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viernes, 8 de mayo de 2026

Entre la luna y la guerra

 

      Activista politico social de la izquierda.


Desde la luna una humanidad indivisa, en la tierra un mundo que se arma.


     El 7 de abril, a más de 400.000 kilómetros de distancia, el piloto de Artemis II, Víctor Glover, describía la Tierra como “un oasis frágil”, “un salvavidas en la inmensidad del espacio”. Desde allí arriba -decía- no hay fronteras. Ni bloques. Ni hay enemigos. Solo una esfera vulnerable compartida por todos. Ese mismo día, el presidente estadounidense Donald Trump advertía al mundo de que “toda una civilización podría morir esta noche”, en el último episodio de una escalada destructiva y retórica dirigida contra Irán. Dos discursos simultáneos. Dos formas de mirar el mismo planeta: una que lo reconoce como hogar común y otra que lo convierte en objetivo.

No es una contradicción menor, pero sí el síntoma de una época. Mientras la exploración espacial nos obliga a pensarnos como especie, la política internacional dominante insiste en organizarnos como enemigos. Mientras la tecnología permite ampliar el horizonte humano, el poder de las élites la utiliza para perfeccionar la destrucción. No hay paradoja: hay coherencia interna.

El mismo sistema que financia la conquista de la Luna sostiene la economía de la guerra en la Tierra. Ya sabemos que la guerra no es un accidente sino un negocio. Comercio lucrativo que necesita algo más que armas: necesita relato, necesita miedo y una opinión pública dispuesta a aceptar que el conflicto permanente es inevitable. Y ahí es donde entra en juego una arquitectura de poder cada vez más visible: la alianza entre industria militar, corporaciones tecnológicas y grandes medios de comunicación. No es una simple teoría, es toda una estructura. El llamado Complejo Militar Industrial-Mediático opera como un sistema integrado, especialmente en Estados Unidos.

La industria de defensa no solo fabrica armamento: financia indirectamente a los grandes conglomerados mediáticos mediante publicidad, patrocinios y redes de influencia. Al mismo tiempo, Silicon Valley -epicentro global de las empresas de innovación y alta tecnologia más influyentes del mundo- ha dejado de ser un actor neutral para convertirse en proveedor estratégico de infraestructuras militares. Empresas como Palantir trabajan con datos de guerra. Microsoft y Amazon gestionan sistemas críticos del Pentágono y de inteligencia. Google y Meta desarrollan algoritmos que sirven tanto para vender publicidad como para identificar objetivos o vigilar poblaciones. La frontera entre tecnología civil y militar ha desaparecido sin apenas debate público.

En el centro de esta red están los grandes fondos de inversión —BlackRock, Vanguard y State Street—, que participan simultáneamente en empresas de armamento, tecnológicas y mediáticas. Es decir: los mismos intereses financieros atraviesan la producción de armas, la infraestructura digital y la construcción del relato informativo. El resultado no es una conspiración sino algo más inquietante: una normalidad, en la que los conflictos se explican siempre desde la lógica de la amenaza.

Y en la que el aumento del gasto militar aparece como una necesidad técnica, no como una decisión política.

Los expertos que analizan las guerras en televisión proceden, con frecuencia, de las mismas estructuras que se benefician de ellas. Las “puertas giratorias” no son una anomalía sino parte del mecanismo. Generales retirados que comentan conflictos en cadenas como CNN o BBC mientras asesoran a empresas de defensa. Think tanks (laboratorios de ideas) financiados por contratistas militares que elaboran informes convertidos en fuente primaria para periodistas. Un circuito cerrado donde la información no se inventa, pero se orienta.

Europa ejerce la misma lógica aunque la gestione con otros códigos. Aquí el vínculo entre industria de defensa y poder político es más explícito. Empresas como Airbus, Rheinmetall o Leonardo están profundamente ligadas a sus Estados, que promueven el rearme bajo el argumento de la autonomía estratégica. El discurso es conocido: más gasto militar equivale a más seguridad y más crecimiento económico.

Pero también en el Mediterráneo el relato necesita altavoces. En Francia, Dassault Aviation — fabricante de los cazas Rafale— está vinculada al grupo propietario de Le Figaro. En España, Indra Sistemas mantiene conexiones con el grupo Prisa, editor de El País y la Cadena SER. En Italia, el modelo alcanza una forma casi estructural: el grupo Leonardo, con fuerte participación estatal, convive con conglomerados mediáticos vinculados a grandes familias industriales. No se trata de censura directa. Se trata de algo más eficaz: un marco mental compartido. La inversión en defensa se presenta como sinónimo de innovación, empleo y modernización. El debate ético desaparece.

La guerra se convierte en un asunto técnico, casi administrativo. Y cualquier cuestionamiento queda desplazado al terreno de lo ingenuo o lo irresponsable. A ellos se suma un elemento clave: la producción de legitimidad. Foros, congresos, publicaciones especializadas y expertos recurrentes, exmilitares o ex ministros, que acceden mediante “puertas giratorias” inundan los informativos y tertulias de los medios.

Buena parte de estos espacios están financiados por las propias corporaciones del sector. No imponen discursos de forma explícita, pero delimitan el campo de lo pensable. Y con eso les basta para hegemonizar el “sentido común” En el eje Grecia-Turquía esta dinámica se combina con el nacionalismo. El gobierno de Recep Tayyip Erdoğan ha impulsado empresas como Baykar, fabricante de drones utilizados en varios conflictos, en una relación estrecha entre poder político, industria y relato de orgullo nacional. La guerra, en este caso, no solo se justifica: se celebra como demostración de capacidad.

Todo encaja. Un sistema que necesita conflictos para sostener su rentabilidad. Un ecosistema mediático que convierte esos conflictos en inevitables. Una infraestructura tecnológica que los hace más eficientes. Y una ciudadanía expuesta a un flujo constante de información y uso de eufemismos, que normalizan la excepcionalidad. Mientras tanto, desde la Luna, la Tierra sigue siendo lo que siempre ha sido: una esfera frágil sin fronteras visibles.

Pero aquí abajo seguimos trazándolas con precisión quirúrgica. Seguimos necesitando dividir para gobernar, clasificar para intervenir, señalar para destruir. Y lo hacemos con herramientas cada vez más sofisticadas y con relatos cada vez más pulidos. Quizá el problema no sea la distancia desde la que miramos el mundo sino los intereses que deciden cómo debemos verlo. Porque el verdadero salto tecnológico quizás no consiste en viajar más lejos sino en cambiar la mirada. Y eso -a diferencia de los cohetes- no parece estar en la agenda.



Del blog personal de

Rafael Poch-de-Feliu


lunes, 9 de marzo de 2026

El hundimiento

 

 Por Antonio Turiel    
      Físico, matemático y experto en energía. Trabaja en el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC.


      Llevamos ya más de una semana de guerra en el Golfo Pérsico. Sin duda, Israel y EE.UU. pensaron que si golpeaban de manera certera a Irán, dada su inestabilidad interna, el régimen de los ayatolás caería como fruta madura gracias a una reacción del pueblo iraní que los depondría inmediatamente.


La segunda temporada de Juego de Trumps está llena de sobresaltos.

Confiaban, seguramente, en una capitulación completa a la venezolana, en la que los EE.UU. en la práctica se han apropiado de todos los recursos petroleros (sin que, por cierto, haya habido un cambio real del régimen político). Lo que increíblemente no se esperaban es la resistencia de la estructura política iraní, quizá porque interpretaban erróneamente que era completamente subsidiaria del liderazgo de Alí Jamenei y que, muerto éste, habría tal vacío de poder que el cambio sería inevitable. 

Pero, bien al contrario, el régimen iraní se ha atrincherado y ha contestado con rapidez y mucha contundencia, bombardeando bases militares americanas, refinerías y oleoductos por todos los países del Golfo que están prestando su apoyo tácito o explícito a la coalición agresora, y al mismo tiempo cerrando en la práctica el paso del Estrecho de Ormuz. Irán ha golpeado fuerte, ha golpeado rápido y ha golpeado masivamente. El gobierno iraní sabe que su supervivencia depende de crear un estado de postración económica tal a escala mundial que los EE.UU. se vean obligados a parar por presiones internas y externas.

Y así llegamos al momento presente. Donald Trump tiene muy difícil echarse atrás, porque no podría salvar la cara delante de su pueblo y de los intereses económicos a los que representa. Por su parte, los dirigentes de Israel están completamente alucinados y no contemplan ninguna otra posibilidad que la rendición de su enemigo más importante en la región. En cuanto al gobierno iraní su única salida es seguir golpeando, haciendo daño hasta que Israel y EE.UU. cedan. 

Pero, pase lo que pase, nadie va a salir indemne de ésta. Ni estos tres países, ni el resto del mundo en su conjunto. La situación es tan mala ya que lo menos que podemos esperar es una fuerte recesión económica y unos años de mucho sufrimiento. Aunque en realidad lo más probable es que ya nunca salgamos del proceso de descenso que seguramente ya estamos iniciando.

Por el lado de los EE.UU., las ínfulas belicistas de Trump tienen, seguramente, diversos orígenes, desde lo ideológico hasta lo religioso pasando por ese extraño ascendente que tiene Israel sobre la política norteamericana. Pero, al margen de todas esas motivaciones, hay una que también es muy clara: EE.UU. necesita petróleo y lo necesita ya.

Durante los últimos 16 años EE.UU. ha vivido la revolución del fracking, que les ha permitido pasar uno unos lánguidos 5 millones de barriles diarios (Mb/d) que producían en 2010 a los actuales más de 13 Mb/d (4 Mb/d convencional más 9 Mb/d de petróleo ligero de roca compacta extraído con el fracking), lo que le sitúan como el mayor productor del mundo con prácticamente el 13% de la producción (se producen en el mundo 103 Mb/d de todo tipo de líquidos asimilados a petróleo, aunque esto también daría para hablar mucho, ya que hay unos 20 Mb/d de líquidos del gas natural que mayoritariamente no sirven para hacer combustibles, solo plásticos, y se contabilizan igualmente aquí). Sin embargo, los días del fracking de los EE.UU. están contados: los pozos de fracking generalmente llegan al 80% de toda su producción en los dos primeros años, y habitualmente no se explotan más allá de cinco años. En sus últimas actualizaciones, el Departamento de Energía de los EE.UU. apunta por primera vez desde que empezó el fracking a que el máximo de producción de petróleo de los EE.UU posiblemente ya pasó, en octubre de 2025, y que en los próximos años viviremos un proceso de declive que aún contemplan como gradual, aunque todo apunta a que será bastante más rápido.


Imagen de Peak Oil Barrel.

EE.UU. necesita desesperadamente petróleo. Su hegemonía de los últimos años se ha basado en el fracking, y si éste empieza a fallar necesitan pasar a controlar los recursos disponibles en el mundo. Están yendo, por supuesto, por los más grandes que aún no controlaban: primero Venezuela (aunque es dudoso que su petróleo extrapesado sea económicamente rentable) y ahora Irán. Realmente, la torpeza y apresuramiento americano, que asalta sin verdadera planificación (como está siendo evidente en el caso iraní) responde a esta urgencia vital.


Pozos petrolíferos en Venezuela.

La situación no es nada buena para el gobierno de Donald Trump. Con una popularidad en caída por los excesos de la policía de inmigración y por haber traicionado el principio MAGA de centrarse en los problemas internos y no meterse en guerras extranjeras, con su sistema de aranceles puesto en cuestión y con las elecciones de noviembre en el horizonte, Donald Trump tenía la necesidad de anotarse algún que otro éxito clamoroso. La escalada de precios del petróleo y las pésimas perspectivas económicas fruto de esta guerra, combinado con el coste exorbitante de la campaña militar, solo le ponen las cosas más difíciles.

Tampoco pinta demasiado bien para el gobierno de Benjamin Netanyahu. Para el actual gobierno de Israel, la desaparición de su mayor enemigo en la región se ha convertido en cuestión existencial, una auténtica obsesión, hasta el punto de que han perdido completamente la perspectiva de su capacidad real y sobre todo de su vulnerabilidad. Los sistemas de intercepción israelíes, bien nutridos de misiles interceptores americanos, se muestran impotentes para evitar el goteo de bombardeos iraníes que ya no se limitan a objetivos militares, sino que alcanzan también a la población civil, particularmente en Tel Aviv. Irán apuesta por enviar enormes cantidades de misiles y de drones, muy baratos, mientras que los interceptores son incomparablemente más caros; y aunque Israel intercepte el 80 o incluso el 90% de los proyectiles, el 10% que llega a su objetivo está causando mucho daño. Israel sufre, y Netanyahu, muy contestado por su gestión en general, sale muy perjudicado de una guerra en la que ilusamente creyó marcarse un tanto.

El gobierno iraní también está en una situación muy precaria. El asesinato de su líder supremo y una buena parte de la cúpula política le ha obligado a rehacerse en tiempo breve, pero ése no es el mayor de sus problemas. El descontento de la población iraní es muy importante desde hace ya varios años, tras 50 años de un régimen autoritario y muy represivo. Las protestas de enero, sangrientamente reprimidas, ejemplificaron la importancia de la contestación interior. Con 90 millones de personas y una población muy joven, Irán necesita mejoras muy importantes a nivel social, aunque está claro que no será precisamente EE.UU. quien se las va a proporcionar. Para terminar de complicar la situación, Irán sufre una grave crisis hídrica que llevó hace pocos meses a plantear la necesidad de evacuar Teherán, con toda la inestabilidad social que eso implica. Crisis hídrica que por cierto también es bastante grave en la vecina Irak. Al mismo tiempo, su vecina Afganistán está ahora mismo en guerra con Pakistán por la disputa de los recursos hídricos de un río compartido. Toda la región está en una situación precaria.

Queda claro que ni EE.UU. ni Israel ni Irán parten de una buena situación. Pero ninguno de los tres puede echarse atrás en el escenario actual. Los tres necesitan desesperadamente una victoria en esta guerra. Y la desesperación es la peor de las consejeras, porque lleva a asumir riesgos excesivos que pueden materializarse en auténticas catástrofes.

El cierre del Estrecho de Ormuz pone al mundo de rodillas. Por ejemplo, por Ormuz pasan 20 Mb/d, el 20% del petróleo que se consume en el mundo. Pero si lo miramos desde la perspectiva del petróleo disponible para comerciar (descontando ese 50% que consumen los propios países productores), resulta que lo que pasa por Ormuz es el 40% de las exportaciones mundiales de petróleo, lo cual es gravísimo para países importadores como es España. Y poco importa que en la actualidad España importe poco petróleo de la región: el mercado del petróleo es muy fungible y los contratos se rescinden o el petróleo se encarece por la mayor demanda. Nadie está cubierto en esta crisis. Mientras esto escribo, el precio del barril de Brent ya ha llegado a los 90$, que es el umbral de dolor para la economía europea. Si esta situación se prolonga e incluso agrava durante las próximas semanas, será inevitable que se produzca una grave recesión económica.

El otro foco de atención está en el gas natural. Por Ormuz pasa el 20% de todo el Gas Natural Licuado (GNL) que se exporta en el mundo, y éste no tiene la opción de pasar por ductos internos (por cierto que de poco van a servir tampoco para el petróleo, en vista de que Irán también los está bombardeando). Europa depende en un 14% de este gas natural. El gas natural se usa en todo tipo de industria, y es fundamental para mantener la estabilidad de la red eléctrica. Europa, además, llega al final del invierno con las reservas de gas natural en mínimos, y encima con unas reservas hídricas también en mínimos después de un invierno relativamente seco - no es el caso de España, al que las fuertes tormentas al menos le han servido para llenar pantanos. Sin gas y sin hidroelectricidad, Europa se enfrenta al riesgo cierto de apagones, que incluso se podrían producir en cascada. De momento, el precio de la electricidad se ha disparado en Europa, a la par que el precio del gas en España, gracias a la bonanza hidroeléctrica, el precio está más contenido.

Pero es que por el Estrecho de Ormuz circulan muchos otros materiales críticos para el comercio y la industria mundial. Se destaca por su gran importancia el amonio y la urea, base de los fertilizantes, justo cuando está a punto de empezar la estación del crecimiento de los cultivos; y también el ácido sulfúrico, que se usa en infinidad de procesos industriales. Pero obviamente hay muchas más derivadas e interacciones que hacen muy difícil vislumbrar el alcance de todo lo que pasa. Por ejemplo, el petróleo del Golfo es fundamental para garantizar la producción mundial de diésel, ya que es el más apropiado a este fin.

Lo que suceda a continuación va a depender crucialmente de lo que se alargue el actual impasse. Unos pocos días más de bloqueo en Ormuz pueden acabar de provocar un pánico en las bolsas y desencadenar una recesión muy profunda. Teniendo en cuenta las enormes burbujas financieras de las que lleva tiempo alertando Quark (la de la deuda, la de la inteligencia artificial y la de los productos derivados sobre metales preciosos), esta recesión puede provocar el estallido final de estas burbujas y una debacle económica como posiblemente el mundo no haya visto jamás, una de la que ya jamás nos podremos recuperar completamente porque acelerará el declive del petróleo y de otras materias primas al parar la industria clave para su extracción.


El punto de no retorno.

Hace unas horas, el fondo de inversión Blackrock decidió limitar la cantidad de dinero que permite retirar de uno de sus fondos de deuda, al observar un gran volumen de retiradas - una intervención que yo diría que raya lo fraudulento, y que puede provocar un aumento de la desconfianza. La sesión de la bolsa del próximo lunes promete ser muy movida.


Un operador trabaja mientras una pantalla muestra la información comercial de BlackRock en el piso de la Bolsa de Valores de Nueva York.

Tengo claro que el gran capital y los estados va a poner en marcha todos los mecanismos a su alcance para intentar evitar la debacle; por ejemplo, EE.UU. ha anunciado un fondo de reaseguros por valor de 20.000 millones de dólares para los barcos estadounidenses, después de que hace unos días las 7 mayores aseguradoras decidiesen retirar sus seguros a los buques que operan en la zona por el riesgo de guerra (por cierto, si tienen media hora y paciencia suficiente, lean ese último enlace, merece mucho la pena, y entenderán por qué el daño que se ha hecho es mucho mayor de lo que parece). Durante este tenso fin de semana habrá seguramente muchos más anuncios y movimientos, para intentar evitar un lunes negro en las bolsas. Ahora mismo, el único punto clave es saber cuánto va a durar este bloqueo, y si es total o parcial. Lo que sí que parece claro es que si la cosa se alarga más allá de unos días, vamos a una recesión económica que puede transportarnos al declive terminal. Donald Trump tendrá el mérito de haber adelantado 5-10 años el proceso de declive de nuestra sociedad.


El petrolero Texas Voyager se encuentra anclado frente a la costa de la refinería.

Esto va en serio. La situación pinta mal, muy mal. Crucen los dedos pero, por si acaso, vayan tomando sus precauciones. Sigamos la evolución de los acontecimientos y esperemos.



Fuente: The Oil Crush

domingo, 8 de febrero de 2026

EEUU: La economía real más allá de la grandilocuencia de Trump


 Por Michael Roberts   
      Economista marxista británico, que ha trabajado como analista económico en la City de Londres durante más de 30 años.


     En medio de toda la grandilocuencia y amenazas sobre Groenlandia en su discurso en Davos, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, se jactó repetidamente sobre el éxito de la economía estadounidense, que, por supuesto, se debe a él. "El crecimiento está explotando, la productividad está aumentando, la inversión se está disparando, los ingresos están aumentando, la inflación ha sido derrotada", dijo a la reunión de la élite política y financiera del mundo. "Somos el país más caliente del mundo". (Y no se refería al calentamiento global).

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La economía real más allá de la grandilocuencia de Trump.

Trump dijo que la economía estadounidense estaba creciendo "fenomenalmente" a más del 4 % anual en términos reales y el pronóstico para el próximo trimestre era aún mayor, más del 5 % anual. La inflación estaba cayendo rápidamente, lo que hubiera permitido a la Reserva Federal recortar su tasa de interés política, lo que debería haber hecho si no fuera por la reticencia del "cretino" presidente de la Fed, Jay Powell, a quien Trump ya le había dicho que sería reemplazado muy pronto. Bajo su presidencia, había reducido la burocracia del gobierno federal, eliminando de 270.000 empleos federales. El déficit fiscal federal es disparó bajo Biden. Ahora los Estados Unidos estaban "disfrutando" de una emigración neta.

Consideremos estas afirmaciones. Etaba bajando rápidamente. Y sobre todo, había detenido la afluencia de inmigración "ilegal" que sel crecimiento real del PIB de Estados Unidos en el tercer trimestre de 2025 registró una tasa anualizada del 4,4 %, la tasa anualizada más alta en dos años y mucho mayor de lo esperado. Este crecimiento de más del 4% parece tremendo, pero el diablo está en los detalles. En primer lugar, esta es una tasa anualizada, lo que significa que el aumento trimestral fue de alrededor del 1,1 % (el trimestre se multiplicó por cuatro para obtener una cifra anualizada. Sobre una base interanual (T3 2025 a T3 2024), el crecimiento real del PIB fue solo del 2,3%, ligeramente mayor que el 2,1% del segundo trimestre.




En segundo lugar, las ventas finales a compradores nacionales privados excluyen el comercio y el gobierno, y por lo tanto miden el estado de la economía del sector privado nacional. Este aumentó solo un 3 % sobre una base anualizada. Y año tras año, el crecimiento fue de solo el 2,6 %, por debajo del 2,7 % del segundo trimestre. Así que la aparente aceleración del crecimiento real del PIB se debió principalmente al comercio neto, y eso se debió a una reducción en las importaciones por los aumentos arancelarios comerciales de Trump.

En tercer lugar, el crecimiento del PIB real oculta el hecho de que el crecimiento de la inversión se desaceleró a solo una tasa anualizada del 1 % en el tercer trimestre, principalmente debido a una fuerte disminución en las compras de casas. Y en realidad bajó un 0,2 % interanual. El crecimiento de la inversión empresarial también se desaceleró bruscamente del 9,5 % en el primer trimestre y del 7,3 % en el segundo trimestre al 2,8 % en el tercer trimestre, con una caída absoluta de la inversión en edificios y el crecimiento de la inversión en información desaceleró en dos tercios después del ritmo vertiginoso del segundo trimestre (15,0 %). Sobre una base interanual (Q3 24 a Q3 25), el crecimiento de la inversión productiva fue del 4,0 % interanual.

Y luego está la comparación entre el crecimiento real del PIB y el crecimiento real del ingreso interno bruto (IIB), que mide los ingresos realmente recibidos por los trabajadores y los capitalistas. El IIB solo aumentó a una tasa anual del 2,4 % en el tercer trimestre en comparación con la principal del PIB del 4,3 %. La tasa interanual del IIB fue del 2,4 %, lo mismo que el crecimiento real del PIB interanual. En cuanto al ingreso promedio de los estadounidenses, medido por el ingreso personal real disponible (es decir, después de impuestos), se estancó en el tercer trimestre y solo ha subido un 1,5 % interanual, la tasa más lenta en tres años. Así que la principal cifra de crecimiento de la que Trump se jactó es engañosa. El crecimiento real subyacente del PIB es mucho más modesto, un poco más del 2 % anual, que no está mal, pero no es un éxito de taquilla. Y el crecimiento de los ingresos de las familias trabajadoras se está desacelerando hacia el estancamiento.

Es cierto que la estimación del modelo GDPNow de la Fed de Atlanta para el crecimiento real del PIB para el cuarto trimestre de 2025 es de un 5,4 % anualizado. Y es probable que la cifra interanual sea más alta que en el tercer trimestre debido a la contracción significativa del PIB en el primer trimestre de 2025 debido a la "previsión" de las empresas que compraron bienes y servicios antes de los aranceles del Día de la Liberación de Trump que se impusieron en abril pasado. Incluso así, es probable que el crecimiento real del PIB interanual sea inferior al 3% anual, no del 5-6% como se jactó Trump.

Además, este crecimiento real del PIB no se transfiere al crecimiento real de los ingresos, especialmente para la mayoría de los estadounidenses. Como muchos han argumentado, la economía estadounidense tiene forma de K, lo que significa que el aumento de los ingresos se limita al 10% superior de los estadounidenses. Las cifras de la Oficina de Estadísticas Laborales publicadas a principios de este mes muestran que la proporción de las rentas de trabajo del PIB nacional alcanzó el punto más bajo desde que el BLS comenzó a medirlo en 1947. En ese año, la proporción del trabajo es decir, el salario y los beneficios que los trabajadores estadounidenses obtuvieron, se mantuvo en el 70 % de los ingresos de la nación: "si el 90 por ciento inferior hubiera podido retener su parte de 1975 de los ingresos imponibles de la nación, cada uno de esos trabajadores habría visto aumentar sus ingresos anuales en 28.000 dólares". No es de extrañar que la confianza del consumidor entre el tercio inferior de los asalariados haya caído a su nivel más bajo registrado.

La razón por la que la mayoría de los estadounidenses no sienten lo mismo sobre la economía estadounidense que el jactanciosoTrump es por el aumento del coste de la vida, que comprime los ingresos. Trump afirma que "la inflación ha sido derrotada". Sin embargo, la tasa oficial de inflación de los precios al consumidor sigue siendo obstinadamente alta, con un 2,7 % interanual, todavía algo por encima del objetivo de la Reserva Federal de los Estados Unidos del 2 %. La llamada tasa de inflación de los gastos de consumo personal "esenciales", seguida de cerca por la Reserva Federal, es en realidad aún más alta con un 2,8% interanual. La inflación de los precios de los alimentos se mantiene por encima del 3 % anual. Y como he argumentado en otras notas, la tasa oficial de inflación subestima la tasa real.

¿La tasa de inflación caerá en 2026? Es discutible. Parece que, hasta ahora, los aumentos de los aranceles de importación de Trump no han tenido un efecto significativo en la inflación de los precios al consumidor. Pero la inflación de los precios de los bienes ha alcanzado su nivel más alto desde 2023, más alto que en cualquier momento de la década de 2010. La afirmación de Trump de que estos aranceles son pagados por los exportadores extranjeros es, por supuesto, una tontería. Los aranceles se cobran a las mercancías importadas cuando aterrizan en los Estados Unidos. Así que los importadores estadounidenses pagan el arancel. Un estudio reciente encontró que de 25 millones de envíos de importación por valor de casi 4 billones de dólares, los exportadores extranjeros absorbieron solo el 4% de los aumentos arancelarios. En otras palabras: por 100 dólares en ingresos arancelarios, ~96 dólares provienen de los bolsillos estadounidenses. Pero parece que los importadores (fabricantes estadounidenses, etc.) aún no están pasando la mayor parte de este aumento de los aranceles a los hogares estadounidenses.

El Peterson Institute considera que en 2026 esto cambiará y la inflación de los precios al consumidor no bajará, sino que se acelerará al 4% anual. "La transferencia de aranceles a los precios al consumidor ha sido modesta hasta la fecha, lo que sugiere que los importadores estadounidenses han estado absorbiendo la mayor parte de los cambios arancelarios. Eso cambiará en la primera mitad de 2026. Las muchas razones del retraso de su tranferencia incluye los precios de las empresas en función de cuándo llegaron sus inventarios (y desde entonces se han agotado) y las preocupaciones en torno a que se considera que los precios aumentan demasiado rápido (por lo que, en cambio, los están aumentando gradualmente)".

Si eso sucediera, la Reserva Federal se vería obligada a considerar aumentar su tasa de interés política, no reducirla, como Trump está exigiendo. Trump está exigiendo que la Reserva Federal recorte su tasa de interés política, que sienta la base para todas las tasas de endeudamiento en los Estados Unidos. Eso es porque "la inflación está derrotada". Quiere que el actual presidente de la Reserva Federal, Jay Powell, deje su puesto. Powell termina su mandato en mayo y el probable sustituto será el ejecutivo de BlackRock, Rick Rieder, quien, junto con otros partidarios de Trump, tendrá como objetivo reducir las tasas en la segunda mitad de 2026. Pero si la inflación está aumentando para entonces, los rendimientos de los bonos del Tesoro de los Estados Unidos también aumentarán y el dólar estará bajo presión a la baja, lo que no es una buena noticia para Trump justo antes de las elecciones al Congreso de mitad de período.

De todos modos, contrariamente a la sabiduría convencional de que la política monetaria del banco central puede "controlar" la inflación, toda la evidencia muestra que la política monetaria tiene poco efecto en la inflación, porque los aumentos de precios dependen mucho más de los cambios en la oferta que de la demanda. De hecho, hay otro análisis que lo demuestra. Lo que la Reserva Federal puede hacer es reducir las tasas de endeudamiento para obtener más especulación en activos financieros, y esto es lo que Trump realmente quiere.

Pero tal vez la inflación no se acelere a pesar de los aranceles de importación. El mercado laboral de EEUU se ha ralentizado significativamente. En 2025, el empleo en nómina aumentó en 584.000, lo que corresponde a una ganancia mensual promedio de 49.000, solo una cuarta parte del aumento de 2,0 millones en 2024. De hecho, en la segunda mitad de 2025, hubo cero aumentos de empleo y la tasa de desempleo creció.




Trump se jactó de que sus aranceles a la importación traerían de vuelta a EEUU los empleos manufactureros del extranjero. Pero los Estados Unidos han perdido 65 mil empleos industriales durante el último año, una reversión dramática desde 2024, que creó 250 mil puestos de trabajo. Una gran desaceleración ha golpeado a todos los sectores de cuello azul este año, incluyendo la construcción, la minería y los servicios públicos, aunque la industria y el transporte están impulsando la gran mayoría de las pérdidas de empleo en Estados Unidos.




Trump afirma que su política de restricción de visas draconiana y los horrendos ataques del ICE contra los ciudadanos estadounidenses acabarían con el flujo de inmigrantes hacia el país. Y tenía razón. Las deportaciones redujeron la población estadounidense en 600.000-1,1 millones de personas en 2025, en comparación con los aumentos bajo Biden de 2,5 millones de personas cada año en 2022 y 2023, y en 1,5 millones en 2024.




Pero esto no creando más empleos para los estadounidenses nativos. El empleo en los sectores más dependientes de la mano de obra migrante (agricultura, procesamiento de alimentos, construcción residencial, salud y cuidado de niños) se ha mantenido esencialmente plano. No hay evidencia de que los trabajadores nativos ocupen estos puestos. Por el contrario, mientras que Trump argumenta que los inmigrantes han robado trabajos a los trabajadores estadounidenses, los datos del mercado laboral dicen lo contrario. La tasa de desempleo de los nacidos en EEUU empeoró el año pasado, ¡mientras que la tasa de los trabajadores nacidos en el extranjero se mantuvo estable!

¿Qué pasa con las ganancias corporativas? ¿Impulsará la inversión y, por lo tanto, el crecimiento económico? Los beneficios corporativos (beneficios por unidad de producción) se mantienen cerca de máximos históricos del 22,4 %. Y las ganancias corporativas en el tercer trimestre de 2025 aumentaron bruscamente en 166 mil millones de dólares después de caer en el primer trimestre. Pero, de nuevo, las cifras de los titulares son engañosas. A pesar del fuerte aumento del tercer trimestre, las ganancias del sector corporativo no financiero siguen bajando un 2,5 % con en el tercer trimestre del año pasado.




La mayoría de las ganancias se concentran en los gigantes tecnológicos, bancarios y energéticos. El resto del sector corporativo de los Estados Unidos está ganando poco.

Pero, ¿y si la productividad laboral aumentara considerablemente? ¿Eso reduciría los costes laborales unitarios para las empresas estadounidenses, lo que les permitiría absorber el aumento de los precios de importación y aún así mantener un crecimiento razonable de las ganancias? La productividad laboral estadounidense aumentó un 4,9 % anualizado en el tercer trimestre de 2025, el ritmo más fuerte en dos años. Como resultado, los costes de mano de obra unitarios cayeron un 1,9 % en el tercer trimestre, después de una disminución en el segundo trimestre, las primeras caídas consecutivas desde 2019. Por lo tanto, ¿el auge de la productividad de la IA ha comenzado a llegar y salvará a la economía de los Estados Unidos y a Trump en 2026, ya que las empresas pueden crecer de manera efectiva sin la necesidad de agregar nuevos trabajadores?




Una vez más, esta cifra trimestral es engañosa. La productividad solo ha subido un 2,3 % interanual en el tercer trimestre de 2025, menos de la mitad de la tasa anualizada. Aún así, es un ritmo mucho mejor en el crecimiento de la productividad de lo que Estados Unidos ha experimentado hasta ahora. El crecimiento de la productividad laboral por hora es bastante volátil. Pero la tasa media anual de crecimiento de la productividad en la década de 2000 fue del 2,7 %, pero solo del 1,3 % anual en la Larga Depresión de la década de 2010. Desde entonces, se ha recuperado al 2,1 % anual en lo que va de 2020, pero esa es una tasa promedio aún por debajo de la década de 2000.

El crecimiento real del PIB depende de dos factores: el crecimiento del número de trabajadores empleados y el crecimiento de su productividad. En 2025, el crecimiento del empleo en Estados Unidos se detuvo a medida que la inmigración neta se invirtió y no se crean nuevos empleos. De hecho, si la IA está teniendo algún efecto, el empleo puede caer en 2026. Así que incluso si la productividad laboral anual aumenta (porque se están perdiendo puestos de trabajo) a decir, un 2,5-3,0%, la economía estadounidense difícilmente estará en auge. Además, todos los aumentos de ingresos serán absorvidos por el 10% superior.

Y hay más golpes por venir para la mayoría de los hogares estadounidenses. El llamado proyecto de ley fiscal "grande, hermoso" de Trump ya está en funcionamiento. Trump habla de que no hay impuestos sobre las propinas y otras pequeñas medidas, pero los grandes éxitos son los recortes de impuestos sobre las ganancias corporativas y los recortes a Medicaid y los cupones de alimentos. La Oficina de Presupuesto del Congreso considera que el proyecto de ley reducirá los ingresos del 40% de los estadounidenses de ingresos más bajos, mientras que el 20% superior obtiene grandes ganancias.




Finalmente, si la burbuja de IA estalla a finales de este año, sabremos quién gana las apuestas.


Fuente: Sin Permiso