Por
Nuria
Alabao
Para hacer frente a los ‘deep fakes’, las imágenes robadas y el control social de la sexualidad femenina, tenemos que desactivar la vergüenza que opera como mecanismo de disciplinamiento
Los cambios en la tecnología y el desarrollo acelerado de la inteligencia artificial están dando lugar a eso que hemos nombrado como violencia digital. En un espejo deformado de lo que supone la violencia offline, las posibilidades en internet se multiplican y aparecen formas nuevas de hacer daño: se crean o difunden contenidos que exponen a las personas sin su consentimiento. Desde la difusión de imágenes sexuales privadas hasta los deep fakes –fotos que desnudan o sexualizan a personas mediante IA– o la instalación de cámaras ocultas en habitaciones de hotel. Todo puede ser contenido. Todo puede, además, monetizarse.
El uso de la IA es muy significativo, ya que de cualquier imagen posible –por primera vez el límite es solo nuestra imaginación–, ¿cuáles son las que parecen adaptarse mejor al dispositivo de viralización? La sexualización –sobre todo de las mujeres– aparentemente captura la libido creativa de las masas, ya que en este nuevo paisaje digital se imprimen las relaciones de poder existentes. ¿Por qué a tantos varones la falta de consentimiento no solo no les genera rechazo, sino que les produce excitación?, se pregunta la influencer OnlineMami. ¿Acaso es un motivo añadido para crearlas, un extra que aporta el placer de la transgresión?
Estas nuevas formas de agresión generan interrogantes de todo tipo. Algunos tienen que ver con cómo obligar a las empresas tecnológicas a rendir cuentas por el contenido que generan o difunden. Una línea de trabajo feminista sería cómo hacer responsables a los que crean estas imágenes para tratar de frenar su proliferación. Pero otra que no podemos olvidar tiene que ver con minimizar el daño que producen. ¿Por qué deberíamos avergonzarnos de una imagen sintética, de un desnudo falso que tiene nuestra cara? Y en realidad ¿por qué debería avergonzarnos ninguna imagen sexual, sea o no falsa?
La vergüenza como control social
Cuando una imagen sexual de una chica circula sin su permiso, se activa un mecanismo de control social. Si son imágenes reales, se la puede llegar a culpabilizar: “Si no querías que circulasen, ¿por qué las grabaste?” El segundo mecanismo es clasificatorio: “Es una guarra, mira lo que hace”. “No es una mujer de alto valor”, que se diría en la manosfera.
En cualquier caso, da igual que la imagen sea real o fabricada, parece que hay algo en esas imágenes que es inherentemente humillante o bochornoso. Y si esto se ha tranformado en las últimas décadas –o desde más atrás– ha sido precisamente gracias al trabajo de los feminismos que han luchado para liberar la sexualidad femenina de este mecanismo de control. Pero si sigue dañando más a quien aparece en la imagen que a quien la difunde, quiere decir que todavía queda mucho por hacer.
El mensaje implícito es disciplinario: no hagáis esas cosas o actuad de manera que nadie crea que sois capaces de hacerlas. La sexualidad femenina se ha regulado tradicionalmente a través de mecanismos coercitivos, pero también mediante la culpa, por sentirse sucia, “fácil” o indigna por desear. Muchas mujeres limitaban o silenciaban sus deseos para no exponerse a la deshonra social. Si aunque hoy somos mucho más libres en nuestra sexualidad, sobre todo las más jóvenes, los restos de esta moral siguen funcionando a través de la amenaza de exposición pública. Los consejos de los padres a sus hijas ahora son: no os hagáis fotos, no las enviéis.
La “virtud” y la “castidad” se han impuesto históricamente como condiciones de valor social para las mujeres, ya que su honor y el de sus familias dependían de la vigilancia sobre su sexualidad. Este dispositivo funcionaba como mecanismo para regular la circulación de mujeres y de herencias, ligando el control de la sexualidad femenina al orden económico y familiar. Evidentemente, este ideal de pureza no se aplicaba a los hombres, y ese doble estándar parece que todavía persiste. Ya sabemos que el deseo femenino ha sido históricamente regulado para que se presente como pasivo –somos las “que consienten o no” según el marco político que ha operado estos últimos años en los discursos públicos–. Mientras tanto, el deseo masculino se representa como legítimo y activo. No se concibe que ellos puedan no desearlo y nosotras sí. De ahí que la vergüenza opere solo en una dirección y los hombres cuyas imágenes sexuales circulan no suelen sentirse mal, o no tan mal.
Aunque hoy ya no hablamos de castidad, la lógica de la pureza persiste en nuevos formatos: el slut-shaming en redes sociales, la cultura del consentimiento en clave moralizante –mujeres “responsables” que eviten situaciones que las “pongan en riesgo”–, o marcos que reproducen la dicotomía entre “víctimas” dignas y mujeres “culpables” –las que no se ajustan a la norma–. Algunos de estos marcos además, pueden venir de sectores del propio feminismo, por ejemplo en las representaciones que se hacen de las trabajadoras sexuales como siempre violadas, porque su consentimiento no es tenido en cuenta. ¿Acaso son entonces víctimas voluntarias?
Somos malas, podríamos ser peores
Virginie Despentes ha trabajado esta cuestión de la vergüenza desde un feminismo de liberación sexual. De vez en cuando hay que volver a esta autora, sobre todo en tiempos donde el conservadurismo sexual vuelve a emerger desde los lugares más insospechados, incluso desde ciertos feminismos que representan la sexualidad femenina heterosexual como un campo ajeno, lugar donde solo nos espera dolor o donde solo podemos estar al servicio de los hombres: el poliamor es para los hombres, afirmarse en la sexualidad libre es neoliberal, el sexo ocasional no es placentero, dicen.
La lucha entonces es contra los restos de la moral sexual burguesa que emerge una y otra vez, sobre todo en momentos de crisis epocal como la que habitamos. Esa moral establece una distinción entre mujeres “respetables” y mujeres “degradadas”. La prostituta, la mujer promiscua o la “chica que chupa pollas” encarnan figuras de exclusión, necesarias para sostener la respetabilidad de las demás.
“La gran ausente de los discursos de la última década es la chica que se comporta mal, la chica que chupa pollas, la chica fácil, la chica que quiere mucho sexo, la chica calentona. Esta que es un poco la chica de la que habla Itziar Ziga en Devenir perra.
Es necesaria una crítica de la pornografía y de determinados tipos de prostitución pero al mismo tiempo tenemos que establecer discursos que defiendan a las chicas realmente malas, y esas son las chicas que follan mucho o como quieren”, dice en una entrevista de Ana Requena. Pero estos últimos años, en nuestra lucha contra las violencias sexuales, parece que sin querer hemos llegado a potenciar esa imagen de pasividad más adaptada a la imagen de víctima, en oposición a nuestra propia liberación. Reivindicar el derecho de las mujeres a decidir sobre sus prácticas sexuales y a hablar de ellas sin vergüenza –incluidas aquellas consideradas vulgares o degradantes– impugna esa distribución desigual de legitimidad entre hombres y mujeres a la hora de acceder a la sexualidad en igualdad.
Esta no es una celebración ingenua del sexo como ámbito libre de relaciones de poder: en su propia experiencia con la violación, relatada en Teoría King Kong, Despentes reconoce cómo la violencia sexual estructura la relación entre mujeres y deseo. Su defensa de la libertad sexual va siempre acompañada de una crítica al sistema que naturaliza esa violencia. No se trata entonces únicamente de reclamar poder hacer “lo que queramos”, sino de transformar los marcos estructurales que convierten a las mujeres en vulnerables a la violencia y a la estigmatización. Y esa es una lucha paralela y necesaria.
La sacralización del sexo como trampa política
De manera que en nuestra propia práctica feminista aparece esta paradoja: cuanto más sacralizamos la sexualidad –cuanto más la tratamos como un terreno excepcional, intocable, donde se juega lo más íntimo de una persona–, más difícil le resulta a una mujer sobrevivir a la exposición pública no deseada o a otras violencias. Si que circule una imagen sexual es horrible y va a dañarte irremediablemente, entonces es también un arma tremendamente eficaz.
Pero el daño no está en la imagen en sí sino en la mirada social que la degrada, de manera que el mensaje también podría ser: y qué si se difunde, no has hecho nada malo. En general no hay nada inherentemente denigrante en ninguna de estas imágenes. También es cierto que la práctica cotidiana es más complicada. Por ejemplo, cuando una chica de quince años llega a casa y sabe que medio instituto ha visto una imagen suya –real o fabricada, da igual– y que mañana tendrá que volver a cruzar ese pasillo. En ese momento, decirle que no ha hecho nada malo es necesario, pero quizás no basta, porque todavía operamos en el presente y es cierto que el entorno que castiga de forma injusta no se desmonta mágicamente. El sufrimiento es real. La estructura que lo produce es la que hay que desmontar.
Por tanto, además de transformar la cultura, hay otras tareas pendientes. Lo primero, insistimos, es tratar de evitar que estas violencias se sigan reproduciendo, y dejen de tener consecuencias negativas para las mujeres –por ejemplo, en algunos casos pueden despedirte del trabajo o tener otras consecuencias indeseadas–. Al mismo tiempo, hay que frenar la circulación de estas imágenes. Negarse a enviarlas, a compartirlas y señalar a quienes las difunden. Y esto no es solo cosa de chicos: también las chicas comparten, también las chicas hacen slut-shaming o reproducen la lógica que las daña. Que la vergüenza cambie de bando significa que el estigma recaiga sobre quien difunde una imagen con intención de humillar o de anular a otra persona, no sobre quien aparece en ella.
Otra tarea necesaria, por supuesto, es estar al lado de las que las sufren y hacerlas sentir que cuentan con nuestro respaldo. Deberíamos acompañar sin minimizar su dolor pero también tratando de no reproducir los marcos moralizantes que la dañan. El objetivo es confrontar las estructuras que posibilitan –material y simbólicamente– la apropiación del cuerpo de las mujeres. Pero el trabajo es cotidiano y ordinario. Cuando una adolescente descubre que se está difundiendo una imagen suya haciendo una mamada y lo que siente no es rabia, sino culpa, sabemos que queda mucho por hacer. Lo primero será decirle que no está sola. Lo segundo, y sin titubear, es que no ha hecho nada mal. Que si le apetecía, bien hecho está.
Fuente: Ctxt





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