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lunes, 23 de febrero de 2026

El nuevo orden mundial de la derecha civilizacionista

 

      Profesor de la Universidad de Ottawa e investigador en Queen Mary, Universidad de Londres.


El civilizacionismo, la idea de que la política mundial gira en torno a civilizaciones culturalmente delimitadas y lideradas por grandes potencias, está energizando a la derecha a ambos lados del Atlántico. Es un tema clave en sus esfuerzos por desmantelar el universalismo y rehacer el orden internacional


Desde el trumpismo hasta la derecha europea, el civilizacionismo se convirtió en un marco político en auge.


     Pocos documentos captaron la atención de las élites de política exterior como la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos de 2025 (NSS, por sus siglas en inglés). Publicada discretamente a comienzos de diciembre, pronto recibió elogios en Moscú y Beijing, mientras que provocó desconcierto e incluso enojo entre los aliados de Estados Unidos en Europa occidental y más allá.



En su núcleo, la NSS expone una visión civilizacionista de la política mundial. El mundo debe verse como una serie de complejos civilizatorios centrados en grandes potencias que anclan sus civilizaciones y ejercen  la hegemonía en sus regiones. Occidente no es solo una ubicación geográfica: es una esfera histórica y cultural diferenciada. De manera crucial, esta civilización está amenazada menos por peligros militares externos que por riesgos internos: la cultura y la política corrosivas del liberalismo y las dislocaciones y depredaciones económicas y sociales del globalismo de mercado. Se trata de una visión de la política mundial marcadamente divergente y, en muchos sentidos, inquietante. Se rechazan explícitamente el universalismo que sustenta el globalismo liberal y los derechos humanos, y la prioridad pasa por desarrollar vínculos entre Estados soberanos unidos por una civilización común y culturas excluyentes.

A pesar de la notoriedad de la NSS, las ideas que presenta no son nuevas. Fueron declaradas por Donald Trump en 2016 y proclamadas por J. D. Vance en su muy comentado discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich, once meses antes de que la NSS viera la luz. Tampoco son exclusivamente estadounidenses. El civilizacionismo es el discurso geopolítico dominante de los conservadores radicales en toda Europa. Para comprender su poder y popularidad, debemos verlo como una estrategia política además de como un conjunto de ideas. Al empoderar a los actores conservadores radicales en el ámbito interno y respaldar estrategias novedosas en el exterior, el civilizacionismo forma parte de un intento más amplio de reestructurar desde sus fundamentos al orden internacional.


Fabricar Estados civilizatorios


El civilizacionismo representa una forma de política transnacional que opera de maneras diferentes , pero que se refuerzan mutuamente, en la política interna y exterior a ambos lados del Atlántico. En Estados Unidos, está vinculado a lo que un comentarista denominó como la «batalla de la derecha por el futuro post-Trump». En su corazón hay una disputa sobre la identidad nacional estadounidense: si Estados Unidos es una nación basada en un credo cívico, definida por el compromiso con valores universales abiertos en principio a todos, o si es —o debería ser— un país definido y dominado por los valores y el linaje de los «Heritage Americans» [estadounidenses de herencia, descendientes de los colonizadores europeos, blancos y protestantes]. El civilizacionismo le da forma ideológica a esta comprensión más excluyente de la identidad estadounidense. No sorprende que Vance haya sido uno de sus principales impulsores. Reivindicar una identidad civilizatoria en el plano internacional —y lograr que sea reconocida y replicada por otros conservadores, como el presidente húngaro Viktor Orbán— también es una forma de reforzar esa pretensión en el plano doméstico.

Al mismo tiempo, el civilizacionismo también sirve para reconfigurar los debates sobre el futuro de la política exterior estadounidense y el lugar del país en el mundo. Durante décadas, la elección fundamental en estos debates fue entre internacionalismo y aislacionismo, con este último presentado como ideológicamente estrecho y estratégicamente no realista. El civilizacionismo ofrece una tercera opción: la de Estados Unidos como Estado civilizatorio, una gran potencia en el centro de una región más amplia y culturalmente congruente.

También habilita iniciativas y estrategias diplomáticas novedosas. Si las relaciones internacionales están definidas no solo por las interacciones de los Estados formalmente soberanos, sino por destinos civilizatorios, esto justifica tratar a los Estados de manera diferente según su compromiso e importancia para la civilización. Una vez más, la NSS lo deja claro, al subrayar la necesidad de que Estados Unidos apoye a gobiernos conservadores radicales. También plantea nuevas tácticas no constreñidas por las normas de no injerencia soberana, como el apoyo abierto o el contacto con actores de la sociedad civil y partidos políticos ideológicamente alineados con la actual administración estadounidense (ya sea que esto implique increpar públicamente a gobiernos europeos por lo que se considera como retrocesos civilizatorios, brindar apoyo financiero formal a think tanks de derecha, alentar a separatistas canadienses o incluso organizar aparentemente inocuas reuniones festivas entre el vicepresidente y aliados civilizacionistas de la derecha británica en la campiña de Oxfordshire). El resultado es una estrategia diplomática que bordea los límites tradicionales de la no injerencia soberana al mismo tiempo que reclama una soberanía (civilizacionista) más asertiva.


Europa como fortaleza civilizatoria


Del otro lado del Atlántico, la política civilizacionista también desempeña un papel central en las campañas domésticas de la derecha radical contra el liberalismo y en las disputas por el futuro del conservadurismo. Esto es particularmente evidente en el Reino Unido, donde el Reform Party hace campaña para reemplazar al Partido Conservador como abanderado de la derecha, con la connivencia de exmiembros conservadores de derecha y con el claro apoyo del vicepresidente estadounidense.

En el continente, los ataques contra las «élites globalistas de la Unión Europea» y los llamados a reafirmar identidades, valores e intereses nacionales excluyentes fueron durante años un elemento básico de la retórica política de derecha. Sin embargo, las apelaciones a la civilización occidental ahora desempeñan un papel destacado en los intentos de reconciliar nacionalismo y europeidad, contrarrestando las acusaciones de una autarquía nacional irreal mediante la construcción de una civilización europea alternativa basada en el cristianismo o la Ilustración. Esta visión proporciona un grado de unidad internacional mientras excluye a los que considera como «otros» civilizatorios, en particular el islam.

Estas ideas también permitieron que la derecha radical pasara de rechazar la UE a buscar reformarla como baluarte de una Europa civilizatoria y de sus naciones soberanas. Es importante señalar que no se trata solo de un discurso paneuropeo. Buena parte de la derecha radical europea también es atlantista y occidental, y busca constantemente apoyo para su causa aliándose con la derecha estadounidense. En estos relatos, la NSS muestra el deseo de Estados Unidos de salvar a Europa y a su civilización occidental de las élites liberales que la destruyen. Este encuadre le brinda a los partidos de la derecha radical no solo munición para sus ataques tradicionales contra esas élites, sino también el argumento de que solo desplazándose hacia la derecha política Europa puede garantizar que Estados Unidos siga comprometido con la seguridad económica y militar del continente. Desde esta posición, la conclusión es evidente:

A pesar de las advertencias cautelosas de Washington, las élites de la UE no cambiarán, eso ya es evidente. En cambio, están acelerando en la misma trayectoria descendente. Al hacerlo, están socavando la única alianza restante que podría anclarlas en un orden global cada vez más volátil y cambiante, una alianza sin la cual el poder económico y diplomático de Europa no hará más que disminuir.

Al vincularse estrechamente con socios ideológicos del otro lado del Atlántico, la derecha europea busca así cosechar ventaja electoral, así como también apoyo y legitimación desde el exterior.

El universalismo a la defensiva


En suma, lo que estamos viendo en la política de derecha no es la expresión de una civilización o de un Estado civilizatorio que ya exista en algún sentido simple. Más bien, se trata del uso de reivindicaciones civilizacionistas en luchas políticas internas y externas, junto con el desarrollo de estrategias transnacionales novedosas que buscan influir en la identidad política, la política electoral y la política exterior.

La estrategia civilizacionista tiene sus límites. Mientras que civilización y soberanía parezcan encajar sin fricciones, las tensiones evidentes entre ambas pueden negociarse. Pero cuando el Estado civilizatorio central actúa como una gran potencia unilateralista, violando la soberanía de otros Estados en nombre de intereses nacionales, las dificultades se vuelven casi imposibles de disimular. Los designios de la administración Trump sobre Groenlandia —y la consternación que provocaron en sectores de la derecha dura europea— constituyen una ilustración de manual. Pero los opositores de la derecha no deberían extraer demasiado consuelo de estas tensiones.

La indignación de la derecha europea está ligada al desafío estadounidense a la soberanía de Dinamarca, un Estado europeo y aliado de la OTAN; pero es menos probable que surja una inquietud similar frente a las intervenciones en América Central y el Caribe. Además, las divergencias pueden gestionarse estratégicamente sin abandonar el objetivo de reformar la relación geopolítica. El discurso de Marco Rubio en la conferencia de Múnich de 2026 fue, en cierto nivel, más conciliador. Pero sus posteriores visitas a Eslovaquia y Hungría, dos países con gobiernos de derecha más enfrentados con la UE, dejaron claro el mensaje subyacente.

La fuerza de la narrativa civilizacionista de la derecha se ve reforzada por el hecho de que una respuesta liberal tradicional a un argumento contra-civilizacionista basado en el universalismo fue socavada no solo por la derecha, sino también por críticos de la izquierda y del Sur Global, que la vinculan con el imperialismo occidental. Las dificultades que enfrenta la Comisión Europea al intentar elaborar una contranarrativa dan cuenta del desafío, así como del riesgo de que seguir ese camino amplifique inadvertidamente los argumentos civilizacionistas de sus oponentes. El civilizacionismo está de pronto en todas partes en la retórica de los asuntos internacionales. Eso, por sí solo, debería alertarnos sobre la probabilidad de que su popularidad no sea inocente.


Fuente: Jacobin

sábado, 1 de marzo de 2025

Illan Pappé: “No esperaba esta magnitud de indiferencia europea ante lo que está sucediendo en Palestina”

 

 Entrevista de Ignasi Franch  
      Periodista cultural y crítico cinematográfico.


El historiador de origen israelí no se ha sorprendido la violencia cometida por Hamás en octubre de 2023 ni de la reacción de Israel o el apoyo de Estados Unidos, pero sí de cómo ha abordado la cuestión la sociedad europea.


Illan Pappé.

El historiador israelí Illan Pappé (Haifa, Israel, 1954) está caracterizado por su crítica del sionismo y de los terribles efectos de la ocupación de Palestina, a los que dedicó el volumen La cárcel más grande de la Tierra (Capitán Swing, 2018). Pappé también afirma que el movimiento palestino no es terrorista, sino anticolonialista. Los problemas para expresar libremente sus tesis en su estado de origen, junto con las amenazas de muerte que recibía, le llevaron a trasladarse al Reino Unido. Allí ejerce la docencia y continúa escribiendo libros como Breve historia del conflicto entre Israel y Palestina (Capitán Swing, 2025).






¿La extensión de ‘Breve historia del conflicto entre Israel y Palestina’ es una apuesta política? ¿Buscabas acercar el contenido al máximo número de lectores posible?


Sí, esa es la razón principal. Creo que la gente no está satisfecha con la brevedad extrema de las piezas periodísticas de prensa, con su falta de contexto, pero a la vez tampoco quiere leer libros muy largos. Quizá buscan algo intermedio y pensé en un formato que proporcione más contenido sin forzar a que se lean quinientas páginas.



En los principios del libro se habla de la discriminación del imperio británico hacia una Palestina que no solo sufre las habituales ingerencias geopolíticas, sino a la que se le niega su soberanía en la descolonización. ¿Es una especie de pecado original que propulsa todo este conflicto?


En general, sí. Pero hay que recordar que esa no solo fue una decisión británica, sino europea. No permitir que los palestinos tuviesen un futuro, afirmar que su país ya no les pertenece, se consideró la mejor manera de solucionar siglos de antisemitismo: crear un estado judió europeo fuera de Europa. Era una idea inmoral, porque imponía un estado europeo al pueblo nativo, y era una idea irrealizable, porque claramente solo podía conseguirse y mantenerse por la fuerza. Después de más de cien años, los palestinos continúan sin aceptar que su país no les pertenece. Y mucha gente del mundo árabe tampoco cree que sea algo correcto, ni moral, ni justo. Y parece que hay más y más gente alrededor del mundo que comienza a comprender la magnitud del problema. Añadiría que también era un proyecto ilegal, pero en esa época no había una ley internacional.



Cuando aparecieron judíos que querían ir a Palestina, eso pareció perfecto en Europa porque servía para expandir el poder colonial”


Retratas a unos interlocutores hipócritas en las conversaciones de paz, los Estados Unidos y la Unión Europea, que han permitido que la colonización avanzase mediante una política de hechos consumados. ¿El desplazamiento geográfico y la eliminación física han formado parte siempre del proyecto israelí?


Creo que es algo que se desarrolló con el tiempo. La primera idea de convertir Palestina en un estado judío fue de sectores extremos del cristianismo evangelical que consideraban que el retorno de los judíos a Palestina precipitaría la vuelta de Jesucristo, el retorno de los muertos y el fin de los tiempos. Ese primer impulso fue teológico, pero encajó muy bien con los intereses imperiales. En el siglo XIX, Europa quería expandir sus territorios y su influencia, así que usaron esa idea cristiana para justificar la toma de control de territorio perteneciente al imperio otomano. Cuando aparecieron judíos que querían ir a Palestina, eso pareció perfecto en Europa porque servía para expandir el poder colonial. Después de la II Guerra Mundial, Estados Unidos tomó el relevo al Imperio Británico.



Se suponía que entrábamos en un mundo nuevo con las Naciones Unidas.


Sí, un mundo donde el colonialismo y la limpieza étnica era inaceptable. Y aún así, los Estados Unidos apoyaron un proyecto de este tipo. Fueron muy deshonestos en su apoyo, pero no es el único lugar en el que ese gobierno ha cometido actos terribles en nombre de la democracia: Indonesia, Malasia, Filipinas, Vietnam, América Central… No hay nada nuevo en esta hipocresía de defender un proyecto porque supuestamente es democrático y representa los valores americanos, cuando no es así y solo responde a intereses económicos.



Una de las cosas que sorprende de este siglo de desarrollo de la colonización de Palestina es la aparente falta de inflexiones. Hemos vivido etapas de hegemonía socialdemócrata y neoliberal, contextos diversos que no parecen haber influido demasiado en los acontecimientos. ¿A qué se debe esta aparente inexorabilidad?


Antes de este último libro escribí Lobbying for zionism on both sides of the Atlantic (“El lobby del sionismo en ambos lados del Atlántico”), que me temo que es un libro muy largo. Era tan largo porque pretendía explicar porqué el proyecto sionista ha sido exitoso durante tanto tiempo. El sionismo ha ejercido mucha presión en el Reino Unido y en los Estados Unidos. También la ha ejercido en Europa, pero eso es menos importante. Al comenzar el libro, entendí que es difícil hacer que un grupo de presión funcione bien. Tras un siglo, en cambio, puede funcionar perfectamente. De alguna manera es impresionante como se ha conseguido que cualquier político estadounidense o británico que tenga poder para cambiar cosas en Israel o Palestina no se atreva a hacerlo por miedo a que el lobby sionista acabe con su carrera. Estas organizaciones dejan claro a cada político, desde el principio de su carrera, que, si no asume las posiciones que defienden, apoyarán a su rival. Se aprovechan del sistema democrático que te obliga a ser reelegido constantemente. Ya mucho antes del famoso AIPAC (American Israel Public Affairs Comitee), el poderoso grupo de presión estadounidense, se empleaban las mismas tácticas. Forman un lobby muy poderoso, pero un lobby es tan efectivo cuando trabaja en terreno fértil. Occidente es islamofóbico, es orientalista, además de ser también antisemita en algunos puntos. Por ello, fue fácil conseguir un posicionamiento contra una sociedad que se compone mayoritariamente de musulmanes y que forma parte del mundo árabe. Era un blanco fácil: ¿qué preferís, judíos occientales que son leales a Occidente, o esos árabes y musulmanes de los cuales no tenéis muy buena opinión?


David Hatchwell, José María Aznar y Juan Carlos Girauta.



Los grupos de presión no solo han sido efectivos en la consecución de adhesiones políticas, sino en cultivar un clima de opinión que castiga duramente la disidencia. Tú mismo tuviste que abandonar tu país.


Sí, es cierto: parte de lo que hacen las entidades de este tipo es intimidar, aterrorizarte, para asegurarte de que tú y otros como tú no se atreverán a disentir. AIPAC interviene a veces a pesar de que Israel no se lo pida. No lo hace con ningún objetivo concreto, solo para demostrar su poder.



De alguna manera, la situación en Palestina irá en consonancia con la salud democrática del mundo. Si en el mundo hay más democracia, la situación será mejor para Palestina


A menudo se tiende a normalizar el pasado, como si lo sucedido fuese lo único que podía suceder, pero en tu libro hablas de momentos que quizá podrían haber cambiado las cosas. Por ejemplo, el imperio británico redactó un libro blanco de contención del colonialismo sionista en 1930, pero hubo una posterior retractación después del correspondiente trabajo lobístico...


La historia está llena de puntos de inflexión, momentos en que las cosas podrían haber continuado por otro camino. Normalmente, esas oportunidades surgían gracias a que había personas que pensaban diferente. Cuando esos puntos de inflexión no fructifican, quiere decir que esas personas que pensaban diferente no tenían suficiente poder en ese momento. Esperemos que en la próxima ocasión sí que sea así. De alguna manera, la situación en Palestina irá en consonancia con la salud democrática del mundo. Si en el mundo hay más democracia, la situación será mejor para Palestina. Y si hay menos democracia, los palestinos sufrirán mucho.



En tu libro explicas tu idea de que en Israel operan dos estados en paralelo, que has bautizado como el estado de Israel y el estado de Judea. ¿Puedes explicarnos brevemente esta dualidad?


Sí, el Estado de Judea se ha formado alrededor de los asentamientos de colonos y tiene una visión de país teocéntrica. Hace décadas ocupaba una posición marginal, pero en los últimos veinte años ha incrementado su poder, en parte gracias a las alianzas con gobernantes como Benjamin Netanyahu, que tiene su propio proyecto. Además, ese Estado de Judea ha conseguido ganar más y más peso en el ejército, la policía, los servicios de inteligencia… Solo parece resistírsele el aparato judicial, pero puede ser que también termine controlándolo. El Estado de Israel es el antiguo Israel laborista, laico, que garantiza unas libertades a los ciudadanos que sean judíos.



¿Su punto en común es el rechazo al pueblo palestino?


Básicamente es ese, sí, pero no es suficiente para aglutinar posiciones con tantas diferencias. Muchas personas pensaban que los atentados de Hamás y la guerra incrementarían un sentimiento de unidad nacional, pero no ha sido así.



El genocidio subsiguiente tampoco parece haber despertado grandes protestas…


No, porque no hay debate alrededor de la colonización. Ambos grupos están comprometidos con ella. Recuerda un momento de conflicto reciente en Israel: las manifestaciones contra la reforma del sistema judicial. Se decía a los participantes que no trajesen pancartas que aludiesen a Palestina. No hay debate sobre la colonización en Israel. Los conflictos entre el Estado de Israel y el Estado de Judea son de índole interna.



Filósofos como Éric Sadin creen que la manera como se ha llevado a cabo la digitalización ha contribuido a eliminar la experiencia de un mundo común que nunca ha terminado de existir, pero que parece cada vez más lejos. ¿La magnitud del genocidio palestino podría haber sido algo que hubiese unido en el rechazo más allá de fronteras y de circunstancias vitales, pero eso no está sucediendo?


Para eso, hará falta que muchas personas estén en la calle. Pienso en las acampadas en universidades estadounidenses, por ejemplo. Los teléfonos móviles y los ordenadores también sirven, pero lo hacen de verdad cuando hay gente sobre el terreno haciéndose visible.



En mi análisis, veo indicios de cambios de ciclo. No es algo que sucederá rápidamente, sino que quizá tardará unos años”


¿Y cómo ha evolucionado tu percepción durante este cerca de año y medio de violencia extrema? ¿Creías que sucedería algo más, que habría respuestas más decididas contra el genocidio?


Desgraciadamente, no me sorprendió la violencia cometida por Hamás en octubre de 2023. Tampoco me sorprendió la reacción que ha tenido Israel. Y no esperaba gran cosa del gobierno de los Estados Unidos. Pero tengo que reconocer que no esperaba esta magnitud de indiferencia europea ante lo que está sucediendo en Palestina. La indiferencia de sus gobiernos, de sus medios de comunicación… Sí que percibo que hay protestas, que hay solidaridad, pero parece que las movilizaciones están muy lejos de influir a quienes aplican las políticas. De momento.



El otro día entrevisté a un documentalista palestino, Kamal Aljafari, y declaró que la situación de Palestina está en la raíz de la situación del mundo. Me parece algo que sintoniza con lo que afirmabas anteriormente: que la situación en Palestina se relacionaría con la salud de la democracia en el mundo.


Kamal Aljafari, director de cine palestino.


Así es. La situación de Palestina tiene relación con lo que está sucediendo. Y lo que está pasando también genera una brecha de confianza del sur global hacia el norte global. Los pueblos del sur ven que no pueden confiar en que se defienda la legalidad internacional si se permite que suceda algo así.



Antes se han vivido otros momentos importantes de corrosión de la confianza en la comunidad internacional. La muerte de Lumumba en el Congo acabado de independizarse y otras muestras de injerencia geopolítica extrema del neocolonialismo, o la ‘guerra preventiva’ contra Iraq. ¿Vivimos un momento histórico de deterioro?


Muerte de Lumumba.


Sí, pero a la vez soy optimista. En mi análisis, veo indicios de cambios de ciclo. No es algo que sucederá rápidamente, sino que quizá tardará unos años. Y es terrible explicarle algo así a personas que sufren tantísimo sobre el terreno como sucede en Palestina, que no pueden esperar, que necesitan soluciones inmediatas.



Tus dosis de optimismo triste puede sorprender ante la proliferación de gobernantes abiertamente sociopáticos como Trump o Duterte. También podríamos pensar que afrontamos un futuro en que desproveer de humanidad a un pueblo entero podría reproducirse en otros lugares...



Es importante pensar que la historia no es lineal, no va a peor y a peor y a peor. Hay ciclos. Ahora estamos viendo este éxito de políticos populistas, pero creo que son políticos faltos de competencia. No solo no están preparados para afrontar los grandes problemas del mundo que requieren soluciones internacionales, como el calentamiento global o las migraciones, sino que tampoco lo están ante los asuntos domésticos de sus países y sus economías. Creo que ese cambio de ciclo que digo puede estar cerca.


Fuente: EL SALTO