Mostrando entradas con la etiqueta Pedro Sánchez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pedro Sánchez. Mostrar todas las entradas

viernes, 23 de octubre de 2026

¡Españoles, a votar!

 

Que tampoco el otoño es ya lo que era (11 de 21)


 Por Pedro Costa Morata   
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

Sea como sea, estas elecciones han sido convocadas en condiciones feas, inquietantes, desde luego mejorables. Y por eso el bullicio contra reloj de la constitución de candidaturas ha resultado tan decepcionante. Este cronista desea fervientemente que gane Pedro Sánchez y vuelva a ser presidente del Gobierno, esta vez con la ayuda fehaciente y necesaria del Frente Amplio (de Podemos, formación en la que no he creído nunca, ya hablaré otro día), para lo que aportará su granito de arena. Al candidato Sánchez, no obstante, se le deben hacer algunas observaciones que considero muy del caso, empezando por recordarle que la crisis de la vivienda se ha ido envenenando en los últimos años, los de su mandato, y que su Gobierno (y las sucesivas ministras del ramo) no han hecho gran cosa por conjurarla; y continúo recriminándole que sigue dedicando a vivienda pública mucho menos que a la adquisición de armamento, lo que no tiene ninguna justificación. Es su policía, por otra parte, la que está apaleando a muy dignos y responsables ciudadanos que se manifiestan por la catastrófica situación de la enseñanza y la sanidad públicas en la Comunidad de Madrid.

Con esta advertencia, en realidad constatación profunda, válida para los tiempos que vienen con cualquier Gobierno que salga ganador: que la Policía Nacional actúa más bien en sintonía con la Ayuso, convirtiéndose el delegado del Gobierno en Madrid en un cero a la izquierda (¿Pues no ha dicho este burócrata oscuro y acomplejado, cuando se le ha pedido explicaciones por la violencia policial, que “eso está en manos de la Policía de Madrid”? ¿No es para correrlo, a él sí, a gorrazos?). Esa “autonomía” policial en sus tareas de represión, que debiera hacer caer a ese delegado del Gobierno y al mismísimo ministro Grande-Marlaska, nos debe recordar que, en efecto, ni el Gobierno actual ni el futuro, en su versión de izquierdas, que es lo que quiero plantearme con fe y esperanza, controla las principales fuerzas fácticas en presencia: que seguimos dudando sobre el carácter necesariamente democrático del Ejército (demasiado franquista, para los años que han pasado), que la Iglesia mantiene su labor de zapa contra todo lo que sepa o huela a izquierda, que los bancos, las eléctricas, las constructoras, las telecos, etc., mandan y deciden más que el Gobierno y se muestran con los ciudadanos cada día más dispuestos a saquearlos y noquearlos.

Con la nota aclaratoria de que los ámbitos de mayor dignidad democrática, de evidente tinte izquierdista como son la educación y la sanidad, son objetos de un implacable maltrato por la derechona jaleada por esas otras instancias señaladas, tratando de reducirlos a la impotencia y la humillación.


Policías aporreando a manifestantes educadores (laSexta).

Que lo de Madrid se pasa de castaño oscuro, y a esta Ayuso hay que tenerle menos miedo/respeto, ya que está destrozando lo esencial de nuestra sociedad y nuestra convivencia: yo propondría al Gobierno de izquierdas que salga elegido en noviembre que no se ande con chiquitas con la malvada dama de la provocación y decrete un 155 contra la Comunidad de Madrid para salvar la sanidad, la educación y los servicios públicos, hasta que se ponga orden en el estropicio.

Esta Policía y quienes la controlan de hecho, deben estar mirándose en la represión que actúa contra las masas exasperadas en media Europa y en las medidas autoritarias (más palos, más detenciones) con que respaldan ese ensañamiento los Gobiernos de Francia e Italia. Y no se la ve capaz de entender -sus mandos directos y, sobre todo, los políticos- que la agitación callejera es muestra clara y harta de la violencia de tantos Gobiernos conservadores y ultras, europeos, que no dejan de incrementar el abuso agresivo contra sus respectivas ciudadanías, no sirviendo de nada el funcionamiento democrático de las instituciones, que se vuelcan en proteger y fortalecer a los de siempre. Serio, y desolado, recordatorio para cuando ganen las izquierdas, y horrorosa advertencia para el caso de que ganen PP y Vox, cuyos planes de Gobierno son apretarnos el cinturón y desposeernos para mejor aplastarnos, ya que están preparados para desatar la violencia desde el poder contenida en los últimos años, mientras han tenido que morder el freno (que ya los conocemos).

El otro tema de envergadura que quiero poner de relieve es el de la crisis con Marruecos y la militarización tan procazmente emprendida por este Gobierno. Porque Sánchez mentía cuando en la radio afirmaba que no tenía constancia de la intervención de Marruecos en la avalancha de Ceuta de julio; mentía y lo sabía, y nosotros sabíamos que mentía; a su vez, él sabía que nosotros sabíamos que mentía; y nosotros sabíamos que... etc.

La tensión con Marruecos no va a ceder en los próximos meses y años, porque Mohammed VI quiere dejar encarrilado, si no cerrado, el asunto de las plazas africanas de España, o sea, su “recuperación”, para que lo arregle del todo su hijo Hasán, que pronto le sucederá. Y, según la experiencia histórica, la acción marroquí (política, diplomática, pseudo militar) mantiene claras ventajas frente a España, por lo que hay que ir haciéndose a la idea de poco agradables desenlaces teniendo en cuenta los odiosos, pero imposibles de erradicar, prejuicios anti-moro, anti-árabe y anti-Islam, hondamente instalados en la mayoría de nuestra población, con especial intensidad en organizaciones como el Ejército, los partidos de derechas, los neofascistas, etc.

Hizo muy bien Pedro Sánchez con su “No a la guerra” frente al Trump agresor en Irán evocando, supongo, el gran rechazo del pueblo español a la guerra de Iraq en 2003, y ha conseguido causar impacto, justamente. Pero evita aludir a la entrada en la OTAN y el reconocimiento del Estado de Israel, en 1986, así como a la primera guerra de Iraq de 1990-91, que fueron decisiones de sus predecesores socialistas y cuyas consecuencias, sobre todo las que tienen que ver con las grandes pifias de 1986, las sufrimos actualmente y debieran alertarnos de mucho más serios episodios futuros, tal y como se mueve la política internacional y los degenerados que la dominan. De modo que esa valentía que hay que reconocerle debiera ser consecuente al menos en dos aspectos, siendo el primero el desembarazarse de aquellas decisiones de Felipe González (y, si es posible, promover la expulsión del partido de este gruñón incontinente, que viene aumentando el ruido de sus intervenciones para disimular sus responsabilidades en la fragilidad exterior del país); y el segundo sería poner en marcha el procedimiento de clausura de las bases norteamericanas en España, esa impúdica herencia del franquismo, porque no son sino un riesgo crecientemente cercano, siendo nuestro primer enemigo exterior el imperialismo enloquecido norteamericano, que nos empuja y compromete. Y porque ya está bien.

(Ya que Marruecos, precisamente, está sustituyendo a grandes zancadas a España como aliado privilegiado de Estados Unidos a la entrada del Mediterráneo... dejemos que se vayan los yanquis de nuestras bases “conjuntas”, como le gusta amenazar al indescriptible Trump. A lo malo, se los sustituye con personal español para que los pueblos que se benefician de su presencia no noten demasiado su ausencia...)

Pero por contra a su actitud aparente y parcialmente pacifista, nuestro presidente estimula el rearme y el estirón de la industria militar naciona, y sigue apoyando militarmente a Ucrania (¡a un régimen filonazi, corrompido y manipulado!) por incordiar a Rusia, fielmente alineado con la agresiva, mendaz y supremacista OTAN. No me ha gustado nada que anuncie que será Margarita Robles, la ministra-sargento, su número 2 en la candidatura del PSOE por Madrid, ya que se trata de una beligerante e intervencionista, furibunda rusófoba y estratega de pacotilla, y porque no se entera de que su Ejército malamente puede pasar por democrático, con esas investigaciones que dice acometer, muy seria, cuando sus exabruptos trascienden (¿qué les va a pasar a esos legionarios de Ceuta, racistas y delincuentes?).

En relación con la agresividad de nuestras fuerzas armadas en ciertos escenarios exteriores, insisto en mi advertencia (porque ya me puse serio con “España provocando en el Báltico: ¿Rusia es culpable?”, cuartopoder.es, 22 de marzo de 2018), de que nuestros pilotos de los F-18 sobre los cielos neutros del Báltico se están pasando en sus provocaciones contra Rusia, y se están ganando un buen zarpazo del oso ruso (o sea, de los Mig que guardan sus fronteras), por chulos e irresponsables.


Un F-18 español intercepta a un avión ruso sobre el Báltico (Vozpopuli).

Y no nos creamos que la OTAN va a responder a ese encontronazo echando mano del famoso artículo 5 de su Carta: vociferaciones y ya.

sábado, 8 de agosto de 2026

Marruecos se crece, rearma y chantajea… porque puede

 

 Por Pedro Costa Morata   
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


 El caso está en no hablar claro, en alimentar los tabúes nacionalistas y patrioteros, en adherirse a sentimientos que ni la Historia ni el Derecho pueden encajar, barruntando conflictos -aparentemente larvados pero que una y otra vez asoman su letalidad- para este Estado que llamamos español, que sigue siendo incapaz de resolver penosas contradicciones del pasado. Por ejemplo, Ceuta, Melilla y los “peñones”.

Tras la gran pifia cometida por España regalándole el Sáhara Occidental a Marruecos gratis et amore, tan fácil se lo pusimos, quedó pendiente para nuestro vecino del sur apoderarse -“recuperar”, dicen ahí, con escaso rigor histórico o jurídico, pero con la máxima decisión- de esas “Plazas de soberanía” española en territorio africano, ciertamente marroquí. Y en la hoja de ruta que el hábil Hasán II dejó trazada, habiendo contrastado bien y con éxito la debilidad (por no decir lenidad) de España, señaló para sus sucesores, Mohammed VI y Hasán III, lograr para su Reino esas dos ciudades (llamadas “autónomas” pero carentes de la menor autosuficiencia), los dos peñones (el de Vélez de la Gomera y el de Alhucemas, que los marroquíes pueden apedrear desde su orilla) y esas islas (las Chafarinas) que no nos sirven ni para proteger la foca monje.

Nos vienen perjudicando, desde luego, las malas artes que el presidente Donald Trump considera propias de la acción política internacional, bien adheridas a una ignorancia supina, su mala baba como tipo grotesco y aborrecible, su capricho de hacer a América grande de nuevo machacando a medio mundo, su obsesión por los negocios, que considera parte esencial en sus relaciones internacionales, y su sumisión a los designios genocidas del Estado de Israel. Un verdadero (y peligrosísimo) mamarracho, quien se ha tomado muy a mal que el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, se haya atrevido (sobrado de pruebas) a acusar de genocidas a los líderes israelíes, patronos de la Casa Blanca, así como a negarle el uso de las bases de utilización conjunta en su agresión (guerra pirata, ilegal, canalla, de su estilo y firma) contra Irán.

Además, el Gobierno español, al que acosa la derecha y la ultraderecha trumpistas, debe de adolecer de evidente debilidad interior y exterior según la CIA, el Mossad y la DGDE marroquí, de inteligencia exterior. Aducirán como pruebas la rendición sin condiciones de Sánchez cuando se allanó a la “solución” marroquí de una autonomía (tramposa, ilegal) para el Sáhara de resultas de haber comprobado los daños producidos a él y a España (aunque desconocidos por el común de los españoles) por el espionaje del programa Pegasus, de creación israelí pero manejado por Rabat; además de la evidente vulnerabilidad de las fronteras (más bien alambradas) de Ceuta y Melilla ante una inmigración que es imposible de frenar.


Pedro Sánchez y Mohammed VI (2024).

Así que, para el “triángulo” formado por Estados Unidos, Israel y Marruecos, grandes e impunes perturbadores de la paz internacional, la intimidación a la España de Pedro Sánchez se ha acabado convirtiendo en una operación de acoso (atractiva, facilona, llena de promesas), precursora de envites más serios de desgaste político y -jugando siempre a favor de Marruecos- reajuste territorial.

Así que sí: la espectacular invasión de Ceuta por miles de personas, en su mayoría jóvenes y con neto predominio de marroquíes, constituye un ensayo para -a modo de nueva Marcha Verde adaptada a las circunstancias- poner en jaque a España, la obligue incluso a actuar militarmente y, tras las mediaciones y las conversaciones de “aliados” y “amigos”, obtener un plazo para la cesión de las plazas y peñones con una soberanía compartida desde ya. Un ensayo al que seguirán otros según un plan que debe estar ya establecido.

Para este cronista, servidor de ustedes, que remata en este agosto feo y chabacano su tercer trabajo de política internacional, La cuestión del Sáhara Occidental y las relaciones España-Marruecos (contra la Historia y el Derecho), que se podrá disfrutar ya en octubre, cuando lo publique la amistosa editorial El viejo Topo, lo de Ceuta (Sebta) me ha venido al pelo, pero no ha podido alterar la tesis que sostiene -que sostengo, como tantísimos españoles, aunque en silencio- sobre la conveniencia de entregar esas plazas y peñones a Marruecos, de forma ordenada, pero cuanto antes. No solamente para liquidar una causa de chantaje marroquí que ya cansa y erosiona demasiado, sino, ya digo, por afrontar con dignidad y justicia las exigencias implacables de la Historia y del muy respetable Derecho escrito: de Moral internacional, en suma.


Ceuta, indefendible (istock).

Pocos se han decidido a poner en relación la facilidad con que se entregó el Sáhara a Marruecos con la amenaza y el chantaje sobre Ceuta y Melilla. El Frente Polisario lo sabía y lo sabe (sus analistas y diplomáticos son, de siempre, de una especial finura y preparación), y algunos diplomáticos españoles llegaron a pedirlo/proponerlo a sus jefes ministeriales en lo más crudo de la crisis por el Sáhara en 1975. Lo supimos después, cuando el prestigioso diplomático español Máximo Cajal (aquel que, siendo embajador en Guatemala en 1980 estuvo a punto de morir cuando la policía de aquella dictadura asaltó e incendió la legación asesinando a 37 indígenas que allí se habían refugiado) reveló en su libro Ceuta y Melilla, Olivenza y Gibraltar ¿Dónde acaba España? (2003) que el embajador ante las Naciones Unidas, Jaime Piniés, “en el difícil 1975, informó por escrito a Exteriores de que lo razonable sería retroceder inmediatamente peñones e islotes a Marruecos, concertar un plazo de 20 años para retroceder la soberanía de Melilla y rechazar cualquier discusión sobre Ceuta hasta tanto no hubiéramos incorporado Gibraltar a la soberanía española”. Cajal se mostraba indignado, por cierto, por la operación militar sobre el islote (en realidad, pedrusco) Perejil (Tura) en julio de 2002, dejando bien clara su opinión: es “una situación colonial que es una afrenta a Marruecos y un elemento de desasosiego y mala conciencia nacional para España, que se agita en cuanto se menciona el tema… son tres contenciosos, que deben ser encauzados, gestionados y resueltos con una visión global”; con un remate lapidario: “Hay que reintegrar la integridad territorial de Marruecos”.

En estos días de alteración de conciencias y saberes sobre estos penosos asuntos caspo-coloniales, resurge desde varios puntos esa cantinela enervante de que la apropiación de esas plazas y peñones por España tuvo lugar “cuando Marruecos no existía aún como Estado”. Y me ha sorprendido que una catedrática de Derecho Internacional (que no nombro porque no sé muy bien cómo mostrarle mejor mi respeto, si nombrándola o absteniéndome) aluda a que “ni Ceuta ni Melilla han sido nunca territorios marroquíes y son españolas siglos antes del Protectorado sobre Marruecos”, dando a entender (¡qué barbaridad!) que Marruecos no ha sido un Estado hasta 1956. De donde habría que deducir que no eran verdaderos Estados el imperio almorávide, el almohade (ambos, con capital en Marrakech), el meriní (con capital en Fez), los tres, por cierto, abarcando parte de la España de los siglos XI-XIV; y que las dinastías meriní (1244-1465), saadí (1554-1659, con capital en Marrakech) y alauí (1659 hasta hoy, con capitales sucesivas en Fez, Mequinez y Rabat) no han constituido Estado nunca. ¿Qué eran, entonces?, ¿acaso sólo el Occidente cristiano ha sido capaz de crear Estados verdaderos, es decir, estructuras de gobierno, dominio y desarrollo de sus territorios, por más que evolucionaran en extensión y formas políticas?

Pero lo más importante es -a la luz del Derecho Internacional y más todavía, de la Historia- que la mayoría de esas plazas y peñones, que también fueron denominadas “presidios” durante siglos, fueron conseguidas por España tras hechos de guerra y paces impuestas, siguiendo una dinámica rigurosamente colonial. Ceuta, precisamente, resulta ser portuguesa en origen, ya que fue conquistada en agosto de 1415 por Portugal en plena etapa de su expansión por África y el Atlántico, protagonizada por los reyes de la Casa de Avis y con la figura histórica de Enrique el Navegante que, por cierto, participó en la toma de la ciudad al Estado/dinastía meriní, o benimerín. Pasó a la unión dinástica de las coronas portuguesa y española (1580-1640) con Felipe II, y cuando esta unión se deshizo y finalizó la guerra consiguiente, permaneció en manos de España (desde 1668).

Por España fueron conquistadas Melilla (Mlilat, 1497), el Peñón de Vélez de la Gomera (1508) y el Peñón de Alhucemas (Al-Hoceima, 1560), ocupando las Chafarinas en 1848 cuando se supo que Francia, que ya dominaba la Argelia mediterránea, pretendía hacerse con ellas. Son dinámicas estrictamente coloniales que por parecer muy alejadas de la época del colonialismo y el imperialismo europeo -Portugal y España fueron Estados adelantados en esa expansión política y comercial, como bien sabemos- pueden hacer pensar en apropiaciones territoriales más nobles o justificadas.

Hacen muy bien los pueblos excoloniales de resarcirse cuando pueden de la implacable “lógica colonial”, que siempre consiste en la imposición de ciertas potencias sobre otros pueblos y tierras para explotar sus riquezas naturales (saqueo) y a los propios pobladores (esclavitud), y en frecuente competencia con potencias semejantes sobre los mismos territorios o bienes. Ese fue el “modelo” de las relaciones España-Portugal en los siglos XV-XVI, eso explica el empeño por “recuperar” el enclave de Santa Cruz de Mar Pequeña en tierra ajena y con propósitos económicos, falseando lugar y motivos, y ese es el escenario repetido en el siglo XIX y primera mitad del XX, de España frente a Francia e Inglaterra, con la “invención” de los derechos sobre el Sáhara y la ocupación y reparto de la región con una Francia más poderosa que, además, podía conceder migajas coloniales y límites espaciales caprichosos a su vecina y aliada. Todo ello, aprovechando la inferioridad militar de los pueblos por someter, fueran Estados (Marruecos), fueran tribus autónomas e intratables, celosas siempre de su independencia, pero obligadas a someterse y sobrevivir.

Marruecos viene sosteniendo su reivindicación sobre Ceuta, Melilla y los peñones desde prácticamente su acceso a la independencia en 1956 y desde el mismo momento de la aprobación de la Resolución 1514 (1960) por la Asamblea General de la ONU sobre la situación de los Territorios No Autónomos con la consiguiente creación del Comité de Descolonización (1961, llamado “de los 24”). Y también desde entonces ve frustradas sus pretensiones en ese marco internacional por la cerrada negativa de España a entrar en esa discusión, pero no ceja en su intento y muy bien supo enarbolarlo cuando decidió acelerar sus pretensiones sobre el Sahara en 1973-1975. Jugaba así con la baza decisiva de su poder sobre una España absolutamente decidida a pagar cualquier precio -incluido el de la entrega ilegal del Sáhara- por mantener su soberanía sobre las plazas africanas. La posición de España, empecinándose en mantener su soberanía sobre esas plazas permite a Marruecos seguir expresándose como víctima del colonialismo y asumir como territorios propios aquellos de los que alega que se le despojó por los avatares históricos, tanto los legítimos (las plazas españolas) como los ilegítimos (el Sáhara Occidental).

Por lo que, en la perspectiva de un futuro irremediable, más vale ir preparando la “retrocesión”, o como se le quiera llamar, de esas plazas y peñones africanos al Reino de Marruecos. No solamente España se liberará del chantaje permanente, sino que habrá saneado su pasado histórico y habrá realizado un esfuerzo colectivo de prudencia y realismo. Este cronista, un servidor, propondría que esta cesión, entrega, transacción, regalo, venta…, sea acompañada de la denuncia activa de los Acuerdos de Madrid sobre el Sáhara, ilegales, infamantes, vergonzosos y criminales, declarando solemnemente haber aceptado la propuesta marroquí de autonomía por coacción (y revelando los secretos del chantaje derivado del Pegasus, claro), reclamando la Administración del Sáhara, que sigue poseyendo de iure, exigiendo la salida de las fuerzas armadas marroquíes de ese territorio y decidiendo, en íntima colaboración con Naciones Unidas y la MINURSO, la celebración del referéndum debido, necesario y justo.

Pero el Gobierno español, si sigue siendo socialista, deberá hacer frente a ese lobby de figuras del PSOE volcados en los intereses de Marruecos, que han hecho propios y hacia los que ya han ido muy lejos.

En primer lugar, Felipe González, traidor en jefe de la causa saharaui y desde hace (muchos) años incrustado en la órbita de la dictadura marroquí, a la que sirve con gran convencimiento.


Felipe González en los campamentos saharauis (1976).

Y luego, José Bono, gran negociante, cuyos principios políticos y morales son -como los de su antiguo jefe y referencia- mudables e intercambiables; y otro exministro, Pepe Blanco, Pepiño, cuya empresa de consulting se forra con los encargos marroquíes y acoge, por igual, a sociatas y peperos; y a Moratinos, que tomamos en su día por pilar ético en la diplomacia española, así como a su antiguo jefe y amigo, José Luis Rodríguez Zapatero, más antiguo de lo que imaginábamos en la causa marroquí, y del que también hemos acabado sabiendo que se ha curtido en la inmersión de todo tipo de charcos, de los que ya no va a poder salir ni limpio ni blanqueado; y a los también exministros María Antonia Trujillo, José Fernando López Aguilar, convencidos y convictos en su adhesión al Trono alauí; ¡ah, y al ministro de Agricultura, Luis Planas, antes embajador en Rabat, para el que pido una comisión parlamentaria ad hoc que escrute sus relaciones con Marruecos y con notables marroquíes, así como la repercusión para los intereses del campo español de sus relaciones; y más gente, desde luego.

Y que Marruecos se enfrente a la legalidad internacional conculcada, sin nuestra colusión y sin su sempiterna capacidad de chantaje; que se enfrente con sus medios a la inmigración llamada “ilegal” en esa costa, espejo y muestrario de los horrores del colonialismo europeo, el español incluido, que es en primer lugar una fuga desesperada de sus jóvenes por los horrores de ese país y esa sociedad, huyendo de las garras de una oligarquía insufrible que domina política y economía; y si -como es probable- le declara la guerra al mundo, que quede en evidencia que el Reino alauí y sus apoyos proceden con el más genuino estilo de la piratería internacional, merecedora de desprecio y castigo.


domingo, 4 de enero de 2026

Secuestro, golpe de Estado, pillaje: las palabras que definen la operación de Estados Unidos contra Venezuela

 

 Redacción de El Salto


Mientras Trump centra su discurso en los beneficios económicos del

 golpe en Venezuela, la UE de Von der Leyen y Macron queda

 retratada: una Europa que justifica lo injustificable y abandona el

 derecho internacional


Masiva manifestación en Nueva York en solidaridad con el pueblo de Venezuela y contra el ataque militar del criminal ultraderechista Donald Trump pocas horas después de perpetrar su Golpe de Estado.


     El orden internacional basado en reglas o, lo que es lo mismo, la doctrina estadounidense impuesta desde el final de la II Guerra Mundial como modo de eludir a conveniencia los dictámenes del derecho internacional y el derecho internacional humanitario, ha vuelto a ser violentado por los propios EEUU.




La intervención de EEUU, bombardeando varios puntos estratégicos de Venezuela, y secuestrando a su presidente, Nicolás Maduro, supone un recordatorio de que aquel orden internacional basado en reglas se basa en que EEUU puede provocar el desorden en cuanto lo desea, y que no hay más reglas que la ley del más fuerte.


Bombardeos sobre Caracas.


Nicolás Maduro tras su traslado a la Base de la Guardia Nacional Aérea de Stewart en Nueva York.


Tal vez por eso es importante reconocer sin eufemismos que lo que ha sucedido es un secuestro, no una captura y mucho menos una detención; que lo que está teniendo lugar es un golpe de Estado, destinado a un cambio de régimen, y que, en el transcurso del mismo, EEUU se verá capacitado para ejercer el pillaje de los recursos naturales del país que ha decidido intervenir, principalmente el petróleo.




Por más que los partidarios de Donald Trump en Europa quieran enmascarar lo sucedido clamando por una supuesta defensa de la libertad, en su comparecencia del 3 de enero, su propio líder se ha encargado de borrar cualquier coartada idealista. Trump apunta exclusivamente en clave interna, sólo se dirige a sus votantes, y a ellos les ha dicho con crudeza que EEUU será más fuerte gracias al usufructo del petróleo venezolano. También se ha referido al otro tema con el que pretende amarrar los apoyos de las clases empobrecidas de EEUU, denunciando la supuesta migración impulsada por Maduro, exclusivamente en clave de seguridad, pintando, como es habitual, una película de terror con tintes pornográficos en la mente de cada espectador.

Trump actúa en clave interna

La coartada escogida para el derrocamiento del presidente de una nación soberana, el supuesto tráfico de drogas organizado por Maduro, ha sido un asunto secundario en una rueda de prensa en la que el mensaje principal ha quedado resumido con esta frase: “Las grandes y hermosas compañías petroleras estadounidenses están llegando para reconstruir, beneficiándose de las vastas reservas de petróleo de Venezuela, lo que hará que muchas personas en Venezuela y en los EEUU sean muy ricas y muy felices”.

A pesar del temor y/o la devoción reverencial que se tiene por Trump en los países europeos, la Casa Blanca guía sus políticas alrededor del eje de la economía interna del país. Y la situación en el interior de Estados Unidos no es buena, no al menos para las clases empobrecidas: la mayoría de la población (57%) piensa que el país se dirige a una recesión y un 45% cree que la situación ha empeorado desde que Trump llegó a la Casa Blanca.


Un manifestante protesta contra los aranceles frente a la Corte Suprema en Washington D. C.

La crisis de las economías domésticas fue el factor clave de la derrota de Trump en 2020 y, en un año marcado por las elecciones de medio mandato (midterm), no hay que minusvalorar el cebo que supone la promesa de gasolina más barata para la ciudadanía de a pie. Puede sumarse a este recuento en clave interna el interés por alejar la atención del caso Epstein y, de cara a futuro, el impacto que puede tener la caída de Maduro en la situación en Cuba, importante para un gran sector del electorado de Florida y otros Estados.

La clave del pillaje habla del corto plazo, mientras que el imperialismo estadounidense explica el largo recorrido que subyace al golpe de Estado propiciado el 3 de enero. Las administraciones estadounidenses, muy especialmente las del Partido Republicano, han dado por descontada la intervención militar, y a través de sus servicios de inteligencia, en Latinoamérica.

La Doctrina Monroe, expuesta en 1823 por el presidente James Monroe estableció que EEUU tenía carta blanca para las intervenciones políticas, militares y económicas en el resto del continente.




En su discurso de toma de posesión en enero de 2025, Trump invocó otra doctrina, vinculada a la Monroe, llamada del “Destino Manifiesto”, por la que EEUU tiene la misión de expandir su dominio y difundir el capitalismo por todo el continente.


Portada del diario francés Libération.


'Su lucha', portada de la revista alemana Stern.


Venezuela, un país que, hasta la llegada de Hugo Chávez, había estado bajo la férula estadounidense, desafió al imperio con políticas de redistribución y nacionalización de sectores, especialmente el petrolero, que la situaron en el punto de mira del imperio desde comienzos de siglo. Los intentos de derrocar a Chávez y a su sucesor, Maduro, no han cesado en dos décadas. Hoy se ha cumplido el objetivo por medio de una intervención salvaje, al estilo de la de Panamá en 1989.

Las cartas ya están echadas 

La reacción internacional al golpe perpetrado por EEUU en Venezuela ha querido pasar por alto los dos elementos fundamentales del mismo: el interés económico inmediato y la ideología imperialista y supremacista que acompaña a EEUU desde su consolidación como potencia militar. La respuesta de la Comisión Europea, a través de sus máximas representantes institucionales, Ursula von der Leyen y Kaja Kallas, ha sido todo lo vergonzosa que podía ser en estas circunstancias, asumiendo unos postulados que ni siquiera Trump ha defendido con especial vehemencia. Von der Leyen, Kallas o Macron han vuelto a presentar a los países de la UE como los perfectos esbirros, capaces de justificar lo injustificable a través de argumentos peregrinos.

Si el orden internacional basado en reglas ya era una farsa, la acción de EEUU en Venezuela es una ampliación de esa práctica hacia un nuevo desorden mundial provocado por quienes imponen sus propias reglas. Es evidente que los instrumentos del derecho internacional deben ser reivindicados aunque no funcionen, como también lo es que ni los países del sur global ni los otros actores imperialistas (Rusia, China) tienen en su mano instrumento, capacidad o deseo alguno de revertir la situación en Venezuela. Eso no debe incapacitar para exigir un posicionamiento firme de los distintos gobiernos y las instituciones. Pero la realidad es que así será.

Es inevitable prefigurar la línea que tomará el Ejecutivo de Pedro Sánchez. Ya está siendo similar a la que se ha seguido con la campaña genocida de Netanyahu y completamente opuesta a la seguida con respecto a Ucrania.




Podemos esperar que Sánchez se mantenga a escasos centímetros de la posición de Naciones Unidas. Y queda el consuelo vacío de que al menos no felicitará a Trump por acabar con una dictadura, pero nada más.




La historia demuestra, por desgracia, que nadie puede contener al imperio cuando comete crímenes, secuestra mandatarios sin ninguna clase de legitimidad ni jurisdicción para hacerlo, y se lanza a por los recursos naturales de un país. Desde las poblaciones y sociedades de todo el mundo solo cabe pedir que no insulten más a nuestra inteligencia y nombrar lo que ha pasado en Venezuela como lo que es: secuestro, golpe de Estado, pillaje. Solo manteniendo el contacto con la realidad será posible cambiarla.



Fuente: El Salto

miércoles, 24 de septiembre de 2025

Aquella brisa de los veranos de antes (13 de 20)

 

 Por  Pedro Costa Morata
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


Borrell ante Israel: de la cobardía al cinismo


No puedo aludir a sensibilidad, sino a caradura, al tener en cuenta las críticas que Josep Borrell viene dirigiendo a Israel y a la Unión Europea por las masacres de Gaza. Porque no me consta que durante los cinco años de su mandato como Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad (2019-2024), es decir, la persona obligada -que no llamada ni invitada ni adecuada: obligada-, se atreviera a poner sobre la mesa los crímenes de Israel y pedir la ruptura de toda relación de la UE con ese Estado criminal, así como la intervención armada de una coalición internacional, a ser posible la OTAN, para impedir el genocidio de los palestinos a manos de la pavorosa maquinaria militar sionista. Anoto, antes de seguir que, así como la OTAN atacó en 1999 con ferocidad a Serbia pretextando “razones humanitarias” por la (aireada, pero esencialmente falsa) “limpieza étnica de kosovares”, mucho más directo y duro ataque debiera ahora de lanzar sobre Israel por la operación de limpieza étnica derivada en auténtico genocidio.


Josep Borrell

        Por supuesto que lo de la intervención de la OTAN contra Israel producirá incluso la sonrisa del político Borrell, porque como es bien sabido OTAN e Israel forman coalición fascistoide en un mundo en el que Occidente, que engloba a ambos, sigue marcando la pauta y siempre está dispuesta a castigar a los pueblos y Estados que se salen del aprisco señalado (caso de Serbia, caso de Rusia). El caso es que nada de eso pasó por la cabeza de tan notable figurón que, cuando el 7 de octubre, se alineó claramente con quienes ponían de relevancia “el derecho de Israel a defenderse”, expresión que no pocas veces salió de su boca y que parecía incluir la “obligación de someterse” para el pueblo y las organizaciones palestinas; y ponía exquisito cuidado en pedir a Israel que su respuesta al ataque de Hamás “fuera proporcionada”, ignorante al parecer de cómo es la respuesta habitual de Israel hacia los palestinos masacrados desde 1948 y aun antes.

        Hace un tiempo, en un artículo que titulaba “Borrell: de jacobino a lacayo” (elDiario.es, 5 de junio de 2021), recriminaba yo “a Borrell y sus socios de la UE (que) se permiten la indecencia de marcar y perseguir a los grupos de combate palestinos, como Hamás, a los que describen como ‘terroristas’ porque su objetivo es oponerse a la invasión, el expolio y los crímenes de Israel; y no lo hacen con el Likud, los partidos sionistas o el propio Gobierno israelí, cuyo objetivo en la historia y la región (ya establecido antes de la declaración unilateral de independencia en 1948) es eliminar a los palestinos de Palestina y apoderarse de todo aquello”. Y luego, harto de tener que soportar su exhibición enfermiza de rusofobia, en mi libro ¡Rusia es culpable” (cinismo, histeria y hegemonismo en la rusofobia de Occidente), tuve que incluir la columna “Patético Borrell” (pp. 280-281) para, entre otras cosas y al hilo de su entrevista con Lavrov, ministro ruso de Exteriores (que las crónicas describían como extremadamente breve, se suponía que por el escaso interés y mal humor del ruso hacia el enviado de Occidente), recomendarle que estudiara “las relaciones euro-rusas de los últimos 30 años, llenas de cinismo y perfidia”. Cosa que, evidentemente, no ha hecho, como no se ha interesado por la historia de Israel, por lo que no se ha podido enterar todavía de que se trata de un Estado expansionista, ilegítimo e ilegal.

He de reconocer que cuando la expiración de su mandato estaba a la vista, pareció moverse algo, poca cosa, anunciando que pediría a la Comisión Europea una reunión para plantear algo así como sanciones a Israel. Pero no recuerdo que esa reunión tuviera lugar: ni la Comisión estaba por la labor ni él disponía de fuerza o prestigio para introducir una cuña, al menos ética, en tan acorazada trinca de desalmados (la Comisión, digo). Tampoco, por supuesto, pasó por su cabeza la idea de dimitir de tan sabroso chollo, ni cuando se vio que Israel no jugaba a la “proporcionalidad” ni cuando la liquidación de Gaza y sus habitantes ya era plan público y notorio de los verdugos de Tel Aviv. Mientras tanto, este mismo Borrell no se cansaba de pedir, insistente y entusiásticamente, sanciones y más sanciones contra Rusia, acusada de invadir Ucrania, cuyo régimen semi nazi era el resultado de un golpe de Estado (2014) estimulado por EE. UU, la UE y la OTAN.


Borrell y Lavrov. (EFE).

Y cuando se reunía con el embajador israelí en Bruselas, celebrando la presencia de éste en el Consejo de la UE en el intervalo de dos años en que Netanyahu dejó de dirigir el Gobierno israelí, declaraba, sin que se lo mandara nadie ni fuera, desde luego, la posición israelí del momento, que “ahora tenemos un ministro de Exteriores que defiende la solución de los dos Estados, que es la solución defendida por nosotros” (prensa del 17 de julio de 2021). Borrell debe ser adepto de ese cinismo doctrinario, muy socialista, de que Israel es malo ahora con la derecha y ultraderecha en el poder, pero que no lo era cuando gobernaban los laboristas.

           Que “ha perdido su alma”, dice Borrell abroncando a la UE, sin darnos una pista de cómo es o era esa alma ni, mucho menos, por dónde anda la suya; ni confesarnos que en esa UE -Comisión y Parlamento- es Israel el principal mercader de almas. Y no ha sido una vez, sino varias, cuando ejerciendo de rusófobo oficial de la UE alardeaba de los “valores europeos”, generalmente cuando ha despotricado de la Rusia de Putin, lo que -como lo del alma- no se sabe muy bien a qué va referido: ¿valores específicamente europeos, a comparar, por ejemplo, con la Rusia tenida, con tanta hipocresía, por bárbara, oriental y autoritaria? ¿se referirá Borrell al colonialismo, al saqueo del planeta y la esclavitud generalizada, a la continua generación de guerras, a la OTAN para fascista e intervencionista? Curiosos valores, francamente.

        Yo creo que este personaje, sin preparación alguna en política internacional -recordemos que es ingeniero, economista y matemático- y quizás por ello, por su ignorancia, elevado a funciones de esa índole, no ha llegado a “aprender Europa” pese a su dilatada estancia en los pesebres bruselenses como fatuo burócrata (europarlamentario, vicepresidente de la comisión, diplomático). Y, así, no se ha enterado de la sistemática manipulación de la historia que hace Europa, de su supremacismo incorregible o de sus crímenes innumerables. En realidad, como funcionario político europeo, siempre me ha parecido de género parásito, un correveidile sin profundidad ni mensaje, cuyo intelecto recorta por su reconocida arrogancia. Y cuando pasó por los sucesivos gobiernos de Felipe González no dejó de mostrarse como netamente insensible a los asuntos ambientales, que es lo primero que me interesó del personaje.

        No puedo olvidar, de su obsesiva campaña contra Rusia, aquella expresión de que “Mariúpol equivale a varios Gernika” (prensa del 19 de agosto de 2023), aludiendo al duro sitio con que los rusos castigaron a ese puerto ucraniano, que produjo unos 4.000 muertos, entre militares y civiles. Pero ni siquiera su instinto calculador de matemático lo ha llevado a evaluar a cuántas Gernika equivale Gaza. Ni tampoco cuando, tan sensible frente a las exacciones rusas, exclamó indignado que “esto es un verdadero crimen de guerra”, acusando a Rusia de mantener el bloqueo de los puertos cerealeros del mar Negro (que fue temporal y sin efectos, prácticamente) y de provocar la “hambruna mundial”, sin que se le haya oído calificar a la hambruna de los gazatíes ni a los culpables. Se trata de un personaje que realmente la política internacional lo ha acogido como verdadero outsider, mero instrumento de sus amos y aplicado difusor de sus consignas, y de ahí el rastro que deja de estulticia.


Borrell y Gaza. (UNICEF).

       Considero a Josep Borrell un personaje de ideología imperfecta, esquinada, oportunista y, en suma, peculiar e inexplicable: ¿de qué va este tipo socialistoide y, como tal, indefinible? Ahí tenemos a alguien al que el PSOE siempre ha tenido que darle algo, como para que se entretenga e incluso demuestre el brillo que él mismo se atribuye, pero que no incordie. Y quizás debido a esa dinámica de atender a un estorbo, de forma discreta pero evidente, se le expulsó a la escena internacional al ser nombrado ministro de Asuntos Exteriores de España (2018-2019) por Pedro Sánchez, enlazando a lo largo de su vida cargo tras cargo y prebenda tras prebenda. Pero en su última etapa de volandero prohombre internacional no ha tenido dificultad alguna en demostrar su incapacidad para ese negocio, su moral descalabrada, su dislexia político-ideológica. Especialmente visible es esa necia actitud -que es la que asume la socialdemocracia internacional, atlantista y antirrusa- que es incapaz de ver la conexión de la OTAN con Israel, disimulándola con todo tipo de argumentos, ¡incluyendo los éticos! Y ni puede ni quiere distinguir, entre fondo y forma, discurso y realidad, izquierda y derecha, agresores supremacistas y resistentes tenaces...

        Su biografía pública señala que frecuentó de joven un kibutz israelí, llevado sin duda de aquel romanticismo de izquierdistas ignorantes del momento, y no se pararía a pensar si ese kibutz repintado de socialista por los sionistas, en el que colaboraba por la consolidación de un Estado colonial, se asentaba sobre alguna aldea palestina de aquellas -más de doscientas- dinamitadas en muchos casos con sus habitantes dentro y vaciadas en la operación de limpieza étnica de 1948-49, que los palestinos llaman Nakba. Tal sería su consistencia socialista, lo que explica que haya demostrado durante años una clara postura filosionista favoreciendo siempre a Israel. Una actitud que no parece haber variado, en el fondo, cuando se expresa a favor de “los dos Estados”, según la postura oficial de su partido y la tendencia última en la Europa comunitaria, que ahora es grotesca, cínica y cobarde.

   Con este aire actual de aparente arrepentimiento, con el que quisiera, digo yo, proclamar que no conocía la naturaleza diabólica y sanguinaria de Israel pese a haber estado siempre en inmejorable posición para saberlo, Borrell se añade al grupo de políticos, sobre todo israelíes pero también prosionistas de todo el mundo, que a modo de plaga exculpatoria salen al paso del genocidio en Gaza para alarmarse y pedir su final (sin arrepentirse en realidad de nada), tras haber cumplido con años de martirio contra los habitantes de Gaza y Cisjordania. Es una postura inaceptable, que ni suaviza la responsabilidad ni puede blanquear a tanto miserable que contribuyó, directa o indirectamente, expresa o tácitamente, a la aniquilación de los palestinos, ahora en su fase más atroz.

       Borrell hace como que ignoraba la instrumentalización que de él se ha hecho, tratando ahora de ventilar el oprobio vivido con una pose de lamento y una acusación hacia otros, con la UE que lo ha amamantado en primer lugar. Pero con sus cargos de designación ha asistido -y en alguna manera asentido- a abusos y crímenes tomándolos por práctica común de la vida política internacional, sobre esa corrupción mental, bien asentada, de que los buenos somos nosotros y los nuestros, con derecho y capacidad para declarar malos a quienes nos pete.