Mostrando entradas con la etiqueta Fracking. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fracking. Mostrar todas las entradas

martes, 17 de marzo de 2026

Antes de que lleguen las lluvias

 

 Por Antonio Turiel  

       Físico, matemático y experto en energía. Trabaja en el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC.


Y

      Guionista, periodista y activista en Extinction Rebellion y València en Transició.



E

      Gerente de Programa, Alianzas de Acceso a la Energía, Energía Sostenible para Todos (SeforALL).


El 80% de los pozos de petróleo y el 90% de los de gas han superado ya su máximo de extracción. Si no construimos una alternativa, la decadencia del capitalismo puede arrastrarnos a la barbarie más absoluta


Un pozo petrolífero en la puesta de sol.


     Estados Unidos e Israel se han embarcado en una campaña militar en Irán de incierto futuro, que va a arrastrar al resto del mundo con ellos. Puede que el mundo nunca vuelva a ser el que conocíamos.

Enfrentado a un riesgo existencial para el que ya se había preparado durante décadas –casi las mismas que lleva Netanyahu avisando de que a Irán le faltaban “pocas semanas para ser una amenaza para el mundo libre”– el régimen iraní ha reaccionado con contundencia, atacando ahí donde sabe que más le duele al imperialismo occidental y a aquellos que lo apoyan: el petróleo, el gas natural y el comercio mundial, en definitiva, la oligarquía mundial.

Estos días oímos sesudos comentarios de analistas que poco o nada vieron venir, y que nos explican las consecuencias para la economía mundial del cierre del Estrecho de Ormuz o del aumento del precio de un barril de petróleo que probablemente llegará en breve a los cien dólares. Pero a pocos de ellos les interesa el sufrimiento de las personas que están muriendo en estos bombardeos o de aquellas que no llegan a final de mes en Estados Unidos o Israel. O del que se viene para la inmensa mayoría de los españoles y españolas.

Por eso mismo, hemos creído necesario escribir esta reflexión sobre la cruda y simple realidad que vamos a afrontar en los próximos tiempos, y por qué es imprescindible pensar en cómo proteger a la gente corriente del diluvio que viene. De cómo guarecernos ante el desastre en ciernes. Ahora, antes de que lleguen las lluvias.

En septiembre de 2025, la Agencia Internacional de la Energía publicó un informe muy revelador sobre lo que cabe esperar para la extracción de petróleo y gas durante los próximos años.


Informe de la Agencia Internacional de la Energía.

El 80% de los pozos de petróleo y el 90% de los pozos de gas han superado ya su máximo de extracción, su pico productivo. Cada año se descubren en nuevos yacimientos unos 3.000 millones de barriles de petróleo, pero se consumen unos 30.000: no se repone ni el 10% del consumo. Desde hace más de una década, la inversión anual en el sector de los hidrocarburos alcanza la exorbitante cifra de 500.000 millones de dólares, pero el 90% de eso simplemente sirve para evitar la caída de la producción, no para poner más petróleo o gas en el mercado. Los tiempos se acortan. El tiempo se agota.

Hace un par de meses, la Administración de la Información de la Energía, dependiente del Departamento de Energía de Estados Unidos, proyectó que la producción de petróleo de EEUU, que gracias al fracking había crecido espectacularmente desde 2010, iba a empezar a decrecer –la palabra maldita para la religión dominante– en los próximos años. De hecho, octubre de 2025 marcó probablemente la máxima extracción de petróleo estadounidense, y con ella la de todo el planeta. He ahí la razón profunda del actual apresuramiento norteamericano por controlar los recursos de petróleo. Primero en Venezuela, para asegurar reservas estratégicas y rutas seguras de suministro, y así poder luego intentar la enajenada aventura bélica en Irán.


                                                                                                     Imagen extraída de la web Peak Oil Barrel.

Nada de esto es en realidad novedoso para muchos: hace años que sabíamos que llegaríamos a este punto.

El petróleo es la base de casi todo, sobre todo, de lo que comemos. Los combustibles fósiles representan aún el 80% de todo el consumo de energía mundial, y los únicos modelos de transición renovable que se están discutiendo, todos ellos de carácter extractivista y privado, no son capaces de reemplazar esa cantidad de energía.


Planta de biomasa en Puertollano inaugurada en 2020.

Además, ya no hay debate alguno, el cambio climático se está acelerando y va a hacernos mucho más daño justo cuando menos recursos disponibles tengamos. Apunten al otoño de 2026, con la previsible visita de otro El Niño, como un momento en el que se pueden producir nuevos y devastadores eventos extremos como el que sufrimos en Valencia en 2024, o incluso peores. Es, físicamente, solo cuestión de tiempo.

Y por eso necesitamos con urgencia dotarnos de una hoja de ruta común, un manual para pilotar este tiempo convulso. Para empezar, reconociendo la deriva que van a tomar los acontecimientos. Poco importa si estamos hablando de meses o de años.

En Valencia, tras el desastre, casi en cada pueblo afectado surgieron espontáneamente los CLERs Comités Locales de Emergencia y Reconstrucción, asociaciones de vecinas y vecinos afectados que se juntaron para hacer el trance lo más llevadero posible y, a la vez, fiscalizar y presionar a las autoridades sobre los procesos de reconstrucción que les afectaban más directamente. Ese modelo de comunidad que se autoorganiza para cuidarse desde abajo, mientras sigue mirando con lupa y apretando hacia arriba es la mejor receta que tenemos.

En la situación de descenso de la producción de petróleo, primero veremos un shock de precios. Después, a medida que la actividad económica se detenga y quiebren empresas, veremos oscilaciones en el precio, debido a la caída de la demanda primero, y luego nuevas subidas de precio cuando la producción caiga aún más: es la famosa espiral de destrucción de oferta–destrucción de la demanda.



La tónica en esta fase es el encarecimiento de todo tipo de productos y los primeros desabastecimientos de bienes aún no tan esenciales. Las bolsas pueden entrar en pánico y una fuerte recesión económica está bastante asegurada.

Estanflación es una palabra que puede volver a ponerse de moda. Probablemente en los países del norte global la situación empeorará, pero aún se mantendrá el abastecimiento de los bienes fundamentales. En el sur global, con sus diferentes contextos, habrá más situaciones de desabastecimiento, hambrunas y/o revueltas.

A medida que el problema se vaya haciendo más estructural, comenzará a haber dificultades más serias en los países del norte. No es que no vaya a haber nada en absoluto: es que habrá menos de lo que estábamos acostumbrados a consumir. Se tendrán que imponer las primeras medidas de racionamiento, presumiblemente por el sacrosanto mercado, esto es el que no pueda pagar se quedará fuera. Esas medidas pretenderán vestirse de técnicas cuando son fuertemente políticas, como ya discutimos en su día.

Será en estos momentos cuando más fuerte resonará la cacofónica algarabía tecno-optimista que lo impregna todo en nuestra sociedad, la misma que nos ha traído indefectiblemente hasta aquí.

Los grandes expertos –y los grandes poderes económicos– pretenderán tener una solución, entendiendo como “solución” una fórmula mágica para “volver a lo de antes”. En esencia, un milagro tecnológico para que nada cambie, para poder seguir adelante con el capitalismo. El problema es que tal solución no existe, ni existirá. No entraremos ahora a detallar el por qué. Hemos escrito mucho sobre el tema: baste decir aquí y ahora que, con el contexto que tenemos y el que se avecina, si fuera tan fácil, hace tiempo que alguien lo habría puesto en marcha, ¿no creen?

En una situación de creciente descontento e inoperancia del poder público, con protestas y revueltas en las calles pero sin una sociedad organizada y consciente, tendremos el campo abonado para la emergencia del fascismo que estaba latente en nuestro sistema imperial de crecimiento pretendidamente perpetuo.

Decía Naomi Klein que la política odia el vacío, o lo llenas tú o alguien va a llenarlo por ti.

Por eso nos resignamos. Llevamos muchos años alertando para evitar la llegada de este desastre, y ahora que los fieles gestores de este sistema lo están precipitando, proponemos otra manera diferente de gestionar ese desastre. De evitar que la decadencia de la globalización capitalista sea el descenso a la miseria que aparenta y pueda ser quizá un dolor que nos empuje, un parto necesario para dar luz a una sociedad que sí sepa gestionar mejor sus recursos, y sobre todo, sus límites.

En primer lugar, tendríamos que reconocer y aceptar que el modelo capitalista con su expansión infinita ha llegado a su fin, y ninguna quimera de renovables, ya en el modelo de la Renovable Eléctrica Industrial, ni en el del biogás o la biomasa, va a poder mantenerlo. Hay que trabajar activamente en modelos económicos alternativos, basados en la proximidad y en la satisfacción primero de las necesidades reales de la gente: alimentación, agua, vivienda, vestimenta, salud, comunidad, educación, tiempo y cuidados. La sociedad debe organizarse para garantizar que todo el mundo tenga acceso a esas necesidades básicas. Esa es la prioridad.

No tenemos ningún modelo energético que permita mantener la expansión energética que ha definido a las sociedades occidentales durante los últimos 250 años. Tenemos que reconocer que la escasez de energía es estructural, que ha venido para quedarse y que solo puede ir a peor. Cualquier otro marco mental más “optimista” en el fondo está retrasando las medidas necesarias y hasta el cabreo que puede hacerlas posibles. La rabia ha movilizado más que la esperanza a lo largo de la historia para la transformación social y solo hay que hacer un breve repaso a la historia para entenderlo.


Manifestante durante una protesta de Extinction Rebellion en Londres en 2019.

Hay que invertir tiempo y recursos en la reformulación de la producción y la propiedad de esta, el transporte y la urbanización, priorizando la eficiencia y la justicia en el consumo de energía y de recursos. Y todo eso fuera de una óptica del beneficio privado: la prioridad es la vida de las personas y de la sociedad, no el negocio. En particular, no se puede mercantilizar la gestión del acceso a los recursos. Se debe priorizar el bienestar colectivo sobre el beneficio privado. Se debe anteponer el bien común al interés individual legítimo.

Volviendo al futuro: va a faltar combustible para los vehículos y maquinaria agrícola e industrial. Va a haber más apagones. Van a faltar piezas de recambio, a veces máquinas enteras. Si recuerdan la disrupción que se produjo en la cadena de suministros con la pandemia y la guerra en Ucrania, esperen a ver qué tal aguanta ahora.

Se tendría que hacer de urgencia un análisis estratégico de qué cosas necesitamos producir para abastecernos aquí. Y cuáles de ellas podemos implementar rápido. Las chatarrerías son un depósito estratégico de materiales de alta calidad muy aprovechables y eso implicaría, por ejemplo, dejar de exportar nuestra chatarra a China y EEUU como está sucediendo ahora.

Tenemos que renaturalizar tantos espacios como sea posible, para dotarnos de resiliencia hídrica y térmica en una situación de creciente y acelerado caos climático y a la vez quizá porque algún día descubramos que debajo del asfalto no había arena de playa, como pensaban los ingenuos, lo que había era tierra cultivable.

Tenemos que hacer todo esto y muchas cosas más. Y tenemos que hacerlo ya, porque los tiempos se acortan y cuanto más tardemos, peor estaremos. Hay que dejar de perder el tiempo con ensoñaciones tecnólatras, que no son más que onanismo mental –muy cómodo e incluso reconfortante– para negarse a reconocer que el capitalismo, en su fase imperialista, ha entrado en una etapa de descomposición y que, si no construimos una alternativa organizada, su decadencia puede arrastrarnos a la más absoluta de las barbaries.

Quizá, después de todo, lo primero sería abrir un gran debate público en el que se exponga clara y honestamente cuál es nuestra situación, y qué es lo que podríamos hacer. Porque, digan lo que digan, las lluvias van a venir y no estamos preparados para enfrentarlas.


Fuente: Ctxt

jueves, 12 de marzo de 2026

Entrevista a Antonio Turiel: “Si la guerra en Irán se prolonga un mes, va a faltar el 40% del petróleo exportable”

 

 Entrevista de  Diego Delgado   

      Entre Guadalajara y un pueblito de la Cuenca vaciada. Estudió Periodismo y Antropología, forma parte de la redacción de CTXT.


Antonio Turiel (1970, León) lleva muchos años advirtiendo sobre la velocidad a la que nos acercamos al pico máximo de producción mundial de petróleo y, más aún, sobre las consecuencias que ello desencadenará en un mundo incapaz de sacudirse de encima la pulsión del crecimiento infinito.


Retrato del divulgador científico y físico Antonio Turiel.

      El nombre de su blog, The oil crash (que podría traducirse como “la caída del petróleo”), da buena cuenta de la dedicación con la que se ocupa específicamente de esta cuestión.

The Oil Crash.

Hoy, con la actualidad invadida por agresiones y conflictos tras los que asoma, siempre, el afán por controlar lo que queda de petróleo, Turiel se lamenta de llevar “16 años hablando de esto. Y fíjate si me han insultado y me han dicho que eso del peak oil [el pico máximo de petróleo] no es verdad. Pues mira, está aquí”.


Peak Oil Barrel.

¿Cómo se explica la ofensiva de EEUU e Israel contra Irán desde el punto de vista de los recursos energéticos?

Es bastante interesante un informe del Departamento de Energía de Estados Unidos, de finales de 2025, en el que ellos ya reconocen un descenso de la extracción de petróleo en el país, aunque prevén que el ritmo del declive será lento. Yo creo que va a ser algo más rápido, porque el problema que tiene EEUU es que la mayoría del petróleo que extrae es de fracking, que aparte de ser de peor calidad, los pozos duran muy poco. En general, un pozo de fracking produce el 80% de su capacidad en los dos primeros años, y al cabo de cinco la mayoría ya están cerrados, ninguno sobrevive más de diez años.

Para mantener la ilusión de que el fracking era maravilloso, Estados Unidos abrió pozos a un ritmo acelerado para compensar los que iban cayendo; pero llega un momento en el que ya no puedes más. Ya se sabía que estábamos llegando a este punto, se sabía desde hace tiempo, incluso teniendo en cuenta que la Administración de EEUU ha dado muchísimos incentivos y exenciones fiscales a un tipo de explotación que hace tiempo que no es rentable, pero ni por esas: llega un momento en que te topas con el límite físico. Aunque quieras perder dinero, da igual, es que ya no puedes. Y esto yo creo que explica la actitud actual de EEUU.

Donald Trump ve que él va a llegar al final de su mandato en una situación en la que el declive de la producción va a ser severo. Es probable que en dos años veamos un descenso que podría reducir la producción de petróleo estadounidense en un 20%. Y sin contar a EEUU, en el resto del mundo la extracción hace tiempo que está estancada o en caída. Así que empiezan a tener prisa porque ven que van a perder una parte importante de su producción e importación. Siempre conviene recordar que EEUU, aunque ahora mismo es el primer productor de petróleo del mundo, no es autosuficiente y tiene que importar. Esas importaciones son como el 40% de su consumo de petróleo.

Entonces, el Gobierno de Trump no está al margen de todo este lío que está generando; el problema que ellos tienen es que su situación se va a debilitar considerablemente en los próximos años, precisamente por este agotamiento del fracking, que se había vendido como la gran revolución.

Esto es una razón muy poderosa para explicar lo que hicieron en Venezuela. Ahora, con Delcy Rodríguez, se ha aprobado un paquete de medidas absolutamente alucinantes que esencialmente entregan todo el sector petrolero a las empresas y bancos estadounidenses, al punto de que si hay algún conflicto que se tiene que resolver en los tribunales, se resolverá en EEUU. Es una concesión de soberanía total; en la práctica Venezuela se ha convertido en un protectorado de EEUU y evidentemente han pretendido hacer algo parecido en Irán.

El plan era crear una situación de mucho estrés en Irán, golpear fuerte, desestabilizar. Mataron a Jameneí con la intención de que el pueblo se alzase y, aprovechando la confusión del momento, poner a su hombre de paja y tener el control de los recursos petroleros. Yo creo que aquí han subestimado, por una parte, la fortaleza de las estructuras políticas actuales en Irán, y por otra no se han dado cuenta de que es un régimen menos personalista que el de Venezuela. Y, al final, hemos entrado en esta situación de impasse en la que estamos ahora. En resumen, no hay ninguna duda de que hay una motivación fuerte por el petróleo.

¿Vamos a ver un continuo de agresiones estadounidenses para paliar su declive de producción petrolera?

EEUU no tiene muchas opciones. No es casualidad que haya ido a atacar al cuarto productor más importante de petróleo del mundo. El primero son ellos; el segundo es Arabia Saudí, donde ya tienen controlados los recursos, hay una comunión total de intereses y se prioriza siempre abastecer a EEUU; con el tercero, Rusia, ya lo han intentado: hay un plan de la CIA de finales de los noventa para romper Rusia en seis Estados porque es muy grande y controla muchos recursos; ¿quién es el cuarto? Irán.

El quinto es Irak, que ya lo tienen más o menos controlado. Ya si vas al sexto, séptimo, etcétera, no es tan sencillo y empiezas a luchar por cantidades marginales de petróleo. En esa lista, entre los diez primeros está Argelia, que yo creo que es donde Europa tiene intención de meterse, y eso es un avispero con un ejército potente y un país con mucha población, más de 40 millones de personas.

No creo que estas potencias imperiales decadentes tengan una capacidad real para ocupar de manera firme un territorio como Irán o Argelia. Entonces no les quedan muchas opciones. Un aviso a navegantes muy interesante es el bombardeo selectivo que hizo Trump en Nigeria, el principal productor de petróleo de África.

Después de Irán, sus opciones se reducen mucho, porque el volumen que se puede conseguir para exportación ya empieza a ser pequeño. Es que en el mundo ya no queda mucho más, ahí está la cuestión. La realidad es que esto se acaba; o sea, no se acaba de golpe, es un proceso que irá con los años, pero es obvio que esto ahora va a ir continuamente bajando, bajando y a ver cómo lo gestionamos.

Claro, si tenemos a los mandos a gente tan hábil y tan inteligente como Donald Trump, pues bueno, es como poner a un elefante a darle patadas a los mandos de un avión.

Los principales afectados por el conflicto en Irán son los países importadores de petróleo y gas natural licuado. ¿Cómo puede afectar a la UE?

Todavía no estamos viendo los efectos de la escasez. Los vaivenes en el precio a los que asistimos son propios de la situación política, pero el efecto sobre la Unión Europea y sobre España dependerá muchísimo de la duración real y efectiva de la guerra. Si se detiene en los próximos días, habrá cierta repercusión, pero tendrá un alcance limitado. El problema es si se prolonga.

Si el conflicto se prolonga, vamos hacia un desastre que no tiene parangón con nada, ni siquiera con las crisis de los años setenta. El episodio en el que más volumen de petróleo se paralizó fue precisamente en aquella década, con el embargo árabe; en aquel momento se paralizaron cinco millones de barriles de petróleo, que vendría a ser como el 10% de todo el consumo mundial, pero además había mucho más petróleo disponible para la exportación, con lo cual, sobre el petróleo comerciable para la exportación debía de ser como un 15%. Por Ormuz pasan hoy unos 20 millones de barriles de petróleo, que es el 20% del consumo mundial, pero como los países productores consumen la mitad del petróleo ellos mismos, para la exportación solo está disponible la mitad, es decir, se está paralizando el 40% del petróleo comerciable. Esto se combina con la paralización del transporte de gas natural, que ahora mismo es muy importante para el suministro eléctrico y la producción de fertilizantes, por ejemplo.

Si fuéramos a una guerra muy prolongada, yo creo que a partir de un mes vamos a empezar a ver efectos muy severos. Un mes, más o menos, es lo que tarda un petrolero en llegar desde el Golfo Pérsico hasta Europa, ahora que no pasan por el Mar Rojo. De momento no se está notando que no llegan los petroleros, pero evidentemente en un mes se va a empezar a notar. Si esto sigue así, vamos a una crisis de dimensiones colosales, porque de repente va a faltar el 40% del petróleo exportable.

Lo único que pueden hacer los Estados en esa situación de prolongación del conflicto, aparte de echar mano de sus reservas estratégicas –que en los países europeos suelen cubrir unos 90 días del consumo nacional y no pueden usarse como si no pasase nada hasta agotarlas–, es empezar a racionar. Y eso, en un sistema capitalista como este, es una catástrofe sin paliativos. Implicaría el cierre de muchas empresas, encarecimiento de productos, incluso podría llegar a haber problemas con los alimentos porque estamos entrando en la primavera y hay que utilizar los fertilizantes, que requieren del gas natural que sale del Golfo. Si esto sigue así de aquí a un mes, entramos en una depresión económica como seguramente no se ha visto nunca, incluso mayor que la de 1929.

Nosotros lo vemos todo desde la perspectiva europea, pero la UE todavía está bastante protegida. Será algo horrible, pero a mí lo que me preocupa es lo que va a pasar en general en el Sur Global, donde va a haber hambrunas y otro tipo de impactos que van a agravar los problemas. La locura de Trump nos puede llevar al colapso de muchos países.

Incluso si el conflicto se detuviese ahora mismo, hay ya un daño estructural causado por los bombardeos que tendrá sus consecuencias: posiblemente va a provocar que en los próximos seis o doce meses vayamos a tener un déficit importante de producción de petróleo.

Existe la sensación, diría que creciente, de que estamos pagando el precio del seguidismo a EEUU. ¿Empieza a definirse un cambio de bloques que acercaría a la UE y China?

Ahora mismo en la Unión Europea claramente hay una especie de pugna entre lo que dice Von der Leyen y lo que está diciendo, por ejemplo, el Parlamento. Es decir, hay una contradicción evidente. Von der Leyen hace un seguidismo, yo diría que obsceno, de EEUU, mientras que instancias más democráticamente representativas de lo que es Europa están diciendo que esto no se puede hacer así.

Yo no creo que favorezca el acercamiento a China porque eso implicaría una confrontación directa con EEUU, así que no sé muy bien qué papel le queda a Europa aquí. Europa hace tiempo que cometió el error estratégico de acercarse demasiado a EEUU en vez de intentar ser un contrapeso, quizá porque hay una generación de dirigentes europeos muy tecnócratas y demasiado americanófilos, por no decir demasiado vendidos al capital directamente. Entonces la salida es mala.

Esto lo que podría favorecer es un acercamiento a Rusia, porque Rusia sí que tiene los recursos que necesita la UE, lo que pasa es que yo creo que los rusos ya están un poco hartos de los europeos. La mejor solución que tiene Europa realmente es echar a sus líderes y evidentemente hacer un cuestionamiento muy fuerte de qué es la Unión Europea. Quizá este es el tipo de cosas que nos tendríamos que empezar a plantear ahora mismo.

¿Estas guerras son la expresión última de la negativa del Norte Global a acoplar los ritmos de producción y consumo al frenazo al que nos obligan los límites del planeta? ¿Cómo evitarlo?

Es una situación obviamente de competición creciente por recursos, precisamente porque estamos chocando contra los límites del planeta y hay una incapacidad de mantener este sistema económico orientado al crecimiento. A nivel de diagnóstico lo tenemos bastante claro.

¿Cómo se puede evitar que haya más guerras de este estilo? Esto al final lo tiene que parar la ciudadanía. La única solución es que la ciudadanía comprenda que tiene que parar a estos líderes. Que el pueblo estadounidense se levante y saque a Trump de allí.

Y nosotros, en España y en Europa, tendríamos también que barrer un poquito nuestra casa, pero no vamos en esa dirección. Lo que estamos viendo en toda Europa es un ascenso de las opciones de ultraderecha, que en estos momentos de agitación social, de angustia e incertidumbre tienen un discurso populista que consigue calar bien, también por culpa de que la izquierda no es capaz de ser valiente y proponer análisis y diagnósticos adecuados. La izquierda no se atreve a hablar de cosas de las que hay que hablar, como la necesidad de una revolución social y económica, un cambio completo de paradigma para que haya una vida digna y adecuada para todo el mundo. Se pretende dar una continuidad, hacer un seguidismo de lo actual y eso nos lleva a estas contradicciones continuas y a este desapego de la ciudadanía.

En ese sentido es curioso el papel de Pedro Sánchez. Nadie diría que es una persona con una fuerte orientación ideológica y, sin embargo, mediante meras expresiones de sentido común, de cosas que se considerarían muy básicas hace 20 años, se está convirtiendo en el referente moral de Europa. Yo creo que esto lo que evidencia es la degradación moral de los otros líderes.

La única manera de evitar esta tentación imperialista de la lucha por los últimos recursos es que los ciudadanos de estos países digan basta. Y atención porque, además, en Europa tenemos un riesgo muy claro de deriva militar hacia los pueblos del norte de África por los últimos recursos. Yo llevo muchos años hablando de que el rearme no está dirigido para luchar contra Rusia, que es una lucha imposible, está dirigido claramente a lanzar nuevas guerras coloniales en el norte de África. Esto hay que empezar a pararlo. Solamente la ciudadanía puede llevar a un cambio de paradigma y a que empecemos a construir cosas alternativas que se pueden construir tanto en lo técnico como en lo social.



Fuente: Ctxt

lunes, 9 de marzo de 2026

El hundimiento

 

 Por Antonio Turiel    
      Físico, matemático y experto en energía. Trabaja en el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC.


      Llevamos ya más de una semana de guerra en el Golfo Pérsico. Sin duda, Israel y EE.UU. pensaron que si golpeaban de manera certera a Irán, dada su inestabilidad interna, el régimen de los ayatolás caería como fruta madura gracias a una reacción del pueblo iraní que los depondría inmediatamente.


La segunda temporada de Juego de Trumps está llena de sobresaltos.

Confiaban, seguramente, en una capitulación completa a la venezolana, en la que los EE.UU. en la práctica se han apropiado de todos los recursos petroleros (sin que, por cierto, haya habido un cambio real del régimen político). Lo que increíblemente no se esperaban es la resistencia de la estructura política iraní, quizá porque interpretaban erróneamente que era completamente subsidiaria del liderazgo de Alí Jamenei y que, muerto éste, habría tal vacío de poder que el cambio sería inevitable. 

Pero, bien al contrario, el régimen iraní se ha atrincherado y ha contestado con rapidez y mucha contundencia, bombardeando bases militares americanas, refinerías y oleoductos por todos los países del Golfo que están prestando su apoyo tácito o explícito a la coalición agresora, y al mismo tiempo cerrando en la práctica el paso del Estrecho de Ormuz. Irán ha golpeado fuerte, ha golpeado rápido y ha golpeado masivamente. El gobierno iraní sabe que su supervivencia depende de crear un estado de postración económica tal a escala mundial que los EE.UU. se vean obligados a parar por presiones internas y externas.

Y así llegamos al momento presente. Donald Trump tiene muy difícil echarse atrás, porque no podría salvar la cara delante de su pueblo y de los intereses económicos a los que representa. Por su parte, los dirigentes de Israel están completamente alucinados y no contemplan ninguna otra posibilidad que la rendición de su enemigo más importante en la región. En cuanto al gobierno iraní su única salida es seguir golpeando, haciendo daño hasta que Israel y EE.UU. cedan. 

Pero, pase lo que pase, nadie va a salir indemne de ésta. Ni estos tres países, ni el resto del mundo en su conjunto. La situación es tan mala ya que lo menos que podemos esperar es una fuerte recesión económica y unos años de mucho sufrimiento. Aunque en realidad lo más probable es que ya nunca salgamos del proceso de descenso que seguramente ya estamos iniciando.

Por el lado de los EE.UU., las ínfulas belicistas de Trump tienen, seguramente, diversos orígenes, desde lo ideológico hasta lo religioso pasando por ese extraño ascendente que tiene Israel sobre la política norteamericana. Pero, al margen de todas esas motivaciones, hay una que también es muy clara: EE.UU. necesita petróleo y lo necesita ya.

Durante los últimos 16 años EE.UU. ha vivido la revolución del fracking, que les ha permitido pasar uno unos lánguidos 5 millones de barriles diarios (Mb/d) que producían en 2010 a los actuales más de 13 Mb/d (4 Mb/d convencional más 9 Mb/d de petróleo ligero de roca compacta extraído con el fracking), lo que le sitúan como el mayor productor del mundo con prácticamente el 13% de la producción (se producen en el mundo 103 Mb/d de todo tipo de líquidos asimilados a petróleo, aunque esto también daría para hablar mucho, ya que hay unos 20 Mb/d de líquidos del gas natural que mayoritariamente no sirven para hacer combustibles, solo plásticos, y se contabilizan igualmente aquí). Sin embargo, los días del fracking de los EE.UU. están contados: los pozos de fracking generalmente llegan al 80% de toda su producción en los dos primeros años, y habitualmente no se explotan más allá de cinco años. En sus últimas actualizaciones, el Departamento de Energía de los EE.UU. apunta por primera vez desde que empezó el fracking a que el máximo de producción de petróleo de los EE.UU posiblemente ya pasó, en octubre de 2025, y que en los próximos años viviremos un proceso de declive que aún contemplan como gradual, aunque todo apunta a que será bastante más rápido.


Imagen de Peak Oil Barrel.

EE.UU. necesita desesperadamente petróleo. Su hegemonía de los últimos años se ha basado en el fracking, y si éste empieza a fallar necesitan pasar a controlar los recursos disponibles en el mundo. Están yendo, por supuesto, por los más grandes que aún no controlaban: primero Venezuela (aunque es dudoso que su petróleo extrapesado sea económicamente rentable) y ahora Irán. Realmente, la torpeza y apresuramiento americano, que asalta sin verdadera planificación (como está siendo evidente en el caso iraní) responde a esta urgencia vital.


Pozos petrolíferos en Venezuela.

La situación no es nada buena para el gobierno de Donald Trump. Con una popularidad en caída por los excesos de la policía de inmigración y por haber traicionado el principio MAGA de centrarse en los problemas internos y no meterse en guerras extranjeras, con su sistema de aranceles puesto en cuestión y con las elecciones de noviembre en el horizonte, Donald Trump tenía la necesidad de anotarse algún que otro éxito clamoroso. La escalada de precios del petróleo y las pésimas perspectivas económicas fruto de esta guerra, combinado con el coste exorbitante de la campaña militar, solo le ponen las cosas más difíciles.

Tampoco pinta demasiado bien para el gobierno de Benjamin Netanyahu. Para el actual gobierno de Israel, la desaparición de su mayor enemigo en la región se ha convertido en cuestión existencial, una auténtica obsesión, hasta el punto de que han perdido completamente la perspectiva de su capacidad real y sobre todo de su vulnerabilidad. Los sistemas de intercepción israelíes, bien nutridos de misiles interceptores americanos, se muestran impotentes para evitar el goteo de bombardeos iraníes que ya no se limitan a objetivos militares, sino que alcanzan también a la población civil, particularmente en Tel Aviv. Irán apuesta por enviar enormes cantidades de misiles y de drones, muy baratos, mientras que los interceptores son incomparablemente más caros; y aunque Israel intercepte el 80 o incluso el 90% de los proyectiles, el 10% que llega a su objetivo está causando mucho daño. Israel sufre, y Netanyahu, muy contestado por su gestión en general, sale muy perjudicado de una guerra en la que ilusamente creyó marcarse un tanto.

El gobierno iraní también está en una situación muy precaria. El asesinato de su líder supremo y una buena parte de la cúpula política le ha obligado a rehacerse en tiempo breve, pero ése no es el mayor de sus problemas. El descontento de la población iraní es muy importante desde hace ya varios años, tras 50 años de un régimen autoritario y muy represivo. Las protestas de enero, sangrientamente reprimidas, ejemplificaron la importancia de la contestación interior. Con 90 millones de personas y una población muy joven, Irán necesita mejoras muy importantes a nivel social, aunque está claro que no será precisamente EE.UU. quien se las va a proporcionar. Para terminar de complicar la situación, Irán sufre una grave crisis hídrica que llevó hace pocos meses a plantear la necesidad de evacuar Teherán, con toda la inestabilidad social que eso implica. Crisis hídrica que por cierto también es bastante grave en la vecina Irak. Al mismo tiempo, su vecina Afganistán está ahora mismo en guerra con Pakistán por la disputa de los recursos hídricos de un río compartido. Toda la región está en una situación precaria.

Queda claro que ni EE.UU. ni Israel ni Irán parten de una buena situación. Pero ninguno de los tres puede echarse atrás en el escenario actual. Los tres necesitan desesperadamente una victoria en esta guerra. Y la desesperación es la peor de las consejeras, porque lleva a asumir riesgos excesivos que pueden materializarse en auténticas catástrofes.

El cierre del Estrecho de Ormuz pone al mundo de rodillas. Por ejemplo, por Ormuz pasan 20 Mb/d, el 20% del petróleo que se consume en el mundo. Pero si lo miramos desde la perspectiva del petróleo disponible para comerciar (descontando ese 50% que consumen los propios países productores), resulta que lo que pasa por Ormuz es el 40% de las exportaciones mundiales de petróleo, lo cual es gravísimo para países importadores como es España. Y poco importa que en la actualidad España importe poco petróleo de la región: el mercado del petróleo es muy fungible y los contratos se rescinden o el petróleo se encarece por la mayor demanda. Nadie está cubierto en esta crisis. Mientras esto escribo, el precio del barril de Brent ya ha llegado a los 90$, que es el umbral de dolor para la economía europea. Si esta situación se prolonga e incluso agrava durante las próximas semanas, será inevitable que se produzca una grave recesión económica.

El otro foco de atención está en el gas natural. Por Ormuz pasa el 20% de todo el Gas Natural Licuado (GNL) que se exporta en el mundo, y éste no tiene la opción de pasar por ductos internos (por cierto que de poco van a servir tampoco para el petróleo, en vista de que Irán también los está bombardeando). Europa depende en un 14% de este gas natural. El gas natural se usa en todo tipo de industria, y es fundamental para mantener la estabilidad de la red eléctrica. Europa, además, llega al final del invierno con las reservas de gas natural en mínimos, y encima con unas reservas hídricas también en mínimos después de un invierno relativamente seco - no es el caso de España, al que las fuertes tormentas al menos le han servido para llenar pantanos. Sin gas y sin hidroelectricidad, Europa se enfrenta al riesgo cierto de apagones, que incluso se podrían producir en cascada. De momento, el precio de la electricidad se ha disparado en Europa, a la par que el precio del gas en España, gracias a la bonanza hidroeléctrica, el precio está más contenido.

Pero es que por el Estrecho de Ormuz circulan muchos otros materiales críticos para el comercio y la industria mundial. Se destaca por su gran importancia el amonio y la urea, base de los fertilizantes, justo cuando está a punto de empezar la estación del crecimiento de los cultivos; y también el ácido sulfúrico, que se usa en infinidad de procesos industriales. Pero obviamente hay muchas más derivadas e interacciones que hacen muy difícil vislumbrar el alcance de todo lo que pasa. Por ejemplo, el petróleo del Golfo es fundamental para garantizar la producción mundial de diésel, ya que es el más apropiado a este fin.

Lo que suceda a continuación va a depender crucialmente de lo que se alargue el actual impasse. Unos pocos días más de bloqueo en Ormuz pueden acabar de provocar un pánico en las bolsas y desencadenar una recesión muy profunda. Teniendo en cuenta las enormes burbujas financieras de las que lleva tiempo alertando Quark (la de la deuda, la de la inteligencia artificial y la de los productos derivados sobre metales preciosos), esta recesión puede provocar el estallido final de estas burbujas y una debacle económica como posiblemente el mundo no haya visto jamás, una de la que ya jamás nos podremos recuperar completamente porque acelerará el declive del petróleo y de otras materias primas al parar la industria clave para su extracción.


El punto de no retorno.

Hace unas horas, el fondo de inversión Blackrock decidió limitar la cantidad de dinero que permite retirar de uno de sus fondos de deuda, al observar un gran volumen de retiradas - una intervención que yo diría que raya lo fraudulento, y que puede provocar un aumento de la desconfianza. La sesión de la bolsa del próximo lunes promete ser muy movida.


Un operador trabaja mientras una pantalla muestra la información comercial de BlackRock en el piso de la Bolsa de Valores de Nueva York.

Tengo claro que el gran capital y los estados va a poner en marcha todos los mecanismos a su alcance para intentar evitar la debacle; por ejemplo, EE.UU. ha anunciado un fondo de reaseguros por valor de 20.000 millones de dólares para los barcos estadounidenses, después de que hace unos días las 7 mayores aseguradoras decidiesen retirar sus seguros a los buques que operan en la zona por el riesgo de guerra (por cierto, si tienen media hora y paciencia suficiente, lean ese último enlace, merece mucho la pena, y entenderán por qué el daño que se ha hecho es mucho mayor de lo que parece). Durante este tenso fin de semana habrá seguramente muchos más anuncios y movimientos, para intentar evitar un lunes negro en las bolsas. Ahora mismo, el único punto clave es saber cuánto va a durar este bloqueo, y si es total o parcial. Lo que sí que parece claro es que si la cosa se alarga más allá de unos días, vamos a una recesión económica que puede transportarnos al declive terminal. Donald Trump tendrá el mérito de haber adelantado 5-10 años el proceso de declive de nuestra sociedad.


El petrolero Texas Voyager se encuentra anclado frente a la costa de la refinería.

Esto va en serio. La situación pinta mal, muy mal. Crucen los dedos pero, por si acaso, vayan tomando sus precauciones. Sigamos la evolución de los acontecimientos y esperemos.



Fuente: The Oil Crush