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jueves, 23 de julio de 2026

Caos calculado: así gestiona Israel el traslado de cuerpos palestinos a Gaza

 

 Por Frances Brogan   
      Estudiante de último año en la Universidad de Princeton, New Jersey, y editora jefe del Daily Princetonian.


Miles de gazatíes siguen desaparecidos. Los trabajadores humanitarios denuncian un sistema opaco y desordenado para la repatriación de personas vivas o muertas por parte de Israel


Cadáveres de palestinos en un contenedor cerca de Karem Abu Salem – Kerem Shalom en Gaza.


     A las seis de una gélida mañana de diciembre de 2023, un camionero de Gaza abrió la tapa de un contenedor metálico de 12 metros de largo. En su interior, apilados de manera ordenada y envueltos en nailon azul brillante sujeto con bridas, encontró los restos de 80 hombres, mujeres y niños palestinos.

Funcionarios de la Administración de Coordinación y Enlace (CLA) para Gaza –la delegación local de COGAT, la unidad militar israelí que gestiona los asuntos civiles de los palestinos bajo la ocupación israelí– habían llamado a los trabajadores de la ONU esa misma mañana para pedirles que organizaran la recogida del contenedor en una terminal cercana al paso fronterizo de Karem Abu Salem (también llamado Kerem Shalom), entre la Franja de Gaza, Israel y Egipto. Ariel, una persona trabajadora de la ONU destinada en la zona (que solicitó ser citada con seudónimo y sin mencionar su género por temor a represalias por parte de Israel), envió un conductor a la terminal, quien a su vez transportó el contenedor hasta el lado gazatí del cruce fronterizo.

Aunque la CLA se había negado a dar detalles, Ariel sabía lo que había dentro. La reticencia de los funcionarios despertó sus peores sospechas; había agujeros en las paredes metálicas del contenedor del que emanaba, a 30 metros de distancia, el hedor putrefacto de cuerpos en descomposición. Pero Ariel no quería verlo con sus propios ojos; tenía que supervisar entregas urgentes de ayuda humanitaria, y ocuparse de cadáveres no formaba parte de sus funciones. Fue un alivio cuando el personal del Ministerio de Sanidad de Gaza vino a recoger el contenedor a la mañana siguiente. Como los cadáveres llegaron sin identificar y en diversos estados de descomposición –y dado que Israel ha bloqueado continuamente la entrada en Gaza de herramientas de identificación forense, incluidos los kits de pruebas de ADN–, resultó imposible contactar con las familias de los fallecidos.

Ariel y sus compañeros habían ayudado previamente a repatriar a decenas de detenidos palestinos procedentes de prisiones israelíes y campos de detención militares a través de Karem Abu Salem. No estaban seguros de si los cadáveres de este contenedor pertenecían a detenidos que habían fallecido bajo custodia israelí o a personas que habían sido asesinadas en Gaza y posteriormente trasladadas a Israel. Se desconocen los nombres de los fallecidos y las circunstancias de su muerte.

No se trata de un caso aislado. Entrevistas con más de 15 trabajadores humanitarios, la mayoría de los cuales hablaron bajo la condición de mantenerse en el anonimato por temor a ser objetivo de los ataques de Israel, revelan un sistema en el que el retorno por parte de Israel de gazatíes, tanto muertos como vivos, durante los primeros meses del genocidio se llevó a cabo con poca antelación, sin transparencia y prácticamente sin un registro fiable.

Los testimonios de Ariel y otros trabajadores humanitarios arrojan nueva luz sobre por qué la ONU y el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) han tenido dificultades para dar cuenta del paradero de los miles de palestinos detenidos por Israel desde el inicio del genocidio en octubre de 2023, incluidos aquellos que podrían haber fallecido bajo custodia. Estos relatos también plantean dudas sobre la exactitud de los datos publicados, lo que sugiere que el destino de los desaparecidos –tanto vivos como muertos– podría no conocerse jamás.


Palestinos entierran cadáveres en una fosa común en Khan Younis, al sur de la Franja de Gaza.

Cientos de cadáveres no identificados

Después de que Israel lanzara su invasión terrestre de Gaza, a finales de octubre de 2023, el ejército detuvo a miles de palestinos y los trasladó a centros de detención militares dentro de Israel, incluida la tristemente célebre base de Sde Teiman. Allí, los detenidos permanecieron recluidos sin cargos y totalmente aislados del mundo exterior, privados de comida, torturados y sometidos a violencia sexual.

Los centros de detención militares están concebidos para servir como lugares de retención temporal antes de que los detenidos sean trasladados al sistema penitenciario israelí y registrados formalmente. Sin embargo, muchos palestinos, a los que testigos vieron por última vez bajo custodia militar, nunca aparecieron en los registros oficiales penitenciarios o militares, según la organización israelí de derechos humanos HaMoked, lo que frustra cualquier esfuerzo por localizar su paradero.

“Si bien todas las violaciones de derechos humanos imaginables se denuncian de forma insuficiente, esto es aún más evidente en el caso de las desapariciones forzadas”, afirma Grażyna Baranowska, miembro del Grupo de Trabajo de las Naciones Unidas sobre Desapariciones Forzadas o Involuntarias. Según la ONU, ninguna guerra ni situación de emergencia puede justificar la desaparición forzada de personas; cuando se practica de forma generalizada o sistemática, puede constituir un crimen contra la humanidad.

En mayo de 2024, el personal de la ONU en Karem Abu Salem había facilitado el regreso de más de 1.500 detenidos palestinos con vida a Gaza y había recibido un total de 227 cadáveres no identificados en tres entregas distintas: 80 en diciembre de 2023, 100 en enero de 2024 y 47 en marzo de 2024. Según Zaher Al-Wahidi, un responsable sanitario de Gaza, el Ministerio de Sanidad trasladó los cadáveres que recibió al hospital Mohammed Yousef El-Najar, en la cercana ciudad de Rafah. Los fallecidos fueron finalmente enterrados en una fosa común en la ciudad, sin ningún tipo de placa que conmemorara la pérdida.

El seguimiento sistemático de la ONU finalizó en marzo de 2024, cuando la incursión de Israel en Rafah restringió drásticamente el acceso humanitario al paso fronterizo (Israel devolvió otros 100 cadáveres en agosto de 2024 y 88 en septiembre, que el Ministerio de Sanidad transportó al Complejo Médico Nasser, en Jan Yunis, antes de que fueran enterrados en el Cementerio Austriaco). Sin embargo, incluso antes de eso, la labor de seguimiento era fragmentada y puntual, ya que recaía en los trabajadores humanitarios, cuyas responsabilidades formales no incluían la recepción de detenidos o fallecidos, y la notificación por parte de Israel de las devoluciones inminentes era mínima o inexistente.

La cifra total de 415 cadáveres depositados en Karem Abu Salem entre diciembre de 2023 y septiembre de 2024 coincide con las estimaciones de los trabajadores humanitarios que participaron en los traslados. Muchos de los cadáveres estaban en estado de descomposición, les faltaban extremidades o presentaban mutilaciones; algunos estaban decapitados o habían sido desollados. Los envíos también contenían partes de cuerpos desmembrados, lo que hizo imposible determinar el número exacto de cadáveres devueltos. Desde entonces, ninguno de los cadáveres ha sido identificado.


Los cuerpos de palestinos yacen en una fosa común en Rafah, al sur de la Franja de Gaza.

“La ocupación israelí se negó a facilitarnos cualquier información que indicara sus identidades o circunstancias”, lamenta Zaher Al-Wahidi. No identificar a los fallecidos, no tratar los restos humanos con dignidad y no proteger a las personas detenidas constituyen violaciones del Derecho Internacional Humanitario.

La última entrega clandestina conocida de palestinos fallecidos, por parte de Israel, se produjo en septiembre de 2024. El ejército devolvió cientos de cadáveres palestinos más como parte del acuerdo de alto el fuego del pasado mes de octubre, y ha seguido liberando pequeños grupos de detenidos con vida a través de Karem Abu Salem y Kissufim, principalmente en coordinación con el CICR.

Hoy, tras casi tres años de genocidio, alrededor de 8.000 habitantes de Gaza siguen desaparecidos, según el Centro Palestino para Personas Desaparecidas y Desaparecidas Forzosamente. Pero esas cifras se basan principalmente en las denuncias de los familiares. La cifra real es casi con toda seguridad mayor, ya que en Gaza han sido asesinadas familias enteras, sin dejar a nadie que denuncie su desaparición.

De las 5.400 solicitudes de localización presentadas por familias gazatíes a través de HaMoked, más de 1.800 residentes siguen sin aparecer, sin que el ejército israelí haya dado indicación alguna de que hayan sido arrestados o detenidos.

Tal Steiner, director ejecutivo de HaMoked, cree que es probable que la mayoría de los que siguen desaparecidos hayan fallecido, aunque aún no está claro si murieron en centros de detención improvisados ​​dentro de Gaza, bajo custodia del ejército israelí, en zonas de combate, como consecuencia de haber sido utilizados por el ejército israelí como escudos humanos, o si siguen sepultados bajo los escombros de los ataques aéreos israelíes. Es posible que algunos de ellos se encontraran entre los cadáveres no identificados que posteriormente fueron devueltos a Gaza.

La incertidumbre se ve agravada por el largo y documentado historial de Israel de retener los cadáveres de palestinos. En enero de 2026, el Estado mantenía en su poder los restos mortales de al menos 776 palestinos desde 1967, incluidas 88 personas que fallecieron bajo la custodia del Servicio Penitenciario de Israel (IPS) o del ejército después del 7 de octubre.


Cuerpos de palestinos que murieron a causa de los ataques aéreos israelíes durante la noche, en el marco de los nuevos bombardeos israelíes sobre Gaza. Hospital Europeo, Khan Younis, sur de la Franja de Gaza. 18 de marzo de 2025.

“Todo es espontáneo, y eso forma parte de su plan”

El carácter aleatorio de la devolución de detenidos y cadáveres ayuda a explicar por qué no existe un recuento fiable. Aunque el CICR tiene un mandato exclusivo, en virtud del Derecho internacional humanitario, para facilitar la liberación de prisioneros y la repatriación de restos mortales, los tres primeros envíos de cadáveres no identificados fueron recibidos en su totalidad por personal de la ONU. Según Ariel, los responsables de la CLA inicialmente solo notificaron a los trabajadores de la ONU –y no al CICR– tanto la liberación de detenidos como la llegada de contenedores con cadáveres, lo que obligó al personal humanitario a improvisar una respuesta y a solicitar la ayuda del CICR a posteriori.

La ofensiva israelí de mayo de 2024 en Rafah destruyó el almacén destinado a la recepción de detenidos y limitó de forma permanente las operaciones humanitarias de la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina (UNRWA) en la zona. En última instancia, la gestión del retorno de los detenidos recayó en el CICR. Sin embargo, los trabajadores humanitarios e investigadores de otras agencias entrevistados para esta investigación se mostraron escépticos sobre si el CICR llegó a tener alguna vez la capacidad o el acceso suficientes para asumir la tarea de documentar con precisión las liberaciones y prestar un apoyo adecuado a los detenidos.

Según varios trabajadores humanitarios familiarizados con el proceso, el personal del CICR solía llegar a los almacenes de recepción, situados en el lado gazatí del paso fronterizo, cuando los detenidos ya habían recibido asistencia de los trabajadores de la ONU, o con personal insuficiente para entrevistar adecuadamente a los repatriados. En algunas ocasiones, el personal no acudió a la hora acordada, alegando falta de personal y de recursos.

“¿Dónde estaba el CICR en todo esto?”, se pregunta un antiguo alto cargo de la UNRWA que pidió permanecer en el anonimato. “[Estaban] ausentes. ¿Por qué no vinieron?”.

Al no intervenir nadie más, fue el personal de la UNRWA quien, durante los primeros meses de la guerra, asumió la responsabilidad de recibir a los detenidos que regresaban y los cadáveres. Describen ese proceso como totalmente improvisado.

Antes de que se reanudara la ayuda humanitaria a través de Karem Abu Salem el 17 de diciembre de 2023, Israel liberaba a los detenidos en el paso fronterizo sin previo aviso, y los trabajadores de la ONU a menudo solo se enteraban de su llegada después de que hubieran cruzado de vuelta a Gaza.

La ONU no comenzó a registrar sistemáticamente el regreso de los detenidos hasta ese mes, después de que Ariel se encontrara con la llegada inesperada de 70 detenidos traumatizados y maltratados. “Estaban histéricos”, dijo Ariel. “No se les podía consolar. No sabían dónde estaban ni qué estaban haciendo”.


Detenidos liberados en un almacén temporal de la ONU cerca del cruce de Karem Abu Salem – Kerem Shalom en Gaza.

Entre este grupo de detenidos se encontraban un hombre de 85 años que había sido torturado, un hombre ciego al que habían privado de alimentos y un hombre con las piernas destrozadas sujetas con clavos.

Conmocionado por lo que vio, Ariel presionó a la CLA para que avisara con antelación de futuras liberaciones. Aunque esto quedaba muy fuera del ámbito de sus responsabilidades oficiales, Ariel y otros trabajadores humanitarios convirtieron un almacén en un centro de acogida improvisado y se apresuraron a conseguir comida, mantas, cepillos de dientes y cualquier otra cosa que pudieran obtener para facilitar la transición de los detenidos.

Pero, aunque Ariel y sus compañeros movilizaron recursos para apoyar a los detenidos, el sistema de repatriación siguió siendo irregular debido a la negativa de Israel a cumplir con su obligación de proporcionar información suficiente. Cuando, en algún caso, se notificaban los retornos, la CLA solía informar al personal de la ONU a altas horas de la noche de que los detenidos llegarían a las seis de la mañana del día siguiente, a menudo facilitando cifras inexactas del número de personas. En ocasiones, las liberaciones programadas se cancelaban sin explicación alguna.

“Todo es espontáneo, y eso forma parte del plan”, afirmó Ariel, expresando su convicción de que el caos administrativo estaba calculado para impedir que los trabajadores humanitarios atendieran de forma integral a los detenidos que regresaban.

En ocasiones, se permitía a los trabajadores humanitarios llevar autobuses hasta el paso fronterizo. Pero en otras, la CLA obligaba a los detenidos –todos los cuales mostraban signos de desnutrición, maltrato y negligencia médica– a cruzar descalzos el corredor de tres kilómetros que separa los lados israelí y palestino de Karem Abu Salem.

Durante una de las liberaciones, la CLA impidió a los trabajadores humanitarios llevar una silla de ruedas para transportar a un niño de 12 años al que le habían disparado en las piernas mientras buscaba comida para su familia. En ocasiones, los soldados israelíes que custodiaban el paso fronterizo disparaban al suelo para incitar a los detenidos a correr, según varios trabajadores humanitarios que lo observaron de primera mano.


Trabajadores palestinos de la Franja de Gaza, detenidos en Israel desde el 7 de octubre, llegan al paso fronterizo de Kerem Shalom – Karem Abu Salem.

“¿Es mi hermano? ¿Es mi padre?”

Como consecuencia del caótico proceso de retorno, el registro ha sido incompleto desde el principio.

Los trabajadores de la ONU destinados en el lado de Gaza del paso fronterizo de Karem Abu Salem ayudaron a facilitar las liberaciones de detenidos durante los primeros seis meses de la guerra; el último recuento exhaustivo de la UNRWA se remonta a abril de 2024, poco antes de que perdiera el acceso fiable al paso fronterizo y a la zona circundante. La frecuencia de las liberaciones varió considerablemente, oscilando entre dos veces por semana y una vez cada tres semanas, según varios empleados de la UNRWA. Los grupos oscilaban entre cinco y 100 detenidos y, en ocasiones, incluían a mujeres, personas mayores y niños de tan solo 12 años.

Incluso después de que se hubiera establecido un sistema ad hoc, los trabajadores humanitarios contaron que algunas liberaciones se produjeron al margen del mismo, por lo que habrían quedado sin registrar. El personal humanitario informó de que había visto a detenidos no registrados regresando a pie desde el paso fronterizo de Erez –que estuvo cerrado a los trabajadores humanitarios durante toda la guerra– y desde el paso fronterizo de la Puerta 96, que la invasión de Rafah hizo inaccesible. “Tiene que haber una diferencia sustancial entre el número de personas que se registraron y las que recibieron asistencia”, afirma un miembro del personal de la ONU que prefiere permanecer en el anonimato por temor a represalias profesionales.

La falta de transparencia sobre las liberaciones es imposible de separar de la ocultación por parte de Israel de información mucho más básica sobre quiénes habían sido detenidos en primer lugar, dónde se encontraban recluidos y cuántos habían fallecido bajo custodia. Según Naji Abbas, director del departamento de presos y detenidos de Médicos por los Derechos Humanos-Israel (PHRI), el ejército israelí tardó siete meses solo en responder a la solicitud de la organización sobre el número de detenidos que habían fallecido en centros de detención militares.

Hasta la fecha, se ha confirmado que 104 palestinos, incluidos 70 de Gaza, han fallecido bajo custodia del IPS y del ejército, según Abbas. Pero PHRI cree que la cifra real es mucho mayor, en parte porque el ejército se negó a facilitar información sobre los detenidos bajo su custodia durante los primeros nueve meses de la guerra. En ese periodo, según declaró Abbas a +972, Israel llevó a cabo “una política sistemática de asesinato de palestinos [bajo custodia israelí]”.

“Tanto el sistema de registro de detenidos como el de difusión de información son muy, muy desorganizados y defectuosos”, afirmó Avshalom Matalon, investigador de desapariciones forzadas de palestinos para HaMoked. Matalon añadió que el proceso debería haber sido supervisado por el CICR, pero Israel prohibió a la organización visitar a los detenidos palestinos en las prisiones israelíes y ocultó información sobre su paradero durante toda la guerra, lo que impidió el funcionamiento de uno de los únicos mecanismos de rendición de cuentas.


Fuente: Ctxt

martes, 4 de noviembre de 2025

Aceituneros altivos. Tiempo de cosecha en Palestina

 

 Por Gustavo Duch   
       Licenciado en veterinaria. Coordinador de 'Soberanía alimentaria, biodiversidad y culturas'. Colabora con movimientos campesinos.


La destrucción de los medios de subsistencia alimentaria del pueblo palestino es uno de los métodos de exterminio del Estado de Israel. El campesinado resiste a pesar de los olivos extirpados y los cultivos arruinados


     En Palestina, octubre es el mes que se vincula con la cosecha de la aceituna. El mes que se espera. O el mes que ya no se sueña, como describe Nathalie Handal, escritora palestina nacida en Haití, en su poema Los olivos de Abu Jamal: “Día tras día / Trabaja la tierra / Nunca tuvo paz / En toda su vida / No ha tenido sueños / Cree sólo en lo posible / Sus instintos consideran a la vida y a la muerte / Le cuenta historias a su mujer / Para recordar cómo se ve ante los demás / Sus ojos ahora están vacíos / Sus tripas heladas / Sus olivos fueron arrancados de raíz. / Y luego con una sonrisa dice: / Me encantaría saber los nombres / De los que van a recoger las aceitunas / En nuestra tierra el próximo octubre… / ¿De qué árboles?, pregunta ella”.


Recogida de la aceituna en Qusra, Palestina.

¿De qué árboles, si (también) los han asesinado? No se sabe cuántos olivos fueron arrancados durante los años de la Nakba, mientras quienes los cuidaban se vieron forzadas a abandonarlos y dejar sus tierras. Sí que hay registros, espeluznantes, a partir de la ofensiva de ocupación israelí desplegada desde 1967: desde entonces hasta el 2023, han sido alrededor de un millón los olivos talados o extirpados

Y durante estos dos últimos años de asedio, la acometida contra los olivos también ha formado parte de la estrategia genocida del Estado de Israel. Por dos razones. Los olivos representan, con su firmeza, con su perseverancia, con su permanencia, la sumud palestina, la resistencia. Y porque los olivos son, en esencia, el sustento palestino.

Como era de prever, el alto al fuego no se ha producido, pero tampoco se vislumbra ninguna voluntad de Israel de poner fin al genocidio. Aunque los crímenes directos sobre la población se hayan podido reducir tras el acuerdo anunciado en Egipto, los otros métodos de exterminio siguen en marcha. Y entre ellos se mantiene bien activa la estrategia de acabar con los medios de subsistencia alimentaria del pueblo palestino. En referencia a los últimos episodios de este genocidio, Javier Camilo Guevara Rodríguez, especialista en Derecho del Medio Ambiente de la Universidad Externado de Colombia, defiende que “la destrucción de los medios de subsistencia agrarios no puede considerarse un daño colateral. La magnitud, sistematicidad y efecto acumulativo de estos actos sugieren un patrón de destrucción deliberada”.

Las cifras, aunque frías, lo corroboran. Si en marzo de este año la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) alertaba de que el 60% de las tierras cultivables habían quedado inutilizadas, hace pocos días, otra de las agencias de Naciones Unidas, la UNRWA (Agencia para la Ayuda a los Refugiados de Palestina), habló ya de la destrucción de casi todas las tierras agrícolas de la Franja de Gaza. En CTXT también denunciamos la destrucción de otro de los elementos identitarios de cualquier pueblo: el banco de semillas de la Unión de Comités de Trabajo Agrícola (UAWC) de Palestina, organización de campesinas y campesinos  que el estado de Israel tiene calificada como organización terrorista.

Aún más. Hace pocos días hemos sabido que Israel ha activado el proceso de deportación de 32 activistas internacionales que, acogidos por la UAWC, se desplegaron por los campos en cosecha, cual flotilla terrestre, para protegerlos en un momento tan trascendental. Para llevar a cabo la detención y deportación, Israel ha argumentado que habían entrado en una “zona militar cerrada”, acusación completamente falsa, según explica la UAWC. De todas maneras, los activistas restantes, conviviendo con las familias campesinas palestinas, continúan apoyando la campaña de recogida de aceitunas.

Tierras devastadas, semillas destruídas, campos envenenados para acabar con el sistema agrario palestino; pero sobre todo violencia para garantizar el genocidio de su campesinado (fellahin), el cual, como sus olivos, nació en esas tierras y allí permanece y resiste. Altivo.


Fuente: Ctxt

jueves, 20 de febrero de 2025

Frente al Múnich de los nuevos fascistas, Europa debe aliarse con Rusia

 

 Por Pedro Costa Morata  
      Ingeniero, periodista y politólogo. Ha sido profesor de la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.


La situación política internacional se configura, velozmente, con grandes semejanzas esenciales con el episodio de septiembre de 1938 en Múnich, en el que el Reino Unido y Francia, principales potencias europeas (liberales), capitularon sin honra ni prudencia ante las exigencias expansionistas del nazismo alemán y de su comparsa, el fascismo italiano. Pretendían, cediendo ante Alemania, evitar una guerra en suelo europeo, aun teniendo suficientes indicios de que nada frenaría al Führer en sus ambiciones territoriales y su locura racista.

En el cuadro comparativo que pretendo perfilar, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, reproduce varios de los tics nefastos de Hitler, ciñéndose claramente a la definición más tradicional y contundente de fascismo, esto es, (1) el estilo violento y la agresividad del discurso y las políticas, (2) el racismo hacia otros pueblos y el supremacismo en relación con la humanidad y el planeta, y (3) el expansionismo territorial, económico y comercial, con la guerra como amenaza, preparación y horizonte.




Este nuevo fascismo, que en realidad es el ya conocido, redivivo, se completa con rasgos adicionales muy de tener en cuenta, como -siguiendo con Trump como referencia y diana- la incultura y la codicia empresarial de la élite dirigente, el recurso a la tecnología digital como instrumento privilegiado de poder y dominación, la convicción de que el mundo debe doblegarse ante una nación “elegida por Dios” (lo que, se supone, se aplica a él mismo) y, last but not least, una sociedad paranoica que “respalda” mayoritariamente la deriva catastrófica de un alienado que ha sido votado en las urnas. Aunque la descripción actual del poder norteamericano no es, en realidad, más que la continuación, “ampliada y mejorada”, del particularismo belicista norteamericano, que desde los mismísimos orígenes de ese Estado ha pretendido dominar el mundo convencido de su neta y global superioridad.

La cadencia se cumple: si Biden nos machacaba con los “valores occidentales” y esos sermones hipócritas refiriéndose a la democracia y la libertad, Trump continúa la farsa imponiendo al mundo su ¡América first!, en su precisa y prístina traducción: democracia de violencias y amenazas, libertad que conculca derechos e intimida y -añadido de oportunidad- “¡ay de quien se me resista!” Lo que no duda de expresar en su jerga de matón y utilizando el ultimátum, especialmente contra los palestinos y su movimiento de resistencia: “Se me acaba la paciencia...”, “se desatará el infierno” (en Gaza, como si el trabajo de su compadre Netanyahu hubiera sido el trato caritativo hacia esos millones de seres humanos encerrados y bombardeados).

El lenguaje trumpiano es propiamente hitleriano, si recordamos las repetidas amenazas del nazi en sus reuniones con Chamberlain y Daladier, primeros ministros británico y francés, en la tristemente célebre reunión de Múnich, exigiendo, y consiguiendo, que los líderes occidentales aceptaran el desgajamiento de los territorios checos habitados por alemanes (los sudetes) y se integraran en el Reich. Lo que no impidió que unos meses más tarde Hitler invadiera militarmente Checoslovaquia, estableciendo en Bohemia y Moravia su protectorado y concediendo a Eslovaquia una independencia ficticia y sometida. Trump imita a Hitler cuando expresa sin remilgos que quiere anexionarse Canadá, comprar Groenlandia y recuperar el Canal de Panamá. O cuando coacciona a los Estados latinoamericanos -México, Colombia y Venezuela, en primer lugar- exigiendo la repatriación de emigrantes.


Chamberlain, Daladier, Hitler, Mussolini y su yerno, el conde Ciano, fotografiados antes de firmar los Acuerdos de Múnich.

Reconozcamos, al mismo tiempo, que resulta extraordinaria la similitud de las características fascistas de Trump con las que adornan al neonazi Benjamín Netanyahu, líder del Estado de Israel y notorio criminal internacional, que en varios aspectos atroces supera al gran amigo norteamericano. Hasta el punto de que, analizando atentamente la actualidad internacional, podría incluso destacarse una perceptible “dirección moral-intelectual” de la parte más perversa, la sionista, que en definitiva hace mucho tiempo que lleva uncida a su carro aniquilador a la primera potencia mundial. A este respecto, destáquese la cínica e intolerable comunión de ambos con la ideología bíblica, atribuyéndose la unción divina y, en consecuencia, el respaldo de sus crímenes por tamaño privilegio, que los hace justos a los ojos de Dios.




Y así como Hitler (y Mussolini) abandonaron la Sociedad de Naciones para mejor subvertir el Derecho internacional, Trump abandona la OMS, mantiene el despego (anterior a su presidencia) del Acuerdo climático de París, se retira del Consejo onusiano de Derechos Humanos, amenaza al Tribunal Penal Internacional y... no extrañaría nada que en fecha próxima abandone la propia ONU, a la que desprecia, y sin ninguna duda se burlará de las resoluciones que adopte la Asamblea General cuando condene sus políticas en la esfera internacional. Una actitud que, más o menos, coincide con la de Israel acerca de las organizaciones internacionales, declarando enemiga a la UNRWA, bombardeando a representantes y edificios de la ONU y, por supuesto, riéndose de las advertencias e imputaciones tanto del Tribunal Internacional de Justicia como del Tribunal Penal Internacional.

Los planes de “vaciamiento” de la población de Gaza para expulsar a más de dos millones de palestinos y convertir la Franja en un resort lúdico que maraville a todo Oriente Próximo, tan clara y ferozmente anunciados por Trump y coreados por Netanyahu como “fresca idea” y “propuesta revolucionaria”, son anuncios y aproximaciones de aquella “solución final” nazi que, prevista en el caso israelí para diversas fases y oportunidades, aletea en la mente colonial sionista desde marzo de 1948, cuando una docena de políticos, militares y universitarios trazaron la estrategia de limpieza étnica (sin hacerle ascos a la eliminación física, como se ha ido viendo, especialmente desde 1967). Porque el sionismo, al que tan entusiásticamente se adhieren Trump y su Gobierno, siempre consideró un estorbo a la población palestina, por lo que en sus planes pronto figuró su eliminación, por vía de hecho -mediante expulsión o eliminación- o por la de derecho -vetándole el acceso a la ciudadanía israelí a aquellos que, inevitablemente, hubieran de vivir dentro del Estado de Israel.

Sin duda, los hechos que siguieron al ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 han afianzado la ola fascista que ya era perceptible en la ultraderecha europea, y que viene ocasionando una creciente tendencia en Occidente al autoritarismo y a la adopción de legislaciones racistas y liberticidas (ejemplo altamente significativo es la proliferación en Europa de leyes que castigan la negación del genocidio de los judíos por el nazismo); es decir, la aparición de un fascismo “difuso” occidental y occidentalista. Una ultraderecha que, incluso expresándose de cierta manera como antisemita, es sin embargo prosionista furibunda; y deja claro, en consecuencia, que el sionismo surge en realidad aparte de lo más esencial y respetable del judaísmo. Esto subraya algo muy trascendente: que los sionistas son unos oportunistas que nada tienen de judíos étnicos ni, en consecuencia, de semitas. Así que ese antisemitismo de la ultraderecha europea ha de tomarse como auténtico racismo (en general, simultáneo con una islamofobia no menos rabiosa).

Se trata de un fascismo directa y “legítimamente” surgido de un capitalismo voraz e indisimulado, que nunca ha hecho ascos a los fascismos: todo lo contrario, los ha visto como etapa de multiplicación de pedidos, negocios y beneficios (recuérdense, a este respecto, la Alemania nazi y la Italia fascista de las décadas de 1930 y 1940, jubilosamente saludadas por la industria y el empresariado). Un fascismo, como es el caso de Trump y su equipo, dirigido y usufructuado por empresarios sin escrúpulos y que alinean sus decisiones políticas en orden y concierto con sus apetencias de negocio. Atroz y repulsiva resulta esa iniciativa de Trump por una Gaza eminentemente crematística, que implica el acuerdo con Israel de que sea Estados Unidos y sus empresas (incluidas las de Trump), las que dirijan la transformación tras la limpieza étnica; naturalmente, con joint ventures de codiciosas empresas norteamericanas e israelíes. O los planes de paz para Ucrania, que Trump se reserva para negociar con Putin, y que incluye la apropiación de diversos recursos naturales de la rica Ucrania, en especial las ahora llamadas tierras raras, esenciales para la industria digital.




A todo esto, Europa, es decir, la UE, se siente tocada por las provocaciones comerciales de Trump, que afectan a lo más profundo y sensible de su identidad mercantil, por lo que ha amagado con decir que no a la cuestión de los aranceles y a la blasfemia anti mercado, pero se está adaptando porque sabe que ha de pasar por el aro. Resulta muy curiosa esta “sacudida autárquica” con que se quiere mostrar el país de mayor déficit comercial del mundo… con el detalle agregado, también ajeno a cualquier manual de liberalismo económico, de imponer caprichosamente aranceles y amenazar con agravarlos si los demás hacen lo mismo. Trump y su equipo de descerebrados esperan que con este desorden práctico y teórico van a estimular la economía norteamericana hasta hacerla más poderosa que nunca, imponerla al mundo entero y asegurar su predominio frente a la pujanza china.

Pero Europa, rendida antes de combatir, ya se dispone a trastocar su presupuesto para dotar al rearme de las exigencias del autócrata de la Casa Blanca, ya que a eso no se opone ni mucho menos, y porque le resulta necesario para mantener el autoengaño (empeño, estupidez, prejuicio) de Rusia como enemiga. Esta es una Europa contradictoria, pero desvergonzada y sin honor que, después de haber estado atizando la guerra en Ucrania como punta de lanza sobre el terreno del hostigamiento otánico, quiere ahora que se la tenga en cuenta en las conversaciones de paz, sin duda para poder compartir con Estados Unidos el saqueo anunciado de sus recursos naturales como precio de la paz.

No debe faltar en este análisis una nota sobre Alemania, doblemente enfeudada con Estados Unidos e Israel (tengamos en cuenta que, oficialmente, “el apoyo al estado de Israel es parte de la razón del Estado alemán”), culpable en primer grado de la beligerancia europea con Rusia, después de protagonizar un entendimiento que hubiera cambiado la historia de Europa; y de la que dicen algunos comentaristas, olvidadizos, que con el auge de la ultraderecha filonazi de AfD, “entra en terreno desconocido”, como si no conociéramos suficientemente bien ese terreno y esos recuerdos, que hacen temblar.

Esta Europa se olvida de aquel Múnich y no quiere establecer paralelismo alguno, pese a las evidencias. Y rehúye reconocer que, aprendiendo de la historia y sus repeticiones, debiera deponer su absurda rusofobia para ir trabando un entendimiento, con horizonte en la alianza, con la Rusia actual (volver, en definitiva, a los acuerdos energéticos y comerciales, renunciando a su ruinosa hostilidad). Porque, ahora como en los meses previos a la Segunda Guerra Mundial, las potencias fascistas no respetarán acuerdos ni negociaciones, e irán a por todas; y Rusia vuelve a ser la única barrera contundente frente al diktat, las amenazas y los exabruptos de Trump. Porque si Trump quiere ganarse a Rusia es solo, o principalmente, para evitar una alianza estrecha de Moscú con Pekín, ya que su objetivo verdadero e irrenunciable (herencia, por otra parte, desde los tiempos de Obama) es bloquear a la potencia china, temiendo que acabe con la hegemonía norteamericana. Esta ruptura, inevitable, del (sorprendente, en apariencia) entendimiento Trump-Putin, podrá suceder cuando, por ejemplo, Israel y Estados Unidos decidan provocar y atacar a Irán, como ambos anuncian y desean, ya que el régimen de Teherán es un aliado que Rusia no va a permitir que sea eliminado del panorama político de Oriente Próximo.

En 1938 el Reino Unido y Francia se resignaron a aplacar a Hitler, sin el menor resultado, negándose al entendimiento con la Unión Soviética, que era -y así se demostró- el principal enemigo y anunciado objetivo militar de la Alemania nazi, concretamente, y al mismo tiempo la única potencia capaz de detener y vencer a la poderosa Alemania en Europa. Ahora debieran, con el bloque de la UE, decidirse por la resistencia activa ante Trump y la mejora de las relaciones con Putin, y no acordar -desmemoriados e irresponsables- una alianza militar específica y reforzada contra… Rusia, esperando que la crisis ucraniana se eternice y la debilite; y esto parecen pretender, precisamente, el Reino Unido y Francia. Porque es Rusia la potencia que, ciertamente, resulta ser la que posee las ideas y las armas necesarias para afrontar a los nuevos fascistas. Una Rusia que representa la sensatez y la firmeza, cualidades que no quiere reconocer la maquinaria poderosísima político-mediática de Occidente; más la experiencia del enfrentamiento directo y trágico, pero victorioso, con el fascismo militarista, invasor y exterminador. 

Hora es de recordar el falseamiento que la historia ha hecho de la actitud soviética de concertar con la Alemania nazi un acuerdo de no agresión germano-soviético en agosto de 1939 (el famoso y vituperado Pacto Von Ribbentrop-Molotov), tras el ninguneo irresponsable de la parte franco-británica, que prefirió entenderse con Hitler, y con el objetivo principal y urgente de ganar tiempo para prepararse ante la inevitable ruptura de ese tratado por Hitler, previo al masivo ataque de la Werhmacht a la URSS en junio de 1941. Y de tener en cuenta que aquel pacto, por contradictorio y coyuntural, puede tener actualmente su reflejo, si no reproducción, en el diálogo ruso-norteamericano derivado de la guerra en Ucrania, que con toda evidencia está desprovisto de sinceridad, garantía o futuro, con lo que con casi total seguridad cuenta la Rusia de Putin, que aparece nítidamente diferenciada, en política y prudencia internacionales, de los Estados Unidos de Trump.


Mólotov a punto de firmar, junto a Von Ribbentrop, de pie y con los ojos entrecerrados y con Stalin a su izquierda.

Del caótico marco de las decisiones del presidente Trump en tantos y tan peligrosos ámbitos de las relaciones internacionales algo seguro hay que extraer, y es que de la catadura política y moral de este personaje ningún líder o Estado podrá fiarse, debiendo por el contrario estar preparados para pararle los pies (y cuando antes, mejor).