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viernes, 27 de marzo de 2026

Errores de cálculo

 

      Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania  de la eurocrisis.

La falta de visión de EEUU tiene que ver con la soberbia de quien está acostumbrado a dictar su voluntad en el mundo y encuentra grandes dificultades en cambiar y adaptarse a la nueva realidad

     En los últimos cuatro años, hemos ayudado a tres grandes errores de cálculo del hegemonismo occidental liderado por Estados Unidos.


Donald Trump, durante su visita a Memphis por la campaña Making America Safe Again, el pasado 23 de marzo.

El primero fue el de Rusia. Se creía que, provocando la invasión de Ucrania, Moscú sufriría una “derrota estratégica” y una debacle económica como resultado de las sanciones y de un aislamiento internacional que se daba como seguro. Nada de eso ha ocurrido. El segundo fue con China. Creían que las barreras y sanciones comerciales y tecnológicas se duplicarían a Pekín. Tampoco eso ha ocurrido. China ya es una gran potencia tecnológica que, por ejemplo, produce sus propios microprocesadores. Bastó con que Pekín amenazara con responder cortando toda su exportación de tierras raras, los minerales esenciales para alta tecnología, defensa y energías renovables de los que dispone casi en solitario, para anular todo aquello. El tercer error de cálculo lo estamos viendo ahora con Irán.  

Creían que la decapitación de su liderazgo político y el bombardeo general desencadenaría una revuelta y que esta propiciaría el cambio de régimen. Resultó que Irán resistió y aplicó un plan de guerra asimétrica perfectamente conocido desde hace años: misiles y drones fabricados y lanzados desde instalaciones subterráneas contra Israel y las bases americanas de Oriente Medio, más cierre del estrecho de Ormuz. La consecuencia es que Irán necesita no perder en esa guerra asimétrica para ganar la guerra, mientras que Estados Unidos e Israel necesitan una victoria total. Si la reserva iraní de misiles y drones es superior a la reserva de interceptores de Estados Unidos e Israel, esta verbena estaría sentenciada...

Tres errores de cálculo tan monumentales y manifiestos en tan poco tiempo, obligan a preguntarse por las causas. Me parece que la principal es de índole general: ignorando que el mundo ya es multipolar, es decir que cuenta con diversos polos de poder que interactúan, Occidente continúa comportándose como si su hegemonismo sigue siendo viable. Esa falta de visión tiene que ver, a su vez, con la soberbia de quien está acostumbrado a dictar su voluntad en el mundo y encuentra grandes dificultades para cambiar y adaptarse a la nueva realidad.

También tiene que ver con la decadencia de los procedimientos de toma de decisiones y cierto colapso institucional. Por ejemplo, ahora, el 12 de marzo, la Asamblea Popular Nacional de China acaba de aprobar su XV plan quinquenal para el periodo 2026/2030. Uno puede sonreír al contemplar la ordenada geometría aprobatoria de la Asamblea –el documento final fue aprobado por 2.758 votos a favor, uno en contra y dos abstenciones– siempre que se olvide que detrás de ese plan ha habido un ingente trabajo de institutos y expertos, y controversias entre diferentes corrientes de pensamiento sobre cada uno de sus aspectos. ¿Cómo se toman las decisiones hoy en el soberbio Imperio que va a menos? Si hay que creer lo que se filtra, la administración del Nerón narcisista sospechoso de pedofilia que manda en Washington ignora manifiestamente los dictámenes y consejos de sus agencias de seguridad y de toda la burocracia militar que solía avalar sus fechorías. El secretario de Guerra, Peter Hegseth, por ejemplo, no solo es un criminal como sus predecesores en el cargo, sino que además es un chulo de piscina que antes había sido presentador y comentarista del canal de telebasura Fox. 


La cruzada americana de Pete Hegseth.

Su colega Marco Rubio unifica en su persona el Ministerio de Exteriores (secretario de Estado) y la Consejería de Seguridad Nacional, dos burocracias enormes, además de la administración de la agencia de ayuda (al golpe de Estado) USAID. Ni uno ni otro pueden decidir gran cosa contra la infalible voluntad del desequilibrado Nerón, cuya principal virtud es concentrar todos los rasgos del típico hombre de negocios/gánster estadounidense de acuerdo con la conocida máxima de Mark Twain: “Pertenecemos a la raza anglosajona, y cuando el anglosajón quiere algo simplemente lo toma”.

Tanto en Washington como en Bruselas no hay estrategia, sino más bien un cuadro de decadencia tardorromana a cargo de toda una serie de políticos desprestigiados e incompetentes, obsesionados con la “imagen” y la “comunicación”, y rodeados de un complejo mediático y pseudoacadémico estructuralmente corrupto y servil, lo que justifica con creces la nostalgia hacia sus predecesores de los años sesenta, setenta y ochenta. ¿Qué plan quinquenal se puede esperar de esta tropa?

La decadencia institucional puede verse también en la incapacidad de las Naciones Unidas para detener la loca carrera de Israel y de Estados Unidos, para poner fin al genocidio de Gaza, condenar la guerra contra Irán y denunciar el peligro de una recesión económica mundial que contiene. El 11 de marzo, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó una resolución, la 2817 / 2026, que “condena en los términos más enérgicos” los “atroces ataques” de Irán contra los siete países del Golfo Pérsico que albergan bases militares e instalaciones de Estados Unidos. La resolución ignoró olímpicamente que los ataques eran respuesta al hecho de que desde esos países se bombardea Irán y se asesina a sus máximos dirigentes. La resolución ni mencionó ni condenó la agresión contra Irán y fue aprobada por trece votos a favor y cero en contra. Rusia y China vergonzosamente se abstuvieron.

Probablemente”, dice el economista Michael Hudson, “el resultado de todo esto será o bien reestructurar la ONU, o crear una organización completamente nueva que no contará con el poder de veto de EEUU, ni estará bajo el control de EEUU, y tendrá su propia financiación y presupuesto, y probablemente deberá mudarse fuera de Nueva York, ya que, como ha dicho el secretario general, Guterres, la ONU está en bancarrota y tendrá que abandonar Nueva York en agosto”. Veremos, pero de momento la guerra está demostrando  urbi et orbe  que el Imperio de Estados Unidos y sus perritos falderos europeos son el principal factor mundial de caos. Países como Japón y Corea del Sur, y hasta las mismas monarquías del Golfo pueden constatar ahora mismo que mientras el Imperio no se vaya de la principal región energética del mundo, el peligro de una gran recesión está servido. A los gobernantes de esos países les puede dar igual la masacre de poblaciones y la destrucción de sociedades enteras, pero, en buena lógica, la contracción de sus economías y la ruina de sus castillos de naipes financieros les debería espabilar.  

Y sobre la “operación terrestre” que el improvisador e iluminado Nerón podría estar barajando, un despacho de la CIA, fechado el 11 de agosto de 2008 en Arabia Saudí y divulgado por Wikileaks, resulta revelador. Dice lo siguiente: "La planta de desalinización El-Dyubail suministra a Riad (capital de Arabia Saudita, población 7 millones, 20% de la población total del país) el 90% de su agua potable. Si esa planta, sus conductos y las infraestructuras energéticas a ella asociadas resultaran seriamente dañados o destruidos, Riad debería ser evacuada en el plazo de una semana".


Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

miércoles, 25 de marzo de 2026

Dead man walking

 

 Por Antonio Turiel    
       Físico, matemático y experto en energía. Trabaja en el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC.



     La guerra de Irán entra en su cuarta semana. Una vez más, para evitar un pánico y hundimiento generalizado de las bolsas al abrir la sesión del lunes, se ha tenido que inventar una noticia para apaciguar al mercado. En este caso, Donald Trump ha decretado una tregua de 5 días (solo de la parte americana, Israel va a la suya), según él, gracias a fructíferas conversaciones con Irán durante este fin de semana (conversaciones ya desmentidas por las autoridades iraníes).

Estamos en tiempo de descuento. En las próximas semanas llegarán los últimos buques que salieron de Ormuz antes del cierre, y cuando esto suceda, la escasez de manifestará con toda su crudeza e intensidad. De hecho, las cosas ya están yendo horriblemente mal. La lista de países que están sufriendo problemas de suministro de combustible o incluso han impuesto medidas de racionamiento (JapónAustraliaNueva ZelandaIndiaTailandia...) va creciendo a medida que pasan los días. China ha restringido la exportación de fertilizantes, y en los EE.UU. se estima que en esta campaña faltarán entre el 25 y el 35% de los fertilizantes que habitualmente se usan. 


Un trabajador se encuentra junto a sacos de fertilizantes descargados de un buque de carga en un puerto de Lianyungang, provincia de Jiangsu, China.


Una imagen tomada con un dron muestra un tractor y una sembradora de soja estacionados en una granja de soja en Somonauk, Illinois, EE. UU.


La escasez de helio va a causar una fuerte caída de la producción de chips en unas semanas, y por no hablar de la desastrosa situación del aluminio o del cobre, por citar un par de materias primas.


La guerra entre Irán y Qatar interrumpió el suministro de helio.


Pero en realidad todo está afectado. De manera para nada sorprendente para los lectores tradicionales de este blog, en este momento una de las cosas que más escasea es el diésel, y eso afecta a absolutamente todo, a la cadena de suministros de todo tipo de materias primas.

No parece haber una solución sencilla. Irán no va a cejar si no hay un compromiso de no agresión creíble por parte de EE.UU. y de Israel, garantizado por grandes potencias como Rusia y China, y una reparación de guerra a la altura del daño que se ha causado. No puede hacerlo por menos, pues sabe que si cede ahora, dentro de unos meses volverán a atacarle, tras rearmarse. Pero esas condiciones son completamente inaceptables para EE.UU. e Israel. Realmente, no hay ningún tipo de salida sencilla para este atolladero. Todo apunta a que se va causar un daño estructural inmenso en el edificio de la economía mundial.

Poniéndome ahora en el contexto de España y de Europa, siendo honestos, salvo que suceda algo ahora mismo inimaginable (literalmente un milagro) nos vamos a estrellar. No es imaginable ningún otro desenlace. Vamos a sufrir una pérdida muy duradera, quizá incluso permanente, de un 25% o más de nuestro consumo energético, y va a suceder durante los próximos meses. Vamos a ver como una buena parte de nuestras industrias se hunden para nunca jamás recuperarse. Vamos a ver como el paro de dispara. Y en fases avanzadas de esta debacle, vamos a ver escasez de combustibles y hasta de alimentos.

Quizá los amos del mundo tienen resortes que no somos capaces de imaginar, quizá tienen manera de detener en seco en este guerra y con ella este desastre. No lo sé. Yo ni sé ni puedo saber estas cosas. Sí que sé que, sin un cambio radical de rumbo, nos vamos a hundir, y muy hondo. E incluso si se produjera ese milagro, solamente por el destrozo que ya se ha causado, las consecuencias ya serían bastante duras en los próximos años. Aunque, claro, nada por comparación con el hundimiento actual.

Ahora mismo estamos perdiendo alrededor de 20 millones de barriles diarios de petróleo y productos petrolíferos, que es como el 20% del consumo mundial y, lo que más nos importa a nosotros, eso representa un 40% del petróleo disponible para la exportación. Falta también como el 20% del gas natural licuado, el 30% de los fertilizantes nitrogenados, el 30% del helio, el 30% del aluminio, el 30% del azufre (se necesita para hacer ácido sulfúrico para procesos industriales, incluyendo la obtención de cobre)... Hay un atasco de contenedores increíble en la zona. La falta de petróleo crudo medio de la zona del Golfo Pérsico afecta especialmente a la producción de diésel. Y también a la de queroseno. De hecho, algunas compañías aéreas comienzan a cancelar vuelos.


Algunas compañías aéreas comienzan a cancelar vuelos.

Lo que le pase después al turismo, Dios dirá.

Esto no va a ser una crisis más. Esto va a ser una catástrofe económica. Combinada con el estallido de las burbujas financieras desmesuradas que se han inflado durante los últimos años, resulta difícil alcanzar a comprender la magnitud de lo que va a pasar.

Esto es pura aritmética. No hay ninguna buena salida si Ormuz sigue cerrado. Que el mundo no se precipite en un abismo depende solamente de que se reabra esa vía crítica.

Ciertamente, el cierre de Ormuz deletrea todas las letras del fin del capitalismo necroterminal, sistema destructivo y voraz al que no echaremos de menos. El problema no es tanto el fin del capitalismo, sino el cómo se va a producir este fin. Porque en vez de pasar a un sistema de redes de resiliencia preparadas para acoger a la Humanidad, en la mayor parte de este planeta caeremos literalmente sin red.

Probablemente esto es lo mejor que podía pasar. Con un Cambio Climático desbocado y multitud de otros problemas ambientales, no podíamos hacernos ilusiones de que se produjera un descenso ordenado y controlado. Probablemente tenía que pasar algo así, drástico, una detención violenta, si tenía que haber algún margen de poder construir algo en el futuro. Aún así, la mayor preocupación es cómo garantizar que el hundimiento del capitalismo no se convierta en una hecatombe con millones de muertos.

Dadas las circunstancias, las medidas que se tendrían que estar promulgando a diestro y siniestro tendrían que ir de soberanía alimentaria, de garantizar mínimos vitales, de definir sectores estratégicos, de supeditar todos los bienes al objetivo común de garantizar la supervivencia de todo el mundo, de adaptarnos lo más rápido posible a estos tiempos de tribulación y zozobra que se nos van a echar encima.

Pero no. Nada eso está en la hoja de ruta. 

Ayer pasé una parte de la tarde revisando las líneas principales del decreto de medidas urgentes que el gobierno de España ha propuesto para hacerle frente a esta nueva crisis trumpiana. Lo cierto es que no me esperaba encontrarme ninguna sorpresa, y así la mayoría de las medidas iban por los derroteros esperables. Por un lado, rebaja a la fiscalidad de la energía, una medida poco útil y de efecto limitado en el tiempo, ya que al bajar el precio aumenta la demanda y el precio vuelve a subir hasta ajustarse a la oferta posible, con lo que se vuelve al mismo precio de partida al cabo de un par de semanas, con la diferencia de que las empresas se quedan con un margen mayor y el Estado con uno menor. Por el otro, medidas para acelerar la transición energética, siempre dentro del modelo de la Renovable Eléctrica Industrial (REI), aunque ya hay alguna mención a los gases renovables. De burbuja en burbuja.


De burbuja en burbuja.


Algunas sorpresas agradables es que se recupera la distancia de 5 km para definir las comunidades energéticas, que se había intentando introducir en el decreto antiapagón del año pasado; y otras que no lo son tanto, como es la creación de Zonas de Aceleración Renovable, donde se pretende aplicar el rodillo para que de desplieguen rápidamente las macroplantas eólicas y fotovoltaicas.

Leía las medidas y pensaba: ¿y para qué? ¿y qué más da? Estos días, mientras me entrevistaban para diversos medios, volvía a salir el tema de la transición energética y cómo la mayor penetración renovable de España le ha garantizado de momento menores precios de la electricidad que Europa. Menores precios ahora que aún no ha empezado la escasez: ya veremos qué pasa cuando los socios europeos se empiecen a dar bofetadas por el gas. En la mayoría de las entrevistas, se daba por hecho de que el cierre del Estrecho de Ormuz va a favorecer la transición energética, sin entender que todo el sistema depende de una megamáquina industrial que produce todo lo que se necesita para el REI, desde el cemento hasta el metacrilato, los marcos de aluminio o la fibra de vidrio de las aspas, usando cantidades ingentes de combustibles fósiles. Y es esa misma megamáquina industrial la que se va a detener ahora, y no vamos a tener opción ni de fabricar un tornillo.

En medio de la situación que tenemos, plantearse que la respuesta es la transición renovable es como si se declarase un incendio en casa y piensas que es un buen momento para llamar a un albañil para que te instale puertas cortafuegos. Eso podría haber sido útil en otro momento, pero ahora ya no. Ya no hay tiempo para eso. Ahora tenemos que prepararnos de verdad para el impacto. El sistema aún está en pié y sigue dando pasos, pero está muerto, y en cualquier momento va a desplomarse. Deberíamos estar preparándonos para eso.

Y si Vd. está pensando que ojalá se produzca el milagro y se reactive el flujo energético y material a través de Ormuz, piense que eso garantizaría un caída peor más tarde. En realidad, lo que ya no puede esperar es organizar el futuro más allá del capitalismo extractivista.



Fuente: The Oil Crush

lunes, 23 de marzo de 2026

“Hitler con demencia” o “presidente sobrehumano”: el debate sobre la salud mental de Trump

 

 Por Iker Seisdedos   
      Corresponsal jefe de EL PAÍS en EE. UU.


Frente a quienes alertan de que el mandatario sufre “trastornos” agravados por una supuesta demencia, los médicos de la Casa Blanca subrayan su buen estado de salud y su entorno achaca sus salidas de tono a una personalidad iconoclasta


     Fue uno de tantos momentos de Donald Trump para frotarse los ojos. Un reportero japonés le preguntó el jueves en el Despacho Oval, durante la recepción a su primera ministra, Sanae Takaichi, por qué Washington no avisó a sus aliados del ataque a Irán. “¿Quién sabe más de sorpresas que Japón?”, bromeó Trump, “¿por qué no me contasteis lo de Pearl Harbor?”. El comentario pareció incomodar a su interlocutora, rompió las reglas del decoro diplomático y pulverizó décadas de evitar, en nombre de la armonía bilateral, el asunto del bombardeo sobre Hawái que en 1941 mató a más de 2.400 personas y provocó la entrada de Estados Unidos en la II Guerra Mundial. También dejó una paradoja espacio temporal: nadie pudo haber avisado a Trump porque entonces aún faltaban cinco años para su nacimiento.


La broma de Pearl Harbor de Trump.

El lunes el presidente se contradijo hasta en cinco ocasiones sobre sus planes en Irán, tras semanas de insistir al mismo tiempo en que Estados Unidos ha ganado la guerra y en que aún queda mucho por hacer. Horas después, publicó en su cuenta de Truth varios mensajes incomprensibles que rebotaban noticias halagadoras sobre él publicadas hace meses. Y antes de eso, sin irse demasiado lejos, estuvieron la carta al rey de Noruega afeándole que no le hubiera dado el premio Nobel, aunque no estaba en su mano hacerlo, el discurso lleno de insultos a sus aliados en Davos o aquella conferencia de prensa en la que se largó un monólogo sobre un manicomio en Queens y la confianza de su madre en que algún día sería una estrella de béisbol.


El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, observa una maqueta de un bombardero B-2 en el Despacho Oval de la Casa Blanca, el 16 de marzo.

Para sus simpatizantes y para los miembros de su Administración todo eso solo prueba la personalidad heterodoxa del presidente, así como el estilo impredecible y cercano de alguien que no repara en las convenciones de la política tradicional y que por eso ha aglutinado en torno a su figura un movimiento, casi un culto, sin precedentes en la historia reciente de Estados Unidos.

Para el psicólogo de la universidad Johns Hopkins John Gartner, engordan la lista de los ejemplos que prueban que el presidente de Estados Unidos no está bien.

Gartner lleva una década alertando sobre los “trastornos mentales” de Trump, sobre los que no alberga ninguna duda. “Es un narcisista maligno”, explicó el psicólogo en una videoconferencia con EL PAÍS. Se trata, aclaró, de una enfermedad descrita por el superviviente del Holocausto Erich Fromm para diagnosticar a Hitler y que, según el médico, tiene a su vez estos componentes: “Narcisismo, por supuesto –muchos políticos lo tienen–, sociopatía –mienten, engañan, hacen daño a los demás, violan las normas, no existe el remordimiento–, paranoia –se sienten constantemente atacados y, por lo tanto, buscan venganza–, grandiosidad –su afán es dominar y quedar por encima del resto; ‘soy el mejor presidente de la historia’, ‘nadie sabe más que yo sobre aranceles’, etc.– y sadismo: disfrutan el caos, la destrucción y la humillación”.

Gartner completa el cuadro diciendo que Trump es hipomaníaco. “Como Bill Clinton”, agrega, presidente demócrata sobre el que el psicólogo escribió un libro centrado en ese rasgo de su personalidad. “La hipomanía de Trump explica esa energía tremenda, que no necesite dormir mucho, su arrogancia e impulsividad y sus errores de juicio, porque cree que siempre tiene razón”. A todo lo anterior, Gartner —que domina el arte de las frases redondas como esta: “Lo único más peligroso que un Hitler americano es un Hitler americano con demencia”— añade que el cerebro de Trump “se está deteriorando”. “El nivel de deterioro es impactante, si comparas su discurso actual con el de los años 80; solía ser un tipo articulado. Es muy bueno disimulando, riéndose, actuando con confianza cuando se traba”, considera.

El psicólogo fundó al principio de la primera presidencia de Trump una organización de profesionales llamada Duty to warn (deber de alertar). Se sumaron hasta 7.500 médicos, 27 de los cuales escribieron un best-seller. Abrieron una cuenta en Twitter que llegó a tener un millón de seguidores, y él fue la estrella del documental ¿Está loco Donald Trump? (2020). En otras palabras, generaron un ruido considerable, antes de replegarse tras el triunfo de Joe Biden.


Trump está obsesionado con los zapatos de una firma que lo ha denunciado por los aranceles.

También se enfrentaron a las críticas por diagnosticar a un paciente sin haberlo examinado personalmente, por lo que los acusaron de infringir la Regla Goldwater, así bautizada por Barry Goldwater, candidato republicano a la presidencia en 1964 al que la revista Fact dedicó una portada con el titular “¡1.189 psiquiatras dicen que Goldwater está psicológicamente incapacitado para ser presidente!“. En el interior vertían peregrinas acusaciones contra el aspirante, que se querelló con la publicación, de no aceptar su homosexualidad o de no perdonar a su padre su condición de judío.

Aquel escándalo, en plena fiebre por el psicoanálisis freudiano en Estados Unidos, derivó en 1973 en el establecimiento por parte de la Asociación Psiquiátrica Estadounidense de un principio ético que prohíbe ofrecer opiniones profesionales sobre la salud mental de figuras públicas sin haberlas examinado personalmente y contar con su consentimiento.

Gartner se defiende diciendo que “los estudios demuestran que la entrevista clínica es la forma menos fiable de diagnosticar a un paciente, especialmente si este es el mayor mentiroso documentado de la historia”. “La regla Goldwater no dice que no se pueda diagnosticar a alguien sin tratarlo personalmente, sino que no es ético hacerlo con alguien famoso”, añade. Gartner prefirió otro principio: ese deber de alertar se acogió a otro principio: ese deber de alertar que le sirvió para bautizar su asociación. Tiene su origen en una sentencia del Supremo de California en el caso de un psiquiatra que supo de la intención de uno de sus pacientes de matar a su novia, promesa que cumplió. El fallo concluyó que la obligación de avisar prevalece en un caso así sobre el mandato de confidencialidad que rige en la intimidad del diván. “Consideramos que Trump, aunque no vaya a matar a nadie, es un peligro para cientos de millones de personas, así que nos decidimos a alzar la voz”, recuerda Gartner. El objetivo era lograr la activación de la vigesimoquinta enmienda, que contempla la incapacitación del presidente y su sucesión, si así lo decide el Congreso.

Ese “peligro” se ha agravado, según Frank George, psicólogo, neurocientífico y autor del popular substack Gaslight Report, en el que escribe sobre la salud mental de Trump. En una entrevista por videoconferencia, explicó que el narcisismo es un trastorno que acompaña a las personas desde el nacimiento, y que en él “influyen las circunstancias, el entorno o la educación” del paciente. “Es como una enfermedad cardíaca; comer hamburguesas cada día no ayuda. Si cuidas tu narcisismo, tal vez no acabes siendo la persona más generosa y empática, pero al menos, lo controlarás. No es el caso de Trump: sus padres no ayudaron, tampoco su paso por la escuela militar, en la que aprendió que ser un abusón le funcionaba. Convertirse en la persona más poderosa del mundo hizo el resto para pasar de ser un narcisista patológico a un narcisista maligno”, explica George.

El psicólogo observa dos diferencias fundamentales en su segunda presidencia. “Por un lado, se ha rodeado de gente que no quiere que le dé consejos, sino la razón. Actúa sin las barreras de la primera vez”, dice George. La segunda es que está mostrando “síntomas cada vez más preocupantes de sufrir demencia frontotemporal (DFT)”.

Cuando la gente escucha la palabra demencia, suele pensar en Alzhéimer, pero no es eso lo que le pasa”, explica. “La DFT afecta a los lóbulos frontales y a los temporales. En los primeros reside lo que nos hace más humanos, gracias a esa parte del cerebro podemos planificar, tomar decisiones racionales y pensarnos dos veces las cosas. Con esa demencia es como si desaparecieran las barandillas neurológicas”.

Entre los síntomas de la DFT figura la confabulación, que va más allá de inventar historias. No es mentir, es creer lo que uno dice por poco creíble que resulte. Otro síntoma, aclara George, es la parafasia: “equivocarse con las palabras, pronunciarlas incorrectamente o no saber terminarlas”. “Un tercer síntoma es la insistencia: ¿cuántas veces ha podido decir las guerras que ha resuelto?”, se pregunta George, que añade que la DFT “hace que su narcisismo se manifieste con más crudeza”.

La Casa Blanca responde a los comportamientos que ponen en alerta a estos especialistas con emoticonos de risas incontenibles en las redes sociales, y reacciona a sus diagnósticos remitiéndose a los resultados de las pruebas médicas a las que Trump se somete, como parte de las obligaciones de su cargo. En el de abril de 2025, la conclusión fue que un examen neurológico “exhaustivo no reveló anomalías en su estado mental, nervios craneales, función motora y sensorial, reflejos, marcha ni equilibrio”. “La función cognitiva, evaluada mediante la Evaluación Cognitiva de Montreal (MoCA), resultó normal, con una puntuación de 30 sobre 30”, añadía el informe, firmado por el médico presidencial, Sean Barbarella, que también destacó que el paciente obtuvo “resultados dentro del rango normal para el cribado de depresión y ansiedad”.


Trump defiende su capacidad mental calificándose a sí mismo como 'un genio'.

La revista New York publicó hace un par de números un artículo que presentaron como “un intento de buena fe para averiguar la verdad sobre la salud de Trump” y titularon “El presidente sobrehumano”. La frase es de uno de los aliados más cercanos del republicano, Stephen Miller, que recomendó al reportero que la usara con ese fin. La publicación aceptó hacerlo, quién sabe si porque en la entrevista que el presidente concedió para la historia este amenaza con una demanda si la cobertura era negativa. En el texto, en el que el protagonista admite que su padre tuvo una enfermedad cuyo nombre no recuerda (Alzhéimer), pero que él no padece, uno de los médicos del presidente, James Jones, declara que Trump está mejor a sus casi 80 años que Barack Obama, al que también atendió cuando estaba en la Casa Blanca, hasta que el demócrata la dejó a los 55. El autor concluye, tras admitir que él no es médico, que Trump “podría estar bastante saludable”.

El reportaje era una reacción a la noticia de que este volvió en octubre al hospital de los presidentes, el Walter Reed, en Maryland. El motivo aducido por el Gobierno para repetir, seis meses después del último, un chequeo que se hace anualmente, fueron, tras un diagnóstico previo de insuficiencia venosa crónica, una hinchazón en los tobillos y un hematoma o una herida en una mano primero, y en la otra después, que ha desatado conspiranoias insatisfechas con explicaciones oficiales. Estas dicen que esas lesiones las causaron prolongadas sesiones de apretones de manos, los anillos de las mujeres que lo saludan o el golpe contra la esquina de una mesa. En la revista New York, Trump apunta otra causa: la ingesta diaria de 325 miligramos de aspirina, cantidad recetada por él mismo.

En el inesperado chequeo de octubre, Trump se sometió de nuevo al MoCA, un test que evalúa los signos de demencia. Días después, presumió de haber sacado una puntuación extraordinaria en un “test de inteligencia”, en lo que pareció una confusión por su parte: el MoCA no entra en ese tipo de evaluación. Para Gartner, cuya insistencia empujó a Trump por primera vez a hacerse esa prueba en 2019, sus médicos “no están contándolo todo”, y, al mismo tiempo, “desvelan más de lo que parece sin querer”. “Ningún facultativo repite un examen de demencia a un paciente con seis meses de diferencia si no tiene sospechas de algo, o porque está monitoreando algún tipo de deterioro”, dice el experto.

Semanas después, Trump reveló, aparentemente sin querer, que también le habían hecho una resonancia magnética, pero que no tenía “ni idea” de qué “parte del cuerpo” le habían escaneado. “No fue el cerebro, porque me sometí a una prueba cognitiva y la superé con una nota excelente”, dijo, antes de añadir que haría públicos los resultados.

Al día siguiente, la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, los leyó durante una conferencia de prensa, como una prueba de la “transparencia de la Administración”.

Transparencia” es una de las palabras favoritas de los defensores del presidente, que arguyen que todo tiene una sola explicación –que Trump es Trump– y alaban, por ejemplo, que acepte constantemente las preguntas de la prensa o que en las últimas semanas esté cogiendo sin parar el teléfono a los periodistas de Washington para justificar su guerra en Irán.

En el primer año de su segunda presidencia ha batido récords de hablar, al pronunciar, según un cálculo de The New York Times, 1,97 millones de palabras, un 245% más que las dichas al principio de su primer mandato. Esa logorrea sirve para probar varias cosas a la vez: que no tiene miedo al escrutinio de sus facultades, que juega a la confusión empleando algo que podríamos llamar la “táctica de la tinta de calamar” y, como ya se ha apuntado, que en su entorno nadie parece capaz de contenerlo.

Esa constante presencia ante los focos contrasta con la ausencia de su predecesor, Joe Biden, cuyo estrepitoso declive, encubierto por su entorno y pasado por alto por una prensa tradicional que no investigó lo suficiente, empezó más o menos a la edad que tiene ahora Trump. Para los tres psiquiatras consultados en este reportaje, el “deterioro” de ambos no es comparable. El argumento se reduce básicamente a este: Biden estaba envejeciendo; Trump, desarrollando una demencia.


Fuente: El País

viernes, 27 de febrero de 2026

'Pax Silica': cuando el imperio deja de fingir

 

 Por Evgeny Morozov   
      Fundador y editor de The Syllabus.

Estados Unidos no ejerce su dominio a través de la innovación, sino por cárteles de chips. Ha abandonado el teatro del libre mercado y gobierna a través de servidores y nubes


Mohammed bin Salman Al y Donald Trump durante un encuentro al que acudieron directivos de Silicon Valley.

     En la base Starbase de SpaceX, en el sur de Texas, Pete Hegseth escenificó un anuncio estratégico bajo la forma de un lanzamiento de producto: el Pentágono integrará la IA de frontera en sus operaciones cotidianas y Grok, la herramienta de inteligencia artificial de Elon Musk, se acoplará a las redes militares, recopilando y analizando datos incluso de las actividades clasificadas. El escenario no era casual: era parte del mensaje. Que un secretario de gabinete haga anuncios sobre la infraestructura estratégica de Estados Unidos desde las instalaciones de lanzamiento privadas de un multimillonario no es un accidente de comunicación: es la forma administrativa que expresa la fusión entre Estado y capital.


Pete Hegseth durante una sesión informativa para la Cámara de Representantes en el Capitolio de Washington D. C.

Durante años, la hegemonía tecnológica estadounidense se sostuvo sobre una ficción delicada: la del mercado. Las empresas privadas 'casualmente' dominaban chips, nubes y plataformas; los aliados 'casualmente' adoptaban como estándar las stacks estadounidenses; Washington simplemente arbitraba. Esa ficción se está desmoronando a la vista de todos. Lo que distingue el momento actual no es la dominación, sino el descaro: la capacidad de computación se maneja ya sin disimulo como un instrumento de política de Estado, y el Estado ha abandonado la farsa de presentarse como el espectador que asiste neutral de los triunfos de Silicon Valley.

La trayectoria se hizo visible hace un año, aunque en un registro menos teatral. El 13 de enero de 2025, el Departamento de Comercio desplegó el marco de Estados Unidos para la difusión global de la Inteligencia Artificial: un régimen de tres niveles para racionar los chips avanzados y los ecosistemas construidos a su alrededor. Los aliados más cercanos enfrentarían restricciones mínimas al acceso; la mayoría de los países quedarían limitados por cuotas y forzados a programas de concesión de licencias y autorización de centros de datos; los adversarios serían bloqueados por completo. La ambición estatal era descarnada, se guardaba el derecho a decidir quién tendría permiso para respirar dentro de la sala de servidores.


Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI, respaldado por Microsoft, y creador de ChatGPT, participa en una charla en la Universidad de Tel Aviv, Israel.

Entonces la narrativa estadounidense se tambaleó. A finales de enero de 2025, la empresa china DeepSeek trepó hasta lo más alto de las listas de la App Store de Apple y desató el pánico en los mercados. Nvidia se desplomó cerca de un 17 % en una sola sesión, borrando del mapa aproximadamente 593.000 millones de dólares en capitalización bursátil —la mayor pérdida jamás registrada en un día. Ocurrió justo después de que los inversores se enfrentaran a una posible herejía: las ganancias en eficiencia y los atajos algorítmicos podían dinamitar el relato estadounidense según el cual la superioridad tecnológica exige escalar gastando cada vez más. Hasta Sam Altman tuvo que reconocer que el modelo R1 de DeepSeek era «impresionante», y se mostró impresionado con que DeepSeek asegurara haber entrenado su modelo anterior, el V3, con menos de 6 millones de dólares de gastos en capacidad de cómputo.

La respuesta de Washington no fue ceder el control, sino cambiar de táctica. En mayo de 2025, el Departamento de Comercio retiró el marco de difusión de IA. Lo hizo días antes de que empezaran a aplicarse sus principales exigencias. Ello no supuso dar un paso atrás en la jerarquía de control sino el reconocimiento de que regular con normas puede resultar demasiado lento en un ecosistema que funciona a base de escasez, licencias, negociación y diplomacia. Cuando las reglas no llegan a tiempo, la lógica de cártel ocupa su lugar: excepciones, listas negras, pactos y bloqueos de la cadena de suministro.

Ese bloque ya tiene nombre. Pax Silica es el intento de la administración Trump de convertir las cadenas de suministro de IA y semiconductores en una arquitectura de alianzas, acercándose así a los países que controlan los cuellos de botella críticos. Catar y los Emiratos Árabes Unidos se sumaron en enero de 2026, uniéndose a otros países como Israel, Japón, Corea del Sur, Singapur, Reino Unido y Australia. En la jerga del Departamento de Estado, se trata de una declaración de seguridad económica –paz a través del silicio–, donde “paz” significa la disciplina de que los chips, minerales, energía, logística e infraestructura de computación en la nube se encuentren bajo las condiciones que dicte Washington.




La diplomacia del cómputo no es nueva; solo lo es el descaro. Estados Unidos lleva décadas gobernando a través de intermediarios: bancos y aduanas en la era de la diplomacia del dólar, petroleras y mercados de bonos de deuda del Tesoro en la era del del petrodólar. El intermediario de hoy es la stack tecnológica. Los controles de exportación y la jurisdicción sobre la nube cumplen la función que antes desempeñaban las lanchas cañoneras y los prestamistas de deuda, pero sin el escrutinio que supone estar sometido a los titulares de prensa. A medida que el sistema se consolida, la capa de intermediarios locales se vuelve prescindible. Las licencias de uso, la telemetría (la recopilación continua de datos sobre cómo y dónde se usa el sistema) y el monopolio sobre el hardware estratégico hacen ese trabajo de manera más eficiente y barata.

La fusión entre Estado y capital se ve con más claridad allí donde el objetivo político de Washington es exportar dependencia, no productos. En julio de 2025, Trump firmó una orden ejecutiva tituladaPromoting the Export of the American AI Technology Stack, que encomendaba al Departamento de Comercio la creación de un Programa de Exportación de IA Estadounidense estructurado en torno a paquetes full-stack: hardware, servicios de nube, flujos de datos, modelos y aplicaciones. No se trata simplemente de aumentar la cuota de mercado, sino de loque se conoce como cautividad tecnológica; una forma de convertir las decisiones de compra en subordinación geopolítica.

A veces alguien dice en voz alta lo que todos callan. En julio de 2025, el secretario de Comercio Howard Lutnick explicó en televisión la lógica de controlar las exportaciones a China: se trata de vender los chips suficientes para que los desarrolladores de otros países se «enganchen al stack tecnológico estadounidense». Se expresa en un lenguaje tosco, pero la doctrina de Washington es sofisticada. La dependencia no es un accidente, es el diseño mismo del sistema.

La columna vertebral física de este orden se está construyendo a una escala que convierte en anécdota los viejos debates sobre 'política de innovación'. Stargate –presentado como una inversión de  500.000 millones de dólares en infraestructura de IA– ya se ha expandido y planea inaugurar múltiples sedes en Estados Unidos junto a socios como Oracle y SoftBank. Se informó de la creación de nuevos centros de datos bajo el paraguas de Stargate en septiembre de 2025, presentados como una iniciativa privada pero impulsados gracias l visto bueno presidencial. Según OpenAI, el despliegue supone casi 7 gigavatios de capacidad planificada y más de 400.000 millones de dólares en inversión en tres años.


Anuncian el proyecto Stargate.

Hasta los imperios tienen que negociar con la física. En enero de 2026, la Casa Blanca presionó a PJM —la mayor operadora de red eléctrica de Estados Unidos– para que celebrara una subasta de emergencia para aumentar el suministro eléctrico porque la demanda de los centros de datos estaba apretando la oferta y avivando el temor a apagones. Las propuestas de la operador para obligar a las nuevas instalaciones de alto consumo a conseguir su propia generación eléctrica o aceptar que puedan existir cortes de suministro se leen como una nota al pie de la ambición imperial: la diplomacia del cómputo depende de los electrones, y los electrones no obedecen a las notas de prensa.

El efecto geopolítico colateral es un nuevo torneo de sumisión en el que los Estados compiten no por la independencia, sino por la proximidad al centro. Japón es un buen ejemplo. SoftBank liquidó toda su participación en Nvidia –5.800 millones de dólares– para volcarse en IA, apostando por OpenAI y Stargate. Masayoshi Son también lanzó Project Crystal Land –un billón de dólares para montar un “Shenzhen americano” en Arizona. Esto es, capital japonés financiando las fantasías de reindustrialización estadounidenses. La lógica sistémica resulta transparente de observar: en un mundo monopolístico, la diversificación parece un suicidio, de modo que la jugada racional es convertirse en un agente autorizado del monopolio.

Europa juega la misma partida con mejor retórica y peores resultados: poder regulador que se enarbola y luego se cede discretamente en nombre de la competitividad. El Golfo también participa en el juego, pero cuenta con liquidez y energía. Confía en traducir su riqueza soberana en acceso privilegiado dentro del perímetro de la Pax Silica. América Latina, en cambio, no se posiciona como codesarrolladora de la stack, sino como anfitriona de sus capas más materiales y menos glamurosas: tierra, electricidad y permisos legales.

Argentina ofrece un ejemplo nítido de este panorama. En octubre de 2025, OpenAI y Sur Energy (una empresa argentina de energía renovable) firmaron una acuerdo de intenciones para explorar la posible creación de un proyecto de centro de datos de 25.000 millones de dólares. Bautizado como «Stargate Argentina», tendría una capacidad de hasta 500 megavatios. El relato de la propia OpenAI lo presentaba como una oportunidad para el desarrollo nacional: Sur Energy lideraría un consorcio local, habría incentivos a la inversión, y un socio de nube por definir completaría el esquema. Este es el pacto desarrollista contemporáneo: te venden modernización, pero tú construyes la infraestructura física y ellos conservan el control estratégico –modelos, nubes, jurisdicción, y estándares.

Brasil participa de la stack en términos similares, por razones que por supuesto nada tienen que ver con el «talento» y todo con el poder. Equinix, uno de los mayores operadores mundiales de centros de datos, presenta Brasil como mercado prioritario ante la demanda impulsada por la IA, citando la existencia de energías renovables abundantes y propuestas de exenciones fiscales para equipamiento de centros de datos. La economía política es simple: un centro de datos hiperescalar no es una fábrica en el sentido desarrollista clásico. Se parece más a un nodo privado que procesa tanto servicios públicos como privados, enchufado a ecosistemas de nube extranjeros y tratado cada vez más como infraestructura estratégica. El problema es que una vez que los Estados organizan la administración pública y los servicios privados a través de estos nodos, las posiciones de la negociación se desplazan. Lo que se vendía inicialmente como una inversión estratégica puede convertirse silenciosamente en una fuente de dependencia administrativa.

Sin necesidad de romantizarlos, pero aquí es donde los movimientos sociales entran en juego. Los conflictos que importan se librarán en torno a los precios de la energía, el uso del agua, los derechos sobre la tierra, las condiciones laborales y el estatuto legal de los datos alojados en instalaciones nacionales pero gobernados por proveedores extranjeros. La pregunta no es si la “IA” es buena o mala, sino si la nueva infraestructura puede ser forzada a rendir cuentas democráticamente o si funcionará como los ciclos extractivos anteriores: recursos públicos movilizados para sostener rentas privada, con la soberanía redefinida como el derecho a alojar las máquinas de otras potencias. 

El papel de China en esta historia no es el de ser un ejemplo moral, sino el contraste estratégico que ofrece. El momento DeepSeek fue importante porque sugirió que los controles de exportación pueden ralentizar a los rivales al tiempo que estimulan el tipo de determinación política que hace tolerable la ineficiencia. La mayoría de los gobiernos tratan la dependencia como algo natural y se concentran en gestionarla. Pekín la trata como una vulnerabilidad y, cuando es necesario, actúa en consecuencia. Esa postura es difícil de replicar en otros lugares, pero clarifica la elección real que la Pax Silica intenta ocultar: el coste del rechazo es doloroso; el coste de la obediencia es estructural.

Pax Silica es, en última instancia, una expresión inusualmente honesta. Admite que la nueva paz es una paz administrada: paz por medio del silicio, mantenida por quienes controlan el suministro. Los imperios anteriores perduraron porque sostuvieron la ficción del beneficio mutuo. El actual se muestra cada vez más impaciente con la ficción. Esa impaciencia puede resultar ser su debilidad. Cuando la dominación deja de disfrazarse de comercio, el consentimiento se vuelve más difícil de fabricar, y las fricciones de las redes eléctricas, los presupuestos y la política dejan de parecer ruido de fondo para convertirse en el terreno donde se disputará la paz del silicio.


Fuente: El Salto