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lunes, 24 de noviembre de 2025

Las raíces rusas del terrorismo israelí

 

 Por Rafael Poch-de-Feliu      
      Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania  de la eurocrisis.


Todos los primeros ministros de Israel a lo largo de su historia excepto uno, tienen raíces rusas


     Rusia es un país con una gran tradición de antisemitismo que la revolución de Octubre cortó radicalmente en 1917 y que la restauración termidoriana estalinista restableció desde finales de los años treinta.




Entre los años cuarenta y los ochenta del siglo XX el latente antisemitismo oficial complicó bastante, cuando no imposibilitó, que los judíos accedieran a las mejores universidades e institutos del país y aún menos que ocuparan cargos importantes en el partido, el ejército, o en las altas esferas de la economía. Con Putin mucho de todo esto se ha roto, pese a la mayor influencia que la Iglesia Ortodoxa Rusa ejerce hoy en comparación con el pasado soviético.

Una de las anomalías de la Rusia actual es que nunca en los últimos setenta años se había tratado tan bien a los judíos, ni había sido tan bajo el antisemitismo oficial.

Después de la guerra, el Holocausto se jugó siempre a la baja en la URSS. Con tres millones de judíos soviéticos muertos entre la invasión alemana de 1941 y la victoria de 1945, entre el total de 27 millones de muertos del país, los dirigentes optaron por presentar un sufrimiento sin distinción de etnias. Eso ha sido finalmente normalizado.

En 2005 Putin fue el primer líder ruso en acudir a Auschwitz con motivo del aniversario de la liberación, por el ejército soviético, de aquel campo de exterminio; en expresar su pesar por la gran emigración de judíos soviéticos experimentada tras la disolución de la URSS y en hacer pública su esperanza de que regresen en el futuro. También ha sido el primero y único en felicitar a los judíos rusos por el año nuevo hebreo y la Hanukkah y en enviar un mensaje presidencial al Congreso de judíos rusoparlantes.

En este contexto de relativa normalización oficial un personaje como el politólogo Dmitri Simes dirige hoy uno de los programas de análisis y debate político más importantes del primer canal de la televisión rusa. Simes es un ex ciudadano soviético hijo de abogados judíos defensores de disidentes, que en 1973, a los 25 años de edad, emigró a Estados Unidos como judío, fue asesor de Richard Nixon, editor de la revista The National Interest y se codeó con las primeras figuras del establishment de Washington, donde se movía como pez en el agua. En 2018, Simes volvió a Rusia, recuperó la nacionalidad rusa en 2022, y se ha convertido en uno de los principales comunicadores del país. Su programa “Bolshaya Igrá” (“El gran juego”) sigue al detalle el pulso mundial, con especial atención hacia las interioridades de la política americana, invitando a conocidos personajes y analistas de Estados Unidos, economistas, embajadores, ex agentes de la CIA, además de expertos rusos. El resultado es que, contra lo que se suele pensar en Occidente -donde se tiende a confundir la Rusia de Putin con una especie de Corea del Norte- el público ruso interesado está mejor informado sobre la guerra de Ucrania, las relaciones internacionales y las tensiones entre potencias, que su correspondiente europeo o americano.

En temas de Oriente Medio, Simes refleja en su programa el sutil equilibrio que Moscú práctica entre la crítica y censura de la bárbara masacre israelí, y el cuidado y la atención que se dedica a Israel, con sus dos millones de ciudadanos ex soviéticos entre sus nueve millones de habitantes. Aunque en Rusia aún no se han editado las obras de los historiadores israelís críticos con el sionismo, como Ilan Pappe, Idith Zertal o Avi Shlam, que han desmontado el discurso oficial israelí sobre la historia del país y tanto han influido en la academia occidental, por el estudio de Simes desfilan expertos iranís, árabes, analistas rusos sutilmente proisraelís, ilustres arabistas claramente antisionistas y abiertos defensores israelís de la política de Israel. Entre estos últimos destaca el político y diplomático israelí Yakov Kedmi.

Kedmi, cuyo apellido original era Kazakov, nació en Moscú en 1947 y emigró a Israel en 1969. Con los años llegó a dirigir el “Nativ”, un servicio secreto adjunto al primer ministro centrado en la política hacia la importante emigración de judíos soviéticos a Israel. Kedmi suele intervenir en el programa de Simes por videoconferencia desde su vivienda en Tel Aviv y lo que llama la atención es el busto que tiene colocado en su biblioteca. No es el de Ben Gurion, ni el de Theodor Herzl, ni el de cualquier otro padre de la patria del estado de Israel, sino el de Felix Dzerzhinsky, fundador de la Cheka, primera policía secreta bolchevique instrumento del terror rojo de defensa de la Revolución Rusa. Explico todo esto para llamar la atención sobre la actualidad de lo que expondré a continuación y que podríamos denominar las raíces rusas del terrorismo colonial israelí.




A finales del XIX la modernidad de los nuevos tiempos trajo una ola de secularización e ideas sociales para los judíos de todo el continente europeo. Si en países como Francia o Alemania los judíos podían renunciar a la religión y asimilarse culturalmente en las identidades nacionales y urbanas de los países en los que vivían, los judíos del imperio ruso no pudieron hacerlo. En el Imperio Ruso los judíos se secularizaron/modernizaron y renunciaron al judaísmo religioso tradicional en condiciones muy diferentes. Vivían en un territorio que no podían abandonar. Desde 1791, estaban obligados a residir en una zona concreta del imperio, la llamada “Zona de residencia” (en ruso, “Черта оседлости”) establecida por la emperatriz Catalina II. Esa zona, que fue abolida por la revolución de 1917, comprendía toda la región de la frontera occidental del imperio, desde Polonia/Lituania hasta Moldavia y el mar Negro, pasando por Bielorrusia y Ucrania. Las grandes capitales culturales de Rusia quedaban mayormente fuera de su alcance, lo que complicó su asimilación a gran escala. Además, hablaban una lengua diferente y específica, el yidish, y estaban considerados por el establishment zarista como foráneos.

Secularizados y en gran parte emancipados de la tradición religiosa por los nuevos tiempos, los judíos del imperio encontraban fuertes impedimentos para su integración en el mundo ruso establecido. Paralelamente, fueron objeto de crudas olas de violencia antisemita en los pogromos de 1881 a 1883 y de 1903 a 1906, con miles de muertos y cientos de comunidades atacadas. Las restricciones y persecuciones del imperio provocaban en ellos ira e impaciencia y determinaban el radicalismo y la violencia en un contexto social que hasta la revolución de 1905, prohibía cualquier actividad política. Su rechazo de lo religioso borró la tradición ética judaica del pacifismo (“Mejor ser humillado que humillar a otro”, dice el precepto talmúdico) en beneficio de una afirmación nacionalista normal, es decir enérgica, exaltada y potencialmente violenta. Fue así como la autocracia les empujó inconscientemente hacia el nacionalismo, la autodefensa y el extremismo. La confianza en Dios fue sustituida por la confianza y la seguridad derivadas de la fuerza militar. En muchas ciudades crearon grupos de autodefensa y participaron activamente en los atentados contra funcionarios zaristas. En algunas organizaciones revolucionarias los judíos aportaban más de la mitad de sus miembros y frecuentemente el grueso de los exiliados políticos en Siberia. Mas tarde, en los primeros gobiernos bolcheviques, en vida de Lenin, los judíos eran el tercer grupo nacional más representado después de los rusos y los ucranianos.




Los colonizadores llevan siempre consigo los elementos de la cultura de su país de origen. Muchos de los judíos del Imperio Ruso que emigraron a Palestina eran ex miembros del movimiento de la izquierda revolucionaria rusa, inspirados por las prácticas de atentados de los narodniki de la Naródnaya Volia, marcados por las experiencias de la violencia antisemita de los pogromos y animados por la firme convicción de la necesidad de defenderse ante ellas. En otra ocasión he explicado el punto de vista de que la autocracia, al no dejar resquicios de crítica y espacios de autonomía a los discrepantes, solo puede generar una oposición total, sin margen para la negociación y el pacto, una oposición del todo o nada, que frecuentemente lleva a sus actores a pasarse al bando de los enemigos no ya del régimen, sino del país. Ese problema es completamente actual para muchos opositores rusos al régimen de Putin que aparecen con gran frecuencia en nuestros medios de comunicación (Véase, por ejemplo, la declaración del escritor ruso Mijail Shishkin del 18 de febrero de 2024 en el diario El País: “Este estado que se hace llamar Federación Rusa y trae la muerte y la calamidad sobre el mundo entero y su propia población, directamente no debería existir”).

En Palestina fueron los judíos del Imperio Ruso y su cultura política, secular, contundentemente nacional- identitaria y necesariamente radical y violenta, con esta mentalidad del “todo o nada” determinada por la cultura de la oposición a la autocracia, quienes formaron la matriz del activismo sionista.

Los primeros colonos judíos de Palestina, “proyectaron sobre la realidad otomana y luego sobre el mandato británico sus recuerdos de la Rusia zarista. La resistencia de la población árabe se entendía a menudo como un pogrom”.

En un reciente articulo dedicado a la génesis del sionismo colonizador del que extraigo la cita anterior y algunas ideas, los profesores de universidades canadienses Yakov Rabkin (de quien hemos traducido algunas notables aportaciones https://rafaelpoch.com/2025/10/01/sobre-el-nacional-judaismo/) y Yakov Yaadgar, explican que Israel ha sido resultado de la fusión de diversas diásporas nacionales (rusa, polaca, marroquí, yemení, alemana, etc), pero que de todas ellas ha sido la rusa la que más ha marcado la mentalidad y el modus operandi a las demás, hasta convertirse en hegemónica y preceptiva hasta nuestros días https://globalaffairs.ru/articles/sionizm-rabkin-yadgar/. Que en 1995 fuera un judío yemenita quien asesinara al primer ministro Isaac Rabin, ilustra, hasta qué punto esa influencia “cultural” rusa impregnó al conjunto de la sociedad israelí y a las diásporas culturalmente más alejadas del foco ruso una vez establecidas en Israel, señalan los autores. Nada más natural teniendo en cuenta que largos años de hegemonía de los sionistas rusos fueron el caldo de cultivo en el que las tradiciones políticas de los inmigrantes de otros países se transformaron siguiendo el ejemplo canónico de los padres fundadores de la colonia sionista en Palestina.

“Uno de los indicadores es la composición del Knesset de 1960. A pesar de la prohibición casi total de emigrar de Rusia y la URSS después de la década de 1920, la gran mayoría de los líderes de Israel nacieron bien en Rusia/Imperio Ruso (70 %), bien en Palestina /Israel pero de padres rusos (13 %)”, explican Rabkin y Yaadgar. Aún más significativo: todos los primeros ministros de Israel a lo largo de su historia, excepto Naftali Bennett, que solo ocupó esa responsabilidad desde junio de 2021 a junio de 2022, tienen raíces rusas.

Y lo que vale de puertas adentro, es aún mucho más relevante de puertas afuera, en la acción exterior de Israel, cuyos principales políticos son, casi siempre, generales y hombres de guerra curtidos en el “todo o nada” sin fronteras.

En su notable libro Rise and kill first. The Secret History of Israel’s Targeted Assassinations, (2018), el corresponsal para asuntos de defensa e inteligencia del periódico israelí Yedioth Ahronoth, Ronen Bergman, por otra parte un sionista sin complejos, explica que desde la Segunda Guerra Mundial, Israel ha asesinado a más personas que cualquier otro país del mundo occidental. Bergman contabiliza más de 2000 asesinatos cometidos por el ejército y los servicios de inteligencia israelíes. Con ocasión de la actual masacre de Gaza y los ataques a Líbano, Siria e Irán, esa cifra debe ser, sin duda multiplicada hoy. Muchos estados, también la Rusia de Putin, practican el asesinato extrajudicial de enemigos. Para hacerse una idea sobre Estados Unidos -que, dicho sea de paso, ha practicado eso mucho más que Rusia- según el mismo autor, durante la presidencia de George W. Bush, Estados Unidos llevó a cabo 48 operaciones de asesinatos extrajudiciales, mientras que durante la presidencia de Barack Obama fueron 353. Pero lo de Israel está en otra categoría. Entre las víctimas israelís se encuentran musulmanes y cristianos palestinos, comandantes libaneses de Hezbolá, el subdirector de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), probablemente también el líder histórico de esa organización, Yaser Arafat, y generales sirios; simples periodistas y sanitarios palestinos, también hay ingenieros, científicos, poetas, traficantes de armas, comandantes militares, camareros y propietarios de tiendas. Los asesinatos se han llevado a cabo en más de una docena de países y cuatro continentes, explica Bergman.




Al igual que Yakov Kedmi, el ex director del “Nativ” y frecuente invitado del mencionado programa de televisión ruso, y que la saga de primeros ministros y generales que han dirigido y dirigen el país, la mayoría de los personajes fundadores de las organizaciones del terrorismo judío proceden del Imperio Ruso. En 1907 Yitzhak Ben-Zvi (Poltava, Ucrania 1884) fundó la primera organización armada de los judíos de Palestina, Bar Giora. Dos años después, en 1909 Bar Giora dio lugar a Hashomer, fundada por Israel Shochat (Grodno, Bielorusia 1886). Vladímir Jabotinsky (Odesa, 1880) creó la Haganah en 1920. En 1931, Avrahm Tehoni (Silberg, Odesa, 1903), fundó el Irgun que a partir de los años cuarenta estuvo bajo el mando de Menájem Béguin (Brest-Litovsk, Bielorrusia 1913), autor del atentado contra el Hotel King David de Jerusalén, sede del mando británico, el 22 de julio de 1946 con 91 muertos y 45 heridos, posteriormente primer ministro de Israel.




La actividad terrorista ha sido llevada a cabo por tres organizaciones, el Mossad, servicio secreto exterior, el Shin Bet, el servicio secreto interior, y Aman, la inteligencia militar. El primer director del Mossad, fundado en 1949, fue Reuven Shiloah (Zaslansky), nacido en Jerusalén pero hijo de judíos lituanos. Su sucesor fue Isser Harel (Israel Galperin) nacido en Vitebsk (Bielorrusia, en 1912), que también fundó el Shin Bet. Sus sucesores en el cargo, Meir Slutsky y Zvicka Zarzevsky eran polacos. El siguiente, Yitzhak Hofi, era hijo de padres de Odesa. Su sucesor Nahum Admoni (Rothbaum) era hijo de judíos polacos. Otro histórico que dirigió la agencia hasta 2011 Meir Dagan (Huberman, nacido en Jerson, Ucrania) también era hijo de judíos polacos… La mayoría de los trece directores de la agencia fueron nacidos en territorio del imperio ruso o hijos de.

Toda esa gente, matarifes, asesinos, terroristas, defensores de la patria colonial, como se les quiera llamar, primeros ministros, militares y operativos de la inteligencia, jugaron un papel central en la construcción del estado, sus fuerzas armadas y sus tres principales servicios de inteligencia. Yoav Galant el ministro de defensa de Netanyahu durante la primera etapa del actual genocidio, autor de inequívocas declaraciones genocidas y perseguido por el Tribunal Penal Internacional, tomó parte personalmente en la campaña de asesinatos extrajudiciales en los años noventa, antes expresamente firmadas por los primeros ministros y hoy ejecutadas rutinariamente. El de Galant es un ejemplo entre muchos de esa “sociedad belicosa y guerrera”, en palabras de Hasán Nasrallah, el líder de Hezbolá – él mismo víctima de los asesinatos de Israel en Líbano de septiembre de 2024, como su predecesor Abbas al-Musawi. Y esa sociedad colonial y guerrera, cuyos crímenes tienen un apoyo social del 80%, presenta una impronta rusa que permanece hasta el día de hoy, como nos recuerda el busto de Dzerzhinsky en la biblioteca de Yakov Kedmi.


Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

jueves, 11 de septiembre de 2025

Hasbará, la maquinaria sionista mundial para negar el genocidio palestino

 

 Por Roberto Montoya   
      Periodista y escritor desde hace más de 50 años, nacido en Argentina y exiliado en Europa en la década de los ’70 tras sufrir cárcel y tortura.



La ‘Hasbará’, la costosa estrategia de intoxicación mediática con la cual el Gobierno israelí niega hasta la hambruna y el genocidio del pueblo palestino no es un invento de Netanyahu


     Israel, ese estado artificial creado en el corazón de la Palestina histórica por inmigrantes y refugiados judíos europeos en 1948, tiene menos de diez millones de habitantes. Sin embargo, gracias a la complicidad occidental que tuvo desde su origen, es uno de los pocos países que cuenta con armas nucleares, que tiene uno de los servicios de espionaje más importantes del mundo, las fuerzas armadas más poderosas de Medio Oriente, y cuenta con uno de los lobbies más influyentes a nivel político y económico del mundo. La Hasbará ha sido y sigue siendo una herramienta clave para poder conseguir semejante poder.


Daños tras un ataque de colonos a la propiedad de la familia Salhab, en Khirbet Qalqas, al sur Hebrón, Cisjordana, el 23 de agosto de 2024.

En hebreo ese término significa “esclarecimiento” y a quienes “esclarecen” se los llama mashir. Aunque fue el escritor judío austrohúngaro Theodor Herzl (1860-1904), fundador de la Organización Sionista Mundial (OSM), quien hizo los primeros grandes esfuerzos diplomáticos y propagandísticos para conseguir apoyos para la creación de un “hogar judío”, se considera que fue el judío polaco Nahum Sokolov (1859-1936), sucesor de Herzl al frente de la OSM y presidente de la Agencia Judía para Palestina, el primer mashir.

Sokolov entendió que lograr ese hogar en la Palestina histórica para la diáspora judía dependería fundamentalmente del poder de persuasión que se tuviera sobre la comunidad internacional, pero muy especialmente sobre el imperio británico, que ejercía el Mandato sobre Palestina desde la caída del imperio otomano.

El dirigente sionista se trasladó a vivir a Londres y consiguió el apoyo de la comunidad judía y de magnates miembros de la misma como el barón Rothschild —importante donante del Partido Conservador— que resultaron claves para obtener el apoyo de la monarquía y su Gobierno.

Aquella política de diplomacia, persuasión y propaganda se perfeccionó más y más con el tiempo y se acuñó el término de Hasbará para definirla.

Hoy la Hasbará es una poderosa estructura institucional con un presupuesto de miles de millones de euros. Dependió del Ministerio de Asuntos Estratégicos hasta la disolución de ese ministerio en 2021, y desde entonces depende directamente de la Oficina del Primer Ministro, Benjamin Netanyahu.

Es allí donde se genera el discurso, el relato, la versión oficial de los hechos, y cuenta con ramas especializadas tanto en la Agencia Judía como en los Ministerios de Defensa, Exteriores, el Ministerio de Asuntos de la Diáspora y Lucha contra el Antisemitismo, Cultura o Turismo.

Theodor Herzl, el fundador del sionismo, dijo un siglo atrás que la creación de ese “hogar judío” supondría “una parte del muro de Europa contra Asia, un puesto avanzado de la civilización en oposición a la barbarie”. En octubre de 2023, tras el ataque de Hamás, la Yihad Islámica y otras organizaciones, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Lyen, visitaba Israel y repetía casi exactamente aquellas palabras: “Israel es la línea de frente entre la civilización y la barbarie”.


El tranvía o tren ligero en el que participa la empresa vasca CAF une la ciudad antigua de Jerusalén con los asentamientos ilegales en Cisjordania y el Este de la ciudad.

Es esa ‘democracia’ israelí tan defensora del “esclarecimiento”, de la “transparencia”, de la Hasbará, la que ha impedido precisamente desde el primer momento la entrada en Gaza a la prensa extranjera intentando imponer su propia versión ante todo el mundo. 

La única información que ha logrado traspasar ese muro de censura ha sido la proporcionada con sus cámaras y teléfonos móviles por los propios informadores palestinos, profesionales o improvisados, que han pagado muy caro su acción.


Imágenes tomadas por Talal Abu Rahma muestran a Jamal al-Durrah intentando proteger a su hijo Muhammad, el 30 de septiembre de 2000.

Más de 240 informadores han muerto ya en Gaza desde que Israel inició el genocidio hace menos de dos años. La identificación que portan reporteros, fotógrafos y cámaras en sus chalecos azules, lejos de suponer un salvoconducto para poder realizar su labor los convierte en objetivo preferente de los francotiradores y drones israelíes. 

Netanyahu no quiere testigos, como no los quería George W. Bush cuando sus tropas, junto a las británicas, invadieron ilegalmente Iraq en 2003 y a su entrada a Bagdad dispararon intencionadamente contra el Hotel Palestine donde se hospedaba gran parte de la prensa internacional. En aquel ataque murieron el cámara de Telecinco José Couso y el periodista ucraniano Taras Protsyuk. Ese mismo día, EEUU atacó las oficinas del canal Abu Dhabi y las de Al Jazeera, matando a otro cámara y un reportero.

El Estado de Israel siempre ha dedicado grandes esfuerzos económicos y humanos para transmitir la idea de que el Estado israelí y los judíos en general son las víctimas. En el caso del conflicto israelí-palestino se reivindican como víctimas de ataques antisemitas —el palestino es también un pueblo semita— a pesar de ser Israel la fuerza ocupante, el Estado opresor, con un poder militar absoluto sobre la población palestina en Gaza, Cisjordania y Jerusalén oriental.


Jóvenes judíos de todo el mundo celebran los 10 años del programa Birthright en un evento celebrado en el Centro Internacional de Conferencias de Jerusalén, el 12 de mayo de 2010.

La Hasbará pretende quitar de la mente de todo israelí y sobre todo de la opinión pública y los gobiernos de países aliados la idea de que Israel practica una política colonial, de apartheid, ilegal, opresiva y represiva en los Territorios Ocupados.

Se intenta así negar que la resistencia palestina civil o armada que rechaza su ocupación es en realidad parte de una lucha de liberación nacional, aunque tantas veces termine presentando su cara más violenta y fundamentalista. No existiría si no hubiera un estado opresor que la asfixia desde hace siete décadas. Generaciones y generaciones nacen, malviven y mueren bajo ese yugo desde 1948.

En el caso de la cobertura informativa de Gaza, Israel ha utilizado de forma burda pero eficaz todo tipo de fake news, repetidas hasta la saciedad por sus portavoces civiles y militares, por columnistas afines y miles de influencers tanto nacionales como extranjeros. Multiplicadas una y mil veces a través de las redes sociales, terminan calando en importantes sectores de la opinión pública. 

El analista Tariq Kenney-Shawa, del solvente think thank palestino Al-Shabaka, analizó exhaustivamente la utilización de la Hasbará y cómo a través del Ministerio de Asuntos Exteriores israelí se canalizaron fondos a entidades extranjeras —desde personas influyentes en las redes sociales hasta organizaciones de vigilancia de los medios— para que difundieran propaganda proisraelí y al mismo tiempo ocultaran sus vínculos directos con el Gobierno israelí”.

El portal sionista en español porisrael.org publicaba el 17 de abril de 2015 un artículo de Eric Rozenman titulado “La Teoría y la Práctica de la Hasbará” en el que el autor argumentaba que era necesario perfeccionar esa herramienta para responder a la “campaña antisemita” que, según sus palabras, maliciosamente pretendía asimilar a los judíos con los nazis, presentándolos como racistas y colonialistas. 

El articulista daba una serie de recomendaciones y compartía una experiencia personal. Tuvo lugar durante la primera Intifada (1987-1992), cuando los medios de comunicación mostraban imágenes de la desigual batalla entre adolescentes palestinos arrojando piedras a los soldados israelíes, mientras estos, armados hasta los dientes los reprimían. 

Ante esas imágenes tan difundidas muchas personas de la comunidad judía alarmadas preguntaron a Rozenman cómo criticar a los medios de comunicación ante semejantes imágenes. Y Rozenman contaba en ese artículo cuál fue su respuesta: “Dígales que las manifestaciones no son espontáneas, sino que han sido organizadas por la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) y que los terroristas disparan desde entre los chicos”. 

Esa es una típica respuesta de la Hasbará, que se repetiría una y otra vez ante la opinión pública ante toda evidencia de un caso de represión, de un crimen de guerra.

Por medio de esta estrategia típica de propaganda de guerra Israel cuya eficacia admiraría el mismísimo Joseph Goebbels, se llegó a decir a partir del 7 de octubre de 2023 y el posterior genocidio en Gaza que las milicias palestinas realizaban matanzas contra su propio pueblo para culpar después de estas a los israelíes.

Esta intoxicación mediática, aún siendo menos sofisticada que la de las ‘armas de destrucción masiva’ de Bush, Blair y Aznar de 2002 y 2003, fue repetida una y otra vez en las redes sociales, en boca de influencers e incluso de gobernantes de países aliados.

Uno de los casos más comentados y del que se hizo eco el propio Joe Biden fue la transmisión en directo que hizo la corresponsal israelí Nicole Zedeck, del canal i24, desde el kibutz de Kfar Aza, donde Hamás mató indiscriminadamente a numerosas personas el 7 de Octubre de 2023.

Rodeada de soldados israelíes y de otros periodistas Zedeck aseguró, sin mostrar ninguna imagen para probarlo, que 40 bebés y niños habían sido decapitados por los milicianos de Hamás. 

Según la periodista israelí eso se lo había dicho David Ben Zion, un conocido colono ultrarradical, subcomandante de una de las unidades militares que acudieron al lugar tras el ataque.

La noticia fue transmitida por su canal en directo y repetida varias veces en sus informativos y colgada en las redes sociales de i24 alcanzando máxima difusión. Fue replicada por medios de comunicación de todo el mundo; decenas de millones de personas vieron y escucharon la crónica de la periodista.

El presidente Biden dijo poco después ante la prensa haber visto las imágenes de la decapitación y que estaba horrorizado. “Nunca pensé que vería algo así, lo he podido confirmar, fotografías de terroristas decapitando niños”.

Poco después, ante el requerimiento de la prensa de esas imágenes que había visto el presidente, la Oficina de Prensa de la Casa Blanca tuvo que desmentirlo. Dijo que se trataba de un “error”, se reconoció que el presidente en realidad no había visto tales imágenes y que la información le había llegado a través de la Oficina del Primer Ministro israelí y de la prensa local. Cuando llegó esa respuesta, las declaraciones de Biden ya se habían hecho virales.

Israel ha hecho circular igualmente el bulo de que los palestinos utilizan muñecos envueltos en sudarios a los que entierran como si fueran personas muertas o que usan actores fingiendo estar heridos o ser cadáveres. 

Kenney-Shawa demostró en alguno de sus artículos con pruebas irrefutables la falsedad de varios de esos casos que alcanzaron gran difusión.

El 13 de octubre de 2023, la cuenta oficial en X del Estado de Israel publicó un vídeo de un niño palestino muerto, envuelto en un sudario blanco, afirmando que era un muñeco puesto por Hamás. Solo después de que se localizó a quien subió el vídeo original y se identificó al niño y se compartieron pruebas adicionales, se eliminó la publicación difamatoria sin explicación o retractación oficial.

La imposibilidad material para difundir con la misma masividad los testimonios y el vídeo del niño de cuatro años asesinado, Omar Bilal Al-Banna, que había grabado el periodista Momen El Halibi y colgado en su cuenta de Instagram, hizo como en muchos otros casos que lo que quedará en la memoria de millones de personas fuera la difamación viralizada. 

La Hasbará consiguió de nuevo el objetivo buscado. Horas después de que Halibi subiera esa imagen a Instagram ya varios activistas israelíes, como Yoseph Haddad, la replicaba en su cuenta en X con la consiguiente coletilla: “Se ve claramente que no es un bebé real sino un muñeco”. Haddad tuvo más de cuatro millones de visitas.

Otras cuentas con gran cantidad de seguidores como Israel War Room o StopAntisemitism que mantuvieron esa misma versión tuvieron también millones de visitas.

Sin embargo Halibi, el fotoperiodista que había tomado la imagen original, y otro periodista de France Press, Mohammed Abed, que tomó también imágenes del niño asesinado aquel día, tuvieron muchísimas menos visitas. La guerra que se libra en las redes sociales es cruenta e Israel invierte millones de dólares en ella.

De esta forma, decía Kenney-Shawa, “de ahora en adelante, todas las imágenes de niños palestinos muertos serían descartadas por un público preparado para dudar de su autenticidad”.

Otro caso que provocó gran indignación fue el del asesinato del palestino Muhammad Hani al-Zahar, al que se lo veía en varias imágenes en brazos de su afligida madre y otros familiares a las puertas de un hospital. Esas imágenes se volvieron virales pero rápidamente entró en acción la Hasbará, la maquinaria para fabricar bulos. 

Varias publicaciones aseguraron que eran imágenes falsas, que era simplemente un muñeco y que la ‘supuesta’ madre estaba actuando. Un medio israelí de gran difusión como el Jerusalem Post se hizo eco rápidamente de la difamación, aunque días después al mostrarse más imágenes irrefutables del asesinato se vio obligado a reconocer que había habido “un error”.

La maquinaria mediática israelí llegó a acuñar incluso el término Pallywood (Palestina–Hollywood) para burlarse del uso de los supuestos muñecos que simulaban muertos.

Otro escandaloso caso fue protagonizado por el mismísimo portavoz de Benjamin Netanyahu para Oriente Medio, Ofir Gendelman, quien en su cuenta en X publicó un vídeo en el que supuestamente maquillaban a una niña para simular que había sido herida en una explosión.

“Ustedes mismos pueden comprobar cómo fingen que está herida y simulan una evacuación de civiles heridos, todo ello frente a las cámaras”, dijo Gendelman.

Su fake news se convirtió en un bumerán cuando el director de una película libanesa, Mahmoud Ramzi, salió públicamente para denunciar la utilización que Genderlman estaba haciendo de esas imágenes que en realidad había tomado de una película suya para intentar mostrar que los palestinos utilizaban actores. Gendelman no se disculpó ni aceptó responder a preguntas de la prensa extranjera sobre esa infamia.

La Hasbará utiliza para su estrategia de desinformación las opiniones de miles y miles de personas, periodistas, políticos, fundaciones y think thank en todo el mundo. Uno de ellos, el influyente abogado estadounidense Douglas Feith, que formó parte de la Administración Reagan y luego de la de Bush y al que se considera creador de la teoría de la alianza de Sadam Husein y Osama bin Laden y miembro del think thank conservador Hudson Institute, aseguraba que un elemento clave de la estrategia de Hamás consistía en maximizar todo lo posible el número de víctimas civiles palestinas para provocar reacciones internacionales contra Israel. 

Otro influyente analista estadounidense en medios conservadores y militares, John Spencer, veterano de la guerra de Iraq e investigador del Instituto de Guerra Moderna, decía en Newsweek en marzo de 2024 que las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) toman grandes precauciones para evitar muertes civiles, “más allá incluso de lo que exige el Derecho Internacional Humanitario”. 

Según Spencer, “Israel dio advertencias, en algunos casos con semanas de antelación, para que los civiles evacuen las principales zonas urbanas del norte de Gaza antes de lanzar su campaña terrestre en otoño”. Spencer elogiaba que las FDI hicieran más de 70.000 llamadas telefónicas directas y que enviaran más de 13 millones de mensajes de texto para notificar a los civiles que debían abandonar las zonas de combate; que les transmitieron dónde podían estar a salvo e hicieran incluso “pausas diarias de todas las operaciones, destinadas a permitir la evacuación de los civiles que quedaran en zonas de combate”. Spencer decía que jamás había visto un ejército tan cuidadoso con los civiles.

En julio pasado un portal sionista en español reproducía otro artículo de Spencer en el que este militar experto en terrorismo y guerra urbana sostenía: “Israel está haciendo lo que ningún ejército ha hecho. Está facilitando ayuda humanitaria directa a la población de un territorio gobernado por un ejército terrorista, que todavía está luchando en un combate urbano cerrado”.

Otra manifestación de la Hasbará tuvo lugar durante la Administración Biden-Harris, cuando a partir de abril de 2024 miles de estudiantes universitarios estadounidenses hicieron acampadas en numerosos campus para exigir a las autoridades educativas la anulación de todos los acuerdos con empresas y entidades israelíes vinculadas al Gobierno genocida israelí.

La respuesta de los demócratas Biden y Harris no se limitó a acusar de antisemitas a los estudiantes y profesores involucrados en las protestas, a reprimirlos con fuerzas antidisturbios y detener a miles de ellos. 

La Hasbará se puso en acción rápidamente, en Estados Unidos y desde miles de kilómetros de distancia, desde Tel Aviv, desde el Ministerio de la Diáspora y Lucha contra el Antisemitismo del Estado de Israel, dirigido por Amichai Chikli, un habitual en eventos de la ultraderecha mundial europea y latinoamericana. El mismo que en mayo de 2024 arropó a Santiago Abascal en el acto Europa Viva 24 en Madrid, la campaña de Vox a las elecciones europeas, junto a Viktor Orbán, Giorgia Meloni, Marine le Pen, Javier Milei y otros líderes ultraderechistas.

En el caso de EEUU el ministerio de Chikli, pieza clave de la Hasbará, coordina las actividades contra las críticas a Israel con las principales entidades con las que cuenta el amplio y poderoso lobby sionista, que actúa tanto presionando y financiando campañas de congresistas y senadores claves en votaciones sobre política exterior, de seguridad, o sobre temas económicos y culturales.

El Instituto para el Estudio del Antisemitismo y la Política Global (ISGAP en sus siglas en inglés) es una pieza clave en esa estrategia. Es un poderoso think thank creado en 2004 que se convirtió en una de las herramientas claves para lanzar una contraofensiva en 2024 frente a las protestas en los campus universitarios. Fue fundamental su presión sobre el Gobierno de Biden y lo es ahora con el de Trump para conseguir expulsiones de estudiantes y sanciones a profesores que se solidarizaron con la causa palestina.

El ISGAP, con sedes también en Israel, Europa y Canadá, y que cuenta como funcionarios o asesores a profesores de numerosos países fue creado precisamente hace dos décadas para intentar desprestigiar en el mundo académico a todo autor o autora que osara criticar al Estado de Israel por su política colonialista y de apartheid.

El ISGAP reivindicaba en un documento de 2013 que financiaba institutos universitarios de estudio del antisemitismo, atacaba en él a Edward Said o a Michel Foucault, como lo hace habitualmente con infinidad de intelectuales y personalidades académicas, del pasado o actuales, por no mantener exactamente el relato del régimen sionista israelí o por no condenar explícitamente y de forma radical al islamismo.

El ISGAP no es un think thank sionista más de los cientos que hay en EEUU y en el mundo. Está ligado directamente al Gobierno israelí y a sus servicios de Inteligencia. 

En junio de 2023 asumía como directora general y vicepresidenta en Estrategia y Desarrollo del ISGAP nada menos que Sima Vaknin-Gil, brigadier general en la reserva y exoficial de la Inteligencia israelí. 

En su propia web, el ISGAP la presentaba como ex “Censor Jefe del Estado de Israel”, y “experta en trabajos de inteligencia, acciones y campañas basadas en datos e investigaciones, la campaña de deslegitimación contra Israel, el movimiento BDS y el antisemitismo”.  

La Hasbará tiene mil caras, miles de nombres. Es una amplísima red global que controla tanto lo que se dice sobre Israel en los medios de comunicación, en las redes sociales, en ámbitos políticos, económicos, como en los culturales o deportivos.

Israel utiliza de inmediato a través de ella su gran poder económico, político y coercitivo para reaccionar virulentamente, para deslegitimar y tildar de antisemita cualquier atisbo de crítica a su política criminal. 

Es una pieza clave que le viene dando grandes resultados desde hace décadas en su batalla por el relato. Ante las tibias críticas con la boca chica que han comenzado a pronunciar ahora líderes europeos decenas de miles de muertos después, los ministros israelíes más ultraderechistas y diputados de la Knesset han exigido recientemente a Netanyahu que refuerce los medios de la Hasbará para contrarrestarlas y poder seguir contando con su complicidad. Saben que esa relación política, comercial y de compraventa armamentística, esa histórica complicidad con la Unión Europea les resulta  vital para completar su plan expansionista y genocida.


Fuente: EL SALTO

sábado, 17 de mayo de 2025

El colapso del sionismo

 

 Por Ilan Pappé  
      Profesor israelí de Historia en la Universidad de Exeter, en el Reino Unido, codirector del Centro Exeter de Estudios Etnopolíticos y activista político.


El genocidio continúa, pero el triunfo sionista está lejos de ser definitivo. Al menos eso opina el historiador israelí Ilan Pappé, observando la crisis profunda que atraviesa a la sociedad israelí, y que va más allá de las cirscunstancias de la guerra.



     El ataque de Hamás del 7 de octubre puede compararse con un terremoto que golpea un edificio viejo. Las grietas ya empezaban a aparecer, pero ahora son visibles hasta los cimientos. Más de 120 años después de su inicio, ¿podría el proyecto sionista en Palestina –la idea de imponer un Estado judío en un país árabe, musulmán y de Medio Oriente– estar enfrentando la perspectiva del colapso? Históricamente, una miríada de factores puede provocar el colapso de un estado. Puede ser resultado de ataques continuos de países vecinos o de una guerra civil crónica. Puede ser la consecuencia del colapso de las instituciones públicas, que se vuelven incapaces de prestar servicios a los ciudadanos. A menudo comienza como un proceso lento de desintegración que gana impulso y luego, en poco tiempo, hace que estructuras que alguna vez parecían sólidas y seguras colapsen.

La dificultad radica en identificar los primeros signos. Aquí argumentaré que esto es más claro que nunca en el caso de Israel. Estamos asistiendo a un proceso histórico –o, más precisamente, al comienzo de uno– que probablemente culminará en la caída del sionismo. Y, si mi diagnóstico es correcto, también estamos entrando en una coyuntura particularmente peligrosa. Porque, una vez que Israel se dé cuenta de la magnitud de la crisis, desatará una fuerza feroz e indomable para tratar de contenerla, como lo hizo el régimen del apartheid sudafricano durante sus últimos días.

1. Un primer indicador es la fractura de la sociedad judía israelí. Actualmente está formada por dos bandos rivales que no consiguen encontrar un terreno común. La ruptura surge de la anomalía en la definición del judaísmo como nacionalismo. Aunque la identidad judía en Israel a veces pareció poco más que un tema de debate teórico entre facciones religiosas y seculares, ahora se ha convertido en una lucha sobre el carácter de la esfera pública y el Estado mismo. Esta lucha se libra no sólo en los medios de comunicación sino también en las calles.

Un campamento puede definirse como el “Estado de Israel”. Está compuesto por judíos europeos más seculares, liberales y en su mayoría, pero no exclusivamente, de clase media, y sus descendientes, que desempeñaron un papel clave en la fundación del Estado en 1948 y mantuvieron su hegemonía hasta finales del siglo pasado. Que no haya ninguna duda: su defensa de los “valores democráticos liberales” no socava su compromiso con el sistema de apartheid impuesto, de diversas maneras, a todos los palestinos que viven entre el río Jordán y el mar Mediterráneo. Su deseo fundamental es que los ciudadanos judíos vivan en una sociedad democrática y pluralista de la que los árabes estén excluidos.

El otro bando es el “Estado de Judea”, que se desarrolló entre los colonos en la Cisjordania ocupada. Goza de un creciente apoyo dentro del país y es la base electoral que aseguró la victoria de Netanyahu en las elecciones de noviembre de 2022. Su influencia en las altas esferas del ejército y de los servicios de inteligencia israelíes está creciendo exponencialmente. El Estado de Judea quiere que Israel se convierta en una teocracia que se extienda a toda la Palestina histórica. Para lograr este objetivo, está decidido a reducir el número de palestinos al mínimo indispensable y está contemplando la posibilidad de construir un Tercer Templo en el lugar de Al-Aqsa. Sus miembros creen que esto les permitirá renovar la edad de oro de los Reinos bíblicos. Para ellos, los judíos seculares son tan heréticos como los palestinos si se niegan a unirse a esta empresa.

Los dos bandos habían comenzado a enfrentarse violentamente antes del 7 de octubre. En las primeras semanas después del ataque, parecieron haber dejado de lado sus diferencias ante un enemigo común. Pero era una ilusión. Los enfrentamientos callejeros han vuelto a estallar y es difícil imaginar qué podría conducir a la reconciliación. El resultado más probable ya se está desarrollando ante nuestros ojos. Más de medio millón de israelíes, representantes del Estado de Israel, han abandonado el país desde octubre, lo que indica que el país está siendo absorbido por el Estado de Judea. Se trata de un proyecto político que el mundo árabe, y quizá incluso el mundo entero, no tolerará a largo plazo.

2. El segundo indicador es la crisis económica de Israel. La clase política no parece tener ningún plan para reequilibrar las finanzas públicas en un contexto de conflictos armados perennes, más allá de la creciente dependencia de la ayuda financiera estadounidense. En el último trimestre del año pasado, la economía se desplomó casi un 20%. Desde entonces, la recuperación ha sido frágil. Es poco probable que la promesa de Washington de aportar 14.000 millones de dólares revierta la tendencia. Por el contrario, la carga económica sólo empeorará si Israel sigue adelante con su intención de ir a la guerra contra Hezbolá, al tiempo que incrementa la actividad militar en Cisjordania, en un momento en que algunos países, incluidos Turquía y Colombia, han comenzado a aplicar sanciones económicas.

La crisis se ve agravada aún más por la incompetencia del ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, que constantemente canaliza dinero a los asentamientos judíos en Cisjordania, pero por lo demás parece incapaz de gestionar su ministerio. Mientras tanto, el conflicto entre el Estado de Israel y el Estado de Judea, unido a los acontecimientos del 7 de octubre, está empujando a una parte de la elite económica y financiera a trasladar su capital fuera del Estado. Quienes están considerando trasladar sus inversiones representan una porción significativa del 20 por ciento de israelíes que pagan el 80 por ciento de sus impuestos.

3. El tercer indicador es el creciente aislamiento internacional de Israel, que se está convirtiendo gradualmente en un Estado paria. Este proceso comenzó antes del 7 de octubre, pero se ha intensificado desde el comienzo del genocidio. Así lo demuestran las posiciones sin precedentes adoptadas por la Corte Internacional de Justicia y la Corte Penal Internacional. Anteriormente, el movimiento mundial de solidaridad con Palestina había logrado galvanizar la participación popular en iniciativas de boicot, pero no había logrado avanzar en la perspectiva de sanciones internacionales. En la mayoría de los países, el apoyo a Israel se mantuvo inquebrantable entre el establishment político y económico.

En este contexto, las recientes decisiones de la Corte Internacional de Justicia y la Corte Penal Internacional –que Israel puede estar cometiendo genocidio, que debe detener su ofensiva en Rafah, que sus líderes deben ser arrestados por crímenes de guerra– deben verse como un intento de escuchar las opiniones de la sociedad civil global, en lugar de reflejar simplemente las opiniones de las élites. Los tribunales no han aliviado los brutales ataques contra la población de Gaza y Cisjordania. Pero han contribuido al creciente coro de críticas al Estado de Israel, que cada vez más proviene de arriba y de abajo.

4. El cuarto indicador, interconectado, es el profundo cambio entre los jóvenes judíos en todo el mundo. Tras los acontecimientos de los últimos nueve meses, muchos parecen ahora dispuestos a abandonar sus vínculos con Israel y el sionismo y participar activamente en el movimiento de solidaridad con Palestina. Las comunidades judías, particularmente en Estados Unidos, alguna vez proporcionaron a Israel inmunidad efectiva frente a las críticas. La pérdida, o al menos la pérdida parcial, de este apoyo tiene implicaciones importantes para la reputación global del país. AIPAC todavía puede contar con los sionistas cristianos para ayudar y consolidar su membresía, pero no será la misma organización formidable sin una base judía significativa. El poder del lobby se está erosionando.

5. El quinto indicador es la debilidad del ejército israelí. No hay duda de que las FDI siguen siendo una fuerza poderosa con armas de última generación a su disposición. Sin embargo, sus limitaciones quedaron al descubierto el 7 de octubre. Muchos israelíes creen que el ejército tuvo muchísima suerte, ya que la situación podría haber sido mucho peor si Hezbolá se hubiera unido a un ataque coordinado. Desde entonces, Israel ha demostrado su desesperada dependencia de una coalición regional, liderada por Estados Unidos, para defenderse de Irán, cuyo ataque de advertencia en abril incluyó el despliegue de unos 170 drones, así como misiles balísticos y guiados. Más que nunca, el proyecto sionista depende del rápido envío de enormes cantidades de suministros por parte de los estadounidenses, sin los cuales ni siquiera podría luchar contra un pequeño ejército guerrillero en el Sur.

Actualmente existe una percepción generalizada entre la población judía del país de la falta de preparación y la incapacidad de Israel para defenderse. Esto condujo a una fuerte presión para eliminar la exención militar para los judíos ultraortodoxos, vigente desde 1948, y comenzar a reclutarlos por miles. Puede que esto no haga mucha diferencia en el campo de batalla, pero refleja el grado de pesimismo hacia los militares, lo que a su vez ha profundizado las divisiones políticas dentro de Israel.

6. El indicador final es el renovado entusiasmo entre la generación más joven de palestinos. Están mucho más unidos, conectados orgánicamente y claros en sus perspectivas que la élite política palestina. Dado que la población de Gaza y Cisjordania está entre las más jóvenes del mundo, esta nueva cohorte tendrá una inmensa influencia en el curso de la lucha de liberación. Los debates en curso entre grupos de jóvenes palestinos muestran su preocupación por crear una organización genuinamente democrática –una OLP renovada o una organización totalmente nueva– que persiga una visión de emancipación antitética a la campaña de la Autoridad Palestina por la creación de un Estado. Parecen favorecer una solución de un solo Estado en lugar del ahora desacreditado modelo de dos Estados.

¿Serán capaces de organizar una respuesta eficaz a la decadencia del sionismo? Ésta es una pregunta difícil de responder. El colapso de un proyecto estatal no siempre viene acompañado de una alternativa más optimista. En otras partes del Medio Oriente –en Siria, Yemen y Libia– hemos visto cuán sangrientas y prolongadas pueden ser las consecuencias. En este caso, se trataría de descolonización, y el último siglo ha demostrado que las realidades poscoloniales no siempre mejoran la condición colonial. Sólo la acción de los palestinos puede impulsarnos en la dirección correcta. Creo que, tarde o temprano, una fusión explosiva de estos indicadores conducirá a la destrucción del proyecto sionista en Palestina. Cuando eso suceda, debemos esperar que aparezca un movimiento de liberación robusto para llenar el vacío.

Durante más de 56 años, lo que se llamó el “proceso de paz” –un proceso que no condujo a ninguna parte– fue en realidad una serie de iniciativas estadounidenses-israelíes a las que se invitó a los palestinos a responder. Hoy en día, la “paz” debe ser reemplazada por la descolonización, y los palestinos deben poder articular su visión para la región, mientras que los israelíes deben contraatacar. Esta sería la primera vez, al menos en muchas décadas, que el movimiento palestino asumiría un papel protagónico a la hora de enunciar sus propuestas para una Palestina poscolonial y no sionista (o como sea que se llame la nueva entidad). Para ello, probablemente mirará a Europa (quizás a los cantones suizos y al modelo belga) o, más apropiadamente, a las antiguas estructuras del Mediterráneo oriental, donde los grupos religiosos secularizados se transformaron gradualmente en grupos etnoculturales que vivían uno al lado del otro en el mismo territorio.

Independientemente de que la gente acoja la idea con agrado o la tema, el colapso de Israel se ha vuelto predecible. Esta posibilidad debería guiar el debate a largo plazo sobre el futuro de la región. Se impondrá en la agenda a medida que la gente se dé cuenta de que el intento de un siglo, liderado primero por Gran Bretaña y luego por Estados Unidos, de imponer un Estado judío en un país árabe está llegando lentamente a su fin. Tuvo tanto éxito que creó una sociedad de millones de colonos, muchos de ellos ahora de segunda y tercera generación. Pero su presencia todavía depende, como cuando llegaron, de su capacidad de imponer violentamente su voluntad a millones de indígenas que nunca han abandonado la lucha por la autodeterminación y la libertad en su patria. En las próximas décadas, los colonos tendrán que abandonar este enfoque y demostrar su voluntad de vivir como ciudadanos iguales en una Palestina liberada y descolonizada.


Fuente: EL VIEJO TOPO