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viernes, 14 de agosto de 2026

La diplomacia europea, entre Kaja Kallas y Ursula von der Leyen

 

       Politólogo especializado en asuntos europeos e internacionales.



La rivalidad entre Kaja Kallas y Ursula von der Leyen refleja las limitaciones de la política exterior de la Unión Europea.

      El 11 de junio de 2026, un documento interno atribuido al Gobierno francés y filtrado al Financial Times planteó tres escenarios para reformar el servicio diplomático de la Unión Europea y, con él, el cargo de Alta Representante que ocupa la estonia Kaja Kallas. 

El primero situaría toda la política exterior bajo el control de la Comisión, el segundo devolvería competencias al Consejo y a las capitales, y, el tercero, presentado como el preferido por París, reforzaría a la propia Kallas hasta convertirla en una suerte de vicepresidenta ejecutiva primera con autoridad sobre acción exterior, comercio y desarrollo.

Tres salidas distintas para abordar la percepción, extendida en varias capitales, de que la Unión Europea reacciona con excesiva lentitud y fragmentación ante las crisis internacionales, desde el genocidio en la Franja de Gaza hasta la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán.

El episodio se ha interpretado mayoritariamente en clave personal, como una nueva etapa del desgaste de Kallas y de su tensa relación con la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. Sin embargo, la fricción entre ambas no es una mera pugna de personalidades, sino que es la manifestación más clara de una ambigüedad estructural inscrita en la propia arquitectura institucional del bloque.

Esa ambigüedad, asumible en periodos de estabilidad, se ha transformado en una vulnerabilidad estratégica en un contexto que exige a Europa proyectar una posición coherente y reconocible.

El reparto competencial

El cargo de Alto Representante nació con el Tratado de Lisboa como un híbrido deliberado. Su titular dirige la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC) en nombre de los Estados miembros y, simultáneamente, ocupa una vicepresidencia de la Comisión Europea. El objetivo era articular el peso político de las capitales con los recursos de Bruselas, tendiendo un puente entre el método intergubernamental y el comunitario.

En la práctica, esa hibridez ha situado al cargo en la intersección de las lógicas institucionales de la Comisión, el Consejo y el Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE), que el Alto Representante dirige, sin control efectivo sobre ninguna de ellas. 

El factor determinante es que la política exterior continúa siendo, en lo sustancial, una competencia de los Estados, sometida a la regla de la unanimidad. El Alto Representante coordina, propone y representa, pero no tiene capacidad de decisión.

Desde Catherine Ashton hasta Federica Mogherini y Josep Borrell, todos sus titulares han chocado con las mismas limitaciones. El propio Borrell dejó constancia pública en reiteradas ocasiones de esa frustración a lo largo de su mandato, denunciando la incapacidad de la Unión Europea para formar una posición común frente al genocidio israelí en la Franja de Gaza.

Lo que distingue la etapa actual es la conjunción de ese límite heredado con la forma en que Ursula von der Leyen ha concebido y ejercido su segundo mandato al frente de la Comisión Europea.

La presidencialización de la Comisión

Mientras el cargo de Kallas oscila entre la irrelevancia y la reforma, la Comisión ha avanzado en sentido contrario, concentrando poder de manera sistemática. Su funcionamiento es crecientemente personalista, articulado en torno a la presidenta y a su jefe de gabinete, Bjoern Seibert, en la decimotercera planta del edificio Berlaymont.


Von der Leyen, la hiperpresidenta.

La ampliación del número de vicepresidencias ejecutivas de tres a seis, lejos de distribuir la autoridad, ha diluido los contrapesos internos del colegio de comisarios. La tendencia no es enteramente nueva, pues la centralización en la presidencia se remonta a las Comisiones de Barroso y Juncker, pero se ha intensificado de forma notable. Y en el ámbito externo adquiere una relevancia particular, ya que carece de competencias formales en política exterior. 

Esta deriva concentradora contrasta con las expectativas suscitadas por el propio origen de Ursula von der Leyen en el cargo, designada en 2019 por el Consejo Europeo al margen del sistema de Spitzenkandidaten, lo que ha generado malestar entre varios Estados miembros que anticipaban una presidencia más condicionada por las capitales.

Pese a ello, la Comisión se ha convertido de facto en el principal actor geopolítico de la Unión Europea, asumiendo la iniciativa ante la guerra de Ucrania, la crisis energética, la sobrecapacidad industrial china, la guerra arancelaria con Estados Unidos o el conflicto en la Franja de Gaza.

Tras los ataques sobre Irán, Ursula von der Leyen desplegó una intensa diplomacia directa que invadió las atribuciones de la Alta Representante y del presidente del Consejo Europeo, António Costa. En una sola jornada informó al Parlamento Europeo de conversaciones telefónicas con numerosos líderes extranjeros y emitió, junto a Costa, un comunicado conjunto que relegó a Kallas a un papel subsidiario. El episodio mostró una diplomacia fragmentada institucionalmente.

La divergencia también es discursiva. En la conferencia anual de embajadores de la Unión Europea, Ursula von der Leyen reclamó una política exterior guiada por la realpolitik, mientras que Costa, apenas un día después, reafirmaba el compromiso con el orden internacional basado en reglas. 

A ello se añaden iniciativas de carácter más estructural. La presidenta anunció la creación de un Colegio de Seguridad de mandato impreciso que duplica parcialmente las funciones del Comité Político y de Seguridad, órgano que los Tratados sitúan bajo la órbita del SEAE.


La acción del Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE) se ve limitada por las propias debilidades de la política exterior de la Unión Europea.

La Comisión estableció además una dirección general específica para Oriente Próximo, el Norte de África y el Golfo, y llegó a proyectar una célula de inteligencia bajo supervisión directa de la presidencia, iniciativa a la que Kallas se opuso por reducir todavía más su margen de maniobra. El propio comisario de Defensa, Andrius Kubilius, solapa parte de sus atribuciones con las de la Alta Representante.


La Comisión Europea quiere tener su propia célula de inteligencia.

El resultado es una proyección exterior fragmentada, en la que coexisten varios centros de iniciativa sin una jerarquía clara entre ellos. La cuestión, sin embargo, no se agota en la conducta de la Comisión.

El vacío del Consejo

Sería un error atribuir esta situación exclusivamente a una voluntad de acaparamiento por parte de Ursula von der Leyen. Su expansión responde, en buena medida, a la ocupación de un vacío que los propios Estados miembros han dejado abierto.

El Consejo permanece dividido en las cuestiones decisivas. Frente a quienes, como Francia o Alemania, han explorado vías de negociación con Moscú, otros Estados como Polonia, los países bálticos y los nórdicos respaldan la línea de firmeza que encarna Kallas.

La propia iniciativa diplomática de António Costa hacia Moscú, explorando cauces de contacto con el Kremlin al margen de los canales institucionales establecidos, ha agudizado esta fractura interna, mostrando la fragilidad de la cohesión institucional de la Unión Europea.


El presidente del Consejo Europeo, António Costa; el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski; y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen.

Atrapado entre esas posiciones y limitado por el requisito de la unanimidad, el Consejo se muestra incapaz de articular respuestas con la celeridad que imponen las crisis. El recurso reiterado al veto por parte de algunos Estados, de forma señalada la Hungría de Viktor Orbán, que en repetidas ocasiones ha bloqueado sanciones y paquetes de asistencia a Ucrania, ha consolidado la imagen de una Unión paralizada por su propia proceso de toma de decisiones.


El fin de la era Orbán reduce la parálisis institucional en la UE.

En ese marco, cuando un acontecimiento exige una reacción inmediata, la presidencia de la Comisión tiende a ocupar el espacio que la decisión intergubernamental no logra llenar. La iniciativa Ursula de von der Leyen se explica, así, menos por una estrategia de poder premeditada que por la incapacidad estructural del Consejo para actuar como un cuerpo unitario.


Miembros de la Comisión Europea presidida por Ursula von der Leyen, anunciada el 27 de noviembre de 2024.

A las dificultades institucionales se añaden las críticas dirigidas a la gestión de la propia Kallas, a quien diversos diplomáticos reprochan un estilo poco eficaz para tejer mayorías en una Unión Europea políticamente heterogénea y una monotemática línea sobre Rusia percibida como excesivamente rígida por algunas capitales. El problema de fondo, no obstante, no reside en que la Comisión intervenga en exceso, sino en que el Consejo decide demasiado poco.

Esta lógica permite descifrar la aparente paradoja de las últimas semanas. Cuando el documento francés y la presión de varios Estados amenazaron con vaciar de contenido el SEAE, fue la propia Ursula von der Leyen quien salió a respaldar públicamente a Kallas y a reivindicar el papel del servicio diplomático. 

La aparente contradicción resulta coherente con los incentivos institucionales, ya que a la Comisión tampoco le conviene que las competencias regresen al Consejo o a las capitales, y una destitución de la Alta Representante proyectaría una imagen de división difícilmente asumible hacia el exterior. 

Kallas, por su parte, ha optado por abrir el debate sin renunciar a su posición, recordando que la sustancia de su mandato la determinan los Tratados y no un documento filtrado a la prensa.


Kallas defiende el servicio exterior de la UE después de que un periódico francés cuestionara su supervivencia.

Autonomía estratégica y arquitectura del poder

La relevancia de esta disputa afecta directamente a la aspiración europea de dotarse de una autonomía estratégica efectiva. Esa autonomía no se reduce a la acumulación de capacidades materiales, sino que depende igualmente de la existencia de una arquitectura institucional capaz de decidir su empleo y de una voz reconocible que actúe en nombre del conjunto. 

Sin el andamiaje decisorio necesario, los recursos que la Unión Europea logre reunir corren el riesgo de permanecer inutilizados en el momento en que una crisis exige una respuesta inmediata.

La fragmentación de la representación exterior tiene, en este sentido, consecuencias estratégicas tangibles. Una potencia que mantiene varios centros de iniciativa y no resuelve quién la representa proyecta hacia el exterior una imagen de indecisión que sus rivales pueden explotar y que erosiona su credibilidad como actor fiable. 

La pugna entre Kallas y Ursula von der Leyen, por tanto, compromete la capacidad de la Unión Europea para fijar prioridades, sostenerlas en el tiempo y actuar como un sujeto geopolítico coherente.

Ninguna de las tres opciones francesas resuelve la contradicción de fondo, porque esta es de naturaleza política, no organizativa. La Unión no ha decidido aún si aspira a ser una alianza de Estados soberanos que conservan el control de su acción exterior o una potencia dotada de una política exterior verdaderamente común.

Mientras esa cuestión permanezca abierta, cualquier reforma se limitará a desplazar el problema de una instancia a otra. La reorganización del SEAE o el refuerzo del rango de la Alta Representante podrían mejorar la coordinación, pero no alcanzan el nervio del problema, que reside en la regla de decisión.

Una reforma de fondo exigiría avanzar hacia la votación por mayoría cualificada en ámbitos hoy sometidos a la unanimidad, comenzando por las sanciones y las declaraciones comunes, ya fuera mediante la activación de las cláusulas pasarela previstas en los Tratados o a través de su revisión ordinaria. Pero ahí reaparece el obstáculo característico de la construcción europea, dado que la supresión de la unanimidad requiere, precisamente, la unanimidad.

La rivalidad entre Kallas y von der Leyen no es, en última instancia, la causa de la debilidad diplomática europea. En todo caso es su síntoma más visible. La autonomía estratégica de la Unión dependerá, en gran medida, de su aptitud para articular una estructura de decisión coherente y un mando reconocible en política exterior, además de una visión estratégica compartida sobre el papel que la Unión Europea aspira a ocupar en el escenario internacional. 


Fuente: Descifrando la Guerra

viernes, 13 de febrero de 2026

La cutrificación

 

 Por Antonio Turiel    

      Físico, matemático y experto en energía. Trabaja en el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC.


     Empiezo este post a bordo de un tren, de Madrid a Barcelona, reflexionando sobre los eventos que han marcado las últimas semanas.  

Para mi personalmente han sido días muy complicados por los problemas de movilidad que se están experimentando en Cataluña. Dependo del tren para ir a trabajar, y a pesar de contar con dos opciones para desplazarme (convencional y alta velocidad), los retrasos y cancelaciones de trenes han sido estos días la tónica. Han bastado unas lluvias persistentes en Cataluña para agravar el deterioro de una infraestructura, la del tren convencional, que lleva muchos años desatendida. El accidente mortal en Gelida, con el desprendimiento de un muro de contención que impactó contra un tren, desencadenó la protesta masiva de los maquinistas y del resto del personal de RENFE y ADIF, que llevan años denunciando el abandono de las instalaciones, y que ha abierto una grave crisis institucional que ha llevado al caos actual. La reducción generalizada de velocidad y la multiplicación de incidencias solo han servido para confirmar que, efectivamente, las instalaciones están en muchos puntos en un estado precario y peligroso.


'El curso del imperio, destrucción' - Thomas Cole, 1836.

Mientras mi tren, de alta velocidad, avanza, recuerdo también el otro accidente ferroviario, aún más grave, en Adamuz, éste en la infraestructura de alta velocidad. Se da la paradoja de que la razón siempre alegada por la que ADIF destina menos dinero al tren convencional es porque dedicaría más a la alta velocidad. Lamentable excusa, pero es que a raíz del accidente de Adamuz se han establecido limitaciones de velocidad en diversos tramos de la línea de alta velocidad, originando cambios de horarios y supresión de algunas circulaciones. Lo cual evidencia, de nuevo, que efectivamente también hay un problema de mantenimiento en la vía de alta velocidad.

Mi tren sigue avanzando. Es un Iryo, no un AVE. Mi reunión en el Ministerio acabó más temprano de lo previsto y yo, que tengo otro viaje a Alicante mañana, pensé que me merecía la pena cambiar el billete y no llegar al filo de la madrugada a Figueres, como estaba previsto. Pero la aplicación de RENFE no permitía comprar billetes, el servicio estaba "momentáneamente" no disponible. Me he acercado en Atocha a la oficina de venta de billetes, y estaba desbordadísima: tenía 100 personas por delante de mi para comprar billete para hoy. Así que me he ido al stand de enfrente y me he sacado un billete para el siguiente Iryo, a Barcelona, no a Figueres, pero teniendo en cuenta lo barato que ha costado me sale más que a cuenta. No me lo he sacado con el móvil porque la aplicación de Iryo tampoco funcionaba correctamente, en su caso porque se encallaba pidiéndome que confirmara si tenía un título de familia numerosa que no tengo.

Las aplicaciones informáticas fallan continuamente, es verdad. Todo está cada vez peor programado: los formularios se reinician, borran opciones, se visualizan de manera incompleta, se atascan sin botón de escape en opciones imposibles... No se invierte mucho en el desarrollo, muchas veces la mayor parte de la programación se externaliza a macrofactorías en la India, donde se tiene que producir tantas líneas de código al día, y falla la verificación, la adaptación, a veces la traducción... Pero da igual, todo se va a aceptando y se tira para adelante. Todo es cada vez de peor calidad, todo es cada vez más cutre, pero se acepta. La sociedad se cutrifica.

Y no solo fallan las aplicaciones orientadas al consumidor: en estos días de caos, el centro de gestión de cercanías de Catalunya ha colapsado varias veces, bloqueando todos los trenes. De vez en cuando, caes en una página web de una gran compañía que no funciona, que no carga... Muchos servicios están alojados en servidores de Amazon, lo cual es más barato pero también menos resiliente: si algo falla, de golpe fallan muchas empresas y servicios, a veces incluso gubernamentales.


0 Dias.

Hace unos días tuve que hacer los preparativos para un viaje en breve a Glasgow. Asistiré a una reunión de la Asociación Geofísica Americana. Este año han decidido hacerla fuera de EE.UU., probablemente para evitar problemas de visado y alguna que otra experiencia desagradable a los colegas que vienen de fuera de los EE.UU. - también la situación geopolítica es más cutre, como lo es la situación interna de ese país. Como de costumbre, tuve que usar el poco intuitivo y bastante pesado procedimiento de la Administración General del Estado española. Como de costumbre, tuve que guiar a la agencia de viajes contratada por la AGE (y de uso obligatorio) para que me proporcionara los billetes de avión a horarios razonables y evitar también que los facturara al doble de precio por el que yo los podía conseguir en la web. Como de costumbre, tuve que proponerle una lista de hoteles y escoger el más barato. Como de costumbre, el precio del hotel - para nada lujoso - se sale del límite que marcó el Ministerio en 2002 y que aún no ha actualizado, así que tendré que hacer otro formulario explicando que eso es lo que me da la agencia y que necesito que me cubran la diferencia. Más papeleo cutre para cubrir un control cutre y sin sentido, cuando yo soy el primero que busco la opción más barata en todo y poder así estirar los recursos de los proyectos que manejamos.

Pero sí que hay una cosa nueva: ahora, para ir al Reino Unido, hay que rellenar un formulario nuevo, una autorización electrónica de viaje (en inglés, ETA). No lo había hecho nunca, así que busqué por Google la página y fui rellenando los campos hasta que, en el momento de ir a pagar - porque, sí, tienes que pagar unas 20 libras para que te hagan ese papel -, por instinto me fijo en la dirección de la web y me doy cuenta de que no es ninguna dirección institucional del gobierno del Reino Unido. Afortunadamente no dí ningún dato bancario, pero desde ese día recibo mensajes de los estafadores avisándome de que no he completado el trámite. Todo tipo de cutreces para conseguir sacarte el dinero. Por cierto que, cuando entré en la página correcta, te obligan a descargarte una app para el móvil y después de marearte un rato con fotos y reconocimientos electrónicos, te toca pagar pero tienes que usar tarjeta de crédito, no de débito. Lo cual implica que lo tienes todo, móvil y tarjeta de crédito. Y 20 libras. Total, para que a los 5 segundos te llegue un mail que dice que, efectivamente, no eres ningún criminal y que puedes viajar al Reino Unido. Cutre, todo cutre.

En Glasgow hablaremos de la AMOC y de poner en marcha iniciativas para usar todos los datos disponibles para su monitoreo. Si tenemos suerte, conseguiremos dinero para avanzar en esto. 


Circulación de la AMOC.

Mientras tanto, la ola reaccionaria que avanza por el mundo lleva a cuestionar a las instituciones científicas por recordar que el mundo es finito y que no se puede sacrificar todo en aras de  crecimiento económico cada vez más imposible. Pero en mi actividad de divulgación me encuentro con cada vez más frecuencia en foros donde se cuestiona lo que es evidente, donde se porfía en contra del cambio climático o se gañanea diciendo que eso del peak oil no está claro (cuando la AIE zanjó completamente el debate el septiembre pasado, y por si había alguna duda ahí está Trump). Del otro lado, se porfía en favor del fallido modelo de la Renovable Eléctrica Industrial, y en medio de la retirada masiva de las grandes empresas, se tiran millones de euros públicos para apuntalar algo que no va a ninguna parte. Mientras tanto, el capital entra en masa hacia la nueva burbuja renovable, el biogás y la biomasa, que prometen causar nuevos problemas ambientales y sociales sin dar un rendimiento económico ni energético. Las discusiones son absurdas y vacías. Nadie entra en el fondo de las cuestiones. Nadie quiere realmente buscar soluciones viables. El nivel del debate público es cada vez más bajo y más vacío. Todo es cutre.


Planta de biomasa en Puertollano inaugurada en 2020.

Estoy saliendo de un Madrid tomado por los agricultores que protestan por el tratado de la UE con Mercosur, y llego a una Cataluña donde los profesores de infantil, primaria y secundaria han cortado las carreteras para protestar por un nuevo atropello y el viejo abandono del sector. Los médicos también están de huelga estos días, en toda España. Sé por mi mujer que se están planteando una huelga indefinida. Mi mujer misma visita 60 pacientes al día y vuelve a casa siempre tarde, muy tarde, porque ella es una de esos muchos profesionales que intentan mantener esto a flote en medio de un mundo cutre, de cutrez desbordante. De desidia y de abandono. De primacía de unos intereses cortos de miras y centrados solamente en el sector económico.

Recuerdo mi conversación hoy en el Ministerio. Una de las personas asistentes trabaja para la Comisión Europea, como técnica. No he podido evitar tener muchas fricciones con ella, y eso que he querido morderme la lengua, no ser la nota discordante. Pero no puedo. Los bosques no son plantaciones, son ecosistemas. La gestión del bosque va mucho más allá de su rentabilización económica. El problema sí es, siempre ha sido, el capitalismo: no hay solución viable dentro de él. Y no porque lo diga yo: lo dice la Agencia Europa del Medio Ambiente. También el sentido común, pero de esto andamos más escasos últimamente.

Hablando de sentido común, mañana hay previsión de fuertes vientos en Cataluña: quizá no podré tomar mi tren a Alicante. La Generalitat suspenderá la actividad educativa y las operaciones sanitarias no urgentes. Es la nueva (a)normalidad en la que estamos instalándonos, una en la que las emergencias se convierten en la tónica. Que se lo digan a las comarcas más castigadas de Andalucía durante la oleada de temporales que les azotaron la semana pasada. Y ahora viene una nueva tempestad. Y este sábado, una impresionante bajada de presión en el Mediterráneo Occidental puede dar lugar a una ciclogénesis muy peligrosa, de devenir incierto. La aceleración del aumento de la temperatura de la atmósfera y del océano, la mayor cantidad de agua precipitable en la atmósfera, los ríos atmosféricos y los crecientes meandros de la Corriente de Chorro Polar están llevando a patrones más agresivos de precipitación, viento y a ratos sequías. Olas de calor se suceden con olas de frío, sin solución de continuidad, en un clima cada vez más descabalado en un planeta que cada vez se parece menos a aquél en el que yo crecí. Un planeta donde la dureza ambiental se combina con la creciente dejadez y cutrez para hacer un cóctel explosivo de decadencia y degradación.




He hablado de lo que ha pasado en España porque es donde vivo, pero España no es particular. La tormenta Harry, que hizo colmar el vaso de la degradación ferroviaria en Cataluña, en realidad azotó con mayor fuerza a Sicilia y el sur de Italia, causando grandes destrozos. Las tormentas que dieron lugar a las inundaciones de Andalucía fueron las mismas que han asolado el noroeste de Marruecos, dejando un peaje de decenas de muertos. Muy lejos de aquí, diversas oleadas polares han martilleado los EE.UU. En Argentina han encadenado terribles fuegos forestales con tempestades inauditas. Mientras, la Europa Central pasa el invierno más seco y cálido en décadas.

Lo mismo pasa con la cutrez. Es algo generalizado, universalizado, mundial. Los anglosajones tienen un término para designar algo parecido: shitification. En todas partes se degradan los productos, los servicios, las infraestructuras, la acción del gobierno, el debate político y la discusión pública. Todo se degrada. Todo es decadente, peor. Sin solución y sin esperanza.

La cutrificación está en todos los ámbitos de la vida. Es la balda de la puerta de mi nevera que se cayó cuando hacía dos años que la había comprado, porque la puerta de la nevera está hecha de una espuma cutre recubierta de plástico, y la tuvimos que arreglar clavando dos tornillos. Son todas las piezas críticas de tantos productos, hechas de un plástico rígido y poco duradero que se rompe a la primera de cambio. Es esa leche que compras y está cortada. Es esa red eléctrica doméstica que hace picos de tensión que rompe los LEDs, y luego en la tienda te los cambian sin más porque están en garantía, pero no los paga la empresa sino el estado porque es consciente de la mala regulación de la red. Son esos transformadores municipales que se queman. Son esos electrodomésticos que se queman, en parte por la red mierdosa, en parte porque ellos mismos son cutres. Es ese bote de suavizante que ha cambiado de forma porque ahora por el mismo precio te dan 100 mililitros menos. Es ese paquete de pasta que ya hace tiempo es de 450 gramos en vez de 500. Es ese cajero que no da billetes o que se traga la libreta.

Me acaba de llamar la persona del Ministerio que ha organizado la reunión de hoy y que se ha ocupado de gestionar mi viaje. Mi AVE ha sido cancelado. Da igual, yo ya estoy cerca de Barcelona. Qué haré una vez allí, no lo sé. Pero no importa. Recuerdo la máxima los días de la erupción volcánica del Eyjafjallajökull en abril de 2010, que fue la misma cuando la tormenta de nieve en Cataluña en marzo de ese mismo año, o cuando cayó la nevada de la tormenta Filomena en enero de 2021. Keep on moving: sigue moviéndote. Es la única manera de sobrevivir a la cutrez: seguir moviéndote. Tener un propósito, una dirección, un anhelo de vida, para ser capaz de moverte con la mierda llegándote a los tobillos, a la cintura o al cuello. Ten convicción y sepas a dónde vas.




Nada de lo que pasa, por supuesto, es casual. Toda esta decadencia física y moral tiene su origen en el necrocapitalismo terminal. Un sistema económico que necesita del crecimiento infinito en un planeta finito. Un sistema económico que ya está chocando con fuerza contra los límites biofísicos de este planeta, tanto ambientales como de recursos o sociales. En el intento desesperado de mantener la tasa de ganancia del capital, se recorta en todo, se sacrifica todo. Por eso los materiales son más cutres, el servicio es más cutre, se paga peor a los trabajadores que hacen el trabajo con desgana o sin poder dedicarle el tiempo suficiente o sin tener la cualificación requerida pero son más baratos. Todo este proceso de cutrificación tiene su origen en la creciente dificultad de que el capital consiga las tasas de ganancia históricas. Y para poder mantener este estado de cosas, es también necesario cutrificar toda la discusión, tanta la política como la pública, para que nadie ponga el dedo en la llaga, para que nadie plantee las preguntas incómodas. Por eso la discusión se llena de ruido sin sentido, incoherente. En el mundo físico navegamos entre mierda, y en el de las ideas, entre ruido.

Decía Marc Badal en la reunión de hoy una frase que me ha gustado mucho, aunque sé que no es de él: No podemos dedicarnos a la administración del desastre. No tiene sentido que sigamos remando dentro de este paradigma que se autoderrota, que no puede menos que hacernos nadar en la cutrez y entre la mierda. No se trata de elegir el mal menor, unas medidas un poco menos cutres en frente de otras medidas todavía más cutres. Se trata de cambiar totalmente de dirección y salir de en medio de este lodazal en el que estamos. El primer paso para ello es comprender que estamos en un lodazal. El segundo, saber hacia dónde queremos ir.



Fuente: The Oil Crush

viernes, 6 de febrero de 2026

Trump, Groenlandia y la extrema derecha

 

 Por Àngel Ferrero   
      Periodista de El Salto.

Los distintos grupos de la extrema derecha europea han optado por estrategias distintas ante la ofensiva de Donald Trump por la soberanía de Groenlandia

     Una de las consecuencias de las amenazas abiertas por parte de la administración estadounidense de anexionarse Groenlandia durante el pasado mes de enero ha sido la de abrir una fractura, ni que sea temporal, en las alianzas entre ésta y varios partidos y movimientos de ultraderecha europeos.


¡Pronto!

Esta cuestión ya ha sido abordada en medios de cabecera como The Guardian The New York Times, toda vez que estos partidos, descritos como “patrióticos”, aparecían explícitamente mencionados en la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos como potenciales aliados para “cultivar, en el seno de las naciones europeas, la resistencia a la trayectoria actual de Europa.”


2025. National Security Strategy

Vox y Aliança Catalana optaron por el silencio, mientras otros, como el Fidesz de Viktor Orbán, esquivaron la cuestión apelando a resolver la disputa en el marco de la OTAN, o, como el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ), se escudaron en la neutralidad de su país y en declaraciones calculadas al milímetro   “en lo que se refiere al futuro de Groenlandia, la cuestión más importante debería ser cómo y en qué constelación la propia población de Groenlandia considera que sus intereses serán representados en el futuro; lo importante, desde nuestro punto de vista, es que no se llegue a ninguna intervención militar o violencia”–.




Susanne Fürst, del FPÖ austriaco.


La copresidenta de Alternativa para Alemania (AfD), Alice Weidel, aseguró en cambio en una comparecencia ante la prensa en Berlín que Trump había “violado una promesa fundamental en campaña: la de no interferir en otros países.” El otro co-presidente de AfD, Tino Chrupalla, llegó a calificar en el Welt am Sonntag las maniobras del presidente estadounidense de “política imperial”. Incluso Nigel Farage, posiblemente el aliado más estrecho de Donald Trump al otro lado del Atlántico, calificó desde el Reino Unido de “acto muy hostil” que el mandatario estadounidense “amenazase con aranceles si no podía hacerse con el control de Groenlandia, incluso sin contar con el consentimiento de la población de Groenlandia siquiera.”

Soberanos”, pero a la sombra del águila

Puede que esta oposición sea, por supuesto, una mera gesticulación retórica para mantener una apariencia de coherencia discursiva ante sus votantes, que durante años han oído y leído declaraciones repletas de palabras como “soberanía” o “nación”, cuyo significado dichos partidos nunca han precisado para permitirse, entre otras cosas, llenarlas de una orientación racista y excluyente. En otros casos, sin embargo, el diablo está en los detalles. El discurso en el Parlamento Europeo del presidente de Agrupación Nacional (AN) y candidato in pectore de ese partido a la presidencia de Francia en las próximas elecciones, Jordan Bardella,ha sido citado como otra de las muestras de discrepancia –acaso la mayor– entre la ultraderecha europea y el trumpismo.

En él Bardella llegó a proponer la suspensión del acuerdo comercial que la Comisión Europea alcanzó con Washington el año pasado y la activación del instrumento contra la coerción económica contra EEUU como una medida “de autodefensa”. Al discurso de Bardella no le faltó espíritu combativo: “Estados Unidos nos presenta una disyuntiva: aceptar la dependencia, camuflada como asociación, o actuar como potencias soberanas capaces de defender nuestros intereses”, “la elección es simple: sumisión o soberanía”, “Europa debe escoger la libertad, la responsabilidad y el control de su propio destino”. Todas estas frases cumplieron con éxito su cometido, a saber: transmitir la imagen –y la imagen y nada más es todo lo que importa estos días– de oposición, y, a la vez, ocultar la verdadera preocupación de AN, expresada en otro de los pasos de su discurso.


Jordan Bardella, presidente del partido de ultraderecha Agrupación Nacional.

Groenlandia “se ha convertido en un pivote estratégico en un mundo que está retornando a la lógica imperial”, manifestó Bardella, “ceder hoy sentaría un peligroso precedente, exponiendo a otros territorios europeos –e incluso a los territorios de ultramar de Francia– el día de mañana”. En efecto, estos departamentos, regiones y colectividades de ultramar –antiguas colonias francesas– incluyen a las Antillas francesas y a Saint-Pierre-et-Miquelon, ambas en el hemisferio occidental sobre el que Trump quiere extender su “corolario” a la Doctrina Monroe. Si Groenlandia está en el punto de mira de los intereses estadounidenses, ¿por qué no podrían llegar a estarlo algún día todos estos territorios bajo administración francesa?

El apoyo de Trump se ha revelado para estos partidos, de repente, como una arma de doble filo. Por una parte, ninguno de ellos quiere renunciar a los ingentes recursos que la cercanía con el movimiento MAGA supone: no solamente económicos, sino también en forma de contactos con mecenas, proyección en los medios de comunicación y aprendizaje de tecnologías políticas que después aplicar en sus campañas electorales. La imagen de una “internacional de la derecha” bajo el poderoso patronazgo estadounidense es para todos ellos tácticamente interesante, pues refuerza la falsa idea de la inevitabillidad de su victoria electoral y su hegemonía social.

La creación de una especie de alianza transatlántica de la ultraderecha fue durante algunos años el sueño acariciado por Steve Bannon, quien llegó a establecer incluso en la Cartuja de Trisulti, en Italia, una suerte de academia política para formar a los “cruzados” de ese proyecto. Pero por otra parte, subordinarse a este proyecto los podría convertir potencialmente a ojos de sus respectivas poblaciones en los nuevos Vidkun Quisling, el presidente de la Noruega colaboracionista durante la Segunda Guerra Mundial, cuyo apellido pasó a equivaler a traidor, especialmente si lo que está en juego es el control de sus respectivos territorios o los intereses del capital nacional que los apoya.

Por descontado, la historia reciente ofrece unos cuantos ejemplos de movimientos fascistas que aspiraban a reverdecer las supuestas viejas glorias de sus naciones y acabaron o bien sucumbiendo a la Alemania nazi, como el austrofascismo, o bien sirviendo a los intereses de aquélla manteniendo la apariencia de estados independientes, como la Ustacha croata, la Guardia de Hierro rumana o el efímero Estado ucraniano de la Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN). Toda la retórica revanchista, todas las imágenes hipermasculinas de guerreros patrios aplastando al enemigo y atravesándolo de bayonetas de la propaganda nacionalista resultan, a la hora de la verdad, un tanto ridículas cuando se tiene sobre el cuello una bota más grande y más negra, sin la cual todas sus fantasías de dominación no pueden realizarse de ningún modo.


Un manifestante en Múnich, Alemania, lleva parches del antiguo Batallón Azov - Sachelle Babbar.

El irredentismo llama a la puerta

Sea como fuere, y como quiera que todavía no se ha llegado a esta situación, las llamadas al respeto de la “soberanía” de partidos como Agrupación Nacional deben interpretarse como lo que realmente son: ni siquiera una apropiación de un discurso izquierdista, como algunos pretenden ver sin ir más allá de la superficie, sino una defensa del statu quo heredado de un largo historial colonial y una llamada a reforzarlo para evitar que las poblaciones afectadas por él escapen a los lazos establecidos.

Incluso en el mismo suelo europeo el reciente capítulo en torno a Groenlandia tiene todos los ingredientes para reabrir –como ocurrió, salvando las distancias, con el caso de Crimea en 2014– cuestiones territoriales sensibles hasta para la propia extrema derecha, como los intentos del FPÖ por instrumentalizar el movimiento autonomista de Bolzano/Tirol del Sur o los guiños de Orbán al irredentismo húngaro que cuestiona las fronteras establecidas por el Tratado de Trianon de 1920. ¿Y quién tiene la absoluta certeza de que AfD mantendría su respeto a la frontera en el Óder-Niesse si viese en algún momento la oportunidad para abandonarlo? Por otra parte, diríase que lo que les duele de veras a estos partidos es haber recibido ahora el mismo trato que han recibido en el pasado otros pueblos no-“europeos” y que ellos mismos han dispensado a esos otros pueblos no-“europeos”.

Esta situación es por lo demás extensible al centro político que con tanta frecuencia se nos presenta como alternativa democrática al trumpismo. Nada más revelador que la polémica de estos últimos días en torno a las declaraciones del presidente estadounidense en Davos, cuando Trump dijo, en referencia a las tropas de otros estados miembros de la OTAN, que “nunca los hemos necesitado”. “Nunca les hemos pedido a ellos realmente nada”, agregó Trump, “ya sabes, ahora dirán que enviaron algunas tropas a Afganistán, o esto o aquello, y lo hicieron, estuvieron un poco en la retaguardia, un poco lejos de las líneas de frente”. Las palabras de Trump fueron recibidas con indignación por varios mandatarios europeos, que destacaron la contribución de sus tropas en Afganistán en sus declaraciones y en redes sociales.

Unos 59 soldados del Bundeswehr perdieron sus vidas durante el despliegue de prácticamente 20 años en Afganistán”, protestó el canciller de Alemania, Friedrich Merz, en el Bundestag, “más de 100 fueron parcial o gravemente heridos en operaciones y combates.” “No permitiremos que esta misión, que fue también llevada a cabo en interés de nuestro aliado, los Estados Unidos de América, sea hoy denigrada o despreciada”, apostilló.

Como comentaba el periodista Mark Ames, hete aquí “la insufrible hipocresía de Dinamarca y los europeos quejándose: ‘¡No es justo que los daneses seamos víctimas del imperialismo cuando nos hemos pasado 20 años siendo vuestros sidekick asesinando juntos a gente de color marrón! ¿Es que no hay honor entre imperialistas?’” Y, comentando la noticia de la decisión de la UE de designar a los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán como organización terrorista, añadía: “Los europeos sólo quieren intimidar (bullying) y dominar, y eso significa formar equipo con el imperio más violento del mundo cuando es posible y luego quejarse cuando se convierten en el objetivo de su emperador, para luego volver a intimidar a potencias más débiles cuando surge la oportunidad, y así sucesivamente”.


Fuente: El Salto