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martes, 14 de octubre de 2025

Sobre el nacional-judaísmo

 

 Por Yakov Rabkin   
      Profesor emérito de Historia de la Universidad de Montreal, autor de cientos de artículos y varios libros.



Acusar a Israel de violar los fundamentos morales del judaísmo es erróneo e injusto. Es necesario abrir los ojos al Israel contemporáneo y verlo tal y como es y siempre ha sido: la encarnación del despiadado nacionalismo étnico de Europa, y no una lamentable desviación del judaísmo y la moral promulgada en el monte Sinaí



     Muchos, judíos y no judíos, acusan a Israel de violar los mandamientos bíblicos. Y para justificar su punto de vista, algunos eruditos se refieren al Pentateuco, los Profetas, el Talmud e incluso los códigos de la ley judía. Esto no solo es erróneo, sino también injusto. Los fundadores de Israel, en su mayoría procedentes del Asentamiento del Imperio ruso, rechazaban con desprecio la moral judía, al igual que el judaísmo en general. Construyeron una nueva sociedad para un nuevo tipo de judío: musculoso e intrépido, libre de la carga de la religión y de las restricciones morales que esta imponía. Y lo consiguieron.

David Ben-Gurión, que dirigió la transformación de Palestina en un Estado sionista, advirtió hace casi un siglo: «No somos yeshivotniks [estudiantes de yeshiva] que discuten las sutilezas del autodesarrollo. Somos conquistadores de la tierra, tenemos ante nosotros un muro de hierro y debemos atravesarlo».

Los líderes sionistas que crearon el Israel moderno se enorgullecían de haber roto con el pasado.

Volvamos a citar a Ben-Gurión: «El sionismo es, en esencia, un movimiento revolucionario… La esencia de la concepción sionista de la vida del pueblo judío y de la historia judía es, en su fondo, revolucionaria: es una rebelión contra una tradición secular». Admiraba a Lenin y consideraba la Revolución de Octubre de 1917 como «una gran revolución, un cambio fundamental destinado a arrancar de raíz la realidad existente, a destruir sus pilares, a no dejar piedra sobre piedra de toda esa sociedad decadente y podrida». El historiador y diplomático israelí Eli Barnavi señaló: «Como todas las revoluciones, el sionismo aspiraba a «destruir hasta los cimientos» y luego bajar el telón sobre todo lo que tuvo la desgracia de precederlo».

El profesor Yeshayahu Leibovich, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, que conoció personalmente a Ben-Gurión, consideraba que este «veía el judaísmo como una desgracia histórica del pueblo judío y un obstáculo en su camino hacia la conversión en una nación normal».

A menudo se oye otra crítica: ¿cómo es posible que los judíos, que durante tantos años fueron víctimas de asesinatos en masa y expulsiones en la Europa cristiana, puedan matar, matar de hambre y expulsar de sus hogares y tierras a civiles pacíficos? Ya en 1910, Vladimir Jabotinsky, futuro admirador de Mussolini y fundador del partido político que actualmente dirige Benjamin Netanyahu (su padre fue secretario de Jabotinsky), respondió a esto en un artículo con el expresivo título «Homo homini lupus» («El hombre es un lobo para el hombre»): «A menudo depositamos nuestras mejores esperanzas precisamente en el hecho de que tal o cual pueblo ha sufrido mucho, «por lo que» simpatizará y comprenderá, y su conciencia no le permitirá ofender al débil con la misma ofensa que él mismo ha sufrido recientemente. Pero, a fin de cuentas, esto no son más que palabras… Solo en el Antiguo Testamento está escrito: «No oprimirás al extranjero, porque tú también fuiste extranjero en la tierra de Egipto». En la moral actual, ya no hay lugar para este humanismo baboso».

Fieles a las ideas de sus maestros, los seguidores de Ben-Gurión y Jabotinsky llevan más de un siglo continuando su obra.

La ruptura con la tradición judía que representa el sionismo es bien conocida y evidente. Los padres fundadores de Israel se enorgullecían de ello, mientras que sus oponentes los condenaban por ello. Sin embargo, hoy en día muchos, confundiendo el sionismo con el judaísmo, acusan a Israel de violar los principios morales judíos.

A algunos les confunde el hecho de que Israel se denomine a sí mismo «Estado judío», otros, especialmente los cristianos evangélicos, ven en Israel la encarnación de las profecías bíblicas sobre la Segunda Venida, y muchos, debido a sus ideas sentimentales sobre Israel, esperan otra cosa y se sienten decepcionados porque se comporta «de forma no judía».

En represalia por el ataque al sur de Israel en octubre de 2023, los israelíes mataron a decenas de miles de mujeres y niños en Gaza. Sin embargo, mucho antes de eso, los rabinos israelíes Itzhak Shapira y Yosef Elitzur escribieron que «tiene sentido infligir una derrota a los niños si queda claro que crecerán y nos derrotarán a nosotros. En tales circunstancias, ellos se convierten en un objetivo [militar] legítimo». Estos rabinos pertenecen al movimiento del judaísmo nacionalista (en hebreo, dati-leumi), una variante relativamente nueva del judaísmo que cobró fuerza tras la victoria de Israel en junio de 1967. El judaísmo nacionalista, al dar una justificación religiosa al sionismo, permite así eliminar las dudas de carácter moral sobre las acciones dirigidas contra los palestinos.

Aunque solo uno de cada cinco judíos israelíes es seguidor del judaísmo nacionalista, muchos israelíes, ya sean laicos o ultraortodoxos, comparten su ideología política, aunque no sigan el estilo de vida aceptado en el marco del judaísmo nacionalista. En 2019, cuando aún no era ministro del Gobierno de Netanyahu, el destacado seguidor del judaísmo nacionalista Bezalel Smotrich dijo: «Nos hemos convertido en un reactor nuclear que proporciona energía a todo el pueblo de Israel».

Su predicción se cumplió, pero esta energía tiene poco que ver con el judaísmo tradicional, que se ha desarrollado a lo largo de los últimos dos mil años. Los seguidores del nacional-judaísmo tienen más en común con los idealistas y entusiastas que se convirtieron en nacionalistas radicales en la primera mitad del siglo pasado en Alemania, los países bálticos y Ucrania. Muchos de ellos acabaron participando en pogromos y genocidios. Ya en 1982, Leibovich acertadamente calificó a estos israelíes de «judeonazis». Ese mismo año, el escritor Amos Oz entrevistó a uno de ellos, que declaró abiertamente: «Como se suele decir, mejor ser un judío-nazi vivo que un santo muerto». Al igual que los padres fundadores del sionismo, este fascista declarado expresó en la misma entrevista un profundo desprecio por la tradición judía y la moral judía.

Es necesario abrir los ojos al Israel contemporáneo y verlo tal y como es y siempre ha sido: la encarnación del despiadado nacionalismo étnico de Europa, y no una lamentable desviación del judaísmo y la moral promulgada en el monte Sinaí.

Solo entonces se podrá poner fin a la impunidad excepcional de Israel.


Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

viernes, 4 de abril de 2025

Economía sado-maso - Estética y erótica del capitalismo gore

 

      Escritor y filósofo italiano. Activista de la izquierda.




IMPERIO SADOMASOQUISTA


En el año 2025 nos encontramos en un punto de inflexión: la vida cotidiana, como el paisaje geopolítico, se convierte en el teatro de una guerra de todos contra todos.




     Kristi Noem, secretaria de Seguridad Nacional de Estados Unidos, viaja a El Salvador para ser filmada mientras amenaza con torturar y deportar a cualquiera que cruce las fronteras de su país. Detrás de él, tras los barrotes de una jaula, había hombres con el torso desnudo y la cabeza rapada, y el pecho cubierto de tatuajes.

Kristi Noem al frente de la jaula donde se mantiene a seres humanos semidesnudos.

Teatro de crueldad sadomasoquista: la figura femenina virilizada de forma agresivamente supremacista.

En los últimos treinta años ningún teórico marxista o liberal ha sido capaz de predecir la precipitación psicótica que estamos presenciando. Los conceptos con los que el pensamiento marxista analiza la sociedad parecen incapaces de comprender la guerra biopolítica global, el programa de genocidio sistemático, la cancelación de facto de derechos y leyes.

Tal vez sólo Sayak Valencia pensó en un concepto útil en la época de Kristi Noemi: el capitalismo sangriento.

Valencia sostiene que la violencia en sí misma se ha convertido en un producto del capitalismo neoliberal hiperconsumista, y que los cuerpos torturados y mutilados se han convertido en mercancías comercializables y utilizadas con fines de lucro en una era de impunidad y austeridad gubernamental.

Si buscamos destellos de imaginación sociológica, debemos ir a leer a los escritores de ciencia ficción distópica: Norman Spinrad, quien en Bug Jack Burton, imaginó una presidencia estadounidense que organiza el tráfico de niños cuya sangre es robada para restaurar la energía de los ancianos oligarcas depredadores.

Philip Dick, en El hombre en el castillo, cuenta que los nazis alemanes y japoneses han conquistado los Estados Unidos de América y tienen en sus manos el destino del mundo lanzando fichas del I Ching.

En Fahrenheit 451 Ray Bradbury había imaginado la prohibición de leer y poseer libros. Los tecno-oligarcas trumpistas atacan a las universidades y someten a los institutos de investigación poscoloniales a comités de supervisión gubernamental.


MAGA-Inquisición Sionista


Sin embargo, nadie como Octavia Butler había anticipado el nazismo ultralibertario de la guerra de todos contra todos que estamos presenciando en este siglo en el que el único programa de gobierno reconocible es el genocidio.




Octavia Butler es sin duda una escritora con unas antenas muy finas. En 1993 escribió La parábola del sembrador, que es su novela más conocida.

La historia contada por Butler tiene lugar en el año 2025. Hoy.

En los Estados Unidos de América, un hombre llamado Donner acaba de ganar las elecciones y promete devolver a Estados Unidos su antigua grandeza. Hagamos que Estados Unidos vuelva a ser grande.

La América de la que habla Butler es el teatro de una guerra de exterminio: miseria, terror, incendios que se multiplican en todos los rincones del país. Moverse de un punto a otro se ha vuelto peligroso porque por todas partes hay grupos de miserables hambrientos y harapientos, distorsionados por drogas que excitan el sadismo y la piromanía.

Nada podría ser más realista si pensamos en los días en que comienza la segunda presidencia de Trump. El país que ha llevado el culto a la violencia al extremo está arrastrando a todo el planeta al vórtice del exterminio. El pueblo estadounidense tiene una historia de crímenes contra la humanidad: no existiría sin el genocidio, la esclavitud y la violencia.

Para esas personas la única esperanza es prevalecer por la fuerza. Así nació ese pueblo, así se formó, así prevaleció.

Pero esta vez es diferente, porque Estados Unidos se está hundiendo en la senilidad, la demencia, la tristeza y el fentanilo.

Estados Unidos difícilmente podrá prevalecer porque nadie, ni siquiera la mayor potencia militar de todos los tiempos, puede revertir la flecha del tiempo.

En ese país, el más desesperado de todos, cada ser humano es un peligro para su vecino. No puede haber amor, no puede haber amistad, porque cada uno sabe que está solo, como dice un cartel que leí en Via San Vitale, en Bolonia.


Visto en Via San Vitale, Bolonia.

Lo que Estados Unidos puede hacer es arrastrar a la raza humana a su vórtice suicida.

La parábola del sembrador es una novela que parece carente de cualquier atisbo de esperanza. Lauren Olamina es una niña que sufre de hiperempatía. Es decir, sufre cuando presencia el sufrimiento de otro ser humano, y este sentimiento se considera una enfermedad.

La hiperempatía es un ejemplo de lo que los médicos llaman trastorno delirante orgánico... Se supone que debo compartir el placer y el dolor de los demás. Pero hoy en día no hay mucho placer. (pág. 18)

La adaptación evolutiva ha llevado a los habitantes de ese país a desarrollar una total impermeabilidad al dolor ajeno. Pero Lauren sufre, no es impermeable.

Mientras todos están ocupados simplemente sobreviviendo, robando, matando, quemando, Lauren no ha dejado de pensar. Él entiende lo que está pasando. Él entiende lo que es el horror.

La empatía es conciencia. Y la conciencia es peligrosa, dice el padre de Lauren. Otros saben que la vida se ha convertido en un infierno, otros saben que no hay esperanza para el futuro, pero no hay nada que hacer más que sobrevivir.

Casi todos los adultos lo saben. No quieren saberlo, pero lo saben. (Página 69)

La realidad traumática está ahí y debería despertarnos para poder escapar de ella, pero por alguna razón esto no sucede: no tenemos salida”. (Zupancic: Disavowal, Meltemi, 2024).

Cuando no hay salida a una condición intolerable, ¿qué podemos hacer sino tolerarla? ¿Qué podemos hacer sino intentar no conocer la verdad, aun cuando la conocemos?

En la novela de Butler, la supervivencia consiste en defenderse continuamente de la agresión de quienes no tienen nada para comer y tratan desesperadamente de robártelo. Y de los ataques de aquellos que se han vuelto locos y quieren quemar tu casa, tu pueblo.

¡No podemos vivir así!” Cory gritó.

Y sin embargo, así es exactamente como vivimos, dijo papá. No había enojo en su voz, no era una reacción instintiva a los gritos de Cory. No había nada en absoluto. Cansancio. Tristeza…..

¿Qué haremos si mueres?” Le pregunté a mi padre.

¡Vivir!, respondió. Es lo único que podemos hacer ahora mismo: vivir, resistir, sobrevivir. No sé si vendrán tiempos mejores, pero sé que no importará si logramos sobrevivir a estos tiempos. (93)

No sé si vendrán tiempos mejores, le dice el padre a su hija. Pero ¿cómo podemos decirle esta verdad a alguien que trajimos al mundo?

Entonces el padre de Lauren desaparece, no regresa de un corto viaje, no hay noticias de él, su familia y amigos lo buscan, pero no hay nada que hacer. Al final lo dan por muerto. Lauren va sola y en su mente crece la idea de fundar una comunidad que sea como la semilla de la tierra.

Fue la semilla de la tierra la que me dio la fuerza para seguir adelante cuando mi padre falleció”. (321)

Luego, Lauren, de dieciocho años, conoce a Bokele, de cincuenta años, un hombre amable, inteligente y guapo. A ella le gusta ese hombre solitario, hablan entre ellos, hacen el amor.

Luego le cuenta sobre su plan de fundar una comunidad Semilla de la Tierra.

Pero él no lo compra. A él no le importa la esperanza. La esperanza es un autoengaño en el que Bokele no quiere quedar atrapado.

"Eres muy joven", dijo. Parece casi un crimen que vivas tan joven en estos tiempos horrendos. Ojalá hubieras conocido este país cuando aún era recuperable.

Ella quiere creer en un futuro mejor, él sabe que no lo habrá.

Sin embargo, Bokele elige, por amor, vivir con ella y con la comunidad que se ha reunido gradualmente alrededor de la semilla de la tierra, alrededor de las esperanzas ilusorias con las que Lauren permite a sus amigos seguir adelante.

Son desertores que huyen, y las palabras de Lauren nos permiten imaginar un mundo mejor que un día podría germinar de esas palabras, como la semilla de la que habla el Evangelio de Lucas.

Un sembrador salió a sembrar; y mientras sembraba, una parte cayó junto al camino, y fue pisoteada, y las aves del cielo se la comieron. Otra parte cayó sobre la roca; y al brotar, se secó por falta de humedad. Otra parte cayó entre espinos, y la ahogaron. Otra parte cayó en tierra fértil; y al brotar, produjo el ciento por uno. (Lucas, 8, 5-8).

Bokele no cree en ese futuro, sabe que esa esperanza es ilusoria, pero comparte el camino de esa comunidad; Lo hace por amor, por amistad, lo hace porque el sonido de las palabras lo acompaña.

Yo también camino y escucho las palabras de un amigo que declama esperanzas y sonrío a mis amigos y compañeros. Con ellos abandoné el horror que desde hace algunas décadas parece devorar el mundo.

No tengo esperanza porque miré a mi alrededor, utilizando las herramientas cognitivas a mi disposición. No tengo otros.

Sé que lo inevitable generalmente no sucede porque lo inesperado prevalece.

Pero no puedo hablar de lo inesperado, ni puedo creer lo que no puedo hablar.

¿Sería mejor entonces permanecer en silencio y no decir lo que vemos? Me pregunto esto a veces, cuando el desánimo tiende a prevalecer.

Entonces me respondo con las palabras que escribió Simone Weil mientras Hitler tomaba el poder en Alemania:

Para nosotros la mayor desgracia sería morir impotentes tanto para conquistar como para comprender” (Simone Weil, 1933).

Así que continúo, esperando morir. Escucho las palabras de esperanza del sembrador, espero lo inesperado, pero describo el panorama que se me da a ver.


Humanos alineados contra una pared para el disfrute sádico de los nazis norteamericanos.


Fuente: Il disertori

jueves, 20 de febrero de 2025

Frente al Múnich de los nuevos fascistas, Europa debe aliarse con Rusia

 

 Por Pedro Costa Morata  
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor de la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


La situación política internacional se configura, velozmente, con grandes semejanzas esenciales con el episodio de septiembre de 1938 en Múnich, en el que el Reino Unido y Francia, principales potencias europeas (liberales), capitularon sin honra ni prudencia ante las exigencias expansionistas del nazismo alemán y de su comparsa, el fascismo italiano. Pretendían, cediendo ante Alemania, evitar una guerra en suelo europeo, aun teniendo suficientes indicios de que nada frenaría al Führer en sus ambiciones territoriales y su locura racista.

En el cuadro comparativo que pretendo perfilar, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, reproduce varios de los tics nefastos de Hitler, ciñéndose claramente a la definición más tradicional y contundente de fascismo, esto es, (1) el estilo violento y la agresividad del discurso y las políticas, (2) el racismo hacia otros pueblos y el supremacismo en relación con la humanidad y el planeta, y (3) el expansionismo territorial, económico y comercial, con la guerra como amenaza, preparación y horizonte.




Este nuevo fascismo, que en realidad es el ya conocido, redivivo, se completa con rasgos adicionales muy de tener en cuenta, como -siguiendo con Trump como referencia y diana- la incultura y la codicia empresarial de la élite dirigente, el recurso a la tecnología digital como instrumento privilegiado de poder y dominación, la convicción de que el mundo debe doblegarse ante una nación “elegida por Dios” (lo que, se supone, se aplica a él mismo) y, last but not least, una sociedad paranoica que “respalda” mayoritariamente la deriva catastrófica de un alienado que ha sido votado en las urnas. Aunque la descripción actual del poder norteamericano no es, en realidad, más que la continuación, “ampliada y mejorada”, del particularismo belicista norteamericano, que desde los mismísimos orígenes de ese Estado ha pretendido dominar el mundo convencido de su neta y global superioridad.

La cadencia se cumple: si Biden nos machacaba con los “valores occidentales” y esos sermones hipócritas refiriéndose a la democracia y la libertad, Trump continúa la farsa imponiendo al mundo su ¡América first!, en su precisa y prístina traducción: democracia de violencias y amenazas, libertad que conculca derechos e intimida y -añadido de oportunidad- “¡ay de quien se me resista!” Lo que no duda de expresar en su jerga de matón y utilizando el ultimátum, especialmente contra los palestinos y su movimiento de resistencia: “Se me acaba la paciencia...”, “se desatará el infierno” (en Gaza, como si el trabajo de su compadre Netanyahu hubiera sido el trato caritativo hacia esos millones de seres humanos encerrados y bombardeados).

El lenguaje trumpiano es propiamente hitleriano, si recordamos las repetidas amenazas del nazi en sus reuniones con Chamberlain y Daladier, primeros ministros británico y francés, en la tristemente célebre reunión de Múnich, exigiendo, y consiguiendo, que los líderes occidentales aceptaran el desgajamiento de los territorios checos habitados por alemanes (los sudetes) y se integraran en el Reich. Lo que no impidió que unos meses más tarde Hitler invadiera militarmente Checoslovaquia, estableciendo en Bohemia y Moravia su protectorado y concediendo a Eslovaquia una independencia ficticia y sometida. Trump imita a Hitler cuando expresa sin remilgos que quiere anexionarse Canadá, comprar Groenlandia y recuperar el Canal de Panamá. O cuando coacciona a los Estados latinoamericanos -México, Colombia y Venezuela, en primer lugar- exigiendo la repatriación de emigrantes.


Chamberlain, Daladier, Hitler, Mussolini y su yerno, el conde Ciano, fotografiados antes de firmar los Acuerdos de Múnich.

Reconozcamos, al mismo tiempo, que resulta extraordinaria la similitud de las características fascistas de Trump con las que adornan al neonazi Benjamín Netanyahu, líder del Estado de Israel y notorio criminal internacional, que en varios aspectos atroces supera al gran amigo norteamericano. Hasta el punto de que, analizando atentamente la actualidad internacional, podría incluso destacarse una perceptible “dirección moral-intelectual” de la parte más perversa, la sionista, que en definitiva hace mucho tiempo que lleva uncida a su carro aniquilador a la primera potencia mundial. A este respecto, destáquese la cínica e intolerable comunión de ambos con la ideología bíblica, atribuyéndose la unción divina y, en consecuencia, el respaldo de sus crímenes por tamaño privilegio, que los hace justos a los ojos de Dios.




Y así como Hitler (y Mussolini) abandonaron la Sociedad de Naciones para mejor subvertir el Derecho internacional, Trump abandona la OMS, mantiene el despego (anterior a su presidencia) del Acuerdo climático de París, se retira del Consejo onusiano de Derechos Humanos, amenaza al Tribunal Penal Internacional y... no extrañaría nada que en fecha próxima abandone la propia ONU, a la que desprecia, y sin ninguna duda se burlará de las resoluciones que adopte la Asamblea General cuando condene sus políticas en la esfera internacional. Una actitud que, más o menos, coincide con la de Israel acerca de las organizaciones internacionales, declarando enemiga a la UNRWA, bombardeando a representantes y edificios de la ONU y, por supuesto, riéndose de las advertencias e imputaciones tanto del Tribunal Internacional de Justicia como del Tribunal Penal Internacional.

Los planes de “vaciamiento” de la población de Gaza para expulsar a más de dos millones de palestinos y convertir la Franja en un resort lúdico que maraville a todo Oriente Próximo, tan clara y ferozmente anunciados por Trump y coreados por Netanyahu como “fresca idea” y “propuesta revolucionaria”, son anuncios y aproximaciones de aquella “solución final” nazi que, prevista en el caso israelí para diversas fases y oportunidades, aletea en la mente colonial sionista desde marzo de 1948, cuando una docena de políticos, militares y universitarios trazaron la estrategia de limpieza étnica (sin hacerle ascos a la eliminación física, como se ha ido viendo, especialmente desde 1967). Porque el sionismo, al que tan entusiásticamente se adhieren Trump y su Gobierno, siempre consideró un estorbo a la población palestina, por lo que en sus planes pronto figuró su eliminación, por vía de hecho -mediante expulsión o eliminación- o por la de derecho -vetándole el acceso a la ciudadanía israelí a aquellos que, inevitablemente, hubieran de vivir dentro del Estado de Israel.

Sin duda, los hechos que siguieron al ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 han afianzado la ola fascista que ya era perceptible en la ultraderecha europea, y que viene ocasionando una creciente tendencia en Occidente al autoritarismo y a la adopción de legislaciones racistas y liberticidas (ejemplo altamente significativo es la proliferación en Europa de leyes que castigan la negación del genocidio de los judíos por el nazismo); es decir, la aparición de un fascismo “difuso” occidental y occidentalista. Una ultraderecha que, incluso expresándose de cierta manera como antisemita, es sin embargo prosionista furibunda; y deja claro, en consecuencia, que el sionismo surge en realidad aparte de lo más esencial y respetable del judaísmo. Esto subraya algo muy trascendente: que los sionistas son unos oportunistas que nada tienen de judíos étnicos ni, en consecuencia, de semitas. Así que ese antisemitismo de la ultraderecha europea ha de tomarse como auténtico racismo (en general, simultáneo con una islamofobia no menos rabiosa).

Se trata de un fascismo directa y “legítimamente” surgido de un capitalismo voraz e indisimulado, que nunca ha hecho ascos a los fascismos: todo lo contrario, los ha visto como etapa de multiplicación de pedidos, negocios y beneficios (recuérdense, a este respecto, la Alemania nazi y la Italia fascista de las décadas de 1930 y 1940, jubilosamente saludadas por la industria y el empresariado). Un fascismo, como es el caso de Trump y su equipo, dirigido y usufructuado por empresarios sin escrúpulos y que alinean sus decisiones políticas en orden y concierto con sus apetencias de negocio. Atroz y repulsiva resulta esa iniciativa de Trump por una Gaza eminentemente crematística, que implica el acuerdo con Israel de que sea Estados Unidos y sus empresas (incluidas las de Trump), las que dirijan la transformación tras la limpieza étnica; naturalmente, con joint ventures de codiciosas empresas norteamericanas e israelíes. O los planes de paz para Ucrania, que Trump se reserva para negociar con Putin, y que incluye la apropiación de diversos recursos naturales de la rica Ucrania, en especial las ahora llamadas tierras raras, esenciales para la industria digital.




A todo esto, Europa, es decir, la UE, se siente tocada por las provocaciones comerciales de Trump, que afectan a lo más profundo y sensible de su identidad mercantil, por lo que ha amagado con decir que no a la cuestión de los aranceles y a la blasfemia anti mercado, pero se está adaptando porque sabe que ha de pasar por el aro. Resulta muy curiosa esta “sacudida autárquica” con que se quiere mostrar el país de mayor déficit comercial del mundo… con el detalle agregado, también ajeno a cualquier manual de liberalismo económico, de imponer caprichosamente aranceles y amenazar con agravarlos si los demás hacen lo mismo. Trump y su equipo de descerebrados esperan que con este desorden práctico y teórico van a estimular la economía norteamericana hasta hacerla más poderosa que nunca, imponerla al mundo entero y asegurar su predominio frente a la pujanza china.

Pero Europa, rendida antes de combatir, ya se dispone a trastocar su presupuesto para dotar al rearme de las exigencias del autócrata de la Casa Blanca, ya que a eso no se opone ni mucho menos, y porque le resulta necesario para mantener el autoengaño (empeño, estupidez, prejuicio) de Rusia como enemiga. Esta es una Europa contradictoria, pero desvergonzada y sin honor que, después de haber estado atizando la guerra en Ucrania como punta de lanza sobre el terreno del hostigamiento otánico, quiere ahora que se la tenga en cuenta en las conversaciones de paz, sin duda para poder compartir con Estados Unidos el saqueo anunciado de sus recursos naturales como precio de la paz.

No debe faltar en este análisis una nota sobre Alemania, doblemente enfeudada con Estados Unidos e Israel (tengamos en cuenta que, oficialmente, “el apoyo al estado de Israel es parte de la razón del Estado alemán”), culpable en primer grado de la beligerancia europea con Rusia, después de protagonizar un entendimiento que hubiera cambiado la historia de Europa; y de la que dicen algunos comentaristas, olvidadizos, que con el auge de la ultraderecha filonazi de AfD, “entra en terreno desconocido”, como si no conociéramos suficientemente bien ese terreno y esos recuerdos, que hacen temblar.

Esta Europa se olvida de aquel Múnich y no quiere establecer paralelismo alguno, pese a las evidencias. Y rehúye reconocer que, aprendiendo de la historia y sus repeticiones, debiera deponer su absurda rusofobia para ir trabando un entendimiento, con horizonte en la alianza, con la Rusia actual (volver, en definitiva, a los acuerdos energéticos y comerciales, renunciando a su ruinosa hostilidad). Porque, ahora como en los meses previos a la Segunda Guerra Mundial, las potencias fascistas no respetarán acuerdos ni negociaciones, e irán a por todas; y Rusia vuelve a ser la única barrera contundente frente al diktat, las amenazas y los exabruptos de Trump. Porque si Trump quiere ganarse a Rusia es solo, o principalmente, para evitar una alianza estrecha de Moscú con Pekín, ya que su objetivo verdadero e irrenunciable (herencia, por otra parte, desde los tiempos de Obama) es bloquear a la potencia china, temiendo que acabe con la hegemonía norteamericana. Esta ruptura, inevitable, del (sorprendente, en apariencia) entendimiento Trump-Putin, podrá suceder cuando, por ejemplo, Israel y Estados Unidos decidan provocar y atacar a Irán, como ambos anuncian y desean, ya que el régimen de Teherán es un aliado que Rusia no va a permitir que sea eliminado del panorama político de Oriente Próximo.

En 1938 el Reino Unido y Francia se resignaron a aplacar a Hitler, sin el menor resultado, negándose al entendimiento con la Unión Soviética, que era -y así se demostró- el principal enemigo y anunciado objetivo militar de la Alemania nazi, concretamente, y al mismo tiempo la única potencia capaz de detener y vencer a la poderosa Alemania en Europa. Ahora debieran, con el bloque de la UE, decidirse por la resistencia activa ante Trump y la mejora de las relaciones con Putin, y no acordar -desmemoriados e irresponsables- una alianza militar específica y reforzada contra… Rusia, esperando que la crisis ucraniana se eternice y la debilite; y esto parecen pretender, precisamente, el Reino Unido y Francia. Porque es Rusia la potencia que, ciertamente, resulta ser la que posee las ideas y las armas necesarias para afrontar a los nuevos fascistas. Una Rusia que representa la sensatez y la firmeza, cualidades que no quiere reconocer la maquinaria poderosísima político-mediática de Occidente; más la experiencia del enfrentamiento directo y trágico, pero victorioso, con el fascismo militarista, invasor y exterminador. 

Hora es de recordar el falseamiento que la historia ha hecho de la actitud soviética de concertar con la Alemania nazi un acuerdo de no agresión germano-soviético en agosto de 1939 (el famoso y vituperado Pacto Von Ribbentrop-Molotov), tras el ninguneo irresponsable de la parte franco-británica, que prefirió entenderse con Hitler, y con el objetivo principal y urgente de ganar tiempo para prepararse ante la inevitable ruptura de ese tratado por Hitler, previo al masivo ataque de la Werhmacht a la URSS en junio de 1941. Y de tener en cuenta que aquel pacto, por contradictorio y coyuntural, puede tener actualmente su reflejo, si no reproducción, en el diálogo ruso-norteamericano derivado de la guerra en Ucrania, que con toda evidencia está desprovisto de sinceridad, garantía o futuro, con lo que con casi total seguridad cuenta la Rusia de Putin, que aparece nítidamente diferenciada, en política y prudencia internacionales, de los Estados Unidos de Trump.


Mólotov a punto de firmar, junto a Von Ribbentrop, de pie y con los ojos entrecerrados y con Stalin a su izquierda.

Del caótico marco de las decisiones del presidente Trump en tantos y tan peligrosos ámbitos de las relaciones internacionales algo seguro hay que extraer, y es que de la catadura política y moral de este personaje ningún líder o Estado podrá fiarse, debiendo por el contrario estar preparados para pararle los pies (y cuando antes, mejor).

lunes, 17 de febrero de 2025

La nueva internacional fascista: la oligarquía tecnocrátrica y la amenaza a la democracia

 




Patrones históricos y paralelos modernos



     El surgimiento de una alianza transnacional entre multimillonarios tecnológicos, políticos autoritarios y movimientos de extrema derecha representa a la vez una continuación de patrones históricos y algo sin precedentes en la historia de la humanidad. Para entender este fenómeno, debemos examinar cómo se hace eco de movimientos fascistas anteriores, al tiempo que incorpora nuevos elementos que lo hacen potencialmente más peligroso que sus predecesores históricos.

La alianza clásica entre el capital industrial y los movimientos fascistas en los años 1920 y 1930 nos ofrece un primer modelo histórico. En Alemania, los grandes industriales como Fritz Thyssen y Gustav Krupp inicialmente vieron al Partido Nazi como un baluarte útil contra los movimientos obreros y el comunismo. De manera similar, los industriales italianos apoyaron el ascenso de Mussolini al poder, considerando al fascismo como un medio para suprimir las organizaciones obreras y al mismo tiempo mantener sus privilegios económicos. Este patrón –elites adineradas que apoyan movimientos autoritarios para su propia protección y beneficio– constituye un tema recurrente en el surgimiento de regímenes fascistas.

Sin embargo, los oligarcas tecnológicos de hoy se diferencian de sus predecesores industriales en aspectos cruciales. A diferencia de los Krupp o los Thyssen, cuyo poder estaba en gran medida confinado dentro de fronteras nacionales, figuras como Musk y Thiel operan en un espacio transnacional, ejerciendo influencia en múltiples naciones simultáneamente. Su poder no deriva de la capacidad industrial tradicional, sino del control sobre la infraestructura de las comunicaciones y el comercio modernos, un tipo de capitalismo cognitivo.




La situación actual se asemeja más a lo que el historiador Karl Polanyi identificó en la Europa de entreguerras como el "doble movimiento", en el que el intento de crear sociedades puramente de mercado genera resistencia social, lo que lleva a las élites a apoyar soluciones autoritarias para mantener su poder. Los oligarcas tecnológicos de hoy, que enfrentan una resistencia creciente a su acumulación de riqueza y poder, parecen estar siguiendo un manual similar, pero con herramientas mucho más sofisticadas a su disposición.

No se puede exagerar el papel de las plataformas de redes sociales en este proceso. La adquisición de Twitter/X por parte de Musk, supuestamente con el respaldo de intereses saudíes y rusos, representa una nueva fase en la relación entre el poder oligárquico y el control social. A diferencia de los magnates de los medios tradicionales como William Randolph Hearst, que sólo podían moldear la opinión pública mediante una comunicación masiva unidireccional, las plataformas tecnológicas actuales permiten una manipulación sofisticada del discurso social mediante el control algorítmico y operaciones de influencia dirigidas.

Esta manipulación se hace particularmente evidente en la alineación entre los oligarcas tecnológicos y los movimientos de extrema derecha en varios países. El patrón se asemeja a lo que los historiadores llamaron la "internacional fascista" de la década de 1930, cuando los movimientos fascistas de diferentes países se apoyaban entre sí mientras mantenían fachadas nacionalistas. Sin embargo, la versión actual es más sofisticada, ya que utiliza las redes sociales y el análisis de datos para coordinarse a través de las fronteras mientras mantiene la apariencia de movimientos nacionales separados.

La lógica estratégica que subyace a esta alianza se hace evidente cuando examinamos los precedentes históricos. Tanto en la Alemania nazi como en la Italia fascista, el acuerdo entre las élites económicas y los movimientos fascistas era claro: los industriales brindaban apoyo financiero y legitimidad al régimen a cambio de la supresión de los movimientos obreros y el mantenimiento de sus privilegios económicos. Los oligarcas tecnológicos de hoy parecen estar siguiendo una estrategia similar a escala global, apoyando a los movimientos de extrema derecha que prometen proteger su riqueza y poder mientras suprimen las demandas democráticas de redistribución y regulación económica.

Lo que hace que la situación actual sea particularmente peligrosa es la convergencia de tres tendencias históricas que anteriormente habían aparecido por separado: el poder transnacional del capital (que recuerda a fines del siglo XIX), la alianza entre la riqueza y la política autoritaria (similar a la de los años 30) y capacidades tecnológicas sin precedentes para el control social. Esta convergencia crea posibilidades de control autoritario que habrían sido inimaginables para las generaciones anteriores.

El rápido ritmo de este desarrollo refleja los patrones históricos de toma de poder fascista. Tanto la Marcha sobre Roma de Mussolini como el ascenso al poder de Hitler demostraron con qué rapidez pueden derrumbarse las instituciones democráticas cuando se enfrentan a un ataque coordinado tanto de las élites económicas como de los movimientos de masas. La infraestructura tecnológica actual permite potencialmente una coordinación y un control aún más rápidos, lo que hace que el plazo para la respuesta democrática sea potencialmente incluso más corto que en los ejemplos históricos.



Mecanismos modernos de control y coordinación



Las herramientas y técnicas que utiliza la alianza tecnofascista de hoy representan un salto cuántico con respecto a las capacidades disponibles para los movimientos fascistas históricos. Mientras que los autoritarios anteriores dependían de la propaganda cruda y la fuerza física, los aspirantes a oligarcas de hoy emplean el autoritarismo algorítmico, un sofisticado sistema de control social que opera a través de redes digitales y manipulación de datos.




La transformación de Twitter/X por parte de Musk es un ejemplo de los mecanismos de control autoritario modernos. A diferencia de la manipulación tradicional de los medios, que se basaba en controlar el contenido de los mensajes, las plataformas de redes sociales permiten la falsificación de preferencias, creando la ilusión de un apoyo generalizado a posiciones extremas mientras se suprimen los puntos de vista opuestos mediante la manipulación algorítmica. Esto crea un ciclo que se retroalimenta a sí mismo en el que la opinión pública percibida cambia drásticamente, aunque el sentimiento público real pueda permanecer en gran medida inalterado.

La coordinación entre los oligarcas tecnológicos demuestra que en la esfera política se comportan como si fueran cárteles. Figuras como Musk, Thiel y sus aliados parecen estar dividiendo esferas de influencia: algunos se centran en el control de los medios, otros en los sistemas financieros y otros en la organización política. Esta división del trabajo refleja la forma en que los industriales alemanes coordinaron su apoyo al régimen nazi, pero con mucha mayor sofisticación y alcance global.

Las ambiciones imperialistas de Trump, aparentemente motivadas por el ego personal y el beneficio económico, encajan en un patrón más amplio de autoritarismo cleptocrático. Su enfoque en territorios ricos en recursos como Groenlandia y activos estratégicos como el Canal de Panamá refleja el modo en que Putin y sus oligarcas han tratado a Rusia: como un recurso privado que debe ser explotado en lugar de una nación que debe ser gobernada. La diferencia clave es la escala de la ambición: Trump aparentemente imagina una cleptocracia global en lugar de meramente regional.

La infraestructura tecnológica que sustenta este nuevo autoritarismo crea una conformidad anticipatoria en la que las personas modifican su comportamiento sabiendo que están siendo vigiladas y analizadas. Mientras que la Stasi de Alemania del Este necesitaba cientos de miles de informantes humanos para crear este efecto, las plataformas tecnológicas actuales lo logran automáticamente a través de sistemas de vigilancia digital y de puntuación social omnipresentes.

La coordinación internacional entre líderes autoritarios y oligarcas tecnológicos representa una autocracia distribuida, con centros de poder que parecen independientes pero que en realidad operan en conjunto. La relación entre Musk, varios partidos de extrema derecha en Europa y líderes autoritarios como Putin y Orban demuestra este patrón. Cada uno parece actuar de forma independiente, pero en realidad promueve una agenda común de socavar las instituciones democráticas y concentrar el poder en manos privadas.

No se puede exagerar el papel de la inteligencia artificial en este sistema. A diferencia de los sistemas de propaganda históricos, la IA permite un autoritarismo de precisión con su capacidad de identificar y dirigirse a grupos demográficos, comunidades o incluso individuos específicos con mensajes y manipulaciones personalizados. Esta capacidad hace que las estrategias de resistencia tradicionales, diseñadas para contrarrestar la propaganda masiva, sean cada vez más ineficaces.

El modelo económico que subyace a este nuevo autoritarismo también difiere del fascismo histórico. Mientras que los movimientos fascistas tradicionales hacían hincapié en la autarquía económica nacional, los tecnofascistas de hoy imaginan una especie de globalización oligárquica con libre circulación de capitales y recursos entre autócratas aliados, manteniendo al mismo tiempo un control estricto sobre las poblaciones. Esto explica por qué figuras como Musk pueden promover movimientos nacionalistas y al mismo tiempo dirigir empresas transnacionales.

Tal vez lo más preocupante sea la aparición de una sumisión en cascada: a medida que cada país cae en esta nueva forma de autoritarismo, a las democracias restantes se les hace más difícil resistirse. El proceso refleja cómo las democracias europeas cayeron ante el fascismo en la década de 1930, pero la tecnología de las comunicaciones modernas acelera drásticamente el proceso. Cada transición autoritaria exitosa proporciona lecciones tácticas y recursos adicionales para el próximo intento.

El uso de empresas y sistemas financieros legítimos para fines autoritarios representa una captura institucional y la transformación de organizaciones aparentemente neutrales en herramientas de control autocrático. La adquisición de Twitter/X por parte de Musk, al igual que la inversión de Thiel en tecnologías de vigilancia, demuestra cómo las decisiones empresariales aparentemente privadas pueden servir a objetivos autoritarios más amplios.



Resistencia, respuesta e implicaciones futuras



El orden tecnofascista emergente no es invencible, a pesar de sus sofisticadas herramientas y su alcance global. La historia ofrece lecciones cruciales para la resistencia, aunque éstas deben adaptarse para enfrentar desafíos sin precedentes. La clave para una oposición eficaz radica en comprender tanto las vulnerabilidades del sistema como las nuevas herramientas disponibles para la resistencia democrática.

La primera vulnerabilidad de este nuevo sistema se deriva de su dependencia de la infraestructura tecnológica. Si bien esta infraestructura permite un control sin precedentes, también crea puntos de falla que no existían en los sistemas autoritarios tradicionales. Los trabajadores técnicos, desde los programadores hasta los operadores de centros de datos, tienen un poder potencial con el que los trabajadores de las fábricas de la década de 1930 solo podían soñar. Una huelga coordinada de los trabajadores tecnológicos podría paralizar los mecanismos de control del sistema con mucha más eficacia que una huelga industrial tradicional.

La naturaleza transnacional del nuevo autoritarismo, si bien le otorga un enorme poder, también crea debilidades estratégicas. Los movimientos fascistas históricos podían consolidar el control dentro de las fronteras nacionales, pero los oligarcas tecnológicos de hoy necesitan redes globales para mantener su poder. Esta dependencia crea oportunidades para la resistencia democrática en múltiples puntos de sus redes, desde los centros de datos locales hasta los flujos financieros internacionales.

Los movimientos laborales enfrentan un desafío crucial para adaptar sus estrategias a esta nueva realidad. La organización sindical tradicional centrada en las condiciones laborales debe ampliarse para abordar los sistemas de control tecnológico y los derechos sobre los datos. El éxito de esa resistencia depende de la creación de nuevas formas de solidaridad laboral internacional que estén a la altura del alcance global de los oligarcas tecnológicos. Los recientes esfuerzos de organización en las principales empresas tecnológicas demuestran el potencial de esa resistencia.

Los gobiernos democráticos que aún son capaces de actuar de manera independiente deben actuar con rapidez para impedir una mayor consolidación del poder oligárquico. Esto exige una acción inmediata en varios frentes:

        - Romper con la propiedad concentrada de las plataformas de comunicación.

    - Establecer un control democrático sobre la infraestructura digital crítica.

    - Creación de marcos internacionales para prevenir la manipulación algorítmica del discurso público.

    - Desarrollo de nuevos marcos antimonopolio que aborden los monopolios de datos.

    - Construyendo alternativas públicas a las plataformas digitales privadas.

El papel de las naciones más pequeñas se vuelve crucial en esta lucha. Así como Suiza y Suecia mantuvieron instituciones democráticas durante el período fascista de los años 1930 y 1940, las democracias más pequeñas de hoy podrían servir como reservorios cruciales de práctica democrática y soberanía digital. Países como Estonia, que ha desarrollado una infraestructura digital pública sofisticada, ofrecen modelos de alternativas democráticas al control oligárquico.

Las organizaciones de la sociedad civil deben desarrollar nuevas capacidades para la resistencia digital, lo que incluye la creación de plataformas de comunicación alternativas, el desarrollo de herramientas para detectar y contrarrestar la manipulación algorítmica y la creación de redes internacionales para una respuesta rápida a las iniciativas autoritarias. El éxito de la resistencia digital ucraniana contra la agresión rusa ofrece lecciones importantes para tales esfuerzos.

Los sistemas educativos deben transformarse para formar ciudadanos capaces de reconocer y resistir la manipulación digital. Esto significa ir más allá de la alfabetización digital básica para desarrollar una comprensión crítica de cómo las redes sociales y los sistemas algorítmicos moldean la percepción y el comportamiento. El objetivo debe ser crear poblaciones resistentes a la manipulación tecnológica y capaces de utilizar las herramientas digitales con fines democráticos.

No se puede ignorar la dimensión financiera de la resistencia. Los movimientos democráticos deben desarrollar nuevos mecanismos de financiación independientes de los sistemas financieros tradicionales, que están cada vez más sujetos al control oligárquico. Las instituciones financieras cooperativas, los bancos públicos y las nuevas formas de criptomonedas democráticas podrían desempeñar un papel crucial en la financiación de la resistencia y, al mismo tiempo, demostrar modelos alternativos de organización económica.

La crisis ambiental hace más urgente esta lucha. La visión de los oligarcas tecnológicos de colonizar el espacio y explotar los recursos amenaza con acelerar el colapso ecológico, al tiempo que construye enclaves fortificados para los ricos. La resistencia democrática debe vincular la democracia tecnológica con la sostenibilidad ambiental, demostrando que una acción climática eficaz requiere el control democrático de los recursos y la tecnología.

De cara al futuro, es probable que la próxima década determine si la democracia puede sobrevivir y adaptarse al cambio tecnológico o si entramos en una nueva era oscura de feudalismo tecnológico. El resultado no depende sólo de la resistencia al poder autoritario, sino de nuestra capacidad para desarrollar alternativas democráticas que aprovechen el potencial de la tecnología para el florecimiento humano en lugar de para el control.

Por lo tanto, la tarea que tienen ante sí las fuerzas democráticas es doble: la resistencia inmediata para impedir una mayor consolidación del autoritarismo y la construcción positiva de alternativas democráticas. Para lograrlo, es necesario comprender que no nos enfrentamos sólo a una lucha política, sino a un desafío civilizatorio que determinará el futuro de la sociedad humana en la era digital.

Para vencer a este nuevo fascismo es necesario reconocer que las medidas parciales y las reformas graduales no son suficientes. Así como la derrota del fascismo histórico requirió la movilización total de las sociedades democráticas, para contrarrestar el tecnofascismo se necesita una movilización democrática de amplio espectro en los ámbitos tecnológico, económico y social. El futuro aún no está escrito, pero la ventana para una acción efectiva se estrecha cada día que pasa.



Fuente: LA LENTE ESTRUCTURAL