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viernes, 14 de agosto de 2026

La diplomacia europea, entre Kaja Kallas y Ursula von der Leyen

 

       Politólogo especializado en asuntos europeos e internacionales.



La rivalidad entre Kaja Kallas y Ursula von der Leyen refleja las limitaciones de la política exterior de la Unión Europea.

      El 11 de junio de 2026, un documento interno atribuido al Gobierno francés y filtrado al Financial Times planteó tres escenarios para reformar el servicio diplomático de la Unión Europea y, con él, el cargo de Alta Representante que ocupa la estonia Kaja Kallas. 

El primero situaría toda la política exterior bajo el control de la Comisión, el segundo devolvería competencias al Consejo y a las capitales, y, el tercero, presentado como el preferido por París, reforzaría a la propia Kallas hasta convertirla en una suerte de vicepresidenta ejecutiva primera con autoridad sobre acción exterior, comercio y desarrollo.

Tres salidas distintas para abordar la percepción, extendida en varias capitales, de que la Unión Europea reacciona con excesiva lentitud y fragmentación ante las crisis internacionales, desde el genocidio en la Franja de Gaza hasta la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán.

El episodio se ha interpretado mayoritariamente en clave personal, como una nueva etapa del desgaste de Kallas y de su tensa relación con la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. Sin embargo, la fricción entre ambas no es una mera pugna de personalidades, sino que es la manifestación más clara de una ambigüedad estructural inscrita en la propia arquitectura institucional del bloque.

Esa ambigüedad, asumible en periodos de estabilidad, se ha transformado en una vulnerabilidad estratégica en un contexto que exige a Europa proyectar una posición coherente y reconocible.

El reparto competencial

El cargo de Alto Representante nació con el Tratado de Lisboa como un híbrido deliberado. Su titular dirige la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC) en nombre de los Estados miembros y, simultáneamente, ocupa una vicepresidencia de la Comisión Europea. El objetivo era articular el peso político de las capitales con los recursos de Bruselas, tendiendo un puente entre el método intergubernamental y el comunitario.

En la práctica, esa hibridez ha situado al cargo en la intersección de las lógicas institucionales de la Comisión, el Consejo y el Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE), que el Alto Representante dirige, sin control efectivo sobre ninguna de ellas. 

El factor determinante es que la política exterior continúa siendo, en lo sustancial, una competencia de los Estados, sometida a la regla de la unanimidad. El Alto Representante coordina, propone y representa, pero no tiene capacidad de decisión.

Desde Catherine Ashton hasta Federica Mogherini y Josep Borrell, todos sus titulares han chocado con las mismas limitaciones. El propio Borrell dejó constancia pública en reiteradas ocasiones de esa frustración a lo largo de su mandato, denunciando la incapacidad de la Unión Europea para formar una posición común frente al genocidio israelí en la Franja de Gaza.

Lo que distingue la etapa actual es la conjunción de ese límite heredado con la forma en que Ursula von der Leyen ha concebido y ejercido su segundo mandato al frente de la Comisión Europea.

La presidencialización de la Comisión

Mientras el cargo de Kallas oscila entre la irrelevancia y la reforma, la Comisión ha avanzado en sentido contrario, concentrando poder de manera sistemática. Su funcionamiento es crecientemente personalista, articulado en torno a la presidenta y a su jefe de gabinete, Bjoern Seibert, en la decimotercera planta del edificio Berlaymont.


Von der Leyen, la hiperpresidenta.

La ampliación del número de vicepresidencias ejecutivas de tres a seis, lejos de distribuir la autoridad, ha diluido los contrapesos internos del colegio de comisarios. La tendencia no es enteramente nueva, pues la centralización en la presidencia se remonta a las Comisiones de Barroso y Juncker, pero se ha intensificado de forma notable. Y en el ámbito externo adquiere una relevancia particular, ya que carece de competencias formales en política exterior. 

Esta deriva concentradora contrasta con las expectativas suscitadas por el propio origen de Ursula von der Leyen en el cargo, designada en 2019 por el Consejo Europeo al margen del sistema de Spitzenkandidaten, lo que ha generado malestar entre varios Estados miembros que anticipaban una presidencia más condicionada por las capitales.

Pese a ello, la Comisión se ha convertido de facto en el principal actor geopolítico de la Unión Europea, asumiendo la iniciativa ante la guerra de Ucrania, la crisis energética, la sobrecapacidad industrial china, la guerra arancelaria con Estados Unidos o el conflicto en la Franja de Gaza.

Tras los ataques sobre Irán, Ursula von der Leyen desplegó una intensa diplomacia directa que invadió las atribuciones de la Alta Representante y del presidente del Consejo Europeo, António Costa. En una sola jornada informó al Parlamento Europeo de conversaciones telefónicas con numerosos líderes extranjeros y emitió, junto a Costa, un comunicado conjunto que relegó a Kallas a un papel subsidiario. El episodio mostró una diplomacia fragmentada institucionalmente.

La divergencia también es discursiva. En la conferencia anual de embajadores de la Unión Europea, Ursula von der Leyen reclamó una política exterior guiada por la realpolitik, mientras que Costa, apenas un día después, reafirmaba el compromiso con el orden internacional basado en reglas. 

A ello se añaden iniciativas de carácter más estructural. La presidenta anunció la creación de un Colegio de Seguridad de mandato impreciso que duplica parcialmente las funciones del Comité Político y de Seguridad, órgano que los Tratados sitúan bajo la órbita del SEAE.


La acción del Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE) se ve limitada por las propias debilidades de la política exterior de la Unión Europea.

La Comisión estableció además una dirección general específica para Oriente Próximo, el Norte de África y el Golfo, y llegó a proyectar una célula de inteligencia bajo supervisión directa de la presidencia, iniciativa a la que Kallas se opuso por reducir todavía más su margen de maniobra. El propio comisario de Defensa, Andrius Kubilius, solapa parte de sus atribuciones con las de la Alta Representante.


La Comisión Europea quiere tener su propia célula de inteligencia.

El resultado es una proyección exterior fragmentada, en la que coexisten varios centros de iniciativa sin una jerarquía clara entre ellos. La cuestión, sin embargo, no se agota en la conducta de la Comisión.

El vacío del Consejo

Sería un error atribuir esta situación exclusivamente a una voluntad de acaparamiento por parte de Ursula von der Leyen. Su expansión responde, en buena medida, a la ocupación de un vacío que los propios Estados miembros han dejado abierto.

El Consejo permanece dividido en las cuestiones decisivas. Frente a quienes, como Francia o Alemania, han explorado vías de negociación con Moscú, otros Estados como Polonia, los países bálticos y los nórdicos respaldan la línea de firmeza que encarna Kallas.

La propia iniciativa diplomática de António Costa hacia Moscú, explorando cauces de contacto con el Kremlin al margen de los canales institucionales establecidos, ha agudizado esta fractura interna, mostrando la fragilidad de la cohesión institucional de la Unión Europea.


El presidente del Consejo Europeo, António Costa; el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski; y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen.

Atrapado entre esas posiciones y limitado por el requisito de la unanimidad, el Consejo se muestra incapaz de articular respuestas con la celeridad que imponen las crisis. El recurso reiterado al veto por parte de algunos Estados, de forma señalada la Hungría de Viktor Orbán, que en repetidas ocasiones ha bloqueado sanciones y paquetes de asistencia a Ucrania, ha consolidado la imagen de una Unión paralizada por su propia proceso de toma de decisiones.


El fin de la era Orbán reduce la parálisis institucional en la UE.

En ese marco, cuando un acontecimiento exige una reacción inmediata, la presidencia de la Comisión tiende a ocupar el espacio que la decisión intergubernamental no logra llenar. La iniciativa Ursula de von der Leyen se explica, así, menos por una estrategia de poder premeditada que por la incapacidad estructural del Consejo para actuar como un cuerpo unitario.


Miembros de la Comisión Europea presidida por Ursula von der Leyen, anunciada el 27 de noviembre de 2024.

A las dificultades institucionales se añaden las críticas dirigidas a la gestión de la propia Kallas, a quien diversos diplomáticos reprochan un estilo poco eficaz para tejer mayorías en una Unión Europea políticamente heterogénea y una monotemática línea sobre Rusia percibida como excesivamente rígida por algunas capitales. El problema de fondo, no obstante, no reside en que la Comisión intervenga en exceso, sino en que el Consejo decide demasiado poco.

Esta lógica permite descifrar la aparente paradoja de las últimas semanas. Cuando el documento francés y la presión de varios Estados amenazaron con vaciar de contenido el SEAE, fue la propia Ursula von der Leyen quien salió a respaldar públicamente a Kallas y a reivindicar el papel del servicio diplomático. 

La aparente contradicción resulta coherente con los incentivos institucionales, ya que a la Comisión tampoco le conviene que las competencias regresen al Consejo o a las capitales, y una destitución de la Alta Representante proyectaría una imagen de división difícilmente asumible hacia el exterior. 

Kallas, por su parte, ha optado por abrir el debate sin renunciar a su posición, recordando que la sustancia de su mandato la determinan los Tratados y no un documento filtrado a la prensa.


Kallas defiende el servicio exterior de la UE después de que un periódico francés cuestionara su supervivencia.

Autonomía estratégica y arquitectura del poder

La relevancia de esta disputa afecta directamente a la aspiración europea de dotarse de una autonomía estratégica efectiva. Esa autonomía no se reduce a la acumulación de capacidades materiales, sino que depende igualmente de la existencia de una arquitectura institucional capaz de decidir su empleo y de una voz reconocible que actúe en nombre del conjunto. 

Sin el andamiaje decisorio necesario, los recursos que la Unión Europea logre reunir corren el riesgo de permanecer inutilizados en el momento en que una crisis exige una respuesta inmediata.

La fragmentación de la representación exterior tiene, en este sentido, consecuencias estratégicas tangibles. Una potencia que mantiene varios centros de iniciativa y no resuelve quién la representa proyecta hacia el exterior una imagen de indecisión que sus rivales pueden explotar y que erosiona su credibilidad como actor fiable. 

La pugna entre Kallas y Ursula von der Leyen, por tanto, compromete la capacidad de la Unión Europea para fijar prioridades, sostenerlas en el tiempo y actuar como un sujeto geopolítico coherente.

Ninguna de las tres opciones francesas resuelve la contradicción de fondo, porque esta es de naturaleza política, no organizativa. La Unión no ha decidido aún si aspira a ser una alianza de Estados soberanos que conservan el control de su acción exterior o una potencia dotada de una política exterior verdaderamente común.

Mientras esa cuestión permanezca abierta, cualquier reforma se limitará a desplazar el problema de una instancia a otra. La reorganización del SEAE o el refuerzo del rango de la Alta Representante podrían mejorar la coordinación, pero no alcanzan el nervio del problema, que reside en la regla de decisión.

Una reforma de fondo exigiría avanzar hacia la votación por mayoría cualificada en ámbitos hoy sometidos a la unanimidad, comenzando por las sanciones y las declaraciones comunes, ya fuera mediante la activación de las cláusulas pasarela previstas en los Tratados o a través de su revisión ordinaria. Pero ahí reaparece el obstáculo característico de la construcción europea, dado que la supresión de la unanimidad requiere, precisamente, la unanimidad.

La rivalidad entre Kallas y von der Leyen no es, en última instancia, la causa de la debilidad diplomática europea. En todo caso es su síntoma más visible. La autonomía estratégica de la Unión dependerá, en gran medida, de su aptitud para articular una estructura de decisión coherente y un mando reconocible en política exterior, además de una visión estratégica compartida sobre el papel que la Unión Europea aspira a ocupar en el escenario internacional. 


Fuente: Descifrando la Guerra

jueves, 2 de octubre de 2025

Aquella brisa de los veranos de antes (16 de 20)

 

 Por  Pedro Costa Morata
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


Del turista y el viajero: conjurando equívocos y desviaciones



Apretaban las críticas este verano al turismo invasor, como plaga que no cesa y que anuncia problemas inmanejables, todos ellos derivados de la masificación, de su conversión en fenómeno de voraz consumismo y de la relación que muestra, sobre la cultura y el medio ambiente, de ángel exterminador. Al mismo tiempo, se destacaban las cifras millonarias de afluencia de visitantes, en su mayoría atraídos por la costa, que ya superaban netamente a las conseguidas antes de la pandemia; si acaso, había algunas quejas de hoteleros que incluso en agosto disponían de algunas habitaciones libres, lo que les llenaba de profunda tristeza e impedía alinearse con la fortísima corriente de optimismo general. Así que en qué quedamos.


Horrores del crucerismo (Valletta, Malta, 2023).

El turismo del que hablamos es, en efecto, un proceso intensamente destructivo: extractivista, decimos actualmente científicos y ecologistas, por su alto consumo en recursos materiales (agua, suelo, energía...) e inmateriales (paisaje, tradiciones, cultura...). Tal y como se ha sido desarrollando durante el siglo XX, y muy especialmente en el Mediterráneo y España, es esquilmador, incesante y... conflictivo.

Los ecologistas somos viejos críticos del turismo, sobre todo del masivo, el que exige espacio y exclusividad, obsesivo en urbanizaciones, abusivo en islas y acantilados e irrespetuoso con paisajes y culturas. Y así, hemos orientado nuestros dardos hacia el impacto concreto, inmediato del turismo, primero el costero, luego el rural (introducido sobre una gigantesca, así como ladina, mentira); pero ha faltado un verdadero desarrollo teórico de sus daños y amenazas, y en algunos ensayos críticos, más bien timoratos, que han surgido -tengo en la cabeza a varios investigadores libres y de universidades como la de Málaga o Alicante- muy al hilo de su faceta económica: su enorme repercusión económica, en primer lugar, con menor incidencia en sus costes. Siendo andariegos por naturaleza y por la naturaleza, los ecologistas nos mostramos instintivamente reacios a la masa y al mogollón, pero no podemos evitar que, en alguna medida y visto con frivolidad, se nos acuse de cierto “elitismo espacial” que, puede hacer que algunos exclamen “¡Lo quieren para ellos solos!”, cuando defendemos, por ejemplo, ciertos espacios naturales de calidad para liberarlos de las amenazas de la frecuentación libre. Lo que ni es verdad ni es justo.


Mi primera visión del mundo (1956).

        Pero bueno. Decía que la alarma por las hordas turísticas desatadas ha surgido primero de ciudades eminente e históricamente turísticas, como Amsterdam, Roma, Lisboa, Barcelona... con Venecia como ejemplo de espanto que ha tenido que imponerse una línea roja que afecta -y cuánto me alegro- al atraque dentro de la ciudad de esos monstruosos buques llamados “cruceros”, de espantosa imagen y estética anti navío, que tienen como misión pasear por mares y ciudades a una multitud elegantemente hacinada y estúpidamente divertida. Muchos pudimos ver a esos monstruos sobrepasando con sus desaforadas dimensiones la iglesia de San Giorgio, como amenazando con entrar en el Gran Canal; afortunadamente, ahora han de quedarse en Mestre, el puerto veneciano del continente, y liberar a la ciudad de los Dogos de insultos insoportables. Yo he visto a estos odiosos barcos, alineados de cuatro en cuatro, en los muelles de Valletta, la capital maltesa, que viene a ser, por su situación geográfica, centro logístico de cruceros y cruceristas del Mediterráneo, en claro ultraje a unos muelles que tanta historia poseen y tanta belleza evocan.

Pero sigo. Mis reflexiones sobre el turista y el viajero -que ahí está la clave del análisis del insano transportarse y del creativo viajar- se han visto recientemente empujadas por la abundancia mediática de esas contradicciones y alertado por un estupendo libro que adquirí porque veía que me iba a hacer pensar, y yo lo necesitaba. Se trata de Peut-on voyager encore? (¿Es posible todavía viajar?), de 2025, del sociólogo Rodolphe Christin, que nos somete a dos dilemas de calado: el primero, y menos importante, plantea el hecho material de que, con la masividad de los movimientos turísticos, el espacio físico (y emocional) de cada viajero se estrecha y contamina, anunciándole límites que creía inexistentes; y el segundo, más inquietante, nos obliga a dudar del propio hecho viajero como expansión personal y experiencia positiva, teniendo en cuenta lo que supone de contribución al complejo pernicioso de la actividad turística como tal, que ya abarca atentados ambientales sin cuento, pérdidas culturales ilimitadas, desarticulaciones socio-económico-culturales irreversibles, transformaciones territoriales empobrecedoras en lo material y lo espiritual, expansión de un capitalismo voraz e infatigable...


Atlas Aguilar (1959).

Y como el amigo Christin supo inducirme el desasosiego que sin duda pretendía, eché mano de otro texto, Teoría del viaje. Poética de la geografía (2016), de Michel Onfray, que leí en su día y que recordaba como más liviano (y veraniego), ya que me había auto castigado bastante con el incisivo Chistin. El filósofo Onfray es más suave, desde luego, pero presenta el peligro de esa cierta ponzoña con que los autores liberales quisieran tintar los fenómenos sociales. Lo que no quita la riqueza de su pensamiento sobre el viaje, altamente aprovechable. Como cuando afirma que “el turista compara, el viajero separa” (y acepta, indaga, se entusiasma…, añado yo); es decir, que este es siempre anatomista, tanto de personas y personajes como de paisajes y paisanajes. O que “existe siempre una geografía para cada temperamento... y una mitología formada en las lecturas de infancia”, que me encanta, aunque me obliga a preguntarme, con sincera angustia: ¿y los niños de ahora? Porque, pensando en Julio Verne, cuyas obras fueron las más leídas de mi adolescencia, y sus personajes, tantas veces jóvenes y adolescentes, admirados por el idealismo con que se describían, eran lecturas que llenaban la imaginación -cultivándola y estimulándola- de hechos recreados a falta de imágenes, de trances y geografías remotas y exuberantes, donde sus héroes derrochaban ingenio, valor y fe; lecciones que tratábamos de poner en práctica tras la lectura, dando a aquellos juegos infantiles un algo iniciático, misterioso y bello. “Entre el mundo y uno mismo, insiste este autor, intercalaremos prioritariamente las palabras”: ¡eso!


En la hamada de Tinduf (Argelia, 1976).

Y es esa misma falta de imágenes (por más que innecesarias) lo que mueve a la meticulosa preparación de los viajes con guías serias y trabajadas, pero sobre todo con mapas; unos mapas que, hablo de mi caso, nunca encuentro anticuados, y aun mis atlas de adolescencia sigo teniendo a mano porque me dan la seguridad que necesito, que más que relacionarse con la preparación, lo es con la disposición... Y sobre ellos, mapas, atlas, aprendí a soñar el mundo... Y cuando me he encontrado ante, o dentro, de alguno de esos espacios o monumentos que admiraba y absorbía, me he sentido inmensamente feliz.


En la selva de Petén (Guatemala, 2017).

Quizás buscando el equilibrio, quiero decir entre la paliza de los escrúpulos con que me alcanzó Christin y el brillo complaciente que sabe transmitir Onfray, eché mano del siempre correcto y ecuánime Claudio Magris, con otra joya de mi estantería de libros de viajes, El infinito viajar (2008), que leí nada más salir a las librerías. Que la prosa de Magris es puro recreo, calma y disfrute, aun expresándose en conservador (lo que trata de disimular, por la cuenta que le trae, sin demasiado éxito...); pero a mí es su condición de ciudadano de Trieste lo que más valoro, siendo su prosa de base italiana, formación germánica y atención eslava, lo que me subyuga. Y lo aplaudo con toda mi energía cuando suelta: “Vivir significa, hoy más que nunca, viajar”. Y como triestino, ya digo, surgido intelectualmente en el cruce de tres potentes culturas, no puede dejar de advertir, como un exhorto, que “la única identidad auténtica no es la regresivamente monolítica anhelada por los delirios étnicos, sino aquella fiel y móvil a la vez, capaz de enriquecerse merced a una nueva pertenencia”. Que yo creo que es una invitación al cosmopolitismo, a la apertura a los demás, con sus tierras y culturas, ya que esta es la más auténtica lección del viaje y del viajar. No falta, en la agudeza del muy viajado Magris, la observación que sitúa al viajero algo así como ajeno -o tendente a excluirse- a responsabilidades cuando no está en su propio espacio, lo que no siempre es legítimo. De ahí que suelte que “viajar es inmoral”, reproduciendo la frase de un filósofo de su referencia, pero añadiendo que éste lo decía “durante un viaje...”.


Glaciar en la cadena Wrangell (Alaska, 2022).

        Y como última ayuda en mi pensar viajero, quise honrar una vez más a mi amigo y compañero Rafael Chirbes, en este caso a partir de El viajero sedentario (2004), libro en el que con su probaba habilidad redaccional convierte una contraposición en pedagogía de general aplicación. Chirbes tuvo la misma educación que yo, ferroviaria de cuna y de internado religioso (León) en la misma época, y aunque rehuyó la formación técnica, optando por la historia y el arte, ejerció de periodista gastronómico y viajó constantemente durante varios años, acopiando material para su inevitable reconversión en escritor sólido y puntilloso. Con esto quiero que quede claro que también admiro -como Chirbes- a quien no sale de su pueblo, no ya de su país. Porque me parece que supone, no un esfuerzo de contención, como podría parecer sin más indagar, sino una comprensión -máxima, intensa, holística- del mundo y sus formas y sorpresas, porque es verdad que la realidad geográfica, con sus humanos pululantes, siempre podrá resumirse en esto que alcanza la vista: la condición, creo yo, es que el alma deberá estar dispuesta, curtida en las más humanas inmediateces... Y recordemos que, por ejemplo, de Verne se dice que apenas viajó, como no fueran unas excursiones mediterráneas en un yate que se hizo construir, pero no se sintió -hay que suponer- demasiado atraído por las geografías que describía sobre los mapas. Era un erudito en meridianos y paralelos exóticos, así como del impulso humano por la supervivencia, de su capacidad de asombro ante un mundo que todavía en su tiempo no había mostrados sus límites. Y algo de eso comparto yo: desde siempre me fascinaron las tierras lejanas, los pueblos raros, las banderas y las naciones, con sus paisajes singulares, que en mi imaginación visitaba y disfrutaba.

En el planteamiento de un viaje suele ser inevitable esta disyuntiva: ¿en soledad o en grupo? Pues está claro, en soledad (esa experiencia de un “camino interior, insuperable), o con una (sola) compañía, si es que en verdad se pretende viajar con aprovechamiento. Lo del grupo es inevitablemente otra cosa. Y lo de “más de dos”, es decir, tres, igual que se desaconseja en la preparación de un examen, nunca aparecerá en las recomendaciones para viajeros de raza. Partir con el amigo, o amiga, que es el caso de almas gemelas y comunión de voluntades e intereses, resulta lo más acertado, aunque pertenezca a una dimensión bien distinta a la de la soledad personal, inevitablemente metafísica (o sea, incompartible).

Añadiré como final que, siendo viajero empedernido, soy forofo de dos experiencias: la primera, medir y sentir la profundidad de los territorios… para que se me queden bien afirmados y los pueda recordar e identificar; y la otra, el culto de los retornos que, aunque sean arriesgados y no pocas veces decepcionantes, insuflan compensación en el alma e incluso premio: repetir estancia es como si despejáramos de nuestras dudas el impulso imperfecto de ver cosas y liquidar, con el olvido acechando y el aprecio de una sola vez arrollado por la sucesión inconsiderada de novedades... Se trata, ya lo creo, de una ética del retorno, de un culto a las geografías de la memoria...


martes, 20 de septiembre de 2011

LINK, exposición en Lisboa

EXPOSIÇÃO
> LINK <

LINK reune a obra de 3 artistas que praticam uma forma de abstração baseada em símbolos, letras ou expressão escrita. 

Ana Hatherly (1929) é uma artista, poeta e ensaísta, pioneira na combinação do desenho com a escrita, cuja obra é reconhecida internacionalmente.
 
Fernando Aguiar, (1956) trabalha com poesia experimental e visual desde 1976 associada à pintura, instalações e performances. 

ISU é um robô criado por Leonel Moura em 2006 que gera pinturas com letras e palavras.
 
A exposição estabelece uma relação entre a obra de artistas, poetas visuais e letristas,
com a produção de máquinas capazes de gerar uma expressão pictórica com base na inteligência artificial.

 
 Ana Hatherly

 
Fernando Aguiar

 
 ISU [Leonel Moura]

INAUGURAÇÃO

QUINTA-FEIRA, 22 DE SETEMBRO, PELAS 18.30 H
[até 23 de Outubro]___________________________________________________________

Robotarium / LxFactoryRua Rodrigues Faria, 103, H02
1300-501 Lisboa
T: +351 213625286