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sábado, 26 de julio de 2025

La crisis del saber

 

       Integrante del Colectivo de docentes Leonardo Posada Pedraza- William Agudelo.


El saber debería ser entendido como la poética del mundo: un lugar, en términos heideggerianos, en el que el sentido es otorgado no por aquello que se observa y se toca, sino por lo que podemos interpretar de lo materialmente existente



   El simbolismo de lo real implica un ejercicio de apropiación del saber que existe sobre lo real, las formas en que se interpreta dicha realidad, pero también las formas como esta ha sido construida en esa relación indiscutible entre el tiempo y el espacio. Allí donde el tic-tac del tiempo se expresa, ha de existir la posibilidad de construir un saber sobre la realidad que busque expresar de manera directa las relaciones dadas: el poder, la pobreza, la explotación, pero sobre todo la tríada humano-tiempo-espacio.




Karl Marx, en El Capital, buscó comprender la manera en que las relaciones dadas por un tipo concreto de producción incidían y se expresaban de forma directa en variables tan concretas como el salario, la ganancia y la existencia de algo conocido como mercancía. Sin embargo, lograr dicha descripción de la realidad en la que habitaba no solo requería un saber en términos de lo teórico y conceptual, también implicaba interpretar aquellas relaciones que se daban entre el burgués y el proletariado, al tiempo que se leían aquellas variables que incidían en el proletariado de forma individual, y en el burgués de la misma forma.




De esta manera, lo simbólico emerge de lo real, y lo real se materializa a través de un saber, en donde el saber se convierte en poesía, no entendida únicamente como la forma literaria de la expresión, sino como la combinación entre emoción, conocimiento y ritmo, o lo que es lo mismo, tiempo.

En este sentido, la mortalidad humana —esa indiscutible finitud del ser en su lucha con el tiempo— implica necesariamente que ningún ser humano puede lograr concebir el mundo como ente total. Es imposible entender y expresar todo lo que pasa en el mundo, y mucho menos en el universo; para ello se requiere sumar, y no como mero ejercicio acumulativo, múltiples saberes que han de tener como fin comprender y poetizar la realidad.




Sin embargo, en la actualidad —y sé muy bien que es un lugar común— la acumulación de saber pareciera desligarse de este ejercicio, en donde el objetivo no es comprender aquello que ocurre, sino simplemente extender y ampliar las múltiples interpretaciones que pueden existir sobre un mismo objeto. Y si bien algunos plantearán que no existe diferencia alguna entre interpretar y comprender, he de decir que su diferencia es tan amplia como la distancia que puede existir entre contar el contenido de un film y verlo directamente.

En los últimos años, nos hemos venido quedando simplemente con interpretaciones vagas. El saber es cada vez más repetitivo y menos poético. Se distancia cada vez más de aquella relación inicial en la que todo saber buscaba dar explicación a lo materialmente existente, para convertirse en una relectura de las explicaciones de lo materialmente existente. De esta manera, se legitima cada vez más cualquier tipo de posición sobre la realidad, llegando al punto de negar elementos que se observan como ciertas máximas del pensamiento humano.

Ahora bien, si bien no todo saber es ley, esto implica que, en la misma medida, todo saber ha de ser construido y constituido desde un marco de comprensión de la realidad tan amplio que limite al máximo las posibles inconsistencias a las que cualquier humano puede estar expuesto. Sin embargo, negar desde el absurdo, negar la existencia misma de lo real, configura cada vez más la mentira como verdad.

Aquí se encuentra, pues, que existe una intencionalidad por parte de algunos sectores sociales de instituir el saber como mera construcción mítica, como interpretación de mundo y no como comprensión del mismo. Puesto que la interpretación puede tender de forma mucho más sencilla y simple hacia la mentira y la imposición de la subjetividad sobre la racionalidad, desvirtuando incluso los ejercicios lógicos como línea de acción, para imponer como ley la validación etérea de cualquier tipo de idea.

Hace unos días, se pudo observar cómo fue otorgado el premio Princesa de Asturias al escritor coreano Byung – Chul Han, supuestamente por sus aportes al pensamiento. Sin embargo, nada más distante de ello, pues sus más grandes aportes han sido los lugares comunes de la interpretación y la repetición de lo que ya se ha dicho. Allí, nuevamente, no existe un saber poético como comprensión de la realidad y su ritmo, simplemente una interpretación de las interpretaciones que ya han sido dadas en el pasado.

En definitiva, nos acercamos cada vez más a una crisis del saber. No solo comprendiendo esto como una crisis de la ciencia, sino como una crisis del ser en cuanto ser: ese enfrentamiento a la realidad que nuestros antepasados enfrentaron a través del mito y la leyenda, hoy lo vemos enfrentado no a través de la construcción de lecturas mágico-religiosas, sino a través de mentiras tan absurdas y tan repetitivas que terminan por convertirse en expresiones de la “verdad”.

El desarrollo de nuevas tecnologías, que permiten interpretar ingentes cantidades de información en muy corto tiempo y de forma bastante exacta, no pareciera facilitar de manera real las actividades humanas. Por el contrario, implica perder la capacidad de adquirir el saber del que hablamos, implica reducir la posibilidad de comprender la realidad y, por ende, de expresar aquello que se comprende. Decir que vivimos en la edad de la desesperanza no pasaría de un lugar común; sin embargo, pareciera lo contrario: se ha desarrollado una esperanza excesiva soportada en el valor de la mentira y en la validación automática de cualquier tipo de afirmación que se realice sobre la realidad.

Existe una premisa, impresa ampliamente en las obras de Paulo Freire: para transformar el mundo es necesario comprenderlo. Pero, nuevamente, comprenderlo es muy diferente a solo interpretarlo. Por ello, entre menos relación tengamos con la construcción del saber, menos comprenderemos la materialidad de la realidad, y así mismo, más dóciles y proclives a la mentira seremos.


Fuente: Rebelión

domingo, 13 de julio de 2025

Pero al menos el capitalismo es libre y democrático, ¿no?

 

 Por Erik Olin Wright   
      Fue profesor de sociología en la Universidad de Wisconsin – Madison.



Puede parecer así, pero la libertad y la democracia verdaderas no son compatibles con el capitalismo


     Muchas personas dan por sentado que la libertad y la democracia están indisolublemente ligadas al capitalismo. Milton Friedman, en su libro Capitalismo y libertad, llegó incluso a afirmar que el capitalismo era condición necesaria para ambas.

Es cierto que la aparición y la expansión del capitalismo trajeron consigo una enorme expansión de las libertades individuales que, con el tiempo, abrieron paso a su vez a luchas populares por formas más democráticas de organización política. Por lo tanto, la afirmación de que el capitalismo obstaculiza fundamentalmente tanto la libertad como la democracia puede resultar, en principio, algo extraña.




Decir que el capitalismo restringe el florecimiento de estos valores no significa argumentar que el capitalismo ha ido en contra de la libertad y la democracia en todos los casos. Más bien, es a través del funcionamiento de sus procesos más básicos que el capitalismo genera graves déficits tanto de libertad como de democracia que nunca podrá remediar. El capitalismo ha promovido la aparición de ciertas formas limitadas de libertad y democracia, pero impone un techo bajo a su realización ulterior.

En el núcleo de estos valores se encuentra la autodeterminación: la creencia de que las personas deben poder decidir las condiciones de su propia vida en la mayor medida posible. Cuando la acción de una persona solo afecta a esa persona, entonces ella debe poder realizar esa actividad sin pedir permiso a nadie más. Este es el contexto de la libertad. Pero cuando una acción afecta la vida de otras personas, entonces estas otras personas deben tener voz y voto en la actividad. Este es el contexto de la democracia. En ambos casos, la preocupación primordial es que las personas mantengan el mayor control posible sobre la forma que tomará su vida.




En la práctica, básicamente todas las decisiones que toma una persona tienen algún efecto sobre los demás. Es imposible que todos contribuyan a todas las decisiones que les afectan, y cualquier sistema social que insistiera en una participación democrática tan amplia impondría una carga insoportable a las personas. Por lo tanto, lo que necesitamos es un conjunto de normas que distingan entre las cuestiones de libertad y las de democracia. En nuestra sociedad, esta distinción se suele hacer en función de la frontera entre la esfera privada y la pública.

No hay nada natural ni espontáneo en esta línea divisoria entre lo privado y lo público; es forjada y mantenida por procesos sociales. Las tareas que implican estos procesos son complejas y a menudo controvertidas. El Estado impone enérgicamente algunas fronteras entre lo público y lo privado y deja que otras se mantengan o se disuelvan como normas sociales. A menudo, la frontera entre lo público y lo privado sigue siendo difusa. En una sociedad plenamente democrática, la propia frontera es objeto de deliberación democrática.

El capitalismo construye la frontera entre las esferas pública y privada de una manera que limita la realización de la verdadera libertad individual y reduce el alcance de una democracia significativa. Hay cinco formas en las que esto se hace evidente.

1. «Trabajar o morir de hambre» no es libertad

El capitalismo se basa en la acumulación privada de riqueza y la búsqueda de ingresos a través del mercado. Las desigualdades económicas que se derivan de estas actividades «privadas» son intrínsecas al capitalismo y crean desigualdades en lo que el filósofo Philippe van Parijs denomina «libertad real». Sea lo que sea lo que entendamos por libertad, debe incluir la capacidad de decir «no». Una persona rica puede decidir libremente no trabajar por un salario; una persona pobre sin medios de subsistencia independientes no puede hacerlo tan fácilmente.




Pero el valor de la libertad va más allá. Es también la capacidad de actuar positivamente sobre los planes de vida de uno mismo, de elegir no solo una respuesta, sino la pregunta misma. Los hijos de padres ricos pueden realizar prácticas no remuneradas para avanzar en su carrera profesional; los hijos de padres pobres, no. El capitalismo priva a muchas personas de la libertad real en este sentido. La pobreza en medio de la abundancia existe debido a una ecuación directa entre los recursos materiales y los recursos necesarios para la autodeterminación.




2. Los capitalistas deciden

La forma en que se traza la frontera entre las esferas pública y privada en el capitalismo excluye del control democrático decisiones cruciales que afectan a un gran número de personas. Quizás el derecho más fundamental que acompaña a la propiedad privada del capital es el derecho a decidir invertir y desinvertir estrictamente en función del interés propio.


Miembros del Partido Socialista de América en una marcha de 1914. 

La decisión de una empresa de trasladar la producción de un lugar a otro es un asunto privado, aunque tenga un impacto radical en la vida de todas las personas de ambos lugares. Incluso si se argumenta que esta concentración de poder en manos privadas es necesaria para la asignación eficiente de los recursos, la exclusión de este tipo de decisiones del control democrático destruye inequívocamente la capacidad de autodeterminación de todos, excepto de los propietarios del capital.

3. El horario de nueve a cinco es una tiranía

Las empresas capitalistas pueden organizarse como dictaduras en el lugar de trabajo. Un componente esencial del poder del propietario de una empresa es el derecho a decir a los empleados lo que tienen que hacer. Esa es la base del contrato de trabajo: el solicitante de empleo se compromete a seguir las órdenes del empleador a cambio de un salario.




Por supuesto, el empleador también es libre de conceder a los trabajadores una autonomía considerable y, en algunas situaciones, esta es la forma de organizar el trabajo que maximiza los beneficios. Pero esa autonomía se concede o se niega a voluntad del propietario. Ninguna concepción sólida de la autodeterminación permitiría que la autonomía dependiera de las preferencias privadas de las élites.

Un defensor del capitalismo podría responder que un trabajador al que no le gusta la forma de actuar de su jefe siempre puede dimitir. Pero dado que los trabajadores, por definición, carecen de medios de subsistencia independientes, si renuncian tendrán que buscar un nuevo empleo y, en la medida en que los puestos de trabajo disponibles se encuentren en empresas capitalistas, seguirán estando sujetos a las órdenes de un jefe.

4. Los gobiernos deben servir a los intereses de los capitalistas privados

El control privado sobre las principales decisiones de inversión ejerce una presión constante sobre las autoridades públicas para que aprueben normas favorables a los intereses de los capitalistas. La amenaza de la desinversión y la movilidad del capital está siempre presente en los debates sobre políticas públicas, por lo que los políticos, independientemente de su orientación ideológica, se ven obligados a preocuparse por mantener un «buen clima empresarial».

Cualquier discurso sobre los valores democráticos caerá en saco roto mientras una clase de ciudadanos tenga prioridad sobre todas las demás.

5. Las élites controlan el sistema político

Por último, los ricos tienen más acceso que los demás al poder político. Esto ocurre en todas las democracias capitalistas, aunque la desigualdad del poder político basada en la riqueza es mucho mayor en algunos países que en otros. Los mecanismos específicos para este mayor acceso son muy variados: contribuciones a campañas políticas, financiación de actividades de presión, redes sociales de élite de diversos tipos, sobornos directos y otras formas de corrupción. En Estados Unidos, no solo los individuos ricos, sino también las empresas capitalistas, no enfrentan restricciones significativas en su capacidad de utilizar recursos privados con fines políticos. Este acceso diferencial al poder político invalida el principio más básico de la democracia.

Estas consecuencias son endémicas del capitalismo como sistema económico. Esto no significa que no puedan mitigarse en ocasiones en las sociedades capitalistas. En diferentes épocas y lugares, se han establecido muchas políticas para compensar la deformación de la libertad y la democracia que provoca el capitalismo.

Se pueden imponer restricciones públicas a la inversión privada de manera que se erosione la rígida frontera entre lo público y lo privado; un sector público fuerte y formas activas de inversión estatal pueden debilitar la amenaza de la movilidad del capital; las restricciones al uso de la riqueza privada en las elecciones y la financiación pública de las campañas políticas pueden reducir el acceso privilegiado de los ricos al poder político; la legislación laboral puede reforzar el poder colectivo de los trabajadores tanto en la esfera política como en el lugar de trabajo; y una amplia variedad de políticas de bienestar pueden aumentar la libertad real de quienes no tienen acceso a la riqueza privada.

Cuando las condiciones políticas son adecuadas, las características antidemocráticas y restrictivas de la libertad del capitalismo pueden paliarse, pero no eliminarse. Domesticar el capitalismo de esta manera ha sido el objetivo central de las políticas defendidas por los socialistas en las economías capitalistas de todo el mundo. Pero para que la libertad y la democracia se realicen plenamente, no basta con domesticar el capitalismo. Hay que superarlo.


Fuente: JACOBIN