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viernes, 3 de julio de 2026

EEUU habría advertido a Irán de que Israel planeaba asesinar a los negociadores del acuerdo de paz

 


El régimen sionista seleccionó a Abbas Araghchi, ministro de Asuntos Exteriores de Irán, y Mohammad Bagher Ghalibaf, presidente del Parlamento, como posibles objetivos militares


     El periódico estadounidense The New York Times publicaba en la noche del 2 de julio una exclusiva en la que, citando a funcionarios estadounidenses, señala los intentos de Israel por boicotear al más alto nivel las negociaciones para un alto el fuego con Irán. Según este periódico, distintos funcionarios estadounidenses sospecharon que Israel estaba conspirando para asesinar a los negociadores iraníes, concretamente, el ministro de Exteriores y el presidente del Parlamento iraní.


Mohammad Bagher Ghalibaf, a la izquierda, junto a Abbas Araghchi, en el centro, viajaron a Suiza en junio para una segunda reunión presencial con el vicepresidente J. D. Vance y la delegación estadounidense.

Durante las negociaciones, EEUU habría tenido conocimiento de esos intentos, que siguen el modus operandi de Israel aplicado en el atentado terrorista de septiembre de 2025 en Qatar, y, según la información, pidió a países de la zona que advirtieran a Irán de esos posibles ataques a sus negociadores.


Una fotografía del edificio en Doha, Qatar, donde se reunían la mayoría de los líderes de Hamás, que acaba de ser alcanzado por un ataque aéreo israelí.

En abril, tuvo lugar un episodio en el que Irán tuvo conocimiento de un intento de ataque al avión que trasladaba a uno de los negociadores, Mohammad Bagher Ghalibaf, presidente del Parlamento, desde Islamabad (Pakistán) hacia Teherán.

El asesinato terrorista de líderes ha sido parte del repertorio de guerra empleado por Israel desde el inicio del genocidio en Gaza. En Irán se ha traducido en los asesinatos de Kamal Kharazi (exministro de Exteriores), del secretario del Consejo Superior de Seguridad Nacional, Ali Larijani y especialmente del ayatolá Alí Jameneí, asesinado en febrero.


Tras el anuncio del asesinato del ayatolá Seyyed Ali Jamenei en ataques aéreos estadounidenses e israelíes, la población de Teherán salió espontáneamente a las principales calles de la ciudad para llorar su pérdida.

Precisamente este fin de semana comienzan los fastos del entierro de Jameneí, en lo que se proyecta como el funeral más concurrido de la historia, con más de diez millones de asistentes, en un recorrido que pasará por Irán e Iraq, y que pretende ser una demostración de fuerza del régimen iraní para el pueblo chiita. El sucesor de Alí Jameneí, su hijo Mojtaba, que resultó herido en el ataque que acabó con la vida de su padre, no asistirá a los actos.


Mojtaba Jamenei, segundo por la derecha, junto a otros clérigos iraníes.

Esta semana, el ministro de Defensa del Estado sionista, Israel Katz, ha declarado a Mojtaba “objetivo de asesinato”, en una amenaza que ha sido llevada ante las Naciones Unidas por la delegación iraní como caso de “terrorismo de Estado” por parte de Israel.

Mientras, la calma tensa sigue en el Estrecho de Ormuz, principal foco del conficto entre Irán, EEUU y su aliado Israel. El jueves 2 de julio un barco fue atacado mientras intentaba cruzar el estrecho por una vía no acordada.

Los asesinatos de líderes y los intentos de hacerlo cuando estaban teniendo lugar las negociaciones no han sido los únicos sabotajes de Israel al camino hacia un alto el fuego. El bombardeo constante del Líbano en momentos previos a los anuncios de avances ha sido una de las tónicas de las últimas semanas, hasta la culminación de un acuerdo (precario) el 17 de junio.


Devastación por los ataques israelíes en Líbano.


Firma del Acuerdo de Entendimiento (MOU) entre Irán y EE. UU.



Fuente: El Salto

domingo, 24 de mayo de 2026

La derrota de Trump en Irán

 

      Fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania  de la eurocrisis.


Estados Unidos ha perdido la partida en Irán. No tiene opción de salida que no parezca una derrota


La derrota de Trump en Irán.


     En Irán estamos presenciando una derrota sin paliativos de Estados Unidos. Eso es algo que los estrategas y propagandistas imperiales comienzan a reconocer. El ideólogo neocón Robert Kagan mencionaba la semana pasada (en The Atlantic) “una derrota que no podrá repararse ni ignorarse. No habrá un regreso a la situación anterior a la guerra, decía.

En los últimos meses, el Presidente Trump ha fijado plazos para que Irán acepte sus condiciones en cinco ocasiones. Ha amenazado a Irán con la “edad de piedra” y con “arrasar una civilización”, pero no le han hecho caso. “No está claro si, detrás de su bravuconería, Trump comprende realmente la limitada naturaleza de sus opciones militares”, dice el columnista del Financial Times, Gideon Rachman (el 21/04/2026).


Un avión de combate de EEUU, en el portaaviones ‘USS Tripoli’, durante la operación militar Epic Fury contra Irán.

Lo de Irak también fue un desastre, pero lo de Irán es mucho peor. En Irak se venció militarmente y se derrocó al régimen, lo que inicialmente parecía una victoria, recuerden el “mission accomplished”(“misión cumplida”) proclamado por el iluso George W. Bush sobre la cubierta de un portaaviones antes de que se le incendiara aquella “victoria”. Pese a todo, las repercusiones internacionales de la catástrofe de Irak fueron limitadas. No hubo una crisis del petróleo, ni escasez de alimentos, ni interrupciones en las cadenas de suministro. Ahora el cierre del estrecho de Ormuz provoca todo eso. Convierte a Irán en un actor mundial clave. Su régimen no ha caído sino que más bien parece que se ha fortalecido.

Irán coloca manifiestamente a Estados Unidos y a Israel en el papel de desestabilizadores mundiales.

Sus aliados en el Golfo han descubierto que las bases y la protección americana les convierte en objetivo militar. Constatan la impotencia de su protector ante la evidencia de que están a merced de la destrucción total de sus economías. Y parece que están reaccionando. Turki al Faisal, un importante miembro de la familia real saudí que fue embajador en Estados Unidos e Inglaterra y dirigió los servicios de inteligencia saudíes, responsabiliza directamente a Israel de la guerra. Según el ex analista de la CIA Larry Johnson, “los chinos y los rusos están trabajando entre bastidores – utilizando a Pakistán como testaferro – para erigir una nueva arquitectura de seguridad en el Golfo Pérsico. El objetivo actual es convencer a Arabia Saudí y a Qatar de que rompan efectivamente sus lazos militares con EE.UU. y firmen un acuerdo estratégico que estará garantizado por Rusia y China. Si Arabia Saudí y Qatar se mantienen firmes en su prohibición de que EE.UU. utilice sus bases y su espacio aéreo para una nueva serie de ataques contra Irán, EE.UU. podría verse obligado a cancelar los ataques previstos”. Habrá que ver.

Los aliados asiáticos de Washington (Japón, Corea del Sur, taiwaneses y filipinos) ven su suministro energético en peligro. Cae necesariamente entre ellos la confianza hacia Estados Unidos. Todo eso sube las acciones de Rusia y China que llevan años proponiendo una nueva “arquitectura de seguridad colectiva” en el Golfo que sustituya al paraguas de defensa estadounidense centrado en el cerco a Irán.

En el fondo es lo mismo que en Europa: un cerco a Rusia en lugar de la arquitectura de seguridad colectiva que se prometió a la URSS de Gorbachov y que Rusia ha venido reclamando treinta años desde entonces.

La guerra de Irán no tiene salida para Trump.

Si ataca con aún mayor fuerza, restando aun más capacidades al frente ucraniano y trasladando al Golfo Pérsico aún más fuerzas militares destacadas en la contención a China en Asia Oriental, lo más probable es que la respuesta de Irán sea aún más dañina para las economías del Golfo y la economía mundial.

Sin electricidad y agua, los países del Golfo son países muertos. En esos países la mitad del año no se puede vivir sin aire acondicionado y si se destruyen las plantas de desalinización no hay recursos hídricos disponibles. Un cable de la CIA fechado en Riad y divulgado en 2008 por Wikileaks estimaba que en caso de destrucción por Irán de la planta desalinizadora que abastece de agua a la capital saudí (7 millones de habitantes, 20% de la población total del reino) la ciudad “debería ser evacuada en una semana”. Irán también es un país muy seco, pero la situación climática e hídrica allí es muy diferente. Todavía ahora, en primavera, las fotos de Teheran permiten ver una cadena montañosa nevada detrás de la ciudad. Cualquier cosa que Estados Unidos haga contra Irán, Teheran la puede devolver con mayor efecto, porque tiene el control de la escalada.

El país ha sufrido mucho. A 8 de abril registraba 3540 muertos, de ellos 1616 civiles y 244 niños, con trescientas instalaciones sanitarias dañadas solo en Teheran, 760 escuelas y 46.000 edificios. Pero, según estimaciones de la CIA, se conserva un gran stock de misiles, así como la capacidad de producirlos y lanzarlos en instalaciones subterráneas (Ver: U.S. Intelligence Shows Iran Retains Substantial Missile Capabilities – The New York Times). Las derrotas de Estados Unidos en Vietnam y Afganistán no tuvieron las consecuencias que tendrá la derrota en Irán. Porque el contexto mundial ha cambiado.

En los últimos 35 años hemos presenciado una sucesión de guerras continuas, todas ellas cosechando desastres con una factura humana monstruosa y bien conocida. (ahí están las cifras del estudio “Cost of Wars” de la Universidad Brown de Estados Unidos, particularmente recomendable.Costs of War | Brown University)

El motivo fundamental de esos desastres fue la creencia de Washington de que, concluida la guerra fría, su mundo bipolar y la autodisolución de la URSS, Estados Unidos era la única superpotencia. Así que podía dictar su voluntad e ignorar los intereses de los demás. Eso les llevó a cometer un error detrás de otro. En los últimos cuatro años esto se ha acelerado y evidenciado con tres errores de cálculo.


Donald Trump, durante la cumbre de la OTAN celebrada en La Haya en junio de 2025.

-El primero fue el de Rusia. Se creía que provocando la invasión de Ucrania, Moscú sufriría una “derrota estratégica” y una debacle económica como resultado de las sanciones y de un aislamiento internacional que se daba como seguro.

-El segundo fue creer que las barreras y sanciones comerciales y tecnológicas contra China doblegarían a Pekín.

-El tercero es lo que estamos viendo ahora con Irán.

Estos tres errores están unidos por la misma voluntad de contener e impedir militarmente la emergencia de un mundo multipolar, es decir basado en la interacción de las potencias y el multilateralismo, que ya es una realidad que no se puede soslayar y que es incompatible con el hegemonismo. Como dice el especialista en Irán Tirsa Parsí, “el peligro para Estados Unidos es continuar manteniendo una estrategia diseñada para un mundo que ya no existe”.

Rusia, China e Irán no son aliados pero están unidos por el vector de la integración euroasiática. Son eslabones de una misma cadena con motor chino que cambia por completo la correlación de fuerzas mundial y que acabará dando lugar a un nuevo sistema de gobernanza internacional. Y eso, en Occidente, se vive como una amenaza cuando lo único que exige es una adaptación que reconozca la nueva realidad de que el hegemonismo ya no funciona. En eso hay cierta analogía con el fin de los imperios coloniales europeos tras la Segunda Guerra Mundial. El mundo había cambiado, el colonialismo ya no funcionaba, pero hasta que las metrópolis coloniales se dieron cuenta y pusieron en marcha una nueva estrategia conjunta de dominio que acabó concretándose en la Unión Europea, se derramó mucha sangre.

Ahora estamos en algo parecido, con la diferencia de que la presión del cambio global del capitalismo antropocéntrico no nos deja mucho tiempo para evitar un desastre planetario y que la situación de la capacidad de destrucción masiva y sus riesgos ha aumentado considerablemente.

Ocho de las nueve potencias nucleares (todas menos China) están hoy directamente implicadas en guerra o son partícipes en tensiones militares. Israel contra Irán, que es un estado cuasi nuclear. Estados Unidos contra Rusia en Ucrania y contra Irán. Rusia con Ucrania y con la OTAN. Corea del Norte, ayudando con tropasa Rusia y combatiendo en la región de Kursk el año pasado. India en tensión con incidentes militares con Paquistán, recientemente. Paquistán, con India y con Afganistán. Francia e Inglaterra, contra Rusia vía el “proxy” ucraniano y con Irán, colaborando en la defensa de Israel y su genocidio.

Comparado con esto la situación de la guerra fría era un juego de niños. Ahora los peligros se han multiplicado. En los ochenta los euromisiles sacaron a los europeos a la calle. Hoy a los alemanes, y a los europeos en general, se les está llevando de la oreja a la guerra Este año la guerra podría extenderse en Europa – Rafael Poch de Feliu y no se mueve nadie… Que Estados Unidos esté perdiendo la partida en Irán no es una mala noticia, pero en absoluto suscita tranquilidad.


Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu

lunes, 23 de marzo de 2026

¿Quién controla las guerras de Estados Unidos?

 

             Economista y  director ejecutivo del blog El Tábano Economista.  


Cualquiera puede ir a Bagdad. Los hombres de verdad van a Teherán.

     La frase, atribuida indistintamente a Rambo o a Boogie el aceitoso, según el gusto del lector, resume una tentación que lleva décadas rondando los pasillos del poder en Washington. Pero la cuestión real no es si Estados Unidos debe o no bombardear Irán. La pregunta es quién decide que esa sea siquiera una opción sobre la mesa cuando la mayoría de los ciudadanos se opone, cuando los militares advierten de las consecuencias y cuando la propia estrategia de defensa nacional dice que el verdadero enemigo está a miles de kilómetros, en China.


'Los jugadores de Skat', de Otto Dix.

La respuesta es incómoda, pero está documentada: la política exterior estadounidense es el producto de una estrategia nacional coherente como ya lo expusimos en el artículo Trump no improvisa, pero el resultado es de una lucha feroz entre élites con visiones del mundo radicalmente distintas y, sobre todo, con intereses económicos muy concretos. No se trata de una conspiración con un único cerebro, sino de un ecosistema opaco de intelectuales neoconservadores, contratistas de defensa, lobbies extranjeros y facciones internas de la Casa Blanca que compiten por controlar la narrativa y, de paso, los presupuestos.


Elbridge Colby, Subsecretario de Defensa de EEUU.

Lo que hace que el análisis sea particularmente confuso es que un conjunto paralelo de debates económicos y de negocios se desarrolla casi independientemente de las consideraciones estratégicas. Para entenderlo, hay que observar tres corrientes de pensamiento que hoy se disputan el alma de la política exterior estadounidense. Por un lado, están los asociados al movimiento MAGA, que desean unos Estados Unidos más conservador y una política exterior que sea extensión de las guerras culturales domésticas. El vicepresidente JD Vance lo ha resumido con claridad: Estados Unidos no debería «desperdiciar vidas siendo el policía del mundo». Pero también existe un profundo escepticismo hacia las élites washingtonianas, a las que consideran belicistas empedernidas.

Una segunda perspectiva, la de los autodenominados «realistas», considera que la prioridad absoluta es el Indo-Pacífico. China, no Irán, es el verdadero desafío existencial. Una guerra en Oriente Medio sería un problema sin fin que desviaría recursos cruciales de la contención de Pekín. Abogan por la contención de Irán, no por su destrucción, y creen posible algún tipo de modus vivendi que permita a Estados Unidos salir de la región. Su mentor intelectual es Elbridge Colby, y sus propuestas suenan a música celestial para oídos cansados de guerras interminables.

Finalmente, persiste el enfoque más tradicional de la seguridad nacional estadounidense, los neoconservadores o, ahora, Sion Con, el que percibe amenazas interrelacionadas con China, Rusia, Irán y Corea del Norte. Esta visión del mundo, que los críticos tachan de «neoconservadora», aboga por un alto nivel de preparación militar y cooperación con aliados en tres frentes simultáneos: el Indo-Pacífico, Europa y Oriente Medio. Para ellos, China es ciertamente el principal adversario, como reconocía Marco Rubio cuando aún era senador, pero eso no implica descuidar los demás frentes.

El problema es que este debate estratégico, ya de por sí complejo, se desarrolla en paralelo a otro mucho más mundano: el de los negocios. Y ahí las cosas cambian drásticamente.

El enfrentamiento entre estas élites no es puramente intelectual. La «lógica fragmentada» que produce decisiones erráticas y aparentemente contradictorias se debe en gran medida a los potentísimos intereses económicos que financian a los centros de pensamiento (think tanks), que generan la cobertura intelectual para las guerras, que a su vez benefician a las corporaciones que financiaron los think tanks. Es un ciclo perfecto, autorreforzado y opaco.

El bloque halcón, heredero del pensamiento neoconservador, parte de una premisa simple: Estados Unidos debe mantener su primacía global mediante una posición de fuerza militar indiscutible. Su objetivo no es contener a Irán, sino buscar activamente el cambio de régimen o, al menos, una degradación tal que le impida proyectar poder en la región. Creen que Irán solo entiende por la fuerza, que cualquier negociación es una concesión al mal y que la eliminación de la amenaza iraní es innegociable, especialmente por la supervivencia de Israel.

Este bando está liderado por figuras con larga trayectoria intervencionista: Marco Rubio como secretario de Estado, Mike Pompeo, John Bolton, Mike Waltz, este último embajador ante la ONU y John Ratcliffe al frente de la CIA. En el Congreso cuentan con senadores como Lindsey Graham y Tom Cotton. Y su brazo intelectual son think tanks perfectamente identificados: la Foundation for Defense of Democracies (FDD), el American Enterprise Institute (AEI), el Jewish Institute for National Security of America (JINSA), el Hudson Institute y el Washington Institute for Near East Policy.

Son instituciones respetables, con expertos brillantes y publicaciones influyentes. Pero también son instituciones financiadas de manera muy particular. Y ahí es donde conviene detenerse, porque el corazón del control reside en el dinero.

Según una investigación reciente del Quincy Institute publicada por Responsible Statecraft, los think tanks más belicistas reciben millones directamente de quienes fabrican las municiones que se están usando ahora mismo en Irán. El Hudson Institute ha cobrado más de cuatro millones de dólares desde 2019 de Lockheed Martin, Northrop Grumman, General Atomics y RTX. Northrop fabrica los bombarderos furtivos B-2, valorados en 2.000 millones de dólares cada uno, que están atacando Irán. Lockheed fabrica los aviones de combate y el sistema de radar THAAD, valorado en 300 millones, que Irán destruyó recientemente. General Atomics produce los drones MQ-9 Reaper. RTX fabrica el misil Tomahawk que, según los informes, mató a 168 niñas en una escuela primaria de Minab.

El Atlantic Council, que acepta más financiación de la industria armamentística que ningún otro think tank, publicó el año pasado un informe recomendando que Estados Unidos adquiriera más misiles THAAD y SM-3 para hacer frente a amenazas como Irán. Los fabricantes de esos misiles, RTX y Lockheed Martin, habían donado al Atlantic Council 850.000 y 700.000 dólares, respectivamente, desde 2019. Ambos sistemas se están utilizando intensamente en la campaña actual.

El Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW), cuyo presidente, el general retirado Jack Keane, ha pedido abiertamente «borrar a Irán del mapa» en Fox News, aparece financiado por General Dynamics y CACI International Inc, aunque recientemente eliminó los nombres de ambos donantes de su sitio web. Cuando se les preguntó, respondieron que no comparten información sobre sus donantes más allá de lo exigido por ley.

Pero quizás lo más revelador es el fenómeno de los «dark money think tanks». Alrededor del 40% de los principales centros de análisis estadounidenses no revelan la identidad de sus donantes. La Fundación para la Defensa de las Democracias (FDD), fundada originalmente para «mejorar la imagen de Israel en Norteamérica», fue crucial para presionar a Trump a retirarse del acuerdo nuclear con Irán en 2018. Históricamente, FDD recibió millones de Bernard Marcus, Paul Singer y Miriam Adelson, megadonantes pro-Israel que, en el caso de Adelson, llegó a donar 100 millones a la campaña de Trump.

El Instituto Judío para la Seguridad Nacional de Estados Unidos (JINSA) es otro de estos grupos de dinero opaco. Entre sus miembros se cuentan el exasesor de Seguridad Nacional de Benjamin Netanyahu, el excomandante de la Fuerza Aérea israelí y Elliott Abrams, exasesor de Trump para Irán, además de más de una docena de generales y almirantes estadounidenses retirados. Cuando comenzó la operación militar, JINSA publicó una carta abierta firmada por 75 generales retirados apoyando la guerra.

Y luego están los gobiernos extranjeros. El Atlantic Council ha recibido 20,8 millones de dólares desde 2019, principalmente de Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Arabia Saudita. El Washington Institute for Near East Policy, fundado como una escisión del lobby pro-israelí AIPAC, obtiene alrededor del 95% de su financiación de contribuciones privadas, dinero oscuro y donantes pro-seguridad de Israel.

Para quien quiera profundizar, existe una herramienta pionera: el Rastreador de Financiación de Think Tanks del Quincy Institute, que rastrea la financiación recibida de gobiernos extranjeros, el gobierno estadounidense y contratistas del Pentágono para los 50 think tanks más importantes del país durante los últimos cinco años. Los datos son abrumadores.

Frente a esta maquinaria, el bloque realista parece casi amateur. El Quincy Institute, Defense Priorities, el Cato Institute, y en menor medida Brookings y CNAS, abogan por una política exterior más sobria, centrada en China y escéptica de las aventuras militares en Oriente Medio. Pero su financiación es ínfima comparada con la de los halcones. No fabrican misiles, no tienen gobiernos extranjeros que quieran influir en la narrativa, no cuentan con multimillonarios dispuestos a gastar fortunas en promover el cambio de régimen en Teherán.

La consecuencia de todo esto es una política exterior esquizofrénica. La Estrategia de Defensa Nacional publicada en enero afirma que la prioridad es China. Pero la administración se encuentra inmersa en una guerra de desgaste en Oriente Medio. El enviado especial Steve Witkoff, que representa el ala pragmática, ha hecho declaraciones sorprendentemente belicosas en los últimos días. «Tienen uranio enriquecido al 60%, suficiente para once bombas», dijo a los periodistas.

Mientras tanto, en el Congreso, se suceden las votaciones sobre resoluciones de poderes de guerra que intentan, sin éxito, recuperar la autoridad constitucional para declarar la guerra que el legislativo lleva décadas cediendo al ejecutivo. Esta misma semana, el Senado derrotó una medida para detener la acción militar por 47 votos a favor y 53 en contra, en una votación eminentemente partidista. La Cámara se prepara para votar otra similar, pero incluso si prosperara, enfrentaría un veto presidencial casi seguro.

El resultado es un presidente que actúa como comandante en jefe con una libertad que los fundadores de esta nación jamás imaginaron. Y unos think tanks que, financiados por quienes se benefician de las guerras, proporcionan la cobertura intelectual para que eso sea posible.

Cuando comenzó la operación militar, las acciones de RTX, Northrop Grumman y Lockheed Martin se dispararon. La guerra, para ellos, había comenzado excelentemente bien.

Cuando termine esta guerra, si es que termina, y comiencen las retrospectivas, los historiadores se preguntarán cómo una nación que afirmaba tener como prioridad estratégica contener a China terminó enfrascada en una guerra de desgaste en Oriente Medio. La respuesta estará en los archivos: en los memorandos de los think tanks financiados por Lockheed Martin, en los correos electrónicos entre asesores y lobistas, en las actas de las reuniones donde se decidió que la voz del pueblo, mayoritariamente opuesta a la guerra, importaba menos que los intereses de una minoría poderosa y bien organizada.

No es una conspiración. Es un mecanismo económico perfectamente documentado. Y mientras no se aborde el problema estructural del dinero en la configuración de la política de seguridad nacional, ningún presidente —sea Trump, Biden o cualquier otro— podrá escapar de sus garras.

La democracia estadounidense en materia de política exterior ha sido secuestrada. Y los secuestradores, como suele ocurrir, piden rescate en forma de misiles, bombarderos y contratos millonarios. El rescate se paga con vidas ajenas, en países lejanos, y con la seguridad futura de una nación que olvidó cómo decidir la paz.


Fuente: Rebelión

sábado, 21 de marzo de 2026

El agua como arma de guerra en la era de la bancarrota hídrica

 

      Periodista licenciado en Comunicación Social (UNR-Argentina). Colabora en diferentes medios, entre ellos El Salto.


La escasez hídrica alcanza niveles críticos en el golfo Pérsico por la crisis climática y la sobreexplotación. El agua potable llega a través de unas desaladoras que están siendo bombardeadas. La ONU advierte, por primera vez, que este recurso vital se está agotando en muchas regiones del planeta


La planta desalinizadora de Al Dur -Bahréin- fue bombardeada recientemente por Irán en represalia por el ataque estadounidense a una instalación similar iraní.


     Este domingo se celebra el Día Mundial del Agua. En enero, Kaveh Madani, director del Instituto de Agua, Medio Ambiente y Salud de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU-INWEH, por sus siglas en inglés) y uno de los científicos internacionales que más ha investigado sobre la problemática sistémica del agua a escala planetaria, llamó a “la cordura y a la acción política” ante un escenario inédito en la historia de la humanidad: la “bancarrota hídrica global”.

Para los expertos que asesoran a la ONU, el mundo ha entrado en un “punto de no retorno” por sistemas en “donde la demanda humana ha agotado irreversiblemente los ahorros acuíferos y secado los pozos del futuro, poniendo en riesgo el conjunto del sistema hídrico del planeta”.


Palestinos desplazados llevan botellas vacías a un camión de agua de MSF en Tal Al-Sultan, un barrio de Rafah.

“Es como tener una cuenta bancaria a la que se le extrae dinero cada día sin que entre un solo depósito: el saldo ya es negativo”, explicaba Madani al presentar el informe del organismo adscrito a la ONU, titulado precisamente Global Water Bankruptcy.

Esta situación nos obliga a gestionar la quiebra. Esto implica renegociar el contrato con la naturaleza, transformar la agricultura, repartir justamente un recurso menguante y blindar los ecosistemas que aún producen agua”, pedía el científico, de origen iraní, en la presentación del estudio. Nada de eso ha ocurrido. Todo lo contrario. La guerra iniciada por Estados Unidos e Israel, con bombardeos cruzados a desaladoras y la destrucción de los sistemas de saneamiento, está profundizando la bancarrota.

A diferencia de los ataques a instalaciones petroleras, que afectan principalmente a la producción y al comercio, los dirigidos contra infraestructuras hídricas golpean “el corazón de la civilización”, resume José Fernando Pérez, doctor en Ingeniería Química y Ambiental y profesor de la Escuela de Arquitectura, Ingeniería y Diseño de la Universidad Europea.

Javier Lillo Ramos, colaborador honorífico en el Grupo de investigación sobre Cambio Global Terrestre y Geología Ambiental de la Universidad Rey Juan Carlos, explica que el uso del agua como arma “no es nuevo”. Hay numerosos ejemplos que han ocurrido desde la antigüedad en diferentes zonas del globo.

Sin embargo, para evitar estos daños —con sus devastadores impactos en la sociedad civil— en 2019 se presentó la Lista de Principios de Ginebra sobre la Protección de las Infraestructuras Hidráulicas, un documento de referencia para su uso en conflictos armados. La protección de las infraestructuras de agua figura entre las principales normas a acatar. “Es imprescindible que los países apoyen y sigan estas iniciativas a escala global. Si no es así, todos perderemos en las guerras”, advierte este experto.


La Lista de Principios de Ginebra sobre la Protección de las Infraestructuras Hídrica.

Los ataques

Desde el inicio de la guerra se han reportado varios ataques a infraestructuras hídricas. Teherán denunció que los misiles alcanzaron una planta desalinizadora en la isla iraní de Qeshm, en el estrecho de Ormuz, de la que dependen unas treinta localidades en la que viven cientos de miles de personas. El ministro iraní de Exteriores, Seyed Abbas Araghchi, calificó la operación estadounidense de “crimen flagrante” y advirtió de que atacar infraestructuras civiles iraníes “sentará un precedente peligroso con graves consecuencias”.

Días más tarde, Bahréin, país que abarca más de 30 islas en el golfo Pérsico, denunció que Irán lanzó un dron contra una de sus plantas desalinizadoras. Aunque la instalación no quedó destruida por completo, el ataque puso de manifiesto la enorme vulnerabilidad de este tipo de infraestructuras críticas. Dubai también notificó que los ataques contra el puerto de Jebel Ali impactaron muy cerca de una de las plantas desalinizadoras más grandes del mundo.

Más países denunciaron ataques a infraestructuras hídricas en los últimos días, como un incendio cerca de la Planta Independiente de Agua y Energía Fujairah F1, en Emiratos Árabes Unidos, o la planta Doha West de Kuwait, que también reportó daños por la caída de restos provenientes de ataques con drones.

Tras la escalada de este tipo de ataques, el portavoz del Ministerio de Exteriores de Qatar, Majed al Ansari, alertó de las consecuencias “irreversibles”. “Atacar infraestructuras vitales, ya sean plantas de desalinización de agua, tanques de agua, reservas de alimentos, reservas de medicamentos o plantas de producción de medicamentos; cualquier tipo de infraestructura que sustente la vida de las personas, constituye un grave peligro para la población de la región y más allá”, advirtió.

Aunque más invisible, la contaminación de los acuíferos —los depósitos de agua subterránea— es otro problema grave en lo que respecta al suministro. Los bombardeos de Trump y Netanyahu contra las refinerías de Irán dejaron un “lluvia negra ácida” —dióxido de azufre, dióxido de nitrógeno, partículas PM2,5— que se ha filtrado por muchas vías fluviales.

Si el agua marina está contaminada, las plantas desalinizadoras pueden “saturarse o fallar”, explican los expertos sobre este otro riesgo. También puede ocurrir que no se eliminen todos los contaminantes químicos complejos y que el agua potable contenga trazas contaminantes.

Al mezclarse con la humedad atmosférica, el hollín, las cenizas y los residuos de crudo están provocado un “desastre ambiental de gran magnitud con impactos inmediatos y a largo plazo”, advierten los científicos de Conflict and Environment Observatory (CEOBS), un observatorio especializado en el impacto ambiental de las guerras.


Imágenes satelitales de un incendio en la zona petrolera y petroquímica de Fujairah, Emiratos Árabes Unidos.

Esta ONG explica que si bien el Golfo es una zona dominada por la industria de los combustibles fósiles —y sus consiguientes problemas de contaminación—, “aún existen zonas de gran importancia ecológica”. “Los riesgos se extienden más allá de la región: la fragata iraní Dena fue torpedeada cerca de la costa de Sri Lanka, y la consiguiente mancha de petróleo de 20 km de longitud amenaza ahora zonas de gran importancia ecológica a lo largo de su litoral. Las autoridades de Sri Lanka están llevando a cabo labores de limpieza y muestreo”, se detalla en la última actualización.

Los buques hundidos y las infraestructuras portuarias dañadas —explican los expertos que integran este organismo— pueden presentar “riesgos significativos de contaminación, incluso por combustibles y aceites”. Los derrames de petróleo son otro foco de preocupación. “Se han registrado al menos 12 ataques a buques mercantes en puertos o en el Golfo Pérsico; a medida que aumenta el número de ataques, también aumentan los riesgos de un incidente ambiental grave”, alerta el observatorio.

Un panorama similar denuncia Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud (WHO). Días atrás, alertó que las “lluvias cargadas de petróleo” contaminan alimentos, agua y aire, “peligros que pueden tener graves consecuencias para la salud, especialmente en niños, personas mayores y personas con afecciones médicas preexistentes”.

Sin desalinizadoras no hay agua potable

Según un estudio publicado en la revista Nature en enero de este año, de las casi 18.000 plantas desalinizadoras operativas en todo el mundo, unas 4.900 se encuentran en Oriente Medio. En conjunto, estas instalaciones generan una capacidad de desalinización de 29 millones de metros cúbicos de agua al día, lo que equivale a aproximadamente el 42% de la producción mundial.

La cifra permite dimensionar la importancia estratégica de estas infraestructuras en esta región. Las desalinizadoras proveen la mayor parte del suministro de agua potable en la mayoría de los países: el 93% en Kuwait, 86% en Oman, 70% en Arabia Saudi, 48% en Qatar y 42% en Emiratos Árabes Unidos, según las últimas cifras del Instituto Francés de Relaciones Internacionales.

El dato clave es que la región del Golfo tiene el 6% de la población mundial, pero alberga apenas el 2% de las reservas mundiales de agua dulce renovable. ¿Uno de los motivos? Las fuertes presiones que el auge de la industria petrolera —iniciado en la década de 1950— ejerció sobre la zona. Por lo tanto, en esta parte del mapa mundial, las desalinizadoras son sinónimo de agua potable.

De los 25 países que enfrentan un estrés hídrico extremadamente alto en todo el mundo (es decir, que utilizan más del 80% de su suministro de agua renovable), 15 se encuentran en Oriente Medio, según la investigación publicada en Nature, liderada por Noman Khalid Khanzada, del Centro de Investigación del Agua de la Universidad de Nueva York en Abu Dabi (NYUAD).

En contraste, explica Lillo Ramos, las desalinizadoras de Irán sólo aportan el 3% del suministro de agua potable, que se basa fundamentalmente en el aprovechamiento de las aguas subterráneas. El problema: los embalses están muy por debajo de su capacidad tras cinco años de sequía. “La sobreexplotación de aguas subterráneas, la contaminación por intrusión de agua de mar o aguas residuales y las sequías persistentes han agotado gravemente estas fuentes de agua vitales en esta región del planeta”, señalan Khalid y su equipo de trabajo.

Según datos del Instituto de Recursos Mundiales (WRI), el 83% de la población de Oriente Medio ya sufre una grave escasez de agua, cifra que se prevé que aumente al 100% para 2050. “Se espera que la situación en la región empeore aún más debido al crecimiento demográfico, el rápido desarrollo económico, la gestión insostenible del agua y los desafíos sociopolíticos. Por lo tanto, la seguridad hídrica se ha convertido en una cuestión de vital importancia y en un pilar fundamental de la seguridad nacional en esta región”, concluyen los investigadores.

El quiebre ecológico de Irán

Alain Chandelier es un periodista que desde hace años retrata, desde el terreno, la crisis ambiental de Teherán, la capital de Irán. En enero, antes de las bombas, cuando las protestas sociales se generalizaron, publicó una crónica para el medio Euronews titulada “Irán estalla: cuando la crisis climática convierte la protesta en una lucha por existir”.


Irán estalla: cuando la crisis climática convierte la protesta en una lucha por existir.

Chandelier detalla que el país afronta una “destrucción climática múltiple” en la que los desaIstres ambientales encadenados han derivado en “un callejón existencial sin salida”. La sequía, la peor en casi seis décadas, ha provocado en los últimos meses el racionamiento del agua, con límites para el consumo humano y productivo. Durante varias semanas, se evaluó evacuar Teherán por temor a un desabastecimiento generalizado.

En su reportaje, el periodista explica que, si bien todavía no se ha producido un desplazamiento masivo hacia las zonas más húmedas del norte, ya han saltado chispas de “tensiones interregionales” por recursos de agua limitados. Además, los proyectos de trasvase entre cuencas, diseñados para sostener industrias ineficientes en la meseta central, se han convertido ahora en focos de enfrentamiento entre provincias.

La tensión hídrica —revela— ha entrado en los hogares de las grandes ciudades. Los cortes reiterados y el racionamiento informal del agua potable, así como el deterioro preocupante de su calidad (concentración de sales y nitratos) se han convertido en una “rutina agotadora para los ciudadanos”.

La muerte por sequía de miles de robles en la cordillera del Zagros y la conversión de los pastizales en desiertos estériles —agrega Chandelier en su crónica— no sólo empujan el ecosistema de Irán hacia la destrucción, también colocan la seguridad alimentaria del país al borde del colapso. Cada año, alrededor de 100.000 hectáreas de tierras agrícolas y pastizales de Irán están en riesgo de convertirse en desierto absoluto. La degradación del suelo ha alcanzado ya un nivel crítico, porque la tasa de erosión es cerca de tres veces mayor a la media mundial.

Mucho tiene que ver el consumo desmedido y depredador de los recursos de agua subterránea, que ha llevado a que las llanuras de Irán afronten una “muerte irreversible”. Según cifras oficiales, Irán afronta un balance negativo de 130.000 millones de metros cúbicos en sus acuíferos, lo que significa que, incluso si las precipitaciones vuelven a niveles normales, los depósitos subterráneos ya no tienen capacidad para almacenar agua.

La subsidencia es un daño colateral de la insostenible extracción de agua. El suelo en Irán no se hunde unos pocos milímetros, en algunas zonas se abre a un ritmo escalofriante de 20 a 30 centímetros al año, una tasa 40 veces superior a la media de los países desarrollados y el mayor registro documentado en el mundo

Este escenario desnuda la paradoja del Irán de 2026. Resolver las crisis climáticas exige grandes inversiones internacionales, diplomacia del agua y la adopción de estándares ambientales globales”, explicaba este reportero a mediados de enero. Estados Unidos e Israel eligieron el camino opuesto: un ecocidio escondido en miles de bombas y misiles.

El agua se agota a escala global

El término “bancarrota hídrica” —acuñado por la ONU en el informe— establece un paralelismo con la bancarrota financiera: al igual que una empresa o individuo que ha gastado más de lo que posee puede enfrentar la insolvencia, muchos sistemas hídricos también se encuentran hoy más allá de sus posibilidades.

Los datos revelan que, durante décadas, las sociedades han extraído más agua de los recursos naturales de la que pueden reponer de forma sostenible, agotando tanto los caudales renovables anuales como las reservas no renovables, como las aguas subterráneas y los glaciares.

El principal mensaje que transmite este trabajo es que es necesario dejar de hablar de estrés hídrico o crisis del agua, conceptos en los que cabe pensar en una posible recuperación de los sistemas hídricos y ecosistemas asociados. En muchos casos esta recuperación ya no es posible, los daños son irreversibles”, explica Antonio Collados Lara, científico titular del Instituto Geológico y Minero de España (IGME-CSIC).

La auditoría global pinta un panorama desolador: el 75% de la población mundial vive en países donde el agua escasea o es insegura; más de la mitad de los grandes lagos del planeta se están secando; 2.000 millones de personas habitan sobre terrenos que se hunden por la sobreexplotación de aguas subterráneas; y en 50 años se han perdido humedales equivalentes a toda la superficie de la Unión Europea.

En su informe, la ONU advierte de que “la crisis no conoce fronteras”. La agricultura, que consume el 70% del agua dulce —80% en el caso de España—, es el epicentro del colapso. Cuando los cultivos se secan en una región, la escasez viaja a través de los precios de los alimentos, golpeando la seguridad alimentaria global y desestabilizando economías, explica Madani. Y agrega: “El agua que falta aquí, se nota en la comida de allá. Esta quiebra no es un problema local, es un riesgo sistémico que fluye por las venas del comercio mundial”.

Este miércoles, se conoció que este científico irání —señalado como un “ecologista traidor” en su país por denunciar la insostenibilidad de la agricultura— es el ganador del Premio del Agua de Estocolmo 2026, considerado el Nobel en este ámbito. Al ser entrevistado, admitió que la satisfacción personal está totalmente empañada por los bombardeos. “Lamentablemente, el impacto medioambiental de la guerra durará muchos años“, adelantó.


Fuente: El Salto