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sábado, 17 de mayo de 2025

El colapso del sionismo

 

 Por Ilan Pappé  
      Profesor israelí de Historia en la Universidad de Exeter, en el Reino Unido, codirector del Centro Exeter de Estudios Etnopolíticos y activista político.


El genocidio continúa, pero el triunfo sionista está lejos de ser definitivo. Al menos eso opina el historiador israelí Ilan Pappé, observando la crisis profunda que atraviesa a la sociedad israelí, y que va más allá de las cirscunstancias de la guerra.



     El ataque de Hamás del 7 de octubre puede compararse con un terremoto que golpea un edificio viejo. Las grietas ya empezaban a aparecer, pero ahora son visibles hasta los cimientos. Más de 120 años después de su inicio, ¿podría el proyecto sionista en Palestina –la idea de imponer un Estado judío en un país árabe, musulmán y de Medio Oriente– estar enfrentando la perspectiva del colapso? Históricamente, una miríada de factores puede provocar el colapso de un estado. Puede ser resultado de ataques continuos de países vecinos o de una guerra civil crónica. Puede ser la consecuencia del colapso de las instituciones públicas, que se vuelven incapaces de prestar servicios a los ciudadanos. A menudo comienza como un proceso lento de desintegración que gana impulso y luego, en poco tiempo, hace que estructuras que alguna vez parecían sólidas y seguras colapsen.

La dificultad radica en identificar los primeros signos. Aquí argumentaré que esto es más claro que nunca en el caso de Israel. Estamos asistiendo a un proceso histórico –o, más precisamente, al comienzo de uno– que probablemente culminará en la caída del sionismo. Y, si mi diagnóstico es correcto, también estamos entrando en una coyuntura particularmente peligrosa. Porque, una vez que Israel se dé cuenta de la magnitud de la crisis, desatará una fuerza feroz e indomable para tratar de contenerla, como lo hizo el régimen del apartheid sudafricano durante sus últimos días.

1. Un primer indicador es la fractura de la sociedad judía israelí. Actualmente está formada por dos bandos rivales que no consiguen encontrar un terreno común. La ruptura surge de la anomalía en la definición del judaísmo como nacionalismo. Aunque la identidad judía en Israel a veces pareció poco más que un tema de debate teórico entre facciones religiosas y seculares, ahora se ha convertido en una lucha sobre el carácter de la esfera pública y el Estado mismo. Esta lucha se libra no sólo en los medios de comunicación sino también en las calles.

Un campamento puede definirse como el “Estado de Israel”. Está compuesto por judíos europeos más seculares, liberales y en su mayoría, pero no exclusivamente, de clase media, y sus descendientes, que desempeñaron un papel clave en la fundación del Estado en 1948 y mantuvieron su hegemonía hasta finales del siglo pasado. Que no haya ninguna duda: su defensa de los “valores democráticos liberales” no socava su compromiso con el sistema de apartheid impuesto, de diversas maneras, a todos los palestinos que viven entre el río Jordán y el mar Mediterráneo. Su deseo fundamental es que los ciudadanos judíos vivan en una sociedad democrática y pluralista de la que los árabes estén excluidos.

El otro bando es el “Estado de Judea”, que se desarrolló entre los colonos en la Cisjordania ocupada. Goza de un creciente apoyo dentro del país y es la base electoral que aseguró la victoria de Netanyahu en las elecciones de noviembre de 2022. Su influencia en las altas esferas del ejército y de los servicios de inteligencia israelíes está creciendo exponencialmente. El Estado de Judea quiere que Israel se convierta en una teocracia que se extienda a toda la Palestina histórica. Para lograr este objetivo, está decidido a reducir el número de palestinos al mínimo indispensable y está contemplando la posibilidad de construir un Tercer Templo en el lugar de Al-Aqsa. Sus miembros creen que esto les permitirá renovar la edad de oro de los Reinos bíblicos. Para ellos, los judíos seculares son tan heréticos como los palestinos si se niegan a unirse a esta empresa.

Los dos bandos habían comenzado a enfrentarse violentamente antes del 7 de octubre. En las primeras semanas después del ataque, parecieron haber dejado de lado sus diferencias ante un enemigo común. Pero era una ilusión. Los enfrentamientos callejeros han vuelto a estallar y es difícil imaginar qué podría conducir a la reconciliación. El resultado más probable ya se está desarrollando ante nuestros ojos. Más de medio millón de israelíes, representantes del Estado de Israel, han abandonado el país desde octubre, lo que indica que el país está siendo absorbido por el Estado de Judea. Se trata de un proyecto político que el mundo árabe, y quizá incluso el mundo entero, no tolerará a largo plazo.

2. El segundo indicador es la crisis económica de Israel. La clase política no parece tener ningún plan para reequilibrar las finanzas públicas en un contexto de conflictos armados perennes, más allá de la creciente dependencia de la ayuda financiera estadounidense. En el último trimestre del año pasado, la economía se desplomó casi un 20%. Desde entonces, la recuperación ha sido frágil. Es poco probable que la promesa de Washington de aportar 14.000 millones de dólares revierta la tendencia. Por el contrario, la carga económica sólo empeorará si Israel sigue adelante con su intención de ir a la guerra contra Hezbolá, al tiempo que incrementa la actividad militar en Cisjordania, en un momento en que algunos países, incluidos Turquía y Colombia, han comenzado a aplicar sanciones económicas.

La crisis se ve agravada aún más por la incompetencia del ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, que constantemente canaliza dinero a los asentamientos judíos en Cisjordania, pero por lo demás parece incapaz de gestionar su ministerio. Mientras tanto, el conflicto entre el Estado de Israel y el Estado de Judea, unido a los acontecimientos del 7 de octubre, está empujando a una parte de la elite económica y financiera a trasladar su capital fuera del Estado. Quienes están considerando trasladar sus inversiones representan una porción significativa del 20 por ciento de israelíes que pagan el 80 por ciento de sus impuestos.

3. El tercer indicador es el creciente aislamiento internacional de Israel, que se está convirtiendo gradualmente en un Estado paria. Este proceso comenzó antes del 7 de octubre, pero se ha intensificado desde el comienzo del genocidio. Así lo demuestran las posiciones sin precedentes adoptadas por la Corte Internacional de Justicia y la Corte Penal Internacional. Anteriormente, el movimiento mundial de solidaridad con Palestina había logrado galvanizar la participación popular en iniciativas de boicot, pero no había logrado avanzar en la perspectiva de sanciones internacionales. En la mayoría de los países, el apoyo a Israel se mantuvo inquebrantable entre el establishment político y económico.

En este contexto, las recientes decisiones de la Corte Internacional de Justicia y la Corte Penal Internacional –que Israel puede estar cometiendo genocidio, que debe detener su ofensiva en Rafah, que sus líderes deben ser arrestados por crímenes de guerra– deben verse como un intento de escuchar las opiniones de la sociedad civil global, en lugar de reflejar simplemente las opiniones de las élites. Los tribunales no han aliviado los brutales ataques contra la población de Gaza y Cisjordania. Pero han contribuido al creciente coro de críticas al Estado de Israel, que cada vez más proviene de arriba y de abajo.

4. El cuarto indicador, interconectado, es el profundo cambio entre los jóvenes judíos en todo el mundo. Tras los acontecimientos de los últimos nueve meses, muchos parecen ahora dispuestos a abandonar sus vínculos con Israel y el sionismo y participar activamente en el movimiento de solidaridad con Palestina. Las comunidades judías, particularmente en Estados Unidos, alguna vez proporcionaron a Israel inmunidad efectiva frente a las críticas. La pérdida, o al menos la pérdida parcial, de este apoyo tiene implicaciones importantes para la reputación global del país. AIPAC todavía puede contar con los sionistas cristianos para ayudar y consolidar su membresía, pero no será la misma organización formidable sin una base judía significativa. El poder del lobby se está erosionando.

5. El quinto indicador es la debilidad del ejército israelí. No hay duda de que las FDI siguen siendo una fuerza poderosa con armas de última generación a su disposición. Sin embargo, sus limitaciones quedaron al descubierto el 7 de octubre. Muchos israelíes creen que el ejército tuvo muchísima suerte, ya que la situación podría haber sido mucho peor si Hezbolá se hubiera unido a un ataque coordinado. Desde entonces, Israel ha demostrado su desesperada dependencia de una coalición regional, liderada por Estados Unidos, para defenderse de Irán, cuyo ataque de advertencia en abril incluyó el despliegue de unos 170 drones, así como misiles balísticos y guiados. Más que nunca, el proyecto sionista depende del rápido envío de enormes cantidades de suministros por parte de los estadounidenses, sin los cuales ni siquiera podría luchar contra un pequeño ejército guerrillero en el Sur.

Actualmente existe una percepción generalizada entre la población judía del país de la falta de preparación y la incapacidad de Israel para defenderse. Esto condujo a una fuerte presión para eliminar la exención militar para los judíos ultraortodoxos, vigente desde 1948, y comenzar a reclutarlos por miles. Puede que esto no haga mucha diferencia en el campo de batalla, pero refleja el grado de pesimismo hacia los militares, lo que a su vez ha profundizado las divisiones políticas dentro de Israel.

6. El indicador final es el renovado entusiasmo entre la generación más joven de palestinos. Están mucho más unidos, conectados orgánicamente y claros en sus perspectivas que la élite política palestina. Dado que la población de Gaza y Cisjordania está entre las más jóvenes del mundo, esta nueva cohorte tendrá una inmensa influencia en el curso de la lucha de liberación. Los debates en curso entre grupos de jóvenes palestinos muestran su preocupación por crear una organización genuinamente democrática –una OLP renovada o una organización totalmente nueva– que persiga una visión de emancipación antitética a la campaña de la Autoridad Palestina por la creación de un Estado. Parecen favorecer una solución de un solo Estado en lugar del ahora desacreditado modelo de dos Estados.

¿Serán capaces de organizar una respuesta eficaz a la decadencia del sionismo? Ésta es una pregunta difícil de responder. El colapso de un proyecto estatal no siempre viene acompañado de una alternativa más optimista. En otras partes del Medio Oriente –en Siria, Yemen y Libia– hemos visto cuán sangrientas y prolongadas pueden ser las consecuencias. En este caso, se trataría de descolonización, y el último siglo ha demostrado que las realidades poscoloniales no siempre mejoran la condición colonial. Sólo la acción de los palestinos puede impulsarnos en la dirección correcta. Creo que, tarde o temprano, una fusión explosiva de estos indicadores conducirá a la destrucción del proyecto sionista en Palestina. Cuando eso suceda, debemos esperar que aparezca un movimiento de liberación robusto para llenar el vacío.

Durante más de 56 años, lo que se llamó el “proceso de paz” –un proceso que no condujo a ninguna parte– fue en realidad una serie de iniciativas estadounidenses-israelíes a las que se invitó a los palestinos a responder. Hoy en día, la “paz” debe ser reemplazada por la descolonización, y los palestinos deben poder articular su visión para la región, mientras que los israelíes deben contraatacar. Esta sería la primera vez, al menos en muchas décadas, que el movimiento palestino asumiría un papel protagónico a la hora de enunciar sus propuestas para una Palestina poscolonial y no sionista (o como sea que se llame la nueva entidad). Para ello, probablemente mirará a Europa (quizás a los cantones suizos y al modelo belga) o, más apropiadamente, a las antiguas estructuras del Mediterráneo oriental, donde los grupos religiosos secularizados se transformaron gradualmente en grupos etnoculturales que vivían uno al lado del otro en el mismo territorio.

Independientemente de que la gente acoja la idea con agrado o la tema, el colapso de Israel se ha vuelto predecible. Esta posibilidad debería guiar el debate a largo plazo sobre el futuro de la región. Se impondrá en la agenda a medida que la gente se dé cuenta de que el intento de un siglo, liderado primero por Gran Bretaña y luego por Estados Unidos, de imponer un Estado judío en un país árabe está llegando lentamente a su fin. Tuvo tanto éxito que creó una sociedad de millones de colonos, muchos de ellos ahora de segunda y tercera generación. Pero su presencia todavía depende, como cuando llegaron, de su capacidad de imponer violentamente su voluntad a millones de indígenas que nunca han abandonado la lucha por la autodeterminación y la libertad en su patria. En las próximas décadas, los colonos tendrán que abandonar este enfoque y demostrar su voluntad de vivir como ciudadanos iguales en una Palestina liberada y descolonizada.


Fuente: EL VIEJO TOPO

sábado, 1 de marzo de 2025

Illan Pappé: “No esperaba esta magnitud de indiferencia europea ante lo que está sucediendo en Palestina”

 

 Entrevista de Ignasi Franch  
      Periodista cultural y crítico cinematográfico.


El historiador de origen israelí no se ha sorprendido la violencia cometida por Hamás en octubre de 2023 ni de la reacción de Israel o el apoyo de Estados Unidos, pero sí de cómo ha abordado la cuestión la sociedad europea.


Illan Pappé.

El historiador israelí Illan Pappé (Haifa, Israel, 1954) está caracterizado por su crítica del sionismo y de los terribles efectos de la ocupación de Palestina, a los que dedicó el volumen La cárcel más grande de la Tierra (Capitán Swing, 2018). Pappé también afirma que el movimiento palestino no es terrorista, sino anticolonialista. Los problemas para expresar libremente sus tesis en su estado de origen, junto con las amenazas de muerte que recibía, le llevaron a trasladarse al Reino Unido. Allí ejerce la docencia y continúa escribiendo libros como Breve historia del conflicto entre Israel y Palestina (Capitán Swing, 2025).






¿La extensión de ‘Breve historia del conflicto entre Israel y Palestina’ es una apuesta política? ¿Buscabas acercar el contenido al máximo número de lectores posible?


Sí, esa es la razón principal. Creo que la gente no está satisfecha con la brevedad extrema de las piezas periodísticas de prensa, con su falta de contexto, pero a la vez tampoco quiere leer libros muy largos. Quizá buscan algo intermedio y pensé en un formato que proporcione más contenido sin forzar a que se lean quinientas páginas.



En los principios del libro se habla de la discriminación del imperio británico hacia una Palestina que no solo sufre las habituales ingerencias geopolíticas, sino a la que se le niega su soberanía en la descolonización. ¿Es una especie de pecado original que propulsa todo este conflicto?


En general, sí. Pero hay que recordar que esa no solo fue una decisión británica, sino europea. No permitir que los palestinos tuviesen un futuro, afirmar que su país ya no les pertenece, se consideró la mejor manera de solucionar siglos de antisemitismo: crear un estado judió europeo fuera de Europa. Era una idea inmoral, porque imponía un estado europeo al pueblo nativo, y era una idea irrealizable, porque claramente solo podía conseguirse y mantenerse por la fuerza. Después de más de cien años, los palestinos continúan sin aceptar que su país no les pertenece. Y mucha gente del mundo árabe tampoco cree que sea algo correcto, ni moral, ni justo. Y parece que hay más y más gente alrededor del mundo que comienza a comprender la magnitud del problema. Añadiría que también era un proyecto ilegal, pero en esa época no había una ley internacional.



Cuando aparecieron judíos que querían ir a Palestina, eso pareció perfecto en Europa porque servía para expandir el poder colonial”


Retratas a unos interlocutores hipócritas en las conversaciones de paz, los Estados Unidos y la Unión Europea, que han permitido que la colonización avanzase mediante una política de hechos consumados. ¿El desplazamiento geográfico y la eliminación física han formado parte siempre del proyecto israelí?


Creo que es algo que se desarrolló con el tiempo. La primera idea de convertir Palestina en un estado judío fue de sectores extremos del cristianismo evangelical que consideraban que el retorno de los judíos a Palestina precipitaría la vuelta de Jesucristo, el retorno de los muertos y el fin de los tiempos. Ese primer impulso fue teológico, pero encajó muy bien con los intereses imperiales. En el siglo XIX, Europa quería expandir sus territorios y su influencia, así que usaron esa idea cristiana para justificar la toma de control de territorio perteneciente al imperio otomano. Cuando aparecieron judíos que querían ir a Palestina, eso pareció perfecto en Europa porque servía para expandir el poder colonial. Después de la II Guerra Mundial, Estados Unidos tomó el relevo al Imperio Británico.



Se suponía que entrábamos en un mundo nuevo con las Naciones Unidas.


Sí, un mundo donde el colonialismo y la limpieza étnica era inaceptable. Y aún así, los Estados Unidos apoyaron un proyecto de este tipo. Fueron muy deshonestos en su apoyo, pero no es el único lugar en el que ese gobierno ha cometido actos terribles en nombre de la democracia: Indonesia, Malasia, Filipinas, Vietnam, América Central… No hay nada nuevo en esta hipocresía de defender un proyecto porque supuestamente es democrático y representa los valores americanos, cuando no es así y solo responde a intereses económicos.



Una de las cosas que sorprende de este siglo de desarrollo de la colonización de Palestina es la aparente falta de inflexiones. Hemos vivido etapas de hegemonía socialdemócrata y neoliberal, contextos diversos que no parecen haber influido demasiado en los acontecimientos. ¿A qué se debe esta aparente inexorabilidad?


Antes de este último libro escribí Lobbying for zionism on both sides of the Atlantic (“El lobby del sionismo en ambos lados del Atlántico”), que me temo que es un libro muy largo. Era tan largo porque pretendía explicar porqué el proyecto sionista ha sido exitoso durante tanto tiempo. El sionismo ha ejercido mucha presión en el Reino Unido y en los Estados Unidos. También la ha ejercido en Europa, pero eso es menos importante. Al comenzar el libro, entendí que es difícil hacer que un grupo de presión funcione bien. Tras un siglo, en cambio, puede funcionar perfectamente. De alguna manera es impresionante como se ha conseguido que cualquier político estadounidense o británico que tenga poder para cambiar cosas en Israel o Palestina no se atreva a hacerlo por miedo a que el lobby sionista acabe con su carrera. Estas organizaciones dejan claro a cada político, desde el principio de su carrera, que, si no asume las posiciones que defienden, apoyarán a su rival. Se aprovechan del sistema democrático que te obliga a ser reelegido constantemente. Ya mucho antes del famoso AIPAC (American Israel Public Affairs Comitee), el poderoso grupo de presión estadounidense, se empleaban las mismas tácticas. Forman un lobby muy poderoso, pero un lobby es tan efectivo cuando trabaja en terreno fértil. Occidente es islamofóbico, es orientalista, además de ser también antisemita en algunos puntos. Por ello, fue fácil conseguir un posicionamiento contra una sociedad que se compone mayoritariamente de musulmanes y que forma parte del mundo árabe. Era un blanco fácil: ¿qué preferís, judíos occientales que son leales a Occidente, o esos árabes y musulmanes de los cuales no tenéis muy buena opinión?


David Hatchwell, José María Aznar y Juan Carlos Girauta.



Los grupos de presión no solo han sido efectivos en la consecución de adhesiones políticas, sino en cultivar un clima de opinión que castiga duramente la disidencia. Tú mismo tuviste que abandonar tu país.


Sí, es cierto: parte de lo que hacen las entidades de este tipo es intimidar, aterrorizarte, para asegurarte de que tú y otros como tú no se atreverán a disentir. AIPAC interviene a veces a pesar de que Israel no se lo pida. No lo hace con ningún objetivo concreto, solo para demostrar su poder.



De alguna manera, la situación en Palestina irá en consonancia con la salud democrática del mundo. Si en el mundo hay más democracia, la situación será mejor para Palestina


A menudo se tiende a normalizar el pasado, como si lo sucedido fuese lo único que podía suceder, pero en tu libro hablas de momentos que quizá podrían haber cambiado las cosas. Por ejemplo, el imperio británico redactó un libro blanco de contención del colonialismo sionista en 1930, pero hubo una posterior retractación después del correspondiente trabajo lobístico...


La historia está llena de puntos de inflexión, momentos en que las cosas podrían haber continuado por otro camino. Normalmente, esas oportunidades surgían gracias a que había personas que pensaban diferente. Cuando esos puntos de inflexión no fructifican, quiere decir que esas personas que pensaban diferente no tenían suficiente poder en ese momento. Esperemos que en la próxima ocasión sí que sea así. De alguna manera, la situación en Palestina irá en consonancia con la salud democrática del mundo. Si en el mundo hay más democracia, la situación será mejor para Palestina. Y si hay menos democracia, los palestinos sufrirán mucho.



En tu libro explicas tu idea de que en Israel operan dos estados en paralelo, que has bautizado como el estado de Israel y el estado de Judea. ¿Puedes explicarnos brevemente esta dualidad?


Sí, el Estado de Judea se ha formado alrededor de los asentamientos de colonos y tiene una visión de país teocéntrica. Hace décadas ocupaba una posición marginal, pero en los últimos veinte años ha incrementado su poder, en parte gracias a las alianzas con gobernantes como Benjamin Netanyahu, que tiene su propio proyecto. Además, ese Estado de Judea ha conseguido ganar más y más peso en el ejército, la policía, los servicios de inteligencia… Solo parece resistírsele el aparato judicial, pero puede ser que también termine controlándolo. El Estado de Israel es el antiguo Israel laborista, laico, que garantiza unas libertades a los ciudadanos que sean judíos.



¿Su punto en común es el rechazo al pueblo palestino?


Básicamente es ese, sí, pero no es suficiente para aglutinar posiciones con tantas diferencias. Muchas personas pensaban que los atentados de Hamás y la guerra incrementarían un sentimiento de unidad nacional, pero no ha sido así.



El genocidio subsiguiente tampoco parece haber despertado grandes protestas…


No, porque no hay debate alrededor de la colonización. Ambos grupos están comprometidos con ella. Recuerda un momento de conflicto reciente en Israel: las manifestaciones contra la reforma del sistema judicial. Se decía a los participantes que no trajesen pancartas que aludiesen a Palestina. No hay debate sobre la colonización en Israel. Los conflictos entre el Estado de Israel y el Estado de Judea son de índole interna.



Filósofos como Éric Sadin creen que la manera como se ha llevado a cabo la digitalización ha contribuido a eliminar la experiencia de un mundo común que nunca ha terminado de existir, pero que parece cada vez más lejos. ¿La magnitud del genocidio palestino podría haber sido algo que hubiese unido en el rechazo más allá de fronteras y de circunstancias vitales, pero eso no está sucediendo?


Para eso, hará falta que muchas personas estén en la calle. Pienso en las acampadas en universidades estadounidenses, por ejemplo. Los teléfonos móviles y los ordenadores también sirven, pero lo hacen de verdad cuando hay gente sobre el terreno haciéndose visible.



En mi análisis, veo indicios de cambios de ciclo. No es algo que sucederá rápidamente, sino que quizá tardará unos años”


¿Y cómo ha evolucionado tu percepción durante este cerca de año y medio de violencia extrema? ¿Creías que sucedería algo más, que habría respuestas más decididas contra el genocidio?


Desgraciadamente, no me sorprendió la violencia cometida por Hamás en octubre de 2023. Tampoco me sorprendió la reacción que ha tenido Israel. Y no esperaba gran cosa del gobierno de los Estados Unidos. Pero tengo que reconocer que no esperaba esta magnitud de indiferencia europea ante lo que está sucediendo en Palestina. La indiferencia de sus gobiernos, de sus medios de comunicación… Sí que percibo que hay protestas, que hay solidaridad, pero parece que las movilizaciones están muy lejos de influir a quienes aplican las políticas. De momento.



El otro día entrevisté a un documentalista palestino, Kamal Aljafari, y declaró que la situación de Palestina está en la raíz de la situación del mundo. Me parece algo que sintoniza con lo que afirmabas anteriormente: que la situación en Palestina se relacionaría con la salud de la democracia en el mundo.


Kamal Aljafari, director de cine palestino.


Así es. La situación de Palestina tiene relación con lo que está sucediendo. Y lo que está pasando también genera una brecha de confianza del sur global hacia el norte global. Los pueblos del sur ven que no pueden confiar en que se defienda la legalidad internacional si se permite que suceda algo así.



Antes se han vivido otros momentos importantes de corrosión de la confianza en la comunidad internacional. La muerte de Lumumba en el Congo acabado de independizarse y otras muestras de injerencia geopolítica extrema del neocolonialismo, o la ‘guerra preventiva’ contra Iraq. ¿Vivimos un momento histórico de deterioro?


Muerte de Lumumba.


Sí, pero a la vez soy optimista. En mi análisis, veo indicios de cambios de ciclo. No es algo que sucederá rápidamente, sino que quizá tardará unos años. Y es terrible explicarle algo así a personas que sufren tantísimo sobre el terreno como sucede en Palestina, que no pueden esperar, que necesitan soluciones inmediatas.



Tus dosis de optimismo triste puede sorprender ante la proliferación de gobernantes abiertamente sociopáticos como Trump o Duterte. También podríamos pensar que afrontamos un futuro en que desproveer de humanidad a un pueblo entero podría reproducirse en otros lugares...



Es importante pensar que la historia no es lineal, no va a peor y a peor y a peor. Hay ciclos. Ahora estamos viendo este éxito de políticos populistas, pero creo que son políticos faltos de competencia. No solo no están preparados para afrontar los grandes problemas del mundo que requieren soluciones internacionales, como el calentamiento global o las migraciones, sino que tampoco lo están ante los asuntos domésticos de sus países y sus economías. Creo que ese cambio de ciclo que digo puede estar cerca.


Fuente: EL SALTO

viernes, 7 de febrero de 2025

Entrevista a Pedro Costa Morata sobre Israel

 

      Filósofo, activista, escritor y editor español.


«Israel es un Estado típicamente colonial, construido a partir de una invasión de colonos, movidos por la ideología sionista. En la historia y la realidad de Israel, casi todo es falso o está falseado.»


Pedro Costa Morata (Águilas, 1947) fue educado en los colegios de huérfanos de ferroviarios y orientado hacia la técnica. Tras acabar en Madrid la carrera de Telecomunicación, trabajó cinco años como ingeniero de instrumentación electrónica, abandonando esa profesión para combatir el programa nuclear español, momento al que corresponde Nuclearizar España (1976). Se licenció en Ciencias Políticas y Sociología en 1975 (doctor en 2005) y en Periodismo (1980). Colaborador en Ciudadano, Doblón, Triunfo y El País (1974-1979). De sus obras ecologistas se citan La energía: el fraude y el debate (1978), Hacia la destrucción ecológica de España (1985) o Electromagnetismo (1996). Dedicó casi tres décadas a los proyectos ambientales como consultor (1979-2007), manteniendo un papel significativo en el ecologismo español, periodo recogido en Ecologíada (cien batallas) (2011), y retomando el periodismo como director de Actualidad Árabe y Cuadernos de Ecología. En esos años recorrió el área árabe-mediterránea como periodista y como consultor del Plan de Acción del Mediterráneo, coordinando España-Israel un reencuentro en falso (1987). Ha sido profesor de Ciencia, tecnología y sociedad en la Universidad Politécnica de Madrid (2002-2015) y de Sociología del medio ambiente en la Universidad Pontificia de Salamanca (2002- 2011), con cursos de Doctorado en Guatemala. Sus obras últimas son Manual crítico de cultura ambiental (2021), El agrocantón murciano (tóxico, rebelde, insostenible), Cien Españas, por ejemplo (2022), ¡Rusia es culpable! Cinismo, histeria y hegemonismo en la rusofobia de Occidente (2023) eIsrael. Del mito al crimen (2024). Centramos nuestra conversación en esta última obra.


Israel. Del mito al crimen es el título de su último libro. No hay ninguna duda sobre los crímenes, pero ¿a qué tipo de mito o mitos se refiere?






     En efecto, en la historia y la realidad del Estado de Israel, casi todo es falso o está falseado, ya que no otra cosa es la naturaleza de un mito. Los mitos del Estado de Israel son remotos y recientes, pero todos ellos fundacionales. Los remotos se refieren a las promesas de Yahvé al pueblo hebreo y que recoge la Biblia en el Génesis, fundamentalmente. Es verdaderamente insoportable, por absurdo e incluso grotesco, que un pretendido dios, Yahvé, se permita seleccionar a un pueblo determinado, de entre todos los pueblos de la Tierra, y declararlo Pueblo Elegido; al que le obsequia con la Tierra Prometida, que es de otros y está habitada por otros; y establecer un Pacto Eterno de fidelidad con ese Pueblo: esa Tierra le será suya, y en esa empresa contará con su asistencia indefectible a condición de que a Él solo lo haga objeto de su reconocimiento y adoración, renunciando al politeísmo y la idolatría. Eso no lo puede hacer un Dios como dios manda, ni la inteligencia lo puede aceptar. Solo unos textos redactados ad hoc pueden contener tamaños disparates.

El otro gran mito de tipo «histórico» es el que relaciona al actual Estado de Israel con el pueblo hebreo/judío, ya que la inmensa mayoría de la ciudadanía israelí no es étnicamente judía, sino que procede de la Europa Oriental, donde fue judaizada en tiempos del reino jázaro (existente en los siglos IV-XIII) y donde ya en los largos siglos del Imperio ruso creó la cultura yidis, con su lengua yidis (en gran parte, alemana). De ahí que estos israelíes, los de Israel y la gran mayoría de los esparcidos por todo el mundo son de ascendencia rusa, ucraniana, lituana, alemana, polaca… Shlomo Sand en su espléndido La invención del pueblo judío (2008), explica detalladamente el origen no judeico (es decir, sin vínculos con la Judea histórica desde tiempos romanos o, como mínimo, de la invasión islámica) de la inmensa mayoría de quienes se pretenden judíos en todo el mundo: no existe, para entendernos, un ADN judío, por más que los gobiernos de Israel se empeñen en determinarlo (lo que, lógicamente, no logran). El historiador demuestra que ni hubo «destierro» de Babilonia ni «diáspora» en 70 d. C: los judíos actuales hace mucho que no proceden de Judea/Palestina.

Y, por supuesto, quienes se consideran judíos sefardíes fueron los convertidos durante el Imperio Romano por los misioneros judíos a partir del siglo II a, C; o sea, marroquíes, españoles, italianos, balcánicos… Los israelíes y los «judíos» de fuera de Israel (muchos más que los de dentro) solo pueden ser judíos en sentido religioso o cultural, pero no étnico.

(Algo de chusco tiene que los negros falashas, procedentes de Etiopía y Sudán, pretendan ser judíos étnicos, y que así se los admita en Israel, concediéndoles masivamente la ciudadanía. Los investigadores consideran que fueron convertidos al judaísmo desde el reino de Himyar, árabe y previamente convertido al judaísmo, en el actual Yemen. Y de verdadera película es que se señale el origen de estas poblaciones negras judaizadas como resultado de los amores de Salomón y la reina de Saba, lo que, a más de atribuir realidad a un rey del que la historia no demuestra su existencia, supone negra a la reina de Saba.)

Netanyahu, grandísimo descarado y seguramente ateo (además de criminal sanguinario) gusta decir que «esta tierra es nuestra porque lo dice la Biblia», alardeando de la boutade y dejando en evidencia el hecho innegable de que el Estado de Israel es el resultado de la colonización de Palestina por gente ajena, europea, y la usurpación de tierras, bienes y cultura de sus pobladores (No constituyendo ningún desafuero anotar que debieron ser los países europeos que persiguieron y aniquilaron a los judíos europeos de los años 1940 los que les hicieran un «hueco» territorial soberano, en Europa, donde vivieron durante siglos, para quedar a salvo de futuros atropellos.)

¿Qué tipo de Estado es el Estado de Israel?

Es un Estado típicamente colonial, construido a partir de una invasión de colonos, movidos por la ideología sionista, que pronto se convirtió en violenta y que actuó, desde incluso cuando era pacífica, con vocación de dominio total sobre el territorio y sobre la población autóctona, a la que siempre se propuso expulsar como objetivo esencial de su estrategia. Por eso es la limpieza étnica de palestinos, acometida bien por intimidación y expulsión, bien por aniquilación física, la esencia de este colonialismo (así como de todos los colonialismos de asentamiento: el de las colonias inglesas de Norteamérica, el de Australia, Canadá, Sudáfrica… que anotaron en su historia ignominiosa el genocidio de los naturales).




Es un Estado caracterizadamente racista y supremacista, figurando estos rasgos muy claramente ya en El Estado judío (1896), del fundador del sionismo Theodor Herzl.

Sostiene que la religión hebrea no quiere ser una religión como las demás. ¿Por qué? ¿Dónde radica su singularidad? ¿Qué consecuencias tiene?

La religión hebrea es, como los otros dos monoteísmos próximos –cristianismo e islamismo– exclusivista: se considera la única verdadera, por revelada, y menosprecia las demás, consideradas idolátricas. Ya he dicho lo grotesco que es pretender que has sido elegido por Dios, entre los demás seres de la tierra; y lo curioso que es afirmarte al monoteísmo. Y montar los derechos de una entidad política o estatal sobre fundamentos religiosos, es decir, de fe, es incalificable, y no tiene cabida en el Derecho Internacional.

Los cristianos, de fe o de cultura, tenemos un verdadero problema con esto, ya que el cristianismo tiene un tronco firme en el judaísmo, y hemos mamado y respirado esos mitos religiosos atribuidos a un Yahvé inexplicable, porque han sido fielmente asumidos. Entre otras consecuencias, esto hace que el mundo cristiano tienda a alinearse con Israel y que sus círculos más militantes –la Iglesia Católica contemporizadora y con complejo de culpa, o las enloquecidas confesiones evangélicas– se adhieran, sin más, a las incalificables promesas de Yahvé y, como consecuencia, a sus terroríficos resultados a lo largo de la Historia.

Por estos mitos, sin cabida en derecho, y por los numerosos y terribles crímenes cometidos contra el pueblo allí establecido, antes y después de autoproclamarse independiente, puede decirse de Israel que es un Estado ilegítimo.

¿El sionismo fue siempre un proyecto colonialista? ¿Inglaterra y Francia fueron inicialmente sus principales apoyos?

A gran parte de los sionistas militantes del tiempo de Herzl les daba igual conseguir un territorio seguro en Patagonia, en Uganda o en Madagascar, y así lo contemplaron y llegaron a negociar. Pero pronto, a instancias de los sionistas más decididos, el Congreso Sionista fijó sus ojos en la Palestina turca antes de que acabara el siglo XIX, y hacia ella se lanzaron, considerando que el Sultán accedería a cederles ese territorio. No lo hizo ni admitió una emigración masiva como pretendían los sionistas, pero el Imperio Turco llevaba siglos de debilitamiento y a finales del siglo XIX estaba en manos de las potencias occidentales, singularmente Gran Bretaña, por lo que se dejó influir.

Porque, efectivamente, el sionismo muestra su mayor tiempo de esplendor en el Imperio Británico, ya desde el inicio del siglo XIX. Palmerston, Shafsbury, Disraeli… perciben que un sionismo «territorial» que llegase a instalarse en la Palestina turca/Tierra Prometida, sería un eslabón estratégicamente decisivo en el Camino de la India, y siempre vieron con simpatía (aun siendo antijudíos muchos de sus dirigentes, lo que no ocultaban) en «favorecer» ese asentamiento por esos judíos que lo reclamaban.

¿Los Sykes-Picot y la Declaración Balfour fueron tan importante para los planes sionistas como se suele afirmar?

Por supuesto. Por los Acuerdos Sykes Picot (1916) Gran Bretaña y Francia se repartían el Próximo Oriente turco, ya que se daba por segura la victoria en la guerra; y Londres se reservaba en ellos Palestina. De paso, violaban las promesas hechas a los árabes de Hussein de La Meca en el sentido de que, si se unían a ellos en la guerra contra los turcos, obtendrían al final un Estado árabe unificado con capital en Damasco, en el que entraba Palestina por entero (dejando aparte diferencias sobre los Santos Lugares o el puerto de Haifa).

La Declaración Balfour (1917) fue la formalización de la traición, ya que en ella Gran Bretaña «veía con simpatía» la creación de un Hogar Judío en un territorio sin apenas judíos y todavía bajo dominio turco; anuncio/regalo que el ministro Balfour, en nombre del Gabinete de Su Majestad, dirigía a Lord Rothschild que, aunque judío, carecía de representación política o estatal alguna. Todo un disparate diplomático que solo una potencia imperial, decidida a imponerse, podía perpetrar.

Este es el primero de los tres actos (ilegales) que dan respaldo «legal» al Estado de Israel. El segundo es la reincidencia en el Estatuto del Mandato británico sobre Palestina (1922) de lo del Hogar Judío. Y la tercera, el Plan de Partición de Palestina, perpetrado por la Asamblea General de la ONU (1947); esta solo podía proceder a la autodeterminación de la población autóctona, que incluso tras la masiva emigración de colonos ajenos, era mayoritariamente palestina en esa fecha, pero no a la división territorial y étnica del país. Por eso puede decirse de Israel que es un Estado ilegal.

¿Hubo o no hubo resistencia árabe-palestina cuando supieron los planes sionistas de formación de un nuevo Estado en su territorio?

La suspicacia ante el comportamiento y los fines de los colonos ya se hizo realidad antes de que acabara el siglo. Pero el rechazo, con deslizamiento a la violencia fue cosa ya de los años 1920 y, mucho más en los de 1930, hasta el punto de que en la Gran Revuelta Árabe (1936-1939), se produjeron unas 4.500 víctimas del lado árabe (y muchas menos del lado sionista, como sucedió en todo el proceso de enfrentamiento).

Porque, siempre, las organizaciones árabes se mostraron contrarias a esta emigración, que veían progresivamente orientada a modificar sensiblemente la composición étnica en Palestina. Su oposición creció cuando se convencieron de que el Hogar Judío, que en algún momento pudo considerarse un «alivio territorial» de seguridad, pero sin dominio, se iba a convertir en un Estado exclusivista, con la clara intención de expulsar a sus legítimos habitantes.

Téngase en cuenta que cuando se inician las emigraciones, es decir, la primera aliyah (1881-1882), la población judía de la Palestina turca era de un 5 por 100, que había subido en 1900 al 8 por 100, siendo en ese censo el 80 por 100 árabes musulmanes y el 12 por 100 árabes cristianos.

¿Quiénes alentaron, apoyaron, financiaron la emigración judía a Palestina? ¿Fue importante para lo que vendría posteriormente?

Respecto de la financiación, los Rothschild, en especial la rama francesa, ya estuvieron en la financiación de los primeros asentamientos (granjas) de las décadas de 1880 y 1890. Herzl indicaba, en el libro citado, que dos empresas se encargarían de estos asentamientos: la Society of Jews, de planificación científica y política de las operaciones, y la Jewish Company, con las bien conocidas capacidades de las empresas coloniales de las grandes potencias, a las que imitaba. La primera fase de la colonización fue cosa de financiación privada, por magnates o sociedades benéficas, proceso que fue evolucionando hacia el protagonismo del Fondo Nacional Judío, que centralizaba las adquisiciones en un órgano oficial sionista.

Ya bajo el Mandato británico, en 1923 se creó la Agencia Judía como órgano de representación global de los intereses sionistas ante la Administración británica, y como gobierno local y provisional de esa comunidad supervisaba la gestión de su asentamiento en la tierra palestina: tras la independencia, esa Agencia se llamó Agencia Judía para la Tierra de Israel, que continúa gestionando la emigración y el asentamiento de los llegados (Anótese que, en los últimos años, son más los israelíes que salen del país que los que entran.)

Nunca hubo límite financiero alguno en esta magna estrategia de trasladar cientos de miles de judíos europeos a Palestina, ni supuso freno o corrección alguna ni siquiera en las visiones de Herzl: este se sabía en posesión de la clave financiera de ese proceso, e incluso en El Estado judío reconoce que ese dirigió al Sultán asegurándole que, si cedía Palestina al sionismo, este podría resolver los problemas financieros del Imperio. Así que…

¿Por qué la Unión Soviética apoyó también la resolución de las Naciones Unidas promoviendo la partición de Palestina? Usted mismo cita a Andréi Gromiko como denotado campeón del sionismo y de la constitución del Estado de Israel.

Bueno, en 1947 ya rige la rivalidad soviético-norteamericana, la Guerra Fría va tomando forma y el Próximo Oriente sigue siendo, como a lo largo de la Historia, lugar tradicional de injerencia de las potencias europeas. La Rusia zarista ha insistido con frecuencia en poseer derechos históricos sobre la Tierra Santa cristiana y representar a los fieles ortodoxos rusos en ella; y desde 1917 y la Revolución bolchevique, son numerosos los judíos que actúan con cargos relevantes en la nueva Unión Soviética. En esos tiempos de Stalin, pudo influir, tanto el querer desembarazarse de más y más ciudadanos judío-soviéticos como el no dejar el camino libre a la activa acción diplomática norteamericana en Palestina, a la que respaldada un poder judío bien asentado en las instituciones estadounidenses; o ambas razones a la vez.

En cualquier caso, se trata de mantener una influencia política en la región, y no ceder todos los triunfos a Washington. En 1947, por lo demás, ya está plenamente establecido el dominio en Oriente Próximo de las compañías petroleras norteamericanas, lo que necesariamente anunciaba la posibilidad de intervenciones políticas y militares con el pretexto de salvaguardar sus intereses, y esto ya ponía en guardia a Moscú.

Gromiko, que era en efecto el representante en Naciones Unidas de la URSS justamente en 1946-48 y los dirigentes soviéticos esperaban además que aquel tinte socialista de los pioneros y la gente de Ben-Gurión, podría traducirse en un nuevo Estado aliado en esa parte tan crítica del planeta, y renunciaron a analizar, a fondo y con consecuencias, al sionismo colonialista, aunque se vistiese de aires izquierdistas. El propio Gromiko, ya ministro de Exteriores, tuvo que proceder en 1967 a la ruptura de relaciones con Israel de resultas de la Guerra de los Seis Días, y reconocer, de paso, tan craso error de análisis político, situación que no se restableció sino con la caída de la URSS en 1991.

La formación del Estado judío estuvo precedida y conllevó numerosos actos terroristas. La Checoslovaquia socialista vendió armas a grupos sionistas responsables de matanzas. ¿Nadie fue capaz de darse cuenta de las atroces dimensiones de la Nakba? ¿Las dimensiones del Holocausto lo justificó todo?

Del episodio del suministro masivo de armas checas en el momento en que peligraba la incipiente existencia del Estado de Israel, es decir, en 1948, hay que decir que fue una decisión soviética, tan firmemente comprometida con ese naciente Estado sionista, pero que por ello mismo Moscú no podía aparecer como implicada en el conflicto que se originó y que estaba anunciado; tampoco podía perder definitivamente las relaciones con los Estados árabes de la zona (pese a que fueron derrotados, precisamente, por esas armas).

Estas armas fueron pagadas por una «leva» de numerario aportado por las organizaciones judías norteamericanas, lo que consiguió Golda Meier su un viaje reciente a Estados Unidos. Ben-Gurión, exagerando algo, siempre dijo que, debido a esta gestión exitosa de su más preciada colaboradora, «el Estado de Israel debe a Golda su existencia».

Sobre la Nakba hay que decir que tuvo lugar entre una (discreta) campaña de desinformación de la prensa internacional, en la que dominaba el eslogan israelí de que «marchaban por propia voluntad», ya que los Estados árabes y la resistencia palestina recomendaba a la población palestina la huida de sus casas y tierras para evitar la guerra. La realidad es que, si hubo algo parecido a una consigna de este tipo, era la contraria: que aguantaran en sus pueblos y aldeas, ya que estaba previsto acabar en poco tiempo con el neonato Estado de Israel.

La guerra actual persigue, como objetivo sionista, eliminar la mayor población palestina posible de los territorios ocupados, en primer lugar, Gaza. El «Plan D» de marzo de 1948, que planificaba la expulsión masiva de palestinos una vez declarado el Estado de Israel, no pudo ser cumplido entonces y los responsables israelíes aprovechan la ocasión, siempre que pueden, para recordar que queda en gran medida pendiente, ya que la Nakba quedó incompleta. Desde Gaza, pese a la oposición de Egipto y a que no hay ningún territorio contiguo que pueda servir de destino, habrá de expulsarse un importante contingente de población civil, pronto sabremos cuanta. Se dice, y debe creerse, que ya hacen cola futuros nuevos colonos fanáticos para ir entrando en las tierras útiles de Gaza que el ejército israelí considere «despejadas» y definitivamente «recuperadas», que en principio serán las del extremo norte de la Franja.

Y, por supuesto, influyeron en que el mundo consintiera con indiferencia el crimen contra los palestinos las imágenes del Holocausto, y las manipulaciones que de este se hicieron ya desde los primeros momentos (mientras los Estados europeos y Estados Unidos se negaban a recibir judíos escapados del horror nazi), y contaron como principales lenitivos ante las exacciones sionistas. Norman Finkelstein en La industria del Holocausto (2014), aclara importantes aspectos sobre este asunto y, sobre todo, la perversa conversión en negocio de –esencialmente– chantaje y coacción que es en lo que se han convertido las reclamaciones, inacabables, de las organizaciones judías ante Estados y Bancos europeos.

¿Cuál la fue la posición de Einstein, a quien se ofreció la presidencia de Israel tras la muerte de Weizmann, ante la formación del nuevo Estado?

Pues muy clara y lógica. Él iniciaba la explicación de su postura en este asunto diciendo que se sentía científico, pero no político, y que reconocía su falta de habilidad para tratar con la gente. Como no era nacionalista, no podía entender al sionismo colonialista ni aprobó el proceso de creación del Estado de Israel. Y como se sentía ciudadano del mundo, no podía aceptar el trato deparado a los palestinos, por lo que era partidario de dos Estados. Era un científico bien distinto del eminente químico Weizmann, primer presidente del Estado de Israel y sionista fanático, al que no quiso suceder.

¿A partir de qué momento pasó a ser Estados Unidos el principal defensor y apoyo del Estado sionista? ¿Por el petróleo y por tener un aliado muy fiel en la zona?

En realidad el apoyo incondicional norteamericano, sobre todo en lo militar, se data en la Guerra de los Seis Días (más claramente, incluso a partir de ella que durante). Eisenhower había parado los pies a Isael, a alas potencias coaligadas, Reino Unido y Francia en la operación de Suez (1956) y ni siquiera Kennedy se mostraba incondicional, ni mucho menos.

Lo que no impide reconocer que, frente al conflicto en sus diversas fases previas, la simpatía oficial norteamericana, trabajada por el lobby y la prensa, estaban mayoritariamente del lado sionista. Durante el proceso de autodeclaración de independencia y meses y años después, los Departamentos de Estado y de Defensa no dejaron de mostrar su disconformidad con la Casa Blanca acerca de este apoyo o tendencia a alinearse con las posiciones israelíes, ya que se enajenaba las relaciones con los Estados árabes y esto lo consideraban fatal. Estos Departamentos se unieron activamente a los agentes internacionales que consideraban un error garrafal la Resolución 181 de la Asamblea General, de partición de Palestina, y trataron de deshacerla y volver atrás (con la furiosa respuesta israelí que –sin más consideración– asesinó al enviado especial de la ONU, Folke Bernadotte, que trabajaba en la corrección de las más evidentes injusticias de esa decisión).

Cita en el libro en varias ocasiones la obra de Ilan Pappé. ¿Qué opinión le merece la obra del historiador israelí?

Cito en mi trabajo a varios autores israelíes, historiadores y arqueólogos, la mayoría de los cuales viven y trabajan en el propio Israel y sus universidades teniendo que afrontar una hostilidad académica y política atosigante. Pero Ilan Pappé sí tuvo que abandonar su país porque ahí su vida corría peligro, instalándose en la universidad inglesa de Exeter, donde lleva a cabo un trabajo ejemplar, de máxima lealtad intelectual, lo que le lleva a poner en evidencia los crímenes de Israel. Uno de sus trabajos más útiles, aunque no sea el más profundo, es Los diez mitos de Israel (2019), rotundo y pedagógico, altamente recomendable. Pero tanto La limpieza étnica de Palestina (2014), como La cárcel más grande de la tierra (2018), son textos dignos del más atento estudio; entre otros, siempre valiosos y oportunos.


Ilan Pappé

Vaya para Ilan Pappé la expresión de mi admiración y también de mi agradecimiento, ya que sus libros me han resultado esenciales para entender y escribir sobre este asunto.

¿De dónde y por qué de ese menosprecio extendido por lo árabe y el prestigio de lo israelí en muchos países occidentales?

En mi libro, en el punto 3.5 («Menosprecio de lo árabe, prestigio de lo israelí»), llamo la atención sobre esa visión, tan generalizada y asumida, que contempla a los judíos/israelíes como superiores (más listos, más inteligentes, más ricos, más influyentes), ya que así se contemplan desde Occidente.

En principio, hay que atribuir esta percepción a que por razones religiosas y culturales estamos integrados en la tradición judeocristiana, transformada esencialmente en occidental, que es supremacista y que establece diferencias, siempre a nuestro favor, con todos los pueblos, culturas y religiones del mundo; y menosprecia, de modo especial, al Islam y al mundo árabe. Esto está absolutamente generalizado, guste o no, es una forma de racismo difuso pero activo, contradice la antropología (la ciencia) y no ha hecho más que incrementarse a lo largo de los siglos XX y XXI, en gran medida por nuestro alineamiento, también generalizado, con Israel, lo que conlleva dedicar nuestra hostilidad a sus propios enemigos. Parece mentira que los españoles, que en buena medida también hemos sido musulmanes durante siglos, y nos ufanamos de las glorias culturales del Califato, nos alineemos con esa estupidez de consecuencias tan nefastas.

Es el occidentalismo, enfermedad madura del hegemonismo, construido de mitos, manipulaciones y crímenes, el que necesita justificarse declarando a media humanidad indeseable o, cuando menos, inferior o inadaptada. No deja de resultar curioso que al Estado de Israel se le incluya en el área cultural y política de Occidente, definiéndose tan semita como lo puedan ser los Estados y los pueblos árabes, pero apropiándose de la acusación de antisemita como principal arma defensiva/ofensiva contra cualquier crítico o enemigo (pese a que ya hemos dicho que apenas tiene reminiscencias semíticas, a diferencia, precisamente, del mundo árabe). Y también ha de tomarse en cuenta que, siendo los israelíes en su gran mayoría y origen europeos orientales, y especialmente rusos, sean considerados «occidentales», mientras que a los rusos y a la Rusia actual se les tacha, hoy más que nunca, de «orientales», incluso «asiáticos».

¿Fue Edward Said, como a veces se ha dicho, un izquierdista utópico y soñador, incapaz de comprender la correlación real de fuerzas? ¿Oslo fue una trampa como sostuvo el intelectual palestino-norteamericano?

Precisamente es Said uno de los intelectuales que con mayor entrega extendió sus análisis sobre el problema árabe-israelí a clarificar el abuso y la estupidez de la visión occidental sobre el mundo árabe-islámico, cosa que hizo en su Orientalismo (1997), un trabajo que pone en evidencia las miserias –históricas, ideológicas, culturales, políticas– de nuestro arrogante mundo occidental, con sus pretendidos «valores» superiores (que nos negamos a reconocer que la historia nos los traen bañados en sangre).

Yo a Said lo veo como todo lo contrario de un izquierdista utópico y soñador, porque conoce muy bien las dimensiones del problema y la malevolencia de Occidente al enfocarlo y tratarlo. Es, con mayor propiedad, un muy realista erudito que tiene parte de la radical injusticia que pesa sobre su pueblo (él nació en la Jerusalén árabe) y sostiene su posición con gran número de textos admirables, de muy alto rigor y sin apenas pasión. No dudó en polemizar con miembros del potente establishment projudío norteamericano, sin levantar la voz, como quien dice, pero con argumentos imbatibles en derecho, moral y justicia.

¿Qué opinión le merece la figura de Yasir Arafat? ¿Y la de Georges Habash? De una resistencia laica a una resistencia musulmana en apenas 25 años. ¿Cómo se explica la evolución ideológica de la resistencia palestina?

Mi aprecio hacia la gran mayoría de las figuras de la resistencia palestina es inmenso, y no cede ante el empeño de Occidente de criminalizarlos como terroristas, zaherirlos como idealistas y poco menos que acusarlos de ser merecedores de su destino y del de su pueblo. Hay que ser miserables para asumir así la tragedia palestina.

Por supuesto que tanto a Arafat como Habache, Hawatmeh y otros líderes de menor relevancia la historia les confiere un patetismo evidente, principalmente porque el resultado de sus esfuerzos ha resultado escaso, con fracaso general respecto del cumplimiento de sus derechos –los señalados por el Derecho internacional, por cierto– ante el poder militar de Israel y el desprecio (con frecuentes traiciones) de Occidente. Su soledad, así como la de su pueblo, tanto frente a los Estados árabes hermanos como ante la Comunidad internacional, pero sobre todo por la infatigable hostilidad y ambición de Israel, ha de pasar a la Historia como heroica.

Otra cosa es que, por la indestructible coalición de Israel con Estados Unidos (más las potencias europeas, en las ocasiones en que estas han intervenido), el largo e irregular proceso negociador haya resultado catastrófico, pero no se puede dejar de lado que este es un conflicto militar y de fuerzas que son extremadamente diferentes, con neta inferioridad palestina. Israel ha marcado con la agresión y la guerra su historia, sabiendo perfectamente que solo recurriendo el lenguaje de la fuerza conseguiría hacerse con Palestina y expulsar, humillar y asesinar a cientos de miles de palestinos. Y solo con ese lenguaje se puede negociar con Israel.

Cuando aparece Hamás en los territorios palestinos ocupados, tras una operación de inteligencia israelí para «tintar y oscurecer» de islamismo una lucha laica y democrática que era la de la OLP y que parecía ganar posiciones en el mundo (años de la primera Intifada), los líderes emergentes se consideren de alguna forma islamistas pero –error israelí– antes de nada, absolutamente palestinos, y no dudan en perfilar su propia estrategia de combate contra –por supuesto– Israel. Y como el Islam tiende a ser «globalista» en las sociedades que domina, fusionando política, derecho, milicia y cultura, acaba convirtiéndose en la principal fuerza social de los territorios palestinos, y por eso ganó las elecciones legislativas de 2006, frente a la adocenada Autoridad Nacional Palestina (ANP), lamentable consecuencia de los humillantes Acuerdos de Oslo.

El que la ANP respondiera con un golpe de Estado, expulsando de Cisjordania a la organización de Hamás tras una breve pero cruenta guerra civil, obligándola a refugiarse en la Franja de Gaza, elevó singularmente su prestigio, que consolidó haciéndose cargo de la administración de Gaza en condiciones penosas y arriesgadas, teniendo además que hacer frente, sin doblegarse, a las frecuentes incursiones israelíes. No creo que sea relevante señalar el (en gran medida sobrevalorado) carácter islamista de Hamás en la organización predominante de la resistencia palestina. Frente a la arrogancia y los crímenes de Occidente con su empeño en subyugar el Oriente musulmán (que procede, no lo olvidemos, de las Cruzadas…), la respuesta islamista ha sido la única capaz –religiosa, ética y militarmente– de enfrentársele, y no solo en Palestina, claro.

Occidente lo tiene claro: se trata de fanatismo religioso, de insulto a los derechos humanos, de criminales sin conciencia… sin mirarse a sí mismo. Hamás es –islamista o no– un típico movimiento de liberación anticolonial, como tantos lo han sido, por supuesto en la tradición de resistencia palestina, pero también en África y Asia, recurriendo a la violencia porque solo así se puede expulsar a las potencias coloniales, de violencia sistemática y de práctica habitual del terror. Los cantamañanas que califican de terrorista a Hamás prefieren ignorar la Historia, enrocarse en los valores occidentales y hacer de lacayos del poder israelí.

La acción de Hamas y la resistencia palestina del pasado 7 de octubre de 2023, ¿fue un acto terrorista en su opinión? Visto lo visto, muerte, destrucción, aniquilación, genocidio, ¿fue un error? ¿Pensaron mal la reacción del Estado israelí?

En el libro califico la acción de Hamás del 7 de octubre como «más política que militar», y espero que pueda dar resultados políticos positivos, y uno de ellos es que Israel podrá ser destructivo y sanguinario, pero no invencible, ni puede garantizar la seguridad y tranquilidad de sus ciudadanos, lo que es un golpe neto al supremacismo israelí y a los principios de su existencia. La previsión que pudieron hacer los combatientes acerca de la respuesta vengativa de Israel no pudo ser la exacta, pese a saber muy bien que se enfrentaban a un Gobierno y un Estado fascistas –es decir, violentos, racistas, expansionistas– protegidos por las potencias occidentales. Pensemos que el régimen nazi fue demoledor, pero duró solo doce años; en cambio, el sionismo lleva casi cien años de violencia y crímenes en Palestina y su entorno.

Hamás y las otras organizaciones que se unieron para el ataque –que, siendo palestino y antiisraelí siempre es defensivo– calcularon el grado de hundimiento a que había llegado la causa palestina y tuvieron que actuar; esta fue una de las causas, según muchos analistas. El (cuasi) pintoresco asunto de que Israel, con sus maravillosos servicios de inteligencia, no pudo ignorar la preparación del ataque nos remite (sea cual sea la verdad) a ese prejuicio al que antes aludíamos, y que retrata a los árabes y a la resistencia palestina como inferiores e incapaces.

¿Qué opinión le merece la cláusula usada por muchos mandatarios occidentales: «Israel tiene derecho a defenderse»? ¿Tiene ese derecho Israel ante la acción del 7 de octubre?

No es Israel un Estado que se someta a derecho en su actividad política internacional, ni que en su historial haya respetado ningún derecho de los demás, riéndose de la Carta de la ONU, las convenciones sobre la guerra, los refugiados, etc., y es pecar de imprudencia dolosa atribuir derechos a un Estado tal.

Pero no hay que ser jurista, sino simplemente humano sensato, para estimar que el «derecho a defenderse» solo se lo puede arrogar quien es agredido, invadido, ocupado y humillado; pero no quien agrede, invade, ocupa y humilla, como es el caso de Israel en cuanto a potencia colonial que se apropia de un territorio que es de otros.

¿Qué fuerzas, qué países están ayudando realmente a la lucha del pueblo palestino? ¿Hezbolá es un nudo esencial?

En la pavorosa soledad del pueblo palestino frente a la potencia israelí, que busca aniquilarlo –si no físicamente del todo, sí políticamente por completo– tanto Israel como sus aliados optan por calificar de terroristas a las únicas organizaciones que le prestan su apoyo, como son Hezbolá o las milicias hutíes de Yemen; y a la República islámica de Irán, que apoya a sus aliados chiíes de Hezbolá y que sufre ataques y humillaciones continuas de Israel, se le sanciona y se le advierte y amenaza si eleva su nivel de respuesta contra Israel.

La organización Hezbolá, en especial, representa a una gran parte del pueblo libanés soberano, fue creada durante la invasión israelí del Líbano de 1982 como respuesta militar, y constituye en la actualidad el único poder consistente –social, político, militar– y de futuro en el panorama y la estructura de un país que, debido a su vecindad con Israel y lo que con ello le viene acarreando, ha de considerarse prácticamente fallido. Israel siempre ha querido controlarlo o dominarlo, generalmente creando y financiando milicias y partidos cristianos a su servicio. Y en su mapa del Eretz Israel figura todo el sur del Líbano, hasta el río Litani incluyendo Tiro, como parte integrante de la promesa divina de la Tierra Prometida.

Hamás y Hezbolá son invencibles por más que sufran, y se renovarán continuamente por el odio que generan los crímenes de Israel; y este Estado sabe que nunca vivirá en paz.

¿Desde cuándo es Israel un estado atómico? ¿Qué país o países le ayudaron en la construcción de la bomba? ¿Por qué sigue ocultando su poder nuclear? ¿Ve al actual gobierno israelí capaz de usar ese armamento?

Se data en los años inmediatamente siguientes a la Guerra de los Seis Días, es decir, hacia 1968-1970, la construcción de la bomba israelí, pero el programa científico-técnico que conduciría a ella se inició en los primeros años del nuevo Estado bajo el impulso decidido de Moshé Dayán, ministro de Defensa y héroe de la Guerra de los Seis Días, y –al parecer– en contra de los primeros ministros Levy Eschkol y Golda Meier. En este proceso destacó la colaboración con Francia desde que esta regaló a Israel un pequeño reactor en 1956 en compensación a ciertos servicios anteriores de tipo químico-nuclear. Las instalaciones nucleares israelíes se sitúan en el complejo de Dimona, en el desértico Neguev, pero la fase esencial, la de lograr el uranio enriquecido, se cubrió mediante el robo en operaciones especiales y secretas en Estados Unidos, Reino Unido, Francia y Alemania cuyos Gobiernos, con muy escasa credibilidad, negaron haber colaborado en ello.

Las pruebas en la atmósfera de esta bomba se realizaron en los mares cercanos a la Sudáfrica racista, en colaboración con este Estado y con Taiwán en septiembre de 1979 y diciembre de 1980. Se considera que hoy Israel ya ha acumulado centenares de bombas atómicas en sus silos, pero su rechazo a reconocerlo, así como a adherirse al Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP, 1988), hacen imposible una información fidedigna.

Israel no admite que ningún país de su entorno adquiera el arma nuclear. En 1981 su aviación destruyó un reactor iraquí que se consideraba parte del plan nuclear de Bagdad, y desde entonces su fijación por Irán le hace asesinar, uno a uno, a todos los principales protagonistas del plan nuclear iraní. Además de hacer fracasar cualquier intento de entendimiento entre las potencias occidentales e Irán, con control estricto de sus instalaciones nucleares, que el régimen de los ayatolás siempre ha asegurado que son civiles, orientadas a la generación de energía eléctrica.

Le cito por extenso: «La propuesta del Estado palestino junto al Estado judío actualmente carece de valor efectivo, ya que para que fuera creíble, viable y, sobre todo, justa, sería necesario: (1) doblegar la política exclusivista y anexionista de Israel, lo que es imposible hoy por hoy; (2) enmendar en buena parte la Historia, corrigiendo la realidad actual territorial con la expulsión de militantes y colonos de los territorios ocupados, lo que es imposible hoy por hoy; (3) reconocer que la Resolución de Partición, en 1947, de la Palestina británica, fue una decisión catastrófica de la ONU y que hay que rectificar, lo que es imposible hoy por hoy (4); reconocer el derecho de los palestinos expulsados en 1948, y después, a retornar a sus casas y tierras, con recuperación de sus bienes expoliados, lo que es imposible hoy por hoy; (5) que se llegue a discutir sobre la solución más justa, lógica y prometedora, que es la de un Estado palestino con dos naciones, árabe y judía, de tipo federal, democrático, no alienado y sobre todo el territorio antiguamente británico, es decir, la vuelta a 1947, lo que imposible hoy por hoy; y (6) que se desposea a Israel del arma atómica que guarda desde los años 1960, lo que es imposible hoy por hoy.» De acuerdo, pero … ¿qué posición le parece realista y justa de defender a día de hoy?

Pues sí, Israel no deja más opción que su voluntad y el lenguaje de la fuerza. Pero la catastrófica historia de este Estado, esencialmente injusto, obliga a la humanidad (más que a la Comunidad internacional…) a desandar lo andado al menos en parte, y a regresar a la falsa e injusta disyuntiva de 1947: dos Estados étnicos diferenciados o un único Estado laico con dos pueblos o nacionalidades, de tipo federal. La negativa palestino-árabe a la partición se basaba en exigir, a la luz de la Sociedad de Naciones y de la ONU, la autodeterminación y la independencia para la población autóctona. No cabe paz en la región si no se llega al reconocimiento de un Estado único en el que traten de instalarse, con vigilancia y tutela internacional, dos pueblos que deberán tener como principal objetivo sanar las profundas heridas producidas mutuamente. Por supuesto que hay que abrir –esta vez, con justicia– las puertas de ese nuevo país al regreso de los cientos de miles de expulsados en 1948 y 1967 que quieran y puedan volver, y reconocer la mayoría palestina.

No me merece el menor respeto quien predica la «solución de los dos Estados», como es propuesta generalizada en la UE e incluso los Estados Unidos (con la negativa israelí también a esto), porque esa propuesta añade más humillación a los palestinos, dotándolos de un Estado perfecta y radicalmente inviable.

El título del apéndice de su libro: «España ambigua frente a Israel abominable». ¿Está España a la altura de las circunstancias? ¿Qué opinión le merecen las posiciones que mantienen las fuerzas políticas españolas frente al genocidio?

España no suele estar nunca a la altura de las circunstancias en política exterior, pasando de un lacayato a otro y actuando, en consecuencia, por delegación. Así ha sucedido, singularmente, en nuestras intervenciones militares desde la derrota de 1898, en las que siempre hemos sido agresores con algún respaldo. En este caso de Israel, nos lanzamos a las órdenes de Occidente en 1986 reconociendo a un Estado sobre el que nadie tenía dudas acerca de su papel infame en la escena internacional, y apelando, aparentemente, a la real politik. Respecto de Israel, reconozco que me sorprende la alineación del Gobierno de Pedro Sánchez con los Estados que señalan a Israel como culpable de genocidio ante el Tribunal Internacional de Justicia; es un gesto que compromete y ha de valorarse.

El reconocimiento diplomático del Estado de Palestina también aparenta ser positivo (después de que más de un centenar de Estados ya lo haya hecho, bien es verdad); proponer los dos Estados como «solución» al conflicto significa, sin embargo, ceñirse a los límites que los aliados le marcan, y que el propio Israel consiente aun sin voluntad de respetar.

Y con respecto a la posición de las fuerzas políticas ante el evidente genocidio perpetrado en Gaza, el inevitable rechazo no pasa (salvo escasas excepciones desde la izquierda) del nivel de las quejas y los lamentos horrorizados, pero que ni siquiera se piden sanciones a la UE o los Estados Unidos. Resultan más fuertes los aspavientos contra Rusia en su guerra con Ucrania, pese a que su virulencia e insania es infinitamente menor. No hay sintonía entre la generalidad de la clase política y la más que abrumadora mayoría del pueblo español, que en este asunto lo tiene claro, con traición de la primera.

No abuso más. Muchísimas gracias por su magnífico libro y por sus documentadas respuestas. Todo un honor para mí.


Fuente: ESPAIMARX