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sábado, 6 de junio de 2026

La luna es de todos

 

      Arquitecto y doctor en Teoría e Historia de la Arquitectura.


Una lectura de la carrera espacial en clave de diseño


Imagen de la Tierra desde la Luna.


     Cuando a principios del mes de abril de este año la cápsula Orion de la misión Artemis II de la NASA orbitó durante unos minutos la cara oculta de la luna, a más de uno le vino a la memoria lo que sucedió el 20 de julio de 1969. Aunque muchos ni siquiera habíamos nacido por entonces, es fácil establecer el vínculo con aquel día en que el módulo Eagle de la misión Apolo 11 alunizó en el llamado Mar de la Tranquilidad, proporcionando uno de los momentos más memorables de la historia del siglo XX. Memorable en el sentido literal de la palabra, no solo por su mérito para ser recordado, sino por su capacidad para construir memoria colectiva a su alrededor. Son ese tipo de episodios cuyos detalles quizás no recordamos con precisión, pero sí las circunstancias en las que los vivimos: a casi nadie se le olvida qué hacía durante el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York, dónde estaba cuando cayó el Muro de Berlín, o cómo siguió (quien pudo) la llegada de los humanos a la luna. Tampoco es que en casos como este se dé mucha opción al olvido: ya se encarga la ficción audiovisual norteamericana de incluirlos en cualquier relato de época mínimamente nostálgico (véase desde Forrest Gump hasta Mad Men).

Llama la atención que la retórica aplicada a la reciente misión Artemis II fuera tan semejante a la del Apolo 11, prácticamente reclamando la misma trascendencia, cuando en términos físicos –y desde el desconocimiento de los detalles– la hazaña que se persigue ahora no parece ser tan distinta a la que llevaron a cabo las más de veinte misiones Apolo entre 1961 y 1972. Algunas de aquellas misiones fueron científicamente muy exitosas, como las que permitieron explorar la superficie del satélite desde el famoso rover lunar, un vehículo que casi podemos asociar a las películas de ciencia ficción. Otras han caído en un cierto olvido, como el accidente del Apolo 1 en 1967 durante las pruebas del cohete en tierra. O han sido reconstruidas heroicamente, como el viaje de la misión Apolo 13 en abril de 1970, cuando un fallo técnico obligó a sus tripulantes a dar media vuelta rodeando literalmente la propia luna. El esfuerzo de aquellas décadas se entiende si lo ponemos en el contexto de la Guerra Fría y la carrera espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética, cuando durante casi dos décadas (entre los cincuenta y los setenta) ambas potencias desarrollaron tecnologías espaciales paralelas. A estas alturas a nadie se le escapa que detrás del relato propagandístico y el imaginario sociotécnico de exploración y colonización del espacio había una necesidad de inversión en investigación que permitió alimentar de conocimiento a sus industrias tecnológicas y militares.

Al margen de las innumerables lecturas que se pueden seguir haciendo de todo aquel periplo, siempre ha sido fascinante observarlo desde la perspectiva del diseño, especialmente por las aproximaciones tan dispares que se producían a un lado y otro del Telón de Acero. Mientras la URSS inauguraba la exploración espacial en 1957 con el satélite Sputnik, Estados Unidos lanzó a los pocos meses el satélite Explorer 1. El satélite ruso era básicamente una robusta esfera de aluminio de más de medio metro de diámetro y casi 85 kg de peso con cuatro antenas, diseñada por el equipo de Serguéi Koroliov (el responsable, entre otras hazañas, de enviar a la perrita Laika, a Yuri Gagarin o a Valentina Tereshkova al espacio); el satélite norteamericano era un dispositivo ligero de forma fuselada y aerodinámica, con más de dos metros de largo, un diámetro inferior a 20 cm y un peso de poco más de 8 kg, diseñado por los equipos de William Hayward Pickering, James van Allen y Wernher von Braun (este último, un personaje controvertido por su pasado vinculado a las SS, considerado el homólogo americano de Koroliov y el auténtico arquitecto de los cohetes que impulsaron las misiones Apolo).

Mientras que los soviéticos confiaron en la robustez y fiabilidad de dispositivos de uso complejo, basados en tecnologías consolidadas y funcionalidades prácticamente indestructibles, los norteamericanos exploraron (y lo siguen haciendo) la aplicación de las tecnologías más avanzadas (coloquialmente, y nunca mejor dicho, rocket science), en busca de la máxima eficiencia, la ergonomía o la automatización de funcionalidades, facilitando la experiencia de uso de sus dispositivos a usuarios no tan especializados. Por eso no es casual que los soviéticos confiaran el diseño de sus estaciones espaciales a la conocida como “arquitecta del espacio” Galina Balashova (famosa por su trabajo casi invisible de adaptación humana de una ingeniería modular estandarizable), mientras que los norteamericanos encargaron el proyecto de la estación espacial Skylab a Raymond Loewy (uno de los padres del diseño industrial comercial y pionero del streamlining). En definitiva, un doble paradigma fascinante de observar.


La estación espacial Skylab, diseñada por Raymond Loewy.

No es difícil trazar el origen del modelo soviético –al que en muchos contextos se sigue conociendo irónicamente como “diseño ruso”– si pensamos en los planteamientos del constructivismo del primer tercio del siglo XX (especialmente tras la revolución bolchevique de 1917 que, entre otras muchas cosas, permitió la fundación del centro de diseño ruso por excelencia, el Vjutemás). Allí la simplicidad de las formas geométricas alimentaron un imaginario popular del arte y la industria, ambos puestos en relación con una cierta funcionalidad social, en contraste con movimientos contemporáneos occidentales de carácter más burgués, como el Art Nouveau. Una visión que se consolidó con el comunismo y con la necesidad de generar confianza en una producción colectiva sin competencia, sin marketing, sin generar apetencia por el consumo. Todo lo contrario que en el contexto occidental.


Estación espacial MIR, según un diagrama de Orionist.

Aunque el desarrollo tecnológico y el apoyo a la industria fueron también argumentos fundamentales para comprender el diseño y la arquitectura del siglo XX en Occidente, aquí la evolución tuvo relación con la deriva del sistema económico capitalista. Existe toda una historiografía del diseño moderno que se esforzó por mostrar esas relaciones entre arte y técnica, con Platz, Read, Mumford, Pevsner, Behrendt, Richards, Giedion, Banham o Maldonado como referentes. De su lectura destaca la contradicción –expresada en términos marxistas– entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción. La conciencia social y cultural modernas de la técnica y del diseño se hicieron inseparables de la discusión en torno al fordismo, la productividad, la racionalización o la tipificación. Y fue precisamente su declive, el rechazo del “rigorismo aséptico de la ética protestante” (en palabras de Maldonado parafraseando a Webber) lo que dio origen al styling o al kitsch entre otras expresiones de la postmodernidad. Expresiones fundamentales para favorecer una economía de mercado basada en el consumo.

Un episodio fascinante para observar el contraste entre estas dos perspectivas fue el conocido “debate de la cocina” que en 1959 mantuvieron el primer secretario del partido comunista soviético Nikita Jrushchov (precisamente el responsable político de los hitos logrados por la Unión Soviética en la carrera espacial) y el entonces vicepresidente de los Estados Unidos Richard Nixon. El contexto fue la Exposición Internacional Estadounidense que se organizó en Moscú aquel año, solo unos meses después de una muestra soviética equivalente en Nueva York, ambas promovidas al inicio de la Guerra Fría con intenciones puramente diplomáticas, pero sumamente jugosas por la comparación de imaginarios tan dispares entre la propaganda comunista y el exhibicionismo capitalista.


El debate de la cocina entre Nikita Jrushchov y Richard Nixon.

Mientras que la muestra soviética destacó por su exaltación de la ciencia con réplicas de los satélites Sputnik como protagonistas, la exposición en Moscú fue todo un alegato de la vida doméstica norteamericana suburbana, el American Way of Life. En medio de una escenografía representada por una cocina multi-equipada y literalmente diseccionada (motivo por el que se conoció al escenario irónicamente como splitnik) Nixon presumió con vehemencia de la producción de los electrodomésticos y los bienes de consumo que hacían la vida más feliz a los estadounidenses. Y no con menos rotundidad Jrushchov puso en duda tanto la necesidad de los productos como su accesibilidad a todos los públicos. Casi resumió la definición mítica que Victor Papanek hizo del marketing, al que acusó de estar dedicado a convencer a la gente para que compre cosas que no necesita, con dinero que no tiene, para impresionar a personas a quienes no le importa. Lo curioso es que semejante panegírico de la economía liberal fue vestido por tres de los estudios de diseño más importantes del momento –George Nelson (diseñador responsable de la exposición), Charles y Ray Eames (autores de la mítica instalación audiovisual Glimpses of the U.S.A. para la muestra) y Buckminster Fuller (creador de la cúpula geodésica que sirvió como espacio principal)–, situando la disciplina en una conexión más que simbólica con el capitalismo.

Es evidente que el desarrollo tecnológico alcanzado por Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial (siendo prácticamente la fábrica de Europa durante algunos años) se materializó en el desarrollo floreciente de una economía basada en la producción de bienes de consumo, pero no menos fundamentada en la producción de materiales. Esto a su vez se convirtió en un argumento esencial para la promoción del optimismo tecnológico en el diseño, la arquitectura y la ingeniería norteamericanas. Optimismo tecnológico que tuvo su propia expresión plástica, como la arquitectura High Tech (corriente que paradójicamente triunfó especialmente en el Reino Unido). De una manera resumida –según la definición que acuñó el historiador Colin Davies–, el High Tech se caracterizó por el uso de metal y vidrio expresados de manera honesta, por la encarnación de ideas sobre producción industrial haciendo uso de industrias externas a la propia industria de la construcción, y por el planteamiento prioritario de la flexibilidad en el uso. Ahora bien, si a menudo se habla de la muerte de la arquitectura moderna el 15 de julio de 1972, con la voladura del fallido complejo residencial Pruitt-Igoe en Missouri, también se ha puesto fecha a la muerte de la arquitectura High Tech: el 28 de enero de 1986, precisamente el día de la explosión accidental del transbordador espacial Challenger frente a millones de espectadores que veíamos el despegue por televisión (otro momento tristemente memorable). La causa de la tragedia, hoy lo sabemos, fue el fallo de una junta de neopreno, el débil paradigma de los excesos de la alta tecnología.

Los excesos de la nueva carrera espacial son otros, fáciles de identificar teniendo en cuenta el peso de tecno-oligarcas como Elon Musk con SpaceX, Jeff Bezos con Blue Origin, o Richard Branson con Virgin Galactic. Viniendo de una exploración espacial basada en el colonialismo propagandístico del siglo XX, seguramente debiéramos estar atentos a la voluntad extractivista de los intereses privados, a la acumulación de poder independiente de control gubernamental, o a la naturaleza monopolística de los mercados que promueven estos gurús de las industrias del futuro. Todos ellos estarán presentes en la promoción, entre otras, de la futura base lunar, o en la definición de hábitats adaptados a las condiciones físicas y psicológicas de la vida lejos de la Tierra. Y todos ellos monetizarán con datos e influencia geopolítica sus inversiones. Como sea, esperemos que haya todavía espacio para la reacción, para poner en valor aquello que se cantaba en Good News, el musical de 1927: “La luna nos pertenece a todos; las mejores cosas de la vida son gratis / Las estrellas son de todos; brillan ahí para ti y para mí”.


Fuente: Ctxt

viernes, 24 de abril de 2026

Dentro del aparato de propaganda del ejército israelí


 Por Illy Pe'ery   
      Reportera de investigación y editora asociada de la revista online independiente israelí The Hottest Place in Hell.

Campañas de operaciones psicológicas, filtraciones selectivas, acceso exclusivo para prensa: soldados y periodistas revelan cómo controla Israel el discurso público y promueve su narrativa en el extranjero


     En octubre de 2023, Gili fue llamada a filas para el servicio de reserva en la Unidad del Portavoz de las FDI y asignada al Mando Norte. En los días posteriores a los ataques de Hamás, mientras la atención pública en Israel se centraba en la devastación del sur, Hezbolá comenzó a lanzar cohetes y misiles antitanque hacia el norte de Israel.

Trabajábamos en turnos de 12 horas en una sala de operaciones subterránea, mientras los soldados de los puestos avanzados estaban aterrorizados, pero no podíamos transmitir que el norte estaba en llamas”, recordó. “Minimizamos la importancia del frente norte para evitar causar pánico entre la población, a pesar de que los lanzamientos eran constantes. La gente no estaba muriendo como en el sur, pero recuerdo sentir que estábamos creando una imagen inexacta: mostrábamos mucha más fuerza que vulnerabilidad”.

La experiencia llevó a Gili, que pidió utilizar un seudónimo, a cuestionar el mismo sistema al que había servido durante años. “Siempre era fácil repetir que ‘las FDI están preparadas para cualquier escenario’”, continuó. “¿Quiénes éramos nosotros para cuestionarlo? Pero, en realidad, era una tontería”.

Ahora también se ve con Irán: la atención se centra casi exclusivamente en el poder abrumador del ejército, y poco más allá de eso”, explicó. “No me tranquiliza que me digan lo fuerte que está golpeando el ejército israelí o que tenemos superioridad aérea sobre Teherán. Al fin y al cabo, siguen lanzándonos misiles balísticos y no hay una rutina normal. Hay sistemas de defensa aérea, pero por cada 10 interceptaciones exitosas, también hay impactos directos”.

Cuando se le preguntó a quién cree hoy en día, Gili respondió sin dudar: “A nadie. Ni a lo que dice el portavoz de las FDI, ni a los corresponsales militares. Son portavoces”.


Sistema antimisiles dispara interceptores contra misiles iraníes, visto desde el centro de Israel, 28 de febrero de 2026.

En declaraciones al medio de investigación israelí The Hottest Place in Hell, soldados de la Unidad del Portavoz de las FDI y corresponsales militares de publicaciones israelíes señalaron un patrón sistemático: un impulso obsesivo por controlar el discurso público, un trato preferencial hacia los periodistas “convenientes” mientras se margina y castiga a los críticos y, sobre todo, una cultura organizativa basada en el engaño.

Durante los primeros 14 meses de la guerra de Israel en Gaza, la Unidad del Portavoz de las FDI también llevó a cabo una campaña encubierta de operaciones psicológicas destinada a moldear la opinión pública en Israel y en el extranjero, tal y como reveló recientemente The Hottest Place in Hell. En paralelo a estos esfuerzos de influencia, la unidad se encargó de procesar y distribuir imágenes del ataque de Hamás del 7 de octubre contra comunidades israelíes cercanas a Gaza.

Según los testimonios, los soldados recopilaron grandes cantidades de material visual –incluidas imágenes filmadas por militantes de Hamás– y lo reformatearon para su rápida difusión en las redes sociales.

Este proceso culminó en “Testigos de la masacre del 7 de octubre”, o lo que se conoció en Israel como el “vídeo de las atrocidades”: una recopilación de 47 minutos de material sin editar producida bajo la supervisión del comandante (en la reserva) Yuval Horowitz, jefe de la división de campañas.

Era como el Salvaje Oeste: no había censura”, dijo un soldado que sirvió en la unidad y trabajó en la película. “Nos inundaban de material y lo veíamos todo. Estaba en estado de shock, pero al mismo tiempo había presión para distribuir todo lo posible; era como en una [campaña publicitaria] en redes sociales: ¿Qué funciona? ¿Qué no? ¿Qué llama la atención?”.


Soldados israelíes retiran los cuerpos de civiles israelíes en el kibutz Kfar Aza, cerca de la valla que separa Israel de Gaza, en el sur de Israel, el 10 de octubre de 2023.

El portavoz de las FDI miente”, declaró un corresponsal militar veterano a The Hottest Place in Hell. “A veces se trata de manipular datos, pero, en última instancia, es el público el que se ve sorprendido”.

Al comienzo de la ‘Operación León Rugiente’”, continuó, refiriéndose a la guerra actual con Irán, “las FDI afirmaron que habían destruido el 70 % de los lanzamisiles de Irán. Lo comprobamos y rápidamente nos dimos cuenta de que no era cierto: a veces alcanzaban las entradas de los túneles, no los lanzamisiles en sí, o los lanzamisiles seguían disparando a pesar de estar ‘destruidos’. En los principales medios, nadie lo cuestiona. Pero cuando la guerra termine y sigan lanzándose cohetes, el público no entenderá cómo es posible”.

Tras casi dos años y medio de guerra continua, la confianza del público israelí en la versión del ejército parece estar erosionándose. Entre sirenas, cada vez más israelíes se preguntan: “¿Realmente estamos logrando lo que nos dicen que estamos logrando? Y si es así, ¿por qué seguimos corriendo a los refugios?”.


Benjamin Netanyahu durante su visita al ejército de tierra israelí el 14 de octubre

La creación de una operación de influencia encubierta

El 29 de octubre de 2023, apareció en WhatsApp un grupo titulado “Fact Check-Daily Content”. Su descripción en inglés presentaba la iniciativa como un esfuerzo educativo neutral: “Una organización sin ánimo de lucro que trabaja para proporcionar a los estudiantes información y datos sobre la guerra en curso entre Israel y la organización terrorista Hamás”.

Dos semanas más tarde, el 12 de noviembre, se creó un canal de YouTube llamado “Fact Check” utilizando una cuenta con sede en EE.UU. Se presentaba de nuevo como una “organización de noticias sin ánimo de lucro”. Al día siguiente le siguió una cuenta de Instagram con la misma marca.

En realidad, tal y como reveló recientemente The Hottest Place in Hell, fue la Unidad del Portavoz de las FDI la que había lanzado y gestionado estos canales. Esta campaña de propaganda se desarrolló entre octubre de 2023 y diciembre de 2024 bajo la apariencia de una iniciativa mediática independiente y sin ánimo de lucro, presentada como un medio de “verificación de datos”. Durante ese tiempo, produjo y difundió docenas de vídeos que promovían las narrativas militares israelíes sin revelar su origen.


Captura de pantalla de la cuenta falsa de Instagram ‘factcheck daily’, creada por la Unidad de Portavoces de las FDI y que estuvo operativa entre octubre de 2023 y diciembre de 2024.

Ninguno de los canales logró atraer una gran base de suscriptores. Sin embargo, la operación reclutó a decenas de influencers internacionales israelíes y proisraelíes para amplificar los mensajes coordinados por el ejército, entre ellos Noa Tishby y Sarai Givaty, junto con otras figuras de las comunidades judías en el extranjero. El contenido se distribuyó a través de WhatsApp, YouTube e Instagram, llegando a millones de espectadores.

Los vídeos promovían una serie de argumentos estrechamente alineados con el mensaje oficial israelí. Entre ellos se incluían afirmaciones de que los judíos no pueden considerarse colonizadores en Palestina debido a sus vínculos históricos con el reino bíblico de Judá, mientras que los “árabes” son los verdaderos “colonizadores de la tierra”; afirmaciones de que las acciones de Israel en Gaza no constituyen un genocidio; y defensas contra las acusaciones de crímenes de guerra contra Israel ante la Corte Internacional de Justicia.

Los canales [en YouTube, WhatsApp e Instagram] se dirigían a un público extranjero y se presentaban como objetivos y ajenos a Israel”, explicó un soldado involucrado en la producción de los vídeos a The Hottest Place in Hell en una entrevista. “Pero todo se creaba dentro de nuestra unidad y promovía claramente la narrativa israelí”.

La división de campañas es la zona más moralmente ambigua dentro de la Unidad del Portavoz de las FDI”, continuó el soldado. “Al principio, parecía urgente mostrar al mundo lo que habíamos pasado. Pero muy pronto eso cambió. Gaza estaba siendo arrasada, y la narrativa que pudo haber tenido sentido en las primeras semanas comenzó a desmoronarse. Para cuando me licenciaron, sentía un profundo rechazo por haber formado parte de ello”.

La investigación sugiere que no se trató de una iniciativa aislada, sino de parte de un patrón más amplio de operaciones psicológicas llevadas a cabo por la Unidad del Portavoz de las FDI.

En mayo de 2021, durante lo que el ejército israelí denominó “Operación Guardián de las Murallas”, la división de campañas de la unidad lanzó una iniciativa en las redes sociales bajo el hashtag #GazaRegrets, con el objetivo de impulsar el apoyo de la opinión pública israelí a las acciones militares en Gaza.


El ejército israelí llevó a cabo una ‘campaña de propaganda’ contra sus propios ciudadanos en los bombardeos de Gaza de 2021.

Como parte del proyecto, los soldados gestionaban cuentas falsas que compartían imágenes de los ataques aéreos israelíes en Gaza junto con el hashtag, al tiempo que interactuaban con cuentas de redes sociales pertenecientes a partidarios del primer ministro Benjamin Netanyahu y otros políticos de derecha –todo ello sin revelar su afiliación al ejército.


Bajo la supervisión de Horowitz, se llevaron a cabo operaciones psicológicas.

Tras una investigación de Haaretz que sacó a la luz la campaña, el ejército reconoció su participación y la calificó de “error”. Sin embargo, las conclusiones de The Hottest Place in Hell indican que se siguieron empleando métodos similares en los años posteriores.

El “enfoque del palo y la zanahoria” del ejército

La Unidad del Portavoz de las FDI actúa como principal vía de acceso del público al ejército, a través de la prensa. Para obtener información, verificar detalles o entrevistar a oficiales militares, los periodistas deben pasar por esta unidad, lo que le confiere un poder del que, según los periodistas y soldados que hablaron con The Hottest Place in Hell, a menudo se abusa para distorsionar la cobertura mediática y, por extensión, la percepción que tiene el público israelí del ejército.

Roni se alistó en el ejército israelí en 2019 y sirvió en esta unidad. Como muchos otros, fue llamada a filas como reservista tras el 7 de octubre, rotando por funciones que incluían responder a las consultas de los periodistas y distribuir comunicados. “Era casi adictivo”, recuerda. “La magnitud de la responsabilidad me hizo implicarme profundamente. Estaba disponible las 24 horas del día, los 7 días de la semana, [recibiendo] llamadas constantes. Sentía que estaba haciendo algo enorme”.

La unidad se divide en múltiples ramas repartidas por las divisiones y departamentos del ejército. Los portavoces de campo –oficiales que suelen tener el rango de capitán o comandante– están integrados en los comandos y brigadas y se encargan de responder a las consultas de los medios de comunicación.

Por ejemplo, si un periodista solicita información sobre un incidente en Cisjordania, el cuartel general remitirá la solicitud al equipo de portavoces del Mando Central, que recopila los detalles de las unidades pertinentes y formula una respuesta oficial. Los portavoces de campo también tienen la tarea de identificar “noticias” dentro de las unidades que puedan ofrecerse a los medios de comunicación, funcionando esencialmente como un brazo de relaciones públicas.


Reportera de la Radio del Ejército Israelí, 11 de noviembre de 2019s.

Sin embargo, la función más conocida de la unidad es su labor de cara a los medios, con departamentos especializados que se ocupan de la televisión, la prensa escrita, los medios digitales y la radio. Cuando los periodistas buscan una respuesta a su noticia, suelen ponerse en contacto con el departamento correspondiente a su plataforma, salvo un selecto grupo de 16 reporteros israelíes que pertenecen a la denominada “célula de corresponsales”.

Los miembros de la célula reciben sesiones informativas exclusivas, conferencias, líneas directas y eventos especiales”, explicó Roni. “Hubo periodistas y medios a los que no se les admitió durante años, y otros fueron reasignados a departamentos menos prestigiosos –por ejemplo, de la sección nacional de InterRadio a la de medios locales– porque eran críticos con las FDI. Yo no estaba en el nivel en el que se tomaban esas decisiones, pero a menudo todo se reducía a la actitud del periodista hacia nosotros: es un sistema en el que recibes lo que das”.

Un periodista contó a The Hottest Place in Hell que su labor informativa a veces le supuso un coste profesional. “Era muy crítico con las FDI, y a ellos no les gustaba. Gente dentro del ejército me dijo que mis críticas eran excesivas, incluso personas de la Unidad del Portavoz”, afirmó. La unidad lo boicoteó durante años, hasta que su publicación ejerció presión y obligó al ejército a admitirlo en el grupo.

Cuando me uní a la sala de corresponsales, me di cuenta de que eso no era el final: hay ‘castas’ dentro del grupo, se da prioridad a los periodistas menos críticos”, continuó. “Se favorece a los corresponsales de televisión, especialmente a aquellos que se consideran alineados con la narrativa de las FDI. Se puede ver la jerarquía: por ejemplo, durante las ruedas de prensa por Zoom, algunos periodistas destacados ni siquiera asisten, pero aún así publican la información, lo que significa que la recibieron por adelantado”.

El portavoz de las FDI opera utilizando un enfoque de palo y zanahoria”, dijo otro corresponsal militar veterano, que habló de forma anónima. “Si los criticas, te castigan”.

Yaniv Kubovich, corresponsal militar de Haaretz, ha estado detrás de varias revelaciones importantes en tiempos de guerra. En declaraciones a The Hottest Place in Hell, afirmó que cuando solicitó respuestas al portavoz de las FDI, el objetivo principal de la unidad era bloquear la publicación, no proporcionar información precisa.

Me dirigí a ellos con todo lo que tenía, pero se centraron únicamente en conseguir que abandonara la historia y en evitar dar una respuesta”, dijo. “Tras el 7 de octubre, con todo el trauma que han sufrido, las FDI están haciendo todo lo posible por suprimir las informaciones que sacan a la luz fallos, cuestiones éticas o deficiencias de mando, en lugar de examinar lo que realmente ocurrió. En ese sentido, han vuelto a la misma arrogancia de antes: la creencia de que nadie puede criticarlas a través de la prensa”.


El ex portavoz de las Fuerzas de Defensa de Israel -FDI-, Daniel Hagari, asiste a una reunión del Comité de Defensa y Asuntos Exteriores en el parlamento israelí

Kubovich, miembro veterano del grupo de corresponsales, lo describió principalmente como una herramienta de control. “La relación entre el portavoz de las FDI y el grupo de corresponsales es absurda. La dependencia es absoluta”, afirmó. “Les permite decidir cuándo hablamos y con quién”.

Llevamos tanto tiempo en guerra y solo hemos visto al jefe del Estado Mayor quizá dos veces. Desde que [el jefe del Estado Mayor Eyal] Zamir asumió el cargo, no hemos visto al jefe del Mando Sur ni una sola vez, a pesar de ser el frente más crítico. No se reúne con periodistas críticos porque podría minar la moral”.

Filtraciones selectivas y acceso exclusivo

Durante su servicio, Roni ayudó a decidir si responder a los periodistas y cómo hacerlo. “Cuando optábamos por no responder, solía ser ante informes muy problemáticos, pero también ante periodistas con los que preferíamos no interactuar”, afirmó. Otra práctica consistía en filtraciones selectivas —o, como lo expresó Roni, en garantizar que “ciertos materiales fueran publicados por un medio y no por otro”.

Así ocurrió en diciembre de 2024, cuando, durante dos semanas, la Unidad del Portavoz de las FDI se negó a explicar cómo activistas de Uri Tsafon –un grupo israelí que promueve el asentamiento en el sur del Líbano– cruzaron sin obstáculos al territorio libanés. Tras negar inicialmente que ningún civil hubiera cruzado la frontera, la unidad dio marcha atrás y filtró la información a Doron Kadosh, corresponsal militar de la Radio del Ejército israelí. Kadosh promovió entonces la versión del ejército sobre el incidente como un “incidente grave que estaba siendo investigado”, añadiendo que “se llevaron a cabo varias operaciones para bloquear los pasos en la valla”.

Los periodistas militares que no comen de la mano del portavoz de las FDI se mueren de hambre”, dijo Roni. “Cuesta mucho esfuerzo encontrar fuentes fuera del sistema, y eso nos dio mucha ventaja”. Esta dinámica va más allá del acceso a las ruedas de prensa o a las respuestas oficiales. Como señaló Roni, estas relaciones de “dar y recibir” se traducen en poder, prestigio e incentivos económicos.

Al fin y al cabo, trabajamos por la audiencia”, dijo un periodista, hablando de forma anónima con The Hottest Place in Hell. “Cuando ocurre algo, se informa primero al grupo de corresponsales: ellos son los primeros en publicar. Si no formas parte de ese grupo, y no eres lo suficientemente ágil como periodista, y publicas 10 minutos después que los demás, eres irrelevante”.

En efecto, la Unidad del Portavoz utiliza la confianza pública depositada en ella no solo para gestionar la información, sino para influir en la competencia comercial entre los medios de comunicación. “La unidad da una determinada noticia al Canal 12 porque tiene audiencia, pero como también les dio las noticias anteriores, crea interferencias en la competencia”, señaló el periodista.

Esto arrastra a todo el sistema a un bucle”, dijo otro periodista. “Tuvimos debates internos sobre si valía la pena enfrentarse a la unidad. Pero, en última instancia, los propietarios ven que los competidores obtienen las noticias y quieren lo mismo. Todo se reduce a controlar a los periodistas y a reprimir las críticas”.

El portavoz de las FDI se negó a hacer comentarios.


Fuente: Ctxt