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miércoles, 21 de octubre de 2026

Los habirû de la Puerta del Sol

 

      Antropólogo y escritor, dedicado fundamentalmente a la sociología y a los estudios de mercado.


Tal vez deberíamos volver al nomadeo y las acampadas son una propuesta metafórica de esa idea. Tal vez deberíamos pensar nuevas formas de vivir juntos al margen de la selva de hormigón.


Imagen de la fuente de la Puerta del Sol, con las tiendas de la acampada alrededor.


     Ikea acertó con una profundidad psicosocial y antropológica que aún mantiene toda su potencia: “La República Independiente de tu Casa”. Niegas esa república y todo se desmorona. Guarida, refugio, seguridad. Tras millones de años nomadeando por el mundo en algún momento decidimos volvernos sedentarios, buscamos la seguridad de una casa, una aldea, una ciudad y la inseguridad de que cualquier enemigo, tirano o invasor nos tendría localizados. Fuera de casa, la Intemperie. Dentro de casa, el Hogar.

Más tarde, en nuestro país, los padres de la cosa redactaron un elegante artículo de los que se llaman “papel mojado”. Constitución de 1978, art. 47: “Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación”.

Ningún gobierno, salvo el de un pequeño pueblo llamado Marinaleda, se ha tomado en serio y al pie de la letra este artículo constitucional. Los demás, al contrario, promovieron la especulación,  la conversión de la casa en un producto de inversión especulativa al mismo nivel que unas acciones de Critical Metals Corp. O cualquier otro activo financiero.

Por eso tal vez deberíamos volver al nomadeo y la acampada de la Puerta del Sol y en otras plazas del país no deja de ser una propuesta metafórica de esa idea. Tal vez deberíamos pensar nuevas formas de Repúblicas Independientes, Comunas de París, nuevas formas de vivir juntos al margen de esa selva de hormigón que ya no nos da nada a cambio de nuestro tiempo, trabajo y alma. Cuando se inventaron las ciudades en Mesopotamia: Nippur, Marad, Babilonia, Der, Shuruppak… sobre todo en el periodo Uruk o antes, y se comenzó a escribir en tablillas de terracota; a veces, de forma indirecta, sesgada e imprecisa, casi con odio y miedo, se alude a ciertos pueblos nómadas que se negaban a vivir en esas ciudades. Las cartas acadias de Tell Al-Amarna, de la época de Amenofis III los citan con recelo. Se sabe poco de ellos salvo que tenían fama como pastores, asaltadores de caravanas o caminantes incansables.

Los sometidos que recibían su ración de cebada y aceite no entendían a aquellos que se negaban a construir una casa de adobes en cualquier espléndida ciudad y asumir las leyes y normas de Asur o Hammurapi o cualquier otro tirano. Los llamaron “habitantes de tiendas”, “amorreos”, “arameos”, “habirû” (los huidos). Ahora todo aquel Oriente es inhóspito, tierras estériles llenas de sal por miles de años de cultivo, guerras por petróleo o por dios o por fronteras. Nada quedó de los caminantes sospechosos, de aquellos nómadas que se negaban a entrar en el Edén urbano del progreso y deseaban seguir viviendo en los pedregales y las estepas resecas, en las tiendas precarias, al margen y en el margen. Hoy ya no quedan nómadas. Solo mal resisten los Nukak, los Ghilji, los Tuareg, los Sarakatsani, los Inuit, algunos saamis y bosquimanos. Los Estados trazaron obligatorias fronteras y censos. Adornaron las ciudades y las casas permanentes con todo tipo de comodidades, seguridades y cuentos.

Pero a veces sentimos ese impulso antiguo. Algo tenemos de “huidos”. Mi bisabuelo era un arriero inquieto y caminador, mi abuelo se entusiasmaba con el acadio, el arameo y el griego antiguo, mi padre, como toda la estirpe, también era pescador andante. Por eso el otro día, juntos, emboscados en un gran cañón calizo, durmiendo casi sobre el suelo, metidos en el saco de plumas de ganso, separados toda la noche por una finísima tela, recordamos lo que fuimos y por qué: “habirû”, los huidos. Por eso estas semanas, en similares tiendas, acampados sobre el asfalto de Sol, los nuevos huidos advertían, ¡Tened cuidado, podemos romper el pacto y no obedecer en nada! ¡Al fin y al cabo, vosotros no obedecéis las propias normas que redactasteis y aprobasteis en una Constitución de la que se os llena la boca para decir, legislar y hacer nada! ¡Somos los “habirû”, los huidos, ya no tenemos ni casa, pero nos necesitáis, sin nosotros y nosotras sois nada! ¡Ahora nos vais a pedir nuestro voto y nuestra obediencia a ciertas leyes que no habéis hecho cumplir ni cumplís y ya veremos si…!

En Sol están los nuevos nómadas, los nuevos comuneros amenazando a este orden que desahució a Maricarmen y pensando uno nuevo o tal vez uno muy antiguo y olvidado como el de 1871. Pero quiero recordar ese, igual que antes nombré el de las cartas acadias de Tell Al-Amarna. Así que recuerdo que Wilhelm, el padre de Isak Dinesen, estuvo en esos días por París. Fue tratado con cortesía y pudo ver cómo la “república universal” podía ser un hecho. Luego Karen convertirá en heroína huida a una cocinera del “Café Anglais” en su cuento “El festín de Babette”. ¿20.000, 50.000 muertos por los bombardeos y represión posterior? La Comuna de París y sobre todo las formas de pensar y hacer política que allí se inauguraron admiraron a Marx, hicieron temblar a la burguesía republicana y sobre todo a los tipos que estaban inventando y construyendo todos esos nacionalismos incipientes que hoy nos encierran. La Comuna sería luego mal recordada, historiografiada, vilipendiada, fabulada y utilizada a su interés por los apologetas del socialismo real o los del otro lado. Pero de toda aquella palabrería podemos rescatar tres hechos puros, cuyo valor nadie ha negado desde entonces. El primero, la quema de la guillotina en la plaza de Voltaire para simbolizar que no debía de haber jamás conexión entre revolución y cadalso. El segundo, la destrucción de la columna de Vendône construida para glorificar el imperialismo napoleónico y que fue derribada para condenar la guerra entre los pueblos y para demostrar la fraternidad internacional. Y el tercer hecho es la creación de la “Unión de Mujeres para la Defensa de París” que comenzó a reorganizar el trabajo femenino y a luchar por el fin de la desigualdad económica basada en el género.

Todo eso está hoy más o menos conseguido tras duras luchas ciudadanas de más de un siglo, pero hemos perdido y estamos perdiendo otras. Vivienda digna, educación y sanidad públicas, pensiones públicas dignas, trabajo para vivir, alimentos asequibles y buenos… Todo eso que tuvimos y que cada día para más gente es un sueño remoto e imposible.

¡Si seguís así, si seguís empujándonos a convertirnos en habirû, en comuneros, quienes lo vais a perder todo ya no seremos nosotros y nosotras!


Fuente: Ctxt

miércoles, 25 de marzo de 2026

Recuerdos de la costa siria: Ugarit y el alfabeto más antiguo

 

Para un invierno átono y viscoso, sin frío ni calor (10 de 10)


 Por Pedro Costa Morata   
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

Al final de mi estancia volvería a visitar el Museo Nacional de Damasco, pero la primera y más emotiva impresión ya había quedado bien impresa en mi cabeza, y era aquel mínimo ladrillo, en forma de (medio) dedo, hecho en arcilla endurecida con la grabación de 30 caracteres cuneiformes, descrito como el más antiguo alfabeto conocido... El Museo lo mostraba en urna transparente, embutida en una pared brillante, con aspecto de altar divino: no en vano era, quizás, la joya más preciada en un Museo exuberante de riquezas antiguas (aunque yo mismo había conocido la superior acumulación arqueológica de los grandes museos de la Europa imperial, abastecidos por el saqueo sistemático de Oriente). Y allí mismo, en la tienda del Museo adquirí mi alfabeto, exacta reproducción del original, y desde entonces luce en mi mesa de trabajo, a modo de enlace entre mis pesares del siglo y mis anhelos, frustrados, de investigador de ciudades reveladas al sol; y lo he colgado de mi cuello en numerosas ocasiones, bien por alcanzarme la nostalgia de mis correrías mediterráneas, bien por el gusto de que alguien me pregunte que qué es eso, y por supuesto para explicar a mis alumnos de Telecomunicación los orígenes de la escritura...

El abecedario ugarítico, ¡ah, el abecedario...! está emparentado con el cananeo, que es una lengua de la rama semítica que a través de Biblos y la expansión comercial fenicia dio origen al etrusco y al griego. Y se fecha más o menos en el 1400 a. C., ahí es nada. A Ugarit también se le atribuye el hallazgo de la partitura musical (“escala heptatónica oriental”) más antigua en la historia... con un himno grabado que ha pasado a ser considerado el origen de la música clásica...


Alfabeto ugarítico.

Era mi primera visita a Siria, en noviembre de 1986. Aunque la invitación venía de la Embajada siria en Madrid, es decir, del Ministerio de Relaciones Exteriores, el programa -en el que no intervine- me lo prepararon, en realidad, con contenidos turísticos, lo que en el caso de Siria equivale a decir que fue eminentemente histórico-arqueológico. A mí me interesaba todo de ese país, así que no tuve que proponer ninguna alteración. Mis compañeros eran el competente guía Omar, sirio-argentino (o sea, turco, como dicen allá), y el chófer Muafaq, divertido e ingenioso. Dejando la visita detenida a Damasco para el final, decidimos emprender el recorrido por el norte, región de Alepo, iniciándolo por la costa, con la fijación primera y algo obsesiva por las ruinas de Ugarit, donde se había encontrado el famoso alfabeto y cuyas ruinas ya me habían cautivado, aun sin contemplarlas. Luego visitaríamos Ebla, Apamea, Palmira y, más allá, en el Éufrates, Mari; con especial detenimiento en Alepo, donde mis guías reconocieron que esa Ciudadela, con ínfulas de parecerse a nuestra Alhambra no era, de ésta, sino una pálida sombra.

El sitio arqueológico de Ugarit, llamado Ras el-Shamra (Cabo Hinojo), sin duda uno de los más importantes de la costa del Mediterráneo Oriental, surge a unos diez kilómetros al norte de la gran ciudad mediterránea de Latakia (antigua Laodicea). Ocupa, sobre un tell (colina), unas veinte hectáreas y lo flanquean dos riachuelos por el norte y por el sur. Este asentamiento consta ya en el 7500 a. C., puro neolítico próximo-oriental, y hacia el 3000 a. C. es un activo centro comercial y financiero. En 1800 ya ha adquirido la forma política de entidad independiente, en realidad Ciudad-Estado con un cierto hinterland pero nunca con dimensiones -ni aspiraciones- a reino o imperio: su vocación, de intermediario económico y de productor de barcos, metalurgia o artesanía, se adaptaba mucho mejor a esa existencia pacífica y productiva. Fue una ciudad próspera, en definitiva, y eso duró medio milenio, con máximo esplendor entre los siglos XV y XII a. C. (con más precisión: entre 1450 y 1180 a. C.). Y poco después del fatídico 1200 fue arrasada por los -aún hoy- enigmáticos “pueblos del mar”, y en consecuencia abandonada.

El extenso conjunto urbano muestra una muralla casi enteramente conservada, con curiosa puerta triangular, un imponente palacio real, dos templos en el sector más elevado dedicados a las divinidades sirio-fenicias Baal y Dagón, y algunas viviendas civiles de llamativa extensión y organización. Pensando en la dicha de los arqueólogos, se me permitió recorrer, excitado y feliz, callejas, corredores y habitaciones y tuve buen cuidado de respetar las piedras de los templos de esos dioses todopoderosos, tan benéficos como temibles, cuyo recuerdo llena todo el Próximo Oriente. Me imaginé hollando y aforando, sin importarme el inclemente sol de Oriente y bajo metros de sedimentos seculares, cerámica, tablillas... y ese ladrillito alfabético consonántico (o sea, sin vocales)...


Ruinas de Ugarit.

Ugarit fue “ciudad perdida” hasta 1928, cuando un agricultor con su arado desveló una tumba, anuncio de la necrópolis de la ciudad comercial, que se sitúa entre el tell y el mar, con espesa franja de naranjos y limoneros extendidos hacia el discreto Minet el-Beida (Puerto Blanco) a poniente. El enclave geográfico acaba en el Ras ibn-Hani (Cabo de Felix), su faro y su entorno militar, como sucede con la mayoría de los faros de la costa siria, situados como es normal en apéndices rocosos, cabos o pequeñas penínsulas (ras, en definitiva).

Al poco las excavaciones irrumpieron en toda la zona a las órdenes del arqueólogo francés Claude Schaefer (recordemos que eran los años del Mandato francés de Siria, botín de guerra que, junto con Líbano, se atribuyeron los franceses tras la derrota y extinción del Imperio Turco). A partir de 1948 y en sucesivas campañas fueron surgiendo del suelo miles de tablillas, con más y más luces sobre la vida en Ugarit de aquellos siglos, llenos de vida, comercio y política, todo ello bien adobado de cientos de deidades perfectamente adaptadas a las necesidades -económicas, lúdicas, religiosas- de una población dinámica y culta.

Volví a Ugarit en 1989, tras enrolarme en una misión onusiana del Plan de Acción del Mediterráneo (PNUMA), para estudiar a fondo la costa siria, lo que me proporcionó otras dos estancias y un conocimiento minucioso de ese litoral, ya que se me encomendó su estudio medioambiental.


Esquema del área de Ugarit /Ras ibn-Hani, al norte de la costa siria.

Desde Ugarit y Ras ibn-Hani hacia la frontera turca se extiende un litoral hermoso, de bellos acantilados de blanca caliza y apacibles playas de arenas negras. Con dos cabos (y sus faros), Ras el-Bassit y Ras el-Fasuri, marcando los sectores 1 y 2 de los diez en que yo organicé la costa siria para su mejor estudio (Ibn-Hani separaba el segundo del tercero, dando paso por el sur a la hermosa Latakia. Y fue en esa costa, objeto de mis andanzas estudiosas, donde me sentí fuertemente atraído (no diré tanto como por Ugarit, pero casi, casi) por el Yebel Aqra (Kel Dagi, en turco, 1.717 m), que hace frontera con Turquía y que retiene el nombre clásico de Mons Casius (Kasios, en griego). Fue su visión, majestuosa, desde el mínimo poblado marinero de Badrusiyah, con sus barcas de pesca varadas sobre guijarros, y la espectacular caída hacia el mar, coronado de blanca nube, más la atenta consulta que hice a la Guide Bleu, lo que encendió mis ganas de ascender a su cumbre... Porque si bien se trata de una cúspide sagrada ya en tiempos cananeos, donde se rendía culto a Baal y otras divinidades de otros ciclos religiosos anteriores del Oriente Próximo, lo era también en tiempos griegos, que era cuando se rendía culto a Zeus Kasios, y durante el Imperio romano, por supuesto. De tal modo que la historia asegura -Plinio el Viejo dixit- que nada menos que tres emperadores ascendieron a su cumbre para ofrecer sacrificios a Zeus/Júpiter olímpico...

Me dije que, en honor a Zeus, desde luego, pero también a esos emperadores, todos ellos tan notables como Trajano, Adriano y Juliano (este último injustamente llamado el Apóstata, por oponerse a la incalificable decisión de Constantino de liquidar el divino panteón del Imperio y sustituirlo por el cristianismo como religión oficial), merecía la pena que yo, respetuoso con la memoria de uno y otros, debía intentar su culminación. Vano esfuerzo, ya que el monte hace frontera, sí, pero esa cima sagrada, para mí tan sugerente, resulta que se alza en territorio turco, y ahí la frontera estaba vedada para sirios y turcos; y aunque yo, como extranjero teóricamente habría podido cruzarla, ni estaba previsto ni las autoridades sirias, mis anfitrionas, lo permitirían. Queda pendiente -me dije- para cuando vuelva a este rincón del Mediterráneo que es el golfo de Alejandreta (Iskenderun), mero rincón nororiental del Mare Nostrum cuya adscripción político-territorial hubo que decidirla por referéndum en 1938, ante el conflicto suscitado por sirios y turcos como consecuencia de la I Guerra Mundial; la consulta se decidió a favor de la mayoría turca.


Yebel Aqra (Mons Casius), en la frontera sirio-turca.

Me pareció, pues, que esa esquina geográfica (en la que “encaja” geológicamente la afilada punta nororiental de la isla de Chipre) guardaba notables atractivos políticos e históricos. En esa región, que los sirios siguen considerando irredenta, está la magnífica Antioquía, faro de la Antigüedad, a orillas del no menos clásico río Orontes (Nahr Assi, en árabe), que recorre la región costera siria de sur a norte, y en la misma ladera norte del Yebel Aqra está Seleucia, una más de las ciudades que fundó Seleuco, otro de los lugartenientes, como Antioco, sucesores del gran Alejandro.

Me conformé, vistas las dificultades, con que en mi mente y mi corazón quedara constancia de mi intenso deseo de subir al Mons Casius sagrado y rendir mi pleitesía, si no a los dioses aquellos, sucesivos y persistentes, sí a mi Mediterráneo nutricio que, en esta costa noblemente cananea, fenicia y siria, al revés que en la mía, murciana, el sol se pone por el horizonte marino, y surge del desierto y el corazón sirios.

viernes, 20 de febrero de 2026

El gran mito de la desigualdad - No existe correlación entre desigualdad y progreso económico

 

 Por Jorge Majfud   
     Escritor uruguayo. Traductor y autor de estudios académicos, ensayos y ficción.


Sólo por limitarnos a América, desde el polo Norte al polo Sur, la colonización española, portuguesa y anglosajona radicalizaron las diferencias sociales al mismo tiempo que radicalizaban la pobreza


Mural de Diego Rivera (fragmento).

     Como lo analizamos en Moscas en la telaraña (2022), no por casualidad los liberales modernos fueron una continuación-herencia de los nobles medievales que se oponían al poder centralizado de los reyes. Aunque la idea de igualdad indígena era radical e incluía como derecho a todos los grupos sociales de una nación, a todos los géneros (hombres, mujeres, lesbianas y homosexuales) y a todos los grupos étnicos y lingüísticos adoptados, en las democracias liberales se impuso la antigua idea de igualdad: una igualdad y una justicia social entre iguales; es decir, dentro de cada una de las diferentes clases sociales, cuyos miembros eran valorados y juzgados según las leyes estamentales de su clase social.

Luego de la revolución de la Ilustración, esta última tradición de las igualdades estamentales fue abolida, y se creó el sentido común de que las leyes debían ser universales (solo dentro de un mismo país) sin importar raza, religión y clase social. Sin embargo, de la misma forma en que la Declaratoria de la Independencia de Estados Unidos de 1776 afirma que “todos los hombres son creados iguales” y la Constitución de 1789 habla en nombre de “We the people”, en ningún caso esa igualdad incluía a la mayoría de la población: mujeres, indígenas, mestizos, mulatos, blancos pobres, negros y esclavos de todo tipo.

Es decir, no sólo la democracia liberal de Occidente coincidía con los ejemplos restrictivos de democracias de la antigüedad europea, sino que también el mismo concepto de igualdad. Incluso hoy, las democracias liberales son plutocracias (considerar el origen del liberalismo como continuación de la nobleza feudal extendida por el capitalismo), aún más restrictivas y concentradoras del poder que en la antigua Grecia, donde existían límites a la acumulación a través de los impuestos.

Hoy, el mismo concepto de igualdad es brutalmente restringido: todos somos iguales ante la ley, pero no ante la justicia. Un ladrón de bicicletas tiene mil veces más posibilidades de ir a la cárcel en cuestión de días que un millonario que estafó millones manipulando las leyes de un país, las inversiones del club selectivo de hedge funds, o endeudó a todo un país en beneficio propio y de sus amigos. Un ladrón de teléfonos tiene más posibilidades de terminar linchado o en prisión que un pederasta de la clase dominante―para prueba están los archivos Epstein. La justicia no es ciega. La justicia tiene los ojos vendados porque ha sido secuestrada.

Por estas razones, no es una ironía ni una contradicción el hecho histórico de que, mientras los filósofos y los revolucionarios europeos admiraban las sociedades indígenas por los ideales sociales y existenciales que envidiaban y promovían, las ponían como ejemplo de lo que no querían o no era posible. No querían ser salvajes como los pueblos pertenecientes a razas inferiores. No querían perder sus privilegios de clase ni sus antiguos sueños de naciones imperiales, modeladas a imagen y semejanza de la admirable Roma.

Para esto, racionalizaron (incluso el mismo Rousseau) que las reglas de la democracia y la igualdad sólo eran posibles en “sociedades primitivas”, en sociedades pequeñas, en el “paraíso perdido” que ya no podía volver. Su contemporáneo e ícono del liberalismo―hoy sería acusado de socialdemócrata―Adam Smith, continuó esta línea de pensamiento procedente de una Europa plagada de crimen y miseria, pero orgullosa de su arquitectura y de su poderío militar: “La pobreza universal establece su igualdad universal”, escribió. En el medio, con sus mujeres no tan vestidas como en Medio Oriente ni tan desnudas como en Africa, están los sabios y superiores europeos.

Para los pueblos nativos como los iroqueses―incluso para quienes visitaron Europa―, estas mieles del progreso eran ilusorias. No es que los indígenas carecieran de autoridad, sino que ésta estaba legitimada no por el poder económico ni por alguna psicopatología de acumulación y poder, sino por lo contrario: por la habilidad del líder de convencer a los demás a través de argumentos, de las bondades de sus propuestas. No es que los nativos desearan algo que no tenían, sino que, como ellos mismos lo expresaron, no deseaban algo que les quitaría su libertad.

Sin embargo, ni las sociedades con democracia igualitaria (comunista) de los indígenas norteamericanos era pequeña (sólo la población iroquesa sumaba tanto como la de Londres antes de las pandemias europeas) sino que la idea de que existe una correlación entre desigualdad y progreso económico se contradice con lo que podemos observar en varios continentes.

Sólo por limitarnos a América, desde el polo Norte al polo Sur, la colonización española, portuguesa y anglosajona radicalizaron las diferencias sociales al mismo tiempo que radicalizaban la pobreza. Los palacios y mansiones con escaleras de mármol no eran para los obreros y mucho menos para los indígenas. Para ellos era el dolor físico y moral.

Por siglos, la colonización territorial y socioeconómica del Sur Global redujo la expectativa de vida de sus habitantes de 45 años (superior a la europea por siglos) hasta 29 años en pleno siglo XX, como fueron los casos de países ricos, como el Congo o Bolivia. El imperialismo y la brutalidad colonial también redujeron la estatura promedio de su población, al tiempo que aumentaron la adicción al alcohol y a drogas como el tabaco (el tabaco es de origen americano, pero el tabaquismo es europeo, como la mayoría de las adicciones promovidas por el consumismo y la mercantilización de la existencia). Por no mencionar los altos índices de depresión y suicidio exportados por los colonos.

Es decir, por siglos de colonización, la desigualdad no significó progreso material, sino todo lo contrario. Cuando significó un progreso lo fue para una minoría. Al mismo tiempo que John Locke a finales del siglo XVII y Adam Smith un siglo más tarde (y los neoliberales más de tres siglos después) razonaban que la desigualdad era causa y consecuencia del progreso social, Inglaterra se beneficiaba de la expansión de la esclavitud en India, Estados Unidos y Brasil, proveedores del oro blanco y de otros recursos vitales para sus industrias. Al mismo tiempo que se consolidaban las mega fortunas concentradas en el Sur estadounidense y se fundaban las corporaciones que hoy dominan la economía del mundo, los negros vivían en esclavitud y los blancos pobres en servidumbre (cuando no en esclavitud indenture) por apenas unos siglos. De forma simultánea, en los centros del imperialismo europeo, al mismo tiempo que aumentaba la prosperidad material, el desarrollo social y mejoraban las expectativas de vida y la altura de su población tres siglos después del nacimiento del capitalismo, se reducía la desigualdad.

Las explicaciones sobre este nuevo bienestar y desarrollo en Europa (con frecuencia explicaciones políticas, cuando no racistas) con recurrencia atribuyen todas las bondades al capitalismo. Ignoran, sin embargo, realidades básicas: la expectativa de vida en Europa mejoró siglos después por la introducción de la higiene―conocida y practicada por los indígenas por siglos―, como el uso del jabón y las medicinas químicas, conocidas en las abominables civilizaciones musulmanas en Oriente y por los salvajes indígenas en Extremo Occidente.

Sobre todo, ignoran que toda esa prosperidad, con su ápice en la Belle Époque (desde la segunda mitad del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial) estaba sustentada por la vampirización de Asia, Africa y América Latina―continentes que, a su vez, eran usados como ejemplos de retraso económico, cultural, mental y hasta racial.


Fuente: Rebelión

domingo, 7 de septiembre de 2025

Europa no puede seguir ignorando las advertencias rusas

 

      Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania de la eurocrisis.


Sobre el último artículo del profesor ruso Sergei Karagánov


     Un reciente artículo del profesor ruso Sergei Karagánov nos recuerda, en los términos más inquietantes, que Europa no puede seguir ignorando las advertencias del establishment ruso de la seguridad nacional. Hace tres años esa actitud culminó con la invasión rusa de Ucrania. Hoy no se puede anunciar desde Europa una guerra contra Rusia para los próximos años y ponerle incluso fecha, como han hecho algunos importantes jefes militares alemanes, y pretender que no haya consecuencias. Esa actitud que sugiere una profecía autocumplida, equivale a una invitación a que Rusia ataque preventivamente para evitar daños mayores, es decir a una repetición, ahora en grande, de lo que determinó la invasión de Ucrania hace tres años.


Sergei Karagánov.

El artículo, titulado “Una mala ruptura con Europa”, aquí traducido con sus enlaces en ruso de fácil traducción automática para profundizar en su amplio contexto argumental Una mala ruptura con Europa – Rafael Poch de Feliu , debería ser lectura obligatoria para los ignorantes y desprestigiados energúmenos que gobiernan hoy en Berlín, Londres y París, por no hablar de Bruselas. Condensa muy bien una advertencia a esa Europa que ha renegado de la diplomacia y del diálogo más elemental con una superpotencia nuclear y que se niega siquiera a escuchar los argumentos y puntos de vista de su adversario, apostándolo todo a una “derrota estratégica” tan ilusoria como temeraria y demencial, teniendo en cuenta la capacidad de destrucción masiva en presencia.




El artículo recuerda, de nuevo, que nos estamos metiendo en un enredo sumamente peligroso, como se ha repetido profusamente desde estas páginas, y que estamos gobernados por irresponsables personajes completamente ajenos a esos peligros.

El militarismo y el peligro de una guerra mayor están aumentando en el mundo. En términos históricos las potencias emergentes ganan peso y Occidente, el mundo euroatlántico, lo pierde. La creciente tensión militar mundial se deriva, fundamentalmente, de ese desplazamiento del poder global hacia Oriente y el Sur en detrimento del Norte. En este gran cambio, Rusia es la bisagra. Como país del Norte y parte de Europa, sufre el problema de su declive igual que Estados Unidos y las viejas potencias europeas, pero su dualidad euro-asiática permite a su elite gobernante y a su sociedad un particular juego de adaptación al nuevo mundo que se perfila. Quienes mandan en Rusia no solo pueden permitirse una ruptura con Europa y un enfoque hacia Asia, sino que han concluido que ese tránsito es lo mejor para preservar la independencia y soberanía nacional así como el monopolio de su élite gobernante sobre sus inmensas riquezas ante los embates de la globalización y el militarismo occidental que empalma una guerra con otra desde el fin de la bipolaridad, hace más de tres décadas.


Mark Rutte, secretario general de la OTAN, durante una visita en Alemania el pasado mes de agosto.

El profesor Sergei Karagánov es uno de los principales intelectuales orgánicos del régimen ruso. Presidente honorario del Consejo de Política Exterior y de Defensa, el principal laboratorio de ideas ruso, Karagánov no marca la línea del Kremlin, pero es uno de los que mejor definen la reflexión rusa en este dramático tránsito. Hace dos años, las observaciones de Karagánov fueron determinantes para que el Kremlin enmendara la doctrina nuclear rusa.

Los ingredientes de Karagánov son un nacionalismo ruso a la Solzhenitsyn (el escritor fue el primero en decir en los noventa que la “salvación” y regeneración de Rusia estaba en Siberia), abierto al cosmopolitismo multicultural soviético que se deriva del universo multinacional de la Federación Rusa, y un gran énfasis en el tradicional militarismo reactivo ruso-soviético, que la estupidez occidental alimentó al ignorar durante décadas los intereses del mayor país de Europa en población y del mundo en territorio. El tercer rasgo es una fuerte autoafirmación de gran potencia que ha ido creciendo a lo largo de los años como reacción a lo que los rusos han vivido como una creciente agresividad y avasallamiento occidental, y que ha tomado el relevo al occidentalismo que dominó el colapso y la humillación del país en los años noventa.

Como adelanto algunos extractos del artículo:

“Desmoronándose por dentro, las élites europeas ya hace una década y media tomaron el rumbo de exagerar la imagen de Rusia como enemigo mortal. Luego, con entusiasmo, se dedicaron a intentar infligir una derrota estratégica a través de Ucrania. Y ahora se han embarcado abiertamente en la preparación para una gran guerra dentro de 5 – 7 años”(…). “La línea está marcada: dentro de 5-10 años, si no se detiene el proceso, pueden tener muchas más fuerzas armadas. Por ahora no hay que temerles en el ámbito militar, pero si se fortalecen y se envalentonan, volveremos a encontrarnos en una situación de riesgo. No podemos permitir que eso ocurra”.

Con ese “volveremos a encontranos”, Karaganov se refiere a las recurrentes invasiones occidentales sufridas por Rusia a lo largo de su historia y en especial a la última de ellas que ahora se recuerda fue no solo “alemana”, sino “europea”:

”Durante mucho tiempo mostramos una nobleza que resultó ser miope, enfatizamos el papel de los pequeños grupos partisanos antifascistas, en su mayoría comunistas, cerrando los ojos ante el hecho de que Hitler contaba con el apoyo de decenas, si no cientos, de veces más europeos”. Ahora, ”no habrá seguridad mientras no se rompa la voluntad de confrontación de las élites europeas y su esperanza de vencer en tal confrontación”. Para ello, Rusia debería optar por una mucho mayor contundencia militar con “respuestas desproporcionadas”:

”Cualquier provocación en el Báltico, en las fronteras con la OTAN contra Rusia, debe ser respondida de manera desproporcionada”, dice. La argumentación es meridiana:

”Nuestra indecisión, nuestra falta de preparación para responder con dureza
a los ataques contra nuestras ciudades y nuestras fuerzas estratégicas,
 se interpreta como debilidad, lo que refuerza la sensación de impunidad y la agresividad. Con nuestra cautela, estamos jugando a favor de la estrategia del enemigo, que espera arrastrarnos a una guerra prolongada y, tarde o temprano, agotarnos, provocar una división entre las élites y socavar el apoyo a nuestra máxima autoridad”
(…). “Por eso, en respuesta a esos ataques hay que golpear las fuerzas estratégicas del Reino Unido o incluso de Francia. Anunciando, por supuesto, que en caso de «respuesta», nuestra represalia será nuclear”.

Tras el ataque a Irán del pasado junio que pisoteó todas las líneas rojas, intentando decapitar al grupo dirigente iraní en medio de una negociación, “no quedan dudas” sobre los métodos del adversario, dice Karaganov, “pero el objetivo principal somos nosotros”. Occidente debe volver a temer a Rusia, de lo contrario los riesgos de una guerra nuclear serán mucho mayores, y para ello Moscú debe hacer valer su músculo nuclear:


Estados Unidos bombardea Irán. JR MORA.

”Hay que advertir de nuevo a Londres y París de que, en caso de que envíen tropas al territorio de Ucrania, serán consideradas participantes directas del conflicto, y Rusia se verá obligada a comenzar a lanzar ataques contra sus activos y bases, primero en el extranjero y con municiones no nucleares”. Alemania ocupa un lugar central en esa advertencia:

”Berlín debe saber que si recurre a las armas nucleares y sigue luchando de facto contra Rusia no habrá piedad. Y Alemania por fin responderá por su culpa histórica ante una humanidad que intenta olvidar: por desencadenar dos guerras mundiales, por el Holocausto, el más terrible de los muchos genocidios cometidos por los europeos, y por el genocidio de los pueblos de la URSS. La nobleza de los dirigentes soviéticos, que impidieron la liquidación de Alemania, resultó contraproducente. No se puede permitir que Alemania vuelva a ser una amenaza para la paz y para nuestro país”(…). 

La moderación y la buena voluntad son contraproducentes y se impone un realismo militar tan frio como demencial:

”Es necesario renunciar, al menos a nivel de expertos, a la tontería heredada de la época de Gorbachov y Reagan: la afirmación de que «en una guerra nuclear no puede haber vencedores y no debe desencadenarse». Por supuesto, hay que tomar todas las medidas para evitar una gran guerra. Pero esta postura no solo contradice las doctrinas sobre el uso de armas nucleares y la lógica elemental, sino que también allana el camino para la agresión no nuclear, que es lo que hemos obtenido”(…). Así que la conclusión que se impone es de un brutal realismo, digno de los “estrategas” americanos de la guerra fría:

“Vale la pena pasar a una táctica de amenazas directas, respaldadas por la disposición a recurrir, en caso extremo, a ataques preventivos, inicialmente con armas no nucleares (…). Si todas las medidas no sirven de nada, habrá que pasar a la siguiente fase y empezar a lanzar ataques contra centros logísticos y bases militares en los países que apoyan la agresión contra Rusia”(…). ”En caso de que se llegue —Dios no lo quiera— a la necesidad de lanzar ataques desarmadores y decapitadores contra Gran Bretaña e incluso Francia, será necesario activar el sistema de defensa antimisiles, la defensa civil, y advertir de que si una sola ojiva del adversario llega a nuestro territorio o al de Bielorrusia, estos países serán borrados de la faz de la tierra”.


Todos contra Rusia.

Europa no puede seguir ignorando las advertencias rusas y tiene que regresar a la diplomacia y el diálogo con su adversario.


Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu