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domingo, 14 de diciembre de 2025

La paradoja de la globalización de China

 

 Por Richard Baldwin   
       Profesor de Economía Internacional en el Instituto de Altos Estudios de Ginebra y Director del Centro de Investigación de Política Económica de Londres.

Introducción

     China es la única superpotencia manufacturera del mundo, como señalé explícitamente hace un tiempo (Baldwin 2024) y otros han confirmado (García-Herrero 2025, Ritchie 2025).


China es ahora la primera potencia manufacturera del mundo.

El país produce más de un tercio de la producción manufacturera mundial. Su producción supera a la de los ocho siguientes mayores productores juntos.


Xi Jinping sobre un fondo más propio de la época de la llamada 'Revolución Cultural' en China.


No todo el mundo sabe hasta qué punto China es dominante en el ámbito de la producción. Pero casi todo el mundo sabe lo dominante que es en el ámbito de las exportaciones.


Alegoría goyesca de 'Saturno devorando a su hijo'.

¿Sabías que China se ha ido cerrando económicamente desde mediados de la década de 2000, según los índices de apertura estándar? ¿Sabías que la industria manufacturera china no depende especialmente de las exportaciones?

Esa es la paradoja de China:

· ¿Cómo puede dominar en el extranjero y, al mismo tiempo, depender menos de las exportaciones?

· ¿Cómo puede China ser, al mismo tiempo, la fábrica del mundo y menos dependiente de las exportaciones que la mayoría de las naciones industrializadas?

Ese es el tema del Factful Friday de hoy.

Los hechos

Veamos primero el dominio de China en la industria manufacturera mundial, como muestra el gráfico siguiente (panel izquierdo). Hoy en día, China produce más de un tercio de todos los productos manufacturados. Eso es más que los ocho siguientes mayores productores juntos. Los datos proceden de la OCDE (2023); véase también ONUDI (2024).

En comparación, Estados Unidos, Japón y Alemania son potencias medias frente a la superpotencia china (gráfico de la derecha). La cuota mundial de Estados Unidos es aproximadamente un tercio de la de China. Japón y Alemania tienen la mitad de la cuota mundial de Estados Unidos.




El gráfico no muestra este dato, pero la realidad es que más de la mitad de la producción manufacturera de China consiste en insumos industriales. Si se desmonta casi cualquier producto comprado en casi cualquier país del mundo, es casi seguro que contendrá piezas chinas, incluso si no se ha fabricado en China.

También es el principal exportador

China es también el principal exportador mundial de bienes, por delante de la UE y Estados Unidos. Su cuota de las exportaciones mundiales es enorme.

Pero fíjese en algo importante en el gráfico: su dominio en las exportaciones es en realidad un extremo inferior al de su dominio en la producción. En otras palabras, las fábricas chinas tienen un peso aún mayor en la producción mundial que en el comercio mundial. Es la fábrica del mundo, pero no toda esa fábrica está orientada a los mercados extranjeros. Esa es la primera pista que apunta a la resolución de la paradoja.




La relación entre las exportaciones y la producción de China aumentó, pero ha disminuido desde 2005

Los gráficos de apertura lo dejan aún más claro. La cuota de la producción manufacturera china que se exporta y la cuota del valor añadido manufacturero vendido en el extranjero aumentaron considerablemente hasta mediados de la década de 2000 y luego comenzaron a descender.




Hoy en día, esos ratios se sitúan mucho más cerca de los niveles estadounidenses (la línea negra del panel izquierdo) que de la imagen de una plataforma de exportación ultraabierta.

En comparación con otros grandes productores, China se parece más a una gran economía continental —como la de Estados Unidos— que vende mucho en el mercado interno y mucho en el extranjero, que a una economía altamente dependiente de las exportaciones, como Alemania o Corea del Sur.




Paradoja resuelta

La forma de resolver la paradoja es dejar de fijarse únicamente en los niveles de exportación y centrarse en la carrera entre las exportaciones y la producción.

En los primeros años del auge de la globalización de China, las exportaciones crecieron más rápido que la producción manufacturera. Cada año, una parte cada vez mayor de lo que producían las fábricas chinas se enviaba al extranjero, por lo que aumentaron las medidas de apertura. Esa es la China que la mayoría de la gente en Washington todavía tiene en mente: una economía impulsada por las exportaciones cuyas fábricas están orientadas de forma abrumadora hacia los mercados extranjeros.

Sin embargo, desde mediados de la década de 2000, la carrera ha dado un giro. La producción manufacturera, especialmente para el mercado interno, ha crecido incluso más rápido que las exportaciones. Las exportaciones han seguido aumentando en términos absolutos y la cuota de China en las exportaciones mundiales ha seguido creciendo, pero las ventas internas y las cadenas de suministro internas han crecido aún más rápido. Cuando la producción supera a las exportaciones, la cuota exportada debe disminuir. Eso es realmente lo que significa el «cierre»: no un retroceso del mundo, sino una señal de que el propio mercado de China se ha vuelto tan grande y dinámico que absorbe una parte cada vez mayor de lo que producen sus fábricas.




Resumen

La paradoja de la globalización de China es fácil de explicar. Por un lado, se ha convertido en la única superpotencia manufacturera del mundo y en el principal exportador de productos manufacturados. Por otro lado, las medidas estándar de apertura muestran que exporta una proporción menor de su producción que a mediados de la década de 2000 y que depende menos de las exportaciones que sus homólogos.

La resolución es aún más fácil de explicar. Si las exportaciones de productos manufacturados de China crecían como un incendio forestal, su producción manufacturera crecía como una tormenta de fuego. China, como se puede ver, es su mejor cliente para la producción manufacturera.

Las exportaciones de China están aumentando rápidamente, y eso es lo que ve la mayoría de la gente en el mundo. Ven un rendimiento exportador campeón del mundo. El rendimiento exportador chino gana la medalla de oro. Pero lo que menos gente ve es que el rendimiento productivo de China, desde mediados de la década de 2000, ha sido aún más impresionante. Si hubiera una medalla por encima del oro, el rendimiento productivo de China la habría ganado cada año durante décadas.

Esto solo puede significar una cosa. Una parte cada vez mayor de lo que fabrica China se vende ahora en el mercado interno en lugar de en el extranjero.

Observaciones finales

Estas simples realidades tienen importantes implicaciones.

Los hechos deberían replantear su forma de pensar sobre la experiencia de globalización de China y su exposición al sistema comercial mundial en general, y a las importaciones estadounidenses en particular.

China sigue estando profundamente integrada en el comercio mundial, pero también es un vasto mercado interno que puede absorber gran parte de lo que fabrican sus fábricas. En ese sentido, deberíamos pensar en China más como en Estados Unidos: una economía continental gigante que comercia mucho, pero que es su mejor cliente. La China desesperadamente dependiente de las exportaciones de principios de la década de 2000 ya no existe.

Por supuesto, cerrar las exportaciones chinas hundiría la economía china, pero también hundiría la economía mundial, incluida la economía estadounidense. Al fin y al cabo, las cadenas de suministro son esposas ("handcuffs") de oro.

Esto tiene una importante implicación para la política arancelaria. Los aranceles sobre los productos chinos siguen perjudicando a determinadas empresas, sectores y cadenas de suministro, pero no afectan a una economía frágil y dependiente de las exportaciones como muchos en Washington parecen imaginar. Una China que vende una parte importante y creciente de su producción en el mercado interno es menos vulnerable a las medidas fronterizas y más capaz de redirigir la producción hacia su propio mercado o hacia socios no estadounidenses.

Los guerreros comerciales que siguen luchando contra la antigua China impulsada por las exportaciones corren el riesgo de juzgar erróneamente la influencia económica que tienen sobre la China actual.


Fuente: sinpermiso

sábado, 26 de julio de 2025

La crisis del saber

 

       Integrante del Colectivo de docentes Leonardo Posada Pedraza- William Agudelo.


El saber debería ser entendido como la poética del mundo: un lugar, en términos heideggerianos, en el que el sentido es otorgado no por aquello que se observa y se toca, sino por lo que podemos interpretar de lo materialmente existente



   El simbolismo de lo real implica un ejercicio de apropiación del saber que existe sobre lo real, las formas en que se interpreta dicha realidad, pero también las formas como esta ha sido construida en esa relación indiscutible entre el tiempo y el espacio. Allí donde el tic-tac del tiempo se expresa, ha de existir la posibilidad de construir un saber sobre la realidad que busque expresar de manera directa las relaciones dadas: el poder, la pobreza, la explotación, pero sobre todo la tríada humano-tiempo-espacio.




Karl Marx, en El Capital, buscó comprender la manera en que las relaciones dadas por un tipo concreto de producción incidían y se expresaban de forma directa en variables tan concretas como el salario, la ganancia y la existencia de algo conocido como mercancía. Sin embargo, lograr dicha descripción de la realidad en la que habitaba no solo requería un saber en términos de lo teórico y conceptual, también implicaba interpretar aquellas relaciones que se daban entre el burgués y el proletariado, al tiempo que se leían aquellas variables que incidían en el proletariado de forma individual, y en el burgués de la misma forma.




De esta manera, lo simbólico emerge de lo real, y lo real se materializa a través de un saber, en donde el saber se convierte en poesía, no entendida únicamente como la forma literaria de la expresión, sino como la combinación entre emoción, conocimiento y ritmo, o lo que es lo mismo, tiempo.

En este sentido, la mortalidad humana —esa indiscutible finitud del ser en su lucha con el tiempo— implica necesariamente que ningún ser humano puede lograr concebir el mundo como ente total. Es imposible entender y expresar todo lo que pasa en el mundo, y mucho menos en el universo; para ello se requiere sumar, y no como mero ejercicio acumulativo, múltiples saberes que han de tener como fin comprender y poetizar la realidad.




Sin embargo, en la actualidad —y sé muy bien que es un lugar común— la acumulación de saber pareciera desligarse de este ejercicio, en donde el objetivo no es comprender aquello que ocurre, sino simplemente extender y ampliar las múltiples interpretaciones que pueden existir sobre un mismo objeto. Y si bien algunos plantearán que no existe diferencia alguna entre interpretar y comprender, he de decir que su diferencia es tan amplia como la distancia que puede existir entre contar el contenido de un film y verlo directamente.

En los últimos años, nos hemos venido quedando simplemente con interpretaciones vagas. El saber es cada vez más repetitivo y menos poético. Se distancia cada vez más de aquella relación inicial en la que todo saber buscaba dar explicación a lo materialmente existente, para convertirse en una relectura de las explicaciones de lo materialmente existente. De esta manera, se legitima cada vez más cualquier tipo de posición sobre la realidad, llegando al punto de negar elementos que se observan como ciertas máximas del pensamiento humano.

Ahora bien, si bien no todo saber es ley, esto implica que, en la misma medida, todo saber ha de ser construido y constituido desde un marco de comprensión de la realidad tan amplio que limite al máximo las posibles inconsistencias a las que cualquier humano puede estar expuesto. Sin embargo, negar desde el absurdo, negar la existencia misma de lo real, configura cada vez más la mentira como verdad.

Aquí se encuentra, pues, que existe una intencionalidad por parte de algunos sectores sociales de instituir el saber como mera construcción mítica, como interpretación de mundo y no como comprensión del mismo. Puesto que la interpretación puede tender de forma mucho más sencilla y simple hacia la mentira y la imposición de la subjetividad sobre la racionalidad, desvirtuando incluso los ejercicios lógicos como línea de acción, para imponer como ley la validación etérea de cualquier tipo de idea.

Hace unos días, se pudo observar cómo fue otorgado el premio Princesa de Asturias al escritor coreano Byung – Chul Han, supuestamente por sus aportes al pensamiento. Sin embargo, nada más distante de ello, pues sus más grandes aportes han sido los lugares comunes de la interpretación y la repetición de lo que ya se ha dicho. Allí, nuevamente, no existe un saber poético como comprensión de la realidad y su ritmo, simplemente una interpretación de las interpretaciones que ya han sido dadas en el pasado.

En definitiva, nos acercamos cada vez más a una crisis del saber. No solo comprendiendo esto como una crisis de la ciencia, sino como una crisis del ser en cuanto ser: ese enfrentamiento a la realidad que nuestros antepasados enfrentaron a través del mito y la leyenda, hoy lo vemos enfrentado no a través de la construcción de lecturas mágico-religiosas, sino a través de mentiras tan absurdas y tan repetitivas que terminan por convertirse en expresiones de la “verdad”.

El desarrollo de nuevas tecnologías, que permiten interpretar ingentes cantidades de información en muy corto tiempo y de forma bastante exacta, no pareciera facilitar de manera real las actividades humanas. Por el contrario, implica perder la capacidad de adquirir el saber del que hablamos, implica reducir la posibilidad de comprender la realidad y, por ende, de expresar aquello que se comprende. Decir que vivimos en la edad de la desesperanza no pasaría de un lugar común; sin embargo, pareciera lo contrario: se ha desarrollado una esperanza excesiva soportada en el valor de la mentira y en la validación automática de cualquier tipo de afirmación que se realice sobre la realidad.

Existe una premisa, impresa ampliamente en las obras de Paulo Freire: para transformar el mundo es necesario comprenderlo. Pero, nuevamente, comprenderlo es muy diferente a solo interpretarlo. Por ello, entre menos relación tengamos con la construcción del saber, menos comprenderemos la materialidad de la realidad, y así mismo, más dóciles y proclives a la mentira seremos.


Fuente: Rebelión