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domingo, 14 de diciembre de 2025

La paradoja de la globalización de China

 

 Por Richard Baldwin   
       Profesor de Economía Internacional en el Instituto de Altos Estudios de Ginebra y Director del Centro de Investigación de Política Económica de Londres.

Introducción

     China es la única superpotencia manufacturera del mundo, como señalé explícitamente hace un tiempo (Baldwin 2024) y otros han confirmado (García-Herrero 2025, Ritchie 2025).


China es ahora la primera potencia manufacturera del mundo.

El país produce más de un tercio de la producción manufacturera mundial. Su producción supera a la de los ocho siguientes mayores productores juntos.


Xi Jinping sobre un fondo más propio de la época de la llamada 'Revolución Cultural' en China.


No todo el mundo sabe hasta qué punto China es dominante en el ámbito de la producción. Pero casi todo el mundo sabe lo dominante que es en el ámbito de las exportaciones.


Alegoría goyesca de 'Saturno devorando a su hijo'.

¿Sabías que China se ha ido cerrando económicamente desde mediados de la década de 2000, según los índices de apertura estándar? ¿Sabías que la industria manufacturera china no depende especialmente de las exportaciones?

Esa es la paradoja de China:

· ¿Cómo puede dominar en el extranjero y, al mismo tiempo, depender menos de las exportaciones?

· ¿Cómo puede China ser, al mismo tiempo, la fábrica del mundo y menos dependiente de las exportaciones que la mayoría de las naciones industrializadas?

Ese es el tema del Factful Friday de hoy.

Los hechos

Veamos primero el dominio de China en la industria manufacturera mundial, como muestra el gráfico siguiente (panel izquierdo). Hoy en día, China produce más de un tercio de todos los productos manufacturados. Eso es más que los ocho siguientes mayores productores juntos. Los datos proceden de la OCDE (2023); véase también ONUDI (2024).

En comparación, Estados Unidos, Japón y Alemania son potencias medias frente a la superpotencia china (gráfico de la derecha). La cuota mundial de Estados Unidos es aproximadamente un tercio de la de China. Japón y Alemania tienen la mitad de la cuota mundial de Estados Unidos.




El gráfico no muestra este dato, pero la realidad es que más de la mitad de la producción manufacturera de China consiste en insumos industriales. Si se desmonta casi cualquier producto comprado en casi cualquier país del mundo, es casi seguro que contendrá piezas chinas, incluso si no se ha fabricado en China.

También es el principal exportador

China es también el principal exportador mundial de bienes, por delante de la UE y Estados Unidos. Su cuota de las exportaciones mundiales es enorme.

Pero fíjese en algo importante en el gráfico: su dominio en las exportaciones es en realidad un extremo inferior al de su dominio en la producción. En otras palabras, las fábricas chinas tienen un peso aún mayor en la producción mundial que en el comercio mundial. Es la fábrica del mundo, pero no toda esa fábrica está orientada a los mercados extranjeros. Esa es la primera pista que apunta a la resolución de la paradoja.




La relación entre las exportaciones y la producción de China aumentó, pero ha disminuido desde 2005

Los gráficos de apertura lo dejan aún más claro. La cuota de la producción manufacturera china que se exporta y la cuota del valor añadido manufacturero vendido en el extranjero aumentaron considerablemente hasta mediados de la década de 2000 y luego comenzaron a descender.




Hoy en día, esos ratios se sitúan mucho más cerca de los niveles estadounidenses (la línea negra del panel izquierdo) que de la imagen de una plataforma de exportación ultraabierta.

En comparación con otros grandes productores, China se parece más a una gran economía continental —como la de Estados Unidos— que vende mucho en el mercado interno y mucho en el extranjero, que a una economía altamente dependiente de las exportaciones, como Alemania o Corea del Sur.




Paradoja resuelta

La forma de resolver la paradoja es dejar de fijarse únicamente en los niveles de exportación y centrarse en la carrera entre las exportaciones y la producción.

En los primeros años del auge de la globalización de China, las exportaciones crecieron más rápido que la producción manufacturera. Cada año, una parte cada vez mayor de lo que producían las fábricas chinas se enviaba al extranjero, por lo que aumentaron las medidas de apertura. Esa es la China que la mayoría de la gente en Washington todavía tiene en mente: una economía impulsada por las exportaciones cuyas fábricas están orientadas de forma abrumadora hacia los mercados extranjeros.

Sin embargo, desde mediados de la década de 2000, la carrera ha dado un giro. La producción manufacturera, especialmente para el mercado interno, ha crecido incluso más rápido que las exportaciones. Las exportaciones han seguido aumentando en términos absolutos y la cuota de China en las exportaciones mundiales ha seguido creciendo, pero las ventas internas y las cadenas de suministro internas han crecido aún más rápido. Cuando la producción supera a las exportaciones, la cuota exportada debe disminuir. Eso es realmente lo que significa el «cierre»: no un retroceso del mundo, sino una señal de que el propio mercado de China se ha vuelto tan grande y dinámico que absorbe una parte cada vez mayor de lo que producen sus fábricas.




Resumen

La paradoja de la globalización de China es fácil de explicar. Por un lado, se ha convertido en la única superpotencia manufacturera del mundo y en el principal exportador de productos manufacturados. Por otro lado, las medidas estándar de apertura muestran que exporta una proporción menor de su producción que a mediados de la década de 2000 y que depende menos de las exportaciones que sus homólogos.

La resolución es aún más fácil de explicar. Si las exportaciones de productos manufacturados de China crecían como un incendio forestal, su producción manufacturera crecía como una tormenta de fuego. China, como se puede ver, es su mejor cliente para la producción manufacturera.

Las exportaciones de China están aumentando rápidamente, y eso es lo que ve la mayoría de la gente en el mundo. Ven un rendimiento exportador campeón del mundo. El rendimiento exportador chino gana la medalla de oro. Pero lo que menos gente ve es que el rendimiento productivo de China, desde mediados de la década de 2000, ha sido aún más impresionante. Si hubiera una medalla por encima del oro, el rendimiento productivo de China la habría ganado cada año durante décadas.

Esto solo puede significar una cosa. Una parte cada vez mayor de lo que fabrica China se vende ahora en el mercado interno en lugar de en el extranjero.

Observaciones finales

Estas simples realidades tienen importantes implicaciones.

Los hechos deberían replantear su forma de pensar sobre la experiencia de globalización de China y su exposición al sistema comercial mundial en general, y a las importaciones estadounidenses en particular.

China sigue estando profundamente integrada en el comercio mundial, pero también es un vasto mercado interno que puede absorber gran parte de lo que fabrican sus fábricas. En ese sentido, deberíamos pensar en China más como en Estados Unidos: una economía continental gigante que comercia mucho, pero que es su mejor cliente. La China desesperadamente dependiente de las exportaciones de principios de la década de 2000 ya no existe.

Por supuesto, cerrar las exportaciones chinas hundiría la economía china, pero también hundiría la economía mundial, incluida la economía estadounidense. Al fin y al cabo, las cadenas de suministro son esposas ("handcuffs") de oro.

Esto tiene una importante implicación para la política arancelaria. Los aranceles sobre los productos chinos siguen perjudicando a determinadas empresas, sectores y cadenas de suministro, pero no afectan a una economía frágil y dependiente de las exportaciones como muchos en Washington parecen imaginar. Una China que vende una parte importante y creciente de su producción en el mercado interno es menos vulnerable a las medidas fronterizas y más capaz de redirigir la producción hacia su propio mercado o hacia socios no estadounidenses.

Los guerreros comerciales que siguen luchando contra la antigua China impulsada por las exportaciones corren el riesgo de juzgar erróneamente la influencia económica que tienen sobre la China actual.


Fuente: sinpermiso

lunes, 14 de abril de 2025

La respuesta de China a la escalada de la guerra comercial de Trump

 

 Por Tings Chak  
      Investigadora en el Instituto Tricontinental de Investigación Social y coeditora de Wenhua Zongheng: una revista de pensamiento chino contemporáneo.


     Desde que el presidente estadounidense Donald Trump firmó una orden ejecutiva en febrero para imponer un arancel del 10% a todas las importaciones, el mundo ha sido testigo de una desconcertante serie de aranceles unilaterales aplicados tanto a aliados como a enemigos de Estados Unidos. El 2 de abril de 2025, el autoproclamado "Día de la Liberación", Trump impuso una serie de aranceles "recíprocos" a 57 países, siendo China uno de los más afectados, con un arancel adicional del 34%. Una semana después, Trump anunció abruptamente en una publicación en Truth Social una suspensión de 90 días de los aranceles a los países que "no han tomado represalias de ninguna manera, según mi enérgica sugerencia", mientras que los aranceles sobre los productos chinos se dispararon al 125%. El arancel sobre China se elevó al 145% el 10 de abril de 2025.

Estos acontecimientos representan la escalada más drástica de la guerra comercial de Estados Unidos contra China hasta la fecha y han generado una inestabilidad significativa en el panorama económico y político mundial. Las justificaciones tras el aumento de aranceles se basan en múltiples argumentos, incluyendo las supuestas prácticas comerciales desleales de China y el incumplimiento de los compromisos adquiridos en virtud de un acuerdo de compra de productos estadounidenses, así como un esfuerzo por "nivelar el terreno de juego". Estos argumentos ocultan la estrategia general de Estados Unidos, destinada a contener el ascenso de China como actor geopolítico y económico. Las medidas comerciales también se enmarcan en los objetivos más amplios declarados por Trump de reducir los déficits comerciales, revitalizar la manufactura nacional, abordar las prácticas comerciales percibidas como desleales, mejorar la seguridad nacional y generar ingresos. Queda por ver cómo la amplia ola de aranceles logrará estos objetivos.


China “no se quedará de brazos cruzados”


China respondió con rapidez y determinación a la ola de aranceles anunciando un arancel simétrico del 34% sobre casi todos los productos estadounidenses. Estas medidas de represalia representan una escalada significativa desde China hasta el inicio de la guerra comercial por parte de Trump en 2018 y 2019, cuando China había aumentado gradualmente los aranceles sobre productos estadounidenses por un valor de aproximadamente 110.000 millones de dólares. Ahora, prácticamente todas las categorías de productos estadounidenses (agricultura, energía, productos manufacturados y bienes de consumo) enfrentan impuestos de importación adicionales en la frontera china. China ha centrado su respuesta en algunos de los sectores sensibles del comercio bilateral, con fuertes aranceles sobre la soja, los cereales y la carne para reducir la dependencia de China de los productos agrícolas estadounidenses. Pekín también aumentó los aranceles sobre los automóviles y las autopartes fabricados en Estados Unidos. Del mismo modo, la maquinaria, los productos químicos, las aeronaves y otros productos manufacturados de alto valor están en las listas arancelarias de China. Además de los aranceles, China también introdujo una serie de otras medidas, desde la renovación de las investigaciones sobre propiedad intelectual a empresas estadounidenses que operan en el mercado chino, nuevas restricciones a los estrenos de películas de Hollywood y una suspensión de la cooperación en la regulación del fentanilo.


Donald Trump y Xi Jinpinj se entrevistan en Pekín el 9 de noviembre de 2017.

En su discurso oficial, Pekín se ha mantenido firme al indicar que dispone de "abundantes medios" para tomar represalias y que "no se quedará de brazos cruzados" si se perjudican sus intereses. Ha enfatizado constantemente la necesidad de oponerse a la coerción económica y proteger la soberanía nacional. China se ha visto cada vez más en la posición de defender las mismas normas internacionales y los marcos multilaterales que Estados Unidos ha construido a su favor. Esto se pone de manifiesto en la queja presentada por China ante la Organización Mundial del Comercio, argumentando que los aranceles recíprocos de Estados Unidos violan el sistema comercial internacional.


El patriotismo no es sólo un sentimiento: es una acción


A nivel nacional, la guerra comercial ha generado una amplia atención pública, incluso en las redes sociales chinas. Del 4 al 11 de abril, la etiqueta «Las contramedidas de China ya están aquí» acumuló más de 180 millones de publicaciones en Weibo en menos de una semana. Las redes sociales chinas como Weibo, Xiaohongshu y Zhihu se han llenado de expresiones patrióticas de apoyo a la firme postura del gobierno, representadas por publicaciones como «El patriotismo no es solo un sentimiento, es una acción». Mientras tanto, el aumento del precio de los productos importados también ha motivado a los consumidores chinos a optar por alternativas nacionales. Un usuario escribió: «¿Quién necesita Starbucks cuando tenemos Luckin Coffee? ¿Para qué comprar un iPhone cuando puedes comprar un Huawei? Olvídate de Tesla, elige BYD». Otros expresaron su escepticismo sobre la eficacia de los aranceles estadounidenses para proteger su economía y los intereses de su población, y su confianza en que China pueda resistir estas escaladas. Haciéndose eco de esta opinión, un usuario escribió: "¡Felicitaciones a EE. UU. por recibir un arancel del 34 % sobre todos sus productos! Afortunadamente, muy pocos de los productos que consumen o consumen los chinos provienen de EE. UU.". Con cada escalada de EE. UU., las voces que inicialmente pedían negociación también han dado paso a la abrumadora unidad del pueblo chino que los aranceles han suscitado.

Si bien Estados Unidos es un socio comercial importante, no es el único de China. Aprendiendo de la guerra comercial iniciada durante la era Trump 1.0, China ha fortalecido constantemente su producción y consumo internos, a la vez que ha diversificado su comercio en los últimos años, estrategias que están empezando a dar resultados. Las exportaciones chinas a Estados Unidos en 2023 representaron alrededor del 2,9 % de su Producto Interno Bruto (PIB), una caída respecto al 3,5 % de hace tan solo cinco años. El valor combinado de las exportaciones e importaciones entre China y Estados Unidos asciende a unos 688.300 millones de dólares en 2024, lo que representa aproximadamente el 3,7 % del PIB de China, lo cual, si bien es significativo, no es determinante para la economía china. Mientras tanto, los países de la Iniciativa del Cinturón y la Ruta representaron el 50% del comercio exterior total de China en 2024, frente al 44% en 2021. El comercio dentro de la Asociación Económica Integral Regional (RCEP), que incluye a los miembros de la ASEAN Japón y Corea del Sur, así como otros, representa el 30% del comercio total de China, creciendo un 6,3% entre 2021 y 2023.


Las exportaciones chinas a Estados Unidos en 2023.

A pesar de estos avances, persisten desafíos estructurales. Las industrias de alta tecnología aún dependen de las cadenas de suministro alineadas con EE. UU. para componentes críticos, como semiconductores avanzados y software especializado. Mientras tanto, las entradas de inversión extranjera directa han mostrado indicios de desaceleración en medio de tensiones geopolíticas y preocupaciones sobre el riesgo regulatorio.


El Sur Global en un panorama incierto


Las medidas comerciales de Trump no se han limitado a China. Países de Asia y Latinoamérica, como Vietnam, Camboya, México y Brasil, también han visto aranceles más altos sobre bienes que abarcan desde textiles hasta acero y productos agrícolas. Las economías más pequeñas podrían tener menos recursos y voluntad política para tomar represalias contra estas medidas unilaterales punitivas, especialmente ante las tácticas de mano dura de la administración Trump, que el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, resumió: «No tomen represalias y serán recompensados». En este contexto, los marcos de cooperación Sur-Sur están recibiendo una mayor atención, junto con renovados llamamientos para fortalecer el comercio dentro de los BRICS, la RCEP y otras plataformas multilaterales.


Contenedores descargados en el puerto de Qingdao, provincia de Shandong, este de China, el 10 de diciembre de 2024.

La trayectoria de la guerra comercial sigue siendo incierta. Por un lado, la administración Trump parece comprometida con una estrategia agresiva de desacoplamiento económico, sin importar los costos para las cadenas de suministro globales. Por otro lado, es probable que China redoble sus esfuerzos en el fortalecimiento económico interno y continúe forjando vínculos con socios comerciales fuera de la órbita estadounidense, priorizando especialmente a los países del Sur Global. Lo que es cada vez más evidente es que las viejas premisas de la integración económica global se están erosionando; mientras tanto, la agresión imperialista estadounidense se manifiesta con claridad.

El 8 de abril, recordando las palabras del presidente Xi Jinping de 2018, la portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de China, Mao Ning, publicó la siguiente cita en sus redes sociales: «Una tormenta puede agitar un estanque, pero no puede sacudir el océano. El océano ha resistido innumerables tempestades; esta vez no es diferente».

El hecho de que China haya resistido con firmeza esta tormenta, caracterizada por la beligerancia y la intimidación de Estados Unidos, es algo de importancia política, no sólo para el pueblo chino sino para los países del Sur Global.


Fuente: Globetrotter

miércoles, 9 de abril de 2025

La doctrina del shock arancelario: Cómo Trump podría colapsar o fortalecer el poder económico de EE.UU.

 

 Por Bruno Sgarzini  
   Periodista argentino especializado en asuntos internacionales.


     En el momento en el que escribo esto, los medios financieros hablan de una “recesión global” inminente si Estados Unidos y China continúan con su guerra comercial a través de la imposición de aranceles.

Ha pasado poco más de una semana desde que Donald Trump mostró, de forma jocosa, unos cuantos carteles con aranceles específicos para más cien países en el mundo. El anuncio del “Liberation Day”, en realidad, iba dirigido a un puñado de países con los que Estados Unidos mantiene enormes déficit comerciales: China, la Unión Europea, India, Japón, México, Vietnam, Canadá, Corea del Sur, entre otros.

Todo parecía caminar según el plan hasta que Beijing anuncio sus propios aranceles contra Estados Unidos. El resultado son aranceles del 104% a importaciones chinas en suelo estadounidense y del 84% a bienes y servicios estadounidenses en China, lo que provocó una de las caídas en las bolsas más grandes en la historia.

Para comprender un poco de qué va esta guerra comercial vamos a ver lo que sucede bajo la perspectiva del trabajo “Guía para la Reestructuración del Sistema de Comercio Mundial”, escrito por Sthepen Miran, jefe del Consejo Económico de la Casa Blanca.

Según Miran:



Estados Unidos lidia aún con el Dilema de Triffin, teorizado en los años 60 por el economista monetarista Robert Triflin, que establece que el uso del dólar como moneda reserva obliga a su país emisor, Estados Unidos, a mantener déficits comerciales y fiscales crónicos. Esto genera, según el autor, que las exportaciones se encarezcan, lo que hace perder competitividad a su industria, las importaciones se abaraten y el déficit comercial crezca, lo que afecta, por ende, la cantidad de empleos industriales en Estados Unidos. En su opinión: “desde una perspectiva comercial, el dólar está sobrevaluado, en gran parte porque los activos en dólares funcionan como la moneda de reserva del mundo. Esta sobrevaluación ha pesado mucho sobre el sector manufacturero estadounidense, mientras beneficiaba a los sectores financiarizados de la economía, los estadounidenses más ricos”. Entre 2001 y 2011, sostiene Miran, fueron deslocalizados casi dos millones de puestos a China, lo que, en su opinión, hizo que “muchas familias trabajadoras estadounidenses no pueden mantenerse a sí mismas y se vuelven adictas a las donaciones del Gobierno”.
Para Miran, el actual orden conduce a una acumulación insostenible de deuda pública y externa que socava la seguridad y el estatus de moneda de reserva de una economía deudora tan grande. Según él; “en la década de 1960, la economía estadounidense representaba 40% del PIB global, pero hoy solo 26%. Desde 1982, Estados Unidos no ha tenido superávit comercial, lo que ha debilitado su sector manufacturero”. El déficit comercial, se estima, que es de un billón de dólares, de acuerdo a las cifras oficiales.
La “sobredevaluación” plantea una decisión difícil para Estados Unidos según su asesor: “mantener el dólar como moneda de reserva global, permite a Estados Unidos controlar el comercio y las financias internacionales, pero requiere déficits constantes que destruyen el empleo manufacturero. La alternativa es permitir que el dólar pierda su papel de moneda de reserva, lo que haría más competitiva las exportaciones estadounidenses, pero reduciría el poder financiero y geopolítico del país”. En su opinión, Washington no puede abandonar el dólar como moneda de reserva, el “alma del sistema comercial y financiero global, porque quien “controla el activo de reserva ejerce control sobre las transacciones globales”. En la práctica, eso le permite a Estados Unidos imponer su voluntad en política y seguridad, a través de sanciones, congelamiento de activos y restricción de acceso al sistema bancario estadounidense y de pagos internacionales (Swift), sin movilizar un solo soldado”. Los ejemplos más evidentes están a la vista: el esquema de sanciones contra Irán, Venezuela, China y el congelamiento de la mitad de las reservas de Rusia en el sistema bancario internacional después de su intervención en Ucrania.
Para Miran hay un punto intermedio que permite que Estados Unidos no pierda su capacidad de usar el sistema financiero para dictar las reglas geopolíticas del mundo. “Redistribuir los costos con sus aliados para que compartan la carga económica y militar del patrón dólar, a través de tarifas y ajustes de sus monedas para reducir el impacto negativo en la industria estadounidense”. Aquí es donde entran los aranceles comerciales, ya que, según Miran, permite al Gobierno de Estados Unidos recaudar ingresos. “Un arancel del 10% sobre todas las importaciones podría generar cientos de miles de millones de dólares en ingresos fiscales, reduciendo el déficit sin aumentar los impuestos internos”. También protege la industria manufacturera ya que “al encarecer las importaciones, se incentivaría la compra de productos fabricados en Estados Unidos, lo que fortalecería sectores como el automotriz y la industria del acero”. También sectores “estratégicos como los semiconductores y la industria farmacéutica podrían beneficiarse, al reducir la dependencia de importaciones extranjeras en áreas críticas”.

Para la Oficina de Presupuesto del Congreso, la deuda pública en manos del gobierno equivale hoy al 99% del producto interno bruto del país, más del triple de lo que era en 2001. Todo parece indicar que esa relación va camino de seguir aumentando porque el déficit anual, que actualmente ronda el 6% del PIB, eclipsa la tasa de crecimiento de la economía.

Palabras más, palabras menos, Washington quiere resetear la economía global para reducir su déficit comercial de 1,2 billones de dólares y hacer una devaluación controlada del dólar que le permita financiar una reindustrialización para que esa reducción sea sostenible.




En su libro sobre el Tecnofeudalismo, Yanis Varousfakis hablaba de un pacto donde todos los países exportadores estaban dispuestos a financiar el dólar, a través de compra de bonos del Tesoro, para que Estados Unidos pudiera comprar sus productos a través de déficit comerciales permanentes. El circulo culminaba cuando los excedentes surgidos de esas exportaciones eran reinvertidos en la Bolsa de Valores de Wall Street y en los bonos del Tesoro, entre otros instrumentos financieros. Ese pacto es el que la Administración Trump quiere reconfigurar de forma unilateral.



Sigamos leyendo a Miran:



Los aranceles, además, permitirían reducir el déficit comercial ya que al limitar las importaciones “podría reducir la brecha entre lo que se compra y venda, y equilibrar la balanza comercial”. También presionar a China y otros países para negociar mejores acuerdes, ya que los aranceles podrían ser usados como herramienta “de negociación para obligar a países a eliminar barreras comerciales o respetar la propiedad intelectual”. La amenaza de aranceles contra México y Canadá muestra cómo pueden usarse, además, para obtener concesiones de otros países en asuntos como la migración, el narcotráfico. Las razones para usar esta nueva arma económico son tan líquidas que pueden moldearse a la conveniencia de Trump.
Por último, para Miran, los aranceles crearían un sistema de premios y castigos para aliados y rivales, ya que se podrían aplicar impuestos diferenciados según la relación comercial y política de Estados Unidos con cada nación. “Aliados como Canadá y Reino Unido podrían recibir tarifas más bajas, mientras que China enfrentaría los impuestos más altos”. Para Miran: “los países que dependen del paraguas militar estadounidense deberían asumir más costos de defensa o enfrentar tarifas más altas. Las políticas comerciales, además, podrían diseñarse para presionar a aliados a asumir mayores costos en Defensa y alinearse en disputas con China y Rusia”. Esta recomendación tiene bastante relevancia cuando se analiza las exigencias de Trump a los países europeos para que aumenten el presupuesto militar acorde a los parámetros de la Alianza del Tratado del Atlántico Norte. “Un sistema así puede encarnar la visión de que la seguridad nacional y el comercio están unidos. Los términos comerciales pueden ser un medio para conseguir mejores resultados en materia de seguridad y reparto de cargas. En palabras del secretario del Tesoro, Scott Bessent, “segmentar más dividirá la economía internacional en zonas basadas en sistemas económicos y de seguridad comunes, lo que ayudaría a resaltar la persistencia de los desequilibrios e introducir puntos de fricción para abordarlos”.
También esta arma económica puede usarse para que otras naciones se unan a los impuestos contra China. “Un muro arancelario alrededor de Beijing aumentaría la presión para que reforme su sistema económico”. Lo que es un reconocimiento también de las limitaciones de Washington para golpear a China: solo un tercio del superárvit comercial chino (de un billón de dólares) es con Estados Unidos, según sus cifras oficiales.
Uno de los grandes interrogantes es si los aranceles pueden aumentar la inflación en Estados Unidos por el traslado, inmediato, a precios. Para el experto, la mejor fórmula es que las monedas de los países exportadores se devalúen al mismo nivel que los aranceles para que los precios de los “bienes importados en dólares no cambien”. Lo que minimizaría el “impacto inflacionario en Estados Unidos, reducía el poder adquisitivo del país exportador al absorber el costo de la tarifa, y aumentaría la recaudación fiscal sin afectar el comercio”. El jefe del Consejo Económico de la Casa Blanca sostiene que, en la anterior guerra comercial emprendida por Trump, el yuan, la moneda china, se devalúo un 13,7%, lo que compensó, en gran parte, los aranceles del 17% a sus productos.
En definitiva, la esencia de la política de aranceles es similar a la de tiempos coloniales donde las naciones pagaban un tributo a la “metrópolis” por estar bajo su dominio. En este caso, por usar su moneda.

Por lo que la devaluación del yuan, al igual que otras monedas de exportadores, sería algo deseable para que los países absorban los costos de los aranceles. Trump blanqueó de que va todo esto el martes por la noche cuando dijo: “los países me están llamando, besándome el culo. Se mueren por hacer un acuerdo... 'por favor, por favor señor, hagamos un acuerdo, haré lo que sea, lo que sea señor”.

Según Scott Bessent, su secretario del Tesoro, se trata primero de negociar con la mayoría de los países y después armar una posición común contra el China: “un muro arancelario alrededor de Beijing que aumente la presión para que reforme su sistema económico”, en palabras de Miran. En una amenaza inusual, Bessent no descartó en sacar de las bolsas estadounidenses las acciones de las empresas chinas, lo que sería, casi, como una declaración de guerra.


El secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, en la Casa Blanca, el 3 de febrero de 2025.

Todo este circo parece formar parte de una doctrina de shock donde se genera una “gran amenaza”, la de una recesión, para que los países agredidos después acepten condiciones que antes no hubiesen aceptado.

Los problemas son varios y ya comienzan a ser planteados por los medios financieros especializados. Uno de ellos es que las compañías trasnacionales, como Apple, Tesla, Microsoft, quedan bajo regímenes de aranceles pocos claros que afectan su estructura de costos de una manera incierta. El “caos arancelario”, además, dificulta la relocalización de algunas industrias en Estados Unidos porque establecer una fábrica lleva varios años. “En la mayoría de los casos, construir una nueva planta de fabricación en Estados Unidos lleva entre tres y diez años”, sostuvo Erin McLaughlin, economista del Conference Board con experiencia en diseño y construcción a The Financial Times. Las empresas que buscan proteger sus cadenas de suministro podrían recurrir a adquisiciones nacionales en lugar de construir una nueva, afirmó. «Podría ser más rápido comprar una empresa que construir una nueva planta».

Y después está otro tema central para el funcionamiento de la economía estadounidense: los ciudadanos de ese país tienen acceso a bienes y servicios baratos gracias a la producción de China y Vietnam, entre otros.

Si Trump sigue con su guerra comercial, ese acceso a bienes y servicios baratos se termina, según The Financial Times:



Se espera que los precios de los artículos de cuero, ropa, muebles y productos electrónicos de consumo aumenten drásticamente para los hogares estadounidenses en los próximos meses porque el país depende en gran medida de las importaciones de las naciones objeto de los amplios aranceles de Donald Trump, según los analistas.
Es probable que los teléfonos inteligentes, las computadoras portátiles y las consolas de videojuegos se vuelvan más caros para los consumidores estadounidenses, en particular porque muchos de los aranceles más altos de Trump se centran en países como Vietnam y Taiwán, dijo Ed Brzytwa, vicepresidente de la Asociación de Tecnología del Consumidor.
Agregó que las empresas habían trasladado la producción a estos países en medio de las crecientes tensiones comerciales entre Estados Unidos y China durante el primer mandato de Trump como presidente.
Los economistas esperan que los aranceles tengan un fuerte efecto en cadena sobre los precios al consumidor, aunque algunas empresas pueden intentar a largo plazo mitigar el impacto financiero desarrollando nuevas cadenas de suministro.
El Yale Budget Lab, un grupo de expertos en políticas, estima que los hogares estadounidenses gastarán un promedio de 3.800 dólares más cada año a partir de 2026 como resultado de la inflación inducida por los aranceles, suponiendo que la Reserva Federal no tome ninguna acción.
Los aranceles de Trump han dejado al banco central estadounidense dividido entre si recortar las tasas de interés para evitar una fuerte desaceleración económica o mantenerlas altas para prevenir un nuevo estallido de inflación.

Lo interesante es que Donald Trump piensa que el lanzamiento de esta guerra comercial se da justo cuando Washington tiene el toro por las astas gracias a la hegemonía del dólar. El único escollo para redibujar el sistema financiero global parecer ser China, un país que ha reducido sus ventas a Estados Unidos al punto de que solo un tercio de su superávit comercial se explica por sus exportaciones a suelo estadounidense.

Desde 2018 a 2024, el déficit comercial entre los dos países pasó de 418.000 millones de dólares a 263.000 millones, según el diario mexicano Expansión. Por supuesto, tanto China, como sus compañías, son grandes tenedoras de Bonos de deuda del Tesoro estadounidense, lo que puede servir también como instrumento de represalia, como especulan muchos analistas internacionales.


Grandes tenedores de Bonos de Deuda del Tesoro estadounidense.

El solo temor de venta masiva de estos bonos hizo, por ejemplo, que su valor se desplomara.

Los bonos del Tesoro se desplomaron el miércoles cuando entraron en vigor los aranceles del presidente Donald Trump, lo que profundizó la preocupación de los inversores sobre el estatus de "refugio seguro" de la deuda soberana estadounidense.

El rendimiento de los bonos del Tesoro estadounidense a 10 años subió al 4,51% antes de retroceder al 4,43% (0,14 puntos porcentuales más en el día), mientras que el rendimiento a 30 años superó brevemente el 5%. El rendimiento a 10 años ha subido desde menos del 3,9% a principios de esta semana.

Según el Deutsche Bank: “estamos presenciando un desplome simultáneo del precio de todos los activos estadounidenses, incluyendo las acciones, el dólar frente a las divisas de reserva alternativas y el mercado de bonos. Estamos entrando en territorio desconocido en el sistema financiero global”. Ante esta incertidumbre, es posible que la Reserva Federal, el Banco Central de EEUU, intervenga para salvar a la economía estadounidense de una casi segura recesión.


Los diferenciales de flujos de efectivo se desploman.

Todo esto nos lleva a uno de los objetivos propuestos por Sthepen Miran, uno de los principales asesores de Trump, para hacer un “Acuerdo de Mar-a-Lago”, en referencia a la propiedad de Donald Trump.



En esencia, el acuerdo buscaría reclutar -o presionar mediante la oferta de acceso a los mercados estadounidenses o al paraguas de seguridad estadounidense- a los principales socios comerciales y acreedores de Estados Unidos para que acepten un acuerdo que los vea trabajar en conjunto para debilitar el dólar estadounidense, reducir los costos de endeudamiento estadounidense y alentar más inversiones relacionadas con la manufactura en Estados Unidos, todo ello preservando la primacía del dólar en el escenario internacional.
El principal objetivo del acuerdo es el dólar DXY. Si bien el dólar se ha depreciado desde principios de año, aún cotiza cerca de su nivel más alto desde mediados de la década de 1980, ponderado por el comercio, según Steve Englander, director global de análisis de divisas del G-10 en Standard Chartered.
Pero la mecánica exacta detrás de cómo funcionaría el acuerdo no es clara, y todavía quedan dudas sobre si Trump realmente podría lograr que tanto los aliados estadounidenses, como los europeos, como sus rivales, como China, lo acepten. Para implementarlo, Trump necesitaría asegurar el compromiso de los socios comerciales y acreedores estadounidenses de trabajar en conjunto para debilitar el dólar. Pero también necesitaría garantizar que la venta de reservas denominadas en dólares no incrementara los costos de endeudamiento.
Para lograr el delicado equilibrio de diseñar un dólar más débil sin aumentar los costos de endeudamiento en Estados Unidos, Miran, en su artículo, recurrió a una idea propuesta por primera vez por Zoltan Pozsar, el ex gurú de los mercados del Credit Suisse, que publicó un artículo sobre el Acuerdo de Mar-a-Lago en junio.
Como parte del acuerdo, los acreedores estadounidenses acordarían canjear los bonos estadounidenses en poder de sus bancos centrales por "bonos centenarios" no negociables a 100 años. De lo contrario, Washington podría amenazar con expulsarlos del amparo de la seguridad estadounidense.
Estos bonos no tendrían cupón, pero podrían rescatarse con una pequeña prima al vencimiento. Para compensar a los acreedores por la falta de liquidez, se habilitarían líneas swap de la Reserva Federal para ayudarles a cubrir cualquier necesidad de liquidez a corto plazo.
"Este Acuerdo de Mar-a-Lago da forma a una versión del siglo XXI de un acuerdo monetario multilateral. El presidente Trump querrá que los extranjeros contribuyan a financiar la zona de seguridad proporcionada por Estados Unidos", afirmó Miran en su artículo.
"Una reducción del valor del dólar contribuye a la creación de empleos en el sector manufacturero estadounidense y reasigna la demanda agregada del resto del mundo a Estados Unidos", añadió. "La reducción del plazo de la deuda de reserva ayuda a prevenir la volatilidad de los mercados financieros y el consiguiente daño económico. Con un solo acuerdo se logran múltiples objetivos".
Miran también propuso cobrar "tarifas de usuario" a los bancos centrales extranjeros que poseen deuda estadounidense, reteniendo esencialmente una parte de los pagos de cupones que normalmente paga el Tesoro y aliviando los costos financieros de los préstamos.

Esto, en la práctica, sería un nuevo régimen de transferencia de dinero, y valor, hacia Estados Unidos bajo la amenaza de que si no se lo avala, muchos países, y empresas, se quedarían fuera del mercado financiero global basado en el dólar. La ambiciosa meta puede generar el efecto contrapuesto: que otras naciones armen sus propios sistemas financieros, soportados en oro o canastas de monedas, para volver a reimpulsar su economía.

Donald Trump, si esto sale mal, podría ser el Mijaíl Gorbachov de Estados Unidos que colapsó el principal resorte de poder de Washington. Todo depende, quizás, de hasta dónde China esté dispuesta a llevar una guerra comercial.


Fuente: Bruno Sgarzini