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domingo, 13 de julio de 2025

Pero al menos el capitalismo es libre y democrático, ¿no?

 

 Por Erik Olin Wright   
      Fue profesor de sociología en la Universidad de Wisconsin – Madison.



Puede parecer así, pero la libertad y la democracia verdaderas no son compatibles con el capitalismo


     Muchas personas dan por sentado que la libertad y la democracia están indisolublemente ligadas al capitalismo. Milton Friedman, en su libro Capitalismo y libertad, llegó incluso a afirmar que el capitalismo era condición necesaria para ambas.

Es cierto que la aparición y la expansión del capitalismo trajeron consigo una enorme expansión de las libertades individuales que, con el tiempo, abrieron paso a su vez a luchas populares por formas más democráticas de organización política. Por lo tanto, la afirmación de que el capitalismo obstaculiza fundamentalmente tanto la libertad como la democracia puede resultar, en principio, algo extraña.




Decir que el capitalismo restringe el florecimiento de estos valores no significa argumentar que el capitalismo ha ido en contra de la libertad y la democracia en todos los casos. Más bien, es a través del funcionamiento de sus procesos más básicos que el capitalismo genera graves déficits tanto de libertad como de democracia que nunca podrá remediar. El capitalismo ha promovido la aparición de ciertas formas limitadas de libertad y democracia, pero impone un techo bajo a su realización ulterior.

En el núcleo de estos valores se encuentra la autodeterminación: la creencia de que las personas deben poder decidir las condiciones de su propia vida en la mayor medida posible. Cuando la acción de una persona solo afecta a esa persona, entonces ella debe poder realizar esa actividad sin pedir permiso a nadie más. Este es el contexto de la libertad. Pero cuando una acción afecta la vida de otras personas, entonces estas otras personas deben tener voz y voto en la actividad. Este es el contexto de la democracia. En ambos casos, la preocupación primordial es que las personas mantengan el mayor control posible sobre la forma que tomará su vida.




En la práctica, básicamente todas las decisiones que toma una persona tienen algún efecto sobre los demás. Es imposible que todos contribuyan a todas las decisiones que les afectan, y cualquier sistema social que insistiera en una participación democrática tan amplia impondría una carga insoportable a las personas. Por lo tanto, lo que necesitamos es un conjunto de normas que distingan entre las cuestiones de libertad y las de democracia. En nuestra sociedad, esta distinción se suele hacer en función de la frontera entre la esfera privada y la pública.

No hay nada natural ni espontáneo en esta línea divisoria entre lo privado y lo público; es forjada y mantenida por procesos sociales. Las tareas que implican estos procesos son complejas y a menudo controvertidas. El Estado impone enérgicamente algunas fronteras entre lo público y lo privado y deja que otras se mantengan o se disuelvan como normas sociales. A menudo, la frontera entre lo público y lo privado sigue siendo difusa. En una sociedad plenamente democrática, la propia frontera es objeto de deliberación democrática.

El capitalismo construye la frontera entre las esferas pública y privada de una manera que limita la realización de la verdadera libertad individual y reduce el alcance de una democracia significativa. Hay cinco formas en las que esto se hace evidente.

1. «Trabajar o morir de hambre» no es libertad

El capitalismo se basa en la acumulación privada de riqueza y la búsqueda de ingresos a través del mercado. Las desigualdades económicas que se derivan de estas actividades «privadas» son intrínsecas al capitalismo y crean desigualdades en lo que el filósofo Philippe van Parijs denomina «libertad real». Sea lo que sea lo que entendamos por libertad, debe incluir la capacidad de decir «no». Una persona rica puede decidir libremente no trabajar por un salario; una persona pobre sin medios de subsistencia independientes no puede hacerlo tan fácilmente.




Pero el valor de la libertad va más allá. Es también la capacidad de actuar positivamente sobre los planes de vida de uno mismo, de elegir no solo una respuesta, sino la pregunta misma. Los hijos de padres ricos pueden realizar prácticas no remuneradas para avanzar en su carrera profesional; los hijos de padres pobres, no. El capitalismo priva a muchas personas de la libertad real en este sentido. La pobreza en medio de la abundancia existe debido a una ecuación directa entre los recursos materiales y los recursos necesarios para la autodeterminación.




2. Los capitalistas deciden

La forma en que se traza la frontera entre las esferas pública y privada en el capitalismo excluye del control democrático decisiones cruciales que afectan a un gran número de personas. Quizás el derecho más fundamental que acompaña a la propiedad privada del capital es el derecho a decidir invertir y desinvertir estrictamente en función del interés propio.


Miembros del Partido Socialista de América en una marcha de 1914. 

La decisión de una empresa de trasladar la producción de un lugar a otro es un asunto privado, aunque tenga un impacto radical en la vida de todas las personas de ambos lugares. Incluso si se argumenta que esta concentración de poder en manos privadas es necesaria para la asignación eficiente de los recursos, la exclusión de este tipo de decisiones del control democrático destruye inequívocamente la capacidad de autodeterminación de todos, excepto de los propietarios del capital.

3. El horario de nueve a cinco es una tiranía

Las empresas capitalistas pueden organizarse como dictaduras en el lugar de trabajo. Un componente esencial del poder del propietario de una empresa es el derecho a decir a los empleados lo que tienen que hacer. Esa es la base del contrato de trabajo: el solicitante de empleo se compromete a seguir las órdenes del empleador a cambio de un salario.




Por supuesto, el empleador también es libre de conceder a los trabajadores una autonomía considerable y, en algunas situaciones, esta es la forma de organizar el trabajo que maximiza los beneficios. Pero esa autonomía se concede o se niega a voluntad del propietario. Ninguna concepción sólida de la autodeterminación permitiría que la autonomía dependiera de las preferencias privadas de las élites.

Un defensor del capitalismo podría responder que un trabajador al que no le gusta la forma de actuar de su jefe siempre puede dimitir. Pero dado que los trabajadores, por definición, carecen de medios de subsistencia independientes, si renuncian tendrán que buscar un nuevo empleo y, en la medida en que los puestos de trabajo disponibles se encuentren en empresas capitalistas, seguirán estando sujetos a las órdenes de un jefe.

4. Los gobiernos deben servir a los intereses de los capitalistas privados

El control privado sobre las principales decisiones de inversión ejerce una presión constante sobre las autoridades públicas para que aprueben normas favorables a los intereses de los capitalistas. La amenaza de la desinversión y la movilidad del capital está siempre presente en los debates sobre políticas públicas, por lo que los políticos, independientemente de su orientación ideológica, se ven obligados a preocuparse por mantener un «buen clima empresarial».

Cualquier discurso sobre los valores democráticos caerá en saco roto mientras una clase de ciudadanos tenga prioridad sobre todas las demás.

5. Las élites controlan el sistema político

Por último, los ricos tienen más acceso que los demás al poder político. Esto ocurre en todas las democracias capitalistas, aunque la desigualdad del poder político basada en la riqueza es mucho mayor en algunos países que en otros. Los mecanismos específicos para este mayor acceso son muy variados: contribuciones a campañas políticas, financiación de actividades de presión, redes sociales de élite de diversos tipos, sobornos directos y otras formas de corrupción. En Estados Unidos, no solo los individuos ricos, sino también las empresas capitalistas, no enfrentan restricciones significativas en su capacidad de utilizar recursos privados con fines políticos. Este acceso diferencial al poder político invalida el principio más básico de la democracia.

Estas consecuencias son endémicas del capitalismo como sistema económico. Esto no significa que no puedan mitigarse en ocasiones en las sociedades capitalistas. En diferentes épocas y lugares, se han establecido muchas políticas para compensar la deformación de la libertad y la democracia que provoca el capitalismo.

Se pueden imponer restricciones públicas a la inversión privada de manera que se erosione la rígida frontera entre lo público y lo privado; un sector público fuerte y formas activas de inversión estatal pueden debilitar la amenaza de la movilidad del capital; las restricciones al uso de la riqueza privada en las elecciones y la financiación pública de las campañas políticas pueden reducir el acceso privilegiado de los ricos al poder político; la legislación laboral puede reforzar el poder colectivo de los trabajadores tanto en la esfera política como en el lugar de trabajo; y una amplia variedad de políticas de bienestar pueden aumentar la libertad real de quienes no tienen acceso a la riqueza privada.

Cuando las condiciones políticas son adecuadas, las características antidemocráticas y restrictivas de la libertad del capitalismo pueden paliarse, pero no eliminarse. Domesticar el capitalismo de esta manera ha sido el objetivo central de las políticas defendidas por los socialistas en las economías capitalistas de todo el mundo. Pero para que la libertad y la democracia se realicen plenamente, no basta con domesticar el capitalismo. Hay que superarlo.


Fuente: JACOBIN

jueves, 10 de abril de 2025

Un golpe mortal para el neoliberalismo

 

 Por David Jamieson  
      Periodista residente en Escocia, editor de Conter


La guerra comercial de Donald Trump nos adentra en una fase cualitativamente nueva de la historia del capitalismo. Sin embargo, el nuevo orden económico que está tomando forma es tan «globalista» como el régimen neoliberal al que suplanta.


El artículo que sigue es una reseña de What Was Neoliberalism? Studies in the Most Recent Phase of Capitalism, 1973-2008, de Neil Davidson (Haymarket Books, 2024).





     Donald Trump aparece cada vez más como la pura negación del proyecto neoliberal. Algunos de sus seguidores ideológicos se complacen en presentarlo en términos similares. Sin embargo, el nuevo régimen de Trump ejemplifica muchas de las características que llegaron a definir la era neoliberal.




Consideremos la prominencia de multimillonarios simpatizantes en y alrededor de la nueva corte. Producto del periodo neoliberal, este estrato de oligarcas abarrotaba en homenaje el complejo de Mar-a-Lago de Trump incluso antes de su regreso a Washington.

El presidente le encargó al escabroso barón de la tecnología Elon Musk que encabece un gran asalto contra gasto «despilfarrador», que implica de forma prominente la disciplina laboral en el mayor empleador individual de EE.UU., el Estado federal. Otro asalto contra sistema tributario se perfila como un importante reto legislativo en el primer año de Trump. Ya escuchamos estas melodías antes.

Sin embargo, a pesar de todas las recapitulaciones de temas familiares, el propio neoliberalismo está muriendo definitiva y finalmente. El monótono alarde de Trump sobre la guerra comercial y su abierto desprecio por el «orden internacional liberal» marcan un cambio importante dentro de las estructuras del capitalismo global. Mantener que nada significativo está cambiando más allá de este punto requeriría desechar la definición de un período neoliberal en sí mismo.

¿La historia perdida de una era?

Los comentaristas ya anunciaron antes la hora de la muerte del neoliberalismo. En 2008, muchos se apresuraron a declarar el fracaso de una doctrina que finalmente se había derrumbado bajo el peso de su propia arrogancia. Este año decisivo inspiró al sociólogo escocés Neil Davidson para intentar un análisis más profundo del periodo transcurrido desde la década de 1970, en el que se habían producido tantas derrotas para el movimiento obrero internacional, una explosión de la desigualdad y el afianzamiento del poder capitalista. Aunque tuvo que ser recuperada de forma algo fragmentaria tras la prematura muerte de Davidson en 2020, esta obra nos ayuda a reflexionar sobre la naturaleza de los cambios en la cúspide de la sociedad capitalista.

Davidson era un sociólogo con mentalidad de historiador. Tenía una aguda comprensión de cómo los resultados del conflicto de clases tienden a distorsionar nuestra imagen de las épocas históricas. El propio éxito del neoliberalismo oscureció sus orígenes y su forma de tres formas generales.

En primer lugar, las derrotas experimentadas por la clase trabajadora en la era neoliberal, y las grandes desigualdades que surgieron de ellas, fomentaron una visión del consenso de posguerra que destrozó algo como una era dorada antediluviana. Dado que las oleadas de desregulación y privatización caracterizaron el triunfo de la clase capitalista bajo el neoliberalismo, las economías mixtas y la expansión de los niveles de vida de los años 50 y 60 deben haber representado la cristalización de un equilibrio diferente de fuerzas de clase en la política estatal. Esta es la teoría que subyace a la afirmación de David Harvey de que el neoliberalismo supuso la «restauración» del poder capitalista.




Esta tendencia a considerar al neoliberalismo como un contraataque contra un consenso de posguerra en cierto modo menos plenamente capitalista se ve reforzada por las afirmaciones de los ideólogos neoliberales. Como esos ideólogos proponen una retórica antiestatista poco sincera, argumenta Davidson, sus oponentes tienden a argumentar como si los campeones del neoliberalismo «realmente vieran a los Estados y a los mercados como antípodas», lo que los lleva a su vez a «invertir el supuesto juicio de valor implicado, tratando al Estado como un freno bienvenido a los excesos del mercado». El pensamiento reactivo de este tipo oscureció la verdadera naturaleza de la posguerra, que de hecho estuvo dominada por un período distinto de globalización capitalista.

La idea de que el acuerdo de posguerra tenía sus raíces en las victorias de la izquierda o de la clase obrera es también una simplificación. En Europa, el orden de posguerra fue, al menos en la misma medida, un producto de la derecha política tanto como de la izquierda: «En la mayor parte de Europa Occidental, fuera de Escandinavia, fueron los gobiernos demócrata-cristianos los que desempeñaron un papel decisivo en el establecimiento de los Estados del bienestar». Esto fue cierto hasta cierto punto, argumenta Davidson, incluso en el emblemático caso del Reino Unido, donde la coalición dominada por los conservadores en tiempos de guerra anticipó las reformas del gobierno laborista de Clement Attlee.

Los capitalistas no resultaron simplemente acobardados para aceptar este programa, aunque ciertamente hubo presión de la clase obrera en ese momento. Lo eligieron, en parte como forma de adaptación a las nuevas realidades políticas y económicas del mundo de la Guerra Fría, y se beneficiaron de él de forma crucial, al menos durante un tiempo. El consenso de posguerra, al igual que la era neoliberal que le seguiría, fue un complejo de factores localizados en tendencias que afectaban a todo el sistema: la competencia geopolítica (incluida la carrera armamentística mundial, que según Davidson creó las condiciones para una alta rentabilidad), y la composición cambiante y las necesidades de cualificación del capital, así como las distintas expectativas de la clase trabajadora de posguerra.


Una interpretación errónea de los años 60


En segundo lugar, la concomitancia de cambios culturales, sociales y demográficos más amplios al final de la posguerra hizo aún más confuso el proceso de transición de una fase de desarrollo capitalista a otra. Con fruición, algunos comentaristas presentan los movimientos radicales de finales de los 60 y principios de los 70 como precursores de un «hombre neoliberal» narcisista. En muchos de esos relatos, fue precisamente la comodidad de las décadas de posguerra la que engendró a una generación apta para la revolución neoliberal. A pesar de los discursos de emancipación social presentes en las protestas estudiantiles, la libertad negativa, el individualismo desalmado y el deseo de satisfacción consumista siempre habrían residido en el corazón secreto de las subculturas juveniles.

Esta lectura colapsa décadas de historia en una historia simple y lineal. Y lo que es más importante, elude la amplitud de los movimientos que caracterizaron la época. En Francia, el Mayo del 68 combinó la reivindicación de dormitorios mixtos con huelgas masivas de millones de trabajadores. En todo el mundo, el periodo implicó un amplio abanico de luchas que unían a los bloques occidental y oriental con el Sur Global.

En una de las partes más obviamente incompletas del libro, Davidson concluye que estos movimientos sólo experimentaron los resultados que el conflicto de clases les proporcionó. La derrota de los movimientos obreros y la eventual incorporación del anticolonialismo paramilitar al sistema capitalista mundial le dejaron vía libre a los impulsos bohemios de jóvenes profesionales y gurús indolentes, pero también les permitieron adaptarse a las fuerzas industriales y estatales que emergieron triunfantes del proceso.

Tanto los responsables políticos como las empresas se alegraron de reclutar selectivamente a su personal entre la sucesión de protestas, disturbios, huelgas, campañas armadas y experimentaciones en música, ropa y costumbres sexuales. Naturalmente, seleccionaron más de entre estas últimas, con fines de comercialización y legitimación ideológica. El nuevo orden expresaba así la derrota de los movimientos de finales de los sesenta y principios de los setenta, no su plena consumación.

La imagen del neoliberalismo como producto de la subversión de la generación del baby boom comparte su idealismo con la tercera gran ofuscación de la historia neoliberal. El grado de dominio del que gozaron los tropos neoliberales durante décadas fomentó la creencia de que una victoria en la batalla de las ideas fue lo que dio lugar a un régimen totalmente nuevo de organización capitalista.

Las historias populares ubican los orígenes neoliberales en pequeños grupos de intelectuales como la Sociedad Mont Pelerin o el departamento de Economía de la Universidad de Chicago. Sin embargo, los más importantes de estos intelectuales fueron voces solitarias durante décadas antes de que la crisis del régimen de posguerra los pusiera de moda entre los políticos.

Esta imagen del neoliberalismo como resultado de un triunfo de los intelectuales da a menudo la impresión de que hubo un aplastamiento planificado y monolítico del viejo consenso, en el que la terraformación del capitalismo global siguió la misma secuencia de avances en todas partes, dando lugar a una victoria completa. Davidson se esfuerza por demostrar que la ofensiva neoliberal generalmente encontró resistencia, a menudo con éxito parcial o temporal, lo que significa que al final nos quedamos con muchas variantes nacionales de neoliberalismo.

Variantes del neoliberalismo

Una mirada más atenta a algunas de esas victorias deja claro cómo eran posibles caminos alternativos al actual. Egipto fue el primer campo de pruebas del neoliberalismo en el Sur Global. El hecho de que tendamos a pensar en Chile como el pionero es revelador, tanto de la violencia con la que se impusieron los principios neoliberales en ese país, como de nuestra tendencia a subrayar el carácter total de la victoria neoliberal.

La adopción de la liberalización económica por parte de Anwar Sadat, que acompañó su giro geopolítico de la Unión Soviética a Occidente, se vio obstaculizada por las revueltas del pan en 1977. Esta venerable tradición volvería más tarde en la escala de una revolución en toda regla para destronar a Hosni Mubarak, el presidente egipcio que instituyó con más éxito la reforma neoliberal a partir de la década de 1990.


'Revueltas del pan' de 1977 en El Cairo.

América Latina es otro ejemplo del progreso lento, gradual y parcialmente reversible de la neoliberalización. Continuamente surgieron movimientos sindicales, de defensa de los derechos sobre la tierra y de lucha contra la privatización, que a veces respaldaron a los gobiernos nacionalistas de izquierda (y a veces chocaron con ellos), que vinculaban expresamente la oposición a la liberalización económica con la resistencia al poder estadounidense. Esta historia asombrosamente larga y explosiva sigue desarrollándose.


América Latina contra la neoliberalización, por los derechos sobre la tierra y en lucha contra la privatización.

Incluso en los centros del proceso neoliberal mundial, el proyecto nunca se completó. En Gran Bretaña, los experimentos monetaristas en materia de políticas públicas fracasaron, mientras que la clase trabajadora resistió ferozmente y logró derrotar el poll tax, un impuesto fijo que se cobraba por persona y que afectaba especialmente a los sectores populares. Aunque los gobiernos conservadores y laboristas dejaron el Servicio Nacional de Salud internamente fragmentado y estructuralmente debilitado, el apoyo popular lo mantuvo vivo durante décadas.


Derrotar el poll tax.

Davidson demuestra cómo el efecto de cámara oscura de la historia elude muchos de estos detalles. Las causas perdidas hoy parecen haber estado perdidas desde el principio, y los hechos consumados sugieren su propia inevitabilidad. Con sólo este presente concreto para trabajar, lo leemos hacia atrás en los acontecimientos pasados de manera que evoca la imagen de una época dorada y unos conspiradores sombríos e irresistibles que la socavaron.

La historia del colapso del consenso de posguerra, y especialmente la desintegración del movimiento sindical, la socialdemocracia, el nacionalismo del Tercer Mundo y, por último, el socialismo de Estado, se le impone implacablemente a los estudiantes modernos del pasado reciente con una conclusión ineluctable. Sólo en los últimos años se le reveló a capas crecientes de la sociedad que, al igual que el acuerdo de posguerra anterior, el neoliberalismo no puede sobrevivir a sus propias contradicciones crecientes.

Orígenes materiales

Davidson se enfrenta a dos retos. El primero —reconstruir un relato del neoliberalismo que vaya más allá de la historia popular— ya lo hemos esbozado. El segundo es reivindicar la conceptualización del neoliberalismo como un periodo distinto en la historia del capitalismo.

Esta segunda línea de argumentación es la que dirigió contra los copensadores de la izquierda marxista, para quienes el neoliberalismo no era más que «una ideología, o tal vez un conjunto de políticas» que apoyaban una tendencia general del capitalismo para revertir las conquistas logradas por los trabajadores en una generación pasada. Un problema de esta visión es que asume un estado natural de competencia capitalista, que puede ser mejorado por un mundo separado de la política o el Estado.

La periodización es una forma de pensar en la construcción necesariamente política de las economías capitalistas. También tiene la ventaja de poder acomodar las sincronicidades de la era neoliberal. Muchos regímenes estatales, con economías muy diferentes en distintas fases de desarrollo, con estructuras políticas y culturas nacionales diversas, iniciaron proyectos de reforma similares con pocos años de diferencia. También lo hicieron tras la ruptura del antiguo paradigma.

Si aceptamos la periodización pero rechazamos las historias populares de la reconquista capitalista, la conspiración intelectual o el zeitgeist individualista, necesitamos buscar los fundamentos materiales del neoliberalismo. Para Davidson, estos fundamentos se encuentran en la internacionalización del capitalismo y sus efectos transformadores sobre las funciones del Estado.

Entre estos desarrollos se incluyen la creciente importancia de las importaciones y exportaciones sobre el comercio nacional interno, la extensión de las cadenas de producción internacionales y, especialmente, el crecimiento de la inversión internacional. Todos estos acontecimientos complicaron las formas de capitalismo de Estado y fomentaron el conjunto de políticas que caracterizaron la era neoliberal.

Estos cambios no equivalen a un simple repliegue del Estado. En el núcleo del sistema capitalista, los Estados mantuvieron obstinadamente su escala tras décadas de planes para hacer retroceder las funciones de regulación, planificación y bienestar. Hoy, los dogmáticos de la derecha atribulada anuncian con consternación que la liberalización económica y la generosidad del «gran Estado» fueron de la mano.

En realidad, las cosas no podrían haber ido de otra manera, como señala Davidson. La desintegración social fomentada por la liberalización requería de un Estado que pudiera limpiar el desorden y aplicar disciplina donde fuera necesario.

El Estado neoliberal

Más allá de la expansión de las estructuras estatales para hacerle frente a las consecuencias cotidianas de la reordenación neoliberal, el Estado también debe soportar el riesgo de los capitales concentrados, complejos y transnacionales para los que pretende proporcionar un puerto seguro. A lo largo de la era neoliberal, el Estado estadounidense se vio obligado a interceder cada vez con mayor frecuencia para rescatar a las grandes empresas industriales.

Este proceso abarcó la década de 1970 con el rescate de Chrysler, la década de 1980 con la intervención del Estado en la banca estadounidense durante la crisis de la deuda latinoamericana y la década de 1990 con la protección del fondo de cobertura Long-Term Capital Management, por nombrar sólo algunos incidentes notorios. Las confirmaciones más profundas de esta tendencia fueron los gigantescos rescates estatales tras el crack financiero de 2008 y durante la pandemia del COVID-19.

La extensión de la acción estatal sobre la creciente transnacionalización y financiarización del capitalismo global fue acompañada de alteraciones en la constitución del Estado. Estos cambios transfirieron la soberanía y la responsabilidad a niveles tanto supranacionales —como en el caso de la UE— como locales (la descentralización en el Reino Unido, por ejemplo). Los Estados también externalizaron sus funciones cotidianas a una gran variedad de empresas privadas, ONG, empresas sociales, consultorías y empresas de todo tipo.

Inspirándose en la noción de «Estado de mercado» de Philip Bobbitt, Davidson prevé un mundo en el que las funciones del Estado central se reducen pero se intensifican, mientras que la provisión de bienestar público se traslada cada vez más a la vida privada. Con la centralización y el localismo unidos por un nuevo ethos de vigilancia y manipulación, los agentes económicos racionales del ideólogo neoliberal se están transformando en lo que Mark Olssen denominó «hombre manipulable», una creación del nuevo nexo entre Estado y mercado, preparado para responder a la incitación y el estímulo.

Dispuesto como siempre a desafiar los sentimientos de nostalgia por una edad dorada, Davidson insinúa (en lo que parece haber sido otra reflexión inacabada) que este proceso tiene sus raíces en el paradigma socialdemócrata en decadencia. Los estados de bienestar proporcionaron un programa original para despolitizar una forma de política de la clase trabajadora que antes era más independiente y autosuficiente. El Estado de mercado sólo está completando el movimiento hacia una atomización controlada y pospolítica.

Una falsa polarización

Los críticos del neoliberalismo divergen sobre la cuestión de si refundó radicalmente los tipos de personalidad y las formas de Estado de esta manera. En un extremo, los que especulan en estos términos pueden caer en la desesperanza, describiendo la resistencia como imposible, prevenida o cooptada. Sus argumentos se hacen eco de la visión de 1968 como un preludio inevitable al narcisismo de la era neoliberal. Esta perspectiva suele descartar a los jóvenes —nacidos bajo el nuevo orden— como presas irremediables de un «yo neoliberal», despojados de sentido histórico y de la posibilidad de una solidaridad genuina.

En el otro extremo, existe una tradición persistente de tratar el neoliberalismo como un fenómeno esencialmente superficial, o simplemente como un caso en el que las preocupaciones a largo plazo del capital quedaron al descubierto. Para los partidarios de este punto de vista, la aparición del neoliberalismo no hizo más que confirmar la crítica socialista sin complicarla.

Esta falsa polarización entre el catastrofismo y el activismo trillado oculta un debate más importante que persiguió silenciosamente las apreciaciones de la izquierda sobre la era neoliberal. Gran parte de la literatura canónica de izquierda trató el fenómeno como «económico» de la forma unilateral que el marxismo rechazaba tradicionalmente. El relato de Davidson nos ayuda a volver a entender al neoliberalismo como una forma de régimen político basado en las relaciones de clase, las formas de Estado y el orden internacional.

Podemos preguntarnos si Davidson va lo suficientemente lejos en esta dirección. ¿La acción emblemática del neoliberalismo es la privatización de una industria nacionalizada, o la firma de tratados que refunden la soberanía?

Durante décadas, como parte de un apego melancólico a formas más antiguas del capitalismo, muchos sectores de la izquierda enfrentaron al neoliberalismo presentándolo como un credo económico que podía ser fácilmente reemplazado por políticas más humanas. Esto significaba a menudo tratar a las nuevas formas políticas de la era como características secundarias o incluso benignas. Esto produciría una enorme confusión una vez que esas formas políticas entraran en crisis.

Base social

Uno de los grandes puntos fuertes del relato de Davidson es su separación de la historia neoliberal en dos fases principales: una fase de vanguardia, marcada por los regímenes agresivos del tipo de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, y una fase de consolidación, marcada por el neoliberalismo social del tipo de Bill Clinton y Tony Blair.

Sin embargo, se perdonaría al lector por pensar que los neoliberales sociales lograron esta fase de consolidación principalmente mediante la expresión de palabras amables y sentimientos nobles. Podría ser fácil, desde esta perspectiva, ver a socialdemócratas sucedáneos como Blair no más que como personajes que maquillan a un cerdo, tomando las brutales victorias de la era Thatcher y presentándolas de nuevo como un camino hacia la modernización, el multiculturalismo y el cultivo de estilos de vida modestos.

Cualquier régimen de acumulación exige alguna forma de consentimiento masivo —o al menos de resignación masiva— para el nuevo orden. A pocos en la izquierda les cuesta aceptar esto en relación con eras pasadas de desarrollo capitalista. El orden de posguerra generó esta base a través de diversos medios. Generalmente, éstos implicaron empresas de construcción nacional como el control estatal sobre industrias estratégicas, la extensión de nuevos servicios o provisiones estatales, y el ciclo de partes de la clase obrera hacia industrias emergentes, la generación de la llamada «nueva clase media».

Nuestra tendencia, criticada por Davidson, a considerar al neoliberalismo como una aplanadora demoníaca implica descuidar el lado «positivo» del fenómeno: la construcción del mundo que cualquier régimen de acumulación debe sostener para hacerlo viable. De un vistazo, podemos identificar al menos cuatro procesos importantes, ninguno de los cuales es uniforme en todo el alcance global del neoliberalismo.

El primero es la expansión del sector universitario, tomando como ejemplo el Reino Unido. Los ingresos reales de los proveedores de enseñanza superior en Inglaterra se duplicaron en los treinta años transcurridos hasta 2022/23. Para ese mismo curso académico, el tamaño del alumnado nacional en el Reino Unido alcanzaba casi los tres millones.

Los signos de esta explosión se encuentran por todas partes. Las viviendas para estudiantes transformaron el aspecto de muchas ciudades británicas de provincias, y surgieron microeconomías en torno a los campus en expansión. Junto con el auge de las finanzas, estos son los desarrollos urbanos característicos de la Gran Bretaña neoliberal. Sin embargo, el auge se desbordó. Las instituciones, agobiadas por las deudas, luchan ahora por atraer a estudiantes internacionales lucrativos en medio de las crisis mundiales.

Problemas de género

La expansión del sector universitario está vinculada a otro gran desarrollo: la llamada feminización del sector profesional. En 2017, el 55% de las mujeres británicas asistían a la universidad antes de los treinta años. En la actualidad, una proporción mucho mayor de mujeres que de hombres asiste a la universidad en toda una franja de las economías más avanzadas, incluidos el Reino Unido, Estados Unidos, Canadá, Corea del Sur y Noruega, entre otros.

En el Reino Unido, el empleo femenino se multiplicó por dos y medio entre 1951 y 2018. Las tasas de participación femenina en el mercado laboral aumentaron del 55,5% al 74,2% entre 1971 y 2018. A lo largo del periodo neoliberal, el trabajo femenino se hizo más profesional y de tiempo completo. En 2013, la mano de obra femenina en el Reino Unido era proporcionalmente más profesional que la masculina, con un 21% de todo el empleo femenino y un 19% de todo el empleo masculino en funciones profesionales.

Otro hito se alcanzó en 2023, cuando el salario de las mujeres superó al de los hombres en la franja de edad de veintiuno a veintiséis años en un 2,1 por ciento. Las mujeres son ahora el 51 por ciento de todos los empleados profesionales del Reino Unido con edades comprendidas entre los veintidós y los veintinueve años. Estas cifras eluden una serie de medidas por las que las mujeres siguen estando muy desfavorecidas en el empleo. Pero todas ellas apuntan a un proceso de renovación económica que lleva décadas gestándose y que genera nuevas fuerzas de trabajo y culturas industriales.

Podemos observar el declive de la estabilidad de estos dos pilares —la expansión del empleo profesional femenino y de la educación superior como formas de movilidad social e integración laboral limitadas— en los ataques de la derecha al neoliberalismo. La denigración del empleo femenino como promotor de la crisis demográfica, de la universidad como ámbito de un elitismo mimado e irresponsable, y del empleo profesional como un desperdicio de vida para los «perdedores» de la sociedad, refleja una toma de conciencia por parte de la derecha de las contradicciones del paradigma general, y una capacidad para incorporar estos problemas a una crítica parcial y motivada.

Este proceso está ahora tan avanzado que incluso los reaccionarios más inarticulados y vulgares pueden aprovecharla. ¿Qué otra cosa es la «Matrix» de Andrew Tate sino la constelación del fracasado institucionalismo liberal? Influyentes conservadores como Tate rechazan el mundo «femenino» de las carreras y la educación, ofreciendo en su lugar un culto a aquellos aspectos del neoliberalismo que dieron a luz a conspicuos «ganadores»: prestamistas, rentistas y mercachifles del estilo de vida. Estas nuevas capas de ganadores son a su vez subproductos del tercer y cuarto pilares: la extensión de la propiedad de activos y el crédito.

Inflación de activos

Una vez más, países como el Reino Unido y Estados Unidos, que consolidaron el proyecto neoliberal, lideran la explosión de la riqueza de activos (propiedades, acciones, bonos, etc.). En algunos casos, el más famoso en el Reino Unido, los gobiernos buscaron conscientemente generar una nueva base de propietarios de activos mediante la venta de viviendas públicas y acciones de industrias anteriormente nacionalizadas.

Los ganadores más conspicuos en este caso no fueron el creciente número de propietarios de viviendas. Más bien, la concentración de activos redefinió la riqueza en el siglo XXI, con el abismo entre propiedad y trabajo reforzado por el llamado «capitalismo popular». Al final del proyecto en el Reino Unido, cincuenta familias poseían más riqueza que la mitad de la población: 33,5 millones de personas de clase trabajadora. Empresas multimillonarias de gestión de activos como Blackrock y Vanguard en Estados Unidos se convirtieron en los símbolos internacionales de este cambio.

Un cuarto pilar, que Davidson analiza en mayor profundidad, es la ampliación del crédito y la deuda privada en los hogares de la clase trabajadora. Esto, combinado con la creciente participación de la mano de obra femenina, ayudó a mantener el poder adquisitivo frente a unos salarios estancados o a la baja. En particular, el endeudamiento se disparó tras las crisis neoliberales de 1997 y el colapso de las puntocom a principios de siglo. Los sectores más acomodados de la población activa obtuvieron un acceso más fácil al crédito, que podían garantizar con activos.

Davidson cita un estudio de Citicorp que describe el auge de la «plutonomía», en la que el consumo, la deuda y el ahorro están tan sesgados que hablar de un consumidor «medio» carece de sentido. Las recientes oleadas de inflación pusieron de manifiesto la incapacidad de los políticos para comprender lo fracturada que se ha vuelto la experiencia pública de las dificultades económicas.

Estas últimas tendencias, estrechamente relacionadas con la financiarización, contribuyeron a garantizar un elemento de apoyo o aquiescencia popular al neoliberalismo, argumenta Davidson. Aquellos que alcanzaron una parte desproporcionada de la riqueza y el consumo basados en activos —aunque tales ganancias palidecen al lado de la enorme riqueza de la clase capitalista propiamente dicha— están sobrerrepresentados en las capas sociales que todavía votan regularmente y son más propensos a comprometerse en áreas de responsabilidad descentralizada y localizada.

Davidson sostiene que el neoliberalismo fomentó una sensibilidad populista en parte de la nueva clase media:


Las actitudes neoliberales hacia la masa de la población implican una incómoda combinación de sospechas privadas sobre lo que podrían hacer sin la vigilancia y la represión del Estado, y disquisiciones públicas sobre la necesidad de escuchar al pueblo, siempre que, por supuesto, se le pida a los políticos que escuchen al tipo de pueblo adecuado.

Las formas de democracia subrepresentacional prefiguran así un estilo político demagógico, dirigido por los verdaderos ganadores del régimen neoliberal de acumulación.

Guerreros culturales

La consideración melancólica que tanta gente tiene del orden de posguerra hizo que a menudo se traten sus formas innovadoras como si fueran tendencias seculares y orgánicas y se las asocie con una marcha transhistórica del «progreso» más que a procesos materiales distintos de acumulación de capital. De este modo, se hace posible disociar la fase del «neoliberalismo social» de la historia más amplia de la época.

Los partidarios de esta perspectiva podrían así considerar el supranacionalismo, la descentralización y la ONGización como factores neutrales e inequívocos de la vida moderna. Las consecuencias se hicieron especialmente evidentes a partir de 2016, cuando la reacción de la derecha llevó a gran parte de la izquierda a una defensa reflexiva del institucionalismo liberal.

Las nuevas corrientes de derecha surgidas del neoliberalismo no estaban menos desorientadas. No sólo compartían la fijación en un mundo perdido de capitalismo nacional honorable. También, al igual que la izquierda, habían sido educadas en la cultura del distanciamiento neoliberal de la vida pública. Davidson argumenta que esto moldeó los contornos de la nueva derecha: «Los parámetros cada vez más estrechos de la política neoliberal, donde la elección se restringe a cuestiones “sociales” en lugar de “económicas”, fomentó la aparición de partidos de extrema derecha, normalmente obsesionados con cuestiones migratorias».

También en la izquierda, la política dio paso a campañas monotemáticas, al localismo y a la construcción ad hoc de «comunidades». Davidson indica que estos intentos de imitar la cultura asociativa perdida de las décadas de posguerra reflejaban la lógica del neoliberalismo, su alejamiento de las cargas de la gobernanza nacional y putativamente representativa.

El fenómeno a menudo denominado «guerra cultural» refleja esta fragmentación general de la política. El repliegue hacia la vida privada que permitió el conjunto institucional del neoliberalismo no fue una mera migración espiritual, sino material, arrastrada por la propiedad de pequeños bienes, el crédito barato, la baja inflación y las nuevas trayectorias profesionales.

A medida que cada túnel de escape se fue derrumbando, muchos, especialmente en las capas sociales que antaño tenían aspiraciones, se vieron obligados a salir a la superficie. Sin embargo, carecían del lenguaje para la política como tal, y en su lugar anunciaron su ira y paranoia a través de nuevas identidades tribales. Al final, siempre fue probable que la guerra cultural beneficiara a la nueva derecha, cuyos partidarios pueden permitirse un regodeo en la atomización y la bajeza de las pulsiones privadas y los antagonismos mutuos que corroen la política democrática.

El hecho de que sea Trump, por encima de todos los demás, quien finalmente busque un nuevo orden tantos años después de 2008, indica rasgos seminales del mundo al final del neoliberalismo. Del mismo modo, dice mucho sobre el grado de daño estructural infligido previamente al movimiento obrero el hecho de que los procesos de competencia geoestratégica e intraelitista estén configurando ahora la nueva era, con capas más amplias de la sociedad contribuyendo principalmente al proceso al apartarse de las formas neoliberales de gobierno.

Hay mucha rabia, y el compromiso y la actividad políticos aumentaron, al igual que los choques contra los decrépitos establecimientos de uno u otro tipo. Pero la izquierda existente demostró su falta de voluntad para enfrentarse al neoliberalismo en momentos cruciales. El populismo de izquierda se rompió al entrar en contacto con las instituciones rectoras del proceso neoliberal, como la UE en Europa y el Partido Demócrata en Estados Unidos.

Trump es una figura única para este nuevo fundamento. En toda Europa, los procesos combinados de enervación del Estado, postsoberanía, supranacionalismo y desindustrialización dejaron a los líderes políticos a la deriva, incapaces o poco dispuestos a afrontar la evidente necesidad de un cambio de rumbo. Sin embargo, el cargo de Presidente de Estados Unidos aún conserva un poder real, y Trump está decidido a utilizarlo.

En una fase temprana de su tratamiento del neoliberalismo, Davidson insiste en que la necesaria tarea de identificar distintas eras del capitalismo no debe llevarnos a trazar fronteras rígidas entre ellas. Inevitablemente, cada nueva era arrastra rasgos clave de la anterior. Esto no sólo se aplica a las relaciones más esenciales que sustentan toda la época capitalista, sino también a las tendencias de largo plazo que contribuyen a darle forma a cada subperiodo. El reconocimiento de tales continuidades nos deja con la difícil tarea de identificar la forma en que estas tendencias a largo plazo pueden condicionar las fuerzas a través de las diferentes fases.

El auge de los fondos soberanos, las medidas comerciales agresivas, la deslocalización, el estímulo fiscal y otros métodos «capitalistas de Estado» fueron una característica notable del interregno entre 2008 y el segundo mandato de Trump. Sin embargo, como señaló Alberto Toscano, «los gestos proteccionistas actuales respetan en su mayoría las condiciones límite del neoliberalismo y sus imperativos de clase». La desglobalización y la multipolaridad reflejan las presiones hacia una nueva competencia geopolítica. Pero no muestran signos de invertir realmente la internacionalización del capitalismo.

En condiciones en las que el capital seguirá siendo transnacional, sería burdo permitir que la derecha imponga su propio pronóstico ideológico de un conflicto entre nacionalismo y globalismo. Más bien, podríamos ver el neomercantilismo de Trump —un cambio en la función del Estado hacia la búsqueda agresiva del comercio en condiciones favorables, a expensas de la pretensión de liderazgo global— como una consecuencia de la globalización máxima.

La integración del mercado mundial dio lugar a un competidor de la talla de Estados Unidos en la forma de China, destruyendo la base de las viejas estrategias de Washington de pastoreo de los intereses capitalistas (en última instancia, interesadas y de base nacional, por mucho que esas estrategias, por supuesto, lo fueran). La siguiente mejor opción es la que hizo volar la imaginación de Trump durante muchos años: convertir al Estado más poderoso del mundo de pastor en lobo. De este modo, su visión realista-mercantilista del mundo, por muy a medio formar y errática que sea, desempeña un papel análogo al de las doctrinas de los ideólogos neoliberales de hace tantas décadas.

Aquellos que ven el nuevo orden de Trump como una inversión —el negativo ideológico del neoliberalismo globalizado— probablemente se confundan de la misma manera que aquellos que veían el neoliberalismo como la inversión de una edad de oro socialdemócrata. Este nuevo régimen de acumulación de capital y geopolítica será «globalista» tanto por su alcance como por su naturaleza. También se forjará a través del conflicto, sin un resultado garantizado.


Fuente: JACOBIN

viernes, 7 de febrero de 2025

Entrevista a Pedro Costa Morata sobre Israel

 

      Filósofo, activista, escritor y editor español.


«Israel es un Estado típicamente colonial, construido a partir de una invasión de colonos, movidos por la ideología sionista. En la historia y la realidad de Israel, casi todo es falso o está falseado.»


Pedro Costa Morata (Águilas, 1947) fue educado en los colegios de huérfanos de ferroviarios y orientado hacia la técnica. Tras acabar en Madrid la carrera de Telecomunicación, trabajó cinco años como ingeniero de instrumentación electrónica, abandonando esa profesión para combatir el programa nuclear español, momento al que corresponde Nuclearizar España (1976). Se licenció en Ciencias Políticas y Sociología en 1975 (doctor en 2005) y en Periodismo (1980). Colaborador en Ciudadano, Doblón, Triunfo y El País (1974-1979). De sus obras ecologistas se citan La energía: el fraude y el debate (1978), Hacia la destrucción ecológica de España (1985) o Electromagnetismo (1996). Dedicó casi tres décadas a los proyectos ambientales como consultor (1979-2007), manteniendo un papel significativo en el ecologismo español, periodo recogido en Ecologíada (cien batallas) (2011), y retomando el periodismo como director de Actualidad Árabe y Cuadernos de Ecología. En esos años recorrió el área árabe-mediterránea como periodista y como consultor del Plan de Acción del Mediterráneo, coordinando España-Israel un reencuentro en falso (1987). Ha sido profesor de Ciencia, tecnología y sociedad en la Universidad Politécnica de Madrid (2002-2015) y de Sociología del medio ambiente en la Universidad Pontificia de Salamanca (2002- 2011), con cursos de Doctorado en Guatemala. Sus obras últimas son Manual crítico de cultura ambiental (2021), El agrocantón murciano (tóxico, rebelde, insostenible), Cien Españas, por ejemplo (2022), ¡Rusia es culpable! Cinismo, histeria y hegemonismo en la rusofobia de Occidente (2023) eIsrael. Del mito al crimen (2024). Centramos nuestra conversación en esta última obra.


Israel. Del mito al crimen es el título de su último libro. No hay ninguna duda sobre los crímenes, pero ¿a qué tipo de mito o mitos se refiere?






     En efecto, en la historia y la realidad del Estado de Israel, casi todo es falso o está falseado, ya que no otra cosa es la naturaleza de un mito. Los mitos del Estado de Israel son remotos y recientes, pero todos ellos fundacionales. Los remotos se refieren a las promesas de Yahvé al pueblo hebreo y que recoge la Biblia en el Génesis, fundamentalmente. Es verdaderamente insoportable, por absurdo e incluso grotesco, que un pretendido dios, Yahvé, se permita seleccionar a un pueblo determinado, de entre todos los pueblos de la Tierra, y declararlo Pueblo Elegido; al que le obsequia con la Tierra Prometida, que es de otros y está habitada por otros; y establecer un Pacto Eterno de fidelidad con ese Pueblo: esa Tierra le será suya, y en esa empresa contará con su asistencia indefectible a condición de que a Él solo lo haga objeto de su reconocimiento y adoración, renunciando al politeísmo y la idolatría. Eso no lo puede hacer un Dios como dios manda, ni la inteligencia lo puede aceptar. Solo unos textos redactados ad hoc pueden contener tamaños disparates.

El otro gran mito de tipo «histórico» es el que relaciona al actual Estado de Israel con el pueblo hebreo/judío, ya que la inmensa mayoría de la ciudadanía israelí no es étnicamente judía, sino que procede de la Europa Oriental, donde fue judaizada en tiempos del reino jázaro (existente en los siglos IV-XIII) y donde ya en los largos siglos del Imperio ruso creó la cultura yidis, con su lengua yidis (en gran parte, alemana). De ahí que estos israelíes, los de Israel y la gran mayoría de los esparcidos por todo el mundo son de ascendencia rusa, ucraniana, lituana, alemana, polaca… Shlomo Sand en su espléndido La invención del pueblo judío (2008), explica detalladamente el origen no judeico (es decir, sin vínculos con la Judea histórica desde tiempos romanos o, como mínimo, de la invasión islámica) de la inmensa mayoría de quienes se pretenden judíos en todo el mundo: no existe, para entendernos, un ADN judío, por más que los gobiernos de Israel se empeñen en determinarlo (lo que, lógicamente, no logran). El historiador demuestra que ni hubo «destierro» de Babilonia ni «diáspora» en 70 d. C: los judíos actuales hace mucho que no proceden de Judea/Palestina.

Y, por supuesto, quienes se consideran judíos sefardíes fueron los convertidos durante el Imperio Romano por los misioneros judíos a partir del siglo II a, C; o sea, marroquíes, españoles, italianos, balcánicos… Los israelíes y los «judíos» de fuera de Israel (muchos más que los de dentro) solo pueden ser judíos en sentido religioso o cultural, pero no étnico.

(Algo de chusco tiene que los negros falashas, procedentes de Etiopía y Sudán, pretendan ser judíos étnicos, y que así se los admita en Israel, concediéndoles masivamente la ciudadanía. Los investigadores consideran que fueron convertidos al judaísmo desde el reino de Himyar, árabe y previamente convertido al judaísmo, en el actual Yemen. Y de verdadera película es que se señale el origen de estas poblaciones negras judaizadas como resultado de los amores de Salomón y la reina de Saba, lo que, a más de atribuir realidad a un rey del que la historia no demuestra su existencia, supone negra a la reina de Saba.)

Netanyahu, grandísimo descarado y seguramente ateo (además de criminal sanguinario) gusta decir que «esta tierra es nuestra porque lo dice la Biblia», alardeando de la boutade y dejando en evidencia el hecho innegable de que el Estado de Israel es el resultado de la colonización de Palestina por gente ajena, europea, y la usurpación de tierras, bienes y cultura de sus pobladores (No constituyendo ningún desafuero anotar que debieron ser los países europeos que persiguieron y aniquilaron a los judíos europeos de los años 1940 los que les hicieran un «hueco» territorial soberano, en Europa, donde vivieron durante siglos, para quedar a salvo de futuros atropellos.)

¿Qué tipo de Estado es el Estado de Israel?

Es un Estado típicamente colonial, construido a partir de una invasión de colonos, movidos por la ideología sionista, que pronto se convirtió en violenta y que actuó, desde incluso cuando era pacífica, con vocación de dominio total sobre el territorio y sobre la población autóctona, a la que siempre se propuso expulsar como objetivo esencial de su estrategia. Por eso es la limpieza étnica de palestinos, acometida bien por intimidación y expulsión, bien por aniquilación física, la esencia de este colonialismo (así como de todos los colonialismos de asentamiento: el de las colonias inglesas de Norteamérica, el de Australia, Canadá, Sudáfrica… que anotaron en su historia ignominiosa el genocidio de los naturales).




Es un Estado caracterizadamente racista y supremacista, figurando estos rasgos muy claramente ya en El Estado judío (1896), del fundador del sionismo Theodor Herzl.

Sostiene que la religión hebrea no quiere ser una religión como las demás. ¿Por qué? ¿Dónde radica su singularidad? ¿Qué consecuencias tiene?

La religión hebrea es, como los otros dos monoteísmos próximos –cristianismo e islamismo– exclusivista: se considera la única verdadera, por revelada, y menosprecia las demás, consideradas idolátricas. Ya he dicho lo grotesco que es pretender que has sido elegido por Dios, entre los demás seres de la tierra; y lo curioso que es afirmarte al monoteísmo. Y montar los derechos de una entidad política o estatal sobre fundamentos religiosos, es decir, de fe, es incalificable, y no tiene cabida en el Derecho Internacional.

Los cristianos, de fe o de cultura, tenemos un verdadero problema con esto, ya que el cristianismo tiene un tronco firme en el judaísmo, y hemos mamado y respirado esos mitos religiosos atribuidos a un Yahvé inexplicable, porque han sido fielmente asumidos. Entre otras consecuencias, esto hace que el mundo cristiano tienda a alinearse con Israel y que sus círculos más militantes –la Iglesia Católica contemporizadora y con complejo de culpa, o las enloquecidas confesiones evangélicas– se adhieran, sin más, a las incalificables promesas de Yahvé y, como consecuencia, a sus terroríficos resultados a lo largo de la Historia.

Por estos mitos, sin cabida en derecho, y por los numerosos y terribles crímenes cometidos contra el pueblo allí establecido, antes y después de autoproclamarse independiente, puede decirse de Israel que es un Estado ilegítimo.

¿El sionismo fue siempre un proyecto colonialista? ¿Inglaterra y Francia fueron inicialmente sus principales apoyos?

A gran parte de los sionistas militantes del tiempo de Herzl les daba igual conseguir un territorio seguro en Patagonia, en Uganda o en Madagascar, y así lo contemplaron y llegaron a negociar. Pero pronto, a instancias de los sionistas más decididos, el Congreso Sionista fijó sus ojos en la Palestina turca antes de que acabara el siglo XIX, y hacia ella se lanzaron, considerando que el Sultán accedería a cederles ese territorio. No lo hizo ni admitió una emigración masiva como pretendían los sionistas, pero el Imperio Turco llevaba siglos de debilitamiento y a finales del siglo XIX estaba en manos de las potencias occidentales, singularmente Gran Bretaña, por lo que se dejó influir.

Porque, efectivamente, el sionismo muestra su mayor tiempo de esplendor en el Imperio Británico, ya desde el inicio del siglo XIX. Palmerston, Shafsbury, Disraeli… perciben que un sionismo «territorial» que llegase a instalarse en la Palestina turca/Tierra Prometida, sería un eslabón estratégicamente decisivo en el Camino de la India, y siempre vieron con simpatía (aun siendo antijudíos muchos de sus dirigentes, lo que no ocultaban) en «favorecer» ese asentamiento por esos judíos que lo reclamaban.

¿Los Sykes-Picot y la Declaración Balfour fueron tan importante para los planes sionistas como se suele afirmar?

Por supuesto. Por los Acuerdos Sykes Picot (1916) Gran Bretaña y Francia se repartían el Próximo Oriente turco, ya que se daba por segura la victoria en la guerra; y Londres se reservaba en ellos Palestina. De paso, violaban las promesas hechas a los árabes de Hussein de La Meca en el sentido de que, si se unían a ellos en la guerra contra los turcos, obtendrían al final un Estado árabe unificado con capital en Damasco, en el que entraba Palestina por entero (dejando aparte diferencias sobre los Santos Lugares o el puerto de Haifa).

La Declaración Balfour (1917) fue la formalización de la traición, ya que en ella Gran Bretaña «veía con simpatía» la creación de un Hogar Judío en un territorio sin apenas judíos y todavía bajo dominio turco; anuncio/regalo que el ministro Balfour, en nombre del Gabinete de Su Majestad, dirigía a Lord Rothschild que, aunque judío, carecía de representación política o estatal alguna. Todo un disparate diplomático que solo una potencia imperial, decidida a imponerse, podía perpetrar.

Este es el primero de los tres actos (ilegales) que dan respaldo «legal» al Estado de Israel. El segundo es la reincidencia en el Estatuto del Mandato británico sobre Palestina (1922) de lo del Hogar Judío. Y la tercera, el Plan de Partición de Palestina, perpetrado por la Asamblea General de la ONU (1947); esta solo podía proceder a la autodeterminación de la población autóctona, que incluso tras la masiva emigración de colonos ajenos, era mayoritariamente palestina en esa fecha, pero no a la división territorial y étnica del país. Por eso puede decirse de Israel que es un Estado ilegal.

¿Hubo o no hubo resistencia árabe-palestina cuando supieron los planes sionistas de formación de un nuevo Estado en su territorio?

La suspicacia ante el comportamiento y los fines de los colonos ya se hizo realidad antes de que acabara el siglo. Pero el rechazo, con deslizamiento a la violencia fue cosa ya de los años 1920 y, mucho más en los de 1930, hasta el punto de que en la Gran Revuelta Árabe (1936-1939), se produjeron unas 4.500 víctimas del lado árabe (y muchas menos del lado sionista, como sucedió en todo el proceso de enfrentamiento).

Porque, siempre, las organizaciones árabes se mostraron contrarias a esta emigración, que veían progresivamente orientada a modificar sensiblemente la composición étnica en Palestina. Su oposición creció cuando se convencieron de que el Hogar Judío, que en algún momento pudo considerarse un «alivio territorial» de seguridad, pero sin dominio, se iba a convertir en un Estado exclusivista, con la clara intención de expulsar a sus legítimos habitantes.

Téngase en cuenta que cuando se inician las emigraciones, es decir, la primera aliyah (1881-1882), la población judía de la Palestina turca era de un 5 por 100, que había subido en 1900 al 8 por 100, siendo en ese censo el 80 por 100 árabes musulmanes y el 12 por 100 árabes cristianos.

¿Quiénes alentaron, apoyaron, financiaron la emigración judía a Palestina? ¿Fue importante para lo que vendría posteriormente?

Respecto de la financiación, los Rothschild, en especial la rama francesa, ya estuvieron en la financiación de los primeros asentamientos (granjas) de las décadas de 1880 y 1890. Herzl indicaba, en el libro citado, que dos empresas se encargarían de estos asentamientos: la Society of Jews, de planificación científica y política de las operaciones, y la Jewish Company, con las bien conocidas capacidades de las empresas coloniales de las grandes potencias, a las que imitaba. La primera fase de la colonización fue cosa de financiación privada, por magnates o sociedades benéficas, proceso que fue evolucionando hacia el protagonismo del Fondo Nacional Judío, que centralizaba las adquisiciones en un órgano oficial sionista.

Ya bajo el Mandato británico, en 1923 se creó la Agencia Judía como órgano de representación global de los intereses sionistas ante la Administración británica, y como gobierno local y provisional de esa comunidad supervisaba la gestión de su asentamiento en la tierra palestina: tras la independencia, esa Agencia se llamó Agencia Judía para la Tierra de Israel, que continúa gestionando la emigración y el asentamiento de los llegados (Anótese que, en los últimos años, son más los israelíes que salen del país que los que entran.)

Nunca hubo límite financiero alguno en esta magna estrategia de trasladar cientos de miles de judíos europeos a Palestina, ni supuso freno o corrección alguna ni siquiera en las visiones de Herzl: este se sabía en posesión de la clave financiera de ese proceso, e incluso en El Estado judío reconoce que ese dirigió al Sultán asegurándole que, si cedía Palestina al sionismo, este podría resolver los problemas financieros del Imperio. Así que…

¿Por qué la Unión Soviética apoyó también la resolución de las Naciones Unidas promoviendo la partición de Palestina? Usted mismo cita a Andréi Gromiko como denotado campeón del sionismo y de la constitución del Estado de Israel.

Bueno, en 1947 ya rige la rivalidad soviético-norteamericana, la Guerra Fría va tomando forma y el Próximo Oriente sigue siendo, como a lo largo de la Historia, lugar tradicional de injerencia de las potencias europeas. La Rusia zarista ha insistido con frecuencia en poseer derechos históricos sobre la Tierra Santa cristiana y representar a los fieles ortodoxos rusos en ella; y desde 1917 y la Revolución bolchevique, son numerosos los judíos que actúan con cargos relevantes en la nueva Unión Soviética. En esos tiempos de Stalin, pudo influir, tanto el querer desembarazarse de más y más ciudadanos judío-soviéticos como el no dejar el camino libre a la activa acción diplomática norteamericana en Palestina, a la que respaldada un poder judío bien asentado en las instituciones estadounidenses; o ambas razones a la vez.

En cualquier caso, se trata de mantener una influencia política en la región, y no ceder todos los triunfos a Washington. En 1947, por lo demás, ya está plenamente establecido el dominio en Oriente Próximo de las compañías petroleras norteamericanas, lo que necesariamente anunciaba la posibilidad de intervenciones políticas y militares con el pretexto de salvaguardar sus intereses, y esto ya ponía en guardia a Moscú.

Gromiko, que era en efecto el representante en Naciones Unidas de la URSS justamente en 1946-48 y los dirigentes soviéticos esperaban además que aquel tinte socialista de los pioneros y la gente de Ben-Gurión, podría traducirse en un nuevo Estado aliado en esa parte tan crítica del planeta, y renunciaron a analizar, a fondo y con consecuencias, al sionismo colonialista, aunque se vistiese de aires izquierdistas. El propio Gromiko, ya ministro de Exteriores, tuvo que proceder en 1967 a la ruptura de relaciones con Israel de resultas de la Guerra de los Seis Días, y reconocer, de paso, tan craso error de análisis político, situación que no se restableció sino con la caída de la URSS en 1991.

La formación del Estado judío estuvo precedida y conllevó numerosos actos terroristas. La Checoslovaquia socialista vendió armas a grupos sionistas responsables de matanzas. ¿Nadie fue capaz de darse cuenta de las atroces dimensiones de la Nakba? ¿Las dimensiones del Holocausto lo justificó todo?

Del episodio del suministro masivo de armas checas en el momento en que peligraba la incipiente existencia del Estado de Israel, es decir, en 1948, hay que decir que fue una decisión soviética, tan firmemente comprometida con ese naciente Estado sionista, pero que por ello mismo Moscú no podía aparecer como implicada en el conflicto que se originó y que estaba anunciado; tampoco podía perder definitivamente las relaciones con los Estados árabes de la zona (pese a que fueron derrotados, precisamente, por esas armas).

Estas armas fueron pagadas por una «leva» de numerario aportado por las organizaciones judías norteamericanas, lo que consiguió Golda Meier su un viaje reciente a Estados Unidos. Ben-Gurión, exagerando algo, siempre dijo que, debido a esta gestión exitosa de su más preciada colaboradora, «el Estado de Israel debe a Golda su existencia».

Sobre la Nakba hay que decir que tuvo lugar entre una (discreta) campaña de desinformación de la prensa internacional, en la que dominaba el eslogan israelí de que «marchaban por propia voluntad», ya que los Estados árabes y la resistencia palestina recomendaba a la población palestina la huida de sus casas y tierras para evitar la guerra. La realidad es que, si hubo algo parecido a una consigna de este tipo, era la contraria: que aguantaran en sus pueblos y aldeas, ya que estaba previsto acabar en poco tiempo con el neonato Estado de Israel.

La guerra actual persigue, como objetivo sionista, eliminar la mayor población palestina posible de los territorios ocupados, en primer lugar, Gaza. El «Plan D» de marzo de 1948, que planificaba la expulsión masiva de palestinos una vez declarado el Estado de Israel, no pudo ser cumplido entonces y los responsables israelíes aprovechan la ocasión, siempre que pueden, para recordar que queda en gran medida pendiente, ya que la Nakba quedó incompleta. Desde Gaza, pese a la oposición de Egipto y a que no hay ningún territorio contiguo que pueda servir de destino, habrá de expulsarse un importante contingente de población civil, pronto sabremos cuanta. Se dice, y debe creerse, que ya hacen cola futuros nuevos colonos fanáticos para ir entrando en las tierras útiles de Gaza que el ejército israelí considere «despejadas» y definitivamente «recuperadas», que en principio serán las del extremo norte de la Franja.

Y, por supuesto, influyeron en que el mundo consintiera con indiferencia el crimen contra los palestinos las imágenes del Holocausto, y las manipulaciones que de este se hicieron ya desde los primeros momentos (mientras los Estados europeos y Estados Unidos se negaban a recibir judíos escapados del horror nazi), y contaron como principales lenitivos ante las exacciones sionistas. Norman Finkelstein en La industria del Holocausto (2014), aclara importantes aspectos sobre este asunto y, sobre todo, la perversa conversión en negocio de –esencialmente– chantaje y coacción que es en lo que se han convertido las reclamaciones, inacabables, de las organizaciones judías ante Estados y Bancos europeos.

¿Cuál la fue la posición de Einstein, a quien se ofreció la presidencia de Israel tras la muerte de Weizmann, ante la formación del nuevo Estado?

Pues muy clara y lógica. Él iniciaba la explicación de su postura en este asunto diciendo que se sentía científico, pero no político, y que reconocía su falta de habilidad para tratar con la gente. Como no era nacionalista, no podía entender al sionismo colonialista ni aprobó el proceso de creación del Estado de Israel. Y como se sentía ciudadano del mundo, no podía aceptar el trato deparado a los palestinos, por lo que era partidario de dos Estados. Era un científico bien distinto del eminente químico Weizmann, primer presidente del Estado de Israel y sionista fanático, al que no quiso suceder.

¿A partir de qué momento pasó a ser Estados Unidos el principal defensor y apoyo del Estado sionista? ¿Por el petróleo y por tener un aliado muy fiel en la zona?

En realidad el apoyo incondicional norteamericano, sobre todo en lo militar, se data en la Guerra de los Seis Días (más claramente, incluso a partir de ella que durante). Eisenhower había parado los pies a Isael, a alas potencias coaligadas, Reino Unido y Francia en la operación de Suez (1956) y ni siquiera Kennedy se mostraba incondicional, ni mucho menos.

Lo que no impide reconocer que, frente al conflicto en sus diversas fases previas, la simpatía oficial norteamericana, trabajada por el lobby y la prensa, estaban mayoritariamente del lado sionista. Durante el proceso de autodeclaración de independencia y meses y años después, los Departamentos de Estado y de Defensa no dejaron de mostrar su disconformidad con la Casa Blanca acerca de este apoyo o tendencia a alinearse con las posiciones israelíes, ya que se enajenaba las relaciones con los Estados árabes y esto lo consideraban fatal. Estos Departamentos se unieron activamente a los agentes internacionales que consideraban un error garrafal la Resolución 181 de la Asamblea General, de partición de Palestina, y trataron de deshacerla y volver atrás (con la furiosa respuesta israelí que –sin más consideración– asesinó al enviado especial de la ONU, Folke Bernadotte, que trabajaba en la corrección de las más evidentes injusticias de esa decisión).

Cita en el libro en varias ocasiones la obra de Ilan Pappé. ¿Qué opinión le merece la obra del historiador israelí?

Cito en mi trabajo a varios autores israelíes, historiadores y arqueólogos, la mayoría de los cuales viven y trabajan en el propio Israel y sus universidades teniendo que afrontar una hostilidad académica y política atosigante. Pero Ilan Pappé sí tuvo que abandonar su país porque ahí su vida corría peligro, instalándose en la universidad inglesa de Exeter, donde lleva a cabo un trabajo ejemplar, de máxima lealtad intelectual, lo que le lleva a poner en evidencia los crímenes de Israel. Uno de sus trabajos más útiles, aunque no sea el más profundo, es Los diez mitos de Israel (2019), rotundo y pedagógico, altamente recomendable. Pero tanto La limpieza étnica de Palestina (2014), como La cárcel más grande de la tierra (2018), son textos dignos del más atento estudio; entre otros, siempre valiosos y oportunos.


Ilan Pappé

Vaya para Ilan Pappé la expresión de mi admiración y también de mi agradecimiento, ya que sus libros me han resultado esenciales para entender y escribir sobre este asunto.

¿De dónde y por qué de ese menosprecio extendido por lo árabe y el prestigio de lo israelí en muchos países occidentales?

En mi libro, en el punto 3.5 («Menosprecio de lo árabe, prestigio de lo israelí»), llamo la atención sobre esa visión, tan generalizada y asumida, que contempla a los judíos/israelíes como superiores (más listos, más inteligentes, más ricos, más influyentes), ya que así se contemplan desde Occidente.

En principio, hay que atribuir esta percepción a que por razones religiosas y culturales estamos integrados en la tradición judeocristiana, transformada esencialmente en occidental, que es supremacista y que establece diferencias, siempre a nuestro favor, con todos los pueblos, culturas y religiones del mundo; y menosprecia, de modo especial, al Islam y al mundo árabe. Esto está absolutamente generalizado, guste o no, es una forma de racismo difuso pero activo, contradice la antropología (la ciencia) y no ha hecho más que incrementarse a lo largo de los siglos XX y XXI, en gran medida por nuestro alineamiento, también generalizado, con Israel, lo que conlleva dedicar nuestra hostilidad a sus propios enemigos. Parece mentira que los españoles, que en buena medida también hemos sido musulmanes durante siglos, y nos ufanamos de las glorias culturales del Califato, nos alineemos con esa estupidez de consecuencias tan nefastas.

Es el occidentalismo, enfermedad madura del hegemonismo, construido de mitos, manipulaciones y crímenes, el que necesita justificarse declarando a media humanidad indeseable o, cuando menos, inferior o inadaptada. No deja de resultar curioso que al Estado de Israel se le incluya en el área cultural y política de Occidente, definiéndose tan semita como lo puedan ser los Estados y los pueblos árabes, pero apropiándose de la acusación de antisemita como principal arma defensiva/ofensiva contra cualquier crítico o enemigo (pese a que ya hemos dicho que apenas tiene reminiscencias semíticas, a diferencia, precisamente, del mundo árabe). Y también ha de tomarse en cuenta que, siendo los israelíes en su gran mayoría y origen europeos orientales, y especialmente rusos, sean considerados «occidentales», mientras que a los rusos y a la Rusia actual se les tacha, hoy más que nunca, de «orientales», incluso «asiáticos».

¿Fue Edward Said, como a veces se ha dicho, un izquierdista utópico y soñador, incapaz de comprender la correlación real de fuerzas? ¿Oslo fue una trampa como sostuvo el intelectual palestino-norteamericano?

Precisamente es Said uno de los intelectuales que con mayor entrega extendió sus análisis sobre el problema árabe-israelí a clarificar el abuso y la estupidez de la visión occidental sobre el mundo árabe-islámico, cosa que hizo en su Orientalismo (1997), un trabajo que pone en evidencia las miserias –históricas, ideológicas, culturales, políticas– de nuestro arrogante mundo occidental, con sus pretendidos «valores» superiores (que nos negamos a reconocer que la historia nos los traen bañados en sangre).

Yo a Said lo veo como todo lo contrario de un izquierdista utópico y soñador, porque conoce muy bien las dimensiones del problema y la malevolencia de Occidente al enfocarlo y tratarlo. Es, con mayor propiedad, un muy realista erudito que tiene parte de la radical injusticia que pesa sobre su pueblo (él nació en la Jerusalén árabe) y sostiene su posición con gran número de textos admirables, de muy alto rigor y sin apenas pasión. No dudó en polemizar con miembros del potente establishment projudío norteamericano, sin levantar la voz, como quien dice, pero con argumentos imbatibles en derecho, moral y justicia.

¿Qué opinión le merece la figura de Yasir Arafat? ¿Y la de Georges Habash? De una resistencia laica a una resistencia musulmana en apenas 25 años. ¿Cómo se explica la evolución ideológica de la resistencia palestina?

Mi aprecio hacia la gran mayoría de las figuras de la resistencia palestina es inmenso, y no cede ante el empeño de Occidente de criminalizarlos como terroristas, zaherirlos como idealistas y poco menos que acusarlos de ser merecedores de su destino y del de su pueblo. Hay que ser miserables para asumir así la tragedia palestina.

Por supuesto que tanto a Arafat como Habache, Hawatmeh y otros líderes de menor relevancia la historia les confiere un patetismo evidente, principalmente porque el resultado de sus esfuerzos ha resultado escaso, con fracaso general respecto del cumplimiento de sus derechos –los señalados por el Derecho internacional, por cierto– ante el poder militar de Israel y el desprecio (con frecuentes traiciones) de Occidente. Su soledad, así como la de su pueblo, tanto frente a los Estados árabes hermanos como ante la Comunidad internacional, pero sobre todo por la infatigable hostilidad y ambición de Israel, ha de pasar a la Historia como heroica.

Otra cosa es que, por la indestructible coalición de Israel con Estados Unidos (más las potencias europeas, en las ocasiones en que estas han intervenido), el largo e irregular proceso negociador haya resultado catastrófico, pero no se puede dejar de lado que este es un conflicto militar y de fuerzas que son extremadamente diferentes, con neta inferioridad palestina. Israel ha marcado con la agresión y la guerra su historia, sabiendo perfectamente que solo recurriendo el lenguaje de la fuerza conseguiría hacerse con Palestina y expulsar, humillar y asesinar a cientos de miles de palestinos. Y solo con ese lenguaje se puede negociar con Israel.

Cuando aparece Hamás en los territorios palestinos ocupados, tras una operación de inteligencia israelí para «tintar y oscurecer» de islamismo una lucha laica y democrática que era la de la OLP y que parecía ganar posiciones en el mundo (años de la primera Intifada), los líderes emergentes se consideren de alguna forma islamistas pero –error israelí– antes de nada, absolutamente palestinos, y no dudan en perfilar su propia estrategia de combate contra –por supuesto– Israel. Y como el Islam tiende a ser «globalista» en las sociedades que domina, fusionando política, derecho, milicia y cultura, acaba convirtiéndose en la principal fuerza social de los territorios palestinos, y por eso ganó las elecciones legislativas de 2006, frente a la adocenada Autoridad Nacional Palestina (ANP), lamentable consecuencia de los humillantes Acuerdos de Oslo.

El que la ANP respondiera con un golpe de Estado, expulsando de Cisjordania a la organización de Hamás tras una breve pero cruenta guerra civil, obligándola a refugiarse en la Franja de Gaza, elevó singularmente su prestigio, que consolidó haciéndose cargo de la administración de Gaza en condiciones penosas y arriesgadas, teniendo además que hacer frente, sin doblegarse, a las frecuentes incursiones israelíes. No creo que sea relevante señalar el (en gran medida sobrevalorado) carácter islamista de Hamás en la organización predominante de la resistencia palestina. Frente a la arrogancia y los crímenes de Occidente con su empeño en subyugar el Oriente musulmán (que procede, no lo olvidemos, de las Cruzadas…), la respuesta islamista ha sido la única capaz –religiosa, ética y militarmente– de enfrentársele, y no solo en Palestina, claro.

Occidente lo tiene claro: se trata de fanatismo religioso, de insulto a los derechos humanos, de criminales sin conciencia… sin mirarse a sí mismo. Hamás es –islamista o no– un típico movimiento de liberación anticolonial, como tantos lo han sido, por supuesto en la tradición de resistencia palestina, pero también en África y Asia, recurriendo a la violencia porque solo así se puede expulsar a las potencias coloniales, de violencia sistemática y de práctica habitual del terror. Los cantamañanas que califican de terrorista a Hamás prefieren ignorar la Historia, enrocarse en los valores occidentales y hacer de lacayos del poder israelí.

La acción de Hamas y la resistencia palestina del pasado 7 de octubre de 2023, ¿fue un acto terrorista en su opinión? Visto lo visto, muerte, destrucción, aniquilación, genocidio, ¿fue un error? ¿Pensaron mal la reacción del Estado israelí?

En el libro califico la acción de Hamás del 7 de octubre como «más política que militar», y espero que pueda dar resultados políticos positivos, y uno de ellos es que Israel podrá ser destructivo y sanguinario, pero no invencible, ni puede garantizar la seguridad y tranquilidad de sus ciudadanos, lo que es un golpe neto al supremacismo israelí y a los principios de su existencia. La previsión que pudieron hacer los combatientes acerca de la respuesta vengativa de Israel no pudo ser la exacta, pese a saber muy bien que se enfrentaban a un Gobierno y un Estado fascistas –es decir, violentos, racistas, expansionistas– protegidos por las potencias occidentales. Pensemos que el régimen nazi fue demoledor, pero duró solo doce años; en cambio, el sionismo lleva casi cien años de violencia y crímenes en Palestina y su entorno.

Hamás y las otras organizaciones que se unieron para el ataque –que, siendo palestino y antiisraelí siempre es defensivo– calcularon el grado de hundimiento a que había llegado la causa palestina y tuvieron que actuar; esta fue una de las causas, según muchos analistas. El (cuasi) pintoresco asunto de que Israel, con sus maravillosos servicios de inteligencia, no pudo ignorar la preparación del ataque nos remite (sea cual sea la verdad) a ese prejuicio al que antes aludíamos, y que retrata a los árabes y a la resistencia palestina como inferiores e incapaces.

¿Qué opinión le merece la cláusula usada por muchos mandatarios occidentales: «Israel tiene derecho a defenderse»? ¿Tiene ese derecho Israel ante la acción del 7 de octubre?

No es Israel un Estado que se someta a derecho en su actividad política internacional, ni que en su historial haya respetado ningún derecho de los demás, riéndose de la Carta de la ONU, las convenciones sobre la guerra, los refugiados, etc., y es pecar de imprudencia dolosa atribuir derechos a un Estado tal.

Pero no hay que ser jurista, sino simplemente humano sensato, para estimar que el «derecho a defenderse» solo se lo puede arrogar quien es agredido, invadido, ocupado y humillado; pero no quien agrede, invade, ocupa y humilla, como es el caso de Israel en cuanto a potencia colonial que se apropia de un territorio que es de otros.

¿Qué fuerzas, qué países están ayudando realmente a la lucha del pueblo palestino? ¿Hezbolá es un nudo esencial?

En la pavorosa soledad del pueblo palestino frente a la potencia israelí, que busca aniquilarlo –si no físicamente del todo, sí políticamente por completo– tanto Israel como sus aliados optan por calificar de terroristas a las únicas organizaciones que le prestan su apoyo, como son Hezbolá o las milicias hutíes de Yemen; y a la República islámica de Irán, que apoya a sus aliados chiíes de Hezbolá y que sufre ataques y humillaciones continuas de Israel, se le sanciona y se le advierte y amenaza si eleva su nivel de respuesta contra Israel.

La organización Hezbolá, en especial, representa a una gran parte del pueblo libanés soberano, fue creada durante la invasión israelí del Líbano de 1982 como respuesta militar, y constituye en la actualidad el único poder consistente –social, político, militar– y de futuro en el panorama y la estructura de un país que, debido a su vecindad con Israel y lo que con ello le viene acarreando, ha de considerarse prácticamente fallido. Israel siempre ha querido controlarlo o dominarlo, generalmente creando y financiando milicias y partidos cristianos a su servicio. Y en su mapa del Eretz Israel figura todo el sur del Líbano, hasta el río Litani incluyendo Tiro, como parte integrante de la promesa divina de la Tierra Prometida.

Hamás y Hezbolá son invencibles por más que sufran, y se renovarán continuamente por el odio que generan los crímenes de Israel; y este Estado sabe que nunca vivirá en paz.

¿Desde cuándo es Israel un estado atómico? ¿Qué país o países le ayudaron en la construcción de la bomba? ¿Por qué sigue ocultando su poder nuclear? ¿Ve al actual gobierno israelí capaz de usar ese armamento?

Se data en los años inmediatamente siguientes a la Guerra de los Seis Días, es decir, hacia 1968-1970, la construcción de la bomba israelí, pero el programa científico-técnico que conduciría a ella se inició en los primeros años del nuevo Estado bajo el impulso decidido de Moshé Dayán, ministro de Defensa y héroe de la Guerra de los Seis Días, y –al parecer– en contra de los primeros ministros Levy Eschkol y Golda Meier. En este proceso destacó la colaboración con Francia desde que esta regaló a Israel un pequeño reactor en 1956 en compensación a ciertos servicios anteriores de tipo químico-nuclear. Las instalaciones nucleares israelíes se sitúan en el complejo de Dimona, en el desértico Neguev, pero la fase esencial, la de lograr el uranio enriquecido, se cubrió mediante el robo en operaciones especiales y secretas en Estados Unidos, Reino Unido, Francia y Alemania cuyos Gobiernos, con muy escasa credibilidad, negaron haber colaborado en ello.

Las pruebas en la atmósfera de esta bomba se realizaron en los mares cercanos a la Sudáfrica racista, en colaboración con este Estado y con Taiwán en septiembre de 1979 y diciembre de 1980. Se considera que hoy Israel ya ha acumulado centenares de bombas atómicas en sus silos, pero su rechazo a reconocerlo, así como a adherirse al Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP, 1988), hacen imposible una información fidedigna.

Israel no admite que ningún país de su entorno adquiera el arma nuclear. En 1981 su aviación destruyó un reactor iraquí que se consideraba parte del plan nuclear de Bagdad, y desde entonces su fijación por Irán le hace asesinar, uno a uno, a todos los principales protagonistas del plan nuclear iraní. Además de hacer fracasar cualquier intento de entendimiento entre las potencias occidentales e Irán, con control estricto de sus instalaciones nucleares, que el régimen de los ayatolás siempre ha asegurado que son civiles, orientadas a la generación de energía eléctrica.

Le cito por extenso: «La propuesta del Estado palestino junto al Estado judío actualmente carece de valor efectivo, ya que para que fuera creíble, viable y, sobre todo, justa, sería necesario: (1) doblegar la política exclusivista y anexionista de Israel, lo que es imposible hoy por hoy; (2) enmendar en buena parte la Historia, corrigiendo la realidad actual territorial con la expulsión de militantes y colonos de los territorios ocupados, lo que es imposible hoy por hoy; (3) reconocer que la Resolución de Partición, en 1947, de la Palestina británica, fue una decisión catastrófica de la ONU y que hay que rectificar, lo que es imposible hoy por hoy (4); reconocer el derecho de los palestinos expulsados en 1948, y después, a retornar a sus casas y tierras, con recuperación de sus bienes expoliados, lo que es imposible hoy por hoy; (5) que se llegue a discutir sobre la solución más justa, lógica y prometedora, que es la de un Estado palestino con dos naciones, árabe y judía, de tipo federal, democrático, no alienado y sobre todo el territorio antiguamente británico, es decir, la vuelta a 1947, lo que imposible hoy por hoy; y (6) que se desposea a Israel del arma atómica que guarda desde los años 1960, lo que es imposible hoy por hoy.» De acuerdo, pero … ¿qué posición le parece realista y justa de defender a día de hoy?

Pues sí, Israel no deja más opción que su voluntad y el lenguaje de la fuerza. Pero la catastrófica historia de este Estado, esencialmente injusto, obliga a la humanidad (más que a la Comunidad internacional…) a desandar lo andado al menos en parte, y a regresar a la falsa e injusta disyuntiva de 1947: dos Estados étnicos diferenciados o un único Estado laico con dos pueblos o nacionalidades, de tipo federal. La negativa palestino-árabe a la partición se basaba en exigir, a la luz de la Sociedad de Naciones y de la ONU, la autodeterminación y la independencia para la población autóctona. No cabe paz en la región si no se llega al reconocimiento de un Estado único en el que traten de instalarse, con vigilancia y tutela internacional, dos pueblos que deberán tener como principal objetivo sanar las profundas heridas producidas mutuamente. Por supuesto que hay que abrir –esta vez, con justicia– las puertas de ese nuevo país al regreso de los cientos de miles de expulsados en 1948 y 1967 que quieran y puedan volver, y reconocer la mayoría palestina.

No me merece el menor respeto quien predica la «solución de los dos Estados», como es propuesta generalizada en la UE e incluso los Estados Unidos (con la negativa israelí también a esto), porque esa propuesta añade más humillación a los palestinos, dotándolos de un Estado perfecta y radicalmente inviable.

El título del apéndice de su libro: «España ambigua frente a Israel abominable». ¿Está España a la altura de las circunstancias? ¿Qué opinión le merecen las posiciones que mantienen las fuerzas políticas españolas frente al genocidio?

España no suele estar nunca a la altura de las circunstancias en política exterior, pasando de un lacayato a otro y actuando, en consecuencia, por delegación. Así ha sucedido, singularmente, en nuestras intervenciones militares desde la derrota de 1898, en las que siempre hemos sido agresores con algún respaldo. En este caso de Israel, nos lanzamos a las órdenes de Occidente en 1986 reconociendo a un Estado sobre el que nadie tenía dudas acerca de su papel infame en la escena internacional, y apelando, aparentemente, a la real politik. Respecto de Israel, reconozco que me sorprende la alineación del Gobierno de Pedro Sánchez con los Estados que señalan a Israel como culpable de genocidio ante el Tribunal Internacional de Justicia; es un gesto que compromete y ha de valorarse.

El reconocimiento diplomático del Estado de Palestina también aparenta ser positivo (después de que más de un centenar de Estados ya lo haya hecho, bien es verdad); proponer los dos Estados como «solución» al conflicto significa, sin embargo, ceñirse a los límites que los aliados le marcan, y que el propio Israel consiente aun sin voluntad de respetar.

Y con respecto a la posición de las fuerzas políticas ante el evidente genocidio perpetrado en Gaza, el inevitable rechazo no pasa (salvo escasas excepciones desde la izquierda) del nivel de las quejas y los lamentos horrorizados, pero que ni siquiera se piden sanciones a la UE o los Estados Unidos. Resultan más fuertes los aspavientos contra Rusia en su guerra con Ucrania, pese a que su virulencia e insania es infinitamente menor. No hay sintonía entre la generalidad de la clase política y la más que abrumadora mayoría del pueblo español, que en este asunto lo tiene claro, con traición de la primera.

No abuso más. Muchísimas gracias por su magnífico libro y por sus documentadas respuestas. Todo un honor para mí.


Fuente: ESPAIMARX