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lunes, 19 de octubre de 2026

La IA en China: entre el código abierto y el control estatal

 

 Por Elena de Sus   
      Periodista en Ctxt.


El país asiático compite por los estándares de la inteligencia artificial ofreciendo apertura y ‘open source’ al “sur global”. Al mismo tiempo, busca integrar esta tecnología en su modelo político y contener las amenazas que percibe en ella.


Trump junto a Xi Jinping durante una visita a China en mayo de 2026.


     En la visita oficial del presidente chino, Xi Jinping, a su homólogo estadounidense, Donald Trump, en septiembre se habló, entre otras cosas, de inteligencia artificial. Esta tecnología se ha convertido en un campo de batalla geopolítico, en el que las dos potencias tratan de reforzar sus áreas de influencia e imponer estándares, en medio de la incertidumbre sobre sus impactos económicos y sociales.

Más allá de la insistencia de Trump en sustituir el término “inteligencia artificial” por el de “superinteligencia”, que considera “más apropiado”, los dos mandatarios acordaron establecer un diálogo sobre el desarrollo de esta tecnología, con una primera reunión prevista para noviembre. Además, anunciaron que abrirán un canal de comunicación bilateral para mantenerse informados de posibles incidentes y riesgos.

En Estados Unidos, el discurso sobre la inteligencia artificial ha adquirido un tono apocalíptico. El hackeo de la página especializada Hugging Face por parte de un grupo de agentes de IA al servicio de OpenAI hizo saltar las alarmas. Dario Amodei, CEO de Anthropic, publicó el 12 de septiembre una carta abierta en la que solicitaba regulación que les permitiera “ralentizar” el desarrollo de la IA, aunque destacaba que para que esta fuera efectiva era necesario tomar medidas proteccionistas que obligaran a China a “frenar” también. Sam Altman, CEO de OpenAI, y Elon Musk, propietario de xAI, compartieron y apoyaron su mensaje en la red social X. En definitiva, la industria está pidiendo ser regulada (y protegida frente a la competencia china).

Donald Trump no parece impresionado. “El único control o ‘barrera’ que necesita la IA es un PRESIDENTE FUERTE Y LISTO (¡con alto IQ!) y los Estados Unidos lo tienen, de sobra”, publicó en su propia red social el 14 de septiembre. 

Jacob Coxon, el exempleado de OpenAi y Anthropic que afirma que si no se frena su desarrollo “la IA podría matarnos a todos”, asegura que es imprescindible colaborar con China para evitarlo, pero Trump declaró tras el encuentro con Xi que “preferiría no colaborar, porque vamos ganando por mucho. (...) Cuando vas ganando, no compartes con el otro”.


Inteligencia artificial.

“La estrategia de los estadounidenses ha sido desarrollar la IA más avanzada, correr mucho para estar a la vanguardia”, resume Juan Vázquez Rojo, doctor en Economía y autor de El regreso de China (Península, 2026), quien explica que el enfoque chino es algo diferente: “En el 15 Plan Quinquenal que ha lanzado China este año se habla de impulsar la IA, pero no ‘en línea recta’. Es decir, no concentrarse solo en lograr los mejores modelos, sino buscar aplicaciones específicas en toda la industria, que se aplique en el día a día de las empresas, de los hospitales, de los centros educativos… Que genere un impulso económico, que se aterrice”.

“En China, la inteligencia artificial forma parte de un proyecto nacional de modernización”, afirma Xulio Ríos en su reciente libro China: la modernización permanente (Txalaparta, 2026). “Beijing (...) aspira a demostrar que puede integrarla dentro de su propio modelo, preservando la dirección estratégica del Estado, estimulando la competencia empresarial, reforzando la soberanía tecnológica y manteniendo bajo control los riesgos políticos y sociales”. No es un equilibrio sencillo.


China: la modernización permanente.

Una IA abierta para el “sur global”

La industria china es líder en algunos sectores del ámbito de la IA, como la tecnología de reconocimiento facial, pero respecto a los grandes modelos de lenguaje, dio el golpe sobre la mesa en enero de 2025. Algo más de dos años después de que OpenAI diera a conocer ChatGPT, la startup china DeepSeek sorprendió al mundo con el lanzamiento de su modelo de lenguaje R1. Se trataba de un modelo de “pesos abiertos” (en los grandes modelos de lenguaje de IA pocas veces se puede hablar de código abierto propiamente dicho, porque los datos de entrenamiento casi nunca son públicos), más barato y eficiente que sus rivales estadounidenses y con un rendimiento muy similar.

“La de la IA es una carrera en la que todos los participantes tienen un botón que, si lo aprietan, la carrera se reinicia. Ese ‘botón’ es liberar el código”, argumenta Sergio Salgado, responsable de comunicación y redes de XNet. “El primero que se dio cuenta de esto fue Mark Zuckerberg”, continúa. “En 2023, cuando Meta vio que OpenAI llevaba mucha ventaja en la carrera con ChatGPT, liberó el código de su propio modelo de lenguaje de inteligencia artificial, LLaMA. Entonces las comunidades de desarrollo de código abierto, las universidades y otras instituciones empezaron a trastear con ella y de repente se convirtió en el estándar”.

Salgado cita un documento interno de Google que se filtró ese año, titulado “No tenemos foso, y OpenAI tampoco”, en el que se consideraba que los grandes modelos de lenguaje de código abierto se estaban desarrollando a un ritmo más rápido que los modelos cerrados y que en pocos años llegarían a alcanzarlos y sobrepasarlos. “En 2025, China pulsó el botón a lo grande con el lanzamiento de DeepSeek R1”.

“Todos estos gigantes monopolísticos tenían el sueño húmedo de cualquier gigante monopolístico”, continúa Salgado. “Era un negocio que se podían repartir entre seis o siete con un producto que todo el mundo iba a estar obligado a consumir, porque todos vamos a tener que utilizar inteligencia artificial, grandes modelos de lenguaje”.

Entonces China liberó DeepSeek R1. “Ahora, gracias a los modelos de pesos abiertos, si estas empresas suben mucho los precios siempre puedes montar tu propio servidor”, explica. (A pesar de que el propio boom de la IA ha provocado un aumento significativo de los precios del hardware).

“Esa es la ventaja competitiva de la industria china, donde ha sido capaz de posicionarse”, señala Juan Vázquez Rojo. “Sus modelos no son los mejores, pero son muy buenos, son más accesibles porque son de código abierto, más baratos y más eficientes”. 

La diplomacia china también se adapta a esta circunstancia. “Es una estrategia dirigida a los países del sur global, la típica estrategia win-win de cooperación con China”, explica Vázquez Rojo. “Los modelos chinos, al ser más baratos, más eficientes y de pesos abiertos, son más fáciles de propagar. La estrategia china favorece que empresas chinas puedan colaborar con empresas de otros países para desarrollar sus sistemas de IA y, claro, conectarse con el ecosistema chino. De esta manera, China lidera el desarrollo tecnológico en gran parte del mundo”.

La inteligencia artificial está presente en los planes del Gobierno chino al menos desde 2017. El Plan de Desarrollo de una Inteligencia Artificial de Nueva Generación, publicado ese año, mencionaba la importancia del código abierto. También lo hacía el 14 Plan Quinquenal, redactado en octubre de 2020, que proponía “apoyar el desarrollo de las comunidades de código abierto dedicadas a la tecnología digital (...) y animar a las empresas a que hagan públicos el código fuente del software, los diseños de hardware y los servicios de aplicaciones”. La promoción del código abierto es una forma de acelerar el progreso, al permitir que todos puedan utilizar los hallazgos de los demás para seguir creando y construyendo.

Kyle Chan, experto en China del think tank estadounidense Brookings y autor del boletín High Capacity sobre tecnología china, argumenta que esta estrategia de código abierto tiene sus límites. “Es más difícil ganar dinero”, observa. 

“Varias empresas chinas de IA han salido a bolsa recientemente, como Zhipu (Z.ai) y MiniMax. (...) Los inversores querrán ver ingresos que justifiquen el gasto en modelos e infraestructura. (...) Las empresas ya han estado subiendo los precios de sus APIs y pasando al modelo de suscripción. Es probable que las empresas chinas de IA vayan hacia una estrategia híbrida, cerrando los mejores modelos pero dejando el resto abiertos. Es lo que estaba haciendo Alibaba con Qwen3-Max”, vaticina Chan.

El 16 de octubre de 2026, el Ministerio chino de Comercio y el de Ciencia y Tecnología publicaron un documento en el que proponen controles a la exportación de varias tecnologías, incluidos los modelos de IA de alta capacidad, por motivos de seguridad nacional.

Sin embargo, la “apertura” forma parte del discurso diplomático chino. En la última reunión de los BRICS en septiembre, Xi habló de crear una “zona de código abierto para la IA” entre los 11 países de este grupo y de establecer “un marco global de gobernanza de la IA amplio y basado en el consenso”.

Desde 2018 se celebra en Shanghái la Conferencia Mundial de la Inteligencia Artificial (WAIC, por sus siglas en inglés). En su última edición, en julio de este año, 29 países, entre ellos Rusia, Pakistán e Indonesia, firmaron la carta fundacional de la Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial (WAICO).

Esto se interpretó como una respuesta a la declaración “Pax Silica”, promovida en diciembre de 2025 por Estados Unidos y firmada por aliados como el Reino Unido, la Unión Europea, India, Australia e Israel, que acordaron colaborar para tratar de garantizar que la cadena de suministro de la IA no incluyese a “países preocupantes”.

“La clave del momento es la regulación, la estandarización”, afirma Vázquez Rojo. “Casi todas las industrias tienen estándares, reglas que son comunes para todos y tecnologías que son comunes para todos. En el caso de la IA, ¿cómo se deben comunicar los agentes entre sí? ¿Cómo se deben comunicar con otras aplicaciones? ¿Qué auditorías deberían pasar? ¿Qué pautas se deben seguir en cuanto a seguridad? ¿Cuándo se debería parar? Esa es la batalla ahora”.

En palabras de Vázquez Rojo, Estados Unidos “propone ayudar a conglomerados empresariales estadounidenses a imponer el uso de su IA en otros países. El objetivo es que sus aliados les compren el paquete completo: que además de utilizar modelos estadounidenses, utilicen chips estadounidenses, por ejemplo de Nvidia, que las empresas estadounidenses sean las que instalen y controlen los centros de datos allí… Es un plan mucho más duro que el chino”.

En este punto, Vázquez Rojo señala que China tiene una desventaja. Los chips más avanzados de inteligencia artificial los diseña Nvidia, una empresa estadounidense.

“Desde 2022, China no puede comprar los chips más avanzados de Nvidia porque Estados Unidos no se lo permite, hay controles a la exportación. Esto limita su capacidad de cómputo. Además, la industria de la IA está muy metida en el ecosistema de Nvidia. La apuesta del Gobierno chino para acabar con esta dependencia es Huawei, que tiene sus propios chips de inteligencia artificial, llamados Ascend. Están intentando que la industria china los empiece a incorporar, pero las empresas están muy adaptadas al ecosistema de Nvidia y el cambio es complejo, incierto, y les genera un coste de oportunidad”, explica.

El control estatal y los riesgos de la IA

Al inicio de este artículo se mencionaban las advertencias desde dentro de la industria en Estados Unidos sobre los riesgos para la humanidad del desarrollo acelerado de la IA. ¿Existen esos miedos en China? “El debate se plantea en términos muy distintos porque en China el poder político siempre está por encima del poder económico y financiero”, apunta Vázquez Rojo. “Las empresas en Estados Unidos tienen mucha más voz y son más capaces de presionar al gobierno que las empresas chinas en China, aunque existen tensiones y preocupaciones en todas partes”. Pone como ejemplo el caso de Jack Ma, fundador de Alibaba, que llegó a ser el hombre más rico del país y uno de los más ricos del mundo hasta que criticó abiertamente el sistema financiero chino en octubre de 2020. Desde entonces apenas se ha sabido nada de él y ha perdido el control de sus empresas.

Sin embargo, en China “se han publicado varios documentos oficiales en los que se plantean problemas con la IA similares a los que ha habido en Estados Unidos, relacionados con riesgos de ciberseguridad”, explica Vázquez Rojo. “No es tanto una preocupación de que la inteligencia artificial vaya a acabar con el mundo, pero sí de que haya malos usos de la inteligencia artificial”.

De hecho, en su discurso en WAIC de este año, Xi mencionó la posibilidad de una “pérdida de control” sobre la IA y los “riesgos inherentes y secundarios” de esta tecnología.

“La regulación china ha ido avanzando de manera progresiva, mediante normas específicas. Más que esperar a disponer de una legislación definitiva para actuar, las autoridades experimentan, regulan y corrigen configurando un corpus normativo mucho más denso del que imaginamos”, explica Xulio Ríos en su libro. La normativa publicada en mayo de este año sobre los agentes de IA menciona la importancia de “prevenir riesgos de seguridad como el envenenamiento de datos, las filtraciones de privacidad, la manipulación de algoritmos, las vulnerabilidades del sistema y la inestabilidad operativa”. 

“En el Gobierno chino también genera preocupación el contenido que se genera con IA, por su impacto social”, apunta Vázquez Rojo. Todos los grandes modelos de lenguaje chinos deben pasar una auditoría de un organismo estatal llamado Administración del Ciberespacio de China antes de salir al mercado. Los modelos producidos en China son mucho más reacios que otros a hablar de ciertos temas políticos. Además, China bloquea el acceso directo desde su territorio a modelos extranjeros como ChatGPT o Claude.

Según una encuesta global publicada este año por el grupo Human Centered Artificial Intelligence de la Universidad de Stanford, el 84% de los chinos afirman sentirse entusiasmados por los productos y servicios que utilizan inteligencia artificial, frente al 38% de los estadounidenses y, como referencia, el 45% de los españoles.

En una entrevista reciente en The New Yorker, Kyle Chan argumenta que en China hay una ansiedad creciente por las exigencias cada vez más altas del mercado laboral, sobre todo en los puestos que requieren educación superior, donde la competencia crece. “La IA ha potenciado esa ansiedad, la gente siente que tiene que adoptarla y utilizarla rápidamente, y aprender a sacarle partido para ser más competitiva en el mercado laboral”.

Vázquez Rojo apunta además que “China tiene una obsesión por mejorar la productividad porque su población empieza a envejecerse y ya no pueden crecer a base de tener más gente trabajando, entonces quieren lograr que cada trabajador produzca más. Aquí la automatización y la IA van a ser muy importantes”.


Fuente: Ctxt

viernes, 8 de mayo de 2026

Entre la luna y la guerra

 

      Activista politico social de la izquierda.


Desde la luna una humanidad indivisa, en la tierra un mundo que se arma.


     El 7 de abril, a más de 400.000 kilómetros de distancia, el piloto de Artemis II, Víctor Glover, describía la Tierra como “un oasis frágil”, “un salvavidas en la inmensidad del espacio”. Desde allí arriba -decía- no hay fronteras. Ni bloques. Ni hay enemigos. Solo una esfera vulnerable compartida por todos. Ese mismo día, el presidente estadounidense Donald Trump advertía al mundo de que “toda una civilización podría morir esta noche”, en el último episodio de una escalada destructiva y retórica dirigida contra Irán. Dos discursos simultáneos. Dos formas de mirar el mismo planeta: una que lo reconoce como hogar común y otra que lo convierte en objetivo.

No es una contradicción menor, pero sí el síntoma de una época. Mientras la exploración espacial nos obliga a pensarnos como especie, la política internacional dominante insiste en organizarnos como enemigos. Mientras la tecnología permite ampliar el horizonte humano, el poder de las élites la utiliza para perfeccionar la destrucción. No hay paradoja: hay coherencia interna.

El mismo sistema que financia la conquista de la Luna sostiene la economía de la guerra en la Tierra. Ya sabemos que la guerra no es un accidente sino un negocio. Comercio lucrativo que necesita algo más que armas: necesita relato, necesita miedo y una opinión pública dispuesta a aceptar que el conflicto permanente es inevitable. Y ahí es donde entra en juego una arquitectura de poder cada vez más visible: la alianza entre industria militar, corporaciones tecnológicas y grandes medios de comunicación. No es una simple teoría, es toda una estructura. El llamado Complejo Militar Industrial-Mediático opera como un sistema integrado, especialmente en Estados Unidos.

La industria de defensa no solo fabrica armamento: financia indirectamente a los grandes conglomerados mediáticos mediante publicidad, patrocinios y redes de influencia. Al mismo tiempo, Silicon Valley -epicentro global de las empresas de innovación y alta tecnologia más influyentes del mundo- ha dejado de ser un actor neutral para convertirse en proveedor estratégico de infraestructuras militares. Empresas como Palantir trabajan con datos de guerra. Microsoft y Amazon gestionan sistemas críticos del Pentágono y de inteligencia. Google y Meta desarrollan algoritmos que sirven tanto para vender publicidad como para identificar objetivos o vigilar poblaciones. La frontera entre tecnología civil y militar ha desaparecido sin apenas debate público.

En el centro de esta red están los grandes fondos de inversión —BlackRock, Vanguard y State Street—, que participan simultáneamente en empresas de armamento, tecnológicas y mediáticas. Es decir: los mismos intereses financieros atraviesan la producción de armas, la infraestructura digital y la construcción del relato informativo. El resultado no es una conspiración sino algo más inquietante: una normalidad, en la que los conflictos se explican siempre desde la lógica de la amenaza.

Y en la que el aumento del gasto militar aparece como una necesidad técnica, no como una decisión política.

Los expertos que analizan las guerras en televisión proceden, con frecuencia, de las mismas estructuras que se benefician de ellas. Las “puertas giratorias” no son una anomalía sino parte del mecanismo. Generales retirados que comentan conflictos en cadenas como CNN o BBC mientras asesoran a empresas de defensa. Think tanks (laboratorios de ideas) financiados por contratistas militares que elaboran informes convertidos en fuente primaria para periodistas. Un circuito cerrado donde la información no se inventa, pero se orienta.

Europa ejerce la misma lógica aunque la gestione con otros códigos. Aquí el vínculo entre industria de defensa y poder político es más explícito. Empresas como Airbus, Rheinmetall o Leonardo están profundamente ligadas a sus Estados, que promueven el rearme bajo el argumento de la autonomía estratégica. El discurso es conocido: más gasto militar equivale a más seguridad y más crecimiento económico.

Pero también en el Mediterráneo el relato necesita altavoces. En Francia, Dassault Aviation — fabricante de los cazas Rafale— está vinculada al grupo propietario de Le Figaro. En España, Indra Sistemas mantiene conexiones con el grupo Prisa, editor de El País y la Cadena SER. En Italia, el modelo alcanza una forma casi estructural: el grupo Leonardo, con fuerte participación estatal, convive con conglomerados mediáticos vinculados a grandes familias industriales. No se trata de censura directa. Se trata de algo más eficaz: un marco mental compartido. La inversión en defensa se presenta como sinónimo de innovación, empleo y modernización. El debate ético desaparece.

La guerra se convierte en un asunto técnico, casi administrativo. Y cualquier cuestionamiento queda desplazado al terreno de lo ingenuo o lo irresponsable. A ellos se suma un elemento clave: la producción de legitimidad. Foros, congresos, publicaciones especializadas y expertos recurrentes, exmilitares o ex ministros, que acceden mediante “puertas giratorias” inundan los informativos y tertulias de los medios.

Buena parte de estos espacios están financiados por las propias corporaciones del sector. No imponen discursos de forma explícita, pero delimitan el campo de lo pensable. Y con eso les basta para hegemonizar el “sentido común” En el eje Grecia-Turquía esta dinámica se combina con el nacionalismo. El gobierno de Recep Tayyip Erdoğan ha impulsado empresas como Baykar, fabricante de drones utilizados en varios conflictos, en una relación estrecha entre poder político, industria y relato de orgullo nacional. La guerra, en este caso, no solo se justifica: se celebra como demostración de capacidad.

Todo encaja. Un sistema que necesita conflictos para sostener su rentabilidad. Un ecosistema mediático que convierte esos conflictos en inevitables. Una infraestructura tecnológica que los hace más eficientes. Y una ciudadanía expuesta a un flujo constante de información y uso de eufemismos, que normalizan la excepcionalidad. Mientras tanto, desde la Luna, la Tierra sigue siendo lo que siempre ha sido: una esfera frágil sin fronteras visibles.

Pero aquí abajo seguimos trazándolas con precisión quirúrgica. Seguimos necesitando dividir para gobernar, clasificar para intervenir, señalar para destruir. Y lo hacemos con herramientas cada vez más sofisticadas y con relatos cada vez más pulidos. Quizá el problema no sea la distancia desde la que miramos el mundo sino los intereses que deciden cómo debemos verlo. Porque el verdadero salto tecnológico quizás no consiste en viajar más lejos sino en cambiar la mirada. Y eso -a diferencia de los cohetes- no parece estar en la agenda.



Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu


miércoles, 11 de febrero de 2026

Contra el odio, políticas del encuentro

 

 Por Paco Cano   
      Integrante del Consejo asesor de  CTX y del Consejo asesor de  ACO (Acción contra el odio).


La convivencia no es un concepto abstracto. Se construye en las plazas, en el metro, en los espacios que habitamos juntos


Asamblea ciudadana convocada por el Sindicat de Llogateres de Barcelona, noviembre de 2025.

     El odio ya no es una anomalía ni un ruido de fondo. No vive en los márgenes ni se esconde en los extremos. El odio se ha instalado en el centro de nuestras vidas. Esa es la constatación incómoda que nos conduce a las I Jornadas Internacionales Ideas para combatir el odio. Hoy el odio es tendencia, agenda y atmósfera. Es el paisaje emocional que necesita el ultracapitalismo extractivo para seguir funcionando, mientras convierte en negocio el malestar que él mismo produce.

El odio contemporáneo no es espontáneo ni caótico. Tiene financiación, estrategia y manual de estilo.


Se puede fabricar y organizar el odio desde un despacho.

Cuenta con community managers, algoritmos complacientes, youtubers de guardia, fundaciones, asociaciones, ultras con camiseta deportiva, ultras con crucifijos, magnates con nombre propio y gobiernos que ya no disimulan. Circula con tanta eficacia por televisiones, redes y columnas de opinión que se ha disfrazado de sentido común.

La fórmula es conocida. Los poderes financieros generan desigualdad, cronifican la precariedad y, cuando la vida se vuelve incierta, alguien ofrece una explicación simplista. No es el sistema, es el otro, dicen. No es el de arriba, es el que viene de abajo. Así, el odio deja de ser un exabrupto y se convierte en pedagogía cotidiana.

Empieza como chiste, sigue como estereotipo, se fija como prejuicio y, cuando menos se espera, desemboca en exclusión, violencia y hasta genocidio. Frente a esa internacional bien organizada, seguimos reaccionando tarde y de manera aislada.

La justicia, por ejemplo, cumple una función imprescindible: proteger a quienes no pueden hacerlo solos. Sin tribunales que actúen, sin leyes que pongan límites claros al abuso y a la violencia, la democracia se quedaría sin suelo. Pero la ley llega cuando el daño ya está hecho, cuando la palabra se ha convertido en amenaza y la amenaza en señalamiento. El Código Penal actúa cuando el incendio ya ha prendido. Persigue el delito cuando ya se ha cometido, pero no impide que el odio circule ni que se reproduzca allí donde se fabrican los falsos culpables.

El periodismo digno también cumple una función clave. Contrasta, contextualiza, desmonta bulos, desactiva marcos tóxicos y explica lo que el odio simplifica hasta hacerlo irreconocible. Sin ese periodismo, el debate público se degrada y la mentira avanza sin resistencia. Por eso molesta; por eso se ha convertido en diana prioritaria. Las campañas de acoso no son una casualidad, son una estrategia. Si no puedes imponer tu relato, intenta silenciar al mediador.

Sería un error pensar que la lucha contra el odio se agota en la reacción. Combatirlo exige disputar la economía que lo produce, frenar el extractivismo que devora territorios y cuerpos, proteger la tierra y los bienes comunes, garantizar trabajo digno, vivienda y cuidados; derechos humanos fundamentales. Porque el odio se gesta en la precariedad normalizada, la inseguridad habitacional, la desafección democrática y la sensación de desprotección. De ahí la urgencia de un humanismo extendido, que no seleccione quién merece dignidad, y de un humanismo ecológico que entienda que no hay justicia social sin justicia ambiental. Defender la vida, toda la vida, es hoy el gesto político más radical.


Discursos de odio y cómo podemos combatirlos.

Pero una vez germinado, ese odio se reproduce y expande en relatos, en miedos, en relaciones que no se construyen, en decidir a quién incluimos en esos derechos, a quién excluimos del común y de lo público y a quién dejamos fuera del “nosotros”. Es decir, en lo cultural; en el mundo que creamos entre todas.

Por eso, urge combinar luchas materiales con luchas simbólicas, porque ninguna batalla cultural se sostiene si ignora las condiciones materiales de la vida y viceversa. No hay convivencia posible sobre la precariedad crónica, ni democracia que resista cuando la existencia se vuelve un ejercicio de supervivencia. Y ahí la educación es central. Una educación que no puede limitarse a transmitir contenidos; tiene que formar criterio. Alfabetización mediática, educación digital, capacidad para leer críticamente los discursos y para detectar la manipulación emocional. La UNESCO lo advierte desde hace años con claridad. Frente al odio no basta con prohibir palabras. Hay que construir valores, generar sentido y sostener el pensamiento autónomo en el tiempo. Es una inversión democrática lenta, sí, pero decisiva.

Junto a una revolución educativa, hacen falta políticas del encuentro. Espacios donde las personas puedan mirarse, escucharse y reconocerse más allá de las etiquetas. Barrios vivos, proyectos comunitarios, cultura compartida, experiencias donde el otro deje de ser una abstracción y recupere un rostro, una voz, una historia. La convivencia no es un concepto abstracto. Se construye en las plazas, en el metro, en los espacios que habitamos juntos. El odio, en cambio, necesita distancia, virtualidad y aislamiento. Funciona mejor cuando el otro es una categoría difusa, un perfil sin cuerpo. Por eso las políticas del vínculo, del encuentro y de la cooperación son también políticas contra el odio.

La cultura es, igualmente, decisiva. Esa manera en la que creamos y recreamos el mundo debe ser una fábrica de relatos capaces de ensanchar la mirada. En la literatura, la música, el cine, las artes escénicas, las fiestas populares y la cultura comunitaria se ensayan formas de estar juntos que desactivan la lógica del enfrentamiento. No porque la cultura deba ser moralizante o didáctica, sino porque introduce complejidad donde el odio exige consignas simples. Abrir preguntas incómodas, sembrar dudas, romper certezas. Gestos aparentemente frágiles que son, en realidad, profundamente transformadores.

Las batallas culturales no son guerras de consignas ni propaganda disfrazada, sino un trabajo paciente y colectivo para disputar el sentido común. Buscan construir narrativas distintas, formas de vivir juntos donde la democracia no sea solo norma escrita, sino experiencia cotidiana. No se trata de ganar tertulias u ocupar el ruido mediático. Es disputar el espacio donde se fabrican certezas básicas, porque las ultraderechas avanzan no solo gritando más, sino logrando que otros dejen de creer que existen alternativas reales. There is no alternative, proclamaba Thatcher. Cuando el “no hay alternativa” se instala como sentido común, el autoritarismo ya ha ganado media partida. Frente a eso, educación, convivencia, cultura y conciencia ciudadana aparecen como infraestructuras democráticas imprescindibles, herramientas con las que volver a abrir el horizonte y recordar que siempre hay alternativas. Otro mundo es posible.

Sin embargo, nada de esto funcionará peleando en solitario. El odio se alimenta de la fragmentación y la soledad, por eso la respuesta solo puede ser colectiva. El odio opera en red y solo puede combatirse en red.

Frente a la “internacional del odio”, como la nombra Juan José Tamayo, urge levantar una internacional alternativa. Una red amplia, diversa, transnacional y transversal, capaz no solo de resistir, sino de proponer. No solo de reaccionar, sino de anticipar. Una alianza que siembre comunidad, que teja vínculos duraderos y que se atreva a sostener un humanismo radical que no se conforme con proclamar derechos, sino que baje a la raíz de las condiciones materiales, culturales y simbólicas que hacen posible una vida digna.


La España del odio - Malagón.

La guerra cultural es el plano cero, el terreno donde se juega cualquier proceso emancipador. La democracia se defiende, sobre todo, en las aulas, en los barrios, en los mercados, en los bares, en los autobuses y en los relatos que atraviesan nuestra vida cotidiana.

Ahí se decide si la convivencia se fortalece o si el miedo avanza. Combatir el odio no es únicamente señalar culpables, es recuperar la pregunta esencial de quiénes somos y cómo queremos vivir juntos. Porque frente al odio organizado, la única respuesta a la altura de nuestro tiempo es reconstruir vínculos, recuperar lo común y volver a creer que otra forma de vivir es posible.



Fuente: Ctxt



domingo, 1 de febrero de 2026

La inteligencia artificial y los algoritmos del colapso

 

 Por João Camargo   
      Investigador en crisis climática y militante de Climáximo.


La IA ofrece una promesa irresistible para las élites capitalistas: poder dirigir automáticamente la mayoría de las instrucciones que guían la actividad humana, reduciendo el poder de las clases sociales que no son propietarias de los algoritmos


     La inteligencia artificial se está difundiendo por toda la sociedad a través de chatbots, modelos y agentes que son explícitamente reaccionarios y crean barreras comunicativas y físicas para defender el statu quo. Nos llevarán directamente a un colapso provocado por la guerra y el caos climático. El capitalismo ha elegido la IA como la próxima herramienta para dividir y desmantelar el trabajo, crear una nueva estructura de poder en el mundo y reprimir los movimientos sociales y políticos.


X puede ser una víctima de la guerra que Elon Musk tanto desea.

Olvídate de las historias de Terminator sobre la inteligencia artificial general (AGI) y la superinteligencia artificial (ASI). Estas están más cerca de la ciencia ficción que de la realidad. No necesitamos especular sobre cosas que no existen en el ámbito de la IA. Lo que sí debemos tener en cuenta son las cosas que ya existen y se están implementando de forma masiva.

El objetivo principal de la IA es la automatización de la propia automatización histórica. La IA ofrece una promesa irresistible para las élites capitalistas: poder dirigir automáticamente la mayoría de las instrucciones que guían la actividad humana, reduciendo el poder de las clases sociales que no son propietarias de los algoritmos. Planificación económica y social completa para los ricos. En particular, quieren reducir el poder que la clase trabajadora ha ejercido en el pasado, el poder de impulsar el futuro y lograr las transformaciones políticas, sociales y económicas que reduzcan o eliminen la desigualdad y la injusticia.

Un objetivo clave y complementario de la IA es crear un monopolio abrumador sobre el conocimiento, codificado a través de grandes modelos de lenguaje, visión artificial, redes neuronales convolucionales y otros modelos de Machine “Learning”. Este monopolio se está diseñando para transformar por completo las relaciones sociales e instalar una hegemonía reaccionaria que supere ampliamente al capitalismo neoliberal y alimente una distopía de extrema derecha imaginada por sus propietarios.

El tercer objetivo esencial tiene que ver con el control de la violencia y la represión política. Para ello, la IA proporciona diferentes herramientas que se utilizan en estados de guerra declarados y, ahora, en su mayoría no declarados. Durante el genocidio de Gaza, los objetivos humanos se seleccionaron con IA, cuyos modelos se utilizaron para determinar el mayor impacto en secuencias de objetivos con el fin de lograr las máximas consecuencias en la infraestructura y el sufrimiento humano.

Obviamente, la IA se utiliza para maximizar la eficiencia en toda la logística de la guerra, calculando las cargas útiles, los horarios y la distribución de material. En Ucrania, la mayor parte de la guerra se está llevando a cabo con drones, muchos de ellos autónomos y con capacidad de autoselección de objetivos gracias a la IA. Las máquinas de matar automatizadas que no cuestionan las órdenes ni los objetivos no solo están disponibles, sino que ya se han desplegado en diferentes frentes de guerra.

Por otro lado, la represión política automatizada y la persecución en las calles y las protestas están aumentando, aunque actualmente se encuentran en la fase de recopilación de datos y formación. En Estados Unidos, el ICE está desplegando diferentes aplicaciones desarrolladas por empresas como Palantir para maximizar la perturbación social y capturar a las personas más vulnerables del país.

Existe una enorme presión para impedir cualquier regulación significativa de la IA, en particular la utilizada por la policía y las fuerzas armadas. La vigilancia con reconocimiento facial (FRT) y corporal se utiliza en exteriores para trazar mapas de los movimientos y los participantes en protestas y acciones. El mapeo de las conexiones y alianzas de movimiento se puede realizar mediante el reconocimiento de patrones en línea, así como en las calles.

La represión automática de las protestas, combinada con una mala comunicación y desinformación deliberadas, podría hacer que las protestas habituales resultaran simplemente inviables. Y, por supuesto, la IA se está utilizando para el pirateo informático por parte de empresas privadas y Estados. Teniendo en cuenta los sistemas pirateables que existen actualmente en toda la sociedad y la economía —sistemas bancarios, seguridad social, sistemas eléctricos y de transporte, sistemas de aviación y navegación, gestión de pensiones, aparatos de vigilancia, sistemas sanitarios y, por supuesto, todo Internet y los datos de los servidores públicos y privados—, son inevitables los acontecimientos disruptivos a gran o pequeña escala.

Muchos movimientos políticos y sociales serán objeto de ataques. Esto puede significar la eliminación de cuentas, el bloqueo de activos financieros y una creciente represión política personal mediante la supresión de las capacidades de comunicación. Esto también puede ocurrir a una escala mucho mayor, afectando a ciudades, países o regiones enteras.

En las inversiones y los esfuerzos políticos más importantes, la IA se está introduciendo como una herramienta de sustitución de la mano de obra, un creador de monopolios de hegemonía cultural y un arma militar y de vigilancia. La mayor parte de esto se está haciendo con personas que participan activamente e invitan a los modelos a entrar en su vida cotidiana (incluso más de lo que ya lo hacían). La resistencia a los grandes proyectos de centros de datos es importante e inspiradora, pero la abrumadora amenaza de la IA va mucho más allá de sus emisiones, consumo de agua y ocupación de suelo (aunque planean multiplicar por muchos factores las cifras actuales, especialmente en Europa). Los datacenters de hoy en día son fábricas de pesadillas.

Hasta ahora, la IA no ha sido capaz de cumplir con un aspecto clave: automatizar con éxito procesos que permitan el despido masivo de personas, sustituidas por algoritmos eficaces. Esto está claro. El 95 % de todas las inversiones realizadas por las empresas en IA no han generado beneficios, lo que está poniendo nerviosos a los capitalistas. Pero esto no ha detenido su expansión de forma significativa.

Cuando hablamos de IA, nos referimos al aprendizaje automático, la robótica y los sistemas expertos. Actualmente, la IA es principalmente un proceso de reconocimiento, clasificación y cálculo de probabilidad muy alta, basado en cantidades masivas de datos con una buena interfaz humana. La interfaz es el truco más importante para el público en general, porque nos hizo discutir sobre la IA como si hubiera entidades inteligentes no humanas involucradas en el proceso, lo cual no es así. El debate público en torno a esta cuestión es profundamente antihistórico y antimaterialista, casi en su totalidad es ruido blanco.

La IA no está replicando ni reproduciendo la inteligencia humana. Está tratando de codificar las actividades humanas en procedimientos repetibles que puedan crear algoritmos reproducibles. Como no está imitando nuestra inteligencia biológica, está tratando de imitar lo que más o menos puede «comprender» sobre los algoritmos mencionados anteriormente: está copiando el trabajo y las relaciones sociales, sus mecanismos y sus resultados predecibles.

Al igual que otras abstracciones que rigen nuestras vidas, como el dinero, los algoritmos producen resultados reales. La IA ofrece una promesa irresistible para las élites capitalistas: poder dirigir automáticamente la mayoría de las instrucciones que guían la actividad humana, reduciendo el poder de las relaciones sociales, en particular el poder de la clase trabajadora para imponer transformaciones políticas, sociales y económicas que reduzcan la desigualdad y la injusticia.

Las redes neuronales de la IA no imitan en absoluto al cerebro humano, sino que automatizan el «trabajo de percepción», clasificando e interpretando datos escritos, numéricos y visuales y estableciendo asociaciones. Esto crea una síntesis del conocimiento, de la forma colectiva del conocimiento que proviene de la cooperación social. Como se ha explicado anteriormente, otro de sus objetivos ha sido establecer un monopolio sobre el conocimiento, extraído de todos los sitios web, bases de datos, enciclopedias en línea y fragmentos con los que se alimenta. No es de extrañar, pues, que Elon Musk y la extrema derecha estén persiguiendo a Wikipedia, porque quieren destruir o subvertir formas comunes de percibir la realidad que no sean su visión distópica.


Servidores de la Fundación Wikimedia.

Estas son algunas de las razones por las que intentar codificar reglas o restricciones éticas en estos modelos no funcionará, ya que no cambiarán las funciones políticas y económicas subyacentes de los datos con los que se entrenan y los algoritmos generados y fabricados. Por supuesto que el lenguaje en sí mismo es un algoritmo, al igual que todos los datos y, por supuesto, también Internet. Pero con la IA estamos hablando de otro nivel de control. Los propósitos abstractos fundamentales de la IA tal y como existen ahora son la extensión de la cuantificación, el control y la explotación.

La teoría laborista de la automatización postula que la IA es el resultado de un conjunto de avances tecnológicos que han abstraído la automatización hasta el punto de que puede automatizarse a sí misma. Ahora que tenemos la capacidad técnica para fabricar estas máquinas y el capitalismo tiene el incentivo económico para desplegarlas masivamente, quieren utilizarlas para reorganizar aún más la división del trabajo a su favor. Es la cúspide de la automatización: la automatización de la automatización.

Ante unas dificultades aparentemente insuperables, los movimientos sociales politicos y rupturistas no pueden sino preguntarse qué hacer con la IA. Hay básicamente dos opciones: abandonar la red y el mundo digital o adquirir capacidades tecnológicas que nos permitan resistir a estos algoritmos de colapso.


Fuente: El Salto