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lunes, 19 de enero de 2026

Una previsión prudente sobre las relaciones internacionales en 2026

 

 Por Dmitri Trenin   
      Analista e integrante del Consejo de Política Exterior y de Defensa de Rusia.

Un intento de pronóstico a corto plazo desde Moscú

     La experiencia demuestra que hacer predicciones, incluso a un plazo relativamente corto, como el próximo año, es una tarea arriesgada. Hay muchas posibilidades de darse cuenta muy pronto de la propia ingenuidad y de la incapacidad de ver a tiempo cosas que, en retrospectiva, parecen obvias. No obstante, siempre es interesante intentar vislumbrar el futuro y destacar las tendencias clave del desarrollo de las relaciones internacionales. ¿Qué sucederá en la arena mundial en 2026?




Operación militar especial”

Es muy probable que en 2026 no se alcance un acuerdo de paz sobre Ucrania que satisfaga a Rusia. Las élites gobernantes europeas, con el apoyo del Partido Demócrata de Estados Unidos y el Estado profundo, probablemente bloquearán los esfuerzos de Donald Trump por lograr la paz en condiciones aceptables para Moscú. Es más, el propio Trump, por motivos de política interna, podría «dar un giro» contra Rusia, endureciendo las sanciones contra sus exportaciones de recursos energéticos y recurriendo a medidas contra los petroleros de su «flota fantasma». En estas condiciones, la «operación diplomática especial» del Kremlin (el autor se refiere con cierta ironía al seguimiento del juego de Trump que el Kremlin practica por si acaso funcionara. N. del traductor), que se lleva a cabo desde principios de 2025, se verá obligada a detenerse, y la operación militar especial continuará con nueva fuerza.




Las hostilidades en Ucrania parecen que continuarán durante todo el año 2026. El ejército ruso avanzará, recuperando parte de los territorios de la República Popular de Donetsk y la región de Zaporizhia, que todavía están bajo el control de las Fuerzas Armadas de Ucrania. Las tropas rusas también lograrán ampliar las zonas de amortiguación en las regiones de Járkov y Sumy y, posiblemente, avanzar en otras direcciones. Las Fuerzas Armadas de Ucrania se verán obligadas a retroceder, pero gracias a la ayuda militar y financiera de los países europeos y a la ampliación de la movilización en Ucrania, podrán mantener el frente.

Al mismo tiempo, los combates se volverán cada vez más crueles, sobre todo por parte de un enemigo desesperado. Se multiplicarán las provocaciones sangrientas destinadas a desestabilizar psicológicamente a la población rusa. La moderación mostrada en respuesta («estamos en guerra con el régimen, no con el pueblo») creará en el enemigo una falsa impresión de debilidad e indecisión por nuestra parte y lo animará a cometer nuevas y cada vez más atrevidas fechorías. Como resultado, Rusia tendrá que renunciar a una serie de tabúes.

El teatro de operaciones bélicas seguirá expandiéndose de forma implícita más allá de los territorios de Ucrania y Rusia. Los ataques «anónimos» contra petroleros que transportan petróleo ruso y contra objetivos en nuestra retaguardia serán seguidos por «silenciosas» acciones de sabotaje contra objetivos pertenecientes a los Estados europeos que libran una guerra indirecta contra Rusia. Las acciones conjuntas de ucranianos y europeos con consecuencias más graves provocarán ataques de represalia, y posiblemente no solo contra Ucrania. La «guerra tácita» entre Rusia y Europa, que ya está en marcha, se intensificará, aunque es poco probable que en 2026 se llegue a un conflicto militar a gran escala.

Ucrania

El actual régimen de Kiev se mantendrá en el poder en 2026, pero es probable que lleve a cabo una rotación de su cúpula. Si se obliga a Zelenski a dimitir con el pretexto de un escándalo de corrupción, su lugar lo ocupará el «peso pesado» Zaluzhny o, más probablemente, el más «flexible» Budanov (que figura desde hace tiempo en la lista rusa de terroristas y extremistas). Kiev pasará definitivamente a estar bajo el control de los europeos. La situación de Ucrania empeorará, pero aún no se producirá un «despertar» masivo de la población: la parte más activa de los ucranianos tiene una actitud marcadamente antirrusa.


Volodymyr Zelenskyy, Keir Starmer, Friedrich Merz y Emmanuel Macron tras las conversaciones en Londres, el 8 de diciembre de 2025.

Europa

Europa seguirá siendo el bastión geográfico del liberalismo globalista. A pesar de la baja popularidad de los gobiernos de los principales países de la región —Reino Unido, Alemania y Francia—, en 2026 todos ellos lograrán mantenerse en el poder. El «cambio de las élites europeas», que algunos consideran una condición para la normalización de las relaciones de Rusia con sus vecinos occidentales, si se produce, no será pronto.

Los europeos se prepararán no tanto para una guerra con Rusia como para un enfrentamiento militar prolongado con ella, siguiendo el modelo de la Guerra Fría. Este enfrentamiento, presentado como «la defensa de la libertad y la civilización europeas frente a la barbarie rusa», ya se ha convertido en la principal idea aglutinadora de la UE. El tiempo dirá cuán sólida es esta base ideológica, pero para 2026 probablemente será suficiente.

Al mismo tiempo, las medidas prácticas encaminadas a la militarización de Europa probablemente serán menos impresionantes que las declaraciones grandilocuentes realizadas el año pasado. La difícil situación financiera de los Estados miembros de la Unión Europea, la necesidad de compensar la negativa de Estados Unidos a financiar directamente a Kiev, así como el temor a un descontento generalizado de los votantes en caso de un recorte drástico del gasto social, enfriarán el entusiasmo militarista.

La «disidencia» dentro de la UE, que hoy en día abarca los territorios de la antigua Austria-Hungría, se mantendrá (aunque el resultado de las elecciones de primavera en Hungría no está claro de antemano), pero su influencia en la política de la Europa unida seguirá siendo limitada. Mucho más importante es que la reorientación geopolítica de Estados Unidos hacia el hemisferio occidental y Asia oriental y sus consecuencias —el rechazo directo de Washington a apoyar la integración europea y el escepticismo sobre la futura ampliación de la OTAN— pueden crear un vacío de liderazgo en Europa y dar rienda suelta a las contradicciones largamente contenidas (pero no desaparecidas) entre algunos de sus países.

Estados Unidos

Los Estados Unidos celebrarán por todo lo alto el 250 aniversario de su independencia, acogerán la cumbre del G-20 y el Campeonato Mundial de Fútbol. Trump, como anfitrión de los eventos, brillará más que nunca. Sin embargo, la influencia del presidente estadounidense disminuirá, tanto por la pérdida prácticamente inevitable de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes en las elecciones intermedias de noviembre, como por el agravamiento de las contradicciones dentro del Partido Republicano entre el ala MAGA y la élite tradicional del partido. Trump no recibirá el Premio Nobel de la Paz en 2026 y, aparentemente, parecerá envejecido y no siempre adecuado. En la antesala de las elecciones presidenciales de 2028, comenzará la lucha por la nominación de candidatos dentro de ambos partidos. La polarización política en Estados Unidos se agudizará aún más, pero no llegará a una nueva guerra civil.

La operación de enero contra Venezuela reforzó con hechos la posición de la Estrategia de Seguridad Nacional de Trump sobre la prioridad de Washington en el hemisferio occidental. Probablemente, el asunto no se limitará a Venezuela. En 2026, la amenaza se cernirá sobre los regímenes de izquierda de Cuba y Nicaragua. Colombia y México también estarán en zona de riesgo.


Manifestación de quienes se oponen al ataque a Venezuela.

Cabe esperar que Trump tome medidas para establecer el control total de Estados Unidos sobre Groenlandia. Es poco probable que Canadá se una a Estados Unidos, pero Washington intensificará la presión sobre Ottawa para obligarla a seguir estrictamente la política estadounidense. Los canadienses no podrán «refugiarse en la UE». La concentración de Trump en el hemisferio occidental creará problemas para la reputación internacional de Rusia, especialmente en caso de que se intente cambiar el régimen en Cuba (no habrá una segunda crisis del Caribe), pero al mismo tiempo debilita el interés de Washington por Ucrania.

Oriente Próximo y Medio

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, seguirá «resolviendo los problemas de seguridad del Estado judío», y no solo en las fronteras del país. Su prioridad sigue siendo el problema del potencial balístico de Irán. En este sentido, Netanyahu cuenta con la ayuda de Trump. Animado por el éxito de la operación para capturar al presidente Nicolás Maduro, podría intentar llevar a cabo, junto con Israel, una acción militar contra la República Islámica, cuyo objetivo serían los misiles balísticos iraníes. Al igual que durante la guerra de 12 días en junio del año pasado, se contará con que los sistemas de defensa aérea iraníes no podrán garantizar una protección fiable y que Rusia y China, tras condenar las acciones de Jerusalén Occidental y Washington, no intervendrán en el conflicto del lado de Teherán.

La situación en el propio Irán seguirá siendo tensa en 2026: en las altas esferas se intensificará la lucha por el derecho a la sucesión del líder supremo, y en las bases el descontento por la difícil situación económica se traducirá en protestas masivas. En caso de crisis del poder, no necesariamente en 2026, es posible que se reformatee el régimen político iraní con un mayor papel de las fuerzas armadas (IRGC) y una disminución de la influencia de los ayatolás. En este caso, Irán no renunciará a sus pretensiones de ser una potencia regional, pero el grado de «revolucionariedad» de su política podría disminuir.

China

Pekín aumentará su poderío militar en muchos ámbitos (armas nucleares, misiles, fuerzas navales y aéreas), con el objetivo de alcanzar la paridad militar y estratégica con Estados Unidos y la supremacía regional sobre este en la parte occidental del océano Pacífico. Las relaciones entre la República Popular China y los Estados Unidos seguirán deteriorándose, pero es poco probable que se produzca una crisis aguda con un conflicto armado en torno a Taiwán.

Paralelamente a las relaciones entre China y Estados Unidos, las relaciones entre Pekín y Tokio se deteriorarán. Al igual que los países europeos, Japón busca afirmarse frente a la gran potencia vecina, sin depender ya del apoyo automático de Estados Unidos. En la práctica, esto significa militarización y disposición a completar, si es necesario, el desarrollo de su propio arma nuclear, lo que, en caso de que se tome la decisión correspondiente, requeriría unos pocos meses, si no semanas.

Península de Corea

La RPDC seguirá reforzando su poderío nuclear y balístico, así como sus relaciones de alianza con Rusia y China. Así, en el noreste de Asia, las alianzas estadounidenses con Japón y Corea del Sur se enfrentarán a la alianza entre Moscú, Pekín y Pyongyang. Sin embargo, y en parte como consecuencia de todo ello, parece poco probable que se produzca un enfrentamiento militar entre la RPDC y la República de Corea y/o los Estados Unidos.

Los países vecinos de Rusia

En el contexto del continuo conflicto militar en Ucrania, la integración en el marco de la Unión Estatal de Rusia y Bielorrusia se reforzará sobre una base militar, incluida la nuclear. El debilitamiento de las posiciones de Trump y la creciente hostilidad de Europa hacia Minsk limitarán las perspectivas de la multivectorialidad bielorrusa.

Moldavia, que se ha convertido definitivamente en un satélite de la UE, difícilmente iniciará un conflicto armado con Transnistria. Lo más probable es que la Unión Europea intente llegar a un acuerdo con la élite de la República Popular de Moldavia para que se distancie de Rusia. La cuestión del destino de Transnistria se resolverá definitivamente tras los resultados de la Operación Militar Especial (la guerra en Ucrania. Nota del traductor), pero es poco probable que esto ocurra en 2026.

En Armenia, es probable que el partido de Pashinyan gane las elecciones de junio y que continúe su política de acercamiento a Occidente, manteniendo al mismo tiempo las relaciones económicas con Rusia, que son beneficiosas para Ereván. El acuerdo entre Armenia y Azerbaiyán está controlado con bastante seguridad por Washington, Ankara, Bruselas y Londres, por lo que es poco probable que el conflicto vuelva a estallar en 2026. Moscú mantendrá unas relaciones frías, pero en general funcionales, con Bakú. También se mantendrá un diálogo pragmático con Tibilisi.

Las relaciones de Rusia con los países de Asia Central se fortalecerán, pero seguirán siendo principalmente comerciales. Los países de la región desarrollarán colectiva e individualmente una política exterior multivectorial y construirán su identidad única (en el marco de este proceso, el período en que formaron parte del Imperio ruso y la Unión Soviética se presentará como una aberración temporal). Ambos factores alejarán gradualmente a la región de Rusia.

«Occidente colectivo» y «mayoría mundial»

Desde el año pasado, el concepto de «Occidente colectivo» designa una civilización común, pero ya no un bloque político. El cambio de enfoque en la política exterior de Estados Unidos, que ha pasado de centrarse en el imperio a centrarse en la metrópoli, priva a Europa de la posición privilegiada que ocupaba desde el comienzo de la Guerra Fría. Europa ha pasado de ser un objeto de cuidado y apoyo a convertirse en un recurso de la política exterior de la «Gran América». En las nuevas condiciones, la OTAN se mantendrá como instrumento de dominio y control estadounidense, pero la Unión Europea ya ha sido declarada de facto «un obstáculo» para la política exterior de Estados Unidos. Aquí se impone una analogía con el Imperio Británico, que durante la Segunda Guerra Mundial fue aliado de Estados Unidos, lo que no impidió que Washington trabajara para su destrucción.

En 2026, debemos replantearnos otro concepto clave, el de «mayoría mundial», que se formuló acertadamente al comienzo de la guerra como la definición de un grupo de países que no siguieron al «Occidente colectivo» en la imposición de sanciones contra Rusia. En otras palabras, se trataba de un grupo de socios actuales y potenciales de nuestro país en unas condiciones internacionales que habían cambiado drásticamente, nada más. Pero muy pronto este concepto se empezó a utilizar para designar a todos los países que se encontraban fuera de la órbita occidental, es decir, como sinónimo de «no Occidente mundial». De ahí solo quedaba un paso para presentar a la mayoría mundial, organizada en formatos como el BRICS y la Organización de Cooperación y Seguridad de Shanghai (OCS), como la antítesis del Occidente colectivo con su «siete», la OTAN y la UE. Dar ese paso significa engañarse a uno mismo.


Narendra Modi, Vladimir Putin y Xi Jinping en la cumbre BRICS, 23 de octubre de 2024.

En 2026, es poco probable que la «mayoría» muestre un deseo de mayor consolidación. Cada país de la «mayoría», desde China hasta Qatar, Camboya y Kazajistán, actuará ante todo en función de sus intereses nacionales, incluso en sus relaciones con Occidente. Esto se ve claramente en las votaciones de la ONU. El año pasado fuimos testigos de conflictos armados entre India y Pakistán, miembros de la OCS, y Camboya y Tailandia, miembros de la ASEAN. A las puertas de 2026, se agravaron las relaciones entre los principales países del Consejo de Cooperación del Golfo Pérsico, los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita (lo que se reflejó inmediatamente en el curso de la guerra en Yemen).

Así, en 2026 seguirá formándose un mundo multipolar, real y no deseado. En este mundo, los principales actores serán Estados Unidos y China, así como Rusia e India. No hablarán en nombre de diferentes civilizaciones, pero, de hecho, representarán la diversidad civilizatoria del mundo, la tarjeta de presentación de la multipolaridad. Cada una de las potencias se centrará principalmente en su propio desarrollo, pero al mismo tiempo tratará de «adaptar a su medida» su área geográfica. Algo similar ocurrirá a nivel regional, donde las potencias líderes ya son Brasil, Israel, Irán, Arabia Saudita, Turquía y Sudáfrica. La transformación del mundo occidental puede volver a dar cierta autonomía al Reino Unido, Francia, Alemania y Japón, pero si esto ocurre, no será en el transcurso del año que viene.



Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

lunes, 24 de noviembre de 2025

Las raíces rusas del terrorismo israelí

 

 Por Rafael Poch-de-Feliu      
      Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania  de la eurocrisis.


Todos los primeros ministros de Israel a lo largo de su historia excepto uno, tienen raíces rusas


     Rusia es un país con una gran tradición de antisemitismo que la revolución de Octubre cortó radicalmente en 1917 y que la restauración termidoriana estalinista restableció desde finales de los años treinta.




Entre los años cuarenta y los ochenta del siglo XX el latente antisemitismo oficial complicó bastante, cuando no imposibilitó, que los judíos accedieran a las mejores universidades e institutos del país y aún menos que ocuparan cargos importantes en el partido, el ejército, o en las altas esferas de la economía. Con Putin mucho de todo esto se ha roto, pese a la mayor influencia que la Iglesia Ortodoxa Rusa ejerce hoy en comparación con el pasado soviético.

Una de las anomalías de la Rusia actual es que nunca en los últimos setenta años se había tratado tan bien a los judíos, ni había sido tan bajo el antisemitismo oficial.

Después de la guerra, el Holocausto se jugó siempre a la baja en la URSS. Con tres millones de judíos soviéticos muertos entre la invasión alemana de 1941 y la victoria de 1945, entre el total de 27 millones de muertos del país, los dirigentes optaron por presentar un sufrimiento sin distinción de etnias. Eso ha sido finalmente normalizado.

En 2005 Putin fue el primer líder ruso en acudir a Auschwitz con motivo del aniversario de la liberación, por el ejército soviético, de aquel campo de exterminio; en expresar su pesar por la gran emigración de judíos soviéticos experimentada tras la disolución de la URSS y en hacer pública su esperanza de que regresen en el futuro. También ha sido el primero y único en felicitar a los judíos rusos por el año nuevo hebreo y la Hanukkah y en enviar un mensaje presidencial al Congreso de judíos rusoparlantes.

En este contexto de relativa normalización oficial un personaje como el politólogo Dmitri Simes dirige hoy uno de los programas de análisis y debate político más importantes del primer canal de la televisión rusa. Simes es un ex ciudadano soviético hijo de abogados judíos defensores de disidentes, que en 1973, a los 25 años de edad, emigró a Estados Unidos como judío, fue asesor de Richard Nixon, editor de la revista The National Interest y se codeó con las primeras figuras del establishment de Washington, donde se movía como pez en el agua. En 2018, Simes volvió a Rusia, recuperó la nacionalidad rusa en 2022, y se ha convertido en uno de los principales comunicadores del país. Su programa “Bolshaya Igrá” (“El gran juego”) sigue al detalle el pulso mundial, con especial atención hacia las interioridades de la política americana, invitando a conocidos personajes y analistas de Estados Unidos, economistas, embajadores, ex agentes de la CIA, además de expertos rusos. El resultado es que, contra lo que se suele pensar en Occidente -donde se tiende a confundir la Rusia de Putin con una especie de Corea del Norte- el público ruso interesado está mejor informado sobre la guerra de Ucrania, las relaciones internacionales y las tensiones entre potencias, que su correspondiente europeo o americano.

En temas de Oriente Medio, Simes refleja en su programa el sutil equilibrio que Moscú práctica entre la crítica y censura de la bárbara masacre israelí, y el cuidado y la atención que se dedica a Israel, con sus dos millones de ciudadanos ex soviéticos entre sus nueve millones de habitantes. Aunque en Rusia aún no se han editado las obras de los historiadores israelís críticos con el sionismo, como Ilan Pappe, Idith Zertal o Avi Shlam, que han desmontado el discurso oficial israelí sobre la historia del país y tanto han influido en la academia occidental, por el estudio de Simes desfilan expertos iranís, árabes, analistas rusos sutilmente proisraelís, ilustres arabistas claramente antisionistas y abiertos defensores israelís de la política de Israel. Entre estos últimos destaca el político y diplomático israelí Yakov Kedmi.

Kedmi, cuyo apellido original era Kazakov, nació en Moscú en 1947 y emigró a Israel en 1969. Con los años llegó a dirigir el “Nativ”, un servicio secreto adjunto al primer ministro centrado en la política hacia la importante emigración de judíos soviéticos a Israel. Kedmi suele intervenir en el programa de Simes por videoconferencia desde su vivienda en Tel Aviv y lo que llama la atención es el busto que tiene colocado en su biblioteca. No es el de Ben Gurion, ni el de Theodor Herzl, ni el de cualquier otro padre de la patria del estado de Israel, sino el de Felix Dzerzhinsky, fundador de la Cheka, primera policía secreta bolchevique instrumento del terror rojo de defensa de la Revolución Rusa. Explico todo esto para llamar la atención sobre la actualidad de lo que expondré a continuación y que podríamos denominar las raíces rusas del terrorismo colonial israelí.




A finales del XIX la modernidad de los nuevos tiempos trajo una ola de secularización e ideas sociales para los judíos de todo el continente europeo. Si en países como Francia o Alemania los judíos podían renunciar a la religión y asimilarse culturalmente en las identidades nacionales y urbanas de los países en los que vivían, los judíos del imperio ruso no pudieron hacerlo. En el Imperio Ruso los judíos se secularizaron/modernizaron y renunciaron al judaísmo religioso tradicional en condiciones muy diferentes. Vivían en un territorio que no podían abandonar. Desde 1791, estaban obligados a residir en una zona concreta del imperio, la llamada “Zona de residencia” (en ruso, “Черта оседлости”) establecida por la emperatriz Catalina II. Esa zona, que fue abolida por la revolución de 1917, comprendía toda la región de la frontera occidental del imperio, desde Polonia/Lituania hasta Moldavia y el mar Negro, pasando por Bielorrusia y Ucrania. Las grandes capitales culturales de Rusia quedaban mayormente fuera de su alcance, lo que complicó su asimilación a gran escala. Además, hablaban una lengua diferente y específica, el yidish, y estaban considerados por el establishment zarista como foráneos.

Secularizados y en gran parte emancipados de la tradición religiosa por los nuevos tiempos, los judíos del imperio encontraban fuertes impedimentos para su integración en el mundo ruso establecido. Paralelamente, fueron objeto de crudas olas de violencia antisemita en los pogromos de 1881 a 1883 y de 1903 a 1906, con miles de muertos y cientos de comunidades atacadas. Las restricciones y persecuciones del imperio provocaban en ellos ira e impaciencia y determinaban el radicalismo y la violencia en un contexto social que hasta la revolución de 1905, prohibía cualquier actividad política. Su rechazo de lo religioso borró la tradición ética judaica del pacifismo (“Mejor ser humillado que humillar a otro”, dice el precepto talmúdico) en beneficio de una afirmación nacionalista normal, es decir enérgica, exaltada y potencialmente violenta. Fue así como la autocracia les empujó inconscientemente hacia el nacionalismo, la autodefensa y el extremismo. La confianza en Dios fue sustituida por la confianza y la seguridad derivadas de la fuerza militar. En muchas ciudades crearon grupos de autodefensa y participaron activamente en los atentados contra funcionarios zaristas. En algunas organizaciones revolucionarias los judíos aportaban más de la mitad de sus miembros y frecuentemente el grueso de los exiliados políticos en Siberia. Mas tarde, en los primeros gobiernos bolcheviques, en vida de Lenin, los judíos eran el tercer grupo nacional más representado después de los rusos y los ucranianos.




Los colonizadores llevan siempre consigo los elementos de la cultura de su país de origen. Muchos de los judíos del Imperio Ruso que emigraron a Palestina eran ex miembros del movimiento de la izquierda revolucionaria rusa, inspirados por las prácticas de atentados de los narodniki de la Naródnaya Volia, marcados por las experiencias de la violencia antisemita de los pogromos y animados por la firme convicción de la necesidad de defenderse ante ellas. En otra ocasión he explicado el punto de vista de que la autocracia, al no dejar resquicios de crítica y espacios de autonomía a los discrepantes, solo puede generar una oposición total, sin margen para la negociación y el pacto, una oposición del todo o nada, que frecuentemente lleva a sus actores a pasarse al bando de los enemigos no ya del régimen, sino del país. Ese problema es completamente actual para muchos opositores rusos al régimen de Putin que aparecen con gran frecuencia en nuestros medios de comunicación (Véase, por ejemplo, la declaración del escritor ruso Mijail Shishkin del 18 de febrero de 2024 en el diario El País: “Este estado que se hace llamar Federación Rusa y trae la muerte y la calamidad sobre el mundo entero y su propia población, directamente no debería existir”).

En Palestina fueron los judíos del Imperio Ruso y su cultura política, secular, contundentemente nacional- identitaria y necesariamente radical y violenta, con esta mentalidad del “todo o nada” determinada por la cultura de la oposición a la autocracia, quienes formaron la matriz del activismo sionista.

Los primeros colonos judíos de Palestina, “proyectaron sobre la realidad otomana y luego sobre el mandato británico sus recuerdos de la Rusia zarista. La resistencia de la población árabe se entendía a menudo como un pogrom”.

En un reciente articulo dedicado a la génesis del sionismo colonizador del que extraigo la cita anterior y algunas ideas, los profesores de universidades canadienses Yakov Rabkin (de quien hemos traducido algunas notables aportaciones https://rafaelpoch.com/2025/10/01/sobre-el-nacional-judaismo/) y Yakov Yaadgar, explican que Israel ha sido resultado de la fusión de diversas diásporas nacionales (rusa, polaca, marroquí, yemení, alemana, etc), pero que de todas ellas ha sido la rusa la que más ha marcado la mentalidad y el modus operandi a las demás, hasta convertirse en hegemónica y preceptiva hasta nuestros días https://globalaffairs.ru/articles/sionizm-rabkin-yadgar/. Que en 1995 fuera un judío yemenita quien asesinara al primer ministro Isaac Rabin, ilustra, hasta qué punto esa influencia “cultural” rusa impregnó al conjunto de la sociedad israelí y a las diásporas culturalmente más alejadas del foco ruso una vez establecidas en Israel, señalan los autores. Nada más natural teniendo en cuenta que largos años de hegemonía de los sionistas rusos fueron el caldo de cultivo en el que las tradiciones políticas de los inmigrantes de otros países se transformaron siguiendo el ejemplo canónico de los padres fundadores de la colonia sionista en Palestina.

Uno de los indicadores es la composición del Knesset de 1960. A pesar de la prohibición casi total de emigrar de Rusia y la URSS después de la década de 1920, la gran mayoría de los líderes de Israel nacieron bien en Rusia/Imperio Ruso (70 %), bien en Palestina /Israel pero de padres rusos (13 %)”, explican Rabkin y Yaadgar. Aún más significativo: todos los primeros ministros de Israel a lo largo de su historia, excepto Naftali Bennett, que solo ocupó esa responsabilidad desde junio de 2021 a junio de 2022, tienen raíces rusas.

Y lo que vale de puertas adentro, es aún mucho más relevante de puertas afuera, en la acción exterior de Israel, cuyos principales políticos son, casi siempre, generales y hombres de guerra curtidos en el “todo o nada” sin fronteras.

En su notable libro Rise and kill first. The Secret History of Israel’s Targeted Assassinations, (2018), el corresponsal para asuntos de defensa e inteligencia del periódico israelí Yedioth Ahronoth, Ronen Bergman, por otra parte un sionista sin complejos, explica que desde la Segunda Guerra Mundial, Israel ha asesinado a más personas que cualquier otro país del mundo occidental. Bergman contabiliza más de 2000 asesinatos cometidos por el ejército y los servicios de inteligencia israelíes. Con ocasión de la actual masacre de Gaza y los ataques a Líbano, Siria e Irán, esa cifra debe ser, sin duda multiplicada hoy. Muchos estados, también la Rusia de Putin, practican el asesinato extrajudicial de enemigos. Para hacerse una idea sobre Estados Unidos -que, dicho sea de paso, ha practicado eso mucho más que Rusia- según el mismo autor, durante la presidencia de George W. Bush, Estados Unidos llevó a cabo 48 operaciones de asesinatos extrajudiciales, mientras que durante la presidencia de Barack Obama fueron 353. Pero lo de Israel está en otra categoría. Entre las víctimas israelís se encuentran musulmanes y cristianos palestinos, comandantes libaneses de Hezbolá, el subdirector de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), probablemente también el líder histórico de esa organización, Yaser Arafat, y generales sirios; simples periodistas y sanitarios palestinos, también hay ingenieros, científicos, poetas, traficantes de armas, comandantes militares, camareros y propietarios de tiendas. Los asesinatos se han llevado a cabo en más de una docena de países y cuatro continentes, explica Bergman.




Al igual que Yakov Kedmi, el ex director del “Nativ” y frecuente invitado del mencionado programa de televisión ruso, y que la saga de primeros ministros y generales que han dirigido y dirigen el país, la mayoría de los personajes fundadores de las organizaciones del terrorismo judío proceden del Imperio Ruso. En 1907 Yitzhak Ben-Zvi (Poltava, Ucrania 1884) fundó la primera organización armada de los judíos de Palestina, Bar Giora. Dos años después, en 1909 Bar Giora dio lugar a Hashomer, fundada por Israel Shochat (Grodno, Bielorusia 1886). Vladímir Jabotinsky (Odesa, 1880) creó la Haganah en 1920. En 1931, Avrahm Tehoni (Silberg, Odesa, 1903), fundó el Irgun que a partir de los años cuarenta estuvo bajo el mando de Menájem Béguin (Brest-Litovsk, Bielorrusia 1913), autor del atentado contra el Hotel King David de Jerusalén, sede del mando británico, el 22 de julio de 1946 con 91 muertos y 45 heridos, posteriormente primer ministro de Israel.




La actividad terrorista ha sido llevada a cabo por tres organizaciones, el Mossad, servicio secreto exterior, el Shin Bet, el servicio secreto interior, y Aman, la inteligencia militar. El primer director del Mossad, fundado en 1949, fue Reuven Shiloah (Zaslansky), nacido en Jerusalén pero hijo de judíos lituanos. Su sucesor fue Isser Harel (Israel Galperin) nacido en Vitebsk (Bielorrusia, en 1912), que también fundó el Shin Bet. Sus sucesores en el cargo, Meir Slutsky y Zvicka Zarzevsky eran polacos. El siguiente, Yitzhak Hofi, era hijo de padres de Odesa. Su sucesor Nahum Admoni (Rothbaum) era hijo de judíos polacos. Otro histórico que dirigió la agencia hasta 2011 Meir Dagan (Huberman, nacido en Jerson, Ucrania) también era hijo de judíos polacos… La mayoría de los trece directores de la agencia fueron nacidos en territorio del imperio ruso o hijos de.

Toda esa gente, matarifes, asesinos, terroristas, defensores de la patria colonial, como se les quiera llamar, primeros ministros, militares y operativos de la inteligencia, jugaron un papel central en la construcción del estado, sus fuerzas armadas y sus tres principales servicios de inteligencia. Yoav Galant el ministro de defensa de Netanyahu durante la primera etapa del actual genocidio, autor de inequívocas declaraciones genocidas y perseguido por el Tribunal Penal Internacional, tomó parte personalmente en la campaña de asesinatos extrajudiciales en los años noventa, antes expresamente firmadas por los primeros ministros y hoy ejecutadas rutinariamente. El de Galant es un ejemplo entre muchos de esa “sociedad belicosa y guerrera”, en palabras de Hasán Nasrallah, el líder de Hezbolá – él mismo víctima de los asesinatos de Israel en Líbano de septiembre de 2024, como su predecesor Abbas al-Musawi. Y esa sociedad colonial y guerrera, cuyos crímenes tienen un apoyo social del 80%, presenta una impronta rusa que permanece hasta el día de hoy, como nos recuerda el busto de Dzerzhinsky en la biblioteca de Yakov Kedmi.


Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

domingo, 7 de septiembre de 2025

Europa no puede seguir ignorando las advertencias rusas

 

      Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania de la eurocrisis.


Sobre el último artículo del profesor ruso Sergei Karagánov


     Un reciente artículo del profesor ruso Sergei Karagánov nos recuerda, en los términos más inquietantes, que Europa no puede seguir ignorando las advertencias del establishment ruso de la seguridad nacional. Hace tres años esa actitud culminó con la invasión rusa de Ucrania. Hoy no se puede anunciar desde Europa una guerra contra Rusia para los próximos años y ponerle incluso fecha, como han hecho algunos importantes jefes militares alemanes, y pretender que no haya consecuencias. Esa actitud que sugiere una profecía autocumplida, equivale a una invitación a que Rusia ataque preventivamente para evitar daños mayores, es decir a una repetición, ahora en grande, de lo que determinó la invasión de Ucrania hace tres años.


Sergei Karagánov.

El artículo, titulado “Una mala ruptura con Europa”, aquí traducido con sus enlaces en ruso de fácil traducción automática para profundizar en su amplio contexto argumental Una mala ruptura con Europa – Rafael Poch de Feliu , debería ser lectura obligatoria para los ignorantes y desprestigiados energúmenos que gobiernan hoy en Berlín, Londres y París, por no hablar de Bruselas. Condensa muy bien una advertencia a esa Europa que ha renegado de la diplomacia y del diálogo más elemental con una superpotencia nuclear y que se niega siquiera a escuchar los argumentos y puntos de vista de su adversario, apostándolo todo a una “derrota estratégica” tan ilusoria como temeraria y demencial, teniendo en cuenta la capacidad de destrucción masiva en presencia.




El artículo recuerda, de nuevo, que nos estamos metiendo en un enredo sumamente peligroso, como se ha repetido profusamente desde estas páginas, y que estamos gobernados por irresponsables personajes completamente ajenos a esos peligros.

El militarismo y el peligro de una guerra mayor están aumentando en el mundo. En términos históricos las potencias emergentes ganan peso y Occidente, el mundo euroatlántico, lo pierde. La creciente tensión militar mundial se deriva, fundamentalmente, de ese desplazamiento del poder global hacia Oriente y el Sur en detrimento del Norte. En este gran cambio, Rusia es la bisagra. Como país del Norte y parte de Europa, sufre el problema de su declive igual que Estados Unidos y las viejas potencias europeas, pero su dualidad euro-asiática permite a su elite gobernante y a su sociedad un particular juego de adaptación al nuevo mundo que se perfila. Quienes mandan en Rusia no solo pueden permitirse una ruptura con Europa y un enfoque hacia Asia, sino que han concluido que ese tránsito es lo mejor para preservar la independencia y soberanía nacional así como el monopolio de su élite gobernante sobre sus inmensas riquezas ante los embates de la globalización y el militarismo occidental que empalma una guerra con otra desde el fin de la bipolaridad, hace más de tres décadas.


Mark Rutte, secretario general de la OTAN, durante una visita en Alemania el pasado mes de agosto.

El profesor Sergei Karagánov es uno de los principales intelectuales orgánicos del régimen ruso. Presidente honorario del Consejo de Política Exterior y de Defensa, el principal laboratorio de ideas ruso, Karagánov no marca la línea del Kremlin, pero es uno de los que mejor definen la reflexión rusa en este dramático tránsito. Hace dos años, las observaciones de Karagánov fueron determinantes para que el Kremlin enmendara la doctrina nuclear rusa.

Los ingredientes de Karagánov son un nacionalismo ruso a la Solzhenitsyn (el escritor fue el primero en decir en los noventa que la “salvación” y regeneración de Rusia estaba en Siberia), abierto al cosmopolitismo multicultural soviético que se deriva del universo multinacional de la Federación Rusa, y un gran énfasis en el tradicional militarismo reactivo ruso-soviético, que la estupidez occidental alimentó al ignorar durante décadas los intereses del mayor país de Europa en población y del mundo en territorio. El tercer rasgo es una fuerte autoafirmación de gran potencia que ha ido creciendo a lo largo de los años como reacción a lo que los rusos han vivido como una creciente agresividad y avasallamiento occidental, y que ha tomado el relevo al occidentalismo que dominó el colapso y la humillación del país en los años noventa.

Como adelanto algunos extractos del artículo:

Desmoronándose por dentro, las élites europeas ya hace una década y media tomaron el rumbo de exagerar la imagen de Rusia como enemigo mortal. Luego, con entusiasmo, se dedicaron a intentar infligir una derrota estratégica a través de Ucrania. Y ahora se han embarcado abiertamente en la preparación para una gran guerra dentro de 5 – 7 años”(…)La línea está marcada: dentro de 5-10 años, si no se detiene el proceso, pueden tener muchas más fuerzas armadas. Por ahora no hay que temerles en el ámbito militar, pero si se fortalecen y se envalentonan, volveremos a encontrarnos en una situación de riesgo. No podemos permitir que eso ocurra”.

Con ese “volveremos a encontranos”, Karaganov se refiere a las recurrentes invasiones occidentales sufridas por Rusia a lo largo de su historia y en especial a la última de ellas que ahora se recuerda fue no solo “alemana”, sino “europea”:

Durante mucho tiempo mostramos una nobleza que resultó ser miope, enfatizamos el papel de los pequeños grupos partisanos antifascistas, en su mayoría comunistas, cerrando los ojos ante el hecho de que Hitler contaba con el apoyo de decenas, si no cientos, de veces más europeos”. Ahora, no habrá seguridad mientras no se rompa la voluntad de confrontación de las élites europeas y su esperanza de vencer en tal confrontación”. Para ello, Rusia debería optar por una mucho mayor contundencia militar con “respuestas desproporcionadas”:

Cualquier provocación en el Báltico, en las fronteras con la OTAN contra Rusia, debe ser respondida de manera desproporcionada”, dice. La argumentación es meridiana:

Nuestra indecisión, nuestra falta de preparación para responder con dureza
a los ataques contra nuestras ciudades y nuestras fuerzas estratégicas,
 se interpreta como debilidad, lo que refuerza la sensación de impunidad y la agresividad. Con nuestra cautela, estamos jugando a favor de la estrategia del enemigo, que espera arrastrarnos a una guerra prolongada y, tarde o temprano, agotarnos, provocar una división entre las élites y socavar el apoyo a nuestra máxima autoridad
(…). “Por eso, en respuesta a esos ataques hay que golpear las fuerzas estratégicas del Reino Unido o incluso de Francia. Anunciando, por supuesto, que en caso de «respuesta», nuestra represalia será nuclear”.

Tras el ataque a Irán del pasado junio que pisoteó todas las líneas rojas, intentando decapitar al grupo dirigente iraní en medio de una negociación, “no quedan dudas” sobre los métodos del adversario, dice Karaganov, “pero el objetivo principal somos nosotros”. Occidente debe volver a temer a Rusia, de lo contrario los riesgos de una guerra nuclear serán mucho mayores, y para ello Moscú debe hacer valer su músculo nuclear:


Estados Unidos bombardea Irán. JR MORA.

Hay que advertir de nuevo a Londres y París de que, en caso de que envíen tropas al territorio de Ucrania, serán consideradas participantes directas del conflicto, y Rusia se verá obligada a comenzar a lanzar ataques contra sus activos y bases, primero en el extranjero y con municiones no nucleares”. Alemania ocupa un lugar central en esa advertencia:

Berlín debe saber que si recurre a las armas nucleares y sigue luchando de facto contra Rusia no habrá piedad. Y Alemania por fin responderá por su culpa histórica ante una humanidad que intenta olvidar: por desencadenar dos guerras mundiales, por el Holocausto, el más terrible de los muchos genocidios cometidos por los europeos, y por el genocidio de los pueblos de la URSS. La nobleza de los dirigentes soviéticos, que impidieron la liquidación de Alemania, resultó contraproducente. No se puede permitir que Alemania vuelva a ser una amenaza para la paz y para nuestro país(…)

La moderación y la buena voluntad son contraproducentes y se impone un realismo militar tan frio como demencial:

Es necesario renunciar, al menos a nivel de expertos, a la tontería heredada de la época de Gorbachov y Reagan: la afirmación de que «en una guerra nuclear no puede haber vencedores y no debe desencadenarse». Por supuesto, hay que tomar todas las medidas para evitar una gran guerra. Pero esta postura no solo contradice las doctrinas sobre el uso de armas nucleares y la lógica elemental, sino que también allana el camino para la agresión no nuclear, que es lo que hemos obtenido(…). Así que la conclusión que se impone es de un brutal realismo, digno de los “estrategas” americanos de la guerra fría:

Vale la pena pasar a una táctica de amenazas directas, respaldadas por la disposición a recurrir, en caso extremo, a ataques preventivos, inicialmente con armas no nucleares (…). Si todas las medidas no sirven de nada, habrá que pasar a la siguiente fase y empezar a lanzar ataques contra centros logísticos y bases militares en los países que apoyan la agresión contra Rusia”(…). En caso de que se llegue —Dios no lo quiera— a la necesidad de lanzar ataques desarmadores y decapitadores contra Gran Bretaña e incluso Francia, será necesario activar el sistema de defensa antimisiles, la defensa civil, y advertir de que si una sola ojiva del adversario llega a nuestro territorio o al de Bielorrusia, estos países serán borrados de la faz de la tierra”.


Todos contra Rusia.

Europa no puede seguir ignorando las advertencias rusas y tiene que regresar a la diplomacia y el diálogo con su adversario.


Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu