Profesora
de Sociología en la Universidad de Sídney, Australia. Su
investigación está centrada en la bioeconomía y en la relación
entre el neoliberalismo y el neoconservadurismo norteamericano.
El
depredador sexual estaba fascinado por el transhumanismo y soñaba
con propagar su ADN entre la raza humana
Una
de las características más extrañas de la extrema derecha
estadounidense contemporánea es la emergencia de los “padres
primigenios”, patriarcas del Antiguo Testamento que quieren
procrear no solo una familia, sino una raza. Elon Musk es el más
conocido de estos Abrahams aspiracionales, aunque no es en absoluto
el único.
Valores de la familia Epstein
Un extenso informe del Wall
Street Journal documentó
el deseo de Musk de engendrar lo que él llama una “legión” de
hijos que salvarían a la humanidad de la caída demográfica y
transmitirían sus genes superiores en un futuro lejano.
Un
cohete de Space X está listo para transportar su semilla más allá
de la Tierra en un proceso similar a la panspermia inversa,
la teoría de que la vida orgánica llegó a nuestro planeta a través
del polvo espacial.
Panespermia.
Actualmente
se cree que Musk tiene al menos 14 hijos con cuatro mujeres, cuyos
asuntos legales y financieros son gestionados en parte por Jared
Birchall, director de su oficina familiar. “Vamos a tener que usar
gestantes subrogadas”, escribió Musk en un mensaje de texto a una
de ellas, para “alcanzar el nivel de legión antes del
apocalipsis”. Como preparación para esta ampliación de
operaciones, adquirió un complejo multiresidencial en Austin, Texas.
Ashley St. Clair y el hijo que tuvo con Elon Musk.
El
pronatalismo de Silicon Valley es generalmente entendido como
eugenésico, una lectura que capta el deseo de purificación racial,
pero no el proceso distintivo mediante el cual se persigue la pureza.
Los eugenistas estadounidenses “clásicos” de la era progresista
buscaban erradicar la anomalía genética, a la que consideraban
responsables de la degeneración mental y otras enfermedades
sociales.
Por el contrario, Musk y los de su calaña están inmersos
en la pseudociencia del transhumanismo,
menos preocupados por la eliminación del error que por la exaltación
de la desviación excepcional. El patriarca ideal es aquel que rompe
con la distribución normal de la inteligencia con su súper
coeficiente intelectual. No solo busca preservar el patrimonio
genético blanco, sino resucitarlo sobre nuevos nacimientos
santificados. Los padres primigenios son venerados como los
fundadores de una nueva raza, más que como los antepasados de
una antigua.
Dios en la máquina: mi extraño viaje al transhumanismo.
El
padre primigenio es la materia del mito. En Tótem
y tabú ,
Freud sugirió que el inconsciente primitivo estaba habitado por un
patriarca autoritario y una horda de hijos envidiosos. El padre exige
derechos de propiedad exclusiva sobre todas las mujeres,
independientemente de su edad y parentesco. Su reinado autocrático
solo es sustituido cuando los hermanos se rebelan, lo asesinan y
establecen un nuevo régimen en el que las mujeres son propiedad
comunitaria. Freud reconoció con franqueza que era una prehistoria
falsa. No había ningún subtexto evolutivo o antropológico detrás
del mito de la horda primitiva, solo los rastros borrados en la mente
de sus pacientes.
Sin
embargo, esta fantasía a veces es representada en la vida real. Esto
es más evidente en el caso de los líderes de sectas, quienes, con
una fascinante previsibilidad, terminan instaurando un régimen de
sexo comunitario obligatorio sobre el que ostentan derechos de
monopolio absolutos. Ellos también prefieren los complejos a las
residencias unifamiliares y, cuando se enfrentan al reto de la
sucesión, recurren a fantasías de inmortalidad y deificación. Su
normalización del apocalipsis inminente puede leerse como la
traducción cósmica de este miedo: a los líderes de sectas les
resulta más fácil imaginar el fin del mundo que la pérdida de su
poder personal.
No
hace falta decir que este ethos está
claramente en desacuerdo con los valores familiares tradicionales
defendidos por la derecha religiosa (una de las razones de la
estrepitosa discordia entre las distintas líneas de la coalición
MAGA). Los padres primigenios quieren un hogar ampliado, no una
familia. Transgreden con gusto los tabúes conservadores contra el
adulterio, el incesto y las relaciones sexuales intergeneracionales
porque todos los miembros de su hogar tienen el estatuto de
sirvientes, cualquiera sea su parentesco sanguíneo.
Las
características distintivas de sus economías domésticas se hacen
más evidentes cuando consideramos el caso de Jeffrey Epstein. Al
igual que Musk, Epstein estaba fascinado por el transhumanismo y
soñaba con propagar su ADN entre la raza humana. En 2008, después
de ser condenado por solicitar prostitución a menores, fantaseaba
con retirarse a su rancho Zorro en Nuevo México para embarazar hasta
a 20 mujeres a la vez. En sus memorias publicadas
póstumamente, Nobody’s
Girl,
Virginia Roberts Giuffre, que a los 16 años fue reclutada por
Epstein y su entonces novia Ghislaine Maxwell, relata que sus
abusadores le propusieron conservarla como madre sustituta de su
futuro hijo, sobre el que ella no tendría ningún derecho de
custodia. Le pagarían 200.000 dólares al mes por criar al niño y
acompañarlo por todo el mundo para encuentros con Epstein. Temiendo
que su hijo fuera abusado, Giuffre elaboró un plan de fuga.
El
caso de Epstein es más instructivo que el de Musk porque combina las
dos economías de propiedad sexual que Freud distinguió en el
inconsciente primitivo: la fratriarcal y la patriarcal. Epstein fue
capaz de forjar vínculos firmes con sus compañeros depredadores
diciéndoles “lo que es mío es tuyo” y conservando la evidencia
fotográfica. En este sentido, estableció un sistema fratriarcal en
el que las mujeres jóvenes y las niñas se compartían entre
hermanos primigenios como una forma de cohesión social. Pero Epstein
también quería conservar al menos a algunas de estas mujeres como
su propiedad inalienable. Las madres de sus futuros hijos debían
estar en una zona prohibida, secuestradas tras los muros de un
complejo inaccesible.
La
economía doméstica de Epstein asignaba así a las mujeres a uno de
los dos regímenes de propiedad sexual, con algunas pasando del
fratriarcado al patriarcado a medida que crecían. Todas las mujeres
y niñas son propiedad de un solo hombre, o todas las mujeres y niñas
son propiedad de todos los hombres.
2.
Freud
consideraba que la horda primitiva pertenecía directamente al reino
del inconsciente. Solo salía a la superficie en momentos de
transgresión organizada, como los carnavales. Pero no hay nada
mediado o subliminal en el deseo de la extrema derecha de Silicon
Valley de recrear el conflicto entre padres y hermanos primigenios.
De hecho, su principal “filósofo”, Peter Thiel, miembro de la
«mafia de PayPal» original, descubrió a Freud por primera vez a
través de la obra de René Girard, el filósofo cristiano que dictó
clases en Stanford en la década de 1990.
Thiel
sigue definiéndose girardiano hasta el día de hoy, pero su lectura
de Freud es sui
generis.
En Zero
to One,
un resumen de su filosofía empresarial con la extensión de un
libro, utiliza Tótem
y tabú como
un prisma a través del cual analiza la economía política de una
empresa de Silicon Valley controlada por sus fundadores. Celebra a
los fundadores de startups como
hermanos iconoclastas, decididos a derrocar el poder paternal de los
monopolios de turno como Google, Amazon o Microsoft. La alianza de
los tech
bros demostró
su poder disruptivo, pero Thiel advierte acertadamente que los roles
primigenios no son fijos. Tan pronto como su padre es sacrificado, la
hermandad desciende a una competencia asesina, en la que cada hijo
afirma su derecho individual a crear un monopolio. “Los fundadores
extremos no son nuevos en la historia”, escribe Thiel, señalando a
Edipo y Rómulo.
Gracias
a la más reciente colección de documentos revelados por el
Departamento de Justicia de Estados Unidos, ahora sabemos que Epstein
era cercano a las figuras más destacadas de la extrema derecha de
Silicon Valley. Después del Brexit, intercambió correos
electrónicos con Thiel celebrando el “regreso del tribalismo” y
antes de su muerte invirtió millones en las empresas tecnológicas
de Thiel. Epstein se habría reconocido a sí mismo en el retrato que
Thiel hace del trágico fundador: se veía a sí mismo como alguien
que operaba “por encima de la ley” y estaba destinado a crear sus
propias leyes. Según Giuffre, interrogaba sin cesar a sus víctimas
sobre su infancia en busca de signos de vulnerabilidad, pero era
reticente ante cualquier indagación sobre su propia crianza.
Epstein, al parecer, venía de la nada, un hijo huérfano. En uno de
los artefactos de la última colección del Departamento de Justicia,
una entrevista en video grabada por Steve Bannon, se presentaba a sí
mismo como un outsider –“Jeffrey
Epstein, solo un buen chico”– sin el lastre de las largas
biografías que arrastran personajes como Bill Clinton o Paul
Volcker.
Si
la mitología del padre primigenio es la imagen de la forma de
negocio preferida por la nueva élite, también se aplica de otra
manera a sus organizaciones domésticas. La referencia adecuada aquí
no es la familia nuclear sino la economía doméstica, donde la
producción es inseparable de la reproducción y la gestión de los
activos empresariales es coextensiva con la preservación de las
posesiones familiares.
La
extrema riqueza generada desde la crisis financiera mundial reavivó
una forma de trabajo que, al menos en el mundo anglosajón, se había
vuelto cada vez más infrecuente a mediados del siglo XX: el servicio
doméstico a gran escala, a largo plazo y dentro del propio hogar.
Pensemos en Palm Beach, donde Trump y Epstein hace tiempo se codeaban
y que ahora es el hogar de muchos de los multimillonarios de Estados
Unidos (así como de los aliados más cercanos del presidente). En la
última década, se mudaron allí el fundador de Blackstone y
megadonante republicano Steve Schwarzman, así como Ken Griffin de
Citadel, y el gerente de fondos de cobertura Paul Tudor Jones. Otros,
como la viuda de David Koch, Julia, y el cofundador de KKR, Henry
Kravis, son residentes de larga duración. Sus hogares no son solo
domicilios, sino importantes fuentes de empleo, cada uno de ellos
atrae a muchísimos trabajadores permanentes y temporarios de las
zonas más pobres del condado de Palm Beach y de lugares tan lejanos
como Nueva York, Irlanda, Sudáfrica y Rumanía.
Esta
forma de servicio doméstico está tácitamente regida por algo
parecido a las leyes del “amo y sirviente”, una forma de empleo
que en su día otorgaba a los amos un dominio virtual sobre su esfera
privada de gobierno y castigaba a los trabajadores con sanciones
criminales como el arresto domiciliario, el encarcelamiento e incluso
el castigo corporal. Dados el origen de las leyes del amo y el
sirviente en la Inglaterra medieval, sería fácil identificar este
desarrollo como un retorno al feudalismo, una lectura cada vez más
popular de la coyuntura actual, como lo ejemplifica la reciente obra
de Yanis
Varoufakis.
Tecno-feudalismo. El sigiloso sucesos del capitalismo.
El
argumento le debe mucho a Marx, quien insinuó que el servicio
doméstico personal se volvería obsoleto a medida que las relaciones
feudales dieran paso al libre contrato laboral. Pero recordemos que,
contrariamente a las predicciones de Marx, el servicio doméstico se
expandió a finales del siglo XIX, no a pesar de sino debido a la
creciente concentración de la riqueza industrial y financiera.
Además, las relaciones entre amos y sirvientes perduraron hasta bien
entrado el siglo XX y resurgieron en las recientes décadas, si no en
acuerdos legales formales, al menos en acuerdos de
facto.
Estas
leyes resultaron especialmente difíciles de eliminar en lo que
respecta al trato de los sirvientes domésticos, principalmente
mujeres negras: cualquier intento de organización laboral se topaba
con el argumento de que eran miembros de la familia y, por lo tanto,
estaban expuestos a ser tratados con las mismas formas de abuso que
los familiares más cercanos. Aquí nos hacemos una idea clara de la
“confusión de categorías” que reina en la economía doméstica.
Mientras que la familia nuclear postula una separación ideal entre
el hogar y el mercado, la vida personal y la laboral, las leyes sobre
amos y sirvientes asumen una fusión completa entre ambas esferas.
Epstein
era propietario de múltiples propiedades de gran tamaño –en Palm
Beach, Nueva York, París y Nuevo México– así como de una isla
privada, Little Saint James. Su nómina incluía a docenas, quizá
cientos, de empleados internos, desde asesores legales y
guardaespaldas hasta choferes, cocineros, personal de limpieza,
jardineros, trabajadores de mantenimiento y “masajistas”. Los
visitantes describen una jerarquía de asistentes cuya relación
precisa con Epstein –íntima o comercial– a veces era difícil de
discernir. Los socios de negocios masculinos como el abogado Alan
Dershowitz eran amigos y, según los alegatos de algunas víctimas,
participantes ocasionales en crímenes sexuales. En Relentless
Pursuit,
Bradley J. Edwards, un abogado de Florida que representó a unas 20
víctimas de Epstein, sugiere que un grupo de novias oficiales,
típicamente más grandes y más ricas, formaban un círculo íntimo
privilegiado y a veces eran cómplices de los abusos. Si la relación
terminaba en buenos términos, podían ascender y unirse a Maxwell
como proxenetas a tiempo completo de chicas jóvenes.
3.
El
origen de la fortuna de Epstein permanece elusivo. Sabemos que
trabajó como asesor financiero y planificador patrimonial no
calificado para multimillonarios como Les Wexner (Victoria’s
Secret), Leon Black (Apollo Global Management) y, según las más
recientes revelaciones, el magnate inmobiliario Mortimer Zuckerman y
la heredera Ariane de Rothschild. Los extraordinarios honorarios que
le pagaban estas personas siguen desafiando cualquier explicación.
Lo que sí sabemos es cómo utilizaba Epstein ese dinero: como fondos
ilegales para su negocio de mecenazgo a tiempo completo. En sus
tratos con otros hombres de la élite, les prometía favores
financieros y sexuales. Sus beneficiarios podían recibir
financiación para una unidad de investigación junto con una visita
aparentemente sin riesgos a la residencia de Epstein, repleta de
documentación fotográfica. A cambio, se esperaba que le aseguraran
el acceso a círculos de influencia cada vez más altos.
Tanto
financiera como sexualmente, Epstein vinculó su reputación a la de
sus beneficiarios. Cualquier daño a su nombre inevitablemente
mancharía el de ellos. Durante muchos años, este acuerdo se tradujo
en una inmunidad legal virtual. En 2008, los fiscales federales
fracasaron en el intento de presentar cargos completos por tráfico
sexual contra él, a pesar del testimonio de 36 mujeres jóvenes.
Epstein
se presentaba como un mecenas incluso ante sus jóvenes víctimas. A
las estudiantes que recogía en Nueva York les prometía fondos para
cubrir los gastos de matrícula en universidades de la Ivy League o
una buena recomendación ante el propietario de una famosa galería
de arte. Las adolescentes de los parques de casas rodantes de West
Palm Beach podían convertirse en masajistas profesionales o, como
mínimo, en reclutadoras a tiempo completo de otras chicas. (La
fugitiva Giuffre iba a recibir formación profesional como masajista
en la escuela más prestigiosa de Tailandia). Muchas víctimas veían
su patrocinio como una alternativa económica genuina. Según el
abogado Edwards, varias de las víctimas a las que representó fueron
abusadas durante su infancia o procedían de hogares violentos.
Algunas estaban sinceramente agradecidas de que Epstein las hubiera
rescatado del trabajo sexual mal remunerado.
No
se trataba solo de los 100 dólares por una primera sesión de
“masaje”: Epstein también prometía una especie de trayectoria
profesional. Sin embargo, el patrocinio sexual se convirtió
rápidamente en servidumbre sexual: aunque era generoso con sus
pequeños regalos, nunca cumplió sus grandes promesas. El objetivo
era mantener a sus víctimas en un estado de endeudamiento
permanente.
Debido
a que Epstein involucraba a casi todas las personas con las que se
relacionaba en lazos proliferantes de obligaciones y dependencias, la
tarea de asignar culpas resulta extrañamente difícil. Es probable
que todo su personal doméstico fuera cómplice, en mayor o menor
medida, de sus abusos sexuales. Muchos de ellos debían tener
conocimiento directo de lo que sucedía: el famoso cocinero que
recibía a las jóvenes en la cocina antes de que subieran las
escaleras, los chóferes que llevaban a Maxwell por Nueva York
mientras buscaba estudiantes, la empleada doméstica que limpiaba las
habitaciones y los baños. Incluso las víctimas más modestas de
Epstein supuestamente podían escapar de las peores formas de abuso
reclutando a otras chicas. Más de una describió la economía
doméstica de Epstein como un elaborado esquema piramidal en el que
se animaba a las participantes a verse a sí mismas como contratistas
independientes, libres de dirigir sus propios “pequeños negocios”
en la moda o el arte, siempre y cuando también cumplieran con las
necesidades de reclutamiento del amo. ¿En qué momento el interés
propio dependiente se convirtió en complicidad?
En
sus declaraciones ante la policía y la fiscalía, las víctimas
llaman la atención sobre la asombrosa familiaridad que Epstein y
Maxwell creaban en medio de los abusos más horribles. Una chica
comió pochoclo y vio Sex
and the City con
ellos antes de ser agredida. Según otro testigo, Maxwell se
comportaba como una hermana mayor genial, introduciendo a sus
hermanos en un mundo de sofisticación adulta.
Los
lazos de parentesco, a diferencia de las relaciones del libre
mercado, evocan una forma de obligación no contractual, un vínculo
que no se puede disolver fácilmente a cambio de dinero. La economía
doméstica extiende estas obligaciones no contractuales tanto a los
trabajadores como a los miembros de la familia, borrando la
distinción fundamental entre ambos (aunque no las jerarquías
internas). Una antigua víctima tuvo problemas para escapar de
Epstein porque se sentía en deuda con él como “amigo, figura
paterna, empleador y amo”. Giuffre relata que Epstein y Maxwell
actuaban como sus padres, proporcionándole atención dental y
enseñándole modales en la mesa.
Sin
embargo, en otras ocasiones, Virginia era como una madre para él, le
ponía las medias a la mañana y lo metía en la cama a la noche.
“Epstein y Maxwell consolidaron su poder sobre mí ofreciéndome un
nuevo tipo de familia”, escribe. “Epstein era el patriarca,
Maxwell la matriarca, y estos roles no eran meramente implícitos. A
Maxwell le gustaba llamar a las chicas que atendían regularmente a
Epstein sus ‘hijas’”. Los lazos emocionales que la unían a
Epstein se sentían reales: “No era exactamente amor, pero creo que
la palabra adecuada es lealtad”.
Sin
embargo, la deuda no era reversible. Epstein podía romper los lazos
con cualquier miembro de su hogar a voluntad, pero nadie podía hacer
lo mismo, especialmente sus jóvenes víctimas. Giuffre emigró a
Australia para escapar, pero seguía “muerta de miedo” de él.
Muchas otras mujeres testificaron que Epstein y Maxwell las
amenazaron con matarlas si intentaban escapar o denunciaban los
abusos.
4.
Puede
que la familia Epstein haya alcanzado extremos de sadismo, pero su
economía política se vuelve menos excepcional hoy en día. Cuando
un solo individuo dispone de más dinero que una agencia
gubernamental que concede subvenciones o una universidad dedicada a
la investigación, el impacto en la producción de conocimiento y las
relaciones académicas es profundo. El mismo efecto dominó se puede
observar en el sector de los servicios y la vivienda, ya que los
complejos de los multimillonarios comienzan a moldear el futuro de
economías urbanas enteras. Sin duda, la empresa familiar de Epstein
era única por su auténtica complejidad organizativa, pero el tipo
de obligación personal y de endeudamiento que inspiraba entre sus
dependientes es ahora una característica estándar de la economía
familiar de los multimillonarios.
Esta
reflexión ayuda a aclarar el papel catalizador que admite el
movimiento #MeToo en nuestro actual ciclo de reacción conservadora.
Es difícil llevar la cuenta de los hombres de todo el espectro
político que en los últimos años experimentaron conversiones
arrepentidas a la extrema derecha trumpista. Cuando se les pide que
expliquen su cambio de opinión, señalan repetidamente anécdotas de
agresiones sexuales que parecen demasiado triviales, por no decir
ridículas, como para haber provocado una sensación de colapso
histórico mundial. La aparente discrepancia tiene más sentido
cuando recordamos que el #MeToo se originó en un sector particular
de la industria cinematográfica: el mundo altamente personalizado de
los estudios privados de cine independiente. Como cofundador de
Miramax y The Weinstein Company, Harvey Weinstein era el producto de
una peculiar sociedad controlada por sus fundadores estilos en la que
los propietarios-gerentes gozan de un poder desenfrenado sobre su
personal y sus clientes. El movimiento #MeToo representó un ataque
directo a su poder sexual y económico combinado. No es una sorpresa
que Epstein y Weinstein fueran amigos. O que hombres de todo el
espectro político contactaron a Epstein en busca de consejo cuando
lidiaban con acusación de abuso sexual después del #MeToo.
Gracias
a nuestra creciente reflexión sobre el mundo de Epstein, obtuvimos
una imagen más clara de la lógica psíquica y económica de la
extrema derecha contemporánea. Al igual que Epstein quería cerrar
todas las vías de escape a sus víctimas femeninas, Trump y sus
reaccionarios tecnológicos quieren acabar con todas las alternativas
a la economía doméstica y convertir la presidencia en una empresa
familiar controlada por su fundador. Los ataques al Estado
administrativo, al sector público y a los sindicatos, así como la
transformación de los agentes de control fronterizo en una milicia
personal, pueden entenderse como parte de un programa más amplio
para extender la regla del amo y el sirviente a toda la economía.
Quizás si todos nos convertimos en conductores de Uber, vendedores
tercerizados de Amazon, contratistas comerciales de magnates
inmobiliarios o académicos que le suplican a los multimillonarios,
¿entonces el fundador estará a salvo del sacrificio colectivo?
Las
víctimas de Epstein experimentaron la regla del amo y sirviente no
solo como violencia económica sino también sexual. Fueron las
primeras en nombrar y resistir nuestro orden político emergente.
Fuente:
Ctxt