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sábado, 26 de julio de 2025

La crisis del saber

 

       Integrante del Colectivo de docentes Leonardo Posada Pedraza- William Agudelo.


El saber debería ser entendido como la poética del mundo: un lugar, en términos heideggerianos, en el que el sentido es otorgado no por aquello que se observa y se toca, sino por lo que podemos interpretar de lo materialmente existente



   El simbolismo de lo real implica un ejercicio de apropiación del saber que existe sobre lo real, las formas en que se interpreta dicha realidad, pero también las formas como esta ha sido construida en esa relación indiscutible entre el tiempo y el espacio. Allí donde el tic-tac del tiempo se expresa, ha de existir la posibilidad de construir un saber sobre la realidad que busque expresar de manera directa las relaciones dadas: el poder, la pobreza, la explotación, pero sobre todo la tríada humano-tiempo-espacio.




Karl Marx, en El Capital, buscó comprender la manera en que las relaciones dadas por un tipo concreto de producción incidían y se expresaban de forma directa en variables tan concretas como el salario, la ganancia y la existencia de algo conocido como mercancía. Sin embargo, lograr dicha descripción de la realidad en la que habitaba no solo requería un saber en términos de lo teórico y conceptual, también implicaba interpretar aquellas relaciones que se daban entre el burgués y el proletariado, al tiempo que se leían aquellas variables que incidían en el proletariado de forma individual, y en el burgués de la misma forma.




De esta manera, lo simbólico emerge de lo real, y lo real se materializa a través de un saber, en donde el saber se convierte en poesía, no entendida únicamente como la forma literaria de la expresión, sino como la combinación entre emoción, conocimiento y ritmo, o lo que es lo mismo, tiempo.

En este sentido, la mortalidad humana —esa indiscutible finitud del ser en su lucha con el tiempo— implica necesariamente que ningún ser humano puede lograr concebir el mundo como ente total. Es imposible entender y expresar todo lo que pasa en el mundo, y mucho menos en el universo; para ello se requiere sumar, y no como mero ejercicio acumulativo, múltiples saberes que han de tener como fin comprender y poetizar la realidad.




Sin embargo, en la actualidad —y sé muy bien que es un lugar común— la acumulación de saber pareciera desligarse de este ejercicio, en donde el objetivo no es comprender aquello que ocurre, sino simplemente extender y ampliar las múltiples interpretaciones que pueden existir sobre un mismo objeto. Y si bien algunos plantearán que no existe diferencia alguna entre interpretar y comprender, he de decir que su diferencia es tan amplia como la distancia que puede existir entre contar el contenido de un film y verlo directamente.

En los últimos años, nos hemos venido quedando simplemente con interpretaciones vagas. El saber es cada vez más repetitivo y menos poético. Se distancia cada vez más de aquella relación inicial en la que todo saber buscaba dar explicación a lo materialmente existente, para convertirse en una relectura de las explicaciones de lo materialmente existente. De esta manera, se legitima cada vez más cualquier tipo de posición sobre la realidad, llegando al punto de negar elementos que se observan como ciertas máximas del pensamiento humano.

Ahora bien, si bien no todo saber es ley, esto implica que, en la misma medida, todo saber ha de ser construido y constituido desde un marco de comprensión de la realidad tan amplio que limite al máximo las posibles inconsistencias a las que cualquier humano puede estar expuesto. Sin embargo, negar desde el absurdo, negar la existencia misma de lo real, configura cada vez más la mentira como verdad.

Aquí se encuentra, pues, que existe una intencionalidad por parte de algunos sectores sociales de instituir el saber como mera construcción mítica, como interpretación de mundo y no como comprensión del mismo. Puesto que la interpretación puede tender de forma mucho más sencilla y simple hacia la mentira y la imposición de la subjetividad sobre la racionalidad, desvirtuando incluso los ejercicios lógicos como línea de acción, para imponer como ley la validación etérea de cualquier tipo de idea.

Hace unos días, se pudo observar cómo fue otorgado el premio Princesa de Asturias al escritor coreano Byung – Chul Han, supuestamente por sus aportes al pensamiento. Sin embargo, nada más distante de ello, pues sus más grandes aportes han sido los lugares comunes de la interpretación y la repetición de lo que ya se ha dicho. Allí, nuevamente, no existe un saber poético como comprensión de la realidad y su ritmo, simplemente una interpretación de las interpretaciones que ya han sido dadas en el pasado.

En definitiva, nos acercamos cada vez más a una crisis del saber. No solo comprendiendo esto como una crisis de la ciencia, sino como una crisis del ser en cuanto ser: ese enfrentamiento a la realidad que nuestros antepasados enfrentaron a través del mito y la leyenda, hoy lo vemos enfrentado no a través de la construcción de lecturas mágico-religiosas, sino a través de mentiras tan absurdas y tan repetitivas que terminan por convertirse en expresiones de la “verdad”.

El desarrollo de nuevas tecnologías, que permiten interpretar ingentes cantidades de información en muy corto tiempo y de forma bastante exacta, no pareciera facilitar de manera real las actividades humanas. Por el contrario, implica perder la capacidad de adquirir el saber del que hablamos, implica reducir la posibilidad de comprender la realidad y, por ende, de expresar aquello que se comprende. Decir que vivimos en la edad de la desesperanza no pasaría de un lugar común; sin embargo, pareciera lo contrario: se ha desarrollado una esperanza excesiva soportada en el valor de la mentira y en la validación automática de cualquier tipo de afirmación que se realice sobre la realidad.

Existe una premisa, impresa ampliamente en las obras de Paulo Freire: para transformar el mundo es necesario comprenderlo. Pero, nuevamente, comprenderlo es muy diferente a solo interpretarlo. Por ello, entre menos relación tengamos con la construcción del saber, menos comprenderemos la materialidad de la realidad, y así mismo, más dóciles y proclives a la mentira seremos.


Fuente: Rebelión

jueves, 30 de enero de 2025

‘Israel: del mito al crimen’, un libro sobre la fanfarria criminal sionista

 

      Entrevista al autor, Pedro Costa Morata.


El 7 octubre de 2023 grupos armados de militantes palestinos lanzaron un ataque contra Israel que respondió, poco después, con una de las campañas de bombardeos más destructivas de la historia moderna e invadió Gaza con los objetivos declarados de destruir a Hamás y liberar a los rehenes, y provocando la muerte de unas 45.000 personas, en su gran mayoría civiles, entre ellos más de 17.000 niños. Ante las magnitudes del conflicto, visitamos a Pedro Costa Morata (Águilas, Murcia, 1947), para conversar sobre su libro Israel. Del mito al crimen’ (El Viejo Topo), en el que resume desmenuzada toda la historia del Estado de Israel, las bases religiosas que “justifican” su existencia, su creación en los territorios gestionados por Gran Bretaña y las distintas guerras a través de las que se ha producido su expansión territorial, hasta el actual genocidio en Gaza.


Pedro Costa Morata, autor del libro ‘Israel, del mito al crimen’.



     Cómo esperábamos, visitar el lugar donde desarrolla su trabajo este ingeniero, sociólogo y periodista, ecologista de la primera época (antinuclear), fundador y primer presidente del Grupo Ecologista Mediterráneo (1977-81), profesor de la Universidad Politécnica de Madrid (2002-15) y de la Universidad San Carlos de Guatemala (2015-2019), consultor del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (1988-94) y Premio Nacional de Medio Ambiente (1998), nos desborda: varias habitaciones pobladas de libros, sus fuentes de documentación, leídos, subrayados y repletos de citas, nos llevan a pensar que conoce al dedillo el conflicto histórico Israel-Palestina; por eso vamos a por todas y nos vamos a los orígenes para desgranar muchos mitos.


¿Es la Biblia el principal documento que utiliza Israel como base para la legitimidad de su creación como Estado? ¿Por qué dices que “quieren forzar lo que ni antropológica, sociológica o políticamente se puede confirmar”?. Pones en tela de juicio incluso el Pentateuco y utilizas la arqueología como entidad certificadora.


Israel, y concretamente sus principales líderes, por ejemplo, Netanyahu, suelen decir que sus derechos sobre el territorio de Israel se basan “en la Biblia y la Declaración Balfour”, aludiendo a dos referencias que, por el contrario, constituyen “fundamentos” de ilegitimidad, la Biblia, y de ilegalidad, la Declaración Balfour.

Recurrir a la Biblia, desde luego, es grotesco, ya que, por una parte, carece de entidad histórica porque es literatura religiosa, mística o pseudo histórica, pero ningún historiador, arqueólogo o antropólogo serio puede utilizarla para justificar un Estado, ni el Derecho Internacional puede reconocer que las creencias religiosas puedan, o deban, dar lugar a construcciones estatales. La legislación internacional reconoce el derecho de todo ser humano a expresar y practicar sus creencias religiosas, pero no a utilizarlas en el ámbito de lo político, que debe ser, por su propia naturaleza, laico.

El Pentateuco –Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio– se redacta durante el reinado de Josías de Judá (639-609 a. C.), pretendiendo magnificar la historia del pueblo hebreo/judío ante el inminente peligro del dominio babilonio, estimulando así la moral de defensa y de lucha. Esos libros, sobre todo los dos primeros, carecen, de arriba abajo, de rigor e interés histórico.

Por supuesto, la Arqueología no ha podido demostrar ninguno de los contenidos de esos libros pretendidamente históricos. Se citan, como ejemplos gráficos, que ni la salida de Egipto de miles de hebreos huyendo del faraón ni el paso del Mar Rojo ni la peregrinación del Sinaí durante 40 años han dejado huella material arqueológica alguna, ni referencia escrita de la parte de reinos o imperios vecinos: es todo literatura imaginaria, incluyendo Moisés, claro, y cuanto se le atribuye en lo político o lo religioso.

En mi libro insisto en la aberración que supone en el imaginario religioso hebreo (que inventa el Génesis) que un dios, Yahvé, seleccione un pueblo, de entre miles, para designarlo Pueblo Elegido y le regale la Tierra Prometida, habitada por otras gentes; y todo ello a cambio de que ese pueblo le rinda adoración y fidelidad como Dios exclusivo y único. Esas fantasías solo pueden ser “fundamento” de ilegitimidad y burla, y de nada más.


¿Por qué afirmas que Israel además de un Estado colonial es racista desde su origen?


Es colonial porque el Estado de Israel se construyó con la emigración masiva de judíos europeos, con la expresa intención de incrementar la presencia étnica, que a principios del siglo XX era de un 8% del total de habitantes de la Palestina turca y que, en 1945, tras la Segunda Guerra Mundial, ya había superado el 30%. Esa emigración de colonos que ambicionaban y cultivaban la tierra se ciñó perfectamente al modelo colonial clásico, con la única –e infame– diferencia de que no era un poder político el que lo organizaba, sino un poder privado, las organizaciones judías, que lo impusieron al poder político británico, responsable del Mandato de Palestina a partir de la Primera Guerra Mundial.

Y es racista porque desde las primeras formulaciones ideológicas como se recoge en El Estado judío, de Theodor Herzl, 1896, y como estrategia sistemática, se basó en la convicción de superioridad cultural, económica y política de los judíos sobre la población autóctona, prohibiendo la relación, incluso la laboral, con esos habitantes.


¿Qué papel tuvo el Imperio Británico en el surgimiento del sionismo?


Fue un papel trascendental, ya que en el siglo XIX Gran Bretaña mostró un interés creciente por controlar territorios turcos del Próximo Oriente, esenciales en el Camino de la India, y por eso se crea el Consulado de Jerusalén en la década de 1830. Pero los británicos anglicanos siempre consideraron que era justo que se materializara la promesa bíblica de la Tierra Prometida para el pueblo judío. No debe dejarse de lado que los británicos supremacistas estimaron que era buena cosa expedir sus judíos a algún territorio ajeno y distante. Recuérdese que la primera negociación británica con el sionismo colonizador, con el fin de regalarle un territorio de asentamiento, trató de Uganda, siendo Palestina una opción posterior.


Puedes aclararnos por qué dices que la Declaración Balfour fue una traición internacional.


Porque consistió en la promesa (luego cumplida) del “establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío”, formulada el 2 de noviembre de 1917, cuando todavía el territorio era turco y faltaba un año para que finalizara la guerra. Y dirigida a Lord Rothschild, un político que era solo un notable de la comunidad judía británica, pero sin representación política alguna, y menos estatal. Consiste, pues en un triple disparate político-diplomático: 1. Regalar un territorio no propio, que se espera conquistar, a una entidad ajena a este. 2. Materializar esta entrega/promesa, en un individuo sin la representación adecuada. Y 3. Ignorar la presencia y los derechos de la población allá asentada.

Nada de esto cabe en Derecho Internacional, y solo fue una imposición imperialista de neto abuso de poder y de menosprecio de derechos políticos fundamentales de los pueblos que pasaron del dominio turco al británico.


Tú sostienes que la Nakba de 1948 fue “un exilio voluntario que no fue tan voluntario”.


Yo niego, como cualquier historiador riguroso, que aquella emigración masiva, de unos 730.000 palestinos, tuviera nada de voluntaria, ya que, en primer lugar, nadie abandona su tierra y su pueblo sin verse obligado a ello por alguna circunstancia; y sobre todo porque esa expulsión estaba prevista y minuciosamente preparada en el Plan Dalet, de marzo de 1948, que a su vez ya había sido prefigurado por un reducido grupo de líderes sionistas –políticos, militares y académicos– diez años antes. Para un poder colonial que pretende dominar para siempre un territorio, la reducción de elementos autóctonos es prioritario, y siempre los sionistas lo tuvieron presente como línea primerísima de acción política. Y la siguen teniendo, ya que lo ideal para el sionismo israelí es eliminar la mayor cantidad de palestinos, tanto del propio Estado como de los territorios ocupados, bien por expulsión, bien por genocidio.


¿Qué papel tiene el lobby judío de Estados Unidos para mantener este proyecto sionista?


Lo que entendemos por lobby judío es un conjunto de organizaciones judías norteamericanas que apoya incondicionalmente al Estado de Israel (aun con perjuicio de los intereses norteamericanos, como observan muchos analistas) y se sustenta en el inmenso poder económico de los dirigentes e instituciones que a sí mismas se consideran judías, y que a través del tiempo han llegado a formar la estructura económico-financiera del país.

Este poder hace que, como suele decirse y considerarse, ningún norteamericano que quiera hacer carrera política en ese país puede prescindir de la aquiescencia del lobby judío y, en la mayoría de los casos, de su financiación. Esto hace que Estados Unidos sea una especie de “dominio sionista” (y no al revés, como suele pensarse: que Israel es una “colonia estadounidense”), ya que ese lobby está directa y firmemente dirigido, y seguramente controlado, desde Israel. La realidad es que Estados Unidos es el guardián, o gorila, de Israel, siendo indiscutible que el entrelazamiento de intereses de todo tipo es casi perfecto.

Sea el mundo económico-financiero, sea el de propaganda (Hollywood, la prensa), sea el informático-digital, se trata de propiedades de nombre judío que caracterizan el poder económico norteamericano y que se alinean sin quiebra ni excepción alguna –alimentando financieramente a Israel, a través de fondos públicos o propios– con el sionismo y sus crímenes.


Israel ha utilizado la guerra y la colonización como herramientas para anexionar territorios palestinos, ha violado sistemáticamente el Derecho Internacional y la Comunidad Internacional parece que siempre ha mirado para otro lado. ¿Ha sido siempre así?


En efecto, siempre ha sido así, o casi siempre, desde el momento en que, en su creación con el funesto Plan de Partición de Naciones Unidas, de diciembre de 1947, las potencias vencedoras desde el Consejo de Seguridad y los dos tercios necesarios de miembros de la Asamblea General así lo votaran.

En el libro recojo las circunstancias de esa votación, que no hubiera sido posible sin la obsesiva intervención de Estados Unidos: a Francia se le amenazó con quedar fuera del Plan Marshall si no votaba a favor, y a los Estados necesarios para cubrir el número de 33 necesarios de los 56 entonces existentes, los esbirros de Washington forzaron la mano a una decena de ellos. Aquello fue otro disparate generador de esa ilegalidad intrínseca del Estado de Israel, ya que la Asamblea General no estaba habilitada, según la Carta de las Naciones Unidas, para partir territorialmente un Mandato recibido de la Primera Guerra Mundial, sino para darle la independencia tras un proceso de autodeterminación.

La protesta de los cinco Estados árabes de entonces y de alguno otro musulmán, y su petición de que esa Partición insólita fuera dictaminada por el Tribunal Internacional de Justicia, fueron desoídas. Aquellos actos de la Organización de Naciones Unidas, que entonces echaba a andar, fueron ilegales, impuestos por la acción de las potencias, especialmente Estados Unidos. De la Unión Soviética hay que decir que estuvo tan firmemente adherida a la Partición como Estados Unidos (trataría de enmendar su error, demasiado tarde, cuando rompió relaciones diplomáticas con Israel tras la Guerra de los Seis Días, alineándose decididamente con la causa árabe-palestina).


Esta gran “campaña de marketing” desde el Génesis ha tenido su fruto, ¿verdad? La comunidad occidental mira siempre con malos ojos a los pueblos árabes, “somos racistas y supremacistas hacia lo árabe”, un pueblo inculto y de terroristas. Hemos olvidado que Israel también tuvo sus propios grupos terroristas como Irgún, con Menájem Beguín, quien llegó a ser primer ministro, y el grupo Lehi, los ‘Luchadores por la Libertad de Israel’, más conocidos como ‘La banda de Stern’, con Isaac Shamir.


En el libro describo, en el provocador epígrafe Todos somos Israel, hasta qué punto el mundo de cultura occidental se siente naturalmente impulsado a seguir y justificar a Israel, lo que ha de llenarnos de vergüenza e infamia. Esto se debe a que nuestro occidentalismo es esencialmente judeocristiano, y no resulta nada fácil desprendernos de esa realidad, que a la luz de la historia, no debemos dudar en considerarlo una maldición para la Humanidad.

A esta impronta –mucho más que un ramalazo (aparentemente) religioso-cultural– hay que añadir que esa tradición ha sido siempre la estructura íntima y generalizada del capitalismo histórico internacional…, lo que actúa como un cemento indestructible en esa tradición judeocristiana que, en definitiva, unifica lo religioso-cultural con lo político-económico. Esto genera esa pamplina de los “valores occidentales”, a los que Israel, que es una pura creación occidental (y no digamos judeo-cristiana…), se siente vinculado pese a sus crímenes sistemáticos y planificados, desde su creación como Estado y aún antes, contra el género humano.

Por supuesto, este occidentalismo, que crea el orientalismo según su voluntad para estigmatizar a los otros, facilitar su colonización y mantener su predominio, abarca muy especialmente el menosprecio y la animadversión hacia lo árabe y lo islámico: un persistente racismo que, sin embargo, edulcorado, disimulado y manipulado, acaba figurando entre los “valores occidentales”, que deben respetar e imitar todas las culturas no occidentales, reconociendo su superioridad.

Bueno, el terrorismo está presente desde que la emigración de judíos europeos a Palestina fue tomando forma como empresa colonial y supremacista, es decir, ya en los años 1930. Que los líderes de las más sanguinarias organizaciones terroristas acabaran siendo primeros ministros está en la lógica de la trayectoria sionista-israelí. Israel no entiende, sin embargo, que aquellos a quienes tacha de terroristas en la resistencia palestina son parte de la tradición histórica de los movimientos de liberación, y algunos de sus líderes acabarán siendo -en un futuro, ojalá que así sea– dignísimos representantes políticos palestinos reconocidos por el mundo entero.


¿Qué papel ha tenido la literatura universal, el cine (Hollywood), en esta campaña orquestada?


Ya he aludido a que el poder económico del judaísmo norteamericano cuenta, de forma muy significativa, con Hollywood como productora de mitos y mentiras, que son eficazmente consumidos por el mundo entero. Solo voy a referirme a la famosa Éxodo (1960), excelente película que representa la inmensa capacidad propagandística de los intereses judío-norteamericanos, mostrando todo lo contrario de la realidad histórica (y cubriendo de infamia tanto al director y productor, el judío Otto Preminger, como a los excelentes actores que en ella intervinieron, con nutrida presencia judía, así como el equipo técnico). Por no hablar de Los Diez Mandamientos (1956, dirigida por Cecil B. DeMille), ajena absolutamente a cualquier realidad histórico-arqueológica.


Israel ha engañado incluso en el peligroso tema nuclear. Podemos leer en los medios occidentales que el programa iraní es “malo” y sin embargo nos creemos que Israel no tiene “la bomba”.


Israel posee la bomba atómica desde finales de la década de 1960, lo que consiguió con la ayuda inicial francesa y la condescendencia posterior inglesa y alemana (que se dejaron robar material nuclear sensible y necesario). Oficialmente, ni lo reconoce ni lo desmiente, negándose a firmar el Tratado de No Proliferación Nuclear y, en consecuencia, rechazando cualquier inspección de la Agencia de Viena.

Esto quedó demostrado cuando un técnico que trabajaba en las instalaciones nucleares de Dimona, Mordejai Vanunu, lo publicó en 1986 con fotos y con su testimonio (lo que le costó muy caro: 18 años de cárcel), y también se supo de la experiencia nuclear israelí sobre el mar, en 1979 y 1980, como resultado de la estrecha colaboración nuclear entre Israel y el Estado racista de Sudáfrica.

También en esto hace lo que le da la gana y el mundo se lo consiente. No admite, sin, embargo, que ningún otro país de la región acceda al arma atómica, y por eso destruyó en su día en Irak lo que se consideraban instalaciones nucleares críticas y no está dispuesto, de ninguna de las maneras, a que Irán consiga su bomba atómica.


¿Por qué dices que Gaza es una masacre sin precedentes y televisada?


En la historia del Estado de Israel no tiene precedentes, pese a los repetidos ataques a la Franja de Gaza. De todas formas, el caso de la agresividad israelí no tiene precedentes en la historia mundial: si el nazismo fue horrendo durante sus 12 años de vigencia, el sionismo se mantiene con sus crímenes in crescendo desde pronto hará 100 años. No, no hay precedente.


En tus presentaciones abogas por un Estado único, binacional y laico, ¿cómo sería?


La justicia para el pueblo palestino exige una vuelta atrás y la enmienda de la Historia. Nunca debió procederse a la partición de Palestina, y debe volverse a la propuesta palestina durante el Mandato y los últimos años de la presencia británica: un Estado único, si bien de tipo federal y laico, con capital “religiosa” en Jerusalén para las distintas confesiones.

Naturalmente, deberán regresar a sus casas y tierras los palestinos expulsados en 1948, o sus descendientes, lo que, como hubiera sucedido en 1948 de haberse procedido a la autodeterminación, siempre dará mayoría a los árabe-palestinos. Por supuesto que Israel está muy lejos de admitir una propuesta como esta, pero en su enloquecida historia habrá de llegar el momento en que colapse o sea destruido, probablemente, por implosión de su propia sociedad que, en un 80%, aproximadamente, se alinea en esta locura, en los crímenes de su Gobierno y su Ejército y en la perpetuación de una guerra permanente contra todos los pueblos de la región.


En el reconocimiento diplomático de Israel por la España de 1986 tienes mucho que decir, ¿verdad? Y respecto al actual genocidio de Gaza, ¿qué papel debería adoptar el Gobierno español?


España se precipitó en tres tremendos errores históricos en 1986, a manos de Felipe González, su Gobierno y su partido. De ellos –integración en la OTAN, alianza militar agresiva, ingreso en la Europa comunitaria, creación capitalista obsesiva y reconocimiento diplomático de Israel–, esto último es lo que nunca la sociedad española ha aceptado (y por eso no se le consultó). Ahora nos hacemos corresponsables de los crímenes de Israel, ya que ninguna medida se adopta para expresar fehacientemente el horror y la maldición sobre un Estado sanguinario.

En este sentido, reconocer a la fantasmal y corrupta Autoridad Nacional Palestina como entidad estatal soberana es ridículo e hipócrita, e insistir en que la “solución” al conflicto árabe-israelí es la existencia de dos Estados es una burla al Derecho Internacional, a la Justicia y a la Humanidad, representada en esta realidad tan atroz por el pueblo mártir de Palestina.


¿Por qué tenemos que leer ‘Israel. Del mito al crimen’?




Bueno… Mi libro es una reflexión, evidentemente con conclusiones, que solo en parte debe considerarse cosecha propia, ya que es resultado mucho más de mis estudios y análisis del problema de Israel a partir de obras ajenas. Y por eso en él rindo homenaje a tantos intelectuales –historiadores, arqueólogos, politólogos…– que, viviendo en Israel y trabajando en sus universidades, se atreven, con la ciencia y la lealtad intelectual como argumentos, a contradecir e incluso condenar la fanfarria sionista, hecha de mentira, odio y fanatismo. Vaya este homenaje hacia Shlomo Sand, Norman Finkelstein, Israel Finkelstein, Ariel Liberman y, sobre todo, a Ilan Pappé (valiente entre valientes que, este sí, ha tenido que abandonar Israel y acogerse a una universidad británica). Todos ellos, entre otros muchos, deben ser la fuente documental realmente útil y digna para conocer la verdadera esencia del Estado de Israel.


Fuente: El ASOMBRARIO & Co. - Público

domingo, 18 de agosto de 2024

Lecturas veraniegas en desorden programado

 

Respingos de la calor (4 de 10)


 Por Pedro Costa Morata

Una vez más, las cordiales y siempre reflexivas recomendaciones que los grandes periódicos hacen al gran público al inicio del verano sobre lecturas para el ocio y el estío, aunando generalmente el interés con la actualidad y la literatura de calidad con la política o la ciencia más pedagógicas, me resbalan cordialmente y me encuentran incapaz de utilizarlas y seguirlas. Si alguna diferencia tiene para mí el verano (que ya es suficiente eufemismo de muy declinante significado propio) respecto del resto del año es que me impulsa a acabar cosas iniciadas y a optar por las lecturas que mis tareas me van marcando o exigiendo.

Bueno. Aunque esté convencido de la escasa influencia que la lista de mis lecturas de estos días vaya a ejercer como estímulo en mis prójimos y el género humano en general, me conformaré con el -personal, inalienable- placer de revisarlas con un mínimo descriptivo, que nunca vendrá mal, ni de sobra, a nadie. Y me inicio con Rafael Chirbes y sus Diarios, que su autor llama A ratos perdidos, cuyo volumen segundo, las partes 3 y 4, me venía durando mucho, tanto por sus tropecientas páginas como porque tiraba de él solo en ratos perdidos. Lo cual, y en este caso, no significa que infravalore su literatura sino, muy al contrario, reconoce la especial delectación que me produce la lectura de Chirbes, compañero mío que fue de internado ferroviario, dos cursos más joven que yo. Aparte de que su importancia como novelista sigue agrandándose, estos diarios me parecen valiosísimos ya que, demorando su publicación para cuando dejara de soportar este perro mundo (murió de forma precoz y anunciada en 2015) son de una sinceridad material rotunda y de un cuidado redaccional que igualmente son de apreciar. Chirbes alude con mucha frecuencia a nuestro internado de León, a la férrea vigilancia, digamos, ultracatólica de nuestros (comunes) curas-profesores y a ciertos traumas que, aun sin reconocerlos claramente, deja traslucir. Lo cual me transporta a un tiempo del que no soy consciente haber sufrido ningún trauma, aunque sí “cargas” morales y religiosas que me ha costado lo mío aligerar; pero me entretiene mucho ver con qué diferencial actitud Chirbes y yo vivimos la misma etapa. Con el “nuevo curso” disfrutaré de las partes 5 y 6 de esos Diarios, más abultadas que las anteriores, pero que devoraré.

Por influencia directa de Chirbes, ya que en la obra a la que aludo lo cita de forma admirada, he leído de un tirón Gran Sol (1958), de Ignacio Aldekoa, cuyo lomo y portada blanqueaban en mi estantería desde hace años, esperando mi atención y mi tiempo, remisos durante años sin motivo alguno. Aldekoa era nacido en Vitoria, tierra vasca de interior, pero siempre se sintió subyugado por el mar. Esta obra, Gran sol, impresiona por la intensidad con que escribe quien, antes, se embarcó una buena temporada en los arrastreros de altura cantábricos y del mar de Irlanda para (supongo) “escribir sabiendo”. Y apabulla, claro.




Como parte de mis deberes para con la culminación de mi libro Israel: del mito al crimen, que aprovecho para publicitar y anunciar su aparición a principios de septiembre, que me ha obligado a numerosas e intensas lecturas, dos textos quiero traer aquí a colación, por ser conocidos y por representar visiones y actitudes bien distintas. Uno es Orientalismo (1978) del palestino-estadounidense Edward Said, eximio miembro de la intelectualidad palestina reivindicativa, que es una minuciosa y erudita crítica de la visión -tantas veces frívola o malvada- del Oriente “recreado” por viajeros, intelectuales y políticos occidentales. El otro, al que he echado mano por encontrar su referencia en las críticas al holocausto nazi, es El pájaro pintado (1965), del judío-polaco Jerzy Jesinski, libro que su autor se arrogó como autobiográfico y que relata las penalidades de un niño de nueve años desamparado (judío/gitano, el autor es ambiguo sin causa), víctima de la crueldad sin límites de los campesinos polacos durante la Segunda Guerra Mundial; una obra que gozó durante décadas de éxito espectacular y que me ha parecido vomitiva. En efecto, ahíto de crueldades y exageraciones, en la página 128 ya no pude más y anoté que “este Jesinski es un enfermo”. Me lancé sobre este libro cuando leí La industria del Holocausto (2000), de Norman Finkelstein, otro de los textos que más me han ilustrado durante la redacción de mi libro sobre Israel, que señalaba cómo Jesinski y esa obra fueron desenmascarados veinte años después de su publicación, ya que ese niño, con sus padres, vivió aquellos años al amparo de una familia, precisamente, polaca, siendo una enloquecida sarta de sufrimientos (horripilantes, procaces) falsos y enfermizos, ya digo. Finkelstein califica El pájaro pintado como “el primer fraude importante sobre el Holocausto”, en el entorno de su investigación sobre el culto y la explotación del holocausto nazi, y su oportunista traducción del dolor al dólar.

Quienes esto lean y se sientan abrumados por la perfidia del Estado de Israel deberán recurrir a Shlomo Sand, profesor de Historia en la Universidad de Tel Aviv, y a sus dos -geniales, exhaustivas, valientes- obras: La invención del pueblo judío (2008) y La invención de la Tierra de Israel. De Tierra Santa a madre patria (2012), para poner en su sitio a un Estado y un sionismo basados, radical e intrínsecamente, en el mito y la mentira histórica.




También he consumido lo último que he conseguido de dos autores por los que siento debilidad. Uno es Miguel de Unamuno, del que alguien (es inaceptable que en la página de créditos no se exprese quién ha hecho el trabajo de selección, y esto me cabrea) ha elaborado una interesante Antología bilbaína (2021), que tiene para mí el interés añadido de su entregada afición a Bilbao, ciudad y entorno (¡la Ría!) que viví muy intensamente en mis primeros años de ingeniero. Porque Unamuno, a quien tanto me complace criticar para expresar, así, mi más férvida admiración, justamente por ser tan llamativa y ferozmente contradictorio (sobre todo en los asuntos filosófico-religiosos), amó apasionadamente su ciudad (el Bocho), aborreciendo primero su deriva industrial y modernista, y apegándose después desde su “segunda piel” castellana e incluso castellanista, desde la que, definitivamente, observó y describió aquella España de las primeras décadas del siglo XX. Son sus andanzas y rememoraciones por Artxanda, Miravilla y los montes que dieron vida al mineral de hierro del que nacería la villa medieval, las sagas de Albia y el Ensanche, más su descripción (originada en su Paz en la guerra, de 1897) de la carlistada de 1873, que vivió con nueve años, con detenimiento en las trincheras y arroyadas del valle de Somorrostro lo que, en paisaje y vibraciones, noventa y nueve años después me harían feliz (¡qué cosas!) mientras trabajaba en la puesta en marcha de la refinería de Petronor en esos mismos parajes.




El otro autor del que no me pierdo ninguna novedad es Franz Kafka, y por eso he liquidado en tres días El anatomista del poder (2023), de Costas Despiniadis, que es el esfuerzo de un anarquista griego por adosar al genial checo a sentimientos y actitudes ácratas, en lo que yo coincido y que traslucen el denuedo y la desolación de sus principales obras (por no decir, todas) ante el poder incomprensible pero despiadado, la justicia absurda y destructiva, el desamparo humano, la imposibilidad de una sociedad amable y prometedora… A mí de Kafka lo que más me ha interesado -El proceso y El castillo, en cabeza, con la Metamorfosis “encogiéndome”- ha sido su debilidad física, que suple con una energía creativa descomunal apuntando, es verdad, a las iniquidades con que los poderes y la propia sociedad rodean a los -siempre desvalidos- ciudadanos de a pie.

Entre las cosas que hay que leer y que distraen haciéndonos, no obstante, pensar, están los dos libros de Daniel Estulin que dedica al Club Bilderberg, La historia definitiva del Club Bilderberg (2011), y La verdadera historia del Club Bilderberg (2015), títulos que muestran claramente el enfoque comercial de su autor, y en los que señala a ese misterioso Club, por secreto, exclusivo y hasta siniestro. Un autor, este Estulin, de difícil identificación profesional e ideológica (¿periodista, espía múltiple, fantasioso escritor, exitoso buscavidas?) y de azarosa vida, que parece encontrar entre las raíces de su negocio (basado en apuntar siempre a la alta conspiración internacional del Club Bilderberg de 1954, la Comisión Trilateral de 1973 y la más antigua de las patas de este trípode de cuidado, el Consejo de Relaciones Exteriores, de 1921), su pasada relación con los servicios secretos soviético-rusos. Palabras y palabras, sobre hechos que en la mayoría de los casos ni vive ni demuestra, que atribuye a fuentes generalmente periodísticas pero enfundadas en un admirable instinto de conspiranólogo para excitar el morbo. He observado que, manejando un 90 por 100 de nombres judíos en la personalia de esas tres sectas de poder, pretende no haberse percatado de ello, a juzgar por la nula observación que de ello hace.

He leído en dos ratos esa especie de autobiografía, Testigo de un tiempo incierto. De la caída del Muro a la invasión de Ucrania (2023), de Javier Solana, un tipo que siempre me cayó gordo, desde que conocí su sonrisa de pijo triunfador y sin problemas (cuando se encargaba de las cuestiones energéticas en el PSOE antes de su acceso al poder), que luego “respondió” a mi instinto convirtiéndose en agente imperial y bombardeador pirata de Serbia. Uno de tantos que, por ampararse en el Imperio, quedan a salvo de las condenas del TPI y de sus prisiones perpetuas: en su caso, por los cientos de asesinados en operaciones aéreas que él mandó lanzar sobre un Estado soberano y sin respaldo legal internacional, que es de lo que se responsabilizó entre marzo y septiembre de 1999, como secretario general de la Otan, atacando Serbia y Montenegro. Ya que en esa autobiografía calla, deforma y endulza varios de los episodios de su vida que lo envilecen, preparo un artículo sobre ese texto deleznable: “Javier Solana: desmemorias de un lacayo del Imperio”.




Y como mi próximo libro -segundo anuncio: perdón, perdón- sobre Israel: del mito al crimen, ha resultado hacer buena pareja con el anterior ¡Rusia es culpable (cinismo, histeria y hegemonismo en la rusofobia de Occidente (2023), por lo que a la descripción de dos alarmantes crisis político-militares de actualidad se refiere, mis antiguos alumnos de las universidades guatemaltecas que he frecuentado quieren que les prepare un seminario sobre “Geopolítica del siglo XXI”, por lo que me he tenido que poner las pilas y echar mano, entre varios trabajos recientes de análisis internacional, de mis venerables textos básicos, como el clásico manual Derecho Internacional Público (conocido como “el Verdross”, del prestigioso autor austriaco, Alfred Verdross), y el texto sobre Fundamentos del Derecho Internacional Público, de mi admirado profesor Antonio Truyol, de lectura más amable y asequible; ambos textos estudiados en el curso 1970-71, en Políticas, y cuya vuelta a sus páginas, si bien espesas, tendrán que rejuvenecerme… Y otros, también de aquellos años estudiantiles, sobre la organización política internacional, es decir, Naciones Unidas en primer lugar, más los tratados y convenios multilaterales al efecto. De momento, y como transición suave a esos vetustos y plomizos textos (como bien recuerdo), estoy atacando una monografía magnífica de este mismo año, llegada de la inestimable factoría de Le Monde Diplomatique y que es “Géopolitique. Un monde sur le pied de guerre” (colección Manière de Voir, nº192), que me abre muy oportunamente la perspectiva de lo que hay, y me asegura de que mi recado a tan afectuosos alumnos resultará tan riguroso como bien centrado.