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miércoles, 25 de marzo de 2026

Recuerdos de la costa siria: Ugarit y el alfabeto más antiguo

 

Para un invierno átono y viscoso, sin frío ni calor (10 de 10)


 Por Pedro Costa Morata   
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

Al final de mi estancia volvería a visitar el Museo Nacional de Damasco, pero la primera y más emotiva impresión ya había quedado bien impresa en mi cabeza, y era aquel mínimo ladrillo, en forma de (medio) dedo, hecho en arcilla endurecida con la grabación de 30 caracteres cuneiformes, descrito como el más antiguo alfabeto conocido... El Museo lo mostraba en urna transparente, embutida en una pared brillante, con aspecto de altar divino: no en vano era, quizás, la joya más preciada en un Museo exuberante de riquezas antiguas (aunque yo mismo había conocido la superior acumulación arqueológica de los grandes museos de la Europa imperial, abastecidos por el saqueo sistemático de Oriente). Y allí mismo, en la tienda del Museo adquirí mi alfabeto, exacta reproducción del original, y desde entonces luce en mi mesa de trabajo, a modo de enlace entre mis pesares del siglo y mis anhelos, frustrados, de investigador de ciudades reveladas al sol; y lo he colgado de mi cuello en numerosas ocasiones, bien por alcanzarme la nostalgia de mis correrías mediterráneas, bien por el gusto de que alguien me pregunte que qué es eso, y por supuesto para explicar a mis alumnos de Telecomunicación los orígenes de la escritura...

El abecedario ugarítico, ¡ah, el abecedario...! está emparentado con el cananeo, que es una lengua de la rama semítica que a través de Biblos y la expansión comercial fenicia dio origen al etrusco y al griego. Y se fecha más o menos en el 1400 a. C., ahí es nada. A Ugarit también se le atribuye el hallazgo de la partitura musical (“escala heptatónica oriental”) más antigua en la historia... con un himno grabado que ha pasado a ser considerado el origen de la música clásica...


Alfabeto ugarítico.

Era mi primera visita a Siria, en noviembre de 1986. Aunque la invitación venía de la Embajada siria en Madrid, es decir, del Ministerio de Relaciones Exteriores, el programa -en el que no intervine- me lo prepararon, en realidad, con contenidos turísticos, lo que en el caso de Siria equivale a decir que fue eminentemente histórico-arqueológico. A mí me interesaba todo de ese país, así que no tuve que proponer ninguna alteración. Mis compañeros eran el competente guía Omar, sirio-argentino (o sea, turco, como dicen allá), y el chófer Muafaq, divertido e ingenioso. Dejando la visita detenida a Damasco para el final, decidimos emprender el recorrido por el norte, región de Alepo, iniciándolo por la costa, con la fijación primera y algo obsesiva por las ruinas de Ugarit, donde se había encontrado el famoso alfabeto y cuyas ruinas ya me habían cautivado, aun sin contemplarlas. Luego visitaríamos Ebla, Apamea, Palmira y, más allá, en el Éufrates, Mari; con especial detenimiento en Alepo, donde mis guías reconocieron que esa Ciudadela, con ínfulas de parecerse a nuestra Alhambra no era, de ésta, sino una pálida sombra.

El sitio arqueológico de Ugarit, llamado Ras el-Shamra (Cabo Hinojo), sin duda uno de los más importantes de la costa del Mediterráneo Oriental, surge a unos diez kilómetros al norte de la gran ciudad mediterránea de Latakia (antigua Laodicea). Ocupa, sobre un tell (colina), unas veinte hectáreas y lo flanquean dos riachuelos por el norte y por el sur. Este asentamiento consta ya en el 7500 a. C., puro neolítico próximo-oriental, y hacia el 3000 a. C. es un activo centro comercial y financiero. En 1800 ya ha adquirido la forma política de entidad independiente, en realidad Ciudad-Estado con un cierto hinterland pero nunca con dimensiones -ni aspiraciones- a reino o imperio: su vocación, de intermediario económico y de productor de barcos, metalurgia o artesanía, se adaptaba mucho mejor a esa existencia pacífica y productiva. Fue una ciudad próspera, en definitiva, y eso duró medio milenio, con máximo esplendor entre los siglos XV y XII a. C. (con más precisión: entre 1450 y 1180 a. C.). Y poco después del fatídico 1200 fue arrasada por los -aún hoy- enigmáticos “pueblos del mar”, y en consecuencia abandonada.

El extenso conjunto urbano muestra una muralla casi enteramente conservada, con curiosa puerta triangular, un imponente palacio real, dos templos en el sector más elevado dedicados a las divinidades sirio-fenicias Baal y Dagón, y algunas viviendas civiles de llamativa extensión y organización. Pensando en la dicha de los arqueólogos, se me permitió recorrer, excitado y feliz, callejas, corredores y habitaciones y tuve buen cuidado de respetar las piedras de los templos de esos dioses todopoderosos, tan benéficos como temibles, cuyo recuerdo llena todo el Próximo Oriente. Me imaginé hollando y aforando, sin importarme el inclemente sol de Oriente y bajo metros de sedimentos seculares, cerámica, tablillas... y ese ladrillito alfabético consonántico (o sea, sin vocales)...


Ruinas de Ugarit.

Ugarit fue “ciudad perdida” hasta 1928, cuando un agricultor con su arado desveló una tumba, anuncio de la necrópolis de la ciudad comercial, que se sitúa entre el tell y el mar, con espesa franja de naranjos y limoneros extendidos hacia el discreto Minet el-Beida (Puerto Blanco) a poniente. El enclave geográfico acaba en el Ras ibn-Hani (Cabo de Felix), su faro y su entorno militar, como sucede con la mayoría de los faros de la costa siria, situados como es normal en apéndices rocosos, cabos o pequeñas penínsulas (ras, en definitiva).

Al poco las excavaciones irrumpieron en toda la zona a las órdenes del arqueólogo francés Claude Schaefer (recordemos que eran los años del Mandato francés de Siria, botín de guerra que, junto con Líbano, se atribuyeron los franceses tras la derrota y extinción del Imperio Turco). A partir de 1948 y en sucesivas campañas fueron surgiendo del suelo miles de tablillas, con más y más luces sobre la vida en Ugarit de aquellos siglos, llenos de vida, comercio y política, todo ello bien adobado de cientos de deidades perfectamente adaptadas a las necesidades -económicas, lúdicas, religiosas- de una población dinámica y culta.

Volví a Ugarit en 1989, tras enrolarme en una misión onusiana del Plan de Acción del Mediterráneo (PNUMA), para estudiar a fondo la costa siria, lo que me proporcionó otras dos estancias y un conocimiento minucioso de ese litoral, ya que se me encomendó su estudio medioambiental.


Esquema del área de Ugarit /Ras ibn-Hani, al norte de la costa siria.

Desde Ugarit y Ras ibn-Hani hacia la frontera turca se extiende un litoral hermoso, de bellos acantilados de blanca caliza y apacibles playas de arenas negras. Con dos cabos (y sus faros), Ras el-Bassit y Ras el-Fasuri, marcando los sectores 1 y 2 de los diez en que yo organicé la costa siria para su mejor estudio (Ibn-Hani separaba el segundo del tercero, dando paso por el sur a la hermosa Latakia. Y fue en esa costa, objeto de mis andanzas estudiosas, donde me sentí fuertemente atraído (no diré tanto como por Ugarit, pero casi, casi) por el Yebel Aqra (Kel Dagi, en turco, 1.717 m), que hace frontera con Turquía y que retiene el nombre clásico de Mons Casius (Kasios, en griego). Fue su visión, majestuosa, desde el mínimo poblado marinero de Badrusiyah, con sus barcas de pesca varadas sobre guijarros, y la espectacular caída hacia el mar, coronado de blanca nube, más la atenta consulta que hice a la Guide Bleu, lo que encendió mis ganas de ascender a su cumbre... Porque si bien se trata de una cúspide sagrada ya en tiempos cananeos, donde se rendía culto a Baal y otras divinidades de otros ciclos religiosos anteriores del Oriente Próximo, lo era también en tiempos griegos, que era cuando se rendía culto a Zeus Kasios, y durante el Imperio romano, por supuesto. De tal modo que la historia asegura -Plinio el Viejo dixit- que nada menos que tres emperadores ascendieron a su cumbre para ofrecer sacrificios a Zeus/Júpiter olímpico...

Me dije que, en honor a Zeus, desde luego, pero también a esos emperadores, todos ellos tan notables como Trajano, Adriano y Juliano (este último injustamente llamado el Apóstata, por oponerse a la incalificable decisión de Constantino de liquidar el divino panteón del Imperio y sustituirlo por el cristianismo como religión oficial), merecía la pena que yo, respetuoso con la memoria de uno y otros, debía intentar su culminación. Vano esfuerzo, ya que el monte hace frontera, sí, pero esa cima sagrada, para mí tan sugerente, resulta que se alza en territorio turco, y ahí la frontera estaba vedada para sirios y turcos; y aunque yo, como extranjero teóricamente habría podido cruzarla, ni estaba previsto ni las autoridades sirias, mis anfitrionas, lo permitirían. Queda pendiente -me dije- para cuando vuelva a este rincón del Mediterráneo que es el golfo de Alejandreta (Iskenderun), mero rincón nororiental del Mare Nostrum cuya adscripción político-territorial hubo que decidirla por referéndum en 1938, ante el conflicto suscitado por sirios y turcos como consecuencia de la I Guerra Mundial; la consulta se decidió a favor de la mayoría turca.


Yebel Aqra (Mons Casius), en la frontera sirio-turca.

Me pareció, pues, que esa esquina geográfica (en la que “encaja” geológicamente la afilada punta nororiental de la isla de Chipre) guardaba notables atractivos políticos e históricos. En esa región, que los sirios siguen considerando irredenta, está la magnífica Antioquía, faro de la Antigüedad, a orillas del no menos clásico río Orontes (Nahr Assi, en árabe), que recorre la región costera siria de sur a norte, y en la misma ladera norte del Yebel Aqra está Seleucia, una más de las ciudades que fundó Seleuco, otro de los lugartenientes, como Antioco, sucesores del gran Alejandro.

Me conformé, vistas las dificultades, con que en mi mente y mi corazón quedara constancia de mi intenso deseo de subir al Mons Casius sagrado y rendir mi pleitesía, si no a los dioses aquellos, sucesivos y persistentes, sí a mi Mediterráneo nutricio que, en esta costa noblemente cananea, fenicia y siria, al revés que en la mía, murciana, el sol se pone por el horizonte marino, y surge del desierto y el corazón sirios.

jueves, 11 de diciembre de 2025

Para un invierno átono y viscoso, sin frío ni calor (1 de 10)


 

Águilas: miedo e intimidación en el paraíso


 Por Pedro Costa Morata   
       Ingeniero, Periodista y Politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

No quiero tocar el asunto del intento de revocación de mi título de Hijo Predilecto de Águilas para no calentarme ni perturbar la serena reflexión de quienes tienen que asumir ese marrón y tratar de salir del atolladero. Así que me voy a centrar en algo que me ha asombrado y cabreado en estos días en que he tenido que frecuentar al Ayuntamiento en sus niveles administrativos, que es cuando he percibido, por transmisión angustiada desde varias personas, un miedo denso y documentado, un cierto terror ante las maniobras que ahí tienen lugar y una silente insurgencia frente a la impunidad con que esto viene desarrollándose.

Tampoco voy a citar nombres -algo relativamente innecesario, dado que vengo señalando a esa Casa Consistorial desde hace algún tiempo, sin que en mis artículos falten nombres y apellidos- sino que voy a transmitir la indignación que me acomete, y que debe de alcanzar a los aguileños de bien (la mayoría, desde luego), el que la Casa de todos, la sede municipal, el centro de la voluntad popular del pueblo, se esté convirtiendo en centro de miedo y desconfianza por las maquinaciones que aumentan, y se espesan, teniendo como origen el aparato administrativo y, por muñidor y consentidor, el poder político.


Fachada neomudéjar del ayuntamiento de Águilas.

Qué poca gracia tiene esto, hay que ver a qué estamos llegando: a sentir miedo en una parte sensible del funcionariado y preocupación entre algunos ciudadanos que son objeto de amenazas e intimidaciones, como yo mismo declaro. Así que se nos llena la boca de ensalzar las excelencias de nuestro pueblo, su espectacular Carnaval, su atrayente verano, sus playas paradisíacas, etc., y resulta que en el núcleo duro de la vida municipal ha germinado el miedo: miedo a que te perjudiquen, a que se promocione y premie a quien no lo merece, a la manipulación de las contrataciones de personal, al espectáculo diario de incumplimientos -simultáneos con el abuso en la gestión- por parte de ciertos personajes clave en la administración municipal y, ¡oído cocina!, al envalentonamiento de la ultraderecha, bien situada en la Casa, ante la que la mayoría socialista no muestra intención de hacer frente. Pues sí que vamos a mejorar la imagen de Águilas, sí, y sus pretensiones de paraíso litoral.

Es de ese envalentonamiento de Vox y sus gentes de lo que quiero advertir, ya que ahí está la causa de mis recientes preocupaciones, y para que el pueblo aguileño tenga un conocimiento claro y específico de los temores que anidan y maltratan al funcionariado municipal. Y es por esto por lo que transito desde la agresión silenciosa (más no por ello menos aguda) a ciertos funcionarios municipales, a la sufrida hace unos días por mí mismo (en modo verbal, pero ciertamente preocupante) por la interpelación burda y chillona de la parte de un ciudadano aguileño hacia el que desde ese momento me he propuesto guardarme y del que no me extrañaría una segunda agresión (tan excitado lo vi).

Fue, en efecto, el martes 25 de noviembre pasado a las 13 horas cuando fui hostigado en plena calle Conde de Aranda de Águilas, a un paso de la entrada lateral del Ayuntamiento, por una persona que no conocía y que se identificó como “padre del secretario accidental del Ayuntamiento de Mazarrón” quien, después de echarme en cara el haber citado a su hijo en un artículo mío de pocos días antes, pasó a insultarme y a retarme a una pelea en descampado, a lo que respondí que, siendo yo periodista e informador sobre numerosos temas desde hace medio siglo en Águilas, Murcia y España, si él tenía alguna queja sobre el artículo que lo hiciera expresamente a la dirección editorial de la publicación, aunque veía más oportuno que fuera su hijo, el aparentemente afectado, quien lo hiciera.

Como no le acepté ni los insultos soeces ni su sugerente propuesta de pelea, me prohibió que volviera a poner a su hijo, el funcionario de Mazarrón, “en relación con el secretario municipal de Águilas”, lo que me dejó atónito (y totalmente perplejo cuando, al poco, supe que el bronquista es amigo íntimo del susodicho secretario de Águilas, con el que se reúne prácticamente cada día en su despacho municipal). Añadió el provocador, a voz en grito que “si lo vuelves a hacer te voy a mandar un amigo”, que repitió incluso cuando le pedí que lo hiciese, para que alguno de los presentes pudiera oírlo.

      Plasmé mi denuncia en el Cuartel de la Guardia Civil de Águilas (y en Fiscalía de Murcia, y en Delegación del Gobierno), por sus amenazas y enfrentamiento provocador, inaceptables en una sociedad pacífica y civilizada, que fácilmente me evocó el estilo mafioso al anunciarme el “envío de un amigo”. Y pedí a los agentes que se tomaran en serio esta amenaza verbal y la investiguen y aclaren trasladándola a los Juzgados, ya que esa conducta, claro objeto de condena, parece aludir a la existencia de sicarios e incluso a una presunta relación del citado agresor con alguien que se dedique a la violencia por encargo.

Aproveché para recordar a la Guardia Civil el incendio de la puerta de mi domicilio de Águilas, de claro tipo terrorista, la noche del 16 al 17 del pasado junio, denunciado también en este Cuartel y del que no he tenido después información policial ni judicial alguna. Este es otro motivo de preocupación -más allá del mío- para la ciudadanía de Águilas, que debe investigarse por lo que pudiera tener de relación con este otro episodio más reciente, y por si hubiera que acumularlo, dado el carácter claramente intimidatorio de ambos sobre mi persona y mi legítima actividad periodística, a las pesquisas e informaciones oportunas sobre actos de esta índole, inadmisibles en un Estado de Derecho.

Y en esas estamos: ¡oído, paraíso!



jueves, 2 de octubre de 2025

Aquella brisa de los veranos de antes (16 de 20)

 

 Por  Pedro Costa Morata
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


Del turista y el viajero: conjurando equívocos y desviaciones



Apretaban las críticas este verano al turismo invasor, como plaga que no cesa y que anuncia problemas inmanejables, todos ellos derivados de la masificación, de su conversión en fenómeno de voraz consumismo y de la relación que muestra, sobre la cultura y el medio ambiente, de ángel exterminador. Al mismo tiempo, se destacaban las cifras millonarias de afluencia de visitantes, en su mayoría atraídos por la costa, que ya superaban netamente a las conseguidas antes de la pandemia; si acaso, había algunas quejas de hoteleros que incluso en agosto disponían de algunas habitaciones libres, lo que les llenaba de profunda tristeza e impedía alinearse con la fortísima corriente de optimismo general. Así que en qué quedamos.


Horrores del crucerismo (Valletta, Malta, 2023).

El turismo del que hablamos es, en efecto, un proceso intensamente destructivo: extractivista, decimos actualmente científicos y ecologistas, por su alto consumo en recursos materiales (agua, suelo, energía...) e inmateriales (paisaje, tradiciones, cultura...). Tal y como se ha sido desarrollando durante el siglo XX, y muy especialmente en el Mediterráneo y España, es esquilmador, incesante y... conflictivo.

Los ecologistas somos viejos críticos del turismo, sobre todo del masivo, el que exige espacio y exclusividad, obsesivo en urbanizaciones, abusivo en islas y acantilados e irrespetuoso con paisajes y culturas. Y así, hemos orientado nuestros dardos hacia el impacto concreto, inmediato del turismo, primero el costero, luego el rural (introducido sobre una gigantesca, así como ladina, mentira); pero ha faltado un verdadero desarrollo teórico de sus daños y amenazas, y en algunos ensayos críticos, más bien timoratos, que han surgido -tengo en la cabeza a varios investigadores libres y de universidades como la de Málaga o Alicante- muy al hilo de su faceta económica: su enorme repercusión económica, en primer lugar, con menor incidencia en sus costes. Siendo andariegos por naturaleza y por la naturaleza, los ecologistas nos mostramos instintivamente reacios a la masa y al mogollón, pero no podemos evitar que, en alguna medida y visto con frivolidad, se nos acuse de cierto “elitismo espacial” que, puede hacer que algunos exclamen “¡Lo quieren para ellos solos!”, cuando defendemos, por ejemplo, ciertos espacios naturales de calidad para liberarlos de las amenazas de la frecuentación libre. Lo que ni es verdad ni es justo.


Mi primera visión del mundo (1956).

        Pero bueno. Decía que la alarma por las hordas turísticas desatadas ha surgido primero de ciudades eminente e históricamente turísticas, como Amsterdam, Roma, Lisboa, Barcelona... con Venecia como ejemplo de espanto que ha tenido que imponerse una línea roja que afecta -y cuánto me alegro- al atraque dentro de la ciudad de esos monstruosos buques llamados “cruceros”, de espantosa imagen y estética anti navío, que tienen como misión pasear por mares y ciudades a una multitud elegantemente hacinada y estúpidamente divertida. Muchos pudimos ver a esos monstruos sobrepasando con sus desaforadas dimensiones la iglesia de San Giorgio, como amenazando con entrar en el Gran Canal; afortunadamente, ahora han de quedarse en Mestre, el puerto veneciano del continente, y liberar a la ciudad de los Dogos de insultos insoportables. Yo he visto a estos odiosos barcos, alineados de cuatro en cuatro, en los muelles de Valletta, la capital maltesa, que viene a ser, por su situación geográfica, centro logístico de cruceros y cruceristas del Mediterráneo, en claro ultraje a unos muelles que tanta historia poseen y tanta belleza evocan.

Pero sigo. Mis reflexiones sobre el turista y el viajero -que ahí está la clave del análisis del insano transportarse y del creativo viajar- se han visto recientemente empujadas por la abundancia mediática de esas contradicciones y alertado por un estupendo libro que adquirí porque veía que me iba a hacer pensar, y yo lo necesitaba. Se trata de Peut-on voyager encore? (¿Es posible todavía viajar?), de 2025, del sociólogo Rodolphe Christin, que nos somete a dos dilemas de calado: el primero, y menos importante, plantea el hecho material de que, con la masividad de los movimientos turísticos, el espacio físico (y emocional) de cada viajero se estrecha y contamina, anunciándole límites que creía inexistentes; y el segundo, más inquietante, nos obliga a dudar del propio hecho viajero como expansión personal y experiencia positiva, teniendo en cuenta lo que supone de contribución al complejo pernicioso de la actividad turística como tal, que ya abarca atentados ambientales sin cuento, pérdidas culturales ilimitadas, desarticulaciones socio-económico-culturales irreversibles, transformaciones territoriales empobrecedoras en lo material y lo espiritual, expansión de un capitalismo voraz e infatigable...


Atlas Aguilar (1959).

Y como el amigo Christin supo inducirme el desasosiego que sin duda pretendía, eché mano de otro texto, Teoría del viaje. Poética de la geografía (2016), de Michel Onfray, que leí en su día y que recordaba como más liviano (y veraniego), ya que me había auto castigado bastante con el incisivo Chistin. El filósofo Onfray es más suave, desde luego, pero presenta el peligro de esa cierta ponzoña con que los autores liberales quisieran tintar los fenómenos sociales. Lo que no quita la riqueza de su pensamiento sobre el viaje, altamente aprovechable. Como cuando afirma que “el turista compara, el viajero separa” (y acepta, indaga, se entusiasma…, añado yo); es decir, que este es siempre anatomista, tanto de personas y personajes como de paisajes y paisanajes. O que “existe siempre una geografía para cada temperamento... y una mitología formada en las lecturas de infancia”, que me encanta, aunque me obliga a preguntarme, con sincera angustia: ¿y los niños de ahora? Porque, pensando en Julio Verne, cuyas obras fueron las más leídas de mi adolescencia, y sus personajes, tantas veces jóvenes y adolescentes, admirados por el idealismo con que se describían, eran lecturas que llenaban la imaginación -cultivándola y estimulándola- de hechos recreados a falta de imágenes, de trances y geografías remotas y exuberantes, donde sus héroes derrochaban ingenio, valor y fe; lecciones que tratábamos de poner en práctica tras la lectura, dando a aquellos juegos infantiles un algo iniciático, misterioso y bello. “Entre el mundo y uno mismo, insiste este autor, intercalaremos prioritariamente las palabras”: ¡eso!


En la hamada de Tinduf (Argelia, 1976).

Y es esa misma falta de imágenes (por más que innecesarias) lo que mueve a la meticulosa preparación de los viajes con guías serias y trabajadas, pero sobre todo con mapas; unos mapas que, hablo de mi caso, nunca encuentro anticuados, y aun mis atlas de adolescencia sigo teniendo a mano porque me dan la seguridad que necesito, que más que relacionarse con la preparación, lo es con la disposición... Y sobre ellos, mapas, atlas, aprendí a soñar el mundo... Y cuando me he encontrado ante, o dentro, de alguno de esos espacios o monumentos que admiraba y absorbía, me he sentido inmensamente feliz.


En la selva de Petén (Guatemala, 2017).

Quizás buscando el equilibrio, quiero decir entre la paliza de los escrúpulos con que me alcanzó Christin y el brillo complaciente que sabe transmitir Onfray, eché mano del siempre correcto y ecuánime Claudio Magris, con otra joya de mi estantería de libros de viajes, El infinito viajar (2008), que leí nada más salir a las librerías. Que la prosa de Magris es puro recreo, calma y disfrute, aun expresándose en conservador (lo que trata de disimular, por la cuenta que le trae, sin demasiado éxito...); pero a mí es su condición de ciudadano de Trieste lo que más valoro, siendo su prosa de base italiana, formación germánica y atención eslava, lo que me subyuga. Y lo aplaudo con toda mi energía cuando suelta: “Vivir significa, hoy más que nunca, viajar”. Y como triestino, ya digo, surgido intelectualmente en el cruce de tres potentes culturas, no puede dejar de advertir, como un exhorto, que “la única identidad auténtica no es la regresivamente monolítica anhelada por los delirios étnicos, sino aquella fiel y móvil a la vez, capaz de enriquecerse merced a una nueva pertenencia”. Que yo creo que es una invitación al cosmopolitismo, a la apertura a los demás, con sus tierras y culturas, ya que esta es la más auténtica lección del viaje y del viajar. No falta, en la agudeza del muy viajado Magris, la observación que sitúa al viajero algo así como ajeno -o tendente a excluirse- a responsabilidades cuando no está en su propio espacio, lo que no siempre es legítimo. De ahí que suelte que “viajar es inmoral”, reproduciendo la frase de un filósofo de su referencia, pero añadiendo que éste lo decía “durante un viaje...”.


Glaciar en la cadena Wrangell (Alaska, 2022).

        Y como última ayuda en mi pensar viajero, quise honrar una vez más a mi amigo y compañero Rafael Chirbes, en este caso a partir de El viajero sedentario (2004), libro en el que con su probaba habilidad redaccional convierte una contraposición en pedagogía de general aplicación. Chirbes tuvo la misma educación que yo, ferroviaria de cuna y de internado religioso (León) en la misma época, y aunque rehuyó la formación técnica, optando por la historia y el arte, ejerció de periodista gastronómico y viajó constantemente durante varios años, acopiando material para su inevitable reconversión en escritor sólido y puntilloso. Con esto quiero que quede claro que también admiro -como Chirbes- a quien no sale de su pueblo, no ya de su país. Porque me parece que supone, no un esfuerzo de contención, como podría parecer sin más indagar, sino una comprensión -máxima, intensa, holística- del mundo y sus formas y sorpresas, porque es verdad que la realidad geográfica, con sus humanos pululantes, siempre podrá resumirse en esto que alcanza la vista: la condición, creo yo, es que el alma deberá estar dispuesta, curtida en las más humanas inmediateces... Y recordemos que, por ejemplo, de Verne se dice que apenas viajó, como no fueran unas excursiones mediterráneas en un yate que se hizo construir, pero no se sintió -hay que suponer- demasiado atraído por las geografías que describía sobre los mapas. Era un erudito en meridianos y paralelos exóticos, así como del impulso humano por la supervivencia, de su capacidad de asombro ante un mundo que todavía en su tiempo no había mostrados sus límites. Y algo de eso comparto yo: desde siempre me fascinaron las tierras lejanas, los pueblos raros, las banderas y las naciones, con sus paisajes singulares, que en mi imaginación visitaba y disfrutaba.

En el planteamiento de un viaje suele ser inevitable esta disyuntiva: ¿en soledad o en grupo? Pues está claro, en soledad (esa experiencia de un “camino interior, insuperable), o con una (sola) compañía, si es que en verdad se pretende viajar con aprovechamiento. Lo del grupo es inevitablemente otra cosa. Y lo de “más de dos”, es decir, tres, igual que se desaconseja en la preparación de un examen, nunca aparecerá en las recomendaciones para viajeros de raza. Partir con el amigo, o amiga, que es el caso de almas gemelas y comunión de voluntades e intereses, resulta lo más acertado, aunque pertenezca a una dimensión bien distinta a la de la soledad personal, inevitablemente metafísica (o sea, incompartible).

Añadiré como final que, siendo viajero empedernido, soy forofo de dos experiencias: la primera, medir y sentir la profundidad de los territorios… para que se me queden bien afirmados y los pueda recordar e identificar; y la otra, el culto de los retornos que, aunque sean arriesgados y no pocas veces decepcionantes, insuflan compensación en el alma e incluso premio: repetir estancia es como si despejáramos de nuestras dudas el impulso imperfecto de ver cosas y liquidar, con el olvido acechando y el aprecio de una sola vez arrollado por la sucesión inconsiderada de novedades... Se trata, ya lo creo, de una ética del retorno, de un culto a las geografías de la memoria...


lunes, 10 de marzo de 2025

El temporal perpetuo

 

 Por Juan Bordera  
      Guionista, periodista y activista en Extinction Rebellion y València en Transició.


Hay un desconocimiento enorme y fatal de la realidad a la que nos vamos a enfrentar ya mismo en el litoral del mar que vio nacer a la civilización moderna


     No me gusta estar escribiendo esto. Tampoco me gusta, a veces, saber lo que sé. Sin embargo, aún me gusta menos, mucho menos, que, sabiendo lo que sé, no lo supiera más gente, porque lo que nos estamos jugando es absolutamente incalculable. Cuando hay tanto en disputa, el silencio cómodo de quien sabe puede ser tan elocuentemente traidor como la peor de las mentiras.


Imagen de la península ibérica captada por el satélite MODIS de la NASA el 1 de noviembre de 2024, durante la DANA en la periferia sur de Valéncia.

Estamos viviendo inundaciones cada vez más recurrentes y fenómenos cada vez más extremos por toda Europa y el norte de África, cuyo origen está en el Mediterráneo. Esa balsa sobrecalentada que está mutando a jacuzzi. Buena prueba de ello es que cuando aún hay gente que no ha podido volver a habitar la que era su casa, tras la dana del 29 de octubre, volvemos a vivir otra alerta, de menor virulencia, que afecta a partes del territorio español tan alejadas como Gran Canaria, Málaga o Castellón.

Habrá quien diga que Gran Canaria no está en el Mediterráneo… y no le faltará razón, pero quizá no por lo que cree. Efectivamente, no es sólo el mar más importante para Europa el que se está revolviendo, es todo el inabarcable mar de la Tierra, que está batiendo récord tras récord de temperatura. Es la circulación atmosférica desequilibrada. Son las corrientes oceánicas. Es el deshielo abrupto. Es el equilibrio climático del que dependemos el que se está alterando.

Desde que hay registros, sólo ha habido dos años en los que la temperatura del mar del planeta entero haya estado por encima de los 21ºC a estas alturas del año: el imborrable 2024 y este 2025, que comienza fuerte.




Este año en el que ni la influencia de La Niña en acción (la parte fría del ciclo ENSO, la oscilación más determinante de la Tierra, que calienta o enfría las aguas del Pacífico con repercusión en el planeta entero) es capaz ya de enfriar nada.

Esta circunstancia resulta determinante porque fue la desestabilización de esta anomalía la que causó la peor extinción masiva de la historia de la Tierra. Y cada vez hay más estudios, y pruebas, para quien quiera ver, que apuntan a que ya estamos empezando a desestabilizarla. Las “Niñas” vienen débiles, y cada vez menos; los “Niños” vienen crecidos y cada vez más fuertes. El punto final de esta desestabilización son alternancias entre sequías perennes y temporales perpetuos. Algo de poesía tiene el asunto.

Y habrá que repetirlo las veces que haga falta. El mar era la componente lenta del calentamiento global: hace falta 3.000 veces más energía, más calor, para calentar el mismo volumen de agua que de atmósfera, ergo, si algo se rompe, como se ha roto desde 2023 en el termostato marino, prepárense, porque, sin duda, la cosa se acelera. No hay tiempo para contarnos mentiras cómodas sobre avances tecnológicos. Hay que seguir investigando, sí, pero con menos tecno-optimismo, más principio de precaución y conciencia del momento histórico.

Todos los países con litoral mediterráneo formamos parte de la lista de lugares que van a salir peor parados con el caos climático que hemos desatado, y que nos empeñamos en menospreciar. Nos mentimos pensando que existe alguna forma de ponerle freno sin cambiar de manera radical el modelo de consumo y, sobre todo, de producción.

Aunque alguna vez la metralleta sin puntería apunta más lejos de la costa (Alemania y otros países de Europa Central sufrieron en 2021 un evento atroz con 242 víctimas), lo habitual es que los peores fenómenos se produzcan en los lugares que bordean los mares y océanos, y, más aún, en aquellos más frecuentemente inundables que, testarudos e inconscientes, nos hemos empeñado en robarle a la naturaleza. Albufera quiere decir “el lago” y Alzira, “la isla”, por alguna razón que no debimos olvidar para beneficio de cuatro constructoras.

Los modelos climáticos, en general, están fallando, pecando de optimistas”

Grecia y Libia también comprobaron la furia creciente del Mediterráneo en 2023, con uno de los peores temporales que se recuerdan y que fue 50 veces más probable debido al caos climático que prácticamente nadie asume en las políticas que se implementan. Hubo más de 10.000 afectados, entre víctimas y desaparecidos.

Los mapas de peligrosidad, zonas inundables y periodos de retorno de inundación están absolutamente desfasados. Anacrónicos. Basados en un clima que ya no existe. Y esto no es una frase hecha, es que literalmente son modelizaciones estadísticas que se basan en un pasado que no puede servir como modelo, cuando hasta el mismo presente ya es tan diferente. De hecho, los modelos climáticos, en general, están fallando, pecando de optimistas, de moderación, para sorpresa de nadie que sepa cómo funcionan.

Del futuro mejor no hablemos ahora, aunque por el título ya se pueden imaginar por dónde va la previsión del asunto. Más aún si seguimos confiando en que la canalización, la obra dura, la ingeniería, nos van a sacar de esta encrucijada sin tocar nada más. Habrá que hacer canalización donde haya que hacerla, pero es más crucial renaturalizar y quitar hormigón que poner nuevo.


Imágenes captadas por el satélite US Landstat-8 de la periferia sur de Valencia el 8 de octubre (izq.) y el 30 de octubre, durante la DANA (dcha).

De todas formas, por si a alguien le interesa el futuro, quizá solo tiene que aprender del pasado, del de hace unos 12.000 años –un periodo inestable diferente, pero que comparte rasgos con el que vamos a vivir, llamado Younger Dryas–; ya comentamos aquí con más acierto del que querríamos, dos meses antes de la tragedia en la periferia valenciana, algunas claves de lo que se nos viene literalmente encima, pero hay más. Mucho más. Hay un desconocimiento enorme y fatal de la realidad a la que nos vamos a enfrentar ya mismo en el litoral del mar que vio nacer a la civilización moderna. Y tiene mucho que ver con la radiación creciente que está absorbiendo la Tierra y con el deshielo acelerado en ambos polos.


Barcos destrozados tras el paso dos meses antes de una dana por las Islas Balerares.

Pero, sobre todo, que no reaccionemos, que se siga asumiendo construir aún más cerca de la playa después de una dana como la del 29 de octubre, que no se haga apenas nada de nada de lo que habría que hacer, tiene que ver con que el sistema económico que hemos construido es alérgico a la verdad.

A saber cuántos puestos de trabajo y billones de euros en inversiones y propiedades dependen de que no se asuman los límites reales que marcan la física, la geografía, la biología y el sentido común. Y el mayor problema es que esa avidez de mentiras que tiene el sistema económico –porque se asienta sobre la gran mentira de que es posible crecer eternamente en un planeta finito– nos está contagiando al resto, y poco a poco nos lleva hacia el crecimiento del fascismo, debido al fascismo que esconde la mentira del propio crecimiento.


Fuente: Ctxt

martes, 12 de diciembre de 2023

De cómo brutalizar la costa de Pulpí

 

(El paseo litoral de la Entrevista, contra la sensatez y la historia)

Por  Pedro Costa Morata

 

El panorama que ofrece el área costera de Pulpí, es decir, el espacio comprendido entre la sierra del Aguilón, con Jaravía, y el núcleo de San Juan de los Terreros es el de un urbanismo caótico que tritura el territorio sin la menor racionalidad y desguaza a lo salvaje la naturaleza y sus ecosistemas, así como el paisaje. Con una sensación global de costa agobiada, víctima de un libertinaje (urbanístico, político, mental) ensañado sobre ese enclave, de hermosa evocación africana. Aquí han hecho su agosto las iniciativas de promotores ávidos y codiciosos que han querido explotar unos valores, los del litoral, que son públicos, comunes e inapropiables, pero que han resultado malvendidos y esquilmados en favor de quienes, con el mero poder del dinero, han logrado apropiarse de un suelo excepcionalmente valioso. Un suelo que, por sus cualidades físico-naturales, paisajísticas, históricas o morales, debiera de haber quedado al margen de cualquier construcción o urbanización, declarándosele protegido y no urbanizable.

Responsable de este espectáculo de desorden, fealdad y avaricia es un Ayuntamiento que viene demostrando, desde hace décadas, una ineptitud maliciosa hacia le ordenación de su territorio, y un entreguismo sin apenas cortapisas a iniciativas y caprichos de inversores sin escrúpulo.

            Así han proliferado esas “urbanizaciones turísticas” que hoy machacan el paisaje con un enloquecido desorden de estructuras, formas y colores: absurdas en su concepto y perversas en su realización, tanto territorial como socialmente. En primer lugar, porque una mínima sensibilidad urbanístico-territorial resulta contraria a las actuaciones “exentas”, es decir, sin vínculo estrecho con los núcleos existentes: se favorece así la exclusividad y la incomunicación de propios y extraños, con los numerosos males que esto entraña, no siendo los menores el derroche de recursos y la multiplicación de los servicios, es decir, la agravación de las obligaciones municipales.

De la inicua colonización de nuestro litoral, contra la que apenas ha resultado eficaz la dura pelea de los ecologistas desde mediados de la década de 1970, y ante la lacerante separación del interior respecto del litoral por una cadena de construcciones abusivas, ha llegado a levantarse el clamor por dejar a salvo unas “ventanas al mar”, es decir, el respeto estricto por todos los espacios no construidos, con independencia de sus méritos naturalísticos, es decir, por sus simples valores de escasez y excepcionalidad, tras haberse salvado de las sucesivas oleadas de asaltos piratescos, repetidas periódicamente desde que España decidió prostituir su litoral ante turistas y constructores.

            Y en estas, es decir, sobre este panorama de saqueo y destrucción de su territorio más valioso, el Ayuntamiento de Pulpí se propone realizar, a poniente de Terreros, un “Proyecto refundido de recuperación ambiental del borde litoral de la playa de la Entrevista”, vulgo, una estructura mitad paseo marítimo, mitad pasarela elevada, por un espacio libre, es decir, por una de esas “ventanas al mar” que no debieran tocarse ni, mucho menos, envilecerse. Con la consiguiente protesta de los grupos ecologistas y las asociaciones litorales de esa costa, que han elaborado unas alegaciones que suponen un esfuerzo científico notable, aun temiendo que los receptores se apresten a hacer un uso cuidadosamente higiénico de esos textos, pese a precisos y fundamentados. Contra el empeño municipal de ocupar y endurecer la costa, con obras y actuaciones de las que espera obtener réditos perversos o mercenarios, favoreciendo claramente a la urbanización existente en el extremo de esa playa, los que protestan lanzan este sensato y un tanto desesperado mensaje: “Dejen esa costa como está, por favor, y garanticen que no se va a degradar más”.

            Las alegaciones destacan los valores biológicos de ese tramo litoral, bien conocidos por científicos y estudiosos, de lo que es buena muestra la duna existente, en recuperación y acotada; o la existencia de una cañada ganadera paralela a la línea de mar, que ha ido degradándose por el uso espurio y la intromisión (prohibida) de vehículos, pese a constituir un espacio longitudinal de dominio público; o la presencia de dos ramblas convergentes que generan un pequeño delta digno de respeto y temor, en parte ocupado y maltratado; o el hecho de que ese borde litoral es geológicamente apreciable, que nunca ha sido playa ni debe serlo, mereciendo, por el contrario, la protección que merecen todos los litorales sumergidos bien conservados.

            Se trata, en realidad, de un ejercicio de corrupción del objeto y la idea del dominio público marítimo-terrestre, cuyas características jurídicas de, para entendernos, espacio “libre y común” no señalan que haya que someterlo a un uso general e indiscriminado, sino a una protección decidida como bien común (Lo que no parece que se entienda muy bien, a tenor de los atentados y asaltos que este dominio público sufre, con la más variada gama de trampas y excusas: porque, en la costa, proteger significa aplicar un enfoque restrictivo en casi todos los casos). La experiencia dice, por lo demás, que la pretensión de “regenerar” un espacio costero suele conllevar el “ponerlo en producción”, es decir, malearlo; y más, cuando los promotores de tal “regeneración” suelen exhibir cerebros suficientemente degenerados por los oropeles del turismo y la codicia de las licencias de obras.

La cuestión que en este caso se ventila es más -y antes- que científica, siendo de aplicación el sentido común que -tras luchas, desastres y arrepentimientos- ha acabado trasluciéndose y expresándose en normas y recomendaciones que miran sobre todo a la naturaleza del litoral como un espacio escaso y frágil. Así lo recogen los criterios generales de ordenación y protección del litoral, elaborados tenazmente por el movimiento ecologista desde 1978; la Ley de Costas española de 1988; la Carta Europea del Litoral de 1981; y, mira por dónde, el folleto que en 1980 fue elaborado por los ecologistas pulpileños y almerienses en defensa de los valores seriamente amenazados del entorno de las Salinas de Terreros: El litoral: conservación o destrucción (El caso de Pulpí).

Folleto ecologista reivindicativo elaborado en 1980.

Y aquí, este cronista ha de mostrar su molestia y cabreo por el prolongado desprecio de las corporaciones pulpileñas hacia toda una historia de esfuerzos de los grupos ecologistas y las asociaciones ciudadanas locales -pulpileños y almerienses- por defender y conservar este litoral, que se expresó en una muy instructiva batalla, iniciada en 1978, por la defensa de la playa de Terreros y su entorno, a los que amenazaba un gran puerto deportivo (tipo “marina”) proyectado por un inversor belga. Era la primera gran batalla, propiamente ecologista, en defensa del litoral almeriense, y la dirigía el Grupo Ecologista Mediterráneo (GEM), que acababa de ser fundado un año antes por quien esto escribe y con el que formaron piña y estrategia los hermanos Guirao, Beatriz y José, así como una entusiasta Asociación de Vecinos y un grupo de proto ecologistas.

Era urbanística, cómo no, la trama urdida para hacer “colar” aquel proyecto, a medias entre la corporación municipal de entonces, todavía franquista, y un asesor urbanístico, en realidad un pillo logrero de infeliz memoria, al que hubo que marcar en Pulpí y en otros municipios de la costa almeriense e incluso murciana. Entre ellos elaboraron un estrambótico “Plan General Zona Costera de Pulpí” que, por su propia y falaz naturaleza, fue desmontado radicalmente por los técnicos del Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo (no existían todavía esos intermediarios, tan frecuentemente negativos, de las Consejerías autonómicas). Y, más importante todavía, que habiendo ganado las primeras elecciones municipales (de abril de 1979) una coalición de vecinos y ecologistas, ese Plan y ese proyecto fueron mandados a hacer puñetas.

            Con esta rememoración de tipo, digamos, “heroico”, este autor quiere condenar el desastre urbanístico y territorial que vive Pulpí casi desde que se fueron sucediendo las corporaciones siguientes a aquélla, primeriza y memorable. Y lamenta que la penalización introducida en los años 1980 en el Código Penal de los delitos del territorio no llegue a alcanzar a estas fechorías, ya que tanto las leyes autonómicas del Suelo como el planeamiento urbanístico municipal dejan a salvo a los malhechores del litoral y hasta se diría que favorecen esa delicuescencia generalizada.

Construcción en el dominio público hidrográfico

            Y le gustaría que, por imaginar un futuro más amable para este litoral, que dos o tres corporaciones municipales pulpileñas, incluyendo la actual, más los técnicos municipales, fueran sometidas a un programa de reeducación que les obligara a valorar y amar su tierra y, más específicamente, su litoral, abjurando de los desastres cometidos y prometiendo no volver a las andadas... Más la decisión, claro, de bloquear cualquier nueva actuación en el área litoral pulpileña mientras estos responsables municipales no sean capaces de demostrarse a sí mismos un mínimo de sensibilidad y de competencia.

            Una regeneración intensiva, pues, de mentes y afectos que, en el caso del paseo/pasarela proyectado para la playa de la Entrevista, se traduzca en la decisión de dejar la naturaleza que siga su marcha y rumbo en libertad y sin intromisiones falaces y destempladas, favoreciendo la recuperación de sus desperfectos y protegiéndola de verdad de sus enemigos, por encima de cualquier otra ocurrencia (como la actual).

Playa de la Entrevista

            Y que el Ayuntamiento de Pulpí deje de generar desdichas territoriales y enderece, de una vez, esa trayectoria disparatada en la que viene traicionando, reiteradamente, la sensatez y la historia.

 

Pedro Costa Morata

Fundador del GEM y primer presidente (1977-1981)

Premio Nacional de Medio Ambiente, 1998

Profesor jubilado de la Universidad Politécnica de Madrid