Investigador
de política exterior en el Real Instituto Elcano.
El
orden liberal internacional atraviesa una crisis que va más allá de
episodios concretos o liderazgos específicos. La creciente rivalidad
entre grandes potencias, el uso abierto de la coerción y la
fragmentación del consenso occidental apuntan a un cambio
estructural en la política global.
El orden liberal internacional se adentra en un interregno marcado por la competencia de poder y el retorno de las esferas de influencia.
Lejos
de un sistema basado en reglas compartidas, el mundo se adentra en un
interregno marcado por la competencia de poder, el retorno de las
esferas de influencia y la ausencia de un árbitro capaz de imponer
estabilidad.
Marineros a bordo del USS George Washington en Hong Kong.
La
base del orden liberal internacional
La
llamada “larga paz” que caracterizó al sistema internacional
tras la Segunda Guerra Mundial no fue el resultado natural de un
orden liberal basado en reglas compartidas, sino el subproducto de
una correlación de fuerzas excepcional. Primero, del equilibrio de
poder extremadamente peligroso entre Estados Unidos y la Unión
Soviética durante la Guerra Fría.
Después,
de un breve periodo de hegemonía estadounidense tras el colapso del
bloque soviético. La estabilidad relativa del sistema no descansó
en normas interiorizadas, sino mayormente en la disuasión nuclear,
el equilibrio de poder y, más tarde, en la ausencia de rivales
capaces de contrabalancear el poder de Washington.
Desde
1945, la confrontación directa entre grandes potencias dejó de ser
viable no porque desapareciera la competencia, sino porque el arma
nuclear elevó el coste del conflicto hasta niveles inasumibles. La
disuasión no eliminó la violencia, pero sí la canalizó hacia
guerras indirectas, conflictos periféricos e
intervenciones proxy –por
delegación–.
En
ese sentido, puede afirmarse que lo que ha evitado mayormente las
guerras entre grandes potencias desde el final de la Segunda Guerra
Mundial hasta hoy no ha sido el liberalismo, sino la amenaza creíble
de destrucción mutua.
El
llamado orden internacional basado en reglas surgió y se consolidó
dentro de ese marco. Pero conviene recordar una premisa fundamental
que a menudo se omite en los análisis normativos: las
superpotencias son,
por definición, excepcionales.
Cuando
consideran que las reglas sirven a sus intereses, las promueven.
Cuando dejan de hacerlo, las ignoran, las reinterpretan o las
suspenden. Estados Unidos no ha sido una anomalía en este sentido.
El derecho internacional y las instituciones multilaterales
funcionaron mientras reforzaron una arquitectura de poder favorable a
Washington y a sus aliados.
Por
ello resulta problemático personalizar la crisis actual del orden
liberal en figuras concretas como Donald Trump. El presidente
estadounidense no crea tanto esta crisis, sino
que acelera dinámicas que
llevaban décadas erosionando los cimientos del sistema.
El
ascenso de China como potencia económica, tecnológica y militar, la
reaparición de Rusia como actor abiertamente revisionista y el
declive relativo de la cuota de poder estadounidense plantean
desafíos estructurales muy superiores a los que puede encarnar
cualquier liderazgo individual.
La
pregunta relevante no es si Trump es causa o consecuencia, sino hasta
qué punto su llegada al poder refleja la incapacidad de Estados
Unidos para seguir sosteniendo el orden que diseñó.
Estados
Unidos y su orden liberal
El
multilateralismo liberal se construyó sobre una correlación de
fuerzas muy específica.
Estados Unidos concentraba una supremacía económica, militar y
tecnológica sin precedentes, mientras el resto del mundo se
integraba de forma subordinada en un sistema de reglas que reflejaba
esa asimetría.
Estados Unidos contra el mundo.
Durante
décadas, la expansión del comercio, la financiarización y la
deslocalización industrial funcionaron porque permitieron a las
élites occidentales acumular riqueza y poder, al tiempo que los
costes sociales se externalizaban hacia las periferias o hacia las
clases trabajadoras de las propias economías avanzadas.
Ese
equilibrio comenzó a resquebrajarse cuando China emergió
como potencia manufacturera
y tecnológica,
alterando la división internacional del trabajo y desplazando
progresivamente el centro de gravedad del dinamismo económico global
hacia Asia.
A
partir de ese momento, la arquitectura liberal dejó de beneficiar de
forma exclusiva y automática a la potencia que la había diseñado.
El sistema seguía existiendo, pero ya no garantizaba la primacía
estadounidense ni la cohesión interna de las democracias
occidentales.
Conviene
reconocer, no obstante, que el orden liberal impulsó iniciativas
relevantes para la provisión de
bienes públicos internacionales, desde
la seguridad colectiva hasta la salud o la lucha contra el cambio
climático.
El colapso del orden liberal internacional se caracteriza por el auge de potencias alternativas a Estados Unidos, como Rusia o China, dos países que han reforzado sus lazos en los últimos años.
Sin
embargo, lo hizo casi siempre en la medida en que esas iniciativas
contribuían a sostener la primacía política, económica y
normativa de Occidente. Más que un marco neutral, se trataba de una
arquitectura de gobernanza que combinaba valores universalistas con
profundas asimetrías de poder. Estados Unidos y sus aliados la
promovieron mientras reforzaba sus intereses estratégicos, pero
también la ignoraron o la doblegaron cuando resultó inconveniente.
La
erosión de ese paradigma liberal, acelerada por la
hiperglobalización, el ascenso de China y el retorno de una Rusia
dispuesta a emplear abiertamente la fuerza, abrió espacio para
actores que buscan reconfigurar las reglas del juego. Las potencias
revisionistas no pretenden necesariamente destruir el sistema
internacional, sino adaptarlo
a sus propios intereses y
ampliar su margen de influencia en un entorno cada vez más
competitivo.
Soldado del ejército de Estados Unidos en un buque de guerra de la armada.
Desde
la perspectiva liberal-estadounidense, el resultado es un mundo
percibido como mucho más peligroso que el de las últimas décadas.
Un entorno que recuerda más al sistema internacional previo a 1945,
caracterizado por la coexistencia de varias grandes potencias que
compiten entre sí, que al orden relativamente estable de la Guerra
Fría o al optimismo del periodo posterior.
En
este nuevo contexto, el acceso abierto a recursos, mercados y bases
estratégicas ya no se deriva automáticamente de alianzas duraderas,
sino que debe ser defendido y disputado frente a otros actores con
capacidades comparables.
Durante
décadas, Estados Unidos y sus aliados se
acostumbraron a
un mundo que operaba de una manera. Socios europeos y asiáticos
cooperaban en materia económica y de seguridad sin cuestionar el
liderazgo estadounidense.
Europa en el interregno: nuestro despertar geopolítico tras Ucrania.
Los
desafíos al orden liberal estaban contenidos por la combinación del
poder económico y militar occidental. El comercio global fluía con
relativa independencia de la rivalidad geopolítica, los océanos
eran espacios mayormente seguros para la navegación y el control de
armamentos nucleares parecía gestionable mediante acuerdos
multilaterales.
El
“pacifismo” de actores como Alemania o Japón tras 1945 tampoco
fue una consecuencia espontánea de la internalización de normas
liberales, sino el resultado de una derrota total, años de ocupación
militar y un control político estrecho por parte de los vencedores.
La renuncia al uso de la fuerza fue una condición impuesta, no una
elección universalmente replicable.
En
última instancia, el derecho internacional y el orden basado en
reglas solo pueden sostenerse si existen Estados dispuestos y capaces
de forzarlos. Durante décadas, Estados Unidos desempeñó ese papel,
ejerciendo como garante último del sistema. Hoy, ese rol ya no
es sostenible en
los mismos términos.
El
orden no colapsa porque Washington haya dejado de creer en él, sino
porque ya no puede imponerlo sin asumir costes que no está dispuesto
a pagar. Ese vacío es el que define el momento actual y explica la
transición hacia un interregno marcado por la incertidumbre, la
competencia abierta y el retorno de la política de poder.
Del
multilateralismo a la competencia
La
crisis del orden liberal internacional no se explica únicamente por
la aparición de nuevos actores dispuestos a desafiarlo, sino por la
progresiva percepción en Washington de dicho orden para sostener la
posición hegemónica de Estados Unidos en un mundo crecientemente
multipolar y conflictivo.
Donald Trump eleva el tono por Groenlandia aplicando aranceles a varios países europeos para forzar una venta o un acuerdo sobre la isla.
Mapa de los recursos naturales de Groenlandia.
Durante
décadas, Washington utilizó instituciones, normas y discursos
cooperativos como instrumentos para gestionar su primacía. La
diferencia fundamental del momento actual es que, por primera vez
desde el final de la Guerra Fría, Estados Unidos deja de
intentar maquillar esa crisis con el lenguaje de la cooperación
y asume abiertamente una lógica de competición estructural y de
la lógica del poder.
Ese giro no implica un repliegue, sino un cambio de método.
El
multilateralismo deja de ser un medio eficaz para preservar la
primacía y es sustituido por estrategias más directas de presión,
coerción y confrontación. En este sentido, el mundo no entra en una
fase de vacío normativo, sino
en un interregno,
un periodo en el que el viejo orden ya no funciona, pero el nuevo aún
no ha cristalizado. En ese espacio proliferan estrategias agresivas,
políticas de fuerza y liderazgos que buscan imponer una nueva
coherencia a un sistema en crisis.
Donald
Trump encarna de forma especialmente clara esa voluntad de
imposición. No propone reformar el orden liberal ni adaptarlo a
nuevas realidades, sino sustituirlo por un marco de competencia
directa entre grandes potencias, acompañado de una aproximación más
explícita a la lógica de las esferas de influencia.
Sin
embargo, reducir esta transformación a su figura sería un error
analítico. Trump no es la causa última de la dinámica actual, pero
sí su catalizador más
agresivo,
el dirigente que abandona definitivamente la pretensión de
universalidad del orden liberal y acepta sin ambages que el mundo se
rige por
relaciones de fuerza.
El
resultado es una sensación persistente de transición permanente, de
inestabilidad estructural y de disputa abierta por la configuración
del orden futuro. Lo que emerge no es una fase breve de ajuste, sino
un periodo prolongado de incertidumbre en el que los actores intentan
fijar las reglas del juego mediante el uso de la fuerza militar, la
coerción económica y la competencia tecnológica.
Bajo
este enfoque, Estados Unidos deja de invertir recursos en
sostener un sistema que
ya no le garantiza la primacía y opta por una estrategia de
confrontación abierta para imponer un nuevo marco más favorable a
sus intereses, aun a costa de una mayor inestabilidad global. Existen
claras reminiscencias del periodo previo a la Primera Guerra Mundial.
Entonces,
el sistema internacional también se encontraba en proceso de
reconfiguración, impulsado por el ascenso de Alemania como potencia
industrial y militar, la intensificación de la competencia
geopolítica con el Reino Unido y una carrera de rearme alimentada
por la percepción de que un conflicto generalizado podía
convertirse en el mecanismo para resolver la creciente insatisfacción
con el statu
quo.
La
analogía no reside en la inevitabilidad de una gran guerra, sino en
el clima estratégico de rivalidad, desconfianza y competencia por el
poder y la influencia que caracterizó aquel periodo.
Alemania
aspiraba a convertirse en la potencia hegemónica del continente tras
haber quedado al margen del gran reparto colonial. Reino Unido
trataba de preservar un equilibrio de poder que impidiera la
emergencia de un actor dominante. Francia mantenía una posición
revanchista marcada por el trauma de la derrota de 1871, mientras
Rusia y el Imperio austrohúngaro competían por el control de los
Balcanes.
La
referencia a las esferas de influencia no implica, en realidad, una
novedad radical. Las grandes potencias siempre han defendido lo que
consideraban sus zonas estratégicas. La diferencia es que durante
décadas Estados Unidos tuvo la capacidad material y política para
actuar en prácticamente todo el globo sin encontrar un contrapeso
efectivo.
Incluso
tras la caída de la Unión Soviética, el sistema atravesó una fase
de incertidumbre marcada por conflictos en el espacio postsoviético,
procesos de transición política y reconfiguraciones territoriales.
Pero entonces era Occidente quien se proclamaba vencedor del nuevo
orden y Washington quien tenía la potestad de imponer sus reglas.
Hoy, esa autoridad ya no está garantizada.
Frente
a los argumentos liberales que sostienen que Estados Unidos se ha
desconectado voluntariamente del orden liberal, la evidencia apunta a
otra razón. Washington no abandona el sistema porque quiera, sino
porque ya no puede mantener la primacía en todos los escenarios
simultáneamente. Trump sigue persiguiendo la
primacía estadounidense,
pero en un contexto en el que el ascenso de otras grandes potencias
limita de forma creciente su margen de maniobra.
De
hecho, para adoptar plenamente un marco de esferas de influencia,
Estados Unidos tendría que aceptar concesiones que de momento no
está dispuesto a hacer, como reconocer un dominio exclusivo de China
sobre Asia oriental o de Rusia sobre el espacio postsoviético.
Una
de las diferencias más significativas entre el orden que se está
gestando y el anterior es que ya no existe una única superpotencia
que ejerza de forma casi exclusiva la violencia en el sistema
internacional, amparada en la retórica de la defensa del orden
basado en reglas o de la promoción de la democracia.
Por
un lado, Estados Unidos ya no fundamenta su ejercicio de poder en la
preservación del orden liberal internacional. Por otro, otras
potencias también recurren abiertamente a la coerción y al uso de
la fuerza. Rusia impone su poder en
su entorno inmediato,
pero también potencias medias como Turquía o Azerbaiyán utilizan
la fuerza para modificar equilibrios regionales sin enfrentar una
respuesta sistémica.
Esta
tendencia no es exclusiva de la era Trump. La retirada de Afganistán
y las declaraciones posteriores
de Joe Biden,
subrayando que el objetivo central de la intervención había sido
eliminar una base del yihadismo y no construir un Estado respetuoso
de los derechos humanos, reflejan una continuidad más profunda.
Afganos corren mientras un avión estadounidense intenta despegar del aeropuerto de Kabul.
El
lenguaje puede variar, pero la lógica subyacente es la misma: el
abandono progresivo de la pretensión de transformación normativa
del sistema internacional y la aceptación de un mundo en el que
distintos actores persiguen modelos de gobernanza propios y órdenes
regionales alternativos.
El
orden internacional que emerge
El
orden liberal internacional está dando paso a un mundo definido por
esferas de influencia, en el que la fuerza vuelve a ocupar un lugar
central y en el que Occidente aparece crecientemente
fragmentado.
A diferencia del periodo anterior, ese ejercicio de la coerción ya
no emana de un único centro, sino que se reproduce entre múltiples
actores con distintos niveles de poder y ambición.
En
este entorno, los Estados se enfrentan a la disyuntiva de
constituirse como polos capaces de ejercer control sobre su entorno
estratégico inmediato o quedar relegados a operar dentro de la
esfera de influencia de otros.
Entre
ambos extremos se abre, no obstante, un espacio intermedio cada vez
más relevante, ocupado por actores que buscan maximizar su autonomía
en un sistema sin árbitro y evitar alineamientos rígidos en un
contexto de competencia estructural.
Nos
encontramos en un momento de incertidumbre estructural. El sistema
anterior se está descomponiendo, pero el nuevo aún no ha tomado
forma. En este contexto, las reglas no solo son inestables, sino que
dependen en gran medida de los impulsos de quien concentra mayor
capacidad coercitiva en cada momento.
La
previsibilidad, un elemento esencial para la estabilidad
internacional, deja así de ser una característica del sistema. La
acumulación de factores disruptivos alimenta una volatilidad
persistente: electorados cada vez más proclives a
votar contra el statu
quo,
guerras comerciales, avances acelerados en inteligencia artificial y
otras tecnologías disruptivas.
A
ello se suma el comportamiento de potencias revisionistas que
abandonan normas y acuerdos para amenazar o invadir a sus vecinos,
así como el progresivo deterioro del régimen de control de
armamentos, con tratados que caducan, se incumplen o no se adaptan a
nuevas realidades como la proliferación nuclear o la militarización
del espacio.
Misión GovSat-1 de SpaceX, empresa privada estadounidense clave para materializar la hegemonía espacial.
La
política de grandes potencias ha regresado con fuerza. Coerción,
intervención y jerarquía vuelven a estructurar las relaciones
internacionales. Estados Unidos, China y Rusia reclaman derechos
privilegiados sobre regiones, rutas
comerciales y alineamientos políticos,
recurriendo a instrumentos que bordean o eluden las limitaciones
jurídicas que supuestamente definían el orden posterior a
la Guerra Fría.
La
diferencia es que estas dinámicas se despliegan ahora en un mundo
mucho más interdependiente y sometido a tensiones estructurales
profundas. La competencia entre las grandes potencias se desarrolla,
además, en un contexto de interdependencia económica densa y de
crecientes tensiones globales. Las cadenas de suministro, los
sistemas de pago, los flujos energéticos, las redes de datos y los
mercados alimentarios se han convertido en
instrumentos de presión.
La
interdependencia no actúa como freno al poder, sino que es cada vez
más utilizada, redirigida y racionada con fines estratégicos. La
influencia se ejerce tanto a través de infraestructuras y mercados
como mediante capacidades militares.
En
ausencia de un orden coherente, lo que cabe esperar no es
estabilidad, sino la proliferación de puntos calientes donde las
grandes potencias tratan de asegurar esferas de influencia exclusivas
y chocan allí donde sus intereses se superponen. El estrecho de
Taiwán y el Pacífico, la frontera entre India y China o el flanco
oriental europeo frente a Rusia son espacios donde la competencia
estructural se manifiesta de forma directa.
A
esta dinámica se suma la aparición de vacíos de poder en
escenarios considerados secundarios por las grandes potencias, donde
la retirada, distracción o menor implicación de los actores
dominantes abre espacio a la intervención y la competencia de
potencias medias, como ocurre en
casos como Sudán,
Siria o el
Cuerno de África.
En
este contexto, las potencias menores y medias tienden a buscar
protección bajo distintos paraguas de seguridad, pero lo hacen
con una lógica cada
vez más flexible.
Los alineamientos dejan de ser permanentes y pueden modificarse
cuando se perciben mejores oportunidades, menores riesgos o mayores
beneficios estratégicos.
El
escenario internacional actual sitúa así a estas potencias ante un
dilema central: aceptar una posición subordinada dentro de la esfera
de influencia de una gran potencia o intentar preservar márgenes
reales de soberanía en un sistema crecientemente competitivo.
Mientras Europa avanza cada vez más hacia una relación de
dependencia estratégica respecto
a Estados Unidos, otros actores priorizan la autonomía y la
capacidad de maniobra.
Pese
a sus profundas diferencias en modelos políticos, prioridades de
seguridad y estrategias de desarrollo, estas potencias comparten una
percepción de la soberanía como un recurso escaso y vulnerable. Esa
experiencia común no produce unidad ideológica ni coordinación
sistemática, pero sí una notable capacidad de adaptación
estratégica.
Frente
a un sistema inestable, evitan alineamientos rígidos y optan
por estrategias
de hedging,
diversificación de vínculos económicos y de seguridad, y una
diplomacia transaccional orientada a maximizar beneficios concretos.
Su principal activo no es una identidad compartida, sino la capacidad
de elegir, retrasar, ajustar y renegociar sus posiciones,
convirtiendo la ambigüedad en una fuente de poder en un entorno
geopolítico fragmentado.
El
orden que probablemente emerja de esta fase no se parecerá a un
concierto estable de potencias ni a una división clara del mundo en
bloques rivales. Será
más áspero, más improvisado y más disputado.
Estará
moldeado tanto por grandes potencias que tratan de trazar líneas de
influencia como por Estados con memoria viva de la jerarquía,
dispuestos a poner a prueba, doblar o renegociar constantemente esos
límites.
En
ese contexto, ningún Estado ni grupo de Estados dominará de
forma sostenida el
sistema internacional. El
poder se distribuirá entre actores globales, regionales y
sectoriales, con un papel creciente de potencias regionales que
operan a través de marcos propios.
Los
alineamientos serán específicos por temas y coyunturas, y ningún
actor liderará de manera transversal todos los ámbitos de la
política internacional. El momento unipolar no se repetirá. El
poder estará más repartido, pero no por ello será más estable.
Fuente:
Descifrando
la Guerra