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martes, 1 de septiembre de 2026

La histórica lucha por la tierra en Colombia comienza a cosechar sus frutos

 

 Por Mauricio Morales   
      Periodista y fotógrafo colombiano radicado en España. Su trabajo se centra en los conflictos en Oriente Medio y Colombia.


La llegada de la extrema derecha al gobierno de Colombia activa la organización y la solidaridad para hacer frente a lo que pueda afectar a una parte del campesinado organizado en un proyecto agroecológico y autogestionado en los territorios


Comienzo de una de las asambleas en la finca Lucha Campesina parte del TECAM de la Serranía del Perijá y el Valle del Río César. Fotografía de Mauricio Morales.


     “Agroecología sin lucha de clase es jardinería”, dice emocionado uno de los miembros de la comunidad de La Libertad, una de las fincas que componen el Territorio Campesino Agroalimentario (Tecam) de la Serranía del Perijá y el Valle del Río César, en la región Caribe colombiana.

En la finca La Libertad, en el municipio de Codazzi, bajo un sol sofocante y envueltos en un espíritu de lucha, se lleva a cabo una de las tantas reuniones y asambleas que la caravana solidaria internacionalista de la Red de Hermandad y Solidaridad con Colombia (Redher) realiza con las comunidades de algunos Tecam que visita, como parte de una acción solidaria de acompañamiento e intercambio de saberes.

Los Tecam son una apuesta política de protección, soberanía y poder popular del campesinado colombiano para luchar por la tierra, la dignidad y la vida. La tenencia y el acaparamiento de la tierra por parte de las élites de terratenientes y multinacionales han sido una de las causas de las resistencias históricas de los movimientos sociales campesinos e indígenas en Colombia.

La gente de la finca La Libertad lo tiene claro. Históricamente han sido víctimas de despojo y desplazamiento forzoso por parte de las mismas élites que, a través del proyecto paramilitar, han forzado a millones de campesinos en la historia de Colombia a abandonar sus tierras para dar cabida a las empresas multinacionales extractivistas, los monocultivos y la ganadería extensiva.

Con la llegada de la ultraderecha al gobierno de la mano de Abelardo de la Espriella una nube de incertidumbre ha puesto en marcha la organización de los movimientos populares en estos territorios y los lazos de solidaridad internacional para defender sus territorios y su proyecto político en los Tecam.

Es por eso que, aunque legalmente se aprobó en el acto legislativo de 2024, esta lucha lleva décadas vigente. Es una lucha que han encabezado organizaciones sociales como la Coordinadora Agrario Nacional (CNA). En el caso específico de esta zona del sur del Cesar, la CNA ha trabajado codo a codo junto al Movimiento de Trabajadores y Campesinos del Cesar (MTCC), que asesora a estas comunidades organizadas.

Desde la recuperación y tenencia de la tierra hasta el desarrollo de los proyectos productivos agrícolas, hay un camino que no solo acaba con la formalización legal de los Tecam, sino con la capacidad de echar a andar el proceso y permanecer en el territorio. Para muchos en el movimiento campesino, los Tecamson una de las puntas de lanza de una de las luchas históricas en Colombia: la Reforma Agraria Integral y Popular.

La lucha por la tierra

La tierra que ahora tienen en los predios de la finca La Libertad se ha luchado. En la noche, alrededor del fuego y cuando el calor comienza a dar un respiro, se reúnen la comunidad y los miembros de la caravana para recordar las historias de lucha por la tierra, los recuerdos de las avanzadas paramilitares y el reguero de muertos y horror que dejaron a su paso cuando comenzaba el milenio.

Pero ese dolor lo transforman en anécdotas que, en ocasiones y con la capacidad única de aquellos que luchan, pueden convertir en risas.

En 2024 comenzaron a recuperar las tierras para los campesinos que estaban en manos de terratenientes. Meterse al monte, acampar y estar en condiciones difíciles con el miedo del paramilitarismo acechándolos. Las brigadas ganaderas solidarias, grupos de seguridad privada nacida de la poderosa agrupación Fedegan, que asocia a poderosos ganaderos y terratenientes en Colombia y que ha estado vinculada a grupos paramilitares, son usadas para contrarrestar las acciones de los campesinos que recuperan las tierras.

Los rodeaban con cientos de camionetas y hombres para presionarlos a abandonar los predios. Pero resistieron hasta donde pudieron. Fueron desalojados de algunas fincas y decidieron seguir su lucha acampando en el cementerio de Casacará durante más de un año. Esa resistencia finalmente les otorgó las tierras que ahora se disponen a trabajar y habitar, concedidas por la Agencia Nacional de Tierras (ANT). “Puede sonar muy bonito lo de lo colectivo, pero si no se construye el poder popular, se queda solo en eso”, dice un miembro de la comunidad que ve la importancia no solo de la tenencia y de la titulación legal de la tierra, sino de la necesidad de tener el poder para tomar decisiones sobre ella.

Paramilitarismo y otras amenazas

Desde 2009, después de las arremetidas paramilitares que despojaron a miles de campesinos del sur del Cesar, la empresa minera estadounidense Drummond comenzó a explotar carbón en una mina de cielo abierto cerca del pueblo de Casacará. Las comunidades denuncian las afectaciones particulares de este tipo de minería: sobre los recursos hídricos, ruidos de la mina, polvillo de la explotación del carbón e hipervigilancia de la seguridad privada de la mina, que ha colocado cámaras de seguridad dirigidas a las vías públicas cercanas a la finca La Libertad.

“El paramilitarismo no se ha ido”, dice la comunidad, que teme otra arremetida con la llegada del gobierno del ultraderechista Abelardo de La Espriella, pero algo tienen claro: “De acá no nos vamos”. “Acá nada se ha regalado. ¡Acá todo ha sido producto de la lucha!”, dice Gladis Rojas en una asamblea en el pueblo de Micoahumado, en el sur de Bolívar, una mujer que hace parte del liderazgo del proceso del Tecam de la Serranía de San Lucas.

Gladis, con una formación en pedagogía popular, lleva inmersa en los movimientos sociales y populares desde que tenía 15 años y está especialmente vinculada a los procesos populares del sur de Bolívar y el Magdalena Medio. “En el sur de Bolívar ha habido una ausencia total del Estado, muy mínima, muy ineficaz. La única presencia es la militar, que no ha servido sino para reprimir a la gente, porque frente al paramilitarismo hay una total connivencia, una postura de no hacer nada para detenerlos. Ellos han avanzado, se han posesionado, controlan con el beneplácito de la fuerza pública. El sur de Bolívar es una de las zonas más militarizadas del país, tiene alrededor de 5.000 efectivos, y el paramilitarismo controla; ahí queda clara la estrategia”, dice Gladis, que también reflexiona sobre la deuda que el gobierno de Petro tuvo con el territorio, donde el paramilitarismo se expandió en este periodo que termina.

Gladis también apunta la importancia de las mujeres en este y otros procesos: “Para nosotras en el territorio, una prioridad es la organización de las mujeres, que son esa fuerza incontenible que a veces no se ve pero se siente. Las mujeres han estado en los momentos más difíciles al frente, de la mano con los compañeros resistiendo; entonces necesitamos que ellas estén fortalecidas para la lucha común y la propia”. La violencia y la amenaza paramilitar es más palpable en este territorio. Ataques recientes a casas y escuelas campesinas en algunas veredas cercanas a Micoahumado así lo evidencian, así como el asesinato sistemático de algunos liderazgos, como el del querido líder Narciso Beleño, asesinado en 2024 por organizarse junto a otros campesinos y denunciar el incremento de la arremetida paramilitar que pretende tomarse el pueblo y las veredas del territorio donde está el Tecam.

En el cementerio de Micoahumado, los pobladores recuerdan a sus muertos. Todavía se ven las trincheras en las que el ejército colombiano tomó posición dentro del casco urbano de la población, poniendo a la gente en peligro en combates con estructuras del Ejercito de Liberacion Nacional (ELN) en el año 2019. El grupo insurgente ELN también tiene presencia en la zona, donde libra combates con las fuerzas paramilitares que acechan al pueblo.

Este grupo insurgente es ahora, después de la desmovilización de las FARC-EP, el grupo armado con el que Petro no pudo avanzar en la negociación de paz.

La solidaridad como lazo activo

“No estamos solos. No están solos”, se escucha en cada asamblea en la que los caravanistas nacionales e internacionales se reúnen con las comunidades de los diferentes Tecam en un ejercicio de acompañamiento y discusión política. Los miembros de la caravana comparten luchas: la lucha por la tierra de las comunidades campesinas e indígenas de Guatemala, el movimiento de trabajadores rurales sin tierra de Brasil y su efectiva organización, las luchas por la defensa del medio ambiente y anticapitalistas en Portugal, los movimientos por la vivienda en el Estado español, la resistencia de las organizaciones rurales en El Salvador.

Los Tecam, la lucha campesina en Colombia y la solidaridad internacionalista, hoy más que nunca se busca afianzar para defender lo conquistado ante la llegada de la ultraderecha al gobierno y a las instituciones del Estado colombiano. Las violencias estructurales del sistema de expolio en Colombia, la negación histórica a una vida digna del campesinado, las violencias de la guerra y el proyecto paramilitar han dejado heridas profundas en el corazón de muchas y muchos campesinos, pero estas se han transformado en una de las bases de la lucha por ese mundo nuevo que llevan en sus corazones.

Fotogalería de Mauricio Morales:


La comunidad de la finca de la Libertad del TECAM de la Serranía del Perijá y el Valle del Río César, se reúnen y hacen un ejercicio de memoria de las violencias que han sufrido.


La comunidad de la finca de la Libertad del TECAM de la Serranía del Perijá y el Valle del Río César. y el campamento de la caravana de REHER.


La cocina, los alimentos se manejan de manera colectiva por la comunidad de la finca, la Libertad.


Reportaje TECAM Colombia – 4.


El acceso al agua es uno de los desafíos de la comunidad de la finca de la Libertad, con un verano y una sequía fuerte, cuentan con pocas fuentes de agua, para el consumo y riego.


Recorrido por las trochas del TECAM de la Serranía de San Lucas.


Fuente: El Salto

sábado, 6 de junio de 2026

La luna es de todos

 

      Arquitecto y doctor en Teoría e Historia de la Arquitectura.


Una lectura de la carrera espacial en clave de diseño


Imagen de la Tierra desde la Luna.


     Cuando a principios del mes de abril de este año la cápsula Orion de la misión Artemis II de la NASA orbitó durante unos minutos la cara oculta de la luna, a más de uno le vino a la memoria lo que sucedió el 20 de julio de 1969. Aunque muchos ni siquiera habíamos nacido por entonces, es fácil establecer el vínculo con aquel día en que el módulo Eagle de la misión Apolo 11 alunizó en el llamado Mar de la Tranquilidad, proporcionando uno de los momentos más memorables de la historia del siglo XX. Memorable en el sentido literal de la palabra, no solo por su mérito para ser recordado, sino por su capacidad para construir memoria colectiva a su alrededor. Son ese tipo de episodios cuyos detalles quizás no recordamos con precisión, pero sí las circunstancias en las que los vivimos: a casi nadie se le olvida qué hacía durante el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York, dónde estaba cuando cayó el Muro de Berlín, o cómo siguió (quien pudo) la llegada de los humanos a la luna. Tampoco es que en casos como este se dé mucha opción al olvido: ya se encarga la ficción audiovisual norteamericana de incluirlos en cualquier relato de época mínimamente nostálgico (véase desde Forrest Gump hasta Mad Men).

Llama la atención que la retórica aplicada a la reciente misión Artemis II fuera tan semejante a la del Apolo 11, prácticamente reclamando la misma trascendencia, cuando en términos físicos –y desde el desconocimiento de los detalles– la hazaña que se persigue ahora no parece ser tan distinta a la que llevaron a cabo las más de veinte misiones Apolo entre 1961 y 1972. Algunas de aquellas misiones fueron científicamente muy exitosas, como las que permitieron explorar la superficie del satélite desde el famoso rover lunar, un vehículo que casi podemos asociar a las películas de ciencia ficción. Otras han caído en un cierto olvido, como el accidente del Apolo 1 en 1967 durante las pruebas del cohete en tierra. O han sido reconstruidas heroicamente, como el viaje de la misión Apolo 13 en abril de 1970, cuando un fallo técnico obligó a sus tripulantes a dar media vuelta rodeando literalmente la propia luna. El esfuerzo de aquellas décadas se entiende si lo ponemos en el contexto de la Guerra Fría y la carrera espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética, cuando durante casi dos décadas (entre los cincuenta y los setenta) ambas potencias desarrollaron tecnologías espaciales paralelas. A estas alturas a nadie se le escapa que detrás del relato propagandístico y el imaginario sociotécnico de exploración y colonización del espacio había una necesidad de inversión en investigación que permitió alimentar de conocimiento a sus industrias tecnológicas y militares.

Al margen de las innumerables lecturas que se pueden seguir haciendo de todo aquel periplo, siempre ha sido fascinante observarlo desde la perspectiva del diseño, especialmente por las aproximaciones tan dispares que se producían a un lado y otro del Telón de Acero. Mientras la URSS inauguraba la exploración espacial en 1957 con el satélite Sputnik, Estados Unidos lanzó a los pocos meses el satélite Explorer 1. El satélite ruso era básicamente una robusta esfera de aluminio de más de medio metro de diámetro y casi 85 kg de peso con cuatro antenas, diseñada por el equipo de Serguéi Koroliov (el responsable, entre otras hazañas, de enviar a la perrita Laika, a Yuri Gagarin o a Valentina Tereshkova al espacio); el satélite norteamericano era un dispositivo ligero de forma fuselada y aerodinámica, con más de dos metros de largo, un diámetro inferior a 20 cm y un peso de poco más de 8 kg, diseñado por los equipos de William Hayward Pickering, James van Allen y Wernher von Braun (este último, un personaje controvertido por su pasado vinculado a las SS, considerado el homólogo americano de Koroliov y el auténtico arquitecto de los cohetes que impulsaron las misiones Apolo).

Mientras que los soviéticos confiaron en la robustez y fiabilidad de dispositivos de uso complejo, basados en tecnologías consolidadas y funcionalidades prácticamente indestructibles, los norteamericanos exploraron (y lo siguen haciendo) la aplicación de las tecnologías más avanzadas (coloquialmente, y nunca mejor dicho, rocket science), en busca de la máxima eficiencia, la ergonomía o la automatización de funcionalidades, facilitando la experiencia de uso de sus dispositivos a usuarios no tan especializados. Por eso no es casual que los soviéticos confiaran el diseño de sus estaciones espaciales a la conocida como “arquitecta del espacio” Galina Balashova (famosa por su trabajo casi invisible de adaptación humana de una ingeniería modular estandarizable), mientras que los norteamericanos encargaron el proyecto de la estación espacial Skylab a Raymond Loewy (uno de los padres del diseño industrial comercial y pionero del streamlining). En definitiva, un doble paradigma fascinante de observar.


La estación espacial Skylab, diseñada por Raymond Loewy.

No es difícil trazar el origen del modelo soviético –al que en muchos contextos se sigue conociendo irónicamente como “diseño ruso”– si pensamos en los planteamientos del constructivismo del primer tercio del siglo XX (especialmente tras la revolución bolchevique de 1917 que, entre otras muchas cosas, permitió la fundación del centro de diseño ruso por excelencia, el Vjutemás). Allí la simplicidad de las formas geométricas alimentaron un imaginario popular del arte y la industria, ambos puestos en relación con una cierta funcionalidad social, en contraste con movimientos contemporáneos occidentales de carácter más burgués, como el Art Nouveau. Una visión que se consolidó con el comunismo y con la necesidad de generar confianza en una producción colectiva sin competencia, sin marketing, sin generar apetencia por el consumo. Todo lo contrario que en el contexto occidental.


Estación espacial MIR, según un diagrama de Orionist.

Aunque el desarrollo tecnológico y el apoyo a la industria fueron también argumentos fundamentales para comprender el diseño y la arquitectura del siglo XX en Occidente, aquí la evolución tuvo relación con la deriva del sistema económico capitalista. Existe toda una historiografía del diseño moderno que se esforzó por mostrar esas relaciones entre arte y técnica, con Platz, Read, Mumford, Pevsner, Behrendt, Richards, Giedion, Banham o Maldonado como referentes. De su lectura destaca la contradicción –expresada en términos marxistas– entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción. La conciencia social y cultural modernas de la técnica y del diseño se hicieron inseparables de la discusión en torno al fordismo, la productividad, la racionalización o la tipificación. Y fue precisamente su declive, el rechazo del “rigorismo aséptico de la ética protestante” (en palabras de Maldonado parafraseando a Webber) lo que dio origen al styling o al kitsch entre otras expresiones de la postmodernidad. Expresiones fundamentales para favorecer una economía de mercado basada en el consumo.

Un episodio fascinante para observar el contraste entre estas dos perspectivas fue el conocido “debate de la cocina” que en 1959 mantuvieron el primer secretario del partido comunista soviético Nikita Jrushchov (precisamente el responsable político de los hitos logrados por la Unión Soviética en la carrera espacial) y el entonces vicepresidente de los Estados Unidos Richard Nixon. El contexto fue la Exposición Internacional Estadounidense que se organizó en Moscú aquel año, solo unos meses después de una muestra soviética equivalente en Nueva York, ambas promovidas al inicio de la Guerra Fría con intenciones puramente diplomáticas, pero sumamente jugosas por la comparación de imaginarios tan dispares entre la propaganda comunista y el exhibicionismo capitalista.


El debate de la cocina entre Nikita Jrushchov y Richard Nixon.

Mientras que la muestra soviética destacó por su exaltación de la ciencia con réplicas de los satélites Sputnik como protagonistas, la exposición en Moscú fue todo un alegato de la vida doméstica norteamericana suburbana, el American Way of Life. En medio de una escenografía representada por una cocina multi-equipada y literalmente diseccionada (motivo por el que se conoció al escenario irónicamente como splitnik) Nixon presumió con vehemencia de la producción de los electrodomésticos y los bienes de consumo que hacían la vida más feliz a los estadounidenses. Y no con menos rotundidad Jrushchov puso en duda tanto la necesidad de los productos como su accesibilidad a todos los públicos. Casi resumió la definición mítica que Victor Papanek hizo del marketing, al que acusó de estar dedicado a convencer a la gente para que compre cosas que no necesita, con dinero que no tiene, para impresionar a personas a quienes no le importa. Lo curioso es que semejante panegírico de la economía liberal fue vestido por tres de los estudios de diseño más importantes del momento –George Nelson (diseñador responsable de la exposición), Charles y Ray Eames (autores de la mítica instalación audiovisual Glimpses of the U.S.A. para la muestra) y Buckminster Fuller (creador de la cúpula geodésica que sirvió como espacio principal)–, situando la disciplina en una conexión más que simbólica con el capitalismo.

Es evidente que el desarrollo tecnológico alcanzado por Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial (siendo prácticamente la fábrica de Europa durante algunos años) se materializó en el desarrollo floreciente de una economía basada en la producción de bienes de consumo, pero no menos fundamentada en la producción de materiales. Esto a su vez se convirtió en un argumento esencial para la promoción del optimismo tecnológico en el diseño, la arquitectura y la ingeniería norteamericanas. Optimismo tecnológico que tuvo su propia expresión plástica, como la arquitectura High Tech (corriente que paradójicamente triunfó especialmente en el Reino Unido). De una manera resumida –según la definición que acuñó el historiador Colin Davies–, el High Tech se caracterizó por el uso de metal y vidrio expresados de manera honesta, por la encarnación de ideas sobre producción industrial haciendo uso de industrias externas a la propia industria de la construcción, y por el planteamiento prioritario de la flexibilidad en el uso. Ahora bien, si a menudo se habla de la muerte de la arquitectura moderna el 15 de julio de 1972, con la voladura del fallido complejo residencial Pruitt-Igoe en Missouri, también se ha puesto fecha a la muerte de la arquitectura High Tech: el 28 de enero de 1986, precisamente el día de la explosión accidental del transbordador espacial Challenger frente a millones de espectadores que veíamos el despegue por televisión (otro momento tristemente memorable). La causa de la tragedia, hoy lo sabemos, fue el fallo de una junta de neopreno, el débil paradigma de los excesos de la alta tecnología.

Los excesos de la nueva carrera espacial son otros, fáciles de identificar teniendo en cuenta el peso de tecno-oligarcas como Elon Musk con SpaceX, Jeff Bezos con Blue Origin, o Richard Branson con Virgin Galactic. Viniendo de una exploración espacial basada en el colonialismo propagandístico del siglo XX, seguramente debiéramos estar atentos a la voluntad extractivista de los intereses privados, a la acumulación de poder independiente de control gubernamental, o a la naturaleza monopolística de los mercados que promueven estos gurús de las industrias del futuro. Todos ellos estarán presentes en la promoción, entre otras, de la futura base lunar, o en la definición de hábitats adaptados a las condiciones físicas y psicológicas de la vida lejos de la Tierra. Y todos ellos monetizarán con datos e influencia geopolítica sus inversiones. Como sea, esperemos que haya todavía espacio para la reacción, para poner en valor aquello que se cantaba en Good News, el musical de 1927: “La luna nos pertenece a todos; las mejores cosas de la vida son gratis / Las estrellas son de todos; brillan ahí para ti y para mí”.


Fuente: Ctxt

viernes, 8 de mayo de 2026

Entre la luna y la guerra

 

      Activista politico social de la izquierda.


Desde la luna una humanidad indivisa, en la tierra un mundo que se arma.


     El 7 de abril, a más de 400.000 kilómetros de distancia, el piloto de Artemis II, Víctor Glover, describía la Tierra como “un oasis frágil”, “un salvavidas en la inmensidad del espacio”. Desde allí arriba -decía- no hay fronteras. Ni bloques. Ni hay enemigos. Solo una esfera vulnerable compartida por todos. Ese mismo día, el presidente estadounidense Donald Trump advertía al mundo de que “toda una civilización podría morir esta noche”, en el último episodio de una escalada destructiva y retórica dirigida contra Irán. Dos discursos simultáneos. Dos formas de mirar el mismo planeta: una que lo reconoce como hogar común y otra que lo convierte en objetivo.

No es una contradicción menor, pero sí el síntoma de una época. Mientras la exploración espacial nos obliga a pensarnos como especie, la política internacional dominante insiste en organizarnos como enemigos. Mientras la tecnología permite ampliar el horizonte humano, el poder de las élites la utiliza para perfeccionar la destrucción. No hay paradoja: hay coherencia interna.

El mismo sistema que financia la conquista de la Luna sostiene la economía de la guerra en la Tierra. Ya sabemos que la guerra no es un accidente sino un negocio. Comercio lucrativo que necesita algo más que armas: necesita relato, necesita miedo y una opinión pública dispuesta a aceptar que el conflicto permanente es inevitable. Y ahí es donde entra en juego una arquitectura de poder cada vez más visible: la alianza entre industria militar, corporaciones tecnológicas y grandes medios de comunicación. No es una simple teoría, es toda una estructura. El llamado Complejo Militar Industrial-Mediático opera como un sistema integrado, especialmente en Estados Unidos.

La industria de defensa no solo fabrica armamento: financia indirectamente a los grandes conglomerados mediáticos mediante publicidad, patrocinios y redes de influencia. Al mismo tiempo, Silicon Valley -epicentro global de las empresas de innovación y alta tecnologia más influyentes del mundo- ha dejado de ser un actor neutral para convertirse en proveedor estratégico de infraestructuras militares. Empresas como Palantir trabajan con datos de guerra. Microsoft y Amazon gestionan sistemas críticos del Pentágono y de inteligencia. Google y Meta desarrollan algoritmos que sirven tanto para vender publicidad como para identificar objetivos o vigilar poblaciones. La frontera entre tecnología civil y militar ha desaparecido sin apenas debate público.

En el centro de esta red están los grandes fondos de inversión —BlackRock, Vanguard y State Street—, que participan simultáneamente en empresas de armamento, tecnológicas y mediáticas. Es decir: los mismos intereses financieros atraviesan la producción de armas, la infraestructura digital y la construcción del relato informativo. El resultado no es una conspiración sino algo más inquietante: una normalidad, en la que los conflictos se explican siempre desde la lógica de la amenaza.

Y en la que el aumento del gasto militar aparece como una necesidad técnica, no como una decisión política.

Los expertos que analizan las guerras en televisión proceden, con frecuencia, de las mismas estructuras que se benefician de ellas. Las “puertas giratorias” no son una anomalía sino parte del mecanismo. Generales retirados que comentan conflictos en cadenas como CNN o BBC mientras asesoran a empresas de defensa. Think tanks (laboratorios de ideas) financiados por contratistas militares que elaboran informes convertidos en fuente primaria para periodistas. Un circuito cerrado donde la información no se inventa, pero se orienta.

Europa ejerce la misma lógica aunque la gestione con otros códigos. Aquí el vínculo entre industria de defensa y poder político es más explícito. Empresas como Airbus, Rheinmetall o Leonardo están profundamente ligadas a sus Estados, que promueven el rearme bajo el argumento de la autonomía estratégica. El discurso es conocido: más gasto militar equivale a más seguridad y más crecimiento económico.

Pero también en el Mediterráneo el relato necesita altavoces. En Francia, Dassault Aviation — fabricante de los cazas Rafale— está vinculada al grupo propietario de Le Figaro. En España, Indra Sistemas mantiene conexiones con el grupo Prisa, editor de El País y la Cadena SER. En Italia, el modelo alcanza una forma casi estructural: el grupo Leonardo, con fuerte participación estatal, convive con conglomerados mediáticos vinculados a grandes familias industriales. No se trata de censura directa. Se trata de algo más eficaz: un marco mental compartido. La inversión en defensa se presenta como sinónimo de innovación, empleo y modernización. El debate ético desaparece.

La guerra se convierte en un asunto técnico, casi administrativo. Y cualquier cuestionamiento queda desplazado al terreno de lo ingenuo o lo irresponsable. A ellos se suma un elemento clave: la producción de legitimidad. Foros, congresos, publicaciones especializadas y expertos recurrentes, exmilitares o ex ministros, que acceden mediante “puertas giratorias” inundan los informativos y tertulias de los medios.

Buena parte de estos espacios están financiados por las propias corporaciones del sector. No imponen discursos de forma explícita, pero delimitan el campo de lo pensable. Y con eso les basta para hegemonizar el “sentido común” En el eje Grecia-Turquía esta dinámica se combina con el nacionalismo. El gobierno de Recep Tayyip Erdoğan ha impulsado empresas como Baykar, fabricante de drones utilizados en varios conflictos, en una relación estrecha entre poder político, industria y relato de orgullo nacional. La guerra, en este caso, no solo se justifica: se celebra como demostración de capacidad.

Todo encaja. Un sistema que necesita conflictos para sostener su rentabilidad. Un ecosistema mediático que convierte esos conflictos en inevitables. Una infraestructura tecnológica que los hace más eficientes. Y una ciudadanía expuesta a un flujo constante de información y uso de eufemismos, que normalizan la excepcionalidad. Mientras tanto, desde la Luna, la Tierra sigue siendo lo que siempre ha sido: una esfera frágil sin fronteras visibles.

Pero aquí abajo seguimos trazándolas con precisión quirúrgica. Seguimos necesitando dividir para gobernar, clasificar para intervenir, señalar para destruir. Y lo hacemos con herramientas cada vez más sofisticadas y con relatos cada vez más pulidos. Quizá el problema no sea la distancia desde la que miramos el mundo sino los intereses que deciden cómo debemos verlo. Porque el verdadero salto tecnológico quizás no consiste en viajar más lejos sino en cambiar la mirada. Y eso -a diferencia de los cohetes- no parece estar en la agenda.



Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu


jueves, 5 de marzo de 2026

Después del fin de la humanidad

 

      Escritor y filósofo italiano. Activista de la izquierda.


      Es innegable que la raza humana aún existe. Actualmente, los humanos son más numerosos que en cualquier otra época anterior, aunque su número esté destinado a disminuir rápidamente debido a la disminución de la natalidad.

Sin embargo, esto no significa que la humanidad exista.


Ypsilon, Bolonia.

Permítanme definir la palabra “humanidad” a partir de cuatro criterios, sin pretender ser exhaustivo.

  1. El primer criterio lo encontramos en el Horatio de digitate homini (Discurso sobre la dignidad del hombre), de Pico della Mirandola (1486): la libertad ontológica se basa en la independencia del hombre respecto de toda determinación divina: libertad de existencia respecto de toda esencialidad.

  2. El segundo criterio es el que el cristianismo pone en el fundamento de su predicación: la compasión, el reconocimiento del dolor del otro como el propio dolor y (yo añadiría) el reconocimiento del placer del otro como el propio placer.

  3. El tercer criterio surge con la Ilustración, en la que la cultura judía jugó un papel protagonista, y evolucionó con el internacionalismo obrero, en el que la cultura judía también jugó un papel protagonista: el universalismo, la igualdad de derechos.

  4. El cuarto criterio es la facultad de pensar, es decir, la capacidad de distinguir independientemente entre lo verdadero y lo falso, de elaborar conceptos y de establecer conexiones lógicas entre enunciados.

Ninguno de estos cuatro criterios corresponde a la condición actual de los humanos en la Tierra.

  1. La libertad ontológica (independencia de Dios) ha desaparecido a medida que la conexión tecnológica, sometida al dominio capitalista, ha restaurado a Dios como una inteligencia superior cuyo poder de determinación aniquila la intencionalidad humana. Finanzas y guerra: aniquilación de la voluntad humana.

  2. La compasión ha sido progresivamente borrada a medida que la percepción del cuerpo del otro se virtualiza y el odio al otro se exalta como la virtud cívica primaria, de modo que el exterminio ha reemplazado a la ley: la compasión ha muerto.

  3. El universalismo está actualmente en vías de desaparición: la competencia es el paradigma de la vida social y la supervivencia del yo implica la eliminación del otro, mientras el Occidente colonialista en decadencia ha desatado una ofensiva racista global.

  4. Por último, pero no menos importante, la capacidad de pensar está desapareciendo como resultado de la penetración del autómata lingüístico en el circuito de la comunicación interhumana: la simulación de procesos lógicos está destinada a reemplazar la actividad del pensamiento dentro de una o dos generaciones.

La humanidad comenzó a desaparecer cuando la guerra se apoderó del trabajo intelectual y el nazismo desató el exterminio de los judíos europeos.

Los alemanes, transformados en bestias por la humillación de la posguerra, infligieron al pueblo judío una herida tan terrible que jamás pudo sanar. La consecuencia (quizás inevitable) de ese trauma fue la formación de una entidad política y militar que hizo del odio a la humanidad su razón de ser. Israel es el nombre de esta entidad, nacida del genocidio y destinada a perpetuarlo.

En la segunda mitad del siglo XX, creímos que era posible sanar las heridas sufridas por la humanidad. Pero era una ilusión: el genocidio domina el horizonte del siglo XXI, y la supervivencia de la raza humana tras el fin de la humanidad es el destino más terrible que podría sobrevenirnos. Que esta agonía no dure mucho es la única esperanza que podemos albergar.



Fuente: ILDISERTORI

lunes, 8 de diciembre de 2025

Los pueblos frente al fracaso ecocapitalista

 

 Por José Seoane   
      Profesor e investigador en la Facultad de Ciencias Sociales y miembro del Grupo de Estudios sobre América Latina y el Caribe de la Universidad de Buenos Aires.


Fue en la posguerra, al compás de la significación creciente que adquiría la problemática ambiental, cuando surgieron y se multiplicaron los estudios científicos sobre el papel de las emisiones de dióxido de carbono en la elevación de la temperatura de la Tierra y sobre sus potenciales efectos catastróficos


     Entre los años sesenta y setenta se consolidó el consenso científico sobre el llamado cambio climático que en la década siguiente se transformó en voz de alarma. Y a principios de la década siguiente la Convención Marco sobre cambio climático adoptada por los países miembros de las Naciones Unidas reconoció que  “las actividades humanas han ido aumentando sustancialmente las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera… lo cual dará como resultado, en promedio, un calentamiento adicional de la superficie y la atmósfera de la Tierra y puede afectar adversamente a los ecosistemas naturales y a la humanidad” siendo que “tanto históricamente como en la actualidad la mayor parte de las emisiones… han tenido su origen en los países desarrollados”.




Y, pocos años después, se adoptó el primer acuerdo internacional para reducir esas emisiones, el Protocolo de Kioto,  en el que los países industrializados se comprometían a reducirlas “a un nivel inferior en no menos de 5% al de 1990 en el período de compromiso comprendido entre el año 2008 y el 2012”.

Casi treinta años después el panorama no podría ser más contrapuesto y amenazante. Las mediciones oficiales señalan que entre 1991 y 2021 se emitió más dióxido de carbono que en los dos siglos anteriores, siendo que esas emisiones no han dejado de crecer año tras año, a excepción de 2020 bajo la pandemia de COVID. La misma tendencia creciente experimentaron las concentraciones de estos gases de efecto invernadero en la atmósfera. El calentamiento global ha dejado de ser una advertencia de científicos y gobiernos para convertirse en el despliegue recurrente de fenómenos meteorológicos extremos que golpean y afectan hoy la vida de poblaciones y territorios. El propio Secretario General de Naciones Unidas reconoció hace unos años que “ha llegado la era del hervor global” afirmando que “el cambio climático está aquí. Es aterrador. Y es solo el principio… la única sorpresa es la velocidad del cambio”. Esa es la realidad actual, el cambio climático se ha transformado en crisis, en crisis climática.


Emisiones de CO2 (toneladas métricas per cápita).

Las mediciones internacionales sobre la evolución de la temperatura media global terrestre indican la misma presentificación de esta crisis. 21 de los 22 meses transcurridos entre julio de 2023 y abril de 2024 registraron incrementos iguales o mayores a 1,5 °C, uno de los límites a no superar según los compromisos asumidos en el Acuerdo de Paris, y el año 2024, que superó ese límite, se convirtió en el más cálido desde que se tienen registros.


Los vehículos de pasajeros grandes y pesados ​​fueron responsables de más del 20% del crecimiento de las emisiones globales de CO2 relacionadas con la energía el año pasado.

La propia Organización Meteorológica Mundial reconoció que existen grandes posibilidades de superar la marca de los 1,5 °C en el quinquenio 2025–2029, una estimación que comparten estudiosos y movimientos populares. Pero no requerimos necesariamente de estas evidencias para dar crédito a la presencia y gravedad de esta situación, afrontamos hoy sus efectos en la vida cotidiana, en particular, con la evolución de colapsos climáticos locales recurrentes que avanzan afectando diferentes lugares a lo largo y ancho del mundo.

Es claro que las soluciones ecocapitalistas que se han implementado en las décadas pasadas han fracasado estrepitosamente. Ni la mercantilización del clima con los mercados de carbono ni el solucionismo tecnológico que reduce el cambio al uso de las energías renovables han conseguido reducir las emisiones y salir del rumbo que lleva a la catástrofe. La máquina del capitalismo fósil y los intereses de una elite que se beneficia del mismo han podido imponerse hasta ahora. Y cuando el cambio del clima se transforma en crisis, cuando esa crisis se expresa en múltiples dimensiones de la vida social con recesión y desigualdad, con autoritarismos y violencia, con la expansión de la guerra y la militarización, cuestionando al capitalismo moderno colonial, la llegada de las extremas derechas levanta las banderas del negacionismo climático.

En otras oportunidades hemos analizado las recetas del solucionismo tecnológico de mercado, de la llamada economía verde y el Green New Deal, sus vinculaciones con las racionalidades neoliberales y sus consecuencias societales. En este caso, nos proponemos reflexionar sobre las significaciones que adopta la historia y los efectos de poder de esa narrativa que niega la crisis climática y sus orígenes sociales.

Del negacionismo climático al ecofascismo

No se trata de que las elites desconozcan el cambio climático, su dinámica y efectos presentes y futuros. El selecto grupo de empresarios, gerentes y políticos que participan del Foro Económico Mundial de Davos identificaron entre los riesgos más importantes a afrontar en la próxima década a los eventos climáticos extremos y al cambio climático de los sistema terrestres.

Y el propio Donald Trump que impulsa el abandono de las negociaciones y acuerdos internacionales sobre el calentamiento global y ataca estas políticas y saberes científicos incluso en el plano nacional, no modificó el monitoreo y planificación del Departamento de Estado y el Pentágono sobre los efectos del cambio climático, así como sus amenazas de comprar o anexar Groenlandia y Canadá se inspiran en que el deshielo de esos territorios permitirá la explotación de estimados bienes naturales y abrirá la ruta marítima del Ártico al comercio internacional.




Así, no es la ignorancia sino el interés lo que sostiene al negacionismo climático. Por una parte, se trata de rechazar toda intervención o regulación pública estatal de la economía, así tenga inspiraciones ecológicas, en consonancia con los preceptos que guían las ideas neoliberales. Para este campo de pensamiento, particularmente para sus expresiones libertarias y anarcocapitalistas como la que formuló el economista estadounidense Murray Rothbard, la problemática socioambiental, junto al feminismo, forman parte de esa agenda nominada como woke que utilizan las fuerzas de izquierda para sostener hoy su crítica al capitalismo contemporáneo y su demanda de intervención estatal.

Pero, por otra parte, el rechazo a las políticas nacionales o internacionales que promuevan cierta transición ecológica, particularmente en el campo de las fuentes de energía, encuentra el inicial y más potente sustento en el complejo industrial hidrocarburífero particularmente afectado por estos cambios. Entre estas corporaciones se cuentan las grandes petroleras, las llamadas “siete hermanas” señaladas como responsables de tantos golpes de Estado y guerras que plagaron de dolor la historia de los pueblos del Sur del mundo. Son justamente estas empresas las que promovieron y financiaron redes de ONG, científicos, periodistas, medios, instituciones, coaliciones de la sociedad civil y fueron construyendo los dispositivos y los discursos del negacionismo climático.

Se trata de un proceso similar al experimentado con las tabacaleras en los Estados Unidos en la posguerra en lo que podría bautizarse como la estrategia Philips Morris. Aún a sabiendas que el consumo de cigarrillos provocaba cáncer y otras afecciones a la salud humana, cuestión que conocían desde mediados de los años cincuenta, las empresas del sector lo mantuvieron en secreto, lo negaron por todos los medios y llevaron a cabo campañas publicitarias engañosas, mintieron bajo juramento, incidieron sobre los responsables políticos y financiaron investigaciones sesgadas para crear confusión y ocultar sus responsabilidades mientras proseguían con sus negocios e incrementaban sus ganancias.

Esa fue la respuesta del capital. La defensa del lucro privado en desmedro de la vida. Y es la misma que llevan adelante hoy las petroleras y el complejo hidrocarburífero frente a la crisis climática, planteando una amenaza mucho mayor sobre las poblaciones y ecosistemas, sobre la vida humana y no humana.


Las predicciones climáticas mundiales indican temperaturas en niveles sin precedentes o cercanas a ellos durante los próximos 5 años.
  

De este modo, frente a la creación del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (conocido por sus siglas en inglés IPCC por Intergovernmental Panel on Climate Change) en 1989, la compañía Exxon Mobil promovió la creación de la Global Climate Coalition que se transformó en el mayor grupo de presión sobre política climática a nivel global, se opuso al Protocolo de Kioto y desempeñó un papel nada menor en el bloqueo de su ratificación por parte de los Estados Unidos.

Integrada por las principales corporaciones petroleras, del carbón, automovilísticas, forestales, entre otras, esta poderosa coalición buscó sembrar dudas sobre las evidencias del cambio climático, financiando a políticos, periodistas y científicos que cuestionaran el consenso que estaba constituyéndose a nivel internacional sobre sus causas, su significación y sus consecuencias a pesar de que internamente las mismas eran reconocidas.

Sin embargo, con la elaboración del Protocolo de Kioto a partir de 1997, las empresas comenzaron a abandonar la coalición en un cambio de estrategia que las llevaría a presionar por incorporar los mecanismos de mercado en el tratamiento del cambio climático que ya hemos examinado. Estas opciones por el greenmarket (mercados verdes) y el greenwashing (engaño publicitario) condujeron al surgimiento de otras asociaciones como, por ejemplo, el  Consejo Empresarial Mundial para el Desarrollo Sostenible o Negocios por una Política Climática y Energética Innovadora.

Finalmente en 2001 la Global Climate Coalition se disolvió y comenzó otro periodo del negacionismo climático más orientado a negar sus causas sociales antropogénicas que a cuestionar la existencia de un cambio en el clima y la consecuente intensificación de los fenómenos meteorológicos, a promover lo que ha sido llamado el escepticismo climático y a articularse crecientemente con el neoconservadurismo estadounidense que estaba ya en expansión.

Finalmente, con la elección presidencial de Donald Trump en 2016, el negacionismo consolidó su vínculo con las extremas derechas y se expresó como política pública a nivel nacional e internacional de la potencia hegemónica del capitalismo occidental. Esta vinculación se expresó también en sus redes organizacionales y de think tanks como la Red Atlas creada en 1981 y la CPAC (Conferencia Política de Acción Conservadora) inaugurada en 1974 donde confluyeron tanto el financiamiento del capitalismo fósil como la promoción del negacionismo climático.

Bajo la configuración de estas nuevas derechas y su orientación neofascista se desplegó así un nuevo movimiento negacionista que cuenta con estructuras de financiamiento, organización, producción intelectual, difusión y acciones colectivas.

Bajo las extremas derechas, este movimiento se caracterizó por la articulación del antiecologismo con el racismo antiimigrante; donde la inmigración, particularmente musulmana, y los movimientos socioambientales son concebidos como cuestionadores del modo de vida occidental, de su progreso y bienestar; así, desde esta mirada, expresan  el intento de las poblaciones del Sur del mundo por apropiarse de la riqueza y el trabajo del Norte Global. A la inmigración y el ambientalismo se los presenta así como promotores de una reprimitivización del capitalismo nortecéntrico.

En esta programática, el negacionismo climático en clave neofascista adquiere finalmente la fisonomía de un ecofascismo, de construcción de un régimen autoritario justificado también para gestionar los eventos catastróficos de la crisis climática. Se trata de la promoción de un lebensraum, de un espacio vital que proteja con murallas a un fragmento de la sociedad identificado por una ciudadanía racial del resto del mundo que se hunde en ruinas.

Esta tradición del negacionismo climático vinculada a las extremas derechas del Norte Global puede comprenderse, desde cierta perspectiva, como expresión de una de las dos corrientes del pensamiento ambiental sistémico que viene desplegándose con diferentes inflexiones desde el siglo XIX, aquella que podemos identificar bajo el nombre de neomaltusianismo y que hemos examinado detenidamente en otra oportunidad.

La otra corriente, la del solucionismo tecnológico de mercado que hemos referido anteriormente, más presente en las extremas derechas latinoamericanas, por ejemplo en el Gobierno argentino actual, sostiene un negacionismo climático que se orienta menos  por el racismo y más por la promoción del libre mercado.

Pero, en sus diferentes inflexiones el movimiento negacionista promueve la naturalización de la crisis, busca transformar en natural aquello que es profundamente social, como lo demuestran hasta el cansancio todas las evidencias científicas de las que disponemos, entre ellas las mediciones del crecimiento sostenido de las emisiones de gases de efecto invernadero desde el siglo XIX, a partir de la revolución industrial y la máquina de vapor, y, de modo paralelo, el incremento de la concentración de estos gases en la atmosfera y de la temperatura media terrestre global.

Pero existe otra forma de naturalizar la crisis climática que, incluso, está tan extendida como la anterior. Nos referimos a aquella perspectiva que reduce sus causas sociales a la naturaleza humana. Desde esta mirada, son las sociedades humanas, la especie en si misma, su prioridad natural de maximizar el bienestar individual por encima de todo, el giro  antropocéntrico que eleva y enaltece a los humanos mientras objetiviza y subordina a la naturaleza, las causas y los responsables de la destrucción ambiental y, en definitiva, del  calentamiento global.

Expresión de esta perspectiva es también la nominación  de Antropoceno para identificar a una edad geológica que sucede al Holoceno y que se caracteriza por estos efectos terribles sobre la naturaleza, el ambiente y la vida. Y, sin embargo, los que acuñaron este término fecharon el comienzo de esta era en la Revolución Industrial.

Ciertamente, construir una concepción antropocéntrica o de naturaleza humana en base los últimos dos siglos y medio respecto de una historia humana de dos mil siglos (200.000 años, desde la aparición del homo sapiens) no parece muy serio. Por el contrario, la naturalización humana del cambio climático oculta la responsabilidad que en éste tiene una forma particular de organizar la sociedad, la producción y el trabajo que se llama capitalismo.

Sobre ello, se ha demostrado que la opción por la máquina de vapor en el Siglo XIX resultó una decisión del capital para debilitar las fuerzas y demandas obreras concentrando las industrias en las ciudades donde operaba un nutrido ejército de reserva, así como el desarrollo de una matriz energética basada en el uso de los hidrocarburos a principios del siglo XX tuvo un apoyo central en la fuerza ganada por el complejo petrolero y automovilístico estadounidense.

Asimismo, desde Marx a numerosos estudiosos han fundamentado que la escisión social –naturaleza que justifica la cosificación, explotación y deterioro de esta última- se constituye por primera vez en el proceso de transición del feudalismo al capitalismo en Europa -proyectada globalmente a partir de la conquista y colonización europea del Sur del mundo- y que dicha dualización adopta una nueva y más destructiva forma bajo la neoliberalización capitalista. La crisis climática no resulta así una responsabilidad de las sociedades humanas, sino específicamente del capitalismo moderno colonial; se trata, en definitiva, del Capitaloceno.

De la naturalización climática a la adaptación microsocial

Ciertamente, la progresión del cambio climático y su mutación en crisis en los últimos años con el reguero de colapsos locales que se despliegan a lo largo y ancho del mundo, evidencian el fracaso de las soluciones sistémicas planteadas hasta ahora. Pero este fracaso es ocultado en parte al promover la naturalización de la crisis.

Ernst Bloch, ante otra era de catástrofes, la de entreguerras del siglo XX, afirmaba que “el interés burgués quisiera incluso incluir en su propio fracaso todo interés que se le oponga; para hacer desfallecer la nueva vida, trata de convertir en principio su propia agonía aparentemente ontológica”.

Así mismo sucede con la naturalización de la crisis climática. Si la misma se transforma en natural, el combate de sus causas resulta relativamente inútil, solo queda prepararse para afrontarla. Y eso ha acontecido en el marco de las negociaciones y políticas climáticas a nivel global. En los últimos años lo que se llama oficialmente mitigación, las políticas orientadas a reducir los gases de efecto invernadero y potenciar la absorción de los sumideros, han ido perdiendo importancia en la atención internacional, mientras ha ido cobrando centralidad la llamada adaptación, es decir, las acciones que se adoptan para reducir la vulnerabilidad  de las poblaciones y los territorios frente al impacto de la crisis climática.

En esta dirección, en 2010 la aprobación del Marco de Adaptación de Cancún en el marco de la COP de Naciones Unidas resolvió la creación de un Comité de Adaptación, un programa para ayudar a los países menos industrializados a elaborar planes nacionales de adaptación y un programa de trabajo sobre pérdidas y daños asociados al cambio climático. Y, en 2015, el Acuerdo de Paris estableció, en su artículo séptimo, como uno de sus principales objetivos “aumentar la capacidad adaptativa, reducir la vulnerabilidad y mejorar la resiliencia frente a los impactos del cambio climático”.

Sin embargo, el financiamiento acordado en los últimos años por el Norte en relación a este y otros rubros climáticos estuvo lejos de cumplirse. Compromisos limitados e incumplidos transforman en irrealizable el requerimiento de 387.000 millones de dólares estimado por Naciones Unidas para costear hasta 2030 la adaptación en los países llamados en desarrollo.

En similar dirección, la hegemonía de las políticas neoliberales y de ajuste, incluso bajo la forma de las extremas derechas, profundiza el desmantelamiento de las regulaciones estatales y del gasto fiscal social.

Consideremos que solo 55 países han presentado sus planes nacionales de adaptación. De este modo, mientras que Naciones Unidas estima que alrededor de 3600 millones de personas (casi la mitad de la población mundial) se encuentran expuestas a los peores efectos del cambio climático, los límites capitalistas para sostener una política pública consistente incluso con las estrategias de adaptación a nivel internacional y nacional y el arte de gobierno neoliberal que enfatiza la individuación de la responsabilidad promueven su desplazamiento al ámbito de lo microsocial.

Así, en los últimos años hemos visto desplegarse prácticas y discursos orientados hacia estrategias individuales y/o grupales de respuesta a la amenaza de una catástrofe o a su presentificación actual.

Por una parte, esa capa de multimillonarios construida al calor de los procesos de desigualación social profundizados en los últimos años se orienta a asegurar su capacidad de huida y refugio. Ya sea en los nuevos búnkeres como el que construyó recientemente Mark Zuckerberg en Hawaii o con la colonización del planeta Marte, tal como propone el proyecto SpaceX de Elon Musk y su idea de vida multiplanetaria, o a partir de la transferencia del cerebro a supercomputadoras, tal como lo formuló el director de ingeniería de Google Ray Kurzweil. En todos los casos se trata del sueño del éxodo de los superricos frente a un mundo que se sumerge en una catástrofe creciente provocada por sus propios negocios.

Por otra parte, la naturalización de la crisis climática promueve una matriz que al tiempo que excluye a las clases dominantes y al modo de organización socioeconómica de toda responsabilidad de la crisis, pretende convertir sus manifestaciones climáticas en sucesos imprevisibles e incognoscibles que solo dejan opción a la resignación, a la alienación religiosa o a la resiliencia individual o grupal. A ello contribuye el hecho de que la relación entre el sistema social y los fenómenos meteorológicos extremos es mediada, lo que facilita que estos puedan ser interpretados más fácilmente como un resultado endemoniado de la naturaleza. La memoria de una sociedad pasada cuya vida estaba condicionada por los eventos naturales que eran revestidos de potencias mitológicas y religiosas retorna hoy en la gestión subjetiva de la incertidumbre y la crisis.

En esta dirección, el negacionismo climático y las racionalidades neoliberales pretenden desplazar, una vez más, el desafío de afrontar la crisis sobre los individuos y poblaciones. Negada toda posibilidad de mitigación, la adaptación quiere inscribirse así en el plano de la respuesta microsocial, no importa que la catástrofe climática afecte en mayor medida a los sectores trabajadores y populares, a les niñes, adultos mayores y grupos más vulnerables y a los países más pobres o con menores recursos. La catástrofe climática potencia la desigualdad que es concebida por el neoliberalismo también como natural.

Y, asimismo, el propio calentamiento global es resultado de la desigualdad. Recordemos que el 10% más rico de  la población mundial es responsable del 50% de todas las emisiones, mientras que el 50% inferior sólo produce aproximadamente el 12% del total, o que el 10% de la población más rica de América Latina y el Caribe emite 19,2 toneladas de CO2 mientras que el 50% de menores ingresos sólo 2 toneladas.

En la misma dirección, las emisiones per capita de Nuestra América se estimaron para 2020 en 2,2 toneladas métricas (MT) de CO2, las de Afganistán, tan castigado por las inundaciones y las invasiones, de sólo 0,22 MT, las de Sudán, arrasado por olas de calor y sequías y una guerra civil, de 0,44 MT, o Bangladesh, con parte de sus territorios costeros amenazados por la elevación del nivel del mar, de 0,51 MT, mientras que las de Catar suman 31,7 MT, las de Estados Unidos 13 MT, Canadá 13,6 MT o China 7,7 MT.


Con el calentamiento de los océanos y las presión sobre estos de la sobrepesca, los miembros de la comunidad de Kiribati están aprendiendo a gestionar las poblaciones de peces para que se estabilicen o regeneren.

En la misma dirección, mientras que la mitad de la población mundial más pobre emite per cápita 1,6 MT de CO2 por año, el promedio de emisiones del consumo personal de 20.000 millonarios en un año alcanza a 8.190 MT de CO2 (más de 5.000 veces más).

Un modo de vida imperial que alimenta la crisis climática. Así, en 2023, los vehículos utilitarios deportivos (SUV, por su nombre en inglés Sport Utility Vehicle), automóviles de lujo,  emitieron casi 1.000 millones de toneladas de CO2, la suma de lo emitido por Alemania y España, convirtiéndose en el sexto emisor mundial; el  uso de un jet privado durante una hora emite 2 MT de CO2, casi como un latinoamericano promedio durante todo un año y las emisiones de los 300 yates más grandes alcanzaron en 2022 las casi 285 mil toneladas de CO2, casi como las emisiones de España.


Crece la popularidad de los superyates, pero también su enorme impacto climático.

Es claro, no hay nada de natural en la crisis climática. Sus principales causantes y beneficiarios están ahí, son un grupo reducido de la población mundial fácilmente identificable, son los que conducen ese tren del que nos hablaba Walter Benjamin, que se dirige a la catástrofe.

La alternativa de una transición ecosocial popular

Los movimientos populares y el pensamiento crítico han planteado e impulsado en las últimas décadas una amplia y diversa serie de propuestas y demandas que conforman una programática alternativa para afrontar la crisis climática, que enfrenta la emergencia actual de los fenómenos meteorológicos extremos y el horizonte próximo de una elevación de la temperatura terrestres que amenaza la continuidad de la vida en la tierra.

Una programática que, por ejemplo, va desde la promoción de la agroecología y una reforma agraria integral a la restricción y desmontaje del agronegocio y el extractivismo, desde una reforma urbana sostenida en la reforestación y el transporte colectivo y no contaminante a la mejora de la infraestructura, servicios y condiciones de vida de los barrios populares, desde un cambio en la matriz energética basada en la producción y gestión comunitaria de las energías renovables, la justicia social y la desmercantilización a una transformación productiva que abandone el uso de los hidrocarburos, redistribuya ingresos, riquezas y propiedades, y relocalice la producción reduciendo el comercio y el transporte, desde la responsabilidad de los países industrializados en asegurar una reducción efectiva y rápida de sus emisiones contaminantes al cuestionamiento del patrón colonial y su dimensión de imperialismo ecológico.

Así, si frente al solucionismo de mercado se plantea la urgencia de la desmercantilización (desde la defensa del carácter común de los bienes naturales a la propuesta de una sociedad fundada en valores de uso), y de cara al negacionismo climático se defiende una perspectiva que enfatiza la socialización de la problemática ambiental, desde el cuestionamiento a los procesos de naturalización del cambio climático y el señalamiento de su carácter sistémico, sus responsables y beneficiarios a la afirmación de la justicia social y ambiental climática, e incluso al horizonte de la socialización de la propiedad, la gestión económica y la política que modifique en clave de reciprocidad, interdependencia y coproducción la relación humana con la naturaleza.

Y finalmente afrontar hoy la crisis climática y ambiental en Nuestra América significa también enfrentar la ofensiva recolonizadora del imperialismo estadounidense y del capital extractivista que, bajo la representación de las extremas derechas, niega el origen social del cambio del clima y busca asegurarse el control de los bienes naturales estratégicos golpeando y amenazando la soberanía y la vida de nuestros pueblos, ecosistemas y territorios.


Fuente: Rebelión