La situación política
internacional se configura, velozmente, con grandes semejanzas
esenciales con el episodio de septiembre de 1938 en Múnich, en el
que el Reino Unido y Francia, principales potencias europeas
(liberales), capitularon sin honra ni prudencia ante las exigencias
expansionistas del nazismo alemán y de su comparsa, el fascismo
italiano. Pretendían, cediendo ante Alemania, evitar una guerra en
suelo europeo, aun teniendo suficientes indicios de que nada frenaría
al Führer
en sus ambiciones territoriales y su locura racista.
En el cuadro comparativo
que pretendo perfilar, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump,
reproduce varios de los tics
nefastos de Hitler, ciñéndose claramente a la definición más
tradicional y contundente de fascismo, esto es, (1) el estilo
violento y la agresividad del discurso y las políticas, (2) el
racismo hacia otros pueblos y el supremacismo en relación con la
humanidad y el planeta, y (3) el expansionismo territorial, económico
y comercial, con la guerra como amenaza, preparación y horizonte.

Este nuevo fascismo, que en
realidad es el ya conocido, redivivo, se completa con rasgos
adicionales muy de tener en cuenta, como -siguiendo con Trump como
referencia y diana- la incultura y la codicia empresarial de la élite
dirigente, el recurso a la tecnología digital como instrumento
privilegiado de poder y dominación, la convicción de que el mundo
debe doblegarse ante una nación “elegida por Dios” (lo que, se
supone, se aplica a él mismo) y, last
but not least,
una sociedad paranoica que “respalda” mayoritariamente la deriva
catastrófica de un alienado que ha sido votado en las urnas. Aunque
la descripción actual del poder norteamericano no es, en realidad,
más que la continuación, “ampliada y mejorada”, del
particularismo belicista norteamericano, que desde los mismísimos
orígenes de ese Estado ha pretendido dominar el mundo convencido de
su neta y global superioridad.
La cadencia se cumple: si
Biden nos machacaba con los “valores occidentales” y esos
sermones hipócritas refiriéndose a la democracia y la libertad,
Trump continúa la farsa imponiendo al mundo su ¡América
first!, en
su precisa y prístina traducción: democracia de violencias y
amenazas, libertad que conculca derechos e intimida y -añadido de
oportunidad- “¡ay de quien se me resista!” Lo que no duda de
expresar en su jerga de matón y utilizando el ultimátum,
especialmente contra los palestinos y su movimiento de resistencia:
“Se me acaba la paciencia...”, “se desatará el infierno” (en
Gaza, como si el trabajo de su compadre Netanyahu hubiera sido el
trato caritativo hacia esos millones de seres humanos encerrados y bombardeados).
El lenguaje trumpiano es
propiamente hitleriano, si recordamos las repetidas amenazas del nazi
en sus reuniones con Chamberlain y Daladier, primeros ministros
británico y francés, en la tristemente célebre reunión de Múnich,
exigiendo, y consiguiendo, que los líderes occidentales aceptaran el
desgajamiento de los territorios checos habitados por alemanes (los
sudetes)
y se integraran en el Reich.
Lo que no impidió que unos meses más tarde Hitler invadiera
militarmente Checoslovaquia, estableciendo en Bohemia y Moravia su
protectorado y concediendo a Eslovaquia una independencia ficticia y
sometida. Trump imita a Hitler cuando expresa sin remilgos que quiere
anexionarse Canadá, comprar Groenlandia y recuperar el Canal de
Panamá. O cuando coacciona a los Estados latinoamericanos -México,
Colombia y Venezuela, en primer lugar- exigiendo
la
repatriación de emigrantes.
Chamberlain, Daladier, Hitler, Mussolini y su yerno, el conde Ciano, fotografiados antes de firmar los Acuerdos de Múnich.
Reconozcamos, al mismo
tiempo, que resulta extraordinaria la similitud de las
características fascistas de Trump con las que adornan al neonazi
Benjamín Netanyahu, líder del Estado de Israel y notorio criminal
internacional, que en varios aspectos atroces supera al gran amigo
norteamericano. Hasta el punto de que, analizando atentamente la
actualidad internacional, podría incluso destacarse una perceptible
“dirección moral-intelectual” de la parte más perversa, la
sionista, que en definitiva hace mucho tiempo que lleva uncida a su
carro aniquilador a la primera potencia mundial. A este respecto,
destáquese la cínica e intolerable comunión de ambos con la
ideología bíblica, atribuyéndose la unción divina y, en
consecuencia, el respaldo de sus crímenes por tamaño privilegio,
que los hace justos a los ojos de Dios.

Y así como Hitler (y
Mussolini) abandonaron la Sociedad de Naciones para mejor subvertir
el Derecho internacional, Trump abandona la OMS, mantiene el despego
(anterior a su presidencia) del Acuerdo climático de París, se
retira del Consejo onusiano de Derechos Humanos, amenaza al Tribunal
Penal Internacional y... no extrañaría nada que en fecha próxima
abandone la propia ONU, a la que desprecia, y sin ninguna duda se
burlará de las resoluciones que adopte la Asamblea General cuando
condene sus políticas en la esfera internacional. Una actitud que,
más o menos, coincide con la de Israel acerca de las organizaciones
internacionales, declarando enemiga a la UNRWA, bombardeando a
representantes y edificios de la ONU y, por supuesto, riéndose de
las advertencias e imputaciones tanto del Tribunal Internacional de
Justicia como del Tribunal Penal Internacional.
Los planes de “vaciamiento”
de la población de Gaza para expulsar a más de dos millones de
palestinos y convertir la Franja en un resort
lúdico que maraville a todo Oriente Próximo, tan clara y ferozmente
anunciados por Trump y coreados por Netanyahu como “fresca idea”
y “propuesta revolucionaria”, son anuncios y aproximaciones de
aquella “solución final” nazi que, prevista en el caso israelí
para diversas fases y oportunidades, aletea en la mente colonial
sionista desde marzo de 1948, cuando una docena de políticos,
militares y universitarios trazaron la estrategia de limpieza étnica
(sin hacerle ascos a la eliminación física, como se ha ido viendo,
especialmente desde 1967). Porque el sionismo, al que tan
entusiásticamente se adhieren Trump y su Gobierno, siempre consideró
un estorbo a la población palestina, por lo que en sus planes pronto
figuró su eliminación, por vía de hecho -mediante expulsión o
eliminación- o por la de derecho -vetándole el acceso a la
ciudadanía israelí a aquellos que, inevitablemente, hubieran de
vivir dentro del Estado de Israel.
Sin
duda, los hechos que siguieron al ataque de Hamás del 7 de octubre
de 2023 han afianzado la ola fascista que ya era perceptible en la
ultraderecha europea, y que viene ocasionando una creciente tendencia
en Occidente al autoritarismo y a la adopción de legislaciones
racistas y liberticidas (ejemplo altamente significativo es la
proliferación en Europa de leyes que castigan la negación del
genocidio de los judíos por el nazismo); es decir, la aparición de
un fascismo “difuso” occidental y occidentalista. Una
ultraderecha que, incluso expresándose de cierta manera como
antisemita, es sin embargo prosionista furibunda; y deja claro, en
consecuencia, que el sionismo surge en realidad aparte de lo más
esencial y respetable del judaísmo. Esto subraya algo muy
trascendente: que los sionistas son unos oportunistas que nada tienen
de judíos étnicos ni, en consecuencia, de semitas. Así que ese
antisemitismo de la ultraderecha europea ha de tomarse como auténtico
racismo (en general, simultáneo con una islamofobia no menos
rabiosa).
Se trata de un fascismo
directa y “legítimamente” surgido de un capitalismo voraz e
indisimulado, que nunca ha hecho ascos a los fascismos: todo lo
contrario, los ha visto como etapa de multiplicación de pedidos,
negocios y beneficios (recuérdense, a este respecto, la Alemania
nazi y la Italia fascista de las décadas de 1930 y 1940,
jubilosamente saludadas por la industria y el empresariado). Un
fascismo, como es el caso de Trump y su equipo, dirigido y
usufructuado por empresarios sin escrúpulos y que alinean sus
decisiones políticas en orden y concierto con sus apetencias de
negocio. Atroz y repulsiva resulta esa iniciativa de Trump por una
Gaza eminentemente crematística, que implica el acuerdo con Israel
de que sea Estados Unidos y sus empresas (incluidas las de Trump),
las que dirijan la transformación tras la limpieza étnica;
naturalmente, con joint
ventures
de codiciosas empresas norteamericanas e israelíes. O los planes de
paz para Ucrania, que Trump se reserva para negociar con Putin, y que
incluye la apropiación de diversos recursos naturales de la rica
Ucrania, en especial las ahora llamadas tierras
raras,
esenciales para la industria digital.

A todo esto, Europa, es
decir, la UE, se siente tocada por las provocaciones comerciales de
Trump, que afectan a lo más profundo y sensible de su identidad
mercantil, por lo que ha amagado con decir que no
a la
cuestión de los aranceles y a la blasfemia anti mercado, pero se
está adaptando porque sabe que ha de pasar por el aro. Resulta muy
curiosa esta “sacudida autárquica” con que se quiere mostrar el
país de mayor déficit comercial del mundo… con el detalle
agregado, también ajeno a cualquier manual de liberalismo económico,
de imponer caprichosamente aranceles y amenazar con agravarlos si los
demás hacen lo mismo. Trump y su equipo de descerebrados esperan que
con este desorden práctico y teórico van a estimular la economía
norteamericana hasta hacerla más poderosa que nunca, imponerla al
mundo entero y asegurar su predominio frente a la pujanza china.
Pero Europa, rendida antes
de combatir, ya se dispone a trastocar su presupuesto para dotar al
rearme de las exigencias del autócrata de la Casa Blanca, ya que a
eso no se opone ni mucho menos, y porque le resulta necesario para
mantener el autoengaño (empeño, estupidez, prejuicio) de Rusia como
enemiga. Esta es una Europa contradictoria, pero desvergonzada y sin
honor que, después de haber estado atizando la guerra en Ucrania
como punta de lanza sobre el terreno del hostigamiento otánico,
quiere ahora que se la tenga en cuenta en las conversaciones de paz,
sin duda para poder compartir con Estados Unidos el saqueo anunciado
de sus recursos naturales como precio de la paz.
No debe faltar en este
análisis una nota sobre Alemania, doblemente enfeudada con Estados
Unidos e Israel (tengamos en cuenta que, oficialmente, “el apoyo al
estado de Israel es parte de la razón del Estado alemán”),
culpable en primer grado de la beligerancia europea con Rusia,
después de protagonizar un entendimiento que hubiera cambiado la
historia de Europa; y de la que dicen algunos comentaristas,
olvidadizos, que con el auge de la ultraderecha
filonazi de AfD, “entra en terreno desconocido”, como si no
conociéramos suficientemente bien ese terreno y esos recuerdos, que
hacen temblar.
Esta Europa se olvida de
aquel Múnich
y no quiere establecer paralelismo alguno, pese a las evidencias. Y
rehúye reconocer que, aprendiendo de la historia y sus repeticiones,
debiera deponer su absurda rusofobia para ir trabando un
entendimiento, con horizonte en la alianza, con la Rusia actual
(volver, en definitiva, a los acuerdos energéticos y comerciales,
renunciando a su ruinosa hostilidad). Porque, ahora como en los meses
previos a la Segunda Guerra Mundial, las potencias fascistas no
respetarán acuerdos ni negociaciones, e irán a por todas; y Rusia
vuelve a ser la única barrera contundente frente al diktat,
las amenazas y los exabruptos de Trump. Porque si Trump quiere
ganarse a Rusia es solo, o principalmente, para evitar una alianza
estrecha de Moscú con Pekín, ya que su objetivo verdadero e
irrenunciable (herencia, por otra parte, desde los tiempos de Obama)
es bloquear a la potencia china, temiendo que acabe con la hegemonía
norteamericana. Esta ruptura, inevitable, del (sorprendente, en
apariencia) entendimiento Trump-Putin, podrá suceder cuando, por
ejemplo, Israel y Estados Unidos decidan provocar y atacar a Irán,
como ambos anuncian y desean, ya que el régimen de Teherán es un
aliado que Rusia no va a permitir que sea eliminado del panorama
político de Oriente Próximo.
En 1938 el Reino Unido y
Francia se resignaron a aplacar a Hitler, sin el menor resultado,
negándose al entendimiento con la Unión Soviética, que era -y así
se demostró- el principal enemigo y anunciado objetivo militar de la
Alemania nazi, concretamente, y al mismo tiempo la única potencia
capaz de detener y vencer a la poderosa Alemania en Europa. Ahora
debieran, con el bloque de la UE, decidirse por la resistencia activa
ante Trump y la mejora de las relaciones con Putin, y no acordar
-desmemoriados e irresponsables- una alianza militar específica y
reforzada contra… Rusia, esperando que la crisis ucraniana se
eternice y la debilite; y esto parecen pretender, precisamente, el
Reino Unido y Francia. Porque es Rusia la potencia que, ciertamente,
resulta ser la que posee las ideas y las armas necesarias para
afrontar a los nuevos fascistas. Una Rusia que representa la sensatez
y la firmeza, cualidades que no quiere reconocer la maquinaria
poderosísima político-mediática de Occidente; más la experiencia
del enfrentamiento directo y trágico, pero victorioso, con el
fascismo militarista, invasor y exterminador.
Hora es de recordar el
falseamiento que la historia ha hecho de la actitud soviética de
concertar con la Alemania nazi un acuerdo de no agresión
germano-soviético en agosto de 1939 (el famoso y vituperado Pacto
Von Ribbentrop-Molotov), tras el ninguneo irresponsable de la parte
franco-británica, que prefirió entenderse con Hitler, y con el
objetivo principal y urgente de ganar tiempo para prepararse ante la
inevitable ruptura de ese tratado por Hitler, previo al masivo ataque
de la Werhmacht
a la URSS en junio de 1941. Y de tener en cuenta que aquel pacto, por
contradictorio y coyuntural, puede tener actualmente su reflejo, si
no reproducción, en el diálogo ruso-norteamericano derivado de la
guerra en Ucrania, que con toda evidencia está desprovisto de
sinceridad, garantía o futuro, con lo que con casi total seguridad
cuenta la Rusia de Putin, que aparece nítidamente diferenciada, en
política y prudencia internacionales, de los Estados Unidos de Trump.

Mólotov a punto de firmar, junto a Von Ribbentrop, de pie y con los ojos entrecerrados y con Stalin a su izquierda.
Del caótico marco de las
decisiones del presidente Trump en tantos y tan peligrosos ámbitos
de las relaciones internacionales algo seguro hay que extraer, y es
que de la catadura política y moral de este personaje ningún líder
o Estado podrá fiarse, debiendo por el contrario estar preparados
para pararle los pies (y cuando antes, mejor).