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miércoles, 1 de abril de 2026

Los valores familiares de Epstein

 

 Por Melinda Cooper   
      Profesora de Sociología en la Universidad de Sídney, Australia. Su investigación está centrada en la bioeconomía y en la relación entre el neoliberalismo y el neoconservadurismo norteamericano.


El depredador sexual estaba fascinado por el transhumanismo y soñaba con propagar su ADN entre la raza humana


     Una de las características más extrañas de la extrema derecha estadounidense contemporánea es la emergencia de los “padres primigenios”, patriarcas del Antiguo Testamento que quieren procrear no solo una familia, sino una raza. Elon Musk es el más conocido de estos Abrahams aspiracionales, aunque no es en absoluto el único.


Valores de la familia Epstein

Un extenso informe del Wall Street Journal documentó el deseo de Musk de engendrar lo que él llama una “legión” de hijos que salvarían a la humanidad de la caída demográfica y transmitirían sus genes superiores en un futuro lejano.

Un cohete de Space X está listo para transportar su semilla más allá de la Tierra en un proceso similar a la panspermia inversa, la teoría de que la vida orgánica llegó a nuestro planeta a través del polvo espacial.


Panespermia.

Actualmente se cree que Musk tiene al menos 14 hijos con cuatro mujeres, cuyos asuntos legales y financieros son gestionados en parte por Jared Birchall, director de su oficina familiar. “Vamos a tener que usar gestantes subrogadas”, escribió Musk en un mensaje de texto a una de ellas, para “alcanzar el nivel de legión antes del apocalipsis”. Como preparación para esta ampliación de operaciones, adquirió un complejo multiresidencial en Austin, Texas.



Ashley St. Clair y el hijo que tuvo con Elon Musk.

El pronatalismo de Silicon Valley es generalmente entendido como eugenésico, una lectura que capta el deseo de purificación racial, pero no el proceso distintivo mediante el cual se persigue la pureza. Los eugenistas estadounidenses “clásicos” de la era progresista buscaban erradicar la anomalía genética, a la que consideraban responsables de la degeneración mental y otras enfermedades sociales.

Por el contrario, Musk y los de su calaña están inmersos en la pseudociencia del transhumanismo, menos preocupados por la eliminación del error que por la exaltación de la desviación excepcional. El patriarca ideal es aquel que rompe con la distribución normal de la inteligencia con su súper coeficiente intelectual. No solo busca preservar el patrimonio genético blanco, sino resucitarlo sobre nuevos nacimientos santificados. Los padres primigenios son venerados como los fundadores de una nueva raza, más que como los antepasados ​​de una antigua.


Dios en la máquina: mi extraño viaje al transhumanismo.

El padre primigenio es la materia del mito. En Tótem y tabú , Freud sugirió que el inconsciente primitivo estaba habitado por un patriarca autoritario y una horda de hijos envidiosos. El padre exige derechos de propiedad exclusiva sobre todas las mujeres, independientemente de su edad y parentesco. Su reinado autocrático solo es sustituido cuando los hermanos se rebelan, lo asesinan y establecen un nuevo régimen en el que las mujeres son propiedad comunitaria. Freud reconoció con franqueza que era una prehistoria falsa. No había ningún subtexto evolutivo o antropológico detrás del mito de la horda primitiva, solo los rastros borrados en la mente de sus pacientes.

Sin embargo, esta fantasía a veces es representada en la vida real. Esto es más evidente en el caso de los líderes de sectas, quienes, con una fascinante previsibilidad, terminan instaurando un régimen de sexo comunitario obligatorio sobre el que ostentan derechos de monopolio absolutos. Ellos también prefieren los complejos a las residencias unifamiliares y, cuando se enfrentan al reto de la sucesión, recurren a fantasías de inmortalidad y deificación. Su normalización del apocalipsis inminente puede leerse como la traducción cósmica de este miedo: a los líderes de sectas les resulta más fácil imaginar el fin del mundo que la pérdida de su poder personal.

No hace falta decir que este ethos está claramente en desacuerdo con los valores familiares tradicionales defendidos por la derecha religiosa (una de las razones de la estrepitosa discordia entre las distintas líneas de la coalición MAGA). Los padres primigenios quieren un hogar ampliado, no una familia. Transgreden con gusto los tabúes conservadores contra el adulterio, el incesto y las relaciones sexuales intergeneracionales porque todos los miembros de su hogar tienen el estatuto de sirvientes, cualquiera sea su parentesco sanguíneo.

Las características distintivas de sus economías domésticas se hacen más evidentes cuando consideramos el caso de Jeffrey Epstein. Al igual que Musk, Epstein estaba fascinado por el transhumanismo y soñaba con propagar su ADN entre la raza humana. En 2008, después de ser condenado por solicitar prostitución a menores, fantaseaba con retirarse a su rancho Zorro en Nuevo México para embarazar hasta a 20 mujeres a la vez. En sus memorias publicadas póstumamente, Nobody’s Girl, Virginia Roberts Giuffre, que a los 16 años fue reclutada por Epstein y su entonces novia Ghislaine Maxwell, relata que sus abusadores le propusieron conservarla como madre sustituta de su futuro hijo, sobre el que ella no tendría ningún derecho de custodia. Le pagarían 200.000 dólares al mes por criar al niño y acompañarlo por todo el mundo para encuentros con Epstein. Temiendo que su hijo fuera abusado, Giuffre elaboró un plan de fuga.

El caso de Epstein es más instructivo que el de Musk porque combina las dos economías de propiedad sexual que Freud distinguió en el inconsciente primitivo: la fratriarcal y la patriarcal. Epstein fue capaz de forjar vínculos firmes con sus compañeros depredadores diciéndoles “lo que es mío es tuyo” y conservando la evidencia fotográfica. En este sentido, estableció un sistema fratriarcal en el que las mujeres jóvenes y las niñas se compartían entre hermanos primigenios como una forma de cohesión social. Pero Epstein también quería conservar al menos a algunas de estas mujeres como su propiedad inalienable. Las madres de sus futuros hijos debían estar en una zona prohibida, secuestradas tras los muros de un complejo inaccesible.

La economía doméstica de Epstein asignaba así a las mujeres a uno de los dos regímenes de propiedad sexual, con algunas pasando del fratriarcado al patriarcado a medida que crecían. Todas las mujeres y niñas son propiedad de un solo hombre, o todas las mujeres y niñas son propiedad de todos los hombres.

2.

Freud consideraba que la horda primitiva pertenecía directamente al reino del inconsciente. Solo salía a la superficie en momentos de transgresión organizada, como los carnavales. Pero no hay nada mediado o subliminal en el deseo de la extrema derecha de Silicon Valley de recrear el conflicto entre padres y hermanos primigenios. De hecho, su principal “filósofo”, Peter Thiel, miembro de la «mafia de PayPal» original, descubrió a Freud por primera vez a través de la obra de René Girard, el filósofo cristiano que dictó clases en Stanford en la década de 1990.

Thiel sigue definiéndose girardiano hasta el día de hoy, pero su lectura de Freud es sui generis. En Zero to One, un resumen de su filosofía empresarial con la extensión de un libro, utiliza Tótem y tabú como un prisma a través del cual analiza la economía política de una empresa de Silicon Valley controlada por sus fundadores. Celebra a los fundadores de startups como hermanos iconoclastas, decididos a derrocar el poder paternal de los monopolios de turno como Google, Amazon o Microsoft. La alianza de los tech bros demostró su poder disruptivo, pero Thiel advierte acertadamente que los roles primigenios no son fijos. Tan pronto como su padre es sacrificado, la hermandad desciende a una competencia asesina, en la que cada hijo afirma su derecho individual a crear un monopolio. “Los fundadores extremos no son nuevos en la historia”, escribe Thiel, señalando a Edipo y Rómulo.

Gracias a la más reciente colección de documentos revelados por el Departamento de Justicia de Estados Unidos, ahora sabemos que Epstein era cercano a las figuras más destacadas de la extrema derecha de Silicon Valley. Después del Brexit, intercambió correos electrónicos con Thiel celebrando el “regreso del tribalismo” y antes de su muerte invirtió millones en las empresas tecnológicas de Thiel. Epstein se habría reconocido a sí mismo en el retrato que Thiel hace del trágico fundador: se veía a sí mismo como alguien que operaba “por encima de la ley” y estaba destinado a crear sus propias leyes. Según Giuffre, interrogaba sin cesar a sus víctimas sobre su infancia en busca de signos de vulnerabilidad, pero era reticente ante cualquier indagación sobre su propia crianza. Epstein, al parecer, venía de la nada, un hijo huérfano. En uno de los artefactos de la última colección del Departamento de Justicia, una entrevista en video grabada por Steve Bannon, se presentaba a sí mismo como un outsider –“Jeffrey Epstein, solo un buen chico”– sin el lastre de las largas biografías que arrastran personajes como Bill Clinton o Paul Volcker.

Si la mitología del padre primigenio es la imagen de la forma de negocio preferida por la nueva élite, también se aplica de otra manera a sus organizaciones domésticas. La referencia adecuada aquí no es la familia nuclear sino la economía doméstica, donde la producción es inseparable de la reproducción y la gestión de los activos empresariales es coextensiva con la preservación de las posesiones familiares.

La extrema riqueza generada desde la crisis financiera mundial reavivó una forma de trabajo que, al menos en el mundo anglosajón, se había vuelto cada vez más infrecuente a mediados del siglo XX: el servicio doméstico a gran escala, a largo plazo y dentro del propio hogar. Pensemos en Palm Beach, donde Trump y Epstein hace tiempo se codeaban y que ahora es el hogar de muchos de los multimillonarios de Estados Unidos (así como de los aliados más cercanos del presidente). En la última década, se mudaron allí el fundador de Blackstone y megadonante republicano Steve Schwarzman, así como Ken Griffin de Citadel, y el gerente de fondos de cobertura Paul Tudor Jones. Otros, como la viuda de David Koch, Julia, y el cofundador de KKR, Henry Kravis, son residentes de larga duración. Sus hogares no son solo domicilios, sino importantes fuentes de empleo, cada uno de ellos atrae a muchísimos trabajadores permanentes y temporarios de las zonas más pobres del condado de Palm Beach y de lugares tan lejanos como Nueva York, Irlanda, Sudáfrica y Rumanía.

Esta forma de servicio doméstico está tácitamente regida por algo parecido a las leyes del “amo y sirviente”, una forma de empleo que en su día otorgaba a los amos un dominio virtual sobre su esfera privada de gobierno y castigaba a los trabajadores con sanciones criminales como el arresto domiciliario, el encarcelamiento e incluso el castigo corporal. Dados el origen de las leyes del amo y el sirviente en la Inglaterra medieval, sería fácil identificar este desarrollo como un retorno al feudalismo, una lectura cada vez más popular de la coyuntura actual, como lo ejemplifica la reciente obra de Yanis Varoufakis.


Tecno-feudalismo. El sigiloso sucesos del capitalismo.

El argumento le debe mucho a Marx, quien insinuó que el servicio doméstico personal se volvería obsoleto a medida que las relaciones feudales dieran paso al libre contrato laboral. Pero recordemos que, contrariamente a las predicciones de Marx, el servicio doméstico se expandió a finales del siglo XIX, no a pesar de sino debido a la creciente concentración de la riqueza industrial y financiera. Además, las relaciones entre amos y sirvientes perduraron hasta bien entrado el siglo XX y resurgieron en las recientes décadas, si no en acuerdos legales formales, al menos en acuerdos de facto.

Estas leyes resultaron especialmente difíciles de eliminar en lo que respecta al trato de los sirvientes domésticos, principalmente mujeres negras: cualquier intento de organización laboral se topaba con el argumento de que eran miembros de la familia y, por lo tanto, estaban expuestos a ser tratados con las mismas formas de abuso que los familiares más cercanos. Aquí nos hacemos una idea clara de la “confusión de categorías” que reina en la economía doméstica. Mientras que la familia nuclear postula una separación ideal entre el hogar y el mercado, la vida personal y la laboral, las leyes sobre amos y sirvientes asumen una fusión completa entre ambas esferas.

Epstein era propietario de múltiples propiedades de gran tamaño –en Palm Beach, Nueva York, París y Nuevo México– así como de una isla privada, Little Saint James. Su nómina incluía a docenas, quizá cientos, de empleados internos, desde asesores legales y guardaespaldas hasta choferes, cocineros, personal de limpieza, jardineros, trabajadores de mantenimiento y “masajistas”. Los visitantes describen una jerarquía de asistentes cuya relación precisa con Epstein –íntima o comercial– a veces era difícil de discernir. Los socios de negocios masculinos como el abogado Alan Dershowitz eran amigos y, según los alegatos de algunas víctimas, participantes ocasionales en crímenes sexuales. En Relentless Pursuit, Bradley J. Edwards, un abogado de Florida que representó a unas 20 víctimas de Epstein, sugiere que un grupo de novias oficiales, típicamente más grandes y más ricas, formaban un círculo íntimo privilegiado y a veces eran cómplices de los abusos. Si la relación terminaba en buenos términos, podían ascender y unirse a Maxwell como proxenetas a tiempo completo de chicas jóvenes.

3.

El origen de la fortuna de Epstein permanece elusivo. Sabemos que trabajó como asesor financiero y planificador patrimonial no calificado para multimillonarios como Les Wexner (Victoria’s Secret), Leon Black (Apollo Global Management) y, según las más recientes revelaciones, el magnate inmobiliario Mortimer Zuckerman y la heredera Ariane de Rothschild. Los extraordinarios honorarios que le pagaban estas personas siguen desafiando cualquier explicación. Lo que sí sabemos es cómo utilizaba Epstein ese dinero: como fondos ilegales para su negocio de mecenazgo a tiempo completo. En sus tratos con otros hombres de la élite, les prometía favores financieros y sexuales. Sus beneficiarios podían recibir financiación para una unidad de investigación junto con una visita aparentemente sin riesgos a la residencia de Epstein, repleta de documentación fotográfica. A cambio, se esperaba que le aseguraran el acceso a círculos de influencia cada vez más altos.

Tanto financiera como sexualmente, Epstein vinculó su reputación a la de sus beneficiarios. Cualquier daño a su nombre inevitablemente mancharía el de ellos. Durante muchos años, este acuerdo se tradujo en una inmunidad legal virtual. En 2008, los fiscales federales fracasaron en el intento de presentar cargos completos por tráfico sexual contra él, a pesar del testimonio de 36 mujeres jóvenes.

Epstein se presentaba como un mecenas incluso ante sus jóvenes víctimas. A las estudiantes que recogía en Nueva York les prometía fondos para cubrir los gastos de matrícula en universidades de la Ivy League o una buena recomendación ante el propietario de una famosa galería de arte. Las adolescentes de los parques de casas rodantes de West Palm Beach podían convertirse en masajistas profesionales o, como mínimo, en reclutadoras a tiempo completo de otras chicas. (La fugitiva Giuffre iba a recibir formación profesional como masajista en la escuela más prestigiosa de Tailandia). Muchas víctimas veían su patrocinio como una alternativa económica genuina. Según el abogado Edwards, varias de las víctimas a las que representó fueron abusadas durante su infancia o procedían de hogares violentos. Algunas estaban sinceramente agradecidas de que Epstein las hubiera rescatado del trabajo sexual mal remunerado.

No se trataba solo de los 100 dólares por una primera sesión de “masaje”: Epstein también prometía una especie de trayectoria profesional. Sin embargo, el patrocinio sexual se convirtió rápidamente en servidumbre sexual: aunque era generoso con sus pequeños regalos, nunca cumplió sus grandes promesas. El objetivo era mantener a sus víctimas en un estado de endeudamiento permanente.

Debido a que Epstein involucraba a casi todas las personas con las que se relacionaba en lazos proliferantes de obligaciones y dependencias, la tarea de asignar culpas resulta extrañamente difícil. Es probable que todo su personal doméstico fuera cómplice, en mayor o menor medida, de sus abusos sexuales. Muchos de ellos debían tener conocimiento directo de lo que sucedía: el famoso cocinero que recibía a las jóvenes en la cocina antes de que subieran las escaleras, los chóferes que llevaban a Maxwell por Nueva York mientras buscaba estudiantes, la empleada doméstica que limpiaba las habitaciones y los baños. Incluso las víctimas más modestas de Epstein supuestamente podían escapar de las peores formas de abuso reclutando a otras chicas. Más de una describió la economía doméstica de Epstein como un elaborado esquema piramidal en el que se animaba a las participantes a verse a sí mismas como contratistas independientes, libres de dirigir sus propios “pequeños negocios” en la moda o el arte, siempre y cuando también cumplieran con las necesidades de reclutamiento del amo. ¿En qué momento el interés propio dependiente se convirtió en complicidad?

En sus declaraciones ante la policía y la fiscalía, las víctimas llaman la atención sobre la asombrosa familiaridad que Epstein y Maxwell creaban en medio de los abusos más horribles. Una chica comió pochoclo y vio Sex and the City con ellos antes de ser agredida. Según otro testigo, Maxwell se comportaba como una hermana mayor genial, introduciendo a sus hermanos en un mundo de sofisticación adulta.

Los lazos de parentesco, a diferencia de las relaciones del libre mercado, evocan una forma de obligación no contractual, un vínculo que no se puede disolver fácilmente a cambio de dinero. La economía doméstica extiende estas obligaciones no contractuales tanto a los trabajadores como a los miembros de la familia, borrando la distinción fundamental entre ambos (aunque no las jerarquías internas). Una antigua víctima tuvo problemas para escapar de Epstein porque se sentía en deuda con él como “amigo, figura paterna, empleador y amo”. Giuffre relata que Epstein y Maxwell actuaban como sus padres, proporcionándole atención dental y enseñándole modales en la mesa.

Sin embargo, en otras ocasiones, Virginia era como una madre para él, le ponía las medias a la mañana y lo metía en la cama a la noche. “Epstein y Maxwell consolidaron su poder sobre mí ofreciéndome un nuevo tipo de familia”, escribe. “Epstein era el patriarca, Maxwell la matriarca, y estos roles no eran meramente implícitos. A Maxwell le gustaba llamar a las chicas que atendían regularmente a Epstein sus ‘hijas’”. Los lazos emocionales que la unían a Epstein se sentían reales: “No era exactamente amor, pero creo que la palabra adecuada es lealtad”.

Sin embargo, la deuda no era reversible. Epstein podía romper los lazos con cualquier miembro de su hogar a voluntad, pero nadie podía hacer lo mismo, especialmente sus jóvenes víctimas. Giuffre emigró a Australia para escapar, pero seguía “muerta de miedo” de él. Muchas otras mujeres testificaron que Epstein y Maxwell las amenazaron con matarlas si intentaban escapar o denunciaban los abusos.

4.

Puede que la familia Epstein haya alcanzado extremos de sadismo, pero su economía política se vuelve menos excepcional hoy en día. Cuando un solo individuo dispone de más dinero que una agencia gubernamental que concede subvenciones o una universidad dedicada a la investigación, el impacto en la producción de conocimiento y las relaciones académicas es profundo. El mismo efecto dominó se puede observar en el sector de los servicios y la vivienda, ya que los complejos de los multimillonarios comienzan a moldear el futuro de economías urbanas enteras. Sin duda, la empresa familiar de Epstein era única por su auténtica complejidad organizativa, pero el tipo de obligación personal y de endeudamiento que inspiraba entre sus dependientes es ahora una característica estándar de la economía familiar de los multimillonarios.

Esta reflexión ayuda a aclarar el papel catalizador que admite el movimiento #MeToo en nuestro actual ciclo de reacción conservadora. Es difícil llevar la cuenta de los hombres de todo el espectro político que en los últimos años experimentaron conversiones arrepentidas a la extrema derecha trumpista. Cuando se les pide que expliquen su cambio de opinión, señalan repetidamente anécdotas de agresiones sexuales que parecen demasiado triviales, por no decir ridículas, como para haber provocado una sensación de colapso histórico mundial. La aparente discrepancia tiene más sentido cuando recordamos que el #MeToo se originó en un sector particular de la industria cinematográfica: el mundo altamente personalizado de los estudios privados de cine independiente. Como cofundador de Miramax y The Weinstein Company, Harvey Weinstein era el producto de una peculiar sociedad controlada por sus fundadores estilos en la que los propietarios-gerentes gozan de un poder desenfrenado sobre su personal y sus clientes. El movimiento #MeToo representó un ataque directo a su poder sexual y económico combinado. No es una sorpresa que Epstein y Weinstein fueran amigos. O que hombres de todo el espectro político contactaron a Epstein en busca de consejo cuando lidiaban con acusación de abuso sexual después del #MeToo.

Gracias a nuestra creciente reflexión sobre el mundo de Epstein, obtuvimos una imagen más clara de la lógica psíquica y económica de la extrema derecha contemporánea. Al igual que Epstein quería cerrar todas las vías de escape a sus víctimas femeninas, Trump y sus reaccionarios tecnológicos quieren acabar con todas las alternativas a la economía doméstica y convertir la presidencia en una empresa familiar controlada por su fundador. Los ataques al Estado administrativo, al sector público y a los sindicatos, así como la transformación de los agentes de control fronterizo en una milicia personal, pueden entenderse como parte de un programa más amplio para extender la regla del amo y el sirviente a toda la economía. Quizás si todos nos convertimos en conductores de Uber, vendedores tercerizados de Amazon, contratistas comerciales de magnates inmobiliarios o académicos que le suplican a los multimillonarios, ¿entonces el fundador estará a salvo del sacrificio colectivo?

Las víctimas de Epstein experimentaron la regla del amo y sirviente no solo como violencia económica sino también sexual. Fueron las primeras en nombrar y resistir nuestro orden político emergente.


Fuente: Ctxt

sábado, 19 de julio de 2025

El fantasma de Epstein persigue a Trump: Cuando las teorías conspirativas devoran a sus creadores

 

 Por Bruno Sgarzini   
      Periodista argentino especializado en asuntos internacionales.


     “Tenemos una Administración PERFECTA, DE LA QUE HABLA TODO EL MUNDO, y ‘gente egoísta’ está tratando de perjudicarla, todo por un tipo que nunca acaba de morir, Jeffrey Epstein”, escribió Donald Trump en su red Truth Social como una forma de acallar la cada vez más abiertas críticas a su Administración por el cierre del caso Epstein sin nuevas revelaciones que comprueben las teorías conspirativas alrededor del antiguo amigo de Trump.

El llamado de Trump a cerrar filas se vincula a las críticas del mundo MAGA contra el memorándum del Departamento de Justicia y el FBI que establece que no hay pruebas sobre el asesinato de Epstein, en una cárcel federal, ni tampoco una lista de sus “clientes”, ni pruebas de su liderazgo de una red de “chantaje sexual” a políticos y empresarios. Entre los principales apuntados por los influencers MAGA está Pam Bondi, la jefa del Departamento de Justicia, y Kash Patel, el jefe del FBI conocido por haber sido uno de los principales promotores de las teorías de la conspiración alrededor del caso Epstein y sus vínculos con el establishment del partido demócrata. Bondi, además, es conocida por no haber investigado a Epstein cuando fue fiscal del estado de La Florida, uno de los epicentros de la operación del reconocido pedófilo.

En un escueto memorándum de dos páginas, el FBI y el Departamento de Justicia sostuvieron que no se encontró una "lista de clientes" incriminatoria, evidencia creíble de que Epstein chantajeara a personas prominentes, ni se descubrió evidencia que justificase investigaciones contra terceros. Para sostener esto, ambas instituciones se basan en la revisión, 300 gigabytes de datos y evidencia física, donde se incluye imágenes de Epstein, víctimas menores de edad, y más de 10,000 videos e imágenes de material de abuso sexual infantil. Además, las dos instituciones concluyeron que Epstein se suicidó en una celda de una prisión en Manhattan en base a la autopsia de su cuerpo y las grabaciones de la prisión, publicadas en un metraje de 11 horas por las autoridades. Por todo esto, las autoridades informaron que no publicarán ningún material adicional sobre el caso para “proteger a las víctimas”, dado, además, de que muchos videos, y fotos, representan pornografía infantil. “Una de nuestras mayores prioridades es combatir la explotación infantil y hacer justicia a las víctimas. Perpetuar teorías infundadas sobre Epstein no contribuye a ninguno de esos fines", sentenció el memorándum. El caso empieza y termina, según las autoridades, en el banquero y su esposa, Ghislaine Maxwell, como si fueran solo dos manzanas podridas de un árbol lleno de vida.

El extraño giro en la causa se dio luego de que a principio de año, la oficina de Bondi repartiera archivos del caso a influencers de extrema derecha después de una larga campaña para que se liberaran estos archivos. La narrativa del caso Epstein, sostenida por comunicadores como Tucker Carlston, Steve Bannon o el inefable Alex Jones de Infowars, es que toda la historia detrás del antiguo banquero revela los entresijos entre la inteligencia israelí, el mundo criminal la familia Clinton, y oscuros financistas detrás del famoso Estado Profundo. Algunos teóricos, como los de la secta Qanom, incluso han hablado de que Epstein pertenecía a una red de pederastas satánicos, vinculados al partido demócrata, que bebían sangre y cometían delitos, como abuso infantil y tráfico, sexual en los sótanos de pizzerías y fiestas privadas. Por eso, todos estos teóricos sostienen que fue asesinado, en su celda, para tapar las revelaciones que pudiera dar de su lista de clientes.

Por lo que la reacción del mundo MAGA fue inmediata. “El Departamento de Justicia está encubriendo a la CIA y al Mossad. ¡¡¡NADIE SE LO CREE!!!. Acabarán diciendo en el Departamento de Justicia que en realidad, Jeffrey Epstein ni siquiera existió. Esto es repugnante”, dijo, entre lágrimas, Alex Jones en un video filmado dentro de uno de sus autos. Mientras que Laura Loomer, una influencer responsable del despido de varios funcionarios trumpistas por haber financiado, en el pasado, políticos demócrata, pidió la cabeza de la fiscal Pam Bondi, abogada personal de Trump y exjefa del Departamento de Justicia de La Florida (uno de los estados donde Epstein cometió la mayoría de sus casos de abuso y tráfico sexual). “Cuando la gente votó por el presidente Trump, la divulgación de los archivos de Epstein fue algo que se prometió a la base. Ahora está descontenta y creo que este problema no desaparecerá. El presidente Trump debería despedir a Blondi por crear un lastre para su administración”, declaró después del memorándum.


Alex Jones rompe a llorar por el último informe de Trump sobre Epstein.

Mientras que Tucker Carlson sostuvo que las investigaciones sobre el caso no han llegado al “fondo del asunto” porque, en realidad, es posible que “Epstein fuera una agente de inteligencia israelí”. Para Steve Bannon, el antiguo estratega de Trump que asesoró a Epstein y su socio, el exprimer ministro israelíe Ehud Barak, en la primera parte del escándalo, el “filántropo” es la llave para conocer “tantas cosas, no solo individuos, sino también de instituciones de inteligencia, gobiernos extranjeros y quienes trabajaban con él en nuestro aparato de seguridad y en nuestro gobierno”. Bannon tiene quince horas de entrevistas con Epstein que aún no han salido a la luz de los tiempos cuando lo asesoró para salir en el programa 60 minutos de la cadena de televisión CBC, según el libro Too Famous: The Rich, the Powerful, the Wishful, the Notorious, the Damned de Michael Wolf.


Steve Bannon entrenó a Jeffrey Epstein para que pareciera "amistoso" y "comprensivo" en televisión.


Otro de los máximos funcionarios criticados fue el jefe del FBI, Kash Patel, quien, antes de asumir el cargo, había dicho que si “el FBI protegía al mayor pederasta de la historia era por quién estaba en su lista de clientes". En línea, surgió la acusación de que su cambio de postura respecto al caso tenía que ver con su relación con Alexis Wilkins, una cantante country de 26 años, que forma parte de la empresa de medios conservadora PragerU, liderada por Marissa Streit, exoficial de las Fuerzas de Defensa de Israel. 



“Wilkins presuntamente es agente del MOSSAD. Es 20 años menor que él y está acusada de ser una seductora. A ella le interesa suprimir los archivos de Epstein para proteger a gente muy poderosa”, escribió la cuenta @Kremlintrolls en un tuit compartido por diversas cuentas MAGA. Patel, de forma irónica, es víctima del mismo método de guerra comunicacional de desprestigio que tanto tiempo practicó desde la oposición.




El caso se ha convertido en una “bomba sucia” a tal nivel que hasta su segundo en el FBI, el subsecretario Dan Bongino, está cerca de renunciar después de enfrentarse con la fiscal Pam Bondi en una reunión cerrada en la Casa Blanca a principio de la semana pasada, según New York Times. Bondi acusó a Bongino, uno de los principales promotores de las teorías alrededor de Epstein, de filtrar información de la investigación sobre el caso a los medios conservadores y de extrema derecha del mundo trumpista. Para contener la crisis, el propio Trump salió a desmentir la renuncia de Bongino y calificó el caso Epstein como una teoría de la conspiración creada por Hillary Clinton y Barack Obama, en una clara reversión de los hechos que sonrojaría hasta las bandas tributos hacedoras de covers musicales.



Dan Bongino, ahora subdirector del FBI, durante una audiencia en Washington en 2020.


Inconsistencias, deliberadas omisiones y agujeros narrativos en un oscuro caso.

Desde el memorándum han surgido otras inconsistencias que también afectan la credibilidad de las conclusiones alcanzadas por las autoridades. La revista The Wired, por ejemplo, reveló que el video publicado sobre los momentos previos al suicidio de Epstein fue editado con el software de edición de Adobe Premier, según los macrodatos del video revisados por expertos forenses consultados por el medio. Sin embargo, “es posible que el video simplemente se haya procesado para su divulgación pública mediante el software disponible, sin modificaciones más allá de la unión de dos clips”. Esto no es lo más llamativo sino que en la filmación, que comprobaría que nadie entró a la celda de magnate antes de su muerte, faltan casi tres minutos de grabación.


Jeffrey Epstein

La fiscal Bondi “atribuyó uno de los minutos faltantes a una falla en el ciclo diario del sistema de vigilancia, afirmando que falta un minuto en la grabación de cada noche”. Por supuesto, la inconsistencia alimenta aún las teorías de la conspiración, dado que en el momento del suicidio de Epstein solo funcionaban la mitad de las 150 cámaras de vigilancia del centro de reclusión de Manhattan debido a un “error técnico”, según un informe del 2023 de la Oficina del Inspector General. “El sistema estaba programado para reparaciones el 9 de agosto, la noche anterior al hallazgo del cadáver de Epstein. Sin embargo, el técnico asignado para repararlo no pudo acceder al equipo necesario porque el funcionario de prisiones encargado de escoltarlo estaba a punto de terminar su turno”, de acuerdo a The Wire.



Pero muchas preguntas han quedado sin respuestas sobre la red de Epstein que abarcó más de mil víctimas, según el Departamento de Justicia y el FBI. Una de ellas son las acusaciones, por ejemplo, de Virginia Giuffre y Jane Doe (seudónimo para una víctima protegida) sobre que el magnate y su esposa, Ghislaine Maxwell, lideraban una red de chantaje sexual. Giuffre, por ejemplo sostuvo que en el verano que cumplió 17 años fue persuadida por la pareja “para dejar su trabajo como asistente de spa en el club Mar-a-Lago de Trump para convertirse en "masajista" de Epstein, un trabajo que implicaba realizar actos sexuales”. En uno de los documentos judiciales, liberados por la jueza Loretta Preska, los abogados de una de las víctimas, Bradley Edwards y Paul G. Cassell, afirmaron que: “Epstein también traficó sexualmente a la entonces menor Jane Doe, poniéndola a disposición para tener relaciones sexuales con personas con conexiones políticas y financieramente poderosas. Los propósitos de Epstein al "prestar" a Jane Doe (junto con otras niñas) a personas tan poderosas eran para congraciarse con ellos para obtener beneficios comerciales, personales, políticos y financieros, así como para obtener información potencial para chantaje".


Ghislaine Maxwell conversa con su hermano, Kevin, durante su juicio.


Después están los interrogantes sobre los sistemas de cámaras de vigilancia en su residencia en Palm Beach, Florida, y su mansión de cuatro pisos de Manhattan, donde se realizaban la mayoría de sus fiestas con celebridades, políticos, empresarios y banqueros junto a menores de edad. Las fallas en la investigación judicial como la desaparición y reaparición del material de la caja de fuerte de Epstein en esta mansión que contenía CD, joyas, discos duros (se presume con los vídeos de las 12 habitaciones de la casa), diamantes sueltos, pasaportes y grandes cantidades de dinero. También había un pasaporte de un país extranjero con una fotografía de Epstein con otro nombre, según los investigadores.

Luego están las turbias conexiones del magnate y su esposa, Ghislaine Maxwell. La mansión de la pareja, originalmente, fue comprada por Leslie Wexner, propietario de Limited y de Victoria's Secret. Epstein manejó su dinero en los 80 y 90 cuando Limited estuvo involucrado, por ejemplo, en la liquidación de la empresa Southern Air Transport, relacionada a los vuelos organizados por la Agencia Central de Inteligencia para armar a la Contra nicaragüense en Honduras. Wexner era uno de de cinco administradores clave de los flujos de efectivo del crimen organizado en los Estados Unidos, según Catherine Austin Fitts, ex banquera de inversiones y funcionaria del gobierno, que ha investigado exhaustivamente la intersección del crimen organizado, los mercados negros, Wall Street y el gobierno en la economía estadounidense. En una investigación federal también se lo nombró como parte de una red de lavado de dinero. “Desde que Leslie Wexner apareció en su vida —Epstein ha dicho que fue en 1986; otros dicen que fue en 1989, como mínimo—, ganó aceptación en el establishment, de una forma que generalmente no ha llegado a los titulares. Fue miembro de diversas comisiones y consejos: forma parte de la Comisión Trilateral, el Consejo de Relaciones Exteriores y el Instituto de Educación Internacional”, según un reportaje de la periodista Victoria Ward en la revista Vanity Fair.

Con estas conexiones, el modus operandi de Epstein para la periodista Whitney Webb, autora del libro Una Nación Bajo Chantaje, era similar a la red de chantaje sexual dirigida por el mafioso italoamericano Lewis Rosenstiel y su empleado Roy Cohn: dedicada a realizar fiestas con menores y figuras importantes que, luego, quedaban inmortalizadas en grabaciones y fotos. La información sensible luego era usada como elementos de extorsión por la mafia y, a veces, por los servicios de inteligencia con los que la mafia tenía buena relación. Entre los años 50 y 80, Roy Cohn era el Jeffrey Epstein de la época con fiestas organizadas en la suite “233” del Hotel Plaza en Manhattan. “El trabajo de Cohn era dirigir a los niños pequeños”, según el ex detective de la policía de Nueva York y ex jefe de la División de Trata de Personas y Delitos Relacionados con Vicio del departamento , James Rothstein.


Demasiado grande para quebrar: la investigación de Epstein.

Cohn había saltado a la fama en los 50 como asesor del congresista Joseph McCarthy, justo en el momento que protagonizaba una “cruzada anticomunista” que llevaría su nombre. “Entre sus amigos se encontraban importantes personalidades de los medios como Barbara Walters , ex directores de la CIA, Ronald Reagan y su esposa Nancy , los magnates de los medios Rupert Murdoch y Mort Zuckerman, numerosas celebridades , abogados destacados como Alan Dershowitz , figuras destacadas de la Iglesia católica y destacadas organizaciones judías como como B. 'nai B'rith y el Congreso Judío Mundial”.




Otra cuestión llamativa la señala Thomas Volscho, profesor de sociología del College of Staten Island e investigador del caso Epstein: “el magnate dirigía organizaciones benéficas para Wexner, su principal cliente, y luego dirigía sus propias organizaciones benéficas, y siempre tenían donaciones de 9 o 10 millones de dólares circulando a su alrededor. Siempre sospeché, pero no me atreví a investigar, que estaba malversando fondos”. Una investigación del medio estadounidense NBC encontró, por ejemplo, que varias donaciones, anunciadas por la fundación Epstein, nunca llegaron a instituciones como el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, Universidad de Duke, la Universidad Estatal de Ohio y la Ópera Metropolitana y la Fundación Elton John contra el SIDA.

Después están, por supuesto, sus supuestos vínculos con los servicios de inteligencia. Cuando, en los inicios de la primera Administración Trump, Alexander Acosta, nombrado secretario de Trabajo, fue interrogado acerca de la razón por la que había hecho un acuerdo judicial con Epstein, como Fiscal de La Florida, que lo había liberado de pasar varios años en la cárcel por haber explotado 36 menores, respondió que “alguien de arriba le dijo que lo hiciera” porque el banquero “trabajaba para los servicios de inteligencia”. El periodista británico Nigel Rosser informó en enero de 2001 en el Evening Standard que Epstein había afirmado que él había trabajado para la CIA durante los años 80 y 90. “Epstein tiene licencia para portar un arma oculta, alguna vez afirmó haber trabajado para la CIA, aunque ahora lo niega, y posee propiedades en todo Estados Unidos. Una vez llegó a la casa londinense de un traficante de armas británico trayendo un regalo: una pistola antidisturbios de acción de bomba de la policía de Nueva York. 'Dios sabe cómo llegó al país', dijo un amigo”, escribió Rosser en un articulo borrado por el periódico británico.

Pero el vínculo más comentado es el del padre de su esposa, Robert Maxwell, propietario de grandes pulpos mediáticos, como el Mirror y Pergamon Press, quien fue enterrado en 1991 en un funeral en el cementerio del Monte de los Olivos de Jerusalén, frente al Muro de las Lamentaciones, con la presencia de los por entonces primer ministro, Yitzhak Shamir, el presidente Chaim Herzog y Ariel Sharon, según un reportaje de The Washington Post titulado Israel le da a Maxwell una despedida digna de un héroe. Maxweell, un antiguo colaborador de los servicios de inteligencia británicos durante la Segunda Guerra Mundial, fue señalado por el periodista Seymour Hersh de colaborar con el Mossad, el servicio de inteligencia israelí, en el secuestro del técnico nuclear Mordecai Vanunu, responsable de revelar el programa nuclear de Tel Aviv. También ha sido acusado de comercializar a el software Promis, sobre el que pesan sospechas de haber sido utilizado por Israel para espiar a los países compradores.




Epígrafe: Robert Maxwell junto a Ariel Sharon, ministro de Defensa y primer ministro de Israel.

Fuente: Bruno Sgarzini