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viernes, 23 de octubre de 2026

¡Españoles, a votar!

 

Que tampoco el otoño es ya lo que era (11 de 21)


 Por Pedro Costa Morata   
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

Sea como sea, estas elecciones han sido convocadas en condiciones feas, inquietantes, desde luego mejorables. Y por eso el bullicio contra reloj de la constitución de candidaturas ha resultado tan decepcionante. Este cronista desea fervientemente que gane Pedro Sánchez y vuelva a ser presidente del Gobierno, esta vez con la ayuda fehaciente y necesaria del Frente Amplio (de Podemos, formación en la que no he creído nunca, ya hablaré otro día), para lo que aportará su granito de arena. Al candidato Sánchez, no obstante, se le deben hacer algunas observaciones que considero muy del caso, empezando por recordarle que la crisis de la vivienda se ha ido envenenando en los últimos años, los de su mandato, y que su Gobierno (y las sucesivas ministras del ramo) no han hecho gran cosa por conjurarla; y continúo recriminándole que sigue dedicando a vivienda pública mucho menos que a la adquisición de armamento, lo que no tiene ninguna justificación. Es su policía, por otra parte, la que está apaleando a muy dignos y responsables ciudadanos que se manifiestan por la catastrófica situación de la enseñanza y la sanidad públicas en la Comunidad de Madrid.

Con esta advertencia, en realidad constatación profunda, válida para los tiempos que vienen con cualquier Gobierno que salga ganador: que la Policía Nacional actúa más bien en sintonía con la Ayuso, convirtiéndose el delegado del Gobierno en Madrid en un cero a la izquierda (¿Pues no ha dicho este burócrata oscuro y acomplejado, cuando se le ha pedido explicaciones por la violencia policial, que “eso está en manos de la Policía de Madrid”? ¿No es para correrlo, a él sí, a gorrazos?). Esa “autonomía” policial en sus tareas de represión, que debiera hacer caer a ese delegado del Gobierno y al mismísimo ministro Grande-Marlaska, nos debe recordar que, en efecto, ni el Gobierno actual ni el futuro, en su versión de izquierdas, que es lo que quiero plantearme con fe y esperanza, controla las principales fuerzas fácticas en presencia: que seguimos dudando sobre el carácter necesariamente democrático del Ejército (demasiado franquista, para los años que han pasado), que la Iglesia mantiene su labor de zapa contra todo lo que sepa o huela a izquierda, que los bancos, las eléctricas, las constructoras, las telecos, etc., mandan y deciden más que el Gobierno y se muestran con los ciudadanos cada día más dispuestos a saquearlos y noquearlos.

Con la nota aclaratoria de que los ámbitos de mayor dignidad democrática, de evidente tinte izquierdista como son la educación y la sanidad, son objetos de un implacable maltrato por la derechona jaleada por esas otras instancias señaladas, tratando de reducirlos a la impotencia y la humillación.


Policías aporreando a manifestantes educadores (laSexta).

Que lo de Madrid se pasa de castaño oscuro, y a esta Ayuso hay que tenerle menos miedo/respeto, ya que está destrozando lo esencial de nuestra sociedad y nuestra convivencia: yo propondría al Gobierno de izquierdas que salga elegido en noviembre que no se ande con chiquitas con la malvada dama de la provocación y decrete un 155 contra la Comunidad de Madrid para salvar la sanidad, la educación y los servicios públicos, hasta que se ponga orden en el estropicio.

Esta Policía y quienes la controlan de hecho, deben estar mirándose en la represión que actúa contra las masas exasperadas en media Europa y en las medidas autoritarias (más palos, más detenciones) con que respaldan ese ensañamiento los Gobiernos de Francia e Italia. Y no se la ve capaz de entender -sus mandos directos y, sobre todo, los políticos- que la agitación callejera es muestra clara y harta de la violencia de tantos Gobiernos conservadores y ultras, europeos, que no dejan de incrementar el abuso agresivo contra sus respectivas ciudadanías, no sirviendo de nada el funcionamiento democrático de las instituciones, que se vuelcan en proteger y fortalecer a los de siempre. Serio, y desolado, recordatorio para cuando ganen las izquierdas, y horrorosa advertencia para el caso de que ganen PP y Vox, cuyos planes de Gobierno son apretarnos el cinturón y desposeernos para mejor aplastarnos, ya que están preparados para desatar la violencia desde el poder contenida en los últimos años, mientras han tenido que morder el freno (que ya los conocemos).

El otro tema de envergadura que quiero poner de relieve es el de la crisis con Marruecos y la militarización tan procazmente emprendida por este Gobierno. Porque Sánchez mentía cuando en la radio afirmaba que no tenía constancia de la intervención de Marruecos en la avalancha de Ceuta de julio; mentía y lo sabía, y nosotros sabíamos que mentía; a su vez, él sabía que nosotros sabíamos que mentía; y nosotros sabíamos que... etc.

La tensión con Marruecos no va a ceder en los próximos meses y años, porque Mohammed VI quiere dejar encarrilado, si no cerrado, el asunto de las plazas africanas de España, o sea, su “recuperación”, para que lo arregle del todo su hijo Hasán, que pronto le sucederá. Y, según la experiencia histórica, la acción marroquí (política, diplomática, pseudo militar) mantiene claras ventajas frente a España, por lo que hay que ir haciéndose a la idea de poco agradables desenlaces teniendo en cuenta los odiosos, pero imposibles de erradicar, prejuicios anti-moro, anti-árabe y anti-Islam, hondamente instalados en la mayoría de nuestra población, con especial intensidad en organizaciones como el Ejército, los partidos de derechas, los neofascistas, etc.

Hizo muy bien Pedro Sánchez con su “No a la guerra” frente al Trump agresor en Irán evocando, supongo, el gran rechazo del pueblo español a la guerra de Iraq en 2003, y ha conseguido causar impacto, justamente. Pero evita aludir a la entrada en la OTAN y el reconocimiento del Estado de Israel, en 1986, así como a la primera guerra de Iraq de 1990-91, que fueron decisiones de sus predecesores socialistas y cuyas consecuencias, sobre todo las que tienen que ver con las grandes pifias de 1986, las sufrimos actualmente y debieran alertarnos de mucho más serios episodios futuros, tal y como se mueve la política internacional y los degenerados que la dominan. De modo que esa valentía que hay que reconocerle debiera ser consecuente al menos en dos aspectos, siendo el primero el desembarazarse de aquellas decisiones de Felipe González (y, si es posible, promover la expulsión del partido de este gruñón incontinente, que viene aumentando el ruido de sus intervenciones para disimular sus responsabilidades en la fragilidad exterior del país); y el segundo sería poner en marcha el procedimiento de clausura de las bases norteamericanas en España, esa impúdica herencia del franquismo, porque no son sino un riesgo crecientemente cercano, siendo nuestro primer enemigo exterior el imperialismo enloquecido norteamericano, que nos empuja y compromete. Y porque ya está bien.

(Ya que Marruecos, precisamente, está sustituyendo a grandes zancadas a España como aliado privilegiado de Estados Unidos a la entrada del Mediterráneo... dejemos que se vayan los yanquis de nuestras bases “conjuntas”, como le gusta amenazar al indescriptible Trump. A lo malo, se los sustituye con personal español para que los pueblos que se benefician de su presencia no noten demasiado su ausencia...)

Pero por contra a su actitud aparente y parcialmente pacifista, nuestro presidente estimula el rearme y el estirón de la industria militar naciona, y sigue apoyando militarmente a Ucrania (¡a un régimen filonazi, corrompido y manipulado!) por incordiar a Rusia, fielmente alineado con la agresiva, mendaz y supremacista OTAN. No me ha gustado nada que anuncie que será Margarita Robles, la ministra-sargento, su número 2 en la candidatura del PSOE por Madrid, ya que se trata de una beligerante e intervencionista, furibunda rusófoba y estratega de pacotilla, y porque no se entera de que su Ejército malamente puede pasar por democrático, con esas investigaciones que dice acometer, muy seria, cuando sus exabruptos trascienden (¿qué les va a pasar a esos legionarios de Ceuta, racistas y delincuentes?).

En relación con la agresividad de nuestras fuerzas armadas en ciertos escenarios exteriores, insisto en mi advertencia (porque ya me puse serio con “España provocando en el Báltico: ¿Rusia es culpable?”, cuartopoder.es, 22 de marzo de 2018), de que nuestros pilotos de los F-18 sobre los cielos neutros del Báltico se están pasando en sus provocaciones contra Rusia, y se están ganando un buen zarpazo del oso ruso (o sea, de los Mig que guardan sus fronteras), por chulos e irresponsables.


Un F-18 español intercepta a un avión ruso sobre el Báltico (Vozpopuli).

Y no nos creamos que la OTAN va a responder a ese encontronazo echando mano del famoso artículo 5 de su Carta: vociferaciones y ya.

sábado, 8 de agosto de 2026

Marruecos se crece, rearma y chantajea… porque puede

 

 Por Pedro Costa Morata   
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


 El caso está en no hablar claro, en alimentar los tabúes nacionalistas y patrioteros, en adherirse a sentimientos que ni la Historia ni el Derecho pueden encajar, barruntando conflictos -aparentemente larvados pero que una y otra vez asoman su letalidad- para este Estado que llamamos español, que sigue siendo incapaz de resolver penosas contradicciones del pasado. Por ejemplo, Ceuta, Melilla y los “peñones”.

Tras la gran pifia cometida por España regalándole el Sáhara Occidental a Marruecos gratis et amore, tan fácil se lo pusimos, quedó pendiente para nuestro vecino del sur apoderarse -“recuperar”, dicen ahí, con escaso rigor histórico o jurídico, pero con la máxima decisión- de esas “Plazas de soberanía” española en territorio africano, ciertamente marroquí. Y en la hoja de ruta que el hábil Hasán II dejó trazada, habiendo contrastado bien y con éxito la debilidad (por no decir lenidad) de España, señaló para sus sucesores, Mohammed VI y Hasán III, lograr para su Reino esas dos ciudades (llamadas “autónomas” pero carentes de la menor autosuficiencia), los dos peñones (el de Vélez de la Gomera y el de Alhucemas, que los marroquíes pueden apedrear desde su orilla) y esas islas (las Chafarinas) que no nos sirven ni para proteger la foca monje.

Nos vienen perjudicando, desde luego, las malas artes que el presidente Donald Trump considera propias de la acción política internacional, bien adheridas a una ignorancia supina, su mala baba como tipo grotesco y aborrecible, su capricho de hacer a América grande de nuevo machacando a medio mundo, su obsesión por los negocios, que considera parte esencial en sus relaciones internacionales, y su sumisión a los designios genocidas del Estado de Israel. Un verdadero (y peligrosísimo) mamarracho, quien se ha tomado muy a mal que el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, se haya atrevido (sobrado de pruebas) a acusar de genocidas a los líderes israelíes, patronos de la Casa Blanca, así como a negarle el uso de las bases de utilización conjunta en su agresión (guerra pirata, ilegal, canalla, de su estilo y firma) contra Irán.

Además, el Gobierno español, al que acosa la derecha y la ultraderecha trumpistas, debe de adolecer de evidente debilidad interior y exterior según la CIA, el Mossad y la DGDE marroquí, de inteligencia exterior. Aducirán como pruebas la rendición sin condiciones de Sánchez cuando se allanó a la “solución” marroquí de una autonomía (tramposa, ilegal) para el Sáhara de resultas de haber comprobado los daños producidos a él y a España (aunque desconocidos por el común de los españoles) por el espionaje del programa Pegasus, de creación israelí pero manejado por Rabat; además de la evidente vulnerabilidad de las fronteras (más bien alambradas) de Ceuta y Melilla ante una inmigración que es imposible de frenar.


Pedro Sánchez y Mohammed VI (2024).

Así que, para el “triángulo” formado por Estados Unidos, Israel y Marruecos, grandes e impunes perturbadores de la paz internacional, la intimidación a la España de Pedro Sánchez se ha acabado convirtiendo en una operación de acoso (atractiva, facilona, llena de promesas), precursora de envites más serios de desgaste político y -jugando siempre a favor de Marruecos- reajuste territorial.

Así que sí: la espectacular invasión de Ceuta por miles de personas, en su mayoría jóvenes y con neto predominio de marroquíes, constituye un ensayo para -a modo de nueva Marcha Verde adaptada a las circunstancias- poner en jaque a España, la obligue incluso a actuar militarmente y, tras las mediaciones y las conversaciones de “aliados” y “amigos”, obtener un plazo para la cesión de las plazas y peñones con una soberanía compartida desde ya. Un ensayo al que seguirán otros según un plan que debe estar ya establecido.

Para este cronista, servidor de ustedes, que remata en este agosto feo y chabacano su tercer trabajo de política internacional, La cuestión del Sáhara Occidental y las relaciones España-Marruecos (contra la Historia y el Derecho), que se podrá disfrutar ya en octubre, cuando lo publique la amistosa editorial El viejo Topo, lo de Ceuta (Sebta) me ha venido al pelo, pero no ha podido alterar la tesis que sostiene -que sostengo, como tantísimos españoles, aunque en silencio- sobre la conveniencia de entregar esas plazas y peñones a Marruecos, de forma ordenada, pero cuanto antes. No solamente para liquidar una causa de chantaje marroquí que ya cansa y erosiona demasiado, sino, ya digo, por afrontar con dignidad y justicia las exigencias implacables de la Historia y del muy respetable Derecho escrito: de Moral internacional, en suma.


Ceuta, indefendible (istock).

Pocos se han decidido a poner en relación la facilidad con que se entregó el Sáhara a Marruecos con la amenaza y el chantaje sobre Ceuta y Melilla. El Frente Polisario lo sabía y lo sabe (sus analistas y diplomáticos son, de siempre, de una especial finura y preparación), y algunos diplomáticos españoles llegaron a pedirlo/proponerlo a sus jefes ministeriales en lo más crudo de la crisis por el Sáhara en 1975. Lo supimos después, cuando el prestigioso diplomático español Máximo Cajal (aquel que, siendo embajador en Guatemala en 1980 estuvo a punto de morir cuando la policía de aquella dictadura asaltó e incendió la legación asesinando a 37 indígenas que allí se habían refugiado) reveló en su libro Ceuta y Melilla, Olivenza y Gibraltar ¿Dónde acaba España? (2003) que el embajador ante las Naciones Unidas, Jaime Piniés, “en el difícil 1975, informó por escrito a Exteriores de que lo razonable sería retroceder inmediatamente peñones e islotes a Marruecos, concertar un plazo de 20 años para retroceder la soberanía de Melilla y rechazar cualquier discusión sobre Ceuta hasta tanto no hubiéramos incorporado Gibraltar a la soberanía española”. Cajal se mostraba indignado, por cierto, por la operación militar sobre el islote (en realidad, pedrusco) Perejil (Tura) en julio de 2002, dejando bien clara su opinión: es “una situación colonial que es una afrenta a Marruecos y un elemento de desasosiego y mala conciencia nacional para España, que se agita en cuanto se menciona el tema… son tres contenciosos, que deben ser encauzados, gestionados y resueltos con una visión global”; con un remate lapidario: “Hay que reintegrar la integridad territorial de Marruecos”.

En estos días de alteración de conciencias y saberes sobre estos penosos asuntos caspo-coloniales, resurge desde varios puntos esa cantinela enervante de que la apropiación de esas plazas y peñones por España tuvo lugar “cuando Marruecos no existía aún como Estado”. Y me ha sorprendido que una catedrática de Derecho Internacional (que no nombro porque no sé muy bien cómo mostrarle mejor mi respeto, si nombrándola o absteniéndome) aluda a que “ni Ceuta ni Melilla han sido nunca territorios marroquíes y son españolas siglos antes del Protectorado sobre Marruecos”, dando a entender (¡qué barbaridad!) que Marruecos no ha sido un Estado hasta 1956. De donde habría que deducir que no eran verdaderos Estados el imperio almorávide, el almohade (ambos, con capital en Marrakech), el meriní (con capital en Fez), los tres, por cierto, abarcando parte de la España de los siglos XI-XIV; y que las dinastías meriní (1244-1465), saadí (1554-1659, con capital en Marrakech) y alauí (1659 hasta hoy, con capitales sucesivas en Fez, Mequinez y Rabat) no han constituido Estado nunca. ¿Qué eran, entonces?, ¿acaso sólo el Occidente cristiano ha sido capaz de crear Estados verdaderos, es decir, estructuras de gobierno, dominio y desarrollo de sus territorios, por más que evolucionaran en extensión y formas políticas?

Pero lo más importante es -a la luz del Derecho Internacional y más todavía, de la Historia- que la mayoría de esas plazas y peñones, que también fueron denominadas “presidios” durante siglos, fueron conseguidas por España tras hechos de guerra y paces impuestas, siguiendo una dinámica rigurosamente colonial. Ceuta, precisamente, resulta ser portuguesa en origen, ya que fue conquistada en agosto de 1415 por Portugal en plena etapa de su expansión por África y el Atlántico, protagonizada por los reyes de la Casa de Avis y con la figura histórica de Enrique el Navegante que, por cierto, participó en la toma de la ciudad al Estado/dinastía meriní, o benimerín. Pasó a la unión dinástica de las coronas portuguesa y española (1580-1640) con Felipe II, y cuando esta unión se deshizo y finalizó la guerra consiguiente, permaneció en manos de España (desde 1668).

Por España fueron conquistadas Melilla (Mlilat, 1497), el Peñón de Vélez de la Gomera (1508) y el Peñón de Alhucemas (Al-Hoceima, 1560), ocupando las Chafarinas en 1848 cuando se supo que Francia, que ya dominaba la Argelia mediterránea, pretendía hacerse con ellas. Son dinámicas estrictamente coloniales que por parecer muy alejadas de la época del colonialismo y el imperialismo europeo -Portugal y España fueron Estados adelantados en esa expansión política y comercial, como bien sabemos- pueden hacer pensar en apropiaciones territoriales más nobles o justificadas.

Hacen muy bien los pueblos excoloniales de resarcirse cuando pueden de la implacable “lógica colonial”, que siempre consiste en la imposición de ciertas potencias sobre otros pueblos y tierras para explotar sus riquezas naturales (saqueo) y a los propios pobladores (esclavitud), y en frecuente competencia con potencias semejantes sobre los mismos territorios o bienes. Ese fue el “modelo” de las relaciones España-Portugal en los siglos XV-XVI, eso explica el empeño por “recuperar” el enclave de Santa Cruz de Mar Pequeña en tierra ajena y con propósitos económicos, falseando lugar y motivos, y ese es el escenario repetido en el siglo XIX y primera mitad del XX, de España frente a Francia e Inglaterra, con la “invención” de los derechos sobre el Sáhara y la ocupación y reparto de la región con una Francia más poderosa que, además, podía conceder migajas coloniales y límites espaciales caprichosos a su vecina y aliada. Todo ello, aprovechando la inferioridad militar de los pueblos por someter, fueran Estados (Marruecos), fueran tribus autónomas e intratables, celosas siempre de su independencia, pero obligadas a someterse y sobrevivir.

Marruecos viene sosteniendo su reivindicación sobre Ceuta, Melilla y los peñones desde prácticamente su acceso a la independencia en 1956 y desde el mismo momento de la aprobación de la Resolución 1514 (1960) por la Asamblea General de la ONU sobre la situación de los Territorios No Autónomos con la consiguiente creación del Comité de Descolonización (1961, llamado “de los 24”). Y también desde entonces ve frustradas sus pretensiones en ese marco internacional por la cerrada negativa de España a entrar en esa discusión, pero no ceja en su intento y muy bien supo enarbolarlo cuando decidió acelerar sus pretensiones sobre el Sahara en 1973-1975. Jugaba así con la baza decisiva de su poder sobre una España absolutamente decidida a pagar cualquier precio -incluido el de la entrega ilegal del Sáhara- por mantener su soberanía sobre las plazas africanas. La posición de España, empecinándose en mantener su soberanía sobre esas plazas permite a Marruecos seguir expresándose como víctima del colonialismo y asumir como territorios propios aquellos de los que alega que se le despojó por los avatares históricos, tanto los legítimos (las plazas españolas) como los ilegítimos (el Sáhara Occidental).

Por lo que, en la perspectiva de un futuro irremediable, más vale ir preparando la “retrocesión”, o como se le quiera llamar, de esas plazas y peñones africanos al Reino de Marruecos. No solamente España se liberará del chantaje permanente, sino que habrá saneado su pasado histórico y habrá realizado un esfuerzo colectivo de prudencia y realismo. Este cronista, un servidor, propondría que esta cesión, entrega, transacción, regalo, venta…, sea acompañada de la denuncia activa de los Acuerdos de Madrid sobre el Sáhara, ilegales, infamantes, vergonzosos y criminales, declarando solemnemente haber aceptado la propuesta marroquí de autonomía por coacción (y revelando los secretos del chantaje derivado del Pegasus, claro), reclamando la Administración del Sáhara, que sigue poseyendo de iure, exigiendo la salida de las fuerzas armadas marroquíes de ese territorio y decidiendo, en íntima colaboración con Naciones Unidas y la MINURSO, la celebración del referéndum debido, necesario y justo.

Pero el Gobierno español, si sigue siendo socialista, deberá hacer frente a ese lobby de figuras del PSOE volcados en los intereses de Marruecos, que han hecho propios y hacia los que ya han ido muy lejos.

En primer lugar, Felipe González, traidor en jefe de la causa saharaui y desde hace (muchos) años incrustado en la órbita de la dictadura marroquí, a la que sirve con gran convencimiento.


Felipe González en los campamentos saharauis (1976).

Y luego, José Bono, gran negociante, cuyos principios políticos y morales son -como los de su antiguo jefe y referencia- mudables e intercambiables; y otro exministro, Pepe Blanco, Pepiño, cuya empresa de consulting se forra con los encargos marroquíes y acoge, por igual, a sociatas y peperos; y a Moratinos, que tomamos en su día por pilar ético en la diplomacia española, así como a su antiguo jefe y amigo, José Luis Rodríguez Zapatero, más antiguo de lo que imaginábamos en la causa marroquí, y del que también hemos acabado sabiendo que se ha curtido en la inmersión de todo tipo de charcos, de los que ya no va a poder salir ni limpio ni blanqueado; y a los también exministros María Antonia Trujillo, José Fernando López Aguilar, convencidos y convictos en su adhesión al Trono alauí; ¡ah, y al ministro de Agricultura, Luis Planas, antes embajador en Rabat, para el que pido una comisión parlamentaria ad hoc que escrute sus relaciones con Marruecos y con notables marroquíes, así como la repercusión para los intereses del campo español de sus relaciones; y más gente, desde luego.

Y que Marruecos se enfrente a la legalidad internacional conculcada, sin nuestra colusión y sin su sempiterna capacidad de chantaje; que se enfrente con sus medios a la inmigración llamada “ilegal” en esa costa, espejo y muestrario de los horrores del colonialismo europeo, el español incluido, que es en primer lugar una fuga desesperada de sus jóvenes por los horrores de ese país y esa sociedad, huyendo de las garras de una oligarquía insufrible que domina política y economía; y si -como es probable- le declara la guerra al mundo, que quede en evidencia que el Reino alauí y sus apoyos proceden con el más genuino estilo de la piratería internacional, merecedora de desprecio y castigo.


domingo, 5 de octubre de 2025

Aquella brisa de los veranos de antes (17 de 20)

 

 Por  Pedro Costa Morata
       Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


Israel y los ilustres ignorantes


Los mitos de Israel, es decir, sus falsedades y falseamientos, impregnan la historia mundial y la conciencia de muchos millones de ciudadanos del mundo, no solo los que pertenecen al tronco religioso o cultural judeocristiano. A esto contribuyen líderes políticos, periodistas, escritores o intelectuales, tanto si se trata de ignorancia o desgana por conocer la realidad como si es cosa de mentes retorcidas que, captadas por la propaganda israelí o sencillamente debido a su mala voluntad, se expresan alineándose con los crímenes de Israel, aun con disimulo. y de alguna manera los justifican.

Quiero tomar en consideración cuatro casos de personalidades -dos políticos, un escritor y un intelectual- que se han expresado acerca del actual genocidio israelí en Gaza, tratándolos de la forma diferenciada propia de cada uno. En primer lugar, es José María Aznar, expresidente del Gobierno y notable conservador, fracción pro ultra, quien en sus dominios de la Fundación FAES, evitando calificar de genocidio los sucesos de Gaza, insistió en atribuir al ataque de Hamás del 7 de octubre y al secuestro de rehenes poco menos que la responsabilidad de las masacres (aunque él aludió a los 65.000 asesinados como “lo que está haciendo Israel”, sin más precisión), dando a entender que si esos rehenes fueran liberados la paz volvería a la Franja. Una indecencia de quien en su momento y siendo jefe del Gobierno de España, se mostró partidario de los derechos palestinos y ahora niega el Estado palestino. Sin embargo, lo que a este cronista le pareció más destacable fue este aserto: “Si Israel pierde, Occidente se pondrá al borde de una derrota total”.


José María Aznar (Europa Press).

Lo que me recordó que durante el franquismo España era el “centinela de Occidente”, a más de histórica y denodada defensora de la fe y el cristianismo, y ahora este papel lo ha cedido nuestro prohombre, a modo de traición imperdonable, al Estado sionista, a fin de cuentas una creación de ayer, como quien dice, escuchimizado y lleno de ruidosos criminales y fanáticos de una fe que ni es la verdadera ni puede compararse con la nuestra, la cristiana surgida en su momento para superar a la judía y a toda su tradición. Así que, para Aznar, Israel es el muro de contención de Occidente, este mundo político y religioso que a base de una superioridad neta e incontestable ha asombrado a la Historia con su civilización, sus masacres, su arte, sus esclavos, su fe, sus colonias, su filosofía, sus guerras de exterminio, etcétera. Con todo lo que perdería el mundo en caso de que Israel fuera destruido por unos cuantos miles de milicianos malamente armados y asediado por varios millones de seres hambrientos y descuartizados. Pero recalquemos, por si fuera necesario, que en términos no excesivamente relativos Israel resulta el Estado más sanguinario de la Historia (a más de artificial e ilegítimo), lo que incluye esa parte del relato bíblico auto atribuido por más que resulte fantasioso, pero casi siempre violento y perturbador; y teniendo esto en cuenta, ni Israel ni ese Occidente que lo acoge tienen en conjunto demasiado de qué enorgullecerse.

Al poco, Felipe González -que podría haber sido al alimón con Aznar, tanta es su coincidencia y tantas las veces que se juntan-, otro expresidente empeñado en iluminar la mala marcha de los asuntos de España (desde que fuera desalojado del poder), se dirigía a su auditorio con amenazante gesto de dinosaurio iracundo y mirada flamígera y cuellicorta, con la delicada frase de que “si queremos que Israel deje de matar a niños y mujeres, que Hamás suelte a los rehenes”. Interpretaba, así, lo que es generosa política israelí desde 1948, tratando a los palestinos, como todo el mundo sabe y él mismo, con ecuanimidad y equilibrio, y así lo dicen las cifras: si Hamás retiene medio centenar de rehenes en condiciones penosas, las cárceles israelíes retienen, sin juicios ni delitos, a unos diez mil presos palestinos, por supuesto que lustrosos y bien atendidos. González sabe muy bien que este ataque a Gaza, con ser el más terrorífico, es el quinto o sexto en veinte o treinta años, sin que esas otras veces se esgrimieran como pretexto para masacrar a cientos o miles de palestinos civiles, nada más que los modestos ataques defensivos gazatíes.


Felipe González (Europa Press).

 Este socialista, que lo ha traicionado todo en esta vida, fue el artífice de que su Gobierno reconociera en 1986 al Estado de Israel, frente a la evidente hostilidad de la opinión pública española, a la que se no se le consultó. Lo que en aquel momento fue calificado por Felipe Gonzáles como un “reto histórico”, cediendo a la presión de la UE y de la Internacional Socialista, fue una concesión indecente a un Estado que ya era un baldón para la Humanidad. El verborréico Felipe mejor debiera esconderse y cortarse las venas por tan fatídica aportación al mundo. (Me importa recordar la condena que varios amigos periodistas hicimos de aquel reconocimiento diplomático, sabiendo lo que acarrearía: España-Israel: un reencuentro en falso, de 1987.)



España-Israel. Un reencuentro en falso (1987).

Destaco a una tercera figura opinante, la del escritor Arturo Pérez Reverte quien, en una entrevista en “El Hormiguero”, tras reconocer que ante el conflicto de Gaza siente la contradicción de “detestar y simpatizar, a la vez, a palestinos e israelíes”, enjuicia a Hamás calificándolo de “movimiento criminal, terrorista y fanático religioso” pero se olvida de añadir, aunque solo sea por prolongar esa situación de contradicción en la que se ve inmerso, que Hamás también es “un movimiento de la resistencia palestina de siempre, anticolonial y de liberación”; y no creo que esté dispuesto a defender que haya diferencias sustanciales de Hamás con los movimientos primeros de la resistencia palestina, como Al Fatah, FLP, FPLP… de los que hace años que no se habla como tales, y que llevan vegetando a la sombra -desprestigiada, incluso traidora- de la Autoridad Nacional Palestina; Hamás es la continuación, con sus circunstancias, de la misma lucha originaria.


Pérez Reverte en 'El Hormiguero'.

Porque la violencia y las atrocidades son inevitables en cualquier movimiento anticolonial, y así lo muestra la historia de las luchas habidas de ese tipo en África y Asia que aun así ni llegan ni pueden llegar a la violencia y las atrocidades del poder colonial, que nunca capitula si no se lo desafía con la fuerza de las armas (estoy seguro que Pérez Reverte conoce muy bien los casos del FLN argelino y del FNL vietnamita). Violencia y política merecen un análisis medido y matizado, no vaya a ser que se deslegitime el derecho de autodeterminación e independencia de tantos pueblos en el mundo y la historia (que es lo que exigen los palestinos con toda la razón desde 1922, si no antes) por la violencia utilizada como medio, generalmente necesario, para lograrlas.

De todas formas, lo que más me ha interesado de esa entrevista es la frase “quien diga -y hay mucho estúpido diciéndolo- que tiene claro quién es el bueno y el malo en ese conflicto, una de dos, o es tonto perdido o se lo han contado mal”. Todo ello en el estilo sobrado y desafiante del personaje, que no por ello deja de mostrar evidente debilidad si no es capaz de resolver esa doble contradicción personal, lo que debiera urgirle. Lo del bueno y el malo no viene a cuento en un caso como éste, en el que tan claro está, o debiera estarlo, quién es el invasor y asaltante, el colonizador y el criminal en la historia de Palestina desde las últimas décadas del siglo XIX, todo agravado bajo el protectorado británico, que consintió la inmigración masiva de europeos que no tenían nada que ver -étnica, histórica o geográficamente- con Palestina. Lo que dio lugar a la autoproclamación del Estado de Israel sobre una base ilegítima (religiosa y mítica), por medios ilegales (la Declaración Balfour, la previsión del Mandato, la decisión de partición del territorio por la Asamblea General de las Naciones Unidas) y un desarrollo atroz, violento y expansionista, es decir, netamente antidemocrático desde su nacimiento. Quien ignore todo esto -y señalo al lenguaraz Pérez Reverte- “o es tonto perdido o se lo han contado mal”. Hay sin embargo otras dos posibilidades: que se trate de un ignorante de la Historia del siglo XX (por más que demuestre en sus novelas conocer bien nuestro siglo XVII), o de un prosionista camuflado.

La cuarta referencia me la proporciona el prestigioso profesor del CSIC, Reyes Mate, que muestra en su artículo “Sin autoridad para condenar y con el deber de estar” (El País, 16 de septiembre de 2025) una inesperada mezcla de ignorancia, tendenciosidad y exculpación en definitiva de los crímenes de Israel en Gaza. Porque si bien declara que Israel está protagonizando “una guerra injusta por lo desproporcionada”, elude la esencial cuestión de que Israel es un Estado colonial e invasor, por lo que las únicas guerras justas son las defensivas y de resistencia de los palestinos, de tal manera que incurre en el disparate de calificar de “torpeza” la negativa de los palestinos a aceptar la partición de su país en 1947-48, que les impedía la autodeterminación y daba paso a un Estado racista y expansionista. Y cuando alude, al “terrorismo de Hamás”, ignora que es un movimiento de liberación; y, como este “tiene a Alá por objetivo”, lo califica de “fundamentalismo totalitario”, como si Israel no estuviera determinado por el fanatismo sionista, religioso y político, e insistiera en que sus “derechos” se fundan en la Biblia…


Manuel-Reyes Mate Rupérez.

Es sorprendente que Reyes Mate asevere que “los españoles somos parte de la historia antisemita que propició en el siglo XIX la creación del movimiento sionista y en el XX la existencia de los campos de exterminio” (al igual que le corresponde a los alemanes, dice). Se supone que se remonta a los Reyes Católicos porque en la historia de España posterior no consta más aversión a los judíos (puntual, localizada) que la existente en toda Europa, y por los mismos motivos: causas y orígenes que son los judíos los que debieran aclarar, ante sí mismos y de una vez, y dejar de quejarse de la maldad y la envidia hacia ellos del mundo entero (los “gentiles”, considerados humanos inferiores). El particularismo judío, “fundado” en una base bíblica disparatada y grotesca, siempre ha sentado mal a todo el mundo y con razón. Mate, como tantos otros, debiera afrontar la tragedia inevitable de los judíos que se creen distinguidos por un Dios propio y obsequiados con una tierra ajena.

Y aunque quiere -yo creo que innecesariamente, pero, bueno- que se distinga entre judaísmo y sionismo, no duda en dar por sentado que Israel es un Estado judío, que representa o acoge al judaísmo perseguido, lo que no tiene nada que ver con la realidad. Los sionistas que pusieron en marcha la “segunda conquista de Canaán” (igual de injusta y pirata que la primera, la de Josué, por más que no haya referencia histórica alguna sobre esto, pero así lo quieren las fantasías de la Biblia), eran un grupo de asaltantes que organizaron la apropiación de un territorio que no les pertenecía y al que no tenían ningún derecho, ya que carecían -no me canso de repetirlo- de relación étnica o geográfica con la Judea histórica o la Palestina posterior. Es el vínculo judaico religioso-cultural lo que “une” (que es mucho decir) al judaísmo actual, habiendo servido como mero pretexto de colonización y apropiación de Palestina por los sionistas, es decir, de saqueo y robo. Los sionistas del tiempo de Herzl y los de ahora son gente europea sin el menor gen judío, y en gran mayoría ateos o laicos.

Y sobre la agresiva afirmación de que “Hamás provocó la guerra”, parece mentira que haya que recordarle que la permanente opresión, las exacciones y los asesinatos contra palestinos constituyen un estado “natural” de guerra en la realidad -necesaria y fatal- de Israel, por lo que nunca hallará la paz.

miércoles, 24 de septiembre de 2025

Aquella brisa de los veranos de antes (13 de 20)

 

 Por  Pedro Costa Morata
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


Borrell ante Israel: de la cobardía al cinismo


No puedo aludir a sensibilidad, sino a caradura, al tener en cuenta las críticas que Josep Borrell viene dirigiendo a Israel y a la Unión Europea por las masacres de Gaza. Porque no me consta que durante los cinco años de su mandato como Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad (2019-2024), es decir, la persona obligada -que no llamada ni invitada ni adecuada: obligada-, se atreviera a poner sobre la mesa los crímenes de Israel y pedir la ruptura de toda relación de la UE con ese Estado criminal, así como la intervención armada de una coalición internacional, a ser posible la OTAN, para impedir el genocidio de los palestinos a manos de la pavorosa maquinaria militar sionista. Anoto, antes de seguir que, así como la OTAN atacó en 1999 con ferocidad a Serbia pretextando “razones humanitarias” por la (aireada, pero esencialmente falsa) “limpieza étnica de kosovares”, mucho más directo y duro ataque debiera ahora de lanzar sobre Israel por la operación de limpieza étnica derivada en auténtico genocidio.


Josep Borrell

        Por supuesto que lo de la intervención de la OTAN contra Israel producirá incluso la sonrisa del político Borrell, porque como es bien sabido OTAN e Israel forman coalición fascistoide en un mundo en el que Occidente, que engloba a ambos, sigue marcando la pauta y siempre está dispuesta a castigar a los pueblos y Estados que se salen del aprisco señalado (caso de Serbia, caso de Rusia). El caso es que nada de eso pasó por la cabeza de tan notable figurón que, cuando el 7 de octubre, se alineó claramente con quienes ponían de relevancia “el derecho de Israel a defenderse”, expresión que no pocas veces salió de su boca y que parecía incluir la “obligación de someterse” para el pueblo y las organizaciones palestinas; y ponía exquisito cuidado en pedir a Israel que su respuesta al ataque de Hamás “fuera proporcionada”, ignorante al parecer de cómo es la respuesta habitual de Israel hacia los palestinos masacrados desde 1948 y aun antes.

        Hace un tiempo, en un artículo que titulaba “Borrell: de jacobino a lacayo” (elDiario.es, 5 de junio de 2021), recriminaba yo “a Borrell y sus socios de la UE (que) se permiten la indecencia de marcar y perseguir a los grupos de combate palestinos, como Hamás, a los que describen como ‘terroristas’ porque su objetivo es oponerse a la invasión, el expolio y los crímenes de Israel; y no lo hacen con el Likud, los partidos sionistas o el propio Gobierno israelí, cuyo objetivo en la historia y la región (ya establecido antes de la declaración unilateral de independencia en 1948) es eliminar a los palestinos de Palestina y apoderarse de todo aquello”. Y luego, harto de tener que soportar su exhibición enfermiza de rusofobia, en mi libro ¡Rusia es culpable” (cinismo, histeria y hegemonismo en la rusofobia de Occidente), tuve que incluir la columna “Patético Borrell” (pp. 280-281) para, entre otras cosas y al hilo de su entrevista con Lavrov, ministro ruso de Exteriores (que las crónicas describían como extremadamente breve, se suponía que por el escaso interés y mal humor del ruso hacia el enviado de Occidente), recomendarle que estudiara “las relaciones euro-rusas de los últimos 30 años, llenas de cinismo y perfidia”. Cosa que, evidentemente, no ha hecho, como no se ha interesado por la historia de Israel, por lo que no se ha podido enterar todavía de que se trata de un Estado expansionista, ilegítimo e ilegal.

He de reconocer que cuando la expiración de su mandato estaba a la vista, pareció moverse algo, poca cosa, anunciando que pediría a la Comisión Europea una reunión para plantear algo así como sanciones a Israel. Pero no recuerdo que esa reunión tuviera lugar: ni la Comisión estaba por la labor ni él disponía de fuerza o prestigio para introducir una cuña, al menos ética, en tan acorazada trinca de desalmados (la Comisión, digo). Tampoco, por supuesto, pasó por su cabeza la idea de dimitir de tan sabroso chollo, ni cuando se vio que Israel no jugaba a la “proporcionalidad” ni cuando la liquidación de Gaza y sus habitantes ya era plan público y notorio de los verdugos de Tel Aviv. Mientras tanto, este mismo Borrell no se cansaba de pedir, insistente y entusiásticamente, sanciones y más sanciones contra Rusia, acusada de invadir Ucrania, cuyo régimen semi nazi era el resultado de un golpe de Estado (2014) estimulado por EE. UU, la UE y la OTAN.


Borrell y Lavrov. (EFE).

Y cuando se reunía con el embajador israelí en Bruselas, celebrando la presencia de éste en el Consejo de la UE en el intervalo de dos años en que Netanyahu dejó de dirigir el Gobierno israelí, declaraba, sin que se lo mandara nadie ni fuera, desde luego, la posición israelí del momento, que “ahora tenemos un ministro de Exteriores que defiende la solución de los dos Estados, que es la solución defendida por nosotros” (prensa del 17 de julio de 2021). Borrell debe ser adepto de ese cinismo doctrinario, muy socialista, de que Israel es malo ahora con la derecha y ultraderecha en el poder, pero que no lo era cuando gobernaban los laboristas.

           Que “ha perdido su alma”, dice Borrell abroncando a la UE, sin darnos una pista de cómo es o era esa alma ni, mucho menos, por dónde anda la suya; ni confesarnos que en esa UE -Comisión y Parlamento- es Israel el principal mercader de almas. Y no ha sido una vez, sino varias, cuando ejerciendo de rusófobo oficial de la UE alardeaba de los “valores europeos”, generalmente cuando ha despotricado de la Rusia de Putin, lo que -como lo del alma- no se sabe muy bien a qué va referido: ¿valores específicamente europeos, a comparar, por ejemplo, con la Rusia tenida, con tanta hipocresía, por bárbara, oriental y autoritaria? ¿se referirá Borrell al colonialismo, al saqueo del planeta y la esclavitud generalizada, a la continua generación de guerras, a la OTAN para fascista e intervencionista? Curiosos valores, francamente.

        Yo creo que este personaje, sin preparación alguna en política internacional -recordemos que es ingeniero, economista y matemático- y quizás por ello, por su ignorancia, elevado a funciones de esa índole, no ha llegado a “aprender Europa” pese a su dilatada estancia en los pesebres bruselenses como fatuo burócrata (europarlamentario, vicepresidente de la comisión, diplomático). Y, así, no se ha enterado de la sistemática manipulación de la historia que hace Europa, de su supremacismo incorregible o de sus crímenes innumerables. En realidad, como funcionario político europeo, siempre me ha parecido de género parásito, un correveidile sin profundidad ni mensaje, cuyo intelecto recorta por su reconocida arrogancia. Y cuando pasó por los sucesivos gobiernos de Felipe González no dejó de mostrarse como netamente insensible a los asuntos ambientales, que es lo primero que me interesó del personaje.

        No puedo olvidar, de su obsesiva campaña contra Rusia, aquella expresión de que “Mariúpol equivale a varios Gernika” (prensa del 19 de agosto de 2023), aludiendo al duro sitio con que los rusos castigaron a ese puerto ucraniano, que produjo unos 4.000 muertos, entre militares y civiles. Pero ni siquiera su instinto calculador de matemático lo ha llevado a evaluar a cuántas Gernika equivale Gaza. Ni tampoco cuando, tan sensible frente a las exacciones rusas, exclamó indignado que “esto es un verdadero crimen de guerra”, acusando a Rusia de mantener el bloqueo de los puertos cerealeros del mar Negro (que fue temporal y sin efectos, prácticamente) y de provocar la “hambruna mundial”, sin que se le haya oído calificar a la hambruna de los gazatíes ni a los culpables. Se trata de un personaje que realmente la política internacional lo ha acogido como verdadero outsider, mero instrumento de sus amos y aplicado difusor de sus consignas, y de ahí el rastro que deja de estulticia.


Borrell y Gaza. (UNICEF).

       Considero a Josep Borrell un personaje de ideología imperfecta, esquinada, oportunista y, en suma, peculiar e inexplicable: ¿de qué va este tipo socialistoide y, como tal, indefinible? Ahí tenemos a alguien al que el PSOE siempre ha tenido que darle algo, como para que se entretenga e incluso demuestre el brillo que él mismo se atribuye, pero que no incordie. Y quizás debido a esa dinámica de atender a un estorbo, de forma discreta pero evidente, se le expulsó a la escena internacional al ser nombrado ministro de Asuntos Exteriores de España (2018-2019) por Pedro Sánchez, enlazando a lo largo de su vida cargo tras cargo y prebenda tras prebenda. Pero en su última etapa de volandero prohombre internacional no ha tenido dificultad alguna en demostrar su incapacidad para ese negocio, su moral descalabrada, su dislexia político-ideológica. Especialmente visible es esa necia actitud -que es la que asume la socialdemocracia internacional, atlantista y antirrusa- que es incapaz de ver la conexión de la OTAN con Israel, disimulándola con todo tipo de argumentos, ¡incluyendo los éticos! Y ni puede ni quiere distinguir, entre fondo y forma, discurso y realidad, izquierda y derecha, agresores supremacistas y resistentes tenaces...

        Su biografía pública señala que frecuentó de joven un kibutz israelí, llevado sin duda de aquel romanticismo de izquierdistas ignorantes del momento, y no se pararía a pensar si ese kibutz repintado de socialista por los sionistas, en el que colaboraba por la consolidación de un Estado colonial, se asentaba sobre alguna aldea palestina de aquellas -más de doscientas- dinamitadas en muchos casos con sus habitantes dentro y vaciadas en la operación de limpieza étnica de 1948-49, que los palestinos llaman Nakba. Tal sería su consistencia socialista, lo que explica que haya demostrado durante años una clara postura filosionista favoreciendo siempre a Israel. Una actitud que no parece haber variado, en el fondo, cuando se expresa a favor de “los dos Estados”, según la postura oficial de su partido y la tendencia última en la Europa comunitaria, que ahora es grotesca, cínica y cobarde.

   Con este aire actual de aparente arrepentimiento, con el que quisiera, digo yo, proclamar que no conocía la naturaleza diabólica y sanguinaria de Israel pese a haber estado siempre en inmejorable posición para saberlo, Borrell se añade al grupo de políticos, sobre todo israelíes pero también prosionistas de todo el mundo, que a modo de plaga exculpatoria salen al paso del genocidio en Gaza para alarmarse y pedir su final (sin arrepentirse en realidad de nada), tras haber cumplido con años de martirio contra los habitantes de Gaza y Cisjordania. Es una postura inaceptable, que ni suaviza la responsabilidad ni puede blanquear a tanto miserable que contribuyó, directa o indirectamente, expresa o tácitamente, a la aniquilación de los palestinos, ahora en su fase más atroz.

       Borrell hace como que ignoraba la instrumentalización que de él se ha hecho, tratando ahora de ventilar el oprobio vivido con una pose de lamento y una acusación hacia otros, con la UE que lo ha amamantado en primer lugar. Pero con sus cargos de designación ha asistido -y en alguna manera asentido- a abusos y crímenes tomándolos por práctica común de la vida política internacional, sobre esa corrupción mental, bien asentada, de que los buenos somos nosotros y los nuestros, con derecho y capacidad para declarar malos a quienes nos pete.


viernes, 14 de marzo de 2025

De aquellos traidores que nos metieron en la OTAN a estos irresponsables que nos llevan a la guerra

 

 Por Pedro Costa Morata
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor de la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.



Ante el hecho, inevitable y deseable, de que el movimiento por la paz se alce contra este desvarío, la izquierda entera será puesta a prueba, echándosele en cara su reconversión belicista por mor de un atlantismo que nos lleva hacia el desastre.


     Me ha bastado oír a la vicepresidenta del Gobierno, Yolanda Díaz (TVE, 4 de marzo), explicando su postura ante el rearme de España, el golpe a lo social que esto implicará y la guerra ruso-ucraniana en curso para alarmarme por las luces rojas que desprendía su discurso, aunque procurase —muy a la gallega, con perdón— explicar que “sí, pero no..., aunque... y además... ya lo he dicho y repetido...”.

Me he acordado de cuando Alberto Garzón, ya ministro, aludió al “imperialismo de Putin” al preguntársele sobre esa crisis. Pero ¿este chico, me dije, con lo listo que parece y lo sensato que tiene que ser, no se ha interesado por conocer las causas del conflicto? ¿Y se atreve a acusar a Putin de imperialista formando parte de un Gobierno de la OTAN en pleno proceso de militarismo envolvente hacia la Rusia traicionada? ¿En qué mundo vive? Y me pregunté, trastornado: ¿toda esta izquierda “a la izquierda del PSOE” se está socialdemocratizando a toda velocidad?, ¿perderá la decencia, además de la compostura, con ocasión de su integración en un Gobierno de liberales, entregado al atlantismo y la rusofobia?




En confianza diré que lo de Garzón no me extrañó gran cosa, tanto decae la conciencia y la reflexión política con las generaciones. Lo de Yolanda me ha molestado más, tanto por el momento como por los contenidos de su declaración. De esta destacaré que quiso quitar importancia a los planes de su Gobierno de incrementar el presupuesto de Defensa al 2% y más allá, afirmando que España gastaba poco en este área, así como de su evasiva cuando se le pidió que pusiera en relación ese rearme con los derechos sociales; ofendiéndome seriamente cuando declaró que esas medidas estaban orientadas a la “defensa del pueblo ucraniano” en la misma línea que Garzón (y que Urtasun, y que Belarra, y que...), de ignorancias interesadas y encanalladas por la guerra. La lideresa de Sumar no quiere saber qué el régimen ucraniano tiene menos de democrático que el ruso, y además está envenenado por peligrosos neonazis y ultras varios, y que la crisis acabada en guerra es cosa de sus dirigentes proeuropeos desde 2004, azuzados por una OTAN empeñada en hacer de Ucrania un ariete contra Rusia desde la mera creación del nuevo Estado en 1991.

Son declaraciones estas últimas hechas al calor de la comedia montada por Trump con Zelensky en la Casa Blanca, en la que el mandatario norteamericano se ha exhibido con su más bronquista estilo y el dirigente ucraniano se ha encontrado con su ya cantado merecido: por necio y por malvado, ya que ha puesto en manos de Occidente la suerte de su país y ha decidido llevar la guerra hasta la extenuación de su pueblo. Aunque es difícil creer que confíe, como lo hacía con Estados Unidos, en la falsaria y oportunista UE, que tan sospechosa y vertiginosamente ha decidido su gigantesco plan de rearme —esos 800.000 millones de euros que los europeos van a sufrir en su bienestar y su seguridad, ya que esta empeorará sensiblemente con el enfrentamiento con Rusia—, siguiendo las instrucciones de la prusiana Von der Leyen, esa dañina cancillera de hierro de la UE.

Sobre el carácter de farsa del famoso rapapolvos del norteamericano al ucraniano, lo más significativo ha sido la inmediata asunción por el Reino Unido de los asuntos de Europa, al servicio, que no en contra, del amo americano y en riguroso cumplimiento de las acuerdos, expresos y tácitos, que abonan esa “relación especial” Washington-Londres que integra el dominio anglosajón del mundo desde la primera Guerra Mundial. El premier británico, Starmer, está dispuesto a llevar fuerzas de a pie a suelo ucraniano y el presidente francés, Macron asume el papel de segundón asustando a los franceses con que “Rusia es una amenaza para Europa”, pretendiendo distraer de la cruda realidad: que él, precisamente él, es la peor amenaza para sus conciudadanos, que ni le votan ni le aprecian por antidemocrático, tramposo y antisocial. El caso es que la divertida pelea que tanto ha dado que hablar en todo el mundo, ha sido el pistoletazo de salida para el rearme de los Estados europeos —con armas norteamericanas, claro— y su pseudo declaración de guerra a Rusia, asemejándose, inquietantemente, al papel asumido por las potencias fascistas en 1938-1941.




La orden de rearme, en consecuencia, no significa que haya una voluntad decidida de ir en el enfrentamiento con Rusia hasta las últimas consecuencias: se trata ante todo de crecimiento, negocio, beneficios

Tampoco deberá dejarse de lado que desde su origen la UE (más el actual Reino Unido, que en esto no presenta diferencias) mantiene como propósito más caracterizado el crecimiento económico, mostrando siempre su interés por las “nuevas oportunidades”, que ahora se revisten de reame con la excusa de la amenaza rusa; pasa a segundo lugar la verborrea publicitaria de su interés por el medio ambiente, las energías renovables y el coche eléctrico, objetivos en los que solo cree instrumental y circunstancialmente. La orden de rearme, en consecuencia, no significa que haya una voluntad decidida de ir en el enfrentamiento con Rusia hasta las últimas consecuencias, y mucho menos si el desapego norteamericano se confirma: se trata ante todo de crecimiento, negocio, beneficios.




El relativamente sorpresivo protagonismo británico —que contrasta con su apartamiento de la UE pero que se muestra fieramente europeo a la hora de tomar las armas contra Rusia— nos recuerda que la “rusofobia militante” es un producto inglés y data de principios del siglo XIX y las guerras napoleónicas. Lo que entendemos por rusofobia ha consistido siempre en menospreciar a Rusia —algunos señalan al siglo XVIII y al reinado del zar Pedro el Grande como origen de esta tirria— en todos los aspectos incluyendo el estratégico, en considerar a sus élites embrutecidas e incapaces, a su territorio demasiado extenso como para ser eficientemente controlado y a su pueblo servil y desmotivado. Y aunque han comprobado en más de una ocasión que nada de esto es cierto, las potencias tradicionalmente enemigas de Rusia —o de la URSS del siglo XX— no escarmientan y siguen tratando de aprovechar las ocasiones históricas en que creen que van a poder humillarla.

¿Pretenden las potencias europeas —que ahora asumen con afectada dignidad e inocultable hipocresía el papel antirruso al que las obliga la espantá de Trump— que Rusia consienta que sus tropas “individuales” se instalen en Ucrania porque no estarán integradas colectivamente como pertenecientes a la OTAN? ¿Acaso no han entendido nada, ni quieren entender qué es lo que legítimamente viene pidiendo Rusia desde 2007/2008, y que ha originado este conflicto? ¿Esperan intimidar a Rusia para ser admitidas en las conversaciones de paz e incluso compartir sus posibles beneficios económicos accediendo en concreto a esas tierras raras de las que tanto se habla (y tan poco se conoce)? ¿Cree el Reino Unido que Rusia ha olvidado que fue el primer ministro Johnson quien voló a Kiev para boicotear el acuerdo de paz al que se iba a llegar en Estambul a las pocas semanas de iniciada la guerra, asegurando a Zelensky que habría apoyo y armas suficientes para frenar y vencer a Putin?




¿Pretenden las potencias europeas que Rusia consienta que sus tropas “individuales” se instalen en Ucrania porque no estarán integradas colectivamente como pertenecientes a la OTAN?

Volviendo al escenario español y a la irresponsable expresión belicista de nuestros dirigentes (con la oposición azuzando), es urgente preguntarse si hay alguien en los medios políticos que se oponga a este peligroso acelerón guerrero. Y conviene tratar de ajustarle las cuentas al principal grupo dirigente, el socialista (arropado, según parece, por sus izquierdosos socios de gobierno), recordando a quienes, también socialistas, nos metieron en 1986 en la OTAN, entre proclamas de “modernización” de España, de superación del “aislamiento” internacional en que nos había mantenido el régimen franquista y, por supuesto, como ajustada respuesta a los peligros con que nos acechaba la Unión Soviética, siempre dispuesta a merendarse la Europa que no pudo engullir en 1945. Y así, los socialistas mandados por Felipe González nos metieron en una alianza militar que se presentaba como un producto netamente democrático del mundo libre, y que el pueblo español merecía. 

El asunto tuvo, sin embargo, bemoles, ya que ese pueblo español al que se le quería conceder la europeidad, la atlanticicidad y tantas lindezas democráticas, estaba claramente en contra de entrar en la OTAN. Y por eso, los socialistas en el poder, que durante años se expresaron contra la OTAN, al cambiar de idea mandados por Estados Unidos y la Internacional Socialista, decidieron emplearse a fondo para manipular, engañar y traicionar a ese pueblo que, envuelto en las redes —escrupulosamente democráticas, claro— de la publicidad ladina, la prensa vendida, la mendacidad de aquellos líderes del PSOE (con su avieso eslogan “OTAN, de entrada NO”) y el referéndum irreprochable, acabó por rendirse votando por la entrada en la Alianza Atlántica (12 de marzo de 1986), cuando solo unos días antes mostraba un claro rechazo. Y nada hubo, por supuesto, de las promesas hechas sobre una entrada light en la OTAN (es decir, sin riesgo militar) para atraer el voto, cerrándose esta manipulación del pueblo español con traición y felonía.




Un indiscutible mérito a atribuir, si bien no en exclusiva, al brillante marrullero Felipe González, a aquel cínico grandioso de Alfonso Guerra y al afectuoso pelele de Javier Solana, a quien cupo el honor —y la profunda satisfacción, no me cabe duda— de redondear aquella saga de fervorosos socialistas atlantistas nada menos que como máximo responsable de la OTAN, dotándose en 1999 de pretextos viles contra el Estado soberano de Yugoslavia, para lanzar sobre miles de seres humanos, con su bien conocida simpatía, el amable recado de los F-18 bien pertrechados de valores occidentales.

Pero hay que recordar, también, que una parte importante de la izquierda a la que señalo, incluyendo el Partido Comunista de España, ya empezaba a reconsiderar y a poner en cuestión su posición anti OTAN y llegó al referéndum en condiciones muy parecidas a la de rendición ideológica ante el atlantismo. Aquel eurocomunismo de los años 1970 y 1980 que capitaneaba Berlinguer, líder del PCI, llegó a reconocer a la OTAN como una protección frente la Unión Soviética; y en esto le siguieron, con más o menos discreción, el PCF de Marchais y el PCE de Carrillo, con sus coristas —intelectuales, prensa— respectivos. 

Una parte importante de la izquierda a la que señalo, incluyendo el Partido Comunista de España, ya empezaba a reconsiderar y a poner en cuestión su posición anti OTAN

Tratando de explicar la negativa de esta izquierda a reconocer la posición rusa y sus antecedentes, así como la obsesiva rusofobia de Occidente, puede dar alguna luz aquel resabio antisoviético y aquella exhibición de pedigrí democrático en que se embarcaron comunistas y asimilados a partir del eurocomunismo y el mensaje, con él relacionado, del aggiornamento italiano, actitudes ambas que suponían un acomodo al poder y la sociedad conservadores, pensando en obtener los frutos electorales que la democracia —tan consolidada como corrupta— ofrecía en el espejo italiano. La perplejidad en que se sumió esa izquierda ante la caída y la desintegración de la URSS y su comunismo no generó grandes interpretaciones políticas, ideológicas u otras, por lo menos por cuanto a la izquierda española se refiere, y así se entró en el caos reflexivo con que la nueva Rusia yeltsiniana perturbó mentes y raciocinios. Apenas hubo reacción ante al despliegue ofensivo de la OTAN en las fronteras rusas, y sí mucho escándalo ante la respuesta de Moscú frente al separatismo de territorios integrados de antiguo en la Federación Rusa. El caso es que aquel arrebato democrático-occidentalista del comunismo de los años 1970 y 1980 se ha ido trasladando a la izquierda actual no socialista —como es el caso de Podemos, Sumar, Más Madrid... y que tan bien expresa Yolanda Díaz— en un producto mediocre e irresponsable por lo irreflexivo y lo acomodaticio, con etiqueta antirrusa. Pesa la incógnita, en relación con IU, sobre si decidirá por fin liberarse de su complejo de inferioridad y obsolescencia frente a los alborotadores del 15 M, y abanderar el urgente movimiento por la paz y contra el rearme y la guerra; lo que implica necesariamente olvidarse de que, directa o indirectamente, “está en el Gobierno”, algo que tiene más de ficción que de realidad, y que está pagando muy caro.

En aquel 1986 de autos —en el que el mismo PSOE en el poder se apuntó, a más de la entrada en la OTAN, el reconocimiento diplomático de Israel y la integración en la Europa comunitaria— regía el enfrentamiento ideológico entre ese Occidente en el que se nos quería instalar con apremio, y el comunismo de la URSS y su bloque. Cuando esta pugna careció de sentido, ya que el peligroso comunismo soviético desapareció, convirtiéndose en nuevos sistemas capitalistas las quince repúblicas sucesoras y, a la cabeza, la Federación Rusa, la OTAN que debió disolverse ante la desaparición del “enemigo originario” traicionó sin embargo a Rusia incumpliendo las promesas que sus más distinguidos líderes (Bush, padre, y Baker, Kohl y Genscher, Solana...) habían dedicado a Gorbachov en cuanto a que la Alianza no se extendería hacia las fronteras de la nueva —pero débil y en quiebra— potencia rusa. Y esto es algo que, lógica y fundadamente, los líderes rusos ni quieren ni pueden olvidar.

Imposible no evocar ante este arrebato guerrero europeo que las viejas potencias imperiales siempre parecen dispuestas a la guerra

La continuación de la traición, con acelerada agresividad, se ha desarrollado entre regímenes capitalistas en ambos lados, dejando en evidencia que a lo ideológico sucedía lo hegemónico, y que esta era la verdadera esencia de la OTAN, una creación originaria del capitalismo euro-norteamericano destinada a frenar a la Unión Soviética y el comunismo; pero con una intención añadida y (como se ha visto) perdurable, que era asegurar el dominio secular del Occidente supremacista, más específicamente, angloamericano. 

Imposible no evocar ante este arrebato guerrero europeo que las viejas potencias imperiales —Reino Unido y Francia en primer lugar, pero también Alemania, Holanda, Bélgica, Italia y España en menor medida— siempre parecen dispuestas a la guerra y a ignorar sus fracasos históricos, así como los inmensos daños que han ocasionado a la Humanidad. En su cerrada opción por la guerra en Ucrania, en cierto modo “imperial”, subyace la absurda intención de sustituir a Estados Unidos en sus veleidades imperialistas (al menos en esta ocasión), sabiendo que fue la potencia norteamericana la que a su vez y en su momento sucedió a las europeas, y sin aceptar que el antiguo papel hegemónico de unas y otras ya es irrecuperable.

Ante el hecho, inevitable y deseable, de que el movimiento por la paz se alce contra este desvarío, la izquierda entera será puesta a prueba, echándosele en cara su reconversión belicista por mor de un atlantismo que nos lleva hacia el desastre.

Fuente: El Salto