo se despriorizan sutilmente, o simplemente dejan de hacerse.

Así es como se ve cuando alguien lo hace bien

En febrero de 2025, los estadounidenses, indignados por la creciente influencia política de Elon Musk, comenzaron a publicar sobre su empresa, Tesla. Algunos vendieron sus coches, grabaron las ventas y se quejaron en línea. El asunto podría haberse quedado ahí tras desaparecer de las redes, pero no fue así. 

Una profesora de la Universidad de Boston vio una protesta en una sala de exposiciones de Tesla en Nueva York organizada por el grupo Rise and Resist y llevó a cabo la misma acción en su ciudad. Publicó sobre ello en Bluesky. Otros la imitaron. Unas pocas personas crearon un sitio web y un mapa, y todo se difundió bajo un solo hashtag: #TeslaTakedown.

El punto débil de Tesla eran los lugares físicos, con direcciones y horarios de apertura, pertenecientes a una empresa cuyo valor dependía —y depende— en gran medida, de la reputación de su fundador. Los organizadores eligieron una fecha y se mantuvieron fieles a ella: protestaban en el mismo lugar, cada semana. Para marzo, ya se habían organizado protestas en las salas de exposición de Tesla en más de 250 ciudades de todo el mundo.

La explicación que dan los organizadores sobre por qué funcionó se resume en dos puntos: la presencia es más importante que la planificación, y la regularidad fomenta la comunidad. Esto no es un argumento en contra de la estrategia —elegir las salas de exposición fue una estrategia, y una buena—. Es un argumento en contra de hacer esperar a la gente mientras se perfecciona. En un momento de enfado, la gente no necesita un documento de planificación: necesita que les digan adónde ir y qué hacer.

Las inscripciones de aquellas acciones se llevaron a cabo a través de Action Network, una plataforma de organización, y no mediante los comentarios en las publicaciones del movimiento en redes sociales. Así, cuando esas publicaciones dejaron de tener repercusión, el movimiento aún conservaba su lista de participantes. Las protestas de la Generación Z en Marruecos son otro ejemplo de cómo hacer las cosas bien. El año pasado, Marruecos experimentó una ola de protestas contra la corrupción, la desigualdad y el estado de los servicios públicos. El movimiento se autodenominó GenZ 212, en referencia al código telefónico del país.

La iniciativa se difundió a través de Instagram y TikTok, pero su plataforma principal fue Discord. Los usuarios se dividieron en canales regionales según su lugar de residencia, y las decisiones se tomaban en debates nocturnos que culminaban en votaciones. Según una estimación, el número de usuarios en los canales ascendía a 250.000 el pasado octubre.

Fue desordenado; a veces caótico. Pero Discord, que no tiene un sistema de recomendaciones, hizo por los manifestantes marroquíes algo que un sistema de recomendaciones no podría: les permitió tomar decisiones bajo presión, como grupo, y adaptarse. Cuando los primeros días trajeron arrestos, el movimiento trasladó sus protestas a barrios obreros. Cuando la intervención policial provocó muertes, los miembros se reunieron de nuevo para esclarecer lo sucedido y defender la protesta pacífica, contrarrestando los intentos de tacharlos de imprudentes.

Al igual que la mayoría de los movimientos importantes de la Generación Z que hemos visto, GenZ 212 carecía de líderes y fue algo descentralizado. La diferencia aquí, sin embargo, no radica en si hay líderes o no, sino en si existe un espacio donde se puedan resolver las dudas y tomar decisiones.

¿Qué tienen en común estos movimientos?

Una palabra: un traspaso.

En ambos casos, los organizadores reclutaron a través de las redes sociales, al igual que en 2011. Pero no se quedaron ahí. Rápidamente trasladaron a la gente a espacios que controlaban. En los casos mencionados, se trató de Action Network y de Discord; podría haber sido igualmente una lista de correo, un foro, un chat grupal o una sala con sillas. Lo importante es que no fue un sistema automatizado.

Esto replantea los debates recurrentes sobre qué plataformas de redes sociales usar y cuáles abandonar. Las plataformas surgen y desaparecen, y la que capte la atención en el futuro seguirá siendo solo la punta del iceberg. La pregunta clave es: ¿Qué necesita un movimiento para que un cambio de algoritmo o una prohibición no lo desmantelen?

Un ejemplo claro: el movimiento de la Generación Z en Nepal, que operaba en Discord, logró sortear la prohibición generalizada de las redes sociales impuesta por el gobierno el año anterior. Y el movimiento derrocó al gobierno

La transferencia debe diseñarse

No obstante, hay un inconveniente en esta transferencia: la arquitectura de las plataformas juega en tu contra. Las plataformas penalizan cualquier cosa que provoque que los usuarios abandonen la aplicación. Su arquitectura lo deja claro: Instagram no permite incluir enlaces en la descripción de una publicación. TikTok los limita a la biografía. Y en Facebook, las publicaciones con enlaces han pasado de aproximadamente una de cada siete a una de cada 66, según los propios datos de Meta. Por lo tanto, la transición no puede ser algo improvisado. Debe diseñarse con cuidado y detenimiento.

Eso significa publicar tu solicitud donde la plataforma lo permita (el enlace del perfil, la primera respuesta) e indicar a la gente dónde está, porque no la buscarán. Lo ideal es que el destino sea una fecha (“tenemos una llamada el jueves a las 19:00”) en lugar de una página. Hay que pensar en el seguimiento antes de publicar, porque la mayoría de los registros se enfrían en los primeros días si no reciben nada en su bandeja de entrada. Todo esto significa que debe haber una persona designada, alguien responsable de lo que suceda después: una persona que responda a los registrados, que organice las llamadas, a quien puedan responder y obtener una respuesta.

Ten claro qué es lo que estás contando

La otra mitad es la medición, y es donde más a menudo nos equivocamos. Las plataformas nos ofrecen un montón de datos gratis, y los aceptamos porque están ahí. Pero volverse viral no es una victoria. Nunca fue el objetivo.

Así que decide qué vas a contabilizar antes de publicar y que sea algo que se vea al final del proceso de conversión: clics desde el vídeo hasta los registros, la asistencia o las acciones completadas. Establece un objetivo, y cuando los resultados sean bajos, corrige la conversión en lugar de la acción inicial. Si tu vídeo obtiene 200.000 visualizaciones y 40 registros, probablemente el problema no fue el vídeo. Analiza qué les pediste a las personas que hicieran, si pudieron encontrar la información y qué resultados obtuvieron una vez llevaron a cabo lo que pedías. Todo contenido necesita un lugar donde publicarse.

Volver al vídeo

Puede que el problema con mi petición no haya sido el gancho, sino la fragilidad de lo que había detrás. Un formulario está bien. Tesla Takedown usó uno. Pero ese formulario condujo a una protesta en un concesionario específico, a una hora determinada, organizada por un anfitrión con gente que lo respaldaba. El mío condujo a una firma. Si tan solo una fracción de las personas que vieron ese vídeo hubieran tenido algo más que hacer —una llamada la semana siguiente, organizada por alguien conocido, con una tarea clara al final— habría quedado algo cuando la atención se desvaneció. Planifica la transición antes de planificar la recepción. Esa es la lección principal, y me costó un millón de visualizaciones aprenderla.



Fuente: El Salto

viernes, 8 de mayo de 2026

Entre la luna y la guerra

 

      Activista politico social de la izquierda.


Desde la luna una humanidad indivisa, en la tierra un mundo que se arma.


     El 7 de abril, a más de 400.000 kilómetros de distancia, el piloto de Artemis II, Víctor Glover, describía la Tierra como “un oasis frágil”, “un salvavidas en la inmensidad del espacio”. Desde allí arriba -decía- no hay fronteras. Ni bloques. Ni hay enemigos. Solo una esfera vulnerable compartida por todos. Ese mismo día, el presidente estadounidense Donald Trump advertía al mundo de que “toda una civilización podría morir esta noche”, en el último episodio de una escalada destructiva y retórica dirigida contra Irán. Dos discursos simultáneos. Dos formas de mirar el mismo planeta: una que lo reconoce como hogar común y otra que lo convierte en objetivo.

No es una contradicción menor, pero sí el síntoma de una época. Mientras la exploración espacial nos obliga a pensarnos como especie, la política internacional dominante insiste en organizarnos como enemigos. Mientras la tecnología permite ampliar el horizonte humano, el poder de las élites la utiliza para perfeccionar la destrucción. No hay paradoja: hay coherencia interna.

El mismo sistema que financia la conquista de la Luna sostiene la economía de la guerra en la Tierra. Ya sabemos que la guerra no es un accidente sino un negocio. Comercio lucrativo que necesita algo más que armas: necesita relato, necesita miedo y una opinión pública dispuesta a aceptar que el conflicto permanente es inevitable. Y ahí es donde entra en juego una arquitectura de poder cada vez más visible: la alianza entre industria militar, corporaciones tecnológicas y grandes medios de comunicación. No es una simple teoría, es toda una estructura. El llamado Complejo Militar Industrial-Mediático opera como un sistema integrado, especialmente en Estados Unidos.

La industria de defensa no solo fabrica armamento: financia indirectamente a los grandes conglomerados mediáticos mediante publicidad, patrocinios y redes de influencia. Al mismo tiempo, Silicon Valley -epicentro global de las empresas de innovación y alta tecnologia más influyentes del mundo- ha dejado de ser un actor neutral para convertirse en proveedor estratégico de infraestructuras militares. Empresas como Palantir trabajan con datos de guerra. Microsoft y Amazon gestionan sistemas críticos del Pentágono y de inteligencia. Google y Meta desarrollan algoritmos que sirven tanto para vender publicidad como para identificar objetivos o vigilar poblaciones. La frontera entre tecnología civil y militar ha desaparecido sin apenas debate público.

En el centro de esta red están los grandes fondos de inversión —BlackRock, Vanguard y State Street—, que participan simultáneamente en empresas de armamento, tecnológicas y mediáticas. Es decir: los mismos intereses financieros atraviesan la producción de armas, la infraestructura digital y la construcción del relato informativo. El resultado no es una conspiración sino algo más inquietante: una normalidad, en la que los conflictos se explican siempre desde la lógica de la amenaza.

Y en la que el aumento del gasto militar aparece como una necesidad técnica, no como una decisión política.

Los expertos que analizan las guerras en televisión proceden, con frecuencia, de las mismas estructuras que se benefician de ellas. Las “puertas giratorias” no son una anomalía sino parte del mecanismo. Generales retirados que comentan conflictos en cadenas como CNN o BBC mientras asesoran a empresas de defensa. Think tanks (laboratorios de ideas) financiados por contratistas militares que elaboran informes convertidos en fuente primaria para periodistas. Un circuito cerrado donde la información no se inventa, pero se orienta.

Europa ejerce la misma lógica aunque la gestione con otros códigos. Aquí el vínculo entre industria de defensa y poder político es más explícito. Empresas como Airbus, Rheinmetall o Leonardo están profundamente ligadas a sus Estados, que promueven el rearme bajo el argumento de la autonomía estratégica. El discurso es conocido: más gasto militar equivale a más seguridad y más crecimiento económico.

Pero también en el Mediterráneo el relato necesita altavoces. En Francia, Dassault Aviation — fabricante de los cazas Rafale— está vinculada al grupo propietario de Le Figaro. En España, Indra Sistemas mantiene conexiones con el grupo Prisa, editor de El País y la Cadena SER. En Italia, el modelo alcanza una forma casi estructural: el grupo Leonardo, con fuerte participación estatal, convive con conglomerados mediáticos vinculados a grandes familias industriales. No se trata de censura directa. Se trata de algo más eficaz: un marco mental compartido. La inversión en defensa se presenta como sinónimo de innovación, empleo y modernización. El debate ético desaparece.

La guerra se convierte en un asunto técnico, casi administrativo. Y cualquier cuestionamiento queda desplazado al terreno de lo ingenuo o lo irresponsable. A ellos se suma un elemento clave: la producción de legitimidad. Foros, congresos, publicaciones especializadas y expertos recurrentes, exmilitares o ex ministros, que acceden mediante “puertas giratorias” inundan los informativos y tertulias de los medios.

Buena parte de estos espacios están financiados por las propias corporaciones del sector. No imponen discursos de forma explícita, pero delimitan el campo de lo pensable. Y con eso les basta para hegemonizar el “sentido común” En el eje Grecia-Turquía esta dinámica se combina con el nacionalismo. El gobierno de Recep Tayyip Erdoğan ha impulsado empresas como Baykar, fabricante de drones utilizados en varios conflictos, en una relación estrecha entre poder político, industria y relato de orgullo nacional. La guerra, en este caso, no solo se justifica: se celebra como demostración de capacidad.

Todo encaja. Un sistema que necesita conflictos para sostener su rentabilidad. Un ecosistema mediático que convierte esos conflictos en inevitables. Una infraestructura tecnológica que los hace más eficientes. Y una ciudadanía expuesta a un flujo constante de información y uso de eufemismos, que normalizan la excepcionalidad. Mientras tanto, desde la Luna, la Tierra sigue siendo lo que siempre ha sido: una esfera frágil sin fronteras visibles.

Pero aquí abajo seguimos trazándolas con precisión quirúrgica. Seguimos necesitando dividir para gobernar, clasificar para intervenir, señalar para destruir. Y lo hacemos con herramientas cada vez más sofisticadas y con relatos cada vez más pulidos. Quizá el problema no sea la distancia desde la que miramos el mundo sino los intereses que deciden cómo debemos verlo. Porque el verdadero salto tecnológico quizás no consiste en viajar más lejos sino en cambiar la mirada. Y eso -a diferencia de los cohetes- no parece estar en la agenda.



Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu


domingo, 3 de mayo de 2026

Palantir: la empresa más peligrosa del mundo

 

 Por Pablo Elorduy   
      Fue parte del colectivo fundador de El Salto.


Concebida por Peter Thiel y Alex Karp como una herramienta al servicio de Estados Unidos en su proyecto de dominación, Palantir fusiona las herramientas de control, los beneficios de la guerra, la apuesta tecnológica del capital para escapar de su crisis y la ideología totalitaria en una serie de productos que se han expandido por todo el planeta


Palantir: la empresa más peligrosa del mundo.


     El infierno se desató sobre la escuela Shajare Tayebé, en Minab. Era sábado, 28 de febrero de 2026, día lectivo en Irán. La jornada de clases había sido suspendida por los bombardeos estadounidenses, pero cientos de personas permanecían en el edificio, esperando a que el alumnado fuera recogido por sus familias. Se trataba de un proceso lento, ya que muchas chicas y chicos vivían en los pueblos de alrededor y debían esperar a que llegasen los vehículos desde las zonas rurales. Tres misiles Tomahawk cayeron sobre la escuela de Minab causando 175 víctimas mortales, la mayoría niños y niñas.


Una escuela de primaria en Minab, al sur de Irán, fue bombardeada por EEUU e Israel.

Shajare Tayebé es el escenario del primer presunto crimen de guerra de la Operación Furia Épica lanzada por Estados Unidos e Israel. Según han admitidofuentes del ejército estadounidense, cuya administración al principio negó el ataque, se trató de un error. El software utilizado para la clasificación de objetivos había establecido esa escuela infantil como una infraestructura militar. 

Así estaba designada desde 2013 y nadie —ni humano, ni máquina— había cambiado la clasificación de ese centro, que desde hace tiempo era independiente del edificio militar adyacente.


El sistema de combate Aegis se muestra a bordo del USS Vincennes (CG-49), el buque de guerra cuya tripulación confundió el vuelo 655 de Iran Air con un avión de combate atacante y lo derribó en 1988, matando a las 290 personas a bordo.

Un software de mando y control llamado Maven, basado en la hipótesis de que la velocidad en la toma de decisiones es diferencial para la victoria en una guerra, seleccionó la infraestructura civil y los humanos avalaron la decisión de bombardear la escuela.

Se trata de un sistema de inteligencia artificial requerido por el Pentágono para el análisis de inteligencia, vigilancia y planificación de ataques.

Otras investigaciones señalan que Maven fue también la herramienta detrás de la operación de secuestro de Nicolás Maduro lanzada por la Casa Blanca el 3 de enero de 2026. El 21 de marzo de 2026, tres semanas después de la masacre de Minab, Reuters informaba de que un memorándum del Pentágono establecía Maven como el sistema militar central de Estados Unidos. Detrás de Maven está Palantir o, como la ha calificado Robert Reich, antiguo responsable de Trabajo en la administración Obama, “la compañía más peligrosa de América”.

Poco conocida con respecto a las principales compañías del Big Tech (Google, Amazon, Meta, Apple), Palantir Technologies es una veterana en Silicon Valley. La primera piedra de la empresa la puso la agencia de inteligencia estadounidense CIA a través de su fondo de inversión In-Q-Tel. La CIA seguía el instinto de Peter Thiel y Alex Karp, fundadores de Palantir, quienes detectaron que los ataques del 11 de septiembre de 2001 podían haberse anticipado con una infraestructura capaz de presentar de manera simple y operativa los datos que ya estaban en las bases de las principales agencias de inteligencia del país.

Así creció Palantir que, a través de los software Gotham (para instituciones de control) y Foundry (para empresas), se ha expandido por todos los puntos de “Occidente” con una apuesta basada en la dominación. La empresa proporciona sistemas que permiten a agencias gubernamentales acceder a un panóptico de vigilancia y, una vez establecida en ellas, se hace parte imprescindible de la gestión política del Estado, aportando una base de opacidad e intrazabilidad de las decisiones que esquiva la rendición de cuentas democrática.

El 18 de abril, el cofundador de Palantir, Alex Karp, y Nicholas W. Zamiska, jefe de asuntos corporativos de la empresa lanzaban un manifiesto a través de la red de extrema derecha X que ha situado a la compañía como tema de conversación en todo el mundo. Basado en el libro La república tecnológica: Poder duro, pensamiento débil y el futuro de Occidenteescrito por Karp y Zamiska y publicado en 2025, el manifiesto ha generado miles de post y artículos, pero ha tenido también un impacto colateral entre la plantilla de la compañía. “Se suponía que éramos nosotros quienes debíamos prevenir muchos de estos abusos. Ahora no los prevenimos. Parece que los estamos propiciando”, explicaba uno de esos trabajadores al medio estadounidense Wired.

Pero, ante todo, el manifiesto ponía en primer plano algunos de los discursos que Karp ha enarbolado en los últimos años. Su hipótesis es que la sociedad estaounidense se ha adocenado, que la “psicologización de la política moderna” es una desviación del camino correcto y que la industria tecnológica ha estado orientada a satisfacer esa comodidad, lo que ha hecho que EEUU se haya retrasado en la carrera armamentística y la defensa de la nación, algo con lo que abren el manifiesto. Para ello, sugieren una vuelta del servicio militar obligatorio y la primacía que debe ocupar EEUU era en la “disuasión basada en la IA”.


La máquina de los asesinatos en masa: Silicon Valley abraza la guerra.

Otro de los elementos que ha llevado al manifiesto a ser adjetivado como “los desvaríos de un supervillano”, es un fuerte sesgo supremacista, explicitado en sentencias como que “algunas culturas han producido avances vitales; otras siguen siendo disfuncionales y regresivas”.


El manifiesto de Palantir ha sido calificado de «divagaciones de un supervillano» en medio de temores sobre contratos en el Reino Unido.

Expandida por todo el mundo

Sumando los contratos obtenidos del Departamento de Seguridad Nacional, el Departamento de Defensa y el Pentágono, la compañía obtuvo 1.855 millones de dólares de ingresos procedentes del gobierno estadounidense en 2025. El 55% de los ingresos de Palantir depende de esos contratos, lo que da muestra de la imbricación de la actual administración Trump, sus políticas del shock y la posición monopolística que está ocupando la compañía de Thiel y Karp en el actual proceso de acumulación militarizada. Palantir es el propietario de un software que está forjando las bases del nuevo Estado policial estadounidense, según ha descrito Robert Reich. A raíz del manifiesto Palantir, los autores Arnaud Miranda y Gilles Gressani describían cómo “tras el vocabulario republicano, se despliega una estrategia que puede resumirse en una fórmula: transformar el Estado en una filial de su propia infraestructura digital, vaciando así la soberanía de su dimensión democrática”.


El manifiesto de Palantir para la dominación.

El Ministerio de Defensa español, el servicio de inteligencia francés o sistemas como el de salud y el de disuasión nuclear británicos han contratado los servicios de Palantir, que también se ofreció a gestionar a bajo precio sistemas logísticos de distribución de ayuda por parte de ONG. Una experiencia que ahora sirve para la gestión de las razias migratorias llevadas a cabo por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EEUU (ICE) a través del programa ImmigrationOS proporcionado por la compañía de Thiel y Karp.


Manifestación contra la agencia policial de fronteras ICE en Nueva York.

La periodista especializada en tecnología y derechos humanos Marta Peirano explica que la base del poder que acumula Palantir es la gestión privada de datos que son provistos por agencias públicas. A partir de ese análisis y presentación, la compañía plantea modelos algorítmicos de toma de decisión que proporcionan soluciones aparentemente técnicas. En tercer lugar, Palantir entrena sus modelos de inteligencia artificial a partir de los datos y la experiencia recabada, de forma que, aunque la compañía defiende que no acumula esos datos, en la práctica se convierte en el combustible con que nutre su producto.

En toda la cadena de decisiones hay consideraciones éticas sobre la privacidad y los sesgos empleados para esos perfilamientos que llaman la atención de los defensores de derechos humanos en todo el mundo. Hay una “delegación de funciones y de responsabilidades por parte del Gobierno”, detalla Peirano, que convierte a la compañía en un actor privilegiado en el timón de instituciones, a priori, sujetas al escrutinio democrático. Como ha advertido el investigador francés Olivier Tesquet, coautor de Apocalipsis Nerd, por medio de esa posición de poder en la toma de decisiones, Palantir aspira a convertirse en “el sistema nervioso del próximo orden mundial”.

El anticristo y el transhumanismo

Una empresa peligrosa requiere fundadores peligrosos. En la campaña de 2016, Thiel fue uno de los grandes donantes de Trump, el primero dentro del hasta entonces nominalmente liberal Silicon Valley. Posteriormente se convirtió en el gran valedor del ahora vicepresidente de EEUU, JD Vance. Tras la victoria del ticket formado por Trump y Vance en 2024, Thiel colocó a parte de su séquito en lugares clave de la administración estadounidense. Otra de las figuras fundamentales del Gobierno de Trump, el portavoz y subdirector del Gabinete de Políticas de la Casa Blanca, Stephen Miller, tiene una participación de varios cientos de miles de dólares en Palantir.

El fundador de Palantir supo ver el potencial de Donald Trump como acelerador de las tendencias posdemocráticas necesarias para su proyecto político. Su credo está emparentado con el de la Ilustración Oscura. Se basa en la preeminencia de los monopolios, monarquías corporativas, destinadas a dirigir ciudades o territorios fuera del principio democrático. La hipótesis se ha puesto en funcionamiento en islas como Roatán —cedida por el gobierno corrupto de Juan Orlando Hernández, en Honduras— donde el municipio de Próspera es una “zona de empleo y desarrollo económico” fundada en 2017 con el dinero de una serie de tecnooligarcas, entre los que se encuentra Thiel. Próspera prefigura un plan mucho más ambicioso: el control de las poblaciones mediante la tecnología y la vigilancia y, al mismo tiempo, el desarrollo de las criptomonedas como herramienta para el control por medio de la economía. Mutatis mutandis es el mismo plan presentado por Jared Kushner para la “nueva Gaza”.

Próspera ha sido, también, un pequeño laboratorio de experimentación clínica, siguiendo el principal deseo de trascendencia que mueve a Thiel y a otros inversores como Sam Altman (Chat GPT) o el inversor Marc Andreesen, seguidores de las filosofías Tescreal. Este acrónimo, puesto en circulación de manera crítica por el filósofo Emile P. Torres, engloba a una serie de ramas del pensamiento entre las que destacan el Transhumanismo y el Largoplacismo, en el que Thiel milita activamente.

Estas ideologías coinciden en un punto clave: la extinción de los seres humanos puede ser el daño colateral de la llegada de los individuos poshumanos, una idea defendida por Thiel, entre otros. Como ha señalado Torres respecto al largoplacismo en el podcast Utopía X: “Veo el largoplacismo como un movimiento a favor de la extinción que, como tal, representa una amenaza significativa y a corto plazo para nuestra especie, porque a los largoplacistas no solo les interesa crear poshumanos en algún momento, sino que quieren crear poshumanos lo antes posible”.

De la escuela de Frankfurt a la escuela de Minab

El segundo nombre más reconocido de Palantir es el de Alex Karp, CEO de la empresa. A diferencia de Thiel, Karp se remite a la tradición filosófica europea, en principio lejos del milenarismo profético que caracteriza al primero. Influido por Jünger Habermas y la Escuela de Frankfurt, Karp ha virado de un discurso que inicialmente se entendía como “la izquierda de Palantir” a un pensamiento que encuentra dos enemigos fundamentales.

En primer lugar, los enemigos de lo que ellos llaman “Occidente”, es decir, Rusia, Irán y, sobre todo, China. En segundo lugar, el llamado “virus woke”, con el que la extrema derecha clasifica a la izquierda defensora de los derechos humanos. Como resume Tesquet, para Karp “las democracias están perdiendo una especie de guerra de civilizaciones contra sus adversarios autoritarios, no porque carezcan de talento, sino porque sus ingenieros se han vuelto demasiado aprensivos como para poner sus habilidades al servicio del poder militar”.

De origen judío, el factor que ha disparado el discurso más violento por parte de Karp ha sido el genocidio llevado a cabo por Israel en Gaza, del que Palantir ha participado orgullosamente, como ha confirmado el propio CEO de la empresa.

Los asesinatos extrajudiciales son parte de los daños que la civilización debe asumir, según la ideología expuesta por Karp, que progresivamente bebe más de una fuente alemana radicalmente distinta a las de Frankfurt, como es el pensamiento del jurista del Tercer Reich Carl Schmitt con respecto a la dicotomía amigo-enemigo en la que se basan los Estados para su mayor prosperidad. En un giro inusual, el manifiesto publicado en abril por Karp y Zamiska hacía un guiño a las potencias del Eje en la II Guerra Mundial, en su punto número 15: “El desarme de Alemania fue una corrección excesiva por la que Europa ahora está pagando un alto precio. Un compromiso similar y altamente teatral con el pacifismo japonés, si se mantiene, también amenazará con cambiar el equilibrio de poder en Asia”.

Como ha concluido Olivier Tesquet, Palantir ocupa un puesto central en la biopolítica del capitalismo tardío, decidiendo quién debe vivir —incluso, siguiendo el credo de Thiel, qué tipo de seres poshumanos deben sobrevivir a la especie homo sapiens— y quién debe morir, en una apuesta por la necropolítica difícil de revertir. Para hacerlo, concluye Peirano, no basta con acabar con la dependencia creciente que los Estados occidentales han adoptado con respecto a Palantir, sino que será necesario destruir las bases de datos acumuladas por esta compañía, una empresa que aspira a crear una especie de Razón Tecnológica de Estado, una versión acelerada y privada de las tendencias autoritarias latentes en las democracias liberales.


Fuente: El Salto