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domingo, 3 de mayo de 2026

Palantir: la empresa más peligrosa del mundo

 

 Por Pablo Elorduy   
      Fue parte del colectivo fundador de El Salto.


Concebida por Peter Thiel y Alex Karp como una herramienta al servicio de Estados Unidos en su proyecto de dominación, Palantir fusiona las herramientas de control, los beneficios de la guerra, la apuesta tecnológica del capital para escapar de su crisis y la ideología totalitaria en una serie de productos que se han expandido por todo el planeta


Palantir: la empresa más peligrosa del mundo.


     El infierno se desató sobre la escuela Shajare Tayebé, en Minab. Era sábado, 28 de febrero de 2026, día lectivo en Irán. La jornada de clases había sido suspendida por los bombardeos estadounidenses, pero cientos de personas permanecían en el edificio, esperando a que el alumnado fuera recogido por sus familias. Se trataba de un proceso lento, ya que muchas chicas y chicos vivían en los pueblos de alrededor y debían esperar a que llegasen los vehículos desde las zonas rurales. Tres misiles Tomahawk cayeron sobre la escuela de Minab causando 175 víctimas mortales, la mayoría niños y niñas.


Una escuela de primaria en Minab, al sur de Irán, fue bombardeada por EEUU e Israel.

Shajare Tayebé es el escenario del primer presunto crimen de guerra de la Operación Furia Épica lanzada por Estados Unidos e Israel. Según han admitidofuentes del ejército estadounidense, cuya administración al principio negó el ataque, se trató de un error. El software utilizado para la clasificación de objetivos había establecido esa escuela infantil como una infraestructura militar. 

Así estaba designada desde 2013 y nadie —ni humano, ni máquina— había cambiado la clasificación de ese centro, que desde hace tiempo era independiente del edificio militar adyacente.


El sistema de combate Aegis se muestra a bordo del USS Vincennes (CG-49), el buque de guerra cuya tripulación confundió el vuelo 655 de Iran Air con un avión de combate atacante y lo derribó en 1988, matando a las 290 personas a bordo.

Un software de mando y control llamado Maven, basado en la hipótesis de que la velocidad en la toma de decisiones es diferencial para la victoria en una guerra, seleccionó la infraestructura civil y los humanos avalaron la decisión de bombardear la escuela.

Se trata de un sistema de inteligencia artificial requerido por el Pentágono para el análisis de inteligencia, vigilancia y planificación de ataques.

Otras investigaciones señalan que Maven fue también la herramienta detrás de la operación de secuestro de Nicolás Maduro lanzada por la Casa Blanca el 3 de enero de 2026. El 21 de marzo de 2026, tres semanas después de la masacre de Minab, Reuters informaba de que un memorándum del Pentágono establecía Maven como el sistema militar central de Estados Unidos. Detrás de Maven está Palantir o, como la ha calificado Robert Reich, antiguo responsable de Trabajo en la administración Obama, “la compañía más peligrosa de América”.

Poco conocida con respecto a las principales compañías del Big Tech (Google, Amazon, Meta, Apple), Palantir Technologies es una veterana en Silicon Valley. La primera piedra de la empresa la puso la agencia de inteligencia estadounidense CIA a través de su fondo de inversión In-Q-Tel. La CIA seguía el instinto de Peter Thiel y Alex Karp, fundadores de Palantir, quienes detectaron que los ataques del 11 de septiembre de 2001 podían haberse anticipado con una infraestructura capaz de presentar de manera simple y operativa los datos que ya estaban en las bases de las principales agencias de inteligencia del país.

Así creció Palantir que, a través de los software Gotham (para instituciones de control) y Foundry (para empresas), se ha expandido por todos los puntos de “Occidente” con una apuesta basada en la dominación. La empresa proporciona sistemas que permiten a agencias gubernamentales acceder a un panóptico de vigilancia y, una vez establecida en ellas, se hace parte imprescindible de la gestión política del Estado, aportando una base de opacidad e intrazabilidad de las decisiones que esquiva la rendición de cuentas democrática.

El 18 de abril, el cofundador de Palantir, Alex Karp, y Nicholas W. Zamiska, jefe de asuntos corporativos de la empresa lanzaban un manifiesto a través de la red de extrema derecha X que ha situado a la compañía como tema de conversación en todo el mundo. Basado en el libro La república tecnológica: Poder duro, pensamiento débil y el futuro de Occidenteescrito por Karp y Zamiska y publicado en 2025, el manifiesto ha generado miles de post y artículos, pero ha tenido también un impacto colateral entre la plantilla de la compañía. “Se suponía que éramos nosotros quienes debíamos prevenir muchos de estos abusos. Ahora no los prevenimos. Parece que los estamos propiciando”, explicaba uno de esos trabajadores al medio estadounidense Wired.

Pero, ante todo, el manifiesto ponía en primer plano algunos de los discursos que Karp ha enarbolado en los últimos años. Su hipótesis es que la sociedad estaounidense se ha adocenado, que la “psicologización de la política moderna” es una desviación del camino correcto y que la industria tecnológica ha estado orientada a satisfacer esa comodidad, lo que ha hecho que EEUU se haya retrasado en la carrera armamentística y la defensa de la nación, algo con lo que abren el manifiesto. Para ello, sugieren una vuelta del servicio militar obligatorio y la primacía que debe ocupar EEUU era en la “disuasión basada en la IA”.


La máquina de los asesinatos en masa: Silicon Valley abraza la guerra.

Otro de los elementos que ha llevado al manifiesto a ser adjetivado como “los desvaríos de un supervillano”, es un fuerte sesgo supremacista, explicitado en sentencias como que “algunas culturas han producido avances vitales; otras siguen siendo disfuncionales y regresivas”.


El manifiesto de Palantir ha sido calificado de «divagaciones de un supervillano» en medio de temores sobre contratos en el Reino Unido.

Expandida por todo el mundo

Sumando los contratos obtenidos del Departamento de Seguridad Nacional, el Departamento de Defensa y el Pentágono, la compañía obtuvo 1.855 millones de dólares de ingresos procedentes del gobierno estadounidense en 2025. El 55% de los ingresos de Palantir depende de esos contratos, lo que da muestra de la imbricación de la actual administración Trump, sus políticas del shock y la posición monopolística que está ocupando la compañía de Thiel y Karp en el actual proceso de acumulación militarizada. Palantir es el propietario de un software que está forjando las bases del nuevo Estado policial estadounidense, según ha descrito Robert Reich. A raíz del manifiesto Palantir, los autores Arnaud Miranda y Gilles Gressani describían cómo “tras el vocabulario republicano, se despliega una estrategia que puede resumirse en una fórmula: transformar el Estado en una filial de su propia infraestructura digital, vaciando así la soberanía de su dimensión democrática”.


El manifiesto de Palantir para la dominación.

El Ministerio de Defensa español, el servicio de inteligencia francés o sistemas como el de salud y el de disuasión nuclear británicos han contratado los servicios de Palantir, que también se ofreció a gestionar a bajo precio sistemas logísticos de distribución de ayuda por parte de ONG. Una experiencia que ahora sirve para la gestión de las razias migratorias llevadas a cabo por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EEUU (ICE) a través del programa ImmigrationOS proporcionado por la compañía de Thiel y Karp.


Manifestación contra la agencia policial de fronteras ICE en Nueva York.

La periodista especializada en tecnología y derechos humanos Marta Peirano explica que la base del poder que acumula Palantir es la gestión privada de datos que son provistos por agencias públicas. A partir de ese análisis y presentación, la compañía plantea modelos algorítmicos de toma de decisión que proporcionan soluciones aparentemente técnicas. En tercer lugar, Palantir entrena sus modelos de inteligencia artificial a partir de los datos y la experiencia recabada, de forma que, aunque la compañía defiende que no acumula esos datos, en la práctica se convierte en el combustible con que nutre su producto.

En toda la cadena de decisiones hay consideraciones éticas sobre la privacidad y los sesgos empleados para esos perfilamientos que llaman la atención de los defensores de derechos humanos en todo el mundo. Hay una “delegación de funciones y de responsabilidades por parte del Gobierno”, detalla Peirano, que convierte a la compañía en un actor privilegiado en el timón de instituciones, a priori, sujetas al escrutinio democrático. Como ha advertido el investigador francés Olivier Tesquet, coautor de Apocalipsis Nerd, por medio de esa posición de poder en la toma de decisiones, Palantir aspira a convertirse en “el sistema nervioso del próximo orden mundial”.

El anticristo y el transhumanismo

Una empresa peligrosa requiere fundadores peligrosos. En la campaña de 2016, Thiel fue uno de los grandes donantes de Trump, el primero dentro del hasta entonces nominalmente liberal Silicon Valley. Posteriormente se convirtió en el gran valedor del ahora vicepresidente de EEUU, JD Vance. Tras la victoria del ticket formado por Trump y Vance en 2024, Thiel colocó a parte de su séquito en lugares clave de la administración estadounidense. Otra de las figuras fundamentales del Gobierno de Trump, el portavoz y subdirector del Gabinete de Políticas de la Casa Blanca, Stephen Miller, tiene una participación de varios cientos de miles de dólares en Palantir.

El fundador de Palantir supo ver el potencial de Donald Trump como acelerador de las tendencias posdemocráticas necesarias para su proyecto político. Su credo está emparentado con el de la Ilustración Oscura. Se basa en la preeminencia de los monopolios, monarquías corporativas, destinadas a dirigir ciudades o territorios fuera del principio democrático. La hipótesis se ha puesto en funcionamiento en islas como Roatán —cedida por el gobierno corrupto de Juan Orlando Hernández, en Honduras— donde el municipio de Próspera es una “zona de empleo y desarrollo económico” fundada en 2017 con el dinero de una serie de tecnooligarcas, entre los que se encuentra Thiel. Próspera prefigura un plan mucho más ambicioso: el control de las poblaciones mediante la tecnología y la vigilancia y, al mismo tiempo, el desarrollo de las criptomonedas como herramienta para el control por medio de la economía. Mutatis mutandis es el mismo plan presentado por Jared Kushner para la “nueva Gaza”.

Próspera ha sido, también, un pequeño laboratorio de experimentación clínica, siguiendo el principal deseo de trascendencia que mueve a Thiel y a otros inversores como Sam Altman (Chat GPT) o el inversor Marc Andreesen, seguidores de las filosofías Tescreal. Este acrónimo, puesto en circulación de manera crítica por el filósofo Emile P. Torres, engloba a una serie de ramas del pensamiento entre las que destacan el Transhumanismo y el Largoplacismo, en el que Thiel milita activamente.

Estas ideologías coinciden en un punto clave: la extinción de los seres humanos puede ser el daño colateral de la llegada de los individuos poshumanos, una idea defendida por Thiel, entre otros. Como ha señalado Torres respecto al largoplacismo en el podcast Utopía X: “Veo el largoplacismo como un movimiento a favor de la extinción que, como tal, representa una amenaza significativa y a corto plazo para nuestra especie, porque a los largoplacistas no solo les interesa crear poshumanos en algún momento, sino que quieren crear poshumanos lo antes posible”.

De la escuela de Frankfurt a la escuela de Minab

El segundo nombre más reconocido de Palantir es el de Alex Karp, CEO de la empresa. A diferencia de Thiel, Karp se remite a la tradición filosófica europea, en principio lejos del milenarismo profético que caracteriza al primero. Influido por Jünger Habermas y la Escuela de Frankfurt, Karp ha virado de un discurso que inicialmente se entendía como “la izquierda de Palantir” a un pensamiento que encuentra dos enemigos fundamentales.

En primer lugar, los enemigos de lo que ellos llaman “Occidente”, es decir, Rusia, Irán y, sobre todo, China. En segundo lugar, el llamado “virus woke”, con el que la extrema derecha clasifica a la izquierda defensora de los derechos humanos. Como resume Tesquet, para Karp “las democracias están perdiendo una especie de guerra de civilizaciones contra sus adversarios autoritarios, no porque carezcan de talento, sino porque sus ingenieros se han vuelto demasiado aprensivos como para poner sus habilidades al servicio del poder militar”.

De origen judío, el factor que ha disparado el discurso más violento por parte de Karp ha sido el genocidio llevado a cabo por Israel en Gaza, del que Palantir ha participado orgullosamente, como ha confirmado el propio CEO de la empresa.

Los asesinatos extrajudiciales son parte de los daños que la civilización debe asumir, según la ideología expuesta por Karp, que progresivamente bebe más de una fuente alemana radicalmente distinta a las de Frankfurt, como es el pensamiento del jurista del Tercer Reich Carl Schmitt con respecto a la dicotomía amigo-enemigo en la que se basan los Estados para su mayor prosperidad. En un giro inusual, el manifiesto publicado en abril por Karp y Zamiska hacía un guiño a las potencias del Eje en la II Guerra Mundial, en su punto número 15: “El desarme de Alemania fue una corrección excesiva por la que Europa ahora está pagando un alto precio. Un compromiso similar y altamente teatral con el pacifismo japonés, si se mantiene, también amenazará con cambiar el equilibrio de poder en Asia”.

Como ha concluido Olivier Tesquet, Palantir ocupa un puesto central en la biopolítica del capitalismo tardío, decidiendo quién debe vivir —incluso, siguiendo el credo de Thiel, qué tipo de seres poshumanos deben sobrevivir a la especie homo sapiens— y quién debe morir, en una apuesta por la necropolítica difícil de revertir. Para hacerlo, concluye Peirano, no basta con acabar con la dependencia creciente que los Estados occidentales han adoptado con respecto a Palantir, sino que será necesario destruir las bases de datos acumuladas por esta compañía, una empresa que aspira a crear una especie de Razón Tecnológica de Estado, una versión acelerada y privada de las tendencias autoritarias latentes en las democracias liberales.


Fuente: El Salto

domingo, 19 de abril de 2026

Los vínculos de Apple con Israel son mucho más profundos de lo que crees

 

 Por Kei Pritsker   
      Periodista estadounidense de The Grayzone.




Guerra electrónica.


La última adquisición de Apple en Israel es la segunda mayor compra de su historia

     Los vínculos de Apple con Israel son mucho más profundos de lo que crees. Apple fue noticia la semana pasada cuando, básicamente, borró el sur del Líbano de Apple Maps. Si vas al Líbano en Apple Maps, verás que han desaparecido los nombres de todos los pueblos del sur. Y esta es, obviamente, la región del Líbano que Israel está invadiendo actualmente y que intenta anexionar.

Mucha gente ha señalado que Apple ha donado dinero a grupos sionistas, que ha despedido a trabajadores por apoyar a Palestina, pero la relación de Apple no es una relación ideológica amorfa. Apple, literalmente, no existiría sin el sector tecnológico israelí.


The Grayzone.

https://open.substack.com/pub/thegrayzone/p/apples-ties-to-israel-are-much-deeper/

Para empezar, el segundo centro de investigación y desarrollo más grande de Apple en el mundo, solo superado por su sede central en Cupertino, California, se encuentra en Israel. Se trata de un enorme campus en Tel Aviv que da empleo a 2.500 personas. Los ingenieros de allí han ayudado a desarrollar el MacBook y los Apple Watch, y han desempeñado un papel crucial en el desarrollo del reciente Apple Vision Pro, sus gafas de realidad virtual, que cuentan con un seguimiento ocular extremadamente preciso y cámaras de escaneo de retina desarrolladas en gran parte por Apple Israel. Apple tiene previsto trasladarse a un nuevo edificio en Israel, por lo que solo planea redoblar su presencia allí.

Apple también compra tecnología israelí directamente y algunos de los componentes más críticos de los productos más populares de Apple provienen de empresas israelíes. Apple adquirió un componente crítico para la unidad de memoria flash del iPhone al comprar una empresa israelí llamada Anobit.

Se cree que la tecnología Face ID de Apple proviene de su adquisición de PrimeSense, una empresa israelí especializada en el seguimiento del movimiento. También compraron una empresa israelí que desarrollaba software de reconocimiento facial llamada Realface. Apple mejoró la cámara del iPhone mediante la compra de una empresa israelí de cámaras llamada LinX. Además, adquirieron en secreto otra empresa israelí de cámaras llamada Camerai y trasladaron a sus empleados al campus de Apple en Israel, donde se cree que ayudaron a desarrollar las funciones de realidad aumentada de Apple y las gafas Apple Vision Pro.

La adquisición más reciente de Apple en Israel es su segunda mayor compra de todos los tiempos, solo superada por la adquisición de los auriculares Beats. La empresa se llama Q.AI y afirma tener una tecnología que lee expresiones faciales sutiles. Aunque se muestran muy reservados sobre para qué se van a utilizar, Q.AI ha registrado recientemente una patente para auriculares y gafas que utilizan «micromovimientos de la piel facial» para la comunicación no verbal. Apple está tratando de aumentar su cuota de mercado de accesorios inteligentes y se cree que Q.AI les ayudará a desarrollar dispositivos que se puedan controlar sin tener que decir nada. Pero la implicación obvia es que estos dispositivos van a estar controlando constantemente tu rostro y, sin duda, entrenando algún algoritmo de IA para saber exactamente lo que estás pensando basándose en pequeños movimientos de tus labios o de tus cejas que quizá ni siquiera te des cuenta de que estás haciendo.

Muchas empresas tecnológicas israelíes han sido fundadas por israelíes procedentes de unidades militares de élite y, dado que subvencionamos al ejército israelí, no es descabellado afirmar que somos nosotros quienes financiamos el sector tecnológico de Israel y, de paso, nuestra propia vigilancia. Estados Unidos es el mayor consumidor mundial de productos de Apple y cualquier tecnología de reconocimiento facial o de inteligencia artificial que acaben desarrollando esta vez se pondrá a prueba con nosotros.



Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

viernes, 27 de febrero de 2026

'Pax Silica': cuando el imperio deja de fingir

 

 Por Evgeny Morozov   
      Fundador y editor de The Syllabus.

Estados Unidos no ejerce su dominio a través de la innovación, sino por cárteles de chips. Ha abandonado el teatro del libre mercado y gobierna a través de servidores y nubes


Mohammed bin Salman Al y Donald Trump durante un encuentro al que acudieron directivos de Silicon Valley.

     En la base Starbase de SpaceX, en el sur de Texas, Pete Hegseth escenificó un anuncio estratégico bajo la forma de un lanzamiento de producto: el Pentágono integrará la IA de frontera en sus operaciones cotidianas y Grok, la herramienta de inteligencia artificial de Elon Musk, se acoplará a las redes militares, recopilando y analizando datos incluso de las actividades clasificadas. El escenario no era casual: era parte del mensaje. Que un secretario de gabinete haga anuncios sobre la infraestructura estratégica de Estados Unidos desde las instalaciones de lanzamiento privadas de un multimillonario no es un accidente de comunicación: es la forma administrativa que expresa la fusión entre Estado y capital.


Pete Hegseth durante una sesión informativa para la Cámara de Representantes en el Capitolio de Washington D. C.

Durante años, la hegemonía tecnológica estadounidense se sostuvo sobre una ficción delicada: la del mercado. Las empresas privadas 'casualmente' dominaban chips, nubes y plataformas; los aliados 'casualmente' adoptaban como estándar las stacks estadounidenses; Washington simplemente arbitraba. Esa ficción se está desmoronando a la vista de todos. Lo que distingue el momento actual no es la dominación, sino el descaro: la capacidad de computación se maneja ya sin disimulo como un instrumento de política de Estado, y el Estado ha abandonado la farsa de presentarse como el espectador que asiste neutral de los triunfos de Silicon Valley.

La trayectoria se hizo visible hace un año, aunque en un registro menos teatral. El 13 de enero de 2025, el Departamento de Comercio desplegó el marco de Estados Unidos para la difusión global de la Inteligencia Artificial: un régimen de tres niveles para racionar los chips avanzados y los ecosistemas construidos a su alrededor. Los aliados más cercanos enfrentarían restricciones mínimas al acceso; la mayoría de los países quedarían limitados por cuotas y forzados a programas de concesión de licencias y autorización de centros de datos; los adversarios serían bloqueados por completo. La ambición estatal era descarnada, se guardaba el derecho a decidir quién tendría permiso para respirar dentro de la sala de servidores.


Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI, respaldado por Microsoft, y creador de ChatGPT, participa en una charla en la Universidad de Tel Aviv, Israel.

Entonces la narrativa estadounidense se tambaleó. A finales de enero de 2025, la empresa china DeepSeek trepó hasta lo más alto de las listas de la App Store de Apple y desató el pánico en los mercados. Nvidia se desplomó cerca de un 17 % en una sola sesión, borrando del mapa aproximadamente 593.000 millones de dólares en capitalización bursátil —la mayor pérdida jamás registrada en un día. Ocurrió justo después de que los inversores se enfrentaran a una posible herejía: las ganancias en eficiencia y los atajos algorítmicos podían dinamitar el relato estadounidense según el cual la superioridad tecnológica exige escalar gastando cada vez más. Hasta Sam Altman tuvo que reconocer que el modelo R1 de DeepSeek era «impresionante», y se mostró impresionado con que DeepSeek asegurara haber entrenado su modelo anterior, el V3, con menos de 6 millones de dólares de gastos en capacidad de cómputo.

La respuesta de Washington no fue ceder el control, sino cambiar de táctica. En mayo de 2025, el Departamento de Comercio retiró el marco de difusión de IA. Lo hizo días antes de que empezaran a aplicarse sus principales exigencias. Ello no supuso dar un paso atrás en la jerarquía de control sino el reconocimiento de que regular con normas puede resultar demasiado lento en un ecosistema que funciona a base de escasez, licencias, negociación y diplomacia. Cuando las reglas no llegan a tiempo, la lógica de cártel ocupa su lugar: excepciones, listas negras, pactos y bloqueos de la cadena de suministro.

Ese bloque ya tiene nombre. Pax Silica es el intento de la administración Trump de convertir las cadenas de suministro de IA y semiconductores en una arquitectura de alianzas, acercándose así a los países que controlan los cuellos de botella críticos. Catar y los Emiratos Árabes Unidos se sumaron en enero de 2026, uniéndose a otros países como Israel, Japón, Corea del Sur, Singapur, Reino Unido y Australia. En la jerga del Departamento de Estado, se trata de una declaración de seguridad económica –paz a través del silicio–, donde “paz” significa la disciplina de que los chips, minerales, energía, logística e infraestructura de computación en la nube se encuentren bajo las condiciones que dicte Washington.




La diplomacia del cómputo no es nueva; solo lo es el descaro. Estados Unidos lleva décadas gobernando a través de intermediarios: bancos y aduanas en la era de la diplomacia del dólar, petroleras y mercados de bonos de deuda del Tesoro en la era del del petrodólar. El intermediario de hoy es la stack tecnológica. Los controles de exportación y la jurisdicción sobre la nube cumplen la función que antes desempeñaban las lanchas cañoneras y los prestamistas de deuda, pero sin el escrutinio que supone estar sometido a los titulares de prensa. A medida que el sistema se consolida, la capa de intermediarios locales se vuelve prescindible. Las licencias de uso, la telemetría (la recopilación continua de datos sobre cómo y dónde se usa el sistema) y el monopolio sobre el hardware estratégico hacen ese trabajo de manera más eficiente y barata.

La fusión entre Estado y capital se ve con más claridad allí donde el objetivo político de Washington es exportar dependencia, no productos. En julio de 2025, Trump firmó una orden ejecutiva tituladaPromoting the Export of the American AI Technology Stack, que encomendaba al Departamento de Comercio la creación de un Programa de Exportación de IA Estadounidense estructurado en torno a paquetes full-stack: hardware, servicios de nube, flujos de datos, modelos y aplicaciones. No se trata simplemente de aumentar la cuota de mercado, sino de loque se conoce como cautividad tecnológica; una forma de convertir las decisiones de compra en subordinación geopolítica.

A veces alguien dice en voz alta lo que todos callan. En julio de 2025, el secretario de Comercio Howard Lutnick explicó en televisión la lógica de controlar las exportaciones a China: se trata de vender los chips suficientes para que los desarrolladores de otros países se «enganchen al stack tecnológico estadounidense». Se expresa en un lenguaje tosco, pero la doctrina de Washington es sofisticada. La dependencia no es un accidente, es el diseño mismo del sistema.

La columna vertebral física de este orden se está construyendo a una escala que convierte en anécdota los viejos debates sobre 'política de innovación'. Stargate –presentado como una inversión de  500.000 millones de dólares en infraestructura de IA– ya se ha expandido y planea inaugurar múltiples sedes en Estados Unidos junto a socios como Oracle y SoftBank. Se informó de la creación de nuevos centros de datos bajo el paraguas de Stargate en septiembre de 2025, presentados como una iniciativa privada pero impulsados gracias l visto bueno presidencial. Según OpenAI, el despliegue supone casi 7 gigavatios de capacidad planificada y más de 400.000 millones de dólares en inversión en tres años.


Anuncian el proyecto Stargate.

Hasta los imperios tienen que negociar con la física. En enero de 2026, la Casa Blanca presionó a PJM —la mayor operadora de red eléctrica de Estados Unidos– para que celebrara una subasta de emergencia para aumentar el suministro eléctrico porque la demanda de los centros de datos estaba apretando la oferta y avivando el temor a apagones. Las propuestas de la operador para obligar a las nuevas instalaciones de alto consumo a conseguir su propia generación eléctrica o aceptar que puedan existir cortes de suministro se leen como una nota al pie de la ambición imperial: la diplomacia del cómputo depende de los electrones, y los electrones no obedecen a las notas de prensa.

El efecto geopolítico colateral es un nuevo torneo de sumisión en el que los Estados compiten no por la independencia, sino por la proximidad al centro. Japón es un buen ejemplo. SoftBank liquidó toda su participación en Nvidia –5.800 millones de dólares– para volcarse en IA, apostando por OpenAI y Stargate. Masayoshi Son también lanzó Project Crystal Land –un billón de dólares para montar un “Shenzhen americano” en Arizona. Esto es, capital japonés financiando las fantasías de reindustrialización estadounidenses. La lógica sistémica resulta transparente de observar: en un mundo monopolístico, la diversificación parece un suicidio, de modo que la jugada racional es convertirse en un agente autorizado del monopolio.

Europa juega la misma partida con mejor retórica y peores resultados: poder regulador que se enarbola y luego se cede discretamente en nombre de la competitividad. El Golfo también participa en el juego, pero cuenta con liquidez y energía. Confía en traducir su riqueza soberana en acceso privilegiado dentro del perímetro de la Pax Silica. América Latina, en cambio, no se posiciona como codesarrolladora de la stack, sino como anfitriona de sus capas más materiales y menos glamurosas: tierra, electricidad y permisos legales.

Argentina ofrece un ejemplo nítido de este panorama. En octubre de 2025, OpenAI y Sur Energy (una empresa argentina de energía renovable) firmaron una acuerdo de intenciones para explorar la posible creación de un proyecto de centro de datos de 25.000 millones de dólares. Bautizado como «Stargate Argentina», tendría una capacidad de hasta 500 megavatios. El relato de la propia OpenAI lo presentaba como una oportunidad para el desarrollo nacional: Sur Energy lideraría un consorcio local, habría incentivos a la inversión, y un socio de nube por definir completaría el esquema. Este es el pacto desarrollista contemporáneo: te venden modernización, pero tú construyes la infraestructura física y ellos conservan el control estratégico –modelos, nubes, jurisdicción, y estándares.

Brasil participa de la stack en términos similares, por razones que por supuesto nada tienen que ver con el «talento» y todo con el poder. Equinix, uno de los mayores operadores mundiales de centros de datos, presenta Brasil como mercado prioritario ante la demanda impulsada por la IA, citando la existencia de energías renovables abundantes y propuestas de exenciones fiscales para equipamiento de centros de datos. La economía política es simple: un centro de datos hiperescalar no es una fábrica en el sentido desarrollista clásico. Se parece más a un nodo privado que procesa tanto servicios públicos como privados, enchufado a ecosistemas de nube extranjeros y tratado cada vez más como infraestructura estratégica. El problema es que una vez que los Estados organizan la administración pública y los servicios privados a través de estos nodos, las posiciones de la negociación se desplazan. Lo que se vendía inicialmente como una inversión estratégica puede convertirse silenciosamente en una fuente de dependencia administrativa.

Sin necesidad de romantizarlos, pero aquí es donde los movimientos sociales entran en juego. Los conflictos que importan se librarán en torno a los precios de la energía, el uso del agua, los derechos sobre la tierra, las condiciones laborales y el estatuto legal de los datos alojados en instalaciones nacionales pero gobernados por proveedores extranjeros. La pregunta no es si la “IA” es buena o mala, sino si la nueva infraestructura puede ser forzada a rendir cuentas democráticamente o si funcionará como los ciclos extractivos anteriores: recursos públicos movilizados para sostener rentas privada, con la soberanía redefinida como el derecho a alojar las máquinas de otras potencias. 

El papel de China en esta historia no es el de ser un ejemplo moral, sino el contraste estratégico que ofrece. El momento DeepSeek fue importante porque sugirió que los controles de exportación pueden ralentizar a los rivales al tiempo que estimulan el tipo de determinación política que hace tolerable la ineficiencia. La mayoría de los gobiernos tratan la dependencia como algo natural y se concentran en gestionarla. Pekín la trata como una vulnerabilidad y, cuando es necesario, actúa en consecuencia. Esa postura es difícil de replicar en otros lugares, pero clarifica la elección real que la Pax Silica intenta ocultar: el coste del rechazo es doloroso; el coste de la obediencia es estructural.

Pax Silica es, en última instancia, una expresión inusualmente honesta. Admite que la nueva paz es una paz administrada: paz por medio del silicio, mantenida por quienes controlan el suministro. Los imperios anteriores perduraron porque sostuvieron la ficción del beneficio mutuo. El actual se muestra cada vez más impaciente con la ficción. Esa impaciencia puede resultar ser su debilidad. Cuando la dominación deja de disfrazarse de comercio, el consentimiento se vuelve más difícil de fabricar, y las fricciones de las redes eléctricas, los presupuestos y la política dejan de parecer ruido de fondo para convertirse en el terreno donde se disputará la paz del silicio.


Fuente: El Salto