Las
fantasías distópicas sobre los futuros usos de las máquinas en la
guerra están más extendidas que el relato de lo que ya está
pasando en los campos de batalla. La guerra a través de los
algoritmos y la inteligencia artificial es una realidad y ha acabado
con la vida de miles de personas en Gaza y en otros conflictos. Su
regulación es casi testimonial.
Blade
Runner, 2001: una odisea en el espacio, Terminator, Matrix o
Her recrearon
en la gran pantalla uno de los terrores cervales de la humanidad: el
del siniestro gólem, la criatura que se emancipa de su creador al
que acaba aniquilando. Pero el riesgo más acuciante viene de algo
tan viejo como la mezcla entre el poder militar, el interés
económico y el oportunismo de los sistemas políticos cada vez más
autoritarios. Esa mezcla tiene lugar en un contexto, el del
capitalismo
tardío, en el que los “riesgos catastróficos” de una
hipotética emancipación de las máquinas se publicitan más que los
efectos reales de este armamento, que ya ha sido usado por ejércitos
como los de EE UU, Israel, Rusia, China o Turquía.

El
18 de febrero, una investigación publicada por Associated
Press evidenciaba cómo se ha disparado el uso por parte del
tzahal
israelí
de la tecnología de Microsoft y OpenAI. La investigación, basada en
“documentos internos, datos y entrevistas exclusivas con
funcionarios israelíes actuales y anteriores y empleados de la
empresa” es la primera prueba de algo que se ha denunciado desde
meses: el empleo del ejército de Israel de modelos de IA
comerciales, como GPT, para cometer una masacre.
Imágenes tomadas con un dron muestran la destrucción en diferentes partes de la Franja de Gaza, 20 de enero de 2025. AP Video.
Los
nombres de esos software con capacidad de matar a decenas de personas
tras una sencilla operación pudieron ser los de otras producciones
cinematográficas: Hasbora, Replicator, Hivemind. Los de las empresas
que los crean y venden en el mercado del humo que es hoy la
inteligencia artificial son algo más conocidos: Palantir,
Anduril o Shield AI. Y no funcionarían, no al menos al tope de su
capacidad, sin los datos aportados por las grandes de la tecnología,
Google, Amazon, Microsoft, Meta u OpenAI, cada vez más seducidos por
el ruido de sables digitales y subidos al proyecto cultural,
económico y político que encarna el nuevo César americano, Donald
Trump.
La
conversación en el entorno del Pentágono sobre la IA Militar se ha
centrado en las hipótesis de un posible uso malicioso a través de
las armas CBRN: químicas, biológicas, radiológicas y nucleares.
La
investigadora Jessica Dorsey no deja lugar a dudas: “La guerra es y
seguirá siendo una iniciativa humana, incluso a medida que avance la
tecnología”. Dorsey es profesora de la facultad de Derecho de la
Universidad de Utrecht y codirige Realidades
de la guerra algorítmica, un proyecto que investiga los usos
teóricos de la tecnología y la práctica de la selección maquinal
de objetivos militares.
Esta
guerra de las máquinas es un factor cada vez más determinante en
los conflictos armados, a través de algoritmos asesinos, de los
temidos enjambres de drones, de sistemas de inteligencia y
ciberseguridad,
por medio del reconocimiento facial, o a través de amenazas para la
guerra híbrida como los ataques cibernéticos o el uso de deepfake,
métodos de suplantación digital. No se trata, por tanto, de si las
máquinas se levantarán un día para poner su bota encima de la cara
de la humanidad, sino de cómo se usan ya para librar guerras, violar
libertades civiles y acallar a las poblaciones disidentes. Su uso
extensivo por parte de las FDI israelí, que ya desde hace años
alude a la IA como un "multiplicador de fuerza”, lanza un
mensaje nítido al mundo: la máquina de los asesinatos en masa no es
una hipótesis, sino una realidad capaz de cambiar la guerra y de
acelerar el genocidio.
Realidades de la guerra algorítmica.
La
ventaja de Estados Unidos y el uso masivo de Israel
Como
siempre que se trata de guerra, el complejo militar estadounidense
lleva ventaja tanto en el uso —las ejecuciones
extrajudiciales mediante drones se remontan al mandato de Barack
Obama en la primera década del siglo— como en los debates acerca
de la funcionalidad de la inteligencia artificial en los conflictos.
El paso desde lo que ya hacen a lo que harán en el futuro es
pequeño, es lo que hace difícil, en la práctica, diferenciar entre
guerra algorítmica y guerra a través de la IA. Hay quien habla de
que la separación equivale a darle a un interruptor, como resume una
frase que enunció el exdirector de la CIA, David Petraeus: “En
algún momento, un humano dirá: ‘Está bien, máquina. Eres libre
de actuar de acuerdo con el programa informático que establecimos
para ti’, en lugar de pilotarlo de forma remota”.
Los drones y otras armas robotizadas todavía no toman decisiones propias, pero podrían hacerlo en un futuro cercano. En la foto, el dron Reape.
“La
velocidad” en la toma de decisiones es uno de los principales
problemas que expertos civiles y militares señalan como determinante
en el uso y abuso de estas máquinas de guerra pensantes.
No
obstante, como señala un informe
del AI Now Institute, que investiga las implicaciones sociales y
políticas de esta tecnología, la conversación en el entorno del
Pentágono se ha centrado en las hipótesis de un posible uso
malicioso a través de los sistemas llamados CBRN, que abordan el
conjunto de armas con potencial de destrucción masiva como las
químicas, biológicas, radiológicas y nucleares. Esas visiones, a
menudo tecnofetichistas, que resaltan los aspectos más tenebrosos y
fantasiosos de la inteligencia artificial, se imponen sobre el
estudio de sus usos actuales, los llamados ISTAR: inteligencia,
vigilancia, selección de objetivos y reconocimiento, cuyo
funcionamiento no es objetivo de escrutinio público en gran medida
porque aún se mantiene, casi siempre, a un humano “en el circuito”
de la toma de decisiones. Sin embargo, cada vez más, las máquinas
ofrecen a los humanos la capacidad de tomar más decisiones y más
rápido a través del “uso militar informado de sistemas de apoyo a
la toma de decisiones habilitados por IA (IA-DSS)”.
El
uso de los drones ha sido masivo tanto en Ucrania como en Oriente
Próximo. No solo en Gaza, donde la unidad de ciberguerra, la 8200 de
las fuerzas armadas de Israel (FDI), ha reconocido el cribado de
objetivos a través de IA, sino también en Siria o en Libia, las
tecnologías autónomas o semiautónomas son capaces de seleccionar y
matar, aportando un valor, el de “la velocidad” en la toma de
decisiones, que es uno de los principales problemas que expertos
civiles y militares señalan como determinante en el uso y abuso de
estas máquinas de guerra pensantes. Esa velocidad significa también
mayor número de errores.
Mortal e inminente la loca carrera del Pentágono por las armas de inteligencia artificial de Silicon Valley.
“La
guerra autónoma aumenta el número de bajas humanas, incrementa
enormemente el riesgo de que se ataquen objetivos incorrectos, pone a
los civiles en peligro en mayor medida y aumenta la probabilidad de
que el personal militar que confía en algoritmos para generar listas
de objetivos experimente una sensación de desconexión emocional y
moral del ataque que está aprobando”, destacaba en noviembre de
2024 el think tank Public
Citizen.
Un
año antes, en noviembre de 2023, una investigación de los medios
palestino-israelíes +972
Mag y Local Call destapaba el uso del software Hasbora
—literalmente “el Evangelio”— por parte de las FDI para la
selección de objetivos en Gaza. El salto cuantitativo es relevante:
si antes de la llegada de los algoritmos las FDI podían establecer
un rango de 50 objetivos anuales, en la campaña de genocidio
iniciada desde octubre de 2024, el volumen es de cien señalamientos
diarios.
“Habría
que cuestionar el papel de las empresas tecnológicas, no existe una
verdadera rendición de cuentas democrática por su parte”,
defiende Jessica Dorsey.
“El
gran volumen de objetivos producidos aumenta la probabilidad de más
ataques, en gran medida debido al sesgo de acción cognitiva”,
señalan
Dorsey y Marta Bo, investigadora del Instituto Internacional de
Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI). Este sesgo,
explican, “se refiere a la tendencia humana a actuar, incluso
cuando la inacción daría, lógicamente, un mejor resultado”. No
es el único sobre el que advierten los expertos. Otro es la
tendencia a dar por bueno la recomendación de la máquina,
especialmente en situaciones de estrés y con limitaciones de tiempo;
es el llamado sesgo de automatización.
Una fábrica de asesinatos en masa - El bombardeo calculado de Israel sobre Gaza.
El
papel de las compañías de Silicon Valley
La
complicidad de compañías como Google, Amazon o Microsoft en esta
operación de exterminio a través de los software Hasbora, Lavender
o Where’s Daddy? (sí, es así de ingenioso el humor genocida) ha
sido denunciada por la campaña No
Tech for Apartheid. El motivo, que sin la información aportada
por los medios de comunicación social y el big data, a través de
acuerdos como el Proyecto Nimbus, firmado en 2021 por Google y Amazon
con las autoridades israelíes, las FDI no habrían tenido la
capacidad material de llevar a cabo una masacre de estas dimensiones.
A
principios de este mes de febrero, Google ejecutó un cambio en sus
comunicaciones, eliminando una cláusula introducida en 2018 por el
que se auto prohibía el desarrollo de IA destinada a fines
militares, especialmente para armas y vigilancia, con el pretexto de
que las democracias “no se pueden quedar atrás” en esta
innovación. De este modo, la compañía fundada por Larry Page
eliminó de sus compromisos éticos las secciones destinadas a
indicar la renuncia a proveer software para “armas u otras
tecnologías cuyo principal propósito o implementación sea causar o
facilitar directamente daños a las personas” así como las
“tecnologías que recopilen o utilicen información para vigilancia
violando normas internacionalmente aceptadas”.
Sin
embargo, no se trataba de un cambio de política. Apenas dos semanas
antes, The
Washington Post publicaba
una investigación sobre cómo Israel solicitó a Google ampliar
urgentemente el uso de un servicio llamado Vertex, para la aplicación
de algoritmos de IA a sus propios datos. Pese a que no se conoce la
aplicación directa de estos servicios, el mismo artículo refiere
que el director General de la Dirección Nacional Cibernética del
gobierno israelí indicó en una conferencia que “gracias a la nube
pública Nimbus, están sucediendo cosas fenomenales durante los
combates, cosas que juegan un papel importante en la victoria; no
entraré en detalles”.
También
Open AI ha dado un paso para integrarse en los nuevos tiempos de
poder duro. En 2024 Open AI anunciaba una revisión de sus políticas
éticas y pasaba a formar parte del circuito de contratistas del
ejército de EE UU, participando a través de su software en misiones
del Comando de África de los Estados Unidos (AFRICOM). En enero, la
compañía de Sam Altman, la más conocida de cuantas se centran en
la inteligencia artificial, anunciaba un acuerdo con Anduril
fabricante de misiles, drones y software para el Ejército de
Estados Unidos. El CEO de esta empresa —que está financiada por
Founders Fund, fondo en el que participa Peter Thiel— subrayó que
la colaboración con Open AI aportará “soluciones responsables que
permitan a los operadores militares tomar decisiones rápidas y
precisas en escenarios de alta presión”.
Según
Wired,
Anduril
trabaja en una de las armas consideradas potencialmente más
avanzadas en todo el catálogo de la IA militar: los enjambres de
drones. Los drones son una realidad en la guerra desde la primera
década del siglo, pero su futuro pasa por la multiplicación y su
coordinación a través de un modelo extenso de lenguaje (LLM, por
sus siglas en inglés), relegando cada vez más al operador humano a
un papel secundario.
En
noviembre, Palantir y la startup Anthropic anunciaba un acuerdo con
Amazon Web Services (AWS) —la nube de Amazon,
su línea de negocio más lucrativa— para la puesta a disposición
de esta de los servicios de Claude, la competencia de los modelos
GPT. De nuevo se repite el mismo mantra: puesta a disposición de
herramientas complejas para una toma de decisiones aceleradas en el
contexto de “operaciones gubernamentales vitales”, según
describe la propia Palantir en su web.
En
noviembre, Meta anunciaba su entrada en el negocio de la guerra a
través de Llama, su modelo LLM, y de su asociación con Scale AI,
próspero contratista de defensa, según la información de The
Intecept que subrayaba, igualmente, lo defectuoso del producto de
la compañía de Mark Zuckerberg.
Una
investigación
de Roberto J. González para el Instituto Watson cifraba en 53.000
millones el monto total de los contratos que el Pentágono había
firmado con las empresas tecnológicas. La percepción es que esto
solo acaba de empezar.
El
porcentaje de error de la IA nunca va a ser nulo
En
un paper
publicado
en octubre de 2024, las investigadoras Heidy Khlaaf y Sarah Myers
West recomendaban “que para limitar la proliferación de armamentos
de IA, puede ser necesario aislar los sistemas de IA militares” de
los “datos personales comerciales”, que se entregan a las
principales plataformas sociales. “Habría que cuestionar el papel
de las empresas tecnológicas, dado que gran parte del discurso está
impulsado por ellas y no existe una verdadera rendición de cuentas
democrática por su parte”, defiende Jessica Dorsey, que añade que
se debería hacer más “para garantizar una transparencia y una
rendición de cuentas significativa de las empresas tecnológicas
cuando sus sistemas se utilizan en esfuerzos bélicos”.
Para
Brunet, la inteligencia artificial en la actualidad está en una fase
preliminar y no ha resuelto tres problemas determinantes y sin
solución ni a corto ni a medio plazo.
Pere
Brunet, catedrático de Lenguajes y Sistemas Informáticos de la
Universidad Politécnica de Catalunya, cree que es necesario un
replanteamiento del concepto de la nube y las redes sociales: “Desde
las administraciones hay que cuidar a la población y, por tanto, no
podemos dejar nuestra nuestros datos en manos privadas. Y tiene que
haber garantías de que son utilizables para el bien de las personas
y no para otros fines”, resume este investigador.
Brunet
usa el neologismo “tecnotraficantes” para definir a los flipados
de la IA que proliferan en todo tipo de textos académicos y
periodísticos. Las loas acríticas a estas tecnologías han calado
en la visión mediática predominante acerca de la inteligencia
artificial en su conjunto, presentando como una solución lo que hoy
es apenas un balbuceo tecnológico. En gran medida, la IA actual no
piensa. No es, por tanto, inteligente, sino que predice y crea
modelos a partir de estadísticas e información ya codificada. Para
Brunet, la inteligencia artificial en la actualidad está en una fase
preliminar y no ha resuelto tres problemas determinantes y sin
solución ni a corto ni a medio plazo; tampoco un cuarto elemento
igualmente problemático, que no está relacionado con las soluciones
que aporta la IA sino con los requisitos para su funcionamiento.
En
primer lugar, señala Brunet, está la inexactitud inherente de las
inteligencias artificiales, especialmente las basadas en modelos
extensos de lenguaje (LLM). “Existe un porcentaje de error que
nunca va a ser nulo”, detalla Brunet que en la actualidad investiga
para el Centre Delàs d’Estudis per la Pau. El segundo factor, más
conocido, es el de los sesgos. Esta denuncia es más frecuente en los
estudios y publicaciones que abordan el racismo, machismo y otros
tipos de discriminación en el empleo aparentemente neutro del
lenguaje algorítmico. En tercer lugar está el factor de la no
explicabilidad de los procesos por los que la IA propone una
solución; algo que no tiene una respuesta en el corto plazo. “El
cuarto problema es la huella ecológica, de la que se está hablando
cada vez más”, señala Brunet.
Se
estima que las necesidades generadas por la IA harán necesarios
nuevos centros con un consumo equivalente al de cinco reactores de
energía atómica.
Como
él mismo recoge en un artículo publicado por el Foro
Transiciones, el ritmo de consumo energético de la inteligencia
artificial aumenta entre un 26% y un 36% cada año y las emisiones de
CO2 equivalentes crecen también geométricamente. Tanto Amazon como
Microsoft ya han llegado a acuerdos para el acceso a energía de
reactores nucleares para el suministro de sus centros de datos, y se
estima que las necesidades generadas por la IA harán necesarios
nuevos centros con un consumo equivalente al de cinco reactores de
energía atómica.
Los
cuatro factores señalados por Brunet, que se aplican al conjunto de
la IA, tienen una especial relevancia en su derivada militar. El
hecho de que no esté perfeccionada, sin embargo, no le resta
peligro. Por partes. En primer lugar, la cuestión medioambiental
está determinada por una circunstancia: según el Acuerdo
sobre cambio climático de París (COP21), los Estados no están
obligados a cuantificar las emisiones de gases de efecto invernadero
que proceden del sector militar. De modo que, a medida que crezca la
demanda de productos autónomos basados en algoritmos e inteligencia
artificial con usos militares —o de doble uso— aumentarán las
emisiones causantes de la crisis climática, incluso aunque se llegue
a las emisiones cero en el resto de sectores.
Los
otros tres elementos que definen la IA también tienen un peso
crucial en la aplicación militar de estas tecnologías. En primer
lugar, la falibilidad ha llegado a ser motivo de chanzas para los
expertos en Defensa. Una pregunta a los actuales sistemas sobre qué
tipo de armamento pesado debe ser usado para la destrucción de
edificios arroja resultados deficientes, según se destaca en los
foros de amantes de los misiles. Pero el principal factor de riesgo
en este campo es la selección de objetivos que ya se está llevando
a cabo mediante sistemas algorítmicos: tanto la posibilidad de
cometer errores de identificación como que nadie nunca rinda cuentas
por esos errores. Uno de los errores que señala el artículo de
Associated Press publicado el 18 de febrero es de tipo lingüístico,
por una traducción automática incorrecta del árabe al hebreo que
llevó a una selección errónea de objetivos.
"El
ritmo al que se desarrolla la tecnología y la aparente obsesión con
la ‘necesidad de velocidad’ impiden o desfavorecen un diálogo
crucial”, concluye Dorsey.
De
hecho, las informaciones aportadas por las propias FDI reconocen una
precisión del 90% de los objetivos, lo que equivale a admitir que
uno de cada diez asesinatos extrajudiciales termina con la vida de un
inocente. La aplicación militar de la IA deriva de este modo en
mayor número de errores provocados por la identificación
deficiente, y con sesgos racistas y de género, o por el hecho de que
no hay un responsable último, lo que favorece el comportamiento
irresponsable.
Dorsey
introduce una dosis de desmitificación respecto a los discursos de
estos tecnotraficantes sobre la aplicación de la IA: “Aunque a
menudo se promete que estos sistemas son más ‘efectivos’ o
‘precisos’, la realidad sobre el terreno confirma una historia
diferente: si estos sistemas fueran más precisos o efectivos para
erradicar la amenaza de Hamás, por ejemplo, la guerra no se
prolongaría tanto y el daño a Gaza, por ejemplo, no sería tan
grande. El nivel de daño a los civiles es catastrófico y, como
concluyó Amnistía Internacional en diciembre, genocida. Estos
sistemas exacerban las concepciones erróneas de las obligaciones e
interpretaciones legales y permiten la destrucción a gran velocidad
y escala”, explica la investigadora de Realidades de la guerra
algorítmica.
El
tercer factor, la no explicabilidad de las decisiones, cobra
siniestra relevancia cuando se aplica a lo militar. Los sistemas no
están diseñados para explicar los pasos tomados en su propuesta de
decisiones. Eso implica que la rendición de cuentas sea aún más
difícil de lo que ya de por sí es en el ámbito militar.
El
estado de la regulación
La
segunda era de Donald Trump en la Casa Blanca ha comenzado, como se
esperaba, con la revocación de las medidas de protección y
salvaguarda a los sistemas de inteligencia artificial –la Orden
Ejecutiva de octubre de 2023 aprobada por la presidencia de Joe
Biden— y la emisión de una nueva
orden para “levantar las barreras” a la innovación en pos
de, entre otros objetivos, la “seguridad nacional”. Trump ha
nombrado asimismo a David Sacks, empresario
sudafricano-estadounidense y uno de los miembros del grupo informal
de la “mafia
paypal” (de la que salieron Elon Musk o Peter Thiel) como
responsable de las políticas sobre inteligencia artificial.
En
enero de este año, Trump anunciaba junto a los dirigentes de Open
AI, Oracle y Soft Bank la puesta en marcha de Stargate, un proyecto
de 500.000 millones de dólares destinado a la protección de la
seguridad nacional de EE UU y sus aliados.
El
portal Tech
Policy presagiaba un uso “intensivo” de estos sistemas por
parte de la nueva administración, también para la vigilancia y el
control de la población, así como para la “deportación masiva”
encargada al zar antimigraciones,Tom
Homan.
Los
fondos de capital riesgo han incrementado en los últimos años su
inversión en tecnología de defensa y las propias empresas
tecnologías han virado hacia la “seguridad” en busca de mayor
margen de beneficio. Con EE UU en la punta de lanza de esta nueva
industria armamentística, es poco probable que el resto de potencias
internacionales opten por la cautela. Pese a los usos cada vez más
frecuentes de la IA, la Ley de Inteligencia Artificial de la UE, que
entró en vigor en 2024, no contempla los usos militares o de
seguridad nacional de la inteligencia artificial. La UE no ha hecho
nada específico en este frente, señala la investigadora Jessica
Dorsey en sus respuestas a El Salto. “Es necesario trabajar mucho
más para abordar la IA militar desde una perspectiva europea”,
apunta la responsable del grupo de estudios Realidades de la guerra
algorítmica.
Entre
las propuestas está que drones y robots suicidas lleven un
etiquetado que declare a un humano responsable de su utilización,
como forma de evitar la barra libre de muertes.
En
julio de 2023, el secretario general de la ONU, António Guterres,
requirió que los Estados adopten antes de 2026 un “instrumento
jurídicamente vinculante para prohibir los sistemas de armas
autónomas letales que funcionan sin control o supervisión humana y
que que no pueden utilizarse en cumplimiento del derecho
internacional humanitario”. También el Comité Internacional de la
Cruz Roja ha pedido la prohibición de aquellos sistemas demasiado
complejos de entender o explicar y que carecen de un cierto nivel de
control por parte de los humanos. Sin embargo, la voluntad de llegar
a este acuerdo se puede quedar corta ante el potencial destructivo
que la inteligencia artificial tiene sobre el maltrecho orden
internacional basado en reglas.
Según
se ha señalado, los riesgos del uso de la IA amenazan directamente
al derecho internacional humanitario y el derecho internacional de
los derechos humanos. En el caso del derecho internacional
humanitario, se teme que por defecto se apliquen los niveles más
bajos de protección, como denuncia Brianna Rosen. Entre las
propuestas de las organizaciones que alertan del avance descontrolado
de esta tecnología está que drones y robots suicidas lleven un
etiquetado que declare a un humano responsable de su utilización,
como forma de evitar la barra libre de muertes que parece favorecer
el uso de estos sistemas.
Desde
Just Security se recomienda asimismo que sea necesario que las
operaciones con drones sean supervisadas y aprobadas por dos personas
—al estilo de los protocolos de usos de armas nucleares— así
como aumentar los sistemas de auditorías y verificación.
Transparencia y rendición de cuentas parecen ser las únicas
fórmulas de reducir los riesgos del uso de la inteligencia
artificial militar.
“El
desafío que enfrentamos hoy es que los avances tecnológicos de la
IA están empujando a los humanos a los márgenes de la toma de
decisiones, lo que plantea preguntas sobre su lugar dentro de la
guerra. Estas preguntas existenciales merecen mucha más
investigación y debate, pero el ritmo al que se desarrolla la
tecnología y la aparente obsesión con la ‘necesidad de velocidad’
impiden o desfavorecen un diálogo tan crucial”, concluye Dorsey.
Como recuerda Pere Brunet, la deshumanización que lleva al empleo de
máquinas para la aniquilación está provocada por seres humanos, no
por inteligencias artificiales ni algoritmos, y es tarea de la
humanidad cooperar ante las amenazas que hoy se ciernen sobre todos
los pueblos, “ni el cambio climático, ni las pandemias, ni las
inundaciones entienden de fronteras. Por tanto, tal vez hay que
cambiar de paradigma y destinar a todo esto el dinero que se destina
a lo militar”, concluye este investigador.
Fuente:
EL SALTO