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sábado, 21 de febrero de 2026

Epstein, una historia de dominación masculina

 

      Periodista y ex subdirector de Il Fatto Quotidiano.


Los archivos del magnate evidencian el vínculo entre capitalismo y patriarcado. Corresponde a los hombres desmantelar todo el aparato simbólico de esta forma de opresión

      No hay fotografía más nítida para devolver el vínculo entre capitalismo y patriarcado, en su expresión más abominable, que las imágenes provenientes de los archivos de Jeffrey Epstein. Pocos pusieron el foco en el grado de complacencia sexual, de desvergonzada exhibición del poder masculino, blanco, sobre el cuerpo de las mujeres, ejercido no por hombres cualquiera sino por una élite mundial superseleccionada. Un cónclave de hombres poderosos, capaces de gobernar y condicionar, en el plano político, económico, cultural y del imaginario, las vidas de miles de millones de personas, que se reunió unido y compacto en la humillación de las mujeres y que se sintió aún más cohesionado precisamente en virtud de ese acto colectivo.


Jeffrey Epstein y Ghislaine Maxwell saludan a Bill Clinton en la Casa Blanca en septiembre de 1993.

Los archivos de Epstein incluyen todo lo que las fiscalías acumularon sobre el indecente magnate desde 2005, cuando este fue investigado por denuncias de abusos a menores en Florida. Desde noviembre pasado, además, se publicaron cerca de tres millones de páginas de documentos. No se trata solo de información relativa al tráfico sexual, sino que también hay documentos financieros de sus clientes, intercambios de correos electrónicos y mensajes de texto personales, videos y fotos. El entrelazamiento entre poder y violencia sexual no podría ser más explícito. Elon Musk, que luego intentó desmentir estas afirmaciones, le pregunta en 2012 a Epstein “¿en qué día/noche será la fiesta más salvaje en tu isla?”, en referencia a la isla privada que el magnate poseía en las Islas Vírgenes. En otros apuntes de Epstein dirigidos a Bill Gates, fundador de Microsoft, se sostiene que Gates habría tenido relaciones extramatrimoniales con “chicas rusas” y en consecuencia contrajo una enfermedad de transmisión sexual, pidiéndole ayuda a Epstein para obtener antibióticos que pudiera tomar a escondidas a Melinda, su esposa. En un correo electrónico del 18 de julio de 2013, Epstein escribe: “Para colmo de males, después me pides, con lágrimas en los ojos, que borre los correos sobre tu enfermedad de transmisión sexual, sobre tu petición de que yo te provea antibióticos que puedas darle a escondidas a Melinda y sobre la descripción de tu pene”.


Ficha policial de Jeffrey Epstein.

El nombre de Richard Branson, propietario de Virgin, aparece cientos de veces y, en un intercambio de 2013, Epstein le agradece su reciente hospitalidad, mientras Branson responde que fue “realmente un placer” verlo, y agrega: “Cada vez que estés por la zona me encantaría verte. ¡Con tal de que traigas a tu harén!”. (Virgin luego aclaró que por harén se refería a tres miembros adultos del equipo de Epstein, una precisión bastante inverosímil).

Steve Tisch, copropietario del equipo de fútbol americano New York Giants, pregunta si una mujer que conoció en la casa de Epstein era “una profesional o una civil”, y Epstein, en otros intercambios, dice tener para él “un regalo” y describe a la mujer que le presentaría a Tisch como “una tahitiana que habla sobre todo francés, exótica”.

Los archivos se publicaron de manera desordenada y confusa y no se protegió siquiera a las víctimas, muchas de las cuales terminaron en la web con rostros, direcciones de correo electrónico e incluso cuentas bancarias. Pero, en cualquier caso, revelan el muestrario más retrógrado y humillante cuando se trata de referirse a las mujeres: harenes, exóticas, prostitutas; una descripción que no aflora demasiado en las crónicas de estos días, más orientadas a destacar la lista de poderosos o personajes conocidos que a subrayar el trato masculino hacia las mujeres. Y no es casual que sea una mujer, Melinda Gates, quien le pide a su exmarido Bill que “responda por su comportamiento”, agregando que “ninguna chica debería verse jamás en esas situaciones”.

La imagen que, entre las conocidas hasta ahora, mejor describe la condición de supremacía masculina y de humillación sexista es probablemente la del príncipe Andrés, agazapado sobre una mujer tendida en el suelo, casi como una fiera a punto de abalanzarse sobre su víctima.

Una historia de poder masculino, y de dominio sexual entrelazado con los poderes económicos, financieros, políticos y culturales. Desde este punto de vista, si se miran los hechos y los archivos a través de ese lente, no sorprende el nutrido elenco de hombres conocidos o autoproclamados progresistas. El ya mencionado Bill Gates, Bill Clinton, el blairista Peter Mandelson –punta de lanza de la campaña de deslegitimación contra Jeremy Corbyn, acusado de un presunto y inexistente antisemitismo–, el mentor de la izquierda radical Noam Chomsky (por ahora presente en los archivos solo con intercambios epistolares), Woody Allen y el exministro de Cultura francés Jack Lang. Todos amigos de Epstein al igual que Donald Trump y Elon Musk, unidos por una sola identidad: ser hombres. Todos en fila para rendirle homenaje a Epstein, al margen de las convicciones y valores exhibidos en su discurso público y aquí, en cambio, sometidos a las violencias sexuales con una voracidad bien captada por The New York Times: “Demuestra cómo funciona la sociedad de élite en todo el mundo. Revela cómo el dinero, independientemente de cómo se gane, atrae la atención de las personas, lo que a su vez trae más dinero y más atención, y genera esta vasta red de conexiones, incluso para alguien como Epstein. Así, la gente vio reunidas a personas poderosas a su alrededor y quiso formar parte”. People follow the money, podría decirse, y no se detiene ni siquiera ante un abusador sexual. Todo esto, continúa The New York Times, “es revelador de cómo algunas personas de la sociedad de élite consideraban a las mujeres. Había un fuerte componente de clase en todo esto. Muchas chicas provenían de familias desintegradas y de contextos pobres. Algunas habían sufrido abusos en la familia. Y eran vistas, básicamente, como objetos; si no para usar sexualmente, al menos para tener alrededor, casi como muebles. Eran vistas como personas descartables”.


Noam y Valéria Chomsky en la Universidad de Arizona en 2018.

Harén, tapicería, mobiliario, personas para usar y tirar. Parece una película de terror, una historia de abusos excepcionales, y obviamente lo es. Pero por el tipo de personas involucradas, por el papel de defensores del sistema dominante –occidental en este caso, que tendrá sus equivalentes en cualquier régimen político– desempeñado por los protagonistas, esa historia se vuelve símbolo de una jerarquía patriarcal bien conocida y denunciada activamente por los movimientos feministas, que el mundo masculino, en cambio, sigue ignorando y esquivando. En el harén de Epstein se escenificó un imaginario que, no por casualidad, fue señalado indirectamente (o quizá de manera más consciente de lo que se cree) por el MeToo estadounidense, dirigido precisamente contra una gestión patriarcal, violenta y propietaria del cuerpo de las mujeres por parte de una élite de hombres blancos y poderosos. Ese movimiento luego fue banalizado y olvidado, pero permaneció en la conciencia de muchas, y no tiene vuelta atrás. Las denuncias por acoso sexual en el trabajo aumentaron después del movimiento en EEUU; así lo señala al menos una nota de la Universidad Bocconi de Milán, con aumentos de denuncias que en algunos casos llegaron al 50 %.

Los archivos de Epstein parecen no perturbar demasiado a la generación masculina que sigue aferrada a un imaginario consolidado e interiorizado hasta volverlo banal. Ciertamente, en gran parte de los comentarios políticos y periodísticos hechos por hombres no falta el repudio, pero a menudo queda eclipsado por la indignación ante la filiación política de los abusadores: los progresistas culpan a Trump y la derecha está lista para replicar con la presencia de los Clinton. Pero el nudo central del caso, la expresión de la relación entre hombres poderosos, patriarcales y ricos, y las mujeres, queda en segundo plano. Y, sin embargo, se trata justamente de desestructurar imaginarios y formas de dominio, esquemas consolidados, relaciones enquistadas incluso con su grado de violencia y humillación. Que desbordan el jet set montado por Epstein, pueblan nuestro imaginario y el caldo turbio en el que crecimos como hombres. Y que a menudo no rechazamos, y menos aún desmantelamos.

Además de rechazar de raíz toda forma de violencia, es necesario desmontar estereotipos, invertir jerarquías léxicas y formas de dominio, incluso las impalpables (sobre todo esas). Porque son las que todavía nos habitan. La historia de liberación y emancipación de las mujeres debe ser escrita por las mujeres, pero también es cierto que una historia de opresión y humillación interpela al sujeto activo del dominio. Y si no se le puede pedir al capitalismo que deje de explotar el trabajo, porque entonces dejaría de existir, sí se les puede exigir a los hombres que desmantelen todo el aparato simbólico ligado al patriarcado y a la opresión. Porque los hombres no dejarían de existir, solo serían mejores y podrían construir relaciones nuevas: solidarias, igualitarias, fundamentalmente inéditas y liberadoras para todos. No hay nada más opresivo y constrictivo, en el fondo, que el patrón de virilidad inculcado desde la juventud, que convierte la exhibición de sí y la competencia infinita en un deber absoluto. Y no hay nada más liberador que deshacerse de él.


Fuente: Ctxt

domingo, 4 de enero de 2026

Secuestro, golpe de Estado, pillaje: las palabras que definen la operación de Estados Unidos contra Venezuela

 

 Redacción de El Salto


Mientras Trump centra su discurso en los beneficios económicos del

 golpe en Venezuela, la UE de Von der Leyen y Macron queda

 retratada: una Europa que justifica lo injustificable y abandona el

 derecho internacional


Masiva manifestación en Nueva York en solidaridad con el pueblo de Venezuela y contra el ataque militar del criminal ultraderechista Donald Trump pocas horas después de perpetrar su Golpe de Estado.


     El orden internacional basado en reglas o, lo que es lo mismo, la doctrina estadounidense impuesta desde el final de la II Guerra Mundial como modo de eludir a conveniencia los dictámenes del derecho internacional y el derecho internacional humanitario, ha vuelto a ser violentado por los propios EEUU.




La intervención de EEUU, bombardeando varios puntos estratégicos de Venezuela, y secuestrando a su presidente, Nicolás Maduro, supone un recordatorio de que aquel orden internacional basado en reglas se basa en que EEUU puede provocar el desorden en cuanto lo desea, y que no hay más reglas que la ley del más fuerte.


Bombardeos sobre Caracas.


Nicolás Maduro tras su traslado a la Base de la Guardia Nacional Aérea de Stewart en Nueva York.


Tal vez por eso es importante reconocer sin eufemismos que lo que ha sucedido es un secuestro, no una captura y mucho menos una detención; que lo que está teniendo lugar es un golpe de Estado, destinado a un cambio de régimen, y que, en el transcurso del mismo, EEUU se verá capacitado para ejercer el pillaje de los recursos naturales del país que ha decidido intervenir, principalmente el petróleo.




Por más que los partidarios de Donald Trump en Europa quieran enmascarar lo sucedido clamando por una supuesta defensa de la libertad, en su comparecencia del 3 de enero, su propio líder se ha encargado de borrar cualquier coartada idealista. Trump apunta exclusivamente en clave interna, sólo se dirige a sus votantes, y a ellos les ha dicho con crudeza que EEUU será más fuerte gracias al usufructo del petróleo venezolano. También se ha referido al otro tema con el que pretende amarrar los apoyos de las clases empobrecidas de EEUU, denunciando la supuesta migración impulsada por Maduro, exclusivamente en clave de seguridad, pintando, como es habitual, una película de terror con tintes pornográficos en la mente de cada espectador.

Trump actúa en clave interna

La coartada escogida para el derrocamiento del presidente de una nación soberana, el supuesto tráfico de drogas organizado por Maduro, ha sido un asunto secundario en una rueda de prensa en la que el mensaje principal ha quedado resumido con esta frase: “Las grandes y hermosas compañías petroleras estadounidenses están llegando para reconstruir, beneficiándose de las vastas reservas de petróleo de Venezuela, lo que hará que muchas personas en Venezuela y en los EEUU sean muy ricas y muy felices”.

A pesar del temor y/o la devoción reverencial que se tiene por Trump en los países europeos, la Casa Blanca guía sus políticas alrededor del eje de la economía interna del país. Y la situación en el interior de Estados Unidos no es buena, no al menos para las clases empobrecidas: la mayoría de la población (57%) piensa que el país se dirige a una recesión y un 45% cree que la situación ha empeorado desde que Trump llegó a la Casa Blanca.


Un manifestante protesta contra los aranceles frente a la Corte Suprema en Washington D. C.

La crisis de las economías domésticas fue el factor clave de la derrota de Trump en 2020 y, en un año marcado por las elecciones de medio mandato (midterm), no hay que minusvalorar el cebo que supone la promesa de gasolina más barata para la ciudadanía de a pie. Puede sumarse a este recuento en clave interna el interés por alejar la atención del caso Epstein y, de cara a futuro, el impacto que puede tener la caída de Maduro en la situación en Cuba, importante para un gran sector del electorado de Florida y otros Estados.

La clave del pillaje habla del corto plazo, mientras que el imperialismo estadounidense explica el largo recorrido que subyace al golpe de Estado propiciado el 3 de enero. Las administraciones estadounidenses, muy especialmente las del Partido Republicano, han dado por descontada la intervención militar, y a través de sus servicios de inteligencia, en Latinoamérica.

La Doctrina Monroe, expuesta en 1823 por el presidente James Monroe estableció que EEUU tenía carta blanca para las intervenciones políticas, militares y económicas en el resto del continente.




En su discurso de toma de posesión en enero de 2025, Trump invocó otra doctrina, vinculada a la Monroe, llamada del “Destino Manifiesto”, por la que EEUU tiene la misión de expandir su dominio y difundir el capitalismo por todo el continente.


Portada del diario francés Libération.


'Su lucha', portada de la revista alemana Stern.


Venezuela, un país que, hasta la llegada de Hugo Chávez, había estado bajo la férula estadounidense, desafió al imperio con políticas de redistribución y nacionalización de sectores, especialmente el petrolero, que la situaron en el punto de mira del imperio desde comienzos de siglo. Los intentos de derrocar a Chávez y a su sucesor, Maduro, no han cesado en dos décadas. Hoy se ha cumplido el objetivo por medio de una intervención salvaje, al estilo de la de Panamá en 1989.

Las cartas ya están echadas 

La reacción internacional al golpe perpetrado por EEUU en Venezuela ha querido pasar por alto los dos elementos fundamentales del mismo: el interés económico inmediato y la ideología imperialista y supremacista que acompaña a EEUU desde su consolidación como potencia militar. La respuesta de la Comisión Europea, a través de sus máximas representantes institucionales, Ursula von der Leyen y Kaja Kallas, ha sido todo lo vergonzosa que podía ser en estas circunstancias, asumiendo unos postulados que ni siquiera Trump ha defendido con especial vehemencia. Von der Leyen, Kallas o Macron han vuelto a presentar a los países de la UE como los perfectos esbirros, capaces de justificar lo injustificable a través de argumentos peregrinos.

Si el orden internacional basado en reglas ya era una farsa, la acción de EEUU en Venezuela es una ampliación de esa práctica hacia un nuevo desorden mundial provocado por quienes imponen sus propias reglas. Es evidente que los instrumentos del derecho internacional deben ser reivindicados aunque no funcionen, como también lo es que ni los países del sur global ni los otros actores imperialistas (Rusia, China) tienen en su mano instrumento, capacidad o deseo alguno de revertir la situación en Venezuela. Eso no debe incapacitar para exigir un posicionamiento firme de los distintos gobiernos y las instituciones. Pero la realidad es que así será.

Es inevitable prefigurar la línea que tomará el Ejecutivo de Pedro Sánchez. Ya está siendo similar a la que se ha seguido con la campaña genocida de Netanyahu y completamente opuesta a la seguida con respecto a Ucrania.




Podemos esperar que Sánchez se mantenga a escasos centímetros de la posición de Naciones Unidas. Y queda el consuelo vacío de que al menos no felicitará a Trump por acabar con una dictadura, pero nada más.




La historia demuestra, por desgracia, que nadie puede contener al imperio cuando comete crímenes, secuestra mandatarios sin ninguna clase de legitimidad ni jurisdicción para hacerlo, y se lanza a por los recursos naturales de un país. Desde las poblaciones y sociedades de todo el mundo solo cabe pedir que no insulten más a nuestra inteligencia y nombrar lo que ha pasado en Venezuela como lo que es: secuestro, golpe de Estado, pillaje. Solo manteniendo el contacto con la realidad será posible cambiarla.



Fuente: El Salto

lunes, 10 de noviembre de 2025

Sin reyes, por segunda vez. O jugando al golf mientras Roma arde

 

 Por Tom Engelhardt    
      Dirige el Nation Institute's Tomdispatch.com (“un buen antídoto contra los medios mayoritarios”) y es cofundador del America Empire Project.



     Sí, en los cada vez más inquietantes y desestabilizados (des)Estados Unidos de Donald J. Trump, recientemente asistí a la manifestación «Odio a Estados Unidos» en la ciudad de Nueva York. O al menos eso es en lo que insistió el presidente republicano de la Cámara de Representantes, Mike Johnson. ¿Quién iba a imaginar que tantos estadounidenses, millones de nosotros en todo el país, «odiarían» tanto a este país como para salir a la calle y manifestarse en las recientes protestas de No Kings, incluso en lugares donde podríamos haber temido correr un peligro evidente por parte de las tropas de «nuestro» presidente?




En los días previos a las últimas manifestaciones de No Kings, independientemente de con quién hablara o dónde vivieran, todos parecían tener pensado acudir a su versión local de esa marcha/manifestación. Mis vecinos, otras personas de la ciudad, habitantes de los suburbios, incluso amigos que viven en el campo. Y a pesar de que conocía a personas que habían marchado en la primera ronda de mítines de No Kings, como yo, eso no era cierto entonces. Esta vez, ¡parecía que había acudido todo el mundo!




¡Oh, espera! De repente me acordé de alguien que no estaba allí. Vaya, voy a rectificar. Estaba allí, pero no lo sabía. Estaba en cartel tras cartel tras cartel, haciendo esto, haciendo aquello, haciendo lo inconcebible... ¿o debería decir, por desgracia, lo demasiado concebible?


Manifestantes se reúnen el sábado durante una protesta contra los reyes en Minneapolis.

Tomemos como ejemplo este que copié:


«Tirano                        Tyrant

Violador                      Rapist

Usurpador                   Usurper

Loco                            Madman

Pedófilo                       Pedophile


¡Y estoy seguro de que sabes lo que significan las primeras letras de esas cinco palabras en inglès!


Miembros de la Guardia Nacional de Texas montan guardia en una instalación de entrenamiento de la reserva del ejército el 7 de octubre de 2025 en Elwood, Illinois.

«Solo las mariposas deberían convertirse en monarcas»

Para mí, esa marcha no comenzó en la calle 50 con la Séptima Avenida, donde salí del metro, sino en el andén del metro del centro, donde esperaba para coger el tren que me llevaría a la marcha. De repente, me di cuenta de que la anciana (y lo digo deliberadamente como anciano) que estaba a mi lado llevaba un cartel hecho a mano —el primero de los miles que vería ese día— que decía: «No a los dictadores/no a los reyes» y, cuando le pregunté al respecto, me respondió rápidamente: «Hubiera llamado cabrón a Trump, pero le falta profundidad y calidez».


Unas 350.000 personas en Nueva York participaron en la protesta 'No Kings', una de las 2.700 que se celebraron en todo el país y que congregaron a 7 millones de personas.

Finalmente, logré salir de ese tren subterráneo con literalmente cientos de otros futuros manifestantes y, muy lentamente, logré subir las escaleras abarrotadas hasta la Séptima Avenida, que se llenó al instante, en el límite de Times Square, en Nueva York. Por lo menos, por lo que pude ver, el presidente Trump no estaba allí, preparándose para marchar por la Séptima Avenida en su antigua ciudad natal, Nueva York, con una cantidad asombrosa de otros neoyorquinos y yo. Las noticias, basadas en estimaciones de la policía, sugirieron que «más de 100 000» de nosotros en mi ciudad natal y «casi siete millones» de estadounidenses en «más de 2700» manifestaciones en todo el país protestaron activamente, y cuando se trata de manifestaciones contra Trump, los que hacen las cifras nunca exageran, sino que casi siempre las subestiman. (Todo lo que puedo decir es que era una vista impresionante, con manifestantes, un número increíble de los cuales llevaban carteles hechos a mano, literalmente abarrotando las calles en una manifestación que se extendía desde la calle 47 hasta la calle 14 sin dejar espacio libre).




Y, sin embargo, aunque no estaba en Nueva York ese día, no es que Donald Trump nunca aparezca en ningún sitio. De hecho, el sábado anterior, casi lo vi. Estaba visitando a un viejo amigo en Washington D. C. y estábamos dando un paseo por un canal que conduce al río Potomac cuando, de repente, nos encontramos con un hombre con una cámara muy sofisticada sobre un trípode y empezamos a charlar. Resultó que trabajaba para una cadena de televisión y su cámara apuntaba a una extensa zona de césped al otro lado del Potomac que, según nos dijo, era un campo de golf. En ese mismo momento, al parecer, el rey de Estados Unidos —ups, perdón, Donald Trump— estaba jugando al golf allí y el cámara estaba esperando a que llegara al séptimo hoyo, que, según nos dijo, estaba justo donde estábamos mirando.


Personal militar uniformado, con el parche de la Guardia Nacional de Texas, se encuentra en el Centro de la Reserva del Ejército de EE. UU.

Oye, fue un alivio saber que Donald Trump, solo dos años más joven que yo, también estaba al aire libre. Da la casualidad de que, en mis más de 81 años en este planeta, solo he estado en un campo de golf una vez en mi vida. Aun así, en ese reciente viaje, estuve realmente cerca de la presencia de «nuestro» presidente, quien, el fin de semana de las manifestaciones No Kings, se encontraba en su complejo Mar-a-Lago, en Florida, para una cena de un millón de dólares por cubierto y, sin duda, jugando al golf de nuevo. Y ese sábado más reciente, cuando di ese largo paseo (o, en términos de ritmo, más bien un arrastrar de pies) por la Séptima Avenida en su antigua ciudad natal, desde la calle 47 hasta la 14, con —o al menos eso me pareció— un billón de neoyorquinos más, sentí como si estuviera de nuevo en «su» presencia, dados todos los fantásticos carteles hechos a mano que llevaba la gente, en los que se leía cosas como: «Solo las mariposas deberían convertirse en monarcas» (con, por supuesto, una imagen del presidente).


La activista Maya Wiley y la congresista Nydia Velázquez -demócrata por Nueva York- estuvieron entre las líderes de la marcha de protesta 'No Kings' en Nueva York.

¿O qué tal las dos mujeres con trajes de dinosaurios y carteles que decían: «Cómete al tirano», «Cómete a los oligarcas»? O el cartel que decía «Rey de los tontos» o, por lo demás, el que tenía garabateado «Los reyes pertenecen a los cuentos de hadas, no al gobierno». Y aquí hay solo algunos de los otros que anoté (algo que podría haber hecho sin parar durante horas sin llegar a copiarlos todos): «¡Eh, Donald! George ha llamado y está cabreado» (con una imagen de George Washington); «Quita tus manitas de nuestra Constitución» (con dos manitas dibujadas en el cartel); «No hay coronas para los payasos» (con un dibujo de Trump con una corona cayéndose de la cabeza); y había un sinfín de carteles con coronas reales amarillas tachadas con líneas. ¿O qué tal «Rey de los tontos»? También había un número notable con esvásticas, mientras que la frase «el Turd Reich» era claramente popular.


'El mismo odio… distinto enfoque'. Protesta No Kings, Nueva York, 18 de octubre de 2025.

Y no hay que olvidar a la mujer que llevaba un cartel que decía: «Los peregrinos eran indocumentados». Luego estaba esa niña con un cartel hecho a mano que decía: «El presidente no debería intimidar», mientras que su madre llevaba uno que decía: «¿Puedo recordarle que en la Estatua de la Libertad no pone R.S.V.P.?». Ah, y no olvidemos «Agarradlos por los archivos de Epstein»; «No hay reyes desde 1776»; «Poned a Trump en ICE» (o «Prefiero mi ICE picado» o «Luchad contra el cambio climático, enviad ICE a la Antártida»); «¡La revolución americana fue la primera manifestación contra los reyes!». «No nos inclinamos ante los multimillonarios»; «¡No a los Führers!» (con una esvástica tachada); y de un hombre blanco de cierta edad, «¡Mi padre también luchó contra el fascismo!» (Y sí, le pregunté, y su padre, como el mío, luchó en la Segunda Guerra Mundial).

Y luego había un manifestante hispano que llevaba un cartel que decía (de forma conmovedora): «Estoy utilizando mi único sábado libre para estar aquí. #No a los reyes». Y no olvidemos esa imagen de un paraguas con las palabras: «No soporto el reinado».

Hay que tener en cuenta que, como más o menos una de cada dos personas llevaba algún tipo de pancarta, había literalmente miles más, en su mayoría hechas a mano. Mientras caminábamos, se escuchaban constantemente consignas como «¡No al KKK, no a los fascistas en EE. UU., no al ICE!», «¡Así es la democracia!», «¿Qué queremos? ¡Fuera Trump! ¿Cuándo lo queremos? ¡Ahora!».

La marcha era tan grande que, cuando finalmente llegué a la calle 14, mi hijo, que había llegado a la manifestación más tarde que yo, todavía estaba en la calle 42, en una amplia avenida que seguía completamente abarrotada de manifestantes. Y consideremos todo esto, a nivel nacional, como un recordatorio de que, a pesar de lo que pueda pensar Donald Trump, este ya no es su Estados Unidos, en un país donde una mayoría genuina de nosotros lo «desaprueba» en las últimas encuestas y, según las mejores estimaciones, más de nosotros lo haremos en los próximos meses.

¿El rey Trump?

Lamentablemente, como sugerían muchas de las pancartas de la manifestación, este país parece tener un futuro que no es nada brillante, por muy bajo que sea el índice de aprobación del presidente. (Por ahora se ha estabilizado más o menos, pero no hay que esperar que dure). Y sí, claramente tiene el impulso, independientemente de lo que los estadounidenses aprueben o no, de gobernar como si fuera un rey. Él y sus principales funcionarios ya le han quitado una cantidad significativa de poder al Congreso y, lo que es peor, ha estado ansioso por utilizar al ejército estadounidense, la Guardia Nacional y los agentes del ICE, aunque sea de forma aleatoria, en ciudades con alcaldes demócratas que obviamente no le gustan. Y eso es algo que, si finalmente ocurre, ningún estadounidense desde la Guerra Civil ha tenido que experimentar jamás. Por supuesto, ya ha pedido al Tribunal Supremo que le permita federalizar las tropas de la Guardia Nacional estatal y enviarlas a ciudades demócratas para apoyar sus planes de control de la inmigración y deportación masiva.

Aunque todo esto es todavía experimental (si es que se puede utilizar esa palabra), desde el Mar Caribe hasta Chicago, el presidente Trump y su equipo parecen decididos a militarizar y —si es que se puede crear esa palabra— autoritarizar el mundo que él (más o menos) gobierna. Sin duda, las redadas de inmigración están cada vez más militarizadas, como en un caso reciente en el que agentes de las fuerzas del orden estadounidenses enmascarados y armados con rifles «descendieron en rappel desde un helicóptero Black Hawk y rodearon [un] edificio de 130 viviendas en Chicago». Como diría después el alcalde de esa ciudad, Brandon Johnson: «Esta redada no tenía que ver con la seguridad pública. Desde luego, no tenía que ver con la inmigración. Se trataba de una demostración de autoritarismo, una muestra contundente de tiranía».

Y fíjense, aún no ha pasado ni un año desde que Donald Trump iniciara su segundo mandato. En estas circunstancias, tres años más podrían ser mucho tiempo para que él y su equipo puedan hacer todo lo posible, o tal vez incluso coronarlo literalmente como el primer rey estadounidense. Después de todo, en febrero, ya había publicado una imagen de sí mismo en Truth Social con una corona de rey. Recientemente (y de forma demasiado ominosa), en respuesta a las manifestaciones de No Kings, publicó un vídeo generado por IA en el que aparecía con una corona de rey y pilotando un avión de combate (con la inscripción «King Trump») sobre lo que probablemente sea Times Square, en Nueva York, llena de manifestantes, y lanzando sobre ellos lo que claramente es una carga de bombas de mierda literal. Poco después, volvió a publicar otro vídeo generado por IA que el vicepresidente JD Vance había subido (con la canción «Hail to the King» de la banda de heavy metal Avenged Sevenfold de fondo). En él, se corona a sí mismo y luego desenvaina una espada, mientras que los que están frente a él, entre ellos la ex presidenta de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi y el líder de la minoría del Senado Chuck Schumer, se arrodillan y le inclinan la cabeza.

Demasiado para No Kings

La pregunta, por supuesto, es: ¿cuánto tiempo pasará antes de que esos vídeos falsos generados por IA se conviertan en una inquietante versión de la realidad generada por Trump y Vance? Después de todo, a raíz del reciente cierre del Congreso, nos encontramos en un mundo político en el que el Congreso parece haber dejado de existir funcionalmente.

En cierto sentido, ahora todo está siendo «trumpificado» (o quizás debería escribirse en mayúsculas: TRUMPIFICADO). Sin duda, será (ominosamente) interesante ver cuánto tiempo puede pisotear y «trumpificar» al pueblo estadounidense.

Pensemos en él como alguien que juega al golf mientras Roma arde.


Fuente: sinpermiso