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lunes, 15 de junio de 2026

Amazon es un banco de pruebas para el futuro del trabajo

 

       Organizador sindical, miembro del Sindicato Nacional de Escritores y repartidor a tiempo parcial de Amazon.


Empleadores de todo el mundo buscan imitar el modelo de explotación, inestabilidad y uso disciplinario de IA de la megacorporación de Bezos. El reto de los sindicatos es organizar a la clase trabajadora contra esta distopía


Los trabajadores del centro de carga aérea de Amazon en el norte de Kentucky se declararon en huelga en julio de 2024.


     Entre el 7 y el 10 de junio, la convención cuatrienal de la AFL-CIO se ha reunido en Minneapolis con el objetivo declarado de organizarse “con unidad y claridad de propósito para empoderar a los trabajadores”. 

Esa claridad de propósito debería incluir un compromiso real para afrontar el mayor y más importante reto de organización al que se enfrentan los sindicatos en esta era: Amazon.


Trabajadores de carga aérea de Amazon en Kentucky y simpatizantes de la comunidad protestan por sus derechos laborales, 2023



Hasta ahora, a pesar de algunos inspiradores focos de lucha aislados, el movimiento sindical estadounidense no ha conseguido llevar a Amazon a la mesa de negociación.

A nivel nacional, y continuando con un declive histórico, la afiliación sindical el año pasado fue de un mísero 10 % en EEUU, y eso sin contar siquiera los afiliados perdidos cuando Trump rompió los convenios colectivos que cubrían a casi un millón de trabajadores federales.


Afiliación sindical en Estados Unidos.

Esto ha dejado a decenas de millones de trabajadores por organizar, pero los más importantes son los 1,5 millones de trabajadores y contratistas de Amazon.

Hace noventa años General Motors era el pionero del capitalismo, imitado por otros industriales que buscaban perfeccionar la eficiencia productiva, la explotación de los trabajadores y la extracción de beneficios. Los trabajadores de GM, organizados bajo la bandera del CIO y respaldados por sindicatos que no esperaban ganar nuevos afiliados con el proyecto –como el Sindicato de Mineros Unidos–, se opusieron a esa explotación, se declararon en huelga y consiguieron nuevas condiciones. Anunciaron un periodo de organización masiva, el apogeo moderno del poder sindical.

Amazon es el General Motors de hoy. Lo que le suceda a los trabajadores de Amazon –para bien o para mal– le sucederá a los trabajadores de todo el mundo.

Amazon es un banco de pruebas para el futuro del trabajo de todos nosotros. Los empleadores de todo el mundo buscan imitar el modelo laboral de este gigante, caracterizado por la explotación, la inestabilidad laboral y –lo que es aterrador– el uso de tecnologías de IA para disciplinar y restar poder a los trabajadores.

Amazon está perfeccionando la subcontratación, la mano de obra “justo a tiempo” y el aumento del ritmo de trabajo. Sus más de 250.000 repartidores en EEUU están todos subcontratados, ya sea a través de una multitud de pequeñas empresas llamadas socios de servicios de reparto (DSP) o contratados como autónomos. De esa forma, Amazon puede eludir la responsabilidad cuando los repartidores sufren lesiones, piden un aumento de sueldo o intentan sindicarse. Los almacenes funcionan con un modelo de mano de obra reducida. Los horarios normales a tiempo completo en los almacenes son cuatro turnos consecutivos de diez horas, pero Amazon suele recortar las horas de los trabajadores cada vez que la producción se ralentiza, incluso en medio de un turno, lo que causa estragos en unos presupuestos familiares ya de por sí ajustados. Luego, entre Acción de Gracias y Navidad Amazon impone horas extra obligatorias –una hora extra al día, más un día laborable adicional obligatorio cada semana–, lo que eleva la semana laboral a unas brutales 55 horas y hace caso omiso de los efectos en la vida personal y familiar de los trabajadores.

A través de su agresiva introducción de robots –ahora más de un millón–, Amazon está sustituyendo a los trabajadores y obligando a los que quedan a trabajar más rápido. No es de extrañar que los empleados sufran accidentes laborales con tanta frecuencia, y que la grave tasa de lesiones de la empresa sea casi el doble que la de sus homólogos del sector de los almacenes.


Amazon ha introducido ahora más de un millón de robots.

Luego está la IA. Sé algo de esto de primera mano, ya que he trabajado durante el último año y medio como repartidor a tiempo parcial de Amazon. La empresa de reparto para la que trabajo es un empleador justo, pero el problema no es ella; es Amazon, porque, aunque técnicamente los repartidores no somos empleados de la empresa, todos estamos sujetos a su seguimiento y supervisión.

Cuando estoy en el camión de Amazon, cada movimiento que hago es rastreado con tecnología y evaluado por programas de IA: dónde estoy, qué paquetes he entregado y si voy al ritmo que el algoritmo de Amazon ha determinado que debo cumplir. Los informes al final de cada turno muestran cómo se comparan mis entregas con los tiempos prescritos por el estándar algorítmico de Amazon. Cada semana se nos evalúa para determinar si tomamos fotos precisas en el momento de la entrega, si entregamos los paquetes exactamente donde el cliente lo solicitó y si recibimos comentarios positivos o negativos de los clientes. A través de este sistema, los conductores que no “alcanzan el ritmo” o que no cumplen con los estándares prescritos por Amazon pierden su empleo.

¿Qué permite este nivel de supervisión? El Gran Hermano: el “NetradyneDriver” , tu compañero de viaje en la furgoneta. Las lentes de la cámara apuntan en todas direcciones, midiendo continuamente tu velocidad y distancia. Netradyne también controla si te detienes completamente en cada señal de stop, si utilizas el intermitente, si evitas desviarte del carril, si frenas, aceleras o tomas las curvas demasiado rápido. Observa la orientación y el movimiento de tus ojos. Si bostezas. Si apartas la vista de la carretera durante demasiado tiempo. Todos estos datos se introducen en un sistema de IA donde la tecnología, y no una persona, evalúa tu comportamiento cada segundo. Netradyne se jacta de esto y lo denomina “IA física implementada a gran escala”.

En los grupos de chat de Reddit, los repartidores de Amazon de todo el país informan ahora de que no les despide un humano, sino la IA. En el caso de los trabajadores de almacén, Amazon ha aprovechado la misma tecnología de vigilancia para asegurarse de que las tasas de recogida, embalaje y clasificación de los trabajadores cumplan con sus estándares determinados algorítmicamente, que sus escaneos sean perfectos y que minimicen el “tiempo fuera de la tarea” –como ir al baño–. Todo se mide y se supervisa. Y si no “alcanzas la tasa”, primero te aconsejan, luego te sancionan y, finalmente, te despiden.

En muchos almacenes, Amazon recurre a agentes de seguridad y a la policía local para imponer “una cultura organizativa de obediencia casi carcelaria –lo que equivale a una “militarización” de las funciones de recursos humanos”, según un informe académico reciente. “Parece que estamos entrando en una prisión y que intentan asegurarse de que no nos escapemos”, cita el informe a un trabajador.

Esta distopía laboral se está perfeccionando en Amazon y luego se exporta a otros empleadores: en fábricas, tiendas de alimentación, hospitales, restaurantes, hoteles, obras de construcción, laboratorios y oficinas. Este es el sombrío futuro que estamos legando a nuestros hijos, a menos que organicemos a los trabajadores de Amazon a gran escala y luchemos.

Amazon no es solo un problema para quienes trabajamos en el sector logístico. De ser una humilde tienda de libros en línea, se ha transformado en una referencia que puede revolucionar otros sectores. Su avaricia no hace más que crecer. Amazon gestiona hoy 532 tiendas de alimentación Whole Foods y está ampliando rápidamente su red de reparto de comestibles. Este es el siguiente gran sector que pretende revolucionar.

A través de Amazon Web Services, la empresa es ahora un proveedor global dominante de potencia informática, almacenamiento, redes, análisis y seguridad. Amazon fabrica sus propios chips de IA Trainium, compitiendo directamente con Nvidia. Amazon produce y distribuye películas y series de televisión a través de sus Amazon MGM Studios. El fundador de Amazon, Jeff Bezos, es propietario del Washington Post. Amazon One Medical es un servicio de atención primaria que ofrece asistencia en línea y en clínicas, y está entrando con fuerza en el mercado de los medicamentos con receta a través de Amazon Pharmacy. A través de su filial Ring, Amazon domina hoy en día el mercado de la seguridad doméstica y ofrece otros productos electrónicos de consumo líderes, como Alexa y Kindle.

¿Se puede derrotar a una empresa tan grande y expansiva, un gigante con casi tres billones de dólares de valoración bursátil? Sí, se puede. Pero, como destaca un informe publicado el 4 de junio, se necesitará un esfuerzo titánico y sin reservas por parte de todo el movimiento sindical estadounidense para hacer que retroceda –no solo los valientes pero fragmentados esfuerzos que hemos visto hasta ahora–.

El informe, Renewing Labor and Winning at Amazon, del que soy coautor junto con Michael McQuarrie y Benjamin Y. Fong, y que fue publicado por el Center for Work and Democracy de la Universidad Estatal de Arizona, documenta cómo, a diferencia de la década de 1930, cuando los organizadores del CIO pudieron frenar la producción mediante huelgas en unos pocos centros de producción clave, el proyecto de organización de Amazon debe apuntar más allá. Con una red de cientos de almacenes, centros de clasificación e instalaciones de carga aérea, “la empresa tiene la agilidad necesaria para redirigir el flujo de paquetes a otras instalaciones, manteniendo intacta la cadena de suministro” y haciendo que las huelgas en un solo centro resulten en gran medida irrelevantes, señala el informe, concluyendo que “los estrategas sindicales de hoy en día deben reconocer que, para tener éxito, la organización debe interrumpir el flujo de la cadena de suministro de Amazon”.

Eso significa organizarse en regiones enteras o en secciones completas de la cadena de suministro de la empresa. El informe destaca dos regiones estratégicas en particular. La primera se centra en el área de Los Ángeles y el Inland Empire, justo al este de los puertos de Los Ángeles y Long Beach, por donde pasa la mayor parte de la mercancía importada de Amazon antes de distribuirse a los almacenes de todo el país. La segunda comprende la región del noreste, donde se concentra una gran cantidad de clientes de Amazon. El sindicato Teamsters ya está organizándose en ambas regiones, donde los trabajadores se han enfrentado tenazmente a la empresa. Pero la escala de la organización hasta la fecha no está a la altura del desafío. En el enorme almacén JFK8 en Staten Island, el Amazon Labor Union, ahora parte de los Teamsters, ganó una histórica votación de representación sindical en 2022. Cuatro años después, a pesar de la persistente organización de los trabajadores, Amazon aún no ha accedido a reconocer al sindicato ni a negociar.

Cientos de organizadores internos –activistas políticos que han aceptado puestos de trabajo en Amazon para “infiltrarse” u organizar desde dentro– han desarrollado una gran sofisticación en la organización en Amazon en los últimos años, y deben desempeñar un papel importante en cualquier campaña nacional. Lo mismo ocurre con los miembros sindicales existentes en los sectores de la logística, la alimentación, la sanidad y otros. “Los miembros de Teamsters de UPS y DHL han sido organizadores especialmente eficaces, ya que comparten con los trabajadores de Amazon un lenguaje común y preocupaciones comunes sobre el proceso de trabajo de la cadena de suministro, el aumento del ritmo de trabajo, la tecnología y los problemas que plantea la dirección”, señala el informe Renewing Labor and Winning at Amazon. “Ellos, junto con los miembros sindicales de otros sectores, pueden señalar fácilmente los logros que han conseguido mediante la negociación colectiva y la huelga, que diferencian drásticamente sus condiciones de trabajo de las de los trabajadores de Amazon”.

Si bien la organización debe centrarse en los almacenes y orientarse hacia la construcción de acciones de huelga masivas, el movimiento sindical debe concebir –y financiar– una campaña global que atraiga al público, a otras empresas, a los gobiernos y a los reguladores. Esto se debe a que el impacto de Amazon va mucho más allá del lugar de trabajo, y se necesitará presión tanto dentro de la cadena de suministro como en toda la sociedad para obligar a la empresa a negociar con los sindicatos.

Decenas de miles de camiones de Amazon contaminan el aire, perjudican la salud pública y deterioran las vías públicas, y las exenciones fiscales que Amazon exige habitualmente privan a los gobiernos locales de los recursos necesarios para prestar servicios públicos.

“Las comunidades en zonas con alta concentración de almacenes, como el Inland Empire de California, son lugares idóneos para unir a los trabajadores y a los miembros de la comunidad en campañas comunes contra la explotación en los almacenes y contra las cargas externalizadas que Amazon impone a la comunidad en general”, señala el informe.

Dado que la Junta Nacional de Relaciones Laborales no es una vía eficaz para obligar a Amazon a negociar, los sindicatos deben impulsar iniciativas electorales a nivel estatal y local para promover las demandas clave de los trabajadores y la comunidad. Este no es un concepto nuevo. Hace quince años, la campaña “Fight for $15” (Lucha por los 15 dólares) se valió del poder de las iniciativas electorales para conseguir aumentos salariales para millones de trabajadores. Algunos llegaron a crear sindicatos en sus lugares de trabajo. Hoy en día, el lema podría ser “Fight for $30” (Lucha por los 30 dólares), una cifra que los trabajadores de Amazon citan con frecuencia como el mínimo indispensable para sobrevivir.

Las iniciativas también podrían establecer normas de seguridad para los trabajadores, prohibir la subcontratación de los repartidores de Amazon y restringir la ubicación de los centros de datos.

Otra idea de iniciativa consiste en gravar a los robots. Esto repondría los ingresos que los gobiernos pierden cuando Amazon sustituye a los humanos –que pagan impuestos sobre la nómina y que también contribuyen a los ingresos por impuestos sobre las ventas cuando gastan dinero en la comunidad– por robots, que no hacen ninguna de esas cosas. Las iniciativas también podrían exigir a Amazon que contribuya a un fondo de vivienda asequible controlado públicamente para compensar la destrucción de viviendas que provoca la expansión de los almacenes. O podrían exigir a Amazon que financie clínicas de salud y la limpieza del aire, para compensar la contaminación causada por el movimiento diario de sus camiones y vagones.

Estas y otras ideas de iniciativas alteran el modelo de negocio de explotación de Amazon y pueden ser mecanismos poderosos para unir a los trabajadores y a los miembros de la comunidad en una causa común y en la demanda definitiva de reconocimiento sindical y convenios colectivos. En algunos casos, las iniciativas que desafían el modelo de negocio de Amazon pueden llevarse a cabo como campañas legislativas. En la ciudad de Nueva York, una coalición de sindicalistas y activistas comunitarios está presionando al Ayuntamiento para que apruebe la Ley de Protección de la Distribución, que obligaría a Amazon a contratar a los repartidores directamente y a mejorar las normas de seguridad. Es un buen comienzo. Ahora imagina si se lanzaran campañas a favor de la Ley de Protección de la Distribución simultáneamente en 20 ciudades.

Los sindicatos también deberían aprovechar la frustración que los proveedores y vendedores externos sienten por la presencia de Amazon. Las personas y las pequeñas empresas que intentan vender sus productos en la plataforma de Amazon ven cómo el gigante les reduce los márgenes.

Algunas empresas le han acusado de robarles sus ideas y luego lanzar productos competidores. Los proveedores como los DSP [un programa que “permite a emprendedores crear su propia empresa de reparto” dentro de Amazon] viven continuamente en vilo, ya que sus contratos con Amazon pueden ser rescindidos casi sin previo aviso. Una campaña creativa puede encontrar una causa común con estas fuerzas dispares lanzando luchas locales y estatales para frenar el poder de la compañía frente a los vendedores individuales y las pequeñas empresas.


Amazon invirtió en empresas emergentes y obtuvo información confidencial antes de lanzar a sus competidores.

Amazon “tiene un dinamismo corporativo y una flexibilidad infraestructural sin parangón en ninguna otra empresa contemporánea”, señala el informe. “Pero su enorme tamaño y riqueza no la hacen invencible. De hecho, la velocidad y la complejidad de la cadena de suministro de Amazon la convierten en un objetivo de organización vulnerable, además de desafiante. Una campaña multidimensional y bien dotada de recursos puede garantizar el reconocimiento sindical y la firma de convenios en Amazon”.

¿En qué consiste una campaña “bien dotada de recursos”? Actualmente, los sindicatos gastan en total unos diez millones de dólares al año en la organización referente a Amazon, y la mayor parte de esa cantidad procede de los Teamsters. Eso simplemente no es suficiente para vencer a una empresa con 1.500 centros de trabajo en EEUU y más de 120.000 millones de dólares en efectivo disponible. Para sindicalizar a 80.000 trabajadores en Los Ángeles, o a 100.000 en la costa este, o a 50.000 en Florida, o a las decenas de miles en otras regiones creo que necesitaremos al menos 100 millones de dólares anuales durante al menos una década para financiar a miles de organizadores, tanto dentro como fuera de las instalaciones de Amazon, junto con una sólida infraestructura de campaña para construir un nuevo movimiento de organización industrial al estilo del CIO.

Puede parecer mucho dinero, pero hay que tener en cuenta que los activos del movimiento sindical estadounidense rondan hoy los 35.000 millones de dólares, lo que supone un aumento del 225 % en los últimos 15 años, y que los líderes sindicales estadounidenses gastaron más de 400 millones de dólares en la fallida candidatura de Biden-Harris.

En conjunto, dentro del movimiento sindical, los recursos están ahí para montar una campaña seria contra Amazon. Emprender o no la lucha es una elección política.

Esta no puede ser una batalla que asuman solo unos pocos sindicatos. Debe ser un esfuerzo conjunto. Hace unos 90 años, los líderes del Sindicato de Mineros Unidos y otros sindicatos hicieron un pacto para organizar a los trabajadores de las industrias del automóvil, el acero, la electricidad y el caucho, porque sabían que sin una organización masiva, toda la clase trabajadora estaba en peligro. Este fin de semana, mientras los líderes de la AFL-CIO se reúnen en Minneapolis, los sindicatos se encuentran en la misma encrucijada peligrosa. Esperemos que tomen la decisión correcta, como hicieron sus predecesores hace 90 años.

Fuente: Ctxt


viernes, 8 de mayo de 2026

Entre la luna y la guerra

 

      Activista politico social de la izquierda.


Desde la luna una humanidad indivisa, en la tierra un mundo que se arma.


     El 7 de abril, a más de 400.000 kilómetros de distancia, el piloto de Artemis II, Víctor Glover, describía la Tierra como “un oasis frágil”, “un salvavidas en la inmensidad del espacio”. Desde allí arriba -decía- no hay fronteras. Ni bloques. Ni hay enemigos. Solo una esfera vulnerable compartida por todos. Ese mismo día, el presidente estadounidense Donald Trump advertía al mundo de que “toda una civilización podría morir esta noche”, en el último episodio de una escalada destructiva y retórica dirigida contra Irán. Dos discursos simultáneos. Dos formas de mirar el mismo planeta: una que lo reconoce como hogar común y otra que lo convierte en objetivo.

No es una contradicción menor, pero sí el síntoma de una época. Mientras la exploración espacial nos obliga a pensarnos como especie, la política internacional dominante insiste en organizarnos como enemigos. Mientras la tecnología permite ampliar el horizonte humano, el poder de las élites la utiliza para perfeccionar la destrucción. No hay paradoja: hay coherencia interna.

El mismo sistema que financia la conquista de la Luna sostiene la economía de la guerra en la Tierra. Ya sabemos que la guerra no es un accidente sino un negocio. Comercio lucrativo que necesita algo más que armas: necesita relato, necesita miedo y una opinión pública dispuesta a aceptar que el conflicto permanente es inevitable. Y ahí es donde entra en juego una arquitectura de poder cada vez más visible: la alianza entre industria militar, corporaciones tecnológicas y grandes medios de comunicación. No es una simple teoría, es toda una estructura. El llamado Complejo Militar Industrial-Mediático opera como un sistema integrado, especialmente en Estados Unidos.

La industria de defensa no solo fabrica armamento: financia indirectamente a los grandes conglomerados mediáticos mediante publicidad, patrocinios y redes de influencia. Al mismo tiempo, Silicon Valley -epicentro global de las empresas de innovación y alta tecnologia más influyentes del mundo- ha dejado de ser un actor neutral para convertirse en proveedor estratégico de infraestructuras militares. Empresas como Palantir trabajan con datos de guerra. Microsoft y Amazon gestionan sistemas críticos del Pentágono y de inteligencia. Google y Meta desarrollan algoritmos que sirven tanto para vender publicidad como para identificar objetivos o vigilar poblaciones. La frontera entre tecnología civil y militar ha desaparecido sin apenas debate público.

En el centro de esta red están los grandes fondos de inversión —BlackRock, Vanguard y State Street—, que participan simultáneamente en empresas de armamento, tecnológicas y mediáticas. Es decir: los mismos intereses financieros atraviesan la producción de armas, la infraestructura digital y la construcción del relato informativo. El resultado no es una conspiración sino algo más inquietante: una normalidad, en la que los conflictos se explican siempre desde la lógica de la amenaza.

Y en la que el aumento del gasto militar aparece como una necesidad técnica, no como una decisión política.

Los expertos que analizan las guerras en televisión proceden, con frecuencia, de las mismas estructuras que se benefician de ellas. Las “puertas giratorias” no son una anomalía sino parte del mecanismo. Generales retirados que comentan conflictos en cadenas como CNN o BBC mientras asesoran a empresas de defensa. Think tanks (laboratorios de ideas) financiados por contratistas militares que elaboran informes convertidos en fuente primaria para periodistas. Un circuito cerrado donde la información no se inventa, pero se orienta.

Europa ejerce la misma lógica aunque la gestione con otros códigos. Aquí el vínculo entre industria de defensa y poder político es más explícito. Empresas como Airbus, Rheinmetall o Leonardo están profundamente ligadas a sus Estados, que promueven el rearme bajo el argumento de la autonomía estratégica. El discurso es conocido: más gasto militar equivale a más seguridad y más crecimiento económico.

Pero también en el Mediterráneo el relato necesita altavoces. En Francia, Dassault Aviation — fabricante de los cazas Rafale— está vinculada al grupo propietario de Le Figaro. En España, Indra Sistemas mantiene conexiones con el grupo Prisa, editor de El País y la Cadena SER. En Italia, el modelo alcanza una forma casi estructural: el grupo Leonardo, con fuerte participación estatal, convive con conglomerados mediáticos vinculados a grandes familias industriales. No se trata de censura directa. Se trata de algo más eficaz: un marco mental compartido. La inversión en defensa se presenta como sinónimo de innovación, empleo y modernización. El debate ético desaparece.

La guerra se convierte en un asunto técnico, casi administrativo. Y cualquier cuestionamiento queda desplazado al terreno de lo ingenuo o lo irresponsable. A ellos se suma un elemento clave: la producción de legitimidad. Foros, congresos, publicaciones especializadas y expertos recurrentes, exmilitares o ex ministros, que acceden mediante “puertas giratorias” inundan los informativos y tertulias de los medios.

Buena parte de estos espacios están financiados por las propias corporaciones del sector. No imponen discursos de forma explícita, pero delimitan el campo de lo pensable. Y con eso les basta para hegemonizar el “sentido común” En el eje Grecia-Turquía esta dinámica se combina con el nacionalismo. El gobierno de Recep Tayyip Erdoğan ha impulsado empresas como Baykar, fabricante de drones utilizados en varios conflictos, en una relación estrecha entre poder político, industria y relato de orgullo nacional. La guerra, en este caso, no solo se justifica: se celebra como demostración de capacidad.

Todo encaja. Un sistema que necesita conflictos para sostener su rentabilidad. Un ecosistema mediático que convierte esos conflictos en inevitables. Una infraestructura tecnológica que los hace más eficientes. Y una ciudadanía expuesta a un flujo constante de información y uso de eufemismos, que normalizan la excepcionalidad. Mientras tanto, desde la Luna, la Tierra sigue siendo lo que siempre ha sido: una esfera frágil sin fronteras visibles.

Pero aquí abajo seguimos trazándolas con precisión quirúrgica. Seguimos necesitando dividir para gobernar, clasificar para intervenir, señalar para destruir. Y lo hacemos con herramientas cada vez más sofisticadas y con relatos cada vez más pulidos. Quizá el problema no sea la distancia desde la que miramos el mundo sino los intereses que deciden cómo debemos verlo. Porque el verdadero salto tecnológico quizás no consiste en viajar más lejos sino en cambiar la mirada. Y eso -a diferencia de los cohetes- no parece estar en la agenda.



Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu


domingo, 3 de mayo de 2026

Palantir: la empresa más peligrosa del mundo

 

 Por Pablo Elorduy   
      Fue parte del colectivo fundador de El Salto.


Concebida por Peter Thiel y Alex Karp como una herramienta al servicio de Estados Unidos en su proyecto de dominación, Palantir fusiona las herramientas de control, los beneficios de la guerra, la apuesta tecnológica del capital para escapar de su crisis y la ideología totalitaria en una serie de productos que se han expandido por todo el planeta


Palantir: la empresa más peligrosa del mundo.


     El infierno se desató sobre la escuela Shajare Tayebé, en Minab. Era sábado, 28 de febrero de 2026, día lectivo en Irán. La jornada de clases había sido suspendida por los bombardeos estadounidenses, pero cientos de personas permanecían en el edificio, esperando a que el alumnado fuera recogido por sus familias. Se trataba de un proceso lento, ya que muchas chicas y chicos vivían en los pueblos de alrededor y debían esperar a que llegasen los vehículos desde las zonas rurales. Tres misiles Tomahawk cayeron sobre la escuela de Minab causando 175 víctimas mortales, la mayoría niños y niñas.


Una escuela de primaria en Minab, al sur de Irán, fue bombardeada por EEUU e Israel.

Shajare Tayebé es el escenario del primer presunto crimen de guerra de la Operación Furia Épica lanzada por Estados Unidos e Israel. Según han admitidofuentes del ejército estadounidense, cuya administración al principio negó el ataque, se trató de un error. El software utilizado para la clasificación de objetivos había establecido esa escuela infantil como una infraestructura militar. 

Así estaba designada desde 2013 y nadie —ni humano, ni máquina— había cambiado la clasificación de ese centro, que desde hace tiempo era independiente del edificio militar adyacente.


El sistema de combate Aegis se muestra a bordo del USS Vincennes (CG-49), el buque de guerra cuya tripulación confundió el vuelo 655 de Iran Air con un avión de combate atacante y lo derribó en 1988, matando a las 290 personas a bordo.

Un software de mando y control llamado Maven, basado en la hipótesis de que la velocidad en la toma de decisiones es diferencial para la victoria en una guerra, seleccionó la infraestructura civil y los humanos avalaron la decisión de bombardear la escuela.

Se trata de un sistema de inteligencia artificial requerido por el Pentágono para el análisis de inteligencia, vigilancia y planificación de ataques.

Otras investigaciones señalan que Maven fue también la herramienta detrás de la operación de secuestro de Nicolás Maduro lanzada por la Casa Blanca el 3 de enero de 2026. El 21 de marzo de 2026, tres semanas después de la masacre de Minab, Reuters informaba de que un memorándum del Pentágono establecía Maven como el sistema militar central de Estados Unidos. Detrás de Maven está Palantir o, como la ha calificado Robert Reich, antiguo responsable de Trabajo en la administración Obama, “la compañía más peligrosa de América”.

Poco conocida con respecto a las principales compañías del Big Tech (Google, Amazon, Meta, Apple), Palantir Technologies es una veterana en Silicon Valley. La primera piedra de la empresa la puso la agencia de inteligencia estadounidense CIA a través de su fondo de inversión In-Q-Tel. La CIA seguía el instinto de Peter Thiel y Alex Karp, fundadores de Palantir, quienes detectaron que los ataques del 11 de septiembre de 2001 podían haberse anticipado con una infraestructura capaz de presentar de manera simple y operativa los datos que ya estaban en las bases de las principales agencias de inteligencia del país.

Así creció Palantir que, a través de los software Gotham (para instituciones de control) y Foundry (para empresas), se ha expandido por todos los puntos de “Occidente” con una apuesta basada en la dominación. La empresa proporciona sistemas que permiten a agencias gubernamentales acceder a un panóptico de vigilancia y, una vez establecida en ellas, se hace parte imprescindible de la gestión política del Estado, aportando una base de opacidad e intrazabilidad de las decisiones que esquiva la rendición de cuentas democrática.

El 18 de abril, el cofundador de Palantir, Alex Karp, y Nicholas W. Zamiska, jefe de asuntos corporativos de la empresa lanzaban un manifiesto a través de la red de extrema derecha X que ha situado a la compañía como tema de conversación en todo el mundo. Basado en el libro La república tecnológica: Poder duro, pensamiento débil y el futuro de Occidenteescrito por Karp y Zamiska y publicado en 2025, el manifiesto ha generado miles de post y artículos, pero ha tenido también un impacto colateral entre la plantilla de la compañía. “Se suponía que éramos nosotros quienes debíamos prevenir muchos de estos abusos. Ahora no los prevenimos. Parece que los estamos propiciando”, explicaba uno de esos trabajadores al medio estadounidense Wired.

Pero, ante todo, el manifiesto ponía en primer plano algunos de los discursos que Karp ha enarbolado en los últimos años. Su hipótesis es que la sociedad estaounidense se ha adocenado, que la “psicologización de la política moderna” es una desviación del camino correcto y que la industria tecnológica ha estado orientada a satisfacer esa comodidad, lo que ha hecho que EEUU se haya retrasado en la carrera armamentística y la defensa de la nación, algo con lo que abren el manifiesto. Para ello, sugieren una vuelta del servicio militar obligatorio y la primacía que debe ocupar EEUU era en la “disuasión basada en la IA”.


La máquina de los asesinatos en masa: Silicon Valley abraza la guerra.

Otro de los elementos que ha llevado al manifiesto a ser adjetivado como “los desvaríos de un supervillano”, es un fuerte sesgo supremacista, explicitado en sentencias como que “algunas culturas han producido avances vitales; otras siguen siendo disfuncionales y regresivas”.


El manifiesto de Palantir ha sido calificado de «divagaciones de un supervillano» en medio de temores sobre contratos en el Reino Unido.

Expandida por todo el mundo

Sumando los contratos obtenidos del Departamento de Seguridad Nacional, el Departamento de Defensa y el Pentágono, la compañía obtuvo 1.855 millones de dólares de ingresos procedentes del gobierno estadounidense en 2025. El 55% de los ingresos de Palantir depende de esos contratos, lo que da muestra de la imbricación de la actual administración Trump, sus políticas del shock y la posición monopolística que está ocupando la compañía de Thiel y Karp en el actual proceso de acumulación militarizada. Palantir es el propietario de un software que está forjando las bases del nuevo Estado policial estadounidense, según ha descrito Robert Reich. A raíz del manifiesto Palantir, los autores Arnaud Miranda y Gilles Gressani describían cómo “tras el vocabulario republicano, se despliega una estrategia que puede resumirse en una fórmula: transformar el Estado en una filial de su propia infraestructura digital, vaciando así la soberanía de su dimensión democrática”.


El manifiesto de Palantir para la dominación.

El Ministerio de Defensa español, el servicio de inteligencia francés o sistemas como el de salud y el de disuasión nuclear británicos han contratado los servicios de Palantir, que también se ofreció a gestionar a bajo precio sistemas logísticos de distribución de ayuda por parte de ONG. Una experiencia que ahora sirve para la gestión de las razias migratorias llevadas a cabo por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EEUU (ICE) a través del programa ImmigrationOS proporcionado por la compañía de Thiel y Karp.


Manifestación contra la agencia policial de fronteras ICE en Nueva York.

La periodista especializada en tecnología y derechos humanos Marta Peirano explica que la base del poder que acumula Palantir es la gestión privada de datos que son provistos por agencias públicas. A partir de ese análisis y presentación, la compañía plantea modelos algorítmicos de toma de decisión que proporcionan soluciones aparentemente técnicas. En tercer lugar, Palantir entrena sus modelos de inteligencia artificial a partir de los datos y la experiencia recabada, de forma que, aunque la compañía defiende que no acumula esos datos, en la práctica se convierte en el combustible con que nutre su producto.

En toda la cadena de decisiones hay consideraciones éticas sobre la privacidad y los sesgos empleados para esos perfilamientos que llaman la atención de los defensores de derechos humanos en todo el mundo. Hay una “delegación de funciones y de responsabilidades por parte del Gobierno”, detalla Peirano, que convierte a la compañía en un actor privilegiado en el timón de instituciones, a priori, sujetas al escrutinio democrático. Como ha advertido el investigador francés Olivier Tesquet, coautor de Apocalipsis Nerd, por medio de esa posición de poder en la toma de decisiones, Palantir aspira a convertirse en “el sistema nervioso del próximo orden mundial”.

El anticristo y el transhumanismo

Una empresa peligrosa requiere fundadores peligrosos. En la campaña de 2016, Thiel fue uno de los grandes donantes de Trump, el primero dentro del hasta entonces nominalmente liberal Silicon Valley. Posteriormente se convirtió en el gran valedor del ahora vicepresidente de EEUU, JD Vance. Tras la victoria del ticket formado por Trump y Vance en 2024, Thiel colocó a parte de su séquito en lugares clave de la administración estadounidense. Otra de las figuras fundamentales del Gobierno de Trump, el portavoz y subdirector del Gabinete de Políticas de la Casa Blanca, Stephen Miller, tiene una participación de varios cientos de miles de dólares en Palantir.

El fundador de Palantir supo ver el potencial de Donald Trump como acelerador de las tendencias posdemocráticas necesarias para su proyecto político. Su credo está emparentado con el de la Ilustración Oscura. Se basa en la preeminencia de los monopolios, monarquías corporativas, destinadas a dirigir ciudades o territorios fuera del principio democrático. La hipótesis se ha puesto en funcionamiento en islas como Roatán —cedida por el gobierno corrupto de Juan Orlando Hernández, en Honduras— donde el municipio de Próspera es una “zona de empleo y desarrollo económico” fundada en 2017 con el dinero de una serie de tecnooligarcas, entre los que se encuentra Thiel. Próspera prefigura un plan mucho más ambicioso: el control de las poblaciones mediante la tecnología y la vigilancia y, al mismo tiempo, el desarrollo de las criptomonedas como herramienta para el control por medio de la economía. Mutatis mutandis es el mismo plan presentado por Jared Kushner para la “nueva Gaza”.

Próspera ha sido, también, un pequeño laboratorio de experimentación clínica, siguiendo el principal deseo de trascendencia que mueve a Thiel y a otros inversores como Sam Altman (Chat GPT) o el inversor Marc Andreesen, seguidores de las filosofías Tescreal. Este acrónimo, puesto en circulación de manera crítica por el filósofo Emile P. Torres, engloba a una serie de ramas del pensamiento entre las que destacan el Transhumanismo y el Largoplacismo, en el que Thiel milita activamente.

Estas ideologías coinciden en un punto clave: la extinción de los seres humanos puede ser el daño colateral de la llegada de los individuos poshumanos, una idea defendida por Thiel, entre otros. Como ha señalado Torres respecto al largoplacismo en el podcast Utopía X: “Veo el largoplacismo como un movimiento a favor de la extinción que, como tal, representa una amenaza significativa y a corto plazo para nuestra especie, porque a los largoplacistas no solo les interesa crear poshumanos en algún momento, sino que quieren crear poshumanos lo antes posible”.

De la escuela de Frankfurt a la escuela de Minab

El segundo nombre más reconocido de Palantir es el de Alex Karp, CEO de la empresa. A diferencia de Thiel, Karp se remite a la tradición filosófica europea, en principio lejos del milenarismo profético que caracteriza al primero. Influido por Jünger Habermas y la Escuela de Frankfurt, Karp ha virado de un discurso que inicialmente se entendía como “la izquierda de Palantir” a un pensamiento que encuentra dos enemigos fundamentales.

En primer lugar, los enemigos de lo que ellos llaman “Occidente”, es decir, Rusia, Irán y, sobre todo, China. En segundo lugar, el llamado “virus woke”, con el que la extrema derecha clasifica a la izquierda defensora de los derechos humanos. Como resume Tesquet, para Karp “las democracias están perdiendo una especie de guerra de civilizaciones contra sus adversarios autoritarios, no porque carezcan de talento, sino porque sus ingenieros se han vuelto demasiado aprensivos como para poner sus habilidades al servicio del poder militar”.

De origen judío, el factor que ha disparado el discurso más violento por parte de Karp ha sido el genocidio llevado a cabo por Israel en Gaza, del que Palantir ha participado orgullosamente, como ha confirmado el propio CEO de la empresa.

Los asesinatos extrajudiciales son parte de los daños que la civilización debe asumir, según la ideología expuesta por Karp, que progresivamente bebe más de una fuente alemana radicalmente distinta a las de Frankfurt, como es el pensamiento del jurista del Tercer Reich Carl Schmitt con respecto a la dicotomía amigo-enemigo en la que se basan los Estados para su mayor prosperidad. En un giro inusual, el manifiesto publicado en abril por Karp y Zamiska hacía un guiño a las potencias del Eje en la II Guerra Mundial, en su punto número 15: “El desarme de Alemania fue una corrección excesiva por la que Europa ahora está pagando un alto precio. Un compromiso similar y altamente teatral con el pacifismo japonés, si se mantiene, también amenazará con cambiar el equilibrio de poder en Asia”.

Como ha concluido Olivier Tesquet, Palantir ocupa un puesto central en la biopolítica del capitalismo tardío, decidiendo quién debe vivir —incluso, siguiendo el credo de Thiel, qué tipo de seres poshumanos deben sobrevivir a la especie homo sapiens— y quién debe morir, en una apuesta por la necropolítica difícil de revertir. Para hacerlo, concluye Peirano, no basta con acabar con la dependencia creciente que los Estados occidentales han adoptado con respecto a Palantir, sino que será necesario destruir las bases de datos acumuladas por esta compañía, una empresa que aspira a crear una especie de Razón Tecnológica de Estado, una versión acelerada y privada de las tendencias autoritarias latentes en las democracias liberales.


Fuente: El Salto