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sábado, 6 de junio de 2026

La luna es de todos

 

      Arquitecto y doctor en Teoría e Historia de la Arquitectura.


Una lectura de la carrera espacial en clave de diseño


Imagen de la Tierra desde la Luna.


     Cuando a principios del mes de abril de este año la cápsula Orion de la misión Artemis II de la NASA orbitó durante unos minutos la cara oculta de la luna, a más de uno le vino a la memoria lo que sucedió el 20 de julio de 1969. Aunque muchos ni siquiera habíamos nacido por entonces, es fácil establecer el vínculo con aquel día en que el módulo Eagle de la misión Apolo 11 alunizó en el llamado Mar de la Tranquilidad, proporcionando uno de los momentos más memorables de la historia del siglo XX. Memorable en el sentido literal de la palabra, no solo por su mérito para ser recordado, sino por su capacidad para construir memoria colectiva a su alrededor. Son ese tipo de episodios cuyos detalles quizás no recordamos con precisión, pero sí las circunstancias en las que los vivimos: a casi nadie se le olvida qué hacía durante el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York, dónde estaba cuando cayó el Muro de Berlín, o cómo siguió (quien pudo) la llegada de los humanos a la luna. Tampoco es que en casos como este se dé mucha opción al olvido: ya se encarga la ficción audiovisual norteamericana de incluirlos en cualquier relato de época mínimamente nostálgico (véase desde Forrest Gump hasta Mad Men).

Llama la atención que la retórica aplicada a la reciente misión Artemis II fuera tan semejante a la del Apolo 11, prácticamente reclamando la misma trascendencia, cuando en términos físicos –y desde el desconocimiento de los detalles– la hazaña que se persigue ahora no parece ser tan distinta a la que llevaron a cabo las más de veinte misiones Apolo entre 1961 y 1972. Algunas de aquellas misiones fueron científicamente muy exitosas, como las que permitieron explorar la superficie del satélite desde el famoso rover lunar, un vehículo que casi podemos asociar a las películas de ciencia ficción. Otras han caído en un cierto olvido, como el accidente del Apolo 1 en 1967 durante las pruebas del cohete en tierra. O han sido reconstruidas heroicamente, como el viaje de la misión Apolo 13 en abril de 1970, cuando un fallo técnico obligó a sus tripulantes a dar media vuelta rodeando literalmente la propia luna. El esfuerzo de aquellas décadas se entiende si lo ponemos en el contexto de la Guerra Fría y la carrera espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética, cuando durante casi dos décadas (entre los cincuenta y los setenta) ambas potencias desarrollaron tecnologías espaciales paralelas. A estas alturas a nadie se le escapa que detrás del relato propagandístico y el imaginario sociotécnico de exploración y colonización del espacio había una necesidad de inversión en investigación que permitió alimentar de conocimiento a sus industrias tecnológicas y militares.

Al margen de las innumerables lecturas que se pueden seguir haciendo de todo aquel periplo, siempre ha sido fascinante observarlo desde la perspectiva del diseño, especialmente por las aproximaciones tan dispares que se producían a un lado y otro del Telón de Acero. Mientras la URSS inauguraba la exploración espacial en 1957 con el satélite Sputnik, Estados Unidos lanzó a los pocos meses el satélite Explorer 1. El satélite ruso era básicamente una robusta esfera de aluminio de más de medio metro de diámetro y casi 85 kg de peso con cuatro antenas, diseñada por el equipo de Serguéi Koroliov (el responsable, entre otras hazañas, de enviar a la perrita Laika, a Yuri Gagarin o a Valentina Tereshkova al espacio); el satélite norteamericano era un dispositivo ligero de forma fuselada y aerodinámica, con más de dos metros de largo, un diámetro inferior a 20 cm y un peso de poco más de 8 kg, diseñado por los equipos de William Hayward Pickering, James van Allen y Wernher von Braun (este último, un personaje controvertido por su pasado vinculado a las SS, considerado el homólogo americano de Koroliov y el auténtico arquitecto de los cohetes que impulsaron las misiones Apolo).

Mientras que los soviéticos confiaron en la robustez y fiabilidad de dispositivos de uso complejo, basados en tecnologías consolidadas y funcionalidades prácticamente indestructibles, los norteamericanos exploraron (y lo siguen haciendo) la aplicación de las tecnologías más avanzadas (coloquialmente, y nunca mejor dicho, rocket science), en busca de la máxima eficiencia, la ergonomía o la automatización de funcionalidades, facilitando la experiencia de uso de sus dispositivos a usuarios no tan especializados. Por eso no es casual que los soviéticos confiaran el diseño de sus estaciones espaciales a la conocida como “arquitecta del espacio” Galina Balashova (famosa por su trabajo casi invisible de adaptación humana de una ingeniería modular estandarizable), mientras que los norteamericanos encargaron el proyecto de la estación espacial Skylab a Raymond Loewy (uno de los padres del diseño industrial comercial y pionero del streamlining). En definitiva, un doble paradigma fascinante de observar.


La estación espacial Skylab, diseñada por Raymond Loewy.

No es difícil trazar el origen del modelo soviético –al que en muchos contextos se sigue conociendo irónicamente como “diseño ruso”– si pensamos en los planteamientos del constructivismo del primer tercio del siglo XX (especialmente tras la revolución bolchevique de 1917 que, entre otras muchas cosas, permitió la fundación del centro de diseño ruso por excelencia, el Vjutemás). Allí la simplicidad de las formas geométricas alimentaron un imaginario popular del arte y la industria, ambos puestos en relación con una cierta funcionalidad social, en contraste con movimientos contemporáneos occidentales de carácter más burgués, como el Art Nouveau. Una visión que se consolidó con el comunismo y con la necesidad de generar confianza en una producción colectiva sin competencia, sin marketing, sin generar apetencia por el consumo. Todo lo contrario que en el contexto occidental.


Estación espacial MIR, según un diagrama de Orionist.

Aunque el desarrollo tecnológico y el apoyo a la industria fueron también argumentos fundamentales para comprender el diseño y la arquitectura del siglo XX en Occidente, aquí la evolución tuvo relación con la deriva del sistema económico capitalista. Existe toda una historiografía del diseño moderno que se esforzó por mostrar esas relaciones entre arte y técnica, con Platz, Read, Mumford, Pevsner, Behrendt, Richards, Giedion, Banham o Maldonado como referentes. De su lectura destaca la contradicción –expresada en términos marxistas– entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción. La conciencia social y cultural modernas de la técnica y del diseño se hicieron inseparables de la discusión en torno al fordismo, la productividad, la racionalización o la tipificación. Y fue precisamente su declive, el rechazo del “rigorismo aséptico de la ética protestante” (en palabras de Maldonado parafraseando a Webber) lo que dio origen al styling o al kitsch entre otras expresiones de la postmodernidad. Expresiones fundamentales para favorecer una economía de mercado basada en el consumo.

Un episodio fascinante para observar el contraste entre estas dos perspectivas fue el conocido “debate de la cocina” que en 1959 mantuvieron el primer secretario del partido comunista soviético Nikita Jrushchov (precisamente el responsable político de los hitos logrados por la Unión Soviética en la carrera espacial) y el entonces vicepresidente de los Estados Unidos Richard Nixon. El contexto fue la Exposición Internacional Estadounidense que se organizó en Moscú aquel año, solo unos meses después de una muestra soviética equivalente en Nueva York, ambas promovidas al inicio de la Guerra Fría con intenciones puramente diplomáticas, pero sumamente jugosas por la comparación de imaginarios tan dispares entre la propaganda comunista y el exhibicionismo capitalista.


El debate de la cocina entre Nikita Jrushchov y Richard Nixon.

Mientras que la muestra soviética destacó por su exaltación de la ciencia con réplicas de los satélites Sputnik como protagonistas, la exposición en Moscú fue todo un alegato de la vida doméstica norteamericana suburbana, el American Way of Life. En medio de una escenografía representada por una cocina multi-equipada y literalmente diseccionada (motivo por el que se conoció al escenario irónicamente como splitnik) Nixon presumió con vehemencia de la producción de los electrodomésticos y los bienes de consumo que hacían la vida más feliz a los estadounidenses. Y no con menos rotundidad Jrushchov puso en duda tanto la necesidad de los productos como su accesibilidad a todos los públicos. Casi resumió la definición mítica que Victor Papanek hizo del marketing, al que acusó de estar dedicado a convencer a la gente para que compre cosas que no necesita, con dinero que no tiene, para impresionar a personas a quienes no le importa. Lo curioso es que semejante panegírico de la economía liberal fue vestido por tres de los estudios de diseño más importantes del momento –George Nelson (diseñador responsable de la exposición), Charles y Ray Eames (autores de la mítica instalación audiovisual Glimpses of the U.S.A. para la muestra) y Buckminster Fuller (creador de la cúpula geodésica que sirvió como espacio principal)–, situando la disciplina en una conexión más que simbólica con el capitalismo.

Es evidente que el desarrollo tecnológico alcanzado por Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial (siendo prácticamente la fábrica de Europa durante algunos años) se materializó en el desarrollo floreciente de una economía basada en la producción de bienes de consumo, pero no menos fundamentada en la producción de materiales. Esto a su vez se convirtió en un argumento esencial para la promoción del optimismo tecnológico en el diseño, la arquitectura y la ingeniería norteamericanas. Optimismo tecnológico que tuvo su propia expresión plástica, como la arquitectura High Tech (corriente que paradójicamente triunfó especialmente en el Reino Unido). De una manera resumida –según la definición que acuñó el historiador Colin Davies–, el High Tech se caracterizó por el uso de metal y vidrio expresados de manera honesta, por la encarnación de ideas sobre producción industrial haciendo uso de industrias externas a la propia industria de la construcción, y por el planteamiento prioritario de la flexibilidad en el uso. Ahora bien, si a menudo se habla de la muerte de la arquitectura moderna el 15 de julio de 1972, con la voladura del fallido complejo residencial Pruitt-Igoe en Missouri, también se ha puesto fecha a la muerte de la arquitectura High Tech: el 28 de enero de 1986, precisamente el día de la explosión accidental del transbordador espacial Challenger frente a millones de espectadores que veíamos el despegue por televisión (otro momento tristemente memorable). La causa de la tragedia, hoy lo sabemos, fue el fallo de una junta de neopreno, el débil paradigma de los excesos de la alta tecnología.

Los excesos de la nueva carrera espacial son otros, fáciles de identificar teniendo en cuenta el peso de tecno-oligarcas como Elon Musk con SpaceX, Jeff Bezos con Blue Origin, o Richard Branson con Virgin Galactic. Viniendo de una exploración espacial basada en el colonialismo propagandístico del siglo XX, seguramente debiéramos estar atentos a la voluntad extractivista de los intereses privados, a la acumulación de poder independiente de control gubernamental, o a la naturaleza monopolística de los mercados que promueven estos gurús de las industrias del futuro. Todos ellos estarán presentes en la promoción, entre otras, de la futura base lunar, o en la definición de hábitats adaptados a las condiciones físicas y psicológicas de la vida lejos de la Tierra. Y todos ellos monetizarán con datos e influencia geopolítica sus inversiones. Como sea, esperemos que haya todavía espacio para la reacción, para poner en valor aquello que se cantaba en Good News, el musical de 1927: “La luna nos pertenece a todos; las mejores cosas de la vida son gratis / Las estrellas son de todos; brillan ahí para ti y para mí”.


Fuente: Ctxt

miércoles, 1 de abril de 2026

Los valores familiares de Epstein

 

 Por Melinda Cooper   
      Profesora de Sociología en la Universidad de Sídney, Australia. Su investigación está centrada en la bioeconomía y en la relación entre el neoliberalismo y el neoconservadurismo norteamericano.


El depredador sexual estaba fascinado por el transhumanismo y soñaba con propagar su ADN entre la raza humana


     Una de las características más extrañas de la extrema derecha estadounidense contemporánea es la emergencia de los “padres primigenios”, patriarcas del Antiguo Testamento que quieren procrear no solo una familia, sino una raza. Elon Musk es el más conocido de estos Abrahams aspiracionales, aunque no es en absoluto el único.


Valores de la familia Epstein

Un extenso informe del Wall Street Journal documentó el deseo de Musk de engendrar lo que él llama una “legión” de hijos que salvarían a la humanidad de la caída demográfica y transmitirían sus genes superiores en un futuro lejano.

Un cohete de Space X está listo para transportar su semilla más allá de la Tierra en un proceso similar a la panspermia inversa, la teoría de que la vida orgánica llegó a nuestro planeta a través del polvo espacial.


Panespermia.

Actualmente se cree que Musk tiene al menos 14 hijos con cuatro mujeres, cuyos asuntos legales y financieros son gestionados en parte por Jared Birchall, director de su oficina familiar. “Vamos a tener que usar gestantes subrogadas”, escribió Musk en un mensaje de texto a una de ellas, para “alcanzar el nivel de legión antes del apocalipsis”. Como preparación para esta ampliación de operaciones, adquirió un complejo multiresidencial en Austin, Texas.



Ashley St. Clair y el hijo que tuvo con Elon Musk.

El pronatalismo de Silicon Valley es generalmente entendido como eugenésico, una lectura que capta el deseo de purificación racial, pero no el proceso distintivo mediante el cual se persigue la pureza. Los eugenistas estadounidenses “clásicos” de la era progresista buscaban erradicar la anomalía genética, a la que consideraban responsables de la degeneración mental y otras enfermedades sociales.

Por el contrario, Musk y los de su calaña están inmersos en la pseudociencia del transhumanismo, menos preocupados por la eliminación del error que por la exaltación de la desviación excepcional. El patriarca ideal es aquel que rompe con la distribución normal de la inteligencia con su súper coeficiente intelectual. No solo busca preservar el patrimonio genético blanco, sino resucitarlo sobre nuevos nacimientos santificados. Los padres primigenios son venerados como los fundadores de una nueva raza, más que como los antepasados ​​de una antigua.


Dios en la máquina: mi extraño viaje al transhumanismo.

El padre primigenio es la materia del mito. En Tótem y tabú , Freud sugirió que el inconsciente primitivo estaba habitado por un patriarca autoritario y una horda de hijos envidiosos. El padre exige derechos de propiedad exclusiva sobre todas las mujeres, independientemente de su edad y parentesco. Su reinado autocrático solo es sustituido cuando los hermanos se rebelan, lo asesinan y establecen un nuevo régimen en el que las mujeres son propiedad comunitaria. Freud reconoció con franqueza que era una prehistoria falsa. No había ningún subtexto evolutivo o antropológico detrás del mito de la horda primitiva, solo los rastros borrados en la mente de sus pacientes.

Sin embargo, esta fantasía a veces es representada en la vida real. Esto es más evidente en el caso de los líderes de sectas, quienes, con una fascinante previsibilidad, terminan instaurando un régimen de sexo comunitario obligatorio sobre el que ostentan derechos de monopolio absolutos. Ellos también prefieren los complejos a las residencias unifamiliares y, cuando se enfrentan al reto de la sucesión, recurren a fantasías de inmortalidad y deificación. Su normalización del apocalipsis inminente puede leerse como la traducción cósmica de este miedo: a los líderes de sectas les resulta más fácil imaginar el fin del mundo que la pérdida de su poder personal.

No hace falta decir que este ethos está claramente en desacuerdo con los valores familiares tradicionales defendidos por la derecha religiosa (una de las razones de la estrepitosa discordia entre las distintas líneas de la coalición MAGA). Los padres primigenios quieren un hogar ampliado, no una familia. Transgreden con gusto los tabúes conservadores contra el adulterio, el incesto y las relaciones sexuales intergeneracionales porque todos los miembros de su hogar tienen el estatuto de sirvientes, cualquiera sea su parentesco sanguíneo.

Las características distintivas de sus economías domésticas se hacen más evidentes cuando consideramos el caso de Jeffrey Epstein. Al igual que Musk, Epstein estaba fascinado por el transhumanismo y soñaba con propagar su ADN entre la raza humana. En 2008, después de ser condenado por solicitar prostitución a menores, fantaseaba con retirarse a su rancho Zorro en Nuevo México para embarazar hasta a 20 mujeres a la vez. En sus memorias publicadas póstumamente, Nobody’s Girl, Virginia Roberts Giuffre, que a los 16 años fue reclutada por Epstein y su entonces novia Ghislaine Maxwell, relata que sus abusadores le propusieron conservarla como madre sustituta de su futuro hijo, sobre el que ella no tendría ningún derecho de custodia. Le pagarían 200.000 dólares al mes por criar al niño y acompañarlo por todo el mundo para encuentros con Epstein. Temiendo que su hijo fuera abusado, Giuffre elaboró un plan de fuga.

El caso de Epstein es más instructivo que el de Musk porque combina las dos economías de propiedad sexual que Freud distinguió en el inconsciente primitivo: la fratriarcal y la patriarcal. Epstein fue capaz de forjar vínculos firmes con sus compañeros depredadores diciéndoles “lo que es mío es tuyo” y conservando la evidencia fotográfica. En este sentido, estableció un sistema fratriarcal en el que las mujeres jóvenes y las niñas se compartían entre hermanos primigenios como una forma de cohesión social. Pero Epstein también quería conservar al menos a algunas de estas mujeres como su propiedad inalienable. Las madres de sus futuros hijos debían estar en una zona prohibida, secuestradas tras los muros de un complejo inaccesible.

La economía doméstica de Epstein asignaba así a las mujeres a uno de los dos regímenes de propiedad sexual, con algunas pasando del fratriarcado al patriarcado a medida que crecían. Todas las mujeres y niñas son propiedad de un solo hombre, o todas las mujeres y niñas son propiedad de todos los hombres.

2.

Freud consideraba que la horda primitiva pertenecía directamente al reino del inconsciente. Solo salía a la superficie en momentos de transgresión organizada, como los carnavales. Pero no hay nada mediado o subliminal en el deseo de la extrema derecha de Silicon Valley de recrear el conflicto entre padres y hermanos primigenios. De hecho, su principal “filósofo”, Peter Thiel, miembro de la «mafia de PayPal» original, descubrió a Freud por primera vez a través de la obra de René Girard, el filósofo cristiano que dictó clases en Stanford en la década de 1990.

Thiel sigue definiéndose girardiano hasta el día de hoy, pero su lectura de Freud es sui generis. En Zero to One, un resumen de su filosofía empresarial con la extensión de un libro, utiliza Tótem y tabú como un prisma a través del cual analiza la economía política de una empresa de Silicon Valley controlada por sus fundadores. Celebra a los fundadores de startups como hermanos iconoclastas, decididos a derrocar el poder paternal de los monopolios de turno como Google, Amazon o Microsoft. La alianza de los tech bros demostró su poder disruptivo, pero Thiel advierte acertadamente que los roles primigenios no son fijos. Tan pronto como su padre es sacrificado, la hermandad desciende a una competencia asesina, en la que cada hijo afirma su derecho individual a crear un monopolio. “Los fundadores extremos no son nuevos en la historia”, escribe Thiel, señalando a Edipo y Rómulo.

Gracias a la más reciente colección de documentos revelados por el Departamento de Justicia de Estados Unidos, ahora sabemos que Epstein era cercano a las figuras más destacadas de la extrema derecha de Silicon Valley. Después del Brexit, intercambió correos electrónicos con Thiel celebrando el “regreso del tribalismo” y antes de su muerte invirtió millones en las empresas tecnológicas de Thiel. Epstein se habría reconocido a sí mismo en el retrato que Thiel hace del trágico fundador: se veía a sí mismo como alguien que operaba “por encima de la ley” y estaba destinado a crear sus propias leyes. Según Giuffre, interrogaba sin cesar a sus víctimas sobre su infancia en busca de signos de vulnerabilidad, pero era reticente ante cualquier indagación sobre su propia crianza. Epstein, al parecer, venía de la nada, un hijo huérfano. En uno de los artefactos de la última colección del Departamento de Justicia, una entrevista en video grabada por Steve Bannon, se presentaba a sí mismo como un outsider –“Jeffrey Epstein, solo un buen chico”– sin el lastre de las largas biografías que arrastran personajes como Bill Clinton o Paul Volcker.

Si la mitología del padre primigenio es la imagen de la forma de negocio preferida por la nueva élite, también se aplica de otra manera a sus organizaciones domésticas. La referencia adecuada aquí no es la familia nuclear sino la economía doméstica, donde la producción es inseparable de la reproducción y la gestión de los activos empresariales es coextensiva con la preservación de las posesiones familiares.

La extrema riqueza generada desde la crisis financiera mundial reavivó una forma de trabajo que, al menos en el mundo anglosajón, se había vuelto cada vez más infrecuente a mediados del siglo XX: el servicio doméstico a gran escala, a largo plazo y dentro del propio hogar. Pensemos en Palm Beach, donde Trump y Epstein hace tiempo se codeaban y que ahora es el hogar de muchos de los multimillonarios de Estados Unidos (así como de los aliados más cercanos del presidente). En la última década, se mudaron allí el fundador de Blackstone y megadonante republicano Steve Schwarzman, así como Ken Griffin de Citadel, y el gerente de fondos de cobertura Paul Tudor Jones. Otros, como la viuda de David Koch, Julia, y el cofundador de KKR, Henry Kravis, son residentes de larga duración. Sus hogares no son solo domicilios, sino importantes fuentes de empleo, cada uno de ellos atrae a muchísimos trabajadores permanentes y temporarios de las zonas más pobres del condado de Palm Beach y de lugares tan lejanos como Nueva York, Irlanda, Sudáfrica y Rumanía.

Esta forma de servicio doméstico está tácitamente regida por algo parecido a las leyes del “amo y sirviente”, una forma de empleo que en su día otorgaba a los amos un dominio virtual sobre su esfera privada de gobierno y castigaba a los trabajadores con sanciones criminales como el arresto domiciliario, el encarcelamiento e incluso el castigo corporal. Dados el origen de las leyes del amo y el sirviente en la Inglaterra medieval, sería fácil identificar este desarrollo como un retorno al feudalismo, una lectura cada vez más popular de la coyuntura actual, como lo ejemplifica la reciente obra de Yanis Varoufakis.


Tecno-feudalismo. El sigiloso sucesos del capitalismo.

El argumento le debe mucho a Marx, quien insinuó que el servicio doméstico personal se volvería obsoleto a medida que las relaciones feudales dieran paso al libre contrato laboral. Pero recordemos que, contrariamente a las predicciones de Marx, el servicio doméstico se expandió a finales del siglo XIX, no a pesar de sino debido a la creciente concentración de la riqueza industrial y financiera. Además, las relaciones entre amos y sirvientes perduraron hasta bien entrado el siglo XX y resurgieron en las recientes décadas, si no en acuerdos legales formales, al menos en acuerdos de facto.

Estas leyes resultaron especialmente difíciles de eliminar en lo que respecta al trato de los sirvientes domésticos, principalmente mujeres negras: cualquier intento de organización laboral se topaba con el argumento de que eran miembros de la familia y, por lo tanto, estaban expuestos a ser tratados con las mismas formas de abuso que los familiares más cercanos. Aquí nos hacemos una idea clara de la “confusión de categorías” que reina en la economía doméstica. Mientras que la familia nuclear postula una separación ideal entre el hogar y el mercado, la vida personal y la laboral, las leyes sobre amos y sirvientes asumen una fusión completa entre ambas esferas.

Epstein era propietario de múltiples propiedades de gran tamaño –en Palm Beach, Nueva York, París y Nuevo México– así como de una isla privada, Little Saint James. Su nómina incluía a docenas, quizá cientos, de empleados internos, desde asesores legales y guardaespaldas hasta choferes, cocineros, personal de limpieza, jardineros, trabajadores de mantenimiento y “masajistas”. Los visitantes describen una jerarquía de asistentes cuya relación precisa con Epstein –íntima o comercial– a veces era difícil de discernir. Los socios de negocios masculinos como el abogado Alan Dershowitz eran amigos y, según los alegatos de algunas víctimas, participantes ocasionales en crímenes sexuales. En Relentless Pursuit, Bradley J. Edwards, un abogado de Florida que representó a unas 20 víctimas de Epstein, sugiere que un grupo de novias oficiales, típicamente más grandes y más ricas, formaban un círculo íntimo privilegiado y a veces eran cómplices de los abusos. Si la relación terminaba en buenos términos, podían ascender y unirse a Maxwell como proxenetas a tiempo completo de chicas jóvenes.

3.

El origen de la fortuna de Epstein permanece elusivo. Sabemos que trabajó como asesor financiero y planificador patrimonial no calificado para multimillonarios como Les Wexner (Victoria’s Secret), Leon Black (Apollo Global Management) y, según las más recientes revelaciones, el magnate inmobiliario Mortimer Zuckerman y la heredera Ariane de Rothschild. Los extraordinarios honorarios que le pagaban estas personas siguen desafiando cualquier explicación. Lo que sí sabemos es cómo utilizaba Epstein ese dinero: como fondos ilegales para su negocio de mecenazgo a tiempo completo. En sus tratos con otros hombres de la élite, les prometía favores financieros y sexuales. Sus beneficiarios podían recibir financiación para una unidad de investigación junto con una visita aparentemente sin riesgos a la residencia de Epstein, repleta de documentación fotográfica. A cambio, se esperaba que le aseguraran el acceso a círculos de influencia cada vez más altos.

Tanto financiera como sexualmente, Epstein vinculó su reputación a la de sus beneficiarios. Cualquier daño a su nombre inevitablemente mancharía el de ellos. Durante muchos años, este acuerdo se tradujo en una inmunidad legal virtual. En 2008, los fiscales federales fracasaron en el intento de presentar cargos completos por tráfico sexual contra él, a pesar del testimonio de 36 mujeres jóvenes.

Epstein se presentaba como un mecenas incluso ante sus jóvenes víctimas. A las estudiantes que recogía en Nueva York les prometía fondos para cubrir los gastos de matrícula en universidades de la Ivy League o una buena recomendación ante el propietario de una famosa galería de arte. Las adolescentes de los parques de casas rodantes de West Palm Beach podían convertirse en masajistas profesionales o, como mínimo, en reclutadoras a tiempo completo de otras chicas. (La fugitiva Giuffre iba a recibir formación profesional como masajista en la escuela más prestigiosa de Tailandia). Muchas víctimas veían su patrocinio como una alternativa económica genuina. Según el abogado Edwards, varias de las víctimas a las que representó fueron abusadas durante su infancia o procedían de hogares violentos. Algunas estaban sinceramente agradecidas de que Epstein las hubiera rescatado del trabajo sexual mal remunerado.

No se trataba solo de los 100 dólares por una primera sesión de “masaje”: Epstein también prometía una especie de trayectoria profesional. Sin embargo, el patrocinio sexual se convirtió rápidamente en servidumbre sexual: aunque era generoso con sus pequeños regalos, nunca cumplió sus grandes promesas. El objetivo era mantener a sus víctimas en un estado de endeudamiento permanente.

Debido a que Epstein involucraba a casi todas las personas con las que se relacionaba en lazos proliferantes de obligaciones y dependencias, la tarea de asignar culpas resulta extrañamente difícil. Es probable que todo su personal doméstico fuera cómplice, en mayor o menor medida, de sus abusos sexuales. Muchos de ellos debían tener conocimiento directo de lo que sucedía: el famoso cocinero que recibía a las jóvenes en la cocina antes de que subieran las escaleras, los chóferes que llevaban a Maxwell por Nueva York mientras buscaba estudiantes, la empleada doméstica que limpiaba las habitaciones y los baños. Incluso las víctimas más modestas de Epstein supuestamente podían escapar de las peores formas de abuso reclutando a otras chicas. Más de una describió la economía doméstica de Epstein como un elaborado esquema piramidal en el que se animaba a las participantes a verse a sí mismas como contratistas independientes, libres de dirigir sus propios “pequeños negocios” en la moda o el arte, siempre y cuando también cumplieran con las necesidades de reclutamiento del amo. ¿En qué momento el interés propio dependiente se convirtió en complicidad?

En sus declaraciones ante la policía y la fiscalía, las víctimas llaman la atención sobre la asombrosa familiaridad que Epstein y Maxwell creaban en medio de los abusos más horribles. Una chica comió pochoclo y vio Sex and the City con ellos antes de ser agredida. Según otro testigo, Maxwell se comportaba como una hermana mayor genial, introduciendo a sus hermanos en un mundo de sofisticación adulta.

Los lazos de parentesco, a diferencia de las relaciones del libre mercado, evocan una forma de obligación no contractual, un vínculo que no se puede disolver fácilmente a cambio de dinero. La economía doméstica extiende estas obligaciones no contractuales tanto a los trabajadores como a los miembros de la familia, borrando la distinción fundamental entre ambos (aunque no las jerarquías internas). Una antigua víctima tuvo problemas para escapar de Epstein porque se sentía en deuda con él como “amigo, figura paterna, empleador y amo”. Giuffre relata que Epstein y Maxwell actuaban como sus padres, proporcionándole atención dental y enseñándole modales en la mesa.

Sin embargo, en otras ocasiones, Virginia era como una madre para él, le ponía las medias a la mañana y lo metía en la cama a la noche. “Epstein y Maxwell consolidaron su poder sobre mí ofreciéndome un nuevo tipo de familia”, escribe. “Epstein era el patriarca, Maxwell la matriarca, y estos roles no eran meramente implícitos. A Maxwell le gustaba llamar a las chicas que atendían regularmente a Epstein sus ‘hijas’”. Los lazos emocionales que la unían a Epstein se sentían reales: “No era exactamente amor, pero creo que la palabra adecuada es lealtad”.

Sin embargo, la deuda no era reversible. Epstein podía romper los lazos con cualquier miembro de su hogar a voluntad, pero nadie podía hacer lo mismo, especialmente sus jóvenes víctimas. Giuffre emigró a Australia para escapar, pero seguía “muerta de miedo” de él. Muchas otras mujeres testificaron que Epstein y Maxwell las amenazaron con matarlas si intentaban escapar o denunciaban los abusos.

4.

Puede que la familia Epstein haya alcanzado extremos de sadismo, pero su economía política se vuelve menos excepcional hoy en día. Cuando un solo individuo dispone de más dinero que una agencia gubernamental que concede subvenciones o una universidad dedicada a la investigación, el impacto en la producción de conocimiento y las relaciones académicas es profundo. El mismo efecto dominó se puede observar en el sector de los servicios y la vivienda, ya que los complejos de los multimillonarios comienzan a moldear el futuro de economías urbanas enteras. Sin duda, la empresa familiar de Epstein era única por su auténtica complejidad organizativa, pero el tipo de obligación personal y de endeudamiento que inspiraba entre sus dependientes es ahora una característica estándar de la economía familiar de los multimillonarios.

Esta reflexión ayuda a aclarar el papel catalizador que admite el movimiento #MeToo en nuestro actual ciclo de reacción conservadora. Es difícil llevar la cuenta de los hombres de todo el espectro político que en los últimos años experimentaron conversiones arrepentidas a la extrema derecha trumpista. Cuando se les pide que expliquen su cambio de opinión, señalan repetidamente anécdotas de agresiones sexuales que parecen demasiado triviales, por no decir ridículas, como para haber provocado una sensación de colapso histórico mundial. La aparente discrepancia tiene más sentido cuando recordamos que el #MeToo se originó en un sector particular de la industria cinematográfica: el mundo altamente personalizado de los estudios privados de cine independiente. Como cofundador de Miramax y The Weinstein Company, Harvey Weinstein era el producto de una peculiar sociedad controlada por sus fundadores estilos en la que los propietarios-gerentes gozan de un poder desenfrenado sobre su personal y sus clientes. El movimiento #MeToo representó un ataque directo a su poder sexual y económico combinado. No es una sorpresa que Epstein y Weinstein fueran amigos. O que hombres de todo el espectro político contactaron a Epstein en busca de consejo cuando lidiaban con acusación de abuso sexual después del #MeToo.

Gracias a nuestra creciente reflexión sobre el mundo de Epstein, obtuvimos una imagen más clara de la lógica psíquica y económica de la extrema derecha contemporánea. Al igual que Epstein quería cerrar todas las vías de escape a sus víctimas femeninas, Trump y sus reaccionarios tecnológicos quieren acabar con todas las alternativas a la economía doméstica y convertir la presidencia en una empresa familiar controlada por su fundador. Los ataques al Estado administrativo, al sector público y a los sindicatos, así como la transformación de los agentes de control fronterizo en una milicia personal, pueden entenderse como parte de un programa más amplio para extender la regla del amo y el sirviente a toda la economía. Quizás si todos nos convertimos en conductores de Uber, vendedores tercerizados de Amazon, contratistas comerciales de magnates inmobiliarios o académicos que le suplican a los multimillonarios, ¿entonces el fundador estará a salvo del sacrificio colectivo?

Las víctimas de Epstein experimentaron la regla del amo y sirviente no solo como violencia económica sino también sexual. Fueron las primeras en nombrar y resistir nuestro orden político emergente.


Fuente: Ctxt

viernes, 27 de marzo de 2026

Musk, el nuevo modernismo reaccionario de la derecha

 

 Por Matt McManus   
      Profesor de ciencias políticas en Whitman College, Washington, Estados Unidos.


Elon Musk es un heredero de los modernistas reaccionarios de hace un siglo. Un hombre cuyas especulaciones utópicas sobre el poder de la tecnología van de la mano con sus predicciones apocalípticas sobre el «virus progresista» y el «gran reemplazo»


     Elon Musk es muchas cosas: empresario, provocador de extrema derecha, ejemplo aleccionador de los efectos negativos de carecer por completo de sentido del humor. Esta figura voluble es el tema central de Muskism: A Guide for the Perplexed, de Quinn Slobodian y Ben Tarnoff.


                            Muskism: A Guide for the Perplexed.


Ambos cuentan con las herramientas necesarias para realizar un análisis en profundidad de la vida y el pensamiento del empresario tecnológico. 

Slobodian es profesor de historia internacional en la Universidad de Boston y autor de varios libros bien recibidos sobre los orígenes intelectuales del capitalismo neoliberal. Tarnoff ha escrito extensamente sobre la política del sector tecnológico y las personalidades que conforman Silicon Valley.Esa experiencia se refleja claramente en su nuevo libro, que es asertivo y ágil sin dar nunca la sensación de estar apresurado. Mitad biografía crítica, mitad análisis político-económico de la era neoliberal, se trata de un texto agudo y bien escrito que desentraña la escalofriante visión del mundo de su «protagonista» con formidable detalle.


Quinn Slobodian.


Ben Tarnoff.


Pero a pesar de todas sus fortalezas, el relato de Muskism sobre el ascenso y la influencia de Elon Musk se centra exclusivamente en la ideología, ocultando las fuerzas políticas y económicas más amplias que operan entre bastidores.


El ascenso y la influencia de Elon Musk se centra exclusivamente en la ideología.

Esto hace que el libro sea, aunque esclarecedor, también limitado en su enfoque para comprender las patologías del presente. Sería beneficioso situar a Musk en el contexto más amplio de instituciones y prácticas que le han permitido prosperar y discutir su relación con la derecha en general. Teniendo todo esto en cuenta, Muskism me pareció más sugerente que revelador y me dejó con la sensación de que la crítica definitiva desde la izquierda aún está por escribirse.

Conservadurismo cyborg

Como figura, Musk se presta al tipo de análisis preferido por Slobodian y Tarnoff, el cual ocupa un espacio liminal entre la biografía y la polémica. Exhibe una necesidad patológica de atención y una capacidad infinita para la autopromoción. Al parecer, estos rasgos estuvieron presentes desde el inicio mismo de su carrera. Al describir el ascenso del multimillonario durante la burbuja de las puntocom de la década de 1990, Slobodian y Tarnoff sostienen que lo que «distinguía a Musk no era su habilidad para la ingeniería ni su perspicacia para los negocios, sino su creencia inquebrantable en el futuro —y su talento para hacer que otros también creyeran en él».

Musk es, en esencia, un «fabulista»: alguien que «mezcla fantasía y realismo» para contar historias sobre las «transformaciones extraordinarias» que sus empresas y su tecnología traerán consigo, asegurándose de omitir el apoyo de inversionistas privados y gobiernos que hace posible este éxito.

Slobodian y Tarnoff observan que el estilo de comunicación de Musk siempre ha sido proléptico y prometedor. Sus especulaciones utópicas y su creencia en el poder de los milagros tecnológicos son el complemento necesario a sus oscuras y apocalípticas predicciones sobre el «virus mental» woke, el reemplazo de la raza blanca, el socialismo rampante y cualquier otra cosa sobre la que el magnate se encuentre tuiteando a las cinco de la mañana. Estas fantasías oscuras son, según Slobodian y Tarnoff, el obstáculo para alcanzar una «sublimidad tecnológica que siempre está a solo una década de distancia». Esto le da a Musk un sentido casi religioso de su propia importancia. La fachada que se ha creado, sin embargo, es frágil y está plagada de inseguridades, tanto que incluso se ha sentido obligado a mentir sobre lo bueno que es en los videojuegos.

Slobodian y Tarnoff deducen —acertadamente, en mi opinión— que este fabulismo es parte integral de la política de derecha de Musk. Aquí se pueden hacer algunas comparaciones interesantes con su intermitente amigo Donald Trump. El propio Trump comenzó con una política relativamente ambigua pero de ninguna manera conservadora en el sentido convencional. En un pasaje inusualmente autoconsciente de El arte de la negociación, el futuro presidente describió cómo jugaba con las fantasías de la gente mediante una «hipérbole veraz». Reconoció que, aunque la gente común tal vez no piense «en grande» por sí misma, admira a quienes «creen que algo es lo más grande, lo mejor y lo más espectacular».

Tanto para Musk como para Trump, el fabulista puede convertirse en un gran hombre jugando con las fantasías de las masas, por lo demás dóciles: una visión del mundo que explica la afición de ambos por la jerarquía y la autoelevación. Es la teoría de la historia del gran hombre de Thomas Carlyle para la era neoliberal.

De manera similar, Musk pudo haber comenzado su carrera satisfaciendo el deseo de los liberales californianos de clase media-alta de salvar el mundo comprando autos de 100.000 dólares, pero esto tuvo menos que ver con un profundo amor por la humanidad que con la necesidad de que la humanidad lo amara a él. Slobodian y Tarnoff explican el descenso de Musk hacia la derecha conspirativa a partir de varias líneas argumentales. Algunas de las «razones materiales son fáciles de deducir», escriben:


Al igual que otros multimillonarios que proyectaban una imagen pública liberal, especialmente los de Silicon Valley, Musk se sentía alienado por la creciente influencia de la izquierda estadounidense. Despreciaba la propuesta del presidente Biden de un impuesto sobre el patrimonio para los superricos, así como el apoyo de la administración a los sindicatos y la ofensiva regulatoria y antimonopolio de la presidenta de la FTC, Lina Khan.

Pero las razones más profundas de la atracción de Musk por la derecha se encuentran en el ámbito de la ideología más que en el de la economía política. Musk invoca habitualmente la noción de «empatía suicida» del influencer de derecha Gad Saad para describir el sentimiento de solidaridad con los débiles y los que sufren como un error que frena la civilización occidental. Este error dirige una atención excesiva hacia las necesidades y el empoderamiento de las clases más bajas, lo que a su vez socava la capacidad de figuras como Musk para construir el futuro a su propia imagen. El «muskismo», escriben Slobodian y Tarnoff, «siempre ha estado comprometido con una defensa vigorosa de la jerarquía. Algunos humanos nacen para gobernar; otros, para ser gobernados».

Quizás no sea sorprendente que esta ideología haya llevado a sus exponentes a abrazar un profundo antihumanismo. La humanidad «debería fusionarse con la máquina —siempre y cuando [siga] segmentada por género, raza y clase. Llámalo conservadurismo cyborg». Por ejemplo, a Musk le parece bien que las personas se implanten microchips para conectarse a «Neuralink» con sus computadoras, porque él se beneficia de eso y obtiene un cierto control sobre sus vidas. Pero las personas trans que intentan cambiar de género desafían el amor del director ejecutivo por una jerarquía de género supuestamente «natural» que debe permanecer esencialmente inalterada.

El análisis de Slobodian y Tarnoff sobre la cosmovisión de Musk, en definitiva, es fascinante e informativo. Pero el libro es una oportunidad perdida para decir algo con mayor resonancia histórica sobre cómo la perspectiva del magnate tecnológico se conecta con la de la derecha en general.

El ciudadano Musk

El libro de Slobodian y Tarnoff se centra exclusivamente en su protagonista. Muskismo trata en gran medida de la cosmovisión de Musk, hasta la escalofriante conclusión en la que los autores describen los posibles futuros distópicos que el multimillonario tecnológico querría imponernos. Todo esto está muy bien, pero el enfoque en una figura singular tiene el efecto, en algunos momentos, de ocultar tanto como de revelar.

¿Qué estructuras sociales permitieron a Musk y a sus pares adquirir tanto poder, hasta el punto de que su futurismo tecnorreaccionario mesiánico sea una amenaza real y no solo material para ciencia ficción de segunda categoría? ¿Cómo y dónde encaja Musk en la historia más amplia de la derecha política?

Curiosamente, a pesar de que Slobodian ha escrito extensamente sobre la historia de los pensadores neoliberales, hay poco esfuerzo por conectar a Musk como individuo con esa tradición, y mucho menos por describir cómo las políticas y prácticas neoliberales ayudaron a facilitar su ascenso. Al principio mencionan cómo Musk se benefició de los esfuerzos de la administración de George W. Bush por privatizar funciones gubernamentales, incluso el ejército, en nombre de crear una integración más ágil y agresiva entre el Estado y el capital.

Esto ayudaría a explicar por qué fracasaron los tímidos esfuerzos de Joe Biden por frenar el poder de los oligarcas. Adoptar una perspectiva más estructural y de longue durée también estimularía un conjunto de intuiciones menos personalizadas sobre cómo responder al «muskismo» y otras vulgaridades producidas por las últimas etapas del capitalismo neoliberal.

Slobodian y Tarnoff son muy convincentes al demostrar que el legado de Musk será, en general, trágico. Pero impedir que Musk —y los otros Musks que esperan su turno— puedan causar daño en el futuro requerirá algo más que simplemente evaluar y cuestionar su ideología. Necesitamos diagnosticar las fuerzas materiales que permitieron este tipo de concentraciones de poder de clase. ¿Cómo es que personas tan profundamente poco éticas, tan opuestas a las ideas humanas básicas que ven la empatía como un mal social y la introspección como una pérdida de tiempo, llegaron a ejercer poder e influencia sobre la sociedad estadounidense?

Una vía alternativa de investigación habría sido conectar a Musk y el «muskismo» con la historia más amplia de la derecha política global. Ya mencioné el neoliberalismo, pero la tradición fascista del «modernismo reaccionario» también estuvo muy presente en mi mente al leer el libro. Tal como lo teoriza Jeffrey Herf en su clásico libro del mismo título, el modernismo reaccionario se refiere a cómo los pensadores y artistas fascistas abandonaron la tecnofobia que durante mucho tiempo había impregnado a la derecha y llegaron a fetichizar el poder de la tecnología.

Figuras como Ernst Jünger y Oswald Spengler consideraban que el fracaso de Alemania para ganar la Primera Guerra Mundial se debía en gran medida a su incapacidad para superar en producción a los Aliados. La solución era que un gran volk racial pudiera resucitar y empoderarse mediante nuevas tecnologías destructivas que debían ser adoptadas por los nacionalistas reaccionarios recelosos de la asociación de la ciencia con la Ilustración igualitaria. Para estos pensadores de extrema derecha, tecnologías como los cohetes V-2 y los aviones modernos eran armas para que los grandes hombres y guerreros asaltaran los cielos por sí mismos y podían ser una herramienta para reforzar las jerarquías sociales al ayudar a Alemania a esclavizar a vastas franjas de inferiores raciales en su nueva búsqueda de un imperio.

La derecha tecnológica contemporánea es obviamente muy diferente de su contraparte de entreguerras. Musk y compañía son mucho más individualistas, están motivados por el lucro, obsesionados con la cultura de los videojuegos y son, en gran medida, un producto del ecosistema mediático del siglo XXI. Sin embargo, muchas de sus inquietudes —en torno al declive de los blancos y la elevación de supuestos inferiores raciales, las demandas potencialmente militantes de la clase trabajadora por la democracia, la decadencia cultural y la propagación del libertinaje progresista— se hacen eco de las de los modernistas reaccionarios del siglo pasado.

Y hay mucho que decir sobre cómo tanto el modernismo reaccionario fascista como la filosofía moderna de los tech-bros ven en la tecnología un medio para conservar las jerarquías sociales e incluso establecer otras nuevas, en lugar de un medio para empoderar a la gente común y acabar con el elitismo. Les resulta más fácil imaginarnos viviendo como ciborgs en Marte que el fin del capitalismo.

Muskismo es una lectura estimulante y su brevedad y temática deberían granjearle una amplia audiencia. Esto sería algo positivo ya que, como muestran Slobodian y Tarnoff, su filosofía y su impacto son corrosivos. Pero, al final, Musk es solo una persona. Exagerar su importancia corre el riesgo de convertirlo en un villano de la historia mundial, en el espejo oscuro de su autoproclamado papel de salvador de la historia mundial.

El problema no es Musk ni el «muskismo», sino un mundo en el que se exige a la izquierda que se tome en serio a ambos. Nuestro objetivo no debería ser solo deshacernos de Musk el síntoma, sino también del orden social que lo engendró.


Fuente: Jacobin