Periodista
y escritor desde hace más de 50 años, nacido en Argentina y
exiliado en Europa en la década de los ’70 tras sufrir cárcel y
tortura.
La
‘Hasbará’, la costosa estrategia de intoxicación mediática con
la cual el Gobierno israelí niega hasta la hambruna y el genocidio
del pueblo palestino no es un invento de Netanyahu
Israel,
ese estado artificial creado en el corazón de la Palestina histórica
por inmigrantes y refugiados judíos europeos en 1948, tiene menos de
diez millones de habitantes. Sin embargo, gracias a la
complicidad occidental que tuvo desde su origen, es uno de
los pocos países que cuenta con armas nucleares, que tiene uno de
los servicios de espionaje más importantes del mundo, las fuerzas
armadas más poderosas de Medio Oriente, y cuenta con uno de los
lobbies más influyentes a nivel político y económico del mundo.
La Hasbará ha
sido y sigue siendo una herramienta clave para poder conseguir
semejante poder.
Daños tras un ataque de colonos a la propiedad de la familia Salhab, en Khirbet Qalqas, al sur Hebrón, Cisjordana, el 23 de agosto de 2024.
En
hebreo ese término significa “esclarecimiento” y a quienes
“esclarecen” se los llama mashir.
Aunque fue el escritor judío austrohúngaro Theodor Herzl
(1860-1904), fundador de la Organización Sionista Mundial (OSM),
quien hizo los primeros grandes esfuerzos diplomáticos y
propagandísticos para conseguir apoyos para la creación de un
“hogar judío”, se considera que fue el judío polaco Nahum
Sokolov (1859-1936), sucesor de Herzl al frente de la OSM y
presidente de la Agencia Judía para Palestina, el primer mashir.
Sokolov
entendió que lograr ese hogar en la Palestina histórica para la
diáspora judía dependería fundamentalmente del poder de persuasión
que se tuviera sobre la comunidad internacional, pero muy
especialmente sobre el imperio británico, que ejercía el Mandato
sobre Palestina desde la caída del imperio otomano.
El
dirigente sionista se trasladó a vivir a Londres y consiguió el
apoyo de la comunidad judía y de magnates miembros de la misma como
el barón Rothschild —importante donante del Partido Conservador—
que resultaron claves para obtener el apoyo de la monarquía y su
Gobierno.
Aquella
política de diplomacia, persuasión y propaganda se perfeccionó más
y más con el tiempo y se acuñó el término de Hasbará para
definirla.
Hoy
la Hasbará es
una poderosa estructura institucional con un presupuesto de miles de
millones de euros. Dependió del Ministerio de Asuntos Estratégicos
hasta la disolución de ese ministerio en 2021, y desde entonces
depende directamente de la Oficina del Primer Ministro, Benjamin
Netanyahu.
Es
allí donde se genera el discurso, el relato, la versión oficial de
los hechos, y cuenta con ramas especializadas tanto en la Agencia
Judía como en los Ministerios de Defensa, Exteriores, el Ministerio
de Asuntos de la Diáspora y Lucha contra el Antisemitismo, Cultura o
Turismo.
Theodor
Herzl, el fundador del sionismo, dijo un siglo atrás que la creación
de ese “hogar judío” supondría “una parte del muro de Europa
contra Asia, un puesto avanzado de la civilización en oposición a
la barbarie”. En octubre de 2023, tras el ataque de Hamás, la
Yihad Islámica y otras organizaciones, la presidenta de la Comisión
Europea, Ursula von der Lyen, visitaba Israel y repetía casi
exactamente aquellas palabras: “Israel es la línea de frente entre
la civilización y la barbarie”.
El tranvía o tren ligero en el que participa la empresa vasca CAF une la ciudad antigua de Jerusalén con los asentamientos ilegales en Cisjordania y el Este de la ciudad.
Es
esa ‘democracia’ israelí tan defensora del “esclarecimiento”,
de la “transparencia”, de la Hasbará,
la que ha impedido precisamente desde el primer momento la entrada en
Gaza a la prensa extranjera intentando imponer su propia versión
ante todo el mundo.
La
única información que ha logrado traspasar ese muro de censura ha
sido la proporcionada con sus cámaras y teléfonos móviles por los
propios informadores palestinos, profesionales o improvisados, que
han pagado muy caro su acción.
Imágenes tomadas por Talal Abu Rahma muestran a Jamal al-Durrah intentando proteger a su hijo Muhammad, el 30 de septiembre de 2000.
Más
de 240 informadores han muerto ya en Gaza desde que Israel inició el
genocidio hace menos de dos años. La identificación que portan
reporteros, fotógrafos y cámaras en sus chalecos azules, lejos de
suponer un salvoconducto para poder realizar su labor los convierte
en objetivo preferente de los francotiradores y drones israelíes.
Netanyahu
no quiere testigos, como no los quería George W. Bush cuando sus
tropas, junto a las británicas, invadieron ilegalmente Iraq en 2003
y a su entrada a Bagdad dispararon intencionadamente contra el Hotel
Palestine donde se hospedaba gran parte de la prensa internacional.
En aquel ataque murieron el cámara de Telecinco José Couso y el
periodista ucraniano Taras Protsyuk. Ese mismo día, EEUU atacó las
oficinas del canal Abu Dhabi y las de Al Jazeera, matando a otro
cámara y un reportero.
El
Estado de Israel siempre ha dedicado grandes esfuerzos económicos y
humanos para transmitir la idea de que el Estado israelí y los
judíos en general son las víctimas. En el caso del conflicto
israelí-palestino se reivindican como víctimas de ataques
antisemitas —el palestino es también un pueblo semita— a pesar
de ser Israel la fuerza ocupante, el Estado opresor, con un poder
militar absoluto sobre la población palestina en Gaza, Cisjordania y
Jerusalén oriental.
Jóvenes judíos de todo el mundo celebran los 10 años del programa Birthright en un evento celebrado en el Centro Internacional de Conferencias de Jerusalén, el 12 de mayo de 2010.
La Hasbará pretende
quitar de la mente de todo israelí y sobre todo de la opinión
pública y los gobiernos de países aliados la idea de que Israel
practica una política colonial, de apartheid, ilegal, opresiva y
represiva en los Territorios Ocupados.
Se
intenta así negar que la resistencia palestina civil o armada que
rechaza su ocupación es en realidad parte de una lucha de liberación
nacional, aunque tantas veces termine presentando su cara más
violenta y fundamentalista. No existiría si no hubiera un estado
opresor que la asfixia desde hace siete décadas. Generaciones y
generaciones nacen, malviven y mueren bajo ese yugo desde 1948.
En
el caso de la cobertura informativa de Gaza, Israel ha utilizado de
forma burda pero eficaz todo tipo de fake
news, repetidas hasta la saciedad por sus portavoces
civiles y militares, por columnistas afines y miles
de influencers tanto
nacionales como extranjeros. Multiplicadas una y mil veces a través
de las redes sociales, terminan calando en importantes sectores de la
opinión pública.
El
analista Tariq Kenney-Shawa, del solvente think
thank palestino Al-Shabaka, analizó exhaustivamente
la utilización de la Hasbará y
cómo a través del Ministerio de Asuntos Exteriores israelí se
canalizaron fondos a entidades extranjeras —desde personas
influyentes en las redes sociales hasta organizaciones de vigilancia
de los medios— para que difundieran propaganda proisraelí y al
mismo tiempo ocultaran sus vínculos directos con el Gobierno
israelí”.
El
portal sionista en español porisrael.org publicaba el 17 de abril de
2015 un artículo de Eric Rozenman titulado “La
Teoría y la Práctica de la Hasbará” en
el que el autor argumentaba que era necesario perfeccionar esa
herramienta para responder a la “campaña antisemita” que, según
sus palabras, maliciosamente pretendía asimilar a los judíos con
los nazis, presentándolos como racistas y colonialistas.
El
articulista daba una serie de recomendaciones y compartía una
experiencia personal. Tuvo lugar durante la primera Intifada
(1987-1992), cuando los medios de comunicación mostraban imágenes
de la desigual batalla entre adolescentes palestinos arrojando
piedras a los soldados israelíes, mientras estos, armados hasta los
dientes los reprimían.
Ante
esas imágenes tan difundidas muchas personas de la comunidad judía
alarmadas preguntaron a Rozenman cómo criticar a los medios de
comunicación ante semejantes imágenes. Y Rozenman contaba en ese
artículo cuál fue su respuesta: “Dígales que las manifestaciones
no son espontáneas, sino que han sido organizadas por la OLP
(Organización para la Liberación de Palestina) y que los
terroristas disparan desde entre los chicos”.
Esa
es una típica respuesta de la Hasbará,
que se repetiría una y otra vez ante la opinión pública ante toda
evidencia de un caso de represión, de un crimen de guerra.
Por
medio de esta estrategia típica de propaganda de guerra Israel cuya
eficacia admiraría el mismísimo Joseph Goebbels, se llegó a decir
a partir del 7 de octubre de 2023 y el posterior genocidio en Gaza
que las milicias palestinas realizaban matanzas contra su propio
pueblo para culpar después de estas a los israelíes.
Esta
intoxicación mediática, aún siendo menos sofisticada que la de las
‘armas de destrucción masiva’ de Bush, Blair y Aznar de 2002 y
2003, fue repetida una y otra vez en las redes sociales, en boca de
influencers e incluso de gobernantes de países aliados.
Uno
de los casos más comentados y del que se hizo eco el propio Joe
Biden fue la transmisión en directo que hizo la corresponsal israelí
Nicole Zedeck, del canal i24, desde el kibutz de Kfar Aza, donde
Hamás mató indiscriminadamente a numerosas personas el 7 de Octubre
de 2023.
Rodeada
de soldados israelíes y de otros periodistas Zedeck aseguró, sin
mostrar ninguna imagen para probarlo, que 40 bebés y niños habían
sido decapitados por los milicianos
de Hamás.
Según
la periodista israelí eso se lo había dicho David Ben Zion, un
conocido colono ultrarradical, subcomandante de una de las unidades
militares que acudieron al lugar tras el ataque.
La
noticia fue transmitida por su canal en directo y repetida varias
veces en sus informativos y colgada en las redes sociales de i24
alcanzando máxima difusión. Fue replicada por medios de
comunicación de todo el mundo; decenas de millones de personas
vieron y escucharon la crónica de la periodista.
El
presidente Biden dijo poco después ante la prensa haber visto las
imágenes de la decapitación y que estaba horrorizado. “Nunca
pensé que vería algo así, lo he podido confirmar, fotografías de
terroristas decapitando niños”.
Poco
después, ante el requerimiento de la prensa de esas imágenes que
había visto el presidente, la Oficina de Prensa de la Casa Blanca
tuvo que desmentirlo. Dijo que se trataba de un “error”, se
reconoció que el presidente en realidad no había visto tales
imágenes y que la información le había llegado a través de la
Oficina del Primer Ministro israelí y de la prensa local. Cuando
llegó esa respuesta, las declaraciones de Biden ya se habían hecho
virales.
Israel
ha hecho circular igualmente el bulo de que los palestinos utilizan
muñecos envueltos en sudarios a los que entierran como si fueran
personas muertas o que usan actores fingiendo estar heridos o ser
cadáveres.
Kenney-Shawa
demostró en alguno de sus
artículos con pruebas irrefutables la falsedad de
varios de esos casos que alcanzaron gran difusión.
El
13 de octubre de 2023, la cuenta oficial en X del Estado de Israel
publicó un vídeo de un niño palestino muerto, envuelto en un
sudario blanco, afirmando que era un muñeco puesto por Hamás. Solo
después de que se localizó a quien subió el vídeo original y se
identificó al niño y se compartieron pruebas adicionales, se
eliminó la publicación difamatoria sin
explicación o retractación oficial.
La
imposibilidad material para difundir con la misma masividad los
testimonios y el vídeo
del niño de cuatro años asesinado, Omar Bilal
Al-Banna, que había grabado el periodista Momen El Halibi y colgado
en su cuenta de Instagram, hizo como en muchos otros casos que lo que
quedará en la memoria de millones de personas fuera la difamación
viralizada.
La Hasbará consiguió
de nuevo el objetivo buscado. Horas después de que Halibi subiera
esa imagen a Instagram ya varios activistas israelíes, como Yoseph
Haddad, la replicaba en su cuenta en X con la consiguiente coletilla:
“Se ve claramente que no es un bebé real sino un muñeco”.
Haddad tuvo más de cuatro millones de visitas.
Otras
cuentas con gran cantidad de seguidores como Israel War Room o
StopAntisemitism que mantuvieron esa misma versión tuvieron también
millones de visitas.
Sin
embargo Halibi, el fotoperiodista que había tomado la imagen
original, y otro periodista de France Press, Mohammed Abed, que tomó
también imágenes del niño asesinado aquel día, tuvieron
muchísimas menos visitas. La guerra que se libra en las redes
sociales es cruenta e Israel invierte millones de dólares en ella.
De
esta forma, decía Kenney-Shawa, “de ahora en adelante, todas las
imágenes de niños palestinos muertos serían descartadas por un
público preparado para dudar de su autenticidad”.
Otro
caso que provocó gran indignación fue el del asesinato del
palestino Muhammad Hani al-Zahar, al que se lo veía en varias
imágenes en brazos de su afligida madre y otros familiares a las
puertas de un hospital. Esas imágenes se volvieron virales pero
rápidamente entró en acción la Hasbará,
la maquinaria para fabricar bulos.
Varias
publicaciones aseguraron que eran imágenes falsas, que era
simplemente un muñeco y que la ‘supuesta’ madre estaba actuando.
Un medio israelí de gran difusión como el Jerusalem
Post se hizo eco rápidamente de la difamación,
aunque días después al mostrarse más imágenes irrefutables del
asesinato se vio obligado a reconocer que había habido “un error”.
La
maquinaria mediática israelí llegó a acuñar incluso el término
Pallywood (Palestina–Hollywood) para burlarse del uso de los
supuestos muñecos que simulaban muertos.
Otro
escandaloso caso fue protagonizado por el mismísimo portavoz de
Benjamin Netanyahu para Oriente Medio, Ofir Gendelman, quien en su
cuenta en X publicó un vídeo en el que supuestamente maquillaban a
una niña para simular que había sido herida en una explosión.
“Ustedes
mismos pueden comprobar cómo fingen que está herida y simulan una
evacuación de civiles heridos, todo ello frente a las cámaras”,
dijo Gendelman.
Su
fake news se convirtió en un bumerán cuando el director de una
película libanesa, Mahmoud Ramzi, salió públicamente para
denunciar la utilización que Genderlman estaba haciendo de esas
imágenes que en realidad había tomado de una película suya para
intentar mostrar que los palestinos utilizaban actores. Gendelman no
se disculpó ni aceptó responder a preguntas de la prensa extranjera
sobre esa infamia.
La Hasbará utiliza
para su estrategia de desinformación las opiniones de miles y miles
de personas, periodistas, políticos, fundaciones y think
thank en todo el mundo. Uno de ellos, el influyente
abogado estadounidense Douglas Feith, que formó parte de la
Administración Reagan y luego de la de Bush y al que se considera
creador de la teoría de la alianza de Sadam Husein y Osama bin Laden
y miembro del think
thank conservador Hudson Institute, aseguraba que un
elemento clave de la estrategia de Hamás consistía en maximizar
todo lo posible el número de víctimas civiles palestinas para
provocar reacciones
internacionales contra Israel.
Otro
influyente analista estadounidense en medios conservadores y
militares, John Spencer, veterano de la guerra de Iraq e investigador
del Instituto de Guerra Moderna, decía en Newsweek en marzo de 2024
que las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) toman grandes precauciones
para evitar muertes civiles, “más allá incluso de lo que exige
el Derecho
Internacional Humanitario”.
Según
Spencer, “Israel dio advertencias, en algunos casos con semanas de
antelación, para que los civiles evacuen las principales zonas
urbanas del norte de Gaza antes de lanzar su campaña terrestre en
otoño”. Spencer elogiaba que las FDI hicieran más de 70.000
llamadas telefónicas directas y que enviaran más de 13 millones de
mensajes de texto para notificar a los civiles que debían abandonar
las zonas de combate; que les transmitieron dónde podían estar a
salvo e hicieran incluso “pausas diarias de todas las operaciones,
destinadas a permitir la evacuación de los civiles que quedaran en
zonas de combate”. Spencer
decía que jamás había visto un ejército tan cuidadoso con los
civiles.
En
julio pasado un portal sionista en español reproducía otro artículo
de Spencer en el que este militar experto en
terrorismo y guerra urbana sostenía: “Israel está haciendo lo que
ningún ejército ha hecho. Está facilitando ayuda humanitaria
directa a la población de un territorio gobernado por un ejército
terrorista, que todavía está luchando en un combate urbano
cerrado”.
Otra
manifestación de la Hasbará tuvo
lugar durante la Administración Biden-Harris, cuando a partir de
abril de 2024 miles de estudiantes universitarios estadounidenses
hicieron acampadas en numerosos campus para exigir a las autoridades
educativas la anulación de todos los acuerdos con empresas y
entidades israelíes vinculadas al Gobierno genocida israelí.
La
respuesta de los demócratas Biden y Harris no se limitó a acusar de
antisemitas a los estudiantes y profesores involucrados en las
protestas, a reprimirlos con fuerzas antidisturbios y detener a miles
de ellos.
La Hasbará se
puso en acción rápidamente, en Estados Unidos y desde miles de
kilómetros de distancia, desde Tel Aviv, desde el Ministerio de la
Diáspora y Lucha contra el Antisemitismo del Estado de Israel,
dirigido por Amichai Chikli, un habitual en eventos de la
ultraderecha mundial europea y latinoamericana. El mismo que en mayo
de 2024 arropó a Santiago Abascal en el acto Europa Viva 24 en
Madrid, la campaña de Vox a las elecciones europeas, junto a Viktor
Orbán, Giorgia Meloni, Marine le Pen, Javier Milei y otros líderes
ultraderechistas.
En
el caso de EEUU el ministerio de Chikli, pieza clave de la Hasbará,
coordina las actividades contra las críticas a Israel con las
principales entidades con las que cuenta el amplio y poderoso lobby
sionista, que actúa tanto presionando y financiando campañas de
congresistas y senadores claves en votaciones sobre política
exterior, de seguridad, o sobre temas económicos y culturales.
El
Instituto para el Estudio del Antisemitismo y la Política Global
(ISGAP en sus siglas en inglés) es una pieza clave en esa
estrategia. Es un poderoso think thank creado en 2004 que se
convirtió en una de las herramientas claves para lanzar una
contraofensiva en 2024 frente a las protestas en los campus
universitarios. Fue fundamental su presión sobre el Gobierno de
Biden y lo es ahora con el de Trump para conseguir expulsiones de
estudiantes y sanciones a profesores que se solidarizaron con la
causa palestina.
El
ISGAP, con sedes también en Israel, Europa y Canadá, y que cuenta
como funcionarios o asesores a profesores de numerosos
países fue creado precisamente hace dos décadas
para intentar desprestigiar en el mundo académico a todo autor o
autora que osara criticar al Estado de Israel por su política
colonialista y de apartheid.
El
ISGAP reivindicaba en un documento de 2013 que financiaba institutos
universitarios de estudio del antisemitismo, atacaba en él a Edward
Said o a Michel Foucault, como lo hace habitualmente con infinidad de
intelectuales y personalidades académicas, del pasado o actuales,
por no mantener exactamente el relato del régimen sionista israelí
o por no condenar explícitamente y de forma
radical al islamismo.
El
ISGAP no es un think thank sionista más de los cientos que hay en
EEUU y en el mundo. Está ligado directamente al Gobierno israelí y
a sus servicios de Inteligencia.
En
junio de 2023 asumía como directora general y vicepresidenta en
Estrategia y Desarrollo del ISGAP nada menos que Sima Vaknin-Gil,
brigadier general en la reserva y exoficial de la Inteligencia
israelí.
En
su propia web, el ISGAP la presentaba como ex “Censor Jefe del
Estado de Israel”, y “experta en trabajos de inteligencia,
acciones y campañas basadas en datos e investigaciones, la campaña
de deslegitimación contra Israel, el movimiento BDS y
el antisemitismo”.
La Hasbará tiene
mil caras, miles de nombres. Es una amplísima red global que
controla tanto lo que se dice sobre Israel en los medios de
comunicación, en las redes sociales, en ámbitos políticos,
económicos, como en los culturales o deportivos.
Israel
utiliza de inmediato a través de ella su gran poder económico,
político y coercitivo para reaccionar virulentamente, para
deslegitimar y tildar de antisemita cualquier atisbo de crítica a su
política criminal.
Es
una pieza clave que le viene dando grandes resultados desde hace
décadas en su batalla por el relato. Ante las tibias críticas con
la boca chica que han comenzado a pronunciar ahora líderes europeos
decenas de miles de muertos después, los ministros israelíes más
ultraderechistas y diputados de la Knesset han exigido recientemente
a Netanyahu que refuerce los medios de la Hasbará para
contrarrestarlas y poder seguir contando con su complicidad. Saben
que esa relación política, comercial y de compraventa
armamentística, esa histórica complicidad con la Unión Europea les
resulta vital para completar su plan expansionista y genocida.
Fuente:
EL
SALTO