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viernes, 8 de mayo de 2026

Entre la luna y la guerra

 

      Activista politico social de la izquierda.


Desde la luna una humanidad indivisa, en la tierra un mundo que se arma.


     El 7 de abril, a más de 400.000 kilómetros de distancia, el piloto de Artemis II, Víctor Glover, describía la Tierra como “un oasis frágil”, “un salvavidas en la inmensidad del espacio”. Desde allí arriba -decía- no hay fronteras. Ni bloques. Ni hay enemigos. Solo una esfera vulnerable compartida por todos. Ese mismo día, el presidente estadounidense Donald Trump advertía al mundo de que “toda una civilización podría morir esta noche”, en el último episodio de una escalada destructiva y retórica dirigida contra Irán. Dos discursos simultáneos. Dos formas de mirar el mismo planeta: una que lo reconoce como hogar común y otra que lo convierte en objetivo.

No es una contradicción menor, pero sí el síntoma de una época. Mientras la exploración espacial nos obliga a pensarnos como especie, la política internacional dominante insiste en organizarnos como enemigos. Mientras la tecnología permite ampliar el horizonte humano, el poder de las élites la utiliza para perfeccionar la destrucción. No hay paradoja: hay coherencia interna.

El mismo sistema que financia la conquista de la Luna sostiene la economía de la guerra en la Tierra. Ya sabemos que la guerra no es un accidente sino un negocio. Comercio lucrativo que necesita algo más que armas: necesita relato, necesita miedo y una opinión pública dispuesta a aceptar que el conflicto permanente es inevitable. Y ahí es donde entra en juego una arquitectura de poder cada vez más visible: la alianza entre industria militar, corporaciones tecnológicas y grandes medios de comunicación. No es una simple teoría, es toda una estructura. El llamado Complejo Militar Industrial-Mediático opera como un sistema integrado, especialmente en Estados Unidos.

La industria de defensa no solo fabrica armamento: financia indirectamente a los grandes conglomerados mediáticos mediante publicidad, patrocinios y redes de influencia. Al mismo tiempo, Silicon Valley -epicentro global de las empresas de innovación y alta tecnologia más influyentes del mundo- ha dejado de ser un actor neutral para convertirse en proveedor estratégico de infraestructuras militares. Empresas como Palantir trabajan con datos de guerra. Microsoft y Amazon gestionan sistemas críticos del Pentágono y de inteligencia. Google y Meta desarrollan algoritmos que sirven tanto para vender publicidad como para identificar objetivos o vigilar poblaciones. La frontera entre tecnología civil y militar ha desaparecido sin apenas debate público.

En el centro de esta red están los grandes fondos de inversión —BlackRock, Vanguard y State Street—, que participan simultáneamente en empresas de armamento, tecnológicas y mediáticas. Es decir: los mismos intereses financieros atraviesan la producción de armas, la infraestructura digital y la construcción del relato informativo. El resultado no es una conspiración sino algo más inquietante: una normalidad, en la que los conflictos se explican siempre desde la lógica de la amenaza.

Y en la que el aumento del gasto militar aparece como una necesidad técnica, no como una decisión política.

Los expertos que analizan las guerras en televisión proceden, con frecuencia, de las mismas estructuras que se benefician de ellas. Las “puertas giratorias” no son una anomalía sino parte del mecanismo. Generales retirados que comentan conflictos en cadenas como CNN o BBC mientras asesoran a empresas de defensa. Think tanks (laboratorios de ideas) financiados por contratistas militares que elaboran informes convertidos en fuente primaria para periodistas. Un circuito cerrado donde la información no se inventa, pero se orienta.

Europa ejerce la misma lógica aunque la gestione con otros códigos. Aquí el vínculo entre industria de defensa y poder político es más explícito. Empresas como Airbus, Rheinmetall o Leonardo están profundamente ligadas a sus Estados, que promueven el rearme bajo el argumento de la autonomía estratégica. El discurso es conocido: más gasto militar equivale a más seguridad y más crecimiento económico.

Pero también en el Mediterráneo el relato necesita altavoces. En Francia, Dassault Aviation — fabricante de los cazas Rafale— está vinculada al grupo propietario de Le Figaro. En España, Indra Sistemas mantiene conexiones con el grupo Prisa, editor de El País y la Cadena SER. En Italia, el modelo alcanza una forma casi estructural: el grupo Leonardo, con fuerte participación estatal, convive con conglomerados mediáticos vinculados a grandes familias industriales. No se trata de censura directa. Se trata de algo más eficaz: un marco mental compartido. La inversión en defensa se presenta como sinónimo de innovación, empleo y modernización. El debate ético desaparece.

La guerra se convierte en un asunto técnico, casi administrativo. Y cualquier cuestionamiento queda desplazado al terreno de lo ingenuo o lo irresponsable. A ellos se suma un elemento clave: la producción de legitimidad. Foros, congresos, publicaciones especializadas y expertos recurrentes, exmilitares o ex ministros, que acceden mediante “puertas giratorias” inundan los informativos y tertulias de los medios.

Buena parte de estos espacios están financiados por las propias corporaciones del sector. No imponen discursos de forma explícita, pero delimitan el campo de lo pensable. Y con eso les basta para hegemonizar el “sentido común” En el eje Grecia-Turquía esta dinámica se combina con el nacionalismo. El gobierno de Recep Tayyip Erdoğan ha impulsado empresas como Baykar, fabricante de drones utilizados en varios conflictos, en una relación estrecha entre poder político, industria y relato de orgullo nacional. La guerra, en este caso, no solo se justifica: se celebra como demostración de capacidad.

Todo encaja. Un sistema que necesita conflictos para sostener su rentabilidad. Un ecosistema mediático que convierte esos conflictos en inevitables. Una infraestructura tecnológica que los hace más eficientes. Y una ciudadanía expuesta a un flujo constante de información y uso de eufemismos, que normalizan la excepcionalidad. Mientras tanto, desde la Luna, la Tierra sigue siendo lo que siempre ha sido: una esfera frágil sin fronteras visibles.

Pero aquí abajo seguimos trazándolas con precisión quirúrgica. Seguimos necesitando dividir para gobernar, clasificar para intervenir, señalar para destruir. Y lo hacemos con herramientas cada vez más sofisticadas y con relatos cada vez más pulidos. Quizá el problema no sea la distancia desde la que miramos el mundo sino los intereses que deciden cómo debemos verlo. Porque el verdadero salto tecnológico quizás no consiste en viajar más lejos sino en cambiar la mirada. Y eso -a diferencia de los cohetes- no parece estar en la agenda.



Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu


sábado, 21 de marzo de 2026

El agua como arma de guerra en la era de la bancarrota hídrica

 

      Periodista licenciado en Comunicación Social (UNR-Argentina). Colabora en diferentes medios, entre ellos El Salto.


La escasez hídrica alcanza niveles críticos en el golfo Pérsico por la crisis climática y la sobreexplotación. El agua potable llega a través de unas desaladoras que están siendo bombardeadas. La ONU advierte, por primera vez, que este recurso vital se está agotando en muchas regiones del planeta


La planta desalinizadora de Al Dur -Bahréin- fue bombardeada recientemente por Irán en represalia por el ataque estadounidense a una instalación similar iraní.


     Este domingo se celebra el Día Mundial del Agua. En enero, Kaveh Madani, director del Instituto de Agua, Medio Ambiente y Salud de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU-INWEH, por sus siglas en inglés) y uno de los científicos internacionales que más ha investigado sobre la problemática sistémica del agua a escala planetaria, llamó a “la cordura y a la acción política” ante un escenario inédito en la historia de la humanidad: la “bancarrota hídrica global”.

Para los expertos que asesoran a la ONU, el mundo ha entrado en un “punto de no retorno” por sistemas en “donde la demanda humana ha agotado irreversiblemente los ahorros acuíferos y secado los pozos del futuro, poniendo en riesgo el conjunto del sistema hídrico del planeta”.


Palestinos desplazados llevan botellas vacías a un camión de agua de MSF en Tal Al-Sultan, un barrio de Rafah.

“Es como tener una cuenta bancaria a la que se le extrae dinero cada día sin que entre un solo depósito: el saldo ya es negativo”, explicaba Madani al presentar el informe del organismo adscrito a la ONU, titulado precisamente Global Water Bankruptcy.

“Esta situación nos obliga a gestionar la quiebra. Esto implica renegociar el contrato con la naturaleza, transformar la agricultura, repartir justamente un recurso menguante y blindar los ecosistemas que aún producen agua”, pedía el científico, de origen iraní, en la presentación del estudio. Nada de eso ha ocurrido. Todo lo contrario. La guerra iniciada por Estados Unidos e Israel, con bombardeos cruzados a desaladoras y la destrucción de los sistemas de saneamiento, está profundizando la bancarrota.

A diferencia de los ataques a instalaciones petroleras, que afectan principalmente a la producción y al comercio, los dirigidos contra infraestructuras hídricas golpean “el corazón de la civilización”, resume José Fernando Pérez, doctor en Ingeniería Química y Ambiental y profesor de la Escuela de Arquitectura, Ingeniería y Diseño de la Universidad Europea.

Javier Lillo Ramos, colaborador honorífico en el Grupo de investigación sobre Cambio Global Terrestre y Geología Ambiental de la Universidad Rey Juan Carlos, explica que el uso del agua como arma “no es nuevo”. Hay numerosos ejemplos que han ocurrido desde la antigüedad en diferentes zonas del globo.

Sin embargo, para evitar estos daños —con sus devastadores impactos en la sociedad civil— en 2019 se presentó la Lista de Principios de Ginebra sobre la Protección de las Infraestructuras Hidráulicas, un documento de referencia para su uso en conflictos armados. La protección de las infraestructuras de agua figura entre las principales normas a acatar. “Es imprescindible que los países apoyen y sigan estas iniciativas a escala global. Si no es así, todos perderemos en las guerras”, advierte este experto.


La Lista de Principios de Ginebra sobre la Protección de las Infraestructuras Hídrica.

Los ataques

Desde el inicio de la guerra se han reportado varios ataques a infraestructuras hídricas. Teherán denunció que los misiles alcanzaron una planta desalinizadora en la isla iraní de Qeshm, en el estrecho de Ormuz, de la que dependen unas treinta localidades en la que viven cientos de miles de personas. El ministro iraní de Exteriores, Seyed Abbas Araghchi, calificó la operación estadounidense de “crimen flagrante” y advirtió de que atacar infraestructuras civiles iraníes “sentará un precedente peligroso con graves consecuencias”.

Días más tarde, Bahréin, país que abarca más de 30 islas en el golfo Pérsico, denunció que Irán lanzó un dron contra una de sus plantas desalinizadoras. Aunque la instalación no quedó destruida por completo, el ataque puso de manifiesto la enorme vulnerabilidad de este tipo de infraestructuras críticas. Dubai también notificó que los ataques contra el puerto de Jebel Ali impactaron muy cerca de una de las plantas desalinizadoras más grandes del mundo.

Más países denunciaron ataques a infraestructuras hídricas en los últimos días, como un incendio cerca de la Planta Independiente de Agua y Energía Fujairah F1, en Emiratos Árabes Unidos, o la planta Doha West de Kuwait, que también reportó daños por la caída de restos provenientes de ataques con drones.

Tras la escalada de este tipo de ataques, el portavoz del Ministerio de Exteriores de Qatar, Majed al Ansari, alertó de las consecuencias “irreversibles”. “Atacar infraestructuras vitales, ya sean plantas de desalinización de agua, tanques de agua, reservas de alimentos, reservas de medicamentos o plantas de producción de medicamentos; cualquier tipo de infraestructura que sustente la vida de las personas, constituye un grave peligro para la población de la región y más allá”, advirtió.

Aunque más invisible, la contaminación de los acuíferos —los depósitos de agua subterránea— es otro problema grave en lo que respecta al suministro. Los bombardeos de Trump y Netanyahu contra las refinerías de Irán dejaron un “lluvia negra ácida” —dióxido de azufre, dióxido de nitrógeno, partículas PM2,5— que se ha filtrado por muchas vías fluviales.

Si el agua marina está contaminada, las plantas desalinizadoras pueden “saturarse o fallar”, explican los expertos sobre este otro riesgo. También puede ocurrir que no se eliminen todos los contaminantes químicos complejos y que el agua potable contenga trazas contaminantes.

Al mezclarse con la humedad atmosférica, el hollín, las cenizas y los residuos de crudo están provocado un “desastre ambiental de gran magnitud con impactos inmediatos y a largo plazo”, advierten los científicos de Conflict and Environment Observatory (CEOBS), un observatorio especializado en el impacto ambiental de las guerras.


Imágenes satelitales de un incendio en la zona petrolera y petroquímica de Fujairah, Emiratos Árabes Unidos.

Esta ONG explica que si bien el Golfo es una zona dominada por la industria de los combustibles fósiles —y sus consiguientes problemas de contaminación—, “aún existen zonas de gran importancia ecológica”. “Los riesgos se extienden más allá de la región: la fragata iraní Dena fue torpedeada cerca de la costa de Sri Lanka, y la consiguiente mancha de petróleo de 20 km de longitud amenaza ahora zonas de gran importancia ecológica a lo largo de su litoral. Las autoridades de Sri Lanka están llevando a cabo labores de limpieza y muestreo”, se detalla en la última actualización.

Los buques hundidos y las infraestructuras portuarias dañadas —explican los expertos que integran este organismo— pueden presentar “riesgos significativos de contaminación, incluso por combustibles y aceites”. Los derrames de petróleo son otro foco de preocupación. “Se han registrado al menos 12 ataques a buques mercantes en puertos o en el Golfo Pérsico; a medida que aumenta el número de ataques, también aumentan los riesgos de un incidente ambiental grave”, alerta el observatorio.

Un panorama similar denuncia Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud (WHO). Días atrás, alertó que las “lluvias cargadas de petróleo” contaminan alimentos, agua y aire, “peligros que pueden tener graves consecuencias para la salud, especialmente en niños, personas mayores y personas con afecciones médicas preexistentes”.

Sin desalinizadoras no hay agua potable

Según un estudio publicado en la revista Nature en enero de este año, de las casi 18.000 plantas desalinizadoras operativas en todo el mundo, unas 4.900 se encuentran en Oriente Medio. En conjunto, estas instalaciones generan una capacidad de desalinización de 29 millones de metros cúbicos de agua al día, lo que equivale a aproximadamente el 42% de la producción mundial.

La cifra permite dimensionar la importancia estratégica de estas infraestructuras en esta región. Las desalinizadoras proveen la mayor parte del suministro de agua potable en la mayoría de los países: el 93% en Kuwait, 86% en Oman, 70% en Arabia Saudi, 48% en Qatar y 42% en Emiratos Árabes Unidos, según las últimas cifras del Instituto Francés de Relaciones Internacionales.

El dato clave es que la región del Golfo tiene el 6% de la población mundial, pero alberga apenas el 2% de las reservas mundiales de agua dulce renovable. ¿Uno de los motivos? Las fuertes presiones que el auge de la industria petrolera —iniciado en la década de 1950— ejerció sobre la zona. Por lo tanto, en esta parte del mapa mundial, las desalinizadoras son sinónimo de agua potable.

De los 25 países que enfrentan un estrés hídrico extremadamente alto en todo el mundo (es decir, que utilizan más del 80% de su suministro de agua renovable), 15 se encuentran en Oriente Medio, según la investigación publicada en Nature, liderada por Noman Khalid Khanzada, del Centro de Investigación del Agua de la Universidad de Nueva York en Abu Dabi (NYUAD).

En contraste, explica Lillo Ramos, las desalinizadoras de Irán sólo aportan el 3% del suministro de agua potable, que se basa fundamentalmente en el aprovechamiento de las aguas subterráneas. El problema: los embalses están muy por debajo de su capacidad tras cinco años de sequía. “La sobreexplotación de aguas subterráneas, la contaminación por intrusión de agua de mar o aguas residuales y las sequías persistentes han agotado gravemente estas fuentes de agua vitales en esta región del planeta”, señalan Khalid y su equipo de trabajo.

Según datos del Instituto de Recursos Mundiales (WRI), el 83% de la población de Oriente Medio ya sufre una grave escasez de agua, cifra que se prevé que aumente al 100% para 2050. “Se espera que la situación en la región empeore aún más debido al crecimiento demográfico, el rápido desarrollo económico, la gestión insostenible del agua y los desafíos sociopolíticos. Por lo tanto, la seguridad hídrica se ha convertido en una cuestión de vital importancia y en un pilar fundamental de la seguridad nacional en esta región”, concluyen los investigadores.

El quiebre ecológico de Irán

Alain Chandelier es un periodista que desde hace años retrata, desde el terreno, la crisis ambiental de Teherán, la capital de Irán. En enero, antes de las bombas, cuando las protestas sociales se generalizaron, publicó una crónica para el medio Euronews titulada “Irán estalla: cuando la crisis climática convierte la protesta en una lucha por existir”.


Irán estalla: cuando la crisis climática convierte la protesta en una lucha por existir.

Chandelier detalla que el país afronta una “destrucción climática múltiple” en la que los desaIstres ambientales encadenados han derivado en “un callejón existencial sin salida”. La sequía, la peor en casi seis décadas, ha provocado en los últimos meses el racionamiento del agua, con límites para el consumo humano y productivo. Durante varias semanas, se evaluó evacuar Teherán por temor a un desabastecimiento generalizado.

En su reportaje, el periodista explica que, si bien todavía no se ha producido un desplazamiento masivo hacia las zonas más húmedas del norte, ya han saltado chispas de “tensiones interregionales” por recursos de agua limitados. Además, los proyectos de trasvase entre cuencas, diseñados para sostener industrias ineficientes en la meseta central, se han convertido ahora en focos de enfrentamiento entre provincias.

La tensión hídrica —revela— ha entrado en los hogares de las grandes ciudades. Los cortes reiterados y el racionamiento informal del agua potable, así como el deterioro preocupante de su calidad (concentración de sales y nitratos) se han convertido en una “rutina agotadora para los ciudadanos”.

La muerte por sequía de miles de robles en la cordillera del Zagros y la conversión de los pastizales en desiertos estériles —agrega Chandelier en su crónica— no sólo empujan el ecosistema de Irán hacia la destrucción, también colocan la seguridad alimentaria del país al borde del colapso. Cada año, alrededor de 100.000 hectáreas de tierras agrícolas y pastizales de Irán están en riesgo de convertirse en desierto absoluto. La degradación del suelo ha alcanzado ya un nivel crítico, porque la tasa de erosión es cerca de tres veces mayor a la media mundial.

Mucho tiene que ver el consumo desmedido y depredador de los recursos de agua subterránea, que ha llevado a que las llanuras de Irán afronten una “muerte irreversible”. Según cifras oficiales, Irán afronta un balance negativo de 130.000 millones de metros cúbicos en sus acuíferos, lo que significa que, incluso si las precipitaciones vuelven a niveles normales, los depósitos subterráneos ya no tienen capacidad para almacenar agua.

La subsidencia es un daño colateral de la insostenible extracción de agua. El suelo en Irán no se hunde unos pocos milímetros, en algunas zonas se abre a un ritmo escalofriante de 20 a 30 centímetros al año, una tasa 40 veces superior a la media de los países desarrollados y el mayor registro documentado en el mundo

“Este escenario desnuda la paradoja del Irán de 2026. Resolver las crisis climáticas exige grandes inversiones internacionales, diplomacia del agua y la adopción de estándares ambientales globales”, explicaba este reportero a mediados de enero. Estados Unidos e Israel eligieron el camino opuesto: un ecocidio escondido en miles de bombas y misiles.

El agua se agota a escala global

El término “bancarrota hídrica” —acuñado por la ONU en el informe— establece un paralelismo con la bancarrota financiera: al igual que una empresa o individuo que ha gastado más de lo que posee puede enfrentar la insolvencia, muchos sistemas hídricos también se encuentran hoy más allá de sus posibilidades.

Los datos revelan que, durante décadas, las sociedades han extraído más agua de los recursos naturales de la que pueden reponer de forma sostenible, agotando tanto los caudales renovables anuales como las reservas no renovables, como las aguas subterráneas y los glaciares.

“El principal mensaje que transmite este trabajo es que es necesario dejar de hablar de estrés hídrico o crisis del agua, conceptos en los que cabe pensar en una posible recuperación de los sistemas hídricos y ecosistemas asociados. En muchos casos esta recuperación ya no es posible, los daños son irreversibles”, explica Antonio Collados Lara, científico titular del Instituto Geológico y Minero de España (IGME-CSIC).

La auditoría global pinta un panorama desolador: el 75% de la población mundial vive en países donde el agua escasea o es insegura; más de la mitad de los grandes lagos del planeta se están secando; 2.000 millones de personas habitan sobre terrenos que se hunden por la sobreexplotación de aguas subterráneas; y en 50 años se han perdido humedales equivalentes a toda la superficie de la Unión Europea.

En su informe, la ONU advierte de que “la crisis no conoce fronteras”. La agricultura, que consume el 70% del agua dulce —80% en el caso de España—, es el epicentro del colapso. Cuando los cultivos se secan en una región, la escasez viaja a través de los precios de los alimentos, golpeando la seguridad alimentaria global y desestabilizando economías, explica Madani. Y agrega: “El agua que falta aquí, se nota en la comida de allá. Esta quiebra no es un problema local, es un riesgo sistémico que fluye por las venas del comercio mundial”.

Este miércoles, se conoció que este científico irání —señalado como un “ecologista traidor” en su país por denunciar la insostenibilidad de la agricultura— es el ganador del Premio del Agua de Estocolmo 2026, considerado el Nobel en este ámbito. Al ser entrevistado, admitió que la satisfacción personal está totalmente empañada por los bombardeos. “Lamentablemente, el impacto medioambiental de la guerra durará muchos años“, adelantó.


Fuente: El Salto

miércoles, 14 de enero de 2026

El imaginario terminal y el factor locura

 

        Escritor y filósofo italiano. Activista de la izquierda.


El destino del planeta está en manos de un poder psicótico y asesino. Pero el curso de la evolución del caos es impredecible


     Lo impactante del asesinato a sangre fría de la poeta René Nicole Good en Minneapolis es la caótica y absurda secuencia de acontecimientos: un grupo de enmascarados (es decir, hombres) armados con rifles se desplazan de un lado a otro por una carretera entre montones de nieve, tambaleándose y gritando frases incoherentes, mientras una mujer, al volante de su coche, intenta escapar de esa banda de hombres armados: los milicianos del ICE, altamente pagados. Se trata de una milicia de individuos perturbados al servicio de un hombre que grita, amenaza e insulta a diario, declarando con sus palabras y acciones que no queda ninguna ley vigente excepto su propia fuerza destructiva y su conciencia: la conciencia de un violador, un jefe de la mafia, un idiota miserable e ignorante a quien el pueblo estadounidense le ha otorgado un poder ilimitado.

Ya no se aplica ninguna otra ley, ni el derecho internacional ni la compasión por quienes sufren. Solo rigen la ley de la fuerza y ​​la de la locura. Sabemos de quién es el poder, conocemos sus reglas, pero la locura es un juego sin reglas que podría escaparse de las manos de la fuerza.


Marco Rubio.


¿Tenemos derecho a denunciar la evidente locura del presidente de Estados Unidos como si fuera un delito político? Claro que no. Hace tiempo que aprendimos a no considerar la locura un delito, ni algo que te exponga al escarnio público o al confinamiento en un hospital psiquiátrico. El factor F de la locura es solo uno de los factores que determinan el declive de la historia humana en una sucesión de violencia y venganza. Un factor entre muchos, pero quizás el principal.




Desde la década de 1970, cuando, con Franco Basaglia, David Cooper y Félix Guattari, excluimos la desviación mental de la jurisdicción de la ley y del internamiento psiquiátrico, sabemos que el problema de la locura no puede descartarse apresuradamente: no podemos resolver el problema del sufrimiento mental encerrando a los locos en prisión. Pero tampoco podemos descartar la locura como algo irrelevante, como si fuera algo que no nos concierne.

Comprendimos entonces que es imposible entender nada de la locura sin comprender el sufrimiento que el loco lleva dentro de sí, la historia de abusos, humillaciones, abandonos, soledad y marginación que se agita en sus delirios.


Istubalz, 2022.

Pero también hemos comprendido el sufrimiento que el loco puede causar a los demás, a sus allegados, y a veces (cada vez más a menudo desde Hitler) el sufrimiento que el loco puede causar a millones de mujeres y hombres, a poblaciones enteras.


Llamar genocidio al genocidio.

El verdadero enigma del siglo XXI no es tanto por qué gente como Donald Trump, Javier Milei o Nigel Farage tienen suficiente poder para imponer su locura como política de gobierno, sino por qué millones de personas, jóvenes y viejos, votan por estos individuos y les conceden la capacidad de devastar la existencia colectiva.


Una foto de la exposición 'En la mira de la memoria', con dibujos de Gianluca Costantini dedicados a los periodistas asesinados en Gaza.

Por lo tanto, debemos examinar dos cuestiones con mayor profundidad.

Primero: ¿qué tipo de patologías acompañan al delirio de poder que a menudo, cada vez más, se transforma en una fuerza de atracción política?

Segundo: ¿Qué confusión mental, qué sufrimiento, qué humillación lleva a las multitudes a seguir a Adolf Hitler o a Donald Trump al abismo del horror que emana de sus cerebros?

¿Cuál es la relación entre la violencia sufrida (generalmente en la infancia) y la crueldad propagada, perseguida y organizada por esta nueva generación de psicóticos en el poder?


Pensar con dos cerebros.

Hay toda una galería de psicópatas afortunados cuya demencia les abrió las puertas al poder político: creo que el ejemplo más obvio es, en primer lugar, el del presidente de Argentina, quien llegó al poder triunfalmente gracias a un electorado mayoritariamente joven. ¿Por qué un hombre que se presenta como un sádico empeñado en perjudicar a la gran mayoría de la población argentina obtuvo el apoyo entusiasta de una gran mayoría de jóvenes destinados a sufrir la pobreza, la precariedad y la esclavitud?

Milei se hizo mundialmente famoso cuando, apareciendo en la calle con una motosierra, declaró que la usaría para atacar a los parásitos: trabajadores del sector público, escuelas, sanidad y quién sabe quién más. La razón por la que millones de jóvenes se identificaron con él es su odio (totalmente justificado) a las políticas neoliberales que gran parte de la izquierda global (y argentina) ha implementado en las últimas décadas. Pero la otra razón es la ola de psicosis nihilista que ha sacudido la mente colectiva.

No importa que Milei propusiera (sin disimularlo) intensificar las políticas de empobrecimiento, llevarlas al límite. La extrema exacerbación de la violencia económica aparece —en una lógica aceleracionista— como una especie de revelación, una denuncia delirante. A falta de una alternativa al saqueo neoliberal, las víctimas de esa agresión a veces parecen ansiosas por que esta se revele en toda su malicia, como si en algún momento una política descabellada pudiera revertirse en su opuesto, o al menos abrir nuevos horizontes.

Pero hay algo más tras la ola de apoyo al sadismo político organizado. Para comprender este apoyo, debemos observar el colapso de la racionalidad política: «La razón nos ha engañado durante mucho tiempo», parece decir el votante de Milei o Trump, «ahora probemos con la razón».

En Historia de la locura, Michel Foucault explica que la creación de instituciones mentales y el internamiento de desviados fueron formas útiles para distinguir institucionalmente el espacio de la Razón del espacio de la sinrazón.

La razón finalmente se reveló como la razón de la explotación y la acumulación. Por lo tanto, la sinrazón ha sido (y sigue siendo) el refugio de muchos que se niegan a soportar la explotación y la humillación sin fin.

En su libro «(Todo) lo que querrías saber sobre las ultraderechas», el psicoanalista argentino Yago Franco explica que es completamente inútil acusar a Milei de estar loco. Todo el mundo lo sabe, y muchos lo votan precisamente por eso.


Portada del libro de Yago Franco: (Todo) lo querías saber sobre las ultraderechas.

Para muchos, no cabe duda de que Milei está loco; sin embargo, el 30% de los votantes lo eligió en la primera vuelta y más del 50% en la segunda. El discurso que busca descalificarlo por su salud mental no considera, acepta ni comprende que muchos lo votan precisamente por eso: su locura. Eligen a un loco, una figura que inspira entusiasmo, que encarna el exceso, la protesta y la impotencia. Para sus seguidores, el hecho de que esté loco solo refuerza su preferencia y quizás atraiga a más votantes.

Imágenes de terminación psicótica

La distopía predomina en la imaginación contemporánea, en la producción literaria y cinematográfica.

Las catástrofes que se ciernen sobre glaciares y bosques, mares y ciudades, quizá podrían controlarse, aunque parezca improbable que reviertan. Pero el colapso de la mente colectiva hace improbable que sobrevivamos.

Que sigamos invirtiendo en guerra mientras los océanos crecen es una señal incontrovertible de colapso mental.

Debemos pues abordar este tema para entender dónde nos encontramos en la parábola decadente destinada a llevar a la raza humana a su extinción.

Las tres películas que despertaron mi curiosidad morbosa en el año 2025 giran en torno a la locura. La locura algorítmica es el tema de "Una habitación llena de dinamita" de Catherine Bigelow. La psicosis masiva que alimenta la guerra de todos contra todos es el tema de la película de Ari Aster Eddington. La terminación como un destino ineludible que solo una mente paranoica (pero por lo tanto lúcida) puede prever es el tema de "Bugonia" , la nueva obra maestra de Jorgos Lanthimos.

Ari Aster ha hecho una película sobre la guerra civil en el Oeste contemporáneo: nada que ver con la absurda Guerra Civil de Alex Garland, ni siquiera con la espectacular pero inútil Batalla Tras Otra de Thomas Paul Andersen. La Guerra Civil estadounidense no se libró con ejércitos en marcha, no estuvo impulsada por frentes ideológicos opuestos ni por proyectos más o menos revolucionarios.

Es una guerra que se libra desde hace mucho tiempo con armas pulidas en el sótano por el abuelo y con ametralladoras compradas en el supermercado, una guerra que estalla sin razón y golpea a las víctimas que pasan por allí.

Es una guerra desatada por el odio racista y librada por sicarios del ICE, individuos pagados por el Estado para secuestrar a gente pobre que trabaja en obras de construcción, restaurantes o granjas, pero que no tienen documentos y no pueden ocultar el hecho de que sus rasgos no son perfectamente arios.

Ari Aster ha comprendido la esencia de la forma contemporánea de la guerra civil: que no hay frentes reconocibles ni motivaciones comprensibles, porque todos los participantes en la tragedia cómica padecen diferentes formas de demencia. Están enfermos. Todos. Todos están terriblemente enfermos, como la madre drogadicta del vicepresidente Jack Vance o la abuela que el propio Vance describe como heroína en su novela Elegía Americana.


Movimiento MAGA.

Luego consumen diversos tipos de psicofármacos, principalmente opiáceos que se venden legalmente con receta médica. El sheriff Joaquim Phoenix consume psicofármacos, al igual que la madre de Vance. ¿Qué psicofármacos consumen los agentes de ICE?

Las víctimas de esta guerra son, en primer lugar, los cientos de miles de personas que mueren por sobredosis causadas por un medicamento producido y distribuido regularmente por las grandes farmacéuticas, mientras el ejército yanqui bombardea a los pescadores venezolanos como si fueran responsables del envenenamiento de buenos ciudadanos estadounidenses.

Lo cierto es que en ese país todo es incompatible con la vida humana, y los humanos que tienen la desgracia de nacer allí, o peor aún, de emigrar allí, se hunden en ese fango y en ese horror sin muchas esperanzas de salvación.

Antes de la pandemia, Joaquin Phoenix era el héroe del sufrimiento solitario (pero contagioso) del Guasón. Ahora, tras la pandemia, Phoenix regresa y se sube al escenario como el sheriff de Eddington para relatar cómo el sufrimiento solitario de todos los ciudadanos estadounidenses, atrapados en ese infierno que afirma ser el mejor de los mundos posibles, se ha transformado en un concierto cacofónico de palabras y acciones sin sentido. En un momento de la película, el sheriff Phoenix graba un discurso delirante y luego ordena a su perplejo ayudante que publique inmediatamente su discurso "antes de que me lo piense".

Ya nadie tiene tiempo para pensar, y en cualquier caso, nadie es capaz de hacerlo. El resultado es claro: como tantas masacres masivas que ocurren en escuelas o iglesias, la presidencia de Trump es un suicidio espectacular, destinado a consumarse solo tras una serie de crímenes atroces, cuyo desenlace bien podría ser la extinción de la humanidad.

Si Ari Aster hizo una película sobre el magma psicótico en el que se hunde la sociedad de ese país, es decir, sobre el inconsciente suicida y sus impredecibles manifestaciones, Katryn Bigelow, en cambio, hizo una película sobre la perfecta racionalidad de la maquinaria de guerra, capaz de rastrear, segundo a segundo, la trayectoria de un misil nuclear que se dirige inexorablemente hacia Chicago, pero incapaz de comprender quién lo lanzó ni por qué. La locura algorítmica del sistema militar guiado por inteligencia artificial.

El probable fin de la raza humana se describe aquí como el resultado de la inexorable sucesión de dispositivos impulsados ​​por inteligencia artificial, como una implicación perfectamente lógica del sistema de seguridad global.

No puedes estar más seguro que esto.

Finalmente, Bugonia, de Jorgis Lanthimos, una película sorprendente y profunda: el delirio conspirativo de un asesino en serie incel , hijo de una madre drogadicta y abusado por una niñera de la policía. ¿Es realmente un delirio o es la verdad? Quizás sea la única verdad a la que podemos aferrarnos hoy: la verdad de la deseable extinción de la raza humana, desprovista de humanidad.


Fuente: ILDISERTORI

domingo, 11 de enero de 2026

Trump, Venezuela, Groenlandia y el petróleo que debe quedar bajo tierra para evitar un planeta inhóspito

 

 Por Andrés Actis   

      Periodista licenciado en Comunicación Social (UNR-Argentina). Colabora en diferentes medios, entre ellos El Salto.


Mientras la geopolítica global y las agresiones estadounidenses centran el debate, el mundo ignora las advertencias de la comunidad científica sobre las consecuencias de quemar las ingentes reservas de crudo de Venezuela


     El secuestro de Nicolás Maduro y la intervención de Donald Trump en Venezuela ha generado un sinfín de especulaciones sobre qué hará Estados Unidos con las reservas de petróleo que tiene el país sudamericano, una de las más grandes del planeta. Según la Agencia Internacional de la Energía (AIE), este crudo equivale a aproximadamente 303.000 millones de barriles, lo que representa el 17 % de las reservas mundiales. La geopolítica ha monopolizado un debate que, a una semana del bombardeo, sigue obviando las advertencias científicas sobre el impacto climático y ambiental de estas futuras emisiones de CO2 cuya conclusión es clara: el petróleo de Venezuela debe quedar bajo tierra para evitar un planeta inhóspito.


Panorama energético de Venezuela, 2021.

Así lo revela el atlas del petróleo no extraíble en el mundo, un mapa diseñado en 2024 con criterios medioambientales y sociales que alerta sobre qué recursos petroleros no deben explotarse para evitar que la temperatura del planeta aumente por encima del 1,5 ºC respecto a la era preindustrial, una línea roja que pronto va a sobrepasarse. Según este estudio, dirigido por el profesor Martí Orta-Martínez, de la Facultad de Biología y del Instituto de Investigación de la Biodiversidad (IRBio) de la Universidad de Barcelona, el 71% de los recursos existentes de petróleo convencional debe permanecer sin quemarse para no cruzar este crítico umbral.

El atlas identifica las regiones del planeta donde la explotación de petróleo sería altamente incompatible con los objetivos climáticos. Estas incluyen: áreas naturales protegidas, zonas prioritarias para conservación de biodiversidad y regiones con alta riqueza de especies endémicas. Dos cuencas de Venezuela, la oriental y la de Maracaibo, figuran en este mapa.


Planta de distribución de la empresa petrolera estatal de Venezuela (PDVSA).

“Nuestro trabajo revela cuáles son los recursos petroleros que deben mantenerse bajo tierra y sin explotación comercial, con especial atención a aquellos yacimientos que se superponen a zonas de alta riqueza de endemismos o bien coinciden con valores socioambientales destacados en diferentes regiones del planeta”, explica el profesor Martí Orta-Martínez. “Los resultados muestran que la explotación de los recursos y reservas seleccionados es totalmente incompatible con la consecución de los compromisos del Acuerdo de París”, continúa.

Los puntos de no retorno del sistema Tierra

Existe un amplio consenso entre la comunidad científica sobre la necesidad de limitar el calentamiento global a 1,5°C si se quiere evitar que se llegue a los conocidos como “puntos de no retorno” del sistema climático terrestre. Es el caso del deshielo del permafrost, la pérdida de hielo marino ártico y la capa de hielo antártico y de Groenlandia, los incendios forestales de los bosques boreales, etc. “Si se superan estos umbrales, podría provocarse una emisión brusca de carbono a la atmósfera. Esto amplificaría los efectos del cambio climático y desencadenaría una cascada de efectos que comprometen al mundo con cambios irreversibles y a gran escala”, agrega el científico.


Circos glaciares en Groenlandia.

Paasha Mahdavi, profesora asociada de ciencias políticas en la Universidad de California en Santa Bárbara, es otra de las expertas que en estos días de agitación política mundial está poniendo la lupa en los impactos de aumentar la producción del petróleo venezolano. Su cálculo es que si el país recupera su pico máximo de extracción —3,7 millones de barriles diarios, más del triple de los niveles actuales— “socavaría aún más el ya vacilante esfuerzo mundial para limitar el peligroso calentamiento global”.

Con un aumento de 500.000 barriles diarios —el país produce entre 900.000 y 1,1 millones de barriles por día, según las últimas cifras de la empresa estatal PDVSA— se generarían más de 550 millones de toneladas de dióxido de carbono al año al quemar este combustible. Esto representa una mayor contaminación de CO2 que la que emiten anualmente algunas de las principales economías, como el Reino Unido y Brasil.

“Si hay millones de barriles diarios de petróleo nuevo, eso agregará una gran cantidad de dióxido de carbono a la atmósfera y la gente de la Tierra no puede permitírselo”, ha resumido esta semana John Sterman, experto en clima y economía del Instituto Tecnológico de Massachusetts, en diálogo con The Guardian.


Una central de energía eléctrica en el sur de Alemania.

Los analistas del mercado mundial de petróleo son más cautos respecto al aumento de la producción del crudo de Venezuela, tanto por las inversiones de infraestructura que se necesitan como por una demanda que decrece año a año. “El mundo probablemente no necesite mucho más petróleo contaminante y costoso. El sueño de una inundación transformadora de crudo venezolano probablemente seguirá siendo ilusorio”, aclara Robert Cyran, columnista de Reuters, magíster en Economía por la Universidad de Birmingham.

Faja del Orinoco, uno de los mayores humedales de Sudamérica

Cyran, no obstante, revela que las reservas de Venezuela son enormes, en especial las que se encuentran en la Faja Petrolífera del Orinoco, que se estima que representa más de un billón de barriles.

La Faja Petrolífera del Orinoco es parte de un sistema petrolero dentro de la cuenca de Venezuela Oriental. Se extiende por unos 50.000 km², con depósitos petrolíferos muy pesados. El crudo es de muy alta viscosidad, lo que hace que su extracción sea más compleja y dependiente de técnicas especiales, según un informe técnico de la U.S. Geological Survey (USGS), una agencia científica de la Casa Blanca dedicada a estudiar la Tierra, sus recursos naturales y los riesgos naturales.

Esta región está ubicada al norte del caudaloso río Orinoco y se extiende por cinco Estados venezolanos: Guárico, Anzoátegui, Monagas, Delta Amacuro y norte de Bolívar. Según datos de la propia PVDSA, la zona tiene bajo tierra petróleo para extraer una cuota de 3 millones de barriles diarios de crudo (10.808 pozos) durante los próximos 300 años.

Cuando se habla de esta franja se suele omitir que es uno de los mayores humedales que existe en Sudamérica, como detalla un estudio técnico elaborado por especialistas en biodiversidad, geografía y planificación ambiental del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y la Universidad Simón Bolívar (USB).

Este enorme humedal cuenta con sistemas inundables que conectan ríos y lagunas, esenciales para la migración de peces, aves y otros animales. Es un área importante para aves migratorias como los playeritos (Calidris) y otros grupos de aves que viajan desde el Ártico hacia Sudamérica. También es el hábitat de especies emblemáticas y amenazadas como el caimán del Orinoco (Crocodylus intermedius), clasificado en peligro crítico de extinción, y la tortuga arrau (Podocnemis expansa).

Los datos recabados en este informe muestran que una parte significativa de la Faja Petrolífera está asociada a “zonas de alto valor ecológico” especialmente vinculadas a los sistemas de drenaje e inundación que sostienen la biodiversidad. La cuenca alberga más de un millar de especies de peces documentadas. También incluye especies emblemáticas como el delfín de río (Inia geoffrensis), el manatí, jaguares, aves como las guacamayas y otras de alto interés biológico y conservacionista.

Asimismo, la Faja Petrolífera del Orinoco está enclavada en una zona que fue creada por la acumulación de los sedimentos provenientes de la Cordillera de los Andes y en donde el gran protagonista es el agua. “Allí se forma una dinámica biológica que es clave para todo el planeta”, explican los autores de este trabajo.

Groenlandia y un deshielo que permitirá la extracción de petróleo y minerales

Groenlandia, territorio autónomo que pertenece a Dinamarca, que Trump ha amenazado con invadir tras la intervención de Venezuela, también tiene petróleo bajo sus enormes capas de hielo.


Groenlandia responde a las amenazas: 'No queremos ser estadounidenses'

Un estudio de USGS publicado en 2019 estimó que esta región tiene reservas que pueden alcanzar los 31.400 millones de barriles equivalentes de petróleo, gas natural y líquidos de gas natural, algo que en dinero rondaría los dos billones de dólares. Se trata de una estimación geológica de recursos aún no descubiertos que podrían ser técnicamente recuperables si se exploraran.

Además de petróleo, el subsuelo groenlandés contiene materias primas estratégicamente críticas como uranio, gas natural, níquel, cobre, oro y grafito. Para hacerse con ellos se necesita que el hielo desaparezca, proceso que está ocurriendo por el calentamiento global.

Las últimas mediciones revelan que Groenlandia se está acercando a tres décadas de pérdida anual continua de hielo

Según el informe Estado de la criosfera 2024: pérdida de hielo, daños globales, publicado el año pasado y firmado por más de 50 científicos que estudian las regiones de nieve y hielo de la Tierra, Groenlandia pierde 30 millones de toneladas de hielo por hora y sufre hoy una merma de hielo cinco veces mayor que hace 20 años por el calentamiento global.


Groenlandia, la isla que pierde 30 millones de toneladas de hielo por hora.

Las plataformas de hielo en el norte de Groenlandia han perdido el 35% de su volumen total desde 1978, según se describe en este documento. Tres de ellas ya se han derrumbado por completo. También han aumentado las precipitaciones, un 33% desde 1991, otro factor que acelera la fusión del hielo.

Las últimas mediciones revelan que Groenlandia se está acercando a tres décadas de pérdida anual continua de hielo, siendo el periodo 1995-96 el último en que la gigantesca capa de hielo aumentó en tamaño. En la temporada 2024/25, el territorio perdió 105 mil millones de toneladas de hielo, según datos de Carbon Brief. El derretimiento se extendió durante septiembre, mes del año en que la capa de hielo gana nieve en la superficie.


Comportamiento de la capa de hielo en Groenlandia en 2025.

El inicio de la temporada de deshielo, definida como el primero de al menos tres días consecutivos con derretimiento de más del 5% de la capa de hielo, tuvo lugar el 14 de mayo. Esto supone 12 días antes que el promedio del período 1981-2025. En el balance general, el período 2024-25 fue el vigésimo noveno año consecutivo con pérdida de masa total de la capa de hielo de Groenlandia. La última vez que Groenlandia experimentó una ganancia neta anual de hielo fue en 1996.

La estadística debe ser motivo de festejo en la Casa Blanca. Trump está convirtiendo cada advertencia climática y ecológica en una nueva oportunidad de negocio.


Fuente: El Salto